La multitud anima a Adolf Hitler durante el congreso nazi en Nuremberg (Alemania), en 1938.
18/09/2026
Nos
faltaba vigilancia. Sin embargo, estábamos advertidos. Y desde hace mucho
tiempo. “El vientre de donde surgió la bestia inmunda sigue siendo
fértil”: así se tradujo durante mucho tiempo el último verso de La
Ascensión Resistible de Arturo Ui, obra de teatro escrita en 1941 en su
exilio finlandés por Bertolt Brecht (1898-1956). Para
describir la mecánica del advenimiento del nazismo, el dramaturgo alemán
transforma a Adolf Hitler en un gángster de Chicago, un jefe mafioso tan
grotesco como despiadado. “El Arturo Ui”, resumió, “es una
parábola, diseñada con el objetivo de destruir el respeto habitual y peligroso
frente a los grandes asesinos".
La
elección de Brecht de un escenario norteamericano no es inocente. El 31 de
octubre de 1936, en un discurso pronunciado unos días antes de su reelección,
el presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) había atacado a los “viejos
enemigos de la paz” que son “el monopolio industrial y
financiero, la especulación, la banca agusanada”, antes de continuar
así: “Habían comenzado a considerar al gobierno de los Estados Unidos
como un simple apéndice de sus asuntos privados. Ahora sabemos que es tan
peligroso ser gobernado por el dinero organizado como por el crimen
organizado".
Así
que aquí está el vientre fértil, cuya evocación subraya nuestra actual mafiosificación del mundo: este capitalismo
criminal, fuera de la ley, que, para sobrevivir, está dispuesto a tirar a las
ortigas los harapos de las democracias debilitadas y en declive. Pero,
ampliamente popularizada, hasta el punto de convertirse en una expresión común,
esta conocida traducción es algo infiel.
No hay
ninguna “bestia inmunda” en el texto original de Brecht. ¡Porque
esta tierra pútrida sigue siendo fértil! », ofrece la más reciente de
las traducciones francesas, que la hace desaparecer. “El vientre sigue
siendo fértil de donde sale”, sugirió la traducción que la
precedió, en la misma editorial.
Con su
“eso”, pronombre indefinido, esta variante se une al corazón del propósito de
Brecht: este mal político radical no nos es desconocido, no es ni extraño ni
externo. Además, lo sabes muy bien, dice al público en el subtítulo de su
obra: “Este gran atraco que conoces bien".
De la
génesis del desastre
En
resumen, la llegada al poder de fuerzas autoritarias que pisotean los derechos,
amordazan las libertades, discriminan a las minorías y despiden al ideal
democrático, en definitiva, de esos enemigos de la igualdad a los que llamamos
“extrema derecha” y cuyas vestimentas mundiales son infinitamente variadas,
nunca es una fatalidad.
Lejos
de ser una catástrofe impredecible, inimaginable e impensable, es el producto
de un proceso durante el cual, mucho antes de que ocurriera, las indiferencias
y la ceguera, las renuncias y los compromisos, los abandonos y las
capitulaciones, la acompañaron y facilitaron. Este es el significado de ese
“resistible” del título de Arturo Ui, adjetivo al que Brecht
renunciará en la versión del texto posterior a la Segunda Guerra Mundial, ya
que el ascenso había resultado, por desgracia, irresistible.
“Que
las cosas sigan como antes, aquí está la catástrofe”, desliza
en su Libro de Pasajes Walter
Benjamin (1892-1940), ese otro antifascista alemán. Producto
tanto de lucidez como de desesperación, su suicidio en Portbou,
España, el 26 de septiembre de 1940, puso fin trágicamente a su huida de la
Europa nazificada que le permitiría encontrar, en los Estados Unidos, a su
amigo exiliado Theodor W. Adorno (1903-1969) con quien no había dejado de
escribirse.
Es de
este “como antes”, de esta génesis del desastre, de los hábitos y de las
adaptaciones que hacen el juego y la cama a la catástrofe, de lo que nos
habla Le Nouvel
Extremisme de droite, texto
profético de Adorno, de una conferencia pronunciada en 1967 en Viena, Austria,
ahora reeditado por la colección de bolsillo “Champs” de las ediciones
Flammarion, en una traducción de Olivier Mannoni.
“Las
condiciones sociales del fascismo siguen existiendo”, afirma
desde el principio esta figura de la escuela de Frankfurt. Dos décadas después
del colapso del régimen nazi, Adorno se propone desarrollar “la idea de
que las condiciones de existencia de los movimientos fascistas siguen estando
presentes a nivel social, si no a nivel político inmediato”.
Leer
este texto hoy, casi sesenta años después, es tomar la medida de la larga
somnolencia que precedió a la evidencia que, ahora, nos alarma y nos abruma:
esta posibilidad de lo peor de la que el estadounidense Donald Trump, el ruso
Vladimir Putin, el israelí Benyamin Netanyahu, el argentino Javier Milei y
muchos otros son las encarnaciones.
Nos
tranquilizamos demasiado bien. A medida que las generaciones siguientes se
dieron cuenta de ello, la inconmensurabilidad de los crímenes nazis, en primer
lugar el genocidio de los judíos de Europa, se hizo una pantalla, adormilando
nuestra vigilancia. Ante la monstruosidad de la Shoah, el “nunca más” se ha
convertido en un “nada se parece, nada se parecerá a eso”, lo que lleva a una
lectura de la catástrofe por el final, en el olvido, incluso la ignorancia de
lo ordinario que la había hecho acontecer.
Así
desvitalizadas, como si hubieran sido vaciadas de sus mecanismos internos, las
palabras “fascismo” y “nazismo” se han convertido en obstáculos a la lucidez.
Se les conjura oficialmente para que nos cieguen mejor sobre sus renacimientos.
Descarnadas de la época que las contextualiza y las documenta, han acabado
perteneciendo a un pasado congelado cuyas conmemoraciones son tan distantes,
que las encierran en los escaparates de una “historia antigua”, para
retomar la fórmula de Nietzsche en sus Consideraciones
obsoletas.
Un
requisito de similitud sirvió de coartada a la ceguera: si no es del todo lo
mismo, si no hay bandas armadas como las secciones de asalto del partido
nacionalsocialista, esvásticas y saludos nazis, es porque no hay riesgo de
reincidencia.
Y es
así, con la certeza de haber conjurado el peligro epidémico de una nueva peste
parda, que nuestros gobernantes y nuestros medios de comunicación, en las
últimas décadas, se han adaptado a palabras y hechos, ideologías y políticas
-especialmente sobre inmigración y seguridad-, facilitando el camino a los
nuevos fascismos de este siglo XXI cuyo progreso parece, de
nuevo, irresistible.
Rastrear
las señales de un regreso a lo peor
El
fascismo siempre puede volver, en nuevas formas pero con las mismas constantes.
Porque su surgimiento no es ajeno a la incompletitud de las democracias. Porque
no es una agresión externa, sino una descomposición interior. Esto es lo que
Theodor W. Adorno no dejó de martillar hasta su último aliento: murió en 1969,
dos años después de la Conferencia de Viena.
La
generación de supervivientes a la que pertenecía seguía obsesionada por el
colapso alemán que había presenciado y que no había podido evitar. ¿Cómo pudo
surgir la barbarie en el corazón de la civilización? ¿Por qué ningún dique se
había mantenido, hasta permitir el crimen contra la humanidad? ¿Qué resortes
psicológicos han podido facilitar la perdición del hombre en este odio absoluto
al Otro -el judío en este caso-, que es la negación de su propia humanidad?
Estas
preguntas, lejos de despedir el pasado, lo transforman en vigilancia del
presente. Por lo tanto, para Adorno y sus semejantes, era obvio que había que
rastrear las señales, incluso las más débiles, de un regreso de lo peor. Y
rastrearlos en profundidad, mucho más allá de las apariencias.
Es por
eso que se burla aquí de esta “consolación burguesa de orden
quietista” que se tranquiliza por la denuncia de las provocaciones de
grupos neonazis, sin ver que el mal está más enterrado, anclado en la
imperfección de una “democracia que en ninguna parte se ha
materializado real y completamente”, una democracia “que sigue
siendo formal”, “no, hasta la fecha, totalmente a la altura de la idea que
tiene de sí misma”.
“No
quiero abordar el tema de las organizaciones neonazis”,
dijo en otra famosa conferencia, de 1959, recogida en Modelos críticos. Considero
que la supervivencia del nacionalsocialismo dentro de la democracia es
potencialmente más amenazante que la supervivencia de las tendencias fascistas
contra la democracia. Bajo el título "¿Qué significa: repensar el
pasado?", Adorno amartilla, a la atención de un público alemán, su
convicción de que "queremos liberarnos del pasado erróneamente
porque el pasado del que queremos escapar sigue estando muy vivo".
Seguirán
otras tres conferencias que, todas, desarrollan este cuestionamiento: en 1960,
en torno al “deseo autoritario”, como
continuación de una investigación publicada en 1950 en los Estados Unidos
sobre “la personalidad autoritaria”; en 1962,
bajo la forma de un llamamiento “para
combatir el antisemitismo hoy”; y esta, de 1967, buscando identificar “el
nuevo extremismo de derecha”.
Forman
un tríptico coherente, como señala la filósofa Marie-Andrée Ricard, traductora
de la primera de ellas: “A los ojos de Adorno, la personalidad
autoritaria, el extremismo de derecha y la ideología nacionalista,
especialmente la antisemita, son las tres caras principales de una misma plaga
que se llama fascismo, o que tiende al menos hacia este orden antidemocrático
y, por lo tanto, también potencialmente totalitario".
Antes
de estas conferencias con fines pedagógicos y en el punto de partida de las
reflexiones que las inspiran, hay una obra fundacional, coescrita con Max
Horkheimer (1895-1973) durante la guerra, La Dialectica de la razón. Fechada en mayo de 1944, su
introducción la presenta como un "intento de comprender por qué la
humanidad, en lugar de comprometerse en condiciones verdaderamente humanas, se
hundía en una nueva forma de barbarie".
En
contra de las filosofías del progreso, cuyo tiempo lineal no integra las
bifurcaciones regresivas, Horkheimer y Adorno cuestionan la autodestrucción de
la Ilustración, este colapso de la justicia y el derecho donde las democracias
pueden dañarse.
La
primera de las “Notas y bocetos” colocadas en el anexo de este libro pone de
relieve la motivación íntima de los dos autores: una ira nunca apagada contra
todos estos hermosos espíritus, llenos de certezas e instalados en su
comodidad, material o ideológica, que no quisieron ver o, peor aún, que no
temieron el ascenso del nazismo.
Se
titula “Contra los que tienen respuesta a todo”, y comienza así: “La
época hitleriana nos enseñó, entre otras cosas, que es estúpido ser demasiado
inteligente. ¡Cuántos argumentos bien fundados no han presentado los judíos
para demostrar que Hitler tenía pocas posibilidades de tomar el poder en un
momento en que su ascenso ya era tan obvio! Recuerdo una conversación en la que
un economista afirmaba que era imposible poner a toda Alemania en uniforme,
argumentando que los intereses de los cerveceros bávaros se opondrían a ello.
Entonces, otras personas bien informadas afirmaron que el fascismo era
imposible en Occidente. Sin embargo, con su estupidez, estos espíritus malignos
han facilitado la tarea a los bárbaros".
Comprender
lo que nos ha pasado, para resistir mejor
A
menos de un año de una elección presidencial francesa que, en 2027, podría
ofrecer el poder a la extrema derecha, ¿cómo no leer estas líneas sin pensar en
nuestros espíritus malignos contemporáneos que, desde los primeros avances
electorales del Frente Nacional en 1983-1984, no han dejado de relativizar el
peligro?
Cuatro décadas durante las cuales, bajo presidencias de izquierda y derecha, este riesgo fue sucesivamente minimizado, instrumentalizado, valorado, trivializado, enmarcado, frecuentado, ennoblecido... Y después de tres elecciones presidenciales en las que la extrema derecha pasó a la segunda vuelta (en 2002, 2017 y 2022), tiene el viento a favor, y está más que nunca en una posición de fuerza galvanizada por un contexto internacional favorable a los nuevos fascismos.
Pero
nada es inevitable: la historia nunca se escribe de antemano y lo improbable
puede frustrar los escenarios más establecidos. Por lo tanto, es importante
comprender lo que nos ha sucedido colectivamente, para resistir mejor, hacer
frente y suplir con inteligencia nuestras carencias y debilidades. Esta es la
finalidad de este ensayo de Theodor W. Adorno, cuyos diagnósticos son también
profecías.
En
primer lugar, plantea desde el principio, está el capitalismo, su “tendencia
siempre dominante a la concentración del capital”, su carrera infinita
hacia la codicia y la depredación, este “ilimitismo” que siempre ha sido su
marca, en un deseo de explotación sin frenos ni límites de la vida, tanto de
los hombres como de la naturaleza, y este reinado absoluto de la mercancía que
reifica y deshumaniza.
En
1967, cuando el pleno empleo aún reinaba, la revolución digital apenas
tartamudeaba y la inteligencia artificial pertenecía a la ciencia ficción,
Adorno ya ve acechar “el espectro del desempleo tecnológico” y
llegar ese momento en el que “incluso las personas integradas en el
proceso de producción ya se sienten potencialmente superfluas”, en
otras palabras, este tiempo de degradación en el que “se consideran en
realidad como posibles desempleados”.
Cuando
llega a su punto de ruptura, convertido en capitalismo del desastre, ya que su
insaciabilidad lleva a la humanidad a un callejón sin salida, el capital se
encuentra con esta cualidad particular del fascismo de ser, según Adorno, “una
práctica sin concepto”. Con esto quiere decir ser una máquina de
poder, un “poder incondicional”, hábil para captar a las masas
unificándolas en torno a un “léxico del miedo” y una “llamada
a la personalidad autoritaria”. La nueva extrema derecha, tal y como
la entiende Adorno, no necesita una “teoría realmente
constituida”, solo le importa su adaptabilidad a un único objetivo: la
conquista, cueste lo que cueste, sin fe ni ley, del poder.
Mucho
antes de que los discursos de extrema derecha ganaran hegemonía en la batalla
cultural, Adorno predijo que este sería “el ámbito en el que pueden intentar,
y lo intentarán con seguridad, e intentarán aún más desencadenarse”.
Considerando
la propaganda “como el centro, como la cosa misma” del
fascismo, anticipó esta dictadura de las opiniones que, hoy en día, sofoca
lentamente la democracia de la información, deslegitimando las verdades de
hecho en favor de las mentiras que son las supuestas verdades alternativas - de
creencia, convicción, identidad, comunidad, prejuicio, etc.
Mejor
aún, Adorno anticipa el advenimiento -o más bien el regreso, porque ya era una
característica de la modernidad reaccionaria de la década de 1930, documentada
por el historiador Jeffrey Herf- de este
tecnofascismo del que los oligarcas de la Silicon Valley californiana son hoy
los promotores y Elon Musk la figura emblemática.
Evoca
aquí esta “curiosa unidad de sistema de demencia y perfección
tecnológica” que desplegó el nazismo y, en otro lugar, subraya cómo el
fetichismo de la técnica es uno de los rasgos distintivos de la “personalidad
autoritaria”, que la considera como un fin en sí misma, donde el
objetivo buscado justifica todos los medios, sin ningún límite moral, sin
ningún impedimento ético.
“La
cuestión es saber quién manda, eso es todo”: esta réplica de Humpty Dumpty a Alice en Al otro
lado del espejo (1871), la obra de Lewis Carroll, podría resumir el
vínculo que Adorno establece entre la psicología social -la “personalidad
autoritaria”- y la dinámica política -el golpe de fuerza transgresor- en la
génesis ininterrumpida de la extrema derecha.
“Es
soberano quién decide la situación excepcional”, se
hace eco de Carl Schmitt (1888-1985),
ese jurista alemán unido al nazismo que teorizó el estado de excepción en el
que se impone una voluntad sin obstáculos mediante la designación de un enemigo
vital. Una estrategia resumida abruptamente por el estadounidense Curtis Yarvin
en una entrevista con Le Grand
Continent: “Cuando actúas con una autoridad desinhibida,
las cosas se arreglan rápidamente”, confiesa este vaquero de la “Ilustración oscura” trumpista,
conocido por sus comentarios racistas, esclavistas y eugenistas.
La
democracia es el arte y la exigencia de los límites
Por el
contrario, la democracia es el arte y la exigencia de los límites y la
precaución. Estado de derecho, separación de poderes, derecho internacional,
igualdad de derechos sin distinción de nacimiento, apariencia, creencia: estos
principios, tan blandidos como maltratados hoy en día, no dicen otra cosa que
la necesidad de obstaculizar los poderes, impedir sus abusos, proteger a los
individuos, autonomía de la sociedad, respeto de las oposiciones.
Para
derrocarlos, los fascismos siempre encontrarán nuevos chivos expiatorios para
arruinar el ideal que fundamenta este ideal democrático, a saber, la
proclamación, desde el siglo XVIII, de la igualdad natural, motor de todas
las emancipaciones. Caza al inmigrante, al extranjero, al diferente, a las
minorías, en todas las latitudes ya que el origen no protege de nada.
“No
hay hábito particular para este monje”, subraya el historiador
estadounidense Robert O. Paxton en Le Fascisme en action (Seuil, 2004), libro
escrito bajo el impacto de la guerra contra el
terrorismo que, tras el atentado del 11 de septiembre, abrió el camino para el
renacimiento del fascismo estadounidense, del que la presidencia de Trump es la
culminación.
Al
unirse a la alarma visionaria de Theodor W. Adorno, Paxton subraya las “pasiones
movilizadoras” de las acciones fascistas cuya imaginación desafía a
las fuerzas democráticas. Podemos definir el fascismo,
escribe, como una forma de comportamiento marcado por una preocupación
obsesiva por el declive de la sociedad, por su humillación y victimización, por
los cultos compensatorios de la unidad, la energía y la pureza. »
Anticipando
el devastador advenimiento del trumpismo, Paxton recomendó no limitarse a
buscar “réplicas exactas” para descubrir los signos de
advertencia de un nuevo ciclo fascista. Por su parte, los discernía “en
situaciones de parálisis política durante una crisis, en la actitud de los
conservadores en busca de aliados más enérgicos y dispuestos a renunciar a los
procedimientos legales y al respeto de la ley para obtener un apoyo
masivo a través de la demagogia nacionalista y
racista”. “Los fascistas”, resumió, “están cerca del poder cuando
los conservadores comienzan a tomar prestados sus métodos".
Estamos
ahí. Solo una pasión movilizadora contraria podrá hacer retroceder esta sombra
ganadora. Es la conclusión de Adorno la que llama a desplegar “la
fuerza decisiva de la razón”, es decir, reagruparse lo más ampliamente
posible en la defensa de lo esencial. Pero sin ilusiones ni demagogías,
subraya, es decir, “apelando a la verdad realmente no ideológica”.
Frente
a la extrema derecha, nos dice Adorno, no basta con creer que pensamos
políticamente lo correcto. También es necesario hacer converger y esforzarse
por federar todas las buenas voluntades que toman conciencia del riesgo
incurrido, más allá de los matices y divergencias que las atraviesan u oponen.
“La
forma en que evolucionarán las cosas, y la responsabilidad de su evolución,
depende de nosotros en última instancia”, concluye
Adorno. Una conclusión que vuelve a la caída de Arturo Ui:
“Pero
tú, levanta la vista, deja de cotorrear
Aprende a ver y, por fin, actúa".
Somos
nosotros y nosotras los que tenemos que actuar juntos, con la certeza de la
posibilidad de lo peor.
Antiguo director de "Rouge", es fundador y director de
Mediapart, Francia. Este texto es el prefacio de la edición francesa de
bolsillo de "El nuevo extremismo de derechas" de Theodor W. Adorno.
Fuente:
https://www.mediapart.fr/journal/culture-et-idees/080926/presidentielle-2027-affronter-la-possibilite-du-pire
https://www.sinpermiso.info/textos/como-hacer-frente-a-la-peor-de-las-posibilidades-el-fascismo