miércoles, 24 de junio de 2026

DONDE ENCONTRAR LA RESPUESTA A LOS PROBLEMAS QUE NOS PLANTEA LA PRÁXIS

 



ARGENTINA: “ABAJO EL GOBIERNO” Y LA TOMA DEL PODER POR LA CLASE OBRERA

 


Por ASTARITA

Rolando Astarita [Blog] 12/06/26

En una nota anterior sostuvimos que el acceso de los socialistas al gobierno (al poder Ejecutivo) no es sinónimo de la toma del poder por la clase obrera (aquí). En esta nota ampliamos el argumento, poniendo la atención en la consigna de “Abajo el Gobierno” (“Fuera Milei”), y la convocatoria a constituir comités de apoyo a Myriam Bregman y al FIT-U.

La consigna “Abajo el Gobierno”

Los partidos que integran el FIT-U están levantando, como consigna central para la movilización y organización de las masas, la consigna de “Fuera Milei”. Parece casi de sentido común, dado el carácter ferozmente anti-obrero del gobierno de LLA, el estancamiento económico, el descontento y el abismo de miseria y degradación al que están sometidas las masas. Pero el asunto no es tan simple, exige cierta reflexión. Es que habitualmente el recambio en la cabeza del Poder Ejecutivo actúa de conveniente fusible para la continuidad del Estado y del modo de producción capitalista. Nuestra historia reciente es ilustrativa: a la caída de Alfonsín le siguió el gobierno de Menem. A la caída de Menem le siguió De la Rúa. A la caída de este le siguieron Duhalde y Kirchner; a CFK le siguió Macri; a Macri el gobierno de Alberto Fernández y de nuevo CFK; a estos, Milei. En todos los casos la izquierda agitó el correspondiente “fuera el gobierno”Pero no por eso el movimiento obrero avanzó en conciencia de clase u organización. De hecho, los recambios en el Ejecutivo sirvieron para recrear esperanzas que desembocaron en nuevos callejones para las masas.

Dinámicas parecidas han ocurrido a nivel de las provincias. Tal vez el caso más significativo sea lo ocurrido en Jujuy, en los 1990. Las luchas de los empleados municipales y del pueblo jujeño, bajo la dirección del combativo Perro Santillán, provocaron la caída de varios gobiernos provinciales, sin que surgiera por ello alguna alternativa superadora. También lo podemos ver en algunos países de la región: en Ecuador hubo 12 presidentes en los últimos 30 años. Peor en Perú: desde 2000 a junio 2026 fueron 12. De nuevo, los recambios en el Poder Ejecutivo funcionaron como válvulas de seguridad del régimen. También en Bolivia hoy está planteada la posibilidad de que las movilizaciones contra el gobierno de Paz sean canalizadas hacia un recambio en las alturas para que nada cambie sustancialmente.

Las experiencias revolucionarias de Rusia (1917) y Alemania (1918-1919)

Lo anterior explica por qué en pasadas experiencias revolucionarias, el planteo de la toma del poder por parte de los socialistas estuvo asociado a la existencia de organismos de masas, típicamente los consejos de obreros, soldados y campesinos. El ejemplo paradigmático lo tenemos en la estrategia del partido Bolchevique en Rusia 1917 y su consigna “todo el poder a los soviets”. El eje era la lucha por la República de los Soviets; la disolución del ejército regular y de la policía; su sustitución por el armamento general del pueblo, la elegibilidad y movilidad de los funcionarios del Estado; la nacionalización de la tierra y la firma de la paz, entre otras medidas. No era un programa de simple cambio de nombres, o partidos, en la cabeza del Estado. En este punto Lenin fue explícito: la tarea no era “derribar al Gobierno Provisional, que se mantiene por la confianza que le brindan las masas pequeñoburguesas y una parte de las masas obreras, sino explicar minuciosamente las tareas de clase y de organización” (Conferencia de la ciudad de Petrogrado del POSD (b) R, abril 1917; p. 259, t. 31 OC Moscú, Progreso).

Este enfoque lo mantiene y generaliza la Internacional Comunista en 1919 cuando afirma que la tarea del proletariado, en el marco del ascenso revolucionario, era “la conquista del poder del Estado”, esto es, “la destrucción del aparato estatal de la burguesía y la organización de un nuevo poder revolucionario”.

 Otro caso ilustrativo, es el de Alemania, en 1918. En diciembre de ese año se reunió en Berlín el Congreso de los Consejos de obreros y soldados. Los Espartaquistas, junto a otros delegados revolucionarios, reclamaban la destitución del gobierno del Partido Socialdemócrata (SPD) y el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD); el desarme de los contrarrevolucionarios; la formación de una Guardia Roja; la proclamación de la República Socialista; y que todo el poder estuviera en manos de un Ejecutivo elegido por el Consejo General de los obreros y soldados. El centro y la derecha se opusieron y ordenaron la delegación de todo el poder Ejecutivo en el gobierno de Ebert.

Toda la política revolucionaria giraba en torno al poder de los obreros y soldados, su actividad y auto-organización. Así, Rosa Luxemburgo escribía “… no es cuestión de pensar en reemplazar al gobierno de Ebert por un gobierno de revolucionarios que no descansaría sólidamente en una mayoría de los consejos”. El partido socialista no puede sustituir la movilización de las masas.   

La cuestión central

El tema, pues, es con qué reemplazar al gobierno al que se llama a derrocar. En otros términos, no basta con decir que los socialistas están en condiciones de gobernar. En particular, la relación entre un ejecutivo socialista y el aparato del Estado es crucial. Nunca se insistirá lo suficiente en que un gobierno “obrero y socialista” que conviva con el aparato estatal burgués y la economía capitalista no es un gobierno “obrero y socialista”, sino un gobierno “obrero capitalista”Y en ese caso, continuará imperando la mecánica del recambio del fusible “poder Ejecutivo”. Por eso no basta con poner el término “trabajadores” para definir el carácter de clase de un eventual gobierno de Bregman y asociados. La diferencia ente un gobierno obrero revolucionario y un gobierno obrero-burgués es programática, estratégica. Lo que cuenta es qué medidas se toman contra el Estado burgués (las fuerzas armadas en primer lugar), y cómo se genera y desarrolla el poder obrero, básicamente los consejos, los comités de fábrica, o alguna forma similar de organización

No engañen a la gente

El desarrollo de la movilización, la clarificación por medio de la propaganda y agitación, exigen de parte de los marxistas decir la verdad, no ocultar las dificultades. Si las masas explotadas no se organizan, si no despliegan su potencial crítico subversivo, no habrá transformación social. Por eso, cuando se le pregunta a los socialistas si serían capaces de gobernar, la primera cuestión a señalar es que esa posibilidad depende, fundamentalmente, del grado de actividad e iniciativa de los explotados y oprimidos. No hay respuestas por fuera de lo que determina la lucha de clases y la relación de fuerzas entre la clase obrera y la clase capitalista. De ahí que el surgimiento de formas de doble poder sea tan importante para caracterizar una situación como revolucionaria o, al menos, como prerrevolucionaria. Sin la actividad y el poder organizado de las masas ser presidente “socialista”, o ministro “socialista”, etcétera, no tiene la menor relevancia. En esos casos esos “socialistas” estarán obligados a convivir con el Estado y régimen burgués.

Subrayamos estas cuestiones porque tienden a ocultarse. Al respecto, es ilustrativa la explicación que da el “Pollo” Sobrero (importante dirigente de los ferroviarios de zona Oeste, dirigente de Izquierda Socialista y el FIT-U) de por qué los socialistas están en condiciones de gobernar y transformar a la Argentina (véase Entrevistas: Fenómeno Bregman, la Izquierda y cómo organizarnos | Izquierda Socialista FIT-U). Dice Sobrero: “La izquierda puede y debe gobernar. Porque para sacar el país adelante, ya gobernaron todos. No podemos gobernar con los mismos que nos llevaron a este desastre”. Sostiene que con lo que se va a pagar en julio por la deuda externa, 4500 millones de dólares, se pueden construir 100.000 viviendas y darle trabajo a medio millón de personas, con lo cual se puede reactivar la economía. “A corto plazo se verían los frutos”. También se podría aumentar los salarios y las jubilaciones, poner plata para la educación, la salud. “Y esto solo lo puede hacer un gobierno de la clase trabajadora”.

Una primera cuestión, que ya discutí en otras notas, es que, desde el punto de vista fáctico, no es cierto que si se deja de pagar la deuda el gobierno argentino tendría a su disposición los miles de millones de dólares de los que habla Sobrero. La razón es que en buena medida la deuda se paga contrayendo más deuda. En especial, con los organismos internacionales se refinancian los principales y se capitaliza buena parte de los intereses. Esto habría entonces que aclararlo. Pero no es el principal problema del discurso de Sobrero.

El principal problema es que Sobrero presenta el asunto como si fuera una cuestión de simple trámite administrativo: dejamos de pagar la deuda, disponemos de miles de millones y “el país sale adelante” (¿y las clases sociales?). Pero el planteo es una abstracción. Si la clase dominante viera peligrar su posición no se quedaría quieta. Habrá fuga de capitales, atesoramiento en dólares, (no solo de la clase capitalista, también de la pequeña burguesía), lockout patronales, sabotajes. Por lo cual hay que sacarse de la cabeza la idea de que bastará con no pagar la deuda para que las cosas se encarrilen. El programa deberá ser articulado –es la idea del programa transicional a ser aplicado por el gobierno- y apoyado con la movilización y organización de las masas explotadas. La acción del Ejecutivo (dejar de pagar la deuda) solo tendrá sentido progresista en ese marco. E incluso, cabe un agregado: las posibilidades de un gobierno revolucionario de no pagar la deuda externa también dependen del grado en que una revolución socialista en Argentina sea apoyada por la clase obrera de otros países (al respecto es interesante la advertencia de Lenin a los comunistas alemanes que prometían desconocer la deuda si llegaban al poder; véase “El izquierdismo enfermedad infantil del comunismo”).

Estas cuestiones parecen elementales, pero Sobrero las pasa por alto. El acceso de Myriam Bregman, y en particular el no pago de la deuda, es presentado como una medida tranquila, que no tiene por qué alterar a la opinión pública progresista. ¿Por qué? ¿Acaso Sobrero desconoce que el curso real de un eventual proceso revolucionario estará marcado por la exacerbación de la lucha de clases, por el choque entre la revolución y la contrarrevolución? Y en el medio la posición de las capas medias y de la pequeña burguesía. ¿Por qué Sobrero barre estas cuestiones debajo de la alfombra? Todo parece indicar que en este discurso subyace una preocupación por no salirse del legalismo democrático burgués. Tal vez permita ganar votos, pero no educa en las ideas revolucionarias. 

Cuestiones que habría que aclarar

La convocatoria a conformar comités unitarios de apoyo a Bregman y el FIT-U está atravesada por polémicas, prácticas sectarias y algunos importantes malentendidos.

Un primer problema es que no se debe confundir un frente unido por reivindicaciones elementales, de lo que son comités de apoyo a un partido, o a un Frente de partidos, como es el FIT-U (un frente de cuatro organizaciones trotskistas). Para explicar lo que queremos decir, tomamos el caso del activismo y la militancia obrera del Garrahan. Los trabajadores están siendo atacados por el gobierno de Milei. Ante esa situación, lo fundamental es unir fuerzas. O sea, se impone reunir y organizar a los trabajadores que coincidan, al margen de diversas posturas políticas e ideológicas, en el objetivo de frenar la ofensiva reaccionaria y anti-obrera. Todo aquel que esté dispuesto a dar esa pelea debe ser bienvenido a la unidad de acción, al frente obrero. Por eso, es un error sectario llamar, como hacen algunos dirigentes, a formar comités del FIT-U para encarar esa lucha. Un comité del FIT-U agrupa a los que están de acuerdo con el programa trotskista (al menos en sus posiciones fundamentales). El Frente Único obrero, en cambio, reúne a los trotskistas y no trotskistas que estén dispuestos a luchar por las demandas que unifican.

En segundo lugar, es preciso aclarar que los comités en apoyo al FIT-U no sustituyen a los consejos (soviets) y demás organismos de doble poder de masas. Estos históricamente han surgido como expresión de la voluntad de la clase obrera. No pueden ser el resultado de una construcción “desde arriba”, y menos cuando se lo intenta hacer desde organizaciones o partidos minúsculos.

En tercer lugar, habría que precisar qué se entiende por comités “unitarios”. En el caso del FIT-U, lo “unitario” para el PTS parece ser las reuniones y actos de sus militantes y de los simpatizantes de Bregman, conducidos por los dirigentes del PTS. En cambio, lo “unitario” para PO e IS parecen ser los comités integrados por quienes adhieren, o simpatizan, con el programa del FIT-U.  

En cuarto término, es necesario clarificar qué rol tiene la consigna “Fuera Milei” en relación a las tácticas y actividades inmediatas. Planteamos el tema a partir de lo ocurrido con la manifestación del 10 de junio contra los cierres de empresas y despidos. Es que, según informó Prensa Obrera (PO) esta movilización fue organizada por un Plenario Obrero convocado a partir de la asamblea general del gremio del Sutna (neumático). O sea, la parte más consciente y avanzada del movimiento obrero. Sin embargo, la demanda “Fuera Milei” –siempre ateniéndonos a lo que informa PO-, no figuró en la convocatoria.

  Para terminar, una reflexión sobre simpatías y lucha de clases

La actualidad de las discusiones en torno a los comités de apoyo al FIT-U y la eventualidad de un salto en el plano electoral tienen por sustrato la simpatía que despierta Myriam Bregman en buena parte de la ciudadanía. Las encuestas la ponen entre los dirigentes de mejor imagen positiva. Esta ubicación de Bregman ha llevado a algunos militantes del FIT-U a decir que podría estar produciéndose un giro a la izquierda de las masas que tradicionalmente han votado al peronismo.

Pues bien, lo primero a advertir es que, a la luz de la experiencia histórica, habría que ser prudentes en estas caracterizaciones. Después de todo, ya en 1946 Victorio Codovilla, del PC, hablaba del giro a la izquierda de las masas peronistas, y desde entonces el dictum se repitió en las más variadas circunstancias. Pero por otra parte, y más importante, es necesario reflexionar acerca del contenido político e ideológico de las simpatías no socialistas por una candidata socialista. Lo explicamos con un ejemplo: cuando Bregman y el PTS salieron a defender, con argumentos “antiimperialistas” a CFK (CRISTINA NO ES CHORRA Y CORRUPTA SINO UNA VÍCTIMA de Trump y Washington), los militantes kirchneristas aumentaron su simpatía por la candidata del FIT-U. La cuestión sin embargo es ¿esos militantes nacionales y populares giraron a la izquierda, o son Bregman y el PTS los que giraron hacia el peronismo izquierdista? ¿Cuál es el contenido de clase de esos “giros”? Preguntas similares pueden suscitarse en torno a otros temas. Por ejemplo, en relación a los sectores del peronismo que se sienten interpretados por el discurso de los trotskistas que llaman a defender la industria nacional; o que se identifican con las “soluciones en píldoras reformistas” del tipo de las propuestas de Sobrero.

Vinculado a esta cuestión está la caracterización de la lucha de clases. Nuestra idea es que, por ahora, estamos lejos de algo que se acerque siquiera a una situación revolucionaria (o prerrevolucionaria). En relación a la profundidad del ataque que se está desarrollando contra la clase obrera y los sectores populares, la respuesta ha sido débil, por no decir extremadamente débil. Las luchas son defensivas, en su mayoría contra los cierres de empresas y los despidos. La baja de salarios y jubilaciones, el aumento de la precariedad e informalidad laboral, el ataque a la salud y la educación públicas, la ofensiva contra el derecho de huelga, para citar solo algunos de los ítems principales, no han encontrado, por ahora, resistencia seriaSe evidencia incluso en el bajo cuestionamiento a las direcciones sindicales burocráticas por parte de las bases. No negamos que esto pueda cambiar en un futuro más o menos cercano, pero el hecho es que, por ahora, no ha ocurrido.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/14806/argentina-abajo-el-gobierno-y-la-toma-del-poder-por-la-clase-obrera/

 

 

¿NO QUIERO COMETER UN ERROR O INJUSTICIA?

 



jueves, 18 de junio de 2026

EL NÚCLEO DEL SISTEMA FINANCIERO NO ES EL BANCO, ES EL ESTADO

 


jueves, 18 de junio de 2026

by Pablo Heraklio

El núcleo del sistema financiero NO es la creación de dinero, ni la generación de intereses; cualquier institución puede hacerlo, hasta supermercados. Ni los "mercados", lugar de compraventa masiva de productos, que son objeto de seguridad nacional y que están intervenidos por los estados. Es la Garantía y la Confianza. Y estas solo las dan las armas.

Marcaros a fuego: El núcleo del sistema financiero es el "deber de pago" en "moneda legal" y el "cobro de deudas". No es el Banco, es el Estado.

El beneficio de la creación de dinero es inmediato, instantáneo: crear dinero para otros es crear dinero para sí mismo. Es estúpidamente simple. La única condición para que este beneficio se realice es que haya una obligación efectiva de deber de pago, y para ello es indispensable un ejército, tome la forma que tome. 

Deber de Pago en Moneda Legal

El Deber de Pago en Moneda Legal (conocido simplemente como 'deber de pago' y malobviando la segunda parte, 'moneda legal', dos conceptos indisolubles), es la Obligación del deudor con un acreedor. La importancia de mencionar 'en una moneda legal' es necesaria. Las complicaciones de no definir el deber de pago son infinitas. Porque si no, la deuda se podría saldar con la ejecución de garantías, como los avales de las hipotecas. O con el uso de monedas no legales, no reguladas o no convenidas. O un conjunto variado de monedas. O productos financieros... 

Mientras que el deber de pago (identidad, integridad, tiempo y lugar de la obligación) lo puede establecer una institución privada, hoy en día el despliegue de una moneda legal solo la ejercen los Estados; por medio de reglas comunes, leyes, y la coerción, que asegura el cobro de deudas en la moneda establecida.

Sin un "deber de pago" tendríamos una moneda fallida. Se podría, simplemente, no devolver un depósito o un crédito. Se podrían conceder indefinidos créditos sin tener que devolverlos (como sucede con los estados y sus instituciones, o las élites financieras). Llegaríamos a lugares absurdos como en la el billete del quintillon de dólares. Entre medias tendríamos las hiperinflaciones como la mítica de Weimar en 1923 o las más modernas de Rusia, Venezuela o Argentina o los QE iniciados por D. Trump en 2015. 

La "moneda legal" es la requerida por un estado para realizar sus intercambios. Sin una moneda legal, una persona con deudas simplemente podría escoger otra moneda para comerciar, acumulando deudas en varias divisas (como ya hacen las élites trasnacionales). O podría cambiar a su antojo los intereses de los préstamos (los prestamistas). O establecer garantías abusivas. O podría acaparar todo el dinero sin dejar nada disponible para el resto (como sucede con las criptmonedas). O podría crear su propia moneda, con sus propias reglas y sistemas, y solicitar el intercambio en la misma, llegando a crear contrapoderes, caso de las monedas sociales. 

El que la moneda sea legal es una garantía de intercambio en unas condiciones iguales para todos los usuarios y sujetas a fiscalización (verdad, justicia, reparación) y auditoría pública.

 

Cobro de Deudas

Para que este sistema de intercambios sea efectivo, para que no ocurran distorsiones como las mencionadas, para que se devuelvan deudas, se liquiden garantías, se eviten robos y fraudes..., es necesario un Sistema Organizado de Cobros Efectivo. Un sistema que de Garantías a los usuarios de mantener: el valor de su dinero, compras y ventas, intercambios, préstamos, deudas y depósitos. 

Nada de se esto sería posible si no se debiera pagar; lógico. Y además pagar de un modo Efectivo. Es decir, un sistema que reconozca los derechos de las partes, arbitre entre las mismas, corrija los errores y subsane problemas.

Un sistema de garantías se divide básicamente en:

- una parta que se encarga de lo administrativo: control/contabilidad, evaluación y arbitraje

- y otra parte de lo ejecutivo: intervención, cobro 

 

En la parte ejecutiva, una serie de funcionarios organizan los cobros voluntarios (por las buenas); los administrativos de la Hacienda y el Tesoro. O llamémoslo banca. Y otro, ejecutan las obligaciones de cobros (por las malas), Jueces y Policías; llamémoslo ejército,

Obviamente, la clave de bóveda, el elemento principal del sistema entero es el ejército; porque es el garante.

 

La clave es el ejército

Un EJÉRCITO (tome la forma que tome, militar, policial, paramilitar, parapolicial, irregular, miliciano...) es lo que hace efectivo el sistema y evita robos, estafas, timos y fraudes. Un sistema organizado (social y sistemático) con 3 características: está legitimado y está legalizado, y es coercitivo. 

Legitimado - significa que es reconocido y aceptado por la mayoría social. Esta legitimidad puede venir de la religión, del terror violento o del contrato social. Un ejército ilegítimo, no elegido o no reconocido por las partes (ejército de ocupación, dictatorial, paraejércitos, cárteles, bandas, sectas, facciones y guerrillas, etc...), será constantemente cuestionado, retado, hasta el punto de la confrontación disruptiva de convivencia; Guerra.

Legalizado - significa que se ajusta a un cuerpo normativo. Es decir, que las premisas de sus acuerdos se cumplen. Un ejército no legal, ilegal o alegal puede estar legitimado, pero no puede ser garante de intercambios, si no se ajusta a alguna legalidad. Será por definición arbitrario y no dará confianza. Será constantemente evitado.

Coercitivo - significa que usa la fuerza para obligar. Sin una fuerza coercitiva que asegure el cobro de deudas y evite delitos, no hay deber de pago ni moneda viable. Es la Garantía tras el préstamo, el argumento de confianza. Un ejército legal y legítimo que no puede hacer efectivo el cobro de deudas ni evitar robos, hurtos y abusos, no podrá establecer un deber de pago ni una moneda de curso legal... perderá confianza y será constantemente evitado. Esta es una de las razones de por qué fracasan constantemente las monedas sociales (no pueden hacer efectivo el cobro), o las criptomonedas (no evitan el delito). También de por qué fracasan las monedas nacionales de las periferias frente a la de la metrópoli: las periféricas no puede hacer frente a los abusos de las metrópoli.

Curiosamente tanto la soberanía del Estado, como las finanzas, tienen el mismo garante: el ejército.

 

El Beneficio de la creación de moneda

Puede haber muchas consideraciones, pero la forma más fácil de entender la creación de moneda y explicar, tanto su funcionamiento como sus características, es entenderla como mercancía: el dinero es un producto que se compra y se vende (a un precio, por supuesto). Tal es así que la deriva histórica ha llevado a las monedas, de estar referenciadas a patrones, como el oro, o el petróleo, a estar autorreferenciadas, es decir, autogeneradas y con valor intrínseco como notaciones contables de deuda-crédito, como explica la Teoría Monetaria Moderna. La divisa, dinero, moneda, tokens, criptos, lo llaméis como lo llaméis y tome la forma que tome; se convierte en un ente abstracto, un producto de la mente.

Como buen producto, se establece una competencia entre sus productores por ver quién ocupa el mercado. Las monedas compiten por la hegemonía mundial. En el plano internacional, las monedas hegemónicas se consideran monedas de Reserva. Actualmente, el Monopolio de la Reserva Mundial del Dólar es tal que supone el 60% de intercambios internacionales. También lo fueron el denario romano, el sólidus, dinar árabe, real de a ocho español, la libra esterlina, etc... 

Como buen producto de la mente, el dinero puede llevar a la locura (y e sus prolegómenos a la idiotez).

 

Salud! PHkl/tctca

Fuente: https://tarcoteca.blogspot.com/2026/06/el-nucleo-del-sistema-financiero-no-es.html

QUE ES UN OLIGARCA

Del amigo Jokin Orlen Bloktiz. Importante y profunda aclaración sobre: ¿Qué es un OLIGARCA?

"Hoy escribí esto para aclarar que ni en Rusia ni en China existen oligarcas, existen en Occidente. Simplemente no hay oligarcas que se ajusten al término en Rusia, en occidente si, Putin hace muchísimos años les quitó poder de decisión política. En China menos aún, allí hay una ley impide a grandes empresarios eso y les obliga a cumplir objetivos económicos marcados por el gobierno con sanciones si no lo hacen, eso no existe en occidente.

Oligarca = persona con mucho poder político y económico que forma parte de un grupo muy reducido que manda en un país o sector.

En corto:

1. Oligarquía: Gobierno de "pocos". De oligos_= pocos + arkhé_= poder.

2. Oligarca* Cada uno de esos "pocos" que tienen el poder.

Las 3 claves:

1. Plata + Poder: No es solo rico. Un oligarca usa su dinero para influir en leyes, políticos, medios, empresas. La pasta le da poder real.

2. Grupo cerrado: No es un millonario cualquiera. Son 10-20 familias/grupos que se reparten el control. Cuesta entrar si no naciste ahí.

3. Origen del poder: Suele venir de privatizaciones, recursos naturales, bancos o sectores estratégicos. En Rusia años 90 salieron muchos con el petróleo/gas. En otros países, con construcción, telecom o banca.

Diferencia con millonario:

Millonario = tiene mucha pasta.

Oligarca = tiene mucha pasta. Y decide quién gana contratos, qué leyes se aprueban, qué sale en la tele.

Es como decir "los que mandan de verdad, aunque no salgan en la foto oficial".

Te lo explico fácil. El término "oligarca" clásico ya no encaja bien con Rusia y China de hoy, y es por una razón: les quitaron el poder político.

1. Rusia: De oligarcas de los 90 a "empresarios bajo tutela"

Oligarcas 1990-2003: Gente como Berezovsky, Gusinsky, Jodorkovski. Tenían petróleo, aluminio, TV, bancos. Y de verdad mandaban: ponían ministros, decidían elecciones, chantajeaban al Kremlin. Eso sí es oligarquía pura.

¿Qué pasó?: Putin llegó en 2000 y les puso 2 reglas:

1. "Haced pasta, pero no os metáis en política"

2. "El Estado manda. Si cruzáis la línea, vais a la cárcel o exilio". Jodorkovski fue a la cárcel 10 años. Berezovsky y Gusinsky se exiliaron. Los demás firmaron.

Hoy: Los tíos ricos de Rusia son multimillonarios, sí. Pero no deciden leyes ni ponen presidentes. Si el Kremlin dice "vende tu empresa" o "invierte aquí", obedecen. Poder político = 0. Sin poder político, ya no son oligarcas según la definición clásica. Son "empresarios de confianza del Estado".

2. China: Nunca hubo oligarcas, hay "príncipes rojos" y empresarios controlados

En China nunca existió la oligarquía tipo Rusia 90. El Partido Comunista controló siempre todo.

Los ricos chinos: Jack Ma, Pony Ma, etc. Hicieron fortunas brutales. Pero el PCCh nunca les dejó tocar poder político. No hay partidos, no financian campañas, no compran medios para influir.

¿Qué pasó desde 2020?: Xi Jinping apretó más. "Rectificación" se llama. Multaza a Alibaba, Jack Ma desaparece meses, empresas de tutorías quebradas de un día para otro. Mensaje claro: "La pasta es tuya mientras el Partido quiera".

Hoy: En China el poder manda al dinero, no al revés. Un empresario chino que se pase de listo, pierde la empresa en 24h. Eso es lo opuesto a un oligarca.

Resumen brutal:

Oligarca clásico= Tiene pasta. Y decide el poder político.

Rusia hoy*= Tiene pasta, PERO el poder decide por él.

China siempre = El poder decide, y él hace pasta si le dejan.

Por eso muchos politólogos dicen: "En Rusia hay plutócratas o magnates, no oligarcas. En China hay capitalistas de Estado". Les quitaron el poder.

La definición se cumple cuando el dinero compra poder. Si el poder le dice al dinero lo que tiene que hacer, el término ya no cuadra. En occidente si hay oligarcas, y donde mandan judíos es en EEUU y parte de Europa, no en Rusia"

 

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jueves, 11 de junio de 2026

EL FUNDADO MIEDO PARA LA BURGUESÍA GLOBAL

 


Por Tito Ura | 10/06/2026

Hubo una época en que el capitalismo prometía el futuro.

Prometía progreso, bienestar, innovación, movilidad social y prosperidad. Su legitimidad no provenía únicamente de la fuerza del Estado o del poder militar, sino de una narrativa profundamente arraigada: cada generación viviría mejor que la anterior. El sistema podía ser desigual, pero producía crecimiento; podía ser injusto, pero expandía oportunidades; podía ser brutal, pero avanzaba.

Esa promesa ha muerto.

Figuras como Elon Musk ya no venden simplemente productos o servicios: venden narrativas sobre la supervivencia de la especie humana. La colonización de Marte, la IA general o la preparación ante amenazas existenciales son presentadas como respuestas a un futuro percibido como extremadamente peligroso.

Desde esta perspectiva, el capitalismo deja de organizarse alrededor de la expansión económica y pasa a organizarse alrededor de la gestión del fin del mundo.

La promesa fundacional de la modernidad capitalista se encuentra agotada. En su lugar emerge una nueva narrativa, oscura y profundamente reveladora: no se trata de construir el mañana, sino de sobrevivir a él. El capitalismo del siglo XXI ya no vende esperanza, vende refugio. Ya no comercializa prosperidad, comercializa protección frente a las múltiples catástrofes que él mismo ha contribuido a producir.

Lo que emerge ante nuestros ojos es una nueva fase histórica. Una fase en la que el capitalismo ya no vende esperanza, sino supervivencia. Ya no moviliza a las masas mediante sueños de abundancia, sino mediante el miedo permanente al colapso. Ya no se presenta como el constructor del mañana, sino como el administrador de una crisis perpetua.

Estamos entrando en la era del capitalismo del miedo.

El fin del optimismo burgués. Las clases dominantes del siglo XIX y XX estaban convencidas de que la historia les pertenecía.

Los industriales victorianos, los magnates de la Edad Dorada estadounidense y los arquitectos del neoliberalismo global compartían una misma certeza: el capitalismo era el destino final de la humanidad.

Incluso después de las guerras mundiales, las depresiones económicas y las crisis financieras, la narrativa permanecía intacta. Siempre existía un horizonte de crecimiento. Siempre había una nueva frontera que conquistar.

Hoy observamos algo radicalmente distinto. Por primera vez en siglos, una parte significativa de las élites económicas parece haber perdido la fe en el futuro que ellas mismas construyeron.

Los multimillonarios compran refugios subterráneos. Las corporaciones tecnológicas hablan de extinción humana provocada por inteligencia artificial. Los fondos de inversión calculan escenarios de colapso climático. Los estrategas militares discuten abiertamente guerras entre potencias nucleares.

Los magnates espaciales financian proyectos para abandonar la Tierra. La clase dominante ya no imagina una civilización mejor. Imagina la supervivencia después del desastre.

La transformación de la guerra en negocio permanente no es accidental. La guerra siempre fue una herramienta de acumulación. Desde las compañías coloniales europeas hasta el complejo militar-industrial estadounidense, la violencia organizada ha acompañado cada expansión significativa del capital.

Pero existe una diferencia fundamental. En el pasado, la guerra aparecía como un medio para restaurar el crecimiento. Hoy la guerra comienza a convertirse en una condición estructural del sistema. Ucrania, Gaza, Líbano, El Mar Rojo, Taiwán, El Ártico, El Indo-Pacífico, África Central. Las fronteras del conflicto se multiplican mientras los presupuestos militares alcanzan niveles históricos.

No estamos asistiendo simplemente a un aumento de las tensiones geopolíticas. Estamos observando la integración de la guerra dentro de la lógica ordinaria de la acumulación. Las empresas de inteligencia artificial reciben contratos militares. Los fabricantes de drones se convierten en gigantes bursátiles. Los sistemas de vigilancia algorítmica se transforman en negocios multimillonarios.

La preparación para la guerra deja de ser una anomalía. Se convierte en un mercado. La destrucción deja de ser un costo. Se transforma en una inversión.

El miedo como nueva mercancía. Toda fase histórica del capitalismo necesita una mercancía central. La revolución industrial tuvo el carbón. El siglo XX tuvo el petróleo. La globalización tuvo las cadenas de suministro. El siglo XXI parece haber encontrado una nueva fuente de rentabilidad:

El miedo. Miedo al desempleo tecnológico. Miedo al colapso climático. Miedo a la guerra. Miedo a la inseguridad económica. Miedo a la inteligencia artificial. Miedo al otro. Miedo al futuro. El miedo ya no es simplemente una emoción colectiva. Se ha convertido en un recurso económico.

Las plataformas digitales monetizan la ansiedad. Los medios monetizan el pánico. Las empresas de seguridad monetizan la incertidumbre. Las corporaciones tecnológicas monetizan el temor a quedar rezagado. Todo el sistema aprende a extraer valor de una población permanentemente preocupada. La angustia deja de ser una consecuencia del modelo. Se convierte en una de sus fuentes de energía.

La tecnoburguesía y el sueño de escapar. Tal como si fuera la película “Don’t look up”. La nueva aristocracia global no se parece a los viejos industriales. Su poder no descansa únicamente en fábricas o bancos. Descansa sobre infraestructuras digitales capaces de organizar información, atención, conocimiento y comportamiento humano a escala planetaria.

Esta tecnoburguesía controla plataformas utilizadas por miles de millones de personas. Controla flujos de datos más valiosos que muchas materias primas. Controla sistemas de inteligencia artificial que pronto podrían reorganizar sectores enteros de la economía.

Sin embargo, esta élite exhibe una contradicción extraordinaria. Mientras acumula niveles inéditos de riqueza, habla constantemente del fin del mundo. Mientras concentra poder sin precedentes, construye refugios. Mientras domina el planeta, sueña con abandonarlo. Marte aparece como la metáfora perfecta.

No representa una nueva frontera para la humanidad. Representa una fantasía de escape para quienes han dejado de creer en la capacidad de resolver las contradicciones de la Tierra.

Y en todo esto ven con terror el regreso de los fantasmas de 1789, 1917.

Y aquí emerge el verdadero problema. La burguesía contemporánea puede imaginar guerras. Puede imaginar pandemias. Puede imaginar catástrofes climáticas.

Puede imaginar inteligencias artificiales superiores al ser humano. Puede incluso imaginar colonias espaciales. Lo que le resulta más difícil imaginar es la irrupción política de las masas. Por eso el fantasma que recorre el siglo XXI no es tecnológico. Es histórico.

No porque la historia se repita mecánicamente. No porque una nueva Bastilla vaya a ser asaltada mañana. Sino porque las condiciones que precedieron a las grandes rupturas históricas comienzan a reaparecer bajo nuevas formas. Concentración extrema de riqueza. Instituciones desacreditadas. Desigualdad creciente. Sensación de injusticia estructural. Pérdida de legitimidad de las élites. Crisis de representación política. Las revoluciones no nacen únicamente de la miseria.

Nacen cuando una mayoría descubre que el orden existente ya no puede justificar su existencia.

La inteligencia artificial y la aceleración de la conciencia de clase. Existe además un elemento completamente nuevo. Las revoluciones del pasado dependían de panfletos, periódicos clandestinos y reuniones secretas. Las del futuro disponen de herramientas mucho más poderosas. La inteligencia artificial no es únicamente una tecnología productiva. También es una tecnología cognitiva. Puede acelerar la educación. Puede democratizar el acceso al conocimiento.

Puede permitir que millones de personas comprendan procesos económicos, históricos y políticos que antes permanecían reservados para especialistas. La misma tecnología diseñada para aumentar la productividad podría terminar acelerando la conciencia crítica de quienes viven bajo sus consecuencias. Es una contradicción profundamente histórica.

Cada sistema produce las herramientas que eventualmente cuestionan sus propios límites.

La gran paradoja central de nuestro tiempo es brutal. La humanidad posee más capacidad tecnológica que nunca. Más conocimiento científico que nunca. Más productividad que nunca. Más capacidad de comunicación que nunca, y sin embargo, amplios sectores de la población viven con una sensación creciente de inseguridad y fragilidad. No es una crisis de recursos. Es una crisis de organización social. No es una crisis de capacidad productiva. Es una crisis de distribución del poder. No es una crisis de tecnología. Es una crisis de legitimidad.

El miedo al fin de su mundo. El capitalismo del siglo XXI ha dejado de prometer la construcción de un futuro mejor.

Ahora vende protección frente a un futuro que él mismo contribuye a producir. La consigna ya no es: «Invertirás para construir el mañana.» La nueva consigna parece ser: «Invertirás para sobrevivir al mañana.» Pero toda civilización que sustituye la esperanza por el miedo entra en territorio peligroso.

Porque las sociedades pueden soportar sacrificios. Pueden soportar guerras. Pueden soportar crisis.

Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la percepción de que los sacrificios son permanentes mientras los beneficios permanecen concentrados. Por eso el verdadero temor de las élites contemporáneas no parece ser el apocalipsis climático, la guerra nuclear o la inteligencia artificial fuera de control.

Todos esos escenarios pueden transformarse en contratos, inversiones, mercados y oportunidades de acumulación.

Resulta imposible comprender todo este fenómeno sin observar el espectáculo cotidiano que se desarrolla ante los ojos del planeta. Millones de personas contemplan en tiempo real la destrucción de Gaza, observan ciudades enteras reducidas a escombros, familias enteras enterradas bajo concreto pulverizado, hospitales convertidos en objetivos militares y una población atrapada entre el hambre, el desplazamiento y la muerte.

Más allá de las interpretaciones geopolíticas, la imagen que queda grabada en la conciencia global es la de un sistema internacional incapaz de detener la devastación incluso cuando esta es observada por miles de millones de personas a través de las pantallas. Al mismo tiempo, en África, más de cien millones de niños permanecen fuera de las escuelas mientras extensas regiones enfrentan hambrunas recurrentes, conflictos armados, desplazamientos masivos y crisis climáticas cada vez más severas.

Todo ello ocurre en un continente que supera los mil quinientos millones de habitantes, extraordinariamente rico en recursos estratégicos indispensables para la economía mundial, pero donde enormes sectores de la población continúan atrapados en condiciones de pobreza extrema. La contradicción es brutal. El mundo produce riqueza suficiente para alimentar, educar y proporcionar atención sanitaria a toda la humanidad, pero las estructuras económicas y políticas existentes son incapaces de distribuir esa riqueza de manera que garantice condiciones mínimas de dignidad para todos.

Mientras tanto, desde la India hasta Bolivia, desde Kenia hasta Francia, desde América Latina hasta Asia Occidental, las protestas adquieren una intensidad creciente. Las calles se convierten en escenarios permanentes de confrontación. La ira social se acumula. Los movimientos populares expresan demandas diversas, pero comparten una sensación común: el convencimiento de que las instituciones existentes ya no representan los intereses de las mayorías.

El problema no es únicamente económico. Es político, cultural y civilizatorio. Amplios sectores de la población perciben que viven en un sistema que exige sacrificios constantes mientras concentra beneficios cada vez mayores en una minoría extraordinariamente reducida. La distancia entre quienes poseen el poder económico y quienes sostienen el funcionamiento material de la sociedad alcanza niveles difíciles de justificar incluso dentro de los discursos tradicionales del mérito, la competencia y el esfuerzo individual.

Es precisamente en este contexto donde surge la nueva psicología de las élites globales. Durante siglos, las clases dominantes imaginaron el futuro como una expansión constante de su propio proyecto histórico. Hoy, en cambio, parecen obsesionadas con escenarios de colapso. Hablan de inteligencia artificial fuera de control, de guerras entre potencias nucleares, de pandemias futuras, de desastres climáticos irreversibles y de la posibilidad de abandonar la Tierra para establecer colonias en otros planetas.

La imaginación de las élites ya no está dominada por la idea de construir una civilización superior, sino por la necesidad de prepararse para sobrevivir a una civilización en crisis. Refugios subterráneos, ciudades privadas, sistemas de vigilancia masiva, automatización militar, control algorítmico y proyectos espaciales forman parte de una misma lógica. No son expresiones de confianza en el futuro. Son expresiones de miedo.

Sin embargo, existe una ironía profunda en esta transformación. Las mismas fuerzas económicas que generan ansiedad colectiva continúan obteniendo beneficios extraordinarios de esa ansiedad. La guerra se convierte en mercado. El colapso climático genera oportunidades de inversión. La inseguridad alimenta industrias enteras dedicadas a la vigilancia y el control. La inteligencia artificial es presentada simultáneamente como la salvación de la humanidad y como una amenaza existencial. En ambos casos, el resultado es idéntico: nuevas oportunidades de acumulación. El miedo se convierte en mercancía. La incertidumbre se transforma en activo financiero. El desastre potencial se integra dentro de los mecanismos ordinarios de valorización del capital.

Pero toda estructura de poder contiene sus propias contradicciones. Y la contradicción más peligrosa para el capitalismo contemporáneo no se encuentra necesariamente en los campos de batalla ni en los mercados financieros. Se encuentra en el terreno de la legitimidad. Las sociedades pueden tolerar desigualdades considerables cuando creen que existe un horizonte compartido de progreso. Pueden soportar privaciones temporales cuando perciben que los sacrificios tienen un propósito colectivo. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una situación en la que las mayorías observan cómo la riqueza se concentra de manera obscena mientras las crisis se multiplican y los costos recaen siempre sobre los mismos sectores sociales.

Por ello, el fantasma que comienza a recorrer el siglo XXI no es únicamente el de la guerra, ni el de la automatización, ni siquiera el del colapso climático. Es el fantasma de una crisis global de legitimidad. Es la posibilidad de que millones de personas, conectadas por tecnologías que permiten compartir información y experiencias a una escala sin precedentes, comiencen a formular preguntas que las élites preferirían evitar. ¿Por qué una civilización capaz de desarrollar inteligencias artificiales avanzadas no puede garantizar educación para todos los niños? ¿Por qué un sistema capaz de movilizar recursos gigantescos para la guerra no puede erradicar el hambre? ¿Por qué una economía que genera billones de dólares en riqueza cada año produce simultáneamente inseguridad, precariedad y desesperanza para amplios sectores de la población mundial?

Ninguna estructura de poder permanece intacta cuando pierde la capacidad de justificar su existencia ante quienes la sostienen. Durante mucho tiempo, las élites pudieron presentar sus privilegios como el precio inevitable del progreso colectivo. Hoy esa narrativa se erosiona rápidamente.

Cuando la humanidad contempla la destrucción de Gaza, la persistencia del hambre en África, la expansión de conflictos interminables y el enriquecimiento constante de una minoría global, la pregunta deja de ser cómo sobrevivir a las crisis. La pregunta comienza a ser por qué esas crisis parecen beneficiar siempre a los mismos actores.

La tragedia del capitalismo contemporáneo es que ha llegado a dominar la producción material del planeta mientras pierde progresivamente el control de su propia legitimidad moral. Puede construir sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar cantidades inimaginables de información. Puede desplegar redes de vigilancia que alcanzan cada rincón del globo. Puede financiar ejércitos equipados con tecnologías que habrían parecido mágicas hace apenas unas décadas. Pero ninguna de esas capacidades responde a la cuestión fundamental que emerge desde las calles, los campos de refugiados, las periferias urbanas y las regiones olvidadas del mundo. La cuestión de quién se beneficia de la riqueza producida colectivamente y quién soporta el peso de las crisis.

Por eso el miedo que comienza a percibirse en ciertos sectores de las élites no parece ser únicamente el miedo al apocalipsis. Es el miedo a descubrir que la humanidad ya no acepta la lógica según la cual debe sacrificarlo todo para sostener un sistema que le ofrece cada vez menos a cambio. Es el miedo a que las tecnologías diseñadas para administrar la sociedad aceleren también la difusión de la conciencia crítica. Es el miedo a que el siglo XXI produzca sus propias formas de rebelión política, adaptadas a una época de redes globales, inteligencia artificial y comunicación instantánea.

Porque la historia demuestra que los pueblos pueden soportar enormes sufrimientos durante largos períodos, pero también demuestra que ninguna estructura de poder es invulnerable cuando la mayoría deja de considerarla legítima. Y quizá esa sea la contradicción más profunda de nuestra época: mientras las élites se preparan obsesivamente para sobrevivir al fin del mundo, millones de personas comienzan a preguntarse si no ha llegado el momento de transformar el mundo que existe.

Ese día, el fantasma que recorre el mundo no será el de una máquina superinteligente ni el de una guerra entre imperios. Serán los viejo fantasmas de 1789 y 1917 regresando bajo las condiciones tecnológicas del siglo XXI.

La burguesía global ha elegido su campo de batalla. No será el de la argumentación democrática, ni el de la reforma gradual, ni el del consenso institucional. Ha optado por la guerra permanente, la vigilancia total, la destrucción climática como negocio y el escape espacial como utopía privada. Ha declarado, sin proclama oficial pero con hechos innegables, que la mayoría humana es expendible, que los sacrificios son eternos para los de abajo y los beneficios eternos para los de arriba, que el futuro no es un derecho sino un producto de lujo al que solo accederán quienes puedan pagar su supervivencia.

Ante esta declaración de guerra encubierta, la pregunta no es si habrá resistencia. La pregunta es qué forma tomará, y si será capaz de transformar la indignación acumulada en poder organizado.

La historia demuestra que ninguna estructura de dominación, por sofisticada que sea, resiste la combinación de tres fuerzas: la parálisis económica de quienes producen la riqueza, la desobediencia masiva de quienes reconocen su fuerza numérica, y la construcción de alternativas concretas que hagan visible la posibilidad de otro mundo. Separadas, estas fuerzas son contenídas, cooptadas o aplastadas. Unidas, han derribado imperios.

La estrategia de la insurgencia social del siglo XXI no puede replicar los manuales del siglo pasado. La burguesía global ha aprendido las lecciones de 1789, de 1917, de 1968, de 1989. Ha construido arquitecturas de control que operan antes de que la rebelión se articule: algoritmos que predicen el descontento, plataformas que fragmentan la solidaridad, crisis permanentes que atomizan la resistencia. Pero toda arquitectura de control tiene grietas.

La centralización extrema del capital en nodos logísticos, energéticos y digitales convierte su fortaleza en vulnerabilidad. La dependencia de la burguesía respecto a quienes mueven mercancías, procesan datos, cuidan cuerpos y reproducen la vida cotidiana es su talón de Aquiles. No hay inteligencia artificial que sustituya la huelga estratégica en los puertos que alimentan las cadenas globales. No hay dron que reemplace la desobediencia de millones que dejan de creer en la legitimidad del orden.

La resistencia viable por el momento no es la guerrilla romántica de vanguardias aisladas, condenada al martirio o a la espectacularización mediática. Es la organización silenciosa de quienes construyen, en los barrios y los campos, los sindicatos y las asambleas, las redes de cuidados y los medios autónomos, un poder dual que ya funciona mientras el otro se desmorona. Es la huelga general que no solo detiene la producción sino que demuestra que la sociedad puede operar sin los dueños. Es la ocupación de territorios que reivindica la tierra como bien común contra su mercantilización. Es la ciberresistencia que sabotea la infraestructura de vigilancia que nos convierte en datos explotables. Es la solidaridad transnacional que conecta la rebelión del proletariado migrante con la del obrero de plataforma, la del campesino expulsado con la del estudiante endeudado, la de la comunidad racializada con la de la mujer que sostiene la reproducción social.

Pero sobre todo, la resistencia viable es la que construye la conciencia de clase como arma más poderosa que cualquier tecnología de control. La burguesía global teme, con razón histórica, que las mismas herramientas diseñadas para administrar la explotación sean apropiadas para iluminar sus mecanismos. La inteligencia artificial que predice el comportamiento de consumo puede ser utilizada para mapear la concentración de la riqueza. Los algoritmos que personalizan la desinformación pueden ser invertidos para democratizar el conocimiento crítico. Las redes que fragmentan pueden ser reconstruidas para conectar experiencias de lucha.

El capitalismo del miedo vende la idea de que la alternativa es el caos, que sin sus mercados, sus ejércitos y sus refugios subterráneos, la humanidad se devorará a sí misma. Es la mentira más antigua de toda clase dominante: confundir su propia supervivencia con la supervivencia de la especie. La tarea de la insurgencia social es demostrar, con hechos y no con discursos, que la cooperación, la planificación democrática y la distribución equitativa de los recursos que ya existen son no solo posibles sino superiores a la lógica del profit y del miedo.

La resistencia viable se construye hoy sobre tres ejes concretos que ya están germinando en las luchas reales:

Primero, el poder dual en los nodos estratégicos de la cadena global. La burguesía ha centralizado su poder en infraestructuras logísticas, energéticas y digitales. Esa centralización es su mayor vulnerabilidad. Comités de trabajadores en puertos (como los de Los Ángeles-Long Beach o Rotterdam), centros de distribución de Amazon, data centers y plantas de servidores deben organizarse para paralizar selectivamente el flujo de capital. Una huelga estratégica de 48 horas en los principales hubs logísticos globales tendría más impacto que décadas de protestas dispersas. No se trata de destruir, sino de demostrar que la sociedad puede funcionar sin los parásitos: coordinando mediante redes autónomas el reparto de bienes esenciales mientras se bloquea la acumulación privada.

Segundo, la reapropiación democrática de la inteligencia artificial y la automatización. La misma tecnología que la tecnoburguesía usa para vigilar y precarizar puede ser invertida. Modelos de IA abiertos y entrenados colectivamente pueden servir para:

·         Mapear en tiempo real la concentración de riqueza y los flujos de evasión fiscal.

·         Diseñar planes de producción y distribución que prioricen necesidades humanas sobre el profit.

·         Democratizar el conocimiento: sistemas educativos masivos, personalizados y gratuitos que eleven la conciencia política de millones en meses, no en generaciones.

·         Coordinar asambleas populares a escala planetaria, traduciendo lenguas y sintetizando propuestas en tiempo real.

Esto no es utopía: es Fully Automated Luxury Communism en construcción. Reducir la jornada laboral a 15-20 horas semanales liberando el tiempo necesario para la política, la creatividad y el cuidado mutuo. Un Ingreso Básico Universal financiado por la expropiación de las fortunas parasitarias y la renta de la automatización. Planificación cibernética democrática —actualización del proyecto Cybersyn chileno de Allende, pero a escala global y con herramientas mil veces más poderosas— que reemplace la “mano invisible” del mercado por la mano visible y consciente de los productores.

Tercero, la construcción de alternativas materiales ya existentes. En los barrios populares, las fábricas recuperadas, las comunidades campesinas y las redes de cuidados mutuos se gestan embriones de la nueva sociedad. Cooperativas de plataforma controladas por riders y delivery workers; bancos comunitarios que financian proyectos de soberanía alimentaria; redes de energía renovable municipalizadas; medios de comunicación autónomos impulsados por IA generativa al servicio de la verdad y no de la propaganda. Estos no son refugios folk, sino bases materiales desde las cuales se erosiona el poder burgués día a día.

La burguesía global se prepara para sobrevivir al fin del mundo que ella misma ha creado. El proletariado del siglo XXI debe prepararse para algo radicalmente distinto: para construir el mundo que viene después de ella. No como herencia de cenizas, sino como conquista consciente de quienes finalmente han dejado de aceptar que la dignidad humana sea un costo externo del balance contable.

Ese día, cuando millones dejen de preguntarse cómo sobrevivir al sistema y comiencen a preguntarse cómo superarlo, los fantasmas de 1789 y 1917 no regresarán como espectros del pasado. Regresarán como fuerza viva, adaptada a las condiciones del presente, armada de la única tecnología que ningún ejército puede destruir: la certeza colectiva de que otro mundo no solo es posible, sino inevitable, porque este ya ha demostrado ser insostenible para la mayoría.

Y la pregunta que definirá nuestra época no será si la humanidad puede sobrevivir al colapso. Será si el orden existente puede sobrevivir a la humanidad que finalmente se ha rebelado contra su propia condena. De otra forma, comprenderá por fuerza más temprano que tarde que el poder nace del fusil o del dron operado remotamente cayendo sobre las bases que sostienen al capitalismo depredador.

Tito Ura, analista y autor en diferentes medios alternativos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: https://rebelion.org/el-fundado-miedo-para-la-burguesia-global/