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18/09/2020
RESUMEN
El control de la pandemia en China no anula el
impacto generado por una infección, estrechamente conectada a la globalización
capitalista. Ese efecto obliga a replantear la estrategia económica de la nueva
potencia. La asociación con Estados Unidos fue quebrantada por la crisis del
2008 y el desacople no dio los resultados esperados.
La Ruta de la Seda supone un retorno al mercado
mundial para atemperar la sobreproducción, pero reaviva la disputa con
Washington. La confrontación comercial ya se trasladó a la moneda y se dirime
en la tecnología. Nadie sabe quién ganará esa batalla, pero las divergencias
políticas y las tensiones sociales internas serán definitorias de ese
resultado.
********
Mientras la pandemia rebrota en Occidente, China
exhibe un mayor control de la infección. Ya nadie recuerda el escenario inicial
de la enfermedad en Oriente, que Europa y Estados Unidos observaban como un
acontecimiento ajeno. La secuencia de contagios y fallecimientos ha sido más
dramática en la migración del virus, que en su primera localización.
China mostró un camino de contención del Covid, que
combinó el cierre de localidades, con restricciones a la circulación y
distanciamientos sociales. Los gobiernos occidentales que esperaban el
debilitamiento de su rival quedaron decepcionados. La pandemia golpea con más
fuerza a sus propios países.
Todas las tonterías que difunde Trump sobre un
virus fabricado adrede, para afectar a los Estados Unidos con complicidad
directa de la OMS, no logran ensombrecer la efectividad exhibida por China. La
imagen internacional de ese país quedó afianzada, con los respiradores y
equipamientos médicos enviados a varios continentes. Esa “diplomacia del
barbijo” sintoniza con la propuesta difundida por Beijing, para transformar la
vacuna en un bien público mundial.
Pero también es cierto que la pandemia comenzó en
China por el creciente protagonismo de ese país, en los desequilibrios
generados por la globalización. El Covid irrumpió en todo el planeta por tres
efectos de ese proceso: el agravamiento del hacinamiento urbano, el descontrol
de las cadenas globales de valor y el des-manejo en la industrialización de los
alimentos. La penetración del capitalismo en China agravó esos impactos.
El gigante asiático ha iniciado ya una recuperación
económica que contrasta con la continuada recesión en las economías
desarrolladas. Pero las tasas de crecimiento en Oriente son muy inferiores al
promedio habitual. Por primera vez en décadas, el gobierno no anunció una meta
productiva y las perspectivas de exportación son tan sombrías como el nivel de
desempleo (Roberts, 2020a).
Este escenario obliga a revisar la estrategia
económica. Los mismos dilemas que afloraron con la crisis del 2008 vuelven a
primer plano e inducen a definir si la prioridad será el desarrollo interno o
la expansión global.
LOS LÍMITES DEL DESCOPLE
China logró en las últimas décadas un excepcional
desarrollo y saltó de un status subdesarrollado, al nivel actual de potencia
que disputa el liderazgo internacional. Ese arrollador desenvolvimiento no
tiene precedentes contemporáneos. En un tiempo récord, el país se convirtió en
el principal taller del planeta y consiguió una expansión productiva que
rememora el despegue de Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón o la Unión
Soviética.
La continuidad de ese desenvolvimiento quedó
severamente afectada por la crisis del 2008. El circuito de exportaciones a
Estados Unidos alcanzó un techo infranqueable. Al cabo de varias décadas de
estrecha asociación el enlace de “chinamérica” se agotó. No pudo sobrellevar el
desbalance generado por el superávit comercial y las monumentales acreencias
acumuladas por Beijing. La gran recesión del 2009-2010 introdujo un freno a la
adquisición norteamericana de excedentes chinos y al consiguiente engrosamiento
de las reservas asiáticas con Bonos del Tesoro.
Inicialmente los dos socios intentaron mantener el
mismo modelo, junto a cierto desacople chino del mercado mundial. Beijing
retomó su frenético ritmo de expansión con grandes inversiones en el mercado
interno y una paulatina reducción de las acreencias externas.
Pero ese viraje hacia actividad económica local no
logró reproducir la altísima rentabilidad del esquema exportador. El consumo
interno mantuvo encendida la producción, pero sin generar el nivel de
beneficios conseguido en el mercado mundial. Aunque el temido aterrizaje de la
economía asiática no se produjo el desacople quedó a mitad de camino.
Luego del 2008 China retomó su crecimiento, pero
sin repetir los récords precedentes. Duplicó el promedio de la expansión
mundial y consiguió superar a Japón como segunda economía del planeta (Clegg,
2018). Pero el consumo interno de los sectores de alta y media renta no fue
suficiente para sostener el mismo ritmo de actividad.
Por esa razón el gigantesco plan
estatal de obras públicas sólo funcionó en forma acotada (Nadal, 2019). La tasa
de inversión aumentó hasta un pico del 48% (2011), pero el ritmo de producción
decayó del 10,6% (2010) al 6,7%-6.9% (2016-2017) (Hart-Landsbergs, 2018). La
tasa de ahorro forjada al calor del modelo exportador limitó el esquema opuesto
de primacía del consumo interno.
La sobreinversión se ha transformado en la
principal contradicción de la economía china. Genera excedentes que no
encuentran canales de digestión productiva y estimula periódicas burbujas
inmobiliarias. El último boom de la construcción desató una indescriptible
fiebre de urbanización. Entre 2011 y 2013 China batió todos los récords
mundiales de uso del cemento para construir ciudades que no pudieron ocuparse.
El correlato financiero de esa sobrecapacidad
productiva es un enorme volumen de créditos que satura al sistema bancario. El
propio estado ha volcado al mercado montos siderales de yuanes que incentivaron
las burbujas. La corriente de préstamos locales -nominada en moneda nacional y
divorciada del respaldo exportador- acrecentó en forma explosiva el
endeudamiento interno (Brenner, 2019).
Sólo el gran control que ejerce el estado sobre ese
circuito, impidió las terroríficas fugas de capital que padecen los países
periféricos. Pero esa supervisión potenció a su vez el circulo vicioso del
sobre-ahorro sin desagote. El gobierno tanteó sin resultados satisfactorios
otros rumbos, con el manejo de la tasa de interés y el tipo de cambio, para
neutralizar los efectos inflacionarios o recesivos de ese excedente de
liquidez.
Varias mediciones confirman el declive del nivel de
beneficios en los últimos años (Roberts, 2016: 212-214, Hart-Landsbergs, 2018).
Como el intento de reducir la gravitación del modelo exportador potenciando su
contraparte interna no prosperó en términos de rentabilidad, el gobierno chino
ha emprendido una nueva incursión externa.
LA RUTA DE LA SEDA
El ascenso de Xi Jinping al comando del régimen
político consagró ese retorno al mercado mundial. China ya no intenta
aprovechar la baratura de sus salarios para elaborar manufacturas básicas.
Ahora ensaya una inserción en sectores de punta del mercado global para hacer
valer su nuevo perfil de economía central. La Ruta de la Seda sintetiza ese
objetivo y es concebida como un canal de descarga de los excedentes que no
absorbe el mercado interno. Serviría también para desmontar las burbujas
financiero-inmobiliarias de los últimos años.
La gestión económica de Xi apuntala esos objetivos.
Contuvo el endeudamiento y desinfló los precios de las acciones e inmuebles,
mientras comenzó a construir la nueva red de comercio internacional. Ese
entramado geográfico es visto como un antídoto a la sobrecapacidad en la
producción y como un compensador de la sobreacumulación en las finanzas.
El proyecto de la Ruta de la Seda supera todo lo
imaginado. Cubriría al 65% de la población mundial, mediante conexiones con un
centenar de países de los cinco continentes. Involucraría un tercio del PBI
global y movilizaría una cuarta parte de los bienes planetarios, a través
inversiones superiores a las desplegadas en la reconstrucción europea de posguerra
(Foncillas, 2019a).
Su construcción conectará todos los espacios
requeridos para asegurar la colocación de las exportaciones asiáticas. La vía
terrestre comunicará a China con Europa por medio de Asia continental y la vía
marítima recorrerá el Sudeste Asiático hasta llegar a África y el Magreb.
Los trenes desde Beijing a Venecia y Rotterdam
atravesarán todos los países de Europa Oriental y serán alimentados por varios
pasos estratégicos de Asia central. Con ese circuito se busca garantizar la
colocación de excedentes, el aprovisionamiento de materias primas, reduciendo
drásticamente el costo del transporte. Nunca se concibió un proyecto comercial
de esta envergadura (Rousset, 2018).
El plan fue anunciado en el 2015 y reformulado con
sucesivas ampliaciones. Es retratado como un “New Deal a escala global”
por la centralidad de la inversión en infraestructura, oleoductos, carreteras y
aeropuertos (Dierckxsens; Formento; Piqueras, 2018). Su dimensión es
proporcional a la envergadura de los sobrantes chinos.
La sobreproducción obliga a retomar la búsqueda de
mercados externos, en un marco de globalización, que aumenta la escala de los
proyectos requeridos para conservar a los clientes. El principal desequilibrio
de la economía capitalista condiciona todos los pasos que sigue Beijing.
LA NUEVA TENSIÓN CON ESTADOS UNIDOS
La Ruta de la Seda intensifica el conflicto con
Washington y obstruye la amigable respuesta que intentó Beijing a la creciente
agresividad norteamericana. Estados Unidos es plenamente consciente de la
amenaza que representa China para su menguada dominación mundial. Por eso
comenzó una campaña a varias puntas para frenar a su competidor, en el insalvable
techo a la convivencia que genera la sobreproducción global.
Bajo la gestión de Obama esa confrontación se
desenvolvió en el marco de la globalización. Las dos potencias disputaron
socios para sus respectivos tratados de librecomercio. El capítulo asiático de
la Ruta de la Seda fue inicialmente concebido como una respuesta al convenio
transpacífico (TPP) que promovía Estados Unidos.
Trump modificó drásticamente los términos de la
disputa con su ultimátum de exigencias. Intentó imponerle a China una drástica
reducción del déficit comercial, mediante reclamos de mayores compras y menores
ventas. También buscó recuperar la decaída supremacía de su país, sustituyendo
los tratados de librecomercio por negociaciones bilaterales explícitamente
destinadas a privilegiar a las firmas yanquis. Pretendió incluso disciplinar a
todos los socios de Occidente a su comando de la batalla contra China.
Pero al cabo de cuatro años de provocaciones no
consiguió ninguno de esos objetivos. Los desbalances económicos con Beijing
persisten y el establishment norteamericano evalúa nuevos caminos para
confrontar con su desafiante. No está claro aún, si una eventual presidencia de
Biden incluiría el retorno al modelo Obama de disputa con multilateralismo y
librecomercio. Pero en cualquier caso el conflicto seguirá escalando (Katz,
2020).
China no podrá rehuir esas tensiones si continúa
empeñada en la misma expansión externa. La Ruta de la Seda intensifica las
discordias que Beijing intenta procesar con las reglas del libre comercio. Sus
voceros son abanderados de ese estandarte y elogian las cumbres globalizadoras
de Davos, con la misma pasión que realzan las “ventajas comparativas” como
norma ordenadora del comercio. Estiman que su país ya alcanzó un patrón de
competitividad suficiente para rivalizar con esos parámetros de mercado.
Esa estrategia desafía a Estados Unidos en el
propio campo de la pureza capitalista. Involucra disputas por la atracción de
socios de todos los continentes. La Ruta de la Seda es el nuevo marco de esa
rivalidad y China ha montado grandes bancos para ofrecer suculentos créditos a
los países que integren la red. Washington disuade a su vez con pocas
zanahorias y muchas amenazas, a todos los interesados en sumarse al gran
corredor que alimenta Beijing.
Las batallas inmediatas se localizan en el
vecindario asiático. Estados Unidos refuerza las alianzas con los grandes
protagonistas del tablero oriental (Australia, Japón, Corea del Sur e India),
para contrarrestar los tentadores negocios que ofrece China. Hasta ahora logró
pocos resultados.
La misma pugna se extiende a Europa. Aunque los
grandes jugadores de la región son reacios a convalidar el emprendimiento
asiático. Francia, Alemania e Inglaterra no quieren perder su tajada en los
grandes negocios que avizoran.
COMERCIO Y MONEDA
Trump ha privilegiado la confrontación comercial
con China. Mantuvo una guerra de aranceles para penalizar las importaciones de
su contrincante y facilitar las exportaciones yanquis. Utilizó un amplio
repertorio de amenazas, rupturas, treguas y acuerdos, que desembocaron en
nuevas rondas de beligerancia. Estados Unidos aligeró un poco su déficit de
intercambios sin modificar el desbalance estructural. Y Beijing aceptó varias
demandas menores, sin convalidar ninguna exigencia significativa de su rival
(Ríos, 2019).
Como esa batahola arancelaria terminó sin ningún
resultado, es probable un próximo desplazamiento del conflicto hacia otros
campos. La mera disputa en el terreno comercial conduciría a recrear bloques
proteccionistas del pasado, que afectarían el propio entramado global de muchas
empresas estadounidenses.
Esa contradicción es muy conocida en la cúspide del
poder norteamericano, que percibe los potenciales inconvenientes de cortar los
suministros chinos a la producción yanqui. Ese provisión genera enormes
beneficios a las firmas mundializadas de la primera potencia.
En la propia pandemia se ha confirmado hasta qué
punto resulta provechosa la corriente asiática de insumos intermedios, para el
sector sanitario o farmacéutico. La importante retracción de la mundialización
comercial registrada en los últimos años, no ha revertido la
internacionalización productiva, ni zanjado el gran dilema que afronta el
futuro de la globalización.
Los estrategas de ambas potencias saben, además,
que cualquier resultado de la confrontación comercial será efímero, si el
ganador no logra un triunfo equivalente en el terreno monetario. La efectividad
de la Ruta de la Seda depende de la gestación de un signo monetario chino
transable a escala internacional. A su vez, la obstrucción estadounidense de
ese proyecto exige la permanencia del dólar como la principal moneda mundial.
En el mediano plazo esa disputa es definitoria.
Hasta ahora el asombroso ascenso de China a escala
productiva y comercial no tiene correlato en las divisas. El dólar reina en el
88 % de las operaciones concertadas en el planeta frente a un 4% de
transacciones con la moneda china (Norfield, 2020).
Ese abismo no guarda ninguna relación con el peso
real de ambas economías. Sólo ilustra la continuada preeminencia del poder
geopolítico-militar de Estados Unidos y la centralidad financiera que conservan
Wall Street, la FED y los bancos estadounidenses. El señoreaje del dólar le
permite a Washington desconocer los límites a la emisión que imperan en el
resto del mundo.
China ha buscado erosionar esa preeminencia,
tanteando distintos caminos para internacionalizar el yuan, como moneda mundial
o como sostén de una variada canasta de divisas. Ambos cursos exigen la
estabilización de ese signo en un nivel que asegure su convertibilidad
cambiaria. Esa consolidación requiere, a su vez, estrategias muy cautelosas en
el uso de la devaluación para promover las exportaciones.
Beijing transita por ese camino utilizando sus
gigantescas reservas en divisas y bonos del tesoro. Pero destronar al dólar no
una tarea sencilla. Ni siquiera la supremacía productiva de China al tope de la
economía mundial tendría ese correlato monetario inmediato (Roberts, 2020b).
Por esa razón la nueva potencia construye otras alternativas en el universo de
las criptomonedas (Petro-Yuan-Oro) o en actividades específicas (mercado
petrolero a futuro nominado en yuanes).
Una divisa alternativa al dólar exige también la
consolidación de grandes Mercados de Valores. Pero hasta ahora las Bolsas de
Hong Kong, Shanghái o Shenzhen no disputan con su equivalente neoyorkino en
montos de capitalización. Ese volumen indica la capacidad de las empresas
cotizantes, para hacer valer su poder de fuego en capturas de firmas,
adquisiciones o préstamos.
La Ruta de la Seda necesita ese soporte, que China
está forjando a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura
(AIIB) y el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB). Ambas entidades ya disponen de
montos siderales para la gran batalla que se avecina en el terreno financiero.
LA CONFRONTACIÓN TECNOLÓGICA
El desenlace del choque comercial o monetario está
muy condicionado por los resultados de la pugna tecnológica. Beijing ha puesto
en marcha dos planes estratégicos para disputar primacía. Con el proyecto
“China 2025” definió diez campos de innovación para reconvertir su economía.
Intenta un salto de taller del planeta a proveedor de bienes complejos
(Escobar, 2018).
Beijing pretende elevar sustancialmente la
productividad de ciertas actividades (aviación, vehículos de nueva energía,
biotecnología), para superar retrasos (industria de semiconductores) y alcanzar
supremacía en los segmentos decisivos (robótica, inteligencia artificial,
biomedicina, equipamiento aeroespacial). Con esos logros espera consumar el
gran salto de exportador de manufacturas básicas a epicentro de actividades de
punta.
Esa meta requiere conquistar el liderazgo del 5 G
que definirá el próximo rumbo de la revolución digital. China se ha lanzado a
fabricar y extender la costosa red de fibra óptica, que permitirá manejar el
“Internet de las Cosas” diseñado para la nueva oleada de innovaciones.
Ningún otro país tiene tantas empresas y técnicos
abocados al desarrollo de esa variedad de la inteligencia artificial. Ha
logrado avanzar rápidamente en la construcción de una novedosa generación de
telescopios, computadoras y satélites. También motoriza el comercio
electrónico, que desenvolvió con mayor tardanza que sus rivales (Foncillas,
2019b).
China ha podido crear un grupo de firmas que ya
compiten con los cinco gigantes de Estados Unidos (Amazon, Apple, Microsoft,
Facebook, Google). Huawei disputa en la alta tecnología, Alibaba en las nubes
de Internet, Xiamoi en la creación de software y Geely en la construcción de
automóviles eléctricos. El área más crítica del país son los procesos y las
memorias importadas, pero desde el 2011 al 2016 triplicaron la producción de
esos circuitos integrados (Salama, 2018).
Para frenar este arrollador avance Estados Unidos
ha focalizado la confrontación con China en la tecnología (Noyola Rodríguez,
2017). En ese campo se concentran las exigencias comerciales de Trump, que
disparó incontables acusaciones de robo y piratería digital. Esas denuncias
tienen el mismo asidero que sus divagaciones sobre el virus creado por rival
para contaminar a Occidente con la pandemia.
El ocupante de la Casa Blanca centró su última
andanada de aranceles en las importaciones conectadas a la actividad
tecnológica. Pero no actúa sólo, ni expresa únicamente los intereses de los
sectores americanistas, reacios a la contemporización que sugieren sus
adversarios globalistas. La batalla tecnológica con Oriente es un estandarte de
toda la clase dominante que comprende el carácter decisivo de esa puga.
El vertiginoso desarrollo chino amenaza seriamente
la supremacía digital estadounidense y todas las elites de Washington concuerdan
en abrir el fuego antes que sea tarde. Cuentan con más instrumentos ofensivos
en el plano tecnológico que en la arena meramente comercial.
La embestida estadounidense comenzó con vetos a la
participación china en las misiones espaciales y ha retomado las prohibiciones
de la década pasada a la instalación de ordenadores IBM en Asia. Propicia
perpetuar el dominio de las firmas norteamericanas en el tráfico mundial de las
redes, consolidando el monopolio digital que actualmente impera en las normas, formatos,
lenguajes y códigos de ese entramado.
La batalla central se dirime en el comando de la
tecnología 5G y el consiguiente control del ingente flujo de datos, requeridos
para monitorear automóviles o casas inteligentes. Dos empresas chinas (Huawei y
ZTE) y tres asociadas al padrinazgo estadounidense (Samsung, Nokia y Ericsson)
disputan ese desarrollo. Trump ya recurrió a todas las tropelías imaginables,
para sabotear los ofrecimientos de instalaciones a precios competitivos que
propaga Huawei.
Su arremetida incluyó una provocación judicial para
encarcelar a los directivos de esa compañía y varias exigencias de ruptura de
los convenios internacionales suscritos con esa firma. Pero el magnate no
obtuvo hasta ahora los resultados buscados. Algunos gobiernos aceptaron su
ultimátum (Australia, Nueva Zelanda), otros vacilan (Canadá, Inglaterra) y
varios han preferido continuar con el negocio propuesto por Beijing (Arabia
Saudita) (Feás, 2019).
Estados Unidos focaliza su ofensiva en el
insuficiente manejo chino de los semiconductores. Trump reaviva todos los
fantasmas de la guerra fría para bloquear la adquisición oriental de esos
chips. Apuesta a obstruir la asimilación de conocimientos que necesita su
rival, para situarse en la primera línea de la frontera digital.
Beijing ya sufrió ese impedimento en varios
sectores. Los proveedores alemanes y japoneses retuvieron, por ejemplo, el know
how de los grandes emprendimientos de turbinas de viento y trenes de alta
velocidad que instalaron en China. Estados Unidos intenta acrecentar esos
bloqueos a la transferencia de tecnología, pero la batalla recién comienza y
nadie conoce cuál será su desenlace.
INCIERTOS RESULTADOS
Dirimir quién ganará la confrontación económica
sino-estadounidense es uno de los acertijos favoritos de la gran prensa. Hay
previsiones favorables a ambos bandos y un riguroso seguimiento de quién toma
la delantera en cada campo.
El número de empresas que ambos contrincantes
tienen en el ranking de las 500 firmas top del planeta es un indicador muy
observado para evaluar la batalla. El impresionante cambio registrado en esa
tabla parecería alejar cualquier duda sobre el potencial triunfador
En el 2005 Estados Unidos contaba con 176 de las
principales empresas y China sólo 16. En el 2014 el primer país bajó a 128 y el
segundo subió a 95. Cuatro años después el gigante asiático saltó a 108
compañías y en la actualidad desplazó a su rival con 119 empresas frente a 99
de su seguidor.
Estas cifras confirman cuál es la economía
ascendente, pero no esclarecen el poderío de cada bando. Con un 20 % menos
de firmas, las compañías yanquis suman más ingresos y superan a sus adversarios
en los principales parámetros de la “eficiencia” capitalista (Mercatante,
2020). Los montos de recepción de la inversión foránea directa (o de colocación
inversa de sumas en el extranjero) corroboran esas diferencias.
El mismo panorama se verifica en la tecnología.
China avanza a mayor velocidad, pero Estados Unidos preserva una significativa
distancia en áreas claves. Invierte una porción relativamente mayor de su PIB
en investigación y desarrollo, mantiene una participación estable en la
generación de patentes y se apropia del grueso de las ganancias generadas por
la innovación. Además, persiste como el mayor productor de servicios intensivos
y concentra una elevada proporción en las actividades de punta (Roberts, 2018).
En el ranking global de alta tecnología cuenta con 22 de las 50 principales
empresas y aventaja al resto en los gastos de innovación.
Las firmas orientales exhiben, además, mayor
dificultad para diseñar aplicaciones complejas o comandar sectores
digitalizados (Salama, 2018). Por esa razón, las respuestas de China a las
provocaciones de Trump han sido muy cautelosas. Su enemigo cuenta con muchos
recursos y puede infligirle severos daños a su vertiginoso desarrollo.
Los previsores de un triunfo chino proyectan hacia
los próximos años las ventajas de las últimas décadas. La nueva potencia ya cuenta
con cuatro bancos de incidencia global y diez compañías en la crema de los
mejores negocios. No sólo lidera las manufacturas de baja o mediana
complejidad, sino que ha multiplicado por tres su producción de alta
tecnología. También es cierto que salió airosa de la crisis del 2008 y forjó la
red de alianzas internacionales (Cooperación de Shanghái, BRICS) que le
permitió embarcarse en la Ruta de la Seda (Merino, 2020).
Pero conviene recordar que el discurso oficial de
la Unión Soviética se basaba en una tesis muy semejante de irrefrenable
ascenso, al compás de sucesivas victorias competitivas. Auguraba el
incontenible éxito del “campo socialista” sobre su decadente enemigo. Esta
mirada no sólo omitía los desequilibrios propios, sino que menospreciaba la
capacidad de reacción del imperialismo dominante. Estados Unidos doblegó a la
URSS y frenó las ambiciones económicas internacionales de sus dos grandes
competidores (Japón y Alemania).
Este señalamiento no desmiente el escenario actual
de nítido retroceso estadounidense frente a la vertiginosa expansión china. Esa
disparidad es el principal dato de las últimas décadas y expresa contundentes
tendencias. Pero es un error extrapolar a futuro lo sucedido hasta ahora,
omitiendo las significativas distancias que aún separan a la primera potencia
de la segunda. Los propios publicistas del imperialismo estadounidense están
interesados en presentar una falsa imagen de debilidad norteamericana. Suelen
exagerar el poderío de sus enemigos, para acrecentar el miedo de la población
occidental a imaginarias agresiones externas.
China ha crecido a un ritmo espectacular, pero no
actúa como locomotora de la economía global. Cuenta con amplio margen para
continuar su expansión interna superando las rémoras del subdesarrollo por
senderos no capitalistas. Tiene pendiente un trecho de desenvolvimiento que ya
agotaron las grandes potencias de Occidente. No necesita involucrarse en la
carrera competitiva que impera en el capitalismo mundial.
EL TEST DEL NUEVO ESCENARIO
La Ruta de la Seda concentra las tensiones que se
avecinan. El proyecto traspasó los primeros peldaños, pero afronta escollos
financieros muy significativos. La nueva red de ferrocarriles aportaría gran
velocidad al transporte, pero es menos rentable que las rutas marítimas y
depende de los subsidios estatales. Los trenes actuales de alta velocidad
funcionan sin ganancias y su expansión es altamente riesgosa. Ese desbalance en
las gigantescas inversiones hizo flaquear en el pasado a grandes obras (como el
canal de Panamá), antes de su conversión en pasos estratégicos.
Otro flanco crítico es la participación de los
numerosos receptores nacionales de los créditos chinos. El reembolso de esas
sumas debe justificarse con obras acordes a las necesidades de cada país. El
interés chino por cada puerto, camino o estación ferroviaria no converge
necesariamente con las prioridades de los socios asiáticos o europeos. Esos
contratiempos pueden afectar el diseño final de la ruta.
Pero esos problemas son secundarios frente a la
amenaza creada por el eventual estancamiento de la economía mundial. Un
mega-proyecto de comercio global sólo pude prosperar en un marco de creciente
expansión productiva. Los temblores financieros ocasionales y las recesiones
periódicas no inhabilitan el emprendimiento, pero un largo período de bajo
crecimiento socavaría su efectividad.
El proyecto surgió en un escenario de incremento
del comercio por encima de la producción. Ese rasgo del auge de la
globalización se ha modificado en los últimos años. Los intercambios ya no
superan el nivel de actividad. La Ruta de la Seda presupone que la pujanza
comercial resurgirá y por razón es promovida con el optimista credo del
libre-comercio.
Pero es una incógnita cómo sería reformulado el
proyecto en un escenario de bajo crecimiento (Borella, 2019). La crisis
inaugurada con la pandemia obliga reconsiderar el plan, frente a las
aterradoras cifras del primer semestre del 2020. El derrumbe del PBI ha
superado el desplome sufrido en coyunturas equivalentes de 1872, 1930 o
2008-2009 y la recuperación de los países asiáticos no se extiende aún a Europa
o Estados Unidos (Ugarteche; Zabaleta, 2020). ¿Será viable la Ruta de la Seda
en este contexto?
INCÓGNITAS POLITICAS INTERNAS
Los dilemas que afronta China no se zanjan sólo en
el terreno de la economía o la geopolítica. Los desenlaces políticos internos
son igualmente decisivos. En este campo prima en Occidente una gran ignorancia
de la realidad asiática. Mientras que ninguna caracterización de Estados Unidos
omite el decisivo impacto de la confrontación electoral entre Trump y Biden, el
devenir de China es evaluado prescindiendo de los datos básicos de su vida
local.
Esa ceguera no obedece sólo a la brecha idiomática
o cultural. Los prejuicios liberales han generalizado el mito de la
uniformidad, obediencia o ausencia de divergencias en la sociedad china.
Simplemente se imagina que impera un vacío resultante de autoritarismo
(Prashad, 2020).
Con esa sesgada mirada se cuestiona el sistema
político chino desconociendo lo ocurrido en la contraparte. Suelen olvidar la
inexistencia de democracia genuina en las plutocracias de Occidente. Esa
ceguera ante la propia realidad impide percibir la variedad de tendencias y
opiniones que se verifican en otros regímenes políticos.
En los hechos, los choques entre las distintas
corrientes de la dirección china han sido determinantes del rumbo que sigue el
país. Hay múltiples vertientes en disputa y una seria contraposición entre los
sectores afines y reacios a la globalización. Ambos grupos han sido bautizados
con distintas denominaciones, que resaltan su localización geográfica (la costa
versus el interior) o postura frente a las privatizaciones (liberales versus
antiliberales). También gravitan las posturas ante la extensión del principio
de lucro (mercantilistas versus y reformadores) o frente a la prioridad
asignada a la expansión externa y local (mundialistas versus
mercado-internistas) (Petras, 2016).
Las tensiones entre ambos sectores han determinado
cursos de mayor integración a la economía mundial o significativo repliegue
interno. Entre los conocedores de estos choques existe una generalizada
coincidencia en ubicar a Xi Jinping en un lugar de arbitraje. Ese mandatario
asegura los equilibrios necesarios para viabilizar el comando unificado que se
verifica desde el 2012 (Rousset, 2016).
El presidente actual ha ejercido su autoridad
introduciendo límites a las distintas posturas en choque. Contuvo el giro hacia
las nuevas privatizaciones que promueven los neoliberales y frenó el replanteo
de la expansión externa que propicia el ala opuesta. Xi Jinping consolidó
también su liderazgo, mediante una campaña contra la corrupción del gran
segmento de altos funcionarios enriquecidos con burbujas especulativas.
Desde su arribo al comando del país implementó esa
fuerte depuración, para recomponer la deteriorada legitimidad política de las
cúpulas nacionales y regionales del Partido Comunista. Acotó especialmente la
gran red de coimas que floreció en los momentos de crecimiento exponencial y
fiebre del lucro.
Xi Jinping ha intentado restaurar la credibilidad
de la organización política dominante. Limitó la influencia del segmento que
gestiona la inversión externa (“elite compradora”) y de la elite de ahijados
del viejo liderazgo comunista (“príncipes”) (Mobo, 2019). También impidió la
revisión del curso actual que auspiciaban sectores radicales, pero reintrodujo
la lectura del marxismo y cierto reconocimiento del legado maoísta. Su
reorganización ilustra hasta qué punto resulta indispensable evaluar el
escenario político interno para caracterizar el rumbo que seguirá China.
LA PROTESTA SOCIAL
El descontento frente a la desigualdad es también
determinante del rumbo transitado por el país. En China irrumpió la chocante
novedad de la inequidad, junto al impactante aumento de los multimillonarios.
Los enriquecidos se abastecen en negocios del lujo y se distinguen por sus
clubs de yate.
La irrupción de ese sector de acaudalados no es
sinónimo de simple polarización social. Su aparición ha convergido con la gran
expansión de la clase media, el enorme aumento del consumo y la triplicación de
los salarios formales. Pero la desigualdad salta a la vista observando las
durísimas condiciones de vida que afrontan los trabajadores provenientes de
agro, en los escalones laborales más bajo de las urbes.
Esas brechas generan protestas que los dirigentes
registran con gran atención. China no es una excepción a ese condicionante de
la vida política de cualquier nación. El impresionante peso social del
proletariado obliga a considerar seriamente el estado de ánimo popular.
Conviene recordar que la masa de asalariados del país reúne a una cuarta parte
de la clase obrera mundial.
La reorganización de la vieja industria condujo
desde los años 90 a una relocalización de millones de obreros en nuevas
actividades y a una importante pérdida de conquistas sociales. El masivo
ingreso de migrantes rurales debilitó ulteriormente en forma adicional a ese
conglomerado (Hernández, 2016a).
Pero una nueva generación obrera ha erigido sus
propios ámbitos de protesta, con demandas de salarios y mejoras de las
condiciones de trabajo. Esos reclamos han encontrado eco en la sociedad y en la
propia dirigencia. El éxito de ciertas huelgas ha determinado la respuesta
cautelosa y la inclinación a la concesión que impera en la dirección política
(Hernández, 2016b). Una protesta emblemática de julio del 2018 ilustró, además,
cómo la exigencia de crear nuevos sindicatos renueva la alianza
obrero-estudiantil y la prédica de la izquierda (Quian, 2019).
Las demandas populares constituyen un elemento
central del sendero que seguirá el país. Pero China suscita interrogantes que
desbordan ampliamente esas caracterizaciones. ¿Su modelo económico se asienta
en principios liberales o antiliberales? ¿El sistema imperante es socialista o
capitalista? El segundo artículo de esta serie responderá esas preguntas.
18-9-2020
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Claudio Katz
Economista, investigador del CONICET, profesor de
la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz
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