domingo, 9 de agosto de 2026

"NO TEMAS, PREPARA TUS AGUAS TORRENCIALES"

 



Prólogo al Manifiesto del Partido Comunista

 

Mario Espinoza Pino

3/08/2026

 

[Este texto pertenece a la obra "Prólogos a contratiempo (1848-2048)", un trabajo de imaginación política y especulativa que toma como referencia el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels desde una perspectiva coral y actual, rompiendo con cualquier fetichismo sobre la obra. El libro forma parte de la apuesta expositiva "Susurros, bulla y paradojas. Tentativas para una política de la enunciación", coordinada por Nancy Garin e Ingrid Blanco. La exposición tuvo lugar en el Centre d'Arts Santa Mònica de Barcelona entre noviembre de 2025 y febrero de 2026. En ella participaron  numerosos artistas, activistas, intelectuales y creadores.

El título del artículo es un verso de Aimé Césaire, "Entre otras masacres".]


I. Espectros

Las tesis políticas e intelectuales de Karl Marx y Friedrich Engels habían triunfado en el segundo congreso de la Liga de los Comunistas, celebrado en Londres a finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1847. En aquel congreso, formado por obreros y militantes de diversas nacionalidades, Marx y Engels no solo cambiaron la divisa de la organización por otra más combativa y directa, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, sino que asumieron la tarea de escribir un “manifiesto” para mostrar al gran público los puntos de vista, argumentos y posiciones de los comunistas. La tarea era de vital importancia. Los militantes tomarían por fin la palabra, acabando con las leyendas y equívocos forjados sobre el comunismo en el escenario internacional. Hasta aquel momento, el estatuto del movimiento era puramente fantasmal: las potencias de la vieja Europa tildaban a sus adversarios de comunistas, convirtiendo la expresión en un insulto o estigma político que arrojar contra cualquiera. Por tanto, uno de los objetivos principales del escrito era disolver la leyenda que pesaba sobre el movimiento comunista, aportando razonamientos teóricos, políticos y un proyecto consciente de sociedad igualitaria y emancipada, una sociedad en la que la propiedad privada y las clases serían abolidas. El Manifiesto alumbró así una crítica y un análisis de la modernidad capitalista, al tiempo que esbozó un horizonte estratégico y revolucionario para el proletariado internacional. Pero no únicamente. Como bien vio José Carlos Mariátegui a comienzos del siglo XX, inspirado por Sorel y desde otra latitud, el Manifiesto y el movimiento obrero también forjaron toda una mitología mística revolucionarias: despertaron una serie de fuerzas históricas y sociales que quebraron la línea temporal del capital, su inercia lúgubre y mortal, generando una alternativa por la que luchar y en la que creer.

La Primavera de los Pueblos estallaba en París el 22 de febrero de 1848, un día después de la publicación del Manifiesto. Allí, por vez primera, entró en escena el proletariado. ¿Fue acaso el texto de Marx y Engels una anticipación o intuición revolucionaria? Sea como fuere, lo cierto es que su primera edición nació ligada a aquel seísmo que conmovió París, Berlín, Milán, Viena y Hungría, sellando su destino con las llamas de la revolución.


II. Historia

El Manifiesto del Partido Comunista acuñó conceptos, aportó un lenguaje y dotó de objetivos políticos a las clases trabajadoras europeas del siglo XIX. Burgueses, proletarios, lucha de clases, relaciones de producción, fuerzas productivas, crisis comerciales, capital, revolución, etc., comenzaron a formar parte del acervo comunista y obrero. Pero además, el Manifiesto elaboró una genealogía del propio capitalismo, dotando de perspectiva histórica al proletariado y a su lucha: la invasión de América y su colonización rompieron las trabas comerciales de la sociedad feudal europea, sus gremios, burgos y talleres sucumbieron ante la multiplicación de mercados, mercancías y las necesidades de valorización del capital naciente. Los nobles y los relatos caballerescos fueron sepultados por una burguesía que basó su dominio en el comercio, los engranajes de la maquinaria, el vapor y el sudor de los obreros en la fábrica. El capital moldeaba el mundo a su imagen y semejanza, lo “civilizaba” a su modo: “la burguesía arrastra hacia la civilización a todas las naciones, incluidas las más bárbaras”. Eran más efectivas las mercancías para atravesar la Muralla China que los cañonazos –cañonazos que siempre gustaron de acompañar a los productos de occidente–. El capitalismo europeo lo devoraba todo.

Pero ¿puede hablarse de los procesos de colonización y de la destrucción de economías ajenas al capitalismo como de procesos de civilización? ¿Podía llamarse bárbaras a las civilizaciones no europeas? En una crónica sobre la India, Marx llegará hablar incluso de la “misión civilizatoria del capital” más allá de Europa. Sin embargo, a lo largo de la década de 1850, el filósofo y revolucionario comprenderá que la dialéctica colonial del capital tenía muy poco de “civilizatoria” y sí mucho de opresora y destructora. Pero lo importante es que Marx llegará a entenderlo no por la vía abstracta de la reflexión, sino por una toma de conciencia comprometida con las insurgencias de los pueblos colonizados: la irrupción de los Taiping y la Segunda Guerra del Opio en China (1856-1860), la gran rebelión de la India (1857-59) –un primer ensayo de lucha por la independencia y la descolonización–. Todo ello sacará de quicio la narrativa del Manifiesto, aún atrapada en la tela de araña de una Europa que se pensaba a sí misma como civilización universal, blanca y prometeica.


III. Viajes

Fue Edward Said quien nos enseñó que las teorías viajan. Estas pueden tener un suelo, un contexto y unos conceptos originales, pero su sino está marcado por el tiempo y la aventura. Aunque puedan nutrirse de una cultura y un paisaje específicos, las teorías tienden a saltar por encima de territorios y épocas: son palabras arrastradas por el viento de la historia. En este sentido, el Manifiesto del Partido Comunista, con su clara vocación internacionalista, solo podía desbordarse a sí mismo. Y así fue. Su latido se expandió, polinizando las cartografías más diversas. Llevó la revolución y la utopía a lugares alejados de los países centrales de la economía-mundo capitalista. Pero como nos recuerda Said, las teorías que viajan no permanecen incólumes o idénticas: se les insufla una nueva energía. Si pierden elementos, también ganan otros, pero sobre todo asumen el carácter vivo y la potencia de nuevas latitudes, de nuevos idiomas, pues son otros los pueblos que las recrean o reinventan. La herencia del Manifiesto que vibra en las disputas y la crisis de la Segunda Internacional es muy distinta de aquella que nutre a la Revolución Rusa de 1917 y la hace florecer. También es diferente de la que reciben José Carlos Mariátegui en Perú, Raya Dunayevskaya en Estados Unidos, Frantz Fanon en Argelia o Amílcar Cabral en Guinea Bissau y Cabo Verde. Se trata de un legado común y al mismo tiempo diverso. Un legado que fue creativamente reelaborado y traducido. Por ejemplo, Simin Fadaee ha hablado recientemente de un “marxismo global” que inspiró la fuerza insurgente del sur del mundo a lo largo del siglo XX. El marxismo se convertía en la lingua franca de la revolución contra el capital.

Pero en las sucesivas reescrituras revolucionarias de la teoría del Manifiesto hubo mucho más que la adaptación estratégica y racional de un conjunto de conceptos de una latitud a otra. También hubo una refundación del mito y la esperanza. El espectro del comunismo se trenzó con los fantasmas anticoloniales del viejo Tahuantinsuyo en el Perú, con las aspiraciones de Balantas y Fulas en Guinea Bissau, con el vigor del Islam en Argelia e Irán, con el cristianismo en América Latina a través de la teología de la liberación. Una alquimia salvaje renovó las fuentes materiales, morales y espirituales del comunismo. El hilo rojo de la lucha de clases multiplicó sus voces y colores.


IV. Intersecciones

A lo largo del siglo XX la narrativa del manifiesto de Marx y Engels se anudó a otras narrativas. Este proceso de hibridación se fraguó al calor de diversas luchas, las cuales revelaron que el contenido del texto, si bien seguía siendo inspirador como proyecto de futuro, albergaba lagunas y límites. Algunos provenían de su factura europea y serían corregidos por Marx con el correr de los años. Otros derivaban del sujeto revolucionario que protagonizaba la épica comunista, el proletariado, anclado en la masculinidad obrera y fabril del siglo XIX. Si bien Marx fue un crítico mordaz del colonialismo europeo, especialmente en su senectud, nunca cuestionó a fondo la matriz europea y racial de la dominación capitalista. Esto lo haría otro “manifiesto” en el siglo XX: el Discurso sobre el colonialismo (1950) de Aimé Césaire. En cierto sentido, el Manifiesto puede mirarse en el espejo del Discurso y hallar allí parte de lo que le falta. Césaire despeja las falsas coartadas que el colonialismo europeo proyectó sobre el sur global para justificar su hegemonía y supremacismo racista. Toda la violencia, el genocidio, la explotación y el expolio coloniales, promovidos por la burguesía imperialista y avalados por sus lacayos intelectuales, se perpetúan en la cultura europea y su humanismo blanco –denunciará Césaire–. Si la figura de Hitler atemorizó a Europa, solo lo hizo porque aplicó los métodos coloniales empleados en África y América Latina sobre una población blanca en el corazón de su territorio. La ecuación “colonización=cosificación”, utilizada por el autor martiniqués, pone el acento en cómo el capitalismo colonial europeo destruyó sociedades y civilizaciones enteras, cercenando sus posibilidades históricas e instituyendo estructuras de poder racistas.

Césaire llegará a invocar la Revolución como una fuerza que debe transformar el mundo en solidaridad con el legado de Marx. La cuestión racial y colonial irrumpían así en intersección con las cuestiones de clase, planteando nuevos interrogantes, diagnósticos y posibilidades de pensamiento y acción. Aunque lo cierto es que, lejos de remitir, la enfermedad colonial europea ha empeorado. Y hoy nos muestra su rostro más brutal y funesto en Palestina. El genocidio cometido por Israel al servicio del imperialismo yankee, en el que Europa actúa como comparsa, nos revela la sordidez y violencia de la época que atravesamos.


5. Alteridades

La energía del manifiesto estuvo presente en los procesos de descolonización del siglo XX. Pero también lo estuvo en los antagonismos relacionados con el género y la sexualidad. Las relaciones entre las opresiones de clase, género, raza y sexualidad nunca han sido fáciles, y la vieja izquierda y el sujeto proletario no se encontraban demasiado bien equipados para afrontarlas con claridad. A lo largo de la década de los 60 y 70 del siglo XX la pugna entre la vieja izquierda comunista y los nuevos (y no tan nuevos) movimientos políticos, que visibilizaban luchas más allá de la clase social, se hicieron cada vez más patentes. Dentro de la coyuntura, coyuntura que en parte se parece a la nuestra, hubo colectivas que supieron enhebrar todos los conflictos que sacudían el presente en un mismo tejido combativo. Fue el caso de la Colectiva del Río Combahee, nombre elegido por sus integrantes en honor a la Harriet Tubman, la gran luchadora antiesclavista afroamericana. El Manifiesto de esta Colectiva de mujeres negras y lesbianas de Boston –publicado en 1977– pone al texto de Marx y Engels ante otras realidades. “A menudo nos parece difícil separar opresión racial, opresión de clase y opresión sexual porque en nuestras vidas la mayor parte del tiempo las experimentamos simultáneamente”, comentarán. Y más adelante añadirán “Aunque estemos esencialmente de acuerdo con la teoría de Marx en lo que concierne a las relaciones económicas específicas que él analizó, sabemos que su análisis debe ser ampliado”. La colectiva exigía un análisis integral e integrador de los conflictos que padecía como colectivo de mujeres racializadas y disidentes sexuales, señalando así la complejidad de un capitalismo que es al mismo tiempo racial, patriarcal y heterosexista. El viejo manifiesto de 1848 agranda su mirada gracias al texto de la Colectiva, que imbrica su lucha en un marco mucho más amplio, complejo y abigarrado de relaciones sociales, económicas y políticas, abriendo una grieta que interpela directamente a nuestro presente.

Siguiendo la estela de este “primer manifiesto comunista de las negras” –como lo ha denominado la filósofa tucumana Carolina Meloni–, la irrupción hoy del Marxismo Queer nos indica que el legado del escrito de Marx y Engels sigue vivo en los impulsos utópicos y de lucha colectiva de quienes buscan acabar con las clases sociales y con cualquier forma de opresión.


VI. Ahora

La fuerza del Manifiesto del partido comunista nunca radicó en la pluma de los intelectuales que lo escribieron. Si su palabra tuvo fuerza fue porque se apoyaba en la realidad de un movimiento: una marea de oprimidas y oprimidos sobre la que se cernía un abismo de violencia y explotación. El manifiesto de 1848 supo abrazar los anhelos y utopías que aquella multitud desposeída llevaba en las entrañas, creando a su vez un proyecto alternativo a la modernidad capitalista: el comunismo. Siguiendo las intuiciones de Mariátegui, podríamos decir que en el Manifiesto sigue latiendo un mito de liberación colectiva, un deseo que busca trascender la maquinaria de opresión y dominación imperial del capital. Pero, como hemos podido ver a lo largo de este prólogo, aquella narrativa de emancipación necesitaba trenzarse con otras: el antirracismo, el feminismo, las luchas por la descolonización, la diversidad sexual y también el ecologismo. Relatos todos ellos que surgieron contra el propio capitalismo. Pero ¿qué nos dice hoy el Manifiesto? ¿Qué puede decirnos a la luz de los otros “manifiestos” explorados? Y, sobre todo, ¿qué puede decirnos a la luz de nuestro presente, marcado por el signo del genocidio y la violencia imperial?

El Manifiesto nos ofrece una forma de analizar la realidad y nos conecta con una dimensión “mítica”, adherida a la piel de las luchas y la historia. Pero, sobre todo, nos envía su espectro, el fantasma de su potencia y porvenir. Sabemos que este debe vincularse con otros fantasmas, mitos y luchas para descifrar el presente y combatir la opresión que nos explota, paraliza y, en el límite, nos aniquila. Tal vez habría que escribir otro manifiesto. Pero antes habría que construir su energía: el movimiento detrás de las palabras, el aliento colectivo que las desborda y les infunde realidad. Si no el verbo será impotente. ¿Cómo será nuestro grito de batalla? ¿Se parecerá a la ceremonia de Boïs Caiman? ¿Será una Gran Rebelión como la de Tupac Amaru II? ¿Una insurrección urbana como la de la Comuna de París? ¿O una persistente guerrilla en los campos como la de Amílcar Cabral?  Necesitamos coraje e imaginación. Necesitamos todas las sangres.

pueblo despierta del mal sueño

pueblo de abismos remotos

pueblo de pesadillas dominantes

pueblo noctámbulo amante del trueno furioso

mañana estarás muy alto muy dulce muy

crecido

Césaire, "Lejos de los días pasados"

 

Mario Espinoza Pino es Doctor en filosofía y forma parte del Consejo Asesor de viento sur.

 

Fuente: https://vientosur.info/prologo-al-manifiesto-del-partido-comunista/

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