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lunes, 25 de diciembre de 2023

EL COMPLEJO DE ORFEO. EL ERROR DEL NEOLIBERALISMO PROGRESISTA

 


lunes 25 de diciembre de 2023, 21:00h

Diego Fusaro

  

Como ha subrayado Michéa, la nueva izquierda del arcoíris es hoy víctima del «complejo de Orfeo«. Para no perder para siempre a su amada Eurídice, el cantor Orfeo -como escribe Ovidio en las Metamorfosis (X, 50-52)- no pudo «volver la mirada atrás hasta haber abandonado los valles del Averno» (neflectat retro sualumina, donec Avernas / exierit valles).

A merced del culto al progreso (id est, de la modernización capitalista forzada), el Orfeo neoliberal izquierdista nunca mira hacia atrás: está convencido de que el presente y el futuro, en todos los ámbitos, sólo pueden ser mejores que el pasado y la tradición. Considera que cada modernización, en todas las esferas de la vida humana, es en sí misma un hecho positivo y, por esta vía, alcanza la reconciliación con la mundialización capitalista. Por otra parte, en conjunto, esta es la visión liberal-progresista del capital absoluto-totalitario, que avanza aniquilando como «regresivo» todo vínculo y todo límite que se resista a su progreso, esto es, a su marcha de mutación integral de todo ser en mercancía disponible y en fondo explotable en nombre de la voluntad de poder infinitamente empoderada.

Lejos de preservar el orden de las cosas, el tecnocapital es, para emplear la categoría de Jünger, «movilización total» (totaleMobilmachung) de los seres. Transforma incesantemente el mundo: el Progreso es su mito fundacional. Para una parte de la aventura de la Modernidad, estar a favor del progreso puede parecer una opción plenamente razonable, en la medida en que el progreso trae de la mano la emancipación y el desarrollo de las potencialidades humanas. El error, no obstante, consiste en confundir progreso con emancipación, empeñándose en implementar el primero incluso cuando actúa directamente contra la segunda, como viene ocurriendo de forma cada vez más palmaria desde 1989. La adhesión irreflexiva al mito del progreso es el error co-originario al paradigma de la izquierda y -parafraseando a Engels- está ausente en el «socialismo de los orígenes«: por eso hoy, la recuperación del socialismo es necesaria, la de la izquierda es imposible.

El vulnus original de las fuerzas del cuadrante izquierdo –está en lo cierto Michéa- reside en el elogio mecánico del progreso y de la modernización en cuanto tales; un núcleo que necesariamente los lleva a reconciliarse (y, en realidad, a fusionarse) con el orden del neoliberalismo progresista y que no es imaginable «extirpar» del código propio de la izquierda. De hecho, este código –escribe Michéa– pertenece “al núcleo duro del programa metafísico de cualquier izquierda posible, un programa al que no podría renunciar, ni siquiera en parte, sin negarse completamente a sí misma”. El mito del progreso es la enfermedad incurable en el paradigma de la izquierda; aquello que hoy determina la exigencia de liberarnos de la izquierda y de su progresismo desemancipador para reemprender la vía del socialismo como emancipación de las clases oprimidas y, con ellas, de todo el género humano.

En este marco hermenéutico se explica cómo la izquierda, que fue parte de la oposición real al capital en su fase dialéctica, se vuelve inútil en el marco del turbocapitalismo liberal-progresista, con el que termina por fundirse y confundirse. También en virtud del código inquebrantable del progresismo, la oposición al turbocapitalismo ya no puede ser de izquierda (ni, obviamente, de derecha), sino que tendrá que fundarse sobre nuevas categorías, más allá del viejo cleavage, pero sin embargo capaces de metabolizar las lecciones de Marx y de Gramsci, y de su anticapitalismo dialéctico y socialista.

La categoría de “progreso” es, en efecto, el quid pro quo que ha inducido a la metamórfica new left a adherirse al ritmo de la modernización neoliberal. Hasta que no digamos adiós al mito del progreso -y con él a la izquierda- no será posible perseguir un proyecto de emancipación real del capitalismo, en clave socialista. Esto es lo que demostró, de la manera más argumentada y sólida, Christopher Lasch en The True and OnlyHeaven (1991): la tesis según la cual «no se puede detener el progreso» trae inevitablemente consigo la de que «no se puede detener la mundialización capitalista».

La demolición indiscriminada de todas las figuras del límite y de la tradición -típica de quienes se obstinan en «mantener la izquierda»- no conduce a la sociedad socialista, sino a la pesadilla del globalcapitalismo; otra cosa, sin embargo, es la superación razonada de los límites. y tradiciones que generan opresión y sometimiento, como -entre otros casos- la servidumbre de la gleba o los prejuicios acerca de la superioridad antropológica de presuntas categorías privilegiadas. Si el capitalismo y la izquierda apuntan a la deconstrucción indistinta de todas las tradiciones y los vínculos, el socialismo debería, por su parte, proteger selectivamente los vínculos y tradiciones que promueven la emancipación humana y, por contra, luchar contra aquellos que la niegan.

A la luz de una perspectiva diferente, la tarea principal, desde un punto de vista auténticamente socialista, sería hoy la transformación revolucionaria de aquello que se opone a la emancipación humana y a la conservación selectiva de aquello que la promueve. Dicho de otro modo: a diferencia de la izquierda (que automáticamente identifica progreso y emancipación, incluso cuando el primero niega a la segunda), el socialismo debería promover el progreso emancipador y oponerse al progreso desemancipador.

Por ejemplo, la neolengua de complemento de los procesos de individualización neoliberal santifica como «progreso» la deconstrucción de toda red de seguridad ligada al welfarismo o a la tradición, a la comunidad o a los vínculos de solidaridad; liquida cada eslabón de la cadena y favorece la idea de una sociedad de átomos mutuamente indiferentes e independientes, interesados únicamente en competir en la arena del libre mercado desregulado. ¿No sería la tarea prioritaria de todo programa socialista resistir este «progreso» – rigurosamente gestionado por el capital en su propio interés – y preservar selectivamente los derechos sociales y las conquistas de clase? Para la forma mentis de la new left referencial se trataría, naturalmente, de la enésima forma de oposición reaccionaria y populista al magnífico futuro del progreso. Pero, a la luz de cuanto se ha dicho, debería quedar claro en qué sentido –hoy hegemónico- puede existir un «progreso» que, en relación a la emancipación, se manifiesta como regresivo y, por tanto, digno de ser combatido.

El extravío consiste, ça va sansdire, en aceptar indiscriminadamente como emancipadoras toda modernización y toda ruptura con el pasado, según el «complejo de Orfeo». Superar el maltrato y la subordinación de las mujeres lo es ciertamente; pero abandonar el estudio de la lengua griega o las conquistas salariales y laborales del siglo XX, ¿lo es del mismo modo? Con absoluta evidencia no todo paso adelante comporta necesariamente avanzar en la dirección correcta. Si uno se encuentra al borde de un precipicio, el gesto de dar un paso adelante representa el progreso menos deseable y emancipador que puede existir. Y así como puede haber un progresismo regresivo y contrarrevolucionario, como fue aquel de Marinetti, que teorizaba la necesidad de matar el «siempre tedioso y opresivo» libro, también puede darse un comunismo enemigo del progreso, como fuel aquel de Pasolini o, en distinta perspectiva, el de Benjamin.

Aparte de eso, el desatino radica en no distinguir entre vínculos que encadenan y que, como tales, merecen ser sacrificados, y vínculos que, de manera diametralmente opuesta, generan libertad y emancipación, y que, por ello, deben ser selectivamente protegidos y preservados. Los vínculos que encadenan, como el nexo asimétrico de servidumbre y señorío que fundamenta el capital, piden ser rotos (y en cambio el capital los declara inmutables, cuando no directamente justos y buenos). Pero los vínculos que generan libertad y solidaridad, como la familia o la escuela, los sindicatos y las «raíces éticas» (WurzelnderSittlichkeit) de la sociedad civil, deben ser protegidos (y en cambio el capital aspira a disolverlos, llamando a esta aniquilación progreso). .

En definitiva, el proyecto de un anticapitalismo socialista debe basar hoy su programa en la emancipación del hombre y del trabajo, aceptando selectivamente los progresos que lo favorecen y rechazando aquellos que lo niegan.

Por la parte de la aventura moderna –debemos insistir– progreso y emancipación marchan juntos. Y en la mayoría de los casos parecen difíciles de distinguir. Esto es precisamente lo que Marx muestra en el Manifiesto, cuando evoca, con tono dialéctico, el carácter emancipador del progreso capitalista, cual se determina en la superación del AncienRégime y en el desarrollo de las modernas fuerzas productivas.

El marco modificado del capitalismo absoluto, por su parte, distingue radicalmente progreso y emancipación, desarrollo del capital y liberación de las clases dominadas: hasta tal punto que -parafraseando a Pasolini- el progreso del capital (el «desarrollo» de las fuerzas productivas y de los nexos socio-políticos correspondientes) favorece la desemancipación. Y determina la regresión social y política, desintegrando las mismas conquistas obtenidas en el marco del propio capitalismo dialéctico (derechos sociales y espacios de democracia).

Es, en síntesis, la historia comprendida entre 1989 y nuestro presente. En ausencia de una distinción clara entre burguesía y capitalismo y entre emancipación y progreso, desde 1968 hasta hoy -y especialmente desde los años Noventa del «siglo breve»- la nueva izquierda ha combatido a la burguesía favoreciendo el capitalismo y ha defendido el progreso combatiendo la emancipación. La paradoja resulta tanto más llamativa si se considera que en esencia el capitalismo, lejos de ser «estático» y conservador, se rige por la incesante transformación de los seres y por la revolución permanente de sus propias condiciones.

Ya lo tenían claro Marx y Engels cuando escribieron, en 1948, el Manifiesto comunista: el modo de producción capitalista vive en la incesante transformación heracliteana del mundo que ha forjado a su propia imagen y semejanza. Su esencia reposa en el amor infiniti de la valorización ilimitada, norma secreta de la innata pulsión depredadora del capital. A diferencia de las formas precedentes de producción y relación social, que se basaban primordialmente en la conservación de las condiciones dadas y el «mantenimiento inalterado del antiguo orden de producción», el capital existe revolucionando permanentemente los instrumentos de la producción y las relaciones sociales en las que se encuentra estructurado. Hace de la mutación incesante su propio fundamentum. La movilización total de los seres es su base ineludible, coherente con el ciclo acelerado de la producción y de la circulación de mercancías. La única transformación que no tolera es, naturalmente, la que apunta a trascenderlo y a generar nuevas y diferentes formas de producir y de existir.

Si la superación progresista de las relaciones de poder del mundo premoderno era, eo ipso, emancipadora, el progreso turbocapitalista tal como se ha desplegado desde 1989 se plantea dialécticamente como intrínsecamente desemancipador y, por lo tanto, digno de ser combatido en clave socialista. La principal de las ilusions du progrès -como ya las calificara Sorel- y de su fe religiosa e intransigente reside, en última instancia, en convertirse en el fundamento de la legitimación de lo existente, en la forma de una dogmática garantía según la cual aquello que somos hoy podremos seguir siéndolo mañana de forma potenciada. La ideología del progreso, es decir, del crecimiento ordenado según la figura temporal del continuum, acaba planteándose, en el marco del capitalismo especulativo, como el principal obstáculo para la revolución socialista entendida como «salto» y como «ruptura» -en términos leninistas- de la evolución lineal de la sociedad mercadoforme.

No representaría, pues, una ardua empresa demostrar cómo la marcha triunfal del progreso, en la que se suceden ininterrumpidamente los «boletines de victoria» cantados por los heraldos left-oriented del globalismo, se acompaña de una regresión social y una desemancipación para las clases populares. . Ello se traduce, por ejemplo, en los procesos de individualización en masa que se determinan en la disolución de los vínculos sólidos y solidarios de las «raíces éticas» de la sociedad: desde la familia a la escuela, desde los sindicatos al poder del Estado con capacidad de gobernar los animalspirits de la economía. Semejante «progreso» favorece al capital y no ciertamente a las masas nacional-populares de trabajadores, que quedarán así ulteriormente aún más debilitadas y privadas de formas de cooperación y protección. Verbigracia: el «progreso» de la creación de la Unión Europea ha generado una hemorragia de derechos de las clases trabajadoras y de las clases medias. Y lo mismo podría decirse razonablemente en relación al «progreso» de la caída del Muro de Berlín y de la «ciudadela» de los derechos sociales, de las conquistas welfaristas y de las protecciones laborales.

En definitiva, la demolición progresista de los derechos sociales y de las conquistas welfaristas, en nombre de las exigencias de la racionalidad de los mercados, produce «progreso» sólo para el bloque oligárquico neoliberal, determinando, para el «pueblo de los abismos», desigualdad y pobreza crecientes, pero además también la falta de crecimiento de los salarios y el aumento exponencial de los workingpoor. A este respecto, basta recordar cuanto mostró el economista Marcel Fratzscher en Lotta per la distribuzione. Perché la Germania divienesemprepiùdiseguale? (Edición italiana, 2016). Explica Fratzscher que en 2016 los salarios de los alemanes eran inferiores a los de veinticinco años antes. El avance triunfal del progreso evidentemente no había involucrado a las clases trabajadoras de esa Alemania que –aseguran los voceros del orden neoliberal– es el permanente pointd´honneur del progresismo y el crecimiento.

De otro lado, ¿se puede celebrar verdaderamente como «progreso» la trayectoria que -como reveló Luciano Gallino- condujo, en el primer decenio del nuevo Milenio, a la cifra de 50 millones de pobres en los Estados Unidos y, en la Unión Europea, a nada menos que 120 millones de personas (una cuarta parte de la población) a estar en riesgo de pobreza o de exclusión social? ¿Podemos de verdad asociar automáticamente el lema «progreso» con las fotografías, que circulan por todas partes, del número cada vez mayor de griegos, españoles e italianos que, en la muy progresista Unión Europea neoliberal, hurgan en la basura en busca de comida? ¿O las de los «sin techo» (homeless) que en las calles de Estados Unidos, fragua del glorioso progreso del capital, intentan por todos los medios resguardarse del frío para no morir congelados? ¿O tal vez identificaríamos como “progreso” unas condiciones laborales cada vez más precarizadas, indefensas y abandonadas a la voluntad indiscutida de las leyes del mercado?

 

Fuente: https://geoestrategia.es/noticia/42002/opinion/el-complejo-de-orfeo.-el-error-del-neoliberalismo-progresista.html

 

jueves, 14 de diciembre de 2023

¿POR QUÉ EL CAPITALISMO PREFIERE HOY A LA IZQUIERDA?

 


domingo 10 de diciembre de 2023

Diego Fusaro

El viejo capitalismo burgués, en la fase dialéctica, prefería la cultura de la derecha, con su nacionalismo, su autoritarismo disciplinario, su patriarcado, su alianza con el altar y sus valores, en aquel tiempo funcionales a la reproducción del modo de producción.

Hoy, el turbocapital posburgués de la globalización, del free market y el free desire, en la fase absoluto-totalitaria, prefiere la cultura de la izquierda, con su celebración de la desregulación antropológica y de la openness ilimitada del imaginario y de las fronteras reales, con su dogmática de la desoberanización de los Estados y la deconstrucción falsamente rebelde de las normas viejoburguesas. En esto reside – en palabras de Preve – la «profunda afinidad entre la cultura de izquierda y el hecho de la globalización.”

El capitalismo de derecha, del nacionalismo, de la disciplina, del patriarcado, de la religión y del servicio militar obligatorio, cede el paso al nuevo capitalismo izquierdista –esto es, al neoliberalismo progresista– del cosmopolitismo, del permisivismo consumista, del individualismo post-familiar y del Erasmus como nueva «mili obligatoria» para la educación de las nuevas generaciones en los valores de la precariedad y el nomadismo, de la openness y del disfrute desregulado.

El orden del discurso hegemónico manejado por los heraldos de la cultura de la izquierda fucsia, por una parte, celebra la globalización como realidad natural e intrínsecamente buena. Y, por otra, con un movimiento simétrico, deslegitima como peligrosas reacciones étnicas y religiosas, nacionalistas y regresivas, todo aquello que de diversas formas la pone en cuestión. Sin embargo, como ha sugerido Preve, bastaría con «reorientar gestálticamente» la mirada para ganar una perspectiva diferente, desde abajo y para el de abajo. En lugar de «globalización», deberíamos hablar de imperialismo capitalista americano-céntrico sin fronteras. Y en lugar de reacciones étnicas y religiosas, nacionalistas y regresivas, deberíamos hablar de legítima resistencia nacional y cultural frente a la violencia falsamente humanitaria de la globalización capitalista de la miseria y la homologación.

Es lo que Nancy Fraser ha calificado de «neoliberalismo progresista» (progressive neoliberalism), sintetizando bien la luna de miel entre el fanatismo clasista de la economía de mercado y las instancias liberal-libertarias de la «crítica artística» de la new left referente en lucha contra toda figura de la tradición y del límite, de la comunidad y la identidad, del pueblo y la trascendencia. La sustitución sesentayochesca del revolucionario marxiano, que lucha contra el capital, por el rebelde gamberro nietzscheano, que transvalora los viejos valores burgueses, provoca ese plano inclinado que conduce a la paradójica condición actual: el “derecho al porro» y al «útero de alquiler» son concebidos por la neoizquierda como más importantes y emancipadores que cualquier acto de transformación del mundo, o de toma de posición contra la explotación neoliberal del trabajo, los exterminios coloniales y las guerras imperialistas hipócritamente presentadas como «misiones de paz».

En esto reside el engaño de los «derechos civiles», noble título utilizado del todo impropiamente por el neoliberalismo progresista para: a) desviar la atención de la cuestión social y de los derechos laborales; y b) llevar a la izquierda y a las clases dominadas a la asunción de los puntos de vista neoliberales, para los cuales las únicas luchas que vale la pena librar son aquellas por la liberalización individualista de las costumbres y del consumo (repetimos: «derechos civiles» los llama la neolengua liberal), junto con la necesaria exportación, mediante misiles, de esos derechos a las áreas del planeta que aún no están subsumidas bajo el libre mercado y su neoliberalismo progresista.

Particularmente en filosofía, el nihilismo relativista y antimetafísico del «pensamiento débil» posmodernista se presenta idealiter como el pináculo del anticonformismo, cuando en realidad es la Weltanschauung ideal para justificar la sociedad sin fundamentos de la globalización liberal-nihilista del fundamentalismo relativista de la forma mercancía. La liberalización individualista de los estilos de vida se basa en la filosofía del relativismo posmoderno, gracias a la cual se disuelven los valores y “los inmutables” – por decirlo con Emanuele Severino -, y todo se vuelve «relativo«, es decir, en relación exclusiva con los deseos de consumo del sujeto deseante.

El relativismo nihilista y el utilitarismo antiveritativo resultan la forma mentis ideal para el cosmos liberal-mercadista, ya que comportan que todas las representaciones pueden ser igualmente útiles, siempre y cuando no entren en conflicto con el mercado y, de esta forma, lo favorezcan. La izquierda posmodernista encuentra su expresión más clara en la obra filosófica de Richard Rorty -convencido de que el pensamiento de izquierdas (leftist thought) se basa en la deconstrucción «irónica» de los absolutos y los fundamentos metafísicos-, y en el, aparentemente muy distinto, pensamiento de Slavoj Žižek, un bizarro exemplum de “marxismo posmoderno” que, además de transformar a Marx y Hegel en fenómenos trash (basura), termina deslegitimando la resistencia a la globalización atlantista como totalitaria y terrorista.

El mismo «pensamiento débil» de Gianni Vattimo, independientemente de sus objetivos últimos en un sentido anticapitalista y antiimperialista –por otro lado en contradicción con sus presupuestos filosóficos básicos-, debe su éxito no secundariamente a su alto grado de compatibilidad con la nueva estructura líquida y posmetafísica del capitalismo. Teorizando el «debilitamiento» de las estructuras metafísicas y veritativas fundamentales, Vattimo esbozó, ya en los años ochenta del «siglo breve», el nuevo marco ideológico de referencia del mercadismo absoluto-totalitario, confirmando efectivamente la tesis de Jameson acerca de la naturaleza del posmodernismo como lógica cultural del tardo-capitalismo.

La sociedad turbocapitalista ya no se sustenta en supuestas verdades trascendentes (religión cristiana) ni en la correspondencia con la naturaleza humana (filosofía griega). Se basa, por el contrario, únicamente en la verificación de la correcta reproducción capitalista realmente dada. Por esta causa, el turbocapitalismo de la global market society se expresa económicamente en el utilitarismo y filosóficamente en el nihilismo relativista. Como presagiaba Preve y como nosotros mismos destacamos en Difendere chi siamo (2020), la sociedad turbocapitalista necesita de homines vacui y post-identitarios, consumidores sin identidad y sin espíritu crítico. Y es el izquierdismo de la sinistrash el que produce con celo el perfil antropológico ideal para la globalización capitalista, el homo neoliberalis posmoderno y de «mente abierta», o sea, “vacía” de todo contenido y dispuesta a recibir todo aquello de lo que el sistema de producción quiera de vez en cuando «llenarla».

De hecho, el turbocapitalismo posmetafísico no conoce ningún límite moral, religioso, ni antropológico que oponer al advenimiento integral del valor de cambio como único valor admitido: el sujeto ideal del turbocapitalismo –homo neoliberalis– es, entonces, el individuo de izquierdas, enfrascado en batallas arcoiris por los caprichos del consumo y desinteresado ​​de las batallas sociales por el trabajo y contra el imperialismo; en una palabra, es el Superhombre nietzscheano posburgués, posproletario y ultracapitalista, portador de una voluntad ilimitada de poder consumista, económicamente de derecha, culturalmente de izquierda y políticamente de centro. Es, para quedarnos en el léxico de la filosofía, la realización del «hombre protagórico«, cuyo sujeto -entendido como individuo deseante es – πάντων χρημάτων μέτρον-, «medida de todas las cosas«. De modo que la política misma se convierte, para la nueva izquierda, en lucha contra todos los límites que de diversas formas obstaculizan la realización de los deseos subjetivos de ese hombre protagórico.

Además, el individuo left oriented es el sujeto ideal del turbocapital, ya que tendencialmente -pensemos principalmente en la generación de los sesentayochistas– es una figura decepcionada por las «ilusiones» proletarias y comunistas. Y, eo ipso, proporciona una base psicológica depresiva en nombre del «desencanto» (Entzauberung); casi como si fuera una «figura» ideal de la Fenomenología del Espíritu, el desencanto historicista, es decir, la pérdida de la fe en el advenimiento de la sociedad redimida, se invierte dialécticamente en la aceptación –depresiva o eufórica– de la cosificación planetaria del orden neoliberal. El propio posmoderno puede, con razón, ser entendido como la figura fundamental de la racionalización del desencanto y como la reconciliación con el nihilismo del capital elevado a único mundo posible, con el añadido del definitivo ocaso de la creencia en los «grandes relatos» emancipadores.

Por eso, la new left liberal se presenta también como una «izquierda posmoderna», guardiana del nihilismo relativista y del desencanto del fin de la fe en los grandes relatos de superación del capitalismo: el “pensamiento fuerte», veritativo y todavía radicalmente metafísico de Hegel y Marx, es abandonado por la nueva izquierda en favor del «pensamiento débil» de un Nietzsche reinterpretado en clave posmoderna como sulfúreo «martillador» de los valores y de la idea misma de verdad, y como teórico del Superhombre con una voluntad de poder consumista ilimitada.

En lo que concierne al nihilismo relativista, que la izquierda neonietzscheana celebra como «emancipador» respecto de las pretensiones metafísicas y veritativas de los Absolutos, es ese precisamente el fundamento de la desemancipación capitalista, que vuelve todo relativo al nihil de la forma mercancía y, neutralizando la idea misma de verdad, aniquila la base de la crítica de la falsedad y de la insurrección contra la injusticia. El nihilismo no conduce a la emancipación de la multiplicidad de estilos de vida, como cree Vattimo, sino que más bien conduce a la aceptación desencantada de la jaula de acero del tecnocapitalismo, dentro de la cual las diferencias proliferan en el mismo acto con el que son reducidas a articulaciones de la forma mercancía. Desde este punto de vista, Foucault también tiende a ser «normalizado» y asimilado por las neoizquierdas, que lo han elevado a la categoría de crítico posmoderno del inevitable nexo entre verdad y poder autoritario. Y así hacen coincidir la liberación con el abandono de cualquier pretensión veritativa.

En cuanto al desencanto, coincide con el perfil del «último hombre» tematizado por Nietzsche. Der lezte Mensch, «el último hombre«, toma conciencia de la «muerte de Dios» y de la imposibilidad de la redención en la que también había creído, y se reconcilia con el sinsentido, juzgándolo como un destino irredimible. Este perfil antropológico y cultural encuentra puntual confirmación en la aventura existencial de la «generación del 68» y del propio Lyotard, el teórico de La condición posmoderna. Él perdió su originaria fe en el socialismo (fue militante del grupo marxista Socialisme ou Barbarie) y se reconvirtió al nihilismo capitalista, vivido como una jaula de acero ineludible pero con espacios de libertad individual consentidos (en forma rigurosamente alienada y mercadizada, ça va sans dire). Por todo ello, el posmodernismo sigue siendo una filosofía de la racionalización del desencanto y, al mismo tiempo, de la conversión a la aceptación del nihilismo tecnocapitalista entendido como oportunidad emancipadora.

Fuente: https://geoestrategia.es/noticia/41933/opinion/por-que-el-capitalismo-prefiere-hoy-a-la-izquierda.html