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jueves, 17 de marzo de 2022

¿QUIÉN MATÓ A ROSA LUXEMBURGO?

 Josefina L. Martínez 15/01/2019

 


Retrato de Rosa Luxemburgo, entre 1895 y 1905.

El 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron arrestados en el piso donde se escondían y trasladados a la sede de la Guardia de Caballería de los freikorps (cuerpos paramilitares) en el aristocrático hotel Eden. Cuenta una testigo que Luxemburgo colocó algunos libros en una maleta, pensando que le esperaba una nueva temporada en la cárcel. Unas horas después, el capitán Waldemar Pabst se comunicaba telefónicamente con el ministro del Ejército del Reich, el socialdemócrata Gustav Noske, para pedirle indicaciones sobre cómo proceder con tan importantes prisioneros. Hacía días que la prensa lanzaba amenazas e insultos contra “Rosa, la sangrienta”, dirigente de la Liga Espartaco y del recién fundado Partido Comunista Alemán (KPD).

Los socialdemócratas se encontraban en el poder desde la dimisión del Kaiser. El levantamiento de los marineros y trabajadores de Kiel había sido el puntapié inicial de una serie de insurrecciones locales que culminaron con una huelga general en Berlín el 9 de noviembre.  Ese día, el socialdemócrata Philipp Sheidemann proclamaba la Republica alemana desde una ventana del Reichstag. Pocas horas después, Karl Liebknecht anunciaba –prematuramente– la creación de la Republica Socialista Libre de Alemania desde el balcón del Palacio. Se vivía una situación de doble poder, con la formación de consejos de obreros y soldados, siguiendo el ejemplo ruso. Para evitar que ese fuera el camino, el 10 de noviembre el Gobierno llegó a un acuerdo con el Estado mayor alemán: el objetivo era frenar la revolución y liquidar a los espartaquistas, su ala más radical. “¡Odio la revolución como la peste!” había declarado Friedrich Ebert.

Después de su conversación con Gustav Noske, el Capitán Pabst dio las órdenes y el teniente Vogel dirigió el comando de ejecución. Rosa Luxemburgo fue arrastrada escaleras abajo, pateada y golpeada en el estómago. Cuando cruzó la puerta, el soldado Otto Runge destrozó su cráneo con la culata del fusil. Agonizante, la subieron en un coche donde el oficial Hermann Souchon le dio un tiro final en la sien. Su cuerpo fue arrojado en el Landwehrkanal donde apareció flotando cuatro meses después. Karl Liebknecht había sido fusilado unas horas antes en un parque cercano. La primera versión “oficial” fue que habían sido asesinados por una “turba” furiosa cuando intentaban escapar. Pero el bulo no resistió la menor pesquisa. Leo Jogiches, quien había sido compañero de Rosa Luxemburgo durante muchos años y dirigente de la Liga Espartaquista, investigó y expuso quiénes eran los responsables del asesinato. El 19 de marzo de 1919 Leo Jogiches fue asesinado en la cárcel “intentando escapar”; miles de espartaquistas y obreros revolucionarios fueron fusilados en los meses siguientes. El cineasta alemán Klaus Gietinger prueba todos estos hechos en un riguroso trabajo de investigación que se publica por primera vez en inglés este año por editorial Verso.

Ya sabemos quién mató a Rosa Luxemburgo. La pregunta más importante ahora es por qué

En 1962, el capitán Pabst hizo alarde de su responsabilidad en el asesinato de los dirigentes revolucionarios: “Yo participé, en aquel entonces (enero de 1919), en una reunión del KPD, durante la cual hablaron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Me llevé la impresión de que los dos eran los líderes espirituales de la revolución, y me decidí a hacer que los mataran. Por órdenes mías fueron capturados. Alguien tenía que tomar la determinación de ir más allá de la perspectiva jurídica … No me fue fácil tomar la determinación para que los dos desaparecieran… Defiendo todavía la idea de que esta decisión también es totalmente justificable desde el punto de vista teológico-moral”.

Pabst tan solo contó lo que la cobarde socialdemocracia no se atrevió a confesar. El capitán volvió a tener protagonismo durante el golpe de Estado de Kapp (Kapp-Putsch) en 1920. Más tarde colaboró en la organización de grupos paramilitares de ultraderecha en Austria. Si bien nunca se afilió al partido Nazi, formó parte de grupos ultraderechistas hasta su muerte, en 1970. Nunca fue juzgado por sus crímenes.

Ya sabemos quién mató a Rosa Luxemburgo. La pregunta más importante ahora es por qué. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht se habían opuesto a la traición de la socialdemocracia que apoyó los créditos de guerra en el Reichstag el 4 de agosto de 1914. El Partido Socialdemócrata Alemán se había transformado en la organización más poderosa de la Segunda Internacional: un bloque de 110 parlamentarios, más de 4 millones de votos, 90 periódicos propios, numerosas asociaciones juveniles y de mujeres. Pero ese monumental aparato fue puesto a disposición del Imperio alemán cuando comenzó la guerra, justificando con la idea de la “defensa nacional” que los trabajadores alemanes se mataran en las trincheras con los franceses.

Luxemburgo representaba la lucha contra la guerra imperialista, el combate contra el militarismo y la denuncia de las capitulaciones de la socialdemocracia

Luxemburgo y Liebknecht representaban la lucha contra la guerra imperialista, el combate contra el militarismo alemán, la denuncia de las capitulaciones de la socialdemocracia, la defensa de la revolución rusa y el ala más decidida de la revolución alemana. Como escribió Karl Liebknecht el mismo 15 de enero de 1919, unas horas antes de morir:

“«Espartaco» significa fuego y espíritu, significa alma y corazón, significa voluntad y acción en favor de la revolución proletaria. «Espartaco» significa toda la necesidad y el anhelo de felicidad, significa toda la determinación a luchar del proletariado con conciencia de clase. «Espartaco» significa socialismo y revolución mundial”.

Ese anhelo de felicidad volvió a resurgir en Alemania en 1921 y en 1923. La historia de aquellos intentos revolucionarios ha sido invisibilizada por la historiografía, pero la esperanza de un mundo nuevo renació desde las cenizas una y otra vez en el corazón de Europa occidental. Solo después de sucesivas derrotas, debidas en gran parte al rol conservador que jugaron las grandes organizaciones obreras como la socialdemocracia y más tarde el estalinismo, pudo imponerse el nazismo.

Cuando Rosa Luxemburgo escribió en 1916 el Folleto de Junius acerca de la disyuntiva de “socialismo o barbarie”, la barbarie se hacía carne en las dramáticas postales de la Primera Guerra Mundial. Ella no podía imaginarse el horror que estaba por venir.  

Fuente: https://ctxt.es/es/20190109/Politica/23896/Josefina-L-Martinez-Rosa-Luxemburg-politica-Alemania-Karl-Liebknecht-Otto-Runge.htm

 


jueves, 11 de marzo de 2021

LA IZQUIERDA DE NUESTROS TIEMPOS, DEFENSORA DEL CAPITALISMO

 


Dr. SALINAS Hugo

salinas_hugo@yahoo.com

¿Existen evidencias para calificar a la izquierda de nuestros tiempos como la defensora del Capitalismo y, por consiguiente, defensora de las grandes desigualdades económicas, sociales y políticas? Con ciertas excepciones, la respuesta es afirmativa. Tan es así que el grueso de la izquierda acepta de buen grado ser parte de la social democracia

Comenzaremos por señalar que la noción de “izquierda” se impone en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el burgués, representante de una nueva sociedad quiere desplazar al Rey, representante de una sociedad latifundista, anacrónica. Y es la Revolución Francesa el símbolo mayor de este gran movimiento económico, social y político, en donde los “izquierdistas” son la vanguardia de una nueva economía, de una nueva sociedad.

El burgués, empresario que convierte los burgos en grandes e increíbles ciudades, a través de nuevas y nuevas industrias, de nuevos y nuevos productos de consumo de masas, representa una nueva economía floreciente que genera una vida confortable a través de la “economía de mercado”. A su vez, es una nueva economía que engendra al nuevo trabajador-obrero, y facilita la explosión del desarrollo individual de las personas.

Se construye una nueva sociedad que da cimiento a pensar y creer en la Libertad, Igualdad y Fraternidad de todos los seres humanos. Una nueva economía bien superior a la economía feudal de auto-consumo, de servilismo y esclavismo. Ante estas grandes esperanzas, toda la población se sumó en este combate de vida o muerte.

Pero bastó un siglo para que el grueso de la población sintiera en carne propia que sus sueños no se habían realizado, que su sangre había sido derramada en vano. Si bien es cierto que el confort material de una economía de mercado era muy superior a la economía de auto-consumo, no es menos cierto que todas esas bondades estaban al alcance solamente de aquellos que poseían ingresos monetarios. Las grandes desigualdades socio-económicas se hicieron mucho más evidentes y graves. Ahora, además, no había puestos de trabajo para todos aquellos que querían trabajar, y se podía morir de hambre por falta de ingresos monetarios.

Y fue precisamente la Comuna de Paris, movimiento social que explosionó el 18 de marzo de 1871, quien quiso resolver para siempre estas grandes desigualdades económicas, sociales y políticas. Un movimiento de masas que comienza por oponerse al dictado de un gobierno salido de un Congreso elegido por sufragio “universal” masculino, con exclusión total de las mujeres y de los inmigrantes residentes en Francia. Un gobierno sirviente del Capitalismo en crecimiento y en total contradicción con los intereses de la población.

La Comuna de Paris instala un gobierno de Democracia Directa en donde el pueblo, en forma directa, elige a sus autoridades y resuelve sus problemas económicos, sociales y políticos. Pero, ante tal desafío, la represión es violenta. Y esta vez, mucho más violenta y sanguinaria. Ella es conocida como la “semana sangrienta” del 21 al 28 de mayo de 1871. En las calles de Paris yacen por decenas de miles, las comuneras y los comuneros que habían iniciado el ejercicio de una Democracia Directa.

¿Es esta dictadura sangrienta del Capital, quien termina por convencer a los izquierdistas que cambiar el sistema socio-económico es imposible? Tanto es así, que los mismos izquierdistas comienzan a elaborar teorías para justificar que el camino a la redención debe llevarse a cabo “progresivamente”, paso a paso, y por la vía de la Democracia Representativa. El fracaso de las revoluciones en Rusia, China, Cuba… confirmaría este posicionamiento. La social-democracia se impone en la mente y en la acción de los “izquierdistas”. La Gran Transformación ya no es el objetivo.

En estas condiciones se hacen presente toda clase de reivindicaciones. Desde los movimientos anticolonialistas hasta el feminismo, pasando por la conquista de las 8 horas de trabajo,  la recuperación de nuestra identidad, de nuestro origen étnico, de nuestros pueblos ancestrales, de nuestras lenguas originarias, de la conservación del medio ambiente e incluso del combate contra la corrupción. Todos ellos son permisibles en la era del Capitalismo porque, en definitiva, no ponen en cuestionamiento a la acumulación y concentración de riquezas en poquísimas manos a nivel local, nacional y mundial.

La habilidad de los administradores y beneficiarios del Capitalismo es hacernos creer que cada una de estas luchas nos conduce a la victoria final; que cada una de estas luchas es el objetivo fundamental para resolver nuestros problemas de sociedad. Y son tan hábiles, que acompañan y alimentan la conquista de cada uno de estos objetivos, los cuales son profundamente sentidos y necesarios por la población. No lo hacen en forma directa, como lo hicieron antaño. Para ello ponen en movimiento a ONGs financiadas abundantemente por grandes empresas multinacionales, organismos mundiales y personalidades filantrópicas. La única condición para continuar a recibir el financiamiento es no salirse del libreto.

Y en este juego malsano participan nuestros “izquierdistas de tiempos modernos”. Sin querer queriéndolo, se han convertido en los defensores del statu quo Capitalista. Se han convertido en los defensores del templo, tanto que se enfrentan violentamente contra aquellos que proponen sendas alternativas hacia una real transformación socio-económica.

Pero la realidad es dura y termina por hacernos abrir los ojos ante los engaños continuados, y perder el miedo a las torturas y asesinatos de miles de personas. Es el caso, por ejemplo, del movimiento social denominado “Feminism for the 99%”. Una agrupación que nace el año 2017 en Estados Unidos como consecuencia de la “Marcha de Mujeres” llevada a cabo en Washington D.C.

Para ellas, la opresión de género no es causado por un solo factor, el sexismo. La desigualdad de género, según su Manifiesto, es el resultado de la intersección de diferentes factores como el sexismo, racismo, colonialismo y capitalismo. No es, entonces, un asunto solamente de Derechos, de Justicia, de Ética, de Moral, de Educación. La causa, tanto de estos males así como de la corrupción, del destrozo del medio ambiente, entre otros, es mucho más profunda.

Mientras existan las grandes desigualdades socio-económicas, de poco servirán las leyes en favor de la igualdad de género, de la educación gratuita, del respeto al medio ambiente, del reconocimiento de las nacionalidades, de las lenguas y otros. Todas esas conquistas, logradas con la sangre y el sudor de las mayorías, servirán únicamente para quienes tengan un nivel de poder adquisitivo que les permita gozar y hacer valer sus “derechos”.

Es imperativo que el izquierdismo de nuestros tiempos se reformule y construya su futuro en sintonía con los intereses de las grandes mayorías sedientas de transformaciones profundas de nuestra economía y de nuestra sociedad.

Saint-Nazaire, Francia, 11 de marzo del 2021

 

miércoles, 26 de febrero de 2020

IZQUIERDAS EN LATINOAMÉRICA HOY




Imagen: tiempolatino.wordpress.com

Análisis
26/02/2020

Sabiendo que “izquierda” es un término demasiado amplio, impreciso incluso, permítasenos usar aquí para dar a entender las fuerzas políticas y/o sociales que bregan por un cambio respecto al sistema capitalista. Entra allí, por tanto, un muy extendido abanico de opciones y alternativas, desde grupos alzados en armas hasta partidos políticos que se pliegan a la institucionalidad vigente, desde movimientos sociales más o menos sistematizados o espontáneos hasta grupos académico-intelectuales. La característica común que une a toda esa amorfa masa es el deseo de transformar el modelo socio-económico vigente, aunque haya profundas diferencias en la forma de buscarlo.

América Latina no es pobre. Por el contrario, como sub-continente es uno de los lugares con mayor riqueza natural del planeta. Inconmensurables tierras fértiles, agua dulce al por mayor, enormes selvas tropicales, petróleo (ahí están las mayores reservas mundiales), gas y vastos recursos minerales (en cuenta los principales yacimientos de materiales cada vez más necesarios para las industrias de punta), litorales marítimos plagados de vida, energía hidroeléctrica en cantidades fabulosas, todo ello la convierten en un “paraíso”. Pero curiosamente, pese a esa riqueza, las diferencias entre quienes más poseen y los más desposeídos son de las más grandes del mundo (se diría un “infierno”). Conviven ahí magnates extravagantes con riquezas incalculables junto a poblaciones terriblemente empobrecidas. Junto a barrios ultramodernos en las principales urbes hay poblaciones viviendo en situaciones de Siglo XIX en áreas rurales, o apiñadas en tugurios urbanos de inusitada pobreza y violencia. Regímenes militares en prácticamente todas sus naciones durante el pasado siglo hicieron de Latinoamérica una tierra de represión marcada a sangre y fuego. Las frágiles democracias existentes actualmente, con apenas unas décadas de existencia, no logran -ni lo pretenden, en realidad, más allá de pomposas declaraciones- terminar con las desmesuradas asimetrías económico-sociales reinantes.

Producto de una furiosa y sangrienta represión vivida en las últimas décadas del siglo XX y de un bombardeo ideológico-cultural inmisericorde, dado a través de medios masivos de comunicación y las actuales redes sociales, el discurso dominante que se ha impuesto con fuerza apabullante es de derecha, conservador, entronizando el libre mercado, denostando todo lo estatal, criminalizando la protesta social al par que estimulando un grosero individualismo casi hedonista, logrando de ese modo reemplazar en la ideología del día a día cualquier intento de cambio. La invasión de sectas neopentecostales completa el cuadro, anestesiando la protesta y las cabezas.

Las políticas neoliberales impuestas desde hace al menos 40 años desde los centros imperiales, acatadas mansamente por los gobiernos nacionales, fueron reconfigurando el paisaje político-económico y social. De esa cuenta, los grandes capitales crecieron en forma exponencial, mientras las grandes mayorías populares ahondaron su empobrecimiento. Las políticas sociales que impulsaban los Estados hacia mediados del siglo XX fueron siendo barridas, y hoy día, en todos los países, las estructuras estatales son precarias, brindando muy deficitariamente, o no brindando, los servicios básicos a sus poblaciones.

Las grandes mayorías trabajadoras (urbanas, rurales, amas de casa) están más desprotegidas que nunca. Los derechos laborales están conculcados en forma bochornosa, y las prácticas de explotación alcanzan niveles no vistos antes. El movimiento sindical combativo de otrora está casi extinguido; sobrevivieron solamente sindicatos burocratizados y plegados a las patronales, los que no constituyen focos reales de reivindicación y/o mejoramiento de las condiciones laborales, más allá de ocasionales declaraciones formales.

En el medio de esa marea de retroceso del campo popular, con un ataque enorme de los capitales (nacionales y, fundamentalmente, internacionales) sobre la masa trabajadora y los pueblos en general, las izquierdas, en tanto elemento fundamental de lucha antisistémica, no encuentra los caminos. La gran mayoría de movimientos armados se han desmovilizado, y los que aún continúan, no se ven como verdadero elemento transformador, pues el contexto se los impide. Las iniciativas políticas en el ruedo de las democracias parlamentarias burguesas no alcanzan a constituirse en verdaderos desafíos sistémicos. Las veces que la izquierda logró ganar el Poder Ejecutivo en los distintos países, no pudieron pasar de administrar el neoliberalismo vigente con un poco más de sentido social, pero sin lograr transformar de raíz el sistema capitalista.

En el inicio del siglo, en muy buena medida alentada por la Revolución Bolivariana en Venezuela encabezada por Hugo Chávez, los mandatarios de varios países de la región (Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Paraguay, El Salvador, Honduras) comenzaron tímidamente a desarrollar políticas que, sin superar el capitalismo, presentaron un carácter más moderado, con cierta preocupación por los sectores históricamente postergados. En todos ellos, llegados a las casas de gobierno por elecciones dentro del marco de la institucionalidad capitalista y no por procesos de revolución popular, no se tocaron los resortes básicos del sistema: propiedad privada de los medios de producción, reforma agraria, nuevo Estado socialista, ideología revolucionaria desmontando la anterior cultura, reemplazo de las antiguas fuerzas armadas por milicias populares y un nuevo ejército plegado a las dirigencias de izquierda. En síntesis: se asistió a procesos asistenciales que no modificaron de cuajo las estructuras vigentes.

Luego de un período de crecimiento y cierto esplendor económico (ligado en parte al fabuloso despegue económico de la República Popular China, principal comprador de las materias primas latinoamericanas), la relativa prosperidad no pudo mantenerse, y lentamente (no sin la intervención de Estados Unidos y la presión interminable de las propias oligarquías nacionales) esos gobiernos de corte social-popular fueron cayendo. En el caso de Bolivia, y en cierta forma también en Honduras, a través de cruentos golpes militares al mejor estilo de los que se conocieron durante todo el siglo XX, siempre de la mano de los ejércitos, que siguen siendo fuerzas de ocupación, preparados en la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por la Casa Blanca (aunque ahora se nombre de otra manera, con pretendido énfasis en la defensa de derechos humanos).

Al día de hoy solo Cuba se mantiene en un proyecto claramente socialista, sin retroceder ni hacer concesiones, pese al bloqueo y a los interminables problemas heredados. Los elementos capitalistas que puedan darse hoy en la isla (que, definitivamente, se dan a un nivel de micro-empresa) no alcanzan a torcer el rumbo socialista del Estado. Pueblo, gobierno y fuerzas armadas siguen ese derrotero, resistiendo los embates del capitalismo global.

Otros países que pueden nombrarse socialistas, presentan innumerables cuestionamientos a ese ideario. Nicaragua, con un discurso pretendidamente anti-imperialista, presenta un populismo asistencial centrado en la figura de un aprendiz de dictador rodeado de una nueva burguesía ascendente que nada tiene de revolucionaria. México (con Andrés Manuel Pérez Obrador en la presidencia) y Argentina (con un nuevo planteo peronista), con gobiernos llegados a través del voto popular (en buena medida “voto castigo” a los terribles planes neoliberales que pauperizaron en forma creciente a las ya paupérrimas mayorías), abren esperanzas, las cuales no pasan de administraciones no tan marcadamente antipopulares, pero que no cuestionan en absoluto la primacía del capital y del papel hegemónico de Estados Unidos en la región (“capitalismo serio”, pudo decir la actual vicepresidenta del país sudamericano).

El caso de la República Bolivariana de Venezuela merece una mención aparte. Habiendo surgido allí un primer grito anticapitalista con la figura carismática de Hugo Chávez, lo novedoso de ese movimiento (se volvía a hablar de “socialismo” y “antiimperialismo” luego de décadas de silencio) abrió enormes expectativas en las fuerzas de izquierda, no solo latinoamericanas, sino a nivel mundial. Seguramente porque la caída del campo popular en todo el planeta -luego de la desintegración del bloque socialista europeo y la adopción por parte de China de mecanismos de mercado- fue tan dura que un discurso que ponía de nuevo en el tapete un ideario caído en el olvido, permitía volver a soñar, a tener esperanzas. De todos modos, desde el inicio de ese proceso se vio que lo que se vivía en Venezuela no era una revolución socialista; era, en todo caso, una mejor y más equitativa repartición de la renta petrolera, pero que no tocaba los fundamentos de la empresa privada. Muerto Chávez (o asesinado por el imperialismo), la burocracia que siguió dirigiendo el proceso mostró que en su ADN constitutivo no había “revolución socialista”. Sumando a ello la brutal agresión de Washington, la situación actual del país caribeño es sumamente compleja. Las fuerzas de izquierda del continente no pueden dejar de defender el proceso emancipatorio venezolano, pero queda la pregunta -con sabor amargo- de hasta qué punto eso es un auténtico proceso emancipatorio. Obviamente, hay que seguir defendiendo la autodeterminación de Venezuela y condenando enérgicamente la intromisión imperialista (de Estados Unidos o de cualquier potencia que intente saquear los recursos del país). De todos modos, no puede dejarse de considerar que estos “socialismos sin socialismo” dan pie a la derecha para mostrar la ineficacia de estos planteos (la situación de Venezuela es mostrada como la patencia de lo imposible del socialismo).

El Movimiento Zapatista, una opción de izquierda centralizada en el sureño estado mexicano de Chiapas, no pudo constituirse en un modelo de autogestión popular replicable en todo el país o en otros contextos fuera de México, y si bien en sus territorios se mueve con una lógica anticapitalista, está absolutamente condicionado por el contexto nacional e internacional, no pasando de ser una interesante experiencia, pero sin posibilidad real de profundizarse y construir una alternativa socialista autónoma (como Cuba, por ejemplo).

Las principales protestas antisistémicas provienen de movimientos sociales en sentido amplio: campesinos, movimientos de pueblos originarios, desocupados urbanos, estudiantes, amas de casa. En muchos de ellos no hay una clara agenda socialista, con proyecto sistemático de construcción de un modelo superador del capital privado. De todos modos, la movilidad político-social que van teniendo estas iniciativas abre nuevas esperanzas. En los comités populares de base, en esas experiencias de democracia real, participativa, de espontáneo carácter solidario y comunitario, puede encontrarse el verdadero camino para la transformación social. Las recientes protestas (puebladas) que se dieron en distintos países latinoamericanos son una fuente para estudiar y sacar conclusiones: ¿por qué esas rebeliones populares no pudieron constituirse en verdaderos procesos revolucionarios?

Las fuerzas políticas de izquierda que podríamos llamar “formales” o “sistemáticas” (fuerzas políticas, bloques legislativos, partidos comunistas herederos de la dinámica de la Guerra Fría con un referente en la Unión Soviética) no están de momento a la altura de esas protestas espontáneas. Si bien pueden tener cercanía con las masas en protesta, aún no se constituyen en vanguardias que puedan liderar ese descontento enfocando la lucha anticapitalista. Podrán serlo en un mediano plazo, pero todo indica que no lo son de momento. Tema importante a trabajar, por tanto.

Ese desfasaje habla de la historia reciente (Guerra Fría, contienda ideológica donde el ganador claramente fue el campo capitalista), de las terribles represiones a que se vieron sometidos los pueblos en lucha (las montañas de cadáveres y los ríos de sangre no se olvidan: la “pedagogía del terror” sigue presente), de la desideologización promovida (desideologización de contenidos de izquierda), del continuo bombardeo ideológico-cultural al que se somete a las poblaciones. Todo lo cual hace que cunda un sentimiento de miedo/desconfianza con los planteos de izquierda en las mayorías populares, manipuladas hasta el hartazgo con mensajes conservadores, de derecha, en muchos casos religiosos, adormecedores.

Las izquierdas (digámoslo en primera persona plural, porque si no, pareciera que altaneramente quien lo pone en tercera persona queda al margen de la autocrítica) NO ENCONTRAMOS de momento los caminos para seguir adelante la lucha. Lo cual no significa que la lucha haya terminado. Estamos, en todo caso, en un período de resistencia y reformulación. Las causas que motivaron que haya una opción de izquierda (es decir: un planteamiento anticapitalista) no desaparecieron. En ese sentido, no es posible que desaparezca la izquierda, aunque hoy día esté algo desorientada, cooptada por el discurso “políticamente correcto” de la llamada cooperación internacional y enredada en ese raro engendro que son las ONG’s. ¿Qué queda por hacer entonces? ¡No perder las esperanzas y seguir aportando granitos de arena!

https://www.alainet.org/es/articulo/204908