miércoles, 23 de septiembre de 2026

CÓMO HACER FRENTE A LA PEOR DE LAS POSIBILIDADES: EL FASCISMO

 


La multitud anima a Adolf Hitler durante el congreso nazi en Nuremberg (Alemania), en 1938. 

Edwy Plenel

18/09/2026

Nos faltaba vigilancia. Sin embargo, estábamos advertidos. Y desde hace mucho tiempo. “El vientre de donde surgió la bestia inmunda sigue siendo fértil”: así se tradujo durante mucho tiempo el último verso de La Ascensión Resistible de Arturo Ui, obra de teatro escrita en 1941 en su exilio finlandés por Bertolt Brecht (1898-1956). Para describir la mecánica del advenimiento del nazismo, el dramaturgo alemán transforma a Adolf Hitler en un gángster de Chicago, un jefe mafioso tan grotesco como despiadado. “El Arturo Ui”, resumió, “es una parábola, diseñada con el objetivo de destruir el respeto habitual y peligroso frente a los grandes asesinos". 

La elección de Brecht de un escenario norteamericano no es inocente. El 31 de octubre de 1936, en un discurso pronunciado unos días antes de su reelección, el presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) había atacado a los “viejos enemigos de la paz” que son “el monopolio industrial y financiero, la especulación, la banca agusanada”, antes de continuar así: “Habían comenzado a considerar al gobierno de los Estados Unidos como un simple apéndice de sus asuntos privados. Ahora sabemos que es tan peligroso ser gobernado por el dinero organizado como por el crimen organizado". 

Así que aquí está el vientre fértil, cuya evocación subraya nuestra actual mafiosificación del mundo: este capitalismo criminal, fuera de la ley, que, para sobrevivir, está dispuesto a tirar a las ortigas los harapos de las democracias debilitadas y en declive. Pero, ampliamente popularizada, hasta el punto de convertirse en una expresión común, esta conocida traducción es algo infiel.

No hay ninguna “bestia inmunda” en el texto original de Brecht. ¡Porque esta tierra pútrida sigue siendo fértil! », ofrece la más reciente de las traducciones francesas, que la hace desaparecer. “El vientre sigue siendo fértil de donde sale”, sugirió la traducción que la precedió, en la misma editorial.

Con su “eso”, pronombre indefinido, esta variante se une al corazón del propósito de Brecht: este mal político radical no nos es desconocido, no es ni extraño ni externo. Además, lo sabes muy bien, dice al público en el subtítulo de su obra: “Este gran atraco que conoces bien". 

De la génesis del desastre

En resumen, la llegada al poder de fuerzas autoritarias que pisotean los derechos, amordazan las libertades, discriminan a las minorías y despiden al ideal democrático, en definitiva, de esos enemigos de la igualdad a los que llamamos “extrema derecha” y cuyas vestimentas mundiales son infinitamente variadas, nunca es una fatalidad.

Lejos de ser una catástrofe impredecible, inimaginable e impensable, es el producto de un proceso durante el cual, mucho antes de que ocurriera, las indiferencias y la ceguera, las renuncias y los compromisos, los abandonos y las capitulaciones, la acompañaron y facilitaron. Este es el significado de ese “resistible” del título de Arturo Ui, adjetivo al que Brecht renunciará en la versión del texto posterior a la Segunda Guerra Mundial, ya que el ascenso había resultado, por desgracia, irresistible.

“Que las cosas sigan como antes, aquí está la catástrofe”, desliza en su Libro de Pasajes Walter Benjamin (1892-1940), ese otro antifascista alemán. Producto tanto de lucidez como de desesperación, su suicidio en Portbou, España, el 26 de septiembre de 1940, puso fin trágicamente a su huida de la Europa nazificada que le permitiría encontrar, en los Estados Unidos, a su amigo exiliado Theodor W. Adorno (1903-1969) con quien no había dejado de escribirse.

Es de este “como antes”, de esta génesis del desastre, de los hábitos y de las adaptaciones que hacen el juego y la cama a la catástrofe, de lo que nos habla Le Nouvel Extremisme de droite, texto profético de Adorno, de una conferencia pronunciada en 1967 en Viena, Austria, ahora reeditado por la colección de bolsillo “Champs” de las ediciones Flammarion, en una traducción de Olivier Mannoni.

“Las condiciones sociales del fascismo siguen existiendo”, afirma desde el principio esta figura de la escuela de Frankfurt. Dos décadas después del colapso del régimen nazi, Adorno se propone desarrollar “la idea de que las condiciones de existencia de los movimientos fascistas siguen estando presentes a nivel social, si no a nivel político inmediato”.

Leer este texto hoy, casi sesenta años después, es tomar la medida de la larga somnolencia que precedió a la evidencia que, ahora, nos alarma y nos abruma: esta posibilidad de lo peor de la que el estadounidense Donald Trump, el ruso Vladimir Putin, el israelí Benyamin Netanyahu, el argentino Javier Milei y muchos otros son las encarnaciones.

Nos tranquilizamos demasiado bien. A medida que las generaciones siguientes se dieron cuenta de ello, la inconmensurabilidad de los crímenes nazis, en primer lugar el genocidio de los judíos de Europa, se hizo una pantalla, adormilando nuestra vigilancia. Ante la monstruosidad de la Shoah, el “nunca más” se ha convertido en un “nada se parece, nada se parecerá a eso”, lo que lleva a una lectura de la catástrofe por el final, en el olvido, incluso la ignorancia de lo ordinario que la había hecho acontecer.

Así desvitalizadas, como si hubieran sido vaciadas de sus mecanismos internos, las palabras “fascismo” y “nazismo” se han convertido en obstáculos a la lucidez. Se les conjura oficialmente para que nos cieguen mejor sobre sus renacimientos. Descarnadas de la época que las contextualiza y las documenta, han acabado perteneciendo a un pasado congelado cuyas conmemoraciones son tan distantes, que las encierran en los escaparates de una “historia antigua”, para retomar la fórmula de Nietzsche en sus Consideraciones obsoletas.

Un requisito de similitud sirvió de coartada a la ceguera: si no es del todo lo mismo, si no hay bandas armadas como las secciones de asalto del partido nacionalsocialista, esvásticas y saludos nazis, es porque no hay riesgo de reincidencia.

Y es así, con la certeza de haber conjurado el peligro epidémico de una nueva peste parda, que nuestros gobernantes y nuestros medios de comunicación, en las últimas décadas, se han adaptado a palabras y hechos, ideologías y políticas -especialmente sobre inmigración y seguridad-, facilitando el camino a los nuevos fascismos de este siglo XXI cuyo progreso parece, de nuevo, irresistible.

Rastrear las señales de un regreso a lo peor

El fascismo siempre puede volver, en nuevas formas pero con las mismas constantes. Porque su surgimiento no es ajeno a la incompletitud de las democracias. Porque no es una agresión externa, sino una descomposición interior. Esto es lo que Theodor W. Adorno no dejó de martillar hasta su último aliento: murió en 1969, dos años después de la Conferencia de Viena.

La generación de supervivientes a la que pertenecía seguía obsesionada por el colapso alemán que había presenciado y que no había podido evitar. ¿Cómo pudo surgir la barbarie en el corazón de la civilización? ¿Por qué ningún dique se había mantenido, hasta permitir el crimen contra la humanidad? ¿Qué resortes psicológicos han podido facilitar la perdición del hombre en este odio absoluto al Otro -el judío en este caso-, que es la negación de su propia humanidad?

Estas preguntas, lejos de despedir el pasado, lo transforman en vigilancia del presente. Por lo tanto, para Adorno y sus semejantes, era obvio que había que rastrear las señales, incluso las más débiles, de un regreso de lo peor. Y rastrearlos en profundidad, mucho más allá de las apariencias.

Es por eso que se burla aquí de esta “consolación burguesa de orden quietista” que se tranquiliza por la denuncia de las provocaciones de grupos neonazis, sin ver que el mal está más enterrado, anclado en la imperfección de una “democracia que en ninguna parte se ha materializado real y completamente”, una democracia “que sigue siendo formal”, “no, hasta la fecha, totalmente a la altura de la idea que tiene de sí misma”.

“No quiero abordar el tema de las organizaciones neonazis”, dijo en otra famosa conferencia, de 1959, recogida en Modelos críticos. Considero que la supervivencia del nacionalsocialismo dentro de la democracia es potencialmente más amenazante que la supervivencia de las tendencias fascistas contra la democracia. Bajo el título "¿Qué significa: repensar el pasado?", Adorno amartilla, a la atención de un público alemán, su convicción de que "queremos liberarnos del pasado erróneamente porque el pasado del que queremos escapar sigue estando muy vivo".

Seguirán otras tres conferencias que, todas, desarrollan este cuestionamiento: en 1960, en torno al “deseo autoritario”, como continuación de una investigación publicada en 1950 en los Estados Unidos sobre “la personalidad autoritaria”; en 1962, bajo la forma de un llamamiento “para combatir el antisemitismo hoy”; y esta, de 1967, buscando identificar “el nuevo extremismo de derecha”.

Forman un tríptico coherente, como señala la filósofa Marie-Andrée Ricard, traductora de la primera de ellas: “A los ojos de Adorno, la personalidad autoritaria, el extremismo de derecha y la ideología nacionalista, especialmente la antisemita, son las tres caras principales de una misma plaga que se llama fascismo, o que tiende al menos hacia este orden antidemocrático y, por lo tanto, también potencialmente totalitario". 

Antes de estas conferencias con fines pedagógicos y en el punto de partida de las reflexiones que las inspiran, hay una obra fundacional, coescrita con Max Horkheimer (1895-1973) durante la guerra, La Dialectica de la razón. Fechada en mayo de 1944, su introducción la presenta como un "intento de comprender por qué la humanidad, en lugar de comprometerse en condiciones verdaderamente humanas, se hundía en una nueva forma de barbarie".

En contra de las filosofías del progreso, cuyo tiempo lineal no integra las bifurcaciones regresivas, Horkheimer y Adorno cuestionan la autodestrucción de la Ilustración, este colapso de la justicia y el derecho donde las democracias pueden dañarse.

La primera de las “Notas y bocetos” colocadas en el anexo de este libro pone de relieve la motivación íntima de los dos autores: una ira nunca apagada contra todos estos hermosos espíritus, llenos de certezas e instalados en su comodidad, material o ideológica, que no quisieron ver o, peor aún, que no temieron el ascenso del nazismo.

Se titula “Contra los que tienen respuesta a todo”, y comienza así: “La época hitleriana nos enseñó, entre otras cosas, que es estúpido ser demasiado inteligente. ¡Cuántos argumentos bien fundados no han presentado los judíos para demostrar que Hitler tenía pocas posibilidades de tomar el poder en un momento en que su ascenso ya era tan obvio! Recuerdo una conversación en la que un economista afirmaba que era imposible poner a toda Alemania en uniforme, argumentando que los intereses de los cerveceros bávaros se opondrían a ello. Entonces, otras personas bien informadas afirmaron que el fascismo era imposible en Occidente. Sin embargo, con su estupidez, estos espíritus malignos han facilitado la tarea a los bárbaros". 

Comprender lo que nos ha pasado, para resistir mejor

A menos de un año de una elección presidencial francesa que, en 2027, podría ofrecer el poder a la extrema derecha, ¿cómo no leer estas líneas sin pensar en nuestros espíritus malignos contemporáneos que, desde los primeros avances electorales del Frente Nacional en 1983-1984, no han dejado de relativizar el peligro?

Cuatro décadas durante las cuales, bajo presidencias de izquierda y derecha, este riesgo fue sucesivamente minimizado, instrumentalizado, valorado, trivializado, enmarcado, frecuentado, ennoblecido... Y después de tres elecciones presidenciales en las que la extrema derecha pasó a la segunda vuelta (en 2002, 2017 y 2022), tiene el viento a favor, y está más que nunca en una posición de fuerza galvanizada por un contexto internacional favorable a los nuevos fascismos.

Pero nada es inevitable: la historia nunca se escribe de antemano y lo improbable puede frustrar los escenarios más establecidos. Por lo tanto, es importante comprender lo que nos ha sucedido colectivamente, para resistir mejor, hacer frente y suplir con inteligencia nuestras carencias y debilidades. Esta es la finalidad de este ensayo de Theodor W. Adorno, cuyos diagnósticos son también profecías.

En primer lugar, plantea desde el principio, está el capitalismo, su “tendencia siempre dominante a la concentración del capital”, su carrera infinita hacia la codicia y la depredación, este “ilimitismo” que siempre ha sido su marca, en un deseo de explotación sin frenos ni límites de la vida, tanto de los hombres como de la naturaleza, y este reinado absoluto de la mercancía que reifica y deshumaniza.

En 1967, cuando el pleno empleo aún reinaba, la revolución digital apenas tartamudeaba y la inteligencia artificial pertenecía a la ciencia ficción, Adorno ya ve acechar “el espectro del desempleo tecnológico” y llegar ese momento en el que “incluso las personas integradas en el proceso de producción ya se sienten potencialmente superfluas”, en otras palabras, este tiempo de degradación en el que “se consideran en realidad como posibles desempleados”.

Cuando llega a su punto de ruptura, convertido en capitalismo del desastre, ya que su insaciabilidad lleva a la humanidad a un callejón sin salida, el capital se encuentra con esta cualidad particular del fascismo de ser, según Adorno, “una práctica sin concepto”. Con esto quiere decir ser una máquina de poder, un “poder incondicional”, hábil para captar a las masas unificándolas en torno a un “léxico del miedo” y una “llamada a la personalidad autoritaria”. La nueva extrema derecha, tal y como la entiende Adorno, no necesita una “teoría realmente constituida”, solo le importa su adaptabilidad a un único objetivo: la conquista, cueste lo que cueste, sin fe ni ley, del poder.

Mucho antes de que los discursos de extrema derecha ganaran hegemonía en la batalla cultural, Adorno predijo que este sería “el ámbito en el que pueden intentar, y lo intentarán con seguridad, e intentarán aún más desencadenarse”.

Considerando la propaganda “como el centro, como la cosa misma” del fascismo, anticipó esta dictadura de las opiniones que, hoy en día, sofoca lentamente la democracia de la información, deslegitimando las verdades de hecho en favor de las mentiras que son las supuestas verdades alternativas - de creencia, convicción, identidad, comunidad, prejuicio, etc.

Mejor aún, Adorno anticipa el advenimiento -o más bien el regreso, porque ya era una característica de la modernidad reaccionaria de la década de 1930, documentada por el historiador Jeffrey Herf- de este tecnofascismo del que los oligarcas de la Silicon Valley californiana son hoy los promotores y Elon Musk la figura emblemática.

Evoca aquí esta “curiosa unidad de sistema de demencia y perfección tecnológica” que desplegó el nazismo y, en otro lugar, subraya cómo el fetichismo de la técnica es uno de los rasgos distintivos de la “personalidad autoritaria”, que la considera como un fin en sí misma, donde el objetivo buscado justifica todos los medios, sin ningún límite moral, sin ningún impedimento ético.

“La cuestión es saber quién manda, eso es todo”: esta réplica de Humpty Dumpty a Alice en Al otro lado del espejo (1871), la obra de Lewis Carroll, podría resumir el vínculo que Adorno establece entre la psicología social -la “personalidad autoritaria”- y la dinámica política -el golpe de fuerza transgresor- en la génesis ininterrumpida de la extrema derecha.

“Es soberano quién decide la situación excepcional”, se hace eco de Carl Schmitt (1888-1985), ese jurista alemán unido al nazismo que teorizó el estado de excepción en el que se impone una voluntad sin obstáculos mediante la designación de un enemigo vital. Una estrategia resumida abruptamente por el estadounidense Curtis Yarvin en una entrevista con Le Grand Continent: “Cuando actúas con una autoridad desinhibida, las cosas se arreglan rápidamente”, confiesa este vaquero de la “Ilustración oscura”  trumpista, conocido por sus comentarios racistas, esclavistas y eugenistas.

La democracia es el arte y la exigencia de los límites

Por el contrario, la democracia es el arte y la exigencia de los límites y la precaución. Estado de derecho, separación de poderes, derecho internacional, igualdad de derechos sin distinción de nacimiento, apariencia, creencia: estos principios, tan blandidos como maltratados hoy en día, no dicen otra cosa que la necesidad de obstaculizar los poderes, impedir sus abusos, proteger a los individuos, autonomía de la sociedad, respeto de las oposiciones.

Para derrocarlos, los fascismos siempre encontrarán nuevos chivos expiatorios para arruinar el ideal que fundamenta este ideal democrático, a saber, la proclamación, desde el siglo XVIII, de la igualdad natural, motor de todas las emancipaciones. Caza al inmigrante, al extranjero, al diferente, a las minorías, en todas las latitudes ya que el origen no protege de nada.

“No hay hábito particular para este monje”, subraya el historiador estadounidense Robert O. Paxton en Le Fascisme en action (Seuil, 2004), libro escrito bajo el impacto de la guerra contra el terrorismo que, tras el atentado del 11 de septiembre, abrió el camino para el renacimiento del fascismo estadounidense, del que la presidencia de Trump es la culminación.

Al unirse a la alarma visionaria de Theodor W. Adorno, Paxton subraya las “pasiones movilizadoras” de las acciones fascistas cuya imaginación desafía a las fuerzas democráticas. Podemos definir el fascismo, escribe, como una forma de comportamiento marcado por una preocupación obsesiva por el declive de la sociedad, por su humillación y victimización, por los cultos compensatorios de la unidad, la energía y la pureza. »

Anticipando el devastador advenimiento del trumpismo, Paxton recomendó no limitarse a buscar “réplicas exactas” para descubrir los signos de advertencia de un nuevo ciclo fascista. Por su parte, los discernía “en situaciones de parálisis política durante una crisis, en la actitud de los conservadores en busca de aliados más enérgicos y dispuestos a renunciar a los procedimientos legales y al respeto de la ley para obtener un apoyo masivo a través de la demagogia nacionalista y racista”. “Los fascistas”, resumió, “están cerca del poder cuando los conservadores comienzan a tomar prestados sus métodos". 

Estamos ahí. Solo una pasión movilizadora contraria podrá hacer retroceder esta sombra ganadora. Es la conclusión de Adorno la que llama a desplegar “la fuerza decisiva de la razón”, es decir, reagruparse lo más ampliamente posible en la defensa de lo esencial. Pero sin ilusiones ni demagogías, subraya, es decir, “apelando a la verdad realmente no ideológica”.

Frente a la extrema derecha, nos dice Adorno, no basta con creer que pensamos políticamente lo correcto. También es necesario hacer converger y esforzarse por federar todas las buenas voluntades que toman conciencia del riesgo incurrido, más allá de los matices y divergencias que las atraviesan u oponen.

“La forma en que evolucionarán las cosas, y la responsabilidad de su evolución, depende de nosotros en última instancia”, concluye Adorno. Una conclusión que vuelve a la caída de Arturo Ui:

“Pero tú, levanta la vista, deja de cotorrear
Aprende a ver y, por fin, actúa".

Somos nosotros y nosotras los que tenemos que actuar juntos, con la certeza de la posibilidad de lo peor.

 

Edwy Plenel

Antiguo director de "Rouge", es fundador y director de Mediapart, Francia. Este texto es el prefacio de la edición francesa de bolsillo de "El nuevo extremismo de derechas" de Theodor W. Adorno.

Fuente:

https://www.mediapart.fr/journal/culture-et-idees/080926/presidentielle-2027-affronter-la-possibilite-du-pire

https://www.sinpermiso.info/textos/como-hacer-frente-a-la-peor-de-las-posibilidades-el-fascismo

 

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