NO EXISTE USA UNA BREVE INTRODUCCIÓN AL
COLAPSO
Por F.Vighi/M.Siira
Fabio Vighi
julio 14, 2026
https://fabiovighi.substack.com/p/there-is-no-america?
La gramática ideológica del capital
Una escena célebre de Network (1976)
, de Sidney Lumet , cobra mayor relevancia con el paso de las décadas.
Arthur Jensen (Ned Beaty), presidente de una corporación multinacional, convoca
a Howard Beale (Peter Finch), el presentador de televisión cuyo colapso público
lo ha convertido inesperadamente en un defensor de la verdad, y pronuncia el
que quizás sea el monólogo más representativo del cine político del siglo XX Si
bien la Guerra Fría aún enmarca el horizonte de la película, Jensen ya habla
desde dentro del universo ideológico que pronto cristalizaría en la
globalización neoliberal. La suya es la voz del capital mismo, transfigurada en
necesidad histórica e investida de la autoridad de una religión secular.
“¡Usted se ha entrometido
con las fuerzas primordiales de la naturaleza, Mr. Beale, y no lo voy a
permitir! … ¡Los árabes se han llevado miles de millones de dólares de este
país, y ahora deben devolverlos! ¡Es flujo y reflujo, gravedad de marea! ¡Es
equilibrio ecológico! Usted es un viejo que piensa en términos de naciones y
pueblos. No hay naciones. No hay pueblos… Solo hay un sistema holístico de
sistemas, un vasto e inmanente, entrelazado, interactivo, multivariado, dominio
multinacional de dólares… Es el sistema monetario internacional el que
determina la totalidad de la vida en este planeta. Ese es el orden natural de
las cosas hoy. ¡Esa es la estructura atómica, subatómica y galáctica de las
cosas hoy! … Usted se sube a su pequeña pantalla de veintiún pulgadas y aúlla
sobre EEUU y la democracia. No hay USA. No hay democracia. Solo hay IBM, ITT,
AT&T, DuPont, Dow, Union Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo
hoy. ¿De qué cree usted que hablan los rusos en sus consejos de estado? ¿De
Karl Marx? Sacan sus gráficos de programación lineal, teorías de decisión
estadística, soluciones minimax y calculan las probabilidades de precio-costo
de sus transacciones e inversiones, igual que nosotros. Ya no vivimos en un mundo
de naciones e ideologías, Mr. Beale. El mundo es un colegio de corporaciones,
inexorablemente determinado por los inmutables estatutos de los negocios. El
mundo es un negocio, Mr. Beale. Lo ha sido desde que el hombre emergió del
fango. Y nuestros hijos vivirán, Mr. Beale, para ver ese mundo perfecto en el
que no haya guerra ni hambruna, opresión ni brutalidad: una vasta y ecuménica
corporación holding, para la cual todos los hombres trabajarán por un beneficio
común, en la que todos los hombres tendrán acciones, todas las necesidades
estarán cubiertas, todas las ansiedades apaciguadas y todo el aburrimiento
entretenido”
Como todo texto
ideológico, el discurso de Jensen es a la vez verdadero y falso. Refleja la
tendencia histórica del capital a disolver las fronteras políticas y subordinar
los Estados a los imperativos de la acumulación. Y también presenta este
proceso histórico como una ley de la naturaleza, como si el eclipse de la
soberanía democrática por el poder corporativo fuera simplemente el destino.
Este es el genio peculiar de la ideología: revela la realidad precisamente
al mistificar las fuerzas que la producen.
Una
generación después, Killing Them Softly (2012)
de Andrew Dominik retoma precisamente el mismo tema, ahora despojado de la
grandilocuente retórica metafísica que aún anima el discurso de Jensen. La
película termina con Jackie Cogan (Brad Pitt) en un bar, viendo el discurso de
victoria de Barack Obama por televisión. Obama invoca la conocida liturgia del
excepcionalismo estadounidense: «recuperar el sueño americano... que, de
muchos, somos uno». El breve monólogo de
Cogan es devastador por su cinismo:
«Amigo mío, Thomas
Jefferson es un santo estadounidense porque escribió las palabras “Todos los
hombres son creados iguales”, palabras en las que claramente no creía, ya que
permitió que sus propios hijos vivieran en la esclavitud. Era un snob blanco y
rico que estaba harto de pagar impuestos a los británicos. Así que sí, escribió
unas palabras preciosas, incitó a la chusma y murieron por esas palabras
mientras él se sentaba a beber su vino y a acostarse con su esclava. ¿Este tipo
quiere decirme que vivimos en una comunidad? ¡Qué va! Vivo en EEUU, y en EEUU
cada uno se las arregla como puede. USA no es un país. Es solo un negocio.
¡Ahora págame, joder!»
Si
Jensen habla con la voz del capital global, Cogan lo hace con la voz de la
subjetividad neoliberal.El primero anuncia la
disolución de las naciones en el mercado mundial; el segundo, su correlato
subjetivo: la disolución de la solidaridad en el darwinismo social. Entre
ambos, muestran que la trayectoria ideológica del último medio siglo ha
llegado a su fin: la política da paso a la gestión, la ciudadanía a la
competencia, mientras que el vínculo social en sí mismo se reduce a una
transacción
La
arquitectura del poder financiero
Hoy en día, USA sigue
siendo la potencia dominante del mundo porque funciona como la sede política de
un sistema financiero hegemónico global que combina el poder militar con la
infraestructura tecnológica. En este contexto, los políticos son tecnócratas de
nivel gerencial intermedio que toman decisiones cuyas coordenadas estratégicas se
establecen no mediante la deliberación democrática, sino a través de los
imperativos de liquidez, gestión de la deuda y preservación de activos.
El regreso de Trump al
poder es un ejemplo paradigmático de esta situación. Su campaña fue financiada
por una galería de multimillonarios, depredadores corporativos y fondos
soberanos: Elon Musk, Timothy Mellon, Miriam Adelson y una avalancha de
petrodólares del Golfo. No compartían una filosofía coherente, solo un mismo
afán: la reestructuración del Estado estadounidense para su propio
enriquecimiento. Trump nunca fue elegido por su talento político; de hecho,
carece de él. Fue elegido sabiendo que su teatralidad y volatilidad pueden
utilizarse fácilmente como arma. En este sentido, es el líder perfecto para
una transición en la que el espectáculo desenfrenado ha suplantado la
estrategia, y la política se ha convertido en mero espectáculo para un público
de acreedores.
Aquí debemos tener cuidado
de no cometer el error favorito de los liberales: confundir a los títeres con
el titiritero. Sí, los multimillonarios compran políticos —esto no es ninguna
novedad—, pero la podredumbre es mucho más profunda. El verdadero
fundamento del poder financiero estadounidense es el privilegio
exorbitante de los títulos del Tesoro de EEUU como activo de reserva mundial
"libre de riesgo"; una estafa de la que depende todo el orden
posterior a Bretton Woods. La fe —a menudo forzada— en la deuda
estadounidense (la deuda pública actual de EEUU asciende a la cifra récord de
39,4 billones de dólares, con una relación deuda pública/PIB que ronda el 122,6
%) permite a Washington gastar con impunidad, librar guerras, infringir el
derecho internacional sin consecuencias e inflar los activos financieros. Wall
Street, la Reserva Federal y el aparato estatal reciclan dólares en un circuito
autorreforzante de creación de liquidez, inflación de activos, proyección
militar y hegemonía monetaria. Es un ciclo que se alimenta de su propio
impulso, y ¡ay de quien se atreva a cuestionar su sacralidad!
Sin embargo, esta
arquitectura cuidadosamente diseñada muestra ahora signos visibles de tensión.
El aumento de los rendimientos de los bonos del Tesoro (mayores costos de
refinanciamiento), los déficits fiscales persistentes, las iniciativas de
desdolarización y la creciente disposición de las principales potencias
comerciales a liquidar transacciones energéticas fuera del dólar apuntan al
desmoronamiento gradual del orden monetario posterior a 1971, construido sobre
monedas fiduciarias desvinculadas del oro y respaldado por el poderío
financiero estadounidense. Ninguno de estos acontecimientos indica un colapso
inminente de la hegemonía estadounidense. Sin embargo, en conjunto, señalan que
el aparato financiero que sustenta dicha hegemonía ha entrado en un período de
inestabilidad estructural que podría conducir a su implosión.
Es en este contexto que
los conflictos geopolíticos contemporáneos se vuelven comprensibles. No deben
entenderse simplemente como luchas entre estados soberanos que persiguen
intereses nacionales, sino como momentos dentro de una reorganización más amplia
del capital global y del orden monetario que lo ha sustentado durante medio
siglo.
Por lo tanto, el discurso
de Jensen merece ser escuchado nuevamente, pues expresa ideológicamente la
fantasía más profunda y delirante del capitalismo: que la historia ha llegado a
su fin y que el dominio del capital global, con sede en USA, es la lógica
natural, objetiva y eterna del mundo. Pero si Jensen habla con la voz de la
necesidad, nuestra tarea es recuperar la contingencia. Reconocer que lo que se
presenta como la lógica inexorable de las finanzas —una versión secular de lo
que los antiguos llamaban destino— no es otra cosa que la
sedimentación histórica de decisiones políticas, manipulaciones institucionales
y poder de clase.
Riqueza
sin valor
El análisis debe dar un
paso más allá, o se corre el riesgo de confundir la redistribución del poder
con una transformación radical del sistema. Se empieza a creer que una
distribución más equilibrada de la influencia global podría estabilizar el
capitalismo; esta es precisamente la ilusión a la que debemos resistirnos.
La multipolaridad no es, en sí misma, la solución a la globalización
neoliberal. En la medida en que se niega a cuestionar las categorías
fundamentales de la reproducción capitalista, es simplemente la forma ideológica
que el «capitalismo de crisis» adopta en su fase actual.
Para comprender por qué
sucede esto, debemos recuperar una distinción que rara vez se cuestiona y que
la economía contemporánea casi ha olvidado por completo: la distinción entre
riqueza y valor. El capitalismo actual acumula cantidades
extraordinarias de riqueza mientras socava sistemáticamente la producción de
valor. Los activos financieros se multiplican, las bolsas alcanzan
máximos históricos, las valoraciones inmobiliarias se disparan y la deuda
soberana se expande. Medido en términos monetarios (la masa de liquidez en
constante expansión), el mundo nunca ha parecido más rico. Sin embargo, el
valor socioeconómico no es ni dinero ni abundancia material. Es la forma
históricamente específica mediante la cual el trabajo humano se valida
socialmente en condiciones capitalistas. Y la esencia de este valor, que es la
savia del capital mismo, es el trabajo vivo empleado para producir mercancías.
El capital puede
incrementar la riqueza sustituyendo a los trabajadores por maquinaria,
automatización e inteligencia artificial, pero solo genera valor
mediante la explotación del trabajo humano. Las máquinas transfieren
valor; no lo crean. Por lo tanto, cada avance tecnológico fortalece la
capacidad productiva del capitalismo, al tiempo que debilita la relación social
de la que depende la acumulación capitalista. Cuanto más productivo tecnológicamente se
vuelve el capital, menos capaz es de producir valor como sustancia
socioeconómica, lo que condena a las llamadas sociedades del trabajo a una
miseria cada vez mayor.
Esta contradicción se
encuentra en el corazón de la modernidad. Lo que cambió con la revolución
microelectrónica de la década de 1970 fue su escala histórica. Durante gran
parte de la era moderna, la innovación tecnológica desplazó a trabajadores en
un sector mientras creaba empleo en otros. Sin embargo, con el tiempo, la
automatización comenzó a eliminar mano de obra más rápido de lo que los
mercados podían reabsorberla. A partir de ese momento, las finanzas dejaron de
ser simplemente un acompañamiento a la acumulación productiva y se convirtieron
en su sustituto. El crédito, el apalancamiento, la inflación de activos y las
finanzas especulativas dejaron de ser meros excesos del capitalismo. Se convirtieron
en los mecanismos compensatorios —sin duda grotescamente excesivos— mediante
los cuales el capitalismo postergó su encuentro con su propio límite interno.
Las finanzas capitalizan
las expectativas sobre la futura valorización. Estas expectativas, a su vez,
pueden multiplicarse prácticamente hasta el infinito. Cada flujo de ingresos
previsto —alquileres, dividendos, regalías, impuestos, títulos de deuda,
acciones, derivados, contratos de seguros— puede reformularse como activos
financieros y transformarse en riqueza inmediatamente negociable. El resultado
es una montaña cada vez mayor de derechos que se basan en un trabajo que
aún no se ha realizado y que nunca se realizará en la
escala necesaria para saldarlas. El capital ficticio no es riqueza artificial.
Es una apuesta por un valor futuro cuya realización es menos plausible con cada
día que pasa.
Por eso, la crisis actual
no puede entenderse como un nuevo ciclo de deuda ni como una nueva transición
geopolítica. Son síntomas de una patología subyacente que se resume así: El
capital se ha vuelto estructuralmente dependiente de la expansión continua de
derechos ficticios, ya que la producción de valor en sí misma ha entrado en un
declive irreversible. Lo que parece dinamismo financiero es la gestión de
la impotencia ciega y destructiva del sistema. El capital ya no reproduce las
condiciones de su propia expansión socioeconómica; reproduce condiciones
catastróficas para posponer su propio colapso.
La
financiarización de todo
La financiarización es la
extensión de la forma de activo a todos los ámbitos de la existencia. Lo que
importa no es si algo satisface una necesidad social, sino si puede convertirse
en un flujo de ingresos capaz de sustentar una valoración financiera.
Dondequiera que se puedan extraer ingresos predecibles, se puede crear un
activo. Dondequiera que se pueda crear un activo, se puede emitir deuda contra
él. Dondequiera que exista deuda, se pueden construir, negociar y apalancar
nuevos instrumentos. El resultado es una arquitectura de capital ficticio que
se expande por sí misma y cuyo crecimiento depende de la colonización continua
de la vida cotidiana.
La vivienda ofrece el
ejemplo más claro. Antiguamente, un hogar era principalmente un lugar para
vivir, una institución social integrada en las comunidades y la vida familiar.
Hoy funciona cada vez más como un vehículo de inversión. Como vimos en 2008,
las hipotecas se agrupan en valores, se venden en los mercados globales y se
utilizan como garantía en circuitos de especulación mucho más amplios. La
vivienda en sí misma pasa a un segundo plano frente al activo que genera. La tensión persistente entre la función social de la vivienda y el imperativo
financiero de la revalorización no es un efecto secundario desafortunado del
neoliberalismo. Es el principio organizador del capitalismo
hiperfinanciarizado y basado en la deuda. La misma lógica ha
transformado la atención médica. Lo que alguna vez se concibió,
aunque imperfectamente, como un bien público, se ha convertido en un campo de
explotación financiera. Los hospitales son adquiridos por fondos de inversión,
las compañías farmacéuticas se valoran según las expectativas de los
accionistas, los sistemas de seguros se vuelven opacos y el lenguaje de la
atención médica cede ante el lenguaje del retorno de la inversión. Como
deberíamos haber aprendido en 2020, los pacientes se convierten en fuentes de
ingresos y la enfermedad en una clase de activo.
La
educación sigue la misma trayectoria. Las
universidades ya no se centran principalmente en reproducir conocimiento o
cultivar la ciudadanía. Fabrican sujetos endeudados. Los préstamos
estudiantiles se convierten en productos financieros, titulizados y vendidos,
mientras que la educación misma se valora menos por lo que enseña que por los
flujos de ingresos futuros que promete generar. Así, el estudiante ingresa a la
sociedad como portador de una deuda cuyo trabajo futuro ya ha sido parcialmente
apropiado. Lo mismo ocurre en el otro extremo del ciclo vital, cuando las
pensiones se agrupan en instrumentos financieros.
Incluso las rutinas de
consumo más cotidianas se ven absorbidas por esta lógica. Los saldos de las
tarjetas de crédito, los préstamos para automóviles, el financiamiento al
consumo y los préstamos de día de pago se convierten en materia prima para la
titulización. El endeudamiento cotidiano se transforma en valores negociables
que circulan por los mercados financieros, lo que significa que esos mercados
se benefician de la inseguridad social.
La financiarización, por
lo tanto, mercantiliza las relaciones sociales. El hogar, el
cuerpo, la educación, la vejez, la atención, los datos, el comportamiento
futuro previsto: todo se convierte en garantía sobre la cual la riqueza
financiera, acumulada en la cima, puede ser conjurada como por arte de magia.
Cada ámbito de la vida se justifica en su existencia real solo en la medida en
que puede transformarse en un derecho monetario abstracto sobre el futuro.
La
guerra representa la culminación de esta lógica. Si la vivienda, la sanidad y la educación son ahora activos financieros,
la guerra es su expresión más espectacular. Aunque el rearme se presenta a las
masas como la respuesta política a un panorama geopolítico inestable, es, sobre
todo, un enorme evento de liquidez para las finanzas globales. El programa SAFE
(Acción de Seguridad para Europa) de la Unión Europea prevé, por sí solo, hasta
150.000 millones de euros en préstamos comunes para financiar la adquisición de
material de defensa; y los fondos cotizados en bolsa de defensa se encuentran
entre los vehículos de inversión de mayor crecimiento en los mercados europeos.
Esto significa que el gasto militar ya no genera beneficios principalmente a
través de fabricantes de armas o contratos gubernamentales, sino que genera
productos financieros invertibles. La destrucción misma se convierte en una
oportunidad para la diversificación de carteras.
El mercader de la muerte
ha pasado de la planta de producción a la sala de operaciones. Ciudades
bombardeadas, poblaciones desplazadas, infraestructuras destrozadas e incluso
un genocidio que duró 1,000 días desaparecen tras símbolos bursátiles,
derivados, fondos cotizados en bolsa e informes trimestrales de utilidades,
porque lo único que le importa al sujeto deshumanizado de las finanzas es el
balance general. La violencia sufre la misma abstracción que las finanzas
imponen a cualquier otra dimensión de la vida social. La guerra se ha
financiarizado: sus ingresos previstos se capitalizan por adelantado, sus
contratos futuros se descuentan a precios de activos actuales, su destrucción
se transforma en garantía para nuevas rondas de especulación.
Este es el destino final
hacia el que necesariamente se dirige el capital ficticio. Tras agotar la
esfera productiva, se nutre directamente de las condiciones de la reproducción
social. Nada queda al margen de la acumulación. El hogar, la salud, la
educación, la seguridad, la información, el medio ambiente y la violencia
organizada se convierten en momentos intercambiables dentro de la misma lógica
caníbal.
La
gestión catastrófica de la insolvencia sistémica
La Reserva Federal —y, en
general, las instituciones responsables de gestionar los flujos de capital
actuales— se encuentran atrapadas en una contradicción de la que no hay
escapatoria técnica. Se enfrentan a la disyuntiva de elegir entre dos opciones
perjudiciales: 1. Una política monetaria restrictiva (tasas de interés más
altas), que amenaza con recesión, inestabilidad financiera y una deuda pública
y privada cada vez más impagable. 2. Una política monetaria expansiva (tasas de
interés más bajas), que infla los precios de los activos, alimenta la
especulación, erosiona el poder adquisitivo y profundiza la desigualdad social.
Ninguna de las dos opciones resuelve la contradicción subyacente porque ninguna
aborda su causa.
Y este planteamiento
oculta tanto como revela. Cuando los banqueros centrales hablan de inflación,
se refieren a la tasa de aumento de los precios: una abstracción estadística.
Sin embargo, lo que experimenta la gente común no es simplemente inflación,
sino asequibilidad: el nivel real de precios en relación con sus
ingresos. Ambas cosas no son lo mismo. La inflación puede ser moderada mientras
la asequibilidad se desploma, porque los salarios se estancan mientras el costo
de la vivienda, la atención médica, la educación y la energía continúa su
implacable ascenso. La financiarización de la vida cotidiana ha
asegurado que los bienes esenciales para la supervivencia se revaloricen ahora
más rápido que los salarios necesarios para adquirirlos. La obsesión tecnocrática
por controlar la inflación, por lo tanto, pasa completamente por alto el
problema fundamental (y deliberadamente): el problema no es que los precios
suban demasiado rápido, sino que vivir se ha vuelto inasequible para muchos,
mientras que sigue siendo espectacularmente rentable para unos pocos.
Por eso el sistema ha
entrado en su fase histórica terminal. Ya no rige el crecimiento; rige la
imposibilidad de crecer en los términos propios del capitalismo. Cada
intervención es un simple aplazamiento: pospone la crisis en lugar de abordarla
o resolverla. Cada operación de rescate solo traslada la contradicción a un
nivel superior de endeudamiento y dependencia financiera. Lo que se presenta
como una gestión económica prudente es, en realidad, la administración continua
de la insolvencia sistémica.
Aquí podemos ver cómo la
aceleración se convierte en el principio rector. La deuda crece más rápido que
la producción; la liquidez crece más rápido que el valor; la innovación
tecnológica crece más rápido que el empleo. Cada aparente solución intensifica
la contradicción que pretende superar. El próximo recorte de tipos de interés,
cuando llegue, casi con toda seguridad se celebrará como otro exitoso
«aterrizaje suave». Los mercados repuntarán, los analistas elogiarán la
sabiduría de los banqueros centrales y se añadirá otra capa de capital ficticio
a un balance ya de por sí insostenible.
La guerra, en este sentido
ampliado, abarca cada vez más la inflación, la austeridad, el endeudamiento, la
vigilancia permanente, la movilización tecnológica y la financiarización de la
destrucción misma. La coreografía algorítmica de los ataques contra Irán y las
narrativas cuidadosamente elaboradas en torno a Ormuz no son
excepciones, sino el modelo a seguir. El gasto militar, la
infraestructura digital, la inteligencia artificial, la gobernanza de
emergencia y la manipulación financiera conforman ahora un único aparato cuya
función no es tanto resolver crisis como administrarlas.
La guerra, en este sentido
ampliado, es el campo de batalla de la reproducción social. Toda emergencia
legitima nuevos mecanismos de extracción; toda innovación tecnológica amplía
las infraestructuras de vigilancia y control; todo rescate financiero crea
nuevas oportunidades de acumulación. El campo de batalla ya no es solo un
lejano escenario de operaciones. Es también el terreno cotidiano donde se
colonizan, monetizan y explotan las condiciones de vida mismas.
Esto también pone al
descubierto la ilusión ideológica central de nuestro tiempo. Se nos anima cada
vez más a creer que la salvación reside en una configuración geopolítica
diferente: un orden multipolar, monedas digitales, inteligencia artificial o un
nuevo equilibrio entre Oriente y Occidente. Estas transformaciones son reales,
pero en su forma actual no trascienden el horizonte que hemos estado
trazando. Un capitalismo multipolar sigue siendo capitalista. El
dinero digital sigue siendo la expresión monetaria del valor. La inteligencia
artificial no puede reemplazar el trabajo vivo del que, en última instancia,
depende el valor; lo destruye aún más.
El capitalismo no puede
sobrevivir a su actual crisis terminal. La única esperanza que nos queda es que
la catastrófica irracionalidad del sistema, ahora al descubierto ante los ojos
de todos, pueda aún generar una vía de escape: una estrategia de salida de la
misma lógica que nos está devorando. El último obstáculo para esa salida es
nuestro propio apego ilusorio a una constelación que se derrumba.
---------
Fabio Vighi y el capitalismo financiero de los últimos tiempos
Markku Siira julio 16, 2026
https://markkusiira.substack.com/p/fabio-vighi-ja-lopun-ajan-finanssikapitalismi?
En su ensayo, publicado
arriba, Fabio Vighi profundiza en el núcleo del capitalismo contemporáneo,
utilizando inicialmente la novela Network (1976) de Sidney
Lumet y Killing Them
Softly (2012) de Andrew Dominik como ventanas a la
ideología del sistema.
El sermón del ejecutivo
corporativo Arthur Jensen — «no existen las naciones» — y la
cínica declaración del sicario del crimen organizado Jackie Cogan — «EEUU
no es un país, es un negocio» — conforman un diagnóstico: USA no es un
Estado-nación tradicional, sino la sede política y militar del capital
financiero global. Esto no es una conspiración, sino un hecho estructural cuyo
poder ideológico reside en su presentación como una ley natural.
USA combina poder militar,
infraestructura tecnológica y la posición del dólar como principal moneda de
reserva mundial. En esta estructura, los políticos funcionan
principalmente como tecnócratas de nivel medio, cuyas
decisiones se guían por la lógica de la liquidez, la gestión de la deuda y la
preservación de activos. El regreso de Donald Trump a la presidencia es un
claro ejemplo de ello: fue elegido no por sus habilidades políticas — «no
las tiene» — sino porque su imprevisibilidad teatral encaja con una
era en la que «el espectáculo desenfrenado ha eclipsado la estrategia».
Vighi advierte contra la
típica ilusión liberal de confundir marionetas visibles con titiriteros. El
poder real reside en el estatus de «libre de riesgo» de
los bonos del gobierno estadounidense, un «engaño» que
permite finanzas públicas irresponsables, la financiación de guerras y la
expansión de la riqueza financiera. Sin embargo, el sistema muestra crecientes
signos de tensión: aumento de los rendimientos de los bonos, déficits crónicos,
desdolarización y el desplazamiento del comercio energético fuera del dólar. La
hegemonía no se está derrumbando, pero ha entrado en una «fase de
inestabilidad estructural».
Vighi busca una
explicación para este desarrollo en la teoría del valor-trabajo de Marx, según
la cual solo el trabajo humano crea nuevo valor y las máquinas simplemente lo
transfieren. Pero, ¿sigue siendo válida esta concepción de la era industrial en
una economía digitalizada, donde la inteligencia artificial participa en nuevos
procesos de creación de valor? La interpretación de Vighi corre el
riesgo de quedarse anclada en categorías del pasado.
En cualquier caso, el
capitalismo se ha desviado hacia la financiarización. Las finanzas han dejado
de seguir la acumulación productiva y se han convertido en su sustituto. El
capital ficticio —deuda, derivados y flujos de ingresos titulizados— constituye
una creciente montaña de reclamaciones basadas en un trabajo que aún no se ha
realizado y que nunca se realizará a la escala necesaria.
Esta lógica se extiende a
todo: la vivienda se convierte en una inversión, la educación en una carga de
préstamos estudiantiles, la sanidad en un objetivo de explotación financiera.
La guerra es la culminación de la financiarización: un «evento de
liquidez masiva» donde la destrucción genera nuevas oportunidades de
inversión. Vighi cita «la coreografía algorítmica de los
ataques contra Irán y las narrativas cuidadosamente construidas en torno a
Ormuz» como ejemplos de cómo el gasto militar, la infraestructura
digital y la manipulación financiera conforman la maquinaria para la gestión de
crisis.
La
multipolaridad geopolítica no ofrece por sí sola una solución si se mantiene
dentro de las categorías propias del capitalismo.Vighi rechaza «la ilusión de que una influencia global más equilibrada
pueda estabilizar el capitalismo» y afirma que «el capitalismo
multipolar sigue siendo capitalismo».
Las decisiones de los
bancos centrales reflejan un punto muerto: una política monetaria restrictiva
amenaza con una recesión, mientras que una política expansiva infla burbujas.
El debate sobre la inflación ignora el colapso de la asequibilidad: «el
problema no es que los precios suban demasiado rápido, sino que vivir se ha
vuelto inasequible» Cada intervención pospone la crisis, trasladando
el conflicto a un nivel superior.
Vighi no cree que la
salvación se encuentre en la multipolaridad, las monedas digitales o la
inteligencia artificial. Estos cambios no servirán de nada a menos que
nos alejen del capitalismo. La única esperanza, según el académico
italiano, es que la «irracionalidad catastrófica del sistema» cree
una salida a la lógica que está destruyendo los cimientos de la sociedad. El
único obstáculo es el «falso apego de la gente a una constelación en
colapso».
Sin embargo, el análisis
de Vighi no está exento de problemas. Condena el capitalismo, pero
no ofrece ninguna alternativa concreta; la única esperanza es esperar el
desastre. Vighi también ignora modelos existentes, como la economía de
mercado socialista de China. El debate sobre la desaparición del capitalismo
deja abierta la cuestión de qué tipo de orden mundial podría reemplazarlo y
quién lo construiría.
Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/14854/no-existe-usa-una-breve-introducci%C3%83%C2%B3n-al-colapso/