lunes, 20 de julio de 2026

MARIÁTEGUI: HETERODOXIA DE LA TRADICIÓN

 


Hernán Ouviña

Ni sistema cerrado ni obra orgánica: el marxismo de José Carlos Mariátegui fue, ante todo, un pensamiento fragmentario y en movimiento, que hizo de lo inconcluso una posición teórica. Hoy resulta clave pensar la relación de su obra con el arte, la utopía y la imaginación revolucionaria.

Heterodoxia de la tradición y otros escritos es una nueva compilación de la vasta obra del marxista peruano José Carlos Mariátegui, publicada recientemente por Batalla de Ideas. La selección y el estudio introductorio, del que a continuación compartimos un fragmento, están a cargo Hernán Ouviña.

José Carlos desdeña tanto la subordinación del arte a los lineamientos y directrices de tal o cual dogma político, como la pura especulación artística que hace del esteticismo un fin en sí mismo. Ni realismo socialista ni torre de marfil, podría ser su consigna. De ahí su enorme admiración por el surrealismo («suprarrealistas» según el lenguaje de la época), para quien el vínculo entre arte y política debía ser de unidad en la diferencia, vale decir, de especificidad de campos y esferas que se articulan en favor de un radical reencantamiento del mundo, aunque desde la «autonomía relativa», la tensión-complementariedad y el magnetismo, sin disociación absoluta ni desencuentro pleno entre ellos. Tal como Mariátegui reconoce en uno de los tantos artículos en los que reivindica a esta corriente vanguardista: «Autonomía del arte sí, pero no clausura del arte. Nada les es más extraño que la fórmula del arte por el arte».

En efecto, si bien las y los artistas jamás pueden sustraerse a la gravitación política —ya que, de acuerdo a Mariátegui, ningún gran artista es «apolítico» ni extraño a las emociones de su época, salvo que ostente una «sensibilidad mediocre»—, ello no implica hacer del arte un mero reflejo de la realidad, pura descripción pasiva o supeditación a lo que nos sugiere e impone como estrecho campo de lo posible. Se trata, ante todo, de ser rabiosamente imaginativos sin dejar de tener los pies en la tierra, de asumir como combustibles vitales al sueño, la fantasía, la sensibilidad extrema y el deseo más inverosímil, para recrear y revolucionar de raíz la propia realidad que habitamos y ansiamos transformar. En suma: de ser realistas y exigir lo imposible.

La vida misma configura un laboratorio «iconoclasta» para el Amauta, ya que requiere de búsquedas e indagaciones, esto es, de una apuesta, experimentación y apertura constante. Contra el pesimismo de la realidad, Mariátegui agita el optimismo de la imaginación. «No creemos que el mundo deba ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor», arenga una y otra vez. El suyo es, por tanto, un marxismo utópico y esperanzado, que busca «insurgir contra la realidad limitada». De ahí que la verdadera actitud revolucionaria sea más optimista que pesimista: «Es pesimista en su protesta y en su condena del presente; pero es optimista en cuanto a su esperanza en el futuro». No obstante, dista de emparentarse con un optimismo ingenuo, de aquellos que «piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles». Ese sería, aunque pueda resultar paradójico, un optimismo conservador, carente de imaginación. La imaginación es así prefiguración y conciencia anticipatoria.

Por cierto, la militancia es para Mariátegui una apuesta estético-política que no puede acotarse a la crítica de todo lo existente, sino que debe a la vez crear, soñar, experimentar lo nuevo y vivenciarlo; no como un futuro lejano y remoto, sino haciéndose carne, uña y espíritu aquí y ahora. Si el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad pretenden constreñir nuestra capacidad imaginativa, clausurar nuestro futuro, concebirlo como mera prolongación en el tiempo de este presente injusto y desigual, Mariátegui pone el foco en las «realidades potenciales», ya que, según sus propias palabras, «quien no puede imaginar el futuro tampoco puede imaginar el pasado». Esto le permite, por ejemplo, imaginar a Simón Bolívar como futurista, dislocando el tiempo en su linealidad histórica a tal punto que el libertador deviene un soñador emparentado con aquella corriente italiana y rusa del siglo XX. Albert Einstein y el arte subversivo se mixturan para romper con la concatenación plana de lo anterior y lo posterior.

En lo que refiere al pensamiento filosófico y político, Mariátegui supo además tomar distancia de los dos flagelos —o tendencias opuestas, pero paradójicamente coincidentes— que, al decir de Michael Löwy, desde un comienzo signaron el derrotero de las corrientes intelectuales en nuestro continente: por un lado, el exotismo, que absolutizaba la especificidad de América Latina (su cultura, su historia, su estructura social, etcétera.), acabando por enjuiciar al propio marxismo como doctrina exclusivamente europea. Por el otro, el europeísmo, que tendía a trasladar mecánicamente —y sobre la base de una concepción unilineal de la historia— a esta realidad las categorías y modelos de desarrollo económico y social occidentales en su «evolución» histórica, intentando encontrar de cada aspecto de la realidad europea su equivalente en América Latina.

Con un obsesivo afán por escamotear estas lógicas, quizás la mayor obra en este sentido haya sido Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicada a fines de 1928 y considerado uno de los textos pioneros en la construcción de un marxismo enraizado y creativo en Nuestra América. En sus páginas iniciales aclara que «ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado». Este carácter provisional e inconcluso del marxismo, donde pensamiento y vida según él «constituyen una sola cosa, un único proceso», permite entender por qué su abultada producción, compuesta por una infinidad de artículos, notas, epístolas, reseñas y borradores de lo más variados, nunca llegó a traducirse en libros «orgánicos».

El suyo es ante todo un pensamiento fragmentario, y más que con algo consumado, nos encontramos frente a hipótesis momentáneas, senderos que se bifurcan, imágenes fulgurantes, reflexiones relampagueantes, balbuceos a tientas, caminos posibles, huellas dispersas en el barro de la historia, hierbas aplastadas o tallos quebrados que —al igual que en el caso de los cazadores del paleolítico, para usar un feliz paralelismo de Carlo Ginzburg— nos brindan luminosas pistas e inusitados indicios. Octavio Paz solía decir que el fragmento es la forma que mejor refleja esta realidad en movimiento que vivimos y que somos: «Las grandes obras de nuestro tiempo —afirma— no son bloques compactos sino totalidades de fragmentos, construcciones siempre en movimiento por la misma ley de oposición complementaria que rige a las partículas en la física y en la lingüística».

Por eso el punto de partida para leer a Mariátegui reside en asumir el carácter inconcluso no solamente de su «obra», sino sobre todo de su propia escritura. El Amauta siempre se negó a concebir sus textos como clausuras. Más bien los pensó como intervenciones abiertas e inacabadas. Esta ausencia de un corpus estructurado y plenamente coherente sabotea la tentación constante de pretender conformar un sistema de pensamiento cerrado y definitivo. Acaso este rasgo herético sea uno de los factores que haya hecho de él una especie de «hecho maldito» del marxismo latinoamericano.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/mariategui-heterodoxia-de-la-tradicion/

SANTUCHO: 50 AÑOS DE SU LUCHA EN ARGENTINA

 


I

A 50 AÑOS DE SU MUERTE. Santucho, el precio y el magma rojo

Por Juan José Salinas

13/07/2026

 

Respecto al meduloso post anterior, le pregunté a su autor, Pedro Cazes Camarero tanto sobre la Teoría del Precio como qué debía entender como Magma Rojo, y él me sorprendió remitiéndome este texto en el que aborda ambos conceptos aggiornando  la figura de Mario Roberto Santucho.

Y es que el próximo domingo se cumplirán 50 años de su muerte, su cuerpo nunca apareció como tampoco la de varies de sus compañeres, hecho que aborde en mi primer libro (Gorriarán…); abordó luego María Seoane en su biografía y por fin por su hijo Mario, que llegó a interesantes hallazgos.

En Pájaro Rojo se ha publicado abundante material sobre el líder del PRRT-ERP, incluyendo artículos detallados sobre cómo fue ubicado en 1976 DOSSIER. ¿Quién entregó a Roberto Santucho…, el destino de su familia Rescates: De cómo los niños de la familia Santucho…, y análisis escritos por su hijo, Mario Santucho La pasión según Santucho.

Siempre fui muy crítico de las políticas desplegadas por el PRT-ERP pero también siempre tuve claro que sus militantes y los nuestros pertenecían, ya desde el colegio secundario, a una misma generación dispuesta a dar la vida en aras de una patria más justa, libre y soberana a la que llamábamos socialista, en nuestro caso, con la venia de Perón… por lo que espero que los compañeros macartistas no se me tiren a la yugular ni cometan la tontería de andar diciendo, como suelen, que debería abandonar el proteico movimiento de liberación nacional para sumarme a las huestes de Miriam Bregman.

Los dejo con Pedro, al que le pertenece el título de este post.

Santucho: Una lectura retrospectiva a medio siglo de su muerte

Lo llamábamos el Robi. Hace cincuenta años, el ejército contrarrevolucionario probó que también a él le entraban las balas. En ese momento yo estaba en la cárcel, y el enemigo se aseguró de que nos enterásemos con certeza y premura. A la consternación inmediata le siguió la convicción oscura de que esa muerte cerraba una época. Tantas décadas después, creo que puedo confirmar aquellas sombrías convicciones.

No siempre estuvimos de acuerdo, pese a lo cual votamos con frecuencia sus posiciones.  Estoy seguro que otros veteranos compañeros, dada la ocasión, ofrecerán generosos testimonios acerca de aquellos años, durante los que tuvimos el privilegio de compartir sus orientaciones y enseñanzas, y a veces disentir acerca de ellos. Por mi parte, prefiero otra manera de realizar un homenaje a su memoria: desplegar una meditación retrospectiva sobre aquellos días feroces, a la luz de lo aprendido en estas décadas que tuvimos que navegar sin el Robi.

La muerte en combate de Mario Roberto Santucho, el 19 de julio de 1976, no puede ser pensada sólo como la caída de un dirigente revolucionario. Santucho murió en el momento en que la Argentina dejaba atrás, a sangre y fuego, el ciclo del capitalismo industrial-fordista, de la centralidad obrera clásica, de las grandes organizaciones políticas y sindicales, y comenzaba a ingresar en una fase dominada por la valorización financiera, la deuda, la fragmentación social, la precarización y la subordinación de la vida colectiva a nuevas tecnologías de mando económico. Además, no estamos ante una muerte meramente militar, sino ante una muerte inscripta en el dispositivo represivo de la desaparición. Que  buscaba sólo eliminar al enemigo físico; buscaba desorganizar la memoria, quebrar las genealogías militantes, interrumpir la transmisión política y producir terror duradero.

En 1976 la izquierda revolucionaria argentina pensaba todavía dentro de un horizonte marxista clásico: el núcleo de la explotación estaba en la apropiación de plusvalor.

El salario expresaba el precio de la fuerza de trabajo. La ganancia, la renta y el interés podían ser entendidos como formas derivadas de la distribución de la plusvalía. Esa matriz no era falsa; correspondía a un capitalismo donde la fábrica, el salario, el sindicato y la producción industrial todavía organizaban buena parte de la vida y de la percepción política. Pero esa matriz dejaba en la sombra algo que hoy se vuelve central: mientras que en aquel fordismo el precio aparecía, en última instancia, como la forma monetaria del valor-trabajo, en el posfordismo ha devenido en una institución estratégica de mando. Puede organizar la distribución social, disciplinar comportamientos, destruir derechos, alterar relaciones de fuerza, producir obediencia, segmentar poblaciones y capturar riqueza social que no se deja medir adecuadamente por el tiempo de trabajo.

Esa es la torsión decisiva de la actual teoría del precio, el cual deja de ser la apariencia fenoménica del valor y pasa a ser una tecnología política de captura.

En los años ’60 y ‘70, ese desplazamiento todavía no era plenamente visible. Los revolucionarios veíamos la inflación, la devaluación, el salario, la renta agraria, el interés o el tipo de cambio como momentos de una lucha distributiva que, en última instancia, remitía a la contradicción entre el capital y el trabajo. Pero la historia argentina (y mundial) posterior muestra que la recomposición capitalista no se produjo sólo en la fábrica ni sólo mediante la extracción directa de plusvalía. Se produjo mediante una reorganización general del sistema de precios: precio del trabajo, precio del dinero, precio de la divisa, precio de los alimentos, precio de los servicios públicos, precio de los activos, precio del endeudamiento, precio de la obediencia y precio de la rebelión.

El Rodrigazo de 1975 fue una anticipación brutal de esa mutación. Constituyó una reorganización violenta de los precios relativos, con devaluación, aumento de tarifas, combustibles y transporte, y contención de salarios. En otras palabras, una política de shock donde se advierte que el precio no aparece como simple reflejo distorsionado del valor- trabajo, sino como el campo directo de la lucha de clases. Ya no se trataba sólo de “cuánto valen” las mercancías, sino de quién tiene el poder de reordenar la sociedad mediante el dispositivo de los precios. La reforma financiera de la dictadura, en 1977, profundizó ese modelo basado en la valorización financiera, la apertura externa y el disciplinamiento social, desplazando el patrón de industrialización por sustitución de importaciones, instaurado a partir de la crisis de 1930. Esto permite leer la demolición del PRT-ERP (y de Montoneros y las demás organizaciones revolucionarias) no sólo como una victoria militar del Estado terrorista, sino como el momento de una ofensiva mucho más amplia, destinada a quebrar la capacidad popular de disputar el sistema de precios, de salarios, de derechos, de expectativas y de sentido.

En esta clave, la muerte del Robi se ubica en un punto histórico de inflexión. Él combatía todavía contra un capitalismo que aparecía como industrial, oligárquico, imperialista y estatal-represivo, esto es, fordista. El capitalismo que emergía detrás de la represión ya no sería el viejo capitalismo fabril, sino un capitalismo crecientemente financiero, endeudador, rentístico y desindustrializador. La fábrica no desaparecía por completo, pero perdía centralidad simbólica. El obrero industrial dejaba de ser el sujeto casi transparente de la revolución. El salario quedaba rodeado por deuda, inflación, informalidad, precariedad, tarifas, interés, tipo de cambio y formas indirectas de expropiación. La teoría del precio permite percibir algo que en 1976 no podía verse con nitidez, esto es, que la derrota revolucionaria no constituía sólo la derrota de una organización política frente a un aparato represivo superior, sino la imposición de una nueva gramática de mando social.

El capital necesitaba destruir una forma de subjetividad colectiva capaz de decir que no. No al salario de hambre, no al disciplinamiento fabril, no al imperialismo, no al Estado represivo, no a la desigualdad naturalizada. Pero luego de destruir esa subjetividad, el nuevo mando ya no se ejercería únicamente mediante la patronal, el capataz o los militares, sino mediante la tasa de interés, la deuda externa, la inflación, el dólar, la apertura comercial, la fuga de capitales, la valorización financiera y la reorganización de los precios relativos. Por eso, el precio del salario determina la reproducción material de la vida obrera. El precio del dólar reorganiza la soberanía económica. El precio del crédito decide quién puede producir, consumir o endeudarse. El precio de los alimentos define la vida cotidiana de las clases populares. El precio de los servicios públicos redistribuye ingresos. El precio de los activos decide quién se apropia del patrimonio social. El precio de la deuda convierte el futuro en obligación. Y el precio de la rebeldía, bajo la dictadura, fue llevado al extremo absoluto del secuestro, la tortura, la desaparición, la muerte, el exilio, el miedo.

Mi hipótesis afirma que la dictadura no sólo nos venció militarmente, sino que contribuyó a imponer un nuevo régimen de precios. Ese régimen desarmó la capacidad colectiva de intervenir sobre la valorización social. En el fordismo, la clase obrera organizada podía disputar el salario, las condiciones de trabajo, los convenios, los precios administrados, las políticas públicas y los derechos sociales. En el régimen posterior, la lucha se desplazó hacia mecanismos mucho más opacos. El capital podía gobernar desde el mercado financiero, la deuda, el tipo de cambio y la inflación. La violencia estatal abrió el camino para esa abstracción.

En 1976 no existía todavía el General Intellect en la forma contemporánea, es decir, no existían plataformas digitales, redes sociales, inteligencia artificial, big data, economía algorítmica ni captura masiva de atención. Pero sí existía un magma rojo -noción que tomo de Castoriadis- embrionario: fábricas politizadas, comisiones internas combativas, sindicatos de base, universidades radicalizadas, barrios organizados, imprentas clandestinas, intelectuales militantes, curas del Tercer Mundo, agrupaciones estudiantiles, redes culturales, experiencias de solidaridad, juventudes politizadas, memorias plebeyas y una enorme energía instituyente.

Ese magma no era puramente obrero ni puramente partidario. Era una composición social heterogénea, atravesada por marxismo, peronismo, cristianismo revolucionario, nacionalismo popular, guevarismo, sindicalismo clasista, antiimperialismo y deseos de justicia social.

Primero el Che Guevara, luego Santucho, intentaron darle forma estratégica a ese magma. Su grandeza reside en haber comprendido que la rebeldía espontánea no alcanzaba. Había que organizar, decidir, producir una línea, construir cuadros, asumir riesgos, enfrentar al poder, combatir militarmente. Su límite, visto retrospectivamente, pudo haber sido traducir esa multiplicidad a una forma demasiado cerrada: partido, ejército, estrategia militar, centralización, disciplina, toma del poder. Es decir: quisieron convertir un magma social complejo en una máquina revolucionaria coherente. Ese gesto tenía una razón histórica. En el mundo de la Guerra Fría, de Vietnam, de Cuba, de la Revolución China, de Argelia y de los movimientos de liberación nacional, la idea de una organización revolucionaria armada no era una extravagancia aislada. El PRT-ERP formaba parte de un horizonte internacional donde la revolución parecía posible y donde la violencia política era interpretada como respuesta a una violencia estructural previa. La propia historiografía sobre nuestro partido ha destacado la centralidad de la guerra revolucionaria, la militarización y el guevarismo en su desarrollo.

Sin embargo, desde la noción de magma rojo, el problema no es simplemente si la lucha armada era correcta o incorrecta en abstracto. El problema es más profundo: ¿puede una organización centralizada expresar adecuadamente la complejidad de un magma social abierto? ¿Puede una estrategia militar alojar la pluralidad de deseos, lenguajes, afectos, temores, tradiciones y formas de vida populares? ¿Puede una dirección revolucionaria conducir sin sustituir? ¿Puede organizar sin clausurar? ¿Puede producir potencia sin convertir la heterogeneidad social en obediencia estratégica? Ahí aparece una de las enseñanzas más importantes. El magma rojo no es espontaneísmo. No significa que la multitud social se autoorganice mágicamente ni que la organización política sea innecesaria. Pero tampoco puede ser reducido a una línea única.

El magma rojo exige formas de organización porosas, capaces de leer la heterogeneidad, sostener la iniciativa popular, articular diferencias, producir instituciones nuevas y evitar que la voluntad revolucionaria se convierta en mando separado. Santucho encarnó de modo admirable la decisión, la valentía y la coherencia; pero su época tendía a pensar la política revolucionaria bajo la forma de la centralización y de la guerra. Nuestro tiempo exige otra forma: organización sí, pero no captura burocrática del magma; conducción sí, pero no sustitución del campo popular; estrategia sí, pero abierta a la complejidad instituyente.

Aquí se puede comprender mejor la relación con el Che Guevara. La mención al Che corresponde, porque Santucho y el PRT-ERP estuvieron atravesados por el guevarismo, aunque no puedan reducirse a un simple foquismo. El Che, en La guerra de guerrillas, pensaba la guerrilla como guerra del pueblo y no como aventura separada de las masas; incluso advertía que una guerrilla sin apoyo popular estaba condenada al desastre. Hay que advertir que toda política revolucionaria necesita una relación orgánica con el magma popular real, no con el pueblo imaginado por la teoría. El Che representa una ética de la entrega, de la consecuencia, del internacionalismo, del rechazo a la comodidad burocrática y del combate contra el imperialismo. Santucho comparte esa ética. Ambos pertenecen a una constelación donde la revolución era vivida como decisión existencial, no como comentario académico ni como administración progresista del capitalismo. Pero ambos quedan también ligados a un límite de época: la tendencia a pensar que la intensidad moral, la voluntad política y la organización armada podían abrir el camino revolucionario incluso cuando la composición social era más ambigua, más contradictoria o menos disponible de lo que la estrategia suponía.

Desde la teoría del magma rojo, la enseñanza no consiste en condenar esa intensidad, sino en desplazarla. La intensidad sigue siendo necesaria. Sin pasión, sin coraje, sin voluntad, sin disposición a pagar costos, ninguna transformación profunda es posible. Pero esa intensidad debe operar hoy sobre otro terreno. Ya no puede apoyarse en la imagen de una clase obrera homogénea, de un partido que concentra la conciencia y de una toma del poder que resuelve la contradicción histórica. Debe operar sobre un campo social fragmentado, precarizado, endeudado, digitalizado, afectivamente dañado, atravesado por consumos, miedos, individualismo, redes, algoritmos, resentimientos y nuevas formas de cooperación. Por eso, la teoría del precio y el magma rojo se complementan. La teoría del precio muestra cómo gobierna el capital; el magma rojo muestra qué intenta capturar y qué puede desbordarlo. Si el precio es la forma de fijación, ordenamiento y captura, el magma rojo es la potencia abierta, no totalmente codificable, de la cooperación social, del deseo colectivo, de la imaginación instituyente y de las capacidades populares. El capital necesita convertir el magma en precios: precio del trabajo, precio del conocimiento, precio del crédito, precio de la atención, precio de los datos, precio de la tierra, precio del futuro. La política emancipatoria necesita hacer el movimiento inverso: liberar del precio aquellas dimensiones de la vida social que pueden devenir comunes, derechos, instituciones democráticas, cooperación y autonomía. En 1976, esa formulación no estaba disponible.

El magma rojo que proponemos no es una clase social ni una suma de organizaciones. Es el campo ontológico abierto de capacidades productivas, cognitivas, afectivas, institucionales e imaginarias que una sociedad genera, y que el capital intenta capturar, ordenar, valorizar y disciplinar. En el capitalismo cognitivo actual, ese magma rojo aparece ligado al General Intellect, a la cooperación social, al conocimiento, a la comunicación, a las redes, a los datos, a la producción subjetiva.

El marxismo revolucionario podía denunciar la explotación, la dependencia, el imperialismo, la plusvalía, la represión y el carácter de clase del Estado. Pero no podía ver plenamente que el capitalismo que estaba naciendo iba a gobernar cada vez más por abstracciones monetarias y financieras. Tampoco podía prever que el General Intellect, anticipado por Marx en los Grundrisse, devendría un terreno central de acumulación: ciencia, conocimiento, comunicación, información, afectos, lenguaje, innovación, subjetividad.

En ese sentido, Santucho muere en el pliegue entre dos épocas: la época del proletariado industrial como sujeto privilegiado de la revolución y la época de la cooperación social capturada por los dispositivos enemigos del precio, la renta, la deuda y la tecnología. Esto no vuelve “antiguo” al Robi, lo vuelve histórico. Y precisamente por ser histórico puede ser pensado con respeto crítico. Su figura conserva una potencia que el presente necesita, o sea la convicción de que el capitalismo no es un destino natural para la humanidad y la negativa a aceptar la injusticia como fatalidad; la disposición a unir pensamiento y acción; la exigencia de organización; la comprensión de que toda transformación real enfrenta la violencia del orden constituido. Pero la estrategia del Che y del Robi no puede ser repetida. Repetirla sería confundir fidelidad con momificación. La fidelidad verdadera consiste en trasladar su pregunta al presente: ¿dónde se concentra hoy el mando capitalista y cómo se organiza una fuerza capaz de enfrentarlo y aniquilarlo?

La respuesta, desde nuestra teoría, sería que el mando capitalista se concentra hoy en el régimen de precios ampliado. No sólo en el precio de la mercancía clásica, sino en el precio como institución general del acceso, la exclusión y la captura. Precio de la vivienda, del medicamento, del alimento, del dólar, del crédito, de la deuda pública, de la energía, de la salud, y también precio del conocimiento privatizado, de la conectividad, de los datos, de las patentes, del tiempo. El capitalismo contemporáneo no sólo explota trabajo: administra accesos. Decide quién puede vivir, producir, curarse, estudiar, investigar, circular, endeudarse, comunicarse o proyectar futuro. A la vez, el terreno de resistencia no es una clase social (proletariado) ya dada, como sujeto transparente. Es un magma compuesto por trabajadores formales e informales, científicos, docentes, técnicos, jóvenes precarizados, jubilados, mujeres organizadas, movimientos territoriales, cooperativas, usuarios endeudados, productores pequeños, estudiantes, trabajadores de plataformas, profesionales empobrecidos, comunidades culturales y formas dispersas de cooperación social.

Ese magma no está automáticamente politizado. Como se ha visto con Milei, puede ser capturado por la derecha, por el mercado, por la deuda, por la antipolítica, por el miedo o por la desesperación. Por eso requiere organización. Pero una organización que sepa escuchar, articular y producir institución, no simplemente ordenar desde arriba.

La muerte de Santucho muestra la necesidad de la decisión política. Ningún magma social se convierte por sí solo en fuerza transformadora. La potencia necesita formas, nombres, estrategias, instituciones, conducción. Pero ofrece el peligro de confundir forma con clausura. Cuando la forma política se autonomiza demasiado del magma real, corre el riesgo de hablar en nombre de un pueblo que la propia forma política no logra expresar plenamente.

El desafío contemporáneo consiste en sostener la organización sin sustitución, la conducción sin mando separado, la estrategia sin teleología, la radicalidad sin sacrificio abstracto.

También hay que revisar la noción de heroísmo. Santucho y el Che Guevara fueron, sin duda, personalidades excepcionales: austeros, valientes, decididos, íntegros, capaces de asumir hasta el final las consecuencias de sus ideas. En tiempos de toda la basura de la derecha, de cinismo político, de oportunismo, de marketing electoral y de gestión sin horizontes, esas dimensiones resultan conmovedoras. Pero el heroísmo revolucionario tiene una ambivalencia. Puede inspirar, pero también puede inducir a una ética sacrificial donde el cuerpo militante se vuelve combustible de la causa. Necesitamos rescatar la intensidad ética de nuestros héroes sin reproducir una política de la muerte.

La revolución del siglo XXI debe ser también una política de la vida: vida digna, tiempo liberado, salud mental, cuidados, alegría colectiva, instituciones comunes, reapropiación del futuro. Recuperemos la fiera intransigencia frente a la injusticia, pero inscribiéndola en formas políticas capaces de actuar sobre el capitalismo actual, que ya no domina sólo por represión directa, sino a través de sus dispositivos como la deuda, los precios, las plataformas, el consumo, el miedo, la fragmentación, la información y la captura del deseo.

Santucho pertenece al final trágico del ciclo revolucionario fordista. Su figura obliga a pensar qué se obliteró con aquella derrota: no sólo una organización, sino una intensidad colectiva, una capacidad de imaginar otro mundo, una confianza en la acción común. Pero también obliga a pensar qué debe ser transformado. No podemos seguir pensando la revolución sólo con las categorías del valor, la clase, la fábrica, el partido y la toma del poder.

La dictadura derrotó a las organizaciones revolucionarias a fin de abrir el camino a un nuevo régimen de acumulación. La sanguinaria represión fue la condición de posibilidad de la valorización financiera, del endeudamiento y de la desarticulación obrera. Por eso, la memoria histórica y la crítica económica no pueden separarse. Santucho, así como el Che, deben ser homenajeados críticamente. Su enseñanza más actual no es la reproducción del ejército guerrillero, sino la exigencia de unir la ética, la acción, el internacionalismo y una relación viva con el pueblo real. Repetir su estrategia sería desconocer que el terreno histórico cambió. La fidelidad no consiste en copiar la forma de lucha, sino en actualizar la pregunta revolucionaria. De todos modos, la militancia armada no es la lepra, es un método de acción política para cuando los demás caminos están cerrados.

La política emancipatoria contemporánea debe desplazar el heroísmo sacrificial hacia una política de la vida. La entrega militante sigue siendo necesaria, pero no puede organizarse alrededor de la muerte como destino sublime, sino alrededor de la producción de futuro, de derechos comunitarios, de alegría, de autonomía y de capacidad colectiva. El campo de batalla actual es más amplio que el de 1976. Incluye la fábrica, el salario y el Estado, pero también la deuda, los precios, los algoritmos, los datos, las plataformas, la subjetividad, la salud mental, los cuidados, el conocimiento, el territorio, la moneda y la renta. Allí se juega hoy la captura del General Intellect por nosotros o por el enemigo, y allí debe operar una política del magma rojo. Santucho sigue importando, porque encarna una pregunta que el presente aún no resolvió: cómo convertir la indignación y la ira en organización, la injusticia en estrategia, la memoria en fuerza y la potencia popular en transformación real.

Fuente: https://pajarorojo.com.ar/santucho-el-precio-y-el-magma-rojo/

 

II

SOBRE LA VERGÜENZA, A PROPÓSITO DE “SANTUCHO, A 50 AÑOS” DE MIGUEL MAZZEO

17/07/2026 

 

Resistencias

Por Diego Sztulwark


“…y más de un paso siento marchar conmigo, pero si no tuviera, no importa, sé que hay muertos que alumbran los caminos”, Silvio Rodríguez, La vergüenza (1974).


En “Santucho, a 50 años” Miguel Mazzeo afirma con toda razón que la figura de Mario Roberto (Santucho) fue demonizada al máximo. Él y el “el fenómeno sociopolítico que encarnó”. Lo evoca precisamente como la sombra más “perturbadora” de la historia argentina. Perturbación provocada por una singular “rigurosidad” en el “seguimiento de una meta”, tanto como por su “confianza en alcanzarla”. Estos dos rasgos –rigor y confianza–, aplicados en los setentas a hacer una revolución, constituyen lo “enérgico” de su mandato. Sombra devenida fantasma, fantasma histórico espeso, que anda cargado de cosas para decir. Precisamente, de un “mandato”. Un mandato que se ha vuelto transgeneracional. Santucho aparece como el padre asesinado, el fantasma del padre de Hamlet. Las generaciones posteriores, las que saben o intuyen lo que pasó con él y sus compañerxs, se resisten a recibir ese mandato. Les/nos cuesta horrores asumirlo. Por eso se finge ignorancia (o desacuerdo). Como historiador, Mazzeo hace afirmaciones de lo más interesantes (por verdaderas tanto como por inesperadas): se le ha amputado –en verdad escribe: “negado”– a Santucho “el carácter eminentemente cívico y patriótico de su práctica política, “orientada a transformar radicalmente un ordenamiento social neocolonial, jerárquico y clasista”. Miguel es corajudo al rescatar esta amputación. Y esa amputación se ha “intentado desdibujar su fuerte inserción en la historia argentina y universal”. No sólo se lo ha asesinado, “cazado”. No sólo se ha asesinado a sus compañerxs. No sólo se ha desaparecido su cuerpo y prohibido su nombre. Toda esa barbarie –aplicada a una generación militante– no fue sino el medio para aniquilar “la íntima afinidad que en este país suele haber entre subversión y patria”. Que esa aniquilación haya resultado exitosa es algo que no se termina de medir exclusivamente por los términos de la derrota militar de mediados de los años setenta. Sino más bien por la cómplice indiferencia de quienes, cincuenta años después, repiten con cara de nada el rezo desentendido que condena a toda violencia “venga de donde venga”. Como si no fuera obvio que la violencia que viene, viene desde hace décadas de un solo lado. Negar en Santucho y sus compañerxs una práctica política “cívica y patriótica”, es, en todo caso, una condición de posibilidad actual para impedir por todos los medios necesarios “la posibilidad de una amalgama verdaderamente popular (no estatal) de fuerza (material y moral) y justicia, la mixtura de poder y autoridad”.

Esa amalgama, escribe Mazzeo, encontró en la figura Santucho “el pico más alto del proceso de desmantelamiento de la legitimidad liberal”. No en términos restringidamente individuales, por supuesto. Sino en tanto que sujeto activo de una “genealogía, de un linaje” hecho de lengua quechua, de “hacheros santiagueños y cañeros tucumanos”, de “federalismo” y de pedagogías amerindias, así como de una disposición a “todos los mestizajes”. Genealogía ésta que es también la del “guevarismo” (reivindicado por el PRT-ERP), que “fue sumando otros actores destacados: el proletariado industrial, el estudiantado (o la “pequeña burguesía radicalizada”)”. Mazzeo no deja de señalar todo tipo de equivocaciones, desvíos y errores (de lectura política, histórica y de concepción de lo militar: “Hubo un momento en el que la guerra dejó ser servir a la política y la política intentó, de manera infructuosa y contraproducente, servir a la guerra”) cometidos Santucho y sus compañerxs, pero acierta al mostrar que ni uno solo de esos errores comprometió lo que juzga esencial en ellxs: la inquebrantable trinidad de “fe, pasión y voluntad”, articulables con la fuerza del mito revolucionario, sobre el que había escrito José Carlos Mariátegui y que, según relata la peruana Hilda Gadea, había ingresado en las lecturas del guevarismo aun antes del triunfo de la Revolución Cubana. Esa mítica trinidad ofrece el contraste más extremo con todo aquello de lo que hoy se carece. Miguel no calla una sola crítica a las acciones y formulaciones de aquellos años, pero tiene la extrañísima lucidez (hay que decirlo: en este terreno son muy pocas las observaciones “críticas” que no actúan con alguna variante, derechista o izquierdista, de la mala fe) de admitir sin ambages la “vergüenza” que le produce “decirlo ahora”, cuando todas las cuestiones que quisiera discutir (es decir: corregir, desechar, mejorar o recuperar) con respecto aquella generación militante se encuentran “al borde del abandono”. 

Este problema –el problema de la “crítica”– es uno de los más interesantes de los varios planteados por Miguel. Sobre todo por el modo –nietzscheano– en que dispone la crítica crítica como crítica del valor de las “críticas” habituales. La crítica de Miguel es la que se subleva contra la negación, contra la amputación, contra la mala fe y contra la ideología de esta época. Son cuatro las cuestiones que, según noto, se agrupan en ella. La primera de ellas: ¿a título de qué (de qué valor) una época que no planea revoluciones (y que por momentos parece casi no resistir entregas indecorosas) objeta y descarta a quienes se propusieron hacerlas? Cuestión especialmente relevante cuando ninguna de las grandes cuestiones que la revolución se proponía transformar fueron transformadas por otras vías. En segundo lugar: ¿qué valor tienen las “críticas” provenientes de un universo de sentido diseñado por los enemigos-vencedores cuya victoria es el principal organizador de todo lo que de indigno (indignidad política, económico-social, cultural) tiene este presente? En tercer lugar: ¿Cuál es el valor de una impugnación de tal o cual incorrección santuchista o guevarista cuando –incluso proviniendo de la izquierda– cuando dichas amonestaciones no ofrecen criterios procesan de prácticas políticas más eficaces, o más interesantes, o más capaces de señalar caminos alternativos convocantes y/o transformadores? Y finalmente, citando de nuevo a Mazzeo: ¿no es cierto –aquí aparece verdaderamente desnudada la disputa en torno a los valores– que “ningún catálogo de “errores”, “limitaciones” o “exageraciones”, podrá modificar lo que Santucho simbolizaba y simboliza”? Con esta formulación, Miguel nos lleva al corazón del asunto. Un asunto que se ha planteado también respecto del Che Guevara: cada uno de sus errores (errores que según John W. Cooke eran preferibles a los escasos y solo pretendidos “aciertos” de cierta izquierda) eran subtendidos por una búsqueda ella misma tan verdadera, que incluso en sus pifies  emanaban una fuerza decisiva. Se trata de una cuestión más actual de lo que parece, porque según el modo como se la resuelva se podrá o no pensar a fondo el asunto de la vergüenza que Miguel menciona. Quiero decir: si por un lado nos avergüenza criticar desde la ausencia de prácticas revolucionarias a quienes fueron sancionados al máximo por ser consecuentes con ellas, esa vergüenza –que nos informa de lo que el tiempo presente hace de nosotrxs– no debería confundirse con otra clase de vergüenza muy diferente (una vergüenza vía culpabilización), que los enemigos históricos nos imponen para obtener de nuestra parte un silencio insoportable. Y es que el total de lo que inequívocamente podemos señalar como errores del Che, de Santucho y de sus compañerxs, todos sumados y sin olvidar ninguno, no llegan a constituir –de ningún modo– un motivo de vergüenza, ni un obstáculo para sentir –incluso– un cierto orgullo (un orgullo trágico, herido y dolorido, pero orgullo al fin) por lo que sus acciones tuvieron de búsqueda de una sociedad más igualitaria. En nosotrxs (las generaciones a la que los fantasmas se les hacen presentes), el señalamiento del error adopta la forma –no sé si Miguel estaría de acuerdo en esto– del sentido antiedípico de la Carta de Kafka a su padre (el camino del hijx comienza allí donde el padre no pudo encontrar una salida).


Lo que Miguel quiere subrayar es, ante todo, que “Santucho no fue solo un hombre sino una época cuyos rasgos más salientes fueron la voluntad, la pasión y la autenticidad”. Y que esos rasgos son los que hicieron de su utopía “tal vez la utopía más realista de nuestra historia”. Y que “simbólicamente, la gran derrota popular argentina del siglo XX se consumó con la caída en combate (o con la cacería, si se prefiere)”. Porque la “figura de Santucho oficiaba como garantía en un plano fundamental: el poder será desafiado”. Lo que en su reverso supone afirmar que “con Santucho moría una época y un sujeto” en torno a los cuales se jugaba un “reconocimiento colectivo de la legitimidad de la violencia de las y los de abajo (una violencia que podía ser democrática y digna), mientras volvía a naturalizarse la violencia unidireccional: de arriba hacia abajo, es decir la violencia de las clases dominantes”. Moría entonces, dice Miguel, una posibilidad “transformadora”, ligada a la “potencia de unas masas organizadas, pero no disciplinadas, por ende: masas temibles”. Y moría también “un paradigma militante fundado en la coherencia, la entrega, el espíritu de sacrificio, la heroicidad” (muerte, esta última, que no hace sino facilitar el actual “paradigma del “militante” estatal, gestionario, blando”; ese “militante” cuyo terreno no es el de la lucha de clases, no es el de las disputas por las conciencias”, sino el del mero electoralismo. Digo “facilitar”, porque el contraste es tan lapidario que casi se puede decir que ese militante actual necesita de la muerte de aquel modelo, puesto que él no es lo que es sino como consecuencia directa de aquella muerte). 

Me pregunto por qué esta voz de Miguel (me) suena tan solitaria en este texto y cómo acompañarla. Intuyo que la posibilidad de sumar algo a lo suyo viene por el lado del fantasma. Ese tipo de extraña presencia (sobre la que hablamos los otros días en Osos de Grafton, con Eduardo Rinesi) que resulta, sin embargo, fundamental a la hora de señalar la radical imposibilidad de que todo presente tiene para ser plenamente contemporáneo consigo mismo. Estos fantasmas son presencias desquiciantes, que introducen susurros de otros tiempos en el nuestro y nos anotician sobre las injusticias pasadas. Son palabras que no podemos dejar de escuchar porque refiriéndose a injusticias sufridas por ellos en mundos ya idos, nos revelan las claves, los orígenes y las conexiones con las injusticias que dominan en éste. Pero al mimos tiempo no es tan fácil escucharlos: porque hablan la lengua de esos mundos ya idos. Y a nosotrxs nos toca escucharlos carentes de una lengua política capaz de prolongar aquellas luchas en circunstancias tan diferentes. Ya en un comentario reciente sobre Nuestra tierra, documental de Lucrecia Martel, Miguel había escrito algo a lo que me sumé en silencio apenas lo leí: decía algo así como que si algo intentó (sin demasiada fortuna) “nuestra generación” fue crear una suerte puente con la de los años setentas. Digo que quisiera sumarme a estas cosas que está escribiendo Miguel, preguntando qué hacer con eso que el puente quiera “rescatar”, cómo traducir esas voces que escuchamos, desde la vergüenza de no estar nunca a la altura (y por tanto rechazando la impostura revolucionarista, y otras formas de la ya mencionada mala fe), pero también y sobre todo rechazando una falsa vergüenza inoculada, que nos viene de afuera, y que no tiene que ver con ninguna falta cometida, ni que un supuesto tribunal de la historia o la moral pudiera demandarnos. Quiero decir que lo que (me) sugiere con tanta fuerza el texto de Miguel sobre Santucho, es una cierta clave para enaltecer un tipo de vergüenza kafkiana, como la que Jospef K siente cuando muere “como un perro” acuchillado: “era como si la vergüenza hubiera sobrevivido a su muerte”. Pero esa vergüenza no es vergüenza por nosotrxs mismos ni por ni por nuestros antecesores sino por el orden del mundo que se consolidó con su derrota.

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Fuente: https://www.revistaresistencias.com/2026/07/17/sobre-la-verguenza-a-proposito-de-santucho-a-50-anos-de-miguel-mazzeo/


FRIEDRICH ENGELS NOS MOSTRÓ CÓMO HACER HISTORIA

 

Una ilustración en blanco y negro de Friedrich Engels, circa 1890. (Hulton Archive / Getty Images)

Paul Blackledge

Traducción: Pedro Perucca

Una caricatura retrata a Friedrich Engels como un ultradeterminista que presentó a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. En realidad, sus escritos históricos fueron sutiles y sofisticados, y mostraron de qué manera la agencia humana puede cambiar el curso de la historia.

 

Existe un mito según el cual Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx hasta convertirla en una forma de determinismo tecnológico políticamente fatalista. Si bien es posible extraer frases fuera de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador sumamente sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que colocó a la agencia humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Si bien entendía que la agencia humana estaba materialmente determinada, su modelo de determinación no era en absoluto mecánico ni reduccionista.

E.P. Thompson tenía, sin lugar a dudas, razón cuando sostuvo que debíamos precavernos de los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que se elija imputarle al marxismo posterior». Y Perry Anderson, con justicia, torció el bastón hacia el lado contrario frente a los intentos de denigrar el legado de Engels, cuando sugirió que en realidad era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea, y tenía una comprensión más segura de sus estructuras sucesivas y salientes».

El nacimiento del materialismo histórico

En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha vuelto célebre:

Si algunos escritores más jóvenes le atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos en cierta medida responsables de ello. Tuvimos que subrayar este principio rector frente a los adversarios que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el espacio o la oportunidad de hacerles justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era distinta cuando se trataba de retratar una sección de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y ahí no era admisible ningún error.

Para Engels, «el factor determinante en la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto declarando que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga abstracta, ridícula y carente de sentido».

Lamentablemente, a lo largo del último siglo y más ha existido toda una industria artesanal empeñada en distorsionar las proposiciones de Marx y Engels hasta convertirlas en piezas de jerga abstractas, ridículas y carentes de sentido. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. La calumnia que se le ha arrojado encima puede estar relacionada con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que también, podría decirse, inventó su práctica a través de su autoría de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).

Producido sobre el trasfondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio estaba destinado tanto a aportar evidencia de una auténtica tradición revolucionaria alemana como a contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas presentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, hizo la afirmación superficial y mística de que el levantamiento campesino de 1525 había surgido como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los personajes principales como agentes racionales, cuyo comportamiento podía comprenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus contradictorios intereses materiales, enraizados en las relaciones sociales contemporáneas.

Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario por debajo de su apariencia superficial de mera explosión de misticismo religioso. Estructura y agencia no son, según este modelo, opuestos: de hecho, son mutuamente constitutivas. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a explorar el papel de la agencia dentro de ellas, sino más bien el prerrequisito necesario para semejante indagación.

Crítico militar

El poder de este enfoque para el estudio de la historia resulta evidente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consagró como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Comentando un ensayo de Engels sobre este tema, «Ejército» (1857), Marx escribió que había quedado «anonadado», no solamente «por el mero volumen de la obra», sino también por su calidad: la consideraba una pieza de trabajo que «demuestra lo acertado de nuestros puntos de vista en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».

Más allá de cualquier otra cosa que pueda decirse de «Ejército», no se trata de una pieza de materialismo mecánico o de determinismo tecnológico. En realidad, es un estudio magistral de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, si bien Engels enmarcó su relato en relación con su contexto social, su atención a la organización, el liderazgo, la moral y la cultura iluminó la naturaleza no reduccionista de su materialismo.

Al trazar los enfrentamientos entre griegos y persas, sostuvo que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hicieron que las «muchedumbres torpes y desordenadas» de sus adversarios fueran «absolutamente incapaces de ofrecer nada más que una resistencia pasiva frente a la falange incipiente de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar la dominación de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.

Sin embargo, también señaló que el sistema social griego pudo sostener el servicio militar de los hombres libres porque estaba basado en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar tomaba la forma de dos años de servicio a los dieciocho años de edad, tras lo cual el hombre libre mantenía una posición en las reservas hasta los sesenta años.

Si este sistema producía muy buenos soldados, los cuarenta años de servicio militar de los hombres de Esparta, entre los veinte y los sesenta años, aseguraban que sus hoplitas estuvieran incluso mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse mediante largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidía la batalla, el espartano, a la larga, llevaba la ventaja».

Un arte práctico

El matiz característico que Engels agregó a este argumento, «a la larga», junto con su atención al momento organizativo del análisis, señala el hecho de que su materialismo no era en absoluto mecánico. Tómese, por ejemplo, sus comentarios sobre la manera revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en 371 a. C. En una innovación táctica de profundo mérito, Epaminondas decidió no enfrentar a los espartanos en una línea tradicional, sino formar un orden oblicuo cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el ala más fuerte de sus adversarios espartanos.

Esta formación novedosa quebró la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de recrear su orden táctico. Engels reconoció que el genio de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y cambiar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otro lugar, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que hay que aprender teórica y prácticamente».

Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su forma militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad del trabajo manual. No obstante, por mucho que se entrenaran los hoplitas, su poder no excedía al del propio sistema de la falange.

Según resultó, la característica misma que le daba a la falange su poder demostró ser la causa de su caída. Mientras que la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar en masa significaba que la falange era relativamente inflexible.

En terreno accidentado en particular, el orden de la falange podía verse comprometido al encontrarse con un enemigo. Esto resultó ser el caso de los romanos, que fueron capaces de sacar provecho de esta falla mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.

De la Antigüedad al feudalismo

Los romanos pudieron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares implicaron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a esos viejos adversarios para su ejército.

Para Engels, este proceso desembocó en la gradual desromanización del ejército y en la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» que las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cuerpos de las legiones no romanizadas».

La corporalidad y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, se volvieron entonces más importantes a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.

A medida que Roma se fragmentaba en el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como el factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer con facilidad a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa oriental mostraron que estas tropas montadas no eran rivales para «los activos jinetes ligeros de Oriente».

Pese a esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no llevaron al colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que la emergencia de un capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones a través de las cuales el sistema militar feudal terminaría por desmoronarse.

Engels sostuvo que el ascenso de las ciudades y de los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora proveniente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y la táctica militares. El papel de la infantería volvió a expandirse a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso vio a los mosquetes convertirse en armas de guerra cada vez más poderosas a medida que los cambios tecnológicos aumentaban la velocidad de recarga.

Guerra revolucionaria

Estas innovaciones tecnológicas le dieron forma a los cambios en la táctica militar, ya que el aumento de la velocidad de recarga permitió líneas de infantería más largas y menos profundas, con una mayor cadencia de fuego. Los beneficios evidentes de esta nueva táctica crearon, sin embargo, dificultades inéditas, ya que las incómodas líneas de soldados requerían un entrenamiento incesante —recordado hoy a través de los ya obsoletos desfiles que forman parte de las paradas de dictadores y reyes—, mientras que las largas líneas delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.

No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austríacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y de su orden oblicuo de ataque.

Mientras que los éxitos de Federico dependían de una soldadesca bien adiestrada, apenas unos años después de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a través de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las igualmente inexpertas tropas norteamericanas contra los británicos de una década antes.

Engels señaló que, al igual que los norteamericanos, las tropas francesas recién reclutadas estaban ideológicamente comprometidas con su causa pero tenían poco tiempo para dominar las complejidades del adiestramiento. En consecuencia, se inclinaron hacia las tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, estos no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que podrían desvanecerse ante el enemigo, ni con su espacio interminable para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente sin entrenamiento, necesitaba algo más que esta táctica para poder aprovechar sus nuevas armas.

Lo encontraron en la columna cerrada. Combinadas con los tiradores de escaramuza, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en el terreno accidentado y en las aldeas, y sobrevivían viviendo de la tierra.

Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. Primero, los franceses introdujeron en 1777 la culata de fusil inclinada, que permitió a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntarle mejor al enemigo. Segundo, aprovecharon «la cureña más liviana pero aún sólida construida a mediados del siglo XVIII», que hizo posible «la mayor movilidad exigida más tarde a la artillería».

El ascenso del fusil

Los puntos referidos a la escaramuza y a vivir de la tierra revisten una importancia cardinal para nuestra historia. En cuanto a la escaramuza, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels sostuvo que esta práctica había sido una parte normal de la guerra desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII. Luego desapareció, para reaparecer recién en la Guerra de Independencia estadounidense:

Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden extendido, en Estados Unidos tuvieron que vérselas con una población que, sin entrenamiento en el adiestramiento regular de los soldados de línea, eran buenos tiradores y estaban bien familiarizados con el fusil. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que en un principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

Estos cambios tácticos sustentaron una demanda de revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el fusil era un producto de la tecnología alemana del siglo XV que apenas había visto mejoras en su construcción antes del siglo XIX.

Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de alrededor de 350 a 450 metros, pero también eran más complejos de fabricar y considerablemente más lentos de recargar. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían el grueso de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos siguieron usando fusiles, su despliegue fue muy limitado y en gran medida irrelevante para el desenlace de las batallas.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de la escaramuza en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «de ahí en adelante se introdujo el orden extendido en cada enfrentamiento; la combinación de tiradores de escaramuza con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».

Como señala Engels, el grueso de las municiones se gastaba durante las escaramuzas, dirigido contra blancos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, debían disparar contra hombres solos, bien ocultos por objetos de cobertura. Y sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los viejos mosquetes eran prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes resultaban casi igual de inadecuados, porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad asociada a forzar las balas por cañones más largos, demasiado cortos para ser usados con bayoneta.

Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables al ataque, ya sea de infantería con bayonetas o de caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «el problema se presentó de inmediato: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa». Un arma semejante tendría que ser «apta para ser puesta en manos de todo soldado de infantería».

La marcha con el estómago lleno

La demanda de fusiles rayados generada por esta revolución en el arte de la guerra sustentó la transformación revolucionaria del fusil a lo largo del siglo XIX. Engels puso patas para arriba al determinismo tecnológico:

Con la propia introducción de la escaramuza en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra así perfeccionada. En el siglo XIX, cada vez que surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha.

El resto del ensayo es un relato sofisticado del desarrollo acumulativo del fusil después de 1828. En «La táctica de infantería y sus fundamentos materiales, 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de los fusiles de retrocarga en la guerra franco-prusiana llevó a que las columnas fueran reemplazadas por cadenas compactas de tiradores de escaramuza, porque las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.

En cuanto a la cuestión de vivir de la tierra, Engels vinculó este punto con el de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en el arte de la guerra, fue Napoleón quien profundizó masivamente esta revolución en materia de movilidad, al dividir a la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.

Cada corps d’armée era lo suficientemente grande y complejo como para llevar el combate al enemigo, a la vez que lo bastante pequeño como para sostenerse a sí mismo viviendo de la tierra, de un modo que reducía sus líneas de suministro y aumentaba su velocidad. Napoleón, célebremente, combinó velocidad con masa manteniendo a cada corps d’armée a solo un día de marcha de distancia entre sí. Podían engañar a sus enemigos respecto de su objetivo previsto, a la vez que conservaban la capacidad de unirse cuando fuera necesario para enfrentar al enemigo: «Marchar divididos, combatir unidos», como escribió en una frase que recordaría Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.

Según Engels, el sistema militar de Napoleón estaba supeditado al desarrollo previo de las fuerzas productivas. Pese a la controversia que rodea este aspecto de la teoría marxista, en este caso al menos parece tratarse de puro sentido común. Si los franceses eran «casi invencibles» pero aun así en ocasiones vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. También se debía a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para vivir de la tierra.

Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos y de largo plazo en la productividad del trabajo agrícola fueron el prerrequisito para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un período prolongado en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España, y rápidamente en Rusia».

El hilo ininterrumpido

En ese mismo ensayo, Engels sostuvo que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter de masa y su movilidad— eran productos de la emergencia del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y del campesinado; es la expresión militar de esa emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que nuevos desarrollos en las fuerzas productivas —específicamente el uso generalizado del telégrafo y la expansión de los ferrocarriles por Europa occidental— estaban volviendo «cada día más imposible» el dominio ruso.

No obstante, Engels seguía subrayando el punto no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera depositar en una Francia revolucionaria en su lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su visión sobre la importancia del liderazgo militar al abordar los éxitos de la levée en masse.

Engels sostuvo que los éxitos iniciales de los reclutas bisoños de Francia dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Es más, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austríacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la pericia y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.

Todos estos argumentos ponen en evidencia un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la agencia humana históricamente constituida en la fabricación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «Army», Engels no redujo la historia humana a un relato de avance tecnológico, sino que desplegó su comprensión de esos avances como el medio para una comprensión rica de la agencia humana, a través de la cual pudo dar sentido al núcleo racional del voluntarismo evitando al mismo tiempo su superficialidad.

Con palabras que parafrasean la solución formal que da Marx a la relación entre estructura y agencia en El dieciocho brumario de Luis BonaparteEngels escribió:

Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y sobre la base de relaciones reales ya existentes, entre las cuales, las relaciones económicas —por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas— siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas.

Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, ofrecen un recurso poderoso para cualquiera que quiera dar sentido a la historia de un modo que escape a las triviales superficialidades de buena parte del trabajo histórico y político contemporáneo.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/friedrich-engels-nos-mostro-como-hacer-historia/