miércoles, 8 de julio de 2026

LA REALIDAD ES UNA ELABORADA ALUCINACIÓN MATEMÁTICA


 

PALABRAS PRELIMINARES SOBRE EL ENSAYO “ESQUEMA DE LA EVOLUCION ECONÓMICA”



(07 de julio de 2026)

Por Miguel Ángel Aragón

 

En noviembre de 2028, dentro de escasamente dos años, se cumplirán cien años de la publicación del libro 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana

1.- Mariátegui comenzó a escribir y publicar las primeras páginas de este libro, a fines del año 1925, coincidiendo en el tiempo, con la culminación de la redacción de las últimas páginas de su primer libro La Escena Contemporánea, libro en el cual interpretó la realidad mundial de su tiempo.

Dos años después, para fines del año 1927, el libro 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana ya lo había terminado de escribir. A comienzos del mes de enero de 1928, se comenzaron a imprimir las páginas del libro. Por las limitaciones de la imprenta, el trabajo de impresión y encuadernación culminó la primera semana de noviembre de 1928. Las causas de esa demora están documentadas en el libro Correspondencia de Mariátegui.

La sólida base de sustento de los siete ensayos está en el contenido del primer ensayo, en el Esquema de la evolución económica, tema que hoy día (martes 7 de julio) comentaremos breve y parcialmente. En el plan original de Mariátegui, ese ensayo constaba de cuatro partes: 1).- La  economía colonial, 2).- Las Bases económicas de la República, 3).-El problema del guano y del salitre, y 4).- Carácter de nuestra economía actual.

Dos años después de escribir esos cuatro   artículos, Mariátegui agregó otros dos artículos adicionales, los cuales los agrupó bajo el nombre de Economía agraria y latifundismo feudal, que en el libro aparecen como quinta parte del primer ensayo. 

2.- En la primera parte, titulada Economía colonial, Mariátegui comentó brevemente las dos primeras etapas de nuestra historia. En primer lugar, la etapa precolombina, cuya culminación fue el Incanato; y en segundo lugar, la etapa colonial, el virreinato. En la segunda, tercera y cuarta parte del primer ensayo, Mariátegui comentó el desarrollo de la etapa republicana, hasta el año 1925.

Al terminar la cuarta parte del ensayo, a modo de conclusión, Mariátegui escribió lo siguiente:

“Apuntaré una constatación final. La de que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la Conquista subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental da la impresión de   una economía retardada”.

El día de hoy, por limitaciones del tiempo disponible, solamente comentaré algunas ideas centrales sobre las dos primeras etapas de nuestra historia económica, a las cuales Mariátegui denominó economía comunista indígena, y régimen de economía feudal nacido de la Conquista. En otra oportunidad, podremos comentar el desarrollo de la economía burguesa hasta 1925, y proyectarnos hasta el presente. La de hoy día, solamente es una primera intervención sobre este tema, espero que sirva de estímulo para promover el estudio y debate masivo de este libro.

3.- Desde que se publicó el año 1928, hasta aproximadamente el año 1957, durante cerca de cuarenta años, este libro fundamental de Mariátegui, fue ignorado en nuestro medio intelectual y político. Recién a partir de la publicación de la primera edición popular, el año 1957, comenzó el estudio serio y el debate amplio de los fundamentos teóricos de este libro.

En las tres décadas siguientes, hasta aproximadamente fines de la década de 1980, lapso en el cual se publicaron 55 ediciones del libro, los comentarios, debates, e incluso cuestionamientos de las conclusiones de Mariátegui fueron muy abundantes, y polémicos.

Justamente dos de los temas teóricos más polémicos, fueron las conclusiones de Mariátegui sobre el comunismo agrario y sobre el desarrollo del feudalismo en el Perú. Este debate no ha concluido, y esperamos que en este breve lapso que nos queda hasta noviembre de 2028, se reanimen y profundicen los estudios y comentarios, así como los debates, difusión masiva y continuación del desarrollo de cada uno de los 7 ensayos.

Dentro de poco tiempo se cumplirán cien años, y tal como se anota en la carátula del libro “ahí resisten, en pie, esperando impugnador, los fundamentos de estos 7 Ensayos”

4.- Acerca de la economía comunista indígena.

Se expondrá en la Casa Museo Mariátegui

5.- Acerca del régimen de economía feudal nacido de la conquista.

  Se expondrá en la Casa Museo Mariátegui

 

GIRO DE GUIÓN: ELECCIONES EN COLOMBIA 2026

 

Foto EFE. Campaña de Ivan Cepeda


El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario y ahí no tenía con qué.

 

La política, en borrador

jun 08, 2026

 

El próximo 21 de junio, Colombia define su futuro en una segunda vuelta de infarto. El tablero político se ha roto y los protagonistas no podrían ser más opuestos: Iván Cepeda, la carta de la izquierda (Pacto Histórico) y heredero natural del proyecto de Gustavo Petro, frente a Abelardo de la Espriella, un abogado de derecha incendiario, sin experiencia en cargos públicos, que irrumpió con la fuerza de un outsider indomable. «El Tigre», como le llaman, ha cambiado las reglas del juego.

Durante casi todo el año, Cepeda cabalgó cómodo en la cima de las encuestas. Parecía un camino trazado. Sin embargo, el pasado 31 de mayo la realidad le dio un bofetón a los pronósticos: De la Espriella se impuso en la primera vuelta con un 43,7% frente al 40,9% de Cepeda.

El golpe de efecto fue brutal. «El Tigre» llega al balotaje con toda la inercia y el viento de cola a su favor, mientras que el petrismo, descolocado y con el pie cambiado, intenta asimilar un escenario que no vio venir.

Dos campañas

El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario, y ahí no tenía con qué.

Empiezo deshaciendo un malentendido cómodo: que la primera vuelta y la segunda se juegan con lógicas distintas. No. Es la misma lógica, aplicada según dónde estés parado. El que va primero conserva: protege lo que tiene, baja la temperatura, evita el error. El que va detrás arriesga: para recortar necesita contrastar, emocionar, dar una razón —para cambiar de voto, o sencillamente para ir a votar—. Vale igual en las dos vueltas. En la literatura sobre ingeniería electoral (como plantea Pippa Norris, 2004), está claro que las reglas del balotaje no cambian la lógica del juego, sino los incentivos y el nivel de riesgo que cada actor decide asumir según su posición.

Lo que el balotaje sí añade es una condición nueva del terreno. El campo se cierra a dos y aparece una bolsa decisiva: los que en primera vuelta no estuvieron con ninguno de los finalistas —votaron a un tercero, o no votaron— porque no les convencían o les daban miedo. Y el frontrunner apenas necesita seducirla —le basta con no asustar—, mientras el segundo está obligado a conquistarla: o convence al que votó a otro, o moviliza al que se quedó en casa.

Ganar al que no te eligió: esa es la tarea del que va detrás. Es la vieja máxima de Anthony Downs (1957) sobre la captura del votante mediano: en el tramo final, el éxito depende de la capacidad de moverse hacia el centro sin desahuciar los extremos. Y esa es una tarea para la que la campaña de Cepeda nunca fue construida.

Porque, vista desde fuera, la campaña parece que fue diseñada no para enamorar a nuevos votantes sino para no perder a los que ya estaban. El Pacto Histórico llegaba con un voto duro cohesionado, cerca del tercio del electorado, que en una primera vuelta fragmentada bastaba para liderar; todo indica que la prioridad era sostener eso, y que incluso confiaban en ganar en primera vuelta por la división de la derecha. La tarea no era crecer, era no romper nada. Y para eso Cepeda encajaba como un guante: muy ideologizado, con una credibilidad de izquierda que no necesita demostrarse. No es el perfil del que seduce a un indeciso, es el del que blinda a los suyos.

La fórmula confirmó el diseño: Aida Quilcué —su candidata a la vicepresidencia, lideresa indígena— profundiza la identidad del núcleo: resistencia, paz, memoria. No tiende puentes hacia otros votantes porque no la pusieron ahí para eso.

De ahí la campaña que tanto se le reprochó a Cepeda: sin debates, sin entrevistas de fondo, hablándole solo a los convencidos. Parecía arrogancia de frontrunner, pero era estrategia. Si tu trabajo es no perder el núcleo, exponerte solo añade superficie de riesgo.

Pero el plan tenía una grieta, y llevaba semanas a la vista. Una cosa es ir primero en primera vuelta y otra ganar la segunda, y las encuestas separaban ambas. En la primera, Cepeda lideraba con claridad. En los escenarios de balotaje, en cambio, el panorama estaba dividido: durante mayo, varias firmas relevantes —AtlasIntel, Guarumo, el CNC— lo daban perdiendo frente a De la Espriella, mientras otras como Invamer aún lo veían ganando.

No era una derrota anunciada, pero sí una alarma seria, y el dato que la explicaba era el rechazo: el de Cepeda rondaba el 56 por ciento, muy por encima del de su rival, y el rechazo es justo lo que hunde a un candidato cuando el campo se cierra a dos. Como demostraron Marcus, Neuman y MacKuen (2000) en sus estudios sobre inteligencia afectiva, en política la aversión y la ansiedad mueven el voto más rápido que la simpatía: cuando un candidato supera la barrera del 50% de rechazo, el balotaje se convierte en un plebiscito en su contra. La señal no apareció la noche del 31. Venía sonando. (Que De la Espriella quedara primero sí fue sorpresa: casi nadie lo vio.)

Diseñada para aguantar, obligada a seducir

Y aquí está lo que de verdad importa, más allá del reproche fácil de que “no se pusieron las pilas”. Cepeda fue puntero todo el tiempo: nunca tuvo que recortar, nunca se puso a prueba en la tarea de seducir. El balotaje lo coloca por primera vez en la posición del que persigue, y le pide estrenarse en el terreno más duro, el cara a cara, donde solo se crece quitándole el miedo a un centro que desconfía.

Nada en su trayectoria ni en la campaña construida hasta ahora sugiere que ahí esté su fortaleza. No es un músculo sin entrenar, es un músculo que esta candidatura no ha mostrado tener. Lo mismo que lo hace sólido ante el núcleo lo vuelve difícil de digerir para el moderado: seducir al centro le exigiría parecerse a un candidato distinto del que es.

Sumas que restan

¿Cómo se sube entonces la temperatura emocional de una campaña cuyo candidato no puede subirla? Por la puerta de atrás. Como Cepeda no enciende, es Petro quien aporta la intensidad de forma tangencial, con las restricciones legales encima, porque un presidente en ejercicio no puede hacer campaña por ley. Así que se asoma de lado: actos de gobierno con mensaje incrustado, arengas, gestos que elevan el tono sin que parezcan proselitismo.

La camiseta de la Selección lo ilustra bien. A De la Espriella un juzgado le prohibió usarla en campaña; al día siguiente, Petro apareció con ella puesta en una despedida de la Selección, en un acto de la presidencia. El petrismo mete su carga emocional desde fuera del tarjetón, porque dentro no tiene quién la ponga.

Pero la jugada tiene un coste que casi la anula. Petro aporta intensidad, sí, pero cada grado que suma llega con su dosis de rechazo, y ese rechazo se le pega a Cepeda y a Quilcué. El daño no está en el núcleo —el voto duro no se enfría porque Petro aparezca, al contrario, se entusiasma—. Está en la captación: esos negativos son justo lo que cierra la puerta al votante nuevo, al moderado que Cepeda necesita conquistar en segunda vuelta.

El contraste con De la Espriella es evidente. Él tiene dentro del tarjetón su antídoto contra el miedo: José Manuel Restrepo, su candidato a la vicepresidencia, exministro de Hacienda, un técnico que da confianza al moderado que no votó al Tigre en primera vuelta. Y al darle confianza, lo capta: resta miedo, y por esa vía suma votos. Esa es la apuesta. Le permite al Tigre seguir siendo el Tigre mientras alguien tranquiliza al centro.

Que nadie lo lea como que una campaña es lista y la otra torpe: las dos juegan con las cartas que les tocaron. Lo que pasa es que las cartas no son simétricas, y en un balotaje esa asimetría lo decide casi todo. Las campañas rara vez fracasan porque dejan de hacer lo que saben hacer. Con más frecuencia fracasan porque siguen haciéndolo cuando la elección les exige otra cosa. El petrismo escribió una campaña para el papel del que va primero y la representó con disciplina mientras ese fue el papel. El giro llegó cuando la trama le pidió interpretar al otro —al que persigue, al que tiene que seducir— y descubrió que para ese papel no tenía actor, ni libreto.

Al cierre de este artículo, la encuesta CB Global Data sitúa a De la Espriella como virtual ganador de la segunda vuelta con un 46.7% de los votos. Cepeda 41.9%. Entre los votantes indecisos, De la Espriella también lidera con el 51.4%. La encuesta ha sido publicada el 4 de junio de 2026. Por su parte, el tracking de Atlas Intel publicado en Semana le otorga a De la Espriella un 50.3% contra un 42.6% de Cepeda.

Fuente: https://lulabueno.substack.com/p/giro-de-guion

LABORATORIO PERMANENTE: IA Y COMUNICACIÓN POLÍTICA

 



La IA no sustituye al estratega político: le permite probar, anticipar y decidir mejor antes de salir a una campaña electoral. Un artículo de Lula Bueno.

Julio 6, 2026

LULA BUENO

Gran parte de la conversación actual sobre Inteligencia Artificial y Política sufre de miopía: se queda en el impacto visual e inmediato. El meme de campaña o el vídeo diseñado con un prompt son solo el ruido sobre el escenario. Lo que de verdad está cambiando ocurre detrás del telón, en las salas donde se decide qué hace una campaña antes de que los votantes lo puedan percibir.

Es allí donde la IA ha dejado de ser solo una fábrica de contenido para convertirse en otra cosa: una capa de inteligencia que atraviesa la campaña entera. La campaña moderna lleva décadas construida sobre el mismo cimiento: segmentar al electorado y comunicar a cada segmento para movilizarlo. Un oficio que perfeccionaron las grandes maquinarias demócratas de EEUU y que, desde entonces, todos imitan.

La IA generativa hizo creer por un tiempo que la pregunta era ¿Cómo genero más contenido para alimentar esos segmentos? Pero la verdadera, la que empieza a reordenarlo todo, es otra: ¿Cómo tomo mejores decisiones?

Las campañas más avanzadas empiezan a responder a esa pregunta con una batería de usos que hay que leer como tareas más que como gadgets. Son seis cosas que las campañas siempre han hecho, a menudo con gran habilidad, pero que son sumamente costosas en tiempo, dinero y energía del equipo:

Entender a tu potencial votante.

Probar antes de actuar.

Anticipar tendencias

Entrenar a tus candidatos.

Movilizar a escala.

Vigilar el terreno.

La IA no inventa nada. Lo que hace es bajar tanto su coste y su fricción que vuelve rutinario lo que antes era un lujo. Y al hacerlo, cambia la escala de lo que se puede hacer en una campaña.

Con un límite que conviene tener presente desde el principio: estas herramientas tienen el valor de los datos con los que se alimentan. Una campaña con datos pobres acabará con oráculos rápidos diciéndole cosas equivocadas a gran velocidad.

Entender y probar antes de actuar

Las encuestas tradicionales afrontan a la vez tres problemas que se agravan: el coste sube, la tasa de respuesta cae y la representatividad se vuelve más difícil de garantizar.

Si están bien ponderadas, siguen acertando; pero conseguir eso es cada año más caro e incierto. Ante esa erosión, la IA aparece por dos caminos distintos que conviene no confundir.

El primero, el de los encuestados sintéticos (perfiles generados por IA que responden cuestionarios en lugar de personas reales) prometía resolver el problema de la representatividad sin levantarse de la silla. Los estudios disponibles muestran que tropieza con un muro de fondo, porque una encuesta mide volumen de opinión en una población y eso exige muestrear personas reales, no estereotipos extraídos de los datos con que se entrenó un modelo.

Las simulaciones tienden además a halagar a quien pregunta y a converger hacia la opinión mayoritaria. Sirven, como mucho, para tantear hipótesis; si la respuesta sintética contradice a la encuesta real, hay que sospechar de la sintética.

El segundo camino es más prometedor y más sobrio: usar la IA para sacar más jugo a las encuestas que ya hacemos con votantes de carne y hueso, procesando respuestas largas y abiertas que antes nadie tenía tiempo de codificar y dejando aflorar los matices que un cuestionario cerrado de sí o no nunca llega a captar.

El testeo cualitativo de mensajes es otra cosa más madura. Su pregunta no mide cuántos, indaga el porqué, cómo reacciona la gente ante un spot, un eslogan o un argumento, qué la mueve por dentro y qué la deja fría.

Y esa diferencia importa: como no se busca extrapolar volumen a una población, los grupos sintéticos (agentes diseñados según perfiles de votantes que debaten entre sí y dejan ver cómo se forma o se rompe un consenso) sí encuentran un sitio legítimo, no como sustitutos del focus real, sino como una primera capa para explorar hipótesis y descartar pronto las versiones que rechinan.

Las campañas llevan décadas afinando mensajes con focus groups, y el problema era siempre el mismo: cada grupo cuesta dinero y semanas de agenda, así que se probaban dos o tres ideas y el resto salía al mundo sin pasar por más filtros que el del comité de campaña.

La IA ensancha esa puerta también por el otro lado: en los grupos de verdad, acelera lo que antes era el cuello de botella: moderar, transcribir y codificar decenas de conversaciones en horas en lugar de semanas.

Territorios nuevos que hay que seguir explorando con cautela, pero que ya ayudan al equipo de campaña a reducir el margen de equivocación. El error deja de pagarse en directo y empieza a pagarse en el ensayo, que es la única clase de error que una campaña puede permitirse.

Anticipar tendencias

Los simuladores electorales no son una novedad: el forecasting y la microsimulación llevan décadas dibujando escenarios a partir de encuestas, resultados históricos y comportamiento social.

Lo que la IA añade es capacidad para incorporar a esos modelos señales más complejas y blandas (el lenguaje, el tono de la conversación pública), y para preguntarles cosas más finas: qué ocurre si la vivienda escala como preocupación, si estalla una crisis migratoria a tres semanas de la votación, si se firma un pacto concreto.

Ningún modelo predice el futuro, pero ayudan a pensar futuros posibles.

A esa visión de largo alcance se le suma una capacidad de corto plazo que vale oro: detectar señales tempranas de lo que empieza a preocupar, antes de que aparezca en una encuesta.

La política es, en buena medida, una carrera por ser el primero en nombrar lo que preocupa a la gente. Los sistemas más interesantes ya no se limitan a registrar qué se dice; rastrean qué marco semántico va ganando terreno en la disputa y por dónde viaja un mensaje. Distinguir la señal real del ruido de un nicho sigue exigiendo criterio humano, pero quien ve nacer la conversación antes que el adversario ocupa el terreno mientras el otro ni siquiera sabe que existe.

Entrenar a los candidatos

Un debate o una entrevista hostil se ganan en el ensayo. Las campañas empiezan a incorporar a sus entrenamientos de candidato adversarios virtuales que estudian los discursos, las entrevistas y las posiciones del rival y aguantan horas de simulación sin fatigarse: la pregunta incómoda, la repregunta, la contradicción entre lo que el candidato dijo hace tres años y lo que dice ahora.

Más que un chatbot que responde, es un sparring entrenado con enormes volúmenes de información que reproduce el repertorio de cualquier rival: sus argumentos, sus líneas de ataque, su retórica.

El objetivo no es predecir exactamente qué ocurrirá en el plató, sino reducir el margen de sorpresa cuando llegue el momento.

Movilizar a escala

La IA entra en la organización territorial en dos tiempos.

Primero ayuda a ver el terreno: cruza datos para localizar al simpatizante que se ha enfriado, al voluntario que aún no ha dado el paso, al barrio donde la participación flojea.

Después ayuda a activarlo, y ahí es donde el trabajo de campo gana músculo: campañas de activación afinadas para cada segmento, asistentes que responden en lenguaje natural las dudas de quien quiere colaborar, materiales co-creados con el equipo para que circulen y se compartan.

Los voluntarios y las bases siguen siendo los protagonistas, ellos son quienes bajo el sol o la lluvia ponen los pies en la calle o el pecho en las redes para ayudar a difundir el mensaje. La tecnología sólo ayuda a su organización y les ofrece herramientas que les facilitan el trabajo.

El terreno más resbaladizo es la persuasión personalizada. Algunas campañas ya sueltan agentes de IA en foros y redes para difundir su mensaje y entrar en conversación con votantes reales, uno a uno.

¿Funciona? La evidencia es aún joven. Un repaso amplio de los estudios hasta 2024 no veía, en promedio, que la máquina convenciera más que una persona; pero los experimentos más recientes, los que dejan a la IA conversar y adaptarse a quien tiene delante, empiezan a torcer la balanza, y alguno ya mide que un modelo que personaliza el argumento gana más discusiones que un humano.

Que eso funcione en un experimento no significa que mueva a un electorado entero (imagina el rechazo al descubrir que hablas con un bot), pero basta para entender por qué es el uso que más alarma a los reguladores. Y conviene tenerlo presente: el Reglamento europeo de IA y las normas de protección de datos van a poner techo a usos (perfilado fino, agentes conversacionales no declarados, publicidad política automatizada) que en Estados Unidos avanzan con menos fricción.

Una parte del partido se jugará en qué se puede hacer dónde, y con qué letra pequeña.

Vigilar el terreno

La última función es la más silenciosa. Medir el pulso de la conversación pública (el sentimiento, el tono, los relatos que circulan) no es nuevo: las campañas llevan años haciéndolo, pero lo hacían analistas humanos leyendo informes a mano.

La IA cambia la velocidad y el coste: rastrea cómo mutan los relatos y con qué rapidez se propagan, y detecta el cambio en horas en lugar de días.

Una campaña puede saber que un ataque está naciendo cuando todavía es un murmullo, y decidir si lo apaga o lo ignora antes del incendio.

La tentación del oráculo

Todas estas herramientas comparten una limitación que conviene recordar. Un votante sintético no es un votante real; una tendencia detectada puede acabar siendo ruido; un rival virtual nunca reproducirá exactamente lo que ocurrirá en un debate.

Como las encuestas, los focus groups o cualquier otra herramienta de análisis político, ofrecen una representación imperfecta de la realidad. Pero su valor no reside en predecir el futuro con exactitud. Reside en ayudar a pensar mejor sobre él.

Permiten explorar hipótesis, ensayar escenarios, detectar riesgos y llegar a las decisiones con más información y menos intuición ciega. Pueden equivocarse, igual que se equivocan las encuestas, los analistas y los estrategas. La cuestión no es si sustituyen el juicio humano, sino si ayudan a ejercerlo mejor.

Ninguna herramienta es un oráculo. Las mejores campañas seguirán siendo las que combinen datos, experiencia, criterio político e intuición. La IA no reemplaza esa combinación; la amplifica. Y conviene decirlo en los dos sentidos: amplifica a una campaña ya bien organizada mucho más de lo que rescata a una desordenada.

El laboratorio multiplica lo que el equipo trae, en una dirección o en la otra. La revolución no está en fabricar mil vídeos al día. Eso es abundancia, no inteligencia. Está en que, por primera vez, un equipo puede simular electores, entrenar a su candidato contra un rival incansable, probar cada mensaje antes de pronunciarlo y vigilar la conversación sin parpadear.

La campaña moderna ya se construía sobre datos; lo que cambia es que esos datos dejan de limitarse a describir lo que ya pasó y empiezan a ensayar lo que podría pasar. La IA no sustituye al estratega: le da un laboratorio que no cierra, en donde puede equivocarse mil veces en privado antes de jugársela en público.

Si todo esto existe hoy, con modelos que apenas tienen unos años, imaginarnos las campañas del futuro da un poco de vértigo. Pero la respuesta verdadera no está en el futuro, sino en algo muy antiguo: las campañas llevan más de un siglo incorporando tecnología (el ferrocarril, la radio, la televisión, las redes sociales, la base de datos) y cada vez ocurre lo mismo: primero se habla obsesivamente del invento, luego el invento desaparece de la conversación porque se ha vuelto parte del paisaje.

La IA recorrerá ese camino. Hoy estamos en el ruido del estreno; mañana será infraestructura invisible y llegará otra tecnología que aún ni conocemos. Y mientras eso pasa, seguiremos mirando lo que de verdad importa: que la política son personas moviendo a personas hacia un objetivo común.

La tecnología sirve para lo que sirve, para amplificar esa fuerza: la del candidato, la del equipo, la del voluntario que se moja bajo la lluvia entregando panfletos de campaña. La IA no es la protagonista, pero sí la mejor herramienta que han tenido hasta ahora, quienes de verdad lo son.


Fuente: https://substack.com/home/post/p-203211328

sábado, 4 de julio de 2026

DESARROLLAR LA OPOSICIÓN CONTESTATARIA

 


(04 de julio de 2026)

Por Miguel Ángel Aragón

 

1 - En la elección presidencial del año 2021, que fue ganada limpiamente por el candidato Pedro Castillo, la ultraderecha feudal burguesa denunció fraude.

Su antojadiza denuncia se prolongó por varios meses, e incluso pretendieron llevarla a la OEA. En ningún momento presentaron pruebas del supuesto fraude. Todo fue un alboroto, para propiciar el caos, sabotear el inicio del gobierno democrático burgués de Pedro Castillo, y preparar una ilegitima vacancia presidencial.

2.- En la presente elección presidencial de este año 2026, el movimiento democrático está denunciando irregularidades en el desarrollo del proceso electoral.

Las pruebas de las irregularidades están a la vista de todos, y están debidamente documentadas. No se está inventando nada, todas las denuncias son fácil y legalmente comprobables.

Según los entendidos en derecho electoral, estas irregularidades son motivo de nulidad legal del proceso electoral. (Revisar declaraciones de la Dra.  Delia Espinoza y otros)

Se tienen sospechas, de que estas irregularidades han sido utilizadas para cometer fraude, pero hasta ahora no hay pruebas del probable fraude. 

3.- La denuncia de las irregularidades, y la lucha por la nulidad del proceso electoral, (sea parcial o total), debe de continuar, tanto en el frente legal, como en la agitación y la movilización de la población.

Sería un grave error aceptar pasivamente la política de hechos consumados

4 - Para continuar esta lucha, y teniendo en cuenta los resultados ajustados de la votación, tenemos que partir por reconocer dos hechos concretos.

En primer lugar, el resultado de la votación es un Empate Electoral; y en segundo lugar, reconocer la Victoria Política del movimiento democrático.

5 - Estos dos hechos concretos, a su vez, tienen dos consecuencias muy importantes.

Por un lado, han llevado a mantener y profundizar la división política del país (lo que gráficamente se puede observar en el difundido mapa de colores verde y naranja). Esta es una verdad irrefutable, la gobernabilidad del país depende de reconocer esta realidad objetiva.

Por otro lado, el movimiento democrático ha elevado su responsabilidad política, lo cual nos obliga a actuar de acuerdo a la gran fuerza política y social que nos ha dado la población en más del 70% del país.

Ya no somos unos minúsculos grupitos marginales como en el pasado.   Desde el año 2016, somos un frente democrático de masas.  Esta nueva realidad nos obliga a actuar con mayor responsabilidad, nos exige pasar de ser la débil y bullanguera oposición protestataria del pasado, a asumir nuestra responsabilidad de ser la fuerte oposición contestataria del presente, y por lo tanto    reclamar nuestro derecho a dirigir   el país, dentro del actual orden vigente.

6 - Un movimiento que a priori se siente   derrotado, no tiene derecho a reclamar nada. 

Por el contrario, un movimiento que reconoce su propia fuerza, que   asume su responsabilidad ante los nueve millones de electores que lo apoyaron, tiene todo el derecho a exigir su función en la dirección del país.

Esta es la tarea que tenemos por delante. La ejecución   de esta tarea comienza por plantear y agitar un Programa de Reivindicaciones Inmediatas, como tareas a ser desarrolladas por nosotros, es decir por el pueblo organizado. En esto consiste lo sustancial de la Oposición Contestataria.

viernes, 3 de julio de 2026

KARL MARX, FILÓSOFO DE LA PRAXIS

 


domingo 28 de junio de 2026, 22:00h

Carlos X. Blanco

Es sabido que el Marx genuino es un pensador que deriva directamente del idealismo. Hay muchas razones historiográficas y hermenéuticas para situar al filósofo revolucionario dentro de la serie de los pensadores de la praxis. No es el Marx que ha fundado el materialismo histórico y dialéctico, sino el genuino filósofo idealista y digno sucesor de Hegel. No es el creador de una nueva forma de realismo que cifra toda la ontología en un fisicismo a partir del cual se hacen juegos de malabares, de esos que acaban refiriéndose al conocimiento humano, al trabajo del pensar, en términos de “producciones del cerebro”. Ese Marx no es el auténtico. La lucha marxiana en contra del naturalismo ilustrado, en contra de planteamientos antropológicos planos, como los de Feuerbach y los socialistas utópicos, es de sobra conocida. La antropología “tridimensional” de Marx, por el contrario, salida de los talleres conceptuales de Hegel, es un fruto muy sabroso y complejo. Arranca, aun antes de la dialéctica hegeliana, del propio Kant. Con Karl Marx se completa todo un arco de medio punto idealista, que arranca en Kant, y pasa por el punto más alto en Hegel.

En nuestros días y en nuestros lares, hay un empeño estéril en resucitar el materialismo plano, originado en los días ilustrados. Es el empeño de los Churchland, los Bunge, los Gustavo Bueno…Un mundo plano que consta, como diría éste último, de “géneros de materialidad” diversos y superpuestos, pero dotado tod él materialidad reconstruida por analogía con la materialidad fisicista: ese mundo es, a fin de cuentas, el mundo de una ontología plana. Pues frente a la genérica “materialidad” siempre se debe alzar un Ego que reúne, sintetiza, superpone, etc. los distintos géneros supuestamente irreductibles.[i]

En cambio, en Marx hay una filosofía de la praxis. Desde el principio, en su ontología hay acción (remite la acción a un Sujeto) y cualquier género de materialidad es incomprensible sin dicha acción. A la manera de un espacio tridimensional, por ejemplo la habitación de una casa, el Sujeto “construye” en cada instante dicho volumen como marco de posibilidades de acción, unas realizadas y otras susceptibles de serlo, avanzando y retrocediendo, yendo de aquí para allá, subiéndose a una silla o tumbándose en el suelo. Así opera el Sujeto en su propia habitación: la “construye” habitándola, afincando en ella y desplazándose dentro de sus confines. No es un mero “reflejo” de una materia que se alza ante él, sino que es la realidad misma en proceso de constitución. Ese es el Sujeto gnoseológico de Marx, y, por ende, ese el Sujeto de la Historia.

Ya para Kant el conocimiento era un “mero hacer” (bloßes Thun) [Antropologie, VII, 140]. El verdadero padre del idealismo contemporáneo, Kant, entendió el conocimiento en términos de acción. Esto supuso un giro radical con respecto a la tradición griega y medieval (Moya, p.171). Para el filósofo de Königsberg, la experiencia debe der hecha, no dada. Hay una especie de “gramática del pensamiento” (las categorías)[ii], con la cual la mente humana todavía no conoce, simplemente se dispone a conocer. El conocer supone una sucesión de actos, en ellos, en la actividad, está el conocimiento. Como dice el profesor Moya:

“Las categorías de sujeto y objeto poseen un significado derivado, pues el lugar principal lo ocupa la categoría de actividad” (Moya, p. 229).

Las bases para la tan discutida tesis undécima sobre Feuerbach, estaban plenamente asentadas ya en Kant. Recordemos a Marx:

[XI] “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”[iii]

Queda claro que un Marx “no contemplativo”, que nadie puede aceptar en serio, no puede contraponer “interpretación” y “acción”. En la acción, el Sujeto ya está envuelto en el Objeto y viceversa. Todo conocimiento es también producción, producción simbólica. No cabe hablar de un conocimiento que no sea, en algún aspecto y bajo algún criterio, utilitario y práctico.

Como dice el profesor Faerna, los filósofos pragmatistas americanos, también partieron de Kant. Lo que hicieron fue generalizar el uso regulativo de la Razón. Se trata de un uso siempre práctico:

“A los pragmatistas, la idea de que la razón puede erigirse en instancia regulativa que dota de sentido en relación con la acción la multiplicidad y heterogeneidad de una experiencia puramente constatativa, infundiendo en ella una continuidad y dirección que no posee por sí misma, sino solo en la medida en que es la experiencia de un sujeto que aúna su condición de agente con la de puro espectador, no podría resultar más atractiva, pero, al mismo tiempo, la propia separación entre usos teóricos y prácticos de la razón, así como entre “fenómeno” y “noúmeno”, les era ajena. Ellos optaron más bien por extender la función regulativa a todo el conjunto de la actividad conceptualizadora, al entender que todos los usos de la razón confluyen en la dirección de la práctica” (Faerna, p. 90).

Varios años antes que el pragmatismo americano, la Filosofía de la praxis implícita en Marx realiza dos operaciones fundamentales: a) rompe con los restos de dualismo metafísico, lo cual no podría dejar de hacer Marx, como hegeliano que era, y b) generaliza el concepto de “uso regulativo”. En este punto, si el lector me lo permite, cabe gritar un eslogan: Si todo es metafísica, la ontología consiste en hacer. La propia actividad del hombre, su hacer o realización (palabra que significa, “hacer real” la cosa), nunca es una actividad pura. Es volver a un pensamiento prekantiano pretender, como hacen hoy tantos filósofos analíticos, los materialistas cientifistas (a lo Bunge, a lo Bueno), etc., distinguir entre ciencia (pura) y metafísica (no ciencia, ideología…). No hay pureza que valga. La confrontación de los hombres con las cosas está mediada por la confrontación de los hombres con los hombres. En ese despliegue de operaciones de los sujetos, la propia realidad se va conformando. La realidad incluye sistemas de sujetos, no siempre armonizados ni racionalmente coordinados, que luchan por regularla. No podemos deslindar ciencia y metafísica. “Somos” metafísica y la vivimos con nuestros actos.

La experiencia es “interpretación”. Y la interpretación consiste en cambiar el mundo. El propio idealismo que parte de Berkeley y de Kant ya había superado la confrontación “plana” entre representación y mundo. Escribe Faerna:

“…la experiencia es esencialmente interpretación; no un fuente que se da (datum) al sujeto, sino un proceso en el que ésta toma unas ideas como signo de otras, o ajusta las intuiciones a formas y categorías propias. Esta alteración tiene consecuencias profundas. En términos generales, debilita la concepción de la experiencia como fundamento retrospectivo de la cognición. Ni Kant ni Berkeley creían ya que el conocimiento se pudiera analizar a partir de una simple relación causal entre el objeto real y su representación en la mente […]” (Faerna, p. 92).

Ni qué decir tiene que la metáfora del espejo, y la gnoseología realista simple según la cual el objeto es la causa de la representación en el sujeto, no tenían cabida ya en Marx. Estas recaídas son prekantianas. El propio idealismo avanzó hacia el papel que “el futuro” juega en las acciones y representaciones del sujeto. La experiencia del hombre es, intrínsecamente, proyectiva, “futurocéntrica”, basada en representaciones anticipadas de los consecuentes. No es un mero resultado de los antecedentes. Además de lo dicho, cabe afirmar que en los tiempos de Marx ya se habían acumulado ciertos saberes positivos en química, biología (fisiología y teoría de la Evolución), etc., que permitieron al filósofo albergar una imagen del Sujeto orgánico mucho más esclarecida. Un sujeto que pugna por su adaptación, entendido funcionalmente y no sólo estructuralmente (idea de función muy presente en el propio Kant), etc.

Karl Marx es mucho más que un “materialista”. A fin de cuentas, esta palabra poseía en él, las más de las veces, un simple sentido polémico, no un sentido de militancia filosófica bien definida, tema del cual los gustavobuenistas del llamado “materialismo asturiano” no se quieren descolgar. Materialista en Marx era un sinónimo de “científico” frente al idealismo de la burguesía y al utopismo estéril de muchos socialistas y reformadores de su época. Si Marx se sentía materialista, en realidad quería decir a su público: “soy científico o pretendo serlo”. En el gran filósofo que fue Marx, hay planos de cientificidad, momentos categoriales, sin duda (su Economía, sus esbozos de Sociología y Ciencia Histórica, incluso una Ecología in nuce). Pero más importante e imperecedero en su obra, sin rechazar estos momentos categoriales y positivos, es su ontología. Una ontología de la praxis.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Blanco, C.X., Ensayos antimaterialistas, Letras Inquietas, La Rioja, 2021

Faerna, A.M., Introducción a la teoría pragmatista del conocimiento. Siglo XXI, Madrid, 1996.

Moya, C. ¿Naturalizar a Kant? Criticismo y Modularidad de la Mente. Biblioteca Nueva, Madrid, 2003.

[i] Remito al lector a mi libro Ensayos antimaterialistas, Letras Inquietas, La Rioja, 2021.

[ii] “Las categorías conforman, en todo caso lo que podemos llamar la gramática del pensamiento. Kant ha hablado, de hecho, de la Grammatica universalis. También de gramática trascendental” (Moya, p. 188)

[iii] 1910 [Quinta edición, gótica, por el mismo editor de Engels en 1888, que ignora también los subrayados del manuscrito]

Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert, es kommt aber darauf an, sie zu verändern.

1978 [Karl Marx u. Friedrich Engels, «Thesen über Feuerbach», Werke, Bd. 3, Berlin 1978, pp. 5-7.]

Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert, es kömmt drauf an, sie zu verändern.

Ver: https://www.filosofia.org/lec/marfeu11.htm

Como se puede apreciar, la diferencia en las distintas versiones reside en la segunda parte de la frase, a partir de la coma: “hay que cambiarlo”, “el punto” o “la cuestión está en cambiarlo”…

 

Fuente: https://geoestrategia.eu/noticia/46417/opinion/karl-marx-filosofo-de-la-praxis.html

«LA EXTREMA DERECHA OFRECE FALSA COMUNIDAD FRENTE A UN MUNDO ROTO». ENTREVISTA A PABLO STEFANONI

 



El autor de "¿La rebeldía se volvió de derecha?" y "Un fantasma recorre el mundo" reflexiona sobre extrema derecha, fascismo, wokismo, crueldad política y los límites actuales de la izquierda.

Política Creativa and Xavier Peytibi

jul 3

 

Pablo Stefanoni nació en Argentina en 1972 y es uno de los ensayistas y analistas políticos latinoamericanos más interesantes para entender las mutaciones ideológicas de nuestro tiempo. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, combina desde hace años la investigación académica, el periodismo y el análisis de coyuntura. Es jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y colabora habitualmente con medios como Le Monde diplomatique, CTXT y El País. Entre sus libros más conocidos se encuentran Los inconformistas del Centenario, Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (junto a Martín Baña) y, sobre todo, ¿La rebeldía se volvió de derecha?, una de las obras más influyentes de los últimos años para comprender por qué una parte de la energía antisistema e inconformista ha pasado del lado progresista al conservador o reaccionario.

En su nuevo e interesante libro, Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla), publicado por Siglo XXI en 2026, Stefanoni vuelve sobre una de sus grandes preocupaciones intelectuales: el avance global de las derechas radicales y la dificultad de las izquierdas para disputar con eficacia el malestar, la imaginación política y el deseo de futuro.

El libro parte de una idea central: la extrema derecha contemporánea ya no puede entenderse únicamente como una fuerza nostálgica, marginal o defensiva. Al contrario, ha aprendido a presentarse como una corriente dinámica, transgresora y capaz de hablar el lenguaje emocional de la época. Su éxito no reside solo en sus programas políticos, sino en una maquinaria cultural que mezcla provocación, redes sociales, guerra ideológica, resentimiento, humor, épica libertaria y promesas de restauración. Stefanoni analiza cómo esa máquina reaccionaria convierte el miedo, la frustración y la desconfianza en una energía política movilizadora.

Frente a la idea cómoda de que el nuevo reaccionarismo es solo una repetición del fascismo clásico, Stefanoni propone una mirada más precisa. Las derechas actuales combinan elementos antiguos (autoritarismo, nacionalismo, antifeminismo, racismo, anticomunismo) con lenguajes nuevos: cultura digital, estética meme, crítica al “wokismo”, defensa abstracta de la libertad, fascinación tecnológica y desprecio por los consensos democráticos liberales. En ese cruce aparecen figuras como Donald Trump, Javier Milei o los magnates tecnológicos de Silicon Valley, pero también una constelación más amplia de influencers, think tanks, medios alternativos y activistas culturales.

Pero el libro no se limita a describir el avance reaccionario. También interpela a las izquierdas y a los sectores democráticos. Stefanoni advierte que no basta con denunciar el extremismo, defender el “mal menor” o confiar en que la realidad desacreditará por sí sola a estas derechas. La máquina reaccionaria tiene capacidad de producir entusiasmo, identidad y sentido de pertenencia. Por eso, combatirla exige algo más que indignación moral: requiere reconstruir lenguajes populares, conectar con los malestares materiales, recuperar imaginación política y disputar el deseo de cambio.



Le pregunto por este último libro y por otras reflexiones:

Usted describe unas derechas que pueden ser transgresoras, juveniles, digitales, provocadoras, incluso con líderes mujeres o perfiles que rompen la imagen tradicional del conservador viejo y aburrido. ¿La izquierda ha subestimado el atractivo cultural de estas derechas?

Creo que para comprender el fenómeno de las extremas derechas o nuevas derechas radicales hay que partir de la crisis de las derechas conservadoras tradicionales. Si bien hay trasvases de votos de la izquierda a las nuevas derechas, su emergencia es proporcional a la crisis de los liberal-conservadores. Anne Applebaum, admiradora de Reagan y Thatcher, lo graficó muy bien cuando contó que la mayoría de sus amigos, a los que invitó a celebrar el año 2000 en Polonia y pensaban más o menos como ella, más tarde se hicieron pro-Brexit, trumpistas, orbanistas… O sea, existió un sorpasso de las derechas “alternativas” a los liberal-conservadores o neocons. Eso ocurrió en Estados Unidos, en Chile, en Argentina, en Francia, ahora en Colombia… muchas de esas derechas más moderadas quedaron presas de un mundo —el de la globalización optimista de los 90, resumido en el fin de la historia— que ha quedado atrás.

Luego cabe la pregunta de por qué estas derechas son tan atractivas y ponen en aprietos a las izquierdas. Alguna vez traté de resumirlo diciendo que estas no son las derechas que el progresista querría. Son en efecto demasiado transgresoras —podríamos decir que Reagan y Thatcher también lo fueron en su época, contra los consensos keynesianos, pero luego sus ideas se fueron normalizando y en definitiva fueron más sistémicas—.

La izquierda no lo vio venir, pero nadie lo vio venir. Cada elección viene siendo una “sorpresa” —el Brexit, Trump, Milei…—. Muchos decían que Abelardo de la Espriella tendría un techo bajo; muchos uribistas creían eso. Estas derechas han logrado convencer a muchos de que representan a la gente común contra las élites, que son las verdaderas defensoras de la libertad, y mezclan utopías con retroutopías. El problema del progresismo es que a menudo se siente desconcertado a la hora de hacerles frente. En muchos casos no funciona la tradicional estrategia de “desenmascarar” al adversario: cuando Milei dice que la justicia social es una mierda y defiende la desigualdad, no hay nada que develar. Claro que estas derechas no son antielite, o mejor dicho, su enfrentamiento con las élites es muy selectivo —intelectuales, políticos tradicionales, etc.— mientras defienden a los ultrarricos o sus propios referentes son ricos. Por ahora resultaron efectivas en su “batalla cultural”, que trasciende las llamadas discusiones “valóricas” y abarca el conjunto de la vida social. Pero que sean efectivas no significa que ganen siempre ni que no haya resistencias. Ni que cuando ganan todo vuelva atrás. No ocurre eso. Basta ver la potencia que mantiene el feminismo en América Latina, incluso cuando ganan estas derechas. No hay que subestimarlas ni tampoco sobreestimarlas. Esto último conduce a una excesiva autoflagelación de la izquierda, sin demasiada productividad política.

En el libro aparecen figuras como Agustín Laje y su crítica a las “derechitas cobardes”. ¿Qué papel cumplen hoy estos intelectuales o influencers?

Tienen un papel muy importante. Agustín Laje es un buen polemista y vende una suerte de enlatados antiprogresistas listos para usar. Eso es muy útil y por eso es invitado regularmente por las derechas de toda la región. Tiene casi un millón de seguidores en X y aún más en Instagram, convoca a miles de personas en sus intervenciones virtuales, le disputa al progresismo las ferias del libro. Es un cruzado contra la “ideología de género” y el “marxismo cultural”. También el chileno Axel Kaiser —que es parte de la Fundación Faro de Laje— es importante en este ecosistema, aunque con menos seguidores e impacto. Su libro Parásitos mentales —que pueblan, según él, los cerebros progresistas— fascinó a Milei. Tanto que lo invitó a dar una clase de “batalla cultural” a todo el equipo económico del gobierno argentino, incluido el Ministerio de Economía y el presidente del Banco Central. La Fundación Faro recibe mucho dinero de donaciones empresariales bastante opacas, gracias al apoyo de Milei desde el gobierno. Pero, como trato de mostrar en el libro, existen hoy oligarcas-intelectuales, como los llamó Evgeny Morozov, que tienen infinitamente más recursos y capacidad de influencia. Basta pensar en Elon Musk o Peter Thiel, capaces no solo de difundir ideas, sino de utilizar sus gigantescas fortunas para apalancar sus utopías o distopías reaccionarias a escala planetaria.

Usted explora la idea de Martin Gurri sobre “la rebelión del público”: el choque entre instituciones debilitadas y públicos hiperconectados. En el libro aparece también el concepto de “hiperpolítica”: más politización, más conversación política, más indignación, pero menos capacidad de producir consecuencias institucionales. ¿La extrema derecha ha entendido mejor que nadie esa rebelión contra mediadores (partidos, medios, universidades y expertos)? ¿Ofrece una falsa salida a esa impotencia colectiva?

No sé si lo ha entendido mejor, pero sin duda lo expresa mejor. Creo que la extrema derecha conecta con ciertas sensibilidades y “pasiones tristes”, canaliza frustraciones, alimenta el resentimiento. La radicalización actual viene de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Por ejemplo, la campaña de Milei fue muy básica: en gran medida la gente “creó” a Milei para enfrentar al sistema político. Milei existía como un economista excéntrico y por momentos grotesco. Marx habla de las “circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”, refiriéndose a Luis Bonaparte. Muchos consideran hoy que estaba subestimando al personaje, que cumplió un papel muy importante en la construcción de la Francia moderna. Pero más allá de las discusiones sobre Francia, la frase es productiva para pensar la relación entre el personaje y la historia, y por qué en diversos momentos la gente inviste a un líder con atributos que parecen exagerados o inmerecidos.

La idea de Gurri es interesante para pensar un contexto de inestabilidad: él dice que el choque entre el “público” y el viejo sistema industrial (con sus periódicos, partidos, intelectuales, etc.) posiblemente no se resuelva. Eso conecta bien, en mi opinión, con nuevas formas de politización que analiza Anton Jäger y llama hiperpolítica. La intensidad de estas formas de política no se correlaciona directamente ni con un mayor compromiso cívico ni con la capacidad de cambiar las cosas. No solo la izquierda “no puede”; la derecha, como mencionaba antes, tampoco puede tanto cuando gobierna.

Las derechas radicales conectan bien con el malestar y se estabilizan al mismo tiempo como fuerzas políticas, pero hasta ahora no hay ejemplos de construcción de un nuevo orden por estas derechas y podemos tener dudas sobre su capacidad para lograrlo. Eso no significa, sin embargo, que no puedan envenenar la conversación pública, debilitar instituciones nacionales y globales, y provocar retrocesos democráticos. Como muestra el ICE de Trump, la brutalidad no es necesariamente eficiente: las deportaciones no fueron mayores que en anteriores administraciones, pero fueron más crueles, detuvieron a gente con años y hasta décadas de residencia en Estados Unidos y estuvieron acompañadas de un discurso fascista.

En Un fantasma recorre el mundo se cita la idea de “malismo” (la exhibición pública de la crueldad como propaganda). ¿Por qué hoy ciertos líderes ya no ocultan la crueldad, sino que la convierten en una prueba de autenticidad, valentía o libertad?

El marketing de la crueldad —o lo que el artista español Mauro Entrialgo llamó “malismo” en un libro que lleva ese nombre— es muy efectivo. Nayib Bukele llevó esto al paroxismo con sus distópicas e inhumanas megacárceles. Incluso creó una forma de turismo carcelario, en el que se explica a los visitantes —influencers, funcionarios de seguridad extranjeros, etc.— que los presos no tienen baños propiamente dichos ni colchones, que la comida es asquerosa, que casi no pueden ver la luz del sol; un elogio sin tapujos a la tortura. Y Bukele es muy popular en América Latina precisamente por eso. Milei dijo que echó a más empleados públicos de los que realmente despidió; el alcalde de Buenos Aires muestra imágenes de malismo explícito en las que la policía les confisca sus productos a personas que apenas se ganan la vida como vendedores callejeros; como decíamos, el ICE hace alarde del daño que provoca. La reciente extensión en Europa del eslogan de la remigración —con resonancias de las deportaciones nazis— es muy significativa al respecto. En otra escala podríamos incluir a Palestina —la derecha israelí no solo no oculta sus intenciones genocidas, sino que las publicita de una manera inédita—. De hecho, dediqué un capítulo al vínculo entre las extremas derechas e Israel y a cómo esto está cambiando las coordenadas políticas de la posguerra. No hay forma de entender a las actuales derechas radicales sin mirar hacia Israel.

En síntesis: el marketing de la crueldad compensa las dificultades que existen para resolver los problemas. Si no se puede resolver el problema de la seguridad, es mejor escuchar a un político que propone balazos para todos que a otro que dice que todo es más complejo; si la economía está estancada y el futuro aparece sombrío, la idea de echar a todos los inmigrantes y discriminar a sus descendientes como chivos expiatorios puede ser atractiva. Ya conocemos la historia: los años 20-40 son un buen ejemplo de la productividad política del marketing de la crueldad.

Una parte central del libro parece preguntarse si esto es fascismo, posfascismo, fascismo tardío, nacionalismo del desastre o algo todavía sin nombre. ¿Qué se gana y qué se pierde cuando usamos la palabra “fascismo” para hablar de las derechas actuales?

Hay varias paradojas aquí: muchos de quienes apelan al término fascismo sostienen que hay que aprender de la historia, pero los historiadores del fascismo son los más cautelosos o directamente contrarios al uso del término. Aprender de la historia no significa que esa historia nos dé necesariamente las herramientas para enfrentar los nuevos peligros. Las amenazas están siempre cargadas de novedades. Aun así, es inevitable no pensar en el fascismo o en el peligro fascista cuando miramos a nuestro alrededor. El término fascismo funciona como una alarma; todos conocemos su significado. Y en ese sentido puede ser útil si no se abusa de él. Pero, a la vez, opaca otras cuestiones. ¿qué pasa cuando ganan las derechas radicales y sus gobiernos no “parecen” fascistas? ¿Nos sirve para pensar las amenazas antidemocráticas de los oligarcas de Silicon Valley? ¿Cómo incluir en él a regímenes como el chino, que utiliza las nuevas tecnologías con vocación totalitaria? Muchos de quienes denuncian a diario a las extremas derechas —y hablando de fascismo— idealizan el modelo chino.

En el libro aparecen autores que critican el wokismo desde la izquierda, como Fredrik de Boer o Susan Neiman. ¿Cree que el wokismo existe como fenómeno reconocible o funciona más bien como un significante que permite a la ultraderecha llamar amenaza existencial a cualquier avance progresista?

Mi posición es que el wokismo sí existe, pero en una dimensión mucho menor —y más complicada— de lo que suponen muchos análisis; y no es necesariamente un problema de la izquierda en sentido estricto. Me distancio tanto de quienes dicen que el wokismo es un invento de la derecha como de quienes denuncian desde esta última que es una amenaza para la humanidad. En el libro reconstruyo la genealogía del término y sus mutaciones más actuales. Trato de navegar las complejidades, las tensiones, las ambigüedades. Intento poner en cuestión la moralización de la política y el sermoneo progresista sin caer en fórmulas fáciles —y, en mi opinión, falaces— del estilo de “la izquierda no es woke”. Y, sobre todo, abordo la forma en que se manipula el término en los engranajes de la maquinaria de guerra ideológica reaccionaria.

Si la extrema derecha logra canalizar ira, resentimiento, humillación y sensación de pérdida, ¿qué debería hacer la izquierda?

Es evidente que no existe un Qué hacer, como el que escribió Lenin, con la convicción necesaria para trazar un rumbo. Hoy la tradicional división reforma/revolución se ha desdibujado. Los revolucionarios no hacen revoluciones y los reformistas no reforman nada. La derecha parece más “leninista” que la izquierda en términos de “optimismo de la voluntad”. Personalmente, creo que hay que buscar en la tradición socialista democrática —que va mucho más allá de la socialdemocracia, hoy un movimiento sin alma y con pocas ideas— para recuperar las dimensiones materiales de la política y repensar la lucha de clases a partir de nuevas temáticas. La salud pública, el acceso a la vivienda, la precarización, las diferentes formas de alienación son cuestiones centrales incluso en el Norte global y son temas de la izquierda. El debate wokismo/identidad vs. clase es, en mi opinión, completamente fútil y contraproducente.

La izquierda no solo era un conjunto de partidos: era un mundo (político, sindical, cultural, artístico, revisteril), con ciertas formas prefigurativas del futuro anhelado. Ese mundo ha desaparecido. No es posible reconstruirlo tal como era —eso es pura melancolía—, pero la demanda de “comunidad” es muy fuerte. La derecha ofrece naciones excluyentes, volver a pasados supuestamente “dorados”. En América Latina —y cada vez más en Europa entre los inmigrantes— los evangélicos pentecostales construyen sus propias redes interpersonales. La izquierda no aporta mucho en este sentido. Pero, pese a todos los pronósticos, la izquierda no ha desaparecido. Hay elementos interesantes de victorias municipales de izquierda (Nueva York, zonas de la periferia parisina de base multicutural, País Vasco, etc.); hay jóvenes que se repolitizan con la causa palestina —una suerte de universal concreto de las iniquidades globales—, incluso muchos jóvenes judíos estadounidenses están releyendo la historia del Bund, el partido socialista judío del Imperio Ruso. Se dice mucho —y yo contribuí a ello— que hoy hay muchos jóvenes se sienten atraídos por las derechas radicales, pero se dice menos que la reacción contra esas derechas también es joven. La izquierda ha dejado de mirar hacia sus propias tradiciones; pedalea muchas veces en el aire. Y quienes miran hacia atrás muchas veces lo hacen con pura nostalgia, a veces meramente estética. No deja de ser curioso el “neosovietismo” de un —espero que pequeño— sector de las izquierdas, que incluye una versión Instagram, a menudo con música coldwave de fondo.


Entrevista realizada por Xavier Peytibi.

Fuente: https://substack.com/home/post/p-202579148