Traducción: Natalia López
El socialismo es una política de clases. Distinguir entre las numerosas
categorías a las que recurrimos cuando hablamos de clase social es esencial
para clarificar nuestra estrategia política.
El discurso
estadounidense sobre la «clase» es un caos. Pareciera que cada quien tiene su
propio significado particular de la palabra, y no solo en los márgenes del
término, sino en muchos de sus aspectos centrales. En los debates sobre cómo
ubicar a una persona en disputa dentro de una clase u otra, la forma habitual
de intervenir consiste en presentar un pequeño relato difuso sobre su vida y
luego concluir que algún aspecto de ese relato hace evidente a qué clase
pertenece. La mejor manera de predecir a qué conclusión llegará alguien sobre
la clase de una persona en debate es determinar primero si esa persona le cae
bien o mal por razones ajenas a la cuestión. De manera un tanto insólita,
cuando la gente siente simpatía por alguien, tiende a decir que pertenece a la
clase baja; cuando siente antipatía, tiende a ubicarlo en la clase alta.
En
parte, esto solo refleja la habitual mala fe y el razonamiento motivado que
infectan cualquier discurso político. Pero también responde simplemente a lo
resbaladizo que resulta el término. Se suele confundir la clase económica con la
clase social, pero además se define cada uno de esos subconceptos de manera
diferente. En el uso convencional existen muchos indicadores distintos de
clase, lo que significa que es posible —y, de hecho, común— que una misma
persona presente una combinación de indicadores que apunten en direcciones
opuestas. Por ejemplo, se puede tener un alto nivel educativo y bajos ingresos,
un empleo de alto estatus y poca educación, un origen modesto y altos ingresos
en la adultez, o un gran patrimonio y un trabajo de bajo nivel.
Existen
opiniones encontradas sobre cuáles de estos indicadores deben emplearse para
evaluar la clase, qué peso darle a cada uno si se combinan varios, y si debe
adoptarse una evaluación conjuntiva (es decir, que todos los indicadores deban
ser bajos para considerar a alguien de clase baja) o disyuntiva (es decir, que
baste con que uno solo de los indicadores sea bajo).
Estatus
socioeconómico
La
sociología ideó el concepto de estatus socioeconómico (NSE) para intentar
superar estos desafíos. En lugar de definir la clase a partir de una sola
variable —lo cual no parece reflejar cómo aborda la idea nuestra sociedad
actual—, el NSE se define mediante un índice que combina múltiples variables en
un solo número. El NSE no es un enfoque muy amigable para el debate público, ya
que en la práctica aborda la clase como un espectro, mientras que el discurso
político anhela casilleros definidos. Con el NSE se podría decir que alguien se
encuentra en el percentil 20 de la distribución de «clase», pero no que pertenece
a la «clase baja», a la «clase trabajadora» o a la «clase profesional». De modo
que, aunque en cierto punto resuelve uno de los problemas que aquejan a este
debate, lo hace de una manera que resulta incompatible con las formas en que
nos acostumbramos a hablar del tema.
Los
índices de nivel socioeconómico combinan habitualmente variables de educación,
ingresos y ocupación en una sola cifra. Cuando se dispone de otras variables
—como patrimonio, origen familiar o consumo—, también suelen incorporarse. Para
calcular el índice de NSE de una persona, primero se obtiene el promedio de
cada uno de los indicadores y luego se mide qué tan por encima o por debajo de
ese promedio se ubica ese individuo. A continuación, se suman o promedian las
puntuaciones en cada subindicador para obtener el puntaje general. A partir de
allí, se puede comparar ese puntaje con la distribución total y determinar si
la persona se encuentra, por ejemplo, en el 10 % inferior de la distribución
del NSE, en el 1 % superior o en la mediana.
Cuando
conocí la noción de NSE en la universidad, me pareció bastante ingeniosa y
elegante. El índice compuesto por ingresos, educación y ocupación refleja muy
bien que, en nuestra sociedad, la gente suele tropezar con el hecho de que
estos tres factores no siempre se alinean, lo que empantana de forma constante
el debate sobre la clase.
Mucha
gente quiere poder decir que alguien con un doctorado que gana 80 000 dólares
al año como docente universitario pertenece a una «clase» más alta que alguien
con secundario completo que gana 100 000 dólares al año como plomero. De hecho,
hay quien pretende sostener que, incluso si la persona con el doctorado pasa a
trabajar como plomero por 100 000 dólares al año, sigue perteneciendo a una
«clase» más alta que el plomero que solo tiene el título secundario. Por otra
parte, creo que la mayoría no querría afirmar que una persona con título
universitario que trabaja por salarios bajos en el comercio minorista o en el
sector gastronómico pertenece a una clase más alta que alguien sin título
universitario que se desempeña como un ejecutivo corporativo muy bien
remunerado.
Definir
la clase contemplando únicamente los ingresos, solo la educación o solo la
ocupación no nos permitiría llegar a esas conclusiones deseables. En cambio, un
índice de NSE basado en ingresos, educación y ocupación sí lo permite, ya que
pondera los tres indicadores bajo la premisa de que cada uno aporta a la clase
de una persona, pero no la determina de forma exclusiva.
Realizar
un análisis de NSE y luego desglosar sus componentes también es una buena
manera de ilustrar por qué el discurso se enreda tanto al respecto. En el
siguiente gráfico apliqué una medición de NSE basada en ingresos, educación y
ocupación, y clasifiqué a todas las personas de entre veinticinco y cincuenta y
cuatro años en deciles de NSE. Dentro de cada decil grafiqué tres barras que
muestran el rango de resultados para los tres subindicadores presentes en ese
tramo.
La forma general del gráfico es la que cabría esperar. A medida que ascendemos en la distribución del estatus socioeconómico (NSE), las tres barras también tienden a elevarse en la distribución por percentiles. Sin embargo, persiste un rango bastante amplio para cada uno de los subindicadores dentro de cada decil. Es fácil advertir cómo, al analizar a una persona en particular con un NSE bajo, con frecuencia se puede encontrar que uno de sus subindicadores se ubica, de hecho, en la franja más alta. Si se adoptara una evaluación conjuntiva para definir la clase baja, bastaría con fijarse en ese único indicador para decretar que no pertenece verdaderamente a la clase baja.
Y
esto ocurre en un análisis que solo combina tres subindicadores para construir
el índice de NSE. Si comenzáramos a sumar más —en el debate público parece
haber docenas de indicadores a los que la gente recurre—, la cantidad de
personas para quienes, literalmente, todos los indicadores posibles sean bajos
se reduciría hasta casi desaparecer.
Deberíamos debatir más sobre los
indicadores
Hasta
aquí intenté ofrecer una descripción de cómo se habla realmente de la «clase»
en el debate público. Es un caos absoluto. Pero probablemente deberíamos
dedicar un poco más de tiempo a discutir sobre los contornos de la clase,
especialmente cuando se plantean enfoques marcadamente caprichosos e inviables.
Por
ejemplo, Noah Smith escribió un artículo titulado «I Have Never Been
Working Class» [Nunca fui de clase trabajadora], en el que propone la siguiente
definición de clase:
(…) nunca consideré que
la clase se defina por una foto del presente del estilo de vida o de las
circunstancias materiales de alguien. Siempre pensé que la clase tiene que ver
con el potencial de una persona. Y crecí sabiendo que mi potencial económico
iba mucho más allá de las circunstancias bastante humildes de mi primera
infancia.
Según
esta definición, parecería no existir tal cosa como la movilidad social
ascendente. Nadie podría ascender de la clase baja a la clase alta en la vida
estadounidense. Después de todo, cualquiera que termine en la clase alta
necesariamente tenía el potencial para hacerlo; y si tenía ese potencial,
entonces nunca perteneció a la clase baja en primer lugar.
Además,
esta definición basada en el potencial permitiría que una persona pertenezca a
varias clases al mismo tiempo. Durante la infancia, muchas personas tienen el
potencial de terminar en la clase alta o en la clase baja al llegar a la
adultez. ¿Significa eso que pertenecen a ambas clases de manera simultánea?
Este
es un enfoque insólito para definir el término y sospecho que, a pesar de haber
escrito eso, Smith tampoco cree que tenga sentido. Al avanzar en su artículo,
lo que en realidad parece estar procesando es el hecho de que, a pesar de tener
bajos ingresos y bajo nivel de consumo, su hogar contaba con un alto nivel
educativo y ocupacional (su padre tenía un doctorado y era profesor). Esto, por
supuesto, es exactamente lo que el índice de NSE capta con elegancia sin
necesidad de dar un rodeo por este extraño discurso sobre el «potencial». El
único inconveniente es que el NSE promediaría estos cuatro indicadores y
ubicaría al hogar de la infancia de Smith cerca del percentil 50 de la
distribución, lo cual solo resulta un problema porque la gente anhela
casilleros definidos con nombres concretos como «clase trabajadora», no una
posición en una tabla de percentiles.
La clase como dependencia económica
del mercado laboral
Al
tratar con la izquierda en particular, hay que hacer lugar a la concepción
marxista de la clase, aun cuando esta se distancie de los usos más difusos que
predominan en la sociedad actual. En este uso del término, la noción de «clase
trabajadora» remite a quienes dependen económicamente del mercado de trabajo.
Incluso si se prefiere no concederles esa expresión a los socialistas, es
importante al menos reconocerla como un concepto preciso e independiente. De lo
contrario, costará comprender de qué están hablando los socialistas la mayor
parte del tiempo.
Bajo
esta noción de «clase trabajadora», aspectos como el nivel educativo, la
ocupación, la forma de vestir, el acento, el potencial o cualquier otra
cuestión no resultan particularmente relevantes. Esto no se debe a que carezcan
de importancia para otras dimensiones de la vida; simplemente ocurre que no
indican si alguien depende económicamente del mercado de trabajo o no.
Los
límites precisos de este tipo de dependencia económica resultarán difusos, y es
natural que existan debates sobre los umbrales específicos. En mi opinión, una
buena aproximación abarca a cualquiera que posea un patrimonio generador de
renta inferior a veinte veces el ingreso promedio. Pero otros tienen,
obviamente, distintos umbrales u otras formas de medir esa dependencia
económica.
En
el relato socialista, quienes dependen económicamente del mercado de trabajo
ocupan un rol único en la sociedad: comparten una misma vulnerabilidad derivada
de su posición económica subordinada y un mismo poder producto de su capacidad
para paralizar la producción. De allí se derivarían múltiples consecuencias
sobre cómo podría transformarse la sociedad si este grupo se uniera y actuara
de forma coordinada para promover sus intereses como «clase trabajadora» en
este sentido.
No
hace falta compartir toda esta premisa para reconocer, al menos, que se trata
de una idea con larga tradición en la que muchísima gente ha creído y sigue
creyendo. Si logramos pasar por alto las fricciones semánticas, resulta
evidente que hay espacio para un escenario donde ese concepto de «clase
trabajadora» coexista con nociones más amplios de «clase social» o «estatus social».
Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-clase/