Prólogo al Manifiesto del Partido Comunista
3/08/2026
[Este texto pertenece a la obra "Prólogos a contratiempo
(1848-2048)", un trabajo de imaginación política y especulativa que toma
como referencia el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels desde una
perspectiva coral y actual, rompiendo con cualquier fetichismo sobre la obra.
El libro forma parte de la apuesta expositiva "Susurros, bulla y
paradojas. Tentativas para una política de la enunciación", coordinada por
Nancy Garin e Ingrid Blanco. La exposición tuvo lugar en el Centre d'Arts Santa
Mònica de Barcelona entre noviembre de 2025 y febrero de 2026. En ella
participaron numerosos artistas, activistas, intelectuales y creadores.
El título del artículo es un verso de Aimé Césaire, "Entre
otras masacres".]
I. Espectros
Las tesis políticas e intelectuales de Karl Marx y
Friedrich Engels habían triunfado en el segundo congreso de la Liga de los Comunistas,
celebrado en Londres a finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1847.
En aquel congreso, formado por obreros y militantes de diversas nacionalidades,
Marx y Engels no solo cambiaron la divisa de la organización por otra más
combativa y directa, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, sino que
asumieron la tarea de escribir un “manifiesto” para mostrar al gran público los
puntos de vista, argumentos y posiciones de los comunistas. La tarea era de
vital importancia. Los militantes tomarían por fin la palabra, acabando con las
leyendas y equívocos forjados sobre el comunismo en el escenario internacional.
Hasta aquel momento, el estatuto del movimiento era puramente fantasmal: las
potencias de la vieja Europa tildaban a sus adversarios de comunistas,
convirtiendo la expresión en un insulto o estigma político que arrojar contra
cualquiera. Por tanto, uno de los objetivos principales del escrito era
disolver la leyenda que pesaba sobre el movimiento comunista, aportando
razonamientos teóricos, políticos y un proyecto consciente de sociedad
igualitaria y emancipada, una sociedad en la que la propiedad privada y las
clases serían abolidas. El Manifiesto alumbró así una crítica y un análisis
de la modernidad capitalista, al tiempo que esbozó un horizonte estratégico y
revolucionario para el proletariado internacional. Pero no únicamente. Como
bien vio José Carlos Mariátegui a comienzos del siglo XX, inspirado por Sorel y
desde otra latitud, el Manifiesto y el movimiento obrero también forjaron
toda una mitología o mística revolucionarias:
despertaron una serie de fuerzas históricas y sociales que quebraron la línea
temporal del capital, su inercia lúgubre y mortal, generando una alternativa
por la que luchar y en la que creer.
La Primavera de los Pueblos estallaba en París el 22
de febrero de 1848, un día después de la publicación del Manifiesto. Allí,
por vez primera, entró en escena el proletariado. ¿Fue acaso el texto de Marx y
Engels una anticipación o intuición revolucionaria? Sea como fuere, lo cierto
es que su primera edición nació ligada a aquel seísmo que conmovió París,
Berlín, Milán, Viena y Hungría, sellando su destino con las llamas de la revolución.
II. Historia
El Manifiesto del Partido Comunista acuñó conceptos,
aportó un lenguaje y dotó de objetivos políticos a las clases trabajadoras
europeas del siglo XIX. Burgueses, proletarios, lucha de clases, relaciones de producción,
fuerzas productivas, crisis comerciales, capital, revolución, etc.,
comenzaron a formar parte del acervo comunista y obrero. Pero además, el Manifiesto elaboró
una genealogía del propio capitalismo, dotando de perspectiva histórica al
proletariado y a su lucha: la invasión de América y su colonización rompieron
las trabas comerciales de la sociedad feudal europea, sus gremios, burgos y
talleres sucumbieron ante la multiplicación de mercados, mercancías y las
necesidades de valorización del capital naciente. Los nobles y los relatos
caballerescos fueron sepultados por una burguesía que basó su dominio en el
comercio, los engranajes de la maquinaria, el vapor y el sudor de los obreros
en la fábrica. El capital moldeaba el mundo a su imagen y semejanza, lo
“civilizaba” a su modo: “la burguesía arrastra hacia la civilización a todas
las naciones, incluidas las más bárbaras”. Eran más efectivas las mercancías
para atravesar la Muralla China que los cañonazos –cañonazos que siempre
gustaron de acompañar a los productos de occidente–. El capitalismo europeo lo
devoraba todo.
Pero ¿puede hablarse de los procesos de colonización y de
la destrucción de economías ajenas al capitalismo como de procesos de
civilización? ¿Podía llamarse bárbaras a las civilizaciones no europeas? En una
crónica sobre la India, Marx llegará hablar incluso de la “misión civilizatoria
del capital” más allá de Europa. Sin embargo, a lo largo de la década de 1850,
el filósofo y revolucionario comprenderá que la dialéctica colonial del capital
tenía muy poco de “civilizatoria” y sí mucho de opresora y destructora. Pero lo
importante es que Marx llegará a entenderlo no por la vía abstracta de la
reflexión, sino por una toma de conciencia comprometida con las insurgencias de
los pueblos colonizados: la irrupción de los Taiping y la Segunda Guerra del Opio en China (1856-1860), la
gran rebelión de la India (1857-59) –un primer ensayo de lucha por la
independencia y la descolonización–. Todo ello sacará de quicio la narrativa
del Manifiesto, aún
atrapada en la tela de araña de una Europa que se pensaba a sí misma como
civilización universal, blanca y prometeica.
III. Viajes
Fue Edward Said quien nos enseñó que las teorías viajan.
Estas pueden tener un suelo, un contexto y unos conceptos originales, pero su
sino está marcado por el tiempo y la aventura. Aunque puedan nutrirse de una
cultura y un paisaje específicos, las teorías tienden a saltar por encima de
territorios y épocas: son palabras arrastradas por el viento de la historia. En
este sentido, el Manifiesto
del Partido Comunista, con su clara vocación internacionalista, solo
podía desbordarse a sí mismo. Y así fue. Su latido se expandió, polinizando las
cartografías más diversas. Llevó la revolución y la utopía a lugares alejados
de los países centrales de la economía-mundo capitalista. Pero como nos
recuerda Said, las teorías que viajan no permanecen incólumes o idénticas: se
les insufla una nueva energía. Si pierden elementos, también ganan otros, pero
sobre todo asumen el carácter vivo y la potencia de nuevas latitudes, de nuevos
idiomas, pues son otros los pueblos que las recrean o reinventan. La herencia
del Manifiesto que
vibra en las disputas y la crisis de la Segunda Internacional es muy distinta de aquella
que nutre a la Revolución Rusa de
1917 y la hace florecer. También es diferente de la que reciben José Carlos
Mariátegui en Perú, Raya Dunayevskaya en Estados Unidos, Frantz Fanon en
Argelia o Amílcar Cabral en Guinea Bissau y Cabo Verde. Se trata de un legado
común y al mismo tiempo diverso. Un legado que fue creativamente reelaborado y
traducido. Por ejemplo, Simin Fadaee ha hablado recientemente de un “marxismo
global” que inspiró la fuerza insurgente del sur del mundo a lo largo del siglo
XX. El marxismo se convertía en la lingua franca de la revolución contra el capital.
Pero en las sucesivas reescrituras revolucionarias de la
teoría del Manifiesto hubo
mucho más que la adaptación estratégica y racional de un conjunto de conceptos
de una latitud a otra. También hubo una refundación del mito y la esperanza. El
espectro del comunismo se trenzó con los fantasmas anticoloniales del viejo
Tahuantinsuyo en el Perú, con las aspiraciones de Balantas y Fulas en Guinea
Bissau, con el vigor del Islam en Argelia e Irán, con el cristianismo en
América Latina a través de la teología de la liberación. Una alquimia salvaje
renovó las fuentes materiales, morales y espirituales del comunismo. El hilo
rojo de la lucha de clases multiplicó sus voces y colores.
IV. Intersecciones
A lo largo del siglo XX la narrativa del manifiesto de
Marx y Engels se anudó a otras narrativas. Este proceso de hibridación se
fraguó al calor de diversas luchas, las cuales revelaron que el contenido del
texto, si bien seguía siendo inspirador como proyecto de futuro, albergaba
lagunas y límites. Algunos provenían de su factura europea y serían corregidos
por Marx con el correr de los años. Otros derivaban del sujeto revolucionario
que protagonizaba la épica comunista, el proletariado, anclado en la
masculinidad obrera y fabril del siglo XIX. Si bien Marx fue un crítico mordaz
del colonialismo europeo, especialmente en su senectud, nunca cuestionó a fondo
la matriz europea y racial de la dominación capitalista. Esto lo haría otro
“manifiesto” en el siglo XX: el Discurso sobre el colonialismo (1950) de Aimé
Césaire. En cierto sentido, el Manifiesto puede mirarse en el espejo del Discurso y
hallar allí parte de lo que le falta. Césaire despeja las falsas coartadas que
el colonialismo europeo proyectó sobre el sur global para justificar su
hegemonía y supremacismo racista. Toda la violencia, el genocidio, la
explotación y el expolio coloniales, promovidos por la burguesía imperialista y
avalados por sus lacayos intelectuales, se perpetúan en la cultura europea y su
humanismo blanco –denunciará Césaire–. Si la figura de Hitler atemorizó a
Europa, solo lo hizo porque aplicó los métodos coloniales empleados en África y
América Latina sobre una población blanca en el corazón de su territorio. La
ecuación “colonización=cosificación”,
utilizada por el autor martiniqués, pone el acento en cómo el capitalismo
colonial europeo destruyó sociedades y civilizaciones enteras, cercenando sus
posibilidades históricas e instituyendo estructuras de poder racistas.
Césaire llegará a invocar la Revolución como una fuerza que debe transformar el
mundo en solidaridad con el legado de Marx. La cuestión racial y colonial
irrumpían así en intersección con las cuestiones de clase, planteando nuevos
interrogantes, diagnósticos y posibilidades de pensamiento y acción. Aunque lo
cierto es que, lejos de remitir, la enfermedad colonial europea ha empeorado. Y
hoy nos muestra su rostro más brutal y funesto en Palestina. El genocidio
cometido por Israel al servicio del imperialismo yankee, en el que Europa actúa como comparsa, nos
revela la sordidez y violencia de la época que atravesamos.
5. Alteridades
La energía del manifiesto estuvo presente en los procesos
de descolonización del siglo XX. Pero también lo estuvo en los antagonismos
relacionados con el género y la sexualidad. Las relaciones entre las opresiones
de clase, género, raza y sexualidad nunca han sido fáciles, y la vieja
izquierda y el sujeto proletario no se encontraban demasiado bien equipados
para afrontarlas con claridad. A lo largo de la década de los 60 y 70 del siglo
XX la pugna entre la vieja izquierda comunista y los nuevos (y no tan nuevos)
movimientos políticos, que visibilizaban luchas más allá de la clase social, se
hicieron cada vez más patentes. Dentro de la coyuntura, coyuntura que en parte
se parece a la nuestra, hubo colectivas que supieron enhebrar todos los
conflictos que sacudían el presente en un mismo tejido combativo. Fue el caso
de la Colectiva del Río Combahee,
nombre elegido por sus integrantes en honor a la Harriet Tubman, la gran
luchadora antiesclavista afroamericana. El Manifiesto de esta Colectiva de mujeres negras y
lesbianas de Boston –publicado en 1977– pone al texto de Marx y Engels ante
otras realidades. “A menudo nos parece difícil separar opresión racial,
opresión de clase y opresión sexual porque en nuestras vidas la mayor parte del
tiempo las experimentamos simultáneamente”, comentarán. Y más adelante añadirán
“Aunque estemos esencialmente de acuerdo con la teoría de Marx en lo que
concierne a las relaciones económicas específicas que él analizó, sabemos que
su análisis debe ser ampliado”. La colectiva exigía un análisis integral e
integrador de los conflictos que padecía como colectivo de mujeres racializadas
y disidentes sexuales, señalando así la complejidad de un capitalismo que es al
mismo tiempo racial, patriarcal y heterosexista. El viejo manifiesto de 1848
agranda su mirada gracias al texto de la Colectiva, que imbrica su lucha en un
marco mucho más amplio, complejo y abigarrado de relaciones sociales,
económicas y políticas, abriendo una grieta que interpela directamente a
nuestro presente.
Siguiendo la estela de este “primer manifiesto comunista
de las negras” –como lo ha denominado la filósofa tucumana Carolina Meloni–, la
irrupción hoy del Marxismo Queer nos indica que el legado del
escrito de Marx y Engels sigue vivo en los impulsos utópicos y de lucha
colectiva de quienes buscan acabar con las clases sociales y con cualquier
forma de opresión.
VI. Ahora
La fuerza del Manifiesto del partido comunista nunca radicó en
la pluma de los intelectuales que lo escribieron. Si su palabra tuvo fuerza fue
porque se apoyaba en la realidad de un movimiento: una marea de oprimidas y
oprimidos sobre la que se cernía un abismo de violencia y explotación. El
manifiesto de 1848 supo abrazar los anhelos y utopías que aquella multitud
desposeída llevaba en las entrañas, creando a su vez un proyecto alternativo a
la modernidad capitalista: el comunismo. Siguiendo las intuiciones de Mariátegui,
podríamos decir que en el Manifiesto sigue latiendo un mito de liberación colectiva,
un deseo que busca trascender la maquinaria de opresión y dominación imperial
del capital. Pero, como hemos podido ver a lo largo de este prólogo, aquella
narrativa de emancipación necesitaba trenzarse con otras: el antirracismo, el
feminismo, las luchas por la descolonización, la diversidad sexual y también el
ecologismo. Relatos todos ellos que surgieron contra el propio capitalismo.
Pero ¿qué nos dice hoy el Manifiesto? ¿Qué puede decirnos a la luz de los otros
“manifiestos” explorados? Y, sobre todo, ¿qué puede decirnos a la luz de
nuestro presente, marcado por el signo del genocidio y la violencia imperial?
El Manifiesto nos ofrece una forma de analizar la
realidad y nos conecta con una dimensión “mítica”, adherida a la piel de las
luchas y la historia. Pero, sobre todo, nos envía su espectro, el fantasma de su potencia y porvenir. Sabemos que este
debe vincularse con otros fantasmas, mitos y luchas para descifrar el presente
y combatir la opresión que nos explota, paraliza y, en el límite, nos aniquila.
Tal vez habría que escribir otro manifiesto. Pero antes habría que construir su
energía: el movimiento detrás de las palabras, el aliento colectivo que las
desborda y les infunde realidad. Si no el verbo será impotente. ¿Cómo será
nuestro grito de batalla? ¿Se parecerá a la ceremonia de Boïs Caiman? ¿Será una
Gran Rebelión como la de Tupac Amaru II? ¿Una insurrección urbana como la de la
Comuna de París? ¿O una persistente guerrilla en los campos como la de Amílcar
Cabral? Necesitamos coraje e imaginación. Necesitamos todas las sangres.
pueblo despierta del mal sueño
pueblo de abismos remotos
pueblo de pesadillas dominantes
pueblo noctámbulo amante del trueno furioso
mañana estarás muy alto muy dulce muy
crecido
Césaire, "Lejos de los días pasados"
Mario Espinoza Pino es Doctor en filosofía y forma parte del Consejo
Asesor de viento sur.
Fuente: https://vientosur.info/prologo-al-manifiesto-del-partido-comunista/
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