jueves, 19 de julio de 2018

¿HAY QUÉ ODIAR A RUSIA O REFLEXIONAR?



18/07/2018

En 1945, los franceses sabían lo que acababa de acontecer. En 2015, deberían saber mucho más. En 1945, ante la pregunta “¿Quién fue el que más contribuyó a la derrota alemana?” un 57% de los franceses respondía “la Unión Soviética”, solo un 20% respondía “Estados Unidos” y un 12% “Gran Bretaña”. Pero cincuenta años más tarde, todo ha dado un vuelco: en 1994, en el marco de las celebraciones del quincuagésimo aniversario del desembarco aliado en Normandía, un 49% citaba a Estados Unidos, el 25% a la URSS y el 16% a Gran Bretaña. En 2004, esa tendencia se acentuó: el 58% citaba a Estados Unidos y solo un 20% a la URSS. En 2015, el encuestador británico ICM obtiene peores resultados aún en Francia, Alemania y Gran Bretaña.

Sin embargo, los hechos son incuestionables. Hitler arriesgó y perdió sus mejores tropas ante Moscú y Stalingrado. Utilizando los enormes aparatos de producción robados en Francia y Bélgica, en aquella ofensiva movilizaba a un importante número de fuerzas extranjeras y se beneficiaba de la extraña pasividad de Estados Unidos. Este país, por su parte, se negó durante años a abrir un segundo frente en Europa occidental y solo desembarcó en el último momento, en junio de 1944. La mayor parte de Europa ya estaba liberada o a punto de estarlo. Podemos resumir lo que pasó en una frase: “Volar en auxilio de la victoria”.

Por cierto, en aquella guerra antifascista, la URSS perdió a 23 millones de ciudadanos, mientras que Estados Unidos a 400 mil (184 mil de ellos en el frente europeo). Los periodistas e intelectuales occidentales que actualmente minimizan o desacreditan el papel jugado por la URSS son realmente ingratos: sin aquellos horribles eslavos, ¿quizás hoy estarían hablando alemán en alguna sección de la Propaganda Abteilung?

El robo de la Historia

¿Cómo se puede plantear una misma pregunta —no sobre gustos personales sino sobre hechos históricos— y obtener primero un resultado ajustado a la realidad y luego otro completamente falso? En realidad, ese falso resultado no es espontáneo, sino que ha sido fabricado mediante un condicionamiento de la opinión occidental: con un despliegue publicitario sobre el tema de “Estados Unidos, nuestros libertadores” y una diabolización de la “URSS, cómplice de Hitler”.

Esta ignorancia ¿puede considerarse grave? ¿O se trata de una cuestión del pasado que debe dejárseles a los historiadores? No, no se trata únicamente de nuestro pasado. Conocer la Historia es crucial. Para que en la actualidad cada ciudadano pueda responder a la pregunta “¿Guerra o Paz?”, es esencial comprender las “reglas del juego” entre las grandes potencias y cómo hemos llegado hasta aquí. He aquí por lo que el libro de Robert Charvin es precioso, y diría aún más: indispensable. Porque nos pone en guardia contra lo que él llama el “robo de la Historia”, al mostrarnos que por mucho que la deformen y manipulen al servicio de ambiciones inconfesables, nunca lograrán dejarla atrás.

“¡El robo de la Historia!”. ¿No es demasiado fuerte esta expresión? No. Apoyándose en hechos precisos y en fuentes indiscutibles, Charvin nos hace comprender lo artificiales que son las presentaciones de algunos intelectuales y periodistas occidentales. De hecho, estos fabrican evidencias simplistas y falsas o bien se adhieren a ellas sin reflexionar.

El reto es enorme, ya que se trata de cuestiones fundamentales: ¿Hemos comprendido en Francia y en Europa occidental las verdaderas causas de la Guerra 1914-1918? No. ¿Hemos comprendido cómo la Primera Guerra Mundial provocó la Segunda? No. ¿Hemos comprendido lo que se vino a llamar el “Pacto Hitler-Stalin”? No. ¿Hemos comprendido la verdadera estrategia de Estados Unidos en 1940-1945? No.

Pero ¿se trata quizás de simples olvidos, de una memoria que se difumina o de errores de juicio? No, es mucho más grave, acusa Charvin: “Los poderes públicos occidentales trabajan con perseverancia en base a las mismas falsificaciones, con el fin de orientar la memoria conforme a las necesidades políticas del momento”.

¿Estarán reescribiendo la Historia para manipularnos? Esta acusación es grave. Pero hay que reconocer que se apoya en cuatro expedientes dilucidados con maestría por Charvin.

Cuatro silencios culpables

De hecho, Charvin acusa a la información y la historiografía occidentales de negacionismo y revisionismo.

1. La rehabilitación del fascismo en Letonia. ¿Por qué ningún medio de comunicación occidental señala que en Letonia (nuestro querido y nuevo aliado de la Unión Europea), se demoniza a la resistencia antinazi y se rehabilita discretamente a los fascistas colaboradores de la Segunda Guerra mundial? El aparato judicial de ese país se ha ensañado con un héroe de la resistencia letona, llegando incluso a encerrarle en la cárcel a pesar de tener 75 años. Pero esto ha sido completamente silenciado. ¿Por qué?

2. La utilización por Occidente de pronazis antisemitas en Ucrania. ¿Por qué nuestra nueva aliada rehabilita a los antiguos colaboradores de Hitler? Peor aún: ¿por qué los introduce en una administración nacida de un golpe de Estado y en puestos clave? Y todo ello en medio del silencio de los medios de comunicación, que los bautizan de nuevo como simples “nacionalistas”.

3. La negación del genocidio que Hitler intentó llevar a cabo contra la URSS. Sin embargo, el programa estaba claramente expresado en los textos nazis: considerando a los eslavos como “infrahumanos”, el “Plan Ost” preveía exterminar al 40% de los rusos para dejar el espacio libre al traslado de diez millones de colonos alemanes y germanizados. Aquel programa fue puesto en práctica, pero la resistencia de todo un pueblo lo hizo fracasar. ¿Por qué actualmente se presenta la Segunda Guerra mundial como un asunto entre Hitler y los judíos cuando en realidad hubo varios genocidios?

4. La desvalorización de los verdaderos vencedores de la Segunda Guerra mundial. Esto comienza con la falsificación de la preguerra: ¡se acusa a la URSS de haber sido cómplice de Hitler! Sin embargo, no había dejado de proponerle a los occidentales que se aliaran para cortar el paso al nazismo; pero esta alianza fue rechazada por Londres y París, que pactaron con Hitler en Múnich, aprobaron su alianza con Polonia y le cedieron Checoslovaquia; incitándolo de esta manera para que atacara Europa del Este, y dejar las manos libres en Europa occidental. ¡Cómo se han invertido las responsabilidades!

Y eso continúa con la negación de las víctimas: ¿quién recuerda en Occidente que la URSS perdió a 23 millones de ciudadanos, China a 20 millones y que las pérdidas británicas representan un 1,8% del total, las pérdidas francesas un 1,4% y las de Estados Unidos un 1,3%? Y esto se concluye en una valorización etnocéntrica y engañosa del desembarco en Normandía o “Día D”, que se presenta como un acontecimiento decisivo, mientras que en realidad Hitler ya había perdido la guerra en 1941, cuando fracasó en la toma de Moscú y se enredó en la trampa soviética, ¡lo que confirmó su derrota en Stalingrado en el invierno de 1942-43!

 ¿Para qué sirve la diabolización?

 A partir de estas constataciones, Charvin plantea una nueva y sacrílega pregunta: ¿quién quiere, hoy día, diabolizar absolutamente a Rusia y por qué? Su respuesta es clara: esta diabolización forma parte de una estrategia que nos lleva hacia una nueva guerra fría a escala planetaria. La primera parte de su libro analiza con precisión los objetivos y métodos de Estados Unidos. A propósito de esta guerra fría, conviene preguntarse si será verdaderamente fría o bien muy mortífera.

La tesis de Charvin merece que reflexionemos: según él, desacreditar la resistencia de ayer sirve para diabolizar a la Rusia actual, quizás con el propósito de atacarla mañana. De hecho, es un ataque que se preparó desde la caída del Muro, y a pesar de todas las solemnes promesas de la época : los acontecimientos en Europa del Este en estos últimos años deben ser comprendidos como un cerco sistemático por una red de bases militares que se acercan cada vez más a Moscú.

Esta propaganda diabolizadora invade los medios de comunicación : no podemos abrir un periódico sin que nos machaquen con todos los defectos de Putin: un manipulador, deshonesto, agresivo, expansionista, etc. En resumen, ¡no se puede en absoluto confiar en él! Por lo demás, nunca hemos podido confiar en los rusos, ya fuesen comunistas o de derecha. Charvin recorre los prejuicios y los estereotipos de toda la literatura y la sociología occidentales de ayer y de hoy, y en ellos encuentra esta constante : “No se puede confiar en los rusos, no son como nosotros”.

Por supuesto, esta propaganda solo funcionará si el lector o el telespectador no reflexiona: ¿por qué en nuestros medios de comunicación es Europa la que siempre tiene la razón? ¿Por qué siempre sabe más que los rusos, los chinos, los latinos, los árabes, y, de hecho, más que todo el resto del mundo? ¿Por qué somos siempre infalibles dando lecciones a los demás? ¿Cuál es esa extraordinaria suerte que nos hizo nacer en el lugar correcto para tener siempre razón?

O bien, quizás sea necesario plantear el problema de otra manera y desconfiar más de la propaganda que nos rodea. ¿Puede ser que la propaganda no solo esté presente “del lado de los otros”?

 El miedo se fabrica 

En su notable libro Manufacturing Consent (la fabricación del consentimiento), Herman y Chomsky demostraban en 1988 cómo el aparato mediático occidental (conscientemente o no) fabrica una opinión consensual aprobando siempre las grandes opciones de sus gobernantes. Este análisis puede y debe aplicarse en “la fabricación del miedo”.

En septiembre de 1948, Paul-Henri Spaak (PS), el primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores belga, pronunció en la ONU en París un discurso que se hizo famoso, llamado el “discurso del miedo” :

“La base de nuestra política es el miedo. La delegación soviética no debe buscar explicaciones complicadas sobre nuestra política. Voy a decirles cuál es la base de nuestra política. ¿Saben ustedes cuál es la base de nuestra política? Es el miedo. El miedo a ustedes, el miedo a su gobierno, el miedo a su política”.

Spaak quería denunciar el peligro representado por la URSS que, según él, se preparaba para invadir Europa occidental, e incluso el mundo entero. De hecho, Spaak repetía la propaganda lanzada por Estados Unidos. Más tarde, por cierto, sería nombrado secretario general de la OTAN como recompensa a los servicios prestados.

Un recuerdo personal. Puedo testimoniar que, durante los años 50, siendo entonces un niño pequeño, esa propaganda funcionaba muy bien en Bélgica : la población vivía verdaderamente bajo la angustia de aquella “amenaza”. El miedo reinaba, los rusos iban a invadirnos, papá y mamá acumulaban en sus armarios unas cantidades impresionantes de azúcar, arroz y café; los productos que más habían escaseado durante la guerra del 40-45.

Durante mucho tiempo, yo también creí que los rusos iban a atacarnos. Ahora bien, después de la caída del Muro los dirigentes de la CIA reconocieron públicamente que en realidad Estados Unidos sabía muy bien que los rusos no tenían ni los medios ni las intenciones de atacarnos. Era propaganda. ¿Con qué objetivo? Pues bien, gracias a esa propaganda, Estados Unidos se permitió invadir un importante número de países (comenzando por Corea y luego Vietnam) y asimismo derrocar, e incluso asesinar a numerosos dirigentes de países independientes bajo el pretexto de que formaban parte de la “amenaza soviética”. ¿Se repetirá la historia? Entonces ¿quién va invadir a quién verdaderamente?

 ¿A quién le concierne esto?

 ¿Quién necesita este libro? ¿Es necesario ser un partidario de las políticas de Vladimir Putin para intentar ver con claridad estos problemas? No, de hecho, estoy convencido de que este libro nos concierne a todos.

El asunto no es saber si compartimos o no las opciones políticas y sociales de Putin. Tampoco saber lo que podría llegar a ser un día Rusia con Putin o después de él. El asunto es saber si hoy, en 2017, aceptamos que el mundo entero esté dirigido por Estados Unidos y sus aliados; y también, que la información internacional esté dominada por su versión de la realidad. La cuestión es saber si semejante mundo unipolar constituye un verdadero peligro para todos, seamos de derechas o de izquierdas, y vivamos aquí o allá.

Tenemos el derecho de no apreciar a Putin si somos de izquierdas, tenemos el derecho a pensar que el sistema económico y social establecido en Rusia va a generar importantes problemas. Pero eso no le da a Occidente el derecho a multiplicar las guerras y las injerencias. Las contradicciones económicas y sociales internas en un país son una cosa, y las contradicciones entre las naciones con sistemas diferentes son otra. No se resuelven de la misma manera.

Por cierto, el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas prohíben recurrir a la guerra. La única política legal es la que deja a los pueblos decidir y elegir por sí mismos sus sistemas y sus dirigentes; asimismo, es el único fundamento posible para mantener un mundo en paz. Es por lo tanto paradójico que los “amables occidentales” violen constantemente el derecho internacional mientras que los “malvados rusos” lo respeten. Y es muy paradójico que nuestros medios de comunicación apliquen sistemáticamente a estos problemas un “doble rasero” de medir. De manera que Kosovo tiene derecho a hacer secesión, pero Crimea no tendría ese mismo derecho. Se aplaude un golpe de Estado en Kiev, pero las provincias del Este ucraniano no podrían oponerse a un gobierno repleto de pronazis. Y, por último, si Estados Unidos bombardea en Siria todo va bien, pero si Rusia (a petición del gobierno) hace lo mismo, no está para nada bien. ¿Qué sentido tiene esta hipocresía?

Después de 1989, las relaciones internacionales han estado dominadas por una única superpotencia, Estados Unidos, que se considera el gendarme del mundo. Y, por lo tanto, autorizado a hacer añicos cualquier revuelta democrática o social, a hacer la guerra o dar golpes de Estado en casi todas partes para poner a los “buenos dirigentes”. En la actualidad, esto provoca prácticamente una guerra por año, si contamos también las guerras no declaradas y llevadas a cabo por intermediarios de Washington.

Pero si dejamos de lado Europa y sus prejuicios, mucha gente considera que es preferible un mundo pluripolar. Es decir que las grandes potencias rivales –USA, Europa, Rusia, China, incluso otras– estuvieran más o menos equilibradas. Esto les dejaría más margen de maniobra a aquellas naciones pequeñas y medianas preocupadas por su independencia, un desarrollo autónomo, el respeto de su naturaleza y la justicia social.

 ¿En qué se transformará la “pequeña” guerra?

 Con esto ya tenemos una razón suficiente para escuchar atentamente a Charvin. Pero también podemos profundizar en la reflexión.

¿Qué es lo que alborotó el avispero en Ucrania? Pues la negativa del presidente Yanukovich de firmar con la Unión Europea un acuerdo de libre comercio desfavorable, dado que este habría destruido una gran parte de las empresas ucranianas. Entonces prefirió acercarse a Moscú. De modo que parecería que un país como Ucrania ya no tiene derecho a escoger libremente a sus socios, lo cual contradice el concepto de libre comercio. Este, ¿existe realmente en la actualidad? ¿Hay un libre intercambio entre el lobo y el cordero?

Tomemos un poco de perspectiva. ¿No fue el desarrollo del capitalismo en Estados Unidos y Europa (primero en su versión de libre comercio, luego en su fase de monopolios conquistadores que se han hecho omnipresentes) lo que produjo una concentración fenomenal de la riqueza y el poder entre las manos de un puñado de dirigentes de multinacionales, industriales o bancarias? ¿No fue esta concentración la que provocó un crecimiento igualmente vertiginoso de la brecha entre ricos y pobres?

¿No es esta brecha la que hunde a la economía en una crisis fundamental desde hace décadas: unos, siendo capaces de vender cada vez más y los otros incapaces de comprar lo que producen? ¿No es por esta razón por lo que tantos capitales inutilizados en el Norte luchan por encontrar salida en otra parte, con el propósito de conquistar el Sur y sus materias primas, sus mercados en expansión, y también su muy rentable mano de obra? ¿No es esta la causa esencial de todas las guerras a las que asistimos actualmente y que son fundamentalmente guerras de recolonización y/o de repartición del mundo entre las potencias?

El problema es que este engranaje podría conducirnos hacia una Tercera Guerra Mundial, por una razón muy simple que no tiene nada que ver con los sentimientos de unos o la moral de otros. Cuando usted dirige una multinacional que domina un sector de la economía mundial, cuando usted ya no logra hacer “suficientes beneficios” (según los criterios de la bolsa) y sus competidores lo amenazan con hacerlo desaparecer, ¿no hará lo que sea por salvar su pellejo y sus privilegios? Por ejemplo, ¿una “pequeña guerra local” para controlar con toda seguridad la materia prima con la que usted trabaja: energía, mineral u otra? Pero, si usted se lanza por el camino de las “pequeñas guerras” que solo son peligrosas para las poblaciones locales, naturalmente sus rivales tendrán la misma idea que usted. Entonces, ¿cómo hará para salirse de este peligroso camino? Imaginemos que de repente decidiera hacerlo en base a principios morales o mediante un acuerdo entre usted y sus competidores…Entonces la cuestión será : ¿cuál de los dos se comerá al otro?

Antes de la Primera Guerra Mundial, casi todos los observadores pensaban que se alcanzaría un acuerdo y que podría detenerse a tiempo o que la guerra sería muy breve. Resultado: diez millones de muertos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la situación fue similar. Resultado: cincuenta millones de muertos.

¿Y usted piensa que los dirigentes de las multinacionales de hoy son mejores personas que los de ayer?

¿Está usted listo para asumir ese riesgo?

Lean el prefacio de Michel Collon al nuevo libro de Robert Charvin, Rusofobia ¿Hacia una nueva guerra fría?






En su nuevo libro Rusofobia. ¿Hacia una nueva guerra fría? el profesor emérito de derecho Robert Charvin  señala cómo los poderes fácticos están iniciando un proceso similar al de la Guerra Fría, en el que los europeos tenemos poco que ganar y mucho que perder.

Nacido en 1938, Robert Charvin es profesor emérito de Derecho (especializado en Relaciones Internacionales) en la Universidad de Niza Sophia-Antipolis. Es Decano honorario de la Facultad de Derecho y Ciencias Económicas de Niza y Consultante en Derecho Internacional y Derecho de las Relaciones Internacionales.








miércoles, 18 de julio de 2018

LA REPÚBLICA PODRIDA



18/07/2018

La república criolla que el neoliberalismo repotencia con el golpe del cinco de abril parece estar llegando a su destino: la descomposición. Esto no es setiembre del 2000, cuando se exhibieron los videos de la salita del SIN, ni el salvador es un novísimo Valentín Paniagua que resucite algún espíritu republicano por allí extraviado. No. El edificio institucional ya no necesita de refacciones, porque está podrido. Las termitas del fujiaprismo han terminado con él.

Nos engañan quienes nos dicen que es problema de personas o de instituciones. Falso.  Ni el más engominado de los prohombres del régimen tiene dedos de organista para lidiar con la situación. Se les han terminado en el correveidile de los favores palaciegos. El problema es de estructuras y estas vienen de atrás. 

Ahora bien, esto no quiere decir que las estructuras vayan a cambiar por si solas o que sus protagonistas vayan a irse. Es más, en su desesperación ya empiezan a clamar por salidas autoritarias. Por ello digo que nadie se retira del escenario de la historia por su propia voluntad. Hay que botarlos y no se avizora en el horizonte una fuerza capaz de hacerlo. Por eso hay que recapitular y saber de qué se trata para no dar palos de ciego en el futuro inmediato.

La república criolla reedita el encuentro del Estado colonial con los poquísimos que en el momento de la independencia eran considerados ciudadanos y jamás Ha podido superar esa situación. Como dice el historiador Pablo Macera, al día siguiente del 28 de julio de 1821 el Perú era más colonia y más feudal que nunca. Pero cuál era la característica fundante de esa relación: el patrimonialismo. La no distinción entre el bolsillo privado y el tesoro público. El Perú pasó de ser patrimonio del rey de España a patrimonio de la casta heredera de los españoles. La república nació corrupta porque en su diseño original no tenía otra forma de ser y así y todo hay quienes insisten en celebrar un bicentenario.

Esta república criolla y patrimonial intentó varias veces reinventarse pero siempre potenciando su característica central: privilegiar la vida de un pequeño grupo a costa de los demás. Esa fue la historia de la república práctica del primer civilismo, de la república aristocrática del segundo civilismo, de la patria nueva con Leguía y el oncenio, de las dictaduras militares y los adláteres civiles de mediados del siglo pasado. Con la única excepción de Velasco el principio siguió siendo el mismo: privilegiar la vida de un pequeño grupo a costa de los demás. 

Hasta que llegó el momento culminante y por ello también ojalá que su último esfuerzo: el golpe de Estado del cinco de abril de 1992. Con él, Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, los protagonistas del golpe, se atreven a una reedición postrera de la república criolla y su característica central: el patrimonialismo. Esta vez en la versión neoliberal del capitalismo de amigotes: para hacer buenos negocios en el Perú hay que tener amigos en los puestos claves del Estado. Así, pasan gobiernos y hasta retorna la democracia, pero no cambia la arquitectura de Fujimori y Montesinos. Acaba de caer un presidente de la república porque no pudo explicar la calidad de sus amigotes y seguimos escuchando las grabaciones de los favores supremos entre amigotes.

Hay, sin embargo una diferencia entre el patrimonialismo anterior y lo ocurrido en los últimos 26 años. La extraordinaria producción de riqueza en este último cuarto de siglo, sin variar un ápice el principio de privilegiar la vida de un pequeño grupo a costa de los demás, ha permitido vender ilusiones. La república criolla en su versión oligárquica era un mundo sin ilusiones para la abrumadora mayoría. Las ilusiones reformistas y revolucionarias de la segunda mitad del siglo XX fueron tachadas por el poder, exitosamente, como irresponsables e imposibles. El neoliberalismo volvió a vender la ilusión del esfuerzo individual a una importante mayoría, hasta se han fabricado libros —sin ninguna base empírica— señalando que en el medio había sitio. Pero esta ilusión ha tenido frutos que han permitido, aunque fuera temporalmente, cubrir lo que no hacían los magros ingresos de la población. 

Sin embargo, el declive del modelo que deja a la vista la corrupción rampante, ha empezado a liquidar las ilusiones, porque, como nos señalan los maestros en las calles “el que estudia no triunfa” en el Perú de estos tiempos. Esta erosión, inicial ciertamente, de la hegemonía política pero también cultural del poder neoliberal pasa a ser crucial en la coyuntura.

Los que mandan empiezan a perder su derecho a mandar, la debilidad del Presidente Vizcarra es patética al respecto. No sólo legal, como lo vemos en la burla cotidiana de nuestro débil Estado de Derecho, sino también legítimamente. La población deja de creer en sus gobernantes, llámense congresistas, jueces, presidentes, ministros, etc., etc. Pero no solo en los personajes sino, lo que es más trágico, en las instituciones que estos dicen representar y, por último, en el mecanismo o régimen político que las articula: nuestra alicaída democracia.

Por ello, sin perdonar los crímenes de las personas, que deberán pagar por sus culpas, decimos que las estructuras están infectadas y que continuarán, sino las cambiamos, secretando una y otra vez personajes corruptos. La lección del 2000 que se repite hoy día, antes como tragedia y hoy como farsa, es lección suficiente para que aprendamos de una vez por todas. 

La república corrupta del fujimontesinismo de los noventas es la república podrida del día de hoy, esta última no hubiera podido existir sin la anterior. No esperemos una tercera edición. Por eso, la única alternativa viable para este país es una Nueva República, que surja de la voluntad soberana del pueblo, a través de elecciones adelantadas y una Nueva Constitución. Cualquier consigna menor es un operativo de distracción de aquellos que no quieren soltar sus privilegios para que proceda el futuro del Perú


 
https://www.alainet.org/es/articulo/194174


PARA MEDITAR EN “FIESTAS PATRIAS”



Escribe: Milcíades Ruiz

Todas las voces de izquierda y derecha se aprestan a celebrar un año más de la independencia del virreinato del Perú y abogan por el boato celebratorio de su bicentenario. Lo hacen de buena fe sin pensar en la enorme injusticia de este acontecimiento. Independencia del virreinato no es lo mismo que emancipación del Tahuantinsuyo, menos de la población nativa. Todo se ha tergiversado y ha hecho perder de vista el derecho de la población autóctona de recuperar su territorio arrebatado por la dominación colonialista. La población nativa ancestral perdió su patria siendo suplantada por los invasores y sus descendientes que se apoderaron de ella.


Es otra la historia y este es otro asunto pendiente de recuperar velando por su autenticidad y reivindicando la lucha heroica por la independencia desde la perspectiva de la población nativa. Esto tiene que ver con nuestra consciencia y honestidad. Reconocemos o no, los derechos de la población ancestral, estamos dispuestos o no, a reparar el daño histórico. Disculpen que insista. Estamos indignados por la delincuencia en el poder judicial pero el fraude también estuvo presente desde el inicio de la república. Todo fue arreglado a espaldas de los herederos de la patria nativa.

Muchos prefieren no tocar esta temática que resulta molestosa para quienes no llevan sangre autóctona. Mucho menos en “Fiestas Patrias” donde unos reciben gratificación y aguinaldos mientras muchos peruanos ancestrales de las alturas andinas pasan hambre y sufren las inclemencias de la estación invernal. Otros países de Asia, África y Europa también fueron invadidos y colonizados pero recuperaron su territorio, su autonomía y su derecho de gobernarse a sí mismos. Vietnam, China, Rusia, países árabes, africanos y hasta la misma España son gobernados por descendientes autóctonos. En Sudamérica sucede todo lo contrario.

Revisar la cara oculta de la historia desde una perspectiva diferente quizá nos haga reflexionar y actuar de otra manera. La Revolución Francesa de 1879, cambió la historia y su radicalismo generó espanto en todas las monarquías que tuvieron que aceptar nerviosamente la necesidad de reformar su modelo de gobierno para sobrevivir antes que el contagio revolucionario las arrase. Una nueva Constitución republicana como en Francia, era una consigna que recorría toda Europa. Carlos IV era del rey de España, de la misma dinastía del derrocado rey francés Luis XV y Luis XVI guillotinado por la revolución.

La monarquía española trató de recuperar la corona francesa aliándose con su enemiga Gran Bretaña pero fue derrotada desastrosamente y las tropas francesas ocuparon gran parte del territorio español, teniendo que ceder la colonia de Santo Domingo a cambio de la paz. No obstante, en 1796, España hizo alianza con el gobierno francés, desatando la ira de Gran Bretaña que le declaró la guerra. Las guerras causaron la ruina de España haciéndola insostenible. En estas condiciones surgen las ideas independentistas de los virreinatos.

El rey enfermo y desalentado fue tentado a refugiarse en sus colonias de Sudamérica pero optó por abdicar en favor de su hijo Fernando VII en 1808. Esta medida fue desactivada por Napoleón Bonaparte para entonces ya emperador francés. Carlos IV se exilió en Francia y cedió todos sus derechos a Napoleón, que nombró emperador a su hermano José. El pueblo español, no aceptó lo dispuesto por Carlos IV y emprendió la lucha por la independencia de España.

Mientras este desastre sucedía en España, las colonias en Sudamérica quedaron al abandono sostenidas solo por la lealtad de los virreyes que enviaban dinero para socorrer al imperio sumido en el desastre. Ante la incertidumbre, los españoles instalaron Juntas de Gobierno y lo mismo se hizo en las colonias aunque tropezaron con la oposición del virrey pues amenazaba su autoridad. En este intento fracasaron y fueron ejecutados los hermanos Angulo, Pumacahua, Melgar y otros.

Mientras tanto, las ideas de la independencia de las colonias habían calado en los españoles sudamericanos resentidos por la discriminación que sufrían ante los españoles peninsulares que ocupaban los mejores cargos y privilegios en los negocios. Los subversivos independentistas siguiendo las ideas de la Revolución francesa y el ejemplo de las colonias de Norteamérica independizadas de Gran Bretaña, ya se habían organizado y estaban operando con el apoyo británico a condición de romper el monopolio español del comercio con las colonias.

Los grupos revolucionarios independentistas se organizaron militarmente, retornaron a las colonias y entraron en acción primeramente en los virreinatos de Granada y Buenos Aires. En este proceso, Chile juró su independencia el 12 de febrero de 1,818 pero quedaba el riesgo de perderla si no se aseguraba la caída del gobierno realista del Perú, donde no había líderes luchando por la independencia del virreinato.

Con tal fin, haciendo gran esfuerzo económico Chile organizó y financió, una Expedición Libertadora que tenía la misión liberar el virreinato del Perú. Esta expedición estaba conformada fundamentalmente por argentinos, al mando del general José de San Martín y se contrató los servicios mercenarios del Almirante inglés Tomás Cochrane al mando de la armada en las operaciones marítimas.

Fue así como, los subversivos extranjeros llegaron al Perú y el 15 de Julio de 1821 se firmó el Acta de independencia. Firmaron esta acta: El Conde San Isidro, el Conde de la Vega del Ren, el Conde de Las lagunas, el Marqués de Villafuerte, el Marqués de Monte Alegre, el Conde de Torreblanca, el Conde de Vista Florida, el Conde de San Juan de Lurigancho, el Marqués de Corpa, el Marqués de Casa Dávila.

Y también, otros miembros del entorno aristocrático y terratenientes tales como: Xavier de Luna Pizarro, José de la Riva Agüero, Manuel Agustín de la Torre, Tomás e Ignacio Ortiz de Cevallos, Antonio Boza, Hipólito Unanue, José y Miguel de la Puente, Manuel A. Colmenares, Luis A. Naranjo, Mateo de Pro, Lorenzo Zárate, Francisco Moreyra y Matute, Manuel y José Ferreyros, Francisco Xavier Mariátegui, Antonio de Bedoya, José Pezet, Pedro Olaechea, Manuel Tudela, Agustín de Vivanco, Toribio de Alarco y otros cuyos apellidos que aún hoy resuenan en nuestros oídos, porque siempre estuvieron en el gobierno republicano. Aun hoy se conservan muchos de esos nombres en los terrenos urbanizados del conde de San Isidro, San Juan de Lurigancho, Zárate, Pro, Matute, Monte Alegre, etc.

La representación de la población nativa, verdaderos dueños del territorio fue omitida totalmente, a pesar de haber derramado su sangre en la lucha por la independencia de su patria durante todo el coloniaje. El primer Congreso Constituyente de la República de 1822 estuvo conformado inicialmente por 53 representantes, llegando hasta 91 diputados en 1825, de los cuales 78 eran nacidos en el Perú y todos económicamente pudientes, conforme a las normas eleccionarias. 28 diputados eran abogados aristócratas y 26 sacerdotes del alto clero. Presidente de la Junta Gubernativa fue designado el ex general realista José La Mar, que tampoco era peruano.

Es así que, declarada la independencia se comisionó la búsqueda de un rey para el Perú para traerlo de Europa y se estableció la nobleza para la corte del emperador con el nombre de la “Orden del Sol”. Como miembros de esta nobleza fueron considerados: Bernardo O`Higgins, Juan García del Río, Bernardo Monteagudo, Hipólito Unanue, Tomás Guido, Gran Mariscal Gregorio de las Heras, Gran Mariscal Juan Antonio Alvarez de Arenales, Toribio de Luzuriaga, el Marqués de Torre Tagle, el Conde del Valle Oselle y algunos militares más de alta graduación.

De la aristocrática “Orden del Sol” salieron los primeros gobernantes de la nueva república. El predilecto de virreyes, Dr. Hipólito Unanue, terrateniente de Cañete y fundador de la Orden del Sol, que había estado en el campo enemigo pasó a ser Ministro de Hacienda llegando a ser presidente del Consejo de Gobierno. Otros miembros de la aristocracia colonial también pasaron a dirigir la naciente república y han pasado a la historia como próceres de la independencia.

El hijo del Conde de San Juan de Lurigancho, Diego Aliaga, quien fuera teniente del regimiento de la nobleza colonial, capitán de la Guardia del Virrey Abascal y del virrey Joaquín de la Pezuela, regidor del cabildo de Lima, pasó a ser Consejero de Estado y en 1823 Vicepresidente de la República. El Dr. Manuel Pérez de Tudela, regidor realista, pasó a ser congresista constituyente en 1922 y, ministro vocal de la Corte Suprema. El Conde de Torre Velarde, que había sido regidor del Cabildo realista en 1813, gobernador del Cercado en 1821, pasó a ser Vocal de la Corte Suprema de Justicia. El Conde de la Vega del Ren, José M. Vásquez de Acuña, pasó a ser Consejero de Estado.

Así también, la oficialidad de la fuerza armada realista ligada a la aristocracia colonial copó los altos mandos de la nueva fuerza armada de la naciente república. De ser militares realistas, defensores del régimen virreinal y enemigos de la causa libertadora, se convirtieron de pronto en militares “patriotas”. El Mariscal de Campo, Marqués de Montemira, que al proclamarse la independencia ejercía el cargo de gobernador, designado por La Serna, pasó con el grado de teniente General, siendo más tarde Vicepresidente del Consejo de Estado.

Sobre esta base social se fue erigiendo el nuevo poder dominante de la República del Perú. Ellos coparon el Poder Legislativo, Poder Ejecutivo, Poder judicial y la nueva Fuerza Armada Republicana. El virreinato del Perú tenía 8 intendencias y 56 partidos (zonas). Cada ciudad tenía un Cabildo o Ayuntamiento con sus alcaldes y regidores. La finalidad de este ordenamiento territorial era controlar mejor el régimen de expoliación y recaudación de los tributos impuestos a la población nativa.

Al crearse la República del Perú, las intendencias tomaron el nombre de Departamentos geográficos y el intendente pasó a llamarse Prefecto. El intendente había sido el representante del virrey en cada intendencia pero continuaron como prefectos representando al presidente de la república en cada departamento. En las provincias era el sub prefecto y en los distritos eran los gobernadores. Los ayuntamientos tomaron el nombre de municipalidades pero mantuvieron los cargos de Alcalde y regidores, que eran ejercidos por los “notables” de cada ciudad, que en la práctica eran los mismos colonialistas aristócratas del virreinato.

Como es fácil deducir, el mismo ordenamiento territorial del virreinato, cuya finalidad era el sometimiento de la población colonizada, siguió rigiendo en la República. Y los mismos colonialistas y sus descendientes siguieron manejando este sistema administrativo. Sin embargo, el proceso de alienación nos ha hecho perder de vista esta situación y tenemos otro concepto de lo que ha venido sucediendo en nuestro país.

Ahora que la cloaca del régimen vigente nos muestra la podredumbre generalizada de la república que fundaron los descendientes de conquistadores y colonialistas, quizá sea buen momento para meditar sobre esta temática y al vez los peruanos ancestrales luchen por recuperar la conducción de su heredad. Lo que viene sucediendo con gran escándalo en la administración de justicia y en la administración política no es pasajero. Es un producto social estructural. Actuar sobre el producto terminado no resolverá el problema estructural. Mucho más que las simples reformas institucionales lo que se necesita es remover los cimientos para construir una nueva república, libre de virus sociales, con una nueva democracia equitativa.

Salvo mejor parecer.
Julio 2018