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viernes, 11 de julio de 2025

SOCIALISMO CHINO: ¿QUIÉN HA DICHO QUE UNA PLUMA NO PUEDE VOLAR HASTA EL CIELO?

 



10 de julio de 2025

China muestra avances prometedores en la construcción del socialismo, pese a los desafíos y contradicciones que enfrenta.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

En 1957, Mao Zedong supervisó la publicación de El auge socialista en el campo chino, una colección de artículos reunidos en tres volúmenes por el Partido Comunista de China para la educación política del campesinado. Al año siguiente, se publicaron versiones abreviadas y ediciones regionales con una selección de estos textos. Una de estas ediciones incluía un informe de la Oficina del Movimiento Cooperativo del Comité Regional del Partido Comunista de Anyang, acompañado por una introducción de Mao. Este texto, titulado ¿Quién ha dicho que una pluma no puede volar hasta el cielo?, da el nombre a este boletín.

La tarea de la pluma es la tarea del socialismo: lograr lo que muchxs consideran imposible. Según escribió Mao, el campesinado de Anyang se enfrentaba a una disyuntiva entre el capitalismo y el socialismo, aunque cualquier intento de construcción socialista inevitablemente llevaría las marcas del sistema capitalista, pues surge de formas sociales de producción ya existentes. “Lxs pobres se están librando de su antiguo estado.”, escribió Mao. “El viejo sistema se halla moribundo y otro nuevo nace ahora. En efecto, las plumas pueden volar hasta el cielo”.

Aun así, Mao se mantenía cauteloso. En el prefacio de otro artículo, insiste en tomar el camino de la cooperación (20 de septiembre de 1955), escribió:

El socialismo, este fenómeno nuevo, sólo puede nacer en medio de una seria lucha contra lo viejo. En un período determinado, un sector de personas de la sociedad muestra gran obstinación por seguir su viejo camino. Pero, en otro, ellas mismas pueden cambiar de actitud y dar su aprobación a lo nuevo.

Desde que las fuerzas socialistas se propusieron construir una sociedad libre de las consecuencias devastadoras del capitalismo, han debido enfrentar el desafío de superar las relaciones sociales preexistentes. Los mecanismos de asignación de recursos en el sistema capitalista, como el “incentivo al lucro”, generan condiciones para el control privado de los procesos sociales, lo que a su vez produce enormes niveles de despilfarro y desigualdad. Cuando lxs socialistas imaginaron una sociedad sin la mercantilización del trabajo –uno de los rasgos fundamentales del capitalismo–, muchas veces terminaron replicando el sistema salarial mediante experimentos como los bonos laborales basados en el tiempo trabajado. La transición hacia una forma de trabajo no mercantilizada no podía ser abrupta ni sencilla, sino un proceso prolongado de lucha para desmercantilizar esferas clave de la vida social (como la salud, la educación o el transporte) y crear mecanismos que permitieran a las personas acceder a bienes de uso personal sin depender de un salario.

Cuando las fuerzas socialistas accedieron al poder estatal, como en la Unión Soviética tras 1917 o en China a partir de 1949, afrontaron la necesidad de construir formas elementales de socialismo, al tiempo que enfrentaban una serie de dilemas persistentes:

Sistemas limitados para la gestión de información. Las economías socialistas eran vastas y complejas, pero no contaban con mecanismos adecuados para recopilar y procesar toda la información necesaria para planificar de manera efectiva una economía dinámica, desafío que persiste incluso hoy en día, a pesar del desarrollo de tecnologías informáticas avanzadas.

Incertidumbre estructural en la toma de decisiones. Las autoridades encargadas de la planificación debían tomar decisiones presupuestarias y de inversión en contextos de incertidumbre, fundamentalmente porque los rápidos avances en ciencia y tecnología ponían en riesgo que inversiones clave quedasen obsoletas en muy poco tiempo.

Tensión entre la planificación a largo plazo y la demanda inmediata. Los planes centrales muchas veces entraban en conflicto con los cambios en los gustos de lxs consumidorxs, lo que dificultaba alinear las inversiones de largo plazo con las necesidades y deseos inmediatos de la población.

Objetivos políticos en disputa. Las metas económicas no siempre estaban unificadas políticamente, y las visiones contradictorias que convivían dentro de distintos planes solían derivar en formas agudas de burocratización.

No existe una fórmula para resolver estos ni otros problemas que enfrentan los proyectos socialistas una vez que acceden al poder estatal. Deben abordarse de manera experimental o, como dice un conocido refrán chino, “cruzando el río tanteando las piedras” (摸着石头过河). Por eso resulta muy apropiado que la edición de junio de 2025 de Wenhua Zongheng, publicada por el Instituto Tricontinental de Investigación Social y dedicada a los Experimentos chinos en la modernización socialista, comience con un ensayo del escritor chino Li Tuo titulado La naturaleza experimental del socialismo y la complejidad de la reforma y apertura en China. Uno de los aportes clave del fascinante ensayo de Li Tuo, que recorre desde la Comuna de París hasta la reforma y apertura en China, es que las revoluciones socialistas, particularmente en países anteriormente colonizados o con bajo nivel de desarrollo económico, no pueden avanzar directamente hacia un “socialismo completo”, sino que, citando a Lenin, deben pasar por “una serie de intentos concretos, imperfectos y variados de crear uno u otro Estado socialista”.

Me gusta el énfasis en “uno u otro Estado socialista”. No hay un modelo único, pero sí ejemplos que deben ser estudiados y procesos históricos que deben ser asimilados con atención. Eso es precisamente lo que hace Li Tuo en su ensayo, que concluye maravillándose ante la creación del sistema ferroviario de alta velocidad en China.

El ensayo que sigue en esta edición de Wenhua Zongheng, escrito por Meng Jie y Zhang Zibin,  titulado Política industrial con características chinas: La economía política de las instituciones intermediarias chinas, examina la modernización socialista de China con el rigor que exige: no solo con asombro, sino a través del estudio minucioso. Cada vez que escucho una conferencia de Meng Jie o leo su trabajo sobre la economía de mercado en China, me impresiona profundamente su insistencia en construir teoría a partir de investigaciones activas en las propias fábricas que producen los bienes de la China contemporánea. El ensayo de Meng Jie y Zhang Zibin no es distinto: se basa en trabajo de campo realizado en diversas fábricas vinculadas a la cadena de suministro del tren de alta velocidad.

Lxs autores muestran que el sistema de producción del tren de alta velocidad se construyó dentro del sector de propiedad estatal, pero se concibió bajo un enfoque de “mercado constructivo”, donde la “competencia dentro del gobierno” operó como motor de la innovación. En otras palabras, el Estado chino construyó un mercado que no solo incorporaba al sector privado orientado por el lucro, sino también a un sector público orientado al producto, cuyas instituciones competían por alcanzar objetivos nacionales de desarrollo. El financiamiento de este sistema provino de instituciones financieras estatales, que dirigieron la acumulación de capital hacia el uso social y no únicamente hacia la obtención de ganancias. Como escriben Meng Jie y Zhang Zibin: “El objetivo primordial del capital estatal es implementar los objetivos de la producción socialista y cumplir las tareas fijadas por los planes y estrategias nacionales de desarrollo”. Este ensayo forma parte de un esfuerzo más amplio de Meng Jie y su equipo por comprender el sistema de relaciones de producción e innovación que China ha desarrollado. Un ámbito de investigación clave ahora que el país ingresa a la era de las “nuevas fuerzas productivas de calidad”, un concepto central en la política de desarrollo china contemporánea.

Uno de los elementos centrales de esta nueva edición de Wenhua Zongheng es mostrar que la lucha de clases continúa durante el período de construcción del socialismo. Esto implica que, a lo largo del camino, son necesarios diversos experimentos para ver qué funciona y qué no —tanto para desarrollar las fuerzas productivas como para establecer relaciones sociales más equitativas. En este proceso ha persistido una lucha ideológica dentro de China, ya que lxs capitalistas buscan formas de reproducirse.

Sin embargo, bajo el sistema socialista chino, a lxs capitalistas no se les permite organizarse como clase con poder político a través de la propiedad de medios de comunicación, sistemas financieros, partidos políticos u otras instituciones. No pueden enviar libremente sus ganancias al extranjero ni invertirlas donde quieran. Existen varios diques estratégicos —entre ellos, controles de capital— que regulan el flujo de capital e impiden que lxs capitalistas en China se conviertan en una oligarquía que se niegue a invertir en su propio país (un problema común en muchos países del Norte y del Sur Global, donde las oligarquías pueden trasladar su capital a voluntad o incluso “declararse en huelga” negándose a invertir en infraestructura o industria). El capital chino permanece dentro del país y bajo el alcance de un sistema bancario estatal que lo canaliza según los lineamientos del plan nacional de desarrollo. Quienes buscan obtener ganancias pueden operar en el país, pero no pueden dominar el sistema ni convertir su comportamiento orientado al lucro en el principio rector. De este modo, la lucha de clases se inclina a favor del pueblo. Eso es lo que diferencia al sistema socialista de China de los sistemas capitalistas de otros países.

En La ideología alemana (1846), Marx y Engels escribieron sobre “el cieno en que está hundida” [la clase trabajadora], que únicamente por medio de una revolución, logrará volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases. Ese proceso de transformación llevará mucho tiempo.

La pluma ciertamente no ha llegado aún al cielo, pero tampoco está en el infierno.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-china-desarollo-socialista/

 

martes, 9 de enero de 2024

EL DEBATE SOBRE OCTUBRE Y LA URSS NO ACABARÁ NUNCA…

 


Publicado el 8 de enero de 2024 / 

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

 

Ya no se suele hablar del “fin de la historia” por más que estemos en una fase muy diferente a la que ocupó el “siglo corto”. El canon “totalitario· neoliberal según el cual ya no había más que hablar, se lo está llevando por delante la línea de desastres ecológicos y sociales que no dejan lugar para el optimismo, más bien todo lo contrario-

Desde este punto de mira conviene revisar la Historia del profesor Carr cobró en su momento nuevos relieves en un momento como el presente en el que con la reedición de la «guerra fría», la cuestión del comunismo y de la URSS ha recobrado sus añejas connotaciones demoníacas, y en la que -como ya ocurrió en los años cincuenta- una hornada de antiguos liberales izquierdista renegados se citan a la hora de descalificar como «muy sospechosa» una obra como la suya en la que se ve el perverso deseo de justificar la URSS, la actuación de un falso demócrata y científico a la manera de los viejos «compañeros de viaje» (categoría de la que formaron a veces la peor parte algunos de los anticomunistas más furibundos de la época), y lo en el mejor de los casos, de un «ingenuo optimista» ante las conquistas del sistema soviéticos. El propio Carr en una de sus contadas declaraciones públicas ha replicado con vigor estas acusaciones y ha subrayado su tras fondo /4.

Uno de los méritos incuestionables de Carr es de por sí la propia obra. Se trata, sin lugar a dudas, del trabajo más documentado y riguroso que se ha escrito hasta el momento sobre la formación de la URSS y su publicación marca un antes y un después en una bibliografía que por su amplitud sobrepasa a cualquier otro acontecimiento del siglo, y dentro de la cual el capítulo de los que merecen el olvido es muy superior a los títulos imperecederos. El mérito siguiente radica en el equilibrio analítico del autor, tiene su capacidad para no ceder a más presiones que las exigidas de su propia y exhaustiva investigación. Se puede hablar en este sentido de un tour de force gigantesco no sólo por la extrema amplitud de la empresa cuya complejidad desbordó el proyecto inicial de ocho volúmenes, sino también del esquema mental de un hombre que empezó su viaje como un conservador opuesto a la utopía revolucionaria y lo concluyó dominando una concepción de la historia renovada tal como se manifiesta en su obra teórica ¿Qué es la historia?, que «representó en su época un valiente ataque contra las ortodoxias de la «guerra fría» y durante dos decenios ha gozado de merecido renombre por ser la crítica más radical y accesible de los supuestos que subyacen en la práctica histórica ortodoxa. Es una mezcla rara de elegancia de viejo estilo y compromiso con el cambio revolucionario»/5.

El propio Carr estima en el prefacio de uno de sus volúmenes que todavía queda mucho por hacer, particularmente en lo que se refiere a los problemas de la política exterior soviética (no en vano su obra póstuma tiene como eje el VII Congreso del Komintern), sobre la que existe una inmensa documentación dispersa en los archivos de numerosos países (por ejemplo, todavía se está por escribir un estudio serio sobre el papel de la URSS en la España de los años treinta), sobre todo en los soviéticos que, como es sabido, tienen bloqueado su acceso. Esto último ha obligado a Carr a investigar en base a un material por lo general ya conocido, problema que en opinión de expertos como Isaac Deutscher, Carr ha resuelto, pudiendo afirmar que ((es dudoso que los archivos, cuando sean abiertos, obliguen al historiador a revisar fundamentalmente el cuadro que ahora puede formar sobre la base de los materiales ya publicados /6. En otro de sus prefacios Carr hace constar las inconveniencias pero también las ventajas que conlleva analizar un tiempo históricamente tan próximo: en pocas vicisitudes históricas se reflexionó tanto y tan abiertamente sobre los hechos, y nunca una dirección revolucionaria ha poseído una conciencia histórica tan extremadamente desarrollada como la tuvo la élite militante y dirigente del bolchevismo y del primer comunismo internacional.

En su concepción inicial, que tan claramente se trasluce en los tres primeros tomos de la obra, Carr es un historiador tradicional, especialmente interesado en las instituciones -por ejemplo, se explaya con particular interés en la Constitución soviética y en los problemas diplomáticos, en tanto que los grandes aspectos de las ideas revolucionarias quedan relegados a pequeños capítulos aparte-, y asiste con cierto estupor a los grandes avatares revolucionarios, a las impresionantes acciones de masas, y se orienta hacia los problemas de la construcción del Estado. Esto resulta bastante más claro en los primeros volúmenes es lo que se encuentran grandes lagunas.

Algunas de ellas se refieren a corrientes políticas importantes como la de los partidos que se reclamaban del socialismo, otros acontecimientos como el de Kronstadt de 1921 que «iluminaron la realidad como un relámpago la noche» (Lenin), y otras realidades por lo general poco o nada consideradas pero de indudable importancia como lo fueron la vida cotidiana, los intentos de emancipación de la mujer o la integración de la cultura judía. El lector interesado en todas estas cuestiones tendrá que buscar necesariamente lecturas complementarias /7. Acusaciones similares se han hecho a los apartados siguientes respecto a la importancia de la Oposición de Izquierda, pero esto resulta ya a nuestro juicio más discutible.

Como hemos señalado más atrás, Carr opera un auténtico tour de force para escapar de una concepción de la historia en la que no habría margen o en la que los márgenes serían muy estrechos. No hay duda que hay la tentación de una explicación institucional -la revolución encontró su raison d’étre cuando halló su raison d’ Etat-, que ha seducido a tantos historiadores. Según esta explicación, y al igual que ocurrió con otras grandes revoluciones, la época institucional y burocrática fue la continuación objetivamente inevitable de la época heroica de la revolución. Dicho con otras palabras: Stalin fue el realismo y Trotsky la utopía. Quizás sea este el problema más complejo y difícil que se le presenta a todo el que trata de analizar el proceso revolucionario soviético, y representa una auténtica piedra de toque a la que buena parte de especialistas trata de eludir o de zanjar en función de un parti pris. Carr se enfrenta con el problema con valor y rehúye cualquier simplificación.

Desmantela minuciosamente todas las concepciones doctrinarias que hacen concluir el ciclo revolucionario en una fecha tópico: con Brest-Listovk (los eseristas de izquierda), en 1920-1921, fechas de la represión del Ejército insurgente de Ucrania de Maknó y de la insurrección de Kronstadt (definitorias para la escuela anarquista), instauración de la NEP (para los consejistas), fallecimiento de Lenin, expulsión de Trotsky, etc…Para Carr está claro que existe una simultaneidad, una continuidad y una negación, pero trata más de investigar los hechos que de sacar conclusiones. No descarta – en su famosa entrevista para la “New Left Review” que hay un cambio cualitativo trascendental en la década ulterior a la que comprende su estudio, pero sigue manteniendo su ponderación subrayando las dificultades para analizar todo lo que ocurrió.

A lo largo de toda la Historia, Carr atenúa su inclinación hacia una historia hecha para arriba y no para abajo. En este esquema hayal mismo tiempo un imperativo objetivo y una opción reformada por parte del autor. No hay que olvidar que Carr, apegado al protagonismo de la documentación, se encuentra con un material escrito verticalmente, o sea en el que la historia es hecha por los grandes personajes. Los soviets, por ejemplo, aparecen como núcleos activos y bulliciosos encabezados por grandes cabezas. Luego no se hace notar su desvanecimiento y la caída de estas grandes cabezas (en especial la de Trotsky) parece ser producto de condiciones ajenas a la decadencia del movimiento de masas. El Estado y los gobernantes no aparecen, a nuestro juicio, claramente vinculados a la sociedad ya los movimientos sociales. Naturalmente» este método resulta tanto más insuficiente cuando lo… que se está estudiando es una revolución, dicho de otra manera, la quiebra de un Estado ante el embate de una movilización de masas impresionante. Como dijo Lenin, una revolución social se produce cuando hasta los sectores sociales más atrasados quieren hacer valer sus exigencias políticas. Naturalmente, Carr no ignora esto, pero se acerca a ello con la mentalidad de un profesor apasionado por las medidas políticas. Entiende que, inexorablemente, la utopía tiende a convertirse en un gobierno estable.
Como toda obra maestra, la de Carr es susceptible de muy diversas lecturas y su esquema va asumiendo mayor grado de matización y de complejidad en la medida en que avanza. Esto resulta perceptible en el capítulo de los personajes protagonistas, quizás porque en el retrato que ofrece planean la influencia de las famosas biografías de Stalin y Trotsky que escribió Deutscher y que para Carr son lo más capacitado que se ha escrito sobre la historia de la URSS.
Se ha dicho con cierta insistencia que hay un culto en Carr hacia Lenin -alguien dijo que ocupaba en la obra un papel análogo al que juega Julio César en la Historia de Roma de Mommsen-, y que tiende a justificar al propio Stalin.

Esto es un disparate» a menos que se contemple con ojos como los de David Shub o de Robert Conquest (al que Martin Amis lee de rodillas ante el gozo de los expertos mediáticos tipo Antonio Elorza), para los que Lenin fue ante todo el antecesor de Stalin y éste último la simple encarnación del mal. También en este apartado hay mucho que decir y serían necesarias más reflexiones para comprender la posición de Carr. Conocido es el debate (indirecto) que Deutscher desarrolla con Trotsky sobre e carácter imprescindible de Lenin, que para el historiador anglopolaco viene a ser una subestimación del propio Trotsky y una concesión de éste al culto leninista. Carr no entra en la polémica, sin embargo en la obra la figura de Lenin predomina el escenario de la revolución y el Estado, y parece que es esta acción la que justifica su actuación previa a la revolución. Su Lenin es ante todo un gran hombre de Estado y mucho menos un revolucionario, un gran negador, Es esta tendencia de Carr la que ha hecho que su descripción de Stalin hayal aparecido como suave (si no positiva) paral muchos comentaristas, aunque está claro que no esconde ninguna de las deformaciones, barbaridades y traiciones del «teórico» del «socialismo en un sólo país», una idea que por lo demás, es plenamente deudora de la fase más moderada de Nikolai Bujarin.

También puede aparecer que hay una cierta tendencia en ver las huellas de éste en el período leninista.

Esta orientación se hace más nítida a la hora de juzgar actuaciones políticas como el tratado de Rapallo, la revolución internacional o actitudes como la de Trotsky que renuncia a emplear su autoridad en el Ejército Rojo para desplazar del poder a unos adversarios que no se caracterizaban precisamente por su limpieza política. Las tremendas dificultades con que se encontró el proceso revolucionario -la guerra civil, las malas cosechas, el descoyuntamiento de la clase obrera, etc- , llevó a la dirección bolchevique un poco a quemar todo lo que antes adoraban y adorar lo que antes quemaban. En este contexto hay que situar actuaciones como la de Kronstadt, la prohibición de las tendencias organizadas y la búsqueda de salidas internacionales. Deutscher ve un marcado pesimismo en la incomprensión en Carr; éste plantea que también puede ocurrir un poco lo contrario: que Deutscher fuera excesivamente optimista. La cuestión es compleja, y el hecho es que Carr nunca fuerza los datos a favor de una argumentación apriorística. Lo mismo se puede decir de su actitud ante el drama de la revolución mundial. Su estudio revela la grave incorrespondencia existente entre el planteamiento revolucionario y la realidad objetiva.
Los bolcheviques que se enfrentaron ante la gigantesca tarea de una Internacional para la revolución aquí y ahora, se dieron de bruces con una situación infinitamente más compleja que la de 1917 y el sustituismo involuntario de primera hora evidenciaba las carencias de los grupos revolucionarios locales. Aquí el bosque es particularmente espeso, y asombra la capacidad de Carr para al menos no perderse en sus vericuetos más inesperados aunque mantiene una notable sensación de desbordamiento seguramente inevitable ante una tarea imposible de abarcar en el actual estadio de la documentación y de investigaciones realizadas. También es comprensible la sensación de que la trascendencia y la importancia política de la Oposición de Izquierda, que desfallece ante la inclinación institucionalista del autor.

Sin embargo, hay que considerar que Carr se atiene a los años veinte y que los pesos y medidas no pueden los mismos que los que tendrían que comprender una extensión de la historia hacia la década siguiente en la que el dilema entre la instauración del «socialismo en un sólo país» y la “revolución permanente» apareció con mayor nitidez, sobre todo con el ascenso resistible del nazismo y los desastres de los frentes populares. El balance que se desprende del conjunto de la obra es una visión detallada y concienzuda de una revolución que planteó la actualidad del socialismo, pero que no lo pudo resolver. Detalles de mayor o menor importancia podrán ser cuestionados en su tratamiento, pero difícilmente alguien podrá hablar de falsificación, deformación o amputación. Se pueden encontrar lagunas y errores en los enfoques, pero no se podrá subestimar el hecho de que la obra de Carr sea la primera auténtica visión de conjunto de la formación del Estado soviético, la primera que trata de abarcar tanto los hechos revolucionarios y antirrevolucionarios, de las instituciones -incluidas las menos favorecidas habitualmente por la mirada del historiador- y las personas, de las organizaciones y las ideas…

Cuando se ha cumplido cerca de siete décadas desde aquel 1917 que todavía conmueve al mundo, del acontecimiento más trascendente y subversivo del siglo, el querer aproximarse con el máximo rigor y honestidad a su verdad, a su rico y complejo significado -el primero de los cuales es que la revolución socialista es posible y necesaria-, viene a ser tan difícil como lo pudo ser en la época el hacerlo sobre revoluciones que, como la inglesa de Cromwell y los puritanos o la francesa de 1789, señalaron el comienzo de una nueva era, No podemos por menos que considerar como un síntoma de su vigencia “subversiva» el hecho casi inaudito de que, después de todo el tiempo transcurrido, no se haya producido en el país en donde ocurrió -y por extensión en todo el «‘campo socialista»- ni una sola aportación histórica digna de mención, y que los personajes que se opusieron rotundamente a Stalin sigan siendo un «tabú».

También resulta ilustrativo que sea desde la disidencia interna donde hayan surgido las primeras aportaciones de gran valor /8.

Tampoco resulta mucho más relevante la bibliografía producida por los adversarios del bolchevismo, Se pueden encontrar diversos testimonios importantes en la derecha, así como entre los mencheviques y los anarquistas /9, pero en ningún caso una obra decisiva. Tampoco es diferente el caso de la historiografía occidental, que si bien no ha pecado de omisiones sí lo ha hecho por una continúa labor de amputación tendente a descalificar la obra revolucionaria. Incluso en los casos más notorios de esta última escuela se trata de títulos que no han soportado nunca la prueba del tiempo. Efectivamente, nadie se acuerda actualmente de los producidos durante la primera guerra fría y no se dan en estos momentos aportaciones para que sean recordadas en el porvenir, Este carácter perecedero ha resultado especialmente breve en el caso de los diversos revisionismos» post-estalinianos. La más estricta versión kruschoviana duró exactamente una década, y las rectificaciones ulteriores siguen manteniendo lo esencial del viejo manual de Stalin–Jdanov con la particularidad de que Stalin, aunque pasa a un segundo plano sigue ostentando la representación del «leninismo» /10, Tampoco ha sido muy diferente el destino del maoísmo europeo, sobre todo del notable esfuerzo que desarrolló especialmente Charles Bettelheim, todo un andamiaje que le permitieran encontrar las fórmulas metodológicas puras y «‘correctas» para producir una versión en la que el «marxismo leninismo» de Mao apareciera como la “superación” de un balance global en el que el saldo de Stalin resultaba obligatoriamente positivo. Tras la muerte de Mao, el propio Bettelheim operaría un notable giro antiestalinista que ponía por tierra su propia obra sobre la URSS, y denuncio el estalinismo sin piedad /11.

Un caso muy diferente ha sido el de la escuela «trotskista», en la que no solamente sobresalen Trotsky y Deutscher sino también un buen número de escritores políticos e historiadores de gran valor.

En este cuadro, la Historia de la Rusia soviética de Carr tiene una primacía apenas compartida, Se mantendrá al cabo del tiempo como un hito incuestionable a pesar de las iras de la nueva derecha. Todos los que quieren conocer lo que ocurrió en Rusia entre 1917 y 1929, todos los historiadores honestos, se verán obligados a volver sobre ella /12. De muy pocas empresas similares se puede decir lo mismo. La pena es que esta titánico esfuerzo resultó sepultado por la ola conservadora de los años ochenta, y en la cual emerge –desde Francia, “faro” del pensamiento neoliberal- una historiografía que se afirma a partir de Alexander Soljenitsin, y cuya máxima expresión será El pasado de una ilusión, de François Furet, que como Robert Service y otros tantos aupados desde los medias anclados en el canon anticomunista, siguen el camino inverso al de Carr. Comunista (estalinista) que se convierte a las ideas dominantes, y que aboga por desplazar la izquierda desde el antifascismo hacia el anticomunismo.

NOTAS:

/1 La obra está dividida en cuatro partes con un total de 14 tomos que Alianza Universal empezó a publicar en 1972. La primera parte, La revolución bolchevique (1917-1923) consta de tres volúmenes. Le sigue El interregno ( 1923¬1924), en uno solo, Prosigue con El socialismo en un sólo país ( 1924-1926) con cuatro. La última parte es la más amplia con siete tomos bajo el título común de Bases para una economía planificada (1926-1929), en los que también ha trabajado R, W, Davies, director del Centro de Estudios para Rusia y Europa Oriental de la Universidad de Birmingham.

/2 E. H. Carr ( 1892-1982), fue educado en Trinity College, de Cambridge donde hizo una brillante carrera académica. En 1916 ingresó en el servicio diplomático británico y ocupó puestos de responsabilidad en París y Riga (Letonia). Al terminar la I Guerra Mundial tomó parte en el Congreso de Paz de Versalles junto con Arnold Toynbee. Ulteriormente fue nombrado asesor de la Sociedad de Naciones, cargo que le impulsó a una dura crítica del utopismo de la política británica desde 1919. Abandonó el cargo en 1936 para ocupar la cátedra Woodrow Wilson de Relaciones Internacionales de la Universidad de Cardiff (Gales). Influenciado por Reinhold Niebuhr (que crearía tras la II Guerra Mundial una escuela de pensamiento basado en el análisis del poder en el sentido de que la política es, en un sentido, siempre política de poder». Carr criticó a los metafísicos de la Sociedad de Naciones y apoyó los acuerdos de Munich de 1938. Un breve paréntesis en su vida académica tuvo lugar desde 1941 a 1946, ocupando el cargo de subdirector del «The Times». Desde este prestigioso diario conservador Carr reconoció los nuevos cambios en el reparto de los poderes en Europa y en el mundo y criticó la fe idealista de los norteamericanos en las Naciones Unidas. Aunque muy a su manera, Carr fue siempre un conservador adversario de las utopías. Por esta razón fue subestimado por quienes, como los discípulos de Bettelheim, lo consideraron ideológicamente incapacitado para ofrecer una visión “correcta» de la URSS.

/3 En Herejes y renegados (Ed. Ariel, Barcelona, 1970, p, 110). El libro está prologado por Carr que se referirá a Deutscher en otros trabajos suyos (por ejemplo en 1917: Antes y después) y al que se refiere constantemente tanto en la revisión de parte de su Historia como en bastante de las notas de la obra, Durante las campañas de criticas contra su obra, Carr ha sido comparado con Deutscher. El hubiera considerado esto como un gran homenaje.

/4 Véase al respecto la entrevista aparecida en la «New Left Review» de septiembre de 1977 y que aparece al final de la recopilación De Napoleón a Stalin publicada por Crítica.

/5) Raphael Samuel en Historia popular y teoría socialista (Ed. Crítica, Barcelona, 1984, p, 65)

/6 Deutscher, Ibidem, p.

/7 La bibliografía sobre la mayoría de estos capítulos parciales es inmensa, aunque sé que en los casos mencionados no parece ser así, Son pocas las obras que enfocan la vida cotidiana (quizás la más interesante sea la de Anatole Kopp, Arquitectura y urbanismo soviéticos en los años 20 (Lumen, Barcelona, 1974), o la cuestión judía (para la que hay que leer la Historia del antisemitismo, de León Poliakov que editó Muchnick… Aunque no haya sido analizado a fondo no significa que tengan poca importancia, por ejemplo, el «desencanto» hebreo de la revolución tal como la encauzó un Stalin antisemita fue decisivo para que el sionismo se impusiera entre la importante izquierda judía.

/8 En concreto la obra de Roy A, Medevev, No es ajeno a ello el hecho de que para éste la verdad sobre la historia de la URSS es un elemento para regenerar el socialismo y no para derrocarlo.

/9 Entre los primeros sobresalen las Notas sobre la revolución de Nicolai Sujanov (hay una edición abreviada en Luis de Caralt), miembro del ala martoviana, y entre los segundos los escritos de Volin (La revolución desconocida) y de Pietr Archinoff (Historia del movimiento macknovista), pero en tanto que Sujanov sólo pretende ofrecer un retrato periodístico fiel, los anarquistas tratan de establecer un balance entre el bien y el mal siguiendo una línea que separa el autoritarismo del antiautoritarismo. Pero el gran historiador de la causa anarquista rusa es Paul Avrich: Los anarquistas rusos (Alianza, Madrid, 1967), Kronstadt 1921 (recientemente reeditada por Utopía Libertaria, Madrid, 2006)

/10 Para una critica sobre estos revisionismos ver Ernest Mandel, 30 preguntas y 30 respuestas sobre la historia de la URSS, incluido en la recopilación Sobre la historia del movimiento obrero, Ed. Fontamara, Barcelona, 1980).

/11 Sobre la pretenciosidad de la obra de Bettelheim el lector puede consultar el número extra de la antigua revista El Cárabo, ligada a la ORT y dirigida por Joaquín Estefanía que con el título de Tiempo de Stalin, y que puede considerarse como el canto del cisne de la tentativa de rehabilitar el estalinismo historiográfico. Los discípulos del estructuralista galo dividen la historiografía en tres campos fundamentales: el burgués, el trotskista y el marxista-leninista, o sea el correcto que ellos representan. Carr es reconocido como un investigador incapacitado de «comprender» y Deutscher como un autor aplaudido por los universitarios anticomunistas. Bettelheim revisó drásticamente toda su obra “soviética” a raíz de la caída de la “banda de los cuatro” que había sucedido a Mao.

/12 Actualmente lo más asequible es sin duda el magistral breviario que hizo el propio Carr con el título de La revolución rusa, 1917-1929, De Lenin a Stalin, reeditada por la colección de kioscos de Alianza, y luego por diversas colecciones de libros de kioscos. Como nota curiosa se puede decir que la primera influencia de Carr en una obra escrita en castellano fue en la de Juan García Diez, URSS, 1917-1929: de la revolución a la planificación, Guadiana Publicaciones; Madrid, 1969, García Díez, posteriormente ministro de UCD, había sido militante del FLP. La obra es una buena síntesis escrita desde una posición prerrevolucionaria.

Fuente: https://kaosenlared.net/el-debate-sobre-octubre-y-la-urss-no-acabara-nunca/

 

miércoles, 24 de mayo de 2023

FUENTES PARA ESTUDIAR LA TRANSICIÓN SOCIALISTA



LA ÚLTIMA PREGUNTA 

(24 de mayo de 2023)

Miguel Aragón

 

Del día 24 de febrero hasta el 17 de mayo, por más de 80 días, hemos sostenido un largo y fructífero conversatorio con participación presencial de JZP. 

Hemos abordado varios temas de la realidad mundial y de la realidad peruana, de carácter teórico y de carácter político, también cuestiones personales que son parte de nuestra vida diaria, intentando cumplir uno de los lemas de Mariátegui "Todo lo humano es nuestro" (presentación de la revista Amauta"). 

Terminando el último conversatorio, JZP nos planteó una pregunta muy importante, sobre una de las características que presenta el socialismo realmente existente desde 1917. 

Por coincidencia, ese mismo día divulgamos entre nosotros dos artículos del investigador Ramón García, que fueron publicados en la revista "Punto de Vista" el año 1982, titulados:

"El movimiento comunista en la encrucijada" y

 "La polémica Mao - Stalin".

Esos dos artículos polémicos tienen más de 40 años de haber sido escritos.  En este lapso han ocurrido muchos cambios en Rusia, Europa Oriental, China, Vietnam y Cuba, pero los temas teóricos centrales continúan vigentes.

Para continuar el estudio del desarrollo del socialismo, tenemos que comenzar por el principio, estudiar su desarrollo e investigar la realidad presente y las perspectivas futuras. 

Tres documentos básicos, para conocer las leyes del desarrollo de la sociedad socialista, son los siguientes:

1 - Marx, Prólogo de la "Contribución a la Crítica de la Economía Política", enero de 1859

2.- Marx, Prólogo a la primera edición alemana del primer tomo de "El Capital", julio de 1867

3.- Lenin, Acerca del infantilismo "izquierdista" y del espíritu pequeñoburgués, 5 de mayo de 1918.

El texto de Lenin, escrito el 5 de mayo de 1918, seis meses después del triunfo de la revolución del 7 de noviembre, es una Tesis sobre la situación de la realidad rusa en ese momento, que precisamente era de transición del capitalismo al socialismo. 

Lenin escribió:

 "que significa la palabra transición? ¿No significará, aplicada a la economía, que en el régimen actual existen elementos, partículas, pedacitos tanto de capitalismo como de socialismo? Todos reconocen que si (...)

Enumeremos esos elementos:

1.- economía campesina, patriarcal, es decir, natural en grado considerable;

2.- pequeña producción mercantil (en ella figuran la mayoría de los campesinos que venden cereales);

3.- capitalismo privado;

4.- capitalismo de Estado;

5.- socialismo.

Rusia es tan grande y tan abigarrada que en ella se entrelazan todos esos tipos diferentes de economía social. Lo original de la situación consiste precisamente en eso."

Más adelante escribió:

"El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos más que ahora (...) pues merece la pena pagar "por aprender", pues es útil para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene más importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad representa el peligro mayor y más temible, que nos hundirá indudablemente (si no lo vencemos) ..."

La revisión y comentario de estos tres textos, muy bien puede servir para impulsar un próximo ciclo de estudio.

Igualmente, el comentario de los dos artículos de Ramón García, que ya necesitan una revisión y actualización.



 


 

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viernes, 26 de marzo de 2021

MERCADO, CONTROL PREESTABLECIDO SOBRE LA PRODUCCIÓN Y BIG DATA



Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez

viernes, 26 de marzo de 2021

 

El otro día hablaba con un amigo de los tiempos de la lucha social de los años setenta del siglo pasado en España. Estaba decepcionado y pensaba como una persona que había sido derrotada. Y cuando hablaba de la juventud de hoy lo hacía con decepción. Un gran error de todas las generaciones mayores de sesenta años, que siempre creen que su época fue la mejor. Concluía con ciertas muestras de dolor ideológico que ya había abandonado la idea de cambiar el mundo. En su comportamiento había varios errores. Primer error: Creer que la política lo es todo o que la lucha de clases lo es todo. No tener en cuenta que la lucha por la producción, la lucha por la ciencia y la lucha por el arte y la cultura en general son luchas transformadoras. Ignorar que de todas las luchas desde una perspectiva marxista o materialista la lucha por la producción es la principal. Y al comportarse así, al comportarse de un modo que hace de la lucha política la lucha principal y concebirla como el todo, ideológicamente se muestra como un pensador extremadamente unilateral y metafísico, aunque él se considera “un pensador dialéctico”. Históricamente ignora que desde 1980, desde que Deng Xiaoping denegó del socialismo pobre, esa concepción pasó al basurero de la historia.

Segundo error. Le pasa lo que le pasa a muchos economistas marxistas que hablan solo del valor y no del valor de uso. Olvida que es el desarrollo de las fuerzas productivas quien modifica las relaciones de producción y, por consiguiente, el mundo.  De manera que no ha comprendido que la NEP (Nueva Economía Política) de Lenin y el cambio de modelo económico de China iniciado en 1978 mostraba que no se podían crear unas relaciones de producción socialistas avanzadas con un  escaso desarrollo de las fuerzas productivas. No percibe  que el intelectualismo y el teoricismo no son fuerzas que sirvan para cambiar el mundo sino fuerzas para crear ilusiones falsas sobre lo que hay que hacer. No ve, no está al tanto, que solo gracias al  exitoso y acelerado desarrollo de las fuerzas productivas llevadas a cabo por China, por ejemplo, se ha logrado en menos de ocho años que 100 millones de personas hayan salido de la pobreza. No entiendo por qué este colega o amigo de  antaño se disgusta porque él no pueda cambiar el mundo y no se alegra de que 100 millones de seres humanos hayan superado la pobreza extrema, que es un cambio radical de una parte del mundo.  Digo que no lo sé, pero en verdad sí lo sé: no está al corriente de lo que pasa en el mundo y se lo sigue representando con las ideas falsas de la extrema izquierda de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Social e ideológicamente se quedó atrás, muy atrás.

Tercer error. Una cosa es imaginarse cómo debe ser el socialismo y otra muy distinta es demostrar la necesidad del socialismo. Los socialistas utópicos y reaccionarios siguieron el primer camino: imaginarse cómo debe ser el socialismo. La base social de esta corriente se encuentra en la pequeña burguesía. Los intelectuales, y entre ellos los profesores de universidad, enseñanza media y enseñanza primaria, pertenecen a esa clase social. Mientras que el camino seguido por Marx, que representa el socialismo científico, fue analizar el capitalismo para descubrir los gérmenes del socialismo y así demostrar su necesidad. Las sociedades anónimas fueron uno de esos gérmenes. Y los marxistas de hoy día deberían hacer lo mismo. La crisis financiera de 2008 y la crisis actual causada por el coronavirus ponen de manifiesto que el capitalismo para sobrevivir necesita del socialismo. Y este trascendental hecho, la necesidad del socialismo para superar las crisis capitalistas, a los marxistas nos debe animar y alegrar; y no que a nivel individual no podamos hacer nada para cambiar el mundo. Lo peor de la espiritualidad de todas estas personas que declaran que ya no van a cambiar el mundo es que no perciben en la falta de desarrollo de sus propias capacidades la causa principal que les impide obtener tal logro. Y como siempre piensan en los grandes cambios, nada hacen por los pequeños cambios que se deben producir en su propia persona y en quienes le rodean de forma inmediata.

En la Introducción a la obra de Marx titulada Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, después de que Engels se preguntara ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en revolución de la mayoría?, formula siguiente idea: “La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaba de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista…” Pero este mentís histórico se volvió a producir en 1920 en la Unión Soviética y en China en 1978. La propia globalización ha puesto de manifiesto que, expresándome como Engels, la base capitalista sigue teniendo gran capacidad de extensión. Esta transparencia y sinceridad en la autocrítica de la que aquí hace gala Engels ya la quisiera yo para las vanguardias marxistas, que siguen atascadas en el rechazo abstracto del capitalismo y en pintarnos un panorama sombrío y desesperanzado.

Escuchemos ahora a Marx en la sección de El Capital titulado El carácter fetichista de la mercancía y su secreto: “La figura del proceso social de la vida, o sea, del proceso material de la producción, se arranca su velo místico de niebla tan solo cuando, en calidad de producto de personas libremente socializadas, se halla bajo su control consciente y sistemático. Sin embargo, para eso se requiere una base material de la sociedad, o una serie de condiciones materiales de existencia que son, a su vez, el producto natural de un largo y doloroso desarrollo”. De acuerdo con estas palabras la esencia del socialismo superior se dará cuando el proceso material de producción se halle bajo el control consciente y sistemático de personas libremente asociadas. La planificación de la economía expresa una parte de ese control consciente y sistemático que deben realizar las personas libremente asociadas sobre la producción material. Pero ha sucedido, de acuerdo con lo dicho por Marx y anteriormente por Engels, que no se ha dado la base material, las condiciones económicas, para que la planificación fuera un éxito. Pero la planificación económica diseñada según el modelo soviético generó otro perjuicio económico social: frenó el desarrollo de las fuerzas productivas. En principio parecía que el capitalismo había dado un golpe de muerte al socialismo y la victoria del primero sobre el segundo había sido total. Pero no ha sido así: la crisis financiera de 2008 y la actual crisis generada por la Covid 19 ha puesto de manifiesto que el capitalismo necesita del socialismo para superar sus crisis. Así que no es cierto que tras el derrumbe del socialismo real el capitalismo ha dado un golpe de muerte al socialismo.

Pero hay otro dato más importante: gracias a la tecnología 5G, la inteligencia artificial y los datos masivos, el factor consciente cobrará un papel decisivo en el mercado. No solo el uso de los datos masivos y las tecnologías antes mencionadas permitirán a los Estados responder con más eficacia a las catástrofes humanitarias, sino que además las necesidades de los consumidores se conocerán cada vez con más precisión. Y no hablo solo del consumo personal sino también del consumo productivo. Y conociendo cada vez con más precisión la necesidad del consumo se podrá establecer un control más consciente y sistemático sobre la producción material. Cada vez el mercado capitalista no solo será más socialista en términos de política económica de los Estados, que ya lo es, sino que estará más planificado. Dicho de otra forma: el futuro de un mercado planificado cada vez está más cerca y el socialismo no solo será más poderoso en términos de política económica sino también como mecanismo para desarrollar las fuerzas productivas de un modo racional. En suma: tanto las crisis del capitalismo como los cambios tecnológicos que afectarán al desarrollo de las fuerzas productivas hacen del socialismo una necesidad más imperiosa. Y todo esto debe alegrar a los socialistas en general y a los marxistas en particular.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2021/03/mercado-control-preestablecido-sobre-la.html

 


sábado, 29 de junio de 2019

HACIA DÓNDE VA CHINA? (II y final)






En 1991, durante una visita a China, la primera ministra británica Margaret Thatcher le dijo al presidente Jiang Zemin que era imposible establecer un sistema con las características que se proponía China, es decir, que combinara la sociedad socialista con algunas reglas del mercado. 
 
Este texto es una continuación del artículo ¿Hacia dónde va China?, publicado el 23 de junio.

Según Thatcher, el socialismo era incompatible con la economía de mercado. Los dirigentes chinos, por el contrario, preconizaban que tal propósito si era posible en los marcos de la teoría marxista del materialismo histórico y dialéctico y la idea de "buscar la verdad en los hechos" que propugnaba Mao Tse-Tung.

En este sentido, Deng Xiaoping expuso que un país como China, que había vivido tantas adversidades a través de su historia, solo había podido levantarse tras hacer suyo el marxismo como instrumento de liberación, que le permitió construir un nuevo país de orientación socialista, lo cual habría sido imposible si hubiera elegido el camino capitalista, según él, la prueba fueron los más de treinta años de gobierno del Kuomintang tras proclamar la república.


Deng pensaba que la integración del marxismo con la realidad china para crear un camino propio permitió la liberación del país en 1949, esto no sólo proporcionó la independencia, también la unidad del país que es el bien más preciado tras milenios de separación, conflicto y guerras intestinas.

El marxismo contribuyó no sólo como teoría necesaria para vencer en la guerra de liberación; también después de la victoria aportó elementos valiosos para terminar con el caos, controlar la inflación, comenzar a combatir la miseria y el atraso secular y empezar la transformación de la industria y la base material necesaria para la evolución del país, todo esto obligaba a persistir en el marxismo y el socialismo de forma creadora.

Para ello, se hacía imprescindible desarrollar las fuerzas productivas a fin de forjar una abundancia de bienes materiales, lo que hizo deducir que ésta sería la tarea fundamental que debía emprender el sistema político socialista a fin de lograr una superioridad sin la cual era imposible construir la nueva sociedad. El no haber entendido esto desde el principio fue el mayor error de la dirección del país luego de 1949.

Sin el desarrollo superior de las fuerzas productivas, no hay mejoramiento de las condiciones materiales y culturales de vida del pueblo y, sin esto, no hay socialismo. ¿Cómo hacerlo?, fue la pregunta más importante que tuvieron que formularse los dirigentes chinos tras superar la Revolución Cultural y las desviaciones propugnadas por la Banda de los Cuatro. Nuevamente, la respuesta estaba en permanecer en la ruta del socialismo, como única manera de resolver el problema del desarrollo en un país tan extenso, tan poblado y tan complejo culturalmente como China.

La aplicación del principio socialista de distribución 'a cada cual según su trabajo', permitiría superar las diferencias en un período de entre 20 y 30 años. Tales aseveraciones obligaban a un gran debate contra aquellos que defendían ideas liberalizadoras por un lado, y la copia del modelo soviético, cuando éste comenzaba a 'hacer aguas', por el otro.

La liberalización que proponía tomar un camino capitalista después de la derrota de la Banda de los Cuatro en 1980, llevó a la dirección del Partido Comunista de China (PCCh) a luchar contra tal corriente, incluso en el seno de la Asamblea Nacional a fin de combatir tal propuesta considerada una idea burguesa.


A ello, el PCCh opuso las cuatro modernizaciones socialistas en la agricultura, la industria, la defensa y la ciencia y teconología. Así mismo, los dirigentes chinos dejaron claro que a pesar que la estructura política del país después de 1949 se había edificado a partir del modelo soviético, éste no pudo ajustarse a las condiciones de China porque su realidad era distinta, además en ese momento estaba en una crisis, que posteriormente la llevó a su colapso.

En estas condiciones, en el XIII Congreso Nacional del PCCh,  celebrado en octubre de 1987, se propuso que la economía china sería planificada y establecida como pública para los productos básicos, mientras se definía que el Estado debería guiar al mercado y el mercado a las empresas, combinando de esa manera las funciones de planificación y de mercado en la sociedad. Ante las crecientes críticas internas e internacionales sobre tal supuesto, Deng volvió a insisitir en la necesidad de "buscar la verdad en los hechos" como forma de comprobar la factibilidad de llevar adelante la política de reforma y apertura, y a  ello se abocaron.

Los procesos de reforma en la Unión Soviética y en China se produjeron casi al mismo tiempo, con menos de diez años de distancia, pero la diferencia fundamental para el fracaso de uno y el éxito del otro, es que mientras los soviéticos desarrollaron simultáneamente los aspectos económicos y políticos del proceso, en China comenzaron con la transformación de la economía.

Así, desataron una fase de mejoramiento de la situación social, mientras que la agenda política se desarrollaba paulatinamente pero a un ritmo mucho más pausado a fin de ir midiendo los impactos que iban causando las medidas tomadas y prestando especial atención a que se mantuviera una dialéctica adecuada entre reforma, desarrollo y estabilidad.


El PCCh y el Gobierno la llamaron una estrategia de "avance paso a paso de manera ordenada".  Es decir, la estabilidad política interna era condición 'sine qua non' y una garantía para la reforma y la apertura, por ello, los dirigentes chinos plantearon que los dos puntos más importantes eran desarrollar la democracia en lo político y la reforma en lo económico.

La historia china y la experiencia del último siglo mostraban con creces cuán dolorosa era la pérdida de la estabilidad política y la unidad, las cuales son las dos condiciones de mayor interés para el desarrollo de los procesos vividos en el país en los últimos 2.200 años. En esas condiciones, la aplicación de la política de reforma y apertura, no tuvo el correlato en la situación política que mostró en la Unión Soviética como Occidente esperaba.


Las consideraciones acerca de la necesidad de la estabilidad política como soporte de la metamorfosis de la sociedad y el Estado en China, pronto tuvieron su prueba de fuego cuando en 1989 estallaron disturbios políticos que tuvieron su epicentro en la Plaza Tiananmen en Pekín y otras ciudades, buscando una inserción en el país de reformas de corte occidental, las que pusieron en juego la posibilidad de desarrollo y avance de las medidas tomadas a partir de 1978.

La respuesta contundente del Gobierno chino hizo alusión a la necesidad de mantener la estabilidad interna a riesgo de quiebre de la unidad política del país. Así lo hizo saber Deng Xiaoping en dos ocasiones, tanto al presidente de Estados Unidos, George H.W. Bush en febrero de 1989 y en octubre del mismo año, cuando conversó con el expresidente Richard Nixon, a ambos le dijo lo mismo: "la estabilidad es más importante que cualquier otra cosa".

De esta manera, se desestimaba de forma definitiva la posibilidad de mutaciones políticas similares a las que estaban ocurriendo en la Unión Soviética y Europa Oriental que fueron consideradas el preludio del fin de la Guerra Fría.

Este contexto fue el que permitió el avance económico de China. Al llegar al XVIII Congreso del PCCh en 2012, las mayores aspiraciones eran conservar los fundamentos que dieron origen a ese partido y no olvidar su misión principal que era la construcción del socialismo con peculiaridades chinas, luchando "incansablemente por materializar el sueño chino de la gran revitalización de la nación", que culminaría con la creación integral de una sociedad modestamente acomodada.


Desde que el marxismo fue introducido en China, los primeros militantes y fundadores del PCCh se propusieron utilizar su teoría científica para buscar soluciones a los problemas del país. A partir de entonces y a través de los casi 100 últimos años, han hecho denodados esfuerzos para encontrar respuestas a cada reto que se ha planteado.

Hoy, el PCCh entiende que la construcción socialista pasa por lo que han denominado el gran sueño chino. En esa medida, todo el Partido se ha volcado a fortalecer más conscientemente su convicción en el camino, la teoría, el sistema y la cultura lo que han llamado las cuatro convicciones y no seguir ni el viejo camino del enclaustramiento y el anquilosamiento, ni el mal camino de cambiar su bandera por otra, sino mantener su firmeza en lo político, perseverar en un trabajo sólido para vigorizar el país, persistir y desarrollar el socialismo con peculiaridades chinas.

En torno a este importante tema, empeñándose en la guía del marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Tse Tung, la teoría de Deng Xiaoping, el importante pensamiento de la triple representatividad y la concepción científica del desarrollo, manteniendo la idea de buscar la verdad en los hechos, adoptando una actitud realista y práctica, y perseverando en el materialismo dialéctico y el materialismo histórico, el PCCh con una visión completamente nueva en estrecha combinación con las condiciones del tiempo actual y las nuevas exigencias de la práctica, ha profundizado en la comprensión de la ley del ejercicio del gobierno por parte de los partidos comunistas, la ley de la construcción socialista y la ley del desarrollo de la sociedad humana.

Además, ha llevado adelante una ardua exploración teórica al respecto, obteniendo importantes logros en la innovación teórica, creando así el pensamiento sobre el socialismo con peculiaridades chinas de la nueva época, que es la forma cómo entienden su sociedad y la manera de transformarla a corto, mediano y largo plazo.

El pensamiento sobre el socialismo con peculiaridades chinas da continuidad y hace un aporte en el desarrollo del marxismo-leninismo a través de las contribuciones que se han ido haciendo a lo largo de la historia, no sin cometer errores, algunos de ellos, generadores de graves consecuencias.

En la actualidad, ese proceso ha cobrado renovada fuerza y se expresa como la 'chinización' del marxismo, que es expresión de la cristalización de las experiencias prácticas y de la sabiduría colectiva del pueblo, constituyéndose en un importante componente del sistema teórico del socialismo con peculiaridades chinas, por lo que no hay dudas que mantendrán este pensamiento durante largo tiempo y lo seguirán desarrollando sin cesar, a pesar de las incomprensiones y el menosprecio de Occidente.


La práctica no tiene límites, como tampoco los tiene la innovación teórica. El mundo está cambiando a cada instante, como también lo hace China. En este marco, el PCCh se ha propuesto seguir los pasos de este tiempo en lo referente a las teorías, dominar progresivamente las leyes objetivas e impulsar constantemente la innovación teórica, práctica, institucional y cultural.

En este marco, el presidente Xi Jinping ha insistido en la necesidad de lograr el firme desarrollo de la labor ideológica, entendiendo que ésta determina el rumbo de avance y el camino de desarrollo de la cultura. En esto le da prioritaria importancia a continuar haciendo una adaptación coherente y creativa del marxismo a las condiciones de China, construyendo una ideología socialista dotada de una poderosa fuerza conductora para incorporar y cohesionar estrechamente al pueblo en torno  a los ideales y las convicciones, a su propia concepción de valores y conceptos morales.

En la etapa que ha seguido al XIX Congreso del PCCh realizado en octubre de 2017, Xi ha insistido en la necesidad del apertrechamiento teórico para hacer que el pensamiento sobre el socialismo con peculiaridades chinas eche hondas raíces en el pueblo, para lo cual se han planteado profundizar en la investigación y la construcción teórica del marxismo, acelerando la creación de unas ciencias sociales y una filosofía con peculiaridades chinas y fortaleciendo la construcción de laboratorios de ideas que deben ser dotados de dichos conocimientos.

Noticia relacionada: "Vamos a luchar hasta el final"

En su informe a este Congreso, Xi hizo un llamado a: "que todo el Partido y el pueblo de todas las etnias del país se unan estrechamente en torno al Comité Central del Partido, enarbolen la gran bandera del socialismo con peculiaridades chinas, avancen con un espíritu pujante y se entreguen completamente a su cometido, continúen luchando por cumplir las tres tareas históricas: el impulso de la modernización, la culminación de la reunificación de la patria y la salvaguardia de la paz mundial y la promoción del desarrollo conjunto, hasta lograr el triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada, conquistar la gran victoria del socialismo con peculiaridades chinas de la nueva época, materializar el sueño chino de la gran revitalización de la nación china y hacer realidad la aspiración del pueblo a una vida mejor".

He ahí el proyecto chino para la construcción del socialismo, que como se observa ha tenido continuidad en el tiempo, lo cual hace prever que China perseverará en la lucha por su consecución. Nuestro problema es entender esta tarea estratégica en términos de la temporalidad del mismo. Sus tiempos no son los nuestros, he ahí, desde mi perspectiva, la principal dificultad para comprenderlo.

La finitud del tiempo occidental, hablando en términos filosóficos, no tiene correspondencia en China, donde el carácter infinito del tiempo permite pensar en la realización de obras materiales y sociales en muy largos plazos. He ahí la explicación de la construcción de todos los tramos de la gran muralla china durante 22 siglos de labor continua.

Si la perspectiva socialista en China no fuera realidad, sería difícil comprender que Donald Trump dedicara parte de sus últimos dos discursos en las más recientes asambleas generales de la ONU a desprestigiar su ejecutoria.

El 20 de septiembre de 2017 expuso que: "…el socialismo ha sido implementado fielmente. Desde la Unión Soviética hasta Cuba y Venezuela, donde quiera que se haya adoptado el verdadero socialismo o comunismo, se ha generado angustia, devastación y fracaso. Aquellos que predican los principios de estas ideologías desacreditadas solo contribuyen al sufrimiento continuo de las personas que viven bajo estos crueles sistemas".


Y el 25 de septiembre de 2018: "Prácticamente en todas partes donde se ha intentado el socialismo o el comunismo, se ha producido sufrimiento, corrupción y decadencia. La sed de poder del socialismo conduce a la expansión, la incursión y la opresión. Todas las naciones del mundo deberían resistir el socialismo y la miseria que trae a todos".

¿Por qué preocuparse tanto por una ideología "desacreditada" y "fracasada"?. ¿Sigue creyendo usted amigo lector o lectora que la confrontación que desató Estados Unidos contra China es solo comercial? Saque sus propias conclusiones.