lunes, 30 de diciembre de 2019

DOCE APUNTES SOBRE MARXISMO (IX DE XII)



Iñaki Gil de San Vicente 2019-12-27

En esta novena entrega del total de doce para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran veremos el impacto de las luchas de liberación antiimperialista en el desarrollo del marxismo como matriz teórica presente en todas las resistencias contra la injusticia. La décima entrega tratará sobre la implosión de la URSS.

La inacabable formación del marxismo se enfrentó desde su inicio a contradicciones que parecían no tener relación alguna con la lucha obrera. Las reivindicaciones de las naciones oprimidas, sobre todo si eran colonias, eran y son las más difíciles, porque, en lo que respecta a la explotación de la mujer y de la infancia, una parte del socialismo utópico ya la combatían desde la década de 1830. Pero el marxismo eurocéntrico no acepta que la historia es dialéctica y tendencial, no mecánica, como se comprueba en la praxis de los pueblos, en el llamado Tercer Mundo.

Desde 1921 la URSS tenía un pacto con los nacionalistas demócrata-burgueses y a la vez con el entonces diminuto PCCh que acababa de fundarse en ese mismo año. En 1923 la Tercera Internacional envió un delegado al Kuomintang por la alianza estratégica entre el PCCh y el nacionalismo burgués para unificar China. Para mantener la alianza, el PCCh debía entregar un listado de sus miembros al Kuomintang, no debía hacer huelgas ni luchas en los territorios liberados por el Kuomintang… La URSS renunciaba a las ganancias arrancadas a China durante el zarismo y pasaba a tratar de igual a igual a la «nueva China» ayudándola con asesoramiento y armas. Desde 1924 se intensificaron las movilizaciones que, con altibajos extremos, llevarían a la victoria en 1949, desbordando al marxismo europeo, a la Tercera Internacional y al grueso de comunistas e intelectuales formados en la cultura occidental, excepto al grupito en el que militaba Mao desde 1921. La industriosa Cantón era en 1925 el núcleo de la inminente revolución, mientras que la campesina Junan, en la que actuaba el grupo de Mao, avanzaba hacia una situación de doble poder que permitía al campesinado atacar a los señores de la guerra.

En respuesta, el 26 de marzo de 1926 el Kuomintang detuvo a muchos comunistas y asesores soviéticos: aunque los liberó al poco tiempo, la advertencia estaba realizada; en ese verano el Kuomintang lanzó la Ofensiva del Norte con la excusa de aplastar a los Señores de la Guerra, pero asesinando a los miembros del PCCh. De finales de 1926 a comienzos de 1927 se libró un debate estratégico en la Tercera Internacional entre tres líneas: una, la oficial elaborada en el V Congreso de la Internacional Comunista, que insistía en que la clase obrera y el campesinado debían supeditarse a la burguesía nacionalista porque se trataba de una «revolución democrática». Dos, que la clase obrera debía dirigir la revolución socialista, sin supeditarse a la burguesía, que era la tesis de la Oposición de Izquierdas. Y tres, que el campesinado debía dirigir al proletariado hacia una revolución armada que devolviese las tierras a los campesinos pobres, pero atrayendo a la «burguesía patriótica», la tesis Mao. Luego volveremos al fondo de este debate porque marcó varias de las grandes estrategias diferenciadas inseparables de cualquier discusión sobre la matriz teórica marxista.

Mientras tanto se extendía la lucha de clases. En abril de 1927, el Kuomintang «democrático» masacró al pueblo insurrecto en Shanghái, y pactó con los Señores de la Guerra una dictadura que liquidaba derechos básicos. Tras la derrota sangrienta de la línea oficial, la Tercera Internacional giró bruscamente a la izquierda y lanzó la insurrección de Cantón de diciembre 1927 en pleno repliegue de la lucha de clases: la escabechina se propago por amplias zonas de China destruyendo a casi todas las organizaciones, excepto a las guerrillas campesinas que justo pudieron resistir cinco ofensivas de exterminio lanzadas contra ellas por la «burguesía nacional».

La Larga Marcha de finales de 1934 fue en realidad una retirada de supervivencia hasta finales de octubre de 1935. La columna iba creando «islotes de socialismo» a su paso, redes de resistencia en la retaguardia capitalista. China del norte daba un breve refugio al Ejército Popular hasta que el Gobierno lanzase la ofensiva definitiva, pero la invasión japonesa de julio de 1937 lo cambió todo. La URSS ayudó al Gobierno hasta 1940, derrotando a los japoneses en Manchuria, pero no pudo hacer más debido a la guerra en Europa. Desde 1940 Estados Unidos ayudó masivamente al Gobierno chino, aunque sabía que este no se enfrentaba a los invasores sino a los comunistas, su enemigo de clase. El PCCh combatía a los japoneses, pero sobre todo en sus líneas de retaguardia, reservando el grueso de sus fuerzas para vencer al Gobierno chino, aunque la URSS le presionaba para que endureciera sus ataques al Japón. Dentro del PCCh se purgó a los sectores radicales y se mantuvo una política blanda hacia la burguesía dispuesta a colaborar con su programa o a no resistirse a él.

Con la derrota del Japón parecía que el Gobierno acabaría pronto con los comunistas, sobre todo cuando la URSS le reconoció como única autoridad. Pero eran los comunistas quienes recibían el apoyo del pueblo y de los sectores burgueses hartos de la putrefacción corrupta del Gobierno. Los enviados yanquis también advertían de lo mismo, aunque se incrementase la ayuda de Estados Unidos. Pero entonces la URSS advirtió al PCCh de que no se lanzase a la conquista del poder y que negociase con la burguesía. A la vez y como en otros sitios, también en China, Estados Unidos hizo que los japoneses rendidos defendieran al capital frenando el avance comunista. La burguesía, reforzada con miles de soldados yanquis, pudo recuperarse y lanzar el ataque general que le llevó a dominar el 80% de China y sus ciudades importantes. El PCCh parecía al borde del exterminio en la primavera de 1947, pero en verano pasó al contraataque gracias a su superioridad organizativa y de moral, al creciente apoyo popular, a la podredumbre del Gobierno y su ejército… iniciando la ofensiva de finales de 1948.

El avance comunista, impulsado por una gran movilización popular, era imparable. El Gobierno, con al apoyo de Estados Unidos y la URSS, propuso al PCCh negociar un armisticio, pero los comunistas decidieron seguir hasta tomar el poder. La descomposición del Gobierno era total, huyendo a la isla de Taiwán llevándose las reservas de oro del país, acompañado por embajadores, entre ellos el soviético. Tras varios retrasos dictados por Moscú, y siempre con relaciones «tormentosas», en diciembre de 1949 y enero de 1950 se reunieron Stalin y Mao. La delegación china volvió de Rusia molesta por el trato despectivo sufrido, aunque su país fue el más beneficiado por los acuerdos. Con Jrushchov, la ayuda a China llegó nada menos que al 7% del PIB de la URSS de entre 1954–1959, pero el giro de la URSS hacia la «coexistencia pacífica» a raíz de su XX Congreso en 1956 tensionó las relaciones hasta que se rompieron, porque China Popular le acusó de revisionismo.

Como hemos dicho, debemos detenernos un poco en el contenido de fondo del debate de 1926–1927 sobre la revolución china porque toca problemas centrales del marxismo. En este debate la tesis oficial era que las clases trabajadoras debían cumplir el programa de la burguesía democrática. Una de las razones de esta estrategia era que en China la clase obrera y el campesinado necesitaban un período de aprendizaje para el socialismo que solo lo podrían obtener viviendo en un régimen democrático instaurado mediante la alianza con la «burguesía nacional». Pero ya en 1924 Mariátegui escribió varios artículos sobre por qué «la libertad» abandonaba la Europa capitalista para expandirse por Asia, África y América, profundizando la idea de Marx de 1877 sobre que la revolución empezaría en Oriente, abriendo al menos la duda de que el campesinado y la clase obrera sí podían tomar el poder y avanzar al socialismo. Más aún, explicaba que la burguesía irlandesa había capitulado ante Inglaterra en 1921 y que ahora –en 1924– el proletariado tenía que luchar por la independencia apoyado por un sector de la pequeña burguesía: la lucha obrera y la lucha nacional eran ya lo mismo.

Mariátegui ignoraba las tesis de Marx y Engels sobre el modo de producción asiático y los modos de producción comunales, sobre el potencial de la comuna rusa, sobre las diversas vías al socialismo… Tampoco había estudiado la discusión de Lenin con los populistas, y no sabemos si estaba al tanto de su autocrítica de 1920 sobre la India y los soviets. Ignoramos si sabía de la reunión de Bakú de ese año, del Congreso de los Pueblos de 1922 y de las tesis del IV Congreso de la Internacional Comunista sobre las tareas de los comunistas en las colonias, etc. No es probable que hubiese leído las investigaciones de Mao sobre el campesinado de 1926…

La verdad es que el contexto de Nuestramérica forzaba una reflexión creativa de ese cariz para, por ejemplo, saber qué había sido la revolución mexicana de 1910–1917 en la que batallones obreros ayudaron a liquidar a campesinos revolucionarios; la represión salvaje del movimiento revolucionario en la Argentina de 1919–1921 dirigida por Yrigoyen, representante de la mediana burguesía «democrática»; las luchas en Cuba, Chile, Perú, Colombia, Ecuador… entre 1919–1922; la Columna Prestes en el Brasil de 1925–1927 dirigida por militares demócrata-radicales, algunos de los cuales se integrarían en el Partido Comunista; la guerra de liberación sandinista contra la ocupación yanqui desde 1927, ignorada pese a la publicidad dada por H. Barbusse que describió a Sandino como «general de hombres libres». ¿Cuál era el papel de las naciones originarias, del campesinado indígena y mestizo afroamericano, del proletariado de origen indígena o mestizo, etc., en esas y otras luchas? ¿Cómo se estaba constituyendo el proletariado en cuanto clase? ¿Cómo había respondido la «burguesía democrática»? En 1928, J. A. Mella también advirtió de los límites insuperables de la burguesía y pequeña burguesía latinoamericana, que al final, optan por negociar con el imperialismo traicionando al pueblo.

Las ideas de Mariátegui en 1929 sobre las posibles aportaciones del «comunismo inkaiko» al socialismo se inscribían en el caudaloso río con múltiples afluentes que empezaron a explorar Marx y Engels desde la década de 1850. Pero Mariátegui fue objeto de un duro ataque porque sus propuestas chocaban con la linealidad mecánica ya dominante en la Tercera Internacional. Era un intento de poner puertas al mar porque desde 1930 marxistas chinos debatían sobre si en China y en Asia el feudalismo había sido y era el modo de producción dominante antes del capitalismo, lo que replanteaba toda la estrategia de la lucha de clases. También en Japón se estudiaba el tema al menos hasta 1935. Pero ya en 1931, el PCUS había organizado el debate en Leningrado sobre la sucesión de los modos de producción, en el que el modo asiático fue borrado de la historia intentando cerrar la vía para investigaciones sobre los modos tributario, antiguo, germánico, andino, mesoamericano, etc.

En 1931 se oficializó la sucesión obligada de comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y capitalismo; varios de los defensores del modo asiático fueron «desaparecidos» al poco tiempo. La dialéctica era expulsada de la historia. En 1935, el VII Congreso de la Internacional Comunista impuso la estrategia de los frentes populares de supeditación a las «burguesías nacionales» durante la «fase democrática» sin la cual nunca podría avanzarse al socialismo. El historiador D. Losurdo ha transcrito una conversación de Stalin con Tito: «En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes […] Sí, el socialismo es posible bajo un rey inglés». (Stalin, El Viejo Topo, Barcelona 2011, p. 156.)

Si el socialismo era posible con la monarquía, no tenía sentido la lucha de los pueblos contra el imperialismo porque les bastaba con apoyar la democracia burguesa, como creen los eurocomunistas españoles que sostienen al rey impuesto por el dictador Franco. Pero los comunistas de Sudáfrica, todavía súbditos de la monarquía inglesa, pensaban en 1945 que se avecinaba un enconamiento de la lucha nacional de clase porque los blancos endurecerían la explotación, y se prepararon para ello. Malasia era después de la Segunda Guerra Mundial la colonia más rentable para Gran Bretaña y por eso su rey legitimó el rearme del ejército ocupante y la dura represión desencadenada desde 1948 contra comunistas y nacionalistas malayos, y es que Londres no podía perder Malasia como había perdido la India, «la joya de la Corona»; por eso en África utilizó la amenaza y la represión de las resistencias, el soborno y la cooptación de las elites dándoles la independencia política formal pero atándolas con la dependencia económica.

Mariátegui reactualizó un problema que, en su esencia, existía allí donde no se había impuesto la variante europea del desarrollo del capital. Donde Europa chocó con imperios tributarios capaces de resistir de alguna forma su invasión, pudieron surgir fuertes luchas y revoluciones, y con sus limitaciones, algunas burguesías que ahora son subimperialistas, sobre todo en Asia; pero en África y en América este proceso fue imposibilitado de raíz mediante la ocupación y desestructuración de los reinos árabes de Norteáfrica y Medio Oriente, y del exterminio inmisericorde de los reinos de Centro y Sudáfrica, y en Nuestramérica los imperios azteca e inca, y de la policromía de pueblos comunales, de agricultura itinerante, cazadores-recolectores, etc., que vivían desde Patagonia a Alaska. Pero en África y América esta masacre no imposibilitó, sino que generó desesperadas resistencias que cada vez conocemos más.

Con sus limitaciones, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1930, el marxismo integró política y teóricamente esta evolución, pero desde la década de los años 30 la lucha de liberación de los pueblos empezó a chocar con el mecanicismo impuesto en Leningrado y con la supeditación a las «burguesías nacionales». El desarrollo del capitalismo dependiente creaba nuevas clases trabajadoras amalgamando indígenas desestructurados, campesinos mestizos empobrecidos, grupos afrodescendientes, nueva emigración… con una característica básica: la sobreexplotación de la mujer trabajadora. Algunas formas de autoorganización, autogestión, autodeterminación y autodefensa comunal, campesina y artesana de estas culturas populares, y de la mixtura entre trabajo campesino y urbano-febril, lograron superar a veces el fuerte desprecio engreído de la izquierda europeizada, la que denigró a Mariátegui.

A la vez, muy contados indios, mestizos, nueva emigración culta, etc., se insertaban en la pequeña burguesía y a veces en la mediana, aunque les resultaba casi imposible insertarse en la burguesía, en un sistema subsumido en el imperialismo. En estas condiciones, la izquierda formada en la linealidad mecánica, en el desprecio abierto o disimulado a la propia historia, obsesionada con la copia y calco de lo que creían que era la experiencia europea para aliarse con la «burguesía democrática»…, esta izquierda desorientó, desvió, contuvo, paralizó e hizo embarrancar muchas luchas. Una de las razones del fracaso del llamado «socialismo del siglo XXI» ha sido el efecto paralizante de esta visión trasplantada dogmáticamente a Nuestramérica.

Iñaki Gil de San Vicente Euskal Herria, 26 de diciembre de 2019



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