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SIGLO XXI - QUINTO LUSTRO - "Un nuevo orden emerge de la desintegración del capitalismo que irá reemplazando la célula económica (familia) por una nueva matriz reproductiva (comunas) que cumplirá funciones defensivas, judiciales, productivas y administrativas."
miércoles, 8 de julio de 2026
PALABRAS PRELIMINARES SOBRE EL ENSAYO “ESQUEMA DE LA EVOLUCION ECONÓMICA”
(07 de julio de 2026)
Por Miguel Ángel Aragón
En noviembre de 2028, dentro de escasamente dos años, se cumplirán cien años de la publicación del libro 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana
1.- Mariátegui comenzó a escribir y publicar las primeras páginas de este libro, a fines del año 1925, coincidiendo en el tiempo, con la culminación de la redacción de las últimas páginas de su primer libro La Escena Contemporánea, libro en el cual interpretó la realidad mundial de su tiempo.
Dos años después, para fines del año 1927, el libro 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana ya lo había terminado de escribir. A comienzos del mes de enero de 1928, se comenzaron a imprimir las páginas del libro. Por las limitaciones de la imprenta, el trabajo de impresión y encuadernación culminó la primera semana de noviembre de 1928. Las causas de esa demora están documentadas en el libro Correspondencia de Mariátegui.
La sólida base de sustento de los siete ensayos está en el contenido del primer ensayo, en el Esquema de la evolución económica, tema que hoy día (martes 7 de julio) comentaremos breve y parcialmente. En el plan original de Mariátegui, ese ensayo constaba de cuatro partes: 1).- La economía colonial, 2).- Las Bases económicas de la República, 3).-El problema del guano y del salitre, y 4).- Carácter de nuestra economía actual.
Dos años después de escribir esos cuatro artículos, Mariátegui agregó otros dos artículos adicionales, los cuales los agrupó bajo el nombre de Economía agraria y latifundismo feudal, que en el libro aparecen como quinta parte del primer ensayo.
2.- En la primera parte, titulada Economía colonial, Mariátegui comentó brevemente las dos primeras etapas de nuestra historia. En primer lugar, la etapa precolombina, cuya culminación fue el Incanato; y en segundo lugar, la etapa colonial, el virreinato. En la segunda, tercera y cuarta parte del primer ensayo, Mariátegui comentó el desarrollo de la etapa republicana, hasta el año 1925.
Al terminar la cuarta parte del ensayo, a modo de conclusión, Mariátegui escribió lo siguiente:
“Apuntaré una constatación final. La de que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la Conquista subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental da la impresión de una economía retardada”.
El día de hoy, por limitaciones del tiempo disponible, solamente comentaré algunas ideas centrales sobre las dos primeras etapas de nuestra historia económica, a las cuales Mariátegui denominó economía comunista indígena, y régimen de economía feudal nacido de la Conquista. En otra oportunidad, podremos comentar el desarrollo de la economía burguesa hasta 1925, y proyectarnos hasta el presente. La de hoy día, solamente es una primera intervención sobre este tema, espero que sirva de estímulo para promover el estudio y debate masivo de este libro.
3.- Desde que se publicó el año 1928, hasta aproximadamente el año 1957, durante cerca de cuarenta años, este libro fundamental de Mariátegui, fue ignorado en nuestro medio intelectual y político. Recién a partir de la publicación de la primera edición popular, el año 1957, comenzó el estudio serio y el debate amplio de los fundamentos teóricos de este libro.
En las tres décadas siguientes, hasta aproximadamente fines de la década de 1980, lapso en el cual se publicaron 55 ediciones del libro, los comentarios, debates, e incluso cuestionamientos de las conclusiones de Mariátegui fueron muy abundantes, y polémicos.
Justamente dos de los temas teóricos más polémicos, fueron las conclusiones de Mariátegui sobre el comunismo agrario y sobre el desarrollo del feudalismo en el Perú. Este debate no ha concluido, y esperamos que en este breve lapso que nos queda hasta noviembre de 2028, se reanimen y profundicen los estudios y comentarios, así como los debates, difusión masiva y continuación del desarrollo de cada uno de los 7 ensayos.
Dentro de poco tiempo se cumplirán cien años, y tal como se anota en la carátula del libro “ahí resisten, en pie, esperando impugnador, los fundamentos de estos 7 Ensayos”
4.- Acerca de la economía comunista indígena.
Se expondrá en la Casa Museo Mariátegui
5.- Acerca del régimen de economía feudal nacido de la conquista.
Se expondrá en la Casa Museo Mariátegui
GIRO DE GUIÓN: ELECCIONES EN COLOMBIA 2026
Foto EFE. Campaña de Ivan Cepeda
El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir
siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario y ahí no tenía con qué.
jun 08,
2026
El próximo 21 de junio, Colombia
define su futuro en una segunda vuelta de infarto. El tablero político se ha
roto y los protagonistas no podrían ser más opuestos: Iván Cepeda,
la carta de la izquierda (Pacto Histórico) y heredero natural del proyecto de
Gustavo Petro, frente a Abelardo de la Espriella, un abogado de
derecha incendiario, sin experiencia en cargos públicos, que irrumpió con la
fuerza de un outsider indomable. «El Tigre», como le llaman,
ha cambiado las reglas del juego.
Durante casi todo el año, Cepeda
cabalgó cómodo en la cima de las encuestas. Parecía un camino trazado. Sin
embargo, el pasado 31 de mayo la realidad le dio un bofetón a los pronósticos: De
la Espriella se impuso en la primera vuelta con un 43,7% frente al 40,9% de
Cepeda.
El golpe de efecto fue brutal. «El
Tigre» llega al balotaje con toda la inercia y el viento de cola a su favor,
mientras que el petrismo, descolocado y con el pie cambiado, intenta asimilar
un escenario que no vio venir.
Dos campañas
El petrismo diseñó una campaña casi
perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario, y ahí no
tenía con qué.
Empiezo deshaciendo un malentendido
cómodo: que la primera vuelta y la segunda se juegan con lógicas distintas. No.
Es la misma lógica, aplicada según dónde estés parado. El que va primero
conserva: protege lo que tiene, baja la temperatura, evita el error. El que va
detrás arriesga: para recortar necesita contrastar, emocionar, dar una razón
—para cambiar de voto, o sencillamente para ir a votar—. Vale igual en las dos
vueltas. En la literatura sobre ingeniería electoral (como plantea Pippa
Norris, 2004), está claro que las reglas del balotaje no cambian la lógica del
juego, sino los incentivos y el nivel de riesgo que cada actor decide asumir
según su posición.
Lo que el balotaje sí añade es una
condición nueva del terreno. El campo se cierra a dos y aparece una bolsa
decisiva: los que en primera vuelta no estuvieron con ninguno de los finalistas
—votaron a un tercero, o no votaron— porque no les convencían o les daban
miedo. Y el frontrunner apenas necesita seducirla —le basta con no asustar—,
mientras el segundo está obligado a conquistarla: o convence al que votó a
otro, o moviliza al que se quedó en casa.
Ganar al que no te eligió: esa es la
tarea del que va detrás. Es la vieja máxima de Anthony Downs (1957) sobre la
captura del votante mediano: en el tramo final, el éxito depende de la
capacidad de moverse hacia el centro sin desahuciar los extremos. Y esa es una
tarea para la que la campaña de Cepeda nunca fue construida.
Porque, vista desde fuera, la campaña
parece que fue diseñada no para enamorar a nuevos votantes sino para no perder
a los que ya estaban. El Pacto Histórico llegaba con un voto duro cohesionado,
cerca del tercio del electorado, que en una primera vuelta fragmentada bastaba
para liderar; todo indica que la prioridad era sostener eso, y que incluso
confiaban en ganar en primera vuelta por la división de la derecha. La tarea no
era crecer, era no romper nada. Y para eso Cepeda encajaba como un guante: muy
ideologizado, con una credibilidad de izquierda que no necesita demostrarse. No
es el perfil del que seduce a un indeciso, es el del que blinda a los suyos.
La fórmula confirmó el diseño: Aida
Quilcué —su candidata a la vicepresidencia, lideresa indígena— profundiza la
identidad del núcleo: resistencia, paz, memoria. No tiende puentes hacia otros
votantes porque no la pusieron ahí para eso.
De ahí la campaña que tanto se le
reprochó a Cepeda: sin debates, sin entrevistas de fondo, hablándole solo a los
convencidos. Parecía arrogancia de frontrunner, pero era estrategia. Si tu
trabajo es no perder el núcleo, exponerte solo añade superficie de riesgo.
Pero el plan tenía una grieta, y
llevaba semanas a la vista. Una cosa es ir primero en primera vuelta y otra
ganar la segunda, y las encuestas separaban ambas. En la primera, Cepeda
lideraba con claridad. En los escenarios de balotaje, en cambio, el panorama
estaba dividido: durante mayo, varias firmas relevantes —AtlasIntel, Guarumo,
el CNC— lo daban perdiendo frente a De la Espriella, mientras otras como
Invamer aún lo veían ganando.
No era una derrota anunciada, pero sí
una alarma seria, y el dato que la explicaba era el rechazo: el de Cepeda
rondaba el 56 por ciento, muy por encima del de su rival, y el rechazo es justo
lo que hunde a un candidato cuando el campo se cierra a dos. Como demostraron
Marcus, Neuman y MacKuen (2000) en sus estudios sobre inteligencia afectiva, en
política la aversión y la ansiedad mueven el voto más rápido que la simpatía:
cuando un candidato supera la barrera del 50% de rechazo, el balotaje se
convierte en un plebiscito en su contra. La señal no apareció la noche del 31.
Venía sonando. (Que De la Espriella quedara primero sí fue sorpresa: casi nadie
lo vio.)
Diseñada para aguantar, obligada a
seducir
Y aquí está lo que de verdad importa,
más allá del reproche fácil de que “no se pusieron las pilas”. Cepeda fue
puntero todo el tiempo: nunca tuvo que recortar, nunca se puso a prueba en la
tarea de seducir. El balotaje lo coloca por primera vez en la posición del que
persigue, y le pide estrenarse en el terreno más duro, el cara a cara, donde
solo se crece quitándole el miedo a un centro que desconfía.
Nada en su trayectoria ni en la
campaña construida hasta ahora sugiere que ahí esté su fortaleza. No es un
músculo sin entrenar, es un músculo que esta candidatura no ha mostrado tener.
Lo mismo que lo hace sólido ante el núcleo lo vuelve difícil de digerir para el
moderado: seducir al centro le exigiría parecerse a un candidato distinto del
que es.
Sumas que restan
¿Cómo se sube entonces la temperatura
emocional de una campaña cuyo candidato no puede subirla? Por la puerta de
atrás. Como Cepeda no enciende, es Petro quien aporta la intensidad de forma
tangencial, con las restricciones legales encima, porque un presidente en
ejercicio no puede hacer campaña por ley. Así que se asoma de lado: actos de
gobierno con mensaje incrustado, arengas, gestos que elevan el tono sin que
parezcan proselitismo.
La camiseta de la Selección lo
ilustra bien. A De la Espriella un juzgado le prohibió usarla en campaña; al
día siguiente, Petro apareció con ella puesta en una despedida de la Selección,
en un acto de la presidencia. El petrismo mete su carga emocional desde fuera
del tarjetón, porque dentro no tiene quién la ponga.
Pero la jugada tiene un coste que
casi la anula. Petro aporta intensidad, sí, pero cada grado que suma llega con
su dosis de rechazo, y ese rechazo se le pega a Cepeda y a Quilcué. El daño no
está en el núcleo —el voto duro no se enfría porque Petro aparezca, al contrario,
se entusiasma—. Está en la captación: esos negativos son justo lo que cierra la
puerta al votante nuevo, al moderado que Cepeda necesita conquistar en segunda
vuelta.
El contraste con De la Espriella es
evidente. Él tiene dentro del tarjetón su antídoto contra el miedo: José Manuel
Restrepo, su candidato a la vicepresidencia, exministro de Hacienda, un técnico
que da confianza al moderado que no votó al Tigre en primera vuelta. Y al darle
confianza, lo capta: resta miedo, y por esa vía suma votos. Esa es la apuesta.
Le permite al Tigre seguir siendo el Tigre mientras alguien tranquiliza al
centro.
Que nadie lo lea como que una campaña
es lista y la otra torpe: las dos juegan con las cartas que les tocaron. Lo que
pasa es que las cartas no son simétricas, y en un balotaje esa asimetría lo
decide casi todo. Las campañas rara vez fracasan porque dejan de hacer lo que
saben hacer. Con más frecuencia fracasan porque siguen haciéndolo cuando la
elección les exige otra cosa. El petrismo escribió una campaña para el papel
del que va primero y la representó con disciplina mientras ese fue el papel. El
giro llegó cuando la trama le pidió interpretar al otro —al que persigue, al
que tiene que seducir— y descubrió que para ese papel no tenía actor, ni
libreto.
Al cierre de este artículo, la
encuesta CB Global Data sitúa a De la Espriella como virtual ganador de la
segunda vuelta con un 46.7% de los votos. Cepeda 41.9%. Entre los votantes
indecisos, De la Espriella también lidera con el 51.4%. La encuesta ha sido publicada
el 4 de junio de 2026. Por su parte, el tracking de Atlas Intel publicado en
Semana le otorga a De la Espriella un 50.3% contra un 42.6% de Cepeda.
LABORATORIO PERMANENTE: IA Y COMUNICACIÓN POLÍTICA
La
IA no sustituye al estratega político: le permite probar, anticipar y decidir
mejor antes de salir a una campaña electoral. Un artículo de Lula Bueno.
LULA
BUENO Gran
parte de la conversación actual sobre Inteligencia Artificial y Política
sufre de miopía: se queda en el impacto visual e inmediato. El meme de
campaña o el vídeo diseñado con un prompt son solo el ruido sobre
el escenario. Lo que de verdad está cambiando ocurre detrás del telón, en las
salas donde se decide qué hace una campaña antes de que los votantes lo
puedan percibir. Es
allí donde la IA ha dejado de ser solo una fábrica de contenido para
convertirse en otra cosa: una capa de inteligencia que atraviesa la campaña
entera. La campaña moderna lleva décadas construida sobre el mismo cimiento:
segmentar al electorado y comunicar a cada segmento para movilizarlo. Un
oficio que perfeccionaron las grandes maquinarias demócratas de EEUU y que,
desde entonces, todos imitan. La
IA generativa hizo creer por un tiempo que la pregunta era ¿Cómo genero más
contenido para alimentar esos segmentos? Pero la verdadera, la que empieza a
reordenarlo todo, es otra: ¿Cómo tomo mejores decisiones? Las
campañas más avanzadas empiezan a responder a esa pregunta con una batería de
usos que hay que leer como tareas más que como gadgets. Son seis cosas
que las campañas siempre han hecho, a menudo con gran habilidad, pero que son
sumamente costosas en tiempo, dinero y energía del equipo: Entender
a tu potencial votante. Probar
antes de actuar. Anticipar
tendencias Entrenar
a tus candidatos. Movilizar
a escala. Vigilar
el terreno. La
IA no inventa nada. Lo que hace es bajar tanto su coste y su fricción que
vuelve rutinario lo que antes era un lujo. Y al hacerlo, cambia la escala de
lo que se puede hacer en una campaña. Con
un límite que conviene tener presente desde el principio: estas herramientas
tienen el valor de los datos con los que se alimentan. Una campaña con datos
pobres acabará con oráculos rápidos diciéndole cosas equivocadas a gran
velocidad. Entender
y probar antes de actuar Las
encuestas tradicionales afrontan a la vez tres problemas que se agravan: el
coste sube, la tasa de respuesta cae y la representatividad se vuelve más
difícil de garantizar. Si
están bien ponderadas, siguen acertando; pero conseguir eso es cada año más caro
e incierto. Ante esa erosión, la IA aparece por dos caminos distintos que
conviene no confundir. El
primero, el de los encuestados sintéticos (perfiles generados por IA que
responden cuestionarios en lugar de personas reales) prometía resolver el
problema de la representatividad sin levantarse de la silla. Los estudios
disponibles muestran que tropieza con un muro de fondo, porque una encuesta
mide volumen de opinión en una población y eso exige muestrear personas
reales, no estereotipos extraídos de los datos con que se entrenó un modelo. Las
simulaciones tienden además a halagar a quien pregunta y a converger hacia la
opinión mayoritaria. Sirven, como mucho, para tantear hipótesis; si la
respuesta sintética contradice a la encuesta real, hay que sospechar de la
sintética. El
segundo camino es más prometedor y más sobrio: usar la IA para sacar más jugo
a las encuestas que ya hacemos con votantes de carne y hueso, procesando
respuestas largas y abiertas que antes nadie tenía tiempo de codificar y
dejando aflorar los matices que un cuestionario cerrado de sí o no nunca
llega a captar. El
testeo cualitativo de mensajes es otra cosa más madura. Su pregunta no mide
cuántos, indaga el porqué, cómo reacciona la gente ante un spot, un
eslogan o un argumento, qué la mueve por dentro y qué la deja fría. Y
esa diferencia importa: como no se busca extrapolar volumen a una población,
los grupos sintéticos (agentes diseñados según perfiles de votantes que
debaten entre sí y dejan ver cómo se forma o se rompe un consenso) sí
encuentran un sitio legítimo, no como sustitutos del focus real, sino como
una primera capa para explorar hipótesis y descartar pronto las versiones que
rechinan. Las
campañas llevan décadas afinando mensajes con focus groups, y el
problema era siempre el mismo: cada grupo cuesta dinero y semanas de agenda,
así que se probaban dos o tres ideas y el resto salía al mundo sin pasar por
más filtros que el del comité de campaña. La
IA ensancha esa puerta también por el otro lado: en los grupos de verdad, acelera
lo que antes era el cuello de botella: moderar, transcribir y codificar
decenas de conversaciones en horas en lugar de semanas. Territorios
nuevos que hay que seguir explorando con cautela, pero que ya ayudan al
equipo de campaña a reducir el margen de equivocación. El error deja de
pagarse en directo y empieza a pagarse en el ensayo, que es la única clase de
error que una campaña puede permitirse. Anticipar
tendencias Los
simuladores electorales no son una novedad: el forecasting y la
microsimulación llevan décadas dibujando escenarios a partir de encuestas,
resultados históricos y comportamiento social. Lo
que la IA añade es capacidad para incorporar a esos modelos señales más
complejas y blandas (el lenguaje, el tono de la conversación pública), y para
preguntarles cosas más finas: qué ocurre si la vivienda escala como
preocupación, si estalla una crisis migratoria a tres semanas de la votación,
si se firma un pacto concreto. Ningún
modelo predice el futuro, pero ayudan a pensar futuros posibles. A
esa visión de largo alcance se le suma una capacidad de corto plazo que vale
oro: detectar señales tempranas de lo que empieza a preocupar, antes de que
aparezca en una encuesta. La
política es, en buena medida, una carrera por ser el primero en nombrar lo
que preocupa a la gente. Los sistemas más interesantes ya no se limitan a
registrar qué se dice; rastrean qué marco semántico va ganando terreno en la
disputa y por dónde viaja un mensaje. Distinguir la señal real del ruido de
un nicho sigue exigiendo criterio humano, pero quien ve nacer la conversación
antes que el adversario ocupa el terreno mientras el otro ni siquiera sabe
que existe. Entrenar
a los candidatos Un
debate o una entrevista hostil se ganan en el ensayo. Las campañas empiezan a
incorporar a sus entrenamientos de candidato adversarios virtuales que
estudian los discursos, las entrevistas y las posiciones del rival y aguantan
horas de simulación sin fatigarse: la pregunta incómoda, la repregunta, la
contradicción entre lo que el candidato dijo hace tres años y lo que dice
ahora. Más
que un chatbot que responde, es un sparring entrenado con
enormes volúmenes de información que reproduce el repertorio de cualquier
rival: sus argumentos, sus líneas de ataque, su retórica. El
objetivo no es predecir exactamente qué ocurrirá en el plató, sino reducir el
margen de sorpresa cuando llegue el momento. Movilizar
a escala La
IA entra en la organización territorial en dos tiempos. Primero
ayuda a ver el terreno: cruza datos para localizar al simpatizante que se ha
enfriado, al voluntario que aún no ha dado el paso, al barrio donde la
participación flojea. Después
ayuda a activarlo, y ahí es donde el trabajo de campo gana músculo: campañas
de activación afinadas para cada segmento, asistentes que responden en
lenguaje natural las dudas de quien quiere colaborar, materiales co-creados
con el equipo para que circulen y se compartan. Los
voluntarios y las bases siguen siendo los protagonistas, ellos son quienes
bajo el sol o la lluvia ponen los pies en la calle o el pecho en las redes
para ayudar a difundir el mensaje. La tecnología sólo ayuda a su organización
y les ofrece herramientas que les facilitan el trabajo. El
terreno más resbaladizo es la persuasión personalizada. Algunas campañas ya
sueltan agentes de IA en foros y redes para difundir su mensaje y entrar en
conversación con votantes reales, uno a uno. ¿Funciona?
La evidencia es aún joven. Un repaso amplio de los estudios hasta 2024 no
veía, en promedio, que la máquina convenciera más que una persona; pero los
experimentos más recientes, los que dejan a la IA conversar y adaptarse a
quien tiene delante, empiezan a torcer la balanza, y alguno ya mide que un modelo
que personaliza el argumento gana más discusiones que un humano. Que
eso funcione en un experimento no significa que mueva a un electorado entero
(imagina el rechazo al descubrir que hablas con un bot), pero basta para
entender por qué es el uso que más alarma a los reguladores. Y conviene
tenerlo presente: el Reglamento europeo de IA y las normas de protección de
datos van a poner techo a usos (perfilado fino, agentes conversacionales no
declarados, publicidad política automatizada) que en Estados Unidos avanzan
con menos fricción. Una
parte del partido se jugará en qué se puede hacer dónde, y con qué letra
pequeña. Vigilar
el terreno La
última función es la más silenciosa. Medir el pulso de la conversación
pública (el sentimiento, el tono, los relatos que circulan) no es nuevo: las
campañas llevan años haciéndolo, pero lo hacían analistas humanos leyendo
informes a mano. La
IA cambia la velocidad y el coste: rastrea cómo mutan los relatos y con qué
rapidez se propagan, y detecta el cambio en horas en lugar de días. Una
campaña puede saber que un ataque está naciendo cuando todavía es un
murmullo, y decidir si lo apaga o lo ignora antes del incendio. La
tentación del oráculo Todas
estas herramientas comparten una limitación que conviene recordar. Un votante
sintético no es un votante real; una tendencia detectada puede acabar siendo
ruido; un rival virtual nunca reproducirá exactamente lo que ocurrirá en un
debate. Como
las encuestas, los focus groups o cualquier otra herramienta de
análisis político, ofrecen una representación imperfecta de la realidad. Pero
su valor no reside en predecir el futuro con exactitud. Reside en ayudar a
pensar mejor sobre él. Permiten
explorar hipótesis, ensayar escenarios, detectar riesgos y llegar a las
decisiones con más información y menos intuición ciega. Pueden equivocarse,
igual que se equivocan las encuestas, los analistas y los estrategas. La
cuestión no es si sustituyen el juicio humano, sino si ayudan a ejercerlo
mejor. Ninguna
herramienta es un oráculo. Las mejores campañas seguirán siendo las que
combinen datos, experiencia, criterio político e intuición. La IA no
reemplaza esa combinación; la amplifica. Y conviene decirlo en los dos
sentidos: amplifica a una campaña ya bien organizada mucho más de lo que
rescata a una desordenada. El
laboratorio multiplica lo que el equipo trae, en una dirección o en la otra.
La revolución no está en fabricar mil vídeos al día. Eso es abundancia, no
inteligencia. Está en que, por primera vez, un equipo puede simular
electores, entrenar a su candidato contra un rival incansable, probar cada
mensaje antes de pronunciarlo y vigilar la conversación sin parpadear. La
campaña moderna ya se construía sobre datos; lo que cambia es que esos datos
dejan de limitarse a describir lo que ya pasó y empiezan a ensayar lo que
podría pasar. La IA no sustituye al estratega: le da un laboratorio que no
cierra, en donde puede equivocarse mil veces en privado antes de jugársela en
público. Si
todo esto existe hoy, con modelos que apenas tienen unos años, imaginarnos
las campañas del futuro da un poco de vértigo. Pero la respuesta verdadera no
está en el futuro, sino en algo muy antiguo: las campañas llevan más de un
siglo incorporando tecnología (el ferrocarril, la radio, la televisión, las
redes sociales, la base de datos) y cada vez ocurre lo mismo: primero se
habla obsesivamente del invento, luego el invento desaparece de la
conversación porque se ha vuelto parte del paisaje. La
IA recorrerá ese camino. Hoy estamos en el ruido del estreno; mañana será infraestructura
invisible y llegará otra tecnología que aún ni conocemos. Y mientras eso
pasa, seguiremos mirando lo que de verdad importa: que la política son
personas moviendo a personas hacia un objetivo común. La
tecnología sirve para lo que sirve, para amplificar esa fuerza: la del
candidato, la del equipo, la del voluntario que se moja bajo la lluvia
entregando panfletos de campaña. La IA no es la protagonista, pero sí la
mejor herramienta que han tenido hasta ahora, quienes de verdad lo son. |
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sábado, 4 de julio de 2026
DESARROLLAR LA OPOSICIÓN CONTESTATARIA
(04 de julio de 2026)
Por Miguel Ángel Aragón
1 - En la elección presidencial del año 2021, que fue ganada limpiamente por el candidato Pedro Castillo, la ultraderecha feudal burguesa denunció fraude.
Su antojadiza denuncia se prolongó por varios meses, e incluso pretendieron llevarla a la OEA. En ningún momento presentaron pruebas del supuesto fraude. Todo fue un alboroto, para propiciar el caos, sabotear el inicio del gobierno democrático burgués de Pedro Castillo, y preparar una ilegitima vacancia presidencial.
2.- En la presente elección presidencial de este año 2026, el movimiento democrático está denunciando irregularidades en el desarrollo del proceso electoral.
Las pruebas de las irregularidades están a la vista de todos, y están debidamente documentadas. No se está inventando nada, todas las denuncias son fácil y legalmente comprobables.
Según los entendidos en derecho electoral, estas irregularidades son motivo de nulidad legal del proceso electoral. (Revisar declaraciones de la Dra. Delia Espinoza y otros)
Se tienen sospechas, de que estas irregularidades han sido utilizadas para cometer fraude, pero hasta ahora no hay pruebas del probable fraude.
3.- La denuncia de las
irregularidades, y la lucha por la nulidad del proceso electoral, (sea parcial
o total), debe de continuar, tanto en el frente legal, como en la agitación y
la movilización de la población.
Sería un grave error aceptar pasivamente la política de hechos consumados
4 - Para continuar esta lucha, y teniendo en cuenta los resultados ajustados de la votación, tenemos que partir por reconocer dos hechos concretos.
En primer lugar, el resultado de la votación es un Empate Electoral; y en segundo lugar, reconocer la Victoria Política del movimiento democrático.
5 - Estos dos hechos concretos, a su vez, tienen dos consecuencias muy importantes.
Por un lado, han llevado a mantener y profundizar la división política del país (lo que gráficamente se puede observar en el difundido mapa de colores verde y naranja). Esta es una verdad irrefutable, la gobernabilidad del país depende de reconocer esta realidad objetiva.
Por otro lado, el movimiento democrático ha elevado su responsabilidad política, lo cual nos obliga a actuar de acuerdo a la gran fuerza política y social que nos ha dado la población en más del 70% del país.
Ya no somos unos minúsculos grupitos marginales como en el pasado. Desde el año 2016, somos un frente democrático de masas. Esta nueva realidad nos obliga a actuar con mayor responsabilidad, nos exige pasar de ser la débil y bullanguera oposición protestataria del pasado, a asumir nuestra responsabilidad de ser la fuerte oposición contestataria del presente, y por lo tanto reclamar nuestro derecho a dirigir el país, dentro del actual orden vigente.
6 - Un movimiento que a priori se siente derrotado, no tiene derecho a reclamar nada.
Por el contrario, un movimiento que reconoce su propia fuerza, que asume su responsabilidad ante los nueve millones de electores que lo apoyaron, tiene todo el derecho a exigir su función en la dirección del país.
Esta es la tarea que tenemos por
delante. La ejecución de esta tarea
comienza por plantear y agitar un Programa de Reivindicaciones Inmediatas, como
tareas a ser desarrolladas por nosotros, es decir por el pueblo organizado. En
esto consiste lo sustancial de la Oposición Contestataria.
viernes, 3 de julio de 2026
KARL MARX, FILÓSOFO DE LA PRAXIS
domingo 28 de junio de 2026, 22:00h
Carlos X. Blanco
Es sabido que el Marx genuino es
un pensador que deriva directamente del idealismo. Hay muchas razones
historiográficas y hermenéuticas para situar al filósofo revolucionario dentro
de la serie de los pensadores de la praxis. No es el Marx que ha fundado el
materialismo histórico y dialéctico, sino el genuino filósofo idealista y digno
sucesor de Hegel. No es el creador de una nueva forma de realismo que cifra
toda la ontología en un fisicismo a partir del cual se hacen juegos de
malabares, de esos que acaban refiriéndose al conocimiento humano, al trabajo
del pensar, en términos de “producciones del cerebro”. Ese Marx no es el
auténtico. La lucha marxiana en contra del naturalismo ilustrado, en contra de planteamientos
antropológicos planos, como los de Feuerbach y los socialistas utópicos, es de
sobra conocida. La antropología “tridimensional” de Marx, por el contrario,
salida de los talleres conceptuales de Hegel, es un fruto muy sabroso y
complejo. Arranca, aun antes de la dialéctica hegeliana, del propio Kant. Con
Karl Marx se completa todo un arco de medio punto idealista, que arranca en
Kant, y pasa por el punto más alto en Hegel.
En nuestros días y en nuestros
lares, hay un empeño estéril en resucitar el materialismo plano, originado en
los días ilustrados. Es el empeño de los Churchland, los Bunge, los Gustavo
Bueno…Un mundo plano que consta, como diría éste último, de “géneros de
materialidad” diversos y superpuestos, pero dotado tod él materialidad
reconstruida por analogía con la materialidad fisicista: ese mundo es, a fin de
cuentas, el mundo de una ontología plana. Pues frente a la genérica
“materialidad” siempre se debe alzar un Ego que reúne, sintetiza, superpone,
etc. los distintos géneros supuestamente irreductibles.[i]
En cambio, en Marx hay una
filosofía de la praxis. Desde el principio, en su ontología hay acción (remite
la acción a un Sujeto) y cualquier género de materialidad es incomprensible sin
dicha acción. A la manera de un espacio tridimensional, por ejemplo la
habitación de una casa, el Sujeto “construye” en cada instante dicho volumen
como marco de posibilidades de acción, unas realizadas y otras susceptibles de
serlo, avanzando y retrocediendo, yendo de aquí para allá, subiéndose a una
silla o tumbándose en el suelo. Así opera el Sujeto en su propia habitación: la
“construye” habitándola, afincando en ella y desplazándose dentro de sus
confines. No es un mero “reflejo” de una materia que se alza ante él, sino que
es la realidad misma en proceso de constitución. Ese es el Sujeto gnoseológico
de Marx, y, por ende, ese el Sujeto de la Historia.
Ya para Kant el conocimiento era
un “mero hacer” (bloßes Thun) [Antropologie, VII, 140]. El verdadero padre del
idealismo contemporáneo, Kant, entendió el conocimiento en términos de acción.
Esto supuso un giro radical con respecto a la tradición griega y medieval
(Moya, p.171). Para el filósofo de Königsberg, la experiencia debe der hecha,
no dada. Hay una especie de “gramática del pensamiento” (las categorías)[ii],
con la cual la mente humana todavía no conoce, simplemente se dispone a
conocer. El conocer supone una sucesión de actos, en ellos, en la actividad,
está el conocimiento. Como dice el profesor Moya:
“Las categorías de sujeto y
objeto poseen un significado derivado, pues el lugar principal lo ocupa la
categoría de actividad” (Moya, p. 229).
Las bases para la tan discutida
tesis undécima sobre Feuerbach, estaban plenamente asentadas ya en Kant.
Recordemos a Marx:
[XI] “Los filósofos no han hecho
más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de
transformarlo.”[iii]
Queda claro que un Marx “no
contemplativo”, que nadie puede aceptar en serio, no puede contraponer
“interpretación” y “acción”. En la acción, el Sujeto ya está envuelto en el
Objeto y viceversa. Todo conocimiento es también producción, producción
simbólica. No cabe hablar de un conocimiento que no sea, en algún aspecto y
bajo algún criterio, utilitario y práctico.
Como dice el profesor Faerna, los
filósofos pragmatistas americanos, también partieron de Kant. Lo que hicieron
fue generalizar el uso regulativo de la Razón. Se trata de un uso siempre
práctico:
“A los pragmatistas, la idea de
que la razón puede erigirse en instancia regulativa que dota de sentido en
relación con la acción la multiplicidad y heterogeneidad de una experiencia
puramente constatativa, infundiendo en ella una continuidad y dirección que no
posee por sí misma, sino solo en la medida en que es la experiencia de un
sujeto que aúna su condición de agente con la de puro espectador, no podría
resultar más atractiva, pero, al mismo tiempo, la propia separación entre usos
teóricos y prácticos de la razón, así como entre “fenómeno” y “noúmeno”, les
era ajena. Ellos optaron más bien por extender la función regulativa a todo el
conjunto de la actividad conceptualizadora, al entender que todos los usos de
la razón confluyen en la dirección de la práctica” (Faerna, p. 90).
Varios años antes que el
pragmatismo americano, la Filosofía de la praxis implícita en Marx realiza dos
operaciones fundamentales: a) rompe con los restos de dualismo metafísico, lo
cual no podría dejar de hacer Marx, como hegeliano que era, y b) generaliza el
concepto de “uso regulativo”. En este punto, si el lector me lo permite, cabe
gritar un eslogan: Si todo es metafísica, la ontología consiste en hacer. La
propia actividad del hombre, su hacer o realización (palabra que significa,
“hacer real” la cosa), nunca es una actividad pura. Es volver a un pensamiento
prekantiano pretender, como hacen hoy tantos filósofos analíticos, los
materialistas cientifistas (a lo Bunge, a lo Bueno), etc., distinguir entre
ciencia (pura) y metafísica (no ciencia, ideología…). No hay pureza que valga.
La confrontación de los hombres con las cosas está mediada por la confrontación
de los hombres con los hombres. En ese despliegue de operaciones de los
sujetos, la propia realidad se va conformando. La realidad incluye sistemas de
sujetos, no siempre armonizados ni racionalmente coordinados, que luchan por
regularla. No podemos deslindar ciencia y metafísica. “Somos” metafísica y la
vivimos con nuestros actos.
La experiencia es
“interpretación”. Y la interpretación consiste en cambiar el mundo. El propio
idealismo que parte de Berkeley y de Kant ya había superado la confrontación
“plana” entre representación y mundo. Escribe Faerna:
“…la experiencia es esencialmente
interpretación; no un fuente que se da (datum) al sujeto, sino un proceso en el
que ésta toma unas ideas como signo de otras, o ajusta las intuiciones a formas
y categorías propias. Esta alteración tiene consecuencias profundas. En
términos generales, debilita la concepción de la experiencia como fundamento
retrospectivo de la cognición. Ni Kant ni Berkeley creían ya que el
conocimiento se pudiera analizar a partir de una simple relación causal entre
el objeto real y su representación en la mente […]” (Faerna, p. 92).
Ni qué decir tiene que la
metáfora del espejo, y la gnoseología realista simple según la cual el objeto
es la causa de la representación en el sujeto, no tenían cabida ya en Marx.
Estas recaídas son prekantianas. El propio idealismo avanzó hacia el papel que
“el futuro” juega en las acciones y representaciones del sujeto. La experiencia
del hombre es, intrínsecamente, proyectiva, “futurocéntrica”, basada en
representaciones anticipadas de los consecuentes. No es un mero resultado de
los antecedentes. Además de lo dicho, cabe afirmar que en los tiempos de Marx
ya se habían acumulado ciertos saberes positivos en química, biología
(fisiología y teoría de la Evolución), etc., que permitieron al filósofo
albergar una imagen del Sujeto orgánico mucho más esclarecida. Un sujeto que
pugna por su adaptación, entendido funcionalmente y no sólo estructuralmente
(idea de función muy presente en el propio Kant), etc.
Karl Marx es mucho más que un
“materialista”. A fin de cuentas, esta palabra poseía en él, las más de las veces,
un simple sentido polémico, no un sentido de militancia filosófica bien
definida, tema del cual los gustavobuenistas del llamado “materialismo
asturiano” no se quieren descolgar. Materialista en Marx era un sinónimo de
“científico” frente al idealismo de la burguesía y al utopismo estéril de
muchos socialistas y reformadores de su época. Si Marx se sentía materialista,
en realidad quería decir a su público: “soy científico o pretendo serlo”. En el
gran filósofo que fue Marx, hay planos de cientificidad, momentos categoriales,
sin duda (su Economía, sus esbozos de Sociología y Ciencia Histórica, incluso
una Ecología in nuce). Pero más importante e imperecedero en su obra, sin
rechazar estos momentos categoriales y positivos, es su ontología. Una ontología
de la praxis.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.
Blanco, C.X., Ensayos
antimaterialistas, Letras Inquietas, La Rioja, 2021
Faerna, A.M., Introducción a la
teoría pragmatista del conocimiento. Siglo XXI, Madrid, 1996.
Moya, C. ¿Naturalizar a Kant?
Criticismo y Modularidad de la Mente. Biblioteca Nueva, Madrid, 2003.
[i] Remito al lector a mi libro
Ensayos antimaterialistas, Letras Inquietas, La Rioja, 2021.
[ii] “Las categorías conforman,
en todo caso lo que podemos llamar la gramática del pensamiento. Kant ha hablado,
de hecho, de la Grammatica universalis. También de gramática trascendental”
(Moya, p. 188)
[iii] 1910 [Quinta edición,
gótica, por el mismo editor de Engels en 1888, que ignora también los
subrayados del manuscrito]
Die Philosophen haben die Welt nur
verschieden interpretiert, es kommt aber darauf an, sie zu verändern.
1978 [Karl Marx u. Friedrich
Engels, «Thesen über Feuerbach», Werke, Bd. 3, Berlin 1978, pp. 5-7.]
Die Philosophen haben die Welt
nur verschieden interpretiert, es kömmt drauf an, sie zu verändern.
Ver: https://www.filosofia.org/lec/marfeu11.htm
Como se puede apreciar, la
diferencia en las distintas versiones reside en la segunda parte de la frase, a
partir de la coma: “hay que cambiarlo”, “el punto” o “la cuestión está en
cambiarlo”…
Fuente: https://geoestrategia.eu/noticia/46417/opinion/karl-marx-filosofo-de-la-praxis.html
«LA EXTREMA DERECHA OFRECE FALSA COMUNIDAD FRENTE A UN MUNDO ROTO». ENTREVISTA A PABLO STEFANONI
El
autor de "¿La rebeldía se volvió de derecha?" y "Un fantasma
recorre el mundo" reflexiona sobre extrema derecha, fascismo, wokismo,
crueldad política y los límites actuales de la izquierda.
|
Pablo Stefanoni nació en Argentina en 1972 y es uno de
los ensayistas y analistas políticos latinoamericanos más interesantes para
entender las mutaciones ideológicas de nuestro tiempo. Doctor en Historia por
la Universidad de Buenos Aires, combina desde hace años la investigación
académica, el periodismo y el análisis de coyuntura. Es jefe de redacción de la
revista Nueva Sociedad y colabora habitualmente con medios como Le
Monde diplomatique, CTXT y El País. Entre sus libros más conocidos se
encuentran Los inconformistas del Centenario, Todo lo que necesitás saber
sobre la Revolución rusa (junto a Martín Baña) y, sobre todo, ¿La
rebeldía se volvió de derecha?, una de las obras más influyentes de los últimos
años para comprender por qué una parte de la energía antisistema e
inconformista ha pasado del lado progresista al conservador o reaccionario.
En su nuevo e interesante
libro, Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de
guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla), publicado
por Siglo XXI en 2026, Stefanoni vuelve sobre una de sus
grandes preocupaciones intelectuales: el avance global de las derechas
radicales y la dificultad de las izquierdas para disputar con eficacia el
malestar, la imaginación política y el deseo de futuro.
El libro parte de una idea central:
la extrema derecha contemporánea ya no puede entenderse únicamente como una
fuerza nostálgica, marginal o defensiva. Al contrario, ha aprendido a
presentarse como una corriente dinámica, transgresora y capaz de hablar el
lenguaje emocional de la época. Su éxito no reside solo en sus programas
políticos, sino en una maquinaria cultural que mezcla provocación, redes
sociales, guerra ideológica, resentimiento, humor, épica libertaria y promesas
de restauración. Stefanoni analiza cómo esa máquina reaccionaria convierte el
miedo, la frustración y la desconfianza en una energía política movilizadora.
Frente a la idea cómoda de que el
nuevo reaccionarismo es solo una repetición del fascismo clásico, Stefanoni
propone una mirada más precisa. Las derechas actuales combinan elementos
antiguos (autoritarismo, nacionalismo, antifeminismo, racismo, anticomunismo)
con lenguajes nuevos: cultura digital, estética meme, crítica al “wokismo”,
defensa abstracta de la libertad, fascinación tecnológica y desprecio por los consensos
democráticos liberales. En ese cruce aparecen figuras como Donald Trump, Javier
Milei o los magnates tecnológicos de Silicon Valley, pero también una
constelación más amplia de influencers, think tanks, medios alternativos y
activistas culturales.
Pero el libro no se limita a
describir el avance reaccionario. También interpela a las izquierdas y a los
sectores democráticos. Stefanoni advierte que no basta con denunciar el
extremismo, defender el “mal menor” o confiar en que la realidad desacreditará
por sí sola a estas derechas. La máquina reaccionaria tiene capacidad de
producir entusiasmo, identidad y sentido de pertenencia. Por eso, combatirla
exige algo más que indignación moral: requiere reconstruir lenguajes populares,
conectar con los malestares materiales, recuperar imaginación política y
disputar el deseo de cambio.
Le
pregunto
por este último libro y por otras reflexiones:
Usted describe unas derechas que
pueden ser transgresoras, juveniles, digitales, provocadoras, incluso con
líderes mujeres o perfiles que rompen la imagen tradicional del conservador
viejo y aburrido. ¿La izquierda ha subestimado el atractivo cultural de estas
derechas?
Creo que para comprender el fenómeno
de las extremas derechas o nuevas derechas radicales hay que partir de la
crisis de las derechas conservadoras tradicionales. Si bien hay trasvases de
votos de la izquierda a las nuevas derechas, su emergencia es proporcional a la
crisis de los liberal-conservadores. Anne Applebaum, admiradora de Reagan y
Thatcher, lo graficó muy bien cuando contó que la mayoría de sus amigos, a los
que invitó a celebrar el año 2000 en Polonia y pensaban más o menos como ella,
más tarde se hicieron pro-Brexit, trumpistas, orbanistas… O sea, existió un
sorpasso de las derechas “alternativas” a los liberal-conservadores o neocons.
Eso ocurrió en Estados Unidos, en Chile, en Argentina, en Francia, ahora en
Colombia… muchas de esas derechas más moderadas quedaron presas de un mundo —el
de la globalización optimista de los 90, resumido en el fin de la historia— que
ha quedado atrás.
Luego cabe la pregunta de por qué
estas derechas son tan atractivas y ponen en aprietos a las izquierdas. Alguna
vez traté de resumirlo diciendo que estas no son las derechas que el
progresista querría. Son en efecto demasiado transgresoras —podríamos decir que
Reagan y Thatcher también lo fueron en su época, contra los consensos
keynesianos, pero luego sus ideas se fueron normalizando y en definitiva fueron
más sistémicas—.
La izquierda no lo vio venir,
pero nadie lo vio venir. Cada elección viene siendo una “sorpresa” —el Brexit,
Trump, Milei…—. Muchos decían que Abelardo de la Espriella tendría un techo
bajo; muchos uribistas creían eso. Estas derechas han logrado convencer a
muchos de que representan a la gente común contra las élites, que son las
verdaderas defensoras de la libertad, y mezclan utopías con retroutopías. El
problema del progresismo es que a menudo se siente desconcertado a la hora de
hacerles frente. En muchos casos no funciona la tradicional estrategia de
“desenmascarar” al adversario: cuando Milei dice que la justicia social es una
mierda y defiende la desigualdad, no hay nada que develar. Claro que estas
derechas no son antielite, o mejor dicho, su enfrentamiento con las élites es
muy selectivo —intelectuales, políticos tradicionales, etc.— mientras defienden
a los ultrarricos o sus propios referentes son ricos. Por ahora resultaron
efectivas en su “batalla cultural”, que trasciende las llamadas discusiones
“valóricas” y abarca el conjunto de la vida social. Pero que sean efectivas no
significa que ganen siempre ni que no haya resistencias. Ni que cuando ganan
todo vuelva atrás. No ocurre eso. Basta ver la potencia que mantiene el
feminismo en América Latina, incluso cuando ganan estas derechas. No hay que
subestimarlas ni tampoco sobreestimarlas. Esto último conduce a una excesiva
autoflagelación de la izquierda, sin demasiada productividad política.
En el libro aparecen figuras como
Agustín Laje y su crítica a las “derechitas cobardes”. ¿Qué papel cumplen hoy
estos intelectuales o influencers?
Tienen un papel muy importante.
Agustín Laje es un buen polemista y vende una suerte de enlatados
antiprogresistas listos para usar. Eso es muy útil y por eso es invitado
regularmente por las derechas de toda la región. Tiene casi un millón de
seguidores en X y aún más en Instagram, convoca a miles de personas en sus
intervenciones virtuales, le disputa al progresismo las ferias del libro. Es un
cruzado contra la “ideología de género” y el “marxismo cultural”. También el
chileno Axel Kaiser —que es parte de la Fundación Faro de Laje— es importante
en este ecosistema, aunque con menos seguidores e impacto. Su libro Parásitos
mentales —que pueblan, según él, los cerebros progresistas— fascinó a
Milei. Tanto que lo invitó a dar una clase de “batalla cultural” a todo el
equipo económico del gobierno argentino, incluido el Ministerio de Economía y
el presidente del Banco Central. La Fundación Faro recibe mucho dinero de
donaciones empresariales bastante opacas, gracias al apoyo de Milei desde el
gobierno. Pero, como trato de mostrar en el libro, existen hoy
oligarcas-intelectuales, como los llamó Evgeny Morozov, que tienen
infinitamente más recursos y capacidad de influencia. Basta pensar en Elon Musk
o Peter Thiel, capaces no solo de difundir ideas, sino de utilizar sus
gigantescas fortunas para apalancar sus utopías o distopías reaccionarias a
escala planetaria.
Usted explora la idea de Martin
Gurri sobre “la rebelión del público”: el choque entre instituciones
debilitadas y públicos hiperconectados. En el libro aparece también el concepto
de “hiperpolítica”: más politización, más conversación política, más
indignación, pero menos capacidad de producir consecuencias institucionales.
¿La extrema derecha ha entendido mejor que nadie esa rebelión contra mediadores
(partidos, medios, universidades y expertos)? ¿Ofrece una falsa salida a esa
impotencia colectiva?
No sé si lo ha entendido mejor, pero
sin duda lo expresa mejor. Creo que la extrema derecha conecta con ciertas
sensibilidades y “pasiones tristes”, canaliza frustraciones, alimenta el
resentimiento. La radicalización actual viene de arriba hacia abajo y de abajo
hacia arriba. Por ejemplo, la campaña de Milei fue muy básica: en gran medida
la gente “creó” a Milei para enfrentar al sistema político. Milei existía como
un economista excéntrico y por momentos grotesco. Marx habla de las
“circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y
grotesco representar el papel de héroe”, refiriéndose a Luis Bonaparte. Muchos
consideran hoy que estaba subestimando al personaje, que cumplió un papel muy
importante en la construcción de la Francia moderna. Pero más allá de las discusiones
sobre Francia, la frase es productiva para pensar la relación entre el
personaje y la historia, y por qué en diversos momentos la gente inviste a un
líder con atributos que parecen exagerados o inmerecidos.
La idea de Gurri es interesante
para pensar un contexto de inestabilidad: él dice que el choque entre el
“público” y el viejo sistema industrial (con sus periódicos, partidos,
intelectuales, etc.) posiblemente no se resuelva. Eso conecta bien, en mi
opinión, con nuevas formas de politización que analiza Anton Jäger y llama
hiperpolítica. La intensidad de estas formas de política no se correlaciona
directamente ni con un mayor compromiso cívico ni con la capacidad de cambiar
las cosas. No solo la izquierda “no puede”; la derecha, como mencionaba antes,
tampoco puede tanto cuando gobierna.
Las derechas radicales conectan
bien con el malestar y se estabilizan al mismo tiempo como fuerzas políticas,
pero hasta ahora no hay ejemplos de construcción de un nuevo orden por estas
derechas y podemos tener dudas sobre su capacidad para lograrlo. Eso no
significa, sin embargo, que no puedan envenenar la conversación pública,
debilitar instituciones nacionales y globales, y provocar retrocesos
democráticos. Como muestra el ICE de Trump, la brutalidad no es necesariamente
eficiente: las deportaciones no fueron mayores que en anteriores
administraciones, pero fueron más crueles, detuvieron a gente con años y hasta
décadas de residencia en Estados Unidos y estuvieron acompañadas de un discurso
fascista.
En Un fantasma recorre el
mundo se cita la idea de “malismo” (la exhibición pública de la crueldad
como propaganda). ¿Por qué hoy ciertos líderes ya no ocultan la crueldad, sino
que la convierten en una prueba de autenticidad, valentía o libertad?
El marketing de la crueldad —o lo
que el artista español Mauro Entrialgo llamó “malismo” en un libro que lleva
ese nombre— es muy efectivo. Nayib Bukele llevó esto al paroxismo con sus
distópicas e inhumanas megacárceles. Incluso creó una forma de turismo
carcelario, en el que se explica a los visitantes —influencers, funcionarios de
seguridad extranjeros, etc.— que los presos no tienen baños propiamente dichos
ni colchones, que la comida es asquerosa, que casi no pueden ver la luz del
sol; un elogio sin tapujos a la tortura. Y Bukele es muy popular en América
Latina precisamente por eso. Milei dijo que echó a más empleados públicos de
los que realmente despidió; el alcalde de Buenos Aires muestra imágenes de
malismo explícito en las que la policía les confisca sus productos a personas
que apenas se ganan la vida como vendedores callejeros; como decíamos, el ICE
hace alarde del daño que provoca. La reciente extensión en Europa del eslogan
de la remigración —con resonancias de las deportaciones nazis— es muy
significativa al respecto. En otra escala podríamos incluir a Palestina —la
derecha israelí no solo no oculta sus intenciones genocidas, sino que las
publicita de una manera inédita—. De hecho, dediqué un capítulo al vínculo
entre las extremas derechas e Israel y a cómo esto está cambiando las
coordenadas políticas de la posguerra. No hay forma de entender a las actuales
derechas radicales sin mirar hacia Israel.
En síntesis: el marketing de la
crueldad compensa las dificultades que existen para resolver los problemas. Si
no se puede resolver el problema de la seguridad, es mejor escuchar a un
político que propone balazos para todos que a otro que dice que todo es más
complejo; si la economía está estancada y el futuro aparece sombrío, la idea de
echar a todos los inmigrantes y discriminar a sus descendientes como chivos
expiatorios puede ser atractiva. Ya conocemos la historia: los años 20-40 son
un buen ejemplo de la productividad política del marketing de la crueldad.
Una parte central del libro
parece preguntarse si esto es fascismo, posfascismo, fascismo tardío,
nacionalismo del desastre o algo todavía sin nombre. ¿Qué se gana y qué se
pierde cuando usamos la palabra “fascismo” para hablar de las derechas
actuales?
Hay varias paradojas aquí: muchos
de quienes apelan al término fascismo sostienen que hay que aprender de la
historia, pero los historiadores del fascismo son los más cautelosos o
directamente contrarios al uso del término. Aprender de la historia no
significa que esa historia nos dé necesariamente las herramientas para
enfrentar los nuevos peligros. Las amenazas están siempre cargadas de
novedades. Aun así, es inevitable no pensar en el fascismo o en el peligro
fascista cuando miramos a nuestro alrededor. El término fascismo funciona como
una alarma; todos conocemos su significado. Y en ese sentido puede ser útil si
no se abusa de él. Pero, a la vez, opaca otras cuestiones. ¿qué pasa cuando
ganan las derechas radicales y sus gobiernos no “parecen” fascistas? ¿Nos sirve
para pensar las amenazas antidemocráticas de los oligarcas de Silicon Valley?
¿Cómo incluir en él a regímenes como el chino, que utiliza las nuevas
tecnologías con vocación totalitaria? Muchos de quienes denuncian a diario a
las extremas derechas —y hablando de fascismo— idealizan el modelo chino.
En el libro aparecen autores que
critican el wokismo desde la izquierda, como Fredrik de Boer o Susan
Neiman. ¿Cree que el wokismo existe como fenómeno reconocible o
funciona más bien como un significante que permite a la ultraderecha llamar
amenaza existencial a cualquier avance progresista?
Mi posición es que el wokismo sí
existe, pero en una dimensión mucho menor —y más complicada— de lo que suponen
muchos análisis; y no es necesariamente un problema de la izquierda en sentido
estricto. Me distancio tanto de quienes dicen que el wokismo es un
invento de la derecha como de quienes denuncian desde esta última que es una
amenaza para la humanidad. En el libro reconstruyo la genealogía del término y
sus mutaciones más actuales. Trato de navegar las complejidades, las tensiones,
las ambigüedades. Intento poner en cuestión la moralización de la política y el
sermoneo progresista sin caer en fórmulas fáciles —y, en mi opinión, falaces—
del estilo de “la izquierda no es woke”. Y, sobre todo, abordo la forma en
que se manipula el término en los engranajes de la maquinaria de guerra
ideológica reaccionaria.
Si la extrema derecha logra
canalizar ira, resentimiento, humillación y sensación de pérdida, ¿qué debería
hacer la izquierda?
Es evidente que no existe
un Qué hacer, como el que escribió Lenin, con la convicción necesaria para
trazar un rumbo. Hoy la tradicional división reforma/revolución se ha
desdibujado. Los revolucionarios no hacen revoluciones y los reformistas no
reforman nada. La derecha parece más “leninista” que la izquierda en términos
de “optimismo de la voluntad”. Personalmente, creo que hay que buscar en la
tradición socialista democrática —que va mucho más allá de la socialdemocracia,
hoy un movimiento sin alma y con pocas ideas— para recuperar las dimensiones
materiales de la política y repensar la lucha de clases a partir de nuevas
temáticas. La salud pública, el acceso a la vivienda, la precarización, las
diferentes formas de alienación son cuestiones centrales incluso en el Norte
global y son temas de la izquierda. El debate wokismo/identidad vs. clase
es, en mi opinión, completamente fútil y contraproducente.
La izquierda no solo era un
conjunto de partidos: era un mundo (político, sindical, cultural, artístico,
revisteril), con ciertas formas prefigurativas del futuro anhelado. Ese mundo
ha desaparecido. No es posible reconstruirlo tal como era —eso es pura
melancolía—, pero la demanda de “comunidad” es muy fuerte. La derecha ofrece
naciones excluyentes, volver a pasados supuestamente “dorados”. En América
Latina —y cada vez más en Europa entre los inmigrantes— los evangélicos
pentecostales construyen sus propias redes interpersonales. La izquierda no
aporta mucho en este sentido. Pero, pese a todos los pronósticos, la izquierda
no ha desaparecido. Hay elementos interesantes de victorias municipales de
izquierda (Nueva York, zonas de la periferia parisina de base multicutural,
País Vasco, etc.); hay jóvenes que se repolitizan con la causa palestina —una
suerte de universal concreto de las iniquidades globales—, incluso muchos
jóvenes judíos estadounidenses están releyendo la historia del Bund, el partido
socialista judío del Imperio Ruso. Se dice mucho —y yo contribuí a ello— que
hoy hay muchos jóvenes se sienten atraídos por las derechas radicales, pero se
dice menos que la reacción contra esas derechas también es joven. La izquierda
ha dejado de mirar hacia sus propias tradiciones; pedalea muchas veces en el
aire. Y quienes miran hacia atrás muchas veces lo hacen con pura nostalgia, a
veces meramente estética. No deja de ser curioso el “neosovietismo” de un
—espero que pequeño— sector de las izquierdas, que incluye una versión
Instagram, a menudo con música coldwave de fondo.
Entrevista realizada por Xavier
Peytibi.