viernes, 30 de marzo de 2012

EL CEREBRO Y EL MITO DEL YO (3)

EL PAPEL DE LAS NEURONAS EN EL PENSAMIENTO Y EL COMPORTAMIENTO DE LOS HUMANOS
RODOLFO R. LLINÁS


¿Por qué es la mente tan misteriosa?

¿Por qué nos parece la mente tan misteriosa? ¿Por qué ha sido siempre así? Supongo que la razón por la cual el pensamiento, la conciencia y los sueños resultan tan extraños radica en que parecen generarse sin relación aparente con el mundo externo. Todo aquello parece ser impalpablemente interno.

En una conferencia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, realizada en honor del fallecido profesor Homer Smith, titulada "Unidad del diseño orgánico; de Goethe y Geoffrey Chaucer a la homólogia entre complejos homeóticos en artrópodos y vertebrados", Stephen J. Gouid mencionó la conocida hipótesis de que nosotros, los vertebrados, podemos considerarnos como crustáceos volteados hacia fuera. Somos endoesqueléticos, o sea, tenemos un esqueleto interno; los crustáceos son exoesqueléticos, es decir, tienen un esqueleto externo.

Tal idea me llevó a considerar lo que hubiera sucedido si hubiéramos permanecido exoesqueléticos. En tal caso, el concepto de cómo se genera el movimiento podría resultarnos tan incomprensible como lo es el concepto de pensamiento o de mente. Tener un esqueleto interno implica que, desde que nacemos, somos altamente conscientes de nuestros músculos, puesto que los vemos moverse y palpamos sus contracciones. Definitivamente, comprendemos, de una manera muy íntima, la relación entre la contracción muscular y el movimiento de las diversas partes del cuerpo. Por desgracia, nuestro conocimiento acerca del funcionamiento del cerebro no es directo. ¿Por qué no? Porque, en lo que a masa cerebral se refiere, somos crustáceos: ¡nuestros cerebros y medula espinal están cubiertos por un exoesqueleto implacable! (figura 1.1).

Detalle que muestra lo cabeza y la parte superior del torso, de un dibujo del natural, de Leonardo do Vinci, con la imagen superpuesta de un cerebro.

Si pudiéramos observar o sentir el funcionamiento del cerebro, nos resultaría obvio que la relación entre la función cerebral y la manera como vemos, interpretamos o reaccionamos es tan estrecha como la que existe entre las contracciones musculares y los movimientos efectuados. En cuanto a nuestros amigos los crustáceos, quienes no se dan el lujo de conocer en forma directa la relación entre la contracción muscular y el movimiento, el problema de cómo se mueven, en caso que pudieran considerarlo, podría resultarles tan inexplicable como lo es para nosotros el pensamiento o la mente. El punto esencial es que sabemos acerca de los músculos y tendones y, de hecho, disfrutamos tanto de ellos, que organizamos competencias mundiales para comparar masas musculares simétricamente hipertrofiadas a fuerza de levantar pesas obsesivamente (y, ocasionalmente, de ingerir esteroides). Lo anterior, a pesar de que en la relación fuerza física/masa corporal, comparados con los demás animales, nos encontramos en los peldaños inferiores. Los que exploran más analíticamente emplean metros, escalas y transductores de fuerza, tratando así de describir las propiedades de estos preciosos órganos del movimiento.

Sin embargo, no se dispone de una parafernalia análoga para medir directamente el funcionamiento del cerebro (a pesar de las pruebas de cociente intelectual). Tal vez por esta razón, en la neurociencia se dan conceptos muy diversos acerca de cómo se organiza funcíonalmente el cerebro.

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