viernes, 31 de julio de 2026

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE CLASE?

 


Matt Bruenig

Traducción: Natalia López

El socialismo es una política de clases. Distinguir entre las numerosas categorías a las que recurrimos cuando hablamos de clase social es esencial para clarificar nuestra estrategia política.

El discurso estadounidense sobre la «clase» es un caos. Pareciera que cada quien tiene su propio significado particular de la palabra, y no solo en los márgenes del término, sino en muchos de sus aspectos centrales. En los debates sobre cómo ubicar a una persona en disputa dentro de una clase u otra, la forma habitual de intervenir consiste en presentar un pequeño relato difuso sobre su vida y luego concluir que algún aspecto de ese relato hace evidente a qué clase pertenece. La mejor manera de predecir a qué conclusión llegará alguien sobre la clase de una persona en debate es determinar primero si esa persona le cae bien o mal por razones ajenas a la cuestión. De manera un tanto insólita, cuando la gente siente simpatía por alguien, tiende a decir que pertenece a la clase baja; cuando siente antipatía, tiende a ubicarlo en la clase alta.

En parte, esto solo refleja la habitual mala fe y el razonamiento motivado que infectan cualquier discurso político. Pero también responde simplemente a lo resbaladizo que resulta el término. Se suele confundir la clase económica con la clase social, pero además se define cada uno de esos subconceptos de manera diferente. En el uso convencional existen muchos indicadores distintos de clase, lo que significa que es posible —y, de hecho, común— que una misma persona presente una combinación de indicadores que apunten en direcciones opuestas. Por ejemplo, se puede tener un alto nivel educativo y bajos ingresos, un empleo de alto estatus y poca educación, un origen modesto y altos ingresos en la adultez, o un gran patrimonio y un trabajo de bajo nivel.

Existen opiniones encontradas sobre cuáles de estos indicadores deben emplearse para evaluar la clase, qué peso darle a cada uno si se combinan varios, y si debe adoptarse una evaluación conjuntiva (es decir, que todos los indicadores deban ser bajos para considerar a alguien de clase baja) o disyuntiva (es decir, que baste con que uno solo de los indicadores sea bajo).

Estatus socioeconómico

La sociología ideó el concepto de estatus socioeconómico (NSE) para intentar superar estos desafíos. En lugar de definir la clase a partir de una sola variable —lo cual no parece reflejar cómo aborda la idea nuestra sociedad actual—, el NSE se define mediante un índice que combina múltiples variables en un solo número. El NSE no es un enfoque muy amigable para el debate público, ya que en la práctica aborda la clase como un espectro, mientras que el discurso político anhela casilleros definidos. Con el NSE se podría decir que alguien se encuentra en el percentil 20 de la distribución de «clase», pero no que pertenece a la «clase baja», a la «clase trabajadora» o a la «clase profesional». De modo que, aunque en cierto punto resuelve uno de los problemas que aquejan a este debate, lo hace de una manera que resulta incompatible con las formas en que nos acostumbramos a hablar del tema.

Los índices de nivel socioeconómico combinan habitualmente variables de educación, ingresos y ocupación en una sola cifra. Cuando se dispone de otras variables —como patrimonio, origen familiar o consumo—, también suelen incorporarse. Para calcular el índice de NSE de una persona, primero se obtiene el promedio de cada uno de los indicadores y luego se mide qué tan por encima o por debajo de ese promedio se ubica ese individuo. A continuación, se suman o promedian las puntuaciones en cada subindicador para obtener el puntaje general. A partir de allí, se puede comparar ese puntaje con la distribución total y determinar si la persona se encuentra, por ejemplo, en el 10 % inferior de la distribución del NSE, en el 1 % superior o en la mediana.

Cuando conocí la noción de NSE en la universidad, me pareció bastante ingeniosa y elegante. El índice compuesto por ingresos, educación y ocupación refleja muy bien que, en nuestra sociedad, la gente suele tropezar con el hecho de que estos tres factores no siempre se alinean, lo que empantana de forma constante el debate sobre la clase.

Mucha gente quiere poder decir que alguien con un doctorado que gana 80 000 dólares al año como docente universitario pertenece a una «clase» más alta que alguien con secundario completo que gana 100 000 dólares al año como plomero. De hecho, hay quien pretende sostener que, incluso si la persona con el doctorado pasa a trabajar como plomero por 100 000 dólares al año, sigue perteneciendo a una «clase» más alta que el plomero que solo tiene el título secundario. Por otra parte, creo que la mayoría no querría afirmar que una persona con título universitario que trabaja por salarios bajos en el comercio minorista o en el sector gastronómico pertenece a una clase más alta que alguien sin título universitario que se desempeña como un ejecutivo corporativo muy bien remunerado.

Definir la clase contemplando únicamente los ingresos, solo la educación o solo la ocupación no nos permitiría llegar a esas conclusiones deseables. En cambio, un índice de NSE basado en ingresos, educación y ocupación sí lo permite, ya que pondera los tres indicadores bajo la premisa de que cada uno aporta a la clase de una persona, pero no la determina de forma exclusiva.

Realizar un análisis de NSE y luego desglosar sus componentes también es una buena manera de ilustrar por qué el discurso se enreda tanto al respecto. En el siguiente gráfico apliqué una medición de NSE basada en ingresos, educación y ocupación, y clasifiqué a todas las personas de entre veinticinco y cincuenta y cuatro años en deciles de NSE. Dentro de cada decil grafiqué tres barras que muestran el rango de resultados para los tres subindicadores presentes en ese tramo.


La forma general del gráfico es la que cabría esperar. A medida que ascendemos en la distribución del estatus socioeconómico (NSE), las tres barras también tienden a elevarse en la distribución por percentiles. Sin embargo, persiste un rango bastante amplio para cada uno de los subindicadores dentro de cada decil. Es fácil advertir cómo, al analizar a una persona en particular con un NSE bajo, con frecuencia se puede encontrar que uno de sus subindicadores se ubica, de hecho, en la franja más alta. Si se adoptara una evaluación conjuntiva para definir la clase baja, bastaría con fijarse en ese único indicador para decretar que no pertenece verdaderamente a la clase baja.

Y esto ocurre en un análisis que solo combina tres subindicadores para construir el índice de NSE. Si comenzáramos a sumar más —en el debate público parece haber docenas de indicadores a los que la gente recurre—, la cantidad de personas para quienes, literalmente, todos los indicadores posibles sean bajos se reduciría hasta casi desaparecer.

Deberíamos debatir más sobre los indicadores

Hasta aquí intenté ofrecer una descripción de cómo se habla realmente de la «clase» en el debate público. Es un caos absoluto. Pero probablemente deberíamos dedicar un poco más de tiempo a discutir sobre los contornos de la clase, especialmente cuando se plantean enfoques marcadamente caprichosos e inviables.

Por ejemplo, Noah Smith escribió un artículo titulado «I Have Never Been Working Class» [Nunca fui de clase trabajadora], en el que propone la siguiente definición de clase:

(…) nunca consideré que la clase se defina por una foto del presente del estilo de vida o de las circunstancias materiales de alguien. Siempre pensé que la clase tiene que ver con el potencial de una persona. Y crecí sabiendo que mi potencial económico iba mucho más allá de las circunstancias bastante humildes de mi primera infancia.








Según esta definición, parecería no existir tal cosa como la movilidad social ascendente. Nadie podría ascender de la clase baja a la clase alta en la vida estadounidense. Después de todo, cualquiera que termine en la clase alta necesariamente tenía el potencial para hacerlo; y si tenía ese potencial, entonces nunca perteneció a la clase baja en primer lugar.

Además, esta definición basada en el potencial permitiría que una persona pertenezca a varias clases al mismo tiempo. Durante la infancia, muchas personas tienen el potencial de terminar en la clase alta o en la clase baja al llegar a la adultez. ¿Significa eso que pertenecen a ambas clases de manera simultánea?

Este es un enfoque insólito para definir el término y sospecho que, a pesar de haber escrito eso, Smith tampoco cree que tenga sentido. Al avanzar en su artículo, lo que en realidad parece estar procesando es el hecho de que, a pesar de tener bajos ingresos y bajo nivel de consumo, su hogar contaba con un alto nivel educativo y ocupacional (su padre tenía un doctorado y era profesor). Esto, por supuesto, es exactamente lo que el índice de NSE capta con elegancia sin necesidad de dar un rodeo por este extraño discurso sobre el «potencial». El único inconveniente es que el NSE promediaría estos cuatro indicadores y ubicaría al hogar de la infancia de Smith cerca del percentil 50 de la distribución, lo cual solo resulta un problema porque la gente anhela casilleros definidos con nombres concretos como «clase trabajadora», no una posición en una tabla de percentiles.

La clase como dependencia económica del mercado laboral

Al tratar con la izquierda en particular, hay que hacer lugar a la concepción marxista de la clase, aun cuando esta se distancie de los usos más difusos que predominan en la sociedad actual. En este uso del término, la noción de «clase trabajadora» remite a quienes dependen económicamente del mercado de trabajo. Incluso si se prefiere no concederles esa expresión a los socialistas, es importante al menos reconocerla como un concepto preciso e independiente. De lo contrario, costará comprender de qué están hablando los socialistas la mayor parte del tiempo.

Bajo esta noción de «clase trabajadora», aspectos como el nivel educativo, la ocupación, la forma de vestir, el acento, el potencial o cualquier otra cuestión no resultan particularmente relevantes. Esto no se debe a que carezcan de importancia para otras dimensiones de la vida; simplemente ocurre que no indican si alguien depende económicamente del mercado de trabajo o no.

Los límites precisos de este tipo de dependencia económica resultarán difusos, y es natural que existan debates sobre los umbrales específicos. En mi opinión, una buena aproximación abarca a cualquiera que posea un patrimonio generador de renta inferior a veinte veces el ingreso promedio. Pero otros tienen, obviamente, distintos umbrales u otras formas de medir esa dependencia económica.

En el relato socialista, quienes dependen económicamente del mercado de trabajo ocupan un rol único en la sociedad: comparten una misma vulnerabilidad derivada de su posición económica subordinada y un mismo poder producto de su capacidad para paralizar la producción. De allí se derivarían múltiples consecuencias sobre cómo podría transformarse la sociedad si este grupo se uniera y actuara de forma coordinada para promover sus intereses como «clase trabajadora» en este sentido.

No hace falta compartir toda esta premisa para reconocer, al menos, que se trata de una idea con larga tradición en la que muchísima gente ha creído y sigue creyendo. Si logramos pasar por alto las fricciones semánticas, resulta evidente que hay espacio para un escenario donde ese concepto de «clase trabajadora» coexista con nociones más amplios de «clase social» o «estatus social».

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-clase/

 


A PROPÓSITO DEL ARTICULO "POR QUÉ LA DIALÉCTICA DE MARX ES TAN PELIGROSA"

 


(30 de julio de 2026)

 

Por Miguel Aragón

 

Al estudiar y comentar la dialéctica de Marx, debemos tener muy presente que Marx (1818-1883) y Engels (1820-1895) nunca utilizaron la categoría "materialismo dialéctico.

Parecería que los primeros materialistas en utilizar esa categoría equívoca, fueron Dietzgen (1828-1888) y/o Plejanov (1856-1918).

Posteriormente, Lenin (1870-1924), la tomó de ellos, comenzó a utilizar esa categoría.  Su opinión influyó para el uso generalizado en el movimiento socialista mundial de su tiempo y posteriormente.

 

II

El 7 de febrero de 1908, en carta a Máximo Gorki, Lenin le escribió: "El tercer tema es filosofía. Soy plenamente consciente de mi falta de preparación en ese terreno, que me impide hablar sobre ello en público, pero como marxista de filas, soy un lector atento de nuestros filósofos partidistas (...)".

Ese mismo año, en setiembre de 1908, Lenin escribió el libro Materialismo y Empiriocriticismo

En el prólogo, Lenin escribió: "Marx y Engels, decenas de veces, dieron a sus concepciones filosóficas el nombre de materialismo dialectico"

 

III

Tiempo después Mariátegui (1894-1930) llegó a conocer el libro de Lenin, además de los textos básicos de Marx, Engels, y otros libros del propio Lenin.

Mariátegui, (conociendo el libro de Lenin), al igual que Marx y Engels, nunca utilizó la categoría materialismo dialectico.

 

IV

En las varias décadas que vengo revisando y estudiando los textos más conocidos de Marx y Engels, nunca he encontrado el uso de la categoría materialismo dialectico.

Me parece que Lenin se apresuró al escribir que "Marx y Engels decenas de veces" utilizaron esa categoría.

 

V

Tayfun Er el autor del artículo que me ha motivado este breve comentario, me parece que se equivoca al tratar sobre los aportes de Engels al descubrimiento y desarrollo de la concepción materialista de la historia. Este asunto requiere un tratamiento con mayor detenimiento, que escapa de los límites de este breve comentario.

jueves, 30 de julio de 2026

UN LIBRO CONTRA LA DESPOLITIZACIÓN


 

Es un libro contra la despolitización de la pobreza, la felicidad y el clima, que nos venden como problemas individuales cuando son, en esencia, lucha de clases. Su propuesta es dejar de mirarnos el ombligo para mirar a los de al lado, que están igual de jodidos, y entender que la explotación es el cemento que une todas nuestras opresiones.

Pero ojo, el libro se queda a medio camino. Denuncia con razón la psicologización de la vida y el neoliberalismo sentimental de la autoestima, pero a ratos se le escapa un tono que juzga las relaciones poliamorosas o los rituales de la izquierda "hipster" con la misma vara moral con la que critica a los conservadores. Parece que quiere despertar a la clase explotada, pero se enreda en el "deber ser" de la política de identidad y se olvida de que la lucha también es goce y deseo.

Kindler se mete en un charco cuando desestima los sentimientos como "información" y no como verdades políticas. Claro, los sentimientos no son hechos, pero son el combustible de la lucha. El miedo, la rabia, el deseo... son los motores que nos mueven. Decir que "tus sentimientos son válidos" puede ser un mantra new age, pero también es el punto de partida para una política encarnada. La gente no se subleva por ecuaciones económicas, se subleva porque el sistema le duele en el cuerpo.

Su llamado a la "repolitización" suena a veces a una convocatoria a un congreso de partido, no a una verbena popular. Echa en cara a los jóvenes su "hedonia", pero no ofrece una alternativa de goce colectivo. La lucha de clases no es solo un deber, es una oportunidad para redescubrir el placer de lo común, de la producción colectiva, de la fiesta que no es consumo, sino creación de comunidad. La política que necesita el mundo no es la que nos dice que debemos ser "buenos" y "solidarios" por obligación, sino la que nos seduce con la posibilidad de una vida más plena, más erótica, más libre. Una política que, en lugar de juzgar cómo amamos, nos ayude a desmercantilizar el amor.

El libro de Kindler es un análisis valioso en la batalla contra el capitalismo sentimental, pero se le nota el apuro por tener todas las respuestas. Nos queda debiendo una propuesta más salvaje, más impura. Una que no tema al error, a la contradicción, al deseo desordenado.

LinkAlLibroEnComentarios


https://www.mediafire.com/file/99ih3qdiz97uh82/A_LA_M1ERD4_LA_AUTOESTIMA%252C_DADME_LUCHA_DE_CLASES_-_Jean-Philippe_Kindler.rar/file

Fuente: Facebook: Pensamiento Yagé

https://www.facebook.com/100078474742736/posts/1035474555745026/?app=fbl


¿POR QUÉ EL UNIVERSO ESTÁ CADA VEZ MÁS ORDENADO?

 


Desde su nacimiento, el universo se ha vuelto cada vez más estructurado y complejo. En la imagen, el cúmulo de galaxias Abell 2537. (Foto: ESA / Hubble / NASA)

 Martes, 28 de Julio de 2026

La segunda ley de la termodinámica dice que la entropía (desorden) siempre tiende a aumentar. Sin embargo, el universo, desde su creación, se ha vuelto cada vez más complejo y ordenado. El enigma de esta contradicción, que ha venido siendo uno de los mayores misterios de la física, puede que ahora tenga una explicación, si son ciertas las conclusiones a las que una matemática ha llegado en su más reciente estudio sobre la cuestión.

La matemática Ginestra Bianconi, profesora en la Universidad Queen Mary de Londres en el Reino Unido, propone en su estudio una nueva perspectiva sobre cómo reconciliar la segunda ley de la termodinámica con el hecho de que el universo se ha vuelto cada vez más complejo y ordenado desde su nacimiento.

Sobre dicha ley, Einstein hizo en su día una afirmación que se acabó convirtiendo en una de sus frases más famosas: “La segunda ley de la termodinámica ocupa una posición única entre las leyes de la naturaleza”. Con dicha afirmación, manifestaba su convicción de que dicha ley se encuentra entre los principios más fundamentales de la física y que sería prácticamente imposible refutarla. La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía total de un sistema aislado tiende a aumentar con el paso del tiempo, un concepto a menudo asociado con el crecimiento del desorden.

Esto plantea un enigma en cosmología. En teoría, el universo primitivo existió en un estado de baja entropía y con el paso del tiempo evolucionó hacia estados de mayor entropía. Sin embargo, a lo largo de la historia cósmica, el universo también ha dado lugar a estructuras cada vez más complejas, incluyendo estrellas, planetas y, en última instancia, la vida misma. Reconciliar la aparición de tales estructuras ordenadas con el implacable aumento de la entropía ha venido siendo un desafío sin solución aparente.

En su estudio, Bianconi aborda dicha cuestión dentro del marco de la teoría de la gravedad entrópica. Según esta teoría, la gravedad emerge de una tensión entre la verdadera métrica del espacio-tiempo y la métrica inducida por los campos de materia y la curvatura.

En el nuevo estudio, al explorar las propiedades termodinámicas de la gravedad entrópica, Bianconi muestra que si bien la entropía total del universo aumenta con el paso del tiempo, la entropía por unidad de volumen disminuye con el paso del tiempo.

El estudio destaca el papel fundamental del volumen local, definido por el valor medido mediante la métrica física. A medida que el universo se expande, este volumen crece con el paso del tiempo. En el marco de la teoría de la gravedad entrópica, esta expansión conduce a un aumento de la entropía total, mientras que, a escala local, la entropía cuántica relativa geométrica por unidad de volumen disminuye con el paso del tiempo.


El estudio se titula “Thermodynamics of the gravity from entropy theory”. Y se ha publicado en la revista académica Physical Review. (Fuente: NCYT de Amazings)

Fuente: https://noticiasdelaciencia.com/art/57538/por-que-el-universo-esta-cada-vez-mas-ordenado

 

¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERE EL COMUNISMO?

 


 Por Lavinia Marchetti

Pocas palabras son tan aterradoras como «comunismo». Tan solo mencionarla tensa la conversación, y quienes la usan son vistos con recelo por la nostalgia del alambre de púas. Algunos estudiantes de una universidad canadiense me pidieron un documento donde pudiera explicar breve y claramente la pregunta: «¿Pero qué pretende realmente el comunismo?». Disfruté del reto, incluso a riesgo de trivializarlo un poco y simplificarlo demasiado con pocas distinciones. En Italia, el comunismo tiene su propia historia compleja y llena de matices, pero rara vez llegamos al fondo del asunto cuando hablamos de él. Todos nos perdemos (yo incluido) en las obras de los más grandes intelectuales de los últimos doscientos años, cada uno con su propia versión. Me gustaría recuperar su significado profundizando en lo concreto, a través de los pensadores que lo construyeron y perfeccionaron durante casi dos siglos. Inmediatamente distingo lo que el sentido común mantiene confundido. La teoría y sus objetivos son una cosa, los regímenes que usurparon su nombre son otra.

Juzgar el comunismo por los gulags es como juzgar el cristianismo por la Inquisición, con la diferencia de que nadie pretende descartar la idea de esta última por sus tribunales.

1. LA EXPLOTACIÓN ES LA NORMA, NO EL ABUSO.

El punto de partida de Marx es un descubrimiento que hoy parece banal, pero que no lo era en absoluto cuando lo formuló. El beneficio surge de la propia estructura salarial, y la deshonestidad del empleador individual no tiene nada que ver con ello, puesto que la regla se aplica incluso al empleador «bueno». El trabajador produce en un día más valor del que recibe, y ese excedente, la plusvalía, permanece en manos del propietario de los medios de producción. El intercambio parece libre y justo, y ahí reside su astucia, porque la extracción se produce abiertamente, dentro de un contrato firmado. Hoy, la misma lógica rige al trabajador de almacén cuyo tiempo se calcula mediante un algoritmo y al repartidor que cobra por entrega. El comunismo comienza con la negativa a considerar natural esta deducción diaria de la vida de los demás.

2. NO QUIEREN TU CEPILLO DE DIENTES.

La confusión más extendida se refiere a la propiedad. El comunismo apunta a la propiedad privada de los medios de producción, es decir, las fábricas y la tierra, el capital con el que se emplea al resto de la humanidad. La casa en la que vives y tus objetos cotidianos pertenecen a otra esfera, la de los bienes personales, que ningún texto marxista serio ha intentado jamás reivindicar. Engels lo dejó claro al hablar de los programas de los partidos. El objetivo es el poder que proviene de poseer aquello de lo que otros dependen para su sustento. Una cooperativa como Mondragón, en el País Vasco, donde los trabajadores son dueños de la empresa y eligen a sus dirigentes, demuestra que el problema sigue vigente.

3. EL VERDADERO OBJETIVO: RECUPERAR TU YO.

Bajo la superficie de la economía subyace una cuestión más profunda, formulada por el joven Marx en los manuscritos de 1844. El trabajo asalariado aliena al hombre del producto que se le escapa y del acto mismo de producir, reduciéndolo a un mero medio, mientras transforma a sus semejantes en competidores. La palabra que utiliza Marx es alienación, la pérdida del yo dentro de una actividad que no puede ser gobernada. El objetivo último del comunismo es el fin de esta expropiación interna, una sociedad en la que, según la fórmula del Manifiesto, el libre desarrollo de cada uno se convierte en la condición para el libre desarrollo de todos. El antropólogo David Graeber, al describir el trabajo sin sentido que millones de personas realizan sin convicción, ha dado a esa antigua intuición una imagen sumamente contemporánea.

4. MATERIALISMO HISTÓRICO: SIGA EL RÍO DEL DINERO.

El conjunto de herramientas de este pensamiento se denomina materialismo histórico. La idea es que las formas del derecho y la política se fundamentan en las condiciones materiales con las que una sociedad produce y reproduce su vida. No se trata de un determinismo económico simplista, y Engels, en una célebre carta de 1890, ya advertía que la superestructura reacciona sobre la base y tiene su propia eficacia. Louis Althusser perfeccionó la idea con el concepto de sobredeterminación. Aplicado al presente, este método nos invita a preguntarnos, ante una ley o una guerra, quién se beneficia materialmente, qué intereses la impulsan más allá de la mera lógica.

5. EL ESTADO NO ES UN ÁRBITRO NEUTRAL.

Frente a la imagen del Estado como árbitro imparcial situado por encima de los partidos, la tradición marxista sostiene que existe para garantizar un determinado orden de propiedad y, en última instancia, defiende a quienes se benefician de dicho orden. Lenin, en El Estado y la Revolución, se basa en Marx y Engels e incluso anuncia la extinción del Estado una vez que las clases sociales hayan desaparecido. La historia posterior ha invertido esa promesa, dando como resultado un Estado más complejo que antes, y esta es una de las contradicciones a las que volveremos. Nicos Poulantzas, en la década de 1970, demostró sutilmente cómo el Estado contemporáneo condensa el equilibrio de poder entre las clases, permaneciendo permeable a la presión popular. La pregunta que subsiste es quién gobierna realmente cuando creemos que nos rige únicamente la ley.

6. ¿POR QUÉ OBEDECEMOS? HEGEMONÍA E IDEOLOGÍA

La pregunta que atormentaba a los comunistas del siglo XX era la más difícil: ¿por qué los dominados aceptan su propia dominación sin ataduras? Antonio Gramsci, desde su prisión fascista, respondió con el concepto de hegemonía, el consenso que la clase dominante obtiene al presentar sus propios intereses como el sentido común de todos. Louis Althusser añadió el aparato ideológico del Estado, las escuelas y los medios de comunicación que nos moldean como sujetos dóciles, y denominó interpelación al gesto con el que la ideología nos asigna un lugar y nos convence de que nos pertenece. Quienes lean estas líneas reconocerán el tema de mi obra: la manera en que un poder persuade a sus sujetos de que son libres. La meritocracia, con su promesa de que cada uno recibe lo que merece, es la forma contemporánea de ese consenso fabricado.

7. IGUALDAD Y LIBERTAD JUNTAS: BALIBAR

Étienne Balibar acuñó un término que resume la máxima aspiración de esta tradición: égaliberté, equaliberty (igualdad e igualdad). La tesis es que libertad e igualdad no coexisten; se implican mutuamente, puesto que la libertad de quienes carecen de lo necesario para vivir es vacía, y la igualdad de los sirvientes es falsa. La libertad de dormir bajo un puente, observó sarcásticamente Anatole France, se concede por igual a ricos y pobres. Jacques Rancière radicalizó esta idea, estableciendo la igualdad como un requisito indispensable para su aplicación inmediata, y definiendo la política como el momento en que los excluidos, los que no cuentan, exigen su voz. El comunismo busca materializar lo que las constituciones prometen solo en el papel.

8. UNA FAMILIA LITIGIOSA

Quienes conciben el comunismo como un bloque compacto ignoran su verdadera historia, marcada por profundas escisiones. Rosa Luxemburgo, comunista hasta el martirio, reprochó a Lenin la represión de la libertad y escribió que la libertad es siempre la libertad de quienes piensan diferente. La Escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer, utilizó las herramientas de Marx contra las ilusiones del progreso. Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, surgidos del marxismo revolucionario, dedicaron sus vidas a desenmascarar a la burocracia soviética como la nueva clase dominante. Esta tradición ha generado, naturalmente, las acusaciones más implacables contra los regímenes que se apropiaron de su nombre, señal de un pensamiento vivo, capaz de juzgarse a sí mismo.

9. ¿POR QUÉ SE HA CONVERTIDO EN UNA MALA PALABRA?

Quedan por explicar dos procesos distintos que han hecho que la palabra resulte impronunciable. El primero es real y terrible. Se cometieron crímenes atroces en nombre del comunismo: las hambrunas y el Gran Terror de Stalin, luego el salto adelante de Mao con sus millones de muertes por inanición, y finalmente el exterminio de Camboya. Ninguna defensa seria puede eludir esas pilas de cadáveres, y la parte más lúcida de esta tradición, desde Luxemburgo hasta Lefort, las denunció antes y mejor que sus enemigos. El historiador François Furet las convirtió en el eje central de su acusación, mientras que Eric Hobsbawm y Enzo Traverso insistieron en el deber de comprender sin absolver. El segundo proceso es propagandístico. La Guerra Fría y el macartismo vincularon la palabra comunismo exclusivamente a la imagen del gulag, y adoctrinaron a los ciudadanos para tachar de subversiva cualquier medida de justicia social, como la sanidad pública o el salario mínimo. Incluso hoy, cualquiera que proponga ayudar a los pobres es sospechoso de preparar campos de concentración.

10. ¿QUÉ QUIERE HOY, EN TÉRMINOS CONCRETOS?

Despojada de sus caricaturas, la demanda comunista suena casi razonable. Busca extender la democracia desde el ámbito del voto hasta el lugar donde transcurre nuestra vida, la economía, ya que parece extraño elegir alcaldes y someterse a los jefes como soberanos absolutos. Busca retirar del mercado los bienes de los que depende la supervivencia, la salud y la vivienda, y devolver el conocimiento a la comunidad. Nancy Fraser, en su obra El capitalismo caníbal, muestra que este sistema devora los fundamentos naturales y sociales que lo sustentan, y de esta conciencia nace el ecosocialismo, la idea de que el crecimiento infinito en un planeta finito es una locura contable. Finalmente, busca reducir el tiempo de trabajo, ya que Marx, ya en los Grundrisse, consideraba la liberación del tiempo como la verdadera riqueza. En un año en que los doce hombres más ricos poseen más que la mitad más pobre de la humanidad —más de cuatro mil millones de personas— y la riqueza de los multimillonarios crece un ochenta y uno por ciento en comparación con 2020, la cuestión de quién debe recibir los frutos de las máquinas inteligentes se convierte en la cuestión política del siglo.

LAS OBJECIONES QUE SIGUEN EN PIE

Sería deshonesto concluir sin abordar las objeciones fundamentales, aquellas que un comunismo maduro debe afrontar en lugar de eludir. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek argumentaron que, privada de precios de mercado, una economía planificada permanece ciega, incapaz de saber qué y cuánto producir, y la escasez crónica del bloque soviético les dio la razón en muchos aspectos. Persiste el problema que atormenta a cualquiera que haya leído la historia del siglo XX: la concentración del poder económico y político en las mismas manos propicia la tiranía, y ninguna buena intención ha impedido hasta ahora esa deriva.

Un pensamiento digno de su propósito debe responder con instituciones, pluralismo partidista y la libertad de crítica que Rosa Luxemburgo exigió contra Lenin. El comunismo que me interesa busca hacer del mundo un lugar un poco menos injusto, sin prometer ningún paraíso, y acepta ser juzgado por sus resultados. Quienes lo convierten en una blasfemia imperdonable, y al mismo tiempo en un pretexto para no tocar nada, defienden un orden que acaba de otorgar a doce hombres más riqueza que la que poseen cuatro mil millones de personas. La palabra, tan desagradable, al examinarla con detenimiento, cumple precisamente este propósito.

Fuente: https://www.sinistrainrete.info/

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/que-quiere-realmente-el-comunismo/


NO ES FÚTBOL: LA OPERACIÓN CONTRA MESSI Y LA ARGENTINA ES EL MANUAL DE LA GUERRA COGNITIVA

 


Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el país tramposo, atorrante, racista, villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme.

por Redaccion de Diario de Vallarta y Nayarit

 

Por Mariano Gonzalez Lacroix / Zona-militar

 

Hace unos años escribí, en un trabajo académico para la Universidad de Santiago de Compostela, que la comunicación se había convertido en el campo de batalla del siglo XXI: que la información se había letalizado, que las guerras modernas se libran tanto en las redes como en el terreno, y que los países periféricos —con instituciones más frágiles y menos capital político para resistir presiones— serían el escenario predilecto de esas operaciones. Puedo sostener que cuando lo escribí pensaba en Ucrania, en Siria, en las primaveras árabes, en las aproximaciones hibridas de las potencias. No pensaba que la demostración más didáctica del fenómeno, aplicada a la Argentina, iba a llegar por el lado de un partido de fútbol. Y sin embargo acá estamos: viendo cómo una jugada, un pasado festejo y una bandera se convirtieron en cuestión de horas en una narrativa internacional coordinada cuyo objetivo excede largamente lo deportivo. El blanco aparente es Lionel Messi. El blanco real parece otro.

Desde este medio*, y como reconocimiento al mayor exponente de poder blando que tiene este país, nos proponemos una rápida columna. Pero vayamos a reconstruir el mecanismo de lo que pasó, porque el mecanismo es la noticia. Un episodio de impacto político, pero menor en un estadio —del tipo que ocurre en cualquier mundial, protagonizado por cualquier selección— es tomado por un puñado de cuentas de altísimo alcance del ecosistema mediático británico. Un conductor televisivo con nueve millones de seguidores transforma la reacción deportiva en agresión nacional e invoca, sin pudor alguno, la guerra de Malvinas: desea que a los argentinos “los derroten tan duramente como nosotros los derrotamos” en 1982. Una cadena deportiva con más de dos millones de seguidores instala en simultáneo la narrativa del castigo: Argentina “arriesga sanciones”, Argentina es favorecida por los árbitros, Argentina es “vergonzosa”. Un tabloide del mismo conglomerado corporativo —porque varias de estas usinas responden al mismo paraguas empresarial— remata con los calificativos morales: shameless, disgraceful. Trece millones de seguidores potenciales entre tres cuentas, mensajes sincronizados en ventana de horas, escalada semántica de lo deportivo a lo nacional y de lo nacional a lo militar. Del otro lado del Atlántico, grandes cabeceras estadounidenses que venían sembrando desde hace meses una smear campaign cuidadosamente armada contra el país y su selección recogen el guante y le dan volumen global. Nada de esto prueba, por sí solo, quién originó la operación. Pero prueba algo más importante: que existió una operación, con actores identificables, frases fabricadas para viralizar y la masa crítica de audiencia necesaria para que los algoritmos hicieran el resto.

Esto tiene nombre técnico. En la literatura de defensa se llama guerra cognitiva: la disputa por las percepciones, las valoraciones y las emociones de las audiencias como terreno de enfrentamiento en sí mismo. Su materia prima es lo que el clásico Walter Lippmann describió hace un siglo con precisión quirúrgica: cuando la experiencia contradice el estereotipo, el operador mediático no corrige el estereotipo — desacredita al testigo, encuentra el defecto, se arregla para olvidar la contradicción. Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán y una hinchada que generó una conexión universal desde el mundial anterior, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el del país tramposo… el atorrante, el racista… un villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme. Y se lo repite —miente, miente, que algo quedará— hasta que la conversación global ya no sea sobre el fútbol argentino sino sobre la vergüenza argentina.

La elección del blanco tampoco es casual, y acá es donde el análisis de defensa tiene algo que decir que el análisis deportivo no alcanza a ver. Messi no es solamente un futbolista: es el principal activo de poder blando que tiene la República Argentina. Para este redactor es así. Si quieren lo discutimos.

En términos de Joseph Nye —el teórico que definió el soft power como la capacidad de influir por atracción antes que por coerción—, la figura de Messi vale más que embajadas enteras: un ídolo global percibido universalmente como talentoso, humilde y decente, que transfiere la simbología y emotividad de una remera con franjas celestes y blancas. Degradar esa figura —convertir al héroe deportivo en símbolo de trampa y arrogancia— no es un daño deportivo: es un daño estratégico. Es exactamente lo que muchos analistas y académicos en materia de comunicación describieron como la construcción de la “imagen enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar las características de un actor a través de un mensaje emocional dirigido, para erosionar su legitimidad ante audiencias globales. Se hizo con países enteros antes de cada intervención de las últimas tres décadas. Aplicado a una selección de fútbol, el manual es idéntico; solo cambia la escala.

Quiero detenerme un poco acá, porque la difamación duele el doble cuando ataca precisamente aquello que mejor define la simbología de un país. La Argentina que estas usinas presentan como racista, intolerante y vergonzosa es el país que durante un siglo y medio recibió a todos los que quisieron habitar su suelo — gallegos e italianos, sirios y libaneses, judíos de Europa oriental y armenios que escapaban del genocidio, croatas, japoneses, coreanos, bolivianos, paraguayos, venezolanos. Sin guerras religiosas, sin conflictos étnicos, sin guetos impuestos. El famoso crisol de razas fue un hecho: es una rareza histórica mundial que la Argentina construyó y sostuvo mientras buena parte del planeta se mataba por identidades. Ese capital es un componente central del prestigio argentino en el mundo, y eso no debe taparse bajo ningún punto de vista por una campaña bien segmentada, operativizada y ayudada por los infames algoritmos. Que la operación de desprestigio apunte justamente ahí, a pintar de intolerante a un país que ha sido refugio, confirma que el objetivo no es corregir una conducta sino desarmar una identidad.

La pregunta incómoda… ¿por qué la Argentina resulta hoy un blanco tan barato? Y la respuesta tiene dos partes que este medio, precisamente por ser el más leído en materia de defensa en Hispanoamérica, tiene la obligación de plantear. La primera: porque somos comunicacionalmente indefensos. No existe en la estructura del Estado argentino una capacidad seria de monitoreo, atribución y respuesta ante operaciones de información hostiles. Las potencias estructuraron hace años comandos y agencias dedicadas a la guerra informacional; nuestros vecinos discuten doctrinas de ciberdefensa que incluyen la dimensión cognitiva; la Argentina ni siquiera tiene el debate.

La segunda parte es más profunda… porque un país que antagoniza vociferantemente en el concierto internacional, que rompe puentes de equilibrio y cautela construidos durante décadas, que convierte su política exterior en un péndulo de alineamientos absolutos según el humor de cada gestión, se vuelve un blanco legítimo ante las audiencias globales. La guerra cognitiva no crea vulnerabilidades: las explota. Cuando la Argentina se planta en el mundo desde la estridencia y la dicotomía —cualquiera sea el signo ideológico de turno—, le regala a cualquier operador la materia prima del estereotipo: el país gritón, imprevisible, fanático. Nuestra mejor tradición de política exterior fue exactamente la contraria: la del país que hablaba con todos, comerciaba con todos, recibía a todos y era tomado en serio precisamente por eso. El soft power argentino no nació con un mundial: se construyó desde la formación misma de las instituciones de este país, con la educación pública que atrajo a las élites de la región, con los premios Nobel, con la ciencia, con la cultura que se exporta sola y muchísimos etceteras más.

¿Qué hacemos entonces? Primero, llamar a las cosas por su nombre: esto fue una operación de guerra cognitiva de baja intensidad contra un activo estratégico argentino, y merece ser analizada con las categorías de la defensa, no solo las del periodismo deportivo. Segundo, construir la capacidad institucional que no tenemos: la protección de la imagen-país ante operaciones de información hostiles debe formar parte de la agenda de defensa y de política exterior argentina, con doctrina, con estructura y con presupuesto, como ya lo es en medio mundo. Tercero: recuperar la disciplina estratégica de no regalar nuestro estereotipo. Cortemos con que todo lo que hizo la Argentina hasta hace 2 o 3 años fue pésimo.

Mientras seguimos debatiendo, ojalá que la figura que mas poder blando construyó para la Argentina siga jugando. Por acá unas líneas en homenaje.

*Fuente: zona-militar.com

Fuente original y créditos de la imagen: Kontrainfo

https://diariodevallarta.com/no-es-futbol-la-operacion-contra-messi-y-la-argentina-es-el-manual-de-la-guerra-cognitiva-por-mariano-gonzalez-lacroix/