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sábado, 6 de noviembre de 2021

CUANDO EL PUEBLO INTERPELA A LA REALIDAD

 


Armando Trelles Castro  

Creer en el pueblo o en lo que el pueblo cree es una cuestión que puede generar un profundo debate, porque cuando hablamos de pueblo tenemos que identificar qué es el pueblo, ya que no es lo mismo que hablar de clases sociales, es algo más amplio. Para Rousseau el pueblo era el conjunto de los ciudadanos (2012, p. 30). En nuestras circunstancias las cosas varían, no podemos decir que el pueblo peruano es el conjunto de sus ciudadanos, sin embargo, el conjunto de los ciudadanos puede constituir al pueblo siempre y cuando éstos sean “la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna más justa” (Fidel Castro referenciado por Araujo-Frias, 2017, p. 98).

De ahí que cuando hay momentos en los cuales arriban sus figuras a la política gubernamental, éstas expresen las cosas que el pueblo cree, porque es de donde salen. Toman como referencia lo que el pueblo cree porque creen lo que la masa considera sus reivindicaciones. Es lo que confunde generalmente a las personas que no sienten como esa masa irredenta que busca su redención. Quien lo dice de una manera precisa y en leguaje mesiánico es San Pablo, porque la redención es lo que Dios escoge, es decir, lo que “el mundo considera necio para avergonzar a los sabios”, porque elige al “débil de este mundo para confundir lo que es fuerte”, elige a “lo que es común y despreciado en este mundo, lo que es nada, para reducir a la nada lo que es” (La Biblia latinoamericana, Corintios 1.27-28).

Lo cual conlleva a la masa a expresarse con discursos sencillos, no con discursos sofisticados. Y es más difícil creer en lo que simplemente se dice porque nace de sentimientos que se viven a profundidad, por eso se hace difícil creer en lo que la masa cree, donde lo que se dice suena muchas veces a locura, pero en realidad es una interpelación. De ahí que sea mentira que esas expresiones vayan a desestabilizar un país, ya se vio con el reaccionario de Donald Trump, decía lo que se le antojaba y, particularmente, no vi que los capitalistas gringos huyeran a China espantados por el expresidente.  

Por eso para transformar la realidad hay que comprenderla y para comprenderla hay que tener conceptos que hagan inteligible lo que se muestra engorroso.

El mundo para el irredento es, al igual que para otra persona, una totalidad de sentido, es lo que constituye su noción sobre la vida, ese mundo no es igual que para cualquiera que no sienta el deseo de reivindicarse. Aparece para el irredento un mundo que puede mejorarse, y que será posible hacerse siempre y cuando se haga con cosas distintas a las que vive.

Por eso, para transformar la realidad hay que comprenderla y para comprenderla hay que tener conceptos que hagan inteligible lo que se muestra engorroso. En tal sentido, no basta con resignificar los conceptos, sino en desmontarlos a partir del tránsito categorial (Rafael Bautista, 2017, p. 26). Ese tránsito categorial es posible desde lo que no es, desde el negado, desde la víctima del sistema, cuya interpelación le suena a locura al que bebe la sabiduría del mundo tal cual es concebido y pensado desde la posición de los privilegiados.

Esto trae como consecuencia otro problema, que es comprender la realidad, porque ella es el límite natural con el que se topa la transformación, la transformación es el límite natural con el que se topa el pensamiento. Trascender los límites no sería posible con las mismas ideas que lo sujetan. La realidad está sujeta al pensamiento de quien pretende transformarla, por eso se vuelve compleja la transformación. Por lo que primero hay que conocerse bien, no hay mejor forma de hacerlo que en las crisis, donde todo se hace molesto y ahí aparece quien somos, porque las circunstancias no son fáciles. Know yourself, lo cual es posible siempre y cuando haya un problema.

La teoría y la práctica son abstracciones, la realidad nos muestra que ambas van de la mano, no se separan, por eso el contenido de una idea encierra una costumbre, algo que se nos hace normal. El problema está en caer en el formalismo de lo que se cree ya establecido y pensar que así es la realidad, como la abstracción, como la idea. Por eso cuando se cuestiona algo es a través de la materialidad que lo constituye. El problema no es teórico-práctico, sino formal-material.

De ahí que, para poder hacer el tránsito categorial, para resignificar los conceptos con los que comprendemos la realidad necesitemos identificar los mitos que guían la acción humana, el “mito es conditio humana, sin mitos no es posible vivir, pues vivir implica adjudicarle un sentido a la vida” (Rafael Bautista, 2017, p. 39). Los mitos no son ajenos a las relaciones de poder. Por eso para Hayek es normal creer que la “función del Estado de derecho sea la de “proteger la libertad económica individual, preservar la propiedad privada y el sistema de contratos” (Vergara, 2015, p. 171)

Teóricos así parten de la idea de que el sistema es total, que no tiene alternativas (unidimensional) (Dussel, tesis 7, 2013, p. 139). Por eso cuando se hace una crítica a un proceso de transformación, tal crítica será acrítica si partimos desde el mismo horizonte que tienen los privilegiados del sistema. De tal forma que no pondremos en cuestión la totalidad de sentido (el mundo) porque damos por supuesto que es tal como aparece, sin considerar que puede ser interpelado, por lo tanto, transformado. Por lo que, partiendo de ahí, vamos a considerar que no hay alternativa, y cualquier cuestionamiento será tomado como una locura. Lo bueno es que la realidad arroja montones de ejemplos para poder calzar esta reflexión con lo que va ocurriendo al país desde hace tiempo, quizá desde que Túpac Amaru se rebeló y fue ejecutado. Decía en esa época el notario, que registró los acontecimientos: “De este modo acabaron José Gabriel Tupac Amaro y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó á tanto, que se nominaron reyes del Perú, Chile, Quito, Tucuman, y otras partes, hasta incluir el Gran Paitití, con otras locuras á este tono” (sic) (s/a., 2021, p. 21).

El pueblo cuando lucha por sus reivindicaciones no se sitúa solamente en la especificad de éstas, va más allá, por lo que hace coincidir su lucha con las anteriores, identifica su causa con las causas pasadas. De ahí la fuerza de su redención. Por eso la realidad, tal como se la ve comúnmente, para el pueblo está destinada a ser cambiada, y es posible hacerlo, y al manifestar ese deseo obviamente no podrá manifestarse igual que de ordinario se hace, porque interpela el mundo, la realidad, la totalidad de sentido, desde lo que no es, o sea, desde lo que falta reivindicar, es decir, desde sí mismo y la misión que se ha trazado. Es así que relación pueblo-realidad es conflictiva, no porque el conflicto se genere porque sí, más bien, porque existe una realidad que no puede aceptarse porque conduce a la opresión y el dominio, y no deja que eso que no es sea.

Referencias bibliográficas

Jaime Araujo Frías. (2020). Fidel Castro, Camarada del Pueblo . Disenso. Crítica Y Reflexión Latinoamericana, 2(I), 97 – 98. Recuperado a partir de https://barropensativo.com/index.php/DISENSO/article/view/23

Bautista, R. (2017). Del mito del desarrollo al horizonte del vivir bien. ¿Por qué fracasa el socialismo en el largo siglo XX? La Paz: Yo soy si tú eres.

Dussel, E. (2013). 16 tesis de economía política. Una filosofía de la economía. Buenos Aires: Docencia.

La Biblia Latinoamericana (2005). Carta a los Corintios. Verbo divino.

Rousseau, J. J. (2012). El contrato social. Austral.

S/A. (2021). España negra, en Hildebrandt en sus trece, 29 de octubre, Año 12, N° 563, p. 21.

Fuente: https://barropensativocei.com/2021/11/05/cuando-el-pueblo-interpela-a-la-realidad/

 

sábado, 16 de octubre de 2021

SER DE IZQUIERDA O SER RADICAL

 


Armando Trelles Castro

 

Se pretende discutir si ser de izquierda implica ser revolucionario o por el contrario simplemente es etiquetarse. Para muchos resultaría extraño comentar el tema de esta reflexión. Sin embargo, para eso está el ejercicio del pensar, el cual, como dijo Bolívar Echevarría, consiste en volver a empezar una y otra vez, después de haber llegado a alguna conclusión o de estar cómodos con lo que creemos ya establecido. 

Aquí se parte de algo concreto, la realidad política del Perú, en la que nos topamos con cosas que nos llevan a cuestionar si efectivamente uno por ser de izquierda va a transformar la realidad, o en su defecto, la realidad va a transformarnos. Porque hasta ahora hay criterios que nos llevan a pensar que el problema no radica en tomar posición, por el contrario, sospechamos que el asunto está en ver si la posición que se toma tiene similitud con la que se combate o realmente es su antagónica.  

En ese sentido, acercándonos al problema, planteamos a su vez si ser de izquierda implica ser radical. Porque lo radical está desprestigiado y creemos que ser radical es buscar la negación total y violenta de lo que se vive. Por el contrario, la postura que se defenderá es tomar consciencia de la impresión de estas creencias.

 

El problema de la izquierda

 

Cuando pensamos el mundo y queremos transformarlo, recurrimos al criterio de la praxis y si ésta tiene pretensiones de justicia, la consideramos revolucionaria. Ahora, ocurre que durante mucho tiempo hemos visto que la izquierda en su afán progresista se ha identificado con la pretensión de justicia social. Este afán de justicia, como uno de sus rasgos, busca transformaciones estructurales, por lo que el criterio es darse cuenta que, si existe un problema estructural, la in-justia emana del sistema, cuya estructura acentúa el problema de la desigualdad, la pobreza, las arbitrariedades, etc.

Ahora bien, la cuestión es si verdaderamente al tomar esta postura uno está combatiendo esos problemas, porque la cuestión adquiere tintes más complejos cuando nos preguntamos si al buscar justicia lo hacemos con la misma política con la que el sistema se establece y normaliza, y peor aún, si encontramos similitud con esa postura al momento de ejercer la praxis “revolucionaria”.

Aquello que nombramos no sólo acontece en nuestro país, también fue discutido en Bolivia, que como sabemos, es gobernando por la izquierda. En el devenir del país personajes como Juan Bautista Segales y su hermano Rafael cuestionaban el hecho de que la izquierda haya mostrado sus puntos endebles cuando ha querido “transformar la realidad”. Incluso Juan Bautista contaba la anécdota de la Bolivia de los años 70, donde los entusiastas políticos pensaban que la revolución y el socialismo estaban “a la vuelta de la esquina”. Cosa que no ocurrió, y la pregunta es ¿por qué? Sospechamos que ocurre “cuando se quiere forzar la realidad para que coincida con las ideas. Lo cual evidencia que esas ideas jamás nacieron de la realidad” (Jaime Araujo, 2021, comunicación personal).

El error de los revolucionarios de nuestro país es querer que la realidad encaje con la teoría, que la interpretación de lo que es o no de izquierda, coincida con los intereses partidarios, teniendo un partido como institución obediente a una causa personal, instrumentalizando la militancia para intereses particulares. Por lo que al momento de querer ejercer la praxis transformadora deviene en la búsqueda por hacer que el poder delegado sea convertido en el poder del delegado, en este caso del político y su cúpula y de los que llegan a gobernar en los diversos estamentos estatales valiéndose del oportunismo y demagogia.

Por eso no es casualidad que en nuestro país ser de izquierda ahora es sinónimo de pertenecer a una postura infecunda, plagada de vicios y cuyas virtudes contestatarias y disidentes se relacionen con la incapacidad de proponer, gobernar y ejecutar eficientemente los proyectos gubernamentales. De ahí que a cualquier advenedizo se le identifique con la izquierda, como ocurrió en Arequipa, cuando su gobernador Elmer Cáceres Llica, sólo por tener poses en apariencia contestatarias, lo metieron en las mismas filas de las que formaron parte personajes como Mariátegui, Vallejo, Arguedas, etc.

Y ahora ocurre lo mismo con los que forman parte del gobierno central, en el que pesa más el afán personal-partidario que el afán transformador y rebelde, ejecutor y eficaz, que debería llevar adelante los ansiados gritos y consignas de justicia social. Quizá eso ya se venía venir. No era cosa nueva que los que más vociferan, intimidan y llenan su boca de arengas, estuviesen menos convencidos, en el fondo, de ser revolucionarios de corazón, arrojados y valientes al momento de enfrentar a los que sólo unos meses atrás habían apoyado la arrogante idiotez del golpe de Estado de Merino (Ronald Gamarra, 2021, p. 18). 

Porque los arenguistas cumplen con lo que Marx denunciaba con ardor y vehemencia, es decir, que las arengas están llenas de revolución, pero vacías de ideas. Eso no hace mala a las consignas, sino que su efectividad radica cuando de verdad quién las dice encarna desde el fondo de su dolor el afán de justicia. Y ese es el problema con nuestra izquierda y en realidad con toda agrupación, donde hay que temer a los que más piden la cuota de poder, porque ellos en realidad no quieren transformación alguna, sino asegurar su vida a costa de los ideales.

Por eso, ¿qué significa ser de izquierda?, ¿es ser revolucionario? Ya lo fuimos sugiriendo, las etiquetas se caen cuando en la práctica lo que se hace va en contra de lo que se dice. Y no sólo por el criterio de la práctica política, sino porque el contenido de la acción es la teoría y la teoría es la acción potencial de la práctica política. La coherencia de la forma en que se vive debe estar acorde a la forma en la que se piensa y la manera en que luchamos. 

 

Ser radical

 

De ahí que pasemos el cepillo contra-pelo, como diría Walter Benjamín, con la pretensión de desenmascarar la imagen que nos formamos de aquello que pensamos como cierto. Porque siempre es necesarios preguntarnos “¿qué quiere decir lo que expresamos?” El sentido real de lo que decimos en realidad tiene un contenido y ese contenido constituyen nuestras creencias, somos nuestras creencias, según Ortega y Gasset.

Por lo que hemos ido identificando la palabra radical con su apariencia y no con lo que en ella está. Tenemos la idea aparente de la idea concreta, y la apariencia nos indica que lo radical es peligroso, poco claro y dañino. Aunque no es casual que pensemos que es así, porque lo establecido tiende a demonizar aquello que lo cuestiona.

Por eso pasa desapercibido que ser radical es ir a la raíz. Para los filósofos les es importante buscar el arjé (ἀρχή) o principio, para el revolucionario su principio es la raíz, de dónde nace el tronco y las ramas de lo que busca cambiar, cuando no se identifica la raíz, por más que se pode la mala yerba sigue viva. Lo mismo ocurre con los criterios de orientación que guían la praxis política, cuando esos criterios se separan de la pretensión de justicia o son los mismos que la derecha o el sistema también aplicaría, la práctica revolucionaria está degenerada.

Si ser radical implica ir a la raíz del problema y toda transformación política implica un criterio político, entonces el problema al que nos enfrentamos es esa política que el sistema en tanto que dominador e injusto genera, por lo que su política es una política de la opresión, que obedece a los medios y deja de lado los fines. Ejemplo, utiliza la economía como fin cuando es un medio para que las personas tengan un buen vivir, que en este caso sería el fin que perseguimos, como humanos con necesidades que satisfacer.

Darle una vuelta a esa situación genera que pensamos desde aquel lugar que se encuentra peor tratado por lo que un sistema injusto y desigual vulnera, ofende y humilla. Cuando hablamos de lugar nos referimos a una postura de la cual partimos, y para partir de lo negado (lo humillado y ofendido) es detectar a los que viven bajo esas condiciones, donde el dominio y la explotación campea, y esas personas son en realidad las víctimas del sistema, por lo que ser radical es identificarse con las causas de las víctimas del sistema, ya que ellas sufren la patología del mismo y su situación desnuda la raíz de las cosas que pretendemos cambiar.

Ser radical significa ir a la raíz y transformar la forma en la que entendemos lo político, porque cuando hablamos y expresamos nuestras creencias lo hacemos desde el horizonte que es la referencia que nos indica qué es lo que está bien o no, porque esa creencia es la que se guía y es “pertinente al modelo ideal de vida que se persigue” (Araujo-Frias, 2021, párr. 4). Si nuestro ideal como personas que perseguimos la justicia social, o estamos hambrientos de ella, es el ideal de vida de los mismos que utilizan la política para los intereses lobistas y personalistas, estamos en todo caso identificados con su causa y nunca seremos radicales, ni de izquierda, ni revolucionarios. Como diría una canción de Víctor Jara, no seremos ni chicha ni limonada.

 

Referencias bibliográficas

 

Araujo-Frias, J. (2020). Nunca se hace tan bien el mal como cuando se hace con buena voluntad. Iberoamérica Social. https://iberoamericasocial.com/nunca-se-hace-tan-bien-el-mal-como-cuando-se-hace-con-buena-voluntad/

Gamarra, R. (2021). Pedido por justicia. Hildebrandt en sus trece. Año 12, N° 560.

 

Fuente: https://barropensativocei.com/2021/10/15/ser-de-izquierda-o-ser-radical/