jueves, 30 de julio de 2026

UN LIBRO CONTRA LA DESPOLITIZACIÓN


 

Es un libro contra la despolitización de la pobreza, la felicidad y el clima, que nos venden como problemas individuales cuando son, en esencia, lucha de clases. Su propuesta es dejar de mirarnos el ombligo para mirar a los de al lado, que están igual de jodidos, y entender que la explotación es el cemento que une todas nuestras opresiones.

Pero ojo, el libro se queda a medio camino. Denuncia con razón la psicologización de la vida y el neoliberalismo sentimental de la autoestima, pero a ratos se le escapa un tono que juzga las relaciones poliamorosas o los rituales de la izquierda "hipster" con la misma vara moral con la que critica a los conservadores. Parece que quiere despertar a la clase explotada, pero se enreda en el "deber ser" de la política de identidad y se olvida de que la lucha también es goce y deseo.

Kindler se mete en un charco cuando desestima los sentimientos como "información" y no como verdades políticas. Claro, los sentimientos no son hechos, pero son el combustible de la lucha. El miedo, la rabia, el deseo... son los motores que nos mueven. Decir que "tus sentimientos son válidos" puede ser un mantra new age, pero también es el punto de partida para una política encarnada. La gente no se subleva por ecuaciones económicas, se subleva porque el sistema le duele en el cuerpo.

Su llamado a la "repolitización" suena a veces a una convocatoria a un congreso de partido, no a una verbena popular. Echa en cara a los jóvenes su "hedonia", pero no ofrece una alternativa de goce colectivo. La lucha de clases no es solo un deber, es una oportunidad para redescubrir el placer de lo común, de la producción colectiva, de la fiesta que no es consumo, sino creación de comunidad. La política que necesita el mundo no es la que nos dice que debemos ser "buenos" y "solidarios" por obligación, sino la que nos seduce con la posibilidad de una vida más plena, más erótica, más libre. Una política que, en lugar de juzgar cómo amamos, nos ayude a desmercantilizar el amor.

El libro de Kindler es un análisis valioso en la batalla contra el capitalismo sentimental, pero se le nota el apuro por tener todas las respuestas. Nos queda debiendo una propuesta más salvaje, más impura. Una que no tema al error, a la contradicción, al deseo desordenado.

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https://www.mediafire.com/file/99ih3qdiz97uh82/A_LA_M1ERD4_LA_AUTOESTIMA%252C_DADME_LUCHA_DE_CLASES_-_Jean-Philippe_Kindler.rar/file

Fuente: Facebook: Pensamiento Yagé

https://www.facebook.com/100078474742736/posts/1035474555745026/?app=fbl


¿POR QUÉ EL UNIVERSO ESTÁ CADA VEZ MÁS ORDENADO?

 


Desde su nacimiento, el universo se ha vuelto cada vez más estructurado y complejo. En la imagen, el cúmulo de galaxias Abell 2537. (Foto: ESA / Hubble / NASA)

 Martes, 28 de Julio de 2026

La segunda ley de la termodinámica dice que la entropía (desorden) siempre tiende a aumentar. Sin embargo, el universo, desde su creación, se ha vuelto cada vez más complejo y ordenado. El enigma de esta contradicción, que ha venido siendo uno de los mayores misterios de la física, puede que ahora tenga una explicación, si son ciertas las conclusiones a las que una matemática ha llegado en su más reciente estudio sobre la cuestión.

La matemática Ginestra Bianconi, profesora en la Universidad Queen Mary de Londres en el Reino Unido, propone en su estudio una nueva perspectiva sobre cómo reconciliar la segunda ley de la termodinámica con el hecho de que el universo se ha vuelto cada vez más complejo y ordenado desde su nacimiento.

Sobre dicha ley, Einstein hizo en su día una afirmación que se acabó convirtiendo en una de sus frases más famosas: “La segunda ley de la termodinámica ocupa una posición única entre las leyes de la naturaleza”. Con dicha afirmación, manifestaba su convicción de que dicha ley se encuentra entre los principios más fundamentales de la física y que sería prácticamente imposible refutarla. La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía total de un sistema aislado tiende a aumentar con el paso del tiempo, un concepto a menudo asociado con el crecimiento del desorden.

Esto plantea un enigma en cosmología. En teoría, el universo primitivo existió en un estado de baja entropía y con el paso del tiempo evolucionó hacia estados de mayor entropía. Sin embargo, a lo largo de la historia cósmica, el universo también ha dado lugar a estructuras cada vez más complejas, incluyendo estrellas, planetas y, en última instancia, la vida misma. Reconciliar la aparición de tales estructuras ordenadas con el implacable aumento de la entropía ha venido siendo un desafío sin solución aparente.

En su estudio, Bianconi aborda dicha cuestión dentro del marco de la teoría de la gravedad entrópica. Según esta teoría, la gravedad emerge de una tensión entre la verdadera métrica del espacio-tiempo y la métrica inducida por los campos de materia y la curvatura.

En el nuevo estudio, al explorar las propiedades termodinámicas de la gravedad entrópica, Bianconi muestra que si bien la entropía total del universo aumenta con el paso del tiempo, la entropía por unidad de volumen disminuye con el paso del tiempo.

El estudio destaca el papel fundamental del volumen local, definido por el valor medido mediante la métrica física. A medida que el universo se expande, este volumen crece con el paso del tiempo. En el marco de la teoría de la gravedad entrópica, esta expansión conduce a un aumento de la entropía total, mientras que, a escala local, la entropía cuántica relativa geométrica por unidad de volumen disminuye con el paso del tiempo.


El estudio se titula “Thermodynamics of the gravity from entropy theory”. Y se ha publicado en la revista académica Physical Review. (Fuente: NCYT de Amazings)

Fuente: https://noticiasdelaciencia.com/art/57538/por-que-el-universo-esta-cada-vez-mas-ordenado

 

¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERE EL COMUNISMO?

 


 Por Lavinia Marchetti

Pocas palabras son tan aterradoras como «comunismo». Tan solo mencionarla tensa la conversación, y quienes la usan son vistos con recelo por la nostalgia del alambre de púas. Algunos estudiantes de una universidad canadiense me pidieron un documento donde pudiera explicar breve y claramente la pregunta: «¿Pero qué pretende realmente el comunismo?». Disfruté del reto, incluso a riesgo de trivializarlo un poco y simplificarlo demasiado con pocas distinciones. En Italia, el comunismo tiene su propia historia compleja y llena de matices, pero rara vez llegamos al fondo del asunto cuando hablamos de él. Todos nos perdemos (yo incluido) en las obras de los más grandes intelectuales de los últimos doscientos años, cada uno con su propia versión. Me gustaría recuperar su significado profundizando en lo concreto, a través de los pensadores que lo construyeron y perfeccionaron durante casi dos siglos. Inmediatamente distingo lo que el sentido común mantiene confundido. La teoría y sus objetivos son una cosa, los regímenes que usurparon su nombre son otra.

Juzgar el comunismo por los gulags es como juzgar el cristianismo por la Inquisición, con la diferencia de que nadie pretende descartar la idea de esta última por sus tribunales.

1. LA EXPLOTACIÓN ES LA NORMA, NO EL ABUSO.

El punto de partida de Marx es un descubrimiento que hoy parece banal, pero que no lo era en absoluto cuando lo formuló. El beneficio surge de la propia estructura salarial, y la deshonestidad del empleador individual no tiene nada que ver con ello, puesto que la regla se aplica incluso al empleador «bueno». El trabajador produce en un día más valor del que recibe, y ese excedente, la plusvalía, permanece en manos del propietario de los medios de producción. El intercambio parece libre y justo, y ahí reside su astucia, porque la extracción se produce abiertamente, dentro de un contrato firmado. Hoy, la misma lógica rige al trabajador de almacén cuyo tiempo se calcula mediante un algoritmo y al repartidor que cobra por entrega. El comunismo comienza con la negativa a considerar natural esta deducción diaria de la vida de los demás.

2. NO QUIEREN TU CEPILLO DE DIENTES.

La confusión más extendida se refiere a la propiedad. El comunismo apunta a la propiedad privada de los medios de producción, es decir, las fábricas y la tierra, el capital con el que se emplea al resto de la humanidad. La casa en la que vives y tus objetos cotidianos pertenecen a otra esfera, la de los bienes personales, que ningún texto marxista serio ha intentado jamás reivindicar. Engels lo dejó claro al hablar de los programas de los partidos. El objetivo es el poder que proviene de poseer aquello de lo que otros dependen para su sustento. Una cooperativa como Mondragón, en el País Vasco, donde los trabajadores son dueños de la empresa y eligen a sus dirigentes, demuestra que el problema sigue vigente.

3. EL VERDADERO OBJETIVO: RECUPERAR TU YO.

Bajo la superficie de la economía subyace una cuestión más profunda, formulada por el joven Marx en los manuscritos de 1844. El trabajo asalariado aliena al hombre del producto que se le escapa y del acto mismo de producir, reduciéndolo a un mero medio, mientras transforma a sus semejantes en competidores. La palabra que utiliza Marx es alienación, la pérdida del yo dentro de una actividad que no puede ser gobernada. El objetivo último del comunismo es el fin de esta expropiación interna, una sociedad en la que, según la fórmula del Manifiesto, el libre desarrollo de cada uno se convierte en la condición para el libre desarrollo de todos. El antropólogo David Graeber, al describir el trabajo sin sentido que millones de personas realizan sin convicción, ha dado a esa antigua intuición una imagen sumamente contemporánea.

4. MATERIALISMO HISTÓRICO: SIGA EL RÍO DEL DINERO.

El conjunto de herramientas de este pensamiento se denomina materialismo histórico. La idea es que las formas del derecho y la política se fundamentan en las condiciones materiales con las que una sociedad produce y reproduce su vida. No se trata de un determinismo económico simplista, y Engels, en una célebre carta de 1890, ya advertía que la superestructura reacciona sobre la base y tiene su propia eficacia. Louis Althusser perfeccionó la idea con el concepto de sobredeterminación. Aplicado al presente, este método nos invita a preguntarnos, ante una ley o una guerra, quién se beneficia materialmente, qué intereses la impulsan más allá de la mera lógica.

5. EL ESTADO NO ES UN ÁRBITRO NEUTRAL.

Frente a la imagen del Estado como árbitro imparcial situado por encima de los partidos, la tradición marxista sostiene que existe para garantizar un determinado orden de propiedad y, en última instancia, defiende a quienes se benefician de dicho orden. Lenin, en El Estado y la Revolución, se basa en Marx y Engels e incluso anuncia la extinción del Estado una vez que las clases sociales hayan desaparecido. La historia posterior ha invertido esa promesa, dando como resultado un Estado más complejo que antes, y esta es una de las contradicciones a las que volveremos. Nicos Poulantzas, en la década de 1970, demostró sutilmente cómo el Estado contemporáneo condensa el equilibrio de poder entre las clases, permaneciendo permeable a la presión popular. La pregunta que subsiste es quién gobierna realmente cuando creemos que nos rige únicamente la ley.

6. ¿POR QUÉ OBEDECEMOS? HEGEMONÍA E IDEOLOGÍA

La pregunta que atormentaba a los comunistas del siglo XX era la más difícil: ¿por qué los dominados aceptan su propia dominación sin ataduras? Antonio Gramsci, desde su prisión fascista, respondió con el concepto de hegemonía, el consenso que la clase dominante obtiene al presentar sus propios intereses como el sentido común de todos. Louis Althusser añadió el aparato ideológico del Estado, las escuelas y los medios de comunicación que nos moldean como sujetos dóciles, y denominó interpelación al gesto con el que la ideología nos asigna un lugar y nos convence de que nos pertenece. Quienes lean estas líneas reconocerán el tema de mi obra: la manera en que un poder persuade a sus sujetos de que son libres. La meritocracia, con su promesa de que cada uno recibe lo que merece, es la forma contemporánea de ese consenso fabricado.

7. IGUALDAD Y LIBERTAD JUNTAS: BALIBAR

Étienne Balibar acuñó un término que resume la máxima aspiración de esta tradición: égaliberté, equaliberty (igualdad e igualdad). La tesis es que libertad e igualdad no coexisten; se implican mutuamente, puesto que la libertad de quienes carecen de lo necesario para vivir es vacía, y la igualdad de los sirvientes es falsa. La libertad de dormir bajo un puente, observó sarcásticamente Anatole France, se concede por igual a ricos y pobres. Jacques Rancière radicalizó esta idea, estableciendo la igualdad como un requisito indispensable para su aplicación inmediata, y definiendo la política como el momento en que los excluidos, los que no cuentan, exigen su voz. El comunismo busca materializar lo que las constituciones prometen solo en el papel.

8. UNA FAMILIA LITIGIOSA

Quienes conciben el comunismo como un bloque compacto ignoran su verdadera historia, marcada por profundas escisiones. Rosa Luxemburgo, comunista hasta el martirio, reprochó a Lenin la represión de la libertad y escribió que la libertad es siempre la libertad de quienes piensan diferente. La Escuela de Frankfurt, con Adorno y Horkheimer, utilizó las herramientas de Marx contra las ilusiones del progreso. Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, surgidos del marxismo revolucionario, dedicaron sus vidas a desenmascarar a la burocracia soviética como la nueva clase dominante. Esta tradición ha generado, naturalmente, las acusaciones más implacables contra los regímenes que se apropiaron de su nombre, señal de un pensamiento vivo, capaz de juzgarse a sí mismo.

9. ¿POR QUÉ SE HA CONVERTIDO EN UNA MALA PALABRA?

Quedan por explicar dos procesos distintos que han hecho que la palabra resulte impronunciable. El primero es real y terrible. Se cometieron crímenes atroces en nombre del comunismo: las hambrunas y el Gran Terror de Stalin, luego el salto adelante de Mao con sus millones de muertes por inanición, y finalmente el exterminio de Camboya. Ninguna defensa seria puede eludir esas pilas de cadáveres, y la parte más lúcida de esta tradición, desde Luxemburgo hasta Lefort, las denunció antes y mejor que sus enemigos. El historiador François Furet las convirtió en el eje central de su acusación, mientras que Eric Hobsbawm y Enzo Traverso insistieron en el deber de comprender sin absolver. El segundo proceso es propagandístico. La Guerra Fría y el macartismo vincularon la palabra comunismo exclusivamente a la imagen del gulag, y adoctrinaron a los ciudadanos para tachar de subversiva cualquier medida de justicia social, como la sanidad pública o el salario mínimo. Incluso hoy, cualquiera que proponga ayudar a los pobres es sospechoso de preparar campos de concentración.

10. ¿QUÉ QUIERE HOY, EN TÉRMINOS CONCRETOS?

Despojada de sus caricaturas, la demanda comunista suena casi razonable. Busca extender la democracia desde el ámbito del voto hasta el lugar donde transcurre nuestra vida, la economía, ya que parece extraño elegir alcaldes y someterse a los jefes como soberanos absolutos. Busca retirar del mercado los bienes de los que depende la supervivencia, la salud y la vivienda, y devolver el conocimiento a la comunidad. Nancy Fraser, en su obra El capitalismo caníbal, muestra que este sistema devora los fundamentos naturales y sociales que lo sustentan, y de esta conciencia nace el ecosocialismo, la idea de que el crecimiento infinito en un planeta finito es una locura contable. Finalmente, busca reducir el tiempo de trabajo, ya que Marx, ya en los Grundrisse, consideraba la liberación del tiempo como la verdadera riqueza. En un año en que los doce hombres más ricos poseen más que la mitad más pobre de la humanidad —más de cuatro mil millones de personas— y la riqueza de los multimillonarios crece un ochenta y uno por ciento en comparación con 2020, la cuestión de quién debe recibir los frutos de las máquinas inteligentes se convierte en la cuestión política del siglo.

LAS OBJECIONES QUE SIGUEN EN PIE

Sería deshonesto concluir sin abordar las objeciones fundamentales, aquellas que un comunismo maduro debe afrontar en lugar de eludir. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek argumentaron que, privada de precios de mercado, una economía planificada permanece ciega, incapaz de saber qué y cuánto producir, y la escasez crónica del bloque soviético les dio la razón en muchos aspectos. Persiste el problema que atormenta a cualquiera que haya leído la historia del siglo XX: la concentración del poder económico y político en las mismas manos propicia la tiranía, y ninguna buena intención ha impedido hasta ahora esa deriva.

Un pensamiento digno de su propósito debe responder con instituciones, pluralismo partidista y la libertad de crítica que Rosa Luxemburgo exigió contra Lenin. El comunismo que me interesa busca hacer del mundo un lugar un poco menos injusto, sin prometer ningún paraíso, y acepta ser juzgado por sus resultados. Quienes lo convierten en una blasfemia imperdonable, y al mismo tiempo en un pretexto para no tocar nada, defienden un orden que acaba de otorgar a doce hombres más riqueza que la que poseen cuatro mil millones de personas. La palabra, tan desagradable, al examinarla con detenimiento, cumple precisamente este propósito.

Fuente: https://www.sinistrainrete.info/

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/que-quiere-realmente-el-comunismo/


NO ES FÚTBOL: LA OPERACIÓN CONTRA MESSI Y LA ARGENTINA ES EL MANUAL DE LA GUERRA COGNITIVA

 


Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el país tramposo, atorrante, racista, villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme.

por Redaccion de Diario de Vallarta y Nayarit

 

Por Mariano Gonzalez Lacroix / Zona-militar

 

Hace unos años escribí, en un trabajo académico para la Universidad de Santiago de Compostela, que la comunicación se había convertido en el campo de batalla del siglo XXI: que la información se había letalizado, que las guerras modernas se libran tanto en las redes como en el terreno, y que los países periféricos —con instituciones más frágiles y menos capital político para resistir presiones— serían el escenario predilecto de esas operaciones. Puedo sostener que cuando lo escribí pensaba en Ucrania, en Siria, en las primaveras árabes, en las aproximaciones hibridas de las potencias. No pensaba que la demostración más didáctica del fenómeno, aplicada a la Argentina, iba a llegar por el lado de un partido de fútbol. Y sin embargo acá estamos: viendo cómo una jugada, un pasado festejo y una bandera se convirtieron en cuestión de horas en una narrativa internacional coordinada cuyo objetivo excede largamente lo deportivo. El blanco aparente es Lionel Messi. El blanco real parece otro.

Desde este medio*, y como reconocimiento al mayor exponente de poder blando que tiene este país, nos proponemos una rápida columna. Pero vayamos a reconstruir el mecanismo de lo que pasó, porque el mecanismo es la noticia. Un episodio de impacto político, pero menor en un estadio —del tipo que ocurre en cualquier mundial, protagonizado por cualquier selección— es tomado por un puñado de cuentas de altísimo alcance del ecosistema mediático británico. Un conductor televisivo con nueve millones de seguidores transforma la reacción deportiva en agresión nacional e invoca, sin pudor alguno, la guerra de Malvinas: desea que a los argentinos “los derroten tan duramente como nosotros los derrotamos” en 1982. Una cadena deportiva con más de dos millones de seguidores instala en simultáneo la narrativa del castigo: Argentina “arriesga sanciones”, Argentina es favorecida por los árbitros, Argentina es “vergonzosa”. Un tabloide del mismo conglomerado corporativo —porque varias de estas usinas responden al mismo paraguas empresarial— remata con los calificativos morales: shameless, disgraceful. Trece millones de seguidores potenciales entre tres cuentas, mensajes sincronizados en ventana de horas, escalada semántica de lo deportivo a lo nacional y de lo nacional a lo militar. Del otro lado del Atlántico, grandes cabeceras estadounidenses que venían sembrando desde hace meses una smear campaign cuidadosamente armada contra el país y su selección recogen el guante y le dan volumen global. Nada de esto prueba, por sí solo, quién originó la operación. Pero prueba algo más importante: que existió una operación, con actores identificables, frases fabricadas para viralizar y la masa crítica de audiencia necesaria para que los algoritmos hicieran el resto.

Esto tiene nombre técnico. En la literatura de defensa se llama guerra cognitiva: la disputa por las percepciones, las valoraciones y las emociones de las audiencias como terreno de enfrentamiento en sí mismo. Su materia prima es lo que el clásico Walter Lippmann describió hace un siglo con precisión quirúrgica: cuando la experiencia contradice el estereotipo, el operador mediático no corrige el estereotipo — desacredita al testigo, encuentra el defecto, se arregla para olvidar la contradicción. Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán y una hinchada que generó una conexión universal desde el mundial anterior, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el del país tramposo… el atorrante, el racista… un villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme. Y se lo repite —miente, miente, que algo quedará— hasta que la conversación global ya no sea sobre el fútbol argentino sino sobre la vergüenza argentina.

La elección del blanco tampoco es casual, y acá es donde el análisis de defensa tiene algo que decir que el análisis deportivo no alcanza a ver. Messi no es solamente un futbolista: es el principal activo de poder blando que tiene la República Argentina. Para este redactor es así. Si quieren lo discutimos.

En términos de Joseph Nye —el teórico que definió el soft power como la capacidad de influir por atracción antes que por coerción—, la figura de Messi vale más que embajadas enteras: un ídolo global percibido universalmente como talentoso, humilde y decente, que transfiere la simbología y emotividad de una remera con franjas celestes y blancas. Degradar esa figura —convertir al héroe deportivo en símbolo de trampa y arrogancia— no es un daño deportivo: es un daño estratégico. Es exactamente lo que muchos analistas y académicos en materia de comunicación describieron como la construcción de la “imagen enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar las características de un actor a través de un mensaje emocional dirigido, para erosionar su legitimidad ante audiencias globales. Se hizo con países enteros antes de cada intervención de las últimas tres décadas. Aplicado a una selección de fútbol, el manual es idéntico; solo cambia la escala.

Quiero detenerme un poco acá, porque la difamación duele el doble cuando ataca precisamente aquello que mejor define la simbología de un país. La Argentina que estas usinas presentan como racista, intolerante y vergonzosa es el país que durante un siglo y medio recibió a todos los que quisieron habitar su suelo — gallegos e italianos, sirios y libaneses, judíos de Europa oriental y armenios que escapaban del genocidio, croatas, japoneses, coreanos, bolivianos, paraguayos, venezolanos. Sin guerras religiosas, sin conflictos étnicos, sin guetos impuestos. El famoso crisol de razas fue un hecho: es una rareza histórica mundial que la Argentina construyó y sostuvo mientras buena parte del planeta se mataba por identidades. Ese capital es un componente central del prestigio argentino en el mundo, y eso no debe taparse bajo ningún punto de vista por una campaña bien segmentada, operativizada y ayudada por los infames algoritmos. Que la operación de desprestigio apunte justamente ahí, a pintar de intolerante a un país que ha sido refugio, confirma que el objetivo no es corregir una conducta sino desarmar una identidad.

La pregunta incómoda… ¿por qué la Argentina resulta hoy un blanco tan barato? Y la respuesta tiene dos partes que este medio, precisamente por ser el más leído en materia de defensa en Hispanoamérica, tiene la obligación de plantear. La primera: porque somos comunicacionalmente indefensos. No existe en la estructura del Estado argentino una capacidad seria de monitoreo, atribución y respuesta ante operaciones de información hostiles. Las potencias estructuraron hace años comandos y agencias dedicadas a la guerra informacional; nuestros vecinos discuten doctrinas de ciberdefensa que incluyen la dimensión cognitiva; la Argentina ni siquiera tiene el debate.

La segunda parte es más profunda… porque un país que antagoniza vociferantemente en el concierto internacional, que rompe puentes de equilibrio y cautela construidos durante décadas, que convierte su política exterior en un péndulo de alineamientos absolutos según el humor de cada gestión, se vuelve un blanco legítimo ante las audiencias globales. La guerra cognitiva no crea vulnerabilidades: las explota. Cuando la Argentina se planta en el mundo desde la estridencia y la dicotomía —cualquiera sea el signo ideológico de turno—, le regala a cualquier operador la materia prima del estereotipo: el país gritón, imprevisible, fanático. Nuestra mejor tradición de política exterior fue exactamente la contraria: la del país que hablaba con todos, comerciaba con todos, recibía a todos y era tomado en serio precisamente por eso. El soft power argentino no nació con un mundial: se construyó desde la formación misma de las instituciones de este país, con la educación pública que atrajo a las élites de la región, con los premios Nobel, con la ciencia, con la cultura que se exporta sola y muchísimos etceteras más.

¿Qué hacemos entonces? Primero, llamar a las cosas por su nombre: esto fue una operación de guerra cognitiva de baja intensidad contra un activo estratégico argentino, y merece ser analizada con las categorías de la defensa, no solo las del periodismo deportivo. Segundo, construir la capacidad institucional que no tenemos: la protección de la imagen-país ante operaciones de información hostiles debe formar parte de la agenda de defensa y de política exterior argentina, con doctrina, con estructura y con presupuesto, como ya lo es en medio mundo. Tercero: recuperar la disciplina estratégica de no regalar nuestro estereotipo. Cortemos con que todo lo que hizo la Argentina hasta hace 2 o 3 años fue pésimo.

Mientras seguimos debatiendo, ojalá que la figura que mas poder blando construyó para la Argentina siga jugando. Por acá unas líneas en homenaje.

*Fuente: zona-militar.com

Fuente original y créditos de la imagen: Kontrainfo

https://diariodevallarta.com/no-es-futbol-la-operacion-contra-messi-y-la-argentina-es-el-manual-de-la-guerra-cognitiva-por-mariano-gonzalez-lacroix/

FASCISMO DIGITAL

 


25 julio, 2026 

Rezgar Akrawi

 

El fascismo digital, la fase más avanzada del capitalismo.

Cuando Vladimir Lenin escribió sobre el imperialismo y lo consideró la fase más avanzada del capitalismo, describía el momento en que el capital pasó del ámbito de la libre competencia al del monopolio, donde los bancos se fusionaron con la industria, el Estado se convirtió en un instrumento directo al servicio del capital financiero y el mundo se repartió por la fuerza entre los grandes bloques monopolísticos. Hoy, más de un siglo después, nos encontramos ante una transformación similar en esencia, pero distinta en sus herramientas: el fascismo digital representa la fase en la que el capitalismo monopolista trasciende los límites del imperialismo clásico, invadiendo el espacio de la conciencia, el comportamiento y los datos, mediante una fusión orgánica entre el capital tecnológico monopolístico y el poder político nacionalista extremo. Esta fusión encuentra hoy su expresión más vívida en el proyecto trumpista, sus alianzas y sus guerras agresivas.

Muchas empresas digitales y tecnológicas de renombre, conocidas por sus estrechas relaciones con el ejército israelí y los sistemas de deportación forzosa de Estados Unidos, entre ellas Palantir , constituyen un ejemplo revelador de esta situación. Sin embargo, el problema va más allá de una sola empresa. La clave reside en que el capital digital monopolístico, tras agotar las posibilidades de expansión únicamente a través de los mercados de consumo, recurre hoy a instrumentalizar sus herramientas y emplearlas en un agresivo proyecto político nacionalista que reproduce la lógica de la dominación colonial, esta vez respaldada por el lenguaje de los algoritmos.

Del monopolio del dinero al dominio de los algoritmos

En tiempos de Lenin, el monopolio se basaba en el control de los medios de producción industrial y los mercados financieros. Hoy, a esto se suma el control de la propia infraestructura digital: algoritmos, bases de datos, sistemas de segmentación y plataformas de comunicación. Este nuevo monopolio no es menos central que su predecesor financiero, y de hecho lo supera en su capacidad para infiltrarse en los detalles más sutiles de la vida cotidiana. Hoy, cada usuario, hombre o mujer, se convierte en un siervo digital dentro de sistemas que no le pertenecen y sobre los que no tiene capacidad real de influencia.

A diferencia del monopolio financiero clásico que analizó Lenin, el monopolio digital no se conforma con la explotación económica silenciosa. Avanza rápidamente hacia una etapa en la que las grandes empresas monopolísticas declaran su proyecto ideológico y político con creciente franqueza, abandonando la máscara de neutralidad técnica tras la que se escondieron durante mucho tiempo. Las declaraciones filosóficas y políticas emitidas por los líderes de estas empresas enmarcan la inversión en herramientas de vigilancia y segmentación como un deber moral para con la nación y la civilización, y presentan la negativa a participar en este proyecto como un fracaso o negligencia.

Fascismo digital: La alianza de Silicon Valley con el Estado-nación agresivo

Esta alianza encuentra su expresión más clara en la segunda administración Trump. El movimiento del aceleracionismo tecnológico , con sus influyentes figuras en Silicon Valley, proporciona a esta administración las herramientas digitales para transformar su agresiva retórica nacionalista en control efectivo, tanto a nivel interno mediante la deportación forzosa de migrantes como a nivel externo mediante sistemas de inteligencia que respaldan campañas militares. Venezuela constituye un ejemplo revelador de esta dimensión, ya que Washington, desde mediados de 2025, ha recurrido a avanzados sistemas digitales de vigilancia e inteligencia para rastrear movimientos e identificar objetivos, lo que derivó en ataques aéreos y navales y una amplia operación militar a principios de enero de 2026 que culminó con el secuestro del presidente venezolano, en flagrante violación del derecho internacional. Esta agresión no está separada del brutal bloqueo impuesto a Cuba durante más de seis décadas.

En cuanto a la asociación entre Washington y Tel Aviv, se trata de una profunda colaboración técnica que proporciona a Israel datos y sistemas de localización impulsados ​​por inteligencia artificial, lo que convierte a Estados Unidos y a las principales empresas digitales en cómplices de crímenes de guerra documentados contra civiles palestinos, mientras que Trump trabaja para profundizar esta alianza mediante contratos masivos de seguridad y militares que otorgan a estas empresas una influencia creciente en la formulación de políticas.

A diferencia del fascismo tradicional, que requería un estado policial visible y un discurso propagandístico contundente, hoy en día matar no necesita una decisión humana responsable ni una declaración de guerra; en cambio, requiere un algoritmo, datos y la aprobación de un dispositivo que no rinde cuentas a nadie. El crimen comienza con la clasificación, no con la bomba, y cuando comunidades enteras son descritas como una amenaza mediante criterios digitales silenciosos, el asesinato de civiles se convierte en mera «gestión de la seguridad» en lugar de crímenes genocidas que exigen rendición de cuentas, en una lógica que reproduce el colonialismo clásico en el lenguaje del big data.

Sin embargo, el peligro más grave reside en la sociedad de la vigilancia, donde el control se vuelve más interno que externo. Cuando un individuo sabe que está siendo vigilado constantemente, se restringe y se aleja de las ideas opuestas, y esta autovigilancia voluntaria frena a los movimientos de izquierda y obreros desde dentro sin necesidad de arrestos, convirtiéndose en la forma más eficaz de dominación ideológica y la más difícil de resistir, porque penetra en el tejido de la vida cotidiana y la transforma desde dentro.

La alternativa: propiedad colectiva y socialismo digital.

Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una metáfora teórica, sino una necesidad analítica para comprender que las herramientas de dominación han evolucionado, mientras que su esencia de clase se ha mantenido constante. La lucha actual no gira únicamente en torno a cómo se utiliza la tecnología, sino más bien en torno a quién la posee, quién determina sus objetivos y en beneficio de qué clase social se emplea.

La tecnología no se convertirá en una herramienta de liberación mientras permanezca bajo el control de monopolios digitales aliados con los proyectos de la extrema derecha, las guerras y la represión. Por lo tanto, cualquier debate serio sobre el futuro de la tecnología debe partir de la necesidad de construir una alternativa socialista digital basada en la propiedad colectiva y comunitaria de la infraestructura digital, y sometiendo los algoritmos y la inteligencia artificial a una auténtica supervisión democrática de masas, mediante legislación local y global que exprese los intereses de las masas trabajadoras y las comunidades perjudicadas por la dominación digital.

La lucha por la justicia social hoy en día pasa inevitablemente por la lucha por liberar la tecnología de esta alianza de clases derechista, racista y agresiva. Así como Lenin diagnosticó el imperialismo como la fase más avanzada del capitalismo en su época, hoy podemos afirmar que el fascismo digital representa la fase más avanzada del desarrollo de ese mismo imperialismo, donde el capital monopolista tecnológico digital se fusiona con el proyecto nacionalista extremo en una alianza orgánica cuyo objetivo es concentrar el poder, la riqueza, la conciencia y el destino humano en manos de una pequeña minoría de ricos y políticos.

Para afrontar esta realidad, la crítica y el análisis no bastan; debemos avanzar hacia la construcción de un trabajo internacionalista conjunto a través de organizaciones internacionales de izquierda digital, capaces de librar la lucha tanto en el ámbito tecnológico como sobre el terreno. Este será el tema de nuestro próximo artículo.

Fuente: Globetrotter .

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/fascismo-digital/

 

 

POR QUÉ LA DIALÉCTICA DE MARX ES TAN PELIGROSA

 


Por Tayfun Er

Pensamiento 26 julio, 2026

 

Los críticos burgueses del marxismo tienen un blanco predilecto. Rara vez parten de la crítica de Marx al capital, la mercancía, la explotación, el poder de clase o el Estado. Prefieren comenzar con el «materialismo dialéctico» y, más concretamente, con las notas inconclusas de Engels, publicadas posteriormente como Dialéctica de la naturaleza.

El atractivo de esta estrategia es evidente. Si el marxismo se reduce a una filosofía especulativa de la naturaleza, resulta más fácil descartarlo como una metafísica decimonónica: un sistema de leyes universales impuestas a la física, la química, la biología y la historia por igual. A partir de ahí, el ataque avanza rápidamente. Engels es tratado como el representante del marxismo, la Dialéctica de la Naturaleza como su fundamento filosófico, y toda la crítica revolucionaria del capitalismo queda supeditada a las formulaciones más vulnerables de Engels.

Esto es un error. Más precisamente, es un error políticamente útil. El propio Marx no denominó a su método «materialismo dialéctico». Si bien la expresión ya había aparecido con anterioridad, se convirtió en una categoría central del marxismo solo después de Marx, sobre todo gracias a la obra sistematizadora de Plejánov a partir de la década de 1890 y, posteriormente, a través del marxismo ortodoxo de la Segunda Internacional y la tradición soviética. El principal logro teórico de Marx no fue la construcción de una filosofía general del universo, sino la crítica de la economía política: el descubrimiento de que la sociedad capitalista no es un orden natural, sino una forma históricamente específica de producción social organizada en torno al valor, el trabajo asalariado, la acumulación de capital y la dominación de clase.

Materialismo histórico

El materialismo de Marx es histórico y social antes que cosmológico. No parte de la «materia en general», sino de seres humanos reales que producen y reproducen sus vidas bajo relaciones sociales definidas. Para Marx, la cuestión clave no es si la naturaleza obedece a tres leyes dialécticas, sino cómo se organizan el trabajo humano, la propiedad, la producción y el poder de clase en un modo de producción determinado.

La distinción no es pedante. No significa que Marx fuera indiferente a la naturaleza, la ciencia o el mundo material. Al contrario, la crítica marxista del capitalismo es imposible sin el trabajo como relación metabólica entre la humanidad y la naturaleza. Pero el método de El Capital no es un conjunto de leyes abstractas aplicadas mecánicamente a todos los ámbitos. La dialéctica de Marx es inmanente. Sigue el movimiento contradictorio de una forma social definida desde dentro.

Por eso la dialéctica de Marx sigue siendo tan peligrosa. En el epílogo de la segunda edición alemana de El Capital, Marx elogió a Hegel por captar la forma general del movimiento dialéctico, pero insistió en que la dialéctica hegeliana debía interpretarse correctamente. En su forma racional, escribió Marx, la dialéctica es «crítica y revolucionaria» porque concibe toda forma históricamente desarrollada como transitoria, como una forma en movimiento, como algo que contiene la posibilidad de su propia negación.

Esto es lo que la filosofía burguesa marxista quiere evitar. Es mucho más seguro argumentar contra una caricatura del “materialismo dialéctico” que confrontar el análisis de Marx sobre el capital como una relación social que necesariamente produce crisis, explotación y lucha de clases.

Colaboración

Engels no puede ser simplemente relegado a un segundo plano. Ningún marxista serio debería tratar a Engels como un apéndice prescindible de Marx. Engels fue el colaborador más cercano de Marx, un pensador socialista fundamental y la persona sin la cual gran parte de la obra posterior de Marx nunca habría trascendido. Sus escritos sobre la clase social, la familia, el Estado y la estrategia política siguen siendo indispensables.

La dialéctica de la naturaleza

La Dialéctica de la Naturaleza de Engels es un texto diferente. No era un libro terminado, preparado para su publicación. Era una colección de notas y fragmentos, escritos en el contexto de la ciencia del siglo XIX y publicados mucho después de la muerte de Marx y Engels. Considerarla, por lo tanto, como la constitución filosófica definitiva del marxismo, ya constituye una distorsión.

La dificultad reside en otro lugar. Engels intentó concebir la naturaleza desde una perspectiva histórica, un impulso legítimo y a menudo fructífero. La naturaleza no es un mecanismo inerte. La evolución, la geología, la termodinámica y la ecología socavaron las visiones estáticas del mundo natural. Engels comprendió, antes que muchos pensadores burgueses, que la naturaleza misma posee historia, movimiento y transformación.

El problema surge cuando las ideas sugerentes se convierten en una doctrina universal. La transformación de la cantidad en calidad, la interpenetración de los opuestos, la negación de la negación: estas pueden iluminar ciertos procesos, pero no pueden reemplazar la investigación concreta. Una vez convertidas en claves prefabricadas para cualquier ciencia, la dialéctica se transforma en lo opuesto al método de Marx. Deja de ser crítica y se vuelve escolástica.

Es precisamente aquí donde la ortodoxia posterior causó estragos. Tras la muerte de Marx, el «materialismo dialéctico» se presentó cada vez más como la visión general del marxismo. En Plejánov, esto se materializó en una sistematización filosófica. En El materialismo y la empiriocrítica de Lenin, se convirtió en una defensa acérrima del materialismo frente a las corrientes idealistas y positivistas. Bajo Stalin, se condensó en una doctrina oficial de «materialismo dialéctico e histórico». El resultado fue una inversión: el materialismo histórico se presentó a menudo como una aplicación de una filosofía de la naturaleza más amplia.

Ese giro les dio a los críticos burgueses un blanco fácil. Ya no tenían que lidiar con el valor, la plusvalía, el fetichismo de la mercancía, la acumulación primitiva, el imperialismo ni el carácter clasista del Estado. Podían burlarse de las «leyes de la dialéctica», señalar ejemplos científicos obsoletos y declarar refutado el marxismo. Pero refutar una codificación filosófica posterior no es lo mismo que refutar a Marx.

El materialismo de Marx

Por lo tanto, una respuesta marxista seria debería evitar dos errores. El primero es someter a Engels por completo a la crítica burguesa, como si la colaboración entre Marx y Engels fuera motivo de vergüenza. El segundo es defender cada línea de la especulación filosófica natural de Engels como si el marxismo requiriera textos infalibles.

El marxismo no necesita de tales textos. Su fuerza reside en su método: el análisis de las relaciones sociales concretas, arraigadas en la lucha de clases y el desarrollo histórico. El materialismo de Marx no nos pide que repitamos fórmulas, sino que descubramos las relaciones reales que se esconden tras las apariencias.

En la sociedad capitalista, las apariencias son poderosas. Los salarios se presentan como pago por el trabajo, no como la compra de la fuerza de trabajo. Las ganancias se presentan como la recompensa al capital, no como una forma de trabajo no remunerado. El mercado se presenta como libertad, mientras que los trabajadores se ven obligados a vender su capacidad de trabajar para sobrevivir. El Estado se presenta como neutral, mientras que garantiza las condiciones generales de acumulación de capital.

Aquí es donde la dialéctica de Marx opera con toda su fuerza. No se sitúa por encima de la sociedad como una ley metafísica. Se adentra en la mercancía, el salario, el dinero, el capital, la crisis y la lucha de clases, y muestra cómo cada uno contiene contradicciones que el pensamiento burgués no puede resolver.

Confusión filosófica

Por eso, este tipo de ataque al «materialismo dialéctico» suele ser una evasión. La filosofía burguesa de la ciencia puede revelar debilidades en las notas inconclusas de Engels. Puede rechazar correctamente las aplicaciones burdas de las leyes dialécticas a la naturaleza. Pero, por ello, no ha tocado el núcleo de la crítica marxista al capitalismo.

No se trata de contraponer a Marx con Engels de forma superficial, sino de distinguir el método crítico de Marx de su posterior doctrina cerrada. A Engels se le debe leer históricamente, no canónicamente. A Marx se le debe leer como un crítico de las formas sociales capitalistas, no como el fundador de un sistema cósmico.

Existe una anécdota apócrifa según la cual Hegel dijo una vez que solo un hombre lo había comprendido, e incluso él lo había malinterpretado. Independientemente de si Hegel lo dijo alguna vez, la anécdota refleja un peligro real en la historia del marxismo. Comprender a Marx no significa convertirlo en una filosofía universal, sino utilizar su método contra la sociedad que aún nos gobierna.

Sin embargo, la crítica contiene algo de verdad. Un «materialismo dialéctico» rígido y formulista puede convertirse en mala filosofía. Pero los críticos burgueses se equivocan en su conclusión. Esto no constituye una refutación del marxismo, sino una razón para retomar la crítica revolucionaria de Marx al capital.

Fuente: http://tayfuner.com/files/ana_sayfa.php

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-peligrosa-dialectica-de-marx/