Las
tecnologías del capitalismo no deben ser consideradas sólo como meras
herramientas que el socialismo podría utilizar mejor. Y mucho menos si hablamos
de la IA, que en su despliegue cristaliza y hasta crea valores y deseos
Por Evgeny Morozov Traducción: Pedro Perucca
| Jacobinlat.
La inteligencia artificial
produjo un tipo poco frecuente de curiosidad popular. No solo entre inversores
y fundadores, sino también entre personas que abren un navegador, escriben una
pregunta y sienten —aunque sea de manera inexacta— que algo del otro lado
piensa con ellas. Esa fenomenología importa. Más allá de lo que opinemos sobre
el hype, las alucinaciones o la tabla de capitalización de OpenAI, la IA llega
como una tecnología cuyos usos se descubren después de su despliegue, cuyos
límites son porosos y cuyos efectos secundarios aparecen en lugares para los
que nadie la diseñó. «Generativa» no es solo una palabra de marketing; nombra
una inestabilidad real.
Para los socialistas, esta
inestabilidad plantea un desafío específico. Y sus reflejos son conocidos:
regular plataformas, gravar rentas extraordinarias, nacionalizar las empresas
líderes, conectar sus modelos a un aparato de planificación. Pero si el
socialismo quiere ser algo más que capitalismo con cuadros de mando más amables
—si de verdad es un proyecto para rehacer colectivamente la vida material, y no
solo para redistribuir sus resultados—, tiene que responder a una pregunta más
difícil: ¿puede ofrecer una forma mejor de convivir con esta tecnología que la
que ofrece el capitalismo? ¿Puede proponer una forma de vida distinta y
deseable, y no solo una porción más justa de lo que el capital ya produjo?
Cuando el problema se
plantea así, aparece como algo incómodo. Para una tradición obsesionada con
maximizar las fuerzas productivas, el socialismo fue llamativamente rápido a la
hora de dejar algunas de ellas fuera de la política. Trata a la tecnología como
un kit neutral destinado a insertarse en instituciones mejores cuando estas
existen. Tomemos los ferrocarriles, las centrales nucleares o los modelos de
lenguaje: si el capitalismo los usa mal, el socialismo promete finalmente
orientarlos al bien común. La pregunta real, sin embargo, es si incluso la
teoría socialista más reciente y ambiciosa logra escapar a esta limitación, o
si reproduce la neutralidad en un nivel más sofisticado.
I.
La propuesta de Aaron
Benanav de una «economía multicriterial», desarrollada en dos extensos ensayos
en New Left Review, ofrece un caso de prueba. Su diagnóstico es que
tanto el capitalismo como el socialismo estatal clásico se organizan en torno a
una optimización de «criterio único»: el capitalismo en torno a la ganancia y
el socialismo estatal en torno al producto bruto. Eso funcionó, de manera
brutal, mientras el crecimiento del PBI podía servir como justificación. En una
era de estancamiento, colapso ecológico y crisis de cuidados, ya no lo hace, al
menos en el Norte Global (lamentablemente, las particularidades del Sur Global
casi no figuran en el análisis de Benanav).
Benanav quiere una
democracia económica que tome en serio, desde el inicio, múltiples objetivos
inconmensurables. La sostenibilidad ecológica, la calidad del trabajo, el
tiempo libre y los cuidados se tratan como bienes distintos que no pueden
aplastarse en un único índice. El equilibrio entre ellos se compone y recompone
mediante elecciones políticas explícitas, en lugar de ser descubierto por el
mercado o por un algoritmo central.
Con ese fin propone un
sistema monetario dual. Las personas recibirían créditos no transferibles para
consumo personal y un ingreso básico; las empresas y los organismos públicos
operarían con «puntos» que solo podrían usarse para inversión y producción. La
inversión ya no provendría de ganancias retenidas, sino de «Consejos de
Inversión» gobernados democráticamente, que asignarían puntos a los proyectos
según múltiples criterios.
En este modelo, la
coordinación queda en manos de consejos sectoriales y regionales de
trabajadores, consumidores, representantes comunitarios y expertos técnicos.
Estos se apoyan en una «Matriz de Datos», un sistema abierto de estadísticas y
modelización, gobernado democráticamente, que sigue flujos, mapea límites
ecológicos y sociales y vuelve visibles los trade-offs: si descarbonizamos a
tal ritmo, construimos tantas viviendas y reducimos la semana laboral en tal
medida, esto es lo que ocurre. Los mercados persisten, pero pierden su lógica
de ganancia. Las empresas no pueden acaparar excedentes ni decidir el rumbo de
largo plazo de la economía; compiten por desempeño según métricas
democráticamente elegidas, no por retornos para accionistas privados. Las
«Asociaciones Técnicas» organizan el trabajo, la formación y los saberes entre
sectores.
Benanav insiste en que los
valores no son fijos. Apoyándose en el polímata austríaco Otto Neurath, el
filósofo pragmatista estadounidense John Dewey y otros, sostiene que las
prioridades evolucionan a través del conflicto, el aprendizaje y la
experiencia. Los planes deben revisarse, los criterios ajustarse y las
instituciones reconstruirse a la luz de lo que ocurre. El socialismo, en su
visión, es intrínsecamente experimental. Incluso reserva un «Sector Libre»,
financiado públicamente, para que artistas, movimientos y asociaciones exploren
nuevas formas de vida y de valor, devolviendo sus innovaciones a los criterios
oficiales.
Como visión de
instituciones poscapitalistas, esto es inusualmente detallado. Pero descansa
sobre un supuesto: que los fracasos históricos del socialismo fueron fracasos
procedimentales, como su escasez democrática, un criterio demasiado burdo. ¿Y
si el problema fuera más profundo? Si apuntamos una tecnología inestable como
la IA a la arquitectura cuidadosamente trazada de Benanav, aparecen grietas que
ningún procedimiento democrático alcanza a sellar.
II.
La dificultad no reside en
un plano en particular; es estructural. El pensamiento socialista se organizó
en torno a una serie de dicotomías —fuerzas productivas versus relaciones de
producción, base versus superestructura, medios versus fines— y, en cada caso
se colocó a la tecnología del lado neutral e instrumental: la cinta
transportadora, la central nuclear, el modelo de lenguaje. Bajo el capitalismo,
la clase incorrecta utiliza esa maquinaria para sus fines; bajo el socialismo,
la misma maquinaria se redirige hacia objetivos mejores.
Una rica tradición
crítica, en gran medida en campos adyacentes al socialismo, rechaza esta tesis
de la neutralidad. Marcuse mostró que la tecnología incorpora dominación, no
solo la sirve. Harry Braverman (citado por Benanav) mostró cómo la maquinaria
taylorista descalifica por diseño a los trabajadores. David Noble fue más lejos
y demostró que la automatización misma no estaba técnicamente determinada:
cuando existían múltiples caminos, el capital eligió sistemáticamente aquellos
que transferían conocimiento del taller a la gerencia, incluso a costa de la
eficiencia. Desde otra dirección, Cornelius Castoriadis sostuvo que la
tecnología capitalista materializa un imaginario capitalista —expansión
ilimitada, dominio racional, cuantificación— y que no puede simplemente
reutilizarse (al menos no hasta que exista un imaginario diferente). Andrew
Feenberg sintetizó varios de estos aportes al describir a la tecnología como
«ambivalente», suspendida entre trayectorias que la intervención democrática
puede alterar.
Pero estos enfoques casi
siempre desembocan en teorías sobre la reestructuración del lugar de trabajo o
sobre procedimientos democráticos: cómo reorganizar el trabajo, cómo abrir las
decisiones técnicas a la participación. Rara vez transforman la imaginación
macroinstitucional que fundaría un socialismo como alternativa integral y
sistémica al capitalismo, y no meramente paliativa y procedimental. Cuando los
socialistas diseñan economías completas, la tecnología vuelve a aparecer como
hardware que una clase distinta usará mejor. Benanav, con toda su
sofisticación, trabaja dentro de este molde: el «Demos» y los Consejos de
Inversión fijan criterios; las empresas y las Asociaciones Técnicas los
implementan; las tecnologías son instrumentos.
La IA no encaja del todo
en este esquema. Hace más difícil posponer la «pregunta por la tecnología»
(para usar la frase de Heidegger en un registro que él no habría reconocido).
Un modelo de lenguaje grande (LLM) entrenado con texto recolectado a bajo
costo, ajustado para una plausibilidad fluida y monetizado mediante acceso
medido no es simplemente estadística a escala. Es la expresión material de un
mundo particular: cronogramas de capital de riesgo, mercados publicitarios,
extracción de datos, arbitraje de propiedad intelectual. La interfaz
conversacional que hace que el modelo se sienta como un interlocutor y no como
una biblioteca fue una decisión de producto diseñada para fomentar formas
específicas de uso y apego. Las capas de seguridad codifican una noción
particular de lo decible, lo cortés o lo riesgoso.
Un sistema así no solo
responde a relaciones sociales existentes; las cristaliza y las devuelve
presentadas como sentido común. Incluso la definición dominante de la IA
—modelos cerrados, de propósito general, en centros de datos lejanos, a los que
se accede por chat— condensa una serie de decisiones capitalistas sobre escala,
propiedad, opacidad y dependencia del usuario.
Ahora imaginemos un futuro
en el que un Consejo de Inversión multicriterial, bajo presión para evitar
sesgos y desinformación, ordena que los sistemas de IA sean justos según
métricas acordadas, respeten la privacidad, minimicen el uso de energía y
promuevan el bienestar. Llamemos a esto IA woke por mandato democrático: una
infraestructura cuyos resultados son correctos, diversos y equilibrados. Y, sin
embargo, sigue sintiéndose como algo diseñado por encima de nuestras cabezas.
Los torpes retoques de «equidad» en los generadores de imágenes que intentaron
codificar la diversidad a la fuerza nos dieron un anticipo. Se los ridiculizó
no porque la diversidad sea un mal objetivo, sino porque apareció como un
parámetro estático a cumplir, y no como una transformación que emerge de
prácticas sociales cambiadas. Una IA multicriterial gobernada por Consejos de
Inversión corre el riesgo de repetir ese patrón al tratar a los valores como
casilleros a completar y no como significados elaborados en el proceso
desordenado de usar y rehacer las herramientas mismas.
Aquí es donde resulta
costosa la separación limpia que propone Benanav entre una economía que ejecuta
y esferas que deciden. En su esquema, los valores se originan fuera de la
producción —en la deliberación democrática o en el Sector Libre— y luego se
aplican a la tecnología mediante Consejos de Inversión y organismos de control.
Pero la IA expone una circularidad que ningún procedimiento democrático logra
resolver: los valores con los que gobernaríamos estos sistemas se forman, ellos
mismos, a través de nuestros encuentros con esos sistemas, siempre cambiantes.
Nadie votó para que charlar con bots pasara a ser parte de la vida cotidiana.
Nadie deliberó de antemano qué significaría eso para la autoría, la pedagogía o
la intimidad cuando las máquinas empezaron a imitar la prosa humana. Y los
juicios sobre todo eso se están haciendo ahora, dentro de equipos de producto,
términos de servicio e improvisaciones de millones de usuarios, no en asambleas
que luego podrían aplicarlos a una tecnología en espera.
Las soluciones conocidas
no salen de este círculo. Más democracia en el lugar de trabajo, más evaluación
participativa de tecnologías, más consejos de gobernanza inclusivos, todo eso
supone que ya sabemos qué valoramos y que solo necesitamos una entrada más
amplia sobre los trade-offs. Pero cuando la tecnología en cuestión reconfigura
las capacidades, los autoconceptos y los deseos de quienes la usan, no hay un
punto de vista estable desde el cual gobernar. Preguntamos «¿con qué criterios
deberíamos darle forma a esto?» mientras la cosa misma le da forma a los seres
que deben responder la pregunta. Este no es un problema que pueda arreglarse
con mejores procedimientos. Es una condición estructural que cualquier
socialismo que se tome en serio la tecnología tendrá que habitar, no resolver.
III.
El modelo multicriterial
de Benanav, con toda su pluralidad, descansa de todos modos sobre un criterio
único de orden superior: que las decisiones deben pasar por los procedimientos
democráticos correctos. Debajo de eso hay una imagen weberiana familiar de la
modernidad como un conjunto de esferas diferenciadas —la economía aquí, la
ciencia allá, la política en otro lado—, retocada con un poco de Habermas, que
agrega que podemos coordinarlas mediante el discurso comunicativo.
Los socialistas rara vez
cuestionaron esta imagen. Fredric Jameson, en su célebre análisis del
posmodernismo, estuvo cerca. Escribiendo en los años ochenta, observó que el
capitalismo tardío ya había desdiferenciado las esferas: la alta cultura y la
baja cultura se mezclan, y la lógica mercantil satura todo, desde las
exposiciones hasta la gastronomía molecular. Jameson pasó décadas mapeando esa
desdiferenciación en la cultura —cine, literatura, arquitectura—, pero dejó extrañamente
intacta a la economía. Sin embargo, si el capitalismo tardío realmente revuelve
los límites entre dominios —y de un modo que Jameson no desaprobaba del todo—,
¿por qué la planificación socialista debería operar como si esos límites
siguieran en pie?
Para Jameson, el juego, la
impureza y el pastiche estaban en todas partes, excepto en la forma en que los
socialistas debían pensar esa parte nada trivial de la vida que queda más allá
de la alta y la baja cultura (y que incluye a la tecnología). En un ensayo de
1990 incluso elogió el «admirablemente totalizador» enfoque del economista de
Chicago Gary Becker, que veía todo comportamiento humano como actividad
económica, y confesó compartir «prácticamente todo» con los neoliberales,
«salvo lo esencial». Lo que compartían, argumentó, era la convicción de que la
política es simplemente «el cuidado y la alimentación del aparato económico»;
discrepaban solo sobre cuál aparato. Para Jameson, eso convertía a ambos bandos
en aliados contra la vacuidad de la filosofía política liberal.
Pero esta simetría es una
proyección de Jameson. Imagina a los neoliberales como administradores
beckerianos y al mercado como un mecanismo de control, «un policía destinado a
mantener a Stalin lejos de la entrada». Lo que ni él ni muchos de sus
compañeros marxistas contemplan es una política orientada a descubrir la
pluralidad de significados que tecnologías, prácticas y formas sociales pueden
alcanzar a medida en que germinan, se hibridan y mutan, no solo en las novelas
de Balzac o los edificios de Koolhaas —terreno que la tradición jamesoniana
explotó hasta el agotamiento—, sino en el propio curso de la producción. En
este punto, como veremos, los neoliberales reales —los de Silicon Valley, no
los de Chicago— son menos weberianos que sus críticos marxistas. No son
administradores, sino fabricantes de mundos; se alimentan de la contaminación
cruzada de dominios y monetizan la impureza que Jameson solo diagnostica.
¿Y si la introspección
socialista empezara en otro lugar: ni restaurando esferas diferenciadas como
Benanav, ni colapsándolas todas en el ámbito económico como Jameson, sino en el
abandono de la premisa de que la política, el saber experto, la creatividad y
la tecnología alguna vez pertenecieron a cajas separadas?
Con la IA, estas
separaciones son especialmente difíciles de defender. Esta tecnología es a la
vez herramienta, medio, forma cultural, instrumento epistémico y sitio de
formación de valor, como Raymond Williams describió alguna vez a la televisión,
pero con mucha menos estabilidad. No se la puede encajar en una sola esfera y
gestionarla desde afuera.
Así, la pregunta cambia.
En lugar de preguntar «¿cómo coordinamos mejor este conjunto tecnológico bajo
múltiples criterios democráticos?», podríamos preguntar «¿qué tipos de
instituciones hacen posible explorar sistemáticamente distintos conjuntos
tecnológicos y distintas maneras de vivir con ellos?». El problema es menos de
coordinación óptima que de experimentación organizada.
Eso implica ecologías de
experimento, no una única Matriz de Datos que alimente a un único conjunto de
Consejos de Inversión. Imaginemos, junto a los gigantes corporativos, una capa
densa de proyectos de IA municipales, cooperativos y de movimientos sociales,
cada uno con sus propias prioridades. Un gobierno local podría mantener modelos
abiertos entrenados con documentos públicos y saberes locales, integrados en
escuelas, centros de salud y oficinas de vivienda bajo reglas fijadas por los
vecinos. Una red de artistas y archivistas podría construir modelos
especializados en lenguas en peligro y culturas regionales, ajustados a
materiales que sus comunidades realmente valoran.
La idea no es que estos
ejemplos sean la respuesta, sino que un socialismo a la altura de la IA
institucionalizaría la capacidad de probar arreglos así, habitarlos y
modificarlos o abandonarlos, y hacerlo a escala, con recursos reales. Este tipo
de socialismo trataría a la IA como algo lo suficientemente plástico como para
alojar usos, valores y formas sociales que solo emergen cuando se los
despliega. Vería a la IA menos como un objeto a gobernar (o con el cual
gobernar) y más como un campo de descubrimiento colectivo y de
auto-transformación.
Vista de este modo, la
tecnología no es una superficie sobre la que proyectamos valores preexistentes;
es uno de los principales lugares donde los valores se forman. Las personas que
trabajan con herramientas particulares desarrollan nuevas habilidades y
sensibilidades, aprenden que algunos usos se sienten como cuidado y otros como
vigilancia, que algunas interfaces invitan a la pedagogía y otras fomentan la
trampa, todo mientras reconsideran qué significan realmente cuidado,
vigilancia, pedagogía y trampa. Esos juicios no pueden producirse de antemano
mediante deliberación abstracta; emergen en la práctica.
La arquitectura de Benanav
reconoce esto al subrayar que los valores evolucionan y al financiar a un
Sector Libre de «creadores de valor». Pero estructuralmente sigue suponiendo un
flujo de una sola dirección: el Demos y el Sector Libre generan prioridades, y
luego los Consejos de Inversión y las instituciones económicas las implementan.
Lo que falta es un relato de cómo los valores emergen desde dentro de la
producción y se diseñan a sí mismos; de cómo, en torno a una tecnología como la
IA, la distinción entre «economía funcional» y «creatividad libre» se vuelve
porosa hasta el punto de romperse.
Gillian Rose, cuya obra
temprana investigó la forma en que el pensamiento poskantiano desgajó la «vida
ética» hegeliana en dualismos sin vida —valores versus hechos, normas versus
instituciones—, llamó luego a este terreno «el medio roto»: la zona donde
medios y fines, moralidad y legalidad, se elaboran en contextos concretos y no
se aplican desde afuera. Lo que ella llamó «el medio sagrado» era la fantasía
de escapar de esa ruptura hacia una armonía purificada, ya sea procedimental o
redentora. En torno a la IA, esa zona es políticamente decisiva. Tratar a la
tecnología como una esfera puramente instrumental que la política dirige desde
afuera no solo es ingenuo; nos ciega respecto de dónde reside hoy el poder.
IV.
En este punto surge una
preocupación razonable: ¿cualquier otra cosas no implicaría simplemente caos?
¿No se supone que el socialismo debe liberarnos del vértigo de la innovación
capitalista, con sus gadgets y su obsolescencia programada?
La respuesta depende del
tipo de impureza que abracemos. Existe la violencia tecnocrática de la
modernización de arriba hacia abajo, que arrasa formas de vida existentes y
llama «progreso» a los escombros. Y existe lo que el filósofo
ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría llama un ethos «barroco»: aceptar que
la modernidad llegó para quedarse, pero negarse a vivirla en la forma pura e higiénica
que prefiere el capital, para hacerlo torciendo normas, obedeciendo sin cumplir
del todo, comiéndose el código y escupiendo otra cosa.
El capitalismo tiene su
propio barroco, por supuesto. El emprendedor de Silicon Valley —a diferencia
del administrador beckeriano que imaginó Jameson— crea nuevos valores
construyendo nuevos mundos y acelerando la contaminación cruzada entre
tecnología, cultura y deseo. Pero es un barroco al servicio de la acumulación,
una impureza encauzada hacia una única trayectoria.
El punto de Echeverría va
más hondo. En el centro de su argumento hay una relectura de una idea marxista
clave: el valor de uso. Toda tecnología, insiste, contiene una infinitud de
actualizaciones posibles, las trayectorias plurales que podría tomar, las
diversas formas de vida que podría habilitar. El capitalismo no elimina esta
pluralidad; la refuncionaliza, orientando el desarrollo hacia el camino
singular de la valorización. Las posibilidades reprimidas no desaparecen;
persisten como potenciales latentes, disponibles para ser redescubiertos bajo
otras condiciones sociales.
Aplicado a la IA, esto
significa que la tarea no es solo regular o redistribuir tecnologías cuya forma
básica se da por sentada, sino explorar las trayectorias que el desarrollo capitalista
clausuró. ¿En qué podrían convertirse los modelos de lenguaje si no se
diseñaran en torno a imperativos de monetización y gestión de riesgos
corporativos? ¿Qué formas de creatividad, memoria o colaboración podrían
habilitar si los datos de entrenamiento fueran curados por comunidades y no
recolectados a escala, y si las interfaces invitaran a la indagación y no al
apego? No podemos saberlo de antemano. La estrategia barroca pasa por tratar
cada encuentro con estos sistemas como una prueba de si siguen siendo posibles
otras actualizaciones. Probar, fallar y volver a probar.
El marco de Benanav tira
en la dirección opuesta. Siguiendo a Robert Brenner, trata el dinamismo
capitalista como algo real, con empresas que innovan mediante la competencia y
el mercado como un auténtico proceso de descubrimiento. Pero esto lee mal las
fuentes del poder del capitalismo. Tomemos Google: su ascenso es inseparable
del control estadounidense sobre la infraestructura de comunicaciones, del
proyecto político de liberalización de internet y de un orden de seguridad que
canalizó el tráfico global a través de sistemas de Estados Unidos. La
innovación capitalista está entrelazada con el poder estatal, las jerarquías
imperiales y la ingeniería legal. Confundir eso con un descubrimiento
espontáneo del mercado corre el riesgo de preservar en el socialismo lo que
nunca fue el verdadero motor del cambio técnico en el capitalismo.
Benanav espera que la
composición multicriterial —la reponderación continua de eficiencia, ecología, cuidados
y tiempo libre— genere el tipo de capacidad de respuesta dinámica que le faltó
a las formas más antiguas de socialismo. Pero esa capacidad corre el riesgo de
ser administrativa y no creativa: orienta (democráticamente) en lugar de
inventar. Y aquí emerge un problema más profundo. Benanav ofrece el socialismo
como respuesta a una pregunta que el capitalismo nunca formula: ¿cómo
deberíamos equilibrar democráticamente valores en competencia? Pero nunca
responde a la pregunta que sí formula el capitalismo: ¿de dónde surge la
creatividad, más allá de las salas de asamblea y las salas de conciertos? ¿Qué
impulsa la contaminación cruzada entre dominios, la invención de nuevos deseos
y capacidades, y la fusión entre imaginación y materia? Cualquiera que haya
escuchado a Steve Jobs, Peter Thiel o Elon Musk sabe que el neoliberalismo no
es la administración beckeriana de un aparato de mercado que imaginó Jameson.
Es un proyecto de fabricación de mundos. Y su promesa es clara: el mercado es
el vehículo mediante el cual se amplían las capacidades humanas, a medida que
los consumidores descubren nuevos gustos y los emprendedores construyen nuevos
mundos.
Si el socialismo quiere
responder al capitalismo en su propio terreno, necesita un vehículo rival de
fabricación de mundos, no simplemente la administración democratizada de una
economía cuya creatividad ocurre en otra parte. Aquí es donde la IA importa. La
apuesta de una sociedad socialista de la IA sería que las funciones generativas
que los neoliberales asignan al mercado —experimentación, descubrimiento, la
capacidad de hacer mundos a partir de ideas— ahora pueden pasar por otro medio.
Llamemos a esto barroco socialista: sistemas de IA gobernados colectivamente,
incrustados en lugares de trabajo, escuelas, centros de salud y cooperativas,
que habiliten la misma fabricación de mundos que el emprendedor reclama para el
capital, pero sin el imperativo de acumulación que distorsiona y clausura los
caminos no tomados.
Entonces el imperativo
motor no sería el «crecimiento» medido como cada vez más mercancías, sino la
ampliación de lo que las personas realmente pueden hacer y ser, individual y
colectivamente.
Desde esa perspectiva, la
IA se evaluaría por si abre nuevos espacios de competencia, comprensión y
cooperación, y para quiénes. En ese marco sería muy valiosa una herramienta que
le permita a docentes y estudiantes trabajar en sus propios dialectos,
interrogar la historia desde sus puntos de vista y compartir y refinar saberes
locales. Mientras que otra que aplane a las personas hasta volverlas
consumidoras pasivas de lodo autogenerado, o que concentre el poder
interpretativo en un puñado de sacerdotes del aprendizaje automático, valdría
muy poco, cualquiera sea su eficiencia.
Si un socialismo expansor
de capacidades —orientado a maximizar fuerzas creativas y no solo productivas—
es posible o no, sigue siendo una pregunta abierta. Lo que importa aquí es que
marcos como el de Benanav apenas nos permiten formularla. Tienen reglas
detalladas para equilibrar criterios una vez que los tenemos, pero dicen mucho
menos sobre el lugar de dónde surgen esos criterios, la forma en que cambian y
cómo la tecnología misma participa en su emergencia. Incluso cuando reconocen
que las necesidades están históricamente moldeadas, olvidan que las capacidades
también lo están.
V.
La IA importa menos porque
sea la tecnología más importante o una ruta garantizada a la emancipación o al
desastre que porque expone fallas en el pensamiento socialista que resultaba
más fácil de ignorar cuando el paradigma era la máquina de vapor o la línea de
montaje. Esas máquinas más antiguas al menos podían describirse, aunque fuera
de manera incorrecta, como herramientas relativamente estables cuyos usos
quedaban en gran medida fijados en el momento del diseño. Con la IA, la
herramienta misma sigue cambiando, delante de nuestros ojos. Sus usos se
descubren en la práctica. Sus límites se desdibujan hacia la cultura, los
medios, la cognición y el afecto. En esas condiciones, un socialismo que trate
a la tecnología como un guion terminado y a la política como el arte de
dirigirlo siempre llegará tarde.
Un socialismo a la altura
de la IA no puede replegarse a una división limpia del trabajo en la que la
política decide y la tecnología provee. Tiene que reconocer a la tecnología
como un sitio primario de autoformación colectiva. La cuestión no es abandonar
la composición democrática de criterios ni romantizar el caos, sino construir
instituciones que traten a la existencia colectiva como un campo de lucha y de
experimentación, donde nuevos valores, nuevas capacidades y nuevas formas de
vida se están formando constantemente.
Eso implica aceptar la
impureza no solo como principio de diseño, sino como condición existencial. En
lugar de imaginar una economía prolijamente funcional suplementada por un
Sector Libre cercado, necesitamos arreglos porosos en los que los experimentos
circulen entre esferas, a veces chocando con las métricas oficiales, a veces
rehaciéndolas. Las instituciones no solo equilibrarían criterios; dejarían
espacio para proyectos indóciles que todavía no encajan en ninguna métrica
reconocida y que quizá nunca lo hagan.
La pregunta no resuelta,
entonces, no es si el socialismo puede socializar a la IA manteniendo intacta
su maquinaria subyacente. Es si el socialismo puede convertirse en un proyecto
de fabricación de mundos, preocupado no solo por quién posee las máquinas, sino
por lo que le permiten hacer y llegar a ser a las personas. Un socialismo que
solo redistribuya los frutos de tecnologías capitalistas siempre correrá detrás
de un mundo hecho en otra parte. Uno que tome en serio el poder
inquietantemente generativo e inestable de la IA podría ayudar a crear un mundo
distinto —y a personas distintas— desde el comienzo.
Fuente: https://www.anred.org/el-socialismo-despues-de-la-ia/
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