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lunes, 3 de octubre de 2022

EL EURO SIN LA INDUSTRIA ALEMANA


Lunes 03 de Octubre de 2022

Michael Hudson.

 La reacción al sabotaje de tres de los cuatro oleoductos Nord Stream 1 y 2 en cuatro lugares el lunes 26 de septiembre se ha centrado en especulaciones sobre quién lo hizo y si la OTAN hará un intento serio por descubrir la respuesta. Sin embargo, en lugar de pánico, ha habido un gran suspiro de alivio diplomático, incluso de calma.

La desactivación de estos oleoductos acaba con la incertidumbre y las preocupaciones de los diplomáticos de EE. UU. y la OTAN que casi alcanzaron una proporción de crisis la semana anterior, cuando se produjeron grandes manifestaciones en Alemania para pedir el fin de las sanciones y encargar Nord Stream 2 para resolver la escasez de energía.

El público alemán empezaba a comprender lo que significaría el cierre de sus empresas siderúrgicas, empresas de fertilizantes, empresas de vidrio y empresas de papel higiénico. Estas empresas pronosticaron que tendrían que cerrar por completo, o cambiar sus operaciones a los Estados Unidos, si Alemania no se retiraba de las sanciones comerciales y monetarias contra Rusia y permitía que las importaciones rusas de gas y petróleo se reanudaran y, presumiblemente, cayeran el astronómico aumento de precio de ocho a diez veces.

Sin embargo, la halcón del Departamento de Estado, Victoria Nuland, ya había declarado en enero que "de una forma u otra, Nord Stream 2 no avanzará" si Rusia respondía a los ataques militares ucranianos acelerados en las provincias orientales de habla rusa. El presidente Biden respaldó la insistencia de Estados Unidos el 7 de febrero, prometiendo que “ya no habrá un Nord Stream 2. Le pondremos fin. … Te lo prometo, seremos capaces de hacerlo”.

La mayoría de los observadores simplemente asumieron que estas declaraciones reflejaban el hecho obvio de que los políticos alemanes estaban completamente en el bolsillo de EE.UU./OTAN. Los políticos de Alemania retuvieron las turbinas rápidas negándose a autorizar Nord Stream 2, y Canadá pronto se apoderó de las dínamos de Siemens necesarias para enviar gas a través de Nord Stream 1. Eso pareció resolver las cosas hasta que la industria alemana, y un número creciente de votantes, finalmente comenzó a calcular exactamente qué bloquear el gas ruso significaría para las empresas industriales de Alemania y, por lo tanto, el empleo doméstico.

La voluntad de Alemania de autoimponerse una depresión económica estaba vacilando, aunque no sus políticos ni la burocracia de la UE. Si los políticos pusieran los intereses comerciales alemanes y el nivel de vida en primer lugar, las sanciones comunes de la OTAN y el frente de la Nueva Guerra Fría se romperían. Italia y Francia podrían seguir su ejemplo. Esa perspectiva hizo urgente sacar las sanciones antirrusas de las manos de la política democrática.

A pesar de ser un acto de violencia, el sabotaje de los oleoductos ha restablecido la calma en las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la OTAN. No hay más incertidumbre sobre si Europa puede separarse de la diplomacia de EE. UU. restaurando el comercio y la inversión mutuos con Rusia. La amenaza de que Europa rompa con las sanciones comerciales y financieras de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia se ha resuelto, aparentemente en un futuro previsible. Rusia ha anunciado que la presión del gas está cayendo en tres de las cuatro tuberías, y la infusión de agua salada corroerá irreversiblemente las tuberías. ( Tagesspiegel , 28 de septiembre.)

¿Hacia dónde van el euro y el dólar a partir de aquí?

Al observar cómo cambiará esto la relación entre el dólar estadounidense y el euro, uno puede entender por qué no se han discutido abiertamente las consecuencias aparentemente obvias de que Alemania, Italia y otras economías europeas rompan los lazos comerciales con Rusia. La solución es un colapso económico alemán y, de hecho, de toda Europa. La próxima década será un desastre. Puede haber recriminaciones contra el precio pagado por permitir que la OTAN dicte la diplomacia comercial de Europa, pero no hay nada que Europa pueda hacer al respecto. Nadie (todavía) espera que se una a la Organización de Cooperación de Shanghai. Lo que se espera es que su nivel de vida se desplome.

Las exportaciones industriales alemanas y la atracción de flujos de inversión extranjera fueron los principales factores que respaldaron el tipo de cambio del euro. Para Alemania, el gran atractivo de pasar del marco alemán al euro era evitar que su superávit de exportación hiciera subir el tipo de cambio del marco alemán y sacara los precios de los productos alemanes de los mercados mundiales. La expansión de la eurozona para incluir a Grecia, Italia, Portugal, España y otros países con déficit en la balanza de pagos impidió que el euro se disparara. Eso protegía la competitividad de la industria alemana.

Después de su introducción en 1999 a 1,12 dólares, el euro se hundió a 0,85 dólares en julio de 2001, pero se recuperó y, de hecho, subió a 1,58 dólares en abril de 2008. Desde entonces, ha ido descendiendo constantemente y, desde febrero de este año, las sanciones han impulsado el cambio del euro a una tasa por debajo de la paridad con el dólar, a $0.97 esta semana.

El principal problema del déficit ha sido el aumento de los precios del gas y el petróleo importados, y de productos como el aluminio y los fertilizantes que requieren grandes insumos de energía para su producción. Y a medida que el tipo de cambio del euro cae frente al dólar, el costo de mantener la deuda europea en dólares estadounidenses (la condición normal para las filiales de las multinacionales estadounidenses) aumenta, reduciendo las ganancias.

Este no es el tipo de depresión en la que los "estabilizadores automáticos" pueden funcionar para restablecer el equilibrio económico. La dependencia energética es estructural. Para empeorar las cosas, las reglas económicas de la eurozona limitan sus déficits presupuestarios a solo el 3% del PIB. Esto impide que sus gobiernos nacionales apoyen la economía mediante el gasto deficitario. Los precios más altos de la energía y los alimentos, y el servicio de la deuda en dólares, dejarán muchos menos ingresos para gastar en bienes y servicios.

Como puntapié final, Pepe Escobar señaló el 28 de septiembre que “Alemania está obligada por contrato a comprar al menos 40 mil millones de metros cúbicos de gas ruso al año hasta 2030… Gazprom tiene derecho legal a recibir pagos incluso sin enviar gas. … Berlín no obtiene toda la gasolina que necesita, pero aún debe pagar”. Se puede esperar una larga batalla judicial antes de que el dinero cambie de manos. Y la capacidad de pago final de Alemania se debilitará constantemente.

Parece curioso que el mercado de valores de EE. UU. se disparó más de 500 puntos para el Promedio Industrial Dow Jones el miércoles. Tal vez el Equipo de Protección contra Plunge estaba interviniendo para tratar de asegurarle al mundo que todo iba a estar bien. Pero el mercado de valores devolvió la mayor parte de estas ganancias el jueves, ya que la realidad no puede ignorarse.

La competencia industrial alemana con Estados Unidos está terminando, lo que ayuda a la balanza comercial estadounidense. Pero en la cuenta de capital, la depreciación del euro reducirá el valor de las inversiones de EE.UU. en Europa y el valor en dólares de cualquier beneficio que aún puedan obtener a medida que la economía europea se contrae. Las ganancias globales reportadas por las multinacionales estadounidenses caerán.

El efecto de las sanciones estadounidenses y la Nueva Guerra Fría fuera de Europa

La capacidad de muchos países para pagar sus deudas internas y externas ya estaba llegando al punto de ruptura antes de que las sanciones contra Rusia elevaran los precios mundiales de la energía y los alimentos. Los aumentos de precios impulsados ​​por las sanciones se han visto agravados por el aumento del tipo de cambio del dólar frente a casi todas las monedas (irónicamente, excepto frente al rublo, cuya tasa se ha disparado en lugar de colapsar, como intentaron en vano los estrategas estadounidenses). Los precios de las materias primas internacionales todavía se cotizan principalmente en dólares, por lo que la apreciación de la moneda del dólar está elevando aún más los precios de importación para la mayoría de los países.

El dólar en alza también eleva el costo en moneda local del servicio de las deudas externas denominadas en dólares. Muchos países de Europa y del Sur Global ya han llegado al límite de su capacidad para pagar sus deudas denominadas en dólares y todavía están lidiando con el impacto de la pandemia de Covid. Ahora que las sanciones de Estados Unidos y la OTAN han hecho subir los precios mundiales del gas, el petróleo y los cereales, y que la apreciación del dólar eleva el costo del servicio de las deudas denominadas en dólares, estos países no pueden permitirse importar la energía y los alimentos que necesitan para vivir si tienen que pagar sus deudas externas. Alguien tiene que ceder.

El martes 27 de septiembre, el secretario de Estado de EE. UU., Antony Blinken, derramó lágrimas de cocodrilo y dijo que atacar los oleoductos rusos “no beneficia a nadie”. Pero si ese fuera realmente el caso, nadie habría atacado las líneas de gas. Lo que el Sr. Blinken realmente estaba diciendo era "No preguntes Cui bono". No espero que los investigadores de la OTAN vayan más allá de acusar a los sospechosos a los que culpan automáticamente los funcionarios estadounidenses.

Los estrategas estadounidenses deben tener un plan de juego sobre cómo proceder a partir de aquí. Intentarán mantener una economía global neoliberalizada todo el tiempo que puedan. Usarán la estratagema habitual para los países que no pueden pagar sus deudas externas: el FMI les prestará el dinero para pagar, con la condición de que obtengan las divisas para pagar mediante la privatización de lo que queda de su dominio público, patrimonio de recursos naturales y otros activos, vendiéndolos a inversores financieros estadounidenses y sus aliados.

¿Funcionará? ¿O los países deudores se unirán y encontrarán formas de restaurar el mundo con precios asequibles del petróleo y el gas, precios de fertilizantes, precios de granos y otros alimentos, metales y materias primas suministrados por Rusia, China y sus vecinos aliados de Eurasia, sin las "condiciones" de Estados Unidos como los que han acabado con la prosperidad europea?

Una alternativa al orden neoliberal diseñado por Estados Unidos es la gran preocupación de los estrategas estadounidenses. No pueden resolver el problema tan fácilmente como sabotear Nord Stream 1 y 2. Su solución probablemente será el enfoque habitual de EE. UU.: intervención militar y nuevas revoluciones de color con la esperanza de obtener el mismo poder sobre el Sur Global y Eurasia que la diplomacia estadounidense a través de la OTAN ejerció sobre Alemania. y otros países europeos.

El hecho de que las expectativas de Estados Unidos sobre cómo funcionarían las sanciones contra Rusia han sido justo lo contrario de lo que realmente sucedió da esperanza para el futuro del mundo. La oposición e incluso el desprecio de los diplomáticos estadounidenses hacia otros países que actúan en su propio interés económico considera una pérdida de tiempo (y, de hecho, antipatriótico) contemplar cómo los países extranjeros podrían desarrollar su propia alternativa a los planes estadounidenses. La suposición que subyace a esta visión de túnel de los EE. UU. es que no hay alternativa, y que si no piensan en esa perspectiva, seguirá siendo impensable.

Pero a menos que otros países trabajen juntos para crear una alternativa al FMI, el Banco Mundial, la Corte Internacional, la Organización Mundial del Comercio y las numerosas agencias de la ONU ahora sesgadas hacia los EE. UU./OTAN por diplomáticos estadounidenses y sus representantes, las próximas décadas verán la economía hundirse. La estrategia de dominación financiera y militar se desarrolle de acuerdo con las líneas que Washington ha planeado. La pregunta es si estos países pueden desarrollar un nuevo orden económico alternativo para protegerse de un destino como el que Europa se ha impuesto este año para la próxima década.

Fuente: http://geoestrategia.es/index.php/noticias/historico-de-noticias/38951-2022-10-03-11-50-42

 

sábado, 16 de abril de 2022

LA REVOLUCIÓN CONTRA EL CAPITALISMO ES LA ESTRATEGIA

 


 Julio C. Gambina  15 De Abril, 2022

Publicado en Debates estratégicos

Los distintos procesos de crisis en la economía manifestados en este Siglo XXI tienen ahora expresión concreta en el terreno militar. El costo en vidas es elevado, pero también en gasto e inversiones inútiles para la sociedad mundial. Las guerras insumen recursos necesarios para atender las necesidades vitales de la humanidad y de la naturaleza. La guerra, en todas sus manifestaciones, son expresión de la disputa por la hegemonía del orden mundial. Lo era la “guerra comercial” declarada por EEUU contra China, como todas las confrontaciones derivadas de sanciones unilaterales generadas en el último tiempo, especialmente emanadas desde Washington y replicadas por los socios globales.

El horizonte cercano nos devuelve más penurias para la mayoría empobrecida del planeta, lo que requiere pensar en términos de construcción de alternativa. La estrategia para superar el momento actual, de crisis extendida, alimentaria, energética, económica, financiera, cultural, política, más pandemia y más guerras nos convoca a desplegar estrategias conducentes a limitar la ofensiva del capital contra el trabajo, la naturaleza y la sociedad, que definimos como anticapitalismo.

Nos queda claro que la situación de guerras explícitas, que arrastran a posicionamientos definidos en la institucionalidad mundial, caso de las resoluciones que se viene abordando en las Naciones Unidas y que parecen no tener límites, nos presenta un escenario de futuro inmediato de incertidumbre con perspectivas regresivas. En la coyuntura puede ejemplificarse la regresión con la suba de precios de alimentos y combustibles que sufren los sectores de menores ingresos, al tiempo que mejoran las perspectivas de apropiación de las ganancias de los capitales más concentrados del sistema mundial.

En otros tiempos de guerras se gestaron condiciones para la revolución y por eso, vale recuperar el desafío civilizatorio gestado a comienzos del Siglo XX.

La guerra mundial desatada en 1914 habilitó la revolución rusa en 1917, y entre sus principales consignas estaban la lucha por la paz y el pan, premisa para sustentar una propuesta de carácter anticapitalista y por el socialismo.

Son dos aspectos claves, la paz y los alimentos, que están en juego en nuestros días, en un escenario de agravamiento del cuadro belicista, especialmente en Europa, pero no solo.

Al mismo tiempo reaparece el temor inflacionario (8,5% anualizado, para marzo en EEUU y del 7,5% para Europa) en un marco de desaceleración de la economía. Las sanciones y bloqueos por la guerra en Ucrania impactan en la disminución de la producción y circulación y bienes y servicios en el sistema mundial. Es una realidad que agrava un cuadro de desaceleración económica que vive la economía mundial, solo contrarrestado por la fuerte expansión productiva de los llamados países emergentes, especialmente China.

Gasto militar

Con la guerra se estimula la expansión de la militarización y el consecuente gasto militar.

Ello ocurre en desmedro de otros destinos orientados a superar las falencias esenciales de millones de personas en el mundo, especialmente la alimentación. Dice la FAO:

“Hoy se producen alimentos más que suficientes para alimentar a cada uno de nosotros. Sin embargo, hasta 811 millones de personas siguen padeciendo desnutrición crónica, en medio de signos de disminución del impulso para alcanzar el Hambre Cero.”[1]

La caída de la producción de alimentos y sus exportaciones por las afectaciones productivas en territorio de guerra en Ucrania, más las sanciones del capitalismo desarrollado sobre Rusia, obstaculizando globalmente la circulación de bienes y servicios, impacta en la suba de los precios internacionales.

Es grave el tema en alimentos y energía, estableciendo serios límites para atender las necesidades básicas de los sectores más empobrecidos en el ámbito mundial, al tiempo que exacerba los problemas de arrastre de contaminación que afectan el cambio climático y la destrucción de la naturaleza.

La situación de guerra en Ucrania, en Yemen, o en Palestina, entre otros territorios, se despliega en un marco de expansión del gasto militar global y los argumentos presentados explicitan la necesidad de la “defensa”. Como cada país asume la hipótesis de conflicto de la amenaza externa, el resultado es un incremento del gasto militar de cada país con capacidad de intervenir en la disputa mundial. Ese argumento defensivo está azuzado por estrategias de inteligencia que inducen a un mayor gasto militar.

El crecimiento del presupuesto militar queda explicitado en las informaciones para 2020 del Banco Mundial (BM), quien se lamenta por la tendencia incremental, un 2,4% del PBI mundial, especialmente en pleno desarrollo de la pandemia por el coronavirus iniciada en marzo de ese año.[2]

Resulta interesante recoger los datos del SIPRI[3], que también informa el BM, en donde puede leerse:

“Las transferencias internacionales de armas importantes experimentaron una ligera caída entre 2012-16 y 2017-21 (-4,6 %). Sin embargo, las exportaciones de los Estados Unidos y Francia aumentaron sustancialmente, al igual que las importaciones a los estados de Europa (+19 por ciento), Asia Oriental (+20 por ciento) y Oceanía (+59 por ciento).”

Ahí puede entenderse los focos de la guerra, los territorios del conflicto y las hipótesis de confrontación. Agrega el informe:

“El mayor crecimiento en las importaciones de armas entre las regiones del mundo se produjo en Europa. En 2017-21, las importaciones de armas importantes por parte de los estados europeos fueron un 19 % más altas que en 2012-16 y representaron el 13 % de las transferencias mundiales de armas.”

Resulta curiosa la confirmación de Europa como destino principal de la venta de armas, lo que evidencia que el conflicto desatado a fines de febrero era parte de las hipótesis de conflicto previas. Completa la información destacando:

“Mientras continuaba el conflicto en Yemen y las tensiones entre Irán y otros estados de la región seguían siendo altas, las importaciones de armas jugaron un papel importante en los desarrollos de seguridad en el Golfo. Las importaciones de armas de Arabia Saudita —el segundo mayor importador de armas del mundo— aumentaron un 27 % entre 2012-16 y 2017-21. Las importaciones de armas de Qatar crecieron un 227 por ciento, lo que lo impulsó del vigésimo segundo mayor importador de armas al sexto.”

Es de interés verificar los territorios que concentran el flujo del comercio de armas y asociarlo a los intereses estratégicos del capital por la dominación de la producción mundial.

La misma fuente indica, para abril del 2021, un aumento del gasto militar para alcanzar los 1.981 billones de dólares, siendo EEUU, China, India, Rusia y el Reino Unido, los 5 mayores involucrados, totalizando en su conjunto un 62% del volumen global.

No debe sorprender que este gasto explicita las disputas que existen por la hegemonía del sistema capitalista mundial, por lo que no extraña que, junto a lo militar, la guerra se manifiesta como “comercial, financiera, productiva, tecnológica, monetaria, incluso, cultural”.

Ese conjunto de países define hoy los bloques de alineamiento internacional que arrastra a otros países, y desafía a pensar en términos de lucha en contra y más allá del régimen de la ganancia, lo que supone pensar en alternativas al orden global.

Estrategia alternativa

Son tiempos de desorden del orden emergente en 1945 e incluso de aquel unipolar emergente en 1991.

La debilidad del dólar y la aparición de una puja de varias monedas nacionales que intentan ser expresión del dinero universal, resulta una clara manifestación de la búsqueda de una nueva regularidad en la orientación del sistema global.

Mercancía y Dinero es la presentación del fenómeno capitalista en los estudios de Marx sobre “El Capital”, por lo que resulta de interés en una estrategia en contra del capitalismo analizar los fenómenos visibles en el proceso de extensión de la mercantilización. Una extensión dialécticamente obstaculizada por las sanciones que disparan iniciativas de nuevos circuitos de valorización en el ámbito mundial.

Los caminos de la mercantilización y la valorización de capitales es un proceso continuo desde los orígenes de la acumulación capitalista, que hoy se define con mayor visibilidad en el terreno militar.

El interrogante que muchos sostienen, apunta a comparar críticamente este gasto militar en expansión, con otro destino, alternativo, para enfrentar la desnutrición y el hambre. La respuesta no pude buscarse en razonamientos o apelaciones “humanitarias”, relativas al orden económico, social, político y cultural, sino en la esfera de la lógica de la ganancia y la acumulación derivada del régimen del capital. No existe el humanismo en el capitalismo, solo la ganancia y la acumulación.

Por eso, volviendo al inicio de la nota, el desafío humanitario del presente está asociado a la búsqueda de una alternativa civilizatoria, en contra y más allá del capitalismo. No hay espacio para la reforma, aun cuando la lucha por reivindicaciones reformista puede contribuir en una perspectiva de transformaciones profundas, revolucionarias.

En 1917 emergió una propuesta que abonó el imaginario social mundial por el socialismo durante décadas, incluso pudo construir un sistema mundial bipolar luego de la segunda guerra mundial en 1945, más allá de la opinión que pueda ofrecerse sobre el tipo de sociedad construida en la URSS hasta 1991. Incluso, la estrategia “tercerista” y variadas luchas por la liberación nacional y social fueron posibles en un marco de bipolaridad del sistema mundial.

Aquella búsqueda frustrada por el anticapitalismo y el socialismo, inspirada según sus seguidores en la crítica de la economía política y del propio capitalismo, estaba asentada en los estudios de Carlos Marx.

Con la caída de la URSS, se habilitó la recuperación de la teoría en origen, con los desarrollos de los nuevos tiempos y por eso nos motiva, nuevamente en tiempos de guerra, a pensar y proponer rumbos estratégicos en defensa de la humanidad y la naturaleza.

Se trata de construir imaginarios sociales colectivos, conscientes, sustentados en la des-mercantilización de la cotidianeidad y una práctica extendida de autogestión y trabajo comunitario. Es algo que recrean concepciones del “vivir bien” o el “buen vivir” que recuperaron recientes reformas constitucionales en la región.

Buenos Aires, 13 de abril de 2022


[1] FAO. Metas de desarrollo sostenible, en: https://www.fao.org/sustainable-development-goals/goals/goal-2/en/

[2] Banco Mundial.(https://datos.bancomundial.org/indicator/MS.MIL.XPND.GD.ZS

[3] Instituto Internacional de Investigación por la Paz de Estocolmo. SIPRI. El comercio mundial de armas cae ligeramente, pero aumentan las importaciones a Europa, Asia oriental y Oceanía (14/03/2022); en: https://sipri.org/media/press-release/2022/global-arms-trade-falls-slightly-imports-europe-east-asia-and-oceania-rise

Fuente: https://contrahegemoniaweb.com.ar/2022/04/15/la-revolucion-contra-el-capitalismo-es-la-estrategia/

 

jueves, 10 de marzo de 2022

QUÉ HARA RUSIA PARA CONTRARRESTAR LA GUERRA ECONÓMICA



Pepe Escobar

07/03/2022

 

Contragolpes letales a las economías occidentales. Además de desdolarizar la economía por completo es posible que se avecine una ola de nacionalización de activos

 

Uno de los temas subyacentes del conflicto Rusia/Ucrania/OTAN es que el Imperio de las Mentiras ('copyright' Putin) ha sido sacudido hasta la médula por la capacidad combinada de los misiles hipersónicos rusos y un escudo defensivo capaz de bloquear los misiles nucleares entrantes desde Occidente. Se ha puesto casi fin a la llamada Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD) que dominó la geopolítica el pasado siglo.

Esta perspectiva militar llevó a los estadounidenses a casi arriesgarse a una guerra caliente. Su objetivo era poder colocar misiles, en un futuro cercano, en las fronteras occidentales de Ucrania, y así estar a tres minutos de Moscú. Para eso, por supuesto, necesitaban a Ucrania, a Polonia y a Rumania.

Ahora, en Ucrania, los estadounidenses están decididos a luchar hasta la última alma europea. Pero como la instalación de misiles en Ucrania podría haber sido la última tirada de sus “dados nucleares”, EEUU decidió usar otra arma de destrucción masiva para someter a Rusia a sus intereses económicos: el SWIFT (sistema de pagos internacional).

Sin embargo, no calcularon que Rusia, por ser un gran país, puede neutralizar el bloqueo económico mediante una rápida adopción de políticas de autosuficiencia.

¿Quién es Glaziev?

El economista Sergei Glaziev, detestado en los círculos atlantistas, fue asesor económico del presidente Putin y ahora es el Ministro de Integración y Macroeconomía de la Unión Económica de Eurasia (EAEU). Este alto funcionario siempre ha sido un feroz crítico del Banco Central Ruso y de la pandilla de oligarcas estrechamente ligados a las finanzas angloamericanas.

Su último ensayo “Sanciones y Soberanía” (traducido por John Helmer), merece un examen detenido. Este es uno de los puntos claves de ese trabajo:

“Las potenciales pérdidas rusas de su PIB, desde 2014, ascienden a unos 50 billones de rublos. Pero solo el 10% de estas perdidas se pueden explicar por las sanciones, mientras que el 80% fueron el resultado de la política monetaria. El objetivo de EEUU es beneficiarse con las sanciones antirrusas. No solo espera reemplazar la exportación de hidrocarburos rusos a la Unión Europea y a China, sino también torpedear la importación de mercancías europeas a Rusia.

Sin embargo, Rusia podría compensar por completo las consecuencias negativas de las sanciones financieras si el Banco de Rusia cumpliera con su deber constitucional de garantizar un tipo de cambio estable para el rublo, y no adoptara las recomendaciones de las organizaciones financieras de Washington”.

Para lograrlo Glaziev recomienda:

- Una “deslocalización real de la economía”.

- Medidas para endurecer la regulación cambiaria con el fin de detener la exportación de capital y expandir los préstamos dirigidos a empresas que necesitan inversiones financieras.

- Tributación a la especulación cambiaria y a las transacciones en dólares y euros en el mercado interior.

- Importante inversión en I+D para acelerar el desarrollo de nuestra propia base tecnológica en las áreas afectadas por las sanciones, en primer lugar, la industria de defensa, energía, transporte y comunicaciones.

-Y, por último, pero no menos importante: desdolarización de nuestras reservas de divisas, reemplazando el dólar, el euro y la libra por oro”.

El Banco Central Ruso parece estar escuchando. La mayoría de estas medidas ya están en marcha. Y hay señales de que Putin y su gobierno están listos para “agarrar a la oligarquía rusa por las pelotas” y obligarla a compartir riesgos y pérdidas en un momento extremadamente difícil para la nación. Adiós a la acumulación de fondos extraídos de Rusia en Londongrad y en el extranjero.

En diciembre de 2014 yo estaba en una conferencia económica en Roma y Glaziev intervino por video conferencia. Revisando la columna que escribí en ese momento, me he quedado atónito: es como si Glaziev se hubiera anticipado a lo que esta ocurriendo actualmente.

Permítanme citar dos párrafos de ese artículo que escribí hace 8 años:

En el simposio, celebrado en un antiguo refectorio dominicano del siglo XV decorado con frescos, que ahora forma parte de la biblioteca del parlamento italiano, Sergei Glaziev, hizo una lectura cruda de la Guerra Fría 2.0. No hay un “gobierno” real en Kiev; el embajador de EEUU es el que manda. En Washington se ha forjado una doctrina antirrusa para fomentar una guerra en Europa, y los políticos europeos son sus colaboradores. Washington quiere una guerra en Europa porque está perdiendo su competencia con China”.

 “Rusia está tratando simultáneamente de reorganizar su política frente al Fondo Monetario Internacional, combatir la fuga de capitales y minimizar el efecto que se produce cuando los bancos se ven obligados a cerrar las líneas de crédito para muchos empresarios. Sin embargo, quien finalmente perderá con las sanciones será la vieja Europa; la burocracia de Bruselas ha perdido toda noción económica a favor de los pueblos europeos, sus decisiones están sometidas al pensamiento geopolítico estadounidense”.

¿Impuesto a la independencia?

Parece estar surgiendo un consenso en Moscú: la economía rusa se estabilizará rápidamente, ya que habrá escasez de personal para la industria y se necesitarán muchas manos adicionales. Por lo tanto, no habrá desempleo. Puede haber escasez, pero no inflación. Las ventas de artículos de lujo occidentales ya se han reducido. Los productos importados se someterán a controles de precios. Todos los rublos necesarios estarán disponibles, tal como ocurrió en los EEUU durante la Segunda Guerra Mundial.

Es posible que se avecine una ola de nacionalización de activos. ExxonMobil anunció que se retirará del proyecto Sakhalin-1 de $ 4 mil millones que producirá 200.000 barriles de petróleo por día. También British Petroleum (BP) y Equinor de Noruega se retirarían de sus proyectos con Rosneft. En realidad, BP soñaba con quedarse con todas las acciones de Rosneft.

El ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, mostrando la paciencia de 10.000 monjes taoístas, describe las sanciones como “una especie de impuesto a la independencia”. EEUU está aplicando “una enorme presión” para que los gobiernos prohíban a sus empresas trabajar en Rusia.

Según el primer ministro Mikhail Mishustin, el Kremlin ahora está bloqueando las ventas de activos de aquellos inversores extranjeros que buscan desinvertir. Pero todavía no se ha anunciado cómo será la Madre de todas las Contra-Sanciones. Por su parte el vicepresidente del Consejo de Seguridad, Dmitry Medvedev, insinuó que todas las opciones están sobre la mesa.

De hecho, algunos contragolpes letales a las economías occidentales no están excluidos. Además de desdolarizar la economía por completo, como recomienda Glaziev, Rusia puede prohibir la exportación de titanio, tierras raras, combustible nuclear. Ya han prohibido la exportación de motores de cohetes.

Algunos movimientos dañinos para quienes bloquean a Rusia pueden ser los siguientes: apoderarse de todos los activos extranjeros de las naciones hostiles; congelar todos los reembolsos de préstamos a bancos occidentales y colocar esos fondos en una cuenta congelada en bancos rusos; prohibir todos los medios extranjeros hostiles; impedir el accionar de las ONGs que son fachadas de la CIA; suministrar armas de última generación a las naciones amigas aumentando el intercambio de información, entrenamiento y los ejercicios conjuntos.

Lo que es seguro es que se avanzará en una nueva arquitectura de sistemas de pago (como lo explicó Michael Hudson y otros) que una el SPFS ruso y los CHIPS chinos. Este nuevo sistema de pagos internacionales pronto se podrá ofrecer a decenas de naciones en Eurasia y en el Sur Global, varias de las cuales ya están bajo sanciones de EEUU (Irán, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Siria, Irak, Líbano, Corea del Norte...).

Lento pero seguro, ya estamos en camino hacia el surgimiento de un bloque del Sur Global considerable inmune a la guerra financiera estadounidense. Los RIC (Rusia, India y China) ya están aumentando el comercio en sus propias monedas.

Colapso Europeo

Michael Hudson me dijo, “EEUU y Europa Occidental esperaban una 'Froelicher Krieg' (“guerra feliz”). Alemania y otros países no han comenzado a sentir el dolor de la falta de gas, minerales y alimentos. Este es el verdadero juego. El objetivo sería liberar a Europa del control que EEUU ejerce a través de la OTAN. Esto implicaría “la creación de un movimiento y partido político del Nuevo Orden Mundial, como lo fue el comunismo hace un siglo. Podría llamarse algo así como “Despertar”.

Un posible Despertar ciertamente no involucrará a la esfera de la OTAN en el corto plazo. El Occidente colectivo está más bien en modo “Gran Desacoplamiento”, toda su economía está alineada con este objetivo, lo han expresado abiertamente: provocar un cambio de régimen y destruir a Rusia.

Sergey Naryshkin, el jefe de la SVR, lo describe sucintamente: “Las máscaras han caído. Occidente no solo está tratando de encerrar a Rusia con un nuevo ‘Telón de Acero’. Estamos hablando de intentos de destruir nuestro Estado: su ‘abolición’, como ahora se acostumbra decir en el ambiente liberal-fascista de las ‘potencias complacientes’. Como EEUU y sus aliados no tienen ni la oportunidad ni el ánimo para una confrontación político-militar, están intentando establecer un verdadero “bloqueo” económico, informativo y humanitario’.

Podría decirse que el vértice de la histeria occidental es el inicio de una “Yihad neonazi”: un ejército de mercenarios de 20.000 efectivos se está reuniendo en Polonia bajo la supervisión de la CIA. La mayor parte proviene de empresas militares privadas como Blackwater/Academi y DynCorp. Su tapadera: “el regreso de ucranianos para combatir”. Este remix afgano proviene directamente del único libro de jugadas que conoce la CIA.

Volviendo a la realidad, los hechos sobre el terreno eventualmente llevarán a economías enteras en Occidente a convertirse en una tropa de ganado aturdido, con un caos en la esfera de los productos básicos que conducirá a un aumento vertiginoso de los costos de energía y alimentos. Por ejemplo, hasta el 60 % de las industrias manufactureras alemanas y el 70 % de las italianas pueden verse obligadas a cerrar definitivamente, con consecuencias sociales catastróficas.

La maquinaria kafkiana no electa de la UE en Bruselas ha optado por cometer un triple harakiri, al pavonearse como vasallos del Imperio, destruyendo cualquier impulso soberano francés y alemán e imponiendo la enajenación de las relaciones con Rusia-China.

Mientras tanto, Rusia está eligiendo su camino: solo la autosuficiencia permite la independencia total. Este panorama es bien entendido por el Sur Global: un día alguien tuvo que ponerse de pie y decir: «Es suficiente». Con una gran potencia militar para respaldar su compromiso.

observatoriocrisis.com / La Haine

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/que-hara-rusia-para-contrarrestar

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

DESCIFRAR A CHINA ¿DESACOPLE O RUTA DE LA SEDA? (I)

 


Foto: https://www.elheraldo.co

18/09/2020

 

RESUMEN

 

El control de la pandemia en China no anula el impacto generado por una infección, estrechamente conectada a la globalización capitalista. Ese efecto obliga a replantear la estrategia económica de la nueva potencia. La asociación con Estados Unidos fue quebrantada por la crisis del 2008 y el desacople no dio los resultados esperados.

 

La Ruta de la Seda supone un retorno al mercado mundial para atemperar la sobreproducción, pero reaviva la disputa con Washington. La confrontación comercial ya se trasladó a la moneda y se dirime en la tecnología. Nadie sabe quién ganará esa batalla, pero las divergencias políticas y las tensiones sociales internas serán definitorias de ese resultado.

 

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Mientras la pandemia rebrota en Occidente, China exhibe un mayor control de la infección. Ya nadie recuerda el escenario inicial de la enfermedad en Oriente, que Europa y Estados Unidos observaban como un acontecimiento ajeno. La secuencia de contagios y fallecimientos ha sido más dramática en la migración del virus, que en su primera localización.

 

China mostró un camino de contención del Covid, que combinó el cierre de localidades, con restricciones a la circulación y distanciamientos sociales. Los gobiernos occidentales que esperaban el debilitamiento de su rival quedaron decepcionados. La pandemia golpea con más fuerza a sus propios países.

 

Todas las tonterías que difunde Trump sobre un virus fabricado adrede, para afectar a los Estados Unidos con complicidad directa de la OMS, no logran ensombrecer la efectividad exhibida por China. La imagen internacional de ese país quedó afianzada, con los respiradores y equipamientos médicos enviados a varios continentes. Esa “diplomacia del barbijo” sintoniza con la propuesta difundida por Beijing, para transformar la vacuna en un bien público mundial.

 

Pero también es cierto que la pandemia comenzó en China por el creciente protagonismo de ese país, en los desequilibrios generados por la globalización. El Covid irrumpió en todo el planeta por tres efectos de ese proceso: el agravamiento del hacinamiento urbano, el descontrol de las cadenas globales de valor y el des-manejo en la industrialización de los alimentos. La penetración del capitalismo en China agravó esos impactos.

 

El gigante asiático ha iniciado ya una recuperación económica que contrasta con la continuada recesión en las economías desarrolladas. Pero las tasas de crecimiento en Oriente son muy inferiores al promedio habitual. Por primera vez en décadas, el gobierno no anunció una meta productiva y las perspectivas de exportación son tan sombrías como el nivel de desempleo (Roberts, 2020a).

 

Este escenario obliga a revisar la estrategia económica. Los mismos dilemas que afloraron con la crisis del 2008 vuelven a primer plano e inducen a definir si la prioridad será el desarrollo interno o la expansión global.

 

LOS LÍMITES DEL DESCOPLE

 

China logró en las últimas décadas un excepcional desarrollo y saltó de un status subdesarrollado, al nivel actual de potencia que disputa el liderazgo internacional. Ese arrollador desenvolvimiento no tiene precedentes contemporáneos. En un tiempo récord, el país se convirtió en el principal taller del planeta y consiguió una expansión productiva que rememora el despegue de Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón o la Unión Soviética.

 

La continuidad de ese desenvolvimiento quedó severamente afectada por la crisis del 2008. El circuito de exportaciones a Estados Unidos alcanzó un techo infranqueable. Al cabo de varias décadas de estrecha asociación el enlace de “chinamérica” se agotó. No pudo sobrellevar el desbalance generado por el superávit comercial y las monumentales acreencias acumuladas por Beijing. La gran recesión del 2009-2010 introdujo un freno a la adquisición norteamericana de excedentes chinos y al consiguiente engrosamiento de las reservas asiáticas con Bonos del Tesoro.

 

Inicialmente los dos socios intentaron mantener el mismo modelo, junto a cierto desacople chino del mercado mundial. Beijing retomó su frenético ritmo de expansión con grandes inversiones en el mercado interno y una paulatina reducción de las acreencias externas.

 

Pero ese viraje hacia actividad económica local no logró reproducir la altísima rentabilidad del esquema exportador. El consumo interno mantuvo encendida la producción, pero sin generar el nivel de beneficios conseguido en el mercado mundial. Aunque el temido aterrizaje de la economía asiática no se produjo el desacople quedó a mitad de camino.

 

Luego del 2008 China retomó su crecimiento, pero sin repetir los récords precedentes. Duplicó el promedio de la expansión mundial y consiguió superar a Japón como segunda economía del planeta (Clegg, 2018). Pero el consumo interno de los sectores de alta y media renta no fue suficiente para sostener el mismo ritmo de actividad.

 

Por esa razón el gigantesco plan estatal de obras públicas sólo funcionó en forma acotada (Nadal, 2019). La tasa de inversión aumentó hasta un pico del 48% (2011), pero el ritmo de producción decayó del 10,6% (2010) al 6,7%-6.9% (2016-2017) (Hart-Landsbergs, 2018). La tasa de ahorro forjada al calor del modelo exportador limitó el esquema opuesto de primacía del consumo interno.

 

La sobreinversión se ha transformado en la principal contradicción de la economía china. Genera excedentes que no encuentran canales de digestión productiva y estimula periódicas burbujas inmobiliarias. El último boom de la construcción desató una indescriptible fiebre de urbanización. Entre 2011 y 2013 China batió todos los récords mundiales de uso del cemento para construir ciudades que no pudieron ocuparse.

 

El correlato financiero de esa sobrecapacidad productiva es un enorme volumen de créditos que satura al sistema bancario. El propio estado ha volcado al mercado montos siderales de yuanes que incentivaron las burbujas. La corriente de préstamos locales -nominada en moneda nacional y divorciada del respaldo exportador- acrecentó en forma explosiva el endeudamiento interno (Brenner, 2019).

 

Sólo el gran control que ejerce el estado sobre ese circuito, impidió las terroríficas fugas de capital que padecen los países periféricos. Pero esa supervisión potenció a su vez el circulo vicioso del sobre-ahorro sin desagote. El gobierno tanteó sin resultados satisfactorios otros rumbos, con el manejo de la tasa de interés y el tipo de cambio, para neutralizar los efectos inflacionarios o recesivos de ese excedente de liquidez.

 

Varias mediciones confirman el declive del nivel de beneficios en los últimos años (Roberts, 2016: 212-214, Hart-Landsbergs, 2018). Como el intento de reducir la gravitación del modelo exportador potenciando su contraparte interna no prosperó en términos de rentabilidad, el gobierno chino ha emprendido una nueva incursión externa.

 

LA RUTA DE LA SEDA

 

El ascenso de Xi Jinping al comando del régimen político consagró ese retorno al mercado mundial. China ya no intenta aprovechar la baratura de sus salarios para elaborar manufacturas básicas. Ahora ensaya una inserción en sectores de punta del mercado global para hacer valer su nuevo perfil de economía central. La Ruta de la Seda sintetiza ese objetivo y es concebida como un canal de descarga de los excedentes que no absorbe el mercado interno. Serviría también para desmontar las burbujas financiero-inmobiliarias de los últimos años.

 

La gestión económica de Xi apuntala esos objetivos. Contuvo el endeudamiento y desinfló los precios de las acciones e inmue­bles, mientras comenzó a construir la nueva red de comercio internacional. Ese entramado geográfico es visto como un antídoto a la sobrecapacidad en la producción y como un compensador de la sobreacumulación en las finanzas.

 

El proyecto de la Ruta de la Seda supera todo lo imaginado. Cubriría al 65% de la población mundial, mediante conexiones con un centenar de países de los cinco continentes. Involucraría un tercio del PBI global y movilizaría una cuarta parte de los bienes planetarios, a través inversiones superiores a las desplegadas en la reconstrucción europea de posguerra (Foncillas, 2019a).

 

Su construcción conectará todos los espacios requeridos para asegurar la colocación de las exportaciones asiáticas. La vía terrestre comunicará a China con Europa por medio de Asia continental y la vía marítima recorrerá el Sudeste Asiático hasta llegar a África y el Magreb.

 

Los trenes desde Beijing a Venecia y Rotterdam atravesarán todos los países de Europa Oriental y serán alimentados por varios pasos estratégicos de Asia central. Con ese circuito se busca garantizar la colocación de excedentes, el aprovisionamiento de materias primas, reduciendo drásticamente el costo del transporte. Nunca se concibió un proyecto comercial de esta envergadura (Rousset, 2018).

 

El plan fue anunciado en el 2015 y reformulado con sucesivas ampliaciones. Es retratado como un “New Deal a escala global” por la centralidad de la inversión en infraestructura, oleoductos, carreteras y aeropuertos (Dierckxsens; Formento; Piqueras, 2018). Su dimensión es proporcional a la envergadura de los sobrantes chinos.

 

La sobreproducción obliga a retomar la búsqueda de mercados externos, en un marco de globalización, que aumenta la escala de los proyectos requeridos para conservar a los clientes. El principal desequilibrio de la economía capitalista condiciona todos los pasos que sigue Beijing.

 

LA NUEVA TENSIÓN CON ESTADOS UNIDOS

 

La Ruta de la Seda intensifica el conflicto con Washington y obstruye la amigable respuesta que intentó Beijing a la creciente agresividad norteamericana. Estados Unidos es plenamente consciente de la amenaza que representa China para su menguada dominación mundial. Por eso comenzó una campaña a varias puntas para frenar a su competidor, en el insalvable techo a la convivencia que genera la sobreproducción global.

 

Bajo la gestión de Obama esa confrontación se desenvolvió en el marco de la globalización. Las dos potencias disputaron socios para sus respectivos tratados de librecomercio. El capítulo asiático de la Ruta de la Seda fue inicialmente concebido como una respuesta al convenio transpacífico (TPP) que promovía Estados Unidos.

 

Trump modificó drásticamente los términos de la disputa con su ultimátum de exigencias. Intentó imponerle a China una drástica reducción del déficit comercial, mediante reclamos de mayores compras y menores ventas. También buscó recuperar la decaída supremacía de su país, sustituyendo los tratados de librecomercio por negociaciones bilaterales explícitamente destinadas a privilegiar a las firmas yanquis. Pretendió incluso disciplinar a todos los socios de Occidente a su comando de la batalla contra China.

 

Pero al cabo de cuatro años de provocaciones no consiguió ninguno de esos objetivos. Los desbalances económicos con Beijing persisten y el establishment norteamericano evalúa nuevos caminos para confrontar con su desafiante. No está claro aún, si una eventual presidencia de Biden incluiría el retorno al modelo Obama de disputa con multilateralismo y librecomercio. Pero en cualquier caso el conflicto seguirá escalando (Katz, 2020).

 

China no podrá rehuir esas tensiones si continúa empeñada en la misma expansión externa. La Ruta de la Seda intensifica las discordias que Beijing intenta procesar con las reglas del libre comercio. Sus voceros son abanderados de ese estandarte y elogian las cumbres globalizadoras de Davos, con la misma pasión que realzan las “ventajas comparativas” como norma ordenadora del comercio. Estiman que su país ya alcanzó un patrón de competitividad suficiente para rivalizar con esos parámetros de mercado.

 

Esa estrategia desafía a Estados Unidos en el propio campo de la pureza capitalista. Involucra disputas por la atracción de socios de todos los continentes. La Ruta de la Seda es el nuevo marco de esa rivalidad y China ha montado grandes bancos para ofrecer suculentos créditos a los países que integren la red. Washington disuade a su vez con pocas zanahorias y muchas amenazas, a todos los interesados en sumarse al gran corredor que alimenta Beijing.

 

Las batallas inmediatas se localizan en el vecindario asiático. Estados Unidos refuerza las alianzas con los grandes protagonistas del tablero oriental (Australia, Japón, Corea del Sur e India), para contrarrestar los tentadores negocios que ofrece China. Hasta ahora logró pocos resultados.

 

La misma pugna se extiende a Europa. Aunque los grandes jugadores de la región son reacios a convalidar el emprendimiento asiático. Francia, Alemania e Inglaterra no quieren perder su tajada en los grandes negocios que avizoran.

 

COMERCIO Y MONEDA

 

Trump ha privilegiado la confrontación comercial con China. Mantuvo una guerra de aranceles para penalizar las importaciones de su contrincante y facilitar las exportaciones yanquis. Utilizó un amplio repertorio de amenazas, rupturas, treguas y acuerdos, que desembocaron en nuevas rondas de beligerancia. Estados Unidos aligeró un poco su déficit de intercambios sin modificar el desbalance estructural. Y Beijing aceptó varias demandas menores, sin convalidar ninguna exigencia significativa de su rival (Ríos, 2019).

 

Como esa batahola arancelaria terminó sin ningún resultado, es probable un próximo desplazamiento del conflicto hacia otros campos. La mera disputa en el terreno comercial conduciría a recrear bloques proteccionistas del pasado, que afectarían el propio entramado global de muchas empresas estadounidenses.

 

Esa contradicción es muy conocida en la cúspide del poder norteamericano, que percibe los potenciales inconvenientes de cortar los suministros chinos a la producción yanqui. Ese provisión genera enormes beneficios a las firmas mundializadas de la primera potencia.

 

En la propia pandemia se ha confirmado hasta qué punto resulta provechosa la corriente asiática de insumos intermedios, para el sector sanitario o farmacéutico. La importante retracción de la mundialización comercial registrada en los últimos años, no ha revertido la internacionalización productiva, ni zanjado el gran dilema que afronta el futuro de la globalización.

 

Los estrategas de ambas potencias saben, además, que cualquier resultado de la confrontación comercial será efímero, si el ganador no logra un triunfo equivalente en el terreno monetario. La efectividad de la Ruta de la Seda depende de la gestación de un signo monetario chino transable a escala internacional. A su vez, la obstrucción estadounidense de ese proyecto exige la permanencia del dólar como la principal moneda mundial. En el mediano plazo esa disputa es definitoria.

 

Hasta ahora el asombroso ascenso de China a escala productiva y comercial no tiene correlato en las divisas. El dólar reina en el 88 % de las operaciones concertadas en el planeta frente a un 4% de transacciones con la moneda china (Norfield, 2020).

 

Ese abismo no guarda ninguna relación con el peso real de ambas economías. Sólo ilustra la continuada preeminencia del poder geopolítico-militar de Estados Unidos y la centralidad financiera que conservan Wall Street, la FED y los bancos estadounidenses. El señoreaje del dólar le permite a Washington desconocer los límites a la emisión que imperan en el resto del mundo.

 

China ha buscado erosionar esa preeminencia, tanteando distintos caminos para internacionalizar el yuan, como moneda mundial o como sostén de una variada canasta de divisas. Ambos cursos exigen la estabilización de ese signo en un nivel que asegure su convertibilidad cambiaria. Esa consolidación requiere, a su vez, estrategias muy cautelosas en el uso de la devaluación para promover las exportaciones.

 

Beijing transita por ese camino utilizando sus gigantescas reservas en divisas y bonos del tesoro. Pero destronar al dólar no una tarea sencilla. Ni siquiera la supremacía productiva de China al tope de la economía mundial tendría ese correlato monetario inmediato (Roberts, 2020b). Por esa razón la nueva potencia construye otras alternativas en el universo de las criptomonedas (Petro-Yuan-Oro) o en actividades específicas (mercado petrolero a futuro nominado en yuanes).

 

Una divisa alternativa al dólar exige también la consolidación de grandes Mercados de Valores. Pero hasta ahora las Bolsas de Hong Kong, Shanghái o Shenzhen no disputan con su equivalente neoyorkino en montos de capitalización. Ese volumen indica la capacidad de las empresas cotizantes, para hacer valer su poder de fuego en capturas de firmas, adquisiciones o préstamos.

 

La Ruta de la Seda necesita ese soporte, que China está forjando a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) y el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB). Ambas entidades ya disponen de montos siderales para la gran batalla que se avecina en el terreno financiero.

 

LA CONFRONTACIÓN TECNOLÓGICA

 

El desenlace del choque comercial o monetario está muy condicionado por los resultados de la pugna tecnológica. Beijing ha puesto en marcha dos planes estratégicos para disputar primacía. Con el proyecto “China 2025” definió diez campos de innovación para reconvertir su economía. Intenta un salto de taller del planeta a proveedor de bienes complejos (Escobar, 2018).

 

Beijing pretende elevar sustancialmente la productividad de ciertas actividades (aviación, vehículos de nueva energía, biotecnología), para superar retrasos (industria de semiconductores) y alcanzar supremacía en los segmentos decisivos (robótica, inteligencia artificial, biomedicina, equipamiento aeroespacial). Con esos logros espera consumar el gran salto de exportador de manufacturas básicas a epicentro de actividades de punta.

 

Esa meta requiere conquistar el liderazgo del 5 G que definirá el próximo rumbo de la revolución digital. China se ha lanzado a fabricar y extender la costosa red de fibra óptica, que permitirá manejar el “Internet de las Cosas” diseñado para la nueva oleada de innovaciones.

 

Ningún otro país tiene tantas empresas y técnicos abocados al desarrollo de esa variedad de la inteligencia artificial. Ha logrado avanzar rápidamente en la construcción de una novedosa generación de telescopios, computadoras y satélites. También motoriza el comercio electrónico, que desenvolvió con mayor tardanza que sus rivales (Foncillas, 2019b).

 

China ha podido crear un grupo de firmas que ya compiten con los cinco gigantes de Estados Unidos (Amazon, Apple, Microsoft, Facebook, Google). Huawei disputa en la alta tecnología, Alibaba en las nubes de Internet, Xiamoi en la creación de software y Geely en la construcción de automóviles eléctricos. El área más crítica del país son los procesos y las memorias importadas, pero desde el 2011 al 2016 triplicaron la producción de esos circuitos integrados (Salama, 2018).

 

Para frenar este arrollador avance Estados Unidos ha focalizado la confrontación con China en la tecnología (Noyola Rodríguez, 2017). En ese campo se concentran las exigencias comerciales de Trump, que disparó incontables acusaciones de robo y piratería digital. Esas denuncias tienen el mismo asidero que sus divagaciones sobre el virus creado por rival para contaminar a Occidente con la pandemia.

 

El ocupante de la Casa Blanca centró su última andanada de aranceles en las importaciones conectadas a la actividad tecnológica. Pero no actúa sólo, ni expresa únicamente los intereses de los sectores americanistas, reacios a la contemporización que sugieren sus adversarios globalistas. La batalla tecnológica con Oriente es un estandarte de toda la clase dominante que comprende el carácter decisivo de esa puga.

 

El vertiginoso desarrollo chino amenaza seriamente la supremacía digital estadounidense y todas las elites de Washington concuerdan en abrir el fuego antes que sea tarde. Cuentan con más instrumentos ofensivos en el plano tecnológico que en la arena meramente comercial.

 

La embestida estadounidense comenzó con vetos a la participación china en las misiones espaciales y ha retomado las prohibiciones de la década pasada a la instalación de ordenadores IBM en Asia. Propicia perpetuar el dominio de las firmas norteamericanas en el tráfico mundial de las redes, consolidando el monopolio digital que actualmente impera en las normas, formatos, lenguajes y códigos de ese entramado.

 

La batalla central se dirime en el comando de la tecnología 5G y el consiguiente control del ingente flujo de datos, requeridos para monitorear automóviles o casas inteligentes. Dos empresas chinas (Huawei y ZTE) y tres asociadas al padrinazgo estadounidense (Samsung, Nokia y Ericsson) disputan ese desarrollo. Trump ya recurrió a todas las tropelías imaginables, para sabotear los ofrecimientos de instalaciones a precios competitivos que propaga Huawei.

 

Su arremetida incluyó una provocación judicial para encarcelar a los directivos de esa compañía y varias exigencias de ruptura de los convenios internacionales suscritos con esa firma. Pero el magnate no obtuvo hasta ahora los resultados buscados. Algunos gobiernos aceptaron su ultimátum (Australia, Nueva Zelanda), otros vacilan (Canadá, Inglaterra) y varios han preferido continuar con el negocio propuesto por Beijing (Arabia Saudita) (Feás, 2019).

 

Estados Unidos focaliza su ofensiva en el insuficiente manejo chino de los semiconductores. Trump reaviva todos los fantasmas de la guerra fría para bloquear la adquisición oriental de esos chips. Apuesta a obstruir la asimilación de conocimientos que necesita su rival, para situarse en la primera línea de la frontera digital.

 

Beijing ya sufrió ese impedimento en varios sectores. Los proveedores alemanes y japoneses retuvieron, por ejemplo, el know how de los grandes emprendimientos de turbinas de viento y trenes de alta velocidad que instalaron en China. Estados Unidos intenta acrecentar esos bloqueos a la transferencia de tecnología, pero la batalla recién comienza y nadie conoce cuál será su desenlace.

 

INCIERTOS RESULTADOS

 

Dirimir quién ganará la confrontación económica sino-estadounidense es uno de los acertijos favoritos de la gran prensa. Hay previsiones favorables a ambos bandos y un riguroso seguimiento de quién toma la delantera en cada campo.

 

El número de empresas que ambos contrincantes tienen en el ranking de las 500 firmas top del planeta es un indicador muy observado para evaluar la batalla. El impresionante cambio registrado en esa tabla parecería alejar cualquier duda sobre el potencial triunfador

 

En el 2005 Estados Unidos contaba con 176 de las principales empresas y China sólo 16. En el 2014 el primer país bajó a 128 y el segundo subió a 95. Cuatro años después el gigante asiático saltó a 108 compañías y en la actualidad desplazó a su rival con 119 empresas frente a 99 de su seguidor.

 

Estas cifras confirman cuál es la economía ascendente, pero no esclarecen el poderío de cada bando. Con un 20 % menos de firmas, las compañías yanquis suman más ingresos y superan a sus adversarios en los principales parámetros de la “eficiencia” capitalista (Mercatante, 2020). Los montos de recepción de la inversión foránea directa (o de colocación inversa de sumas en el extranjero) corroboran esas diferencias.

 

El mismo panorama se verifica en la tecnología. China avanza a mayor velocidad, pero Estados Unidos preserva una significativa distancia en áreas claves. Invierte una porción relativamente mayor de su PIB en investigación y desarrollo, mantiene una participación estable en la generación de patentes y se apropia del grueso de las ganancias generadas por la innovación. Además, persiste como el mayor productor de servicios intensivos y concentra una elevada proporción en las actividades de punta (Roberts, 2018). En el ranking global de alta tecnología cuenta con 22 de las 50 principales empresas y aventaja al resto en los gastos de innovación.

 

Las firmas orientales exhiben, además, mayor dificultad para diseñar aplicaciones complejas o comandar sectores digitalizados (Salama, 2018). Por esa razón, las respuestas de China a las provocaciones de Trump han sido muy cautelosas. Su enemigo cuenta con muchos recursos y puede infligirle severos daños a su vertiginoso desarrollo.

 

Los previsores de un triunfo chino proyectan hacia los próximos años las ventajas de las últimas décadas. La nueva potencia ya cuenta con cuatro bancos de incidencia global y diez compañías en la crema de los mejores negocios. No sólo lidera las manufacturas de baja o mediana complejidad, sino que ha multiplicado por tres su producción de alta tecnología. También es cierto que salió airosa de la crisis del 2008 y forjó la red de alianzas internacionales (Cooperación de Shanghái, BRICS) que le permitió embarcarse en la Ruta de la Seda (Merino, 2020).

 

Pero conviene recordar que el discurso oficial de la Unión Soviética se basaba en una tesis muy semejante de irrefrenable ascenso, al compás de sucesivas victorias competitivas. Auguraba el incontenible éxito del “campo socialista” sobre su decadente enemigo. Esta mirada no sólo omitía los desequilibrios propios, sino que menospreciaba la capacidad de reacción del imperialismo dominante. Estados Unidos doblegó a la URSS y frenó las ambiciones económicas internacionales de sus dos grandes competidores (Japón y Alemania).

 

Este señalamiento no desmiente el escenario actual de nítido retroceso estadounidense frente a la vertiginosa expansión china. Esa disparidad es el principal dato de las últimas décadas y expresa contundentes tendencias. Pero es un error extrapolar a futuro lo sucedido hasta ahora, omitiendo las significativas distancias que aún separan a la primera potencia de la segunda. Los propios publicistas del imperialismo estadounidense están interesados en presentar una falsa imagen de debilidad norteamericana. Suelen exagerar el poderío de sus enemigos, para acrecentar el miedo de la población occidental a imaginarias agresiones externas.

 

China ha crecido a un ritmo espectacular, pero no actúa como locomotora de la economía global. Cuenta con amplio margen para continuar su expansión interna superando las rémoras del subdesarrollo por senderos no capitalistas. Tiene pendiente un trecho de desenvolvimiento que ya agotaron las grandes potencias de Occidente. No necesita involucrarse en la carrera competitiva que impera en el capitalismo mundial.

 

EL TEST DEL NUEVO ESCENARIO

 

La Ruta de la Seda concentra las tensiones que se avecinan. El proyecto traspasó los primeros peldaños, pero afronta escollos financieros muy significativos. La nueva red de ferrocarriles aportaría gran velocidad al transporte, pero es menos rentable que las rutas marítimas y depende de los subsidios estatales. Los trenes actuales de alta velocidad funcionan sin ganancias y su expansión es altamente riesgosa. Ese desbalance en las gigantescas inversiones hizo flaquear en el pasado a grandes obras (como el canal de Panamá), antes de su conversión en pasos estratégicos.

 

Otro flanco crítico es la participación de los numerosos receptores nacionales de los créditos chinos. El reembolso de esas sumas debe justificarse con obras acordes a las necesidades de cada país. El interés chino por cada puerto, camino o estación ferroviaria no converge necesariamente con las prioridades de los socios asiáticos o europeos. Esos contratiempos pueden afectar el diseño final de la ruta.

 

Pero esos problemas son secundarios frente a la amenaza creada por el eventual estancamiento de la economía mundial. Un mega-proyecto de comercio global sólo pude prosperar en un marco de creciente expansión productiva. Los temblores financieros ocasionales y las recesiones periódicas no inhabilitan el emprendimiento, pero un largo período de bajo crecimiento socavaría su efectividad.

 

El proyecto surgió en un escenario de incremento del comercio por encima de la producción. Ese rasgo del auge de la globalización se ha modificado en los últimos años. Los intercambios ya no superan el nivel de actividad. La Ruta de la Seda presupone que la pujanza comercial resurgirá y por razón es promovida con el optimista credo del libre-comercio.

 

Pero es una incógnita cómo sería reformulado el proyecto en un escenario de bajo crecimiento (Borella, 2019). La crisis inaugurada con la pandemia obliga reconsiderar el plan, frente a las aterradoras cifras del primer semestre del 2020. El derrumbe del PBI ha superado el desplome sufrido en coyunturas equivalentes de 1872, 1930 o 2008-2009 y la recuperación de los países asiáticos no se extiende aún a Europa o Estados Unidos (Ugarteche; Zabaleta, 2020). ¿Será viable la Ruta de la Seda en este contexto?

 

INCÓGNITAS POLITICAS INTERNAS

 

Los dilemas que afronta China no se zanjan sólo en el terreno de la economía o la geopolítica. Los desenlaces políticos internos son igualmente decisivos. En este campo prima en Occidente una gran ignorancia de la realidad asiática. Mientras que ninguna caracterización de Estados Unidos omite el decisivo impacto de la confrontación electoral entre Trump y Biden, el devenir de China es evaluado prescindiendo de los datos básicos de su vida local.

 

Esa ceguera no obedece sólo a la brecha idiomática o cultural. Los prejuicios liberales han generalizado el mito de la uniformidad, obediencia o ausencia de divergencias en la sociedad china. Simplemente se imagina que impera un vacío resultante de autoritarismo (Prashad, 2020).

 

Con esa sesgada mirada se cuestiona el sistema político chino desconociendo lo ocurrido en la contraparte. Suelen olvidar la inexistencia de democracia genuina en las plutocracias de Occidente. Esa ceguera ante la propia realidad impide percibir la variedad de tendencias y opiniones que se verifican en otros regímenes políticos.

 

En los hechos, los choques entre las distintas corrientes de la dirección china han sido determinantes del rumbo que sigue el país. Hay múltiples vertientes en disputa y una seria contraposición entre los sectores afines y reacios a la globalización. Ambos grupos han sido bautizados con distintas denominaciones, que resaltan su localización geográfica (la costa versus el interior) o postura frente a las privatizaciones (liberales versus antiliberales). También gravitan las posturas ante la extensión del principio de lucro (mercantilistas versus y reformadores) o frente a la prioridad asignada a la expansión externa y local (mundialistas versus mercado-internistas) (Petras, 2016).

 

Las tensiones entre ambos sectores han determinado cursos de mayor integración a la economía mundial o significativo repliegue interno. Entre los conocedores de estos choques existe una generalizada coincidencia en ubicar a Xi Jinping en un lugar de arbitraje. Ese mandatario asegura los equilibrios necesarios para viabilizar el comando unificado que se verifica desde el 2012 (Rousset, 2016).

 

El presidente actual ha ejercido su autoridad introduciendo límites a las distintas posturas en choque. Contuvo el giro hacia las nuevas privatizaciones que promueven los neoliberales y frenó el replanteo de la expansión externa que propicia el ala opuesta. Xi Jinping consolidó también su liderazgo, mediante una campaña contra la corrupción del gran segmento de altos funcionarios enriquecidos con burbujas especulativas.

 

Desde su arribo al comando del país implementó esa fuerte depuración, para recomponer la deteriorada legitimidad política de las cúpulas nacionales y regionales del Partido Comunista. Acotó especialmente la gran red de coimas que floreció en los momentos de crecimiento exponencial y fiebre del lucro.

 

Xi Jinping ha intentado restaurar la credibilidad de la organización política dominante. Limitó la influencia del segmento que gestiona la inversión externa (“elite compradora”) y de la elite de ahijados del viejo liderazgo comunista (“príncipes”) (Mobo, 2019). También impidió la revisión del curso actual que auspiciaban sectores radicales, pero reintrodujo la lectura del marxismo y cierto reconocimiento del legado maoísta. Su reorganización ilustra hasta qué punto resulta indispensable evaluar el escenario político interno para caracterizar el rumbo que seguirá China.

 

LA PROTESTA SOCIAL

 

El descontento frente a la desigualdad es también determinante del rumbo transitado por el país. En China irrumpió la chocante novedad de la inequidad, junto al impactante aumento de los multimillonarios. Los enriquecidos se abastecen en negocios del lujo y se distinguen por sus clubs de yate.

 

La irrupción de ese sector de acaudalados no es sinónimo de simple polarización social. Su aparición ha convergido con la gran expansión de la clase media, el enorme aumento del consumo y la triplicación de los salarios formales. Pero la desigualdad salta a la vista observando las durísimas condiciones de vida que afrontan los trabajadores provenientes de agro, en los escalones laborales más bajo de las urbes.

 

Esas brechas generan protestas que los dirigentes registran con gran atención. China no es una excepción a ese condicionante de la vida política de cualquier nación. El impresionante peso social del proletariado obliga a considerar seriamente el estado de ánimo popular. Conviene recordar que la masa de asalariados del país reúne a una cuarta parte de la clase obrera mundial.

 

La reorganización de la vieja industria condujo desde los años 90 a una relocalización de millones de obreros en nuevas actividades y a una importante pérdida de conquistas sociales. El masivo ingreso de migrantes rurales debilitó ulteriormente en forma adicional a ese conglomerado (Hernández, 2016a).

 

Pero una nueva generación obrera ha erigido sus propios ámbitos de protesta, con demandas de salarios y mejoras de las condiciones de trabajo. Esos reclamos han encontrado eco en la sociedad y en la propia dirigencia. El éxito de ciertas huelgas ha determinado la respuesta cautelosa y la inclinación a la concesión que impera en la dirección política (Hernández, 2016b). Una protesta emblemática de julio del 2018 ilustró, además, cómo la exigencia de crear nuevos sindicatos renueva la alianza obrero-estudiantil y la prédica de la izquierda (Quian, 2019).

 

Las demandas populares constituyen un elemento central del sendero que seguirá el país. Pero China suscita interrogantes que desbordan ampliamente esas caracterizaciones. ¿Su modelo económico se asienta en principios liberales o antiliberales? ¿El sistema imperante es socialista o capitalista? El segundo artículo de esta serie responderá esas preguntas.

 

18-9-2020

 

REFERENCIAS

 

 

-Borella Guillermo (2019). La otra hegemonía global. China aspira al liderazgo tecnológico, 24-3, https://www.lanacion.com.ar/opinion

 

-Brenner, Robert (2019). El dilema del crédito chino Entrevista con Victor Shih New Left Review 115 marzo-abril

 

-Clegg, Jenny (2018). El decenio del ascenso de China 26-09, www.rebelion.org/noticia.php?id=246964

 

-Dierckxsens, Wim; Formento, Walter; Piqueras, Andrés (2018). La salida del capitalismo al fallar el intento de salir de la crisis capitalista 20/06. www.alainet.org/es/articulo/193612

 

-Escobar, Pepe (2018). Los aranceles de Estados Unidos contra China inician una guerra comercial de 50 años. www.rebelion.org/noticia.php?id=243914, 10-07

 

-Feás Enrique (2019). La guerra del 5G y sus lecciones para Europa, 1-5 http://blognewdeal.com/

 

-Foncillas, Adrián (2019a). La ambiciosa nueva Ruta de la Seda china llega a Europa y se enfrenta a nuevos desafíos, 2-3-, https://www.lanacion.com.ar

 

-Foncillas, Adrián (2019b). El paso de fábrica global a gran potencia en innovación, 24-3, https://www.lanacion.com.ar

 

-Hart-Landsberg, Martin (2018). Una estrategia defectuosa: una mirada crítica a la iniciativa China del cinturón y la ruta de la seda 11/11https://www.sinpermiso.info/texto

 

-Hernández, Mario (2016a). China y América Latina: ¿Una nueva matriz para una vieja dependencia? ¿A dónde va China?, Editorial Metrópolis, Buenos Aires.

 

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Claudio Katz

Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

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