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lunes, 20 de julio de 2026

SANTUCHO: 50 AÑOS DE SU LUCHA EN ARGENTINA

 


I

A 50 AÑOS DE SU MUERTE. Santucho, el precio y el magma rojo

Por Juan José Salinas

13/07/2026

 

Respecto al meduloso post anterior, le pregunté a su autor, Pedro Cazes Camarero tanto sobre la Teoría del Precio como qué debía entender como Magma Rojo, y él me sorprendió remitiéndome este texto en el que aborda ambos conceptos aggiornando  la figura de Mario Roberto Santucho.

Y es que el próximo domingo se cumplirán 50 años de su muerte, su cuerpo nunca apareció como tampoco la de varies de sus compañeres, hecho que aborde en mi primer libro (Gorriarán…); abordó luego María Seoane en su biografía y por fin por su hijo Mario, que llegó a interesantes hallazgos.

En Pájaro Rojo se ha publicado abundante material sobre el líder del PRRT-ERP, incluyendo artículos detallados sobre cómo fue ubicado en 1976 DOSSIER. ¿Quién entregó a Roberto Santucho…, el destino de su familia Rescates: De cómo los niños de la familia Santucho…, y análisis escritos por su hijo, Mario Santucho La pasión según Santucho.

Siempre fui muy crítico de las políticas desplegadas por el PRT-ERP pero también siempre tuve claro que sus militantes y los nuestros pertenecían, ya desde el colegio secundario, a una misma generación dispuesta a dar la vida en aras de una patria más justa, libre y soberana a la que llamábamos socialista, en nuestro caso, con la venia de Perón… por lo que espero que los compañeros macartistas no se me tiren a la yugular ni cometan la tontería de andar diciendo, como suelen, que debería abandonar el proteico movimiento de liberación nacional para sumarme a las huestes de Miriam Bregman.

Los dejo con Pedro, al que le pertenece el título de este post.

Santucho: Una lectura retrospectiva a medio siglo de su muerte

Lo llamábamos el Robi. Hace cincuenta años, el ejército contrarrevolucionario probó que también a él le entraban las balas. En ese momento yo estaba en la cárcel, y el enemigo se aseguró de que nos enterásemos con certeza y premura. A la consternación inmediata le siguió la convicción oscura de que esa muerte cerraba una época. Tantas décadas después, creo que puedo confirmar aquellas sombrías convicciones.

No siempre estuvimos de acuerdo, pese a lo cual votamos con frecuencia sus posiciones.  Estoy seguro que otros veteranos compañeros, dada la ocasión, ofrecerán generosos testimonios acerca de aquellos años, durante los que tuvimos el privilegio de compartir sus orientaciones y enseñanzas, y a veces disentir acerca de ellos. Por mi parte, prefiero otra manera de realizar un homenaje a su memoria: desplegar una meditación retrospectiva sobre aquellos días feroces, a la luz de lo aprendido en estas décadas que tuvimos que navegar sin el Robi.

La muerte en combate de Mario Roberto Santucho, el 19 de julio de 1976, no puede ser pensada sólo como la caída de un dirigente revolucionario. Santucho murió en el momento en que la Argentina dejaba atrás, a sangre y fuego, el ciclo del capitalismo industrial-fordista, de la centralidad obrera clásica, de las grandes organizaciones políticas y sindicales, y comenzaba a ingresar en una fase dominada por la valorización financiera, la deuda, la fragmentación social, la precarización y la subordinación de la vida colectiva a nuevas tecnologías de mando económico. Además, no estamos ante una muerte meramente militar, sino ante una muerte inscripta en el dispositivo represivo de la desaparición. Que  buscaba sólo eliminar al enemigo físico; buscaba desorganizar la memoria, quebrar las genealogías militantes, interrumpir la transmisión política y producir terror duradero.

En 1976 la izquierda revolucionaria argentina pensaba todavía dentro de un horizonte marxista clásico: el núcleo de la explotación estaba en la apropiación de plusvalor.

El salario expresaba el precio de la fuerza de trabajo. La ganancia, la renta y el interés podían ser entendidos como formas derivadas de la distribución de la plusvalía. Esa matriz no era falsa; correspondía a un capitalismo donde la fábrica, el salario, el sindicato y la producción industrial todavía organizaban buena parte de la vida y de la percepción política. Pero esa matriz dejaba en la sombra algo que hoy se vuelve central: mientras que en aquel fordismo el precio aparecía, en última instancia, como la forma monetaria del valor-trabajo, en el posfordismo ha devenido en una institución estratégica de mando. Puede organizar la distribución social, disciplinar comportamientos, destruir derechos, alterar relaciones de fuerza, producir obediencia, segmentar poblaciones y capturar riqueza social que no se deja medir adecuadamente por el tiempo de trabajo.

Esa es la torsión decisiva de la actual teoría del precio, el cual deja de ser la apariencia fenoménica del valor y pasa a ser una tecnología política de captura.

En los años ’60 y ‘70, ese desplazamiento todavía no era plenamente visible. Los revolucionarios veíamos la inflación, la devaluación, el salario, la renta agraria, el interés o el tipo de cambio como momentos de una lucha distributiva que, en última instancia, remitía a la contradicción entre el capital y el trabajo. Pero la historia argentina (y mundial) posterior muestra que la recomposición capitalista no se produjo sólo en la fábrica ni sólo mediante la extracción directa de plusvalía. Se produjo mediante una reorganización general del sistema de precios: precio del trabajo, precio del dinero, precio de la divisa, precio de los alimentos, precio de los servicios públicos, precio de los activos, precio del endeudamiento, precio de la obediencia y precio de la rebelión.

El Rodrigazo de 1975 fue una anticipación brutal de esa mutación. Constituyó una reorganización violenta de los precios relativos, con devaluación, aumento de tarifas, combustibles y transporte, y contención de salarios. En otras palabras, una política de shock donde se advierte que el precio no aparece como simple reflejo distorsionado del valor- trabajo, sino como el campo directo de la lucha de clases. Ya no se trataba sólo de “cuánto valen” las mercancías, sino de quién tiene el poder de reordenar la sociedad mediante el dispositivo de los precios. La reforma financiera de la dictadura, en 1977, profundizó ese modelo basado en la valorización financiera, la apertura externa y el disciplinamiento social, desplazando el patrón de industrialización por sustitución de importaciones, instaurado a partir de la crisis de 1930. Esto permite leer la demolición del PRT-ERP (y de Montoneros y las demás organizaciones revolucionarias) no sólo como una victoria militar del Estado terrorista, sino como el momento de una ofensiva mucho más amplia, destinada a quebrar la capacidad popular de disputar el sistema de precios, de salarios, de derechos, de expectativas y de sentido.

En esta clave, la muerte del Robi se ubica en un punto histórico de inflexión. Él combatía todavía contra un capitalismo que aparecía como industrial, oligárquico, imperialista y estatal-represivo, esto es, fordista. El capitalismo que emergía detrás de la represión ya no sería el viejo capitalismo fabril, sino un capitalismo crecientemente financiero, endeudador, rentístico y desindustrializador. La fábrica no desaparecía por completo, pero perdía centralidad simbólica. El obrero industrial dejaba de ser el sujeto casi transparente de la revolución. El salario quedaba rodeado por deuda, inflación, informalidad, precariedad, tarifas, interés, tipo de cambio y formas indirectas de expropiación. La teoría del precio permite percibir algo que en 1976 no podía verse con nitidez, esto es, que la derrota revolucionaria no constituía sólo la derrota de una organización política frente a un aparato represivo superior, sino la imposición de una nueva gramática de mando social.

El capital necesitaba destruir una forma de subjetividad colectiva capaz de decir que no. No al salario de hambre, no al disciplinamiento fabril, no al imperialismo, no al Estado represivo, no a la desigualdad naturalizada. Pero luego de destruir esa subjetividad, el nuevo mando ya no se ejercería únicamente mediante la patronal, el capataz o los militares, sino mediante la tasa de interés, la deuda externa, la inflación, el dólar, la apertura comercial, la fuga de capitales, la valorización financiera y la reorganización de los precios relativos. Por eso, el precio del salario determina la reproducción material de la vida obrera. El precio del dólar reorganiza la soberanía económica. El precio del crédito decide quién puede producir, consumir o endeudarse. El precio de los alimentos define la vida cotidiana de las clases populares. El precio de los servicios públicos redistribuye ingresos. El precio de los activos decide quién se apropia del patrimonio social. El precio de la deuda convierte el futuro en obligación. Y el precio de la rebeldía, bajo la dictadura, fue llevado al extremo absoluto del secuestro, la tortura, la desaparición, la muerte, el exilio, el miedo.

Mi hipótesis afirma que la dictadura no sólo nos venció militarmente, sino que contribuyó a imponer un nuevo régimen de precios. Ese régimen desarmó la capacidad colectiva de intervenir sobre la valorización social. En el fordismo, la clase obrera organizada podía disputar el salario, las condiciones de trabajo, los convenios, los precios administrados, las políticas públicas y los derechos sociales. En el régimen posterior, la lucha se desplazó hacia mecanismos mucho más opacos. El capital podía gobernar desde el mercado financiero, la deuda, el tipo de cambio y la inflación. La violencia estatal abrió el camino para esa abstracción.

En 1976 no existía todavía el General Intellect en la forma contemporánea, es decir, no existían plataformas digitales, redes sociales, inteligencia artificial, big data, economía algorítmica ni captura masiva de atención. Pero sí existía un magma rojo -noción que tomo de Castoriadis- embrionario: fábricas politizadas, comisiones internas combativas, sindicatos de base, universidades radicalizadas, barrios organizados, imprentas clandestinas, intelectuales militantes, curas del Tercer Mundo, agrupaciones estudiantiles, redes culturales, experiencias de solidaridad, juventudes politizadas, memorias plebeyas y una enorme energía instituyente.

Ese magma no era puramente obrero ni puramente partidario. Era una composición social heterogénea, atravesada por marxismo, peronismo, cristianismo revolucionario, nacionalismo popular, guevarismo, sindicalismo clasista, antiimperialismo y deseos de justicia social.

Primero el Che Guevara, luego Santucho, intentaron darle forma estratégica a ese magma. Su grandeza reside en haber comprendido que la rebeldía espontánea no alcanzaba. Había que organizar, decidir, producir una línea, construir cuadros, asumir riesgos, enfrentar al poder, combatir militarmente. Su límite, visto retrospectivamente, pudo haber sido traducir esa multiplicidad a una forma demasiado cerrada: partido, ejército, estrategia militar, centralización, disciplina, toma del poder. Es decir: quisieron convertir un magma social complejo en una máquina revolucionaria coherente. Ese gesto tenía una razón histórica. En el mundo de la Guerra Fría, de Vietnam, de Cuba, de la Revolución China, de Argelia y de los movimientos de liberación nacional, la idea de una organización revolucionaria armada no era una extravagancia aislada. El PRT-ERP formaba parte de un horizonte internacional donde la revolución parecía posible y donde la violencia política era interpretada como respuesta a una violencia estructural previa. La propia historiografía sobre nuestro partido ha destacado la centralidad de la guerra revolucionaria, la militarización y el guevarismo en su desarrollo.

Sin embargo, desde la noción de magma rojo, el problema no es simplemente si la lucha armada era correcta o incorrecta en abstracto. El problema es más profundo: ¿puede una organización centralizada expresar adecuadamente la complejidad de un magma social abierto? ¿Puede una estrategia militar alojar la pluralidad de deseos, lenguajes, afectos, temores, tradiciones y formas de vida populares? ¿Puede una dirección revolucionaria conducir sin sustituir? ¿Puede organizar sin clausurar? ¿Puede producir potencia sin convertir la heterogeneidad social en obediencia estratégica? Ahí aparece una de las enseñanzas más importantes. El magma rojo no es espontaneísmo. No significa que la multitud social se autoorganice mágicamente ni que la organización política sea innecesaria. Pero tampoco puede ser reducido a una línea única.

El magma rojo exige formas de organización porosas, capaces de leer la heterogeneidad, sostener la iniciativa popular, articular diferencias, producir instituciones nuevas y evitar que la voluntad revolucionaria se convierta en mando separado. Santucho encarnó de modo admirable la decisión, la valentía y la coherencia; pero su época tendía a pensar la política revolucionaria bajo la forma de la centralización y de la guerra. Nuestro tiempo exige otra forma: organización sí, pero no captura burocrática del magma; conducción sí, pero no sustitución del campo popular; estrategia sí, pero abierta a la complejidad instituyente.

Aquí se puede comprender mejor la relación con el Che Guevara. La mención al Che corresponde, porque Santucho y el PRT-ERP estuvieron atravesados por el guevarismo, aunque no puedan reducirse a un simple foquismo. El Che, en La guerra de guerrillas, pensaba la guerrilla como guerra del pueblo y no como aventura separada de las masas; incluso advertía que una guerrilla sin apoyo popular estaba condenada al desastre. Hay que advertir que toda política revolucionaria necesita una relación orgánica con el magma popular real, no con el pueblo imaginado por la teoría. El Che representa una ética de la entrega, de la consecuencia, del internacionalismo, del rechazo a la comodidad burocrática y del combate contra el imperialismo. Santucho comparte esa ética. Ambos pertenecen a una constelación donde la revolución era vivida como decisión existencial, no como comentario académico ni como administración progresista del capitalismo. Pero ambos quedan también ligados a un límite de época: la tendencia a pensar que la intensidad moral, la voluntad política y la organización armada podían abrir el camino revolucionario incluso cuando la composición social era más ambigua, más contradictoria o menos disponible de lo que la estrategia suponía.

Desde la teoría del magma rojo, la enseñanza no consiste en condenar esa intensidad, sino en desplazarla. La intensidad sigue siendo necesaria. Sin pasión, sin coraje, sin voluntad, sin disposición a pagar costos, ninguna transformación profunda es posible. Pero esa intensidad debe operar hoy sobre otro terreno. Ya no puede apoyarse en la imagen de una clase obrera homogénea, de un partido que concentra la conciencia y de una toma del poder que resuelve la contradicción histórica. Debe operar sobre un campo social fragmentado, precarizado, endeudado, digitalizado, afectivamente dañado, atravesado por consumos, miedos, individualismo, redes, algoritmos, resentimientos y nuevas formas de cooperación. Por eso, la teoría del precio y el magma rojo se complementan. La teoría del precio muestra cómo gobierna el capital; el magma rojo muestra qué intenta capturar y qué puede desbordarlo. Si el precio es la forma de fijación, ordenamiento y captura, el magma rojo es la potencia abierta, no totalmente codificable, de la cooperación social, del deseo colectivo, de la imaginación instituyente y de las capacidades populares. El capital necesita convertir el magma en precios: precio del trabajo, precio del conocimiento, precio del crédito, precio de la atención, precio de los datos, precio de la tierra, precio del futuro. La política emancipatoria necesita hacer el movimiento inverso: liberar del precio aquellas dimensiones de la vida social que pueden devenir comunes, derechos, instituciones democráticas, cooperación y autonomía. En 1976, esa formulación no estaba disponible.

El magma rojo que proponemos no es una clase social ni una suma de organizaciones. Es el campo ontológico abierto de capacidades productivas, cognitivas, afectivas, institucionales e imaginarias que una sociedad genera, y que el capital intenta capturar, ordenar, valorizar y disciplinar. En el capitalismo cognitivo actual, ese magma rojo aparece ligado al General Intellect, a la cooperación social, al conocimiento, a la comunicación, a las redes, a los datos, a la producción subjetiva.

El marxismo revolucionario podía denunciar la explotación, la dependencia, el imperialismo, la plusvalía, la represión y el carácter de clase del Estado. Pero no podía ver plenamente que el capitalismo que estaba naciendo iba a gobernar cada vez más por abstracciones monetarias y financieras. Tampoco podía prever que el General Intellect, anticipado por Marx en los Grundrisse, devendría un terreno central de acumulación: ciencia, conocimiento, comunicación, información, afectos, lenguaje, innovación, subjetividad.

En ese sentido, Santucho muere en el pliegue entre dos épocas: la época del proletariado industrial como sujeto privilegiado de la revolución y la época de la cooperación social capturada por los dispositivos enemigos del precio, la renta, la deuda y la tecnología. Esto no vuelve “antiguo” al Robi, lo vuelve histórico. Y precisamente por ser histórico puede ser pensado con respeto crítico. Su figura conserva una potencia que el presente necesita, o sea la convicción de que el capitalismo no es un destino natural para la humanidad y la negativa a aceptar la injusticia como fatalidad; la disposición a unir pensamiento y acción; la exigencia de organización; la comprensión de que toda transformación real enfrenta la violencia del orden constituido. Pero la estrategia del Che y del Robi no puede ser repetida. Repetirla sería confundir fidelidad con momificación. La fidelidad verdadera consiste en trasladar su pregunta al presente: ¿dónde se concentra hoy el mando capitalista y cómo se organiza una fuerza capaz de enfrentarlo y aniquilarlo?

La respuesta, desde nuestra teoría, sería que el mando capitalista se concentra hoy en el régimen de precios ampliado. No sólo en el precio de la mercancía clásica, sino en el precio como institución general del acceso, la exclusión y la captura. Precio de la vivienda, del medicamento, del alimento, del dólar, del crédito, de la deuda pública, de la energía, de la salud, y también precio del conocimiento privatizado, de la conectividad, de los datos, de las patentes, del tiempo. El capitalismo contemporáneo no sólo explota trabajo: administra accesos. Decide quién puede vivir, producir, curarse, estudiar, investigar, circular, endeudarse, comunicarse o proyectar futuro. A la vez, el terreno de resistencia no es una clase social (proletariado) ya dada, como sujeto transparente. Es un magma compuesto por trabajadores formales e informales, científicos, docentes, técnicos, jóvenes precarizados, jubilados, mujeres organizadas, movimientos territoriales, cooperativas, usuarios endeudados, productores pequeños, estudiantes, trabajadores de plataformas, profesionales empobrecidos, comunidades culturales y formas dispersas de cooperación social.

Ese magma no está automáticamente politizado. Como se ha visto con Milei, puede ser capturado por la derecha, por el mercado, por la deuda, por la antipolítica, por el miedo o por la desesperación. Por eso requiere organización. Pero una organización que sepa escuchar, articular y producir institución, no simplemente ordenar desde arriba.

La muerte de Santucho muestra la necesidad de la decisión política. Ningún magma social se convierte por sí solo en fuerza transformadora. La potencia necesita formas, nombres, estrategias, instituciones, conducción. Pero ofrece el peligro de confundir forma con clausura. Cuando la forma política se autonomiza demasiado del magma real, corre el riesgo de hablar en nombre de un pueblo que la propia forma política no logra expresar plenamente.

El desafío contemporáneo consiste en sostener la organización sin sustitución, la conducción sin mando separado, la estrategia sin teleología, la radicalidad sin sacrificio abstracto.

También hay que revisar la noción de heroísmo. Santucho y el Che Guevara fueron, sin duda, personalidades excepcionales: austeros, valientes, decididos, íntegros, capaces de asumir hasta el final las consecuencias de sus ideas. En tiempos de toda la basura de la derecha, de cinismo político, de oportunismo, de marketing electoral y de gestión sin horizontes, esas dimensiones resultan conmovedoras. Pero el heroísmo revolucionario tiene una ambivalencia. Puede inspirar, pero también puede inducir a una ética sacrificial donde el cuerpo militante se vuelve combustible de la causa. Necesitamos rescatar la intensidad ética de nuestros héroes sin reproducir una política de la muerte.

La revolución del siglo XXI debe ser también una política de la vida: vida digna, tiempo liberado, salud mental, cuidados, alegría colectiva, instituciones comunes, reapropiación del futuro. Recuperemos la fiera intransigencia frente a la injusticia, pero inscribiéndola en formas políticas capaces de actuar sobre el capitalismo actual, que ya no domina sólo por represión directa, sino a través de sus dispositivos como la deuda, los precios, las plataformas, el consumo, el miedo, la fragmentación, la información y la captura del deseo.

Santucho pertenece al final trágico del ciclo revolucionario fordista. Su figura obliga a pensar qué se obliteró con aquella derrota: no sólo una organización, sino una intensidad colectiva, una capacidad de imaginar otro mundo, una confianza en la acción común. Pero también obliga a pensar qué debe ser transformado. No podemos seguir pensando la revolución sólo con las categorías del valor, la clase, la fábrica, el partido y la toma del poder.

La dictadura derrotó a las organizaciones revolucionarias a fin de abrir el camino a un nuevo régimen de acumulación. La sanguinaria represión fue la condición de posibilidad de la valorización financiera, del endeudamiento y de la desarticulación obrera. Por eso, la memoria histórica y la crítica económica no pueden separarse. Santucho, así como el Che, deben ser homenajeados críticamente. Su enseñanza más actual no es la reproducción del ejército guerrillero, sino la exigencia de unir la ética, la acción, el internacionalismo y una relación viva con el pueblo real. Repetir su estrategia sería desconocer que el terreno histórico cambió. La fidelidad no consiste en copiar la forma de lucha, sino en actualizar la pregunta revolucionaria. De todos modos, la militancia armada no es la lepra, es un método de acción política para cuando los demás caminos están cerrados.

La política emancipatoria contemporánea debe desplazar el heroísmo sacrificial hacia una política de la vida. La entrega militante sigue siendo necesaria, pero no puede organizarse alrededor de la muerte como destino sublime, sino alrededor de la producción de futuro, de derechos comunitarios, de alegría, de autonomía y de capacidad colectiva. El campo de batalla actual es más amplio que el de 1976. Incluye la fábrica, el salario y el Estado, pero también la deuda, los precios, los algoritmos, los datos, las plataformas, la subjetividad, la salud mental, los cuidados, el conocimiento, el territorio, la moneda y la renta. Allí se juega hoy la captura del General Intellect por nosotros o por el enemigo, y allí debe operar una política del magma rojo. Santucho sigue importando, porque encarna una pregunta que el presente aún no resolvió: cómo convertir la indignación y la ira en organización, la injusticia en estrategia, la memoria en fuerza y la potencia popular en transformación real.

Fuente: https://pajarorojo.com.ar/santucho-el-precio-y-el-magma-rojo/

 

II

SOBRE LA VERGÜENZA, A PROPÓSITO DE “SANTUCHO, A 50 AÑOS” DE MIGUEL MAZZEO

17/07/2026 

 

Resistencias

Por Diego Sztulwark


“…y más de un paso siento marchar conmigo, pero si no tuviera, no importa, sé que hay muertos que alumbran los caminos”, Silvio Rodríguez, La vergüenza (1974).


En “Santucho, a 50 años” Miguel Mazzeo afirma con toda razón que la figura de Mario Roberto (Santucho) fue demonizada al máximo. Él y el “el fenómeno sociopolítico que encarnó”. Lo evoca precisamente como la sombra más “perturbadora” de la historia argentina. Perturbación provocada por una singular “rigurosidad” en el “seguimiento de una meta”, tanto como por su “confianza en alcanzarla”. Estos dos rasgos –rigor y confianza–, aplicados en los setentas a hacer una revolución, constituyen lo “enérgico” de su mandato. Sombra devenida fantasma, fantasma histórico espeso, que anda cargado de cosas para decir. Precisamente, de un “mandato”. Un mandato que se ha vuelto transgeneracional. Santucho aparece como el padre asesinado, el fantasma del padre de Hamlet. Las generaciones posteriores, las que saben o intuyen lo que pasó con él y sus compañerxs, se resisten a recibir ese mandato. Les/nos cuesta horrores asumirlo. Por eso se finge ignorancia (o desacuerdo). Como historiador, Mazzeo hace afirmaciones de lo más interesantes (por verdaderas tanto como por inesperadas): se le ha amputado –en verdad escribe: “negado”– a Santucho “el carácter eminentemente cívico y patriótico” de su práctica política, “orientada a transformar radicalmente un ordenamiento social neocolonial, jerárquico y clasista”. Miguel es corajudo al rescatar esta amputación. Y esa amputación se ha “intentado desdibujar su fuerte inserción en la historia argentina y universal”. No sólo se lo ha asesinado, “cazado”. No sólo se ha asesinado a sus compañerxs. No sólo se ha desaparecido su cuerpo y prohibido su nombre. Toda esa barbarie –aplicada a una generación militante– no fue sino el medio para aniquilar “la íntima afinidad que en este país suele haber entre subversión y patria”. Que esa aniquilación haya resultado exitosa es algo que no se termina de medir exclusivamente por los términos de la derrota militar de mediados de los años setenta. Sino más bien por la cómplice indiferencia de quienes, cincuenta años después, repiten con cara de nada el rezo desentendido que condena a toda violencia “venga de donde venga”. Como si no fuera obvio que la violencia que viene, viene desde hace décadas de un solo lado. Negar en Santucho y sus compañerxs una práctica política “cívica y patriótica”, es, en todo caso, una condición de posibilidad actual para impedir por todos los medios necesarios “la posibilidad de una amalgama verdaderamente popular (no estatal) de fuerza (material y moral) y justicia, la mixtura de poder y autoridad”.

Esa amalgama, escribe Mazzeo, encontró en la figura Santucho “el pico más alto del proceso de desmantelamiento de la legitimidad liberal”. No en términos restringidamente individuales, por supuesto. Sino en tanto que sujeto activo de una “genealogía, de un linaje” hecho de lengua quechua, de “hacheros santiagueños y cañeros tucumanos”, de “federalismo” y de pedagogías amerindias, así como de una disposición a “todos los mestizajes”. Genealogía ésta que es también la del “guevarismo” (reivindicado por el PRT-ERP), que “fue sumando otros actores destacados: el proletariado industrial, el estudiantado (o la “pequeña burguesía radicalizada”)”. Mazzeo no deja de señalar todo tipo de equivocaciones, desvíos y errores (de lectura política, histórica y de concepción de lo militar: “Hubo un momento en el que la guerra dejó ser servir a la política y la política intentó, de manera infructuosa y contraproducente, servir a la guerra”) cometidos Santucho y sus compañerxs, pero acierta al mostrar que ni uno solo de esos errores comprometió lo que juzga esencial en ellxs: la inquebrantable trinidad de “fe, pasión y voluntad”, articulables con la fuerza del mito revolucionario, sobre el que había escrito José Carlos Mariátegui y que, según relata la peruana Hilda Gadea, había ingresado en las lecturas del guevarismo aun antes del triunfo de la Revolución Cubana. Esa mítica trinidad ofrece el contraste más extremo con todo aquello de lo que hoy se carece. Miguel no calla una sola crítica a las acciones y formulaciones de aquellos años, pero tiene la extrañísima lucidez (hay que decirlo: en este terreno son muy pocas las observaciones “críticas” que no actúan con alguna variante, derechista o izquierdista, de la mala fe) de admitir sin ambages la “vergüenza” que le produce “decirlo ahora”, cuando todas las cuestiones que quisiera discutir (es decir: corregir, desechar, mejorar o recuperar) con respecto aquella generación militante se encuentran “al borde del abandono”. 

Este problema –el problema de la “crítica”– es uno de los más interesantes de los varios planteados por Miguel. Sobre todo por el modo –nietzscheano– en que dispone la crítica crítica como crítica del valor de las “críticas” habituales. La crítica de Miguel es la que se subleva contra la negación, contra la amputación, contra la mala fe y contra la ideología de esta época. Son cuatro las cuestiones que, según noto, se agrupan en ella. La primera de ellas: ¿a título de qué (de qué valor) una época que no planea revoluciones (y que por momentos parece casi no resistir entregas indecorosas) objeta y descarta a quienes se propusieron hacerlas? Cuestión especialmente relevante cuando ninguna de las grandes cuestiones que la revolución se proponía transformar fueron transformadas por otras vías. En segundo lugar: ¿qué valor tienen las “críticas” provenientes de un universo de sentido diseñado por los enemigos-vencedores cuya victoria es el principal organizador de todo lo que de indigno (indignidad política, económico-social, cultural) tiene este presente? En tercer lugar: ¿Cuál es el valor de una impugnación de tal o cual incorrección santuchista o guevarista cuando –incluso proviniendo de la izquierda– cuando dichas amonestaciones no ofrecen criterios procesan de prácticas políticas más eficaces, o más interesantes, o más capaces de señalar caminos alternativos convocantes y/o transformadores? Y finalmente, citando de nuevo a Mazzeo: ¿no es cierto –aquí aparece verdaderamente desnudada la disputa en torno a los valores– que “ningún catálogo de “errores”, “limitaciones” o “exageraciones”, podrá modificar lo que Santucho simbolizaba y simboliza”? Con esta formulación, Miguel nos lleva al corazón del asunto. Un asunto que se ha planteado también respecto del Che Guevara: cada uno de sus errores (errores que según John W. Cooke eran preferibles a los escasos y solo pretendidos “aciertos” de cierta izquierda) eran subtendidos por una búsqueda ella misma tan verdadera, que incluso en sus pifies  emanaban una fuerza decisiva. Se trata de una cuestión más actual de lo que parece, porque según el modo como se la resuelva se podrá o no pensar a fondo el asunto de la vergüenza que Miguel menciona. Quiero decir: si por un lado nos avergüenza criticar desde la ausencia de prácticas revolucionarias a quienes fueron sancionados al máximo por ser consecuentes con ellas, esa vergüenza –que nos informa de lo que el tiempo presente hace de nosotrxs– no debería confundirse con otra clase de vergüenza muy diferente (una vergüenza vía culpabilización), que los enemigos históricos nos imponen para obtener de nuestra parte un silencio insoportable. Y es que el total de lo que inequívocamente podemos señalar como errores del Che, de Santucho y de sus compañerxs, todos sumados y sin olvidar ninguno, no llegan a constituir –de ningún modo– un motivo de vergüenza, ni un obstáculo para sentir –incluso– un cierto orgullo (un orgullo trágico, herido y dolorido, pero orgullo al fin) por lo que sus acciones tuvieron de búsqueda de una sociedad más igualitaria. En nosotrxs (las generaciones a la que los fantasmas se les hacen presentes), el señalamiento del error adopta la forma –no sé si Miguel estaría de acuerdo en esto– del sentido antiedípico de la Carta de Kafka a su padre (el camino del hijx comienza allí donde el padre no pudo encontrar una salida).


Lo que Miguel quiere subrayar es, ante todo, que “Santucho no fue solo un hombre sino una época cuyos rasgos más salientes fueron la voluntad, la pasión y la autenticidad”. Y que esos rasgos son los que hicieron de su utopía “tal vez la utopía más realista de nuestra historia”. Y que “simbólicamente, la gran derrota popular argentina del siglo XX se consumó con la caída en combate (o con la cacería, si se prefiere)”. Porque la “figura de Santucho oficiaba como garantía en un plano fundamental: el poder será desafiado”. Lo que en su reverso supone afirmar que “con Santucho moría una época y un sujeto” en torno a los cuales se jugaba un “reconocimiento colectivo de la legitimidad de la violencia de las y los de abajo (una violencia que podía ser democrática y digna), mientras volvía a naturalizarse la violencia unidireccional: de arriba hacia abajo, es decir la violencia de las clases dominantes”. Moría entonces, dice Miguel, una posibilidad “transformadora”, ligada a la “potencia de unas masas organizadas, pero no disciplinadas, por ende: masas temibles”. Y moría también “un paradigma militante fundado en la coherencia, la entrega, el espíritu de sacrificio, la heroicidad” (muerte, esta última, que no hace sino facilitar el actual “paradigma del “militante” estatal, gestionario, blando”; ese “militante” cuyo terreno no es el de la lucha de clases, no es el de las disputas por las conciencias”, sino el del mero electoralismo. Digo “facilitar”, porque el contraste es tan lapidario que casi se puede decir que ese militante actual necesita de la muerte de aquel modelo, puesto que él no es lo que es sino como consecuencia directa de aquella muerte). 

Me pregunto por qué esta voz de Miguel (me) suena tan solitaria en este texto y cómo acompañarla. Intuyo que la posibilidad de sumar algo a lo suyo viene por el lado del fantasma. Ese tipo de extraña presencia (sobre la que hablamos los otros días en Osos de Grafton, con Eduardo Rinesi) que resulta, sin embargo, fundamental a la hora de señalar la radical imposibilidad de que todo presente tiene para ser plenamente contemporáneo consigo mismo. Estos fantasmas son presencias desquiciantes, que introducen susurros de otros tiempos en el nuestro y nos anotician sobre las injusticias pasadas. Son palabras que no podemos dejar de escuchar porque refiriéndose a injusticias sufridas por ellos en mundos ya idos, nos revelan las claves, los orígenes y las conexiones con las injusticias que dominan en éste. Pero al mimos tiempo no es tan fácil escucharlos: porque hablan la lengua de esos mundos ya idos. Y a nosotrxs nos toca escucharlos carentes de una lengua política capaz de prolongar aquellas luchas en circunstancias tan diferentes. Ya en un comentario reciente sobre Nuestra tierra, documental de Lucrecia Martel, Miguel había escrito algo a lo que me sumé en silencio apenas lo leí: decía algo así como que si algo intentó (sin demasiada fortuna) “nuestra generación” fue crear una suerte puente con la de los años setentas. Digo que quisiera sumarme a estas cosas que está escribiendo Miguel, preguntando qué hacer con eso que el puente quiera “rescatar”, cómo traducir esas voces que escuchamos, desde la vergüenza de no estar nunca a la altura (y por tanto rechazando la impostura revolucionarista, y otras formas de la ya mencionada mala fe), pero también y sobre todo rechazando una falsa vergüenza inoculada, que nos viene de afuera, y que no tiene que ver con ninguna falta cometida, ni que un supuesto tribunal de la historia o la moral pudiera demandarnos. Quiero decir que lo que (me) sugiere con tanta fuerza el texto de Miguel sobre Santucho, es una cierta clave para enaltecer un tipo de vergüenza kafkiana, como la que Jospef K siente cuando muere “como un perro” acuchillado: “era como si la vergüenza hubiera sobrevivido a su muerte”. Pero esa vergüenza no es vergüenza por nosotrxs mismos ni por ni por nuestros antecesores sino por el orden del mundo que se consolidó con su derrota.

Tags: Diego Sztulwark, Miguel Mazzeo

Fuente: https://www.revistaresistencias.com/2026/07/17/sobre-la-verguenza-a-proposito-de-santucho-a-50-anos-de-miguel-mazzeo/


lunes, 30 de enero de 2017

MATERIALES PARA LA HISTORIA POLÍTICA DEL TROTSKISMO: Por qué nos separamos de la IV Internacional




Mario Roberto Santucho
Por qué nos separamos de la IV Internacional
Agosto de 1973



Redactado: Agosto de 1973.
Publicación primera: En argentina, 1973.
Digitalización: Diego Burd, 2002.
Esta edición: Marxists Internet Archive, nov. de 2002.




En su reunión de julio, el Comité Ejecutivo del Partido Revolucionario de los Trabajadores votó, ad referéndum de nuestro VI Congreso la resolución de separarse de la IV Internacional.

Para la mejor comprensión por parte de los compañeros lectores sobre esta importante decisión, queremos reunir en esta nota los principales antecedentes de la misma.

El V Congreso de nuestra organización votó entre otras resoluciones, el mantenimiento de la adhesión a la IV Internacional, contra el cual se habían pronunciado varios Congresistas. Posteriormente, para una mejor comprensión del sentido de este voto, el Comité Central encargó al compañero Miguel que resumiera en una minuta los puntos de vista sostenidos por la mayoría en el debate del Congreso, incluyéndose la misma en el folleto de divulgación de sus resoluciones.

Tomamos de esa minuta algunos párrafos centrales: "Nuestro punto de vista es que desde la experiencia leninista de la Tercera Internacional, quedó más clara que nunca la necesidad de un Partido Revolucionario Internacional que centralizara mundialmente la lucha contra el capitalismo y el imperialismo, necesidad día a día más apremiante por las características de la época en que vivimos, con el capitalismo férreamente centralizado bajo la égida del imperialismo yanqui, la lucha revolucionaria desenvolviéndose en algunos teatros con contenido y forma internacional (sudeste asiático) y la notoria interinfluencia de los distintos procesos revolucionarios, anticapitalistas y antiimperialistas que se desarrollan en cada país, en cada región y en cada continente".

"El movimiento trotskysta es necesario aclararlo, agrupa a sectores heterogéneos. Desde aventureros contrarrevolucionarios que se sirven de su bandera prostituyéndola hasta consecuentes revolucionarios".

"...es necesario tener claro que, efectivamente, la IV Internacional tiene enormes limitaciones y una tradición escasamente reivindicable".

"Podemos resumirla diciendo que la histórica tarea de mantener vivo el internacionalismo leninista, de conservar y desarrollar la teoría y la práctica de la revolución permanente, hubo de ser asumida en las condiciones de predominio absoluto del stalinismo, por pequeños círculos de intelectuales revolucionarios cuya marginación real de la vanguardia proletaria y de las masas -pese a importantes esfuerzos por penetrar en ellas- impidió su proletarización y otorgó un carácter pequeño-burgués al movimiento trotskysta. Esta realidad determinó que la oposición de la IV Internacional al movimiento revolucionario mundial se limitara al nada despreciable de custodio de aspectos esenciales del marxismo-leninismo abandonados y pisoteados por el stalinismo, y lejos de jugar un rol práctico revolucionario de importancia, cayera en numerosas oportunidades en puntos de vista reformistas, ultraizquierdistas e incluso, sirviera de refugio a toda clase de aventureros contrarrevolucionarios, consecuencia y, a su vez, causa de la marginación de la que habláramos".

"Mas, el proceso de renovación y desarrollo a que nos referimos, que demuestra suma pujanza, implica necesariamente una transformación de la Internacional y de sus partidos en una dirección proletaria.

Implica un cambio radical en su composición social, el abandono progresivo de las características pequeño burguesas todavía dominantes, una participación plena y protagónica en distintas revoluciones nacionales. El futuro del movimiento trotskysta depende de la capacidad de la Internacional, de sus Partidos nacionales, para asimilar esta transformación, realizarla consciente y ordenadamente."[1]

Corresponde ahora analizar si la Internacional y sus partidos han sido capaces de asimilar y desarrollar esta transformación. Pero antes nos remitiremos brevemente a los antecedentes de la Internacional.
 
EL SURGIMIENTO DE LA IV INTERNACIONAL

Después de su expulsión de la Unión Soviética en 1929, León Trotsky comenzó a dar forma internacional a la oposición que venía desarrollando contra el stalinismo.

A esta tarea desarrollada por el gran luchador revolucionario, corresponde atribuirle el mérito de haber mantenido vivas las banderas leninistas del internacionalismo revolucionario y de la democracia proletaria, de haber desarrollado una crítica consecuente y generalmente acertada de los graves errores del stalinismo que contribuyeron a la frustración de la Revolución en Europa y de haber tratado tesoneramente de construir una nueva vanguardia proletaria. Pero también cabe señalar en ella un error capital; que contribuye decisivamente a la frustración de ese proyecto de desarrollar una nueva vanguardia revolucionaria a escala mundial.

León Trotsky, aferrado a las tradiciones revolucionarias del marxismo en Europa, no advirtió todo el profundo sentido de la definición de Lenin, acerca de que "la cadena imperialista se rompe por su eslabón más débil" y no sacó todas las consecuencias de su propia teoría de la Revolución Permanente. No comprendió, en suma, que el eje de la revolución mundial se había desplazado a los países coloniales y dependientes.

No comprendió que, mientras en Europa la Revolución se estancaba y retrocedía, en Asia, en cambio, continuaba en vigoroso ascenso, dirigida por partidos y hombres que, a pesar de militar formalmente en la III Internacional Stalinista, supieron mantener viva la teoría y la práctica del marxismo-leninismo, construir sólidas organizaciones proletarias de vanguardia, y ponerse a la cabeza de las masas oprimidas de sus países y conducirlas finalmente a la victoria sobre el capitalismo imperialista.

Sus discípulos chinos, por ejemplo, llamaron varias veces su atención sobre la correcta dirección de la guerra revolucionaria por Mao Tsé-Tung, apoyada sobre las masas campesinas oprimidas. Pero Trotsky lo esperaba todo de los obreros urbanos y desconfiaba de los ejércitos campesinos dirigidos por el Partido Comunista Chino.

En Vietnam, existió un partido trotskysta, relativamente fuerte y prestigiado entre las masas, que en 1936 concurrió a elecciones en Frente Único con el Partido Comunista Indochino. Sin embargo, poco después se produce la ruptura y los trotskystas vietnamitas llegaron a enfrentarse abiertamente con el Partido de Ho-Chi-Minh justamente cuando éste comienza a desarrollar la guerrilla.

Trotsky apenas prestó atención a estos importantes hechos, mientras dedicaba un tiempo desmedido a las pequeñas disputas y problemas de sus partidarios europeos, especialmente franceses.

"Los grupos minúsculos que no pueden ligarse a ningún movimiento de masas no tardan en ser presa de la frustración. No importa cuánta inteligencia y vigor puedan poseer, si no encuentran aplicación práctica para una y otra cosa están condenados a malgastar su fuerza en disputas escolásticas e intensas animosidades personales que desembocan en interminables escisiones y anatemas mutuos. Una cierta dosis de tales riñas entre sectas ha caracterizado, por supuesto, el progreso de todo movimiento revolucionario. Pero lo que distingue al movimiento vital de la secta árida es que el primero encuentra a tiempo, y la segunda no, la saludable transición de las disputas y las escisiones a la auténtica acción política de masas."

"Las disensiones similares a ésta, en las que prácticamente es imposible separar lo personal de lo político, vinieron a ser una dolencia crónica de la mayoría, si no de la totalidad de los grupos trotskystas; el ejemplo francés fue infeccioso porque, aparte de otras razones. París era ahora el centro del trotskysmo internacional. Las personalidades, por regla general, tenían tan poco peso, los motivos de disensión eran tan insignificantes y las disputas tan tediosas, que ni siquiera la participación de Trotsky les confieren suficiente importancia para que merezcan un lugar en su biografía".[2]

El principal biógrafo de Trotsky refleja así, con toda precisión, las características del trotskysmo en la época de su surgimiento y que constituiría en él un mal endémico. Lo que le falta precisar a Deutscher, aunque se desprende claramente de sus palabras, es la raíz de clase de estas características. Ellas constituyen una manifestación clarísima del individualismo pequeño-burgués, propio de los intelectuales revolucionarios no proletarizados por el desarrollo del partido. Por esta razón encontramos, como señala acertadamente Deutscher, tales características en los comienzos de codo movimiento revolucionario, cuando los intelectuales constituyen la mayoría o la totalidad de la militancia.

Pero cuando la vanguardia obrera penetra en sus filas, imprimiéndole su sello de clase, la organización y sus componentes no obreros se proletarizan y se produce la "saludable transición a la acción política de masas".

El trotskysmo no pudo concretar tal transición por las razones antes apuntadas. Mientras Trotsky concentraba sus esfuerzos en Europa y "tales fruslerías devoraban gran parte de su tiempo y de sus nervios", en China, en Vietnam, en Corea, las masas se batían firmemente contra el imperialismo, forjando en la guerra sus organizaciones proletarias. ¡Cuánto más útil hubiera sido allí el aporte de Trotsky, su invalorable experiencia, atesorada en años de militancia revolucionaria, templada en la Revolución de Octubre y la Guerra Civil!

Así, agobiado por el triple peso del retroceso de las masas en Europa, la persecución stalinista y sus propios errores, el trotskysmo siguió desarrollándose al margen de la práctica real de la lucha de clases.

Y en esas circunstancias surge, precisamente, la IV Internacional, fundada en 1938. Dejemos hablar otra vez a Deutscher:

"Durante todo el verano de 1938 Trotsky se mantuvo ocupado en la preparación del 'Proyecto del Programa' y de las resoluciones para el 'Congreso Constituyente' de la Internacional. En realidad éste fue sólo una pequeña conferencia de trotskistas celebrada en la casa de Alfred Rosiner en Perigny, una aldea cercana a París, el 3 de setiembre de 1938. Estuvieron presentes 21 delegados que decían representar a las organizaciones de 11 países."

"Naville rindió el 'informe sobre los progresos realizados' que debían justificar la decisión de los organizadores en el sentido de proclamar la fundación de la Cuarta Internacional. Sin proponérselo, sin embargo, Naville reveló que la Internacional era poco más que una ficción: ninguno de sus llamados Ejecutivos y Burós Internacionales había sido capaz de trabajar durante los últimos años. Las 'secciones' de la Internacional contaban con unas cuantas docenas o, a lo sumo, unos cuantos centenares de miembros cada una."[3]

Mientras vivió Trotsky, la IV logró mantener cierta unidad de acción. Después de su asesinato, el 20 de agosto de 1940, las disputas y escisiones se hicieron interminables y atomizaron a la organización.

No obstante, tras el XX Congreso del PC soviético, en el que el propio Khruschev denunció los crímenes de Stalin, el trotskysmo experimentó un cierto reflorecimiento.

En nuestro V Congreso decíamos: "El resurgimiento del trotskysmo a partir de la defenestración de Stalin en la URSS se ha polarizado en la IV Internacional a que pertenecemos, quedando al margen la casi totalidad de los grupos aventureros y contrarrevolucionarios que se reivindican trotskistas. Reconocidos por el propio Partido Comunista de la Unión Soviética los aspectos negativos de Stalin, ello constituyó una dramática confirmación de las raíces sanas y correctas del movimiento trotskysta y favoreció dos procesos simultáneos: a) la reunificación de la mayoría del movimiento trotskysta, entonces muy atomizado, debilitado y desprestigiado, concretada en el Congreso de Reunificación de la IV Internacional de 1963; b) La revitalización del trotskysmo por la doble vía de un nuevo y más amplio prestigio, que posibilitó el ingreso a sus filas de la juventud revolucionaria y del traslado del eje de lucha desde el enfrentamiento y denuncia del stalinismo (...) hacia la problemática revolucionaria contemporánea". (Minuta citada).

Las esperanzas que entonces poníamos en la proletarización y renovación del trotskysmo se han visto frustradas. Las manifestaciones más claras de esta frustración son tres: la composición de clase de la IV, la actividad fraccional desarrollada contra nuestro Partido y el sostenimiento de posiciones teóricas que se apartan del marxismo-leninismo.

PEQUEÑA-BURGUESÍA Y FRACCIONALISMO

La composición de clase de la IV se puede medir con facilidad por la composición y orientación política de sus dos partidos más numerosos: el Socialist Warker's Party (SWR Partido Socialista de los Trabajadores) norteamericano y la Liga Comunista de Francia (LCF).

El SWP es un partido que cuenta en sus filas con algunos miles de militantes de origen pequeño-burgués, intelectuales, profesionales y estudiantes. Su vinculación a la clase obrera es escasa o nula y su actividad principal se desarrolla en los círculos intelectuales y en los movimientos "marginales", como el movimiento de liberación femenina. Constituyen desde hace muchos años el ala derecha de la Internacional. Por otra parte, no deja de ser significativo en sí el hecho de que el Partido más fuerte de la Internacional se haya desarrollado en el país más reaccionario del mundo, mientras sus fuerzas son insignificantes en todos los países coloniales y dependientes.

La LCF es una organización de alrededor de 2.300 miembros, un 10 por ciento de ellos obreros, otro 20 por ciento empleados o profesionales y el 70 por ciento estudiantes. Su única intervención importante en la lucha de clases en Francia se registró en las movilizaciones de 1968.

Un sector de la dirección de este Partido es precisamente el que desarrolló contra nuestra organización un trabajo fraccional en 1971 y 1972. Sobre esta última cuestión no nos extenderemos aquí, puesto que ya hemos publicado un folleto informativo sobre el tema.

Baste señalar que éste culminó con la formación del grupo que actualmente trata de usurpar el nombre de nuestro Partido y del Ejército Revolucionario del Pueblo, añadiéndoles el aditamento "Fracción Roja".

Más importante es tratar aquí las profundas diferencias ideológicas que reflejan el carácter pequeño-burgués de la IV Internacional y constituyen el trasfondo de las actividades contra nuestro Partido, al mismo tiempo que marcan la imposibilidad de continuar trabajando por la construcción de una organización proletaria revolucionaria internacional en el marco de la Cuarta.

A) DEFINICIÓN IDEOLÓGICA

Para nosotros el socialismo científico, la teoría revolucionaria del proletariado, ha sido elaborada en lo fundamental por Marx y Engels. Lenin ha realizado a esta teoría aportes esenciales, especialmente la teoría científica del partido revolucionario, que justifican plenamente la designación del socialismo científico como marxismo-leninismo.

MaoTsé-Tung, Ho-Chi-Minh, Giap, Le Duan, KÍm-II-Sung, Fidel Castro y el Che Guevara han realizado grandes aportes al marxismo-leninismo, en el curso de su experiencia como dirigentes de la revolución en sus países, sobre todo en lo que hace a la teoría de la guerra revolucionaria y a la construcción del socialismo. León Trotsky, también ha hecho aporres valiosos, especialmente la teoría de la revolución permanente y la caracterización de la burocracia y del fascismo. Otros aportes menores podemos encontrar en Antonio Gramsci y otros y en todos los que con aciertos y errores han luchado y luchamos por el triunfo de la revolución socialista. Pero ninguno de estos aportes justifica ya el cambio de designación a la teoría científica de la clase obrera.

Esta no es una mera cuestión de nombres, sino que la IV Internacional, al sostener que el trotskysmo "es el leninismo de nuestro tiempo", desvaloriza los aportes de otros revolucionarios y maneja el pensamiento de Trotsky en bloque, negando sus errores. Carecen así de orientaciones correctas para una serie de cuestiones, especialmente aquellas relacionadas con la lucha armada.

B) CARACTERIZACIÓN DE LOS REVOLUCIONARIOS VIETNAMITAS Y CUBANOS

La IV niega el carácter de verdaderos y completos partidos marxista-leninistas a los compañeros vietnamitas y cubanos. Nuestros fraccionistas llegaron al extremo de caracterizarlos como "partidos de base amplia" al estilo del Partido Socialdemócrata Alemán (!), mientras ponían como modelo de construcción de partido en nuestro tiempo a la Liga Comunista de Francia. Esto es evidentemente desconocer el abecé del marxismo, que basa en la práctica toda caracterización. Y a nadie puede caber duda alguna sobre lo que vietnamitas y cubanos han hecho en el terreno de la práctica revolucionaria.

C) LUCHA DE CLASES EN EL PARTIDO

Este es un punto complejo e importante, en el que se entremezclan en un solo haz, los métodos de construcción de una organización verdaderamente proletaria, el centralismo democrático y los medios de conocimiento del Partido.

Empecemos por esto último. Un Partido revolucionario, para ser tal, debe conocer la realidad en la que se mueve. La fuente de ese conocimiento, como lo han enseñado reiteradamente Marx, Lenin y todos los revolucionarios, es la propia práctica, la actividad transformadora del mundo. O sea, en el caso de los revolucionarios, la actividad destinada a transformar las estructuras de la sociedad.

La práctica está, a su vez, orientada por la teoría, por el marxismo-leninismo, que no es otra cosa que la acumulación del conjunto de las experiencias prácticas de la Revolución y de los elementos de análisis científicos de la sociedad, que surgen del conjunto de la práctica social.

Pero, a su vez, la teoría, el marxismo-leninismo, no es un método abstracto, una herramienta que sirva para cualquier uso, al modo en que por ejemplo, se utilizan las notas musicales indistintamente para escribir un tango o una zamba.

La utilización correcta de la teoría depende del "punto de vista" con que se aplica. Sólo ubicándose en el punto de vista del proletariado la clase a que corresponde tal ideología y teoría científica de la revolución, se puede obtener el resultado correcto.

Ahora bien, en el curso de la actividad revolucionaria, ante una cuestión cualquiera, surgirán entre los compañeros opiniones diferentes. Esto es lógico y justo. Esas diferencias de opinión reflejan las diferentes experiencias de cada compañero. Es muy natural que frente a un determinado problema no opinen lo mismo un obrero tucumano que uno cordobés, un compañero que trabaja en una gran fábrica, que el que lo hace en un pequeño taller, el de un frigorífico que el de una planta química.

La confrontación de esas diferencias de opinión, a través de una discusión franca, amplia, sin trabas de ningún tipo, permitirá entonces capear la realidad en todos sus matices, arribar a una opinión común más justa, más correcta, más rica. Por eso se dice que el Partido es el "intelectual colectivo" de la Revolución. Este es el polo de la democracia en el centralismo democrático, el aspecto que permita la elaboración justa de la línea partidaria con el aporte de todos los compañeros.

Pero esto es a condición de que realmente "se quiera" llegar a una opinión común, que todos los que participan en la discusión lo hagan desde "el punto de vista proletario", atendiendo al interés superior de hacer avanzar a la Revolución.

Cuando la discusión "se empantana", cuando las diferencias se vuelven irreductibles y devienen en duros enfrentamientos de tipo personal, entonces esto quiere decir que alguna de las partes "no quiere" realmente llegar al acuerdo. Y si no quiere llegar al acuerdo, esto refleja un "interés social", un punto de vista "no proletario", que tiene su base material en intereses burocráticos o pequeño-burgueses, que son introducidos en la organización por sus elementos no proletarios o, excepcionalmente, por elementos obreros que se han desclasado. De esta manera esos elementos se transforman en correa de transmisión de las presiones de clases hostiles sobre la organización del proletariado, de esa manera la lucha de clases en el conjunto de la sociedad se refleja como lucha de clases en el seno del partido.

Cuando se llega a este punto, las contradicciones en el seno de la organización ya no pueden resolverse por la vía habitual, la discusión, la autocrítica y la crítica, sino que es necesario resolverlas mediante una enérgica liquidación de estas corrientes no proletarias: primero derrotándolas ideológica y políticamente, para así "curando el mal, tratar de salvar al enfermo", y en caso de persistir en sus posiciones antiobreras, expulsadas sin contemplaciones del seno de la organización como se extirpa un tumor para que no infecte a la mayoría sana del organismo.

No es siempre fácil detectar acertadamente y a tiempo, cuándo las diferencias de opinión se transforman en lucha de clases en el seno del Partido.

Es necesario orientarse permanentemente por la opinión de los obreros, consultar el mayor número de opiniones posible para tener una visión más amplia y justa de la realidad. Y la piedra de toque para diferenciar las corrientes de opinión sanas de las tendencias fraccionistas y antipartidarias es precisamente la práctica, el respeto del centralismo democrático en sus dos aspectos: amplia libertad de discusión en la elaboración, rigurosa disciplina centralizada en la acción.

Si ante un problema más complejo que otros una minoría no tiene argumentos suficientes para convencer de sus posiciones a la mayoría, y no está a su vez convencida de las posiciones de ésta, la actitud correcta es acatar la disciplina de la organización, continuar desarrollando la militancia tenazmente con la línea que en ese momento detenta la mayoría.

En la práctica, entonces, los compañeros de la minoría podrán comprobar la validez de las opiniones y si fuera acertada la opinión de la mayoría, rectificar la propia suya. Si, por el contrario, en la práctica se demostrara como justa la opinión de la minoría -lo que ha sucedido a veces en la historia de la revolución- será entonces en esa misma práctica, ejercida de una manera leal y respetuosa de la disciplina partidaria, cómo la minoría tendrá oportunidad de demostrar la corrección de sus posiciones y logrará oportunamente la rectificación de la línea.

Esto es posible, precisamente sobre la base, como hemos señalado, de un común punto de vista proletario, de la intención de todos, mayoría y minoría, de servir únicamente a los intereses de la revolución.

Cuando una de las partes tiene un interés social ajeno al interés de la clase obrera, cuando está situada en un punto de vista no obrero, sólo entonces cristalizan las diferencias en tendencias fraccionistas, se viola la disciplina y la legalidad partidaria y se debita la lucha de clases en la organización.

Hasta aquí, en apretada síntesis, la posición leninista sobre la lucha de clases en el seno del partido, que nuestra organización ha mantenido teórica y prácticamente de manera consecuente.

La IV Internacional, por el contrario, opina que esta posición es "burocrática", "stalinista", que se utiliza el rótulo "pequeño-burgués", para perseguir a los compañeros dentro del Partido. Reclaman, en consecuencia, la libertad de constituir permanentes tendencias diferenciadas en el seno de la organización, que discutirán sus distintas opiniones de manera permanente ante la "opinión pública" del Partido.

La piedra de toque para caracterizar estas corrientes no es ya para ellos la práctica misma de la organización, sino el debate permanente, la "continua discusión de ideas" con la única salvedad de un formal acatamiento de la minoría a la mayoría, llegando incluso a expresar públicamente las diferencias.

Consecuentemente, nuestros fraccionistas exigían como condición para ingresar al Partido, un elevado nivel teórico, a fin de poder participar en sus permanentes debates internos. Trababan así el ingreso de cuadros obreros, que, aunque conozcan perfectamente por su práctica sus intereses de clase y estén dispuestos a luchar por ellos, a causa de su explotación no pueden tener grandes conocimientos teóricos antes de ingresar al Partido y sólo en su seno pueden adquirirlos.

Esta posición no es marxista, no es materialista dialéctica, sino idealista y tiene una raíz de clase claramente pequeño-burguesa.

El intelectual pequeño-burgués, que no sufre en carne propia la explotación y se acerca a la revolución a partir de una posición humanista, moviéndose por ideas, tiene una fuerte tendencia a enamorarse de las ideas por las ideas mismas, a manejarlas de una manera abstracta en la discusión permanente.

Al obrero, en cambio, que experimenta día a día la explotación, le interesan la discusión y las ideas pero de una manera concreta, como forma de mejorar su práctica para acabar más pronta y eficazmente con la explotación de su clase y de toda la humanidad.

D) ELABORACIÓN TEÓRICA

Para nosotros, como para todo marxista serio, la teoría, en cualquier terreno, sólo puede surgir de la práctica. Ya Marx señalaba, en sus "Tesis sobre Feuerbach": "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo." (Tesis XI. Publicadas como apéndice en el libro de Engels Ludwig Fewerbach y el fin de la filosofía clásica alemana). La teoría revolucionaria, en consecuencia, sólo puede surgir de la práctica revolucionaria y su elaboración sólo se puede realizar en el Partido revolucionario.

La IV Internacional, por el contrario enfatiza el aspecto del análisis, sosteniendo que se puede conocer y elaborar teoría al margen de la práctica y que esa es precisamente la función de una dirección revolucionaria internacional.

Por cierto que nosotros también sostenemos como un deber de internacionalismo revolucionario conocer, opinar e "intervenir" en las revoluciones de otros países, intercambiando experiencias y apoyo moral y material, coordinando la lucha contra el enemigo común. Pero esto sólo puede hacerse sobre la práctica de la revolución en el otro país.

O sea que, mal podemos opinar nosotros sobre el Congo, por ejemplo, si no existe un Partido hermano congolés en cuya práctica podamos basarnos para conocer y opinar.

CONCLUSIÓN

Como vemos, todas las importantes diferencias apuntadas hacen a aspectos capitales de la lucha revolucionaria. Por otra parte, todas ellas están íntimamente relacionadas y tienen una única raíz de clase: el carácter pequeño burgués de la IV Internacional, su negativa a proletarizarse. Teniendo en cuenta esto y todos los demás aspectos que hemos resumido aquí, nuestro Partido ha tomado la resolución que mencionamos al comienzo de esta nota.

Esta ruptura no debilita sino que fortalece nuestra inquebrantable decisión de luchar por la construcción de una nueva Internacional revolucionaria, aportando a esa tarea todo lo que esté dentro de nuestras modestas fuerzas.
 

NOTAS
1- Destacado por El Combatiente.
2- Isaac Deutscher, El Profeta Desterrado, pp. 65-66.
3- Isaac Deutscher, obra citada, pp 379-380. El autor ha tomado los datos de "Los Archivos", de Trotsky