I
¿DEMOCRACIA ES
SINÓNIMO DE ELECCIONES?
Ud. probablemente leerá lo siguiente como una
contradicción, aunque no la hay. Esta es la única manera de que haya
democracia. Para que la democracia exista no puede haber elecciones.
La contradicción no es tal, pero está instalada en
su conciencia tras un largo periodo de exposición a la colonización pedagógica.
A largo de décadas el sistema convenció a Ud. de que la democracia es un
sistema electoral.
O al menos de que la democracia no existe si no
están las urnas.
Ese es un error. La democracia viene del griego
“demos” (pueblo) y “cratos” (gobierno o poder político). Entonces la democracia
es el gobierno del pueblo o el pueblo con poder político.
¿Dónde está escrito que para que ese poder popular
exista debe haber elecciones? En ninguna parte. La homologación de democracia y
elecciones resulta de una operación de sentido impuesta por aquello que Perón
llamaba el demoliberalismo.
Pero es una idea artificial, no existe tal
homologación.
De hecho, hoy en Argentina está el pueblo en las
calles protestando porque el país ya es invivible y además lo están
recolonizando. Toda esa protesta cae en saco roto porque el régimen mileísta
hace oídos sordos. Y sigue masacrando al pueblo como si nada.
“Ah, pero el régimen mileísta es democrático
porque surge de las urnas, ganó las elecciones”. Aquí está el error al desnudo:
si Ud. tiene en su país elecciones es solo una cuestión de tiempo hasta que las
fuerzas antidemocráticas se organicen y ganen en las urnas.
Cuando eso pasa Ud. está al horno porque deja de
tener democracia e igualmente tiene que tolerar la situación porque en sus
propias categorías el régimen antidemocrático es democrático.
Ud. repitió como un loro que la democracia son las
elecciones, ellos las ganaron y ahora Ud. no puede luchar contra el régimen. Si
Ud. lo hace, lo van a calificar de “golpista” y, véase bien, de
“antidemocrático”.
Sí, es el mundo del revés y lo es porque Ud. lo
legitima. Al no entender qué es la democracia, Ud. valida la homologación
deshonesta que, a su vez, habilita la opresión en su propia contra.
La única manera de que haya democracia es así como
lo hace Daniel Ortega en Nicaragua, es terminando con el curro de las
elecciones en las que la fuerza brutal antipopular usurpa el poder político.
Y recuerde: si votar sirviera de algo estaría
prohibido.
Dios y la Virgen de Luján acompañen y les den
fuerza a los sandinistas nicaragüenses para resistir a la embestida
yanquisionista de aquí en adelante. El yanquisionista no va a parar hasta
instalar un Milei en Managua.
Por las urnas, claro, que es para legitimar su
régimen cipayo en la farsa electoral.
Nota fuente: Hegemonía
II
LOS PARTIDOS POLÍTICOS COMO
AGENCIAS DE COLOCACIÓN Y HERRAMIENTAS PARA EL LUCRO PERSONAL
En la España actual, la mayoría
de los políticos profesionales no entran en política para cambiar el país, sino
para mejorar su nivel de vida.
Por Fernando
Ariza | 22/07/2026
En
la España actual, bajo el marco del capitalismo, los partidos políticos con
representación parlamentaria han experimentado una mutación profunda. Ya no son
organizaciones ideológicas al servicio de un proyecto colectivo, sino
estructuras burocráticas diseñadas para la distribución de cargos, la captación
de subvenciones y el enriquecimiento de sus miembros. La militancia
desinteresada ha sido sustituida por el oportunismo calculado. El militante que
dedicaba tiempo, esfuerzo y a veces riesgo personal ha dado paso al
“profesional de la política”: un individuo que ve el carnet de partido como una
inversión con alto rendimiento en sueldos, dietas, asesores y puertas
giratorias.
Esta
degradación no es un accidente ni un problema de unas pocas “manzanas podridas”.
Es estructural y afecta, en mayor o menor medida, a todos los partidos con
escaños en el Congreso. PSOE, PP, Vox, Sumar, Podemos, PNV, ERC, Junts, Bildu o
Coalición Canaria comparten el mismo modelo organizativo: cúpulas cerradas,
listas electorales elaboradas por lealtades personales, financiación pública
generosa y una cultura interna donde el ascenso depende más de la obediencia
que de la convicción.
Históricamente,
los partidos de masas, ya fueran socialistas, comunistas, o incluso
socialdemócratas, se concebían como instrumentos para cambiar la sociedad:
educar cuadros, movilizar a la ciudadanía, elaborar programas y disputar el
poder con un horizonte transformador. Esa lógica ha desaparecido.
Hoy,
el primer objetivo de cualquier partido es sobrevivir como aparato. Para ello
necesita subvenciones públicas millonarias (más de 70 millones de euros
anuales solo en el Congreso), y cargos públicos: ayuntamientos, diputaciones,
parlamentos autonómicos, empresas públicas, fundaciones, televisiones regionales.
Una red de colocados que, a su vez, movilizan votos y recursos en las campañas.
El
resultado es una clase política profesionalizada que vive casi exclusivamente
del erario público. Un concejal, un diputado autonómico o un senador cobra
sueldos que duplican o triplican la media salarial española, con dietas, coches
oficiales, asesores pagados con dinero de todos y pensiones vitalicias
generosas. Cuando pierden el cargo, muchos reaparecen en consejos de
administración de empresas que antes regulaban o supervisaban. La puerta
giratoria no es un escándalo puntual; es el plan de pensiones del político
profesional.
Pregunten
en cualquier sede de partido: ¿cuántos militantes de base participan realmente
en la elaboración de programas o en el debate ideológico? La respuesta suele
ser desoladora. Las asambleas están vacías o controladas. Los congresos son
coronaciones de líderes que ya vienen pactados. La afiliación se usa como
moneda de cambio: “te doy un puesto si me das tu voto en la primaria”.
Los
perfiles que prosperan son los que mejor dominan las reglas del juego interno:
capacidad de intriga, lealtad al líder de turno, manejo de redes clientelares y
nula inclinación a cuestionar las decisiones desde arriba.
Esto
ocurre en la derecha (con sus “fontaneros” y think-tanks pagados), en la
izquierda “progresista” (donde el activismo identitario convive con sueldos
públicos estratosféricos) y en los nacionalismos (donde el discurso emocional
encubre una gestión clientelar de lo público).
Este
fenómeno no es casual. El capitalismo tardío, con su primacía del mercado, la
financiarización y la debilidad del contrapoder social, genera necesariamente
partidos que funcionan como empresas. Su “producto” es el acceso al Estado y a
los recursos que este administra. En un sistema donde el dinero privado
financia indirectamente la política (a través de lobbies, donaciones opacas o
futuros empleos), los partidos se convierten en mediadores entre el gran
capital y el poder institucional.
La
ciudadanía lo percibe y se traduce en abstención, voto de castigo y un
creciente desprestigio de las instituciones. Son la respuesta lógica a una
clase política que ha convertido la representación en un negocio. Mientras los
salarios reales se estancan, la vivienda es inaccesible y los servicios
públicos se degradan, los presupuestos de los partidos y los sueldos de sus
cargos siguen creciendo o se mantienen blindados.
Recuperar
la idea del partido como instrumento colectivo exige cambios profundos que los
actuales aparatos resistirán con uñas y dientes: primarias abiertas y
vinculantes, limitación estricta de mandatos, incompatibilidades reales,
reducción drástica de subvenciones, transparencia total en las cuentas y, sobre
todo, una sociedad civil organizada que deje de delegar pasivamente su poder.
En
la España actual, la mayoría de los políticos profesionales no entran en
política para cambiar el país, sino para mejorar su nivel de vida. El resto
—los pocos militantes honestos que aún quedan— son cada vez más una especie en
extinción dentro de unas organizaciones que han dejado de ser partidos para
convertirse en prósperas agencias de colocación con bandera ideológica.