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SIGLO XXI - QUINTO LUSTRO - "Un nuevo orden emerge de la desintegración del capitalismo que irá reemplazando la célula económica (familia) por una nueva matriz reproductiva (comunas) que cumplirá funciones defensivas, judiciales, productivas y administrativas."
jueves, 16 de julio de 2026
miércoles, 15 de julio de 2026
AGENDA DE PRONUNCIAMIENTOS SOBRE INNOVACIÓN POLÍTICA Y GOBERNANZA DEL DESARROLLO FRENTE A LA PRECARIZACIÓN DE LA POLÍTICA Y LA BUROCRATIZACIÓN DEL DESARROLLO
El mundo está afrontando
actualmente un segundo quinquenio del cambio de época histórico 2020-2050. ¿Qué
está sucediendo? Se extingue el sistema del capital financiero y el
proletariado industrial (1750-2050) y emerge el capitalismo postindustrial del
conocimiento científico-tecnológico y los trabajadores del conocimiento
(2050-2200). En tal sentido, se crean nuevos liderazgos a través de una
naciente transdisciplinariedad científica y una naciente hipertecnología.
Nos referimos a la
transdisciplinariedad científica en relación con el desarrollo de una
revolucionaria economía de servicios globales de management e innovación
estratégica. Y nos referimos a la naciente hipertecnología de la inteligencia
artificial, la computación cuántica, la robótica y los nuevos minerales
estratégicos, entre otras fuerzas productivas postindustriales.
Los grandes cambios y
reestructuraciones no se dan por la voluntad política, moral o ética de nadie.
Estas transformaciones mundiales son sistémicas. Tienen sus propios patrones estructurales
y mecanismos causales que debemos conocer y dominar. Desde los años de la
pandemia del coronavirus nos hemos precipitado a una línea divisoria
contracíclica global frente al Hiperglobalismo 1991 y 2021. En este mismo
tiempo histórico, se desarrolla la internet y la mercantilización del
conocimiento a través de la World Wide Web (sistema de hipertextos que enlazan
fuentes y datos en la nube infinita de internet). Estos cambios de 1991 al
2021, fueron extraordinariamente veloces y destructores de las economías
rurales y periurbanas tardías.
El próximo gobierno nacional de
Perú, en el marco del actual tránsito civilizatorio postindustrial, enfrentará
un quinquenio 2026-2031 mucho más complejo y con mayor estado de degradación y
reestructuración que el primer quinquenio 2021-2026. No importa si el gobierno
es de izquierda o derecha; ambas son visiones capitalistas y están en
obsolescencia. Lo que importa es que vivimos un vacío histórico que la actual
clase política no puede administrar. Es que no se puede gobernar el desarrollo
del capitalismo del saber con ideologías capitalistas moribundas.
El mundo, pues, ha iniciado un
proceso de desglobalización y balcanización. se resquebraja e implosiona.
Existen en el mundo alrededor de 90,000 grandes corporaciones supranacionales
que actúan en todos los países a través de unas 700,000 subsidiarias. Gran
parte de estas corporaciones, un 50% más o menos, son de origen norteamericano
y en su mayoría están obligadas a regresar a sus países de origen. En tal sentido,
comprender las herramientas del reshoring y el nearshoring es fundamental.
El colonialismo y el imperialismo
de 1850-1950 han terminado, al igual que las guerras en territorios ajenos como
los de Vietnam y Camboya. Hoy se desarrolla la guerra tecnológica y las
tácticas militares de misiles, cazas y drones frente a la guerra de infanterías
que tomaban territorios. Sin embargo, las tácticas de la guerra
hipertecnológica son más disuasivas que ofensivas. No la definen los misiles
hipersónicos de 40 millones de dólares que destruyen aviones caza, sino los
drones equilibrantes baratos de 50,000 dólares que pueden atacar bases
militares u objetivos estratégicos enemigos. Por eso es que Ucrania puede
equilibrar la guerra con Rusia, Irán puede hacerlo con los Estados Unidos, e
inclusive Taiwán puede mantener su independencia frente a China.
El equilibrio atómico disuasivo
ha sido sustituido por el equilibrio de la guerra tecnológica. Las grandes
potencias (Estados Unidos y China) y los grandes países (como Alemania, Japón,
Rusia y Francia) enfrentan sus propias metamorfosis más que ha enemigos
externos, en relación con las transformaciones ocasionadas por el desarrollo y
la superproducción de sus fuerzas productivas de alta tecnología. Algunas
centenas de miles de científicos y tecnólogos sustituyen a millones de
trabajadores de mano de obra no calificada año a año.
La verdadera crisis está
referida, pues, a la ¨Destrucción creativa¨ de Schumpeter, que origina la
gestión del conocimiento postcapitalista: desde la biología sintética que crea
células y máquinas vivientes desde cero, hasta la construcción de arrecifes
artificiales que cambiarán el futuro de los océanos. En este escenario, el Perú
cuenta con su propia ventaja competitiva: la biodiversidad concentrada que, a
diferencia de cualquier otro país en el mundo, podría destacar en el marco de
la creación de conocimiento científico postindustrial.
En el marco definido, es
importante estudiar la situación y actuación de las grandes potencias y la
necesidad de crear nuevos liderazgos. En tal sentido, China está desplazando a
los Estados Unidos en diversos segmentos del mercado mundial; integra cadenas
de suministros PYME y se robotiza a gran velocidad; igualmente, resiste
márgenes mínimos de ganancias y flexibiliza las finanzas con tasas
pequeñísimas. Así, China puede lanzar al mundo avalanchas de autos eléctricos o
drones muy baratos y sin competencia, avalanchas que solo se pueden contener
con aranceles del 100%.
Observamos en el mundo que nada
se logra hacer reduciendo nuestros puntos de vista a nivel de reclamaciones,
movilizaciones y gritos de "fuera el gobierno". Necesitamos crear
nuevos liderazgos, así como desarrollar una sociedad con potencial crítico y
conciencia de clase. Porque sin un poder organizado en los amplios sectores de
la sociedad, ser presidente, congresista o ministro es irrelevante. Por
ejemplo, sería imposible realizar siquiera una pequeña jornada del llamado
"Dinero Helicóptero" para reactivar la demanda faminliar de bienes y
servicios en la base de la pirámide social.
Agenda de Tareas de Innovación
Política y Gobernación del Desarrollo (2026-2027) Las Cinco Grandes Tareas de
nuestra Agenda
· Primera
tarea: Pronunciamientos continuos que develen los patrones estructurales y
mecanismos causales del cambio de época, así como del idealismo tardío y las
falacias manidas de la llamada “clase política” actual. La tarea concreta
consiste en elaborar dos manifiestos mensuales durante todo el año 2026.
· Segunda
tarea: Constitución y gestión de la primera Escuela de Innovación Política y
Gobernación del Desarrollo, la cual será un aporte significativo en la
formación de líderes y gestores que afronten las circunstancias históricas
inéditas del cambio de época en el Perú. La meta específica es formar a los
primeros 500 líderes del más alto nivel cognitivo en ciencias políticas y
ciencias sociales.
· Tercera
tarea: Constitución de una página web, un blog de contenidos y redes sociales
que difundan y administren la composición de conocimiento por seguimiento de
las fuentes de información más reputadas del mundo, y las más significativas
manifestaciones de la sociedad del saber. La tarea concreta es alcanzar los
primeros 100,000 seguidores en 2026.
· Cuarta
tarea: Ofrecer y desarrollar programas semestrales de formación y creación de
prototipos. La meta fundamental es educar en los principios y herramientas del
cambio de época a los primeros 5,000 líderes locales en 2026, a través de tres
programas específicos:
1.
Programa de Innovación Política y Gobernanza del Desarrollo: Enfocado en cuatro
problemas clave: crisis y reestructuración del tercer y último periodo de la
sociedad contemporánea o capitalista (1950-2050), sociedad y política de la
transición sistémica, la autogestión social moderna y el desarrollo
postindustrial, innovación científica y gobernanza del desarrolo.
2.
Programa de Autogestión Moderna de Microempresas: crisis del trabajo y difusión
de las microempresas, significación de la autogestión social moderna,
protocolos de management y diseño de pequeñas comunidades de microempresas y,
desarrollo de la economía social solidaria y el cooperativismo integral del
siglo XXI.
3. Programa de Creación de Pequeñas
Localidades Autosuficientes: estudio del resurgimiento del campo y el
desarrollo territorial, el éxodo urbano y neoruralismo, protocolos de ocupación
y desarrollo territorial autosuficiente y, la creación de patronatos locales
para la paz.
· Quinta
tarea: Adquirir un kit electoral en enero de 2027 e iniciar la praxis de la
gobernanza por autogestión social moderna y autosuficiencia local. La tarea
concreta es constituir el partido político de la innovación política y la
gobernanza del desarrollo en 2027.
Beneficios Reales para los
Miembros del Movimiento
Esta agenda ofrece cinco
beneficios reales para los integrantes del Movimiento Nacional de Innovación
Política y la Escuela Superior de Innovación Estratégica:
1. Visión Holística: Adquirir
nuevos conocimientos sobre la realidad mundial como esencia y proceso
histórico, indispensable para todo líder o ejecutivo de alto nivel.
2. Capacidades de Management:
Desarrollar habilidades de gestión e innovación estratégica mediante el
seguimiento de tendencias globales y diversas experiencias del cambio mundial.
3. Gestión de Prototipos:
Capacidad para diseñar y gestionar prototipos de autogestión social moderna y
autosuficiencia local sostenible.
4. Participación en la
Gobernanza: Ser parte activa del desarrollo desde la sociedad civil a través
del liderazgo de cadenas integradas MIPYME, pequeñas localidades
autosuficientes, cooperativismo social integral y constitución de patronatos
para la paz.
5. Liderazgo Político: Integrar
la dirección del nuevo Movimiento Nacional de Innovación Política y de su
partido para el desarrollo socioeconómico postindustrial en el Perú.
Las Seis Herramientas Clave para
la Creación de Nueva Riqueza
Frente a la balcanización, la
guerra del equilibrio tecnológico y la obsolescencia de la dicotomía
izquierda-derecha, la experiencia mundial reconoce seis herramientas
indispensables para generar desarrollo socioeconómico en pleno tránsito
civilizatorio:
· 1. Nueva
negociación de inversión extranjera: Establecer salarios por paridad adquisitiva,
defender el ecosistema natural, integrar cadenas microempresariales como
proveedoras de bienes y servicios y, repoblar y modernizar las pequeñas
localidades adyacentes a los proyectos de inversión (como la minería).
· 2.
Desarrollo científico paraestatal: Impulsar con máxima prioridad la ciencia y
la tecnología paraestatal, siendo esta la verdadera razón de ser de las
naciones en el cambio de época.
· 3.
Dinero Helicóptero: Aplicar esta herramienta de microeconomía formulada por
Milton Friedman a finales de los años 60 para reactivar la demanda familiar en
la basa de la pirámide social .
· 4.
Liderazgo microempresarial: Integrar y dirigir microempresas por sector
mediante centros de gestión de concesiones de saber, tecnología y
microfinanzas.
· 5. Éxodo
urbano y neoruralismo: Fomentar este proceso contracíclico que ya cuenta con
más de 20,000 ecoaldeas en el mundo frente a la crisis urbana global. · 6.
Defensa de la biodiversidad: Proteger y reconstruir la biodiversidad
concentrada en el Perú, aprovechando nuestra condición de primera potencia
global en este rubro.
Julio 2026
Ramón Espinoza Guerrero
“NO CAMBIAMOS PORQUE NOS EXPLIQUEN LO QUE ESTÁ BIEN, CAMBIAMOS CUANDO ALGO TOCA EL DESEO”
Entrevista a: AMADOR FERNANDEZ-SAVATER:
Jul 14, 2026178 visitas0 comentarios
Este 'filósofo
pirata' madrileño ha publicado 'La batalla del pensamiento', un compendio de
ideas, reflexiones y textos de agitación que recorren los últimos años de
militancias y conspiraciones (en positivo).
Pablo Elorduy
Desde hace unos años, al menos desde el 15M, y al menos en Madrid, el
nombre de Amador Fernández-Savater aparece en las conversaciones informales
sobre lo que nos pasa. El autor de libros como La fuerza de los débiles (Akal,
2021) y Capitalismo libidinal (Ned ediciones 2024) tiene el acierto de pulsar
sobre las preguntas, los deseos y los malestares de su generación. Lo ha vuelto
a hacer con La batalla del pensamiento, publicado este año por Ned Ediciones,
un libro-compendio de fragmentos, entrevistas y reflexiones en los que examina
agujeros de sentido como el de las tertulias, la agotadora opinión y otros
mecanismos que desactivan el pensamiento. En la minuciosa búsqueda de una
verdad como camino y no como emblema, Fernández-Savater no deja de hacer
preguntas y ensaya respuestas con el único ánimo de ponerlas en común, con la
certeza de que solo mediante la transformación de los nombres que ya no sirven
puede darse una lucha que es urgente.
¿Se está convirtiendo la inteligencia artificial en uno de los temas sobre los que piensas últimamente?
Uno publica un libro y luego en las presentaciones, o en lo que los lectores te
devuelven, muchas veces descubres, escuchando y leyendo cosas, que el libro
también conecta con determinado fenómeno, aunque no lo hubieras pensado antes.
En el libro no hay ni una palabra sobre la IA, todos los textos están escritos
antes de la explosión de los chatbots. Pero hay una preocupación constante por
los automatismos, por la delegación, por las condiciones del pensamiento. Quizá
la pregunta que el libro ya hacía era qué tipo de subjetividad estaba
formándose para recibir con tanta naturalidad la delegación de tareas de
elaboración en una máquina.
También has comentado la inquietud que te generan algunos de los nuevos reyes de la tecnología.
Me llamó la atención descubrir hasta qué punto un tipo como Peter Thiel no
actúa solo como empresario o inversor. También crea fundaciones, impulsa
centros de investigación, financia revistas, da conferencias, interviene en debates
filosóficos y teológicos. Es decir, entiende que el poder no consiste solo en
fabricar tecnología, sino también en producir ideas sobre qué es el ser humano,
qué es la libertad o qué futuro deseamos. Yo dudaba sobre el título del libro,
me preguntaba si la imagen de la batalla no sería demasiado épica, demasiado
guerrera. Pero tipos como Thiel lo ven muy claro. Hay una batalla del
pensamiento donde se están jugando cosas decisivas.
¿Cómo cuáles?
Si nos tomamos en serio la IA, la radicalidad de las preguntas que pone encima
de la mesa nos obliga a pensarlo todo de nuevo, a repensar qué significa
conversar, escribir, leer o incluso imaginar. Porque no automatiza únicamente
tareas materiales o cálculos, sino que trabaja sobre el lenguaje, y el lenguaje
no es una herramienta cualquiera. Es el medio mismo en el que pensamos y
vivimos, en el que elaboramos la experiencia y construimos un mundo. Somos
lenguaje. Por supuesto la IA cristaliza procesos muy anteriores: la
automatización creciente de respuestas y decisiones, la delegación de las
capacidades, la subordinación de la tecnología a la lógica del mercado, la
extracción masiva de datos. Pero precisamente porque los cristaliza, los
acelera y radicaliza. En realidad, se trata de un “adversario” estupendo porque
nos obliga a pensarlo todo de nuevo.
De alguna manera, a través de los chatbots y de la inteligencia artificial generativa estamos ante una ofensiva de sustitución del pensamiento humano, que se produce por una explotación de la cooperación a través del lenguaje, de la creación, de la investigación que es, por supuesto, humana. ¿Hacia dónde crees que nos dirige esto?
Hace poco escuche a una chica decirle a sus amigas en el metro que no conocía a nadie (incluida ella misma) que no viviese permanentemente con una pestaña de ChatGPT abierta: “¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que podría comer hoy? ¿Por qué ayer me encontraba tan alegre y hoy estoy tan triste?”. Se trata de una conversación con lo que finalmente es una máquina de calcular; eso me impresionó. ¿Quiere decir esto que hasta que llegó la IA todos estábamos en un pensamiento que nos permitía decidir autónomamente sobre todas estas cuestiones? Claramente, no: ha estado la Iglesia, han estado los partidos, han estado las ideologías, ha estado el mercado, mil formas de no pensar por uno mismo. Pero, no sé, me pregunto: ¿a qué sustituye esa conversación? ¿Qué investigaciones propias? ¿Qué búsqueda de referencias? ¿Qué se pierde en esa centralización en un único interlocutor? ¿Qué otros interlocutores se pierden? Me parece vital pensar esto.
Son conversaciones que se dan de una manera determinada, con una máquina cuyo
diseño privilegia la cooperación antes que el conflicto, que tiende a
acomodarse a nuestras preguntas más que a resistirse a ellas, que ofrece respuestas
antes que obligarnos a lanzarnos a la búsqueda. Esto está guiando la
interacción cotidiana de millones de personas y conformando al mismo tiempo
toda una economía. Me pregunto hasta qué punto esas tecnologías están
sustituyendo librerías a las que se iba a buscar un libro, libreros con los que
hablabas, amigos con los que tenías esas conversaciones, referencias que tú
mismo buscabas, preguntas que tú mismo te hacías. Se ha hablado mucho de
economía de la atención, y con razón. Pero quizá hoy haya que empezar a pensar
también una economía de la conversación. Es decir, preguntarnos quién organiza
nuestras conversaciones, con quién conversamos, qué conversaciones desaparecen,
cuáles se vuelven imposibles y cuáles se hacen rentables.
Lo que nos es arrebatado es el mundo
como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la
complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros
La IA crea también toda una cultura de lo fake: imágenes, vídeos falsos generados a partir de material real, pero también respuestas dudosas, inventadas por parte de los chatbots. ¿Es paradójico de alguna manera que el progreso, hijo de la ilustración, haya derivado en esta expansión de lo falso?
Estos días me venía preguntando: ¿por qué nos hemos vuelto tan crédulos?
Parecería que vivimos una época de escepticismo. No creemos a los políticos,
sabemos que la publicidad es propaganda, desconfiamos de las grandes empresas,
pensamos que todo el mundo quiere vendernos algo. Y, sin embargo, nunca han
circulado con tanta facilidad los bulos, las fake news o las teorías de la
conspiración. Nos tragamos cualquier cosa. ¿Cómo se entiende que en estas
sociedades supuestamente ilustradas, donde el acceso a la educación y a la
información es incomparablemente mayor que en otras épocas, haya al mismo
tiempo fenómenos de credulidad tan grande?
¿Qué respuesta propones a esa pregunta?
En los años cincuenta del siglo pasado, el filósofo de la técnica Günther
Anders hablaba de “mundo suministrado”. Lo que estaba produciéndose con la
tecnificación de la experiencia, con el fenómeno planetario de la radio y la
televisión, era que el mundo nos venía suministrado a domicilio, como
espectadores, como consumidores. Siguiendo las reflexiones de Marga Padilla me
pregunto si lo que así nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la
experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la
investigación personal y compartida con otros. Hoy quizá ya no se trata de
“mundo suministrado”, sino de “mundo asistido” por esas máquinas de cálculo a
las que preguntamos todo, pero la tendencia es la misma. Y cuando la verdad ya
no es algo que salimos a buscar, la tendencia es creer simplemente aquello que
confirma más rápidamente lo que queremos creer.
Abandonar el pensamiento crítico sin saberlo.
No importa lo disparatada que sea una teoría si confirma una convicción previa
o un afecto muy fuerte que ya tengo hacia alguien o hacia algo. Entonces, da
igual el aspecto que tengan, da igual lo que digan. ¿Cómo explicar, si no, que
Donald Trump pueda afirmar pocos días antes de unas elecciones que los
inmigrantes se comen las mascotas de la gente? Desde una concepción ilustrada
un poco ingenua pensaríamos: ‘Eso desacreditaría a cualquiera’. Y, sin embargo,
produjo adhesión y ganó las elecciones. Ahí comprendemos que la cuestión ya no
es simplemente si una afirmación es verdadera o falsa. Del mundo suministrado
al mundo asistido, lo que vamos perdiendo es la capacidad de orientarnos por
nosotros mismos, la capacidad del pensamiento, que tiene una dimensión personal
y tiene una dimensión de conversación y de relación con el otro. Lo que puede haberse
debilitado no es tanto la Ilustración, en el sentido de que falte información
—información hay toda la que quieras—, sino la capacidad de orientarte por ti
mismo. Orientarse exige atreverse a dudar y a vacilar, aceptar no saber del
todo lo que te está pasando, investigar, conversar, perderse incluso. Encontrar
una voz propia. Porque la verdad no consiste únicamente en disponer de
información correcta, sino en poder conectar lo que piensas con lo que vives y
lo que sientes. Ese vínculo, para mí, sigue siendo el mejor índice de verdad.
¿Qué significa esto último?
La verdad no es, para mí, una confirmación, sino una experiencia. No es algo
que simplemente se posee, sino algo que se elabora. Tiene que ver con un
movimiento, con una transformación, incluso con una aventura. Las grandes
novelas de iniciación cuentan siempre la misma historia: un chico que se marcha
de casa, alguien que abandona su ciudad, su trabajo o su familia. La verdad no
está ya dada, hay que salir a buscarla. Y aunque finalmente se vuelva a casa,
al trabajo o a la familia, se vuelve de otra manera, con una verdad propia. Hay
experiencia cuando uno sale al encuentro del mundo, cuando se expone a lo que
no controla, a lo que se le resiste, a lo que todavía no sabe. Esa resistencia
nos obliga a rectificar, a cambiar de idea, a probar otros caminos. Ahí aparece
la verdad. Pero si el mundo nos viene ya suministrado, la verdad deja de ser
algo que se conquista en una búsqueda y pasa a ser algo que creemos poseer de
antemano: aquello que confirma lo que ya somos, lo que queremos creer o lo que
ya pensábamos.
Hay algo que Donald Trump, con sus excesos verbales, sus faroles y sus faltadas parece aportar, que es la rebeldía, si quieres suministrada, como dices. Una sensación inauténtica de autenticidad.
Durante mucho tiempo aprendimos a pensar el capitalismo como una red impersonal
de dispositivos y de infraestructuras que organizaban la vida cotidiana sin
necesidad de convencernos ideológicamente. Ahí están Toni Negri y Michael
Hardt, o el Comité Invisible con su idea del poder logístico. Un poder que ya
no necesita convencernos de nada, no necesita pasar por lo discursivo, porque
nuestros propios comportamientos están perfectamente ajustados ya a protocolos,
procedimientos, funcionamientos. Jorge Alemán introduce un matiz decisivo en su
libro Neoemperadores [Ned ediciones, 2026]: el capitalismo necesita hoy volver
a encarnarse. En esta crisis del neoliberalismo en la que estamos, que se va
resolviendo a través de la guerra, aparecen estas figuras de los
‘neoemperadores’ que funcionan como identificadores que movilizan pasiones
oscuras (de supremacismo, de odio, de crueldad, de rechazo al otro), como el
propio Donald Trump y sus imitadores.
Milei, Bukele, etc.
Es como si el poder hoy funcionase en ambos niveles. Por un lado, una serie de
funcionamientos automáticos que organizan materialmente nuestra vida y que lo
que requieren es nuestra obediencia, nuestra indiferencia, nuestra delegación
de la existencia. No saber, no pensar, no sentir, no imaginar, no hacer. Por
otro lado, una serie de ‘operadores libidinales’ como los llama Jorge que
activan las pasiones más excluyentes y mortíferas: el orgullo de las
identidades y las pertenencias cerradas y duras que hacen un borde duro con
respecto a un otro al que hay que expulsar. Me viene ahora un ejemplo cotidiano
y micro de esto.
Precisamente porque sigue siendo uno
de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del
todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario
Adelante.
Desde hace poco estoy trabajando en coles y en uno de ellos pasó lo siguiente:
se abrió un expediente de expulsión que afectaba a uno de esos “chicos
difíciles” con los que las escuelas no saben muy bien qué hacer. Un chico de origen
migrante, que vivía en condiciones de mucha precariedad, con modos agresivos de
relación. Ante la discusión que abrieron algunos profes sobre si no era
precisamente ese chico el que requería más cuidado y atención de la escuela, se
dieron algunas respuestas defensivas habituales: “no se puede hacer nada, es
cosa de la familia, esto no es cosa nuestra”. Sería una respuesta en el primer
nivel: no dejarse afectar, no dejarse conmover, no hacerse cargo, con la excusa
de la obediencia al mecanismo, al procedimiento, a la norma. Pero también se
escuchó una voz que dijo: “es mejor que estos se vayan, porque en el fondo no
quieren convivir, no quieren integrarse”. Aquí se puso en marcha la crueldad
discursiva, el segundo nivel.
Las dos formas conviven. Una, que llamas ‘brutalismo’ en el libro hace explícito lo que la otra solo sugiere.
Justo. En el fondo son dos tipos de automatismos, el automatismo emocional del
cliché y el estereotipo, el automatismo procedimental del funcionamiento y la
norma. Los automatismos de la crueldad explicitan una verdad que ya está
implícita en los automatismos procedimentales que funcionan a diario
produciendo la segregación de todo lo que no encaja, de todo lo que no se
ajusta, de todo lo que se desvía, de todo lo que molesta. Son dos formas de no
pensar, de ser pensados, de no hacer experiencia, de no encontrarse con lo
otro, con el otro, y elaborar algo propio al respecto. El brutalismo actual
explicita lo que el neoliberalismo —que hablaba de globalización, de derechos
humanos, de democracia, de minorías— hacía ya cotidianamente: descartar y
expulsar, confinar y deportar, vigilar y castigar.
¿Cómo es esa experiencia en los colegios que estás teniendo y qué te dice sobre estos problemas del mundo de los que estamos hablando?
Para mí la escuela es un observatorio privilegiado desde el que pensar el mundo
entero. Está todo ahí: los malestares, las tecnologías, las transformaciones de
la familia, las formas de autoridad, los vínculos, los gestos de cuidado, las
violencias, las posibilidades de la conversación. Todos los días pasan cosas.
La vida entra continuamente en el aula con sus imprevistos y obliga a
detenerse, a pensar, a improvisar, a crear respuestas. En muy pocos lugares
sucede eso con tanta intensidad. Por eso creo que las movilizaciones de estos
meses en el mundo de la educación son muy importantes. No solo por las
reivindicaciones concretas —más recursos, mejores salarios, menos alumnos por
clase—, que son absolutamente necesarias, sino porque expresan un malestar mucho
más profundo. La escuela está desbordada. Está sometida a una enorme presión
burocrática, a la lógica del rendimiento, a la evaluación permanente, y cada
vez dispone de menos tiempo para aquello que solo puede hacer ella: prestar
atención, cuidar, conversar, elaborar conflictos. La paradoja es que,
precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo
irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela
continúa siendo un laboratorio extraordinario. Allí todavía se pueden ensayar
otras maneras de relacionarse, de aprender, de hacerse cargo de lo que pasa.
Hay toda una alerta sobre cómo la extrema derecha está llegando a los chicos varones de los institutos. ¿Cómo lo percibes tú?
Creo que ahí se cruzan muchas cosas distintas y conviene no simplificarlas. Te
cuento una escena. Un día entré en un aula y un grupo de chicos empezó a
cantarme el Cara al Sol. Tuve la suerte de que me pilló en un buen día. No
reaccioné desde la indignación ni desde el automatismo. Les pregunté
simplemente si sabían lo que estaban cantando. Les propuse ir estrofa por
estrofa, explicándome el significado de la letra. Y descubrimos enseguida que
no tenían ni idea. Habían elegido esa canción porque pensaban que me iba a
molestar, porque me identificaban con alguien de izquierdas. Aquello me hizo
pensar. Hay un malestar que puede conectarse con determinados enunciados de la
extrema derecha, pero esa conexión no convierte automáticamente a esos chicos
en fascistas. Hay una diferencia entre el malestar y la forma política que
encuentra para expresarse. Y precisamente porque no son lo mismo, esa conexión
también puede deshacerse.
¿Cómo fue ese momento?
En la conversación los chicos empezaron a hablar de sí mismos. Hay una cosa que
me ha pasado en los coles y es que en la conversación uno por uno aparece
siempre algo mucho más complejo que el personaje que habían representado
delante del grupo. He visto chicos que te hablan de sus experiencias, de sus
dificultades, de sus problemas con el otro sexo, que es algo universal de la
adolescencia pero que hoy también tiene un componente especial de dificultad,
porque se han roto algunos códigos, afortunadamente. Cuando he conseguido
entablar una conversación sobre estas cuestiones, que no es fácil, nunca he escuchado
a un chico desplegar una ideología fascista. Hay dudas, hay vacilaciones, hay
un cruce de cosas, hay un no saber cómo hacer, cómo vivir, un no poder vivir
también. Alguien te ofrece de repente una identificación o una explicación de
tus problemas y conectas con ella, pero no eres eso.
En lugar de ganar al contrario en lo
que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una
eficacia en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de
pensar?
¿De dónde crees que viene esa identificación con la extrema derecha?
Hay un malestar hecho de muchas cosas distintas (precariedad, crisis de la
masculinidad hegemónica, incertidumbre) y ese malestar está conectando con los
relatos de la extrema derecha. Pero hay que diferenciar entre el malestar y su
expresión. Creo que el malestar podría tener otras expresiones. Y hay que tener
en cuenta esto: no basta con tener la razón. Al final de aquella conversación
un chico dijo algo que me impresionó mucho: “En este instituto el feminismo es
la ley”. No creo que estuviera rechazando tanto el feminismo como experiencia
de igualdad como un discurso que le llegaba únicamente desde arriba, una verdad
ya hecha frente a la que solo cabía asentir o resistirse. Entonces, ¿cómo
transmitir, cómo educar, cómo contagiar? En realidad, el pensamiento, lo que
nos transforma, tiene que brotar desde adentro. Ningún proceso de emancipación
puede enseñarse únicamente como un contenido correcto; necesita convertirse en
una experiencia propia.
¿Conversar de qué manera?
Yo creo que la palabra tiene un poder impresionante, la palabra puede curar,
puede transformar. Pero, ¿qué tipo de palabra? ¿Una palabra intercambiada en
qué condiciones? Si se pudiesen abrir espacios de conversación en la escuela,
donde los chicos hablasen en confianza y sin temor a ser juzgados, escuchando a
los demás, tal vez se podrían dar más de estos efectos de transformación. La
palabra intercambiada en un espacio así puede tal vez “tocar” el cuerpo,
nombrar algo, hacerlo real y concreto. En el caso de los chicos varones de que
hablábamos, yo digo que hay que pinchar en el malestar y en las ganas porque
ahí está el deseo. En el malestar de tener que cargar con el peso del mandato
de masculinidad y en las ganas de ser varones diferentes. Nadie cambia
simplemente porque le expliquen lo que está bien. Cambiamos cuando algo toca
nuestro deseo.
En el libro recoges una cita de Gilles Deleuze: “La izquierda es lo que
necesita que la gente piense”.
Ahí donde se abre un momento y un espacio de pensamiento hay izquierda, viene a
decir Deleuze. La izquierda es eso que necesita que la gente piense, active su
capacidad de poner nombres a lo que le pasa, de crear. ¿Es una cosa
minoritaria? A veces lo pienso, por ejemplo a mis talleres viene gente
maravillosa con muchas ganas de leer, de estudiar, de conversar. Entonces me
pregunto: “¿Aquí nos estamos dando unos cuantos el lujo de tener otra relación
con el lenguaje o esto tiene algún tipo de eficacia en la transformación del
mundo?” Quiero pensar que sí, hay algunos ejemplos que demuestran que la
conversación y el pensamiento pueden ser potencias políticas. Es el caso de la
campaña de Mamdani a la alcaldía de Nueva York.
¿Qué te llama la atención de ese fenómeno?
Mamdani hizo de la escucha, la conversación y el pensamiento una fuerza. En
primer lugar, instaló sus oficinas en aquellos barrios donde el voto
progresista había migrado hacia el voto republicano, quiso entender porqué la
gente que había votado a los demócratas toda la vida habían empezado a votar a
Trump. En segundo lugar, organizó una campaña gigantesca de conversaciones
“puerta a puerta” entre cien mil de sus voluntarios y los ciudadanos de Nueva
York. Trató de escuchar a la gente, sus razones, sus malestares, incluso y
sobre todo los de quienes no le daban la razón. Creo que sólo así logró un
diagnóstico y una propuesta capaces de sintonizar con la población, gracias a
que se atrevió a escuchar lo que en principio era más molesto de escuchar y a
pensar desde ahí. En lugar entonces de ganar al contrario en una guerra de
explicaciones, de propagandas, de relatos, lo que se llama “batalla cultural”,
¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con el
lenguaje, en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de
pensar?
Dices en otro momento que Twitter (X) asegura hoy la paz social.
Me refería a que la opinión crítica en redes funciona muchas veces como
compensación: no puedo cambiar nada pero puedo decir todas las enormidades que
se me ocurran. La opinión es gratis. Hay que reinventar el pensamiento crítico.
Salir de la idea de que pensar críticamente es dar caña, enjuiciar, cancelar,
señalar. Ahí no pasa nada. Si nuestro cuerpo no está comprometido, no pasa
nada.
Estoy seguro de que mucha gente que participa en X, en las redes sociales, te dirá que todo lo que discute le pasa por el cuerpo: “no veas la mala leche que se me pone cuando veo a Ayuso”.
Un filósofo importante del siglo XX hace una distinción entre la crítica y el
pensar vinculante. La crítica es este enjuiciamiento de que algo del mundo va
mal: yo lo señalo, pero no tengo nada que ver con ello. Es un enunciado
puramente exterior. En el pensar vinculante lo que aparece también es una
pregunta sobre tu propia vida. ¿Simplemente somos víctimas inocentes de todo lo
que criticamos o de alguna manera también estamos implicados en ello? Es mucho
más fácil señalar culpables que hacernos cargo de la propia vida que nosotros
llevamos, porque finalmente el capitalismo también son formas de vida, formas
de consumo, formas de estar en el mundo, formas de relacionarnos, formas de
hacer las cosas. Entonces, ¿por qué el pensamiento no puede tener una dimensión
de revisión de la propia vida, de pregunta y desafío sobre uno mismo? La
opinión crítica muchas veces es un mero desahogo para seguir en la vida tal
cual, como si el mundo que criticas no tuviese nada que ver contigo.
En el libro hablas de lo profético.
Es una lectura de Ernst Bloch, el filósofo de la utopía y la esperanza. La voz
profética, explica Bloch, no se limita a la crítica, a la constatación del
desastre, al señalamiento del mal, sino que anuncia la posibilidad de otra
vida. El mismo profeta se pone en juego, está embarcado en un proceso de
transformación y por eso su voz es creíble. Denuncia el mal pero desde otro
punto de partida, desde la posibilidad de otra vida, exponiendo su propio
cuerpo. Finalmente se trata de hacernos cargo, de hacernos responsables del
mundo en que vivimos, no simplemente de señalar a los culpables de lo mal que
va todo.
En el libro hablo de desertar sin
movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero
sin la necesidad de irnos a otro lugar
Entiendo la idea, pero no sé si puede interpretarse como un llamamiento a la coherencia que, por más que haya gente que renuncia a un montón de cosas, no es posible hacerlo del todo. Me refiero a cosas como estar en Spotify, tener coche o viajar en avión.
No se trataría de coherencia, sino de decir cosas que no nos dejen igual, que
nos comprometan a algo, que no sean complacientes con nosotros mismos y nos
desafíen, que señalen nuevos puntos de partida. Habría que diferenciar bien
esta idea de la coherencia, de la pureza de una vida donde todo encaja
perfectamente. Tengo que pensarlo más.
Al hilo de esto, Lluís Aguiló polemiza de alguna manera con esa idea de “desertar del mundo” y sostiene que toda la lucha se produce dentro del sistema, que no hay un afuera.
Para mí la idea de deserción, tal y como la formula Franco Berardi (Bifo), es
una consigna de pensamiento potente que se trata de leer más poética que
literalmente. La película ‘Sirat’ [Óliver Laxe, 2023] nos habla precisamente de
que no hay afuera, porque está todo el terreno minado. Mientras que ‘Perfect
Days’ [Win Wenders, 2023] nos advierte contra la idea de vida tranquila, una
tranquilidad sin deseo. En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio,
de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de
irnos a otro lugar. Porque no hay lugares buenos, sino distintos modos de
habitar cada lugar. Cabe desertar en la escuela, por ejemplo, pero no porque la
abandonemos, lo que para mí no tendría sentido, sino porque abandonamos el
punto de vista del rendimiento, de la burocracia, de los programas, de lo que
supuestamente la escuela tiene que ser. Sin movernos del sitio nos disponemos
para otra cosa, para otra escucha, para otras posibilidades.
Hablamos de que no hay un afuera, pero parece claro es necesario un afuera de las redes sociales y el encuentro de espacios desde el que organizarse o verse.
Una de las cosas que he ido viendo claro en las distintas presentaciones del
libro es que la batalla del pensamiento no pasa simplemente por producir otros
contenidos, sino por inventar también los espacios, los tiempos y las
conexiones o alianzas necesarias para pensar. Pienso de nuevo en la escuela. No
se puede pensar porque los espacios colectivos han sido desmantelados, porque
los tiempos han sido colonizados por las lógicas de rendimiento, porque la individualización
de las trayectorias laborales hace casi imposible el encuentro entre profes.
Entonces, pensar es en primer lugar inventar espacios donde nos los hay,
fabricar tiempos fugando la obligación interiorizada de productividad y volver
a conspirar (a respirar juntos) con las compañeras y los compañeros. Pensar es
en primer lugar inventar las condiciones para pensar. Y eso siempre se hace a
contracorriente en esta sociedad desertizadora, donde la combinación de
tecnología y mercado se come los espacios y los tiempos, sustituye como antes
decíamos al resto de las relaciones.
En el libro te refieres a un “poder de saturación”.
Sí, es el poder que dispone a priori todas las respuestas posibles para que no
nos hagamos ninguna pregunta. Ofrece por anticipado todas las soluciones, todas
las posibilidades, todos los objetos, todas las tecnologías, todas las
opciones. No hay vacío, no hay hueco, no hay falta, no hay espacio inacabado
donde podamos pensar, escucharnos a nosotros mismos, buscar. Sólo tenemos que
elegir, opinar, responder, consumir, clickar dentro de lo ya dado. Decía
Deleuze que pensar tiene algo de pulmonar, que el órgano del pensamiento son
los pulmones. La saturación bloquea el pensamiento y nos asfixia. El
pensamiento es coger aire. Ese aire es el aire de lo desconocido. Entran nuevas
palabras, nuevas referencias, nuevas lecturas, nuevas combinaciones, nuevos
ritmos. Simone Weil asocia la atención con una interrupción de las respuestas
previas, con una espera activa de algo desconocido. Se trata de hacer un vacío,
una pausa, para que no quede todo obturado de las opciones preexistentes, para
dar espacio a esa conexión imprevista, ese pensamiento insólito, esa
alucinación que tuvimos y que merece la pena considerar.
La lucha renombra la realidad y ese
renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación
del cuerpo colectivo
Conectas pensamiento y lucha, algo que a priori no parece intuitivo.
Creo que las luchas activan el pensamiento y que el pensamiento es en sí una lucha.
¿Por qué? El filósofo Alain Badiou dice que una lucha empieza cuando los de
abajo renombran la situación de manera distinta a los de arriba. Es decir, las
palabras hacen cosas, son operaciones que intervienen en la batalla del
pensamiento. Por ejemplo, cuando en el 15M dijimos: “No es una crisis, es una
estafa”. Eso produjo una descripción de la situación completamente distinta. Si
lo que estábamos viviendo era sólo una crisis, pues no había otra que ajustarse
el cinturón, sentirse culpable porque consumiste demasiado, obedecer las
medidas de austeridad, justificar los sacrificios… Pero si no es una crisis, si
es una estafa, entonces todo cambia. ¿Una estafa de quién? ¿Contra quién? ¿Cómo
se preparó? ¿Qué puede hacerse contra ella? Lo mismo ocurre con la consigna “lo
llaman democracia y no lo es”. ¿No lo es? ¿Entonces qué es? ¿Y de dónde viene?
La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción
que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo.
¿Y a nivel individual?
Cuando uno piensa, aunque sea un nivel individual, la realidad no te tiene, no
te atrapa del todo, no se te cae encima. Porque tienes tu manera de nombrar,
tienes tu relación con el pasado, tienes tus referencias. No estás clavado al
presente, a lo existente, a lo dado. Tienes un pequeño margen de autonomía.
Puedes respirar.
¿De qué manera eso amortigua la sensación de desesperanza, de impotencia?
¿Puede tener que ver la sensación de impotencia actual tan extendida con que
los nombres que tenemos para las cosas ya no nos sirven? Ya no son nombres que
nos reúnan, que nos convoquen, que nos pongan en marcha, que nos lancen a una
investigación colectiva, que habiliten la acción. Los repetimos pero no pasa
nada y entonces sentimos impotencia. Ahí empieza la batalla del pensamiento.
Podemos empeñarnos en repetir nuestros nombres, nuestras consignas, nuestras
ideas. O podemos animarnos a dejarlos caer, a buscar otros nombres o, al menos,
a dar nueva vida a los antiguos. La impotencia se explicaría entonces porque vivimos
entre cadáveres, palabras muertas, sin efecto.
¿La batalla del pensamiento es una disputa por la esperanza entonces?
Creo que sí, que la batalla del pensamiento puede brindar esperanzas. ¿Por qué?
Porque abre, permitiéndonos ver de otro modo. Por ejemplo, si no vemos que los
chicos de hoy son fascistas, sino que su malestar por alguna razón conecta con
la extrema derecha, ahí hay cosas que pensar, que investigar, que ensayar, que
intentar. Hacernos con otro mapa de la realidad es darnos otro registro de
posibilidades, con otros márgenes de acción, de experimentación, de aventura.
De pronto el mundo ya no se nos cae encima, porque somos capaces de percibir la
distancia entre la representación, lo que se supone que pasa y lo que pasa.
Hurgamos en las representaciones dominantes y ahí dentro está la vida, siempre
contradictoria y palpitante, siempre inacabada y por tanto esperanzadora.
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/amador-fernandez-savater-batalla-pensamiento
martes, 14 de julio de 2026
DIVERSIDAD FRENTE A «DIVERSIDAD»
Por Alain de Benoist
Alain de Benoist, Arktos Journal julio
8, 2026
Alain
de Benoist establece una clara distinción entre la diversidad —la pluralidad
natural de pueblos, lenguas y culturas que ha definido a la humanidad durante
milenios— y la «diversidad», el programa ideológico que se hace pasar por ese
mismo nombre en las sociedades liberales contemporáneas.
Mathieu Bock-Côté suele
hablar de ideología «DIVERSITARISTA» (1) para
designar la ideología que rige la sociedad «multicultural» o
«inclusiva» —una extensión adecuada de la «sociedad abierta» tan
querida por Karl Popper—. Lo hace con razón y como buen quebequés, pues fue en
Canadá donde el exprimer ministro Justin Trudeau se enorgulleció, siguiendo las
recomendaciones del Informe Bouchard de 2008, de haber convertido a su país en
la primera «nación diversitaria» —es decir, en sus propias palabras, un
laboratorio de vanguardia de la «diversidad feliz» (siguiendo el modelo
de la «globalización feliz»), que consiste en transformar a los
pueblos para eliminar de su seno cualquier rastro de una
personalidad social y cultural específica.
En este culto a la
«diversidad», Bock-Côté ve a la vez la huella de un «universalismo falsificado»
y una herramienta de ingeniería social destinada a garantizar la aceptación de
la transformación de los pueblos en nombre de los derechos humanos
universales, del imperativo de «MESTICISMO» (2) y del
culto a las minorías: los recién llegados ya no tienen que adaptarse a la
sociedad que los acoge; al contrario, es esa sociedad la que debe transformarse
para dar cabida a las exigencias cada vez mayores de individuos o grupos «de
origen diverso».
¿Condenar la ideología
«diversitarista» equivale también a condenar la diversidad? No, por supuesto
que no. ¿Por qué? Porque existe la diversidad y la «diversidad».
La diversidad genética es
la norma entre todos los seres vivos: es lo que hace posible la evolución. La
diversidad de especies, la diversidad de lenguas, de pueblos y de culturas es
la gran riqueza de la humanidad. La protección de la biodiversidad debe, por lo
tanto, extenderse a las diferentes culturas, a fin de garantizar su derecho a
la continuidad histórica.
Una diversidad de culturas
y pueblos, cada uno con su propia personalidad: tal ha sido, precisamente, el
estado normal de la humanidad durante milenios. Entonces se vivía en un mundo
heterogéneo de pueblos relativamente homogéneos y arraigados. El sistema
«diversitarista» produce exactamente lo contrario: un mundo cada vez
más homogéneo de pueblos que se vuelven cada vez más heterogéneos, hasta
el punto de no ser más que agregados de individuos procedentes de todas partes
—que, además, se parecen cada vez más entre sí, lo que los hace
intercambiables—. Es esta gran convulsión —este paso de un mundo global
heterogéneo a uno homogéneo, y de pueblos relativamente homogéneos a agregados
heterogéneos— la que nos permite comprender cómo el «diversitarismo»
provoca la desaparición de las diferencias, es decir, de la verdadera
diversidad.
Lo contrario de la
diversidad no es el exclusivismo, sino la uniformidad. Diversidad significa
variedad, pluralidad; «DIVERSITARISMO» significa hibridación
generalizada, la mezcla que hace desaparecer la variedad. El «diversitarismo»
es una forma de cosmopolitismo que tiende a hacer desaparecer la diversidad
entre culturas introduciéndola en exceso dentro de las propias culturas. El
régimen «diversitarista» favorece la «diversidad» individual para abolir mejor
la diversidad colectiva.
El objetivo es trabajar en
pro de la indistinción de las culturas y los pueblos: defender la
«diversidad» de orígenes dentro de una misma sociedad para asegurar su
desaparición a escala global. Aquí cabe retomar el ejemplo de Quebec:
al someterla a la «diversidad» —tratada como un fin en sí misma—, lo que se
busca es hacer desaparecer ese elemento de verdadera diversidad que representa
la identidad histórica quebequense dentro de Canadá.
« ¿Por qué convivir si no
compartimos la misma cultura?», pregunta además Bock-Côté. Una pregunta
excelente, pues solo se puede «convivir» en la medida en que se pueda contar
con un fundamento común. Lo común es el soporte natural de la diversidad. Dado
que el «misticismo» conlleva inevitablemente la desaparición de las culturas
llamadas a mezclarse, estas acaban siendo todas iguales. Lo común se derrite
como la nieve al sol en medio de una pluralidad de pertenencias dentro de
sociedades fragmentadas. La «misticismo» reduce la parte de lo común hasta el
punto de hacerla desaparecer.
«El error de nuestras
élites», afirma Chantal Delos, «es creer que la diversidad basta por sí sola
para crear una vida en común». Esta creencia es obviamente falsa. Cuanto más
heterogéneo es un pueblo, más difícil resulta gobernarlo (la ley ya no puede
basarse en costumbres compartidas). Cuanto más «diverso» es, menos posee una
personalidad singular. Cuanto más heterogéneo es, menos capaces son quienes
viven en él de reconocerse en quienes les rodean. El resultado —confirmado por
numerosos estudios empíricos— es el colapso de la confianza. Todos
desconfían de todos, lo que acelera la guerra de todos contra todos. Basta
con viajar por el mundo para comprobarlo: las sociedades multirraciales son,
ante todo, sociedades multirracistas.
La disolución de los
pueblos conlleva, asimismo, la disolución de la democracia, ya que tiende a
abolir la distinción entre ciudadanos y no ciudadanos en la que se sustenta el
principio de la soberanía popular. La disolución de la memoria colectiva, y del
imaginario simbólico que la acompaña, es la consecuencia última de la ruina de
la misma noción de lo común. Las políticas de «formación en diversidad»
son técnicas de propaganda: son, en realidad, formaciones para la aceptación de
la disolución de los pueblos.
Señalo, para concluir,
esta reveladora paradoja, bien observada por John Mearsheimer: el liberalismo
se enorgullece de defender el pluralismo en la política interna, mientras que
se opone a él con todas sus fuerzas a escala global, ya que sostiene que el
capitalismo y la democracia liberal son el único régimen que debe aplicarse a
todos los países. En cuanto se trata de política exterior, ya no se admite la
variedad: se exige a todos los pueblos que se adhieran a los mismos «valores
universales». La verdadera diversidad, para entonces, no es más que un
recuerdo.
Publicado
originalmente en Éléments, n. º 219, abril-mayo de 2026
Notas:
1.
TN:«DIVERSITARISTA» es la traducción del término
francés «diversitaire», un neologismo derivado de la palabra «diversité», que
significa «diversidad». Más adelante en el ensayo aparece otro neologismo
derivado de la misma palabra: «diversitarismo»/«diversitarisme».
2.
TN:«MESTICISMO» deriva de la palabra francesa
mélange, que significa «mezclar». Benoist utiliza la palabra mélangiste para
describir a una persona cuya ideología (mesticismo/mélangisme) considera la
mezcla etnocultural como un bien moral en sí mismo. Se trata de un término
acuñado por Benoist.
Traducción de Juan Gabriel
Caro Rivera
https://www.arktosjournal.com/p/diversity-vs-diversity?
https://infoposta.com.ar/notas/14842/diversidad-frente-a-diversidad/
LO MÁS ATERRADOR QUE HE PRESENCIADO: SABEN LO QUE VAS A HACER ANTES DE QUE LO HAGAS
Por BettBeat Media
La
inteligencia artificial para la prevención de delitos está redefiniendo la
libertad humana. Lo presencié. Y es lo más aterrador que he visto en mi vida
BettBeat
Media, jul 01, 2026, BettBeat’s Newsletter
La
sala de seminarios
En un seminario de IA en
mi universidad, presenté tres fotografías mías: una frontal, una de perfil y
una sonriendo. En aproximadamente un minuto, el sistema generó un vídeo mío. Lo
que vi no era una simple imitación. Los pequeños gestos de mi rostro, la ligera
asimetría de mi sonrisa, la forma en que mis ojos se arrugan en las comisuras,
todo se reprodujo con una precisión asombrosa. Le había proporcionado tres
imágenes fijas y me había devuelto mi propio reflejo.
Soy psicólogo. Sé lo que
significa la predicción del comportamiento. Entiendo el efecto que los grandes
conjuntos de datos tienen sobre el concepto de singularidad individual. Pero
sentado en esa sala de seminarios, viendo mi propio rostro moverse en una
pantalla que no había animado, algo cambió en mi comprensión de dónde estamos y
hacia dónde vamos. No sentí entusiasmo. Sentí el pavor específico de quien
acaba de comprender la naturaleza de la jaula que se está construyendo
a su alrededor.
Seamos honestos sobre lo
que está sucediendo. La cuestión no es si la inteligencia artificial puede
predecir el comportamiento humano. Ya puede hacerlo, con una
precisión que debería aterrorizar a todo aquel que aún crea en el concepto de
un yo individual. La cuestión es quién posee esa capacidad, a quién beneficia y
qué tipo de mundo están construyendo con ella.
Somos
más predecibles de lo que creemos
Como bien sabe cualquier
estudioso serio de la ciencia del comportamiento, los seres humanos somos mucho
más predecibles de lo que nos gusta creer. Somos criaturas de patrones, de
repetición, de hábitos claros. El yo que experimentamos como soberano y
espontáneo es, en conjunto, asombrosamente consistente. Sutiles señales en
nuestro entorno desencadenan rutinariamente nuestro comportamiento sin que
seamos conscientes de ello, mientras que experimentamos la acción resultante
como una elección libre y soberana. El análisis de grandes datos reveló esto
sobre nosotros mucho antes de que la generación actual de sistemas de IA
llegara para explotarlo.
“La
alerta que se envía a la central de policía no indica que esta persona haya
cometido un delito. Indica que esta persona se comporta con un setenta por
ciento de similitud al perfil de comportamiento de alguien que lo hará”
Lo que ha cambiado es la
escala y el nivel de detalle de la explotación. Los investigadores ya han
demostrado que los sistemas de IA pueden predecir el sonido de la voz de una
persona a partir de una simple fotografía, infiriendo las propiedades acústicas
de la garganta, la forma de la cavidad bucal, la estructura del rostro y, a partir
de estos datos físicos, reconstruyendo algo que ninguna imagen estática debería
contener. No dimos nuestro consentimiento para esta inferencia. No sabíamos que
era posible. La tecnología no nos preguntó.
La invasión se produce en
ambas direcciones. Ya en 2022, antes de que la mayoría de la gente tuviera
motivos para prestar atención, la IA podía tomar solo el sonido de tu voz y
reconstruir tu rostro. Ya eras legible desde dentro hacia fuera.
Una
mascarilla no cambia nada
Pero el reconocimiento
facial es, a estas alturas, casi lo menos importante. La tecnología más
trascendental es el reconocimiento de la marcha, un
sistema biométrico que identifica a las personas no por su rostro, sino por su
forma específica de caminar, determinada anatómicamente. La curvatura de la
columna, la rotación de las caderas, el ritmo particular de la zancada: estos
rasgos son tan únicos como una huella dactilar y mucho más difíciles de
disimular. Los sistemas de reconocimiento de la marcha actualmente en
funcionamiento pueden identificar a una persona a partir de grabaciones de
seguridad incluso cuando su rostro está girado, cubierto por una capucha o
escondido tras una máscara. Los manifestantes que se cubrían el rostro en las
protestas creían que se protegían. No era así. El sistema ya los había
identificado desde los tobillos hacia arriba.
El reconocimiento de la
forma de andar le indica al sistema quién eres, incluso cuando crees que estás
oculto. Lo que sigue va más allá. A esto se suma el campo emergente del
reconocimiento de emociones en tiempo real, sistemas de IA integrados en la
misma infraestructura de CCTV ( circuito cerrado de TV, necesarios para un
sistema de vigilancia) que clasifican estados emocionales a partir de
expresiones faciales, asignando etiquetas de agitación, hostilidad, miedo u
ocultamiento a los rostros de personas que no han hecho nada más que estar en
un espacio público.
Y el
sistema está mejorando
La precisión es lo que se
consigue con miles de millones de dólares de inversión, y la inversión es implacable.
Se acerca el día —más cerca de lo que la mayoría de la gente imagina— en que el
sistema leerá los miles de marcadores codificados en tu rostro, tu forma de
andar, tus microexpresiones, y afirmará con un noventa y cinco por ciento de
certeza que cometerás un asesinato. Que cometerás una violación.
No es
que lo hayas hecho. No es que lo hayas intentado. Es que lo harás. Y cuando se alcance ese umbral de confianza, la presión para
actuar será abrumadora. La sociedad lo aceptará como fundamento para la
intervención, la detención, la expulsión preventiva, y la prevención del delito
dejará de ser una metáfora distópica para convertirse en política oficial del
Estado. Un sistema que etiqueta tu rostro como hostil no tiene por qué ser
correcto hoy. Solo tiene que llegar a serlo. Y lo es
Aprende
a reconocer las expresiones faciales de soledad y baja autoestima. Ahora,
imagina ese sistema integrados en unas gafas, anteojos. Entra en una
habitación. La imagen superpuesta le indica al depredador quién es débil.
El
instrumento del depredador
Lo que describí que
sucedió en ese seminario representa solo una pequeña faceta de lo que ahora es
técnicamente posible. Consideremos otra aplicación, una que debería hacer que
toda persona que alguna vez haya sido vulnerable se detenga a reflexionar sobre
sus implicaciones.
Vivimos
en un mundo plagado de depredadores. Empleadores
depredadores. Hombres depredadores. Instituciones financieras depredadoras.
Redes depredadoras como la que Jeffrey Epstein operó durante décadas sin
consecuencias, al servicio de los hombres más poderosos del mundo.
¿Qué ocurre cuando un
depredador de esa clase tiene acceso a un sistema de IA entrenado con miles de
horas de entrevistas terapéuticas con supervivientes de abusos, con personas
víctimas de trata y con individuos cuyos antecedentes psicológicos los
convirtieron en objetivos?
El sistema aprende cómo se
ve la vulnerabilidad desde fuera. Aprende la forma particular en que una
persona condicionada a la sumisión mueve su cuerpo en un espacio público.
Aprende la expresión facial de la soledad, de la baja autoestima, de alguien
que no se defenderá o a quien no se le creerá si lo hace.
Ahora, coloca ese sistema
integrado en unos lentes, unas gafas. Entra en una habitación. La
superposición le indicará al depredador quién es el más débil.
Palantir
y la arquitectura del control
Palantir no es una
hipótesis. Es una empresa con una valoración de mercado actual que se mide en
cientos de miles de millones de dólares, sólidas relaciones contractuales con
el ejército de los EEUU, la CIA, el FBI, el Mossad, el MI6 y el Servicio de
Inmigración y Control de Aduanas, y un conjunto de productos diseñados
específicamente para hacer lo que he estado describiendo.
Su plataforma Gotham recopila
datos de registros fiscales, archivos del DMV, (La extensión DMV es la
más utilizada para los archivos Adobe Acrobat Parsing Rules) historial
laboral, historial académico, estatus migratorio, cuentas de redes sociales
obtenidas mediante citación judicial, incluyendo mensajes privados e historial
de ubicaciones, y sintetiza esta información en expedientes individuales que pueden
buscarse por tatuaje, vecindario, asociación o patrón de movimiento. Su
aplicación de control migratorio, llamada ELITE, muestra en un mapa lo que
designa como objetivos de deportación y asigna a cada uno una puntuación de
confianza que estima la probabilidad de que una dirección determinada sea donde
duermen actualmente. La palabra " objetivo" es suya,
no mía.
Este no es un sistema
diseñado para la seguridad nacional en ningún sentido significativo de la
palabra. La seguridad nacional fue el pretexto utilizado para su
creación. En realidad, lo que hace es hacer que la población sea
legible, clasificable y susceptible de ser manipulada por quien tenga el
contrato. En este momento, entre quienes tienen ese contrato se encuentra una
administración que ya ha demostrado su disposición a usar estas herramientas
contra estudiantes que participaron en la protesta equivocada, académicos que
firmaron la carta equivocada e inmigrantes cuyo único delito fue existir sin
documentación en un país que durante décadas dependió de su trabajo.
Un
retuits puede abrir un archivo
El programa que el
Departamento de Estado denomina "Capturar y Revocar" utiliza
herramientas de IA, incluida una plataforma llamada Babel X, para realizar un
análisis automatizado del sentimiento en las redes sociales de ciudadanos
extranjeros con visa, incluidos estudiantes de posgrado e investigadores. El
sistema lee las publicaciones, asigna puntuaciones de intención, marca las
cuentas cuyas opiniones expresadas el algoritmo ha clasificado como amenazantes
e inicia procedimientos de revocación de visa, todo ello sin una revisión
humana significativa. Un retuits puede ahora abrir un expediente. Un
comentario dejado en una publicación de hace tres años puede desencadenar un
proceso de deportación. La persona afectada no tiene derecho a examinar
el algoritmo que lo condenó. El algoritmo es de propiedad exclusiva. Su
lógica interna es un secreto comercial.
El
acusador al que no puedes enfrentar
Este último punto tiene
una importancia que el sistema legal aún no ha empezado a asumir. Los sistemas
de IA que se utilizan para predecir el comportamiento, asignar riesgos
y dirigir acciones coercitivas son cajas negras, no en el sentido coloquial,
sino en el técnico y legal. Las empresas que los desarrollan no tienen
la obligación de revelar sus métodos. Un acusado cuyo arresto se desencadenó
por una alerta algorítmica no puede solicitar los datos de entrenamiento. Su
abogado no puede interrogar al modelo. La presunción de inocencia, el derecho a
confrontar al acusador, la estructura básica del debido proceso que requirió
siglos de lucha para establecerse, se desmorona en el momento en que el
acusador es un sistema de software propietario de una corporación con un
contrato gubernamental.
Europa tomó medidas para
prohibir esto, o al menos eso afirmaba la legislación. El artículo 5 de la Ley
de Inteligencia Artificial de la UE, que entró en vigor a principios de 2025,
prohíbe nominalmente los sistemas de IA diseñados para predecir la probabilidad
de que una persona cometa un delito. Las excepciones enumeradas en el texto incluyen
terrorismo, asesinato, violación y robo a mano armada. En otras
palabras, la prohibición se aplica a delitos menores. Para cualquier delito que
el Estado clasifique como grave, la predicción está permitida.
Ya sabemos lo flexible que
se ha vuelto el término terrorismo. En el Reino Unido, mujeres
mayores que participaban en manifestaciones de solidaridad con Palestina han
sido catalogadas como simpatizantes terroristas, vigiladas y derivadas a
programas de lucha contra el extremismo. La definición se amplía para incluir a
cualquiera que el Estado considere inconveniente. Una vez que se comprende
esto, las excepciones de la Ley de Inmunidades contra el Terrorismo dejan de
parecer garantías legales y se convierten en un cheque en blanco a favor de
quien ostente el poder en ese momento.
El
ciclo de retroalimentación
En USA ni siquiera existe
la apariencia de prohibición. Y el problema se agrava como todas las
injusticias estructurales cuando las instituciones diseñadas para contenerlas
caen en manos equivocadas. Los sistemas de vigilancia predictiva envían más
agentes a ciertos barrios. Más agentes en esos barrios generan más arrestos.
Más arrestos en esos barrios confirman la predicción original del
algoritmo. Los datos no describen un barrio peligroso; lo crean. Los
residentes ven cómo sus hijos pasan de ser ciudadanos a precriminales antes
incluso de haber cometido delito alguno.
“Los
centros de datos no se construyen para agilizar los resultados de búsqueda. Se
construyen para almacenar y procesar los perfiles de comportamiento de todas
las personas del planeta”
La
clase Epstein que construye esto
Necesitamos hablar con
franqueza sobre quién está construyendo esto y por qué. Elon Musk.
Peter Thiel, cuyo nombre es sinónimo de Palantir. Donald Trump, cuya administración
ha desplegado estas herramientas con una rapidez y agresividad que sugieren que
estaban esperando precisamente esta configuración política. Benjamin Netanyahu, bajo
cuyo gobierno se utilizaron sistemas de reconocimiento facial para vigilar a
civiles palestinos en Cisjordania, generando bases de datos que desde entonces
se han ampliado e integrado con redes de inteligencia internacionales.
OpenAI,
cuyo director ejecutivo, Sam Altman,
pasó años presentándose a sí mismo y a su organización como los responsables y
conscientes de la seguridad de la tecnología transformadora —una organización
sin ánimo de lucro creada para el beneficio de la humanidad— antes de
reestructurarse en una entidad con fines de lucro que ahora busca una
valoración que la convierte en una de las instituciones privadas más poderosas
de la historia. El mismo Sam Altman cuya hermana, Annie Altman, lo ha acusado
pública y repetidamente de violación sistemática desde que tenía tres años.
Estas acusaciones no han sido juzgadas en un tribunal. Tampoco han recibido la
atención que merecen por parte de la industria, la prensa o los gobiernos que
ahora colaboran con su empresa para dar forma a la infraestructura de IA del
futuro.
El hombre que construye
las herramientas de predicción y clasificación del comportamiento a escala
planetaria es alguien a quien su propia hermana dice haber temido desde la
infancia. Se nos dice que confiemos en los constructores. No se nos dice que
analicemos con detenimiento quiénes son.
Esta
es la clase Epstein. No es una metáfora. Jeffrey Epstein fue un depredador y un pedófilo que dirigió, durante
décadas, lo que en la práctica fue una operación de inteligencia privada basada
en el abuso sexual sistemático de niños por parte de los súper ricos.
La
infraestructura era el chantaje. La
moneda de cambio era el acceso: a menores de edad y a los secretos mejor
guardados de los hombres más poderosos de la ciencia, las finanzas, la política
y la tecnología que se movían en su mundo. Varios de los hombres que ahora construyen
la arquitectura de vigilancia del siglo XXI asistieron a sus cenas, volaron en
sus aviones, visitaron sus islas y abusaron de sus víctimas. Algunos en la
periferia. Otros, considerablemente más cerca del centro.
Lo que Epstein comprendió,
y lo que sus invitados comprendieron a su manera, es que el
conocimiento absoluto de una persona —sus deseos, su vergüenza, sus secretos,
sus vulnerabilidades— equivale a un poder absoluto sobre ella. Él
construyó ese sistema a mano, con cámaras, silencio y los cuerpos de niños. Los
hombres que compartieron su mesa lo han construido desde entonces a escala
planetaria, esta vez con centros de datos, legislación y la cooperación de los
gobiernos. La lógica depredadora es idéntica. Solo ha cambiado el
mecanismo.
No se trata de actores
aislados que persiguen intereses independientes. Son una clase. Han forjado
alianzas, inversiones conjuntas, cargos compartidos en juntas directivas y un
proyecto político común, características propias de las clases sociales que
reconocen una oportunidad común. En este caso, la oportunidad reside en
el dominio total de la información sobre el resto de la humanidad. Los
centros de datos que se construyen en el suroeste de EEUU, en los estados del
Golfo Pérsico y en el sudeste asiático —estructuras enormes y devoradoras de
energía, cuya construcción se presenta en la prensa como un ejemplo de
crecimiento económico y ambición tecnológica— constituyen la infraestructura
física de este dominio.
Los centros de datos no se
construyen para agilizar los resultados de búsqueda. Se construyen para
almacenar y procesar los perfiles de comportamiento de todas las personas del
planeta, para que quienes controlan los sistemas conozcan a los seres humanos
de forma tan exhaustiva que la predicción se vuelva indistinguible del
control.
Peor
de lo que Orwell jamás imaginó
Aldous Huxley comprendió
algo que solemos subestimar: que las formas más duraderas de control
autoritario no se experimentan como opresión por quienes viven bajo ellas. Se
experimentan como comodidad, como seguridad, como la administración razonable
de un mundo complejo. La cámara en la esquina no se siente como la
Stasi. La aplicación que sabe dónde estás no se siente como la Lubianka. El
algoritmo que te asignó una puntuación de riesgo que nunca verás no se siente
como nada, porque no sabes que existe. Esta es la genialidad
particular de la arquitectura que se construye a nuestro alrededor. Su
violencia es en gran medida invisible, estadística, blanqueada por el lenguaje
neutral de la ciencia de datos y la seguridad pública.
La tele pantalla de George
Orwell te vigilaba y sabías que te vigilaba. Él comprendía que ese conocimiento
era en sí mismo una forma de control. Lo que enfrentamos es peor, porque
la vigilancia no va acompañada de la conciencia de estar siendo vigilados. Los
perfiles de comportamiento que se recopilan sobre cada persona que lleva un
teléfono inteligente, que pasa frente a una cámara, que publica en línea, que
usa una tarjeta de crédito, que asiste a una escuela, visita a un médico o
cruza una frontera, existen en servidores a los que no podemos acceder,
propiedad de empresas que no podemos auditar y que se utilizan para fines que
legalmente no podemos obligarlas a revelar. El expediente ya está
creado. Simplemente no se nos permite leerlo.
Lo que se está
construyendo, pieza a pieza, contrato a contrato, cámara a cámara, no es un
estado de vigilancia en el sentido del siglo XX. Es algo más total e
íntimo. El antiguo estado de vigilancia vigilaba. El nuevo predice.
El antiguo acumulaba archivos. El nuevo asigna puntuaciones. El antiguo
empleaba informantes e interrogadores. El nuevo opera de forma continua y
automática, sobre los rostros de personas que no hacen más que vivir sus vidas
en un mundo que se ha convertido silenciosamente en un aparato de clasificación
y control.
La
finalización de un proyecto
Me quedé en aquella sala
de seminarios y vi mi propio rostro moverse en una pantalla que yo no había
animado, y comprendí que algo había terminado. Lo que había terminado era la
última barrera técnica entre quiénes somos y lo que aquellos con suficiente
poder computacional pueden saber sobre nosotros sin nuestro consentimiento ni
conocimiento. La barrera ha desaparecido. Lo que la reemplace, ya sea la ley,
la resistencia o la clase de furia pública sostenida que en ocasiones a lo
largo de la historia ha obligado al poder a retroceder, depende enteramente de
si suficientes personas comprenden lo que ya se ha construido y para quién se
construyó.
Los oligarcas dueños de
estos sistemas no perciben el mundo que la IA está creando como una amenaza.
Para ellos, es la culminación de un proyecto. El sueño de una clase que siempre
ha querido saberlo todo sobre quienes están por debajo de ellos, predecir sus
movimientos, anticipar su disidencia, identificar sus debilidades y
vulnerabilidades, para gestionar la población como un granjero gestiona un
rebaño, donde cada animal es etiquetado, rastreado y clasificado según su
utilidad. Para el resto de nosotros, los que estamos siendo
etiquetados, rastreados y clasificados, queda una sola pregunta urgente.
¿En
qué momento intentaremos detener esto?
https://bettbeat.substack.com/p/the-scariest-thing-ive-ever-witnessed