El
exprocurador Julio Arbizu debuta como narrador
con Negro, contra el desprecio (Reservoir Books, 2026), un
conjunto de relatos en los que cuenta cómo ha vivido en carne propia la
discriminación, a lo largo de los años. En esta entrevista habla de esta nueva
experiencia y de la posibilidad de llegar a una reconciliación nacional como
promete el gobierno de Keiko Fujimori.
Julio Arbizu presentó su libro el 24 de julio
en la Feria Internacional del Libro. | Mario Colán. Cortesía Penguin Perú
Emilio Camacho
Como en el
cuento clásico, cada cierto tiempo el niño Julio Arbizu se paraba frente al
espejo para hacer preguntas. Mientras miraba sus pómulos pronunciados o su
nariz ancha, las iba lanzando una tras otra. ¿Por qué los insultos de los que
debía defenderse a puñetazos? ¿Y por qué no ocupaba un lugar central en las
fotos del colegio, sino en esos bordes que se difuminan con el paso del tiempo?
¿Por qué le lanzaban esas miradas llenas de desconfianza? Con los años obtuvo
las respuestas que pedía, cuando entendió que en este país el racismo es
cotidiano y el color de la piel puede determinar nuestro lugar en la escala
social. Hoy, con Negro, contra el desprecio, su
primer libro, el exprocurador da testimonio de cómo se vive en carne propia la
discriminación. La publicación es una invitación y un artefacto, un vidrio que
refleja nuestras taras y prejuicios.
Tu nuevo
libro, Negro, es la narración de varios episodios de discriminación
que has sufrido en la vida. Y la primera pregunta que quería hacerte es si tú
también has discriminado.
Es una muy buena pregunta. Es una pregunta que de alguna manera
puede explicar el libro, porque lo que creo es que existe en este país un
sistema organizado de tal manera que nadie esté libre de mirar al otro con una
mirada despectiva. Y de hecho, en varios de los relatos, yo revelo que soy
parte de ese sistema, de esa organización social. Pero, además, hay una especie
de mirada desde abajo que hace que muchos no se perciban discriminados. Y,
frente a esa no percepción, lo que hacen es mirar hacia abajo a otras personas
como ellos, que es esto que Paulo Freire llamaba el opresor oprimido. Y
entonces, la respuesta a la pregunta es sí, claro que sí.
A mí el
episodio de Marisol Espinosa que cuentas en el libro me llamó muchísimo la
atención. Porque allí te sale la carta de ningunear por procedencia y por
formación. En ese momento de indignación por lo que te había pasado, porque te
estaban echando de la Bancada Nacionalista, casi llegas a decir que siempre
será mejor un abogado limeño que una comunicadora piurana.
Absolutamente. Y, de hecho, el libro lo he sometido a la crítica
previa de mucha gente, a la lectura de muchos amigos, de gente que me rodea,
algunos con mucha más experiencia en el quehacer literario. Y varios me
dijeron: Mira, este episodio deberías ver si lo dejas o lo retiras.
Te
sugirieron que lo saques.
Sí, yo opté por dejarlo y por dejar otras escenas en las que yo
dejo evidencia de que soy parte del sistema, que soy parte de esa organización,
que soy parte de esa educación sentimental. Y por eso el libro puede ser leído
por todos para encontrarse en él como un espejo.
Ahora, el
episodio de tu colaboración con el nacionalismo es interesante, porque también
recibiste el encargo de redactar el informe sobre lo que ocurrió en El Baguazo,
que es una tragedia por donde se mire: 23 policías y 10 indígenas muertos. Y lo
que tú dices es que el desenlace pudo ser otro si estos peruanos hubieran
tenido manera de comunicarse, de entenderse.
Sí. Una de las formas probablemente más brutales y más
perniciosas de discriminar, de mirar en menos a ciertos peruanos, es impedirles
la agencia y la capacidad de comunicar sus demandas, sus pareceres, sus ideas
sobre la patria. Desde el ejercicio del poder, son unos cuantos quienes lo
detentan y pueden desde allí nombrar lo que es bello, lo que es aceptable, lo
que puede ser bien recibido en ámbitos de políticas públicas. Los demás,
digamos, se deben remitir al ejercicio pasivo de seguir esas reglas.
Y los demás
suena a veces a los que están lejos de Lima.
Sí, en gran medida los que están lejos de Lima, pero también en
Lima, que es una ciudad mestiza, donde operan formas de ejercer el poder desde
un discurso supremacista que a veces duele muchísimo.
Cuando yo
revisaba lo que mencionabas del Baguazo, también pensaba en otros episodios
similares. En las víctimas inocentes del fuego cruzado que hubo durante la
lucha contra Sendero, o, recientemente, en las víctimas de las protestas contra
Dina Boluarte. El hecho de que ellos no encuentren justicia, de que haya
impunidad en sus casos, ¿es de alguna manera una forma de discriminación?
Absolutamente. Eso tiene que ver con la mirada del valor de una
víctima. Alguna vez, cuando estudiaba un posgrado en Derechos Humanos y
Procesos de Democratización en Chile, hubo alguien que hizo el paralelo entre
los muertos de la dictadura chilena y los muertos del conflicto armado interno
peruano. Y él me decía: “En Chile pensábamos que los muertos eran 20.000 y
resultaron siendo 5.000”. Bueno, en Perú pensábamos que los muertos eran 20.000
y resultaron siendo 70.000. Entonces hay una desproporción en el valor que le
otorgamos a cada uno de nuestros muertos. Y eso tiene una explicación. En
Chile, los muertos, los desaparecidos, eran básicamente gente de clase media,
instruidos, con padres profesionales que habían optado por una mirada política.
Y en nuestro caso, la mayoría de los muertos en ese fuego cruzado entre el
Ejército y los grupos subversivos eran campesinos, muchos de ellos sin DNI.
Quechuahablantes
y pobres.
Sí, vulnerables en todos los sentidos de la palabra. Entonces,
siempre es un ejercicio de discriminación el hacer esa distinción entre
víctimas.
¿Te ha
llamado la atención que la señora Fujimori no haya mencionado el tema de las
víctimas de las protestas del 2022-2023 en su mensaje a la Nación?
No, ninguna sorpresa, porque en verdad yo diría que las víctimas
del gobierno de Dina Boluarte y de Jerí son producto del ejercicio de poder de
un fujimorismo que se ha permitido la colaboración de otros grupos políticos
muy afines. Y, por tanto, si ella se refiriera a esto, tendría que hacer una
autocrítica y creo que está lejos de hacerla en cualquier sentido.
Claro,
aunque también usa la carta de la reconciliación, lo que es contradictorio. Si
no mencionas a las víctimas, ¿cómo te reconcilias con ese sur que no ha votado
por ti?
Yo creo que ese discurso de reconciliación es falso, solamente
puede haber una reconciliación en este país en tanto se mire esto que yo trato
de hacer evidente en el libro, un trato distinto entre peruanos. Mientras no se
miren estas cosas, que suceden todo el tiempo, creo que está muy lejos la
posibilidad de cualquier tipo de reconciliación.
Vuelvo al
episodio del gobierno de Humala porque hay otro evento interesante, que es
cuando hay una presión muy fuerte para sacarte del Ministerio de Justicia, por
un comentario ácido que hiciste contra Juan Luis Cipriani, pero que la élite
católica y la derecha entiende como una crítica a ellos mismos. ¿Qué fue eso?
¿Fue una represalia política o un acto de discriminación?
No, yo creo que eso fue básicamente solidaridad de clase. Para
ellos, yo no puedo tener un comentario ácido respecto de Cipriani. Pero si el
comentario lo hacía cualquiera de ellos, por cualquier tipo de diferencia con
Cipriani, no pasaba nada. Y creo que eso es muy sintomático de lo que está pasando
a nivel político.Incluso en esos círculos de poder, que adquieren más poder
todavía por la pigmentación de la piel, no se perdona a algunos que salen de
allí para tener un discurso de ruptura, un discurso disidente. A Sigrid Bazán,
por ejemplo, le reclaman mucho más que a cualquiera de las figuras del
progresismo o de la izquierda limeña. Ven en ella una traición a su clase, una
traición a la tradición.
¿Hubieras
vivido menos actos de discriminación si no tuvieras una preocupación social, si
no tuvieras cercanía con el progresismo o con la izquierda?
No lo sé. Pero fíjate que he pensado en esto que me dices, es
bien interesante.Si yo no fuera el respondón que soy, si no tuviera la
capacidad de ironizar que tengo a veces, si no tuviera una militancia política,
aunque no partidaria, probablemente sería presa del escarnio mucho más
soterrado, escondido, pero igualmente pernicioso, nocivo.
Ahora que lo
pienso, es cierto que te han discriminado, pero tú nunca te has quedado
callado, al menos en la edad adulta.
Sí, por eso es que hay una intencionalidad en hacer el libro
como una secuencia cronológica, un crecimiento desde la edad más infantil,
pasando por la juventud hasta la actualidad, y creo que si ha habido un cambio
en ese tiempo. Por lo menos ahora puedo nombrar lo que pasaba, puedo decirlo.
Antes no tenía ni siquiera idea, no tenía con qué confrontarme, con qué
compararme, con qué comparar mi situación, y no tenía las herramientas que
tengo ahora. Y, por otro lado, con absoluta honestidad, tengo que decir que yo
he sido desde muy pequeño un privilegiado. O sea, yo estudié en un colegio
privado, yo estudié en la Católica, no soy alguien que haya sido vulnerable
desde la cuna. Mis padres son dos profesionales que me dieron la oportunidad de
estudiar una carrera en una de las mejores universidades del país. Entonces,
hay una mirada que tiene que ver con descubrir que se puede utilizar esa
formación para combatir este tipo de situaciones.
Hay un
episodio que me llama mucho la atención, que es el de Honduras. En ese país
fuiste parte de un equipo enviado por la OEA para atender temas de corrupción.
Y allí descubres que miembros de tu equipo han lanzado expresiones racistas
contra ti y contra otros de tus compañeros. Llámame ingenuo, pero yo pensé que
esas cosas no ocurrían entre los abogados que están dedicados a causas
altruistas.
Yo también lo pensaba. Y, es más, pensaba que el espacio de
ejercicio de la labor profesional de quienes forman parte de la OEA, por
ejemplo, estaba desprovisto absolutamente de ese tipo de cosas. Y sin embargo
llego a Honduras y no solamente pasa eso, sino que el secretario general de la
OEA había enviado cercanos a su círculo más íntimo a ejercer puestos para los
cuales no estaban preparados.
Hablas de
(Luis) Almagro.
Sí. Como te decía, llegan personas que no estaban capacitadas ni
profesionalmente ni éticamente. Son personas que están en Honduras, un país
pobre, un país vulnerable dentro del contexto regional, y son las primeras que
se refieren a los ciudadanos y las ciudadanas que ellos tienen que defender
como personas de menor valía.
Los llamaban
negros.
Es brutal, efectivamente los llamaban negros.
¿Y hay mucha
discriminación entre los profesionales del derecho?
Yo creo que es un espacio más de la sociedad. No creo que haya
más que en otros espacios, aunque lo que sí puedo percibir es que hay una élite
que es difícil de integrar. A mí no me interesa, pero hay una élite que tiene
que ver ya no solamente con el color, sino con el mayor nivel socioeconómico, y
en muchos casos también con el patrocinio de causas bastante cuestionables. Y
desde allí se mira hacia abajo. Y en la base de esa pirámide están los espacios
de defensa de personas más vulnerables.
¿Me estás
diciendo que a los que defienden derechos humanos se les ve como menos
importantes?
Sí, en muchos casos sí. Quienes han escogido defender derechos
humanos casi con exclusividad, fuera del ejercicio en defensa de lo
corporativo, sí son mirados en menos, por supuesto que sí.
Claro, pero
ahí debe haber una visión política también. Para la élite son los rojos.
Ahí se mezclan un poco esas cosas,
Ya que
estábamos hablando de temas de corrupción, ¿qué sientes cuando la señora
Fujimori dice que será implacable contra la corrupción?
Siento que Fujimori sabe perfectamente que uno de los lastres
que el ciudadano peruano percibe como más problemáticos en el país es la
corrupción. Entonces entiende que hay que hablar de la corrupción. El asunto
es, ¿cómo puede hablar de la corrupción con 15 de sus ministros procesados o
investigados por corrupción? ¿Cómo puede hablar de la corrupción respaldando el
gobierno del padre, que fue probablemente el más corrupto de todos los
gobiernos de la historia republicana del país? ¿Y cómo puede hablar de
corrupción habiendo respaldado el ejercicio del poder desde un Parlamento que
era básicamente una confluencia de organizaciones criminales, todas ellas
valiéndose de la corrupción para obtener réditos? A la señora Fujimori le
podría dar el beneficio de la duda siempre y cuando demuestre que puede
desconocer todo eso que ha dicho y que ha hecho en el último tiempo, pero eso
es absolutamente una utopía.
Has
postulado alguna vez por Juntos por el Perú, eres un hombre de izquierda. ¿Hay
discriminación en la izquierda?
Sí, es lo que te decía al comienzo, yo creo que nadie escapa de
una organización configurada de tal manera que arriba te miran con desconfianza
y abajo miras al costado también con desconfianza para poder salvarte. Yo hablo
en el libro de un salvoconducto que a mí me permite evadir, quedarme en esa especie
de gravedad que te empuja hacia abajo y que es invisible, que es mi formación,
mi paso por la universidad, ocasionalmente el ejercicio de la función pública.
Pero hay otras formas de salvoconducto que son mucho más perniciosas. Yo digo
varias de las cosas que me pasan a mí sin advertirlo, pero creo que hay esa
mirada al costado para salvarse, para distinguirse, para decir: Sí
probablemente yo tengo el mismo color que tú, pero yo no me veo tan sucio. Yo
tengo tu color sí, pero yo soy ordenado, yo no hablo con palabrotas. Yo tengo
una tesis sobre eso. De hecho, el libro se iba a llamar “Negro de mierda” y
terminó siendo Negro, porque en la evaluación con la editorial se pensó en cómo
defender el título para que esté en las librerías, mostrado al público, o cómo
hacer para que se lea en los colegios. En esta sociedad limeña, pacata,
conservadora, absurda, las palabras también son una manera de distinción.
A favor del
título que no fue, habría que decir que era en realidad un gran llamado de
atención, porque esa es la expresión real que se usa: negro de mierda o cholo
de mierda.
Sí, yo creo que es más negro de mierda. Ahí está incluido el
cholo de mierda, el marrón de mierda. Tú sales a Argentina, a Chile, y ahí no
te van a decir marrón o cholo, te van a decir negro o cabeza negra, de frente.
Quería
volver a la pregunta de la izquierda, porque hace algún tiempo hablaba con
Verónika Mendoza sobre la discriminación dentro de las fuerzas progresistas. Y
ella me decía que no podía usar la palabra discriminación, pero sí reconocía
que cuando ella entró al nacionalismo, donde hubo una fusión de la izquierda
tradicional con fuerzas regionales, ella sintió una distancia entre limeños y
provincianos, y que lo que veía desde sus pares limeños era la exhibición de una
especie de superioridad intelectual, que se la enrostraban a los que venían de
otras procedencias.
Sí, es muy evidente en la izquierda y en otros espacios, pero es
en la izquierda donde no debería pasar, donde hace un rato hablabas de los
espacios de derechos humanos. Uno pensaría que en la izquierda estas cosas no
ocurren, y sin embargo pasan, probablemente ocurren muchísimo menos que en
otros espacios, pero están allí. Y a veces se esconden en lo regional, pero
también hay un componente no solamente de clase o de formación, sino del color
de la piel.
¿Tu hija
Gabriela ya leyó todo el libro?
Sí, claro. Ella es de las primeras en leer el libro y en
enterarse de que iba un texto suyo.
El post de
Facebook de Gabriela, que incluyes en el libro, es valioso y conmovedor, porque
entiende a los 16 años la discriminación por la que has pasado y por la que
ella empieza a pasar. Ella escribe: “Llevo mis raíces tatuadas en la cara y eso
me llena de orgullo”.
Lo lees y se me vuelve a remover todo. Creo que mi hija entendió
muchísimo antes que yo esto que me ha costado 15 años de psicoanálisis y la
escritura de estas 15 historias, que me han dolido, porque el proceso de
escribirlas y de soltarlas no ha sido fácil. Hoy Gabriela tiene 21 y le ha
añadido a esa perspicacia de entonces una formación de abogada, porque ahora
estudia derecho en Chile. Y yo creo que las nuevas generaciones miran esto con
una perspectiva más interesante, desprovista de la mirada que hace que esto se
siga repitiendo.
En tu
infancia, en tu familia hubo mensajes contradictorios, que no ayudaban a formar
una identidad, ¿le reprochas algo a tu familia?
No, yo creo aquí debemos tener en cuenta la idea de la
corrección amorosa. Está el caso de la madre de mi madre, que es esta abuela
que me mira y desde su alzhéimer se sorprende de que yo sea su nieto siendo
negro. O mi madre que trata de corregirme el pelo, no porque entienda que está
mal, sino porque trata de protegerme. Son situaciones que tienen que ver con
los tiempos y en el caso de mi abuela con una configuración social específica.
¿Y tú como
padre cometiste alguno de esos errores tratando de proteger a tu familia?
Es probable. Y es probable que esta pregunta que me haces sea
materia de otras sesiones de psicoanálisis (sonríe).
Fuente: Diario, La República, 02 Ago 2026