viernes, 24 de octubre de 2014

EL ESPEJISMO DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO


Julia Evelyn Martínez

Como una tradición de Año Nuevo, economistas y autoridades gubernamentales de nuestros países se enfrascan (y a veces se enfrentan) en el debate sobre el crecimiento económico del año anterior y en las proyecciones de crecimiento del nuevo año. Este debate surge en tanto este dato es considerado en el pensamiento neoclásico como el indicador clave para medir el desempeño y/o la gestión de cualquier sistema económico. Dentro de esta lógica, se asume que si la tasa de crecimiento es alta se puede concluir que ha sido un buen año para la economía y si es baja, se asume lo contrario.

Resulta interesante y hasta entretenido, escuchar los análisis que sobre estos resultados se realizan dependiendo de si se está en la oposición o en el gobierno. Una misma persona puede analizar el mismo dato de crecimiento de la economía de manera distinta dependiendo de su posición en el sistema de relaciones de poder en un momento determinado. Si está en la oposición política y su credibilidad (e incluso su salario) depende de evidenciar la incapacidad de la gestión del partido gobernante, una tasa de crecimiento baja será utilizada como la prueba más fehaciente de la incapacidad de un gobierno de administrar la economía y de garantizar el bienestar de la población.

Sí esa misma persona, luego está en el gobierno, y su puesto depende de la confianza de sus votantes y/o patrocinadores, una baja tasa de crecimiento pasará a ser justificada como el resultado de “factores exógenos” sobre los cuales la política económica gubernamental no tiene control (catástrofes naturales, cambio climático, recesión mundial, etc.), los cuales de no existir, permitirían un mejor dato de crecimiento y más bienestar para la sociedad. En uno y en otro caso, este análisis no deja de estar basado en una simple ilusión.

La ilusión de la tasa de crecimiento deviene tanto de lo que mide como de la forma en que lo mide.

La tasa de crecimiento anual no es más que la variación porcentual de la producción de bienes y servicios que se realiza dentro de un país durante un año con respecto a la producción del año anterior. Este cálculo tiene al menos tres características que es necesario conocer: 1) se hace en términos de precios indexados o precios constante (precios a los cuales se les ha eliminado el efecto de la inflación de ese año para que puedan compararse con los precios de un año de referencia); 2) Solamente se toma en consideración en este cálculo los bienes y servicios que se comercializan en el mercado, y 3) Esta estimación no toma en cuenta las condiciones y/o relaciones dentro de la cuales se realiza la producción de estos bienes y servicios (incluyendo las relaciones de distribución de lo que se produce).

En otras palabras, el crecimiento (o decrecimiento) de la producción de bienes y servicios no es un reflejo del bienestar (o malestar) de la población de un país, porque este indicador no da cuenta de todo lo que se produce en un sistema económico, ni tampoco da cuenta de las implicaciones de la producción social anual en términos de la vida de las personas.

En primer lugar, el Producto Interno Bruto (PIB) que sirve de referencia para la fórmula de la tasa de crecimiento, excluye la producción de bienes y servicios que realizan las familias para su atender necesidades del cuidado de sus miembros y/o de la comunidad. Debido a que esta producción se realiza mediante la utilización de fuerza de trabajo (mayoritariamente femenina) que no recibe remuneración alguna, no entra a formar parte de la estimación del crecimiento económico y esta omisión hace que el indicador de crecimiento ofrezca un panorama incompleto de la dinámica económica de un país.

Esta omisión no constituye una cifra banal, al menos en el caso de El Salvador. En 2005 se estimó que el valor monetario de la producción de los hogares para satisfacer necesidades del cuidado para sus miembros y para las comunidades, ascendió a $5,436 millones, equivalente al 32% del PIB de ese año, y superior a la producción de los principales sectores económicos (agropecuario, manufactura), a las exportaciones y a las remesas. No considerar el aporte económico del trabajo no remunerado de las familias no es solo una imprecisión metodológica en la estimación del PIB sino que impide darse cuenta del importante papel compensatorio que la producción de los hogares desempeña en las distintas fases del ciclo económico. En efecto, la producción de bienes y servicios en los hogares (preparación de alimentos, cuidado a personas enfermas, producción agropecuaria para el autoconsumo, actividades voluntarias comunitarias, etc.) aumenta en tiempos de crisis económica, para compensar la caída en el poder adquisitivo de los salarios e ingresos y/o la caída en el gasto público social. Es decir, una caída en el crecimiento del PIB no implica necesariamente una disminución de la producción social, sino únicamente una reducción de la producción que contabiliza el sistema de cuentas nacionales. El análisis económico y el diseño de políticas económicas estarán incompletos mientras en la discusión del crecimiento económico no se incorpore la contribución de los hogares a la producción social anual.

Otro elemento que vuelve ilusorio al crecimiento como medida del desempeño económico y del bienestar, es la cuestión de la distribución de la producción socialUna economía durante un año, puede aumentar significativamente su producción pero eso no puede leerse como un aumento en el bienestar de TODAS las personas. Tomemos por ejemplo el caso de China, que en los últimos 20 años ha reportado las mayores tasas de crecimiento a nivel mundial (10% promedio anual), al mismo tiempo que se ha convertido en una de las sociedades más desiguales del mundo, incluso más que Estados Unidos. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional (FMI) el Índice de Gini -que mide la igualdad/desigualdad en la distribución de la riqueza de un país- en el caso de China pasó de 0.35 (menos desigualdad) en 1979 a 0.47 (más desigualdad) en 2010. Esto se traduce en hechos como que en 2010 había en China alrededor de 140 personas con una fortuna personal de más de $1,000 millones mientras que 500 millones de sus compatriotas sobrevivían con menos de dos dólares diarios.

Pero más allá de la distribución de lo que se produce, se encuentra el problema de las condiciones bajo las cuales se produce el crecimiento. Un mayor crecimiento de bienes y servicios puede estar fundamentado en condiciones que amenazan la vida de las personas si la economía crece a costa de un mayor deterioro en los recursos naturales, en la pérdida de la soberanía alimentaria y/o de la destrucción de fuentes de ingresos.

Como ilustración observemos los “motores del crecimiento” que están utilizando algunos países africanos, como Etiopía, Ghana, Angola, Tanzania, Nigeria, Mozambique, Zambia y Libia, que por sexto año consecutivo han crecido en 2011 a una tasa promedio superior al 6%. Estos motores consisten nada más y nada menos que en una agresiva política de atracción de Inversión Extranjera Directa (IED), que está permitiendo a empresas transnacionales apropiarse de millones de hectáreas de tierra para hacerse de jugosas ganancias mediante la minería extractiva (hierro, diamantes, oro) y la producción para la exportación de productos agrícolas destinados al consumo humano, al consumo animal y a la producción de agro combustibles.

¿Cuál es el problema de esta forma de crecimiento de África? Para los gobiernos y las empresas transnacionales no parece haber por el momento ningún problema. Mediante los Asocios Público Privados (APP) los gobiernos africanos le abren las puertas a la IED y les ofrecen en propiedad o en concesión tierras fértiles, agua, salarios bajos, cero regulaciones medioambientales e incluso subvenciones y a cambio reciben apoyo político, militar y económico de los gobiernos de los países de origen de estas inversiones, que los mantienen en el poder y les permiten seguir gozando de privilegios en medio de la pobreza generalizada.

Las cosas son diferentes para la gente, especialmente si se toma en cuenta que el 80% de la población africana subsiste gracias a la agricultura familiar y que utilizan la tierra deshabitada como “despensas naturales” de las que obtienen de manera gratuita frutos, leña, caza, pastos, agua, entre otros recursos para la reproducción de su vida. Tomemos por ejemplo el caso emblemático de Etiopía, que dicho sea de paso es uno de los países que abastecieron en 2011 de frijol importado a países centroamericanos, como El Salvador y Honduras.

Etiopía es uno de los países africanos que más tierra ha concesionado a las empresas transnacionales: más de 2,500 kilómetros de tierra fértil han sido entregadas a empresas provenientes de 36 países en la región de Ganbella, al mismo tiempo que serán desalojados de esa zona más de 15,000 ciudadanos/as etíopes, que quedarán sin acceso a los recursos necesarios para su supervivencia. En esa región, la multinacional Karaturi (India) ha alquilado 311,000 hectáreas de tierra para producir arroz destinado al consumo de la India y la multinacional Star (Arabia Saudita) ha invertido más de $2,000 millones en la compra de tierras destinadas al cultivo de alimentos para la exportación a países del Oriente Medio. Todo esto sucede mientras miles de personas de la región de Ogaden, mayoritariamente mujeres, corren el riesgo de morir de hambre según la FAO.

Un caso parecido podría ocurrir en El Salvador con la política de asocios para el crecimiento con el Gobierno de Estados Unidos, que tiene como objetivo facilitar el entorno de negocios a las empresas transnacionales de ese país y en el cual se cifran grandes esperanzas del gobierno actual para lograr un repunte en la tasa de crecimiento del PIB a partir de 2012. Se podría traer a cuenta la reciente aprobación de los permisos para la apertura de la sucursal de Wal-Mart en el municipio de Mejicanos, con una superficie de 27 mil metros cuadrados y que creará 500 empleos directos. De acuerdo a estudios realizados por Geólogos del Mundo, el sitio donde se pretende construir esta superficie comercial se encuentra situada en una de las zonas más proclives a deslizamientos de tierra de la zona, por lo que la construcción de Wal-Mart hará más vulnerable a la población de ese municipio. Adicionalmente, de acuerdo a la Mesa Permanente para la Gestión de Riesgos (MPGR) la construcción obstruirá la quebrada El Arenal que sirve de evacuación natural a escorrentías que bajan del volcán en época lluviosa, con lo cual se incrementará el riesgo de inundaciones y de muerte de los habitantes de las comunidades aledañas. ¿Cuántas vidas de salvadoreños/as de la zona de Mejicanos se tiene disponibilidad de sacrificar por un punto o más de crecimiento del PIB en el 2012? Además debería añadirse a este cálculo la suma de los ingresos monetarios y de los empleos directos e indirectos que se perderán con el inicio de las operaciones de Wal-Mart, como resultado de la caída en las ventas del sector de comerciantes minoristas locales (integrado mayoritariamente por mujeres) que no podrá competir con la agresiva política de “los precios más bajos todos los días” que impulsa esta multinacional en el mundo entero.

Establecido lo anterior, se puede concluir que el debate sobre el crecimiento económico y de su relevancia para determinar el buen o mal desempeño de la economía constituye un debate estéril desde el punto de vista del objetivo fundamental de cualquier sistema económico.

Probablemente es tiempo de recordar la advertencia que Adam Smith hace en una nota al pié de página del primer capítulo de su obra “La Riqueza de las Naciones” (1776), y en la cual después de afirmar que la riqueza de una nación se refleja en el bienestar de sus habitantes, nos advierte que “el bienestar de la nación debe calcularse por el bienestar promedio de sus miembros, y no por el agregado”. ¿Es el bienestar promedio una medida subjetiva? Seguramente lo es, ya que dependerá del paradigma de estilo de vida que colectivamente y/o personalmente se considere el ideal de desarrollo. Este paradigma puede situarse dentro de un amplio espectro de posibilidades y/o de preferencias que en la actualidad pueden oscilar entre el Vivir Bien (American Dream, Rich & Famous´s Lifestyle) y el Buen Vivir (Sumak Kawsay).

Sin embargo, tanto ahora como en 1776 y como en toda la historia de la humanidad, cualquiera que sea el modelo de producción, distribución y/o consumo predominante en una sociedad, hablar del bienestar promedio de los miembros de esa sociedad solo tiene sentido si TODOS sus miembros, una vez nacidos, tienen garantizada su VIDA en las distintas etapas de su ciclo natural. La discusión y/o preferencia entre Vivir Bien o el Buen Vivir, solo tiene razón de ser en este contexto; fuera de él, no es más que un espejismo para la mayoría de la sociedad. Hinkelammert y Mora (2009) lo expresan en los siguientes términos: “La satisfacción de las necesidades hace posible la vida, la satisfacción de preferencias puede hacerla más o menos agradable. Pero para poder ser agradable, antes tiene que ser posible”.

Por lo tanto, si se quiere analizar realmente el desempeño anual de cualquier economía, se tiene que sustituir el actual foco de atención de este análisis. Es preciso pasar del indicador del crecimiento económico y de sus criterios asociados (productividad, competitividad, libertad económica, tasa de rentabilidad, etc.) hacia el indicador de la reproducción de la vida de todos los hombres y todas las mujeres que forman la sociedad. Este análisis debe incorporar por supuesto el estado anual de las condiciones materiales y no materiales que hacen posible la vida digna, tales como la calidad, disponibilidad y acceso a alimentos y al agua para consumo humano, las condiciones del cuidado para los miembros de la sociedad, la sostenibilidad de los recursos agroecológicos, entre otras.

Para avanzar en la construcción de una sociedad y de una economía alternativa fundamentada realmente en la Vida, es preciso comenzar a analizar el desempeño económico desde nuevos paradigmas, nuevas categorías y sobre todo, con nuevos y/o mejores indicadores. He aquí un desafío para las nuevas generaciones de economistas, que frente a los estragos que el predominio del pensamiento neoclásico ha provocado en la teoría y en la práctica económica, desean pasar de la indignación a la acción.

Julia Evelyn Martínez es economista feminista, Profesora del Departamento de Economía de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de El Salvador. (Énfasis agregados)
Tomado de Rebelión (6 de enero 2012)

            Nota.- ¿Por qué se centra el debate en el “crecimiento económico” y no en la relación crecimiento-desarrollo-progreso para el buen vivir de un país? Sencillamente, por el predomino del pensamiento neoclásico, que genera la mentalidad colonial en  más de un exponente de la burguesía profesional. Este artículo de una connotada economista salvadoreña es una guía básica para la comprensión de esta relación y el porqué de la separación de sus elementos. Conserva plena actualidad. En verdad,

            He aquí un desafío para las nuevas generaciones de Activistas.

Ragarro

24.10.14

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