Por Lavinia
Marchetti
Pocas palabras son tan aterradoras como «comunismo». Tan solo
mencionarla tensa la conversación, y quienes la usan son vistos con recelo por
la nostalgia del alambre de púas. Algunos estudiantes de una universidad
canadiense me pidieron un documento donde pudiera explicar breve y claramente
la pregunta: «¿Pero qué pretende realmente el comunismo?». Disfruté del reto,
incluso a riesgo de trivializarlo un poco y simplificarlo demasiado con pocas
distinciones. En Italia, el comunismo tiene su propia historia compleja y llena
de matices, pero rara vez llegamos al fondo del asunto cuando hablamos de él.
Todos nos perdemos (yo incluido) en las obras de los más grandes intelectuales
de los últimos doscientos años, cada uno con su propia versión. Me gustaría
recuperar su significado profundizando en lo concreto, a través de los
pensadores que lo construyeron y perfeccionaron durante casi dos siglos.
Inmediatamente distingo lo que el sentido común mantiene confundido. La teoría
y sus objetivos son una cosa, los regímenes que usurparon su nombre son otra.
Juzgar el comunismo por los gulags
es como juzgar el cristianismo por la Inquisición, con la diferencia de que
nadie pretende descartar la idea de esta última por sus tribunales.
1. LA
EXPLOTACIÓN ES LA NORMA, NO EL ABUSO.
El punto de partida de Marx es un descubrimiento que hoy parece
banal, pero que no lo era en absoluto cuando lo formuló. El beneficio surge de
la propia estructura salarial, y la deshonestidad del empleador individual no
tiene nada que ver con ello, puesto que la regla se aplica incluso al empleador
«bueno». El trabajador produce en un día más valor del que recibe, y ese
excedente, la plusvalía, permanece en manos del propietario de los medios de
producción. El intercambio parece libre y justo, y ahí reside su astucia,
porque la extracción se produce abiertamente, dentro de un contrato firmado.
Hoy, la misma lógica rige al trabajador de almacén cuyo tiempo se calcula
mediante un algoritmo y al repartidor que cobra por entrega. El comunismo
comienza con la negativa a considerar natural esta deducción diaria de la vida
de los demás.
2. NO
QUIEREN TU CEPILLO DE DIENTES.
La confusión más extendida se refiere a la propiedad. El
comunismo apunta a la propiedad privada de los medios de producción, es decir,
las fábricas y la tierra, el capital con el que se emplea al resto de la
humanidad. La casa en la que vives y tus objetos cotidianos pertenecen a otra
esfera, la de los bienes personales, que ningún texto marxista serio ha
intentado jamás reivindicar. Engels lo dejó claro al hablar de los programas de
los partidos. El objetivo es el poder que proviene de poseer aquello de lo que
otros dependen para su sustento. Una cooperativa como Mondragón, en el País
Vasco, donde los trabajadores son dueños de la empresa y eligen a sus
dirigentes, demuestra que el problema sigue vigente.
3. EL
VERDADERO OBJETIVO: RECUPERAR TU YO.
Bajo la superficie de la economía subyace una cuestión más
profunda, formulada por el joven Marx en los manuscritos de 1844. El trabajo
asalariado aliena al hombre del producto que se le escapa y del acto mismo de
producir, reduciéndolo a un mero medio, mientras transforma a sus semejantes en
competidores. La palabra que utiliza Marx es alienación, la pérdida del yo
dentro de una actividad que no puede ser gobernada. El objetivo último del
comunismo es el fin de esta expropiación interna, una sociedad en la que, según
la fórmula del Manifiesto, el libre desarrollo de cada uno se convierte en la
condición para el libre desarrollo de todos. El antropólogo David Graeber, al
describir el trabajo sin sentido que millones de personas realizan sin
convicción, ha dado a esa antigua intuición una imagen sumamente contemporánea.
4.
MATERIALISMO HISTÓRICO: SIGA EL RÍO DEL DINERO.
El conjunto de herramientas de este pensamiento se denomina
materialismo histórico. La idea es que las formas del derecho y la política se
fundamentan en las condiciones materiales con las que una sociedad produce y
reproduce su vida. No se trata de un determinismo económico simplista, y
Engels, en una célebre carta de 1890, ya advertía que la superestructura
reacciona sobre la base y tiene su propia eficacia. Louis Althusser perfeccionó
la idea con el concepto de sobredeterminación. Aplicado al presente, este
método nos invita a preguntarnos, ante una ley o una guerra, quién se beneficia
materialmente, qué intereses la impulsan más allá de la mera lógica.
5. EL ESTADO
NO ES UN ÁRBITRO NEUTRAL.
Frente a la imagen del Estado como árbitro imparcial situado por
encima de los partidos, la tradición marxista sostiene que existe para
garantizar un determinado orden de propiedad y, en última instancia, defiende a
quienes se benefician de dicho orden. Lenin, en El Estado y la Revolución, se
basa en Marx y Engels e incluso anuncia la extinción del Estado una vez que las
clases sociales hayan desaparecido. La historia posterior ha invertido esa
promesa, dando como resultado un Estado más complejo que antes, y esta es una
de las contradicciones a las que volveremos. Nicos Poulantzas, en la década de
1970, demostró sutilmente cómo el Estado contemporáneo condensa el equilibrio
de poder entre las clases, permaneciendo permeable a la presión popular. La
pregunta que subsiste es quién gobierna realmente cuando creemos que nos rige
únicamente la ley.
6. ¿POR QUÉ
OBEDECEMOS? HEGEMONÍA E IDEOLOGÍA
La pregunta que atormentaba a los comunistas del siglo XX era la
más difícil: ¿por qué los dominados aceptan su propia dominación sin ataduras?
Antonio Gramsci, desde su prisión fascista, respondió con el concepto de
hegemonía, el consenso que la clase dominante obtiene al presentar sus propios
intereses como el sentido común de todos. Louis Althusser añadió el aparato
ideológico del Estado, las escuelas y los medios de comunicación que nos
moldean como sujetos dóciles, y denominó interpelación al gesto con el que la
ideología nos asigna un lugar y nos convence de que nos pertenece. Quienes lean
estas líneas reconocerán el tema de mi obra: la manera en que un poder persuade
a sus sujetos de que son libres. La meritocracia, con su promesa de que cada
uno recibe lo que merece, es la forma contemporánea de ese consenso fabricado.
7. IGUALDAD
Y LIBERTAD JUNTAS: BALIBAR
Étienne Balibar acuñó un término que resume la máxima aspiración
de esta tradición: égaliberté, equaliberty (igualdad e igualdad). La tesis es
que libertad e igualdad no coexisten; se implican mutuamente, puesto que la
libertad de quienes carecen de lo necesario para vivir es vacía, y la igualdad
de los sirvientes es falsa. La libertad de dormir bajo un puente, observó
sarcásticamente Anatole France, se concede por igual a ricos y pobres. Jacques
Rancière radicalizó esta idea, estableciendo la igualdad como un requisito
indispensable para su aplicación inmediata, y definiendo la política como el
momento en que los excluidos, los que no cuentan, exigen su voz. El comunismo
busca materializar lo que las constituciones prometen solo en el papel.
8. UNA FAMILIA LITIGIOSA
Quienes conciben el comunismo como un bloque compacto ignoran su
verdadera historia, marcada por profundas escisiones. Rosa Luxemburgo,
comunista hasta el martirio, reprochó a Lenin la represión de la libertad y
escribió que la libertad es siempre la libertad de quienes piensan diferente.
La Escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer, utilizó las herramientas de
Marx contra las ilusiones del progreso. Claude Lefort y Cornelius Castoriadis,
surgidos del marxismo revolucionario, dedicaron sus vidas a desenmascarar a la
burocracia soviética como la nueva clase dominante. Esta tradición ha generado,
naturalmente, las acusaciones más implacables contra los regímenes que se
apropiaron de su nombre, señal de un pensamiento vivo, capaz de juzgarse a sí
mismo.
9. ¿POR QUÉ
SE HA CONVERTIDO EN UNA MALA PALABRA?
Quedan por explicar dos procesos distintos que han hecho que la
palabra resulte impronunciable. El primero es real y terrible. Se cometieron
crímenes atroces en nombre del comunismo: las hambrunas y el Gran Terror de
Stalin, luego el salto adelante de Mao con sus millones de muertes por
inanición, y finalmente el exterminio de Camboya. Ninguna defensa seria puede
eludir esas pilas de cadáveres, y la parte más lúcida de esta tradición, desde
Luxemburgo hasta Lefort, las denunció antes y mejor que sus enemigos. El
historiador François Furet las convirtió en el eje central de su acusación,
mientras que Eric Hobsbawm y Enzo Traverso insistieron en el deber de
comprender sin absolver. El segundo proceso es propagandístico. La Guerra Fría
y el macartismo vincularon la palabra comunismo exclusivamente a la imagen del
gulag, y adoctrinaron a los ciudadanos para tachar de subversiva cualquier
medida de justicia social, como la sanidad pública o el salario mínimo. Incluso
hoy, cualquiera que proponga ayudar a los pobres es sospechoso de preparar
campos de concentración.
10. ¿QUÉ
QUIERE HOY, EN TÉRMINOS CONCRETOS?
Despojada de sus caricaturas, la demanda comunista suena casi
razonable. Busca extender la democracia desde el ámbito del voto hasta el lugar
donde transcurre nuestra vida, la economía, ya que parece extraño elegir
alcaldes y someterse a los jefes como soberanos absolutos. Busca retirar del
mercado los bienes de los que depende la supervivencia, la salud y la vivienda,
y devolver el conocimiento a la comunidad. Nancy Fraser, en su obra El
capitalismo caníbal, muestra que este sistema devora los fundamentos naturales
y sociales que lo sustentan, y de esta conciencia nace el ecosocialismo, la
idea de que el crecimiento infinito en un planeta finito es una locura
contable. Finalmente, busca reducir el tiempo de trabajo, ya que Marx, ya en
los Grundrisse, consideraba la liberación del tiempo como la verdadera riqueza.
En un año en que los doce hombres más ricos poseen más que la mitad más pobre
de la humanidad —más de cuatro mil millones de personas— y la riqueza de los
multimillonarios crece un ochenta y uno por ciento en comparación con 2020, la
cuestión de quién debe recibir los frutos de las máquinas inteligentes se
convierte en la cuestión política del siglo.
LAS
OBJECIONES QUE SIGUEN EN PIE
Sería deshonesto concluir sin abordar las objeciones fundamentales,
aquellas que un comunismo maduro debe afrontar en lugar de eludir. Ludwig von
Mises y Friedrich Hayek argumentaron que, privada de precios de mercado, una
economía planificada permanece ciega, incapaz de saber qué y cuánto producir, y
la escasez crónica del bloque soviético les dio la razón en muchos aspectos.
Persiste el problema que atormenta a cualquiera que haya leído la historia del
siglo XX: la concentración del poder económico y político en las mismas manos
propicia la tiranía, y ninguna buena intención ha impedido hasta ahora esa
deriva.
Un pensamiento digno de su propósito debe responder con
instituciones, pluralismo partidista y la libertad de crítica que Rosa
Luxemburgo exigió contra Lenin. El comunismo que me interesa busca hacer del
mundo un lugar un poco menos injusto, sin prometer ningún paraíso, y acepta ser
juzgado por sus resultados. Quienes lo convierten en una blasfemia
imperdonable, y al mismo tiempo en un pretexto para no tocar nada, defienden un
orden que acaba de otorgar a doce hombres más riqueza que la que poseen cuatro
mil millones de personas. La palabra, tan desagradable, al examinarla con
detenimiento, cumple precisamente este propósito.
Fuente: https://www.sinistrainrete.info/
https://www.elviejotopo.com/topoexpress/que-quiere-realmente-el-comunismo/