Es un libro contra la despolitización
de la pobreza, la felicidad y el clima, que nos venden como problemas
individuales cuando son, en esencia, lucha de clases. Su propuesta es dejar de
mirarnos el ombligo para mirar a los de al lado, que están igual de jodidos, y
entender que la explotación es el cemento que une todas nuestras opresiones.
Pero ojo, el libro se queda a medio
camino. Denuncia con razón la psicologización de la vida y el neoliberalismo
sentimental de la autoestima, pero a ratos se le escapa un tono que juzga las
relaciones poliamorosas o los rituales de la izquierda "hipster" con
la misma vara moral con la que critica a los conservadores. Parece que quiere
despertar a la clase explotada, pero se enreda en el "deber ser" de
la política de identidad y se olvida de que la lucha también es goce y deseo.
Kindler se mete en un charco cuando
desestima los sentimientos como "información" y no como verdades
políticas. Claro, los sentimientos no son hechos, pero son el combustible de la
lucha. El miedo, la rabia, el deseo... son los motores que nos mueven. Decir
que "tus sentimientos son válidos" puede ser un mantra new age, pero
también es el punto de partida para una política encarnada. La gente no se
subleva por ecuaciones económicas, se subleva porque el sistema le duele en el
cuerpo.
Su llamado a la
"repolitización" suena a veces a una convocatoria a un congreso de
partido, no a una verbena popular. Echa en cara a los jóvenes su
"hedonia", pero no ofrece una alternativa de goce colectivo. La lucha
de clases no es solo un deber, es una oportunidad para redescubrir el placer de
lo común, de la producción colectiva, de la fiesta que no es consumo, sino
creación de comunidad. La política que necesita el mundo no es la que nos dice
que debemos ser "buenos" y "solidarios" por obligación,
sino la que nos seduce con la posibilidad de una vida más plena, más erótica,
más libre. Una política que, en lugar de juzgar cómo amamos, nos ayude a
desmercantilizar el amor.
El libro de Kindler es un análisis
valioso en la batalla contra el capitalismo sentimental, pero se le nota el
apuro por tener todas las respuestas. Nos queda debiendo una propuesta más
salvaje, más impura. Una que no tema al error, a la contradicción, al deseo
desordenado.
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Fuente: Facebook: Pensamiento Yagé
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