miércoles, 15 de julio de 2026

AGENDA DE PRONUNCIAMIENTOS SOBRE INNOVACIÓN POLÍTICA Y GOBERNANZA DEL DESARROLLO FRENTE A LA PRECARIZACIÓN DE LA POLÍTICA Y LA BUROCRATIZACIÓN DEL DESARROLLO

 


El mundo está afrontando actualmente un segundo quinquenio del cambio de época histórico 2020-2050. ¿Qué está sucediendo? Se extingue el sistema del capital financiero y el proletariado industrial (1750-2050) y emerge el capitalismo postindustrial del conocimiento científico-tecnológico y los trabajadores del conocimiento (2050-2200). En tal sentido, se crean nuevos liderazgos a través de una naciente transdisciplinariedad científica y una naciente hipertecnología.

Nos referimos a la transdisciplinariedad científica en relación con el desarrollo de una revolucionaria economía de servicios globales de management e innovación estratégica. Y nos referimos a la naciente hipertecnología de la inteligencia artificial, la computación cuántica, la robótica y los nuevos minerales estratégicos, entre otras fuerzas productivas postindustriales.

Los grandes cambios y reestructuraciones no se dan por la voluntad política, moral o ética de nadie. Estas transformaciones mundiales son sistémicas. Tienen sus propios patrones estructurales y mecanismos causales que debemos conocer y dominar. Desde los años de la pandemia del coronavirus nos hemos precipitado a una línea divisoria contracíclica global frente al Hiperglobalismo 1991 y 2021. En este mismo tiempo histórico, se desarrolla la internet y la mercantilización del conocimiento a través de la World Wide Web (sistema de hipertextos que enlazan fuentes y datos en la nube infinita de internet). Estos cambios de 1991 al 2021, fueron extraordinariamente veloces y destructores de las economías rurales y periurbanas tardías.

El próximo gobierno nacional de Perú, en el marco del actual tránsito civilizatorio postindustrial, enfrentará un quinquenio 2026-2031 mucho más complejo y con mayor estado de degradación y reestructuración que el primer quinquenio 2021-2026. No importa si el gobierno es de izquierda o derecha; ambas son visiones capitalistas y están en obsolescencia. Lo que importa es que vivimos un vacío histórico que la actual clase política no puede administrar. Es que no se puede gobernar el desarrollo del capitalismo del saber con ideologías capitalistas moribundas.

El mundo, pues, ha iniciado un proceso de desglobalización y balcanización. se resquebraja e implosiona. Existen en el mundo alrededor de 90,000 grandes corporaciones supranacionales que actúan en todos los países a través de unas 700,000 subsidiarias. Gran parte de estas corporaciones, un 50% más o menos, son de origen norteamericano y en su mayoría están obligadas a regresar a sus países de origen. En tal sentido, comprender las herramientas del reshoring y el nearshoring es fundamental.

El colonialismo y el imperialismo de 1850-1950 han terminado, al igual que las guerras en territorios ajenos como los de Vietnam y Camboya. Hoy se desarrolla la guerra tecnológica y las tácticas militares de misiles, cazas y drones frente a la guerra de infanterías que tomaban territorios. Sin embargo, las tácticas de la guerra hipertecnológica son más disuasivas que ofensivas. No la definen los misiles hipersónicos de 40 millones de dólares que destruyen aviones caza, sino los drones equilibrantes baratos de 50,000 dólares que pueden atacar bases militares u objetivos estratégicos enemigos. Por eso es que Ucrania puede equilibrar la guerra con Rusia, Irán puede hacerlo con los Estados Unidos, e inclusive Taiwán puede mantener su independencia frente a China.

El equilibrio atómico disuasivo ha sido sustituido por el equilibrio de la guerra tecnológica. Las grandes potencias (Estados Unidos y China) y los grandes países (como Alemania, Japón, Rusia y Francia) enfrentan sus propias metamorfosis más que ha enemigos externos, en relación con las transformaciones ocasionadas por el desarrollo y la superproducción de sus fuerzas productivas de alta tecnología. Algunas centenas de miles de científicos y tecnólogos sustituyen a millones de trabajadores de mano de obra no calificada año a año.

La verdadera crisis está referida, pues, a la ¨Destrucción creativa¨ de Schumpeter, que origina la gestión del conocimiento postcapitalista: desde la biología sintética que crea células y máquinas vivientes desde cero, hasta la construcción de arrecifes artificiales que cambiarán el futuro de los océanos. En este escenario, el Perú cuenta con su propia ventaja competitiva: la biodiversidad concentrada que, a diferencia de cualquier otro país en el mundo, podría destacar en el marco de la creación de conocimiento científico postindustrial.

En el marco definido, es importante estudiar la situación y actuación de las grandes potencias y la necesidad de crear nuevos liderazgos. En tal sentido, China está desplazando a los Estados Unidos en diversos segmentos del mercado mundial; integra cadenas de suministros PYME y se robotiza a gran velocidad; igualmente, resiste márgenes mínimos de ganancias y flexibiliza las finanzas con tasas pequeñísimas. Así, China puede lanzar al mundo avalanchas de autos eléctricos o drones muy baratos y sin competencia, avalanchas que solo se pueden contener con aranceles del 100%.

Observamos en el mundo que nada se logra hacer reduciendo nuestros puntos de vista a nivel de reclamaciones, movilizaciones y gritos de "fuera el gobierno". Necesitamos crear nuevos liderazgos, así como desarrollar una sociedad con potencial crítico y conciencia de clase. Porque sin un poder organizado en los amplios sectores de la sociedad, ser presidente, congresista o ministro es irrelevante. Por ejemplo, sería imposible realizar siquiera una pequeña jornada del llamado "Dinero Helicóptero" para reactivar la demanda faminliar de bienes y servicios en la base de la pirámide social.

Agenda de Tareas de Innovación Política y Gobernación del Desarrollo (2026-2027) Las Cinco Grandes Tareas de nuestra Agenda

· Primera tarea: Pronunciamientos continuos que develen los patrones estructurales y mecanismos causales del cambio de época, así como del idealismo tardío y las falacias manidas de la llamada “clase política” actual. La tarea concreta consiste en elaborar dos manifiestos mensuales durante todo el año 2026.

· Segunda tarea: Constitución y gestión de la primera Escuela de Innovación Política y Gobernación del Desarrollo, la cual será un aporte significativo en la formación de líderes y gestores que afronten las circunstancias históricas inéditas del cambio de época en el Perú. La meta específica es formar a los primeros 500 líderes del más alto nivel cognitivo en ciencias políticas y ciencias sociales.

· Tercera tarea: Constitución de una página web, un blog de contenidos y redes sociales que difundan y administren la composición de conocimiento por seguimiento de las fuentes de información más reputadas del mundo, y las más significativas manifestaciones de la sociedad del saber. La tarea concreta es alcanzar los primeros 100,000 seguidores en 2026.

· Cuarta tarea: Ofrecer y desarrollar programas semestrales de formación y creación de prototipos. La meta fundamental es educar en los principios y herramientas del cambio de época a los primeros 5,000 líderes locales en 2026, a través de tres programas específicos:

1. Programa de Innovación Política y Gobernanza del Desarrollo: Enfocado en cuatro problemas clave: crisis y reestructuración del tercer y último periodo de la sociedad contemporánea o capitalista (1950-2050), sociedad y política de la transición sistémica, la autogestión social moderna y el desarrollo postindustrial, innovación científica y gobernanza del desarrolo.

2. Programa de Autogestión Moderna de Microempresas: crisis del trabajo y difusión de las microempresas, significación de la autogestión social moderna, protocolos de management y diseño de pequeñas comunidades de microempresas y, desarrollo de la economía social solidaria y el cooperativismo integral del siglo XXI.

 3. Programa de Creación de Pequeñas Localidades Autosuficientes: estudio del resurgimiento del campo y el desarrollo territorial, el éxodo urbano y neoruralismo, protocolos de ocupación y desarrollo territorial autosuficiente y, la creación de patronatos locales para la paz.

· Quinta tarea: Adquirir un kit electoral en enero de 2027 e iniciar la praxis de la gobernanza por autogestión social moderna y autosuficiencia local. La tarea concreta es constituir el partido político de la innovación política y la gobernanza del desarrollo en 2027.

Beneficios Reales para los Miembros del Movimiento

Esta agenda ofrece cinco beneficios reales para los integrantes del Movimiento Nacional de Innovación Política y la Escuela Superior de Innovación Estratégica:

1. Visión Holística: Adquirir nuevos conocimientos sobre la realidad mundial como esencia y proceso histórico, indispensable para todo líder o ejecutivo de alto nivel.

2. Capacidades de Management: Desarrollar habilidades de gestión e innovación estratégica mediante el seguimiento de tendencias globales y diversas experiencias del cambio mundial.

3. Gestión de Prototipos: Capacidad para diseñar y gestionar prototipos de autogestión social moderna y autosuficiencia local sostenible.

4. Participación en la Gobernanza: Ser parte activa del desarrollo desde la sociedad civil a través del liderazgo de cadenas integradas MIPYME, pequeñas localidades autosuficientes, cooperativismo social integral y constitución de patronatos para la paz.

5. Liderazgo Político: Integrar la dirección del nuevo Movimiento Nacional de Innovación Política y de su partido para el desarrollo socioeconómico postindustrial en el Perú.

Las Seis Herramientas Clave para la Creación de Nueva Riqueza

Frente a la balcanización, la guerra del equilibrio tecnológico y la obsolescencia de la dicotomía izquierda-derecha, la experiencia mundial reconoce seis herramientas indispensables para generar desarrollo socioeconómico en pleno tránsito civilizatorio:

· 1. Nueva negociación de inversión extranjera: Establecer salarios por paridad adquisitiva, defender el ecosistema natural, integrar cadenas microempresariales como proveedoras de bienes y servicios y, repoblar y modernizar las pequeñas localidades adyacentes a los proyectos de inversión (como la minería).

· 2. Desarrollo científico paraestatal: Impulsar con máxima prioridad la ciencia y la tecnología paraestatal, siendo esta la verdadera razón de ser de las naciones en el cambio de época.

· 3. Dinero Helicóptero: Aplicar esta herramienta de microeconomía formulada por Milton Friedman a finales de los años 60 para reactivar la demanda familiar en la basa de la pirámide social .

· 4. Liderazgo microempresarial: Integrar y dirigir microempresas por sector mediante centros de gestión de concesiones de saber, tecnología y microfinanzas.

· 5. Éxodo urbano y neoruralismo: Fomentar este proceso contracíclico que ya cuenta con más de 20,000 ecoaldeas en el mundo frente a la crisis urbana global. · 6. Defensa de la biodiversidad: Proteger y reconstruir la biodiversidad concentrada en el Perú, aprovechando nuestra condición de primera potencia global en este rubro.

Julio 2026

Ramón Espinoza Guerrero

“NO CAMBIAMOS PORQUE NOS EXPLIQUEN LO QUE ESTÁ BIEN, CAMBIAMOS CUANDO ALGO TOCA EL DESEO”

 


Entrevista a: AMADOR FERNANDEZ-SAVATER: 

Jul 14, 2026178 visitas0 comentarios

Este 'filósofo pirata' madrileño ha publicado 'La batalla del pensamiento', un compendio de ideas, reflexiones y textos de agitación que recorren los últimos años de militancias y conspiraciones (en positivo).

Pablo Elorduy

Desde hace unos años, al menos desde el 15M, y al menos en Madrid, el nombre de Amador Fernández-Savater aparece en las conversaciones informales sobre lo que nos pasa. El autor de libros como La fuerza de los débiles (Akal, 2021) y Capitalismo libidinal (Ned ediciones 2024) tiene el acierto de pulsar sobre las preguntas, los deseos y los malestares de su generación. Lo ha vuelto a hacer con La batalla del pensamiento, publicado este año por Ned Ediciones, un libro-compendio de fragmentos, entrevistas y reflexiones en los que examina agujeros de sentido como el de las tertulias, la agotadora opinión y otros mecanismos que desactivan el pensamiento. En la minuciosa búsqueda de una verdad como camino y no como emblema, Fernández-Savater no deja de hacer preguntas y ensaya respuestas con el único ánimo de ponerlas en común, con la certeza de que solo mediante la transformación de los nombres que ya no sirven puede darse una lucha que es urgente.

¿Se está convirtiendo la inteligencia artificial en uno de los temas sobre los que piensas últimamente?

Uno publica un libro y luego en las presentaciones, o en lo que los lectores te devuelven, muchas veces descubres, escuchando y leyendo cosas, que el libro también conecta con determinado fenómeno, aunque no lo hubieras pensado antes. En el libro no hay ni una palabra sobre la IA, todos los textos están escritos antes de la explosión de los chatbots. Pero hay una preocupación constante por los automatismos, por la delegación, por las condiciones del pensamiento. Quizá la pregunta que el libro ya hacía era qué tipo de subjetividad estaba formándose para recibir con tanta naturalidad la delegación de tareas de elaboración en una máquina.

También has comentado la inquietud que te generan algunos de los nuevos reyes de la tecnología.

Me llamó la atención descubrir hasta qué punto un tipo como Peter Thiel no actúa solo como empresario o inversor. También crea fundaciones, impulsa centros de investigación, financia revistas, da conferencias, interviene en debates filosóficos y teológicos. Es decir, entiende que el poder no consiste solo en fabricar tecnología, sino también en producir ideas sobre qué es el ser humano, qué es la libertad o qué futuro deseamos. Yo dudaba sobre el título del libro, me preguntaba si la imagen de la batalla no sería demasiado épica, demasiado guerrera. Pero tipos como Thiel lo ven muy claro. Hay una batalla del pensamiento donde se están jugando cosas decisivas.

¿Cómo cuáles?

Si nos tomamos en serio la IA, la radicalidad de las preguntas que pone encima de la mesa nos obliga a pensarlo todo de nuevo, a repensar qué significa conversar, escribir, leer o incluso imaginar. Porque no automatiza únicamente tareas materiales o cálculos, sino que trabaja sobre el lenguaje, y el lenguaje no es una herramienta cualquiera. Es el medio mismo en el que pensamos y vivimos, en el que elaboramos la experiencia y construimos un mundo. Somos lenguaje. Por supuesto la IA cristaliza procesos muy anteriores: la automatización creciente de respuestas y decisiones, la delegación de las capacidades, la subordinación de la tecnología a la lógica del mercado, la extracción masiva de datos. Pero precisamente porque los cristaliza, los acelera y radicaliza. En realidad, se trata de un “adversario” estupendo porque nos obliga a pensarlo todo de nuevo.

De alguna manera, a través de los chatbots y de la inteligencia artificial generativa estamos ante una ofensiva de sustitución del pensamiento humano, que se produce por una explotación de la cooperación a través del lenguaje, de la creación, de la investigación que es, por supuesto, humana. ¿Hacia dónde crees que nos dirige esto?

Hace poco escuche a una chica decirle a sus amigas en el metro que no conocía a nadie (incluida ella misma) que no viviese permanentemente con una pestaña de ChatGPT abierta: “¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que podría comer hoy? ¿Por qué ayer me encontraba tan alegre y hoy estoy tan triste?”. Se trata de una conversación con lo que finalmente es una máquina de calcular; eso me impresionó. ¿Quiere decir esto que hasta que llegó la IA todos estábamos en un pensamiento que nos permitía decidir autónomamente sobre todas estas cuestiones? Claramente, no: ha estado la Iglesia, han estado los partidos, han estado las ideologías, ha estado el mercado, mil formas de no pensar por uno mismo. Pero, no sé, me pregunto: ¿a qué sustituye esa conversación? ¿Qué investigaciones propias? ¿Qué búsqueda de referencias? ¿Qué se pierde en esa centralización en un único interlocutor? ¿Qué otros interlocutores se pierden? Me parece vital pensar esto.

Son conversaciones que se dan de una manera determinada, con una máquina cuyo diseño privilegia la cooperación antes que el conflicto, que tiende a acomodarse a nuestras preguntas más que a resistirse a ellas, que ofrece respuestas antes que obligarnos a lanzarnos a la búsqueda. Esto está guiando la interacción cotidiana de millones de personas y conformando al mismo tiempo toda una economía. Me pregunto hasta qué punto esas tecnologías están sustituyendo librerías a las que se iba a buscar un libro, libreros con los que hablabas, amigos con los que tenías esas conversaciones, referencias que tú mismo buscabas, preguntas que tú mismo te hacías. Se ha hablado mucho de economía de la atención, y con razón. Pero quizá hoy haya que empezar a pensar también una economía de la conversación. Es decir, preguntarnos quién organiza nuestras conversaciones, con quién conversamos, qué conversaciones desaparecen, cuáles se vuelven imposibles y cuáles se hacen rentables.

Lo que nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros

La IA crea también toda una cultura de lo fake: imágenes, vídeos falsos generados a partir de material real, pero también respuestas dudosas, inventadas por parte de los chatbots. ¿Es paradójico de alguna manera que el progreso, hijo de la ilustración, haya derivado en esta expansión de lo falso?

Estos días me venía preguntando: ¿por qué nos hemos vuelto tan crédulos? Parecería que vivimos una época de escepticismo. No creemos a los políticos, sabemos que la publicidad es propaganda, desconfiamos de las grandes empresas, pensamos que todo el mundo quiere vendernos algo. Y, sin embargo, nunca han circulado con tanta facilidad los bulos, las fake news o las teorías de la conspiración. Nos tragamos cualquier cosa. ¿Cómo se entiende que en estas sociedades supuestamente ilustradas, donde el acceso a la educación y a la información es incomparablemente mayor que en otras épocas, haya al mismo tiempo fenómenos de credulidad tan grande?

¿Qué respuesta propones a esa pregunta?

En los años cincuenta del siglo pasado, el filósofo de la técnica Günther Anders hablaba de “mundo suministrado”. Lo que estaba produciéndose con la tecnificación de la experiencia, con el fenómeno planetario de la radio y la televisión, era que el mundo nos venía suministrado a domicilio, como espectadores, como consumidores. Siguiendo las reflexiones de Marga Padilla me pregunto si lo que así nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros. Hoy quizá ya no se trata de “mundo suministrado”, sino de “mundo asistido” por esas máquinas de cálculo a las que preguntamos todo, pero la tendencia es la misma. Y cuando la verdad ya no es algo que salimos a buscar, la tendencia es creer simplemente aquello que confirma más rápidamente lo que queremos creer.

Abandonar el pensamiento crítico sin saberlo.

No importa lo disparatada que sea una teoría si confirma una convicción previa o un afecto muy fuerte que ya tengo hacia alguien o hacia algo. Entonces, da igual el aspecto que tengan, da igual lo que digan. ¿Cómo explicar, si no, que Donald Trump pueda afirmar pocos días antes de unas elecciones que los inmigrantes se comen las mascotas de la gente? Desde una concepción ilustrada un poco ingenua pensaríamos: ‘Eso desacreditaría a cualquiera’. Y, sin embargo, produjo adhesión y ganó las elecciones. Ahí comprendemos que la cuestión ya no es simplemente si una afirmación es verdadera o falsa. Del mundo suministrado al mundo asistido, lo que vamos perdiendo es la capacidad de orientarnos por nosotros mismos, la capacidad del pensamiento, que tiene una dimensión personal y tiene una dimensión de conversación y de relación con el otro. Lo que puede haberse debilitado no es tanto la Ilustración, en el sentido de que falte información —información hay toda la que quieras—, sino la capacidad de orientarte por ti mismo. Orientarse exige atreverse a dudar y a vacilar, aceptar no saber del todo lo que te está pasando, investigar, conversar, perderse incluso. Encontrar una voz propia. Porque la verdad no consiste únicamente en disponer de información correcta, sino en poder conectar lo que piensas con lo que vives y lo que sientes. Ese vínculo, para mí, sigue siendo el mejor índice de verdad.

¿Qué significa esto último?

La verdad no es, para mí, una confirmación, sino una experiencia. No es algo que simplemente se posee, sino algo que se elabora. Tiene que ver con un movimiento, con una transformación, incluso con una aventura. Las grandes novelas de iniciación cuentan siempre la misma historia: un chico que se marcha de casa, alguien que abandona su ciudad, su trabajo o su familia. La verdad no está ya dada, hay que salir a buscarla. Y aunque finalmente se vuelva a casa, al trabajo o a la familia, se vuelve de otra manera, con una verdad propia. Hay experiencia cuando uno sale al encuentro del mundo, cuando se expone a lo que no controla, a lo que se le resiste, a lo que todavía no sabe. Esa resistencia nos obliga a rectificar, a cambiar de idea, a probar otros caminos. Ahí aparece la verdad. Pero si el mundo nos viene ya suministrado, la verdad deja de ser algo que se conquista en una búsqueda y pasa a ser algo que creemos poseer de antemano: aquello que confirma lo que ya somos, lo que queremos creer o lo que ya pensábamos.

Hay algo que Donald Trump, con sus excesos verbales, sus faroles y sus faltadas parece aportar, que es la rebeldía, si quieres suministrada, como dices. Una sensación inauténtica de autenticidad.

Durante mucho tiempo aprendimos a pensar el capitalismo como una red impersonal de dispositivos y de infraestructuras que organizaban la vida cotidiana sin necesidad de convencernos ideológicamente. Ahí están Toni Negri y Michael Hardt, o el Comité Invisible con su idea del poder logístico. Un poder que ya no necesita convencernos de nada, no necesita pasar por lo discursivo, porque nuestros propios comportamientos están perfectamente ajustados ya a protocolos, procedimientos, funcionamientos. Jorge Alemán introduce un matiz decisivo en su libro Neoemperadores [Ned ediciones, 2026]: el capitalismo necesita hoy volver a encarnarse. En esta crisis del neoliberalismo en la que estamos, que se va resolviendo a través de la guerra, aparecen estas figuras de los ‘neoemperadores’ que funcionan como identificadores que movilizan pasiones oscuras (de supremacismo, de odio, de crueldad, de rechazo al otro), como el propio Donald Trump y sus imitadores.

Milei, Bukele, etc.

Es como si el poder hoy funcionase en ambos niveles. Por un lado, una serie de funcionamientos automáticos que organizan materialmente nuestra vida y que lo que requieren es nuestra obediencia, nuestra indiferencia, nuestra delegación de la existencia. No saber, no pensar, no sentir, no imaginar, no hacer. Por otro lado, una serie de ‘operadores libidinales’ como los llama Jorge que activan las pasiones más excluyentes y mortíferas: el orgullo de las identidades y las pertenencias cerradas y duras que hacen un borde duro con respecto a un otro al que hay que expulsar. Me viene ahora un ejemplo cotidiano y micro de esto.

Precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario

Adelante.

Desde hace poco estoy trabajando en coles y en uno de ellos pasó lo siguiente: se abrió un expediente de expulsión que afectaba a uno de esos “chicos difíciles” con los que las escuelas no saben muy bien qué hacer. Un chico de origen migrante, que vivía en condiciones de mucha precariedad, con modos agresivos de relación. Ante la discusión que abrieron algunos profes sobre si no era precisamente ese chico el que requería más cuidado y atención de la escuela, se dieron algunas respuestas defensivas habituales: “no se puede hacer nada, es cosa de la familia, esto no es cosa nuestra”. Sería una respuesta en el primer nivel: no dejarse afectar, no dejarse conmover, no hacerse cargo, con la excusa de la obediencia al mecanismo, al procedimiento, a la norma. Pero también se escuchó una voz que dijo: “es mejor que estos se vayan, porque en el fondo no quieren convivir, no quieren integrarse”. Aquí se puso en marcha la crueldad discursiva, el segundo nivel.

Las dos formas conviven. Una, que llamas ‘brutalismo’ en el libro hace explícito lo que la otra solo sugiere.

Justo. En el fondo son dos tipos de automatismos, el automatismo emocional del cliché y el estereotipo, el automatismo procedimental del funcionamiento y la norma. Los automatismos de la crueldad explicitan una verdad que ya está implícita en los automatismos procedimentales que funcionan a diario produciendo la segregación de todo lo que no encaja, de todo lo que no se ajusta, de todo lo que se desvía, de todo lo que molesta. Son dos formas de no pensar, de ser pensados, de no hacer experiencia, de no encontrarse con lo otro, con el otro, y elaborar algo propio al respecto. El brutalismo actual explicita lo que el neoliberalismo —que hablaba de globalización, de derechos humanos, de democracia, de minorías— hacía ya cotidianamente: descartar y expulsar, confinar y deportar, vigilar y castigar.

¿Cómo es esa experiencia en los colegios que estás teniendo y qué te dice sobre estos problemas del mundo de los que estamos hablando?

Para mí la escuela es un observatorio privilegiado desde el que pensar el mundo entero. Está todo ahí: los malestares, las tecnologías, las transformaciones de la familia, las formas de autoridad, los vínculos, los gestos de cuidado, las violencias, las posibilidades de la conversación. Todos los días pasan cosas. La vida entra continuamente en el aula con sus imprevistos y obliga a detenerse, a pensar, a improvisar, a crear respuestas. En muy pocos lugares sucede eso con tanta intensidad. Por eso creo que las movilizaciones de estos meses en el mundo de la educación son muy importantes. No solo por las reivindicaciones concretas —más recursos, mejores salarios, menos alumnos por clase—, que son absolutamente necesarias, sino porque expresan un malestar mucho más profundo. La escuela está desbordada. Está sometida a una enorme presión burocrática, a la lógica del rendimiento, a la evaluación permanente, y cada vez dispone de menos tiempo para aquello que solo puede hacer ella: prestar atención, cuidar, conversar, elaborar conflictos. La paradoja es que, precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario. Allí todavía se pueden ensayar otras maneras de relacionarse, de aprender, de hacerse cargo de lo que pasa.

Hay toda una alerta sobre cómo la extrema derecha está llegando a los chicos varones de los institutos. ¿Cómo lo percibes tú?

Creo que ahí se cruzan muchas cosas distintas y conviene no simplificarlas. Te cuento una escena. Un día entré en un aula y un grupo de chicos empezó a cantarme el Cara al Sol. Tuve la suerte de que me pilló en un buen día. No reaccioné desde la indignación ni desde el automatismo. Les pregunté simplemente si sabían lo que estaban cantando. Les propuse ir estrofa por estrofa, explicándome el significado de la letra. Y descubrimos enseguida que no tenían ni idea. Habían elegido esa canción porque pensaban que me iba a molestar, porque me identificaban con alguien de izquierdas. Aquello me hizo pensar. Hay un malestar que puede conectarse con determinados enunciados de la extrema derecha, pero esa conexión no convierte automáticamente a esos chicos en fascistas. Hay una diferencia entre el malestar y la forma política que encuentra para expresarse. Y precisamente porque no son lo mismo, esa conexión también puede deshacerse.

¿Cómo fue ese momento?

En la conversación los chicos empezaron a hablar de sí mismos. Hay una cosa que me ha pasado en los coles y es que en la conversación uno por uno aparece siempre algo mucho más complejo que el personaje que habían representado delante del grupo. He visto chicos que te hablan de sus experiencias, de sus dificultades, de sus problemas con el otro sexo, que es algo universal de la adolescencia pero que hoy también tiene un componente especial de dificultad, porque se han roto algunos códigos, afortunadamente. Cuando he conseguido entablar una conversación sobre estas cuestiones, que no es fácil, nunca he escuchado a un chico desplegar una ideología fascista. Hay dudas, hay vacilaciones, hay un cruce de cosas, hay un no saber cómo hacer, cómo vivir, un no poder vivir también. Alguien te ofrece de repente una identificación o una explicación de tus problemas y conectas con ella, pero no eres eso.

En lugar de ganar al contrario en lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

¿De dónde crees que viene esa identificación con la extrema derecha?

Hay un malestar hecho de muchas cosas distintas (precariedad, crisis de la masculinidad hegemónica, incertidumbre) y ese malestar está conectando con los relatos de la extrema derecha. Pero hay que diferenciar entre el malestar y su expresión. Creo que el malestar podría tener otras expresiones. Y hay que tener en cuenta esto: no basta con tener la razón. Al final de aquella conversación un chico dijo algo que me impresionó mucho: “En este instituto el feminismo es la ley”. No creo que estuviera rechazando tanto el feminismo como experiencia de igualdad como un discurso que le llegaba únicamente desde arriba, una verdad ya hecha frente a la que solo cabía asentir o resistirse. Entonces, ¿cómo transmitir, cómo educar, cómo contagiar? En realidad, el pensamiento, lo que nos transforma, tiene que brotar desde adentro. Ningún proceso de emancipación puede enseñarse únicamente como un contenido correcto; necesita convertirse en una experiencia propia.

¿Conversar de qué manera?

Yo creo que la palabra tiene un poder impresionante, la palabra puede curar, puede transformar. Pero, ¿qué tipo de palabra? ¿Una palabra intercambiada en qué condiciones? Si se pudiesen abrir espacios de conversación en la escuela, donde los chicos hablasen en confianza y sin temor a ser juzgados, escuchando a los demás, tal vez se podrían dar más de estos efectos de transformación. La palabra intercambiada en un espacio así puede tal vez “tocar” el cuerpo, nombrar algo, hacerlo real y concreto. En el caso de los chicos varones de que hablábamos, yo digo que hay que pinchar en el malestar y en las ganas porque ahí está el deseo. En el malestar de tener que cargar con el peso del mandato de masculinidad y en las ganas de ser varones diferentes. Nadie cambia simplemente porque le expliquen lo que está bien. Cambiamos cuando algo toca nuestro deseo.

En el libro recoges una cita de Gilles Deleuze: “La izquierda es lo que necesita que la gente piense”.
Ahí donde se abre un momento y un espacio de pensamiento hay izquierda, viene a decir Deleuze. La izquierda es eso que necesita que la gente piense, active su capacidad de poner nombres a lo que le pasa, de crear. ¿Es una cosa minoritaria? A veces lo pienso, por ejemplo a mis talleres viene gente maravillosa con muchas ganas de leer, de estudiar, de conversar. Entonces me pregunto: “¿Aquí nos estamos dando unos cuantos el lujo de tener otra relación con el lenguaje o esto tiene algún tipo de eficacia en la transformación del mundo?” Quiero pensar que sí, hay algunos ejemplos que demuestran que la conversación y el pensamiento pueden ser potencias políticas. Es el caso de la campaña de Mamdani a la alcaldía de Nueva York.

¿Qué te llama la atención de ese fenómeno?

Mamdani hizo de la escucha, la conversación y el pensamiento una fuerza. En primer lugar, instaló sus oficinas en aquellos barrios donde el voto progresista había migrado hacia el voto republicano, quiso entender porqué la gente que había votado a los demócratas toda la vida habían empezado a votar a Trump. En segundo lugar, organizó una campaña gigantesca de conversaciones “puerta a puerta” entre cien mil de sus voluntarios y los ciudadanos de Nueva York. Trató de escuchar a la gente, sus razones, sus malestares, incluso y sobre todo los de quienes no le daban la razón. Creo que sólo así logró un diagnóstico y una propuesta capaces de sintonizar con la población, gracias a que se atrevió a escuchar lo que en principio era más molesto de escuchar y a pensar desde ahí. En lugar entonces de ganar al contrario en una guerra de explicaciones, de propagandas, de relatos, lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con el lenguaje, en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

Dices en otro momento que Twitter (X) asegura hoy la paz social.

Me refería a que la opinión crítica en redes funciona muchas veces como compensación: no puedo cambiar nada pero puedo decir todas las enormidades que se me ocurran. La opinión es gratis. Hay que reinventar el pensamiento crítico. Salir de la idea de que pensar críticamente es dar caña, enjuiciar, cancelar, señalar. Ahí no pasa nada. Si nuestro cuerpo no está comprometido, no pasa nada.

Estoy seguro de que mucha gente que participa en X, en las redes sociales, te dirá que todo lo que discute le pasa por el cuerpo: “no veas la mala leche que se me pone cuando veo a Ayuso”.

Un filósofo importante del siglo XX hace una distinción entre la crítica y el pensar vinculante. La crítica es este enjuiciamiento de que algo del mundo va mal: yo lo señalo, pero no tengo nada que ver con ello. Es un enunciado puramente exterior. En el pensar vinculante lo que aparece también es una pregunta sobre tu propia vida. ¿Simplemente somos víctimas inocentes de todo lo que criticamos o de alguna manera también estamos implicados en ello? Es mucho más fácil señalar culpables que hacernos cargo de la propia vida que nosotros llevamos, porque finalmente el capitalismo también son formas de vida, formas de consumo, formas de estar en el mundo, formas de relacionarnos, formas de hacer las cosas. Entonces, ¿por qué el pensamiento no puede tener una dimensión de revisión de la propia vida, de pregunta y desafío sobre uno mismo? La opinión crítica muchas veces es un mero desahogo para seguir en la vida tal cual, como si el mundo que criticas no tuviese nada que ver contigo.

En el libro hablas de lo profético.

Es una lectura de Ernst Bloch, el filósofo de la utopía y la esperanza. La voz profética, explica Bloch, no se limita a la crítica, a la constatación del desastre, al señalamiento del mal, sino que anuncia la posibilidad de otra vida. El mismo profeta se pone en juego, está embarcado en un proceso de transformación y por eso su voz es creíble. Denuncia el mal pero desde otro punto de partida, desde la posibilidad de otra vida, exponiendo su propio cuerpo. Finalmente se trata de hacernos cargo, de hacernos responsables del mundo en que vivimos, no simplemente de señalar a los culpables de lo mal que va todo.

En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar

Entiendo la idea, pero no sé si puede interpretarse como un llamamiento a la coherencia que, por más que haya gente que renuncia a un montón de cosas, no es posible hacerlo del todo. Me refiero a cosas como estar en Spotify, tener coche o viajar en avión.

No se trataría de coherencia, sino de decir cosas que no nos dejen igual, que nos comprometan a algo, que no sean complacientes con nosotros mismos y nos desafíen, que señalen nuevos puntos de partida. Habría que diferenciar bien esta idea de la coherencia, de la pureza de una vida donde todo encaja perfectamente. Tengo que pensarlo más.

Al hilo de esto, Lluís Aguiló polemiza de alguna manera con esa idea de “desertar del mundo” y sostiene que toda la lucha se produce dentro del sistema, que no hay un afuera.

Para mí la idea de deserción, tal y como la formula Franco Berardi (Bifo), es una consigna de pensamiento potente que se trata de leer más poética que literalmente. La película ‘Sirat’ [Óliver Laxe, 2023] nos habla precisamente de que no hay afuera, porque está todo el terreno minado. Mientras que ‘Perfect Days’ [Win Wenders, 2023] nos advierte contra la idea de vida tranquila, una tranquilidad sin deseo. En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar. Porque no hay lugares buenos, sino distintos modos de habitar cada lugar. Cabe desertar en la escuela, por ejemplo, pero no porque la abandonemos, lo que para mí no tendría sentido, sino porque abandonamos el punto de vista del rendimiento, de la burocracia, de los programas, de lo que supuestamente la escuela tiene que ser. Sin movernos del sitio nos disponemos para otra cosa, para otra escucha, para otras posibilidades.

Hablamos de que no hay un afuera, pero parece claro es necesario un afuera de las redes sociales y el encuentro de espacios desde el que organizarse o verse.

Una de las cosas que he ido viendo claro en las distintas presentaciones del libro es que la batalla del pensamiento no pasa simplemente por producir otros contenidos, sino por inventar también los espacios, los tiempos y las conexiones o alianzas necesarias para pensar. Pienso de nuevo en la escuela. No se puede pensar porque los espacios colectivos han sido desmantelados, porque los tiempos han sido colonizados por las lógicas de rendimiento, porque la individualización de las trayectorias laborales hace casi imposible el encuentro entre profes. Entonces, pensar es en primer lugar inventar espacios donde nos los hay, fabricar tiempos fugando la obligación interiorizada de productividad y volver a conspirar (a respirar juntos) con las compañeras y los compañeros. Pensar es en primer lugar inventar las condiciones para pensar. Y eso siempre se hace a contracorriente en esta sociedad desertizadora, donde la combinación de tecnología y mercado se come los espacios y los tiempos, sustituye como antes decíamos al resto de las relaciones.

En el libro te refieres a un “poder de saturación”.

Sí, es el poder que dispone a priori todas las respuestas posibles para que no nos hagamos ninguna pregunta. Ofrece por anticipado todas las soluciones, todas las posibilidades, todos los objetos, todas las tecnologías, todas las opciones. No hay vacío, no hay hueco, no hay falta, no hay espacio inacabado donde podamos pensar, escucharnos a nosotros mismos, buscar. Sólo tenemos que elegir, opinar, responder, consumir, clickar dentro de lo ya dado. Decía Deleuze que pensar tiene algo de pulmonar, que el órgano del pensamiento son los pulmones. La saturación bloquea el pensamiento y nos asfixia. El pensamiento es coger aire. Ese aire es el aire de lo desconocido. Entran nuevas palabras, nuevas referencias, nuevas lecturas, nuevas combinaciones, nuevos ritmos. Simone Weil asocia la atención con una interrupción de las respuestas previas, con una espera activa de algo desconocido. Se trata de hacer un vacío, una pausa, para que no quede todo obturado de las opciones preexistentes, para dar espacio a esa conexión imprevista, ese pensamiento insólito, esa alucinación que tuvimos y que merece la pena considerar.

La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo

Conectas pensamiento y lucha, algo que a priori no parece intuitivo.

Creo que las luchas activan el pensamiento y que el pensamiento es en sí una lucha. ¿Por qué? El filósofo Alain Badiou dice que una lucha empieza cuando los de abajo renombran la situación de manera distinta a los de arriba. Es decir, las palabras hacen cosas, son operaciones que intervienen en la batalla del pensamiento. Por ejemplo, cuando en el 15M dijimos: “No es una crisis, es una estafa”. Eso produjo una descripción de la situación completamente distinta. Si lo que estábamos viviendo era sólo una crisis, pues no había otra que ajustarse el cinturón, sentirse culpable porque consumiste demasiado, obedecer las medidas de austeridad, justificar los sacrificios… Pero si no es una crisis, si es una estafa, entonces todo cambia. ¿Una estafa de quién? ¿Contra quién? ¿Cómo se preparó? ¿Qué puede hacerse contra ella? Lo mismo ocurre con la consigna “lo llaman democracia y no lo es”. ¿No lo es? ¿Entonces qué es? ¿Y de dónde viene? La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo.

¿Y a nivel individual?

Cuando uno piensa, aunque sea un nivel individual, la realidad no te tiene, no te atrapa del todo, no se te cae encima. Porque tienes tu manera de nombrar, tienes tu relación con el pasado, tienes tus referencias. No estás clavado al presente, a lo existente, a lo dado. Tienes un pequeño margen de autonomía. Puedes respirar.

¿De qué manera eso amortigua la sensación de desesperanza, de impotencia?

¿Puede tener que ver la sensación de impotencia actual tan extendida con que los nombres que tenemos para las cosas ya no nos sirven? Ya no son nombres que nos reúnan, que nos convoquen, que nos pongan en marcha, que nos lancen a una investigación colectiva, que habiliten la acción. Los repetimos pero no pasa nada y entonces sentimos impotencia. Ahí empieza la batalla del pensamiento. Podemos empeñarnos en repetir nuestros nombres, nuestras consignas, nuestras ideas. O podemos animarnos a dejarlos caer, a buscar otros nombres o, al menos, a dar nueva vida a los antiguos. La impotencia se explicaría entonces porque vivimos entre cadáveres, palabras muertas, sin efecto.

¿La batalla del pensamiento es una disputa por la esperanza entonces?

Creo que sí, que la batalla del pensamiento puede brindar esperanzas. ¿Por qué? Porque abre, permitiéndonos ver de otro modo. Por ejemplo, si no vemos que los chicos de hoy son fascistas, sino que su malestar por alguna razón conecta con la extrema derecha, ahí hay cosas que pensar, que investigar, que ensayar, que intentar. Hacernos con otro mapa de la realidad es darnos otro registro de posibilidades, con otros márgenes de acción, de experimentación, de aventura. De pronto el mundo ya no se nos cae encima, porque somos capaces de percibir la distancia entre la representación, lo que se supone que pasa y lo que pasa. Hurgamos en las representaciones dominantes y ahí dentro está la vida, siempre contradictoria y palpitante, siempre inacabada y por tanto esperanzadora.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/amador-fernandez-savater-batalla-pensamiento

https://www.grupotortuga.com/amador-fdez-savater-no-cambiamos-porque-nos-expliquen-lo-que-esta-bien-cambiamos-cuando-algo-toca-el-deseo/

martes, 14 de julio de 2026

DIVERSIDAD FRENTE A «DIVERSIDAD»

 


Por Alain de Benoist

Alain de Benoist, Arktos Journal julio 8, 2026

 

Alain de Benoist establece una clara distinción entre la diversidad —la pluralidad natural de pueblos, lenguas y culturas que ha definido a la humanidad durante milenios— y la «diversidad», el programa ideológico que se hace pasar por ese mismo nombre en las sociedades liberales contemporáneas.

Mathieu Bock-Côté suele hablar de ideología «DIVERSITARISTA» (1) para designar la ideología que rige la sociedad «multicultural» o «inclusiva» —una extensión adecuada de la «sociedad abierta» tan querida por Karl Popper—. Lo hace con razón y como buen quebequés, pues fue en Canadá donde el exprimer ministro Justin Trudeau se enorgulleció, siguiendo las recomendaciones del Informe Bouchard de 2008, de haber convertido a su país en la primera «nación diversitaria» —es decir, en sus propias palabras, un laboratorio de vanguardia de la «diversidad feliz» (siguiendo el modelo de la «globalización feliz»), que consiste en transformar a los pueblos para eliminar de su seno cualquier rastro de una personalidad social y cultural específica.

En este culto a la «diversidad», Bock-Côté ve a la vez la huella de un «universalismo falsificado» y una herramienta de ingeniería social destinada a garantizar la aceptación de la transformación de los pueblos en nombre de los derechos humanos universales, del imperativo de «MESTICISMO» (2) y del culto a las minorías: los recién llegados ya no tienen que adaptarse a la sociedad que los acoge; al contrario, es esa sociedad la que debe transformarse para dar cabida a las exigencias cada vez mayores de individuos o grupos «de origen diverso».

¿Condenar la ideología «diversitarista» equivale también a condenar la diversidad? No, por supuesto que no. ¿Por qué? Porque existe la diversidad y la «diversidad».

La diversidad genética es la norma entre todos los seres vivos: es lo que hace posible la evolución. La diversidad de especies, la diversidad de lenguas, de pueblos y de culturas es la gran riqueza de la humanidad. La protección de la biodiversidad debe, por lo tanto, extenderse a las diferentes culturas, a fin de garantizar su derecho a la continuidad histórica.

Una diversidad de culturas y pueblos, cada uno con su propia personalidad: tal ha sido, precisamente, el estado normal de la humanidad durante milenios. Entonces se vivía en un mundo heterogéneo de pueblos relativamente homogéneos y arraigados. El sistema «diversitarista» produce exactamente lo contrario: un mundo cada vez más homogéneo de pueblos que se vuelven cada vez más heterogéneos, hasta el punto de no ser más que agregados de individuos procedentes de todas partes —que, además, se parecen cada vez más entre sí, lo que los hace intercambiables—. Es esta gran convulsión —este paso de un mundo global heterogéneo a uno homogéneo, y de pueblos relativamente homogéneos a agregados heterogéneos— la que nos permite comprender cómo el «diversitarismo» provoca la desaparición de las diferencias, es decir, de la verdadera diversidad.

Lo contrario de la diversidad no es el exclusivismo, sino la uniformidad. Diversidad significa variedad, pluralidad; «DIVERSITARISMO» significa hibridación generalizada, la mezcla que hace desaparecer la variedad. El «diversitarismo» es una forma de cosmopolitismo que tiende a hacer desaparecer la diversidad entre culturas introduciéndola en exceso dentro de las propias culturas. El régimen «diversitarista» favorece la «diversidad» individual para abolir mejor la diversidad colectiva.

El objetivo es trabajar en pro de la indistinción de las culturas y los pueblos: defender la «diversidad» de orígenes dentro de una misma sociedad para asegurar su desaparición a escala global. Aquí cabe retomar el ejemplo de Quebec: al someterla a la «diversidad» —tratada como un fin en sí misma—, lo que se busca es hacer desaparecer ese elemento de verdadera diversidad que representa la identidad histórica quebequense dentro de Canadá.

« ¿Por qué convivir si no compartimos la misma cultura?», pregunta además Bock-Côté. Una pregunta excelente, pues solo se puede «convivir» en la medida en que se pueda contar con un fundamento común. Lo común es el soporte natural de la diversidad. Dado que el «misticismo» conlleva inevitablemente la desaparición de las culturas llamadas a mezclarse, estas acaban siendo todas iguales. Lo común se derrite como la nieve al sol en medio de una pluralidad de pertenencias dentro de sociedades fragmentadas. La «misticismo» reduce la parte de lo común hasta el punto de hacerla desaparecer.

«El error de nuestras élites», afirma Chantal Delos, «es creer que la diversidad basta por sí sola para crear una vida en común». Esta creencia es obviamente falsa. Cuanto más heterogéneo es un pueblo, más difícil resulta gobernarlo (la ley ya no puede basarse en costumbres compartidas). Cuanto más «diverso» es, menos posee una personalidad singular. Cuanto más heterogéneo es, menos capaces son quienes viven en él de reconocerse en quienes les rodean. El resultado —confirmado por numerosos estudios empíricos— es el colapso de la confianza. Todos desconfían de todos, lo que acelera la guerra de todos contra todos. Basta con viajar por el mundo para comprobarlo: las sociedades multirraciales son, ante todo, sociedades multirracistas.

La disolución de los pueblos conlleva, asimismo, la disolución de la democracia, ya que tiende a abolir la distinción entre ciudadanos y no ciudadanos en la que se sustenta el principio de la soberanía popular. La disolución de la memoria colectiva, y del imaginario simbólico que la acompaña, es la consecuencia última de la ruina de la misma noción de lo común. Las políticas de «formación en diversidad» son técnicas de propaganda: son, en realidad, formaciones para la aceptación de la disolución de los pueblos.

Señalo, para concluir, esta reveladora paradoja, bien observada por John Mearsheimer: el liberalismo se enorgullece de defender el pluralismo en la política interna, mientras que se opone a él con todas sus fuerzas a escala global, ya que sostiene que el capitalismo y la democracia liberal son el único régimen que debe aplicarse a todos los países. En cuanto se trata de política exterior, ya no se admite la variedad: se exige a todos los pueblos que se adhieran a los mismos «valores universales». La verdadera diversidad, para entonces, no es más que un recuerdo.

Publicado originalmente en Éléments, n. º 219, abril-mayo de 2026

Notas:

1. TN:«DIVERSITARISTA» es la traducción del término francés «diversitaire», un neologismo derivado de la palabra «diversité», que significa «diversidad». Más adelante en el ensayo aparece otro neologismo derivado de la misma palabra: «diversitarismo»/«diversitarisme».

2. TN:«MESTICISMO» deriva de la palabra francesa mélange, que significa «mezclar». Benoist utiliza la palabra mélangiste para describir a una persona cuya ideología (mesticismo/mélangisme) considera la mezcla etnocultural como un bien moral en sí mismo. Se trata de un término acuñado por Benoist.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

https://www.arktosjournal.com/p/diversity-vs-diversity?

https://infoposta.com.ar/notas/14842/diversidad-frente-a-diversidad/

LO MÁS ATERRADOR QUE HE PRESENCIADO: SABEN LO QUE VAS A HACER ANTES DE QUE LO HAGAS

  


Por BettBeat Media

La inteligencia artificial para la prevención de delitos está redefiniendo la libertad humana. Lo presencié. Y es lo más aterrador que he visto en mi vida

BettBeat Media, jul 01, 2026, BettBeat’s Newsletter

La sala de seminarios

En un seminario de IA en mi universidad, presenté tres fotografías mías: una frontal, una de perfil y una sonriendo. En aproximadamente un minuto, el sistema generó un vídeo mío. Lo que vi no era una simple imitación. Los pequeños gestos de mi rostro, la ligera asimetría de mi sonrisa, la forma en que mis ojos se arrugan en las comisuras, todo se reprodujo con una precisión asombrosa. Le había proporcionado tres imágenes fijas y me había devuelto mi propio reflejo.

Soy psicólogo. Sé lo que significa la predicción del comportamiento. Entiendo el efecto que los grandes conjuntos de datos tienen sobre el concepto de singularidad individual. Pero sentado en esa sala de seminarios, viendo mi propio rostro moverse en una pantalla que no había animado, algo cambió en mi comprensión de dónde estamos y hacia dónde vamos. No sentí entusiasmo. Sentí el pavor específico de quien acaba de comprender la naturaleza de la jaula que se está construyendo a su alrededor.

Seamos honestos sobre lo que está sucediendo. La cuestión no es si la inteligencia artificial puede predecir el comportamiento humano. Ya puede hacerlo, con una precisión que debería aterrorizar a todo aquel que aún crea en el concepto de un yo individual. La cuestión es quién posee esa capacidad, a quién beneficia y qué tipo de mundo están construyendo con ella.

Somos más predecibles de lo que creemos

Como bien sabe cualquier estudioso serio de la ciencia del comportamiento, los seres humanos somos mucho más predecibles de lo que nos gusta creer. Somos criaturas de patrones, de repetición, de hábitos claros. El yo que experimentamos como soberano y espontáneo es, en conjunto, asombrosamente consistente. Sutiles señales en nuestro entorno desencadenan rutinariamente nuestro comportamiento sin que seamos conscientes de ello, mientras que experimentamos la acción resultante como una elección libre y soberana. El análisis de grandes datos reveló esto sobre nosotros mucho antes de que la generación actual de sistemas de IA llegara para explotarlo.

“La alerta que se envía a la central de policía no indica que esta persona haya cometido un delito. Indica que esta persona se comporta con un setenta por ciento de similitud al perfil de comportamiento de alguien que lo hará”

Lo que ha cambiado es la escala y el nivel de detalle de la explotación. Los investigadores ya han demostrado que los sistemas de IA pueden predecir el sonido de la voz de una persona a partir de una simple fotografía, infiriendo las propiedades acústicas de la garganta, la forma de la cavidad bucal, la estructura del rostro y, a partir de estos datos físicos, reconstruyendo algo que ninguna imagen estática debería contener. No dimos nuestro consentimiento para esta inferencia. No sabíamos que era posible. La tecnología no nos preguntó.

La invasión se produce en ambas direcciones. Ya en 2022, antes de que la mayoría de la gente tuviera motivos para prestar atención, la IA podía tomar solo el sonido de tu voz y reconstruir tu rostro. Ya eras legible desde dentro hacia fuera.

Una mascarilla no cambia nada

Pero el reconocimiento facial es, a estas alturas, casi lo menos importante. La tecnología más trascendental es el reconocimiento de la marchaun sistema biométrico que identifica a las personas no por su rostro, sino por su forma específica de caminar, determinada anatómicamente. La curvatura de la columna, la rotación de las caderas, el ritmo particular de la zancada: estos rasgos son tan únicos como una huella dactilar y mucho más difíciles de disimular. Los sistemas de reconocimiento de la marcha actualmente en funcionamiento pueden identificar a una persona a partir de grabaciones de seguridad incluso cuando su rostro está girado, cubierto por una capucha o escondido tras una máscara. Los manifestantes que se cubrían el rostro en las protestas creían que se protegían. No era así. El sistema ya los había identificado desde los tobillos hacia arriba.

El reconocimiento de la forma de andar le indica al sistema quién eres, incluso cuando crees que estás oculto. Lo que sigue va más allá. A esto se suma el campo emergente del reconocimiento de emociones en tiempo real, sistemas de IA integrados en la misma infraestructura de CCTV ( circuito cerrado de TV, necesarios para un sistema de vigilancia) que clasifican estados emocionales a partir de expresiones faciales, asignando etiquetas de agitación, hostilidad, miedo u ocultamiento a los rostros de personas que no han hecho nada más que estar en un espacio público.

Y el sistema está mejorando

La precisión es lo que se consigue con miles de millones de dólares de inversión, y la inversión es implacable. Se acerca el día —más cerca de lo que la mayoría de la gente imagina— en que el sistema leerá los miles de marcadores codificados en tu rostro, tu forma de andar, tus microexpresiones, y afirmará con un noventa y cinco por ciento de certeza que cometerás un asesinato. Que cometerás una violación.

No es que lo hayas hecho. No es que lo hayas intentado. Es que lo harás. Y cuando se alcance ese umbral de confianza, la presión para actuar será abrumadora. La sociedad lo aceptará como fundamento para la intervención, la detención, la expulsión preventiva, y la prevención del delito dejará de ser una metáfora distópica para convertirse en política oficial del Estado. Un sistema que etiqueta tu rostro como hostil no tiene por qué ser correcto hoy. Solo tiene que llegar a serlo. Y lo es

Aprende a reconocer las expresiones faciales de soledad y baja autoestima. Ahora, imagina ese sistema integrados en unas gafas, anteojos. Entra en una habitación. La imagen superpuesta le indica al depredador quién es débil.

El instrumento del depredador

Lo que describí que sucedió en ese seminario representa solo una pequeña faceta de lo que ahora es técnicamente posible. Consideremos otra aplicación, una que debería hacer que toda persona que alguna vez haya sido vulnerable se detenga a reflexionar sobre sus implicaciones.

Vivimos en un mundo plagado de depredadores. Empleadores depredadores. Hombres depredadores. Instituciones financieras depredadoras. Redes depredadoras como la que Jeffrey Epstein operó durante décadas sin consecuencias, al servicio de los hombres más poderosos del mundo.

¿Qué ocurre cuando un depredador de esa clase tiene acceso a un sistema de IA entrenado con miles de horas de entrevistas terapéuticas con supervivientes de abusos, con personas víctimas de trata y con individuos cuyos antecedentes psicológicos los convirtieron en objetivos?

El sistema aprende cómo se ve la vulnerabilidad desde fuera. Aprende la forma particular en que una persona condicionada a la sumisión mueve su cuerpo en un espacio público. Aprende la expresión facial de la soledad, de la baja autoestima, de alguien que no se defenderá o a quien no se le creerá si lo hace.

Ahora, coloca ese sistema integrado en unos lentes, unas gafas. Entra en una habitación. La superposición le indicará al depredador quién es el más débil.

Palantir y la arquitectura del control

Palantir no es una hipótesis. Es una empresa con una valoración de mercado actual que se mide en cientos de miles de millones de dólares, sólidas relaciones contractuales con el ejército de los EEUU, la CIA, el FBI, el Mossad, el MI6 y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, y un conjunto de productos diseñados específicamente para hacer lo que he estado describiendo.

Su plataforma Gotham recopila datos de registros fiscales, archivos del DMV, (La extensión DMV es la más utilizada para los archivos Adobe Acrobat Parsing Rules) historial laboral, historial académico, estatus migratorio, cuentas de redes sociales obtenidas mediante citación judicial, incluyendo mensajes privados e historial de ubicaciones, y sintetiza esta información en expedientes individuales que pueden buscarse por tatuaje, vecindario, asociación o patrón de movimiento. Su aplicación de control migratorio, llamada ELITE, muestra en un mapa lo que designa como objetivos de deportación y asigna a cada uno una puntuación de confianza que estima la probabilidad de que una dirección determinada sea donde duermen actualmente. La palabra " objetivo" es suya, no mía.

Este no es un sistema diseñado para la seguridad nacional en ningún sentido significativo de la palabra. La seguridad nacional fue el pretexto utilizado para su creación. En realidad, lo que hace es hacer que la población sea legible, clasificable y susceptible de ser manipulada por quien tenga el contrato. En este momento, entre quienes tienen ese contrato se encuentra una administración que ya ha demostrado su disposición a usar estas herramientas contra estudiantes que participaron en la protesta equivocada, académicos que firmaron la carta equivocada e inmigrantes cuyo único delito fue existir sin documentación en un país que durante décadas dependió de su trabajo.

Un retuits puede abrir un archivo

El programa que el Departamento de Estado denomina "Capturar y Revocar" utiliza herramientas de IA, incluida una plataforma llamada Babel X, para realizar un análisis automatizado del sentimiento en las redes sociales de ciudadanos extranjeros con visa, incluidos estudiantes de posgrado e investigadores. El sistema lee las publicaciones, asigna puntuaciones de intención, marca las cuentas cuyas opiniones expresadas el algoritmo ha clasificado como amenazantes e inicia procedimientos de revocación de visa, todo ello sin una revisión humana significativa. Un retuits puede ahora abrir un expediente. Un comentario dejado en una publicación de hace tres años puede desencadenar un proceso de deportación. La persona afectada no tiene derecho a examinar el algoritmo que lo condenó. El algoritmo es de propiedad exclusiva. Su lógica interna es un secreto comercial.

El acusador al que no puedes enfrentar

Este último punto tiene una importancia que el sistema legal aún no ha empezado a asumir. Los sistemas de IA que se utilizan para predecir el comportamiento, asignar riesgos y dirigir acciones coercitivas son cajas negras, no en el sentido coloquial, sino en el técnico y legal. Las empresas que los desarrollan no tienen la obligación de revelar sus métodos. Un acusado cuyo arresto se desencadenó por una alerta algorítmica no puede solicitar los datos de entrenamiento. Su abogado no puede interrogar al modelo. La presunción de inocencia, el derecho a confrontar al acusador, la estructura básica del debido proceso que requirió siglos de lucha para establecerse, se desmorona en el momento en que el acusador es un sistema de software propietario de una corporación con un contrato gubernamental.

Europa tomó medidas para prohibir esto, o al menos eso afirmaba la legislación. El artículo 5 de la Ley de Inteligencia Artificial de la UE, que entró en vigor a principios de 2025, prohíbe nominalmente los sistemas de IA diseñados para predecir la probabilidad de que una persona cometa un delito. Las excepciones enumeradas en el texto incluyen terrorismo, asesinato, violación y robo a mano armada. En otras palabras, la prohibición se aplica a delitos menores. Para cualquier delito que el Estado clasifique como grave, la predicción está permitida.

Ya sabemos lo flexible que se ha vuelto el término terrorismo. En el Reino Unido, mujeres mayores que participaban en manifestaciones de solidaridad con Palestina han sido catalogadas como simpatizantes terroristas, vigiladas y derivadas a programas de lucha contra el extremismo. La definición se amplía para incluir a cualquiera que el Estado considere inconveniente. Una vez que se comprende esto, las excepciones de la Ley de Inmunidades contra el Terrorismo dejan de parecer garantías legales y se convierten en un cheque en blanco a favor de quien ostente el poder en ese momento.

El ciclo de retroalimentación

En USA ni siquiera existe la apariencia de prohibición. Y el problema se agrava como todas las injusticias estructurales cuando las instituciones diseñadas para contenerlas caen en manos equivocadas. Los sistemas de vigilancia predictiva envían más agentes a ciertos barrios. Más agentes en esos barrios generan más arrestos. Más arrestos en esos barrios confirman la predicción original del algoritmo. Los datos no describen un barrio peligroso; lo crean. Los residentes ven cómo sus hijos pasan de ser ciudadanos a precriminales antes incluso de haber cometido delito alguno.

“Los centros de datos no se construyen para agilizar los resultados de búsqueda. Se construyen para almacenar y procesar los perfiles de comportamiento de todas las personas del planeta”

La clase Epstein que construye esto

Necesitamos hablar con franqueza sobre quién está construyendo esto y por qué. Elon Musk. Peter Thiel, cuyo nombre es sinónimo de Palantir. Donald Trump, cuya administración ha desplegado estas herramientas con una rapidez y agresividad que sugieren que estaban esperando precisamente esta configuración política. Benjamin Netanyahu, bajo cuyo gobierno se utilizaron sistemas de reconocimiento facial para vigilar a civiles palestinos en Cisjordania, generando bases de datos que desde entonces se han ampliado e integrado con redes de inteligencia internacionales.

OpenAI, cuyo director ejecutivo, Sam Altman, pasó años presentándose a sí mismo y a su organización como los responsables y conscientes de la seguridad de la tecnología transformadora —una organización sin ánimo de lucro creada para el beneficio de la humanidad— antes de reestructurarse en una entidad con fines de lucro que ahora busca una valoración que la convierte en una de las instituciones privadas más poderosas de la historia. El mismo Sam Altman cuya hermana, Annie Altman, lo ha acusado pública y repetidamente de violación sistemática desde que tenía tres años. Estas acusaciones no han sido juzgadas en un tribunal. Tampoco han recibido la atención que merecen por parte de la industria, la prensa o los gobiernos que ahora colaboran con su empresa para dar forma a la infraestructura de IA del futuro.

El hombre que construye las herramientas de predicción y clasificación del comportamiento a escala planetaria es alguien a quien su propia hermana dice haber temido desde la infancia. Se nos dice que confiemos en los constructores. No se nos dice que analicemos con detenimiento quiénes son.

Esta es la clase Epstein. No es una metáfora. Jeffrey Epstein fue un depredador y un pedófilo que dirigió, durante décadas, lo que en la práctica fue una operación de inteligencia privada basada en el abuso sexual sistemático de niños por parte de los súper ricos.

La infraestructura era el chantaje. La moneda de cambio era el acceso: a menores de edad y a los secretos mejor guardados de los hombres más poderosos de la ciencia, las finanzas, la política y la tecnología que se movían en su mundo. Varios de los hombres que ahora construyen la arquitectura de vigilancia del siglo XXI asistieron a sus cenas, volaron en sus aviones, visitaron sus islas y abusaron de sus víctimas. Algunos en la periferia. Otros, considerablemente más cerca del centro.

Lo que Epstein comprendió, y lo que sus invitados comprendieron a su manera, es que el conocimiento absoluto de una persona —sus deseos, su vergüenza, sus secretos, sus vulnerabilidades— equivale a un poder absoluto sobre ella. Él construyó ese sistema a mano, con cámaras, silencio y los cuerpos de niños. Los hombres que compartieron su mesa lo han construido desde entonces a escala planetaria, esta vez con centros de datos, legislación y la cooperación de los gobiernos. La lógica depredadora es idéntica. Solo ha cambiado el mecanismo.

No se trata de actores aislados que persiguen intereses independientes. Son una clase. Han forjado alianzas, inversiones conjuntas, cargos compartidos en juntas directivas y un proyecto político común, características propias de las clases sociales que reconocen una oportunidad común. En este caso, la oportunidad reside en el dominio total de la información sobre el resto de la humanidad. Los centros de datos que se construyen en el suroeste de EEUU, en los estados del Golfo Pérsico y en el sudeste asiático —estructuras enormes y devoradoras de energía, cuya construcción se presenta en la prensa como un ejemplo de crecimiento económico y ambición tecnológica— constituyen la infraestructura física de este dominio.

Los centros de datos no se construyen para agilizar los resultados de búsqueda. Se construyen para almacenar y procesar los perfiles de comportamiento de todas las personas del planeta, para que quienes controlan los sistemas conozcan a los seres humanos de forma tan exhaustiva que la predicción se vuelva indistinguible del control.

Peor de lo que Orwell jamás imaginó

Aldous Huxley comprendió algo que solemos subestimar: que las formas más duraderas de control autoritario no se experimentan como opresión por quienes viven bajo ellas. Se experimentan como comodidad, como seguridad, como la administración razonable de un mundo complejo. La cámara en la esquina no se siente como la Stasi. La aplicación que sabe dónde estás no se siente como la Lubianka. El algoritmo que te asignó una puntuación de riesgo que nunca verás no se siente como nada, porque no sabes que existe. Esta es la genialidad particular de la arquitectura que se construye a nuestro alrededor. Su violencia es en gran medida invisible, estadística, blanqueada por el lenguaje neutral de la ciencia de datos y la seguridad pública.

La tele pantalla de George Orwell te vigilaba y sabías que te vigilaba. Él comprendía que ese conocimiento era en sí mismo una forma de control. Lo que enfrentamos es peor, porque la vigilancia no va acompañada de la conciencia de estar siendo vigilados. Los perfiles de comportamiento que se recopilan sobre cada persona que lleva un teléfono inteligente, que pasa frente a una cámara, que publica en línea, que usa una tarjeta de crédito, que asiste a una escuela, visita a un médico o cruza una frontera, existen en servidores a los que no podemos acceder, propiedad de empresas que no podemos auditar y que se utilizan para fines que legalmente no podemos obligarlas a revelar. El expediente ya está creado. Simplemente no se nos permite leerlo.

Lo que se está construyendo, pieza a pieza, contrato a contrato, cámara a cámara, no es un estado de vigilancia en el sentido del siglo XX. Es algo más total e íntimo. El antiguo estado de vigilancia vigilaba. El nuevo predice. El antiguo acumulaba archivos. El nuevo asigna puntuaciones. El antiguo empleaba informantes e interrogadores. El nuevo opera de forma continua y automática, sobre los rostros de personas que no hacen más que vivir sus vidas en un mundo que se ha convertido silenciosamente en un aparato de clasificación y control.

La finalización de un proyecto

Me quedé en aquella sala de seminarios y vi mi propio rostro moverse en una pantalla que yo no había animado, y comprendí que algo había terminado. Lo que había terminado era la última barrera técnica entre quiénes somos y lo que aquellos con suficiente poder computacional pueden saber sobre nosotros sin nuestro consentimiento ni conocimiento. La barrera ha desaparecido. Lo que la reemplace, ya sea la ley, la resistencia o la clase de furia pública sostenida que en ocasiones a lo largo de la historia ha obligado al poder a retroceder, depende enteramente de si suficientes personas comprenden lo que ya se ha construido y para quién se construyó.

Los oligarcas dueños de estos sistemas no perciben el mundo que la IA está creando como una amenaza. Para ellos, es la culminación de un proyecto. El sueño de una clase que siempre ha querido saberlo todo sobre quienes están por debajo de ellos, predecir sus movimientos, anticipar su disidencia, identificar sus debilidades y vulnerabilidades, para gestionar la población como un granjero gestiona un rebaño, donde cada animal es etiquetado, rastreado y clasificado según su utilidad. Para el resto de nosotros, los que estamos siendo etiquetados, rastreados y clasificados, queda una sola pregunta urgente.

¿En qué momento intentaremos detener esto?

https://bettbeat.substack.com/p/the-scariest-thing-ive-ever-witnessed

https://infoposta.com.ar/notas/14850/lo-m%C3%83%C2%A1s-aterrador-que-he-presenciado-saben-lo-que-vas-a-hacer-antes-de-que-lo-hagas/