Ismail Shammout (Palestina), Where To? [¿A dónde?], 1953.
El
capitalismo necesita mano de obra migrante precaria para disciplinar a la clase
trabajadora, profundizar divisiones y extraer riqueza, mientras la retórica
antimigrante encubre la destrucción neoliberal de los servicios públicos.
10 de
septiembre de 2026
Queridas
amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Hoy, dondequiera que vayamos en el mundo, del Norte Global al
Sur Global, nos vemos inundadxs por una retórica cada vez más hostil hacia las
personas inmigrantes. Parece ser una parte ineludible del discurso público
particularmente tóxico en el Norte Global, donde se ha convertido en un pilar
central de la extrema derecha actual. En diciembre de 2025,
el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, calificó de “basura” a lxs inmigrantes
somalíes en ese país y dijo que tenían “que volver al lugar de donde vinieron”.
El vicepresidente de Donald Trump, JD Vance, dijo que la inmigración es “la mayor
amenaza” tanto para los Estados Unidos como para Europa. En Gran Bretaña, el
entonces primer ministro británico, Keir Starmer, expresó en mayo de 2025 que su país
corría el riesgo de “convertirse en una isla de desconocidos”, frase que repitió más adelante ese mismo año Andrew
Hastie, “ministro de la Oposición” de Asuntos Internos de Australia: “Estamos
empezando a sentirnos como desconocidos en nuestro propio hogar”.
El Sur Global no es inmune a este discurso. En Sudáfrica ha
habido una explosión de xenofobia, con grupos antimigrantes como Operation
Dudula (2021) y March (2024) que surgieron de la nada, con fondos para crear un
grave caos antiinmigrante. Estas organizaciones popularizaron la consigna Abahambe Makwerekwere [Que
se vayan los extranjeros] entre sectores de la población sudafricana que han
quedado marginados por el acuerdo posterior al apartheid. Han proyectado sus
ansiedades socioeconómicas sobre sus vecinos, inmigrantes empobrecidos que
llegaron a Sudáfrica desde países como Botsuana, Lesoto, Mozambique y Zimbabue.
Estos grupos xenófobos han lanzado amenazas y fijado plazos para que lxs
inmigrantes abandonen el país, obligando a personas desesperadas y vulnerables
a buscar seguridad o a salir de Sudáfrica por miedo.
Este aumento de la xenofobia refleja un sentimiento generalizado
de que las miserables condiciones de vida de la clase trabajadora se deben a la
competencia de las personas inmigrantes por recursos escasos y no a los rasgos
estructurales del capitalismo. Se afirma que lxs inmigrantes empobrecidxs y
despojadxs de poder han vaciado, de algún modo, al Estado y han desplazado a
otras personas del mercado laboral, dejando a lxs trabajadorxs nacidxs en el país
sin posibilidad de llevar vidas estables y dignas.
El discurso sobre la inmigración está plagado de
inexactitudes fácticas, hipérboles e irritabilidad. Los apóstoles de la
xenofobia inflan la escala y la geografía de la migración y envenenan el debate
en torno al tema. Esta distorsión opera de tres maneras:
1.
Escala exagerada. Lxs migrantes internacionales constituyen apenas
el 3,6% de la población mundial. La mayoría de las personas que migran no
abandonan su país de nacimiento, ya que se desplazan del campo a la ciudad o de
una localidad a otra. Si se tiene en cuenta la difícil situación de lxs
desplazadxs internxs, solo una cuarta parte de lxs migrantes y desplazadxs
viaja del Sur Global al Norte Global, como me señaló un funcionario de la
Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
2.
Geografía exagerada. Por razones obvias, la cobertura de los medios
occidentales se concentra en las travesías del Mediterráneo, la frontera entre
los Estados Unidos y México y el canal de la Mancha. Esto presenta la migración
como un problema que solo afecta al Norte Global. Pero la realidad es que la
mayoría de los desplazamientos ocurre dentro de los países o entre países
vecinos. La abrumadora carga de la protección de las personas refugiadas recae sobre las
naciones más pobres del Sur, no sobre el Norte rico.
3.
Lenguaje exagerado. Quienes avivan el fuego de la retórica
antiinmigrante casi siempre dicen que se oponen a las personas inmigrantes
“ilegales” y no a las “legales”. En la práctica, la categoría amenazante del
“inmigrante ilegal” empieza a moldear la forma en que la gente piensa sobre la
migración en general. Las personas refugiadas, solicitantes de asilo,
trabajadoras indocumentadas, lxs estudiantes, familiares, trabajadorxs
temporales e incluso inmigrantes que llegaron por vías legales pasan a ser
vistas como “ilegales” o, al menos, sospechosas de serlo. El adjetivo “ilegal”
da forma al significado del sustantivo “inmigrante” y luego lo impone. El
adjetivo, incluso cuando no aparece, empieza a definir al sustantivo. De este
modo, el simple hecho de ser inmigrante se trata como un acto de transgresión.
Las clases dominantes de las naciones más ricas,
principalmente en el Norte Global, quieren la mano de obra de las personas
inmigrantes, pero no sus vidas socioculturales ni su participación política.
Grandes sectores económicos del Norte Global, como la agricultura, la
construcción, la logística y el trabajo de cuidado, dependen de la mano de obra
inmigrante. La retórica xenófoba y los regímenes legales restrictivos crean un
entorno que facilita el disciplinamiento y la explotación de estxs trabajadorxs
mediante la amenaza de la deportación y la negación de los derechos legales y
de negociación colectiva. Sin embargo, es innegable que las personas
inmigrantes generan riqueza para la clase dominante del lugar donde viven y
trabajan. Sus remesas también
sostienen a las familias en sus países de origen. El discurso en torno a la
inmigración y la economía es tan confuso y embrollado como el debate político.
1.
El argumento
económico. Ciertamente, lxs inmigrantes
aumentan la demanda inmediata de vivienda, escuelas, transporte y atención
médica, especialmente donde las llegadas se concentran geográficamente. Pero
las personas inmigrantes también trabajan, producen, pagan impuestos y
sostienen sectores económicos que sufren escasez de mano de obra. La Organización
para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestra que
contribuyen a los mercados laborales, las finanzas públicas, el empleo y la
creación de puestos de trabajo, aunque los beneficios y los costos se
distribuyen de manera desigual. Un amplio estudio del Fondo Monetario
Internacional (FMI) en 34 países de la OCDE entre 1980 y 2018 encontró que una
afluencia de personas inmigrantes equivalente al 1% del empleo total elevaba la
producción económica en casi 1% en cinco años, y que dos tercios del aumento
provenían de una mayor productividad laboral. Fundamentalmente, en ese estudio
no se encontró evidencia de que grandes afluencias de inmigrantes reduzcan el
empleo de las personas nacidas en el país.
2.
La cuestión laboral. A veces, los empleadores utilizan mano de obra
inmigrante precaria para rebajar las condiciones de trabajo o debilitar la
organización sindical. No obstante, el problema no es el
trabajador inmigrante en sí mismo, sino el poder del empleador para diferenciar
y dividir a lxs trabajadorxs según su estatus legal. Sindicatos más fuertes y
mejor organizados ayudarían a lxs trabajadorxs a resistir estas tácticas
divisionistas, a mejorar los salarios y las condiciones de trabajo y a
garantizar los derechos de residencia, los derechos legales y la negociación
colectiva.
El
neoliberalismo es el elefante en la habitación del discurso antiinmigrante. Las
personas inmigrantes llegan a sociedades que ya han sido devastadas por la
austeridad y la deuda. La crisis de la vivienda, el desempleo crónico, las
enfermedades mentales y el abuso de drogas no son condiciones que crean las
personas inmigrantes. Se trata de los efectos sociales de sociedades
capitalistas que han priorizado la ganancia de unos pocos por encima del
bienestar de la mayoría. La privatización de los servicios públicos, los
recortes a los presupuestos municipales y el posterior colapso de la capacidad
del Estado y del bienestar social fueron políticas neoliberales implementadas
al servicio de las clases ricas y propietarias. Los mismos partidos políticos
que implementaron estas políticas neoliberales y que, por lo tanto, son
responsables del caos social que han desatado convierten ahora a lxs
inmigrantes en chivos expiatorios.
La retórica antiinmigrante funciona para ocultar
las causas reales del malestar social que enfrentan miles de millones de
personas en todo el mundo. El gasto militar desmesurado y las guerras
catastróficas de nuestro tiempo, las sanciones despiadadas contra los Estados
que desafían al bloque de la OTAN+, la servidumbre forzada por la deuda de los
Estados que no pueden romper el ciclo del subdesarrollo, el alto costo del
cambio climático, el despojo de tierras y la destrucción de los medios de vida
no son causados por la migración. Son originados por el
capitalismo y el imperialismo, que preferirían destruir el mundo por ganancias
antes que sanarlo. De hecho, la propia migración es resultado del imperialismo
capitalista, que destruye las bases de la vida en el Sur Global mediante la
guerra, la deuda, las sanciones y la explotación.
Lamentablemente, el carácter
omnipresente del discurso antiinmigrante ha hecho que sea más fácil para un
trabajador alienado incendiar una spaza [tienda de barrio] en
Soweto, Sudáfrica, que pensar en la brutal asimetría de la propiedad de la
tierra en su país. Lxs sudafricanxs blancxs constituyen aproximadamente el 7%
de la población, pero poseen el 72% de
las tierras agrícolas y de cultivo, mientras que lxs sudafricanxs negrxs
representan casi el 82% de la población y poseen solo el 4%. Imaginar una
reforma agraria es infinitamente más difícil y complejo que incendiar la tienda
de un pobre comerciante inmigrante de Botsuana. Armar a la clase trabajadora
con claridad frente a la retórica mistificadora de la xenofobia es una de las
tareas que la izquierda enfrenta hoy. Por su parte, el Partido Comunista
Sudafricano ha adoptado una postura firme y
clara contra la xenofobia y a favor de la solidaridad.
El gran poeta caribeño-británico Benjamin Zephaniah
pasó gran parte de su vida reflexionando sobre su ascendencia y su
desplazamiento. Viviendo entre dos mundos, comprendió las luchas profundamente
humanas y los sentimientos de soledad y aislamiento que acompañan el hecho de
ser inmigrante. En su poema We Refugees [Nosotrxs, los refugiados] (2000),
Benjamin Zephaniah capta, con calidez y sencillez, la irracionalidad y la
inhumanidad de la xenofobia:
Todxs podemos ser refugiados.
A veces solo se necesita un día.
A veces solo se necesita un apretón de manos
o un papel firmado.
Todxs vinimos de refugiados.
Nadie solo apareció.
Nadie está aquí sin una lucha.
¿Y por qué debemos vivir con miedo
al clima o a los problemas?
Todxs vinimos de alguna parte.
Cordialmente,
Vijay
Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/debate-sobre-la-inmigracion/
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