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viernes, 18 de septiembre de 2026

MODERNIZACIÓN NO SIGNIFICA CAPITALISMO

 

Instituto Tricontinental de Investigación Social, Caminar con las dos piernas, 2026. Portada del dossier n° 104, Caminar con las dos piernas: el socialismo de la modernización china, septiembre de 2026.

En el Sur Global, el desarrollo no puede lograrse imitando al Occidente capitalista: exige romper la dependencia imperialista mediante la defensa de la soberanía, la planificación socialista y la transformación de las relaciones sociales.

Queridas amigas y amigos,

17 de septiembre de 2026

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

En 1960, el economista estadounidense Walt Whitman Rostow publicó Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista. El subtítulo revelaba el propósito del libro. Rostow no se limitaba a describir el desarrollo económico. Ofrecía un arma ideológica para la Guerra Fría. Todas las sociedades, sostenía, recorrían el mismo camino, comenzaba en la “sociedad tradicional”, pasaba por las “condiciones previas para el impulso inicial”, el “impulso inicial” y la “marcha hacia la madurez”, para llegar finalmente a la “era del gran consumo en masa”. Al final de ese camino se encontraba Estados Unidos mismo. Sus instituciones sociales, culturales y políticas aparecían como el modelo para el resto del mundo. En el relato de Rostow, desarrollarse era imitar los patrones de consumo y las formas institucionales del Occidente imperialista. Modernizarse era volverse capitalista.

La teoría de Rostow, y en especial la del economista santalucense Arthur Lewis, oponía la “tradición” a la “modernidad”. Había que despejar el viejo mundo para que pudiera aparecer el nuevo. El colonialismo desapareció de este relato, al igual que la esclavitud, el saqueo, el intercambio desigual y la transferencia organizada de riqueza desde Asia, África y América Latina hacia Europa y América del Norte. A los países empobrecidos por el imperialismo se les dijo que su pobreza era el resultado de sus propias culturas atrasadas. No necesitaban soberanía ni revolución social. Lo que requerían, se les planteó, era capital extranjero, expertos occidentales y paciencia.

En un boletín anterior sobre nuestras tradiciones de izquierda, hablamos de la riqueza del debate en torno a las herencias culturales dentro de la política de izquierda . En China, sin embargo, el problema principal no era la tradición en sí, sino la humillación. Desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la victoria de la Revolución China (1949), el país padeció lo que se recuerda como el “siglo de humillación”: el opio impuesto a su pueblo, los tratados desiguales impuestos a sus gobiernos, el territorio arrebatado por potencias extranjeras, los puertos subordinados a monopolios imperiales y el país desgarrado por los señores de la guerra, la ocupación y la guerra civil. El capitalismo entró en China no con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith en la mano, sino con cañoneras y droga. Las fuerzas del capitalismo no unificaron el país ni liberaron sus capacidades productivas. Por el contrario, el imperialismo capitalista destrozó la sociedad china y fortaleció a los terratenientes, a las élites compradoras y a los intermediarios del capital extranjero.

Para el pueblo chino, modernizarse no significaba repudiar en bloque su civilización ni entrar en la sala de espera de Occidente. Modernizarse significaba poner fin a la humillación, recuperar la soberanía, unificar el país, derrotar el hambre y el analfabetismo, y crear la capacidad material para impedir el regreso de las cañoneras. Según esta lógica, la modernización china solo podía comenzar con la liberación nacional y podía avanzar únicamente mediante el socialismo.

En nuestro último dossier, Caminar con las dos piernas: el socialismo de la modernización china, llamamos la atención sobre las dos tareas inseparables que asumió la Revolución China: la transformación de las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Un país pobre no podía abolir la privación simplemente distribuyéndola de manera más equitativa. Necesitaba industria moderna, ciencia, tecnología e infraestructura. Pero, dada la trampa del sistema neocolonial, ¿cómo se esperaba que China llevara a cabo este proyecto? ¿Podía hacerlo sin abordar las cuestiones fundamentales de la propiedad y la emancipación social? En nuestro dossier dividimos la historia moderna de China en tres etapas: de 1949 a 1978, de 1978 a 2013 y de 2013 hasta el presente.

En 1949, China se encontraba entre los países más pobres del mundo: la esperanza de vida rondaba los 35 años, la alfabetización estaba por debajo del 20%, la capacidad industrial era sumamente limitada y el campo seguía dominado por relaciones feudales. Los primeros pasos de la revolución fueron, por ende, tanto sociales como materiales. Para 1953, la reforma agraria había redistribuido casi 47 millones de hectáreas a aproximadamente 300 millones de campesinas y campesinos sin tierra o con poca tierra. El orden terrateniente quedó quebrado, pero también ocurrió algo más profundo. El campesinado experimentó el fanshen (翻身): literalmente, “dar vuelta el cuerpo” o “ponerse de pie”, pero, en el lenguaje de la revolución, sacudirse la servidumbre y erguirse como protagonista del desarrollo nacional. La modernización no comenzó con un centro comercial, sino con la tierra, la dignidad y el fin de la servidumbre.

Las campañas masivas de alfabetización, los sistemas de salud públicos, las salas de lectura rurales y el programa de los médicos descalzos transformaron la sociedad. Para 1959, la alfabetización había subido al 57%. Mientras tanto, la planificación socialista construyó los cimientos de una economía industrial integrada: acerías, centrales eléctricas, fábricas de automóviles y tractores, ferrocarriles y puentes. Estos logros fueron alcanzados bajo bloqueo, sanciones y la amenaza constante de guerra. La soberanía había adquirido una base material, pero todavía era frágil.

Después de 1978, la política de reforma y apertura cambió de táctica sin abandonar la dirección histórica. La afirmación de Deng Xiaoping de que “la pobreza no es socialismo” captó la esencia del problema. China utilizó los mercados y el capital extranjero bajo la guía del Estado para desarrollar sus fuerzas productivas, pero no cedió el control de los sectores estratégicos de la economía. El control público de la banca, la energía, las telecomunicaciones y el transporte permitió al Estado orientar la inversión e impedir que el sector privado dictara el rumbo de la sociedad. El mercado se utilizó como un instrumento, no como un fin en sí mismo.

Este segundo período produjo una inmensa riqueza social y sacó de la pobreza a más de 765 millones de personas entre 1978 y 2019. Pero también produjo serias contradicciones: desigualdad, corrupción, desequilibrios regionales, presión sobre la clase trabajadora y devastación ecológica. Reconocer estas contradicciones no es desechar el período de reforma, así como reconocer sus logros no exige ocultar sus costos. La construcción socialista no es una línea recta trazada de antemano, sino un proceso de lucha en el que las nuevas capacidades generan nuevas contradicciones que, a su vez, deben ser resueltas.

Desde 2013, China ha entrado en una tercera etapa, organizada en torno a tres conceptos: prosperidad común, civilización ecológica y desarrollo de alta calidad. La campaña de Alivio Focalizado de la Pobreza movilizó a más de tres millones de cuadros del Partido Comunista de China (PCCh) para llegar a los focos remanentes de pobreza extrema, garantizando un ingreso mínimo, alimentación y vestimenta adecuadas, educación, salud, vivienda segura, agua potable, electricidad y transporte. En lugar de esperar a que la riqueza se derramara hacia abajo, el partido fue casa por casa para identificar la privación y superarla. Al mismo tiempo, el partido arremetió contra las concentraciones de poder privado, endureció la regulación de las corporaciones tecnológicas, restringió la industria de las clases particulares y actuó contra la especulación inmobiliaria bajo el principio de que “las casas son para vivir en ellas, no para especular”. China ha desviado el crédito de la actividad especulativa hacia la industria estratégica, la infraestructura pública y el desarrollo tecnológico. No se trata de ajustes administrativos menores; conciernen a la cuestión socialista fundamental: si el capital gobierna a la sociedad o la sociedad gobierna al capital.

El presidente chino Xi Jinping ha descrito la modernización china como una “modernización socialista impulsada bajo el liderazgo del Partido Comunista de China”. El concepto de modernización socialista no es hostil a la tradición y permite a China nutrirse de su herencia civilizatoria sin someterse ni a la jerarquía feudal ni a la dominación cultural occidental. La tradición no es una pieza de museo ni un obstáculo por superar. Se hereda críticamente y se pone en diálogo con la razón científica y la ética socialista.

En Occidente, la memoria de China de la humillación se trata a veces como un agravio psicológico manipulado por el Estado. Pero la humillación no es un mero sentimiento. Remite a una condición material: la pérdida de la soberanía, la incautación de los recursos, la negación del desarrollo tecnológico y la subordinación del futuro de un pueblo a un poder extranjero. Las actuales restricciones a los semiconductores, las sanciones, las barreras comerciales y el cerco militar recuerdan al pueblo chino que el viejo deseo imperial de frenar su desarrollo no ha desaparecido. La autosuficiencia tecnológica no es, por lo tanto, nacionalismo estrecho, sino la forma contemporánea que adopta la defensa de la soberanía.

El camino de China no puede simplemente copiarse en otros países. Surgió de una revolución arraigada en la alianza obrero-campesina y de un partido capaz de planificar a lo largo de generaciones. Pero su historia plantea una pregunta urgente al Sur Global: ¿puede haber modernización sin soberanía? Los países agobiados por la deuda externa, dependientes de la exportación de materias primas y despojados del control sobre los datos, las finanzas, la tecnología, la energía y el transporte son formalmente independientes, pero se les impide decidir su futuro. Se les entrega la escalera de Rostow, pero no tiene peldaños por donde subir.

La Revolución China no pidió permiso para subir la escalera de Rostow. Forjó su propio camino hacia el desarrollo. La modernización de China no debe medirse por el volumen de mercancías ni por el número de multimillonarios. Debe evaluarse tomando en cuenta si el campesinado puede mantener la dignidad, si la niñez sabe leer, si las personas viven vidas más largas y saludables, si la tecnología atiende las necesidades sociales, si se protege la naturaleza y si una nación puede enfrentarse a un imperio sin agachar la cabeza. La modernización de China no es utópica. La resolución de cada problema ha generado nuevos problemas que deben enfrentarse. Quizá la prueba más fehaciente de la modernización china haya sido su capacidad de adaptarse a los tiempos cambiantes y de enfrentar nuevos desafíos. No decimos que la sociedad china no tenga problemas, más bien que su proyecto socialista está organizado para reconocer las contradicciones, cambiar de rumbo y luchar por resolverlas.

El camino de modernización de China demuestra que los países subdesarrollados pueden forjar un camino distinto del Occidente capitalista mientras defienden su soberanía. La lección no es que China pueda copiarse, sino que la modernización requiere una organización política capaz de convertir la soberanía en planificación, capacidad tecnológica, bienestar social y poder colectivo. Por eso importa la cuestión de los partidos políticos. No es posible comprender plenamente el camino de China sin analizar su sistema de partidos, la estructura del PCCh y su relación con los demás partidos, el Estado y la sociedad. Para seguir de cerca este recorrido, les invitamos a leer nuestra revista semestral, Wenhua Zongheng: Revista de pensamiento chino contemporáneo, publicada en colaboración con el Foro Académico del Sur Global (GSAF, por su sigla en inglés).

La edición 2026 de la conferencia del GSAF se celebrará en Pudong, Shanghái, del 17 al 18 de octubre, bajo el tema “Partidos políticos del Sur Global: gobernanza y modernización”. Al reunir a partidos políticos, movimientos sociales e instituciones académicas de todo el Sur Global, el foro crea un espacio para comparar experiencias de gobernanza y modernización, y para preguntarse cómo la soberanía puede traducirse en instituciones capaces de planificación, desarrollo y emancipación. Lo que está en juego es si los pueblos del Sur Global pueden definir la modernización en sus propios términos: no como imitación, sino como la construcción colectiva de un futuro más allá de la dependencia.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/modernizacion-no-significa-capitalismo/

viernes, 11 de septiembre de 2026

TODXS VINIMOS DE ALGUNA PARTE

Ismail Shammout (Palestina), Where To? [¿A dónde?], 1953.

El capitalismo necesita mano de obra migrante precaria para disciplinar a la clase trabajadora, profundizar divisiones y extraer riqueza, mientras la retórica antimigrante encubre la destrucción neoliberal de los servicios públicos.

10 de septiembre de 2026

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Hoy, dondequiera que vayamos en el mundo, del Norte Global al Sur Global, nos vemos inundadxs por una retórica cada vez más hostil hacia las personas inmigrantes. Parece ser una parte ineludible del discurso público particularmente tóxico en el Norte Global, donde se ha convertido en un pilar central de la extrema derecha actual. En diciembre de 2025, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, calificó de “basura” a lxs inmigrantes somalíes en ese país y dijo que tenían “que volver al lugar de donde vinieron”. El vicepresidente de Donald Trump, JD Vance, dijo que la inmigración es “la mayor amenaza” tanto para los Estados Unidos como para Europa. En Gran Bretaña, el entonces primer ministro británico, Keir Starmer, expresó en mayo de 2025 que su país corría el riesgo de “convertirse en una isla de desconocidos”, frase que repitió más adelante ese mismo año Andrew Hastie, “ministro de la Oposición” de Asuntos Internos de Australia: “Estamos empezando a sentirnos como desconocidos en nuestro propio hogar”.

El Sur Global no es inmune a este discurso. En Sudáfrica ha habido una explosión de xenofobia, con grupos antimigrantes como Operation Dudula (2021) y March (2024) que surgieron de la nada, con fondos para crear un grave caos antiinmigrante. Estas organizaciones popularizaron la consigna Abahambe Makwerekwere [Que se vayan los extranjeros] entre sectores de la población sudafricana que han quedado marginados por el acuerdo posterior al apartheid. Han proyectado sus ansiedades socioeconómicas sobre sus vecinos, inmigrantes empobrecidos que llegaron a Sudáfrica desde países como Botsuana, Lesoto, Mozambique y Zimbabue. Estos grupos xenófobos han lanzado amenazas y fijado plazos para que lxs inmigrantes abandonen el país, obligando a personas desesperadas y vulnerables a buscar seguridad o a salir de Sudáfrica por miedo.

Este aumento de la xenofobia refleja un sentimiento generalizado de que las miserables condiciones de vida de la clase trabajadora se deben a la competencia de las personas inmigrantes por recursos escasos y no a los rasgos estructurales del capitalismo. Se afirma que lxs inmigrantes empobrecidxs y despojadxs de poder han vaciado, de algún modo, al Estado y han desplazado a otras personas del mercado laboral, dejando a lxs trabajadorxs nacidxs en el país sin posibilidad de llevar vidas estables y dignas.

El discurso sobre la inmigración está plagado de inexactitudes fácticas, hipérboles e irritabilidad. Los apóstoles de la xenofobia inflan la escala y la geografía de la migración y envenenan el debate en torno al tema. Esta distorsión opera de tres maneras:

1.      Escala exagerada. Lxs migrantes internacionales constituyen apenas el 3,6% de la población mundial. La mayoría de las personas que migran no abandonan su país de nacimiento, ya que se desplazan del campo a la ciudad o de una localidad a otra. Si se tiene en cuenta la difícil situación de lxs desplazadxs internxs, solo una cuarta parte de lxs migrantes y desplazadxs viaja del Sur Global al Norte Global, como me señaló un funcionario de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

2.     Geografía exagerada. Por razones obvias, la cobertura de los medios occidentales se concentra en las travesías del Mediterráneo, la frontera entre los Estados Unidos y México y el canal de la Mancha. Esto presenta la migración como un problema que solo afecta al Norte Global. Pero la realidad es que la mayoría de los desplazamientos ocurre dentro de los países o entre países vecinos. La abrumadora carga de la protección de las personas refugiadas recae sobre las naciones más pobres del Sur, no sobre el Norte rico.

3.     Lenguaje exagerado. Quienes avivan el fuego de la retórica antiinmigrante casi siempre dicen que se oponen a las personas inmigrantes “ilegales” y no a las “legales”. En la práctica, la categoría amenazante del “inmigrante ilegal” empieza a moldear la forma en que la gente piensa sobre la migración en general. Las personas refugiadas, solicitantes de asilo, trabajadoras indocumentadas, lxs estudiantes, familiares, trabajadorxs temporales e incluso inmigrantes que llegaron por vías legales pasan a ser vistas como “ilegales” o, al menos, sospechosas de serlo. El adjetivo “ilegal” da forma al significado del sustantivo “inmigrante” y luego lo impone. El adjetivo, incluso cuando no aparece, empieza a definir al sustantivo. De este modo, el simple hecho de ser inmigrante se trata como un acto de transgresión.

Las clases dominantes de las naciones más ricas, principalmente en el Norte Global, quieren la mano de obra de las personas inmigrantes, pero no sus vidas socioculturales ni su participación política. Grandes sectores económicos del Norte Global, como la agricultura, la construcción, la logística y el trabajo de cuidado, dependen de la mano de obra inmigrante. La retórica xenófoba y los regímenes legales restrictivos crean un entorno que facilita el disciplinamiento y la explotación de estxs trabajadorxs mediante la amenaza de la deportación y la negación de los derechos legales y de negociación colectiva. Sin embargo, es innegable que las personas inmigrantes generan riqueza para la clase dominante del lugar donde viven y trabajan. Sus remesas también sostienen a las familias en sus países de origen. El discurso en torno a la inmigración y la economía es tan confuso y embrollado como el debate político.

1.      El argumento económico. Ciertamente, lxs inmigrantes aumentan la demanda inmediata de vivienda, escuelas, transporte y atención médica, especialmente donde las llegadas se concentran geográficamente. Pero las personas inmigrantes también trabajan, producen, pagan impuestos y sostienen sectores económicos que sufren escasez de mano de obra. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestra que contribuyen a los mercados laborales, las finanzas públicas, el empleo y la creación de puestos de trabajo, aunque los beneficios y los costos se distribuyen de manera desigual. Un amplio estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) en 34 países de la OCDE entre 1980 y 2018 encontró que una afluencia de personas inmigrantes equivalente al 1% del empleo total elevaba la producción económica en casi 1% en cinco años, y que dos tercios del aumento provenían de una mayor productividad laboral. Fundamentalmente, en ese estudio no se encontró evidencia de que grandes afluencias de inmigrantes reduzcan el empleo de las personas nacidas en el país.

2.     La cuestión laboral. A veces, los empleadores utilizan mano de obra inmigrante precaria para rebajar las condiciones de trabajo o debilitar la organización sindical. No obstante, el problema no es el trabajador inmigrante en sí mismo, sino el poder del empleador para diferenciar y dividir a lxs trabajadorxs según su estatus legal. Sindicatos más fuertes y mejor organizados ayudarían a lxs trabajadorxs a resistir estas tácticas divisionistas, a mejorar los salarios y las condiciones de trabajo y a garantizar los derechos de residencia, los derechos legales y la negociación colectiva.

El neoliberalismo es el elefante en la habitación del discurso antiinmigrante. Las personas inmigrantes llegan a sociedades que ya han sido devastadas por la austeridad y la deuda. La crisis de la vivienda, el desempleo crónico, las enfermedades mentales y el abuso de drogas no son condiciones que crean las personas inmigrantes. Se trata de los efectos sociales de sociedades capitalistas que han priorizado la ganancia de unos pocos por encima del bienestar de la mayoría. La privatización de los servicios públicos, los recortes a los presupuestos municipales y el posterior colapso de la capacidad del Estado y del bienestar social fueron políticas neoliberales implementadas al servicio de las clases ricas y propietarias. Los mismos partidos políticos que implementaron estas políticas neoliberales y que, por lo tanto, son responsables del caos social que han desatado convierten ahora a lxs inmigrantes en chivos expiatorios.

La retórica antiinmigrante funciona para ocultar las causas reales del malestar social que enfrentan miles de millones de personas en todo el mundo. El gasto militar desmesurado y las guerras catastróficas de nuestro tiempo, las sanciones despiadadas contra los Estados que desafían al bloque de la OTAN+, la servidumbre forzada por la deuda de los Estados que no pueden romper el ciclo del subdesarrollo, el alto costo del cambio climático, el despojo de tierras y la destrucción de los medios de vida no son causados por la migración. Son originados por el capitalismo y el imperialismo, que preferirían destruir el mundo por ganancias antes que sanarlo. De hecho, la propia migración es resultado del imperialismo capitalista, que destruye las bases de la vida en el Sur Global mediante la guerra, la deuda, las sanciones y la explotación.

Lamentablemente, el carácter omnipresente del discurso antiinmigrante ha hecho que sea más fácil para un trabajador alienado incendiar una spaza [tienda de barrio] en Soweto, Sudáfrica, que pensar en la brutal asimetría de la propiedad de la tierra en su país. Lxs sudafricanxs blancxs constituyen aproximadamente el 7% de la población, pero poseen el 72% de las tierras agrícolas y de cultivo, mientras que lxs sudafricanxs negrxs representan casi el 82% de la población y poseen solo el 4%. Imaginar una reforma agraria es infinitamente más difícil y complejo que incendiar la tienda de un pobre comerciante inmigrante de Botsuana. Armar a la clase trabajadora con claridad frente a la retórica mistificadora de la xenofobia es una de las tareas que la izquierda enfrenta hoy. Por su parte, el Partido Comunista Sudafricano ha adoptado una postura firme y clara contra la xenofobia y a favor de la solidaridad.

El gran poeta caribeño-británico Benjamin Zephaniah pasó gran parte de su vida reflexionando sobre su ascendencia y su desplazamiento. Viviendo entre dos mundos, comprendió las luchas profundamente humanas y los sentimientos de soledad y aislamiento que acompañan el hecho de ser inmigrante. En su poema We Refugees [Nosotrxs, los refugiados] (2000), Benjamin Zephaniah capta, con calidez y sencillez, la irracionalidad y la inhumanidad de la xenofobia:

Todxs podemos ser refugiados.
A veces solo se necesita un día.
A veces solo se necesita un apretón de manos
o un papel firmado.
Todxs vinimos de refugiados.
Nadie solo apareció.
Nadie está aquí sin una lucha.
¿Y por qué debemos vivir con miedo
al clima o a los problemas?
Todxs vinimos de alguna parte.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/debate-sobre-la-inmigracion/

viernes, 24 de julio de 2026

EL LARGO ADIÓS AL DÓLAR ESTADOUNIDENSE

23 de julio de 2026

El dólar puede parecer una moneda neutral, pero en realidad es una forma de poder imperial que disciplina economías, financia guerras y obliga al Sur Global a costear su propia subordinación.


Mark Wagner (Estados Unidos), Fit for a King [A la altura de un rey], s.f.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Hay momentos en la historia en los que un sistema parece tan completo que cuesta imaginar su fin. Cuando Gran Bretaña “dominaba los mares”, en gran parte del mundo se consideraba que la libra esterlina no era simplemente una moneda, sino el lenguaje natural del comercio en sí mismo. Desde mediados del siglo XX, Estados Unidos ha hablado del dólar estadounidense de manera muy similar. Escribiendo en 1980, en medio de la crisis del orden post-Bretton Woods, el economista argentino Raúl Prebisch observó que “en Estados Unidos imperaba la ilusión del dólar todopoderoso”. Sin embargo, para entonces no se trataba solo de una ilusión estadounidense. El dólar ya se había convertido en la principal moneda de reserva del mundo y en la divisa dominante del comercio internacional. Ahora esa ilusión ha comenzado, lenta y desigual, a desmoronarse.

Nuestro último dossier, La arquitectura del poder: el dólar, la financiarización y la lucha por la soberanía, muestra que el dólar no es meramente dinero, sino una institución de poder imperialista. El sistema del dólar organiza el comercio, determina el acceso al crédito, disciplina a los gobiernos, financia la guerra y reproduce una jerarquía entre el Norte Global y el Sur Global. El debate sobre el dólar no es, por lo tanto, una cuestión de preferir una moneda a otra, el dólar sobre el renminbi (RMB) o el euro, sino de si la humanidad puede construir un orden monetario internacional que sirva al desarrollo en lugar de a la dominación.

 


La tentación en los últimos años ha sido responder a esta pregunta de manera demasiado precipitada. Cada acuerdo bilateral liquidado en RMB en lugar de dólares, cada anuncio de los BRICS+ sobre comercio en monedas locales, cada aumento de las compras de oro por parte de los bancos centrales ha sido saludado con declaraciones de que la desdolarización ha llegado. Los titulares son seductores, pero la realidad es considerablemente más compleja. Una de las grandes fortalezas de nuestro dossier es su negativa a confundir el deseo político con la realidad económica.

Al mismo tiempo, algo profundo ha cambiado. Estados Unidos ha transformado cada vez más el dólar, de ser un instrumento de intercambio a una herramienta de coerción. Las sanciones financieras, el congelamiento de reservas soberanas, la exclusión de los sistemas de pago y la militarización de las finanzas internacionales han demostrado a los gobiernos de todo el Sur Global que la dependencia del dólar conlleva crecientes riesgos políticos. Cuando aproximadamente la mitad de las reservas de divisas de Rusia fueron congeladas, muchos ministerios de finanzas en todo el mundo se hicieron en silencio una pregunta que antes parecía casi inimaginable: si esto puede pasarle a Rusia, ¿por qué no a nosotros? El dólar, antes presentado como políticamente neutral, ha revelado estar profundamente incrustado en los objetivos estratégicos de Estados Unidos.

 

Sir Grayson Perry (Reino Unido), Comfort Blanket [Manta de consuelo], 2014.

El dólar sigue dominando la economía mundial no porque Estados Unidos produzca la mayor parte de los bienes del mundo, que no es así, ni porque represente la mayor parte del comercio mundial, que tampoco es así. En realidad, el dólar domina la economía mundial porque el sistema financiero internacional se articula en torno a él y porque los mercados construidos a lo largo de generaciones producen inmensos efectos de red. Las monedas de reserva no pueden reducirse a medios de intercambio. También son reservas de valor, unidades de cuenta, mecanismos de liquidación y los cimientos sobre los que se construyen vastos mercados financieros. Los gobiernos tienen dólares porque otros gobiernos los usan y los bancos prestan en dólares porque los prestatarios esperan devolverlos en esa moneda. Como demuestra cuidadosamente el dossier, el dólar sigue representando la mayor parte de la fijación de precios de las materias primas, las transacciones de divisas, las reservas oficiales y el financiamiento del comercio, aunque el peso económico relativo de EE. UU. haya disminuido constantemente. Esta contradicción, entre el menguante peso productivo de Estados Unidos y el papel central que sigue desempeñando el dólar, es lo que otorga urgencia al debate sobre la desdolarización.

Si bien gran parte del dinamismo industrial del siglo XXI se concentra ahora en Asia más que en el Atlántico Norte, las finanzas siguen organizadas en torno a Wall Street. La producción y las finanzas operan en distintas regiones geográficas y esa divergencia no puede resolverse automáticamente. La apertura de una bóveda de oro en Hong Kong, por ejemplo, demuestra la rápida expansión de la infraestructura de almacenamiento y comercio de lingotes en Asia, pero esos avances no crean por sí mismos un nuevo orden monetario. Gran Bretaña siguió siendo el centro financiero del mundo mucho después de que su supremacía industrial se erosionara, y del mismo modo EE. UU. sigue gozando del “privilegio desmesurado” mediante el uso global del dólar mucho después de que su participación en la manufactura se haya desplomado. La pregunta decisiva no es si el sistema del dólar está en declive (lo está), sino qué podría reemplazarlo de manera realista.

 


Sin embargo, la transición más allá del dólar no dependerá solo de cambios económicos, sino también de la innovación y construcción institucional. En su reciente artículo “Geopolitics and International Money – A Path to a New Reserve Currency” [Geopolítica y dinero internacional: un camino hacia una nueva moneda de reserva], el exdirector ejecutivo del Fondo Monetario Internacional y exvicepresidente del Nuevo Banco de Desarrollo, Paulo Nogueira Batista, Jr., plantea la pregunta: ¿qué arquitectura institucional se requeriría para construir una alternativa al sistema del dólar? Nogueira Batista sostiene que el RMB no reemplazará simplemente al dólar, lo que no sería ni probable ni deseable. El gobierno chino tiene poco interés en tal movimiento porque exigiría una liberalización mucho mayor de la cuenta de capital, permitiendo que el capital entre y salga de China con mayor libertad. Esto podría exponer al país a flujos financieros desestabilizadores, elevar el valor del RMB, encarecer las exportaciones chinas y debilitar precisamente las ventajas productivas que han hecho posible el desarrollo de China. El economista chino Yu Yongding ha presentado importantes propuestas para expandir el uso internacional del RMB, incluso en el contexto de los debates de los BRICS+ sobre la desdolarización. Sin embargo, incluso estas propuestas no sugieren reemplazar la hegemonía monetaria estadounidense por la hegemonía monetaria china.

A lo largo de la última década, los sistemas bilaterales y multilaterales de liquidación de divisas se han expandido rápidamente. Estos incluyen: el Sistema de Transmisión de Mensajes Financieros de Rusia (SPFS por su sigla en inglés), desarrollado en 2014; el Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo de China (CIPS por su sigla en inglés), puesto en marcha en 2015; marcos de liquidación en monedas locales como el acuerdo entre Indonesia, Malasia y Tailandia establecido en 2018; acuerdos de bancos centrales que permiten a los países acceder a las divisas de otros en momentos de necesidad y cuentas especializadas, como las cuentas K de Gazprombank, que permiten que ciertos pagos transfronterizos eludan los canales basados en el dólar. Aunque estos instrumentos aún no han reemplazado al sistema del dólar, son parte de la infraestructura a partir de la cual podría surgir un nuevo orden financiero.

Nogueira Batista presenta un plan más ambicioso de construcción gradual y colectiva de un nuevo activo de reserva por parte de una coalición de países del Sur Global, respaldado por una nueva institución internacional y diseñado exclusivamente para liquidaciones internacionales y tenencias de reservas, no para la circulación doméstica. Tal moneda no aboliría las monedas nacionales, pero funcionaría como un instrumento de reserva común capaz de reducir la dependencia del dólar. Como sostiene nuestro dossier, la importancia de las alternativas institucionales al dólar no reside en el reemplazo inmediato de un marco monetario por otro, sino en la construcción de infraestructuras duraderas capaces de potenciar la emancipación de la humanidad.

 


No obstante, las instituciones por sí solas no agotan la cuestión más profunda. El debilitamiento del orden centrado en el dólar plantea un problema mayor que el diseño de una nueva moneda de reserva o una arquitectura de pagos diferente. El principal problema no es solo monetario, sino de desarrollo. Las instituciones que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial organizaron las finanzas globales en torno a la protección de la riqueza más que a la transformación de la producción, fomentando la especulación mientras restringían la industrialización en gran parte del mundo antes colonizado. Un nuevo orden monetario debe ser juzgado, por lo tanto, no solo por la estabilidad del tipo de cambio, sino por su capacidad para financiar la transformación estructural, la actualización tecnológica, la soberanía alimentaria, la transición ecológica y el empleo digno. Los controles de capital, los bancos de desarrollo, los sistemas de pago y los activos de reserva deben servir para expandir las capacidades productivas en lugar de acumular activos financieros. En este sentido, el sucesor del régimen del dólar no puede simplemente reemplazar una moneda internacional por otra. Debe integrar las finanzas dentro de una arquitectura más amplia del desarrollo, de modo que la cooperación monetaria se convierta en un instrumento para la prosperidad compartida, el desarrollo soberano y la reducción de la desigualdad global.

 


El dinero es el eje central de todo en nuestro mundo porque gran parte de la vida se ha mercantilizado y se ha sometido a la disciplina del mercado capitalista. El agua se embotella y el aire se acondiciona, mientras que la nostalgia por el trueque permanece al margen de todas las negociaciones. El dólar se cierne sobre nosotros, y detrás de él se encuentra el vasto arsenal militar de Estados Unidos y la voluntad política de usar esa fuerza para defender su moneda. Cuando Washington Irving escribió sobre “el dólar todopoderoso” en La aldea criolla (1837), la frase era prematura. En nuestra época ha llegado a sentirse casi natural. La riqueza de los países del Sur Global ricos en recursos sale en dólares y regresa en forma de deuda, mientras que las ciudades irreales del dinero como Londres y Nueva York resplandecen con la riqueza social del mundo.

Pero hay un estremecimiento aquí y allá, como indica nuestro dossier. No queremos exagerar la realidad de la desdolarización. Queremos mostrar cómo el régimen del dólar sigue operando hoy, cómo se ha debilitado y por qué permanece estructuralmente intacto.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/adios-al-dolar-estadounidense/

 

viernes, 30 de enero de 2026

EL SUR GLOBAL NECESITA EMPLEO PRODUCTIVO

 

Gigi Scaria, Wheel [Rueda], 2009.


EL SUR GLOBAL NECESITA EMPLEO PRODUCTIVO

Boletín 5 (2026)

Desde los años ochenta, la liberalización en India ha erosionado la base manufacturera de la India. Para crear empleo productivo, la política industrial debe atacar la dependencia externa y la desigualdad interna.

 

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

En agosto de 2025, en el 79° Día de la Independencia de la India, el primer ministro Narendra Modi dedicó su discurso a la iniciativa del gobierno de la India “Viksit Bharat 2047” (India Desarrollada 2047) y anunció una Misión Nacional de Manufactura. Dijo que la misión debe “reducir la dependencia de las importaciones y fortalecer la resiliencia económica” en sectores que van desde la industria aeroespacial hasta la inteligencia artificial. Instó a los 28 estados, a los 8 territorios de la unión y al gobierno central de la India a identificar 100 “productos prioritarios” para la fabricación nacional y agregó que los gobiernos estatales deberían agilizar las regulaciones y aprobaciones, “especialmente con respecto a la tierra, los servicios públicos y la infraestructura social”, con el fin de “atraer a empresas mundiales”. Viksit Bharat 2047 es una versión recalentada del programa Make in India [Producir en India] de Modi de 2014. Ambos proyectos se basan en tres premisas:

La inversión extranjera directa impulsará la manufactura nacional.

Las empresas indias pueden fabricar bienes, pero solo bajo la supervisión de conglomerados extranjeros.

Ni siquiera estas empresas necesitan construir toda la cadena de suministro, o la mayor parte de los eslabones de valor agregado, dentro de la India, ya que el ensamblaje es suficiente para calificar como “hecho en la India”.

Cuando la economía india se abrió a la inversión extranjera en 1991, en la fase conocida como liberalización, no existía claridad sobre la naturaleza y composición de la inversión necesaria para construir capacidad industrial y tecnológica, ni sobre las condiciones que debían regir al capital extranjero, ni tampoco un plan a largo plazo para la industrialización. El último dossier del Instituto Tricontinental de Investigación Social, La turbulencia de la economía india (enero de 2026), analiza cómo la liberalización desmanteló empresas públicas estratégicas, como las del sector electrónico, y encasilló a la India en el rol de exportadora de servicios, sin lograr abordar el enorme desafío del desempleo.

Las economías capitalistas avanzadas no lograron una industrialización sostenida simplemente porque comenzaron antes, ni porque las manufacturas iniciales fueran intrínsecamente más intensivas en mano de obra. Su desarrollo industrial fue posible gracias a condiciones políticas y económicas que, actualmente, están prácticamente ausentes en los países poscoloniales: protección prolongada de los mercados nacionales, acceso a los territorios coloniales como fuentes de mano de obra y materias primas y, lo que es más importante, mercados externos que podían sostener la demanda de productos manufacturados cuando la profunda desigualdad interna limitaba el poder adquisitivo de las masas.

Las colonias jugaron un papel central en la estabilización de la acumulación industrial en Europa y Norteamérica. Absorbieron el excedente de mano de obra, suministraron alimentos e insumos baratos y funcionaron como mercados cautivos o privilegiados para las exportaciones manufactureras. Esta externalización de la demanda significó que la producción pudo continuar expandiéndose a pesar de la limitación de las desigualdades internas, permitiendo que el empleo manufacturero persistiera y las tecnologías evolucionaran. Incluso en el caso de Estados Unidos, la temprana industrialización fue apoyada por el acceso a mercados externos, primero a través de los déficits comerciales británicos y más tarde mediante su propia posición hegemónica en la economía mundial. En el período de posguerra, este sistema fue reforzado por la gestión keynesiana de la demanda y por el fortalecimiento del poder de negociación del trabajo, influenciado en parte por la existencia del campo socialista.

Por el contrario, economías del Sur Global como la de la India operan dentro de una estructura global que restringe el espacio de las políticas públicas, disciplina la intervención estatal y privilegia la liberalización comercial y la movilidad del capital. En este contexto, la principal restricción para la industrialización no es el acceso a la tecnología, sino la falta de demanda, tanto interna como externa. En la India, la extrema desigualdad de ingresos limita la demanda interna de bienes manufacturados, mientras que los mercados externos son altamente competitivos y están dominados por empresas y Estados con una profundidad tecnológica y apoyo estatal mucho mayores.

Por lo tanto, el estancamiento de la industria manufacturera en la India no debe entenderse como el resultado de una oportunidad histórica desperdiciada o de un proceso irreversible de “desindustrialización prematura“. Desde sus inicios, el empleo industrial formal nunca fue sustancial, y su limitada expansión ha estado seguida de un estancamiento más que de un colapso. El problema más profundo radica en la erosión selectiva de capacidades industriales críticas para el desarrollo a largo plazo, como bienes de capital, maquinaria pesada y electrónica, incluso mientras ciertas industrias orientadas al consumidor, como la automotriz, han crecido.

En consecuencia, el dossier sostiene que la crisis industrial de la India se entiende mejor como el resultado de opciones políticas que han restringido la demanda, debilitado sectores industriales estratégicos e integrado la economía en el capitalismo global en términos subordinados. La producción manufacturera se ha estancado no porque la industrialización ya no sea posible, sino porque las condiciones necesarias para su expansión, esto es, redistribución del ingreso, política industrial liderada por el Estado y acceso a mercados estables, han sido sistemáticamente socavadas.

Nuestro dossier plantea cinco puntos clave:

Desde el año 2000, la India ha experimentado un declive sostenido en la manufactura, cuya participación en el PIB ha caído a niveles no vistos desde hace más de 60 años. Esto ha estado acompañado por un débil crecimiento industrial y una reducción del empleo formal. El economista R. Nagaraj argumenta que la participación de la manufactura en el PIB de la India se estancó en un 15-17% incluso mientras la economía crecía. La proporción del empleo en la manufactura disminuyó, mientras que la de la agricultura aumentó, ambas señales de desindustrialización prematura. Nagaraj señala que la caída de la inversión y la dependencia de las importaciones, particularmente de bienes intermedios y de capital, son causas inmediatas de estos acontecimientos.

Las sucesivas iniciativas de política, incluyendo Make in India, Atmanirbhar Bharat [India Autosuficiente] y los esquemas de Incentivos Vinculados a la Producción, han fracasado en construir un sector industrial tecnológicamente avanzado y de base amplia. En cambio, han fomentado una producción basada en el ensamblaje que depende de componentes importados (como se muestra en un estudio de 2020 de Ramaa Arun Kumar y Biswajit Dhar).

El fracaso en llevar a cabo una reforma agraria y la intensidad de la desigualdad de clase en la India han restringido la demanda interna, limitando la escala de la industrialización.

La liberalización comercial, la privatización y el debilitamiento del sector público han erosionado las industrias de bienes de capital e intermedias, aumentando así la intensidad de las importaciones y socavando las capacidades tecnológicas nacionales (lo mostramos a través de ejemplos del sector informático).

Finalmente, sostenemos que el crecimiento liderado por los servicios es un pobre sustituto de la manufactura, ya que este tipo de crecimiento, particularmente en los sectores de TI y finanzas, no absorbe mano de obra ni fortalece la capacidad industrial. Este patrón deja a la mayoría de lxs trabajadorxs atrapadxs en empleos de bajos salarios e inseguros y provoca precariedad en la nación.

Proponemos los siguientes argumentos para continuar el debate sobre la industrialización de la India:

La política industrial debe verse como un programa político, no como un ejercicio tecnocrático. Requiere la movilización explícita del pueblo, incluyendo sindicatos, organizaciones campesinas, gobiernos estatales, organismos de autogobierno local y otras instituciones y organizaciones, en un debate económico.

El objetivo primario de cualquier política industrial debe ser el empleo productivo (como argumentó Satyaki Roy hace una década). El éxito industrial debe juzgarse por la absorción de mano de obra desde la agricultura y el trabajo informal, no por los volúmenes de exportación o las valoraciones bursátiles. Esto requerirá inversión en educación y capacitación, para que la India no quede atrapada en un modelo de mano de obra poco calificada.

La redistribución debe verse como una condición previa para el crecimiento industrial. Aumentar la demanda interna requiere elevar los salarios, garantías de empleo rural y urbano, y provisión pública universal (de alimentos, vivienda, salud, educación y transporte).

El Estado debe ser un productor, no solo un regulador. Esto significa que la capacidad del sector público para producir bienes de capital, energía, maquinaria, productos farmacéuticos y equipos de transporte debe mejorarse y desarrollarse mediante la creación de competencia de mercado dentro del sector público.

La dependencia de las importaciones, el flagelo de cualquier país en desarrollo, debe superarse mediante el uso selectivo de aranceles y restricciones cuantitativas a las importaciones. Deberían existir requisitos de contenido local para ciertos bienes y sistemas de contratación pública que favorezcan a los productores nacionales.

Cualquier proyecto de desarrollo debe construirse en torno a una mayor capacidad tecnológica y científica. La integración en las cadenas globales de valor no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para aumentar el aprendizaje a través de la transferencia de conocimiento y tecnología, y para expandir la investigación y el desarrollo nacional.

Las metas de la política industrial deben ser específicas para cada sector. Por ejemplo, los sectores intensivos en mano de obra, como los textiles y la ingeniería liviana, deben orientarse a la absorción de empleo, mientras que los sectores farmacéutico y de electrónica, a la soberanía estratégica. Cada sector requiere combinaciones a medida de inversión pública, protección estatal y regulación. La industrialización debe descentralizarse y no confinarse a enclaves urbanos si quiere evitar tanto la congestión urbana como el deterioro rural.

El sistema financiero  debe estar al servicio de la producción, y no al revés. Los controles de capital son necesarios para frenar los flujos especulativos, el crédito debe canalizarse hacia sectores estratégicos (particularmente hacia las pequeñas y medianas empresas) y los bancos públicos deben ser orientados a trabajar en función de metas de desarrollo nacional y no solo del lucro privado.

Ésta ciertamente no es una lista exhaustiva, sino más bien una invitación al debate y la discusión, no solo en la India, sino en todos los países del Sur Global que luchan por salir del modelo de desarrollo del FMI.

Mientras escribía este boletín, pensé en lo que todo este discurso sobre la industrialización podría significar en la vida de las mujeres de las castas oprimidas, quienes tan a menudo no son el sujeto de la política industrial. Recordé a la poeta tamil Sukirtharani, quien rechazó un premio del Grupo Adani, diciendo que su actitud hacia el mundo “es contraria a mis principios”. Una poeta poderosa que escribe contra el patriarcado y el sistema de castas, su poema Nature’s Fountainhead [Manantial de la naturaleza] nos transmite el sentimiento de la emancipación humana plena que debería ser central en todo nuestro pensamiento:

Digamos que me entierras viva.
Me convertiré en una verde pradera
y permaneceré extendida, como una tierra fértil.
Puedes prenderme fuego.
Me convertiré en un pájaro flameante
y volaré por el inmenso, inmenso espacio
Puedes agitar una varita mágica
y encerrarme, como un genio en una botella.
Me evaporaré como el mercurio
y me erguiré hacia el cielo.
Puedes disolverme en el viento
como el agua sumergida en el agua.
Desde todas las direcciones
surgiré, como un soplo.
Puedes enmarcarme, como a un cuadro
y colgarme en tu pared.
Me derramaré, lejos de ti,
como un río en una crecida repentina.
Me convertiré en
tierra
fuego
cielo
viento
agua.
Cuanto más me limites, más me derramaré,
manantial de la naturaleza.

Cordialmente,

Vijay Prashad

 

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-india-liberalizacion-industrializacion/

 

viernes, 11 de julio de 2025

SOCIALISMO CHINO: ¿QUIÉN HA DICHO QUE UNA PLUMA NO PUEDE VOLAR HASTA EL CIELO?

 



10 de julio de 2025

China muestra avances prometedores en la construcción del socialismo, pese a los desafíos y contradicciones que enfrenta.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

En 1957, Mao Zedong supervisó la publicación de El auge socialista en el campo chino, una colección de artículos reunidos en tres volúmenes por el Partido Comunista de China para la educación política del campesinado. Al año siguiente, se publicaron versiones abreviadas y ediciones regionales con una selección de estos textos. Una de estas ediciones incluía un informe de la Oficina del Movimiento Cooperativo del Comité Regional del Partido Comunista de Anyang, acompañado por una introducción de Mao. Este texto, titulado ¿Quién ha dicho que una pluma no puede volar hasta el cielo?, da el nombre a este boletín.

La tarea de la pluma es la tarea del socialismo: lograr lo que muchxs consideran imposible. Según escribió Mao, el campesinado de Anyang se enfrentaba a una disyuntiva entre el capitalismo y el socialismo, aunque cualquier intento de construcción socialista inevitablemente llevaría las marcas del sistema capitalista, pues surge de formas sociales de producción ya existentes. “Lxs pobres se están librando de su antiguo estado.”, escribió Mao. “El viejo sistema se halla moribundo y otro nuevo nace ahora. En efecto, las plumas pueden volar hasta el cielo”.

Aun así, Mao se mantenía cauteloso. En el prefacio de otro artículo, insiste en tomar el camino de la cooperación (20 de septiembre de 1955), escribió:

El socialismo, este fenómeno nuevo, sólo puede nacer en medio de una seria lucha contra lo viejo. En un período determinado, un sector de personas de la sociedad muestra gran obstinación por seguir su viejo camino. Pero, en otro, ellas mismas pueden cambiar de actitud y dar su aprobación a lo nuevo.

Desde que las fuerzas socialistas se propusieron construir una sociedad libre de las consecuencias devastadoras del capitalismo, han debido enfrentar el desafío de superar las relaciones sociales preexistentes. Los mecanismos de asignación de recursos en el sistema capitalista, como el “incentivo al lucro”, generan condiciones para el control privado de los procesos sociales, lo que a su vez produce enormes niveles de despilfarro y desigualdad. Cuando lxs socialistas imaginaron una sociedad sin la mercantilización del trabajo –uno de los rasgos fundamentales del capitalismo–, muchas veces terminaron replicando el sistema salarial mediante experimentos como los bonos laborales basados en el tiempo trabajado. La transición hacia una forma de trabajo no mercantilizada no podía ser abrupta ni sencilla, sino un proceso prolongado de lucha para desmercantilizar esferas clave de la vida social (como la salud, la educación o el transporte) y crear mecanismos que permitieran a las personas acceder a bienes de uso personal sin depender de un salario.

Cuando las fuerzas socialistas accedieron al poder estatal, como en la Unión Soviética tras 1917 o en China a partir de 1949, afrontaron la necesidad de construir formas elementales de socialismo, al tiempo que enfrentaban una serie de dilemas persistentes:

Sistemas limitados para la gestión de información. Las economías socialistas eran vastas y complejas, pero no contaban con mecanismos adecuados para recopilar y procesar toda la información necesaria para planificar de manera efectiva una economía dinámica, desafío que persiste incluso hoy en día, a pesar del desarrollo de tecnologías informáticas avanzadas.

Incertidumbre estructural en la toma de decisiones. Las autoridades encargadas de la planificación debían tomar decisiones presupuestarias y de inversión en contextos de incertidumbre, fundamentalmente porque los rápidos avances en ciencia y tecnología ponían en riesgo que inversiones clave quedasen obsoletas en muy poco tiempo.

Tensión entre la planificación a largo plazo y la demanda inmediata. Los planes centrales muchas veces entraban en conflicto con los cambios en los gustos de lxs consumidorxs, lo que dificultaba alinear las inversiones de largo plazo con las necesidades y deseos inmediatos de la población.

Objetivos políticos en disputa. Las metas económicas no siempre estaban unificadas políticamente, y las visiones contradictorias que convivían dentro de distintos planes solían derivar en formas agudas de burocratización.

No existe una fórmula para resolver estos ni otros problemas que enfrentan los proyectos socialistas una vez que acceden al poder estatal. Deben abordarse de manera experimental o, como dice un conocido refrán chino, “cruzando el río tanteando las piedras” (摸着石头过河). Por eso resulta muy apropiado que la edición de junio de 2025 de Wenhua Zongheng, publicada por el Instituto Tricontinental de Investigación Social y dedicada a los Experimentos chinos en la modernización socialista, comience con un ensayo del escritor chino Li Tuo titulado La naturaleza experimental del socialismo y la complejidad de la reforma y apertura en China. Uno de los aportes clave del fascinante ensayo de Li Tuo, que recorre desde la Comuna de París hasta la reforma y apertura en China, es que las revoluciones socialistas, particularmente en países anteriormente colonizados o con bajo nivel de desarrollo económico, no pueden avanzar directamente hacia un “socialismo completo”, sino que, citando a Lenin, deben pasar por “una serie de intentos concretos, imperfectos y variados de crear uno u otro Estado socialista”.

Me gusta el énfasis en “uno u otro Estado socialista”. No hay un modelo único, pero sí ejemplos que deben ser estudiados y procesos históricos que deben ser asimilados con atención. Eso es precisamente lo que hace Li Tuo en su ensayo, que concluye maravillándose ante la creación del sistema ferroviario de alta velocidad en China.

El ensayo que sigue en esta edición de Wenhua Zongheng, escrito por Meng Jie y Zhang Zibin,  titulado Política industrial con características chinas: La economía política de las instituciones intermediarias chinas, examina la modernización socialista de China con el rigor que exige: no solo con asombro, sino a través del estudio minucioso. Cada vez que escucho una conferencia de Meng Jie o leo su trabajo sobre la economía de mercado en China, me impresiona profundamente su insistencia en construir teoría a partir de investigaciones activas en las propias fábricas que producen los bienes de la China contemporánea. El ensayo de Meng Jie y Zhang Zibin no es distinto: se basa en trabajo de campo realizado en diversas fábricas vinculadas a la cadena de suministro del tren de alta velocidad.

Lxs autores muestran que el sistema de producción del tren de alta velocidad se construyó dentro del sector de propiedad estatal, pero se concibió bajo un enfoque de “mercado constructivo”, donde la “competencia dentro del gobierno” operó como motor de la innovación. En otras palabras, el Estado chino construyó un mercado que no solo incorporaba al sector privado orientado por el lucro, sino también a un sector público orientado al producto, cuyas instituciones competían por alcanzar objetivos nacionales de desarrollo. El financiamiento de este sistema provino de instituciones financieras estatales, que dirigieron la acumulación de capital hacia el uso social y no únicamente hacia la obtención de ganancias. Como escriben Meng Jie y Zhang Zibin: “El objetivo primordial del capital estatal es implementar los objetivos de la producción socialista y cumplir las tareas fijadas por los planes y estrategias nacionales de desarrollo”. Este ensayo forma parte de un esfuerzo más amplio de Meng Jie y su equipo por comprender el sistema de relaciones de producción e innovación que China ha desarrollado. Un ámbito de investigación clave ahora que el país ingresa a la era de las “nuevas fuerzas productivas de calidad”, un concepto central en la política de desarrollo china contemporánea.

Uno de los elementos centrales de esta nueva edición de Wenhua Zongheng es mostrar que la lucha de clases continúa durante el período de construcción del socialismo. Esto implica que, a lo largo del camino, son necesarios diversos experimentos para ver qué funciona y qué no —tanto para desarrollar las fuerzas productivas como para establecer relaciones sociales más equitativas. En este proceso ha persistido una lucha ideológica dentro de China, ya que lxs capitalistas buscan formas de reproducirse.

Sin embargo, bajo el sistema socialista chino, a lxs capitalistas no se les permite organizarse como clase con poder político a través de la propiedad de medios de comunicación, sistemas financieros, partidos políticos u otras instituciones. No pueden enviar libremente sus ganancias al extranjero ni invertirlas donde quieran. Existen varios diques estratégicos —entre ellos, controles de capital— que regulan el flujo de capital e impiden que lxs capitalistas en China se conviertan en una oligarquía que se niegue a invertir en su propio país (un problema común en muchos países del Norte y del Sur Global, donde las oligarquías pueden trasladar su capital a voluntad o incluso “declararse en huelga” negándose a invertir en infraestructura o industria). El capital chino permanece dentro del país y bajo el alcance de un sistema bancario estatal que lo canaliza según los lineamientos del plan nacional de desarrollo. Quienes buscan obtener ganancias pueden operar en el país, pero no pueden dominar el sistema ni convertir su comportamiento orientado al lucro en el principio rector. De este modo, la lucha de clases se inclina a favor del pueblo. Eso es lo que diferencia al sistema socialista de China de los sistemas capitalistas de otros países.

En La ideología alemana (1846), Marx y Engels escribieron sobre “el cieno en que está hundida” [la clase trabajadora], que únicamente por medio de una revolución, logrará volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases. Ese proceso de transformación llevará mucho tiempo.

La pluma ciertamente no ha llegado aún al cielo, pero tampoco está en el infierno.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-china-desarollo-socialista/