miércoles, 23 de septiembre de 2026

CÓMO HACER FRENTE A LA PEOR DE LAS POSIBILIDADES: EL FASCISMO

 


La multitud anima a Adolf Hitler durante el congreso nazi en Nuremberg (Alemania), en 1938. 

Edwy Plenel

18/09/2026

Nos faltaba vigilancia. Sin embargo, estábamos advertidos. Y desde hace mucho tiempo. “El vientre de donde surgió la bestia inmunda sigue siendo fértil”: así se tradujo durante mucho tiempo el último verso de La Ascensión Resistible de Arturo Ui, obra de teatro escrita en 1941 en su exilio finlandés por Bertolt Brecht (1898-1956). Para describir la mecánica del advenimiento del nazismo, el dramaturgo alemán transforma a Adolf Hitler en un gángster de Chicago, un jefe mafioso tan grotesco como despiadado. “El Arturo Ui”, resumió, “es una parábola, diseñada con el objetivo de destruir el respeto habitual y peligroso frente a los grandes asesinos". 

La elección de Brecht de un escenario norteamericano no es inocente. El 31 de octubre de 1936, en un discurso pronunciado unos días antes de su reelección, el presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) había atacado a los “viejos enemigos de la paz” que son “el monopolio industrial y financiero, la especulación, la banca agusanada”, antes de continuar así: “Habían comenzado a considerar al gobierno de los Estados Unidos como un simple apéndice de sus asuntos privados. Ahora sabemos que es tan peligroso ser gobernado por el dinero organizado como por el crimen organizado". 

Así que aquí está el vientre fértil, cuya evocación subraya nuestra actual mafiosificación del mundo: este capitalismo criminal, fuera de la ley, que, para sobrevivir, está dispuesto a tirar a las ortigas los harapos de las democracias debilitadas y en declive. Pero, ampliamente popularizada, hasta el punto de convertirse en una expresión común, esta conocida traducción es algo infiel.

No hay ninguna “bestia inmunda” en el texto original de Brecht. ¡Porque esta tierra pútrida sigue siendo fértil! », ofrece la más reciente de las traducciones francesas, que la hace desaparecer. “El vientre sigue siendo fértil de donde sale”, sugirió la traducción que la precedió, en la misma editorial.

Con su “eso”, pronombre indefinido, esta variante se une al corazón del propósito de Brecht: este mal político radical no nos es desconocido, no es ni extraño ni externo. Además, lo sabes muy bien, dice al público en el subtítulo de su obra: “Este gran atraco que conoces bien". 

De la génesis del desastre

En resumen, la llegada al poder de fuerzas autoritarias que pisotean los derechos, amordazan las libertades, discriminan a las minorías y despiden al ideal democrático, en definitiva, de esos enemigos de la igualdad a los que llamamos “extrema derecha” y cuyas vestimentas mundiales son infinitamente variadas, nunca es una fatalidad.

Lejos de ser una catástrofe impredecible, inimaginable e impensable, es el producto de un proceso durante el cual, mucho antes de que ocurriera, las indiferencias y la ceguera, las renuncias y los compromisos, los abandonos y las capitulaciones, la acompañaron y facilitaron. Este es el significado de ese “resistible” del título de Arturo Ui, adjetivo al que Brecht renunciará en la versión del texto posterior a la Segunda Guerra Mundial, ya que el ascenso había resultado, por desgracia, irresistible.

“Que las cosas sigan como antes, aquí está la catástrofe”, desliza en su Libro de Pasajes Walter Benjamin (1892-1940), ese otro antifascista alemán. Producto tanto de lucidez como de desesperación, su suicidio en Portbou, España, el 26 de septiembre de 1940, puso fin trágicamente a su huida de la Europa nazificada que le permitiría encontrar, en los Estados Unidos, a su amigo exiliado Theodor W. Adorno (1903-1969) con quien no había dejado de escribirse.

Es de este “como antes”, de esta génesis del desastre, de los hábitos y de las adaptaciones que hacen el juego y la cama a la catástrofe, de lo que nos habla Le Nouvel Extremisme de droitetexto profético de Adorno, de una conferencia pronunciada en 1967 en Viena, Austria, ahora reeditado por la colección de bolsillo “Champs” de las ediciones Flammarion, en una traducción de Olivier Mannoni.

“Las condiciones sociales del fascismo siguen existiendo”, afirma desde el principio esta figura de la escuela de Frankfurt. Dos décadas después del colapso del régimen nazi, Adorno se propone desarrollar “la idea de que las condiciones de existencia de los movimientos fascistas siguen estando presentes a nivel social, si no a nivel político inmediato”.

Leer este texto hoy, casi sesenta años después, es tomar la medida de la larga somnolencia que precedió a la evidencia que, ahora, nos alarma y nos abruma: esta posibilidad de lo peor de la que el estadounidense Donald Trump, el ruso Vladimir Putin, el israelí Benyamin Netanyahu, el argentino Javier Milei y muchos otros son las encarnaciones.

Nos tranquilizamos demasiado bien. A medida que las generaciones siguientes se dieron cuenta de ello, la inconmensurabilidad de los crímenes nazis, en primer lugar el genocidio de los judíos de Europa, se hizo una pantalla, adormilando nuestra vigilancia. Ante la monstruosidad de la Shoah, el “nunca más” se ha convertido en un “nada se parece, nada se parecerá a eso”, lo que lleva a una lectura de la catástrofe por el final, en el olvido, incluso la ignorancia de lo ordinario que la había hecho acontecer.

Así desvitalizadas, como si hubieran sido vaciadas de sus mecanismos internos, las palabras “fascismo” y “nazismo” se han convertido en obstáculos a la lucidez. Se les conjura oficialmente para que nos cieguen mejor sobre sus renacimientos. Descarnadas de la época que las contextualiza y las documenta, han acabado perteneciendo a un pasado congelado cuyas conmemoraciones son tan distantes, que las encierran en los escaparates de una “historia antigua”, para retomar la fórmula de Nietzsche en sus Consideraciones obsoletas.

Un requisito de similitud sirvió de coartada a la ceguera: si no es del todo lo mismo, si no hay bandas armadas como las secciones de asalto del partido nacionalsocialista, esvásticas y saludos nazis, es porque no hay riesgo de reincidencia.

Y es así, con la certeza de haber conjurado el peligro epidémico de una nueva peste parda, que nuestros gobernantes y nuestros medios de comunicación, en las últimas décadas, se han adaptado a palabras y hechos, ideologías y políticas -especialmente sobre inmigración y seguridad-, facilitando el camino a los nuevos fascismos de este siglo XXI cuyo progreso parece, de nuevo, irresistible.

Rastrear las señales de un regreso a lo peor

El fascismo siempre puede volver, en nuevas formas pero con las mismas constantes. Porque su surgimiento no es ajeno a la incompletitud de las democracias. Porque no es una agresión externa, sino una descomposición interior. Esto es lo que Theodor W. Adorno no dejó de martillar hasta su último aliento: murió en 1969, dos años después de la Conferencia de Viena.

La generación de supervivientes a la que pertenecía seguía obsesionada por el colapso alemán que había presenciado y que no había podido evitar. ¿Cómo pudo surgir la barbarie en el corazón de la civilización? ¿Por qué ningún dique se había mantenido, hasta permitir el crimen contra la humanidad? ¿Qué resortes psicológicos han podido facilitar la perdición del hombre en este odio absoluto al Otro -el judío en este caso-, que es la negación de su propia humanidad?

Estas preguntas, lejos de despedir el pasado, lo transforman en vigilancia del presente. Por lo tanto, para Adorno y sus semejantes, era obvio que había que rastrear las señales, incluso las más débiles, de un regreso de lo peor. Y rastrearlos en profundidad, mucho más allá de las apariencias.

Es por eso que se burla aquí de esta “consolación burguesa de orden quietista” que se tranquiliza por la denuncia de las provocaciones de grupos neonazis, sin ver que el mal está más enterrado, anclado en la imperfección de una “democracia que en ninguna parte se ha materializado real y completamente”, una democracia “que sigue siendo formal”, “no, hasta la fecha, totalmente a la altura de la idea que tiene de sí misma”.

“No quiero abordar el tema de las organizaciones neonazis”, dijo en otra famosa conferencia, de 1959, recogida en Modelos críticos. Considero que la supervivencia del nacionalsocialismo dentro de la democracia es potencialmente más amenazante que la supervivencia de las tendencias fascistas contra la democracia. Bajo el título "¿Qué significa: repensar el pasado?", Adorno amartilla, a la atención de un público alemán, su convicción de que "queremos liberarnos del pasado erróneamente porque el pasado del que queremos escapar sigue estando muy vivo".

Seguirán otras tres conferencias que, todas, desarrollan este cuestionamiento: en 1960, en torno al “deseo autoritario”, como continuación de una investigación publicada en 1950 en los Estados Unidos sobre “la personalidad autoritaria”; en 1962, bajo la forma de un llamamiento “para combatir el antisemitismo hoy”; y esta, de 1967, buscando identificar “el nuevo extremismo de derecha”.

Forman un tríptico coherente, como señala la filósofa Marie-Andrée Ricard, traductora de la primera de ellas: “A los ojos de Adorno, la personalidad autoritaria, el extremismo de derecha y la ideología nacionalista, especialmente la antisemita, son las tres caras principales de una misma plaga que se llama fascismo, o que tiende al menos hacia este orden antidemocrático y, por lo tanto, también potencialmente totalitario". 

Antes de estas conferencias con fines pedagógicos y en el punto de partida de las reflexiones que las inspiran, hay una obra fundacional, coescrita con Max Horkheimer (1895-1973) durante la guerra, La Dialectica de la razón. Fechada en mayo de 1944, su introducción la presenta como un "intento de comprender por qué la humanidad, en lugar de comprometerse en condiciones verdaderamente humanas, se hundía en una nueva forma de barbarie".

En contra de las filosofías del progreso, cuyo tiempo lineal no integra las bifurcaciones regresivas, Horkheimer y Adorno cuestionan la autodestrucción de la Ilustración, este colapso de la justicia y el derecho donde las democracias pueden dañarse.

La primera de las “Notas y bocetos” colocadas en el anexo de este libro pone de relieve la motivación íntima de los dos autores: una ira nunca apagada contra todos estos hermosos espíritus, llenos de certezas e instalados en su comodidad, material o ideológica, que no quisieron ver o, peor aún, que no temieron el ascenso del nazismo.

Se titula “Contra los que tienen respuesta a todo”, y comienza así: “La época hitleriana nos enseñó, entre otras cosas, que es estúpido ser demasiado inteligente. ¡Cuántos argumentos bien fundados no han presentado los judíos para demostrar que Hitler tenía pocas posibilidades de tomar el poder en un momento en que su ascenso ya era tan obvio! Recuerdo una conversación en la que un economista afirmaba que era imposible poner a toda Alemania en uniforme, argumentando que los intereses de los cerveceros bávaros se opondrían a ello. Entonces, otras personas bien informadas afirmaron que el fascismo era imposible en Occidente. Sin embargo, con su estupidez, estos espíritus malignos han facilitado la tarea a los bárbaros". 

Comprender lo que nos ha pasado, para resistir mejor

A menos de un año de una elección presidencial francesa que, en 2027, podría ofrecer el poder a la extrema derecha, ¿cómo no leer estas líneas sin pensar en nuestros espíritus malignos contemporáneos que, desde los primeros avances electorales del Frente Nacional en 1983-1984, no han dejado de relativizar el peligro?

Cuatro décadas durante las cuales, bajo presidencias de izquierda y derecha, este riesgo fue sucesivamente minimizado, instrumentalizado, valorado, trivializado, enmarcado, frecuentado, ennoblecido... Y después de tres elecciones presidenciales en las que la extrema derecha pasó a la segunda vuelta (en 2002, 2017 y 2022), tiene el viento a favor, y está más que nunca en una posición de fuerza galvanizada por un contexto internacional favorable a los nuevos fascismos.

Pero nada es inevitable: la historia nunca se escribe de antemano y lo improbable puede frustrar los escenarios más establecidos. Por lo tanto, es importante comprender lo que nos ha sucedido colectivamente, para resistir mejor, hacer frente y suplir con inteligencia nuestras carencias y debilidades. Esta es la finalidad de este ensayo de Theodor W. Adorno, cuyos diagnósticos son también profecías.

En primer lugar, plantea desde el principio, está el capitalismo, su “tendencia siempre dominante a la concentración del capital”, su carrera infinita hacia la codicia y la depredación, este “ilimitismo” que siempre ha sido su marca, en un deseo de explotación sin frenos ni límites de la vida, tanto de los hombres como de la naturaleza, y este reinado absoluto de la mercancía que reifica y deshumaniza.

En 1967, cuando el pleno empleo aún reinaba, la revolución digital apenas tartamudeaba y la inteligencia artificial pertenecía a la ciencia ficción, Adorno ya ve acechar “el espectro del desempleo tecnológico” y llegar ese momento en el que “incluso las personas integradas en el proceso de producción ya se sienten potencialmente superfluas”, en otras palabras, este tiempo de degradación en el que “se consideran en realidad como posibles desempleados”.

Cuando llega a su punto de ruptura, convertido en capitalismo del desastre, ya que su insaciabilidad lleva a la humanidad a un callejón sin salida, el capital se encuentra con esta cualidad particular del fascismo de ser, según Adorno, “una práctica sin concepto”. Con esto quiere decir ser una máquina de poder, un “poder incondicional”, hábil para captar a las masas unificándolas en torno a un “léxico del miedo” y una “llamada a la personalidad autoritaria”. La nueva extrema derecha, tal y como la entiende Adorno, no necesita una “teoría realmente constituida”, solo le importa su adaptabilidad a un único objetivo: la conquista, cueste lo que cueste, sin fe ni ley, del poder.

Mucho antes de que los discursos de extrema derecha ganaran hegemonía en la batalla cultural, Adorno predijo que este sería “el ámbito en el que pueden intentar, y lo intentarán con seguridad, e intentarán aún más desencadenarse”.

Considerando la propaganda “como el centro, como la cosa misma” del fascismo, anticipó esta dictadura de las opiniones que, hoy en día, sofoca lentamente la democracia de la información, deslegitimando las verdades de hecho en favor de las mentiras que son las supuestas verdades alternativas - de creencia, convicción, identidad, comunidad, prejuicio, etc.

Mejor aún, Adorno anticipa el advenimiento -o más bien el regreso, porque ya era una característica de la modernidad reaccionaria de la década de 1930, documentada por el historiador Jeffrey Herf- de este tecnofascismo del que los oligarcas de la Silicon Valley californiana son hoy los promotores y Elon Musk la figura emblemática.

Evoca aquí esta “curiosa unidad de sistema de demencia y perfección tecnológica” que desplegó el nazismo y, en otro lugar, subraya cómo el fetichismo de la técnica es uno de los rasgos distintivos de la “personalidad autoritaria”, que la considera como un fin en sí misma, donde el objetivo buscado justifica todos los medios, sin ningún límite moral, sin ningún impedimento ético.

“La cuestión es saber quién manda, eso es todo”: esta réplica de Humpty Dumpty a Alice en Al otro lado del espejo (1871), la obra de Lewis Carroll, podría resumir el vínculo que Adorno establece entre la psicología social -la “personalidad autoritaria”- y la dinámica política -el golpe de fuerza transgresor- en la génesis ininterrumpida de la extrema derecha.

“Es soberano quién decide la situación excepcional”, se hace eco de Carl Schmitt (1888-1985), ese jurista alemán unido al nazismo que teorizó el estado de excepción en el que se impone una voluntad sin obstáculos mediante la designación de un enemigo vital. Una estrategia resumida abruptamente por el estadounidense Curtis Yarvin en una entrevista con Le Grand Continent“Cuando actúas con una autoridad desinhibida, las cosas se arreglan rápidamente”, confiesa este vaquero de la “Ilustración oscura”  trumpista, conocido por sus comentarios racistas, esclavistas y eugenistas.

La democracia es el arte y la exigencia de los límites

Por el contrario, la democracia es el arte y la exigencia de los límites y la precaución. Estado de derecho, separación de poderes, derecho internacional, igualdad de derechos sin distinción de nacimiento, apariencia, creencia: estos principios, tan blandidos como maltratados hoy en día, no dicen otra cosa que la necesidad de obstaculizar los poderes, impedir sus abusos, proteger a los individuos, autonomía de la sociedad, respeto de las oposiciones.

Para derrocarlos, los fascismos siempre encontrarán nuevos chivos expiatorios para arruinar el ideal que fundamenta este ideal democrático, a saber, la proclamación, desde el siglo XVIII, de la igualdad natural, motor de todas las emancipaciones. Caza al inmigrante, al extranjero, al diferente, a las minorías, en todas las latitudes ya que el origen no protege de nada.

“No hay hábito particular para este monje”, subraya el historiador estadounidense Robert O. Paxton en Le Fascisme en action (Seuil, 2004), libro escrito bajo el impacto de la guerra contra el terrorismo que, tras el atentado del 11 de septiembre, abrió el camino para el renacimiento del fascismo estadounidense, del que la presidencia de Trump es la culminación.

Al unirse a la alarma visionaria de Theodor W. Adorno, Paxton subraya las “pasiones movilizadoras” de las acciones fascistas cuya imaginación desafía a las fuerzas democráticas. Podemos definir el fascismo, escribe, como una forma de comportamiento marcado por una preocupación obsesiva por el declive de la sociedad, por su humillación y victimización, por los cultos compensatorios de la unidad, la energía y la pureza. »

Anticipando el devastador advenimiento del trumpismo, Paxton recomendó no limitarse a buscar “réplicas exactas” para descubrir los signos de advertencia de un nuevo ciclo fascista. Por su parte, los discernía “en situaciones de parálisis política durante una crisis, en la actitud de los conservadores en busca de aliados más enérgicos y dispuestos a renunciar a los procedimientos legales y al respeto de la ley para obtener un apoyo masivo a través de la demagogia nacionalista y racista”. “Los fascistas”, resumió, “están cerca del poder cuando los conservadores comienzan a tomar prestados sus métodos". 

Estamos ahí. Solo una pasión movilizadora contraria podrá hacer retroceder esta sombra ganadora. Es la conclusión de Adorno la que llama a desplegar “la fuerza decisiva de la razón”, es decir, reagruparse lo más ampliamente posible en la defensa de lo esencial. Pero sin ilusiones ni demagogías, subraya, es decir, “apelando a la verdad realmente no ideológica”.

Frente a la extrema derecha, nos dice Adorno, no basta con creer que pensamos políticamente lo correcto. También es necesario hacer converger y esforzarse por federar todas las buenas voluntades que toman conciencia del riesgo incurrido, más allá de los matices y divergencias que las atraviesan u oponen.

“La forma en que evolucionarán las cosas, y la responsabilidad de su evolución, depende de nosotros en última instancia”, concluye Adorno. Una conclusión que vuelve a la caída de Arturo Ui:

“Pero tú, levanta la vista, deja de cotorrear
Aprende a ver y, por fin, actúa".

Somos nosotros y nosotras los que tenemos que actuar juntos, con la certeza de la posibilidad de lo peor.

 

Edwy Plenel

Antiguo director de "Rouge", es fundador y director de Mediapart, Francia. Este texto es el prefacio de la edición francesa de bolsillo de "El nuevo extremismo de derechas" de Theodor W. Adorno.

Fuente:

https://www.mediapart.fr/journal/culture-et-idees/080926/presidentielle-2027-affronter-la-possibilite-du-pire

https://www.sinpermiso.info/textos/como-hacer-frente-a-la-peor-de-las-posibilidades-el-fascismo

 

“EL CAPITALISMO MÁS ALLÁ DEL NEOLIBERALISMO: CRISIS, CAMBIOS Y LO QUE VIENE DESPUÉS”

 


Michael Roberts

18/09/2026

 

I-Mattei, China, etc.

La 16.ª Conferencia Anual de Economía Política se celebró en Lisboa, Portugal, la semana pasada. Organizada por la Iniciativa Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPPE), el tema de la conferencia de este año fue “El capitalismo más allá del neoliberalismo: crisis, cambios y lo que viene después”.

La IIPPE se fundó en 2006 con el objetivo de “desarrollar y promover la economía política en sí misma, pero también a través de un diálogo crítico y constructivo con la economía dominante, las alternativas heterodoxas, la interdisciplinariedad y el activismo, entendido en sentido amplio, desde la formulación de políticas progresistas hasta el apoyo a los movimientos progresistas… Aunque esperamos que la economía política marxista tenga una fuerte presencia y que los participantes la aborden con seriedad como tal, el IIPPE es un foro pluralista en el que todas las corrientes progresistas de la economía política son bienvenidas”.

Hubo dos ponentes principales. Clara Mattei es de la Universidad de Tulsa, Oklahoma, y presidenta fundadora de FREE: Forum for Real Economic Emancipation, donde presenta un podcast semanal de FREE. También puso en marcha el nuevo y ambicioso Centro de Economía Heterodoxa (CHE) en Tulsa.

En sus trabajos, Mattei sostiene que la austeridad no es un error técnico de política, sino una herramienta permanente y estructural que se utiliza para proteger el orden capitalista y reprimir el poder de la clase trabajadora. Tal y como detalla en su libro de 2022, The Capital Order: How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism, la austeridad moderna se diseñó en la Gran Bretaña e Italia de la posguerra para neutralizar el creciente radicalismo de la clase trabajadora.

Mattei sostiene que la austeridad es una intervención política impuesta desde arriba, diseñada para mantener a la mayoría en una situación de inseguridad económica y dependiente del mercado laboral privado para sobrevivir. La pobreza, la desigualdad, la inflación y el desempleo no son fallos accidentales del capitalismo; son mecanismos fundamentales que se utilizan como arma para impedir que las y los trabajadores ganen poder de negociación. La economía dominante se presenta como una verdad neutral y científica, pero sus modelos, en realidad, sirven a los intereses de la élite al convencer al público de que no hay alternativa al capitalismo.

En su nuevo libro Escape from Capitalism, Mattei sigue defendiendo que las reformas socialdemócratas solo pueden estabilizar el sistema, en lugar de transformarlo. Sin embargo, el capitalismo tiene que ser sustituido, no reparado. El objetivo de la producción capitalista no es la creación de valores de uso que favorezcan el desarrollo humano, sino la acumulación sin fin de valor de cambio por parte de una clase a través de su control sobre el trabajo de otra. La indignación generada por décadas de presión a la baja sobre el nivel de vida y el recorte de los estados del bienestar mediante medidas de austeridad cada vez más duras –que han sido necesarias para el capital– ha creado un terreno fértil para la política de la extrema derecha.

De ahí surge la pregunta: ¿cuál es la alternativa a la organización económica de la sociedad, si no son los mercados y la acumulación de capital con fines lucrativos? Mattei plantea esto, pero no lo desarrolla. Como señalan Stephen Maher y Scott Aquanno en una reseña del último libro de Mattei: si hay que escapar del capitalismo, eso solo será posible sustituyendo los mercados por la planificación a nivel nacional e internacional. Las cooperativas de trabajadores y las instituciones financieras gestionadas por la comunidad no bastarán. “Escapar” requiere sustituir la competencia entre empresas privadas por una coordinación a nivel macro de empresas de titularidad pública.

Antes de hablar del segundo discurso principal de Alfredo Saad-Filho, déjenme comentar algunas de las otras sesiones de la conferencia de la IIPPE. Como siempre, hubo demasiadas para abarcarlas en una artículo corto. Además, no estuve presente físicamente en la conferencia; solo participé y asistí a las sesiones híbridas en línea. Pero sí que recopilé algunas ponencias y presentaciones de varias sesiones para comentarlas.

El Grupo de Trabajo sobre China de la IIPPE organizó un sinfín de sesiones en línea y comenzó con una mesa redonda especial sobre la naturaleza de la economía y el Estado chinos, con un provocativo título: China no es capitalista. Esto atrajo a un buen número de asistentes tanto en Lisboa como en línea. Hubo cuatro ponentes.

Empecé mi presentación con una pregunta: ¿Es China capitalista o socialista? En mi opinión, no es ni lo uno ni lo otro. El primer argumento es histórico. China vivió una revolución en 1949 que expulsó a las fuerzas militares de los capitalistas y terratenientes y empezó a nacionalizar la tierra, la industria y las finanzas con un plan centralizado, al estilo soviético. En mi opinión, China, por lo tanto, claramente no era capitalista a partir de 1949. Las reformas de Deng de 1978 ampliaron el sector privado y los mercados, fomentaron la inversión extranjera y dieron inicio a la industrialización urbana. La planificación centralizada de tipo soviético dio paso a una planificación indicativa basada en orientaciones y directrices. Pero se mantuvieron los planes quinquenales, los sectores estatales dominaban las industrias clave, las finanzas y el capital, y se mantuvieron los controles sobre los flujos de capital transfronterizos.

Así que, en mi opinión, a partir de 1978 China no volvió al capitalismo, sino que desarrolló una economía híbrida en la que la maquinaria estatal, bajo el control del Partido Comunista, seguía llevando las riendas. El capitalismo se expandió, surgieron multimillonarios y apareció un mercado de valores. Pero la economía siguió estando dominada por el Estado y la inversión pública. De hecho, esa fue la razón por la que China pasó de ser una economía agrícola relativamente pobre a convertirse en una potencia industrial y exportadora en solo 40 años, sacando de la pobreza a más de 800 millones de chinos, según la definición del Banco Mundial. Eso habría sido imposible si China fuera simplemente otra economía capitalista más, con sus auges y sus crisis, como lo son la India o Brasil.

Pero China no es socialista, ni siquiera se está moviendo hacia el socialismo, como les gusta afirmar a los líderes chinos. El socialismo, en términos marxistas, es una organización social humana sin mercados, sin capital privado, sin dinero y en la que la maquinaria estatal (cuerpos armados de hombres) ha sido sustituida por una administración civil de las cosas a escala mundial. Entonces, ¿qué es China? Es una economía de transición, donde sigue operando la ley del valor (salarios, dinero, beneficios) y donde existen desigualdades considerables de ingresos y riqueza. Además, China está rodeada de Estados imperialistas empeñados en su destrucción y en el establecimiento del capitalismo. No existe un mundo socialista. Pero en China, el desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando en manos de un Estado (burocrático), no de una clase capitalista. Para una exposición más completa de mis argumentos, échale un vistazo a mi artículo.

Mis compañeros ponentes también coincidieron en que China no es capitalista, aunque quizá se mostraran más dispuestos a aceptar que China se está “encaminando hacia el socialismo”. Torkil Lauesen argumentó que, si bien China no es capitalista, tampoco es socialista, al menos no todavía. De hecho, no hay ningún país socialista ni lo ha habido nunca. En cambio, las luchas anticoloniales del siglo XX dieron lugar a un grupo especial de Estados que abolieron el capitalismo, pero seguían en transición. Estos Estados intentan sobrevivir frente a las potencias imperialistas, al tiempo que tratan de desarrollar las fuerzas productivas basadas en la propiedad pública y la planificación. Estos Estados en transición han demostrado ser superiores al capitalismo occidental en cuanto a crecimiento económico y satisfacción de las necesidades sociales. Y China se ha convertido ahora en líder tecnológico en una amplia gama de sectores. Aunque a mí me preocupa que el estado de transición de China pueda volver al capitalismo, Lausen se mostró más optimista y cree que China podría avanzar hacia un modo de producción socialista en las próximas décadas.

Mick Dunford es profesor de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad de Sussex y autor de Revisiting Uneven Development, sobre el que le entrevisté hace poco. Sostuvo que tenemos que ver el mundo desde una perspectiva no occidental. China ha evitado la transición al capitalismo y, en su lugar, sigue una política orientada a satisfacer las necesidades humanas, en la que el reconocimiento social se deriva de “lo que aportas al trabajo compartido de la vida cultural y material”, en lugar de “la transformación interminable del trabajo humano en valor abstracto, representado por el dinero”. Dunford cree que China va camino del socialismo. La transición al socialismo en China ha pasado por tres fases. En primer lugar, una fase turbulenta de construcción socialista en un contexto de escasez de capital y embargos estadounidenses (1949-1978); en segundo lugar, una fase de reforma y apertura en la era de la globalización neoliberal, cuyos primeros indicios se remontan al acercamiento con EEUU a principios de los años 70 (1978-2017); y ahora una Nueva Era que data de 2017, centrada en la innovación, el desarrollo verde, la prosperidad común y un orden mundial equitativo.

Dic Lo es economista político en el Lingnan College de la Universidad Sun Yat-sen y en la SOAS. Empezó diciendo que el socialismo tiene como ideal la emancipación del trabajo de la alienación. Un socialismo viable implica que la realización de ese ideal debe basarse en la creación de las condiciones materiales necesarias. La crueldad de la historia es que las revoluciones que aspiraban al socialismo solo han tenido éxito en sociedades económicamente atrasadas, pero han fracasado en las sociedades avanzadas. Por eso, la acumulación socialista primitiva ha sido la tarea principal de estas sociedades revolucionarias. Los países del antiguo bloque soviético lograron grandes avances, pero, al final, fracasaron en este sentido. Sin embargo, Lo cree que la “economía socialista de mercado» de China parece estar cerca del éxito. La pregunta ahora es si China se convertirá en una economía capitalista avanzada más o si irá más allá, hacia el socialismo. “Depende en gran medida de la interacción entre el Estado, el capital y el trabajo en la economía política china, en el contexto de la incertidumbre del capitalismo a escala mundial”. Efectivamente.

Así pues, todos los ponentes coincidieron en que China no era capitalista en términos marxistas. Pero discrepaban sobre si China era socialista o estaba en camino hacia el socialismo. Por el contrario, la mayoría de los participantes del público (no todos) se oponían a la opinión de la plataforma de que China no es capitalista. Un ponente de Brasil argumentó que la inversión china en Brasil no era más que otro ejemplo de explotación imperialista como en Occidente, es decir, la extracción de recursos utilizando mano de obra china o imponiendo condiciones de explotación. Otro ponente dijo que China era claramente capitalista, ya que la mayoría de los trabajadores chinos estaban empleados en empresas capitalistas y, por lo tanto, el Estado no era dominante. Otro planteó la cuestión de si China era realmente una forma especial de capitalismo, el capitalismo de Estado, en el que el Estado controla la plusvalía en beneficio de una élite minúscula.

En mi opinión, la inversión de China en el Sur Global tiene como objetivo conseguir materias primas vitales para su desarrollo industrial, quizá a costa de la mano de obra de esos países, pero a diferencia de instituciones lideradas por Occidente, como el Banco Mundial o el FMI, que a menudo imponen una gobernanza estricta, austeridad fiscal y largas trabas burocráticas a los préstamos, China ofrece financiación rápida para infraestructuras clave –como ferrocarriles, puertos y centrales eléctricas– que, de otro modo, a los países en desarrollo les costaría mucho financiar. Añadiría que la transferencia de plusvalía de las economías del Sur Global a China a través del comercio y la inversión es minúscula en comparación con la extracción de plusvalía de China y del Sur Global hacia Occidente (véase mi artículo y también el trabajo de Andrea Ricci, que también presentó su ponencia en Lisboa.

Sí, la mayoría de los trabajadores y trabajadoras chinos están empleados en el sector capitalista, pero eso no determina si una economía es capitalista o no. ¿Diríamos que, como la mayoría de los trabajadores estadounidenses están empleados en empresas pequeñas y medianas (73%), la economía de EEUU está dominada por pequeños capitalistas? No, lo que importa es el control de los medios de producción.

En China, predomina el sector público. De las 100 principales empresas chinas, alrededor de dos tercios son de propiedad estatal o están controladas por el Estado. Las empresas capitalistas nacionales y de propiedad extranjera son una clara minoría. Ningún otro país del mundo tiene una composición de la propiedad como esta.

En cuanto a si China es una economía capitalista de Estado, te remito a mi artículo citado más arriba. Las fuerzas productivas de la economía china se han expandido a un ritmo sin precedentes desde la revolución de 1949 (por ejemplo, en comparación con la India), y sin sufrir ninguna recesión ni caída en ninguno de los años en que el capitalismo global sí las sufrió (véase el gráfico de la evolución del PIB real más abajo). Si eso es un ejemplo de expansión capitalista o de capitalismo de Estado, entonces quizá deberíamos reconocer que el capitalismo aún puede contribuir al progreso de la humanidad. En cambio, yo creo que no. China no es un modelo de éxito capitalista, sino un ejemplo de propiedad pública y planificación por encima de la rentabilidad capitalista.

TheNextRecession

II- IA, imperialismo, dinero y fascismo

Chandrasekharan Saratchand, profesor de Economía en el Satyawati College de la Universidad de Delhi, presentó su crítica a la llamada inteligencia artificial general (IAG). La tesis es que la IAG puede aumentar indefinidamente la producción sin depender de una mano de obra humana cada vez mayor. Por eso, pone en peligro la participación de las y los trabajadores en la producción. Utilizando un enfoque neoclásico marginalista de los factores de producción, Saratchand considera que la IAG convertirá el conocimiento humano en una mercancía y lo automatizará para transformarlo en “capital mecánico escalable”, con lo que los propietarios del capital ya no tendrán que repartir salarios en función de las habilidades humanas. La desigualdad de riqueza e ingresos aumentará drásticamente, junto con una mayor concentración de los medios de producción. De hecho, sin intervención, las enormes ganancias de productividad que traerá la IAG serán monopolizadas, lo que provocará desempleo estructural y la pérdida de poder de la mano de obra mundial. Saratchand cree que confiar en que las entidades comerciales actúen con moderación es estructuralmente inviable debido a las inmensas presiones financieras de los inversores. En su lugar, aboga por “marcos institucionales rígidos y de arriba abajo para preservar el bienestar humano”.

Este análisis presenta varios problemas. En primer lugar, da por hecho que la IAG –es decir, los modelos de IA superinteligentes– será capaz de sustituir el trabajo humano casi por completo. En mi opinión, es muy poco probable que los grandes modelos de lenguaje (LLM) sean lo suficientemente inteligentes como para hacerse cargo de todos los sectores y profesiones de la industria. De hecho, podría pasar incluso una década o más hasta que la IA normal se adopte de forma generalizada en toda la economía.

En segundo lugar, la IA general nunca podrá sustituir ni replicar las habilidades y los conocimientos humanos. Recordemos lo que dijo Noam Chomsky sobre la IA:

“La mente humana no es como ChatGPT y similares, un pesado motor estadístico para la identificación de patrones, que se atiborra de cientos de terabytes de datos y extrapola la respuesta conversacional más probable o la respuesta más probable a una pregunta científica. Al contrario, la mente humana es un sistema sorprendentemente eficiente e incluso elegante que funciona con pequeñas cantidades de información; no busca inferir correlaciones brutas entre puntos de datos, sino crear explicaciones. Dejemos de llamarlo inteligencia artificial y llamémoslo por lo que es: “software de plagio”, porque no crea nada, sino que copia obras existentes –de artistas– modificándolas lo justo para eludir las leyes de derechos de autor”.

Como argumentamos Guglielmo Carchedi y yo en nuestro libro, Capitalism in the 2th Century (pp. 167-74), las máquinas no pueden concebir cambios potenciales ni cualitativos. El nuevo conocimiento surge de esas transformaciones (humanas), no de la ampliación del conocimiento existente (máquinas). Solo la inteligencia humana es social y puede ver el potencial de cambio, en particular el cambio social, que conduce a una vida mejor para la humanidad y la naturaleza.

Hace poco, unos investigadores de Oxford publicaron un artículo titulado “Theory Is All You Need”. En él se refuta la afirmación de que los modelos computacionales puedan generar auténtica novedad o nuevos conocimientos. Los LLM son máquinas de probabilidad que analizan retrospectivamente los datos existentes. La cognición humana mira hacia el futuro y es capaz de generar auténtica novedad. La cognición humana funciona, en teoría, de forma descendente (top-down) en lugar de ascendente (bottom-up) a partir de los datos. La IA se basa en predicciones a partir de datos, lo cual es en gran medida imitativo. Las y los humanos, sin embargo, usamos una lógica causal basada en la teoría que nos permite tener creencias que van más allá de los datos existentes. Las y los humanos no solo procesamos información, usamos la teoría para, en la práctica, intervenir en el mundo. “Nos dedicamos a la experimentación dirigida para generar datos completamente nuevos”. En mi opinión, estos son argumentos de peso contra el miedo actual expresado por las empresas de IA y que los medios de comunicación (Martin Wolf) los aceptan sin más: que la IA está fuera de control y destinada a dominar a la humanidad hasta nuestra destrucción.

El verdadero temor para los trabajadores y trabajadoras no es ese, sino la pérdida de empleos dignos y del nivel de vida a medida que los agentes de la IA sustituyan a los trabajadores en distintos sectores. El FMI calcula que el 60% de los empleos en las economías avanzadas se verán afectados. Los economistas de Morgan Stanley estiman que los bancos europeos podrían reducir su plantilla en torno a un 10% para 2030. La estimación se basa en un análisis de 35 entidades crediticias importantes que, en conjunto, emplean a unos 2,12 millones de personas. Un recorte de esa magnitud se traduciría en la desaparición de unos 212000 puestos de trabajo en los próximos cinco años.

En la década de 1850, Marx dejó claro el efecto de las nuevas tecnologías que ahorran mano de obra:

“Los hechos reales, que el optimismo de los economistas tergiversa, son estos: los trabajadores, cuando la maquinaria los expulsa del taller, quedan arrojados al mercado laboral. Su presencia en el mercado laboral aumenta el número de fuerzas de trabajo a disposición de la explotación capitalista… el efecto de la maquinaria, que se ha presentado como una compensación para la clase trabajadora, es, por el contrario, un azote de lo más terrible”.

Así que el problema no es ningún desastre existencialista que se avecine para la humanidad a causa de máquinas de IA superinteligentes fuera de control; es más probable que una crisis existencial venga del cambio climático. El verdadero problema es quién controla los medios de producción (la IA). En lugar de desarrollar la IA para obtener beneficios, reducir puestos de trabajo y mermar los medios de vida de las personas, una IA bajo propiedad y planificación comunes podría reducir las horas de trabajo de todo el mundo y liberar a las personas de la rutina para que se concentren en el trabajo creativo que solo la inteligencia humana puede ofrecer.

Hubo varias ponencias sobre economía política marxista, la teoría del valor y la tasa de ganancia. Voy a centrarme en un estudio empírico. Leonardo Segura Moraes presentó una ponencia sobre Valor, precio de producción y rentabilidad en la economía brasileña entre 2010 y 2025. En lugar de hacer cálculos con datos agregados de las cuentas nacionales, Segura partió de los balances de 48 empresas brasileñas –un enfoque de abajo arriba–. A partir de estos balances, calculó las categorías marxistas de capital constante y capital variable, plusvalía, rotación del capital y tasa de ganancia. Segura descubrió que la tasa de ganancia del capital en Brasil bajó de 2010 a 2015, se recuperó hasta 2018 y luego se estabilizó. Entre 2010 y 2015, la tasa media de ganancia de la muestra siguió una tendencia a la baja, pasando del 13,7% al 7,1%. A este periodo de crisis le siguió uno de recuperación hasta 2018 (cuando la tasa media de ganancia de la muestra alcanzó el 14,28%). Tras el fin de la recesión provocada por la pandemia, la tasa de ganancia se mantuvo más alta.

Lo que me pareció interesante fue que los resultados del enfoque de abajo arriba de Segura coincidían con los obtenidos a partir de datos agregados (enfoque de arriba abajo). Calculé la tasa de ganancia del capital en Brasil utilizando las Penn World Tables (serie 11.0) y observé una caída similar de la tasa de ganancia cuando terminó el auge de las materias primas que comenzó en la década de 2000; y, al igual que en los datos de Segura, hubo una recuperación a partir de 2015, pero la tasa seguía siendo más baja en 2023 que en 2010. Así que dos métodos de cálculo diferentes dieron resultados similares, lo que refuerza el respaldo empírico a la ley de la rentabilidad de Marx.

En otra sesión, Cristina Re, de la Universidad de Parma, y Gianmaria Brunazzi, de la Universidad de Milán, presentaron una versión actualizada de su tesis sobre el “imperialismo de la deuda”, que ya habían expuesto en el congreso de Materialismo Histórico celebrado en Londres el pasado noviembre. Su teoría entonces era que, dado que el dólar era la moneda de intercambio y de reserva mundial, la deuda de EEUU con el extranjero no era una desventaja, sino más bien un nuevo arma económica para que el imperialismo estadounidense dominara a otros países.

“El imperialismo de la deuda es una configuración en la que el centro mantiene su dominio emitiendo pasivos con demanda internacional, absorbiendo los excedentes extranjeros y utilizando el poder de mercado, monetario y militar para gestionar las contradicciones generadas por el auge de las semiperiferias. Los déficits de EEUU no son simplemente un síntoma de declive. Forman parte de la arquitectura del poder imperial contemporáneo”.

Tengo que decir que en aquel momento esta teoría no me pareció convincente (véanse mis comentarios adjuntos). Para mí, el imperialismo de la deuda es cuando los países pobres acumulan enormes deudas (préstamos) con instituciones imperialistas para crecer, pero luego, ante las crisis económicas, se ven obligados a declararse en mora, devaluar sus monedas e imponer medidas de austeridad severas para cumplir con sus obligaciones con los bancos del Norte Global y el FMI, etc. EEUU. es una excepción como deudor debido al “privilegio extraordinario” del dólar y a que puede financiar fácilmente sus déficits comerciales mediante inversiones extranjeras en empresas y activos financieros estadounidenses.Pero no veo cómo se deduce de esto que la deuda estadounidense sea una nueva vía de dominación para el imperialismo estadounidense. En el IIPPE, Re y Brunazzi han ampliado su teoría para argumentar que el imperialismo de la deuda estadounidense ha pasado a una fase terrorista, pasando del mero poder financiero a una dominación más política y al uso de la fuerza (como en Venezuela, Irán, etc.). Debatiré esta teoría en noviembre.

Henrique de Abreu Grazziotin, del Departamento de Economía de la Universidad de Massachusetts Amherst, presentó algunos aspectos de historia económica, concretamente un análisis de la crítica de Marx a la Ley de la Carta Bancaria de 1844. Esto es relevante porque el intento de las autoridades monetarias de controlar la oferta monetaria y la inflación vinculándola a las reservas de oro del país fue un fracaso estrepitoso. La ley no logró evitar el pánico financiero y, en cambio, agravó las crisis durante fases clave del ciclo industrial capitalista.

Marx argumentó que la ley –impulsada por Sir Robert Peel e inspirada en la Escuela Monetaria– se basaba en la suposición errónea de que el volumen de billetes en circulación determina directamente los precios de las mercancías. Era una teoría monetarista, precursora del monetarismo moderno tal y como lo expresó Milton Friedman. Marx se puso del lado de la Escuela Bancaria, afirmando que la circulación monetaria viene determinada en realidad por las necesidades del comercio, los precios de las mercancías y el estado del sistema crediticio.

Grazziotin tiene una teoría de las cinco fases del ciclo industrial capitalista, basada en la evolución de la tasa media de ganancia y el tipo de interés medio. El “beneficio de la empresa” es la diferencia entre la tasa general de beneficio y el tipo de interés, que impulsa la acumulación de capital a lo largo de todo el ciclo. Una crisis puede surgir tanto por el aumento del tipo de interés como por la caída de la tasa general de beneficio. En el gráfico de abajo, podemos ver que una caída de la tasa de beneficio puede reducir el beneficio de la empresa y, por lo tanto, provocar una recesión; o que un aumento del tipo de interés podría acabar desencadenando un colapso financiero. En las tres primeras fases del ciclo, una tasa de ganancia al alza puede absorber un aumento del tipo de interés de los préstamos, pero en la cuarta fase la tasa de ganancia empieza a caer mientras que el tipo de interés empieza a subir. En la quinta fase, la ganancia de la empresa se ve tan reducida que se produce una crisis.

Por último, permíteme referirme a la ponencia principal de la sesión plenaria del profesor Alfredo Saad Filho sobre Las crisis del neoliberalismo y el auge del fascismo neoliberal. Saad-Filho sostiene que el “fascismo neoliberal” es el resultado estructural de cincuenta años de neoliberalismo que han vaciado la democracia de contenido, intensificado la desigualdad y apostado por la financiarización. Pero, a diferencia del fascismo clásico del siglo XX, que surgió como reacción ante unos sindicatos poderosos o unos movimientos socialistas en auge, el fascismo neoliberal aparece cuando la clase trabajadora está en su momento más bajo. Así que combina una defensa despiadada de los intereses del libre mercado con la violencia excluyente del autoritarismo moderno. Estos partidos e incluso gobiernos (Italia, EEUU., Brasil, Argentina, etc.) movilizan la ira pública contra chivos expiatorios inventados –como las y los inmigrantes o un supuesto Estado profundo— para desviar la atención de la devastación económica en curso y consolidar un Estado totalitario resistente.

Saad-Filho sostiene que para superar esta nueva amenaza fascista hay que dejar atrás los fracasos de los sistemas del pasado y luchar por una democracia renovada y genuinamente inclusiva.A mí me suena un poco vago, si es que he entendido bien su punto de vista. Además, su énfasis en la debilidad de la clase trabajadora organizada no se puede compensar esperando que las y los inmigrantes y los trabajadores temporales lideren la lucha contra el nuevo fascismo del siglo XXI. El fascismo solo se podrá hacer retroceder mediante la coordinación de los trabajadores y trabajadoras organizados, a menudo en las nuevas industrias tecnológicas, movilizados en torno a un programa económico que les afecte de verdad (el coste de la vida, los servicios públicos, la vivienda), y no solo en torno a la democracia o la política identitaria.

TheNextRecession

Traducción: viento sur

 

Fuente: https://vientosur.info/el-capitalismo-mas-alla-del-neoliberalismo-crisis-cambios-y-lo-que-viene-despues/