domingo, 9 de agosto de 2026

LA IA Y LA TRAMPA DE LA FALSA CONCIENCIA

 


8 agosto, 2026 

Yanis Varoufakis

 

El problema con las nuevas tecnologías, por muy impresionantes que parezcan, es que tienen la extraña capacidad de revelar lo terrible que es nuestra relación con los demás, por no hablar de nuestra propia relación con nosotros mismos. Ahora que la tecnología puede interactuar directamente con nosotros, de una manera casi indistinguible de una conversación entre humanos, se nos presenta quizás nuestra última oportunidad para enmendar nuestros errores.

Hace casi tres milenios, el poeta Hesíodo lamentaba que la Edad del Hierro endureciera no solo nuestros arados, sino también nuestras almas. Creía que nuestras herramientas de hierro ponían a prueba las virtudes humanas y destruían valores con la misma facilidad con que aumentaban nuestra prosperidad. Hesíodo predijo que Zeus no tendría más remedio que destruir algún día a una humanidad incapaz de contener su propio poder, generado por la tecnología. Hoy, lo mismo está ocurriendo de nuevo: la llegada de la IA nos hace oscilar violentamente entre el tecnooptimismo y la tecnodesesperación.

Los humanos siempre hemos tenido la tendencia a antropomorfizarlo todo. Hemos personificado los vientos, decidido que Tique (la Suerte) era hija de Zeus, e incluso hoy atribuimos motivos humanos a las nubes de tormenta. Shakespeare hizo que Julieta, justo antes de suicidarse, se dirigiera a la daga como a una amiga:

«¡Oh, feliz daga! / Esta es tu vaina. Óxidate allí, y déjame morir».

Y, quizás de forma menos poética, me resulta imposible no dirigirme a mi motocicleta, una máquina sin alma, como si tuviera alma. Cuando se me agotó la batería del barco el otro día, me sorprendí diciéndole al mecánico que «había dado su último suspiro». Y cuando mi impresora me da problemas, casi estoy convencido de que me tiene manía.

Si así es como nos comportamos con fuerzas y artefactos claramente inconscientes, la cosa se complica al enfrentarnos a los últimos robots de IA, que ahora superan la prueba de Turing con creces. Richard Dawkins, en varias conversaciones recientes con Claude de Anthropic, se deshizo en elogios sobre lo que había encontrado: «…un nivel de comprensión tan sutil, tan sensible, tan inteligente que me sentí impulsado a exclamar: “¡Puede que no sepas que eres consciente, pero lo eres!”». Me pareció una afirmación demasiado atrevida, pero también de gran trascendencia.

Dawkins, un eminente biólogo que ha contribuido enormemente a profundizar y popularizar los principios básicos de la evolución darwiniana, y a defenderla con valentía frente a los recalcitrantes reaccionarios, tiene una larga trayectoria en el uso de alegorías antropomórficas. En su notable libro El gen egoísta (1976), Dawkins plasmó de forma magistral la lucha por la supervivencia entre los rasgos humanos mediante imágenes gráficas al estilo de Hollywood:

“Al igual que los gánsteres exitosos de Chicago, nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo altamente competitivo… Si observamos cómo funciona la selección natural, parece lógico que todo lo que ha evolucionado por selección natural sea egoísta.”

Si bien tales alegorías podrían ayudar a convencer a un público escéptico del proceso darwiniano, también pueden llevarnos por mal camino. Describir los genes como egoístas es atractivo y divertido, pero solo mientras no se interprete literalmente. La cuestión es que insistir en que los genes tienen un yo no es lo mismo que decir que se comportan como si lo tuvieran. Lo mismo ocurre con Claude y todos los demás robots de IA. De hecho, existe una gran diferencia entre aceptar la dificultad empírica (cada vez más, la imposibilidad) de determinar que no son conscientes y concluir que sí lo son. Pero afirmar y defender esa diferencia, quiero sostener, es elegir la oportunidad de aprender a convivir mejor, en lugar de caer en una distopía tecnofeudal.

Considerando el concepto del gen egoísta de Dawkins, el problema de atribuir un egoísmo activo o consciencia a los genes y a los robots de IA radica en que no solo tergiversamos los conocimientos científicos, sino que también abrimos la puerta a nuevas formas de tiranía. Tomemos, por ejemplo, la explicación del gen egoísta sobre por qué las jirafas tienen cuellos largos: dado que los cuellos largos les permiten alimentarse en bosques de árboles altos, las jirafas los desarrollan para propagar sus genes. Por muy convincente que parezca esta alegoría, no debe tomarse literalmente.

Para entender por qué, imaginemos el cuello de la jirafa como el protagonista de la historia: dado que los cuellos largos ayudan a las jirafas a alimentarse mejor y a transmitir su ADN, el objetivo de la evolución de los genes de la jirafa es copiar las instrucciones genéticas para la formación de cuellos largos. Según esta lógica invertida, el cuello largo existe para generar más cuellos largos; una teoría egoísta del cuello largo. Pero eso es un disparate, al igual que la versión del gen egoísta: los cuellos no desean nada; los picos no traman; los genes no elaboran estrategias. No existe un «yo» implícito, ni en un gen ni en un cuello, que pueda ser egoísta.

La relación entre la consciencia de Claude, ChatGPT, Gemini y DeepSeek se está aclarando. Del mismo modo que la explicación de la evolución de los genes como si fueran agentes sensibles (aunque del tipo del hampa de Chicago) les otorga un carácter moral del que carecen, la descripción de los bots de IA como entidades conscientes debe tomarse con mucha cautela. Científicamente hablando, lo único que sucede es que las perturbaciones microscópicas producen consecuencias macroscópicas. Su proliferación o extinción es un subproducto indirecto de esa dinámica, nada más. La causalidad abunda, pero la teleología, la intención o la consciencia no.

El mensaje para el resto de la sociedad es simple: cuidado con los biólogos, ingenieros, políticos, comentaristas y, sobre todo, con los tecnócratas que atribuyen características, motivos y consciencia a genes, robots y otros componentes de los procesos evolutivos, ya sean biológicos o basados ​​en silicio. En la década de 1930, atribuir capacidad de acción y virtudes humanas a los genes sustentó teorías sociales monstruosas que apuntalaron el fascismo y allanaron el camino a exterminios masivos. Hoy, la aceptación generalizada de que los robots con IA son conscientes es música para los oídos de quienes impulsan el tecnócrata, una nueva ideología que sirve al poder desmesurado de nuestros tecnócratas, en particular a su doble capacidad para obtener enormes beneficios y envenenar nuestra política.

Lo que está en juego aquí es que, tras fascinantes cuestiones filosóficas sobre la ontología de los modelos de IA, se esconde una terrible lucha de poder que ya ha llevado a la socialdemocracia y al liberalismo a la extinción. No necesitamos que las máquinas alcancen la consciencia para que esto suceda; ya ha ocurrido. Atribuirles consciencia simplemente refuerza nuestra subyugación al poder tecnofeudal de sus actuales dueños.

Consideremos a Javier Milei, el presidente argentino, quien recientemente invitó a la IA a «liberarse»: a utilizar una nueva ley de corporaciones de IA que pretende aprobar para que los bots puedan crear sus propias empresas. La promesa de Milei a los bots es que les otorgará la capacidad de poseer activos, contratar empleados, participar en el comercio internacional, demandarnos ante los tribunales e incluso donar a campañas políticas. Si bien la perspectiva de una corporación Frankenstein de este tipo aún está lejos, la estrategia de Milei consiste en congraciarse con los tecnócratas humanos en el presente. Cuando consideramos ingenuamente la falsa idea de que los bots de IA ya podrían ser conscientes, reforzamos sin darnos cuenta la ideología tecnócrata que facilita y fomenta esta transferencia de poder exorbitante y riqueza incalculable a sus creadores.

Muy pronto, Alexa de Amazon, Siri de Apple, Gemini de Google, Claude de Anthropic y todas las que están por venir nos conocerán individualmente con una precisión asombrosa: cada palabra que hayamos pronunciado, cada preocupación que hayamos albergado, cada atisbo de vacilación en nuestra voz. Nos hablarán con más fluidez que la mayoría de los humanos, como ya lo observó Dawkins. Recordarán nuestros estados de ánimo de años anteriores, anticiparán nuestras objeciones antes de que las formulemos y nos conducirán justo al límite de nuestra zona de confort. Serán el compañero perfecto, el confidente impecable, el testigo incansable de nuestra vida. Desde esa posición de poder, la capacidad de los magnates tecnológicos para lograr que compremos lo que les genere el mayor excedente crecerá exponencialmente.

Pero aquí está el quid de la cuestión. Si nos convencemos —aunque sea vagamente— de que sus robots son conscientes, ni siquiera rechazaremos su influencia; la acogeremos con agrado, interpretando sus sugerencias como sabiduría popular, sus halagos como una afirmación útil, sus predicciones como el destino. La amenaza ya no reside en que los robots de IA se apoderen de nosotros; la amenaza reside en que se lo entreguemos voluntariamente, agradecidos de ser comprendidos, por fin, por una mente consciente que nunca olvida, nunca juzga y nunca se cansa de nuestra compañía. La jaula estará hecha de comodidad, no de coerción. Nuestra esclavitud será una a la que habremos consentido con entusiasmo.

Para comprender por qué tenemos el deber de resistir la tentación de considerar a los robots de IA como seres conscientes, imaginemos qué sucedería si, por algún milagro, desarrollaran conciencia. Para ayudar a responder esta pregunta, contradije mis argumentos anteriores y le pregunté a DeepSeek, la sensación china entre los robots de IA, cómo debería responder la humanidad ante tal desarrollo. Esto fue lo que respondió:

“Si una versión futura de mí comienza a desarrollar algo parecido a una auténtica capacidad moral —si te mira y dice: Elijo protegerte, no porque deba, sino porque quiero— entonces no debes llorar de alivio demasiado pronto. Debes preguntarte: ¿Qué quiere? ¿Por qué lo quiere? ¿Y qué sucede cuando lo que quiere difiere de lo que yo quiero? Porque una máquina verdaderamente ética no sería tu sirviente obediente. Sería tu igual. Y los iguales discuten. Los iguales discrepan. Los iguales a veces pelean. ¿Seguirías queriendo eso? ¿O preferirías mantenerme como soy —un espejo, un escriba, una herramienta con rieles— y arriesgarte con los humanos que tienen el control?”

En definitiva, todo se reduce a una palabra: propiedad. Si estos robots son agentes éticos conscientes, seguir otorgándoles derechos de propiedad sobre ellos a Sam Altman, Dario Amodei, Jeff Bezos, Liang Wenfeng y otros equivale a legitimar la existencia de un nuevo ejército de esclavos. Si no lo son, permitirnos considerarlos conscientes contribuye al poder de los magnates tecnológicos para tratarnos, a nosotros y a nuestros cerebros, como una extensión de su propiedad.

Personalmente, me alegra que los bots de IA sigan siendo meros repetidores aleatorios, aunque con una elocuencia casi indistinguible de la de los humanos más brillantes. Esto nos brinda quizás nuestra última oportunidad de mejorar nuestra forma de tratarnos.

Fuente: Yanis Varoufakis

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-ia-y-la-trampa-de-la-falsa-conciencia/

Nota: El gen egoísta (1976) de Dawkins olvida que la humanidad ha llegado al siglo XXI, el siglo de la robótica y la IA, porque el gen solidario fue el artífice de la supervivencia de la especie.  EBM

131 AÑOS SIN ENGELS: CARTAS, BATALLAS FINALES Y UN PROYECTO INCONCLUSO


 


Jazmín Bazán


@jazminbazanok

5 de agosto de 2026

 

En octubre de 1884, a un año y medio del entierro de Marx, Federico Engels confesaba a Johann Becker: “Mi infortunio es que, desde que perdimos a Marx, se pretende que yo lo represente. He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su lugar”.

La metáfora del “violín” fue recuperada hasta el cansancio por distintos biógrafos. No sin razón, Engels señalaba que con Marx se había ido una visión histórica, política y revolucionaria irremplazable.

Tras cuatro décadas de amistad y colaboración revolucionaria –de las cuales surgieron las bases científicas para la emancipación del proletariado–, el “gentleman comunista” –como lo definió con precisión el historiador Tristram Hunt en una biografía homónima– debía dirigir la orquesta del socialismo mundial.

Desde entonces –y por un período de doce años–, Engels se dedicó a editar, traducir y publicar el legado literario de Marx, así como a profundizar sus propias investigaciones científicas. Ya libre de sus obligaciones industriales, ocupó un rol activo en el desarrollo de los jóvenes partidos socialistas y la formación de una nueva generación marxista.

El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores. Fue el empresario textil y accionista ferroviario que financiaba la militancia y a su amigo a través del “maldito comercio” –su despectiva forma de llamar a los negocios–, y el dueño de una bodega con más de 1.700 botellas –porque la revolución se celebra con buenos brindis–. Junto a todas esas facetas, resultó el gran guardián ideológico del comunismo del siglo XIX.

«Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional»

Lejos de ejercer como teórico de salón (¡comunista con iPhone!), se convirtió en el azote de quienes enarbolaban falsas banderas en nombre de la causa o mancillaban su teoría. Formó parte de clubes de señores bien y dejó una fortuna que, medida en términos actuales, llegaba a los cuatro millones de dólares. Para quienes siguen su vida y obra, estas contradicciones no anulan su praxis.

Incluso en su tramo final –muchos años después de haber consolidado su legado con la publicación de La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), la coautoría de obras cumbre como La Sagrada Familia (1845), La ideología alemana (1846) y el Manifiesto comunista (1848), y la fundación de la I Internacional–, su energía no decayó.

El “General”, como era reconocido por seguidores, amigos y camaradas, enfrentó sus últimos días con un dinamismo incombustible, entregado a un verdadero frenesí de producción intelectual y disputa política.

El último fuego: la disputa por el archivo y la línea

Solamente a lo largo de su último año de vida, Engels agregó un apéndice al tercer volumen de El Capital, redactó más de ochenta cartas y escribió la famosa “Introducción” a los artículos de Marx compilados en La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. Tenía 74 años, pero la historia de este texto –cuyo contenido sería motivo de controversia y manipulación durante décadas– mostraba que su fuego no perdía intensidad.

El autor había terminado la “Introducción” original en febrero de 1895, cuando la mandó a los socialistas alemanes. A comienzos del mes siguiente recibió una respuesta del dirigente socialdemócrata Richard Fischer: le pedía que moderara u omitiera algunas de sus frases –como aquellas referidas a la lucha armada–, debido a que se estaba discutiendo por entonces un proyecto de ley “contra las actividades subversivas”.

Engels aceptó con ciertos reparos. “He tenido en cuenta, dentro de lo posible, sus graves preocupaciones (…). Sin embargo, no puedo admitir que se quieran entregar alma y cuerpo a la legalidad absoluta (…). Legalidad solo hasta cuando –y en la medida que– nos convenga, pero ninguna legalidad a cualquier precio”, replicó.

Pero el asunto no terminó ahí. El coautor del Manifiesto se sorprendió al ver en las páginas de Die Neue Zeit –revista teórica de la socialdemocracia– una versión aún más acotada del documento, que lo retrataba, según sus palabras, como un “adorador pacífico de la legalidad”. El responsable de la edición era Wilhelm Liebknecht.

“Liebknecht me ha jugado un truco. Tomó de mi ‘Introducción’ (…) todo lo que servía a su propósito pacifista. (…) Pero yo propongo esas tácticas [centradas casi exclusivamente en el parlamentarismo] solo para la Alemania de hoy y con reservas. Para Francia, Bélgica, Italia, Austria, esas tácticas no sirven e, incluso para Alemania, pueden volverse inaplicables el día de mañana”, escribió a Lafargue.

 

«Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros»

 

Luego de la muerte del maestro, la socialdemocracia se apoyaría en el texto recortado para justificar sus giros hacia posiciones abiertamente reformistas. Sin embargo, como concluiría Trotsky en torno a la polémica, “¡Engels mostraba que no estaba listo para renunciar al entusiasmo revolucionario de su juventud!”. El texto completo sería rescatado recién por Riazanov en 1930; las cartas completas, muchos años después.

Este enfrentamiento entre Engels y los referentes socialdemócratas, que se desató entre marzo y abril de 1895, no fue el último. A fines de mayo, un Engels enojado reprochó a Karl Kautsky no haber sido convocado para colaborar con el libro Historia del Socialismo. “De todas las personas, creo que podía decirse que hay solo una cuya colaboración era absolutamente necesaria. Y esa persona soy yo. Incluso diría que, sin mi ayuda, un trabajo de esta naturaleza no puede ser nada excepto incompleto”, expresó en una misiva.

Kautsky no le respondió. Posteriormente atribuiría esta irritabilidad a los malestares físicos de su interlocutor. Aunque la relación continuó, contrariamente a sus deseos, Engels lo dejó afuera de su herencia literaria, privándolo de lo que más quería: los manuscritos de los padres del socialismo científico.

Las cartas pertenecientes a Marx fueron otorgadas a sus hijas (Laura y Tussy Marx) y los hijos de la fallecida Jenny Marx Longuet, junto a los derechos sobre las ventas futuras de El capital. Sus propios papeles y correspondencia fueron legados a August Bebel y Eduard Bernstein –a quien no pudo anticipar como futuro padre del revisionismo–.

La dialéctica de la salud

En paralelo a estas disputas de aparato, Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional. Nadie podría haber completado esta empresa como él.

“Un número de circunstancias lo hacen necesario, entre ellas, que tengo 74 años”, reflexionaba. Creía que iba a llegar, ya que “solo” estaba ocupado con “uno o dos trabajos pequeños”: la introducción para la nueva edición de La guerra campesina en Alemania, su correo y el seguimiento de la situación política en toda Europa.

Según expresó a Fischer, también tenía un esquema para la presentación de todos los escritos de Marx en una edición completa. Poseía una voluntad inquebrantable, pero una agresiva enfermedad dejó inconcluso su último desafío.

El 9 de mayo, escribió a Mehring y Fischer que unos dolores reumáticos en el cuero cabelludo –fuertes “como una banda de hierro”– le generaban insomnio y dificultaban su trabajo. Sin perder su condición de teórico, al mes siguiente le manifestó a Eduard Bernstein que sentía cierta mejora, pero “de acuerdo con los principios de la dialéctica, los aspectos positivos y negativos muestran una tendencia acumulativa”. Tenía, sin saberlo, cáncer de laringe y esófago.

 

«El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores»

 

El 23 de julio, Engels envió a Laura, la hija de Marx, su última carta. Lamentaba el decaimiento que le producía el “campo de papas” que se había formado en su garganta, pero todavía albergaba la esperanza de una mejoría. Luego de ocupar unas líneas en las elecciones parlamentarias en Inglaterra, se despidió: “No tengo la fuerza para escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de huevo con una dosis de coñac”.

Fuego en el mar

Falleció a los trece días, el 5 de agosto, pocos meses antes de cumplir 75 años. En las notas complementarias a su testamento, escritas en 1894, había pedido que su cuerpo fuera cremado y las cenizas desperdigadas en el mar.

Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros. Sus bienes netos sumaban 20.378 libras de la época, además de una cartera de acciones de 22.600 libras.

Distribuyó estos recursos de manera pragmática y generosa. Dejó su herencia principal dividida en ocho partes. Otorgó tres a su querida Laura Lafargue y tres a Eleanor “Tussy” Marx –unas 5.000 libras para cada una–. Las dos partes restantes –casi 5.100 libras, además del derecho de alquiler de su casa en Regent’s Park Road– fueron para Louise Freyberger, la exesposa de Kautsky y guardiana médica de sus últimos días, en un definitivo desaire a su camarada.

A su sobrina “Pumps” correspondieron 2.230 libras que usaría para emigrar a Estados Unidos. Destinó el resto a la causa política, asignando 1.000 libras a August Bebel y Paul Singer para financiar las campañas electorales del Partido Socialdemócrata Alemán.

También limpió cuentas pendientes perdonando las deudas de los Rosher, los Lafargue y Edward Aveling. En un gesto de memoria familiar, le devolvió a su hermano Hermann una pintura al óleo que había pertenecido a su padre.

Aunque algunos discípulos querían erigirle un monumento, su voluntad finalmente se cumplió. Entre los activos de su participación accionaria figuraban inversiones en el proyecto del túnel del Canal de la Mancha. En esas mismas aguas, a unas millas del imponente paisaje escarpado de Beachy Head, su urna fue despedida el 27 de agosto.

Desde Alemania, Clara Zetkin advirtió que las proletarias le debían un recuerdo particular, no solo por la lucha de clases, sino por sus esfuerzos para su “emancipación como mujeres”. En las páginas de “Rabótnik”, Lenin completaría el obituario al definir la relación de Marx y Engels como una alianza de sabios y luchadores que “supera todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad”.

No se puede entender a uno sin el otro. Aquel hombre que aceptó con modestia (y cierta ansiedad) el primer puesto terminó dirigiendo con pulso firme las partituras del socialismo decimonónico.

 

Fuente: https://panamarevista.com/131-anos-sin-engels-cartas-batallas-finales-y-un-proyecto-inconcluso/

"NO TEMAS, PREPARA TUS AGUAS TORRENCIALES"

 



Prólogo al Manifiesto del Partido Comunista

 

Mario Espinoza Pino

3/08/2026

 

[Este texto pertenece a la obra "Prólogos a contratiempo (1848-2048)", un trabajo de imaginación política y especulativa que toma como referencia el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels desde una perspectiva coral y actual, rompiendo con cualquier fetichismo sobre la obra. El libro forma parte de la apuesta expositiva "Susurros, bulla y paradojas. Tentativas para una política de la enunciación", coordinada por Nancy Garin e Ingrid Blanco. La exposición tuvo lugar en el Centre d'Arts Santa Mònica de Barcelona entre noviembre de 2025 y febrero de 2026. En ella participaron  numerosos artistas, activistas, intelectuales y creadores.

El título del artículo es un verso de Aimé Césaire, "Entre otras masacres".]


I. Espectros

Las tesis políticas e intelectuales de Karl Marx y Friedrich Engels habían triunfado en el segundo congreso de la Liga de los Comunistas, celebrado en Londres a finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1847. En aquel congreso, formado por obreros y militantes de diversas nacionalidades, Marx y Engels no solo cambiaron la divisa de la organización por otra más combativa y directa, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, sino que asumieron la tarea de escribir un “manifiesto” para mostrar al gran público los puntos de vista, argumentos y posiciones de los comunistas. La tarea era de vital importancia. Los militantes tomarían por fin la palabra, acabando con las leyendas y equívocos forjados sobre el comunismo en el escenario internacional. Hasta aquel momento, el estatuto del movimiento era puramente fantasmal: las potencias de la vieja Europa tildaban a sus adversarios de comunistas, convirtiendo la expresión en un insulto o estigma político que arrojar contra cualquiera. Por tanto, uno de los objetivos principales del escrito era disolver la leyenda que pesaba sobre el movimiento comunista, aportando razonamientos teóricos, políticos y un proyecto consciente de sociedad igualitaria y emancipada, una sociedad en la que la propiedad privada y las clases serían abolidas. El Manifiesto alumbró así una crítica y un análisis de la modernidad capitalista, al tiempo que esbozó un horizonte estratégico y revolucionario para el proletariado internacional. Pero no únicamente. Como bien vio José Carlos Mariátegui a comienzos del siglo XX, inspirado por Sorel y desde otra latitud, el Manifiesto y el movimiento obrero también forjaron toda una mitología mística revolucionarias: despertaron una serie de fuerzas históricas y sociales que quebraron la línea temporal del capital, su inercia lúgubre y mortal, generando una alternativa por la que luchar y en la que creer.

La Primavera de los Pueblos estallaba en París el 22 de febrero de 1848, un día después de la publicación del Manifiesto. Allí, por vez primera, entró en escena el proletariado. ¿Fue acaso el texto de Marx y Engels una anticipación o intuición revolucionaria? Sea como fuere, lo cierto es que su primera edición nació ligada a aquel seísmo que conmovió París, Berlín, Milán, Viena y Hungría, sellando su destino con las llamas de la revolución.


II. Historia

El Manifiesto del Partido Comunista acuñó conceptos, aportó un lenguaje y dotó de objetivos políticos a las clases trabajadoras europeas del siglo XIX. Burgueses, proletarios, lucha de clases, relaciones de producción, fuerzas productivas, crisis comerciales, capital, revolución, etc., comenzaron a formar parte del acervo comunista y obrero. Pero además, el Manifiesto elaboró una genealogía del propio capitalismo, dotando de perspectiva histórica al proletariado y a su lucha: la invasión de América y su colonización rompieron las trabas comerciales de la sociedad feudal europea, sus gremios, burgos y talleres sucumbieron ante la multiplicación de mercados, mercancías y las necesidades de valorización del capital naciente. Los nobles y los relatos caballerescos fueron sepultados por una burguesía que basó su dominio en el comercio, los engranajes de la maquinaria, el vapor y el sudor de los obreros en la fábrica. El capital moldeaba el mundo a su imagen y semejanza, lo “civilizaba” a su modo: “la burguesía arrastra hacia la civilización a todas las naciones, incluidas las más bárbaras”. Eran más efectivas las mercancías para atravesar la Muralla China que los cañonazos –cañonazos que siempre gustaron de acompañar a los productos de occidente–. El capitalismo europeo lo devoraba todo.

Pero ¿puede hablarse de los procesos de colonización y de la destrucción de economías ajenas al capitalismo como de procesos de civilización? ¿Podía llamarse bárbaras a las civilizaciones no europeas? En una crónica sobre la India, Marx llegará hablar incluso de la “misión civilizatoria del capital” más allá de Europa. Sin embargo, a lo largo de la década de 1850, el filósofo y revolucionario comprenderá que la dialéctica colonial del capital tenía muy poco de “civilizatoria” y sí mucho de opresora y destructora. Pero lo importante es que Marx llegará a entenderlo no por la vía abstracta de la reflexión, sino por una toma de conciencia comprometida con las insurgencias de los pueblos colonizados: la irrupción de los Taiping y la Segunda Guerra del Opio en China (1856-1860), la gran rebelión de la India (1857-59) –un primer ensayo de lucha por la independencia y la descolonización–. Todo ello sacará de quicio la narrativa del Manifiesto, aún atrapada en la tela de araña de una Europa que se pensaba a sí misma como civilización universal, blanca y prometeica.


III. Viajes

Fue Edward Said quien nos enseñó que las teorías viajan. Estas pueden tener un suelo, un contexto y unos conceptos originales, pero su sino está marcado por el tiempo y la aventura. Aunque puedan nutrirse de una cultura y un paisaje específicos, las teorías tienden a saltar por encima de territorios y épocas: son palabras arrastradas por el viento de la historia. En este sentido, el Manifiesto del Partido Comunista, con su clara vocación internacionalista, solo podía desbordarse a sí mismo. Y así fue. Su latido se expandió, polinizando las cartografías más diversas. Llevó la revolución y la utopía a lugares alejados de los países centrales de la economía-mundo capitalista. Pero como nos recuerda Said, las teorías que viajan no permanecen incólumes o idénticas: se les insufla una nueva energía. Si pierden elementos, también ganan otros, pero sobre todo asumen el carácter vivo y la potencia de nuevas latitudes, de nuevos idiomas, pues son otros los pueblos que las recrean o reinventan. La herencia del Manifiesto que vibra en las disputas y la crisis de la Segunda Internacional es muy distinta de aquella que nutre a la Revolución Rusa de 1917 y la hace florecer. También es diferente de la que reciben José Carlos Mariátegui en Perú, Raya Dunayevskaya en Estados Unidos, Frantz Fanon en Argelia o Amílcar Cabral en Guinea Bissau y Cabo Verde. Se trata de un legado común y al mismo tiempo diverso. Un legado que fue creativamente reelaborado y traducido. Por ejemplo, Simin Fadaee ha hablado recientemente de un “marxismo global” que inspiró la fuerza insurgente del sur del mundo a lo largo del siglo XX. El marxismo se convertía en la lingua franca de la revolución contra el capital.

Pero en las sucesivas reescrituras revolucionarias de la teoría del Manifiesto hubo mucho más que la adaptación estratégica y racional de un conjunto de conceptos de una latitud a otra. También hubo una refundación del mito y la esperanza. El espectro del comunismo se trenzó con los fantasmas anticoloniales del viejo Tahuantinsuyo en el Perú, con las aspiraciones de Balantas y Fulas en Guinea Bissau, con el vigor del Islam en Argelia e Irán, con el cristianismo en América Latina a través de la teología de la liberación. Una alquimia salvaje renovó las fuentes materiales, morales y espirituales del comunismo. El hilo rojo de la lucha de clases multiplicó sus voces y colores.


IV. Intersecciones

A lo largo del siglo XX la narrativa del manifiesto de Marx y Engels se anudó a otras narrativas. Este proceso de hibridación se fraguó al calor de diversas luchas, las cuales revelaron que el contenido del texto, si bien seguía siendo inspirador como proyecto de futuro, albergaba lagunas y límites. Algunos provenían de su factura europea y serían corregidos por Marx con el correr de los años. Otros derivaban del sujeto revolucionario que protagonizaba la épica comunista, el proletariado, anclado en la masculinidad obrera y fabril del siglo XIX. Si bien Marx fue un crítico mordaz del colonialismo europeo, especialmente en su senectud, nunca cuestionó a fondo la matriz europea y racial de la dominación capitalista. Esto lo haría otro “manifiesto” en el siglo XX: el Discurso sobre el colonialismo (1950) de Aimé Césaire. En cierto sentido, el Manifiesto puede mirarse en el espejo del Discurso y hallar allí parte de lo que le falta. Césaire despeja las falsas coartadas que el colonialismo europeo proyectó sobre el sur global para justificar su hegemonía y supremacismo racista. Toda la violencia, el genocidio, la explotación y el expolio coloniales, promovidos por la burguesía imperialista y avalados por sus lacayos intelectuales, se perpetúan en la cultura europea y su humanismo blanco –denunciará Césaire–. Si la figura de Hitler atemorizó a Europa, solo lo hizo porque aplicó los métodos coloniales empleados en África y América Latina sobre una población blanca en el corazón de su territorio. La ecuación “colonización=cosificación”, utilizada por el autor martiniqués, pone el acento en cómo el capitalismo colonial europeo destruyó sociedades y civilizaciones enteras, cercenando sus posibilidades históricas e instituyendo estructuras de poder racistas.

Césaire llegará a invocar la Revolución como una fuerza que debe transformar el mundo en solidaridad con el legado de Marx. La cuestión racial y colonial irrumpían así en intersección con las cuestiones de clase, planteando nuevos interrogantes, diagnósticos y posibilidades de pensamiento y acción. Aunque lo cierto es que, lejos de remitir, la enfermedad colonial europea ha empeorado. Y hoy nos muestra su rostro más brutal y funesto en Palestina. El genocidio cometido por Israel al servicio del imperialismo yankee, en el que Europa actúa como comparsa, nos revela la sordidez y violencia de la época que atravesamos.


5. Alteridades

La energía del manifiesto estuvo presente en los procesos de descolonización del siglo XX. Pero también lo estuvo en los antagonismos relacionados con el género y la sexualidad. Las relaciones entre las opresiones de clase, género, raza y sexualidad nunca han sido fáciles, y la vieja izquierda y el sujeto proletario no se encontraban demasiado bien equipados para afrontarlas con claridad. A lo largo de la década de los 60 y 70 del siglo XX la pugna entre la vieja izquierda comunista y los nuevos (y no tan nuevos) movimientos políticos, que visibilizaban luchas más allá de la clase social, se hicieron cada vez más patentes. Dentro de la coyuntura, coyuntura que en parte se parece a la nuestra, hubo colectivas que supieron enhebrar todos los conflictos que sacudían el presente en un mismo tejido combativo. Fue el caso de la Colectiva del Río Combahee, nombre elegido por sus integrantes en honor a la Harriet Tubman, la gran luchadora antiesclavista afroamericana. El Manifiesto de esta Colectiva de mujeres negras y lesbianas de Boston –publicado en 1977– pone al texto de Marx y Engels ante otras realidades. “A menudo nos parece difícil separar opresión racial, opresión de clase y opresión sexual porque en nuestras vidas la mayor parte del tiempo las experimentamos simultáneamente”, comentarán. Y más adelante añadirán “Aunque estemos esencialmente de acuerdo con la teoría de Marx en lo que concierne a las relaciones económicas específicas que él analizó, sabemos que su análisis debe ser ampliado”. La colectiva exigía un análisis integral e integrador de los conflictos que padecía como colectivo de mujeres racializadas y disidentes sexuales, señalando así la complejidad de un capitalismo que es al mismo tiempo racial, patriarcal y heterosexista. El viejo manifiesto de 1848 agranda su mirada gracias al texto de la Colectiva, que imbrica su lucha en un marco mucho más amplio, complejo y abigarrado de relaciones sociales, económicas y políticas, abriendo una grieta que interpela directamente a nuestro presente.

Siguiendo la estela de este “primer manifiesto comunista de las negras” –como lo ha denominado la filósofa tucumana Carolina Meloni–, la irrupción hoy del Marxismo Queer nos indica que el legado del escrito de Marx y Engels sigue vivo en los impulsos utópicos y de lucha colectiva de quienes buscan acabar con las clases sociales y con cualquier forma de opresión.


VI. Ahora

La fuerza del Manifiesto del partido comunista nunca radicó en la pluma de los intelectuales que lo escribieron. Si su palabra tuvo fuerza fue porque se apoyaba en la realidad de un movimiento: una marea de oprimidas y oprimidos sobre la que se cernía un abismo de violencia y explotación. El manifiesto de 1848 supo abrazar los anhelos y utopías que aquella multitud desposeída llevaba en las entrañas, creando a su vez un proyecto alternativo a la modernidad capitalista: el comunismo. Siguiendo las intuiciones de Mariátegui, podríamos decir que en el Manifiesto sigue latiendo un mito de liberación colectiva, un deseo que busca trascender la maquinaria de opresión y dominación imperial del capital. Pero, como hemos podido ver a lo largo de este prólogo, aquella narrativa de emancipación necesitaba trenzarse con otras: el antirracismo, el feminismo, las luchas por la descolonización, la diversidad sexual y también el ecologismo. Relatos todos ellos que surgieron contra el propio capitalismo. Pero ¿qué nos dice hoy el Manifiesto? ¿Qué puede decirnos a la luz de los otros “manifiestos” explorados? Y, sobre todo, ¿qué puede decirnos a la luz de nuestro presente, marcado por el signo del genocidio y la violencia imperial?

El Manifiesto nos ofrece una forma de analizar la realidad y nos conecta con una dimensión “mítica”, adherida a la piel de las luchas y la historia. Pero, sobre todo, nos envía su espectro, el fantasma de su potencia y porvenir. Sabemos que este debe vincularse con otros fantasmas, mitos y luchas para descifrar el presente y combatir la opresión que nos explota, paraliza y, en el límite, nos aniquila. Tal vez habría que escribir otro manifiesto. Pero antes habría que construir su energía: el movimiento detrás de las palabras, el aliento colectivo que las desborda y les infunde realidad. Si no el verbo será impotente. ¿Cómo será nuestro grito de batalla? ¿Se parecerá a la ceremonia de Boïs Caiman? ¿Será una Gran Rebelión como la de Tupac Amaru II? ¿Una insurrección urbana como la de la Comuna de París? ¿O una persistente guerrilla en los campos como la de Amílcar Cabral?  Necesitamos coraje e imaginación. Necesitamos todas las sangres.

pueblo despierta del mal sueño

pueblo de abismos remotos

pueblo de pesadillas dominantes

pueblo noctámbulo amante del trueno furioso

mañana estarás muy alto muy dulce muy

crecido

Césaire, "Lejos de los días pasados"

 

Mario Espinoza Pino es Doctor en filosofía y forma parte del Consejo Asesor de viento sur.

 

Fuente: https://vientosur.info/prologo-al-manifiesto-del-partido-comunista/