martes, 8 de septiembre de 2026

LA CONCEPCIÓN DE MARX SOBRE EL DINERO



Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez 

domingo, 30 de agosto de 2026

 

Me enviaron un vídeo de un economista que trataba del análisis económico marxista y de la teoría monetaria. El autor no elabora los conceptos que pone en circulación o los elabora en un grado mínimo. No matiza, no detalla ni fundamenta lo que afirma. Es mejor hablar de pocas cosas, pero hacerlo con más profundidad y rigor que abarcar una temática muy amplia y hacer afirmaciones con grandes insuficiencias de detalles.

Uno de los supuestos errores que el autor del video le atribuye a Marx es que Marx considera que el dinero es una mercancía. Así que no me queda otro remedio que formular algunas nociones básicas de la economía marxista. Al principio ninguna mercancía desempeñaba el papel del dinero. Llegó el momento en que fue el oro quien desempeñó este papel. Pero el oro es una mercancía y, en este sentido, Marx tiene razón. En los siglos XVI y XVII sucedió que las monedas de oro fueron desgastándose y los falsificadores fueron quitándole oro a las monedas. En ese entonces el peso en oro no equivalía al nombre monetario. El nombre indicaba que en la moneda debía haber 10 gramos de oro, por ejemplo, pero en verdad solo había 3 gramos de oro. En ese momento se separó la sustancia del valor de la moneda de su función como medio de cambio. Y los bancos terminaron por retirar las monedas de oro y la sustituyeron por dinero papel o billetes. Ahora en los mercados no circulaba el dinero oro sino signos suyos. Así que al dinero actual debe catalogarse como signos de valor. A este propósito Marx decía que el dinero oro circulaba porque tenía valor, mientras que los signos de valor, los billetes y monedas actuales, tenían valor porque circulaban. Las monedas de oro fuera de la circulación siguen teniendo su valor, mientras que los billetes de papel fuera de la circulación carecen de valor, son simples trozos de papel.

En ningún momento Marx afirmó que el dinero era una mercancía, lo que realmente afirmó es que el dinero era la mercancía general. Lo de general es un matiz importante en lo que se afirma. Antes de que surgiera el dinero, cada mercancía estaba en forma relativa de valor, esto es, la mercancía que expresa su valor, y también estaba en forma de equivalente, esto es, la mercancía que servía de material de expresión del valor de otras mercancías. Pero desde que surgió el dinero, el resto de las mercancías solo se encuentran en forma relativa de valor, y la mercancía dinero desempeñaba en exclusividad el papel de equivalente. En la sección dedicada a la forma general del valor en El capital, Marx dice lo siguiente: “Las mercancías presentan ahora sus valores 1) de una manera simple, porque lo hacen en una sola especie de mercancía; 2) unitariamente, porque lo hacen en la misma mercancía. Su forma de valor es simple y común, es decir, general”. Además, a partir de aquí el dinero, en su calidad de equivalente general se presenta como la mercancía general, mientras que el resto de las mercancías se presentan como mercancías particulares. Todos estos detalles, matices y fundamentos que aparecen en el pensamiento de Marx, desaparecen en el autor del vídeo

Ahora, por último, les hablaré del sistema de crédito. En la actualidad hablar del dinero sin hablar del sistema de crédito es un enorme error. En principio, suponiendo que no hubiera sistema de crédito, la suma de dinero que debe haber en el mercado debe ser igual a la suma de los precios de las mercancías que en ese momento se vendan.  (Hago abstracción de que una misma suma de dinero sirva de equivalente en varias compras sucesivas en el mismo día). Pero con la llegada del sistema de crédito las cosas cambiaron. Tú, como la mayoría de los ciudadanos, compras parte de tus bienes de consumo con la tarjeta. El dinero que tú tienes en el banco no existe de forma real en una caja de la que tienes la llave, existe como puro asiento contable. Ahora el dinero existe como dinero aritmético. Ocurre que todas las cosas que tú compres con la tarjeta, parte del dinero que tú tienes depositado en el banco y que corresponde a la suma de precios de las mercancías que has comprado, desaparece de tu cuenta y aparece en la cuenta del vendedor. Aquí no hay movimiento real del dinero, sino simples asientos contables. Sucede lo mismo cuando haces una transferencia. De manera que por medio del sistema de crédito la cantidad de dinero en efectivo necesario en el mercado es notablemente inferior a la suma de los precios realizados. Cuando se compra al contado, con dinero en efectivo, el dinero funciona como medio de compra; mientras que cuando se compra al crédito, el dinero funciona como medio de pago. Y una última cosa: en los precios el dinero existe de forma ideal.  De manera que hablar de la teoría monetaria de Marx sin hablar de las distintas formas de existencia del dinero es un error teórico de primera magnitud.

Todo esto que he dicho, y que se lo debo a Marx, no aparece en el vídeo que me enviaron. Así, el atento lector, podrá observar la pobreza conceptual de la exposición del autor. Con lo dicho basta.

Otra cosa. Es fundamental conocer cómo es el capitalismo en la actualidad, de la que el autor del video, y muchos como él, ignoran. Yo les recomiendo la lectura de los siguientes libros: La crisis del capitalismo democrático de Martin Wolf, El mito del capitalismo de Jonathan Tepper, y el problema de los supermillonarios de Mcquaig y Brooks. Es fundamental para la formación teórica de cualquier marxista saber cómo es el capitalismo en la actualidad. Y para este fin los mejores autores son los ordoliberales. También observo que muchos ordoliberales hablan de Marx con mucho más respeto teórico que los supuestos marxistas críticos.

 

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2026/08/la-concepcion-de-marx-sobre-el-dinero.html

RECHAZAR EL "ESCUDO DE LAS AMERICAS", LA NUEVA COLONIZACIÓN SIONISTA

 


¡LA COLONIA SIGUE VIVA! CUANDO EL STATU QUO INSULTA AL PERÚ MESTIZO


 


La reciente respuesta de Eddie Fleischman contra Mirtha Vásquez no debe entenderse únicamente como una disputa entre dos personajes públicos. Detrás de sus palabras aparece una fractura mucho más antigua: la confrontación entre el Perú del statu quo —centralista, excluyente y acostumbrado a administrar la respetabilidad— y el Perú mestizo, provinciano y popular, que exige participar en la vida nacional sin pedir permiso a las élites.

Mirtha Vásquez calificó al gobierno de Keiko Fujimori como una gestión precaria que improvisa y no sabe qué hacer con el país. Esa afirmación puede ser discutida, cuestionada o refutada. Fleischman tenía todo el derecho de responderle con cifras, decisiones gubernamentales y resultados concretos. Pero no hizo eso. Escribió: “El descaro, la desfachatez, la desvergüenza, el desparpajo y la hipocresía. El cartón lleno de los ZdM”.

La expresión “ZdM”, empleada reiteradamente por Fleischman, significa “zurdos de mierda”. No estamos, por tanto, ante una respuesta política, sino ante una operación de demolición moral. En lugar de explicar por qué Vásquez estaría equivocada, la arroja dentro de una categoría humana supuestamente despreciable. Eso revela una incapacidad para debatir, pero también algo más profundo: la antigua costumbre de decidir quién merece ser escuchado y quién debe ser humillado.

FLEISCHMAN Y VÁSQUEZ: DOS VISIONES DEL PERÚ

Fleischman no representa oficialmente a toda la derecha ni a todos los empresarios. Sin embargo, su discurso expresa una corriente política que defiende el orden económico existente, condena colectivamente a la izquierda y presenta cualquier cuestionamiento profundo como una amenaza contra la inversión, la propiedad o la libertad. El problema es que esa derecha rara vez diferencia entre capitalismo productivo y mercantilismo rentista.

El capitalismo productivo invierte, industrializa, desarrolla tecnología, compite, crea empleo formal y asume riesgos. El mercantilismo rentista, en cambio, busca privilegios, monopolios, contratos favorables, protección estatal, exoneraciones y relaciones cercanas con el poder político. Uno transforma la economía; el otro administra ventajas. Defender automáticamente el statu quo no significa defender el verdadero capitalismo. Muchas veces significa proteger un sistema en el cual determinados grupos privatizan las ganancias, trasladan las pérdidas al Estado y conservan su influencia política generación tras generación.

Mirtha Vásquez tampoco representa al comunismo, como pretende hacer creer la propaganda que llama “comunista” a cualquiera que cuestione al poder económico. Ella pertenece a una izquierda democrática, social y ambientalista. Es una abogada cajamarquina, formada en una universidad pública, docente, defensora de derechos humanos, excongresista, expresidenta interina del Congreso y expresidenta del Consejo de Ministros. Se puede discrepar radicalmente de su gestión y de sus ideas. Lo que no se puede hacer honestamente es presentarla como una ignorante, una intrusa o una mujer sin autoridad para opinar sobre el rumbo del país.

LA COLONIA TERMINÓ EN LOS PAPELES, NO EN LAS MENTES

El colonialismo no desapareció completamente con la proclamación de la independencia. Terminó el dominio jurídico de España, pero permanecieron muchas de sus jerarquías: Lima sobre las regiones, el blanco sobre el indígena, el poderoso sobre el pobre, el apellido sobre el mérito y la riqueza sobre la ciudadanía. Esa colonialidad interna sigue decidiendo quién posee “buena presencia”, quién habla “correctamente”, quién puede gobernar y quién debe permanecer callado.

 

Cuando una mujer provinciana, mestiza y vinculada con la defensa de comunidades campesinas cuestiona al poder, la respuesta no siempre busca debatir sus argumentos. Con frecuencia intenta rebajarla: “resentida”, “incapaz”, “comunista”, “caviar”, “radical” o “terruca”. El terruqueo se ha convertido en el nuevo certificado colonial de inferioridad. Ya no es necesario demostrar que alguien pertenece a una organización terrorista. Basta con que defienda derechos laborales, comunidades campesinas, recursos naturales o una posición de izquierda para colocarlo bajo sospecha. Así se construye una ciudadanía de dos categorías: los respetables, que pueden opinar; y los sospechosos, que deben justificarse antes de abrir la boca.

No existe en la publicación analizada una expresión racial explícita contra Vásquez. Fleischman no menciona directamente su color de piel ni la llama “india”. Por eso no debemos inventar una prueba que no existe. Pero también sería ingenuo ignorar el contexto histórico en el que se produce la agresión. En el Perú, el racismo pocas veces reconoce su propio nombre. No siempre dice abiertamente “te desprecio por ser indígena o mestizo”. Muchas veces se disfraza de superioridad cultural, intelectual y moral.

La pregunta resulta inevitable: ¿se emplearía la misma violencia verbal contra una mujer perteneciente al círculo social, económico y cultural del propio agresor? No podemos atribuirle una motivación racial personal sin pruebas, pero sí podemos reconocer que su descalificación reproduce una cultura que históricamente ha colocado al Perú provinciano, campesino y mestizo en una posición subordinada.

EL CLASISMO QUE REPARTE CERTIFICADOS DE RESPETABILIDAD

El mensaje de Fleischman posee un evidente componente clasista porque no trata a Vásquez como una adversaria política con experiencia institucional. La reduce a una integrante más de “los ZdM”, como si todas las personas de izquierda fueran idénticas y ninguna mereciera una respuesta racional. El mecanismo es sencillo: el integrante del statu quo conserva el privilegio de calificar; el cuestionador popular queda obligado a defender su propia dignidad.

Si usted pertenece al grupo correcto, su palabra es opinión. Si pertenece al grupo estigmatizado, su palabra es descaro.

Si defiende el modelo existente, es sensato. Si cuestiona sus privilegios, es hipócrita.

Si proviene de las élites, posee autoridad. Si proviene de las regiones, debe demostrar permanentemente que merece estar allí.

Eso es clasismo político: convertir la procedencia, el apellido, la apariencia y las relaciones sociales en títulos de legitimidad.

También existe una dimensión de género. No todo ataque contra una mujer constituye automáticamente misoginia, pero el lenguaje empleado debe ser examinado. Fleischman no cuestiona una política pública específica. Ataca el carácter moral de Vásquez: descarada, desfachatada, desvergonzada e hipócrita. La acumulación de calificativos pretende presentar a una mujer políticamente incómoda como alguien indigna de consideración. Es una forma de disciplinamiento: puede participar, pero no cuestionar demasiado; puede ocupar cargos, pero no desafiar al poder; puede hablar, siempre que diga aquello que el statu quo está dispuesto a tolerar. Cuando supera ese límite, se activa la maquinaria de la humillación.

NO ES UNA GUERRA DE RAZAS, ES UNA LUCHA CONTRA UNA ESTRUCTURA

Sería un error responder al racismo con otro racismo. No todos los blancos, criollos o descendientes de europeos son responsables de los crímenes históricos del Perú. Tampoco toda persona mestiza, indígena o provinciana representa automáticamente la justicia. La responsabilidad no pertenece biológicamente a una raza. Pertenece a élites, instituciones y grupos de poder concretos que convirtieron su riqueza, origen y cercanía al Estado en títulos de superioridad.

Los grandes abusos de nuestra historia no fueron cometidos por un color de piel aislado, sino por una estructura colonial y republicana que utilizó las diferencias raciales y sociales para justificar el despojo, la explotación y la exclusión. Por eso, el objetivo no debe ser reemplazar una supremacía por otra. Debe ser destruir el sistema que todavía clasifica a los peruanos según su apellido, dinero, lugar de nacimiento, acento o apariencia.

La contradicción final es evidente: Fleischman acusa a Vásquez de hipocresía, pero no refuta ninguna de sus afirmaciones. ¿El Gobierno posee un rumbo claro? Que lo demuestre. ¿Tiene una estrategia contra la delincuencia? Que presente resultados. ¿Está atendiendo el hambre y la inseguridad alimentaria? Que publique cifras. ¿Ha dejado de improvisar? Que explique sus políticas. Eso sería debatir. Pero llamar “zurda de mierda” a una adversaria no prueba que ella esté equivocada. Solamente demuestra que el agresor ha sustituido el razonamiento por el desprecio.

CONCLUSIÓN

La colonia sigue viva cada vez que alguien cree que su posición social le permite mandar al silencio a quienes considera inferiores. Sigue viva cuando la crítica de una mujer cajamarquina recibe insultos en lugar de respuestas. Sigue viva cuando se terruquea al mestizo, al campesino o al dirigente popular para expulsarlo simbólicamente de la ciudadanía. Mirtha Vásquez puede equivocarse, como cualquier autoridad. Sus decisiones pueden y deben ser fiscalizadas. Pero posee exactamente el mismo derecho que Fleischman, Keiko Fujimori o cualquier integrante de las élites limeñas a cuestionar el rumbo del país.

El Perú no pertenece a una clase, una raza, una ideología ni un grupo de apellidos. La independencia continuará incompleta mientras algunos ciudadanos se consideren dueños del derecho a hablar y traten al resto como chusma que debe obedecer.

 

¡LA COLONIA TERMINÓ EN 1821, PERO SUS HEREDEROS MENTALES TODAVÍA ADMINISTRAN EL DESPRECIO!

 

¡EL PERÚ MESTIZO, INDÍGENA, PROVINCIANO Y POPULAR NO PIDE PERMISO PARA EXISTIR, PENSAR NI GOBERNAR! 

Fuente: https://www.facebook.com/groups/exitosaradionoticiastvweb/permalink/2020486095331441/ 

LA DESINTEGRACIÓN DEL IMPERIO AMERICANO, EL RETORNO DE LAS NACIONES HISTÓRICAS Y LA NUEVA GUERRA CIVIL ESTADOUNIDENSE

 


Por Philippos Bouratoglou

Philippos Bouratoglou, Geopolitika.ru 26/08/26

 

Cuando los imperios dejan de creer en sí mismos

“Un imperio no se derrumba cuando es derrotado en sus fronteras. Se derrumba cuando deja de ser una comunidad de destino para sus propios pueblos. "

La historia de los grandes imperios nos enseña que su declive no comienza con una batalla perdida ni con una crisis económica. La verdadera desintegración empieza cuando el poder político deja de ser capaz de mantener una narrativa histórica común, una identidad cultural común y un propósito común. Desde Roma hasta Austria-Hungría, y desde el Imperio Otomano hasta la Unión Soviética, la historia sigue un patrón recurrente: la cohesión interna precede a la fortaleza, y su pérdida anuncia el declive.

A principios del siglo XXI, EEUU se enfrenta a una crisis que va mucho más allá de las contiendas electorales, las dificultades económicas o la alternancia de gobiernos. La crisis yanqui es, ante todo, una crisis cultural, de identidad y de cohesión estatal. Los constantes conflictos entre el gobierno federal y los estados, la polarización ideológica, las tensiones raciales, los cambios demográficos, la confrontación entre las metrópolis y el interior del país, así como el resurgimiento de movimientos separatistas, conforman un panorama que difícilmente puede interpretarse como un simple desacuerdo político.

La narrativa occidental dominante sigue presentando a EEUU como un único Estado-nación cohesionado. Sin embargo, tras esta imagen se esconde una realidad mucho más compleja. La propia intelectualidad estadounidense, ya en la década de 1980, comenzó a cuestionar si las fronteras estatales oficiales reflejaban las verdaderas divisiones culturales e históricas de Norteamérica. Un ejemplo típico es Las nueve naciones de Norteamérica, de Joel Garreau , que argumenta que el continente funciona esencialmente como un conjunto de unidades históricas y culturales distintas, cuyos límites no coinciden con las fronteras administrativas de los estados.

Esta observación cobra especial relevancia hoy en día. Cuando incluso analistas yanquis cuestionan la existencia de un único espacio nacional y proponen representaciones alternativas del país, el debate deja de ser teórico y se convierte en una cuestión de alta geopolítica. La cuestión ya no radica en si existen diferencias culturales entre los estados, sino en si estas diferencias se han vuelto tan profundas que amenazan la cohesión misma del imperio estadounidense.

Porque todo imperio se construye sobre una premisa fundamental: que las poblaciones que lo conforman aún creen pertenecer a la misma comunidad histórica. Cuando esa creencia comienza a desmoronarse, la desintegración no empieza en las fronteras, sino desde dentro.

La unidad yanqui como mito político

Durante más de dos siglos, EEUU se ha presentado como una sola nación con una identidad política y un destino histórico comunes. Sin embargo, esta imagen ha sido más una construcción ideológica que una realidad histórica. La federación yanqui  nació como un compromiso entre distintas colonias, distintos intereses económicos y distintas tradiciones culturales. El poder de Washington logró disimular temporalmente estas contradicciones, pero sin eliminarlas.

Hoy, mientras la hegemonía yanqui entra en un período de relativo declive, estas diferencias internas resurgen con mayor intensidad. El debate ya no se limita a las diferencias entre demócratas y republicanos, sino que gira en torno a la propia cohesión cultural del Estado yanqui.

No es casualidad que en los últimos años las teorías sobre la cartografía geopolítica y cultural de EEUU hayan vuelto a cobrar protagonismo. Dos obras han sido particularmente influyentes en este diálogo.

El primero es Las nueve naciones de Norteamérica, de Joel Garreau, quien ya en 1981 argumentó que las fronteras estatales de EEUU no reflejan las verdaderas zonas económicas y culturales de Norteamérica. Según Garreau, tras la estructura federal existen nueve "naciones" diferentes, con su propia lógica económica, desarrollo histórico y concepciones de poder distintas.

El segundo es American Nations, de Colin Woodard, publicado en 2011. Woodard profundiza aún más, argumentando que EEUU no está formado por una sola comunidad nacional, sino por once culturas históricas, que se formaron ya en la época colonial y que siguen determinando el comportamiento político de sus habitantes hasta el día de hoy.

La importancia de estas dos obras no radica en si sus mapas podrían implementarse políticamente, sino en que la propia intelectualidad yanqui reconoce la existencia de profundas fronteras culturales internas.

En otras palabras, la crisis de EEUU no se manifiesta únicamente en los indicadores económicos ni en la polarización política. Se revela en la forma misma en que los estadounidenses comienzan a percibir su identidad histórica. Y cuando un Estado deja de creer en su narrativa compartida, la crisis pasa gradualmente de ser política a existencial.

Las regiones culturales de los EEUU: Un estado, muchos mundos

El análisis de las regiones culturales de EEUU no es un ejercicio académico ni fruto de la imaginación política. Por el contrario, refleja una profunda realidad: la incapacidad del Estado yanqui para transformar un conjunto de sociedades históricamente diversas en una nación verdaderamente homogénea. La federación ha mantenido su unidad principalmente gracias a su poder económico, su expansión militar y la ideología del «sueño americano». Pero a medida que estos tres pilares se debilitan, resurgen viejas identidades históricas.

Según Joel Garreau, Norteamérica se organiza en torno a nueve grandes unidades geoeconómicas y culturales. Nueva Inglaterra sigue reflejando la tradición histórica de las primeras colonias anglosajonas y la élite financiera de la Costa Este. El Cinturón del Óxido (o Cinturón de la Fundición), otrora corazón industrial de EEUU, aún conserva las huellas de la desindustrialización, el declive social y la inseguridad económica que han alimentado gran parte de la polarización política actual.

El Granero, la vasta región agrícola del interior, conserva valores sociales y una concepción del papel del Estado distintos a los de las zonas metropolitanas costeras. Dixie, el histórico Sur de los antiguos Estados Confederados, aún mantiene una fuerte identidad cultural, con énfasis en el conservadurismo, la religión y la autonomía local. MexAmerica refleja la interacción constante entre los mundos estadounidense e hispano, mientras que la Ecotopía de la Costa Oeste constituye un universo ideológico completamente diferente, dominado por el capitalismo tecnológico, el ecologismo y los conceptos sociales posmodernos.

Aún más revelador es el enfoque de Colin Woodard. Las once culturas que describe no son regiones administrativas, sino comunidades históricas con diferentes cosmovisiones. Yankeedom, Nueva Holanda, el Sur Profundo, los Apalaches, la Costa Oeste, El Norte, el Lejano Oeste, las Tierras Medias, la región costera, Nueva Francia y las Primeras Naciones conforman un mapa que explica por qué los conflictos políticos y sociales en EEUU están adquiriendo cada vez más el carácter de confrontación cultural.

Esta imagen se complementa con otros dos conceptos ampliamente utilizados en el análisis político estadounidense. El Cinturón Bíblico expresa el carácter profundamente protestante y evangélico de gran parte del sur de EEUU, mientras que el Cinturón del Óxido simboliza la decadencia económica de la América industrial. Estos dos cinturones no son simplemente términos geográficos. Reflejan diferentes concepciones de nación, economía, religión y cultura, que a menudo chocan directamente con las de los grandes centros metropolitanos de las costas este y oeste.

Al considerar todas estas realidades geográficas, culturales e ideológicas en conjunto, queda claro que EEUU no se enfrenta simplemente a un período de intensa polarización política, sino al resurgimiento de identidades históricas que nunca desaparecieron del todo. La confrontación actual no se limita a partidos o elecciones, sino que gira en torno a diferentes concepciones de lo que representa EEUU y la misión histórica que debería cumplir. Y cuando un Estado deja de tener una narrativa histórica compartida, la crisis política se transforma gradualmente en una crisis de cohesión estatal.

De la polarización política a la desintegración geopolítica

El análisis occidental predominante insiste en interpretar la crisis yanqui como un enfrentamiento más entre demócratas y republicanos, liberales y conservadores, o progresistas y tradicionalistas. Este es un enfoque sumamente superficial que no logra captar la verdadera magnitud de la crisis. Las elecciones son solo el síntoma externo. El problema es mucho más profundo.

De hecho, en EEUU, diferentes memorias históricas, distintas concepciones del ser humano, diferentes modelos económicos y distintas identidades culturales chocan actualmente. Por un lado, se encuentra la América cosmopolita, posnacional y financiera de las grandes metrópolis, las corporaciones multinacionales y la economía globalizada. Por otro, sobrevive la América tradicional de las pequeñas comunidades, el gobierno local, la fe religiosa y la soberanía nacional.

Este conflicto no es circunstancial. Es la consecuencia inevitable de la globalización unipolar. Durante más de tres décadas, Washington intentó imponer su modelo liberal y universal al resto del mundo, creyendo que la historia había concluido y que todos los pueblos debían integrarse en la misma estructura política, económica y cultural. Pero esta lógica imperial no solo desintegró los estados de Eurasia, Oriente Medio o África, sino que poco a poco comenzó a erosionar los cimientos mismos de la sociedad estadounidense.

La identidad tradicional estadounidense fue desmantelada en nombre del mercado global, el consumo individual y la homogeneización cultural. El resultado fue paradójico, pero históricamente predecible. El imperio, al intentar desmantelar todas las identidades colectivas del planeta, comenzó a desmantelar la suya propia.

No es la primera vez que la historia sigue este patrón. El Imperio Romano no se derrumbó simplemente por la aparición de tribus bárbaras. Su colapso estuvo precedido por la desintegración interna de las instituciones, la crisis de legitimidad del poder y la pérdida gradual de una identidad romana común. Las presiones externas aceleraron un proceso que ya había comenzado internamente.

El historiador británico Arnold Toynbee hizo una observación atemporal: "Las civilizaciones no son asesinadas. Se suicidan."

Esta frase cobra especial relevancia para EEUU en la actualidad. La mayor amenaza al poder estadounidense no proviene ni de Rusia ni de China, sino del deterioro gradual de la cohesión cultural interna sobre la que se construyó el propio Estado yanqui 

Desde una perspectiva multipolar, este acontecimiento no debe interpretarse como un episodio político pasajero, sino como un indicio de una transición histórica más profunda. El orden unipolar está entrando en una fase de agotamiento interno. Y cuando el centro del imperio comienza a cuestionarse, el equilibrio global cambia mucho más rápido de lo que los observadores modernos suelen percibir.

La nueva Guerra Civil Estadounidense no será como la anterior

Cuando hablamos de una guerra civil en EEUU, casi automáticamente pensamos en los sucesos de 1861-1865. Pero la comparación es engañosa. La actual división estadounidense no separa al Norte del Sur, ni tampoco dos bandos claramente definidos con administraciones comunes y estructuras militares unificadas. La nueva guerra civil, de producirse, será mucho más compleja. Será una guerra civil a varias velocidades, en la que coexistirán la confrontación política, la fragmentación cultural, el conflicto económico, la guerra de información y una crisis de legitimidad del poder federal.

Ya se observan fenómenos impensables hace unos años. Los estados cuestionan abiertamente las decisiones del gobierno federal. Los gobernadores se niegan a implementar políticas federales en materia de inmigración, seguridad pública o educación. La Guardia Nacional se utiliza como instrumento de confrontación política entre los estados y Washington, mientras que el concepto de soberanía estatal resurge con fuerza en el debate público.

Esta crisis no se limita a las instituciones. Permea todos los niveles de la sociedad. Universidades, medios de comunicación, iglesias, grandes empresas tecnológicas e incluso las propias familias reflejan una profunda división ideológica. El concepto del «interés común yanqui» está cediendo terreno gradualmente ante la aparición de múltiples narrativas contrapuestas sobre el pasado, el presente y el futuro del país.

La historia nos enseña que los Estados no necesariamente se disuelven con una derrota militar. A menudo, esta se produce tras la pérdida de legitimidad política del centro. Cuando las regiones dejan de considerar que la autoridad central representa sus intereses y valores, la cohesión del Estado comienza a depender cada vez más del poder económico y de los mecanismos represivos. Pero esto es señal de debilidad, no de fortaleza.

La Unión Soviética no colapsó por haber sido derrotada en una batalla decisiva. Colapsó cuando su unidad política dejó de darse por sentada por las mismas repúblicas que la conformaban. Con un trasfondo histórico diferente, pero con una lógica similar, Estados Unidos se enfrenta hoy a la cuestión de si su estructura federal continúa funcionando como un elemento de unidad o si se está convirtiendo gradualmente en un campo de confrontación constante.

El filósofo alemán Oswald Spengler, al analizar el ciclo de vida de las grandes civilizaciones, escribió: "Los imperios no caen cuando pierden batallas. Caen cuando pierden su alma."

Independientemente de que se acepte o no esta formulación, EEUU parece enfrentarse hoy precisamente a este dilema. La cuestión no es solo si mantendrá su primacía global, sino si podrá mantener su propia unidad interna.

Desde la perspectiva de la multipolaridad, este acontecimiento reviste especial importancia. El debilitamiento de la cohesión yanqui no es simplemente un asunto interno de un solo Estado. Constituye uno de los eventos más importantes en la transición de la era unipolar a un nuevo orden internacional, donde las civilizaciones, las potencias regionales y los Estados históricos están recuperando su papel autónomo en la historia mundial.

De la teoría a la realidad geopolítica

La desintegración de EEUU, si se convierte en un proceso histórico real, no será solo un acontecimiento interno yanqui. Significará el colapso del centro geopolítico del mundo unipolar. Durante más de tres décadas, tras la disolución de la Unión Soviética, Washington funcionó como el único centro de toma de decisiones estratégicas del planeta. Su poder no se basaba únicamente en sus fuerzas armadas o su economía, sino principalmente en la cohesión interna del Estado yanqui.

Si esta coherencia se rompe, entonces toda la arquitectura del sistema internacional cambia.

No es casualidad que destacados analistas geopolíticos, como Alexander Dugin, consideren la cuestión interna de USA como el acontecimiento estratégico más importante del siglo XXI. Según la escuela de pensamiento euroasiática, la multipolaridad no se impondrá únicamente por el ascenso de Rusia, China u otras potencias regionales, sino que también surgirá del debilitamiento relativo del núcleo de poder atlántico.

Por eso, los acontecimientos internos de EEUU se siguen con suma atención en Moscú, Pekín, Teherán y muchas otras capitales. No solo están pendientes de las elecciones estadounidenses, sino también de la capacidad de resistencia del propio aparato estatal yanqui.

Después de todo, la crisis actual no es solo política. Es profundamente cultural

Por un lado, se desarrolla un modelo cosmopolita, posnacional y liberal, concentrado principalmente en grandes metrópolis, universidades, centros financieros y empresas de Silicon Valley. Por otro lado, sobrevive una América diferente, más ligada a la identidad local, la religión, la economía agrícola, la posesión de armas, el concepto de soberanía estatal y el patriotismo tradicional.

El choque entre estos dos mundos no se trata solo de diferentes opciones políticas. Se trata de dos interpretaciones distintas de lo que significa "Estados Unidos".

Como ya señaló el pensador francés Alexis de Tocqueville en el siglo XIX: "Una gran nación corre más peligro por sus divisiones internas que por sus enemigos externos."

Esta frase parece más relevante hoy que nunca. Porque el mayor desafío al que se enfrenta EEUU no está en el Mar de China Meridional, ni en Ucrania, ni en Oriente Medio. Está dentro de sí mismo.

Y quizás esta sea la ironía más profunda de la historia. El poder que durante décadas transformó sistemas políticos, constituciones y fronteras en todos los rincones del planeta se enfrenta ahora a la posibilidad de tener que redefinir los suyos. Como escribió Tucídides: "Los felices son los libres, los libres son los alegres."

Ninguna gran potencia se sostiene únicamente con indicadores económicos o capacidades militares. Su perdurabilidad histórica depende de la unidad de su comunidad política. Y es precisamente esta unidad la que hoy constituye el elemento más controvertido del poder yanqui.

La multipolaridad nace no solo del surgimiento de nuevas potencias, sino también del declive de las antiguas

El debate sobre el posible debilitamiento o incluso la futura desintegración de EEUU no debe interpretarse como una simple profecía del «fin de Estados Unidos». La historia no funciona mecánicamente. Las grandes potencias poseen una enorme capacidad de adaptación y, a menudo, logran renovarse a través de sus propias crisis.

Sin embargo, existe una constante histórica que nunca ha sido refutada. Ningún imperio ha durado indefinidamente.

El Imperio Romano, el Imperio Español, el Imperio Británico y, posteriormente, la Unión Soviética parecieron, en distintos momentos, inexpugnables. Sin embargo, todos se desmoronaron cuando su cohesión interna comenzó a desintegrarse más rápido de lo que podía recuperarse.

EEUU no es una excepción a esta regla histórica.

La emergente era multipolar no implica que un nuevo hegemón vaya a reemplazar al anterior. Por el contrario, significa que diferentes culturas, estados y espacios geopolíticos reivindican el derecho a seguir su propio camino histórico, sin estar subordinados a un único centro ideológico o político.

Este es quizás el cambio más significativo del siglo XXI.

La crisis de EEUU no es, por tanto, simplemente la crisis de un Estado. Es la crisis de la propia percepción unipolar que ha prevalecido desde 1991. Cuanto más lucha Washington por lograr un consenso interno, más difícil le resulta imponerlo en el extranjero.

Mucho antes de que surgiera el término «multipolaridad», el filósofo ruso Nikolai Danilevsky argumentó que la humanidad no evoluciona como una sola civilización, sino como un conjunto de mundos histórico-culturales distintos, cada uno con su propia misión. Esta idea resurge hoy bajo una nueva forma, a medida que el orden internacional transita de la uniformidad a la multiplicidad.

Como él mismo escribió: "Ninguna cultura tiene derecho a presentarse como un modelo universal para todas las demás."

Quizás ahí reside el significado más profundo de la crisis estadounidense.

No se trata solo de la posibilidad de una futura fragmentación interna. Se trata del hecho de que, por primera vez desde la Guerra Fría, se está cuestionando la idea misma de que una sola civilización pueda determinar el rumbo de todo el planeta.

La historia parece estar volviendo a su estado natural: al equilibrio entre muchos centros de poder, muchas culturas y muchos actores geopolíticos.

Y quizás este sea el mayor cambio de nuestro tiempo. No la caída de una superpotencia, sino el retorno de la Historia tras tres décadas de ilusión unipolar.

Conclusión: La historia entra en una nueva era

El debate sobre el futuro de EEUU no puede limitarse a predicciones simplistas de un colapso inminente o a un triunfalismo sobre el ascenso de otras potencias. La geopolítica no es profecía; es el estudio de las tendencias históricas a largo plazo.

Y la tendencia más importante de nuestro tiempo es evidente.

El sistema unipolar surgido tras 1991 se encuentra cada vez más fragmentado. Las intervenciones militares ya no producen los resultados deseados. Las sanciones económicas ya no logran imponer la subyugación política como antes. Las nuevas tecnologías se propagan más rápido de lo que cualquier superpotencia puede hacer para controlarlas. Y, sobre todo, cada vez más Estados reclaman el derecho a trazar una estrategia independiente.

En este contexto, la crisis interna de EEUU está adquiriendo relevancia mundial. Si Washington no logra mantener la coherencia política interna, le resultará aún más difícil preservar la estructura de poder global que ha construido en las últimas décadas.

Esto no significa que EEUU dejará de ser una gran potencia. Significa, más bien, que se verá obligado a operar en un mundo donde no será el único.

Carl Schmitt hizo una observación que cobra especial relevancia en el contexto actual: "La historia universal es la historia del choque de diferentes grandes espacios."

Quizás esto sea precisamente lo que presenciamos hoy. No el fin de la Historia, como se proclamó en la década de 1990, sino su regreso. La reaparición de numerosos centros geopolíticos, culturas y sujetos históricos que se resisten a integrarse en un único modelo ideológico.

La posibilidad de una transformación interna más profunda deEEUU forma parte de este proceso histórico más amplio. Ya sea que conduzca a una reestructuración institucional, una mayor descentralización o una nueva forma de equilibrio federal, una cosa es segura: la era de la autocracia yanqui sin oposición es cosa del pasado.

La historia nunca terminó. Simplemente, durante un breve período, algunas personas creyeron que podían detenerla.

Y como escribió Tucídides: "Ninguna ciudad ni autoridad dura para siempre."

Este es quizás el recordatorio más importante que la historia puede ofrecer a los imperios modernos. No existen gobernantes eternos. Solo existen civilizaciones que saben cuándo adaptarse y cuándo retirarse. Y hoy, todo indica que el mundo está entrando en una nueva era multipolar, donde el equilibrio reemplazará gradualmente a la hegemonía.

https://www.geopolitika.ru/el/article/i-aposynthesi-tis-amerikanikis-aytokratorias-i-epistrofi-ton-istorikon-ethnon-kai-o-neos

Fuente: https://infoposta.com.ar/notasVer.php?id=14931

LA REVOLUCIÓN DESDE ARRIBA

 


Por KerryBolton/JoakimAndersen

Joakim Andersen reseña el clásico libro de Kerry Bolton

 

Revista Arktos, 4 sept 2026

La mayoría de los ciudadanos de los países occidentales no tienen ni idea de quiénes controlan su destino. Completamente adoctrinados por la visión de la realidad que ofrece la democracia parlamentaria, a veces incluso creen que son los funcionarios electos quienes realmente ostentan el poder.

Esto es trágico, pero dado que vivimos en una sociedad donde la realidad es transmitida selectivamente por relativamente pocos actores, no resulta particularmente sorprendente.

Un antídoto eficaz contra tales ilusiones se encuentra en *Revolución desde arriba* (2011), de Kerry Bolton. Bolton tiene formación académica en, entre otras cosas, teología histórica, y ha escrito para medios tanto académicos como de divulgación. En *Revolución desde arriba*, estudia a los verdaderos actores que detentan el poder, llegando a conclusiones que desmoronan muchos de los mitos e ilusiones de nuestra época.

Los dialécticos de El capital

“No existe movimiento proletario, ni siquiera comunista, que no haya operado en interés del dinero, en las direcciones que el dinero marca y durante el tiempo que el dinero le permite, y todo ello sin que los idealistas entre sus dirigentes tuvieran la más mínima sospecha de ello.” – Oswald Spengler

Bolton identifica varias dinastías adineradas que han ejercido una influencia decisiva en la política inglesa y estadounidense. Entre ellas, como era de esperar, se encuentran los Rockefeller, y también aparecen nombres como Ford, Warburg, J.P. Morgan y Rothschild. El hecho de que estas dinastías hayan sido capaces de crear redes para promover sus intereses no es, en esencia, una idea particularmente sorprendente. Durante la década de 1960, incluso permitieron al historiador Carroll Quigley estudiar sus documentos secretos. En su obra cumbre, Tragedia y esperanza, Quigley concluyó que:

“…existe, y ha existido durante una generación, una red internacional de anglófilos que no tiene inconveniente en cooperar con comunistas ni con ningún otro grupo, y de hecho lo hace con frecuencia. Conozco el funcionamiento de esta red porque la he estudiado durante veinte años y, a principios de la década de 1960, se me permitió examinar sus documentos y registros secretos durante dos años. No tengo ninguna aversión hacia ella ni hacia la mayoría de sus objetivos y, durante la mayor parte de mi vida, he estado cerca de ella y de muchos de sus instrumentos.”

Bolton argumenta que Quigley describe erróneamente la red como anglófila, ya que se la describe con mayor precisión como globalista. Quigley también describe cómo operan estas redes de actores extremadamente ricos; en gran medida, estas operaciones se basan en fundaciones y centros de estudios. A través de estas organizaciones, pueden, entre otras cosas, financiar movimientos que promueven sus objetivos, así como establecer contacto con otros actores importantes.

Hoy en día, la mayoría de la gente considera el macartismo como un período oscuro de la historia estadounidense, durante el cual la clase dirigente, bajo el liderazgo del intolerante McCarthy, persiguió implacablemente a los comunistas sin motivo aparente. Quigley y Bolton ofrecen una versión diferente de los hechos, demostrando que McCarthy fue reprimido por las dinastías plutocráticas cuando sus actividades amenazaban con exponer sus conexiones con radicales culturales y propiciar un resurgimiento del nacionalismo yanqui. Cuando comenzaron las investigaciones sobre los verdaderos fines patrocinados por diversas fundaciones, las dinastías plutocráticas utilizaron sus contactos en los medios de comunicación y la política para silenciar a McCarthy y a sus seguidores, tal como lo habían hecho contra, entre otros, George Wallace, Pat Buchanan y Ron Paul.

Sigamos el rastro del dinero: La izquierda como idiotas útiles

“Es evidente que fueron los plutócratas quienes patrocinaron e impulsaron la 'marcha a través de las instituciones' para sentar las bases intelectuales de la 'revolución desde arriba'.” – Kerry Bolton

Estas dinastías han invertido enormes sumas de dinero en iniciativas que hoy se consideran «anticapitalistas». En este contexto, la frontera entre anticapitalismo y procapitalismo se difumina considerablemente. Bolton muestra cómo Herbert Marcuse trabajó para la OSS, predecesora de la CIA, durante varios años (curiosamente, los primeros reclutas de la OSS provenían en gran medida de familias poderosas como Morgan, Mellon y DuPont). De hecho, Marcuse fue patrocinado por la Fundación Rockefeller para escribir El hombre unidimensional Eros y civilización. La Fundación Rockefeller también aportó más de 200.000 dólares para que los marxistas de Frankfurt exiliados pudieran iniciar nuevas carreras en USA, donde, entre otros, Adorno y Marcuse ejercieron una poderosa influencia en todo el ámbito intelectual. Es dudoso que el marxismo cultural y la corrección política actuales hubieran surgido si estos intelectuales no se hubieran integrado en la esfera académica estadounidense, algo que, por lo tanto, fue financiado por el propio capital.

“Todo el movimiento del LSD fue patrocinado originalmente por la CIA, a quien le reconozco un gran mérito.” – Timothy Leary

La conclusión a la que se llega al leer el libro de Bolton, fruto de una exhaustiva investigación, es que o bien los grandes capitalistas eran demasiado ingenuos para su propio bien, o bien los radicales culturales de hoy son simples marionetas del gran capital. Por ejemplo, resulta que los influyentes estudios de Alfred Kinsey sobre la sexualidad humana recibieron importantes contribuciones financieras de las fundaciones Rockefeller y Ford. Del mismo modo, los experimentos psicodélicos de Timothy Leary fueron financiados por la CIA, mientras que el financiero George Soros es hoy uno de los principales patrocinadores de las iniciativas para legalizar la marihuana. Como radical de izquierda, uno debe concluir, por lo tanto, que la CIA y Soros son filántropos, o bien que consideran las drogas un mercado lucrativo o una nueva forma de control social. Lo mismo se aplica a temas como la teoría queer.

Bolton también muestra cómo la CIA patrocinó durante mucho tiempo a comunistas no estalinistas y a la izquierda en general, incluso cuando estos se mostraban abiertamente hostiles a EEUU. En relación con esto, también rastrea una de las raíces del movimiento neoconservador actual (los NEOCONS): varios neoconservadores tienen antecedentes como izquierdistas fervientemente antisoviéticos.

Asimismo, encuentra la explicación de que los plutócratas promovieron una izquierda más extrema y violenta para que sus propios intentos de orientar a USA hacia una dirección que pudiera describirse como "izquierdista" parecieran más moderados. Informes persistentes sostienen también que la "revuelta juvenil" de 1968 en Francia fue instigada por la CIA para limitar el poder de De Gaulle, cuyas políticas eran demasiado antiamericanas. Así lo ha afirmado, entre otros, Georges Pompidou, primer ministro de De Gaulle, y encaja bien con las revueltas "espontáneas" actuales en países como Serbia, Georgia e Irán, que comienzan como protestas juveniles y que posteriormente resultan haber sido organizadas y patrocinadas por agentes extranjeros.

“Pero si existiera tal conspiración, lo habría leído en el periódico, porque siempre hay alguien que no puede quedarse callado…”

“Desde hace tiempo existe entre los socialistas una corriente de pensamiento que sostiene que la clase obrera es demasiado conservadora para llevar a cabo una revolución y que el socialismo se lograría mejor de forma encubierta y sigilosa. En el mundo angloparlante, esto se conoce como socialismo fabiano… En su autobiografía, Nuestra Alianza, One Partnership (1948), Beatrice Webb describe cómo ella y su esposo Sidney, fundadores de la Sociedad Fabiana, recibieron fondos de los Rothschild, Sir Julius Wernher y Sir Ernest Cassel, para fundar y establecer la LSE [London School of Economics]” – Kerry Bolton

Bolton demuestra cómo la mayoría de los movimientos que hoy consideramos «radicales» fueron patrocinados por las dinastías, quizás particularmente a través de las Fundaciones Rockefeller y Ford, y/o por la CIA. Esto incluye la revolución psicodélica, el feminismo (con Gloria Steinem como ejemplo), el radicalismo sexual de Kinsey, la revista Partisan Review , etcétera. Bolton también evidencia las fuertes conexiones entre figuras mediáticas progresistas como Al Gore y Barack Obama, por un lado, y poderosos actores plutocráticos, por el otro.

Bolton, sin embargo, no considera estúpidas a las dinastías. Cuando apoyan movimientos subversivos y antisociales, es porque esto beneficia sus intereses y ofrece oportunidades para nuevas formas de control social. Así, por ejemplo, las drogas desempeñan un papel importante en Un mundo feliz de Huxley, mientras que Platón ya argumentaba que la familia debía ser reemplazada por el Estado en la crianza de los hijos. Según el director Aaron Russo, también se le ofreció la oportunidad de formar parte de la red en conversaciones con Nicholas Rockefeller. Se dice que Rockefeller explicó las extensas contribuciones de la Fundación Rockefeller al feminismo afirmando que el objetivo era incorporar a "la otra mitad" al mercado laboral y reemplazar la familia por el Estado. La cínica manera de expresarse de Rockefeller llevó a Russo a rechazar la invitación y, en cambio, a hablar sobre Alex Jones.

En resumen, el libro de Bolton es una mina de oro. Muestra cómo las revoluciones aparentemente espontáneas en países como Egipto y Túnez se prepararon durante varios años mediante contribuciones de, entre otros, Soros, y cómo los plutócratas actuales dirigen su atención hacia Irán y Birmania. En este caso, la cuestión suele ser la apertura de los mercados de los países a los plutócratas; por lo tanto, los países que, como Libia, Irán y Birmania, buscan una política más independiente, son objetivos lucrativos (Bolton también muestra cómo la caída del apartheid tuvo más que ver con la economía que con cuestiones raciales. Cuando el ANC llegó al poder en el país, llevó a cabo extensas privatizaciones que abrieron Sudáfrica a las dinastías). Las conexiones entre las dinastías y el poder político también son extensas, entre otras cosas a través de organizaciones como el Consejo de Relaciones Exteriores, y la superposición entre las dinastías y la OSS/CIA ya mencionada.

Bolton no profundiza en las teorías que describen a las dinastías como exclusivamente étnicas (judíos, lagartijas, dinosaurios, etcétera). Tampoco describe en detalle cómo influyen en los medios de comunicación, un tema que, de otro modo, habría sido de gran interés. Pero, en su conjunto, Revolución desde arriba es un libro indispensable que toda persona con inquietudes políticas debería leer, especialmente quienes se consideran partidarios del gobierno popular y la democracia.

El poder de estas familias dinásticas no puede considerarse sino una burla a cualquier noción de ejercicio popular del poder; en numerosas ocasiones, estos intereses también han dirigido el poder militar estadounidense contra naciones soberanas, con un enorme sufrimiento humano como consecuencia. El libro de Bolton debería ser una lectura terapéutica para los ingenuos que creen firmemente que la teoría queer, el multiculturalismo y el liberalismo en materia de drogas son incompatibles con los intereses del gran capital. Aborda diversas áreas importantes, desde el papel de las dinastías en la traición de las potencias occidentales a las fuerzas blancas durante la Guerra Civil Rusa hasta cómo la Fundación Rockefeller y la CIA patrocinaron el arte moderno.

Este libro transformará la perspectiva del lector; además, está bien documentado y cuenta con fuentes fiables, por lo que difícilmente puede considerarse una «teoría de la conspiración» en el sentido negativo de la palabra. Así como incluso una persona paranoica puede tener enemigos, las conspiraciones pueden existir, seamos conscientes de ellas o no.

https://www.arktosjournal.com/p/revolution-from-above?

Fuente: https://infoposta.com.ar/notasVer.php?id=14936