martes 24 de febrero de 2026, 22:00h
Diego Fusaro
Aristóteles y la primacía de la
comunidad sobre el individuo
Como hijos de la modernidad tendemos
a considerar al individuo como una prioridad sobre la comunidad y el Estado,
pero la perspectiva en el corazón de la Política de Aristóteles es
completamente opuesta.
Hijos de la modernidad, estamos
acostumbrados a pensar que el individuo es una prioridad sobre la comunidad y
el Estado: primero está el individuo, luego, posiblemente, las agregaciones que
surgen de la unión de varios individuos.
La perspectiva central de la Política
de Aristóteles es completamente opuesta: partiendo de la familia como célula
genética de la vida comunitaria, es evidente para Aristóteles que la comunidad
es pròteron tè fùsei, "es lo primero por naturaleza" en comparación
con el individuo, que es, por tanto, por su esencia, un animal sociable,
político y comunitario. En palabras de Aristóteles, "es evidente, por
tanto, que la comunidad existe por naturaleza y que es anterior a cada
individuo" (Política, I, 2, 1253 a 25).
Contrariamente a la visión moderna
que, en forma paradigmática con Hobbes, piensa en el individuo como una
prioridad, Aristóteles sostiene que éste ya está insertado en el mundo en una
comunidad: es la familia, la "comunidad" original (koinonia). En esta
ética de la comunidad, el individuo se proyecta en la concreción de las
conexiones intersubjetivas y comunitarias que lo hacen, con la Política de
Aristóteles (I A, 2, 1253 a 3), un zoon politikòn, un animal
"político", "sociable" y "comunitario".
Exactamente lo contrario, por lo tanto, del homo homini lupus así bautizado por
la antropología moderna hobbesiana.
La familia como fundamento de la
comunidad es la prueba - en contra del moderno "Robinsonismo", desde
Thomas Hobbes hasta Margaret Thatcher - de que el hombre es un animal
comunitario, que sólo en la comunidad puede existir y que en ella llega al
mundo.
Por eso, hoy el fanatismo económico
de la civilización consumista, para imponerse de manera absoluta y sin trabas,
debe imponer el paradigma del individuo absoluto, sin vínculo social y sin
comunidad, sin familia y sin Estado: debe "desestimar" el mundo de la
vida, aniquilar el Estado y la familia, el trabajo estable y la educación
escolar y universitaria. Debe producir un paisaje social de-socializado formado
por átomos desarraigados y sin identidad, sin vínculo social. Debe hacer que
cada realidad sea "líquida" (Bauman) y a largo plazo, flexible y
vacilante, siempre una cabeza reprogramable y re-definible por las necesidades
de producción e intercambio.
Por esta razón, aquellos que hoy
quieren criticar seriamente el "sistema atomístico" (Hegel) producido
por el fanatismo económico dominante deben seguir el ejemplo de Aristóteles y
el espíritu comunitario de los antiguos griegos.
Repensar el bien común en la época del
egoísmo universal
Cuestionar dos clásicos del
pensamiento filosófico como Immanuel Kant y Jean Jacques Rousseau puede
ayudarnos a entender la noción de servicio público más allá del cinismo que
prevalece en nuestro tiempo.
En nuestra era de cinismo avanzado,
donde todo parece poder remontarse a la fórmula de mors tua, vita mea, el gran
tema del bien común parece haberse eclipsado. El único bien que nuestro tiempo
parece poder permitirse es el del ego acéfalo y cerrado sobre sí mismo,
"sin ventanas", para ponerlo en la expresión de Leibniz.
En su reciente ensayo "El bien
común. Repensando la política con Kant y Rousseau" (Pensa Multimedia,
Lecce 2016), Carlo Scognamiglio nos invita, en contra de la tendencia, a
repensar el tema del bien común y, por tanto, a reconsiderar críticamente
nuestro horizonte histórico como un todo.
El libro examina el plexo teórico del
bonum commune, especialmente en la era moderna, sin detenerse en sus raíces
griegas y su elaboración medieval. El concepto de útil - sugiere Scognamiglio -
se ha desvinculado de su nexo con el bien común: y se ha retirado an un
estrecho territorio de precipitada practicidad y propósitos poco claros. En
realidad, es precisamente la cuestión de los fines la que parece haber
desaparecido del horizonte del pensamiento político. El único gran propósito,
íntimamente nihilista, parece ser el del deseo de poder tecno-capitalista, con
su insensato fin de crecimiento infinito, al cual todo debe ser sometido.
Scognamiglio cuestiona a dos autores,
por así decirlo, "diversamente" ilustrados, como Rousseau y Kant,
para demostrar que no es nada fácil distinguir los fines de la política de los
de la ética y la moral.
La idea roussoniana de "voluntad
general" no expresa un objetivo pragmático a medio plazo, ni tampoco la
elaboración atormentada de una posible práctica democrática, es una idea que
carece de profundas implicaciones morales. La búsqueda de la vida auténtica, de
la adhesión a la verdad y al bien común, son exigencias que también deben ser
devueltas a nuestra relación con la política. Sólo así, como parece recordar
Rousseau, será posible encontrar una verdadera participación, y no una mirada
egoísta sobre los propios asuntos internos, delegando a otros la participación
en las asambleas. La palabra "finanzas", según Rousseau, es una
palabra de esclavo, ajena al verdadero significado del Estado democrático.
Como se dice claramente en el
"Contrato Social", "tan pronto como el servicio público deja de
ser el principal cuidado de los ciudadanos, y prefieren servir a su propio
bolsillo antes que a su persona , el Estado ya está cerca de la ruina".
¡De nobis fabula narratur!
Del mismo modo, la filosofía de Kant,
con especial atención a las páginas del ensayo "Por la paz perpetua",
es reexaminada por Scognamiglio como una contaminación ineludible de la ética y
el derecho, pero también de la moral y la política. Si las máximas de la acción
moral se formulan con un sesgo jurídico, la filosofía del derecho de Kant está
llena de instancias morales. El punto más complejo de esta tensión se pone de
relieve en la política internacional, donde los sujetos colectivos, los
Estados, deben reformarse internamente para obedecer a ese ideal regulador de
la razón que es la coexistencia pacífica en el planeta.
La necesidad misma de establecer un
derecho internacional, según Kant, se percibirá en obediencia a una fuerte
"disposición moral". También en Kant - sugiere Scognamiglio - el tema
del bien común es central. Es mérito de Scognamiglio ayudarnos, con su ensayo,
a repensar el bien común y sus implicaciones, también gracias al apoyo de dos
autoridades de la filosofía moderna como Rousseau y Kant.
Las religiones como medio dador de
sentido y arma de resistencia a la economía
Las religiones han estado bajo ataque
durante mucho tiempo. Y, sobre todo, están siendo atacadas por los medios de
comunicación: los circos periodísticos y la implacable programación de
televisión presentan al Islam como sinónimo de terrorismo y al cristianismo
como una banda de sacerdotes pedófilos. El objetivo es destruir la religión.
¿Por qué razones? Aclaremos este punto, yendo en contra de la corriente con
respecto al único pensamiento políticamente correcto.
Las religiones han estado sometidas a
ataques durante mucho tiempo. Y, sobre todo, están siendo agredidas por los
medios de comunicación: los circos periodísticos y la implacable programación
de televisión presentan al Islam como sinónimo de terrorismo y al cristianismo
como una banda de sacerdotes pedófilos. El objetivo es destruir la religión.
¿Por qué razones? Aclaremos este punto, yendo en contra de la corriente, esto
es, contra el único pensamiento políticamente correcto. En el mundo posterior a
1989, es decir, en la época del fin comunismo histórico, la religión sigue
siendo el último baluarte concreto contra la expansión de la mercantilización
total y del mercado real y simbólico. Por esta razón, el capital debe declarar
la guerra a la religión en todos los sentidos.
La religión nos recuerda que la
divinidad es trascendente: es el Dios del cielo. Ya por esta sencilla razón, la
religión de la trascendencia ejerce una crítica radical contra esa religión de
la inmanencia que es la economía: esta última simplemente pretende ser la
divinidad permitida, en la forma reificada del monoteísmo del mercado.
El ejército Brancaleone (en español
diríamos "el ejército de Pancho Villa", N.del T.) de los llamados
"laicistas" se engaña a sí mismo pensando que el gesto más
emancipador que se puede hacer es hacer mofa del Dios cristiano o islámico. Ellos
-desde Odifreddi hasta Scalfari- no cesan de oponerse a todos los Absolutos que
no son el inmanente de la producción capitalista, el monoteísmo idólatra del
mercado: el secularismo integrista, en todos sus grados, es la culminación
ideológica ideal del fanatismo del mercado.
El ateísmo militante y fanático del
ejército laicista, además de ser más religioso que las religiones en su impulso
fundamentalista, promueve la religión del libre mercado: todo ataque es pensado
para que el orden económico hegemónico no pueda ser cuestionado Este es el
marco de la globalización capitalista, en el que "The Economist" se
convierte en el "Osservatore Romano" de la globalización y las
inescrutables leyes del Dios monoteísta se convierten en las leyes inflexibles
del mercado mundial. Como todo monoteísmo, el del mercado también pretende ser
el único y neutralizar así a cualquier competidor.
¿Entenderá la Armada Brancaleone de
los laicistas que la lucha contra el Dios tradicional es, en sí misma, una de
las piedras angulares de la actual globalización capitalista, que se basa
precisamente en la neutralización de toda divinidad que no coincida con el
monoteísmo de mercado? El enemigo no es el Islam, sino el integrismo económico
de la civilización del consumo, ante la cual el Islam -al igual que el
cristianismo- tiene el gran mérito de no ceder. En esto se resume lo que
Heidegger llamó "divinización" (Entgötterung).
Entgötterung corresponde a la huida
de lo divino determinada por ese olvido del ser y del hombre generado por el
dominio del nihilismo tecno-capitalista que redefine todo como mercancía y como
valor de cambio. Después de haber iniciado la disolución de la ética burguesa
(1968) y de haber llevado a buen término la destrucción de la fuerza que la
había limitado en el corto siglo (1989), después de haber despolitizado de
nuevo la economía mediante la aniquilación de los Estados democráticos
soberanos, el capital absoluto procede hoy a la aniquilación de todas las
religiones distintas de las de la inmanencia del mercado monoteísta. Por esta
razón –que se sepa- los que hoy luchan contra las religiones continúan la misma
lucha defendida por el capital.
Las religiones como medio dador de
sentido y arma de resistencia a la economía
Las religiones han estado bajo ataque
durante mucho tiempo. Y, sobre todo, están siendo atacadas por los medios de
comunicación: los circos periodísticos y la implacable programación de
televisión presentan al Islam como sinónimo de terrorismo y al cristianismo
como una banda de sacerdotes pedófilos. El objetivo es destruir la religión.
¿Por qué razones? Aclaremos este punto, yendo en contra de la corriente con
respecto al único pensamiento políticamente correcto.
Las religiones han estado sometidas a
ataques durante mucho tiempo. Y, sobre todo, están siendo agredidas por los
medios de comunicación: los circos periodísticos y la implacable programación
de televisión presentan al Islam como sinónimo de terrorismo y al cristianismo
como una banda de sacerdotes pedófilos. El objetivo es destruir la religión.
¿Por qué razones? Aclaremos este punto, yendo en contra de la corriente, esto
es, contra el único pensamiento políticamente correcto. En el mundo posterior a
1989, es decir, en la época del fin comunismo histórico, la religión sigue
siendo el último baluarte concreto contra la expansión de la mercantilización
total y del mercado real y simbólico. Por esta razón, el capital debe declarar
la guerra a la religión en todos los sentidos.
La religión nos recuerda que la
divinidad es trascendente: es el Dios del cielo. Ya por esta sencilla razón, la
religión de la trascendencia ejerce una crítica radical contra esa religión de
la inmanencia que es la economía: esta última simplemente pretende ser la
divinidad permitida, en la forma reificada del monoteísmo del mercado.
El ejército Brancaleone (en español
diríamos "el ejército de Pancho Villa", N.del T.) de los llamados
"laicistas" se engaña a sí mismo pensando que el gesto más
emancipador que se puede hacer es hacer mofa del Dios cristiano o islámico.
Ellos -desde Odifreddi hasta Scalfari- no cesan de oponerse a todos los
Absolutos que no son el inmanente de la producción capitalista, el monoteísmo
idólatra del mercado: el secularismo integrista, en todos sus grados, es la
culminación ideológica ideal del fanatismo del mercado.
El ateísmo militante y fanático del
ejército laicista, además de ser más religioso que las religiones en su impulso
fundamentalista, promueve la religión del libre mercado: todo ataque es pensado
para que el orden económico hegemónico no pueda ser cuestionado Este es el
marco de la globalización capitalista, en el que "The Economist" se
convierte en el "Osservatore Romano" de la globalización y las
inescrutables leyes del Dios monoteísta se convierten en las leyes inflexibles
del mercado mundial. Como todo monoteísmo, el del mercado también pretende ser
el único y neutralizar así a cualquier competidor.
¿Entenderá la Armada Brancaleone de
los laicistas que la lucha contra el Dios tradicional es, en sí misma, una de
las piedras angulares de la actual globalización capitalista, que se basa
precisamente en la neutralización de toda divinidad que no coincida con el
monoteísmo de mercado? El enemigo no es el Islam, sino el integrismo económico
de la civilización del consumo, ante la cual el Islam -al igual que el
cristianismo- tiene el gran mérito de no ceder. En esto se resume lo que
Heidegger llamó "divinización" (Entgötterung).
Entgötterung corresponde a la huida
de lo divino determinada por ese olvido del ser y del hombre generado por el
dominio del nihilismo tecno-capitalista que redefine todo como mercancía y como
valor de cambio. Después de haber iniciado la disolución de la ética burguesa
(1968) y de haber llevado a buen término la destrucción de la fuerza que la
había limitado en el corto siglo (1989), después de haber despolitizado de
nuevo la economía mediante la aniquilación de los Estados democráticos
soberanos, el capital absoluto procede hoy a la aniquilación de todas las
religiones distintas de las de la inmanencia del mercado monoteísta. Por esta
razón –que se sepa- los que hoy luchan contra las religiones continúan la misma
lucha defendida por el capital.
Una masa de post-identitaria. Cuando
Pasolini denunció el genocidio cultural de Italia
La cultura puede existir siempre y
únicamente en plural, como diálogo entre culturas diferentes, que se relacionan
según su pertenencia común a lo humano universal. Sólo los que tienen una
identidad cultural pueden respetar a los demás y medirse a sí mismos en el
diálogo con ellos. La dinámica de la globalización capitalista, imponiendo una
cultura única, se resuelve en la supresión de la cultura como tal, sustituida
por la reificante reductio ad unum del hombre sin identidad ni espesor crítico.
En la apoteosis del nihilismo cada
vez más conformista, que impone universalmente la postura relativista y
post-metafísica, el hombre es destrozado: vaciado y superficial, privado de
cualquier "esfera primordial de pertenencia", como podríamos llamarla
con Husserl, decae al rango de mercancía entre los bienes, condenado al
vagabundeo planetario exigido por el mercado sin fronteras; vagabundeo propio
de una diáspora que el lenguaje capitalista neoliberal ennoblece con la
expresión "libre movimiento".
Individuos desarraigados forman
plebeyos sin forma.
En esto radica la esencia de la nueva
existencia comercializada y reificada de los individuos privatizados y
despojados -en sentido cosmopolita- de cualquier identidad sólida sobreviviente
capaz de resistir la omni-mercantilización. Al diálogo entre pueblos hermanos y
solidarios, el mundialismo de la cosificación sin fronteras prefiere el
monólogo falsamente pluralista de la sociedad de masas globalizada, sociedad de
individualidades seriales y desarraigadas, en la que hay una sola plebe sin
forma, de-simbolizada y des-etizada.
Esta es la esencia de lo que
Pasolini, en su discurso del 7 de septiembre de 1974 en Milán, definió como el
"genocidio cultural" producido por la civilización del consumo. Con
su ritmo omni-homologante, la civilización de consumo tiende a nivelar a cada
individuo, a cada civilización, a cada pueblo, redefiniéndolo según la forma de
los bienes. Y así produce lo que Pasolini definió, en referencia a la Italia de
su tiempo, como el proceso de "destrucción y sustitución de valores en la
sociedad italiana".
Pasolini denunció la homologación
Aunque "sin carnicería ni
tiroteos masivos", el totalitarismo de la globocracia de los mercados
conduce, en palabras de Pasolini, a la "supresión de grandes sectores de
la sociedad", aún no homologados a la uniformidad neutral del nuevo orden
mundial. Con la contribución de los métodos "sutiles, hábiles y
complejos" típicos de la dictadura de la publicidad y de las prácticas de
manipulación organizada, la civilización del consumo opera "a través de
una especie de persuasión oculta". Y, para transformar provechosamente a
las poblaciones rurales en una multitud anónima de consumidores solitarios,
debe liberar a la masa nacional-popular de sus tabúes y de sus códigos éticos,
a menudo arcaicos y sagrados.
Debe, por lo tanto, implementar la
Neutralización evocada por Schmitt, y luego redefinir en un sentido mercantil y
cosmopolita las masas anónimas: disolver cualquier valor no relacionado con el
mercado, desintegrar cualquier identidad y cualquier relación comunitaria que
no sea el utilitarismo social insociable del libre comercio, puede proceder a
reconfigurar el "material humano" de acuerdo con la figura sin
precedentes del sistema de mónadas liberales-libertarias, atómicas,
intercambiables a nivel planetario.
Según el diagnóstico de Pasolini,
éste es el verdadero rostro del "régimen democrático", como lo llamó
el 7 de febrero de 1974 en un programa de televisión de la RAI:
"Destruyendo las diversas realidades particulares", genera, a su
imagen y semejanza, una masa post identitaria, libre de todos los vínculos
reales y simbólicos del pasado y capaz de relacionarse consigo misma y con el
mundo objetivo sobre la base única de la forma de los bienes.
La sociedad líquida (o la ausencia de
tierra firme)
La imagen de la "sociedad
líquida" se utiliza ahora en los contextos más diversos y se ha convertido
en un lugar común. La metáfora de la liquidez es, de hecho, muy eficaz a la
hora de explicar la dinámica del mercado transnacional y la precariedad planetaria.
Ambos conceptos, por definición, son marítimos.
Gracias a Zygmunt Bauman, la imagen
de la "sociedad líquida" se ha convertido en canónica. Tanto es así
que puede ser utilizado en una gran variedad de contextos, a veces actuando
como un lugar común. La metáfora de la liquidez es, de hecho, particularmente
eficaz para subrayar la esencia de la acumulación flexible y la sociedad del
deslizamiento fluido de capital financiero en ausencia de barreras y límites,
barreras "sueltas" y eliminadas junto con cada instancia
"sólida" y estable de la anterior estructura dialéctica y fordista,
proletaria y burguesa.
Entre las propiedades del agua, está
también esa omnipresencia y esa capacidad de introducirse en todos los
espacios, de invadir, de superar todas las barreras y de erosionar incluso las
rocas más sólidas. Corresponden perfectamente a las propiedades de la
flexibilidad universal típica del mundo posterior a 1989. Este último, habiendo
saturado todo espacio real e imaginario, "est aujourd'hui partout"
["está ahora en todas partes", en francés en el original] según la
fórmula utilizada por Pierre Bourdieu.
Si se utilizara la pareja
geofilosófica de tierra y mar codificada por Carl Schmitt (cf. Tierra y Mar,
1942), se podría argumentar razonablemente que la dinámica del mercado
transnacional y la precarización planetaria es, por definición, marítima. Se
desarrolla en un mundo liso, sin fronteras ni puntos fijos, sin altos ni bajos.
Dibuja una realidad en la que todo lo que es ligero flota en la superficie y todo
lo que tiene un peso se hunde en las profundidades.
La extensión del mar, al igual que el
mercado financiero de la flexibilidad planetaria, sólo conoce olas, flujos y
reflujos, tormentas repentinas y trastornos inesperados. El mar, por lo tanto,
se eleva a la metáfora absoluta de la producción flexible, no sólo por la
liquidez que lo caracteriza, sino también por el proceso convergente de
des-territorialización que caracteriza la época del desarraigo planetario que
se produce por la expansión del mercado globalizado: el mar es perpetuamente
inestable, en su incesante devenir, y, al mismo tiempo, impide cualquier
estabilización. Obliga a los que se aventuran en él al perpetuo dinamismo de la
navegación y el desplazamiento. Les priva de puntos fijos y estables.
Al igual que el marinero, a una
distancia sin precedentes del continente y a merced de las tormentas, el hombre
precario navega a la vista, entre derivas y naufragios, sean laborales, sean
existenciales, en medio de lo que, con Guicciardini, podríamos ciertamente
calificar como "un mar excitado por el viento". Su trayectoria es
insegura y desigual, ya que varía continuamente, entre tormentas y bancos de
arena impredecibles e inesperados, debido a crisis financieras o
deslocalizaciones repentinas, reestructuraciones y racionalización empresarial.
Bienvenidos a la sociedad líquida
global.
Las fronteras son la base de la
democracia. Sin ellas, se aplica la ley del más fuerte
La metafísica de lo ilimitado típica
del turbo-capital es, al mismo tiempo, una práctica de la invasión permanente:
en el marco del nuevo orden desordenado no hay fronteras, se cruzan todos los
límites materiales e inmateriales de un modo tal que se anula toda línea
divisoria entre lo que es interno y lo que es externo al orden capitalista
globalizado y al "continente invisible" de las finanzas planetarias.
Según la investigación de los
Grundrisse de Marx, "el capital debe luchar para derribar todas las
barreras espaciales a las relaciones de intercambio, por ejemplo, y conquistar
el mundo entero para el comercio". Es decir, todo debe unificarse bajo el
signo de la forma de los bienes y el nexo utilitario entre mónadas
insociablemente sociales y "sin ventanas".
A nivel simbólico, la práctica de la
invasión capitalista se legitima a través de la subcultura de la narrativa sin
fronteras de Hollywood y la demonización integral convergente de la idea misma
de la frontera. Esta última idea se presenta como inevitablemente autoritaria y
excluyente, y en una completa supresión de su valor protector, de su función de
defender los derechos con respecto a la ofensiva de la violencia globalista. La
de-soberanización capitalista requiere necesariamente la demolición de las
fronteras para que así se anule la posibilidad política de intervención en los
territorios y se imponga un modelo único e indistinto, sin barreras reales o
simbólicas.
Según la lógica dual y polémológica
de la sociedad alienada, el agresor capitalista global ve los muros
protectores, las fronteras, como obstáculos que deben ser superados ante la
invasión del territorio elegido para la labor depredadora. Lo que para el
agresor son obstáculos debe, en rigor, ser defendido como protección para el
agredido, es decir, por el Siervo precarizado (el polo dominado). Este último,
por otro lado, también tiende a combatir los muros protectores como obstáculos,
ya que su imaginación ha sido colonizada por los mapas categóricos de su
enemigo de clase. El orden del discurso deslegitima a priori la idea misma de
frontera, combinándola con su hipérbole negativa, que es la barrera
insuperable. Frente a esta falsa identificación, conviene restablecer, con
Kant, la distinción entre una "barrera insuperable" (Schranke), que
se divide herméticamente sin poder ser cruzada, y una "frontera"
entendida como un "límite" (Grenze) que se puede cruzar según las
reglas.
A diferencia de la barrera, que sólo
cierra y niega las conexiones, el límite es el que mira a un lado y al otro: no
impide el cruce, simplemente lo regula y lo controla, asegurándose de que entre
las dos realidades separadas por la frontera no haya indistinción y una no
ocupe el espacio de la otra. Desde este punto de vista, el confín como frontera
y como límite no niega el tránsito, sino que evita las invasiones. No previene
las relaciones, pero trabaja para que no se vuelvan abrumadoras. No interfiere
con el vínculo entre los diferentes, sino que garantiza que las fronteras que
los separan no se pierdan y que ellos no sean idénticos.
En nombre de la libre circulación de
mercancías, el discurso cosmopolita tiene como premisa fundamental la
demolición de toda frontera y todo límite. De este modo, el mundo, como
pluralidad de diferencias delimitadas por fronteras, se redefine como un
mercado único e ilimitado: en su espacio global, todo circula sin trabas y, con
las fronteras, desaparecen las demarcaciones que diferencian las realidades.
Todo se vuelve igual sin distinción. Horacio argumentaba, en las Sátiras (I, 1,
vv. 106-107), que todas las cosas tienen un límite en sí mismas (est modus in
rebus) y que "las fronteras están bien definidas" (sunt certi denique
fines): la globalización de los mercados procede a neutralizar, en un solo
movimiento, los límites metafísicos y las fronteras geográficas, las medidas
morales y las fronteras del derecho.
En ausencia de fronteras, no se
produce la libre circulación de personas, sino su necesaria circulación en
forma de mercancías (desde la fuga de cerebros hasta la inmigración masiva y
las desgraciadas deslocalizaciones). No se determina la comparación entre lo
diferente y la relación entre lo distinto, sino la homologación ilimitada y la
indistinción generalizada.
Coesencial a la lógica del capital,
la invasión -como también lo demuestra Régis Debray en su Éloge des frontières
(2010)- se realiza plenamente a través de la demolición de cualquier frontera
que dificulte el libre movimiento y la apertura integral de lo real y lo
simbólico a los procesos de "incorporación" o, como Peter Sloterdijk
los llamaba en Esferas, de "entrada en el espacio homogéneo" del
mundo unificado bajo el signo de la reificación. Esto es cierto, en general,
para el imaginario y para sus "fronteras" morales y religiosas. Se
aniquilan en nombre de una mentalidad abierta que, abandonando toda frontera
identitaria y toda barrera crítica, favorece en abstracto la "libre
circulación de ideas" y, en términos concretos, la colonización de lo
imaginario por el capital subcultural ligado a la homologación tecno-nihilista
del nuevo orden mental.
Pero se aplica igualmente a las
fronteras materiales relacionadas con la experiencia estatal a escala nacional.
La des-soberanización y la despolitización, en su vínculo simbiótico, se logran
mediante la invasión y la deconstrucción de las fronteras. Los tecnócratas de
los espacios convertidos en cosmopolitas derriban todos los muros y todas las
barreras a la libre circulación y, juntos, levantan muros cada vez más altos y
barreras cada vez más insuperables entre los dominantes y los dominados, entre
los primeros y los últimos. Para actuar, la política necesita siempre una
soberanía limitada en el espacio y, por lo tanto, un territorio con límites
precisos en los que arraigarse: la idea de una política global o de una
soberanía planetaria es, de hecho, una contradicción de términos, ya que la
política y la soberanía son operativas estructuralmente dentro de espacios
definidos y delimitados, separados unos de otros. Sin fronteras, no hay
democracia. Sólo hay un poder arrollador por parte del más fuerte.
El ius soli, la palanca para
reducirnos a todos a plebeyos sin ciudadanía
Hay dos maneras de entender y
practicar la igualdad. Uno, correcto y bueno. El otro, nefasto y digno de ser
combatido. La primera prevé la elevación a igual dignidad de aquellos que, por
diversas razones, se encuentran en un grado inferior. La segunda, procediendo
en la dirección opuesta, significa que lo que está por encima del nivel es
eliminado.
Este segundo tipo de igualdad fue
definido por Hegel de los "Escritos Teológicos de la Juventud" en
términos de una "igualdad de irrelevancia". Su objetivo - especificó
Hegel - era hacer a todos iguales, sí, pero en el sentido de igualmente
irrelevante. No hay ninguna duda. El ius soli defendido hasta el final por la
élite turboglobalista y sus sicarios de la plenitud intelectual (el clero
unificado mediático-intelectual, desde el "Repubblica" a
"L'Espresso") es un caso emblemático de igualdad de irrelevancia, en
el sentido hegeliano.
Anular el concepto de ciudadanía
El objetivo no es equiparar a los no
ciudadanos con los ciudadanos. Es, al contrario, igualar a los ciudadanos a los
no ciudadanos. ¿Objetivo del ius soli? Anular el concepto mismo de ciudadanía,
que es entonces la figura cardinal de ese Estado nacional soberano que los
expertos en asalto (poliorceti) de la competitividad sin fronteras han puesto bajo
asedio. La clase dominante apunta a la globalización absoluta, es decir, a la
redefinición de todo el planeta como un único mercado cosmopolita
de-soberanizado y desregulado.
El ciudadano, una figura intolerable
Por esta razón, la clase global no
puede aceptar la supervivencia de estados nacionales soberanos, con la primacía
de las comunidades democráticas y la primacía de la política sobre la economía.
Y, de manera convergente, no puede tolerar la supervivencia de la figura del
ciudadano, con sus derechos y deberes arrebatados de las garras mortales del
libre comercio. A pequeña escala, los globócratas pretenden disolver la
familia. A gran escala, aspiran a aniquilar el Estado nacional democrático y la
ciudadanía.
La inmigración es un engaño.
Con la llegada del nuevo año, el
controvertido asunto de la inmigración masiva ha reaparecido con ímpetu. Un
asunto que, como de costumbre, es tratado de una manera unidireccional, en
línea con los dictados del pensamiento único políticamente correcto y
éticamente corrupto. La gran narración es ahora también conocida por los muros:
hay gente desesperada en África que está empujando a las puertas del Occidente
europeo, esperando ser salvada de su miserable condición. Quien se opone a esto
es, eo ipso, un xenófobo irredimible, un populista sin corazón, un Hitler en
potencia. Esta, de hecho, es la narrativa hegemónica, que es entonces el punto
de vista de la dominación cosmopolita. El conocido teorema de Carlo Marx es tan
válido hoy como (y más que) ayer: las ideas dominantes son las ideas de la
clase dominante. Más precisamente, son la relación de poder dominante examinada
desde el punto de vista de las ideas. Unas ideas que, de hecho, también
hegemonizan la imaginación de los que, dominados, tendrían todo el interés del
mundo por oponerse a tal narrativa y a tal relación asimétrica de fuerza.
En cambio, sufre pasivamente, tomando
como buenas y universalmente válidas las ideas de los dominantes, que siempre y
exclusivamente legitiman su dominación. Vamos a revertir la narrativa
dominante, entonces. Nosotros pensamos lo contrario. Los pedagogos de la
globalización y los señores del dominio turbo-capitalista ya han decidido.
Deportan a los migrantes en función de sus propios intereses económicos.
Desestabilizan el continente africano con bombardeos humanitarios,
intervencionismo ético, imperialismo terapéutico. Y, de este modo, determinan
el desarraigo de los pueblos africanos, obligados a huir por mar a Europa,
dispuestos entonces a "acogerlos", es decir, a explotarlos sin piedad.
Este es el verdadero objetivo de la
inmigración masiva: 1) enviarla hacia la Europa desde el tercer mundo y reducir
la población europea al rango de una nueva plebe policromada y atomizada, 2)
crear una competencia descendente en el mundo del trabajo, utilizando a los
nuevos esclavos deportados de África con "barcos humanitarios", 3)
imponer y generalizar el perfil del migrante desarraigado y sin derechos, 4)
disolver al pueblo como una "unidad ética" consciente (Hegel), con
lengua, identidad e historia compartidas. Esto explica la inmigración masiva y
el amor infinito que la Derecha del Dinero y su fiel sirviente, la Izquierda
disfrazada, sienten por la inmigración: es el amor del vampiro por la sangre.
¿Está claro el engaño para usted? El Derecho del Dinero deporta a los africanos
a ser explotados y con quienes bajar las condiciones generales de trabajo. La
izquierda disfraz, que ha abandonado la lucha de clases y se ha convertido en
la dócil servidora del gobernante cosmopolita, dice con lágrimas en los ojos
que los puertos deben ser puertos de acogida, puertos abiertos. La única
excepción, en el cuadrante de la izquierda: el comunista Marco Rizzo, que tiene
el mérito de haber entendido la verdadera naturaleza de clase de la inmigración
masiva como un arma en manos de los dominantes.
No es difícil de entender. Los
gobernantes manejan el trabajo y la economía. Y sólo defienden lo que no toca
contra sus intereses, su trabajo y su economía. ¿Quiere usted luchar por el
trabajo, los derechos sociales, los salarios y contra la precariedad? No le
permitirán hacerlo. ¿Quiere abrir los puertos y fomentar la deportación de
esclavos, perdonar la libre circulación de mercancías y personas? Por supuesto
que se lo permiten! Al contrario, eso es lo que quieren. Por eso se explica la
cuestión de la inmigración masiva y el servilismo cobarde de la izquierda bajo
la correa de la clase dominante. Desde el suntuoso ático de Nueva York, como
siempre rodeado de aburrimiento patricio, el bardo cosmopolita -que nunca gasta
una palabra, por supuesto, para los trabajadores y los perdedores del
globalismo- ya está listo para vestir su ridícula camisa roja, en apoyo de la
élite turbo-financiera.
"Abrir los puertos", dicen
las clases dominantes desde sus palacios blindados. ¿Objetivo? Atraer a masas
de gente desesperada para aprovecharse de ellos al máximo. Crear revueltas
horizontales entre subordinados indígenas y migrantes. Descender las
condiciones de vida las clases subordinadas en general.
Contra toda forma de nacionalismo: en
defensa de la solidaridad entre los Estados
Hoy, el verdadero internacionalismo
es antitético al sistema capitalista: es una relación de solidaridad entre
Estados que no se encierran en sí mismos, sino que se relacionan con los demás
de manera comunitaria y pacífica.
El verdadero internacionalismo como
vínculo solidario entre Estados democráticos soberanos y comunitaristas es la
antítesis tanto de la globalización capitalista de la economía como del
nacionalismo imperialista, que niega la idea misma de nación en la medida en
que neutraliza el derecho a existir para otras naciones. Esta fue la forma
dominante del colonialismo del siglo XIX y del imperialismo del siglo XX. Pero
esta sigue siendo la forma que hoy tiende a resurgir indebidamente como
reacción al globalismo capitalista a través de proyectos de soberanía
nacionalista.
Estos, en nombre de la oposición a
las tragedias de la globalización, aspiran a la re-legitimación del
nacionalismo anti-solidario, un mero reflejo del homo oeconomicus se trasladó
al nivel del Estado; una forma que, detrás de la falsa oposición, sólo confirma
el orden capitalista, reproponiendo su forma imperialista y, al mismo tiempo,
cancelando la posibilidad de un verdadero internacionalismo como la única forma
auténtica y efectiva de oposición al capitalismo en todas sus formas (tanto
globalista como nacionalista).
Estas formas de nacionalismo
capitalista deben ser combatidas con igual fuerza con respecto al globalismo
capitalista, del cual son la variante falsamente opositora que siempre
reconfirma su estructura. El verdadero internacionalismo no es sino la forma de
comunitarismo concebido a nivel de relaciones interestatales: es la relación de
solidaridad entre Estados nacionales soberanos, cada uno de los cuales, sin
renunciar a su propia autonomía y sin cerrarse individualmente en sí mismo, se
relaciona con otros no en clave nacional-imperialista, sino en clave
comunitaria y pacífica, reconociendo en ellos otras y diferentes experiencias
nacionales basadas en historias y tradiciones que no coinciden con las propias.
Sólo entonces será posible lograr ese
comunitarismo cosmopolita que, en forma de universalismo de las diferencias,
hará posible la coexistencia de la pluralidad y la unidad, de las culturas
heterogéneas y del género humano unitario estructurado horizontalmente según
las relaciones comunitarias y democráticas entre individuos libres e iguales.
La mala universalidad de la globalización puede ser reemplazada por el
auténtico universalismo de un cosmopolitismo de comunidades, culturas y pueblos
igualmente libres en sus diferencias.
Los que aman ya están luchando contra
el capitalismo globalizado.
El amor es siempre amor por el nombre
propio, que no se universaliza, ni se reduce a cosa. Desde una perspectiva
diferente -en contraste con el reino de los bienes, donde prevalece la cantidad
de esencias disponibles y sustituibles en serie- la calidad de la persona única
triunfa en la dimensión del amor, la cual es otra dimensión inconmensurable.
Rompe el fatal hechizo de la estandarización mercantil, de la sustituibilidad
universal de la serie, y rompe la experiencia de lo único irremplazable, del
nombre propio auténtico el cual no tiene que ver con nada más: que no puede ser
comprado o intercambiado, vendido o cedido.
Además, el espacio de los bienes -que
se acumulan y circulan omnidireccionalmente de forma brillante y
fantasmagórica- es el ámbito de la perfección técnica estandarizada y de los
artefactos. Los bienes defectuosos, que no sean perfectos de acuerdo con la
norma, están destinados irrevocablemente a ser reemplazados y desechados. En el
ámbito del amor, de manera diametralmente opuesta, no se ama la perfección ni
una cualidad específica del amado: se ama todo, incluso en sus defectos,
incluso cuando es siempre "el no saber eso" (le je ne sais quoi) lo
que hace que nos enamoremos, como lo llamaba el Montesquieu del Essai sur le
goût. Emblemático, en su incontrovertible carácter, sigue siendo en este
sentido el caso de la madre que ama a su hijo por completo, independientemente
de su supuesta "perfección" y sin preocuparse de los detalles que a
menudo toman la forma del defecto.
Como trato de mostrar en mi Nuevo
Orden Erótico. Elogio del amor y de la familia (Rizzoli 2018), el amado es, de
hecho, único e irremplazable y es por eso que rechazaríamos de forma a priori e
incondicional la idea de su posible mejora. Y si no hay ningún atributo que sea
suficiente para explicar lo que amamos del otro, eso depende del hecho de que
lo que amamos es irreductible a los atributos individuales.
Desde otra perspectiva, no nos amamos
el uno al otro por "algo" que es específico, sino por su ser, por la
totalidad particular que es o, como diría Lacan, por su propio nombre (que,
además, suena decididamente diferente y afectivamente neutro cuando se refiere
a otras personas que lo llevan).
La homologación universalizadora del
reino planetario de los bienes no puede conciliarse con el espacio de la
autenticidad del irremplazable sentimiento personal de amor: los bienes pueden
ser reemplazados infinitamente, según una secuencia serial potencialmente
infinita. Por su parte, el amado es único, es un tú que no puede ser libre y
discrecionalmente reemplazado por otro análogo.
No es de extrañar que, en la época
del capital absoluto, la relación auténticamente amorosa tienda a anularse cada
vez más en favor del goce cínico y mercantilizado: lo que, según la regla del
"infinito maligno" del plus-goce neoliberal, hace que toda relación
"consumida" sea análoga a las estrategias de la esfera de la
circulación de bienes. Cada relación, coherente con el principio de performance
ocasional y consumismo erótico, no es única ni irremplazable, sino que siempre
está lista para ser rápidamente reemplazada por otra y, más precisamente, por
la siguiente en la secuencia temporal.
La temporalidad lineal acelerada del
mundo de los bienes -donde la febril búsqueda de lo nuevo, al ritmo apremiante
de la moda, convive aporéticamente con el eterno retorno zaratustriano de lo
mismo. Es decir, con la siempre renovada, y potencialmente ilimitada,
repetición del gesto nihilista del consumo- y esta es también la que distingue
a las nuevas figuras alienadas del eros en la época del capitalismo flexible.
Fuente: https://geoestrategia.eu/noticia/45866/opinion/comunidad-identidad-y-arraigo.html