Mostrando entradas con la etiqueta Afroféminas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Afroféminas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de noviembre de 2025

LOS ORÍGENES AFRICANOS DE CONCEPTOS FILOSÓFICOS QUE DEBERÍAN SER UNIVERSALES

 



26 de noviembre de 2025

Si hablamos de filosofía, la narrativa dominante nos lleva automáticamente a Grecia. Sócrates, Platón, Aristóteles. Como si el pensamiento estructurado, la ética y la búsqueda de la verdad hubieran nacido en el Mediterráneo hace apenas veinticinco siglos. Esta construcción deliberada ha borrado sistemáticamente milenios de pensamiento africano que ya articulaba sistemas éticos complejos cuando Europa aún no había configurado sus primeras ciudades-estado. Antes de que existiera la palabra «filosofía» en griego, Kemet (el antiguo Egipto) ya había desarrollado Ma’at, un concepto que regulaba desde la vida cotidiana hasta las decisiones del faraón. Antes de que el individualismo liberal se impusiera como el único modo posible de concebir al ser humano, los pueblos bantúes ya vivían según Ubuntu, una ontología que entiende que «yo soy porque nosotras somos».

No hablamos de un «pensamiento primitivo». Muy por el contrario nos referimos a estructuras filosóficas completas que sostuvieron civilizaciones durante miles de años y que hoy ofrecen alternativas útiles al colapso ético, ecológico y comunitario que ha producido el orden occidental. Recuperar estas genealogías africanas es un acto profundamente político. Para los feminismos negros y las luchas decoloniales, Ma’at y Ubuntu son herramientas vivas para imaginar futuros más justos.

Ma’at: la arquitectura del equilibrio en Kemet

En el antiguo Kemet (la «tierra negra», como los propios egipcios llamaban a su territorio), Ma’at era mucho más que una diosa representada con una pluma de avestruz en la cabeza. Era el principio estructurador del cosmos, la verdad, la justicia, el equilibrio y la armonía encarnados en un solo concepto. Ma’at regulaba todo desde las crecidas del Nilo hasta el comportamiento de los funcionarios, desde las relaciones familiares hasta las decisiones judiciales. Sin Ma’at, el universo retornaría al caos primordial, al Isfet, su opuesto, manifestado a través de la mentira y la injusticia.

Lo extraordinario de Ma’at reside en que no era una abstracción filosófica reservada a una élite de pensadores. Era praxis cotidiana.

Los textos sapienciales como las Enseñanzas de Ptahhotep exhortaban a gobernantes y ciudadanos comunes a actuar según Ma’at, recordando que los dioses premiaban la rectitud y castigaban la corrupción. El faraón, como garante terrenal de este orden, debía gobernar con equidad, proteger a los débiles y mantener los ritos que aseguraban la continuidad del cosmos. La justicia kemita buscaba restaurar Ma’at más que castigar. En casos de robo, el culpable no solo debía devolver lo sustraído, sino compensar a la víctima, un enfoque reparador que contrasta radicalmente con los sistemas punitivos posteriores.

Resulta revelador que Ma’at fuera representada como una figura femenina, la diosa que personificaba el equilibrio social. En una civilización donde las mujeres tenían derechos poco habituales para la época (heredar propiedades, demandar divorcios), Ma’at simbolizaba un compromiso con la equidad que trascendía el género. Este principio kemita cuestiona la noción moderna de que las sociedades antiguas eran invariablemente patriarcales y jerárquicas. Ma’at proponía algo radicalmente distinto, un universo regido por la reciprocidad, donde cada acción genera consecuencias que deben mantenerse en balance.

Hoy, cuando el capitalismo global se sostiene sobre la acumulación desmedida, la desigualdad estructural y la devastación ecológica, Ma’at emerge como una crítica filosófica potente. Su énfasis en el equilibrio, la justicia comunitaria y la ética del cuidado dialoga profundamente con los planteamientos del feminismo negro, que también busca desmantelar jerarquías y construir formas de vida basadas en la interdependencia y la justicia reparadora.

Ubuntu: existir en la trama de lo colectivo

En las lenguas bantúes del sur de África, Ubuntu significa «yo soy porque nosotras somos». No es una frase motivacional ni un ejercicio de bondad individual. Es una declaración ontológica donde la persona no existe como ente aislado, sino que se constituye en y a través de la comunidad. Ubuntu desmantela desde su raíz la ficción liberal del individuo autónomo, esa figura mítica que supuestamente se basta a sí misma y cuya libertad consiste en no deber nada a nadie.

Como explica la activista liberiana Leymah Gbowee, Ubuntu fue difundido globalmente por Nelson Mandela durante la transición sudafricana post-apartheid. En su relato, Mandela describía cómo en los viejos tiempos, cuando alguien llegaba a un pueblo, no necesitaba pedir comida o agua, la gente simplemente se las daba. Ese gesto, aparentemente simple, encarna el espíritu de Ubuntu donde el valor de cada persona reside en lo que aporta para que toda la comunidad mejore.

Desmond Tutu, arzobispo y Premio Nobel de la Paz, presidió la Comisión para la verdad y la reconciliación en Sudáfrica aplicando los principios de Ubuntu. En lugar de optar por juicios punitivos contra los perpetradores del apartheid, la comisión buscó el reconocimiento público de los crímenes, la verdad como forma de reparación y la construcción de una nación cohesionada. Ubuntu hizo posible este proceso único de amnistía y construcción nacional, demostrando que la justicia puede pensarse de formas radicalmente distintas cuando se prioriza la restauración de la comunidad sobre el castigo individual.

Mungi Ngomane, nieta de Desmond Tutu y defensora de los derechos humanos, escribió Ubuntu. Lecciones de la sabiduría africana para vivir mejor, donde compara esta filosofía con la mentalidad occidental. Ubuntu se opone al individualismo que domina las sociedades capitalistas contemporáneas. Como decía Tutu, «una persona con Ubuntu es abierta y está disponible para las demás, respalda a las demás, no se siente amenazada cuando otras son capaces y son buenas en algo, porque está segura de sí misma ya que sabe que pertenece a una gran totalidad».

Para los feminismos negros y decoloniales, Ubuntu ofrece un marco conceptual que desarticula la lógica extractiva y competitiva del capitalismo patriarcal. Cuando Sylvia Tamale, destacada académica feminista ugandesa, analiza Ubuntu en su libro Decolonization and Afro-Feminism, argumenta que esta filosofía africana puede revitalizar las nociones de justicia social al priorizar la humanidad, el comunitarismo y el igualitarismo por encima del beneficio individual. Ubuntu propone modos concretos de vivir y organizarnos de otra manera.

Diálogos con los feminismos africanos

Las resonancias entre Ma’at, Ubuntu y el pensamiento de las feministas africanas contemporáneas son profundas y múltiples. Sylvia Tamale, primera mujer decana de la Facultad de Leyes de la Universidad Makerere en Uganda, insiste en que la liberación africana solo es posible a través de una lente panafricana feminista con Ubuntu en su núcleo, porque esta filosofía desafía efectivamente el liberalismo moderno, ese espíritu vivificante del capitalismo global. En su obra sobre ecofeminismo africano, Tamale conecta Ubuntu con la justicia climática, argumentando que la crisis ecológica requiere pensarnos de nuevo como parte de un todo interconectado. Esa interdependencia que propone Ubuntu encuentra su eco en Ma’at, donde el equilibrio cósmico depende de cada acción humana. Ambas filosofías africanas rechazan la fragmentación que impone la modernidad occidental y buscan la integridad del ser en comunidad con la tierra.

Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, socióloga nigeriana y profesora en la Universidad de Stony Brook, ha dedicado su vida académica a demostrar que el género como lo conocemos es un invento colonial. En su obra La invención de las mujeres, ganadora del Distinguished Africanist Award 2021, Oyěwùmí revela que en la sociedad Yoruba precolonial el género no era un principio organizador, lo era la edad relativa o «senioridad». Este descubrimiento es revolucionario porque demuestra que las categorías binarias que hoy se asumen como universales fueron impuestas violentamente por el colonialismo. La cosmovisión Yoruba organizaba la vida comunitaria según principios distintos a los que Occidente naturalizó como únicos posibles. Recuperar Ma’at y Ubuntu es recuperar ontologías que reconocían la dignidad humana mucho antes de que el colonialismo europeo la pusiera en cuestión. Estas filosofías africanas nunca necesitaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos para entender que cada vida importa, que la justicia es equilibrio, que somos porque las demás son.

Wangari Maathai, primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2004, fundó el Movimiento Cinturón Verde en Kenia en 1977, plantando más de 50 millones de árboles junto a miles de mujeres rurales. Su filosofía ecofeminista, «curar las heridas de la Tierra en el proceso de curar las nuestras», encarna perfectamente los principios de Ma’at y Ubuntu. Maathai entendió que la devastación ambiental en África era inseparable del colonialismo, el patriarcado y la pobreza. Cuando las mujeres plantaban árboles, no solo restauraban ecosistemas, restauraban Ma’at, el equilibrio entre humanidad y naturaleza. Practicaban Ubuntu, cuidando de la tierra porque sabían que su bienestar dependía del bienestar del todo. Maathai demostró que ecología, feminismo y descolonización están profundamente conectados, que los saberes africanos ancestrales sobre el equilibrio con la tierra ofrecen soluciones concretas a la crisis climática que el capitalismo extractivo ha provocado.

La urgencia decolonial

Recuperar Ma’at y Ubuntu no es una necesidad política apremiante. Durante siglos, el proyecto colonial europeo se sostuvo sobre una mentira fundamental donde África no tenía historia, no tenía filosofía, no tenía civilización. Como denunciara el historiador senegalés Cheikh Anta Diop, las teorías «científicas» sobre el pasado africano servían al colonialismo, buscando hacer creer al negro que jamás había sido responsable de nada valioso, facilitando así el abandono de toda aspiración nacional y reforzando los reflejos de subordinación entre los ya alienados.

La narrativa eurocéntrica de las «primeras filosofías» sigue operando hoy en universidades, libros de texto, museos. Se nos enseña que la filosofía nace en Grecia, que la democracia es un invento occidental, que los derechos humanos son un logro europeo. Cada una de estas afirmaciones es una distorsión histórica que invisibiliza milenios de pensamiento africano. Desmontar esa narrativa es un acto de resistencia epistémica.

Devolver centralidad a las epistemes africanas es también un gesto ecológico y ético. Ma’at nos recuerda que estamos insertos en un orden cósmico que requiere equilibrio, que nuestras acciones tienen consecuencias sobre el todo. Ubuntu nos recuerda que la lógica extractiva que devasta el planeta es incompatible con una existencia que se sabe interdependiente. Estos conceptos ofrecen alternativas concretas al colapso civilizatorio que produce el capitalismo donde proponen economías basadas en la reciprocidad, justicias basadas en la reparación, subjetividades basadas en la relacionalidad.

Horizontes filosóficos para reparar el presente

Las filosofías africanas no son periféricas. Son universales. Que el canon occidental las haya ignorado dice más sobre las limitaciones de ese canon que sobre el valor de estos pensamientos. Hoy, cuando el feminismo negro cuestiona las estructuras de dominación múltiples que oprimen a las mujeres racializadas, cuando las luchas decoloniales buscan liberarse de las cadenas mentales y materiales del colonialismo, Ma’at y Ubuntu emergen como herramientas teóricas y prácticas indispensables.

Incorporar estas filosofías al pensamiento contemporáneo no es añadir «diversidad» al menú intelectual. Es reconocer que desde hace milenios, África ha producido saberes sofisticados sobre cómo vivir en equilibrio, cómo hacer justicia, cómo cuidarnos colectivamente. Es entender que las crisis actuales (climática, política, social, espiritual) requieren respuestas que el pensamiento occidental, con su individualismo y su fe ciega en el progreso infinito, es incapaz de ofrecer.

Volver la mirada al pensamiento filosófico africano es un reconocimiento de que allí, en Kemet, en los pueblos bantúes, en las sociedades Yoruba precoloniales, en las múltiples civilizaciones africanas, se gestaron horizontes filosóficos capaces de sostener proyectos de justicia social, feminismos negros y luchas decoloniales. Es aceptar que «yo soy porque nosotras somos», que el equilibrio es la base de la vida, que la verdad y la justicia no pueden separarse. Es creer, finalmente, que otros mundos son posibles porque ya existieron, y sus memorias, sus conceptos, sus prácticas, siguen vivos, esperando ser recuperados para crear futuros más justos.

Redacción Afroféminas

Fuente: https://afrofeminas.com/2025/11/26/los-origenes-africanos-de-conceptos-filosoficos-que-deberian-ser-universales/

sábado, 5 de julio de 2025

UNA APROXIMACIÓN A LA ARQUITECTURA DE UN NUEVO ORDEN: EL DERECHO A LA AUTODEFENSA DE LAS COMUNIDADES

 


3 de julio de 2025

Afroféminas


Cuando piensas en «autodefensa», ¿qué te viene a la cabeza? Quizás una imagen de respuesta física, un acto de reacción ante un peligro inmediato. Pero para las comunidades negras y racializadas que vivimos bajo el peso de la opresión sistémica, esa palabra tiene un significado mucho más profundo y poderoso.

I

Hace tiempo que hemos dejado de ver la autodefensa como un simple acto de parar un golpe. Ahora la entendemos como un proyecto. Un proyecto proactivo, comunitario, que lo abarca desde nuestra seguridad en las calles, nuestra salud mental, el orgullo y reconocimiento por nuestra cultura y hasta nuestra independencia económica. Esto va de empezar a construir, aquí y ahora, las condiciones para que podamos vivir con dignidad y felicidad.

Aquí no te vamos a contar cómo aguantar los golpes de la vida y el sistema. Aquí vamos a sumergirnos en cómo estamos tejiendo redes de cuidado y poder para hacer frente a un Estado que, con demasiada frecuencia, nos da la espalda o directamente nos convierte en su objetivo. Y para entender cómo lo hacemos, vamos a mirar a los colectivos antirracistas que están trabajando sobre el terreno en Europa. A través de su arte, su cultura y su activismo, nos están mostrando el camino, construyendo sus propias instituciones para cuidarse, empoderarse y resistir. Desde clases de defensa personal hasta talleres de danza, mercados comunitarios o servicios de salud mental. Ante un sistema hostil está claro que no esperamos que nos protejan. Nos protegemos nosotras mismas.

¿Quién tiene derecho a defenderse?

Para entender por qué necesitamos defendernos por nuestra cuenta, primero hay que mirar de frente al problema, para constatar que el Estado no es un árbitro neutral. De hecho, es a menudo el actor principal que decide quién es vulnerable y quién no. La filósofa Elsa Dorlin lo clava en su ensayo Autodefensa: una filosofía de la violencia. Nos muestra cómo el Estado moderno se ha adueñado del monopolio de la violencia, creando sistemáticamente «cuerpos indefendibles». Cuerpos como los nuestros, cuyas vidas valen menos y cuyos intentos de protegernos son, de entrada, criminalizados.

Dorlin destroza el mito de que el Estado nos protege a todos por igual. La historia no miente. El control de las armas y el derecho a la defensa nunca han sido justos; han sido herramientas de dominación. Piensa en el Código Negro francés de 1685: prohibía a las personas esclavizadas llevar «cualquier arma o palos grandes» bajo amenaza de latigazos. O en la Argelia colonial del siglo XIX, donde el Estado francés desarmaba a los nativos mientras armaba a los colonos. Así es como funciona el sistema, creando un desequilibrio de poder donde a unos se nos considera un peligro y se nos desarma, mientras que a otros se les arma para mantener el orden y la jerarquía racial.

¿Te suena familiar? Debería. Ese desarme colonial está conectado con la violencia policial de hoy. La idea de que «la vida de algunas personas vale tan poco que un adolescente negro puede ser tiroteado» es la herencia directa de todo aquello. En el caso del adolescente Trayvon Martin, asesinado a tiros, ser negro y llevar sudadera con capucha, fue suficiente para que se le viera como una amenaza, negándole la presunción de inocencia y, al final, la vida. La historia del control de armas es, en realidad, la historia de cómo se fabrican cuerpos vulnerables, cuyo derecho a la autodefensa se ve como un conato de rebelión. Como dice Dorlin, vivimos bajo un Estado que «defiende a los violadores y desarma a las mujeres», una crítica brutal que nos enseña cómo esta lógica se extiende a toda persona minorizada.

Y sobre esta base, la legendaria Angela Davis le pone nombre a la trampa ideológica. Davis denuncia cómo el sistema legal y los medios de comunicación trabajan sin descanso para pintar cualquier acto de autodefensa de una persona negra como una «agresión criminal». Es una lógica perversa: «cuando los negros recurren a la autodefensa», explica Davis, esta es «tergiversada y convertida en sinónimo de agresión criminal». Mientras tanto, la violencia de la policía se lava la cara con términos como «homicidio justificable».

Aquí está la clave; el Estado intenta borra la diferencia entre un delito individual y un acto político colectivo. No es lo mismo saltarse una ley por interés propio que hacerlo en nombre de un pueblo oprimido por esa misma ley. Quien hace lo segundo es un prisionero político. Su verdadero «crimen» no es la acusación formal, sino su «audacia política»: su atrevimiento a desafiar un orden injusto. Figuras como Nat Turner o Robert F. Williams no fueron perseguidos por asesinato o secuestro, sino por luchar por la abolición de la esclavitud o por el derecho de los negros a armarse.

Si juntas a Dorlin y a Davis, la conclusión es inevitable: si el Estado es quien crea tu vulnerabilidad y quien criminaliza tu resistencia, no puedes esperar que te proteja. Tienes que actuar contra él.

Cuidarse es un acto político

La opresión no solo nos golpea por fuera. Libra una guerra silenciosa por dentro, en el terreno de nuestras emociones, nuestra mente y nuestro espíritu. Para luchar en ese frente, la autodefensa tiene que ser también cuidado y sanación. Y aquí, la voz de la escritora y activista Audre Lorde es imprescindible.

Su frase más famosa es un auténtico manifiesto: «Cuidar de mí misma no es autocomplacencia, es autoconservación, y eso es un acto de guerra política». Para entender el peso de estas palabras, hay que saber quién las escribió. Lorde era una mujer negra, lesbiana, madre, poeta y feminista, y escribió esto mientras luchaba contra un cáncer de hígado, después de haber sobrevivido a un cáncer de mama. El autocuidado para ella era una lucha literal por la vida en dos frentes: contra la enfermedad que destruía su cuerpo y contra una sociedad que era hostil a cada fragmento de su identidad.

En ese contexto, el «autocuidado» es un acto de pura resistencia. Es insistir en tu propia humanidad en un mundo que te la niega cada día. Es decir «yo importo» en un sistema que preferiría que no existieras.

Claro que, en las últimas décadas, el capitalismo ha intentado robarle este poder al concepto. Lo ha vaciado, lo ha mercantilizado y lo ha reducido a bombas de baño y retiros de yoga carísimos, convirtiendo el bienestar en un producto de lujo. Pero el verdadero autocuidado, el de Lorde, nunca fue un capricho individual. Mucho antes de que se pusiera de moda, el Partido Pantera Negra ya sabía que la salud y el bienestar de la comunidad eran claves para poder resistir. Entendieron que, si el sistema no te cuida, tienes que cuidarte a ti misma y, sobre todo, cuidarnos entre nosotros.

https://afrofeminas.com/2025/07/03/la-autodefensa-es-construir-un-futuro-i/?jetpack_skip_subscription_popup

 

II

El legado de los Panteras Negras

Para entender cómo se organizan los movimientos de hoy, hay que mirar al al pasado, al precedente histórico, en nuestra opinió, más potente: el Partido Pantera Negra para la Autodefensa (BPP). Fundado en 1966, el BPP desarrolló un plan de liberación que iba mucho más allá de la imagen sesgada de las patrullas armadas. Su Programa de Diez Puntos era un manual integral de autodefensa comunitaria, y su influencia sigue viva.

El programa era brillante por su sencillez y su visión completa. No pedían, exigían poder para decidir su destino, ademas de pleno empleo, vivienda digna, una educación que contara su verdadera historia, el fin de la brutalidad policial y, como resumen de todo, «tierra, pan, vivienda, educación, vestido, justicia y paz».


Entendieron que la seguridad física no sirve de nada sin justicia social y económica. Por supuesto, su nombre incluía «Autodefensa», y organizaron patrullas armadas para vigilar a la policía y proteger a su gente. Pero esa era solo una pieza del puzle. Combinaron esas patrullas con «programas de supervivencia»: desayunos gratis para niños, clínicas de salud comunitarias, programas extraescolares. Era una estrategia alejada de la caridad asistencial. Sabían que una comunidad no puede defenderse si tiene hambre, está enferma o no tiene educación.

Seguramente el punto de su decálogo más relevante fue el 5: «Queremos una educación para nuestra gente que muestre la naturaleza verdadera de esta sociedad estadounidense en decadencia. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad actual». Se dieron cuenta que la opresión también es una guerra por el relato. Exigir una educación descolonizada era un acto de autodefensa intelectual, para que la gente tuviera las herramientas para entender el mundo y poder cambiarlo.

¿Te suena familiar todo esto? El fin de la brutalidad policial se traduce hoy en clases de defensa personal en algunos centros y asociaciones. La exigencia de una educación se suple con la educación on line que realizan numerosos grupos y asociaciones, y se refleja en proyectos de memoria histórica y escuelas de arte para talento racializado. La lucha por la autonomía económica vive en los mercados comunitarios. Y los programas de supervivencia son los ancestros directos de los servicios de salud mental y redes de apoyo actuales que algunas estamos organizando. El manual de los Panteras sigue vivo.

Tejiendo el futuro

Entonces, ¿cómo encontramos todo esto hoy, en nuestras calles, en nuestros países? Los colectivos antirracistas de hoy son la encarnación viva de toda esta teoría y este legado. Ejemplos como Afroféminas, Espacio Afro en Madrid, Mujeres Afro (en) Canarias o la Colectiva Akoben en Costa Rica son una prueba de que la autodefensa afectiva, cultural y política que ya está en marcha. Hay más nombres, como United Minds de Valencia o Periferias Cimarronas de Barcelona también forman parte de este tejido.

Todo empieza con el objetivo de construir «espacios propios e independientes». Esto, en sí mismo, ya es un acto político radical. Es admitir que las instituciones y organizaciones políticas que existen no son seguras para nosotras y decidimos construir algo nuevo desde cero.

Y sus / nuestras actividades demuestran una estrategia de autodefensa total:

Para el cuerpo: No son solo clases de defensa personal. Son talleres de danzas ancestrales que nos permiten reconectar con nuestras raíces y celebrar nuestros cuerpos en un mundo que intenta controlarlos o invisibilizarlos. Es reapropiarse del cuerpo como un lugar de poder y alegría.

Para la mente y el alma: Ofrecen atención psicológica con profesionales que entienden el trauma racial. Organizan fiestas y encuentros para celebrar nuestras identidades, creando santuarios de alegría que contrarrestan el desgaste del racismo diario.

Para la cultura y el intelecto: Crean archivos para recuperar la memoria histórica que nos han borrado. Montan escuelas de cine o talleres de escritura para que seamos nosotros quienes contemos nuestras propias historias, arrebatándole el poder a una industria que vive de estereotipos.

Para la economía y la comunidad: Impulsan mercados para que el dinero se quede en la comunidad, construyendo un pequeño ecosistema económico que nos fortalece desde dentro. Crean espacios de trabajo colaborativo y se financian a través de la propia gente para no depender de nadie.

Para la Justicia: Asesoran en conflictos de delitos de odio, interponen denuncias y dan información a la comunidad sobre cómo proceder ante controles policiales abusivos o ataques racistas.

Afroféminas

https://afrofeminas.com/2025/07/06/la-autodefensa-es-construir-un-futuro-ii/?jetpack_skip_subscription_popup


ATAQUE ARMADO CONTRA LA COMUNIDAD PURHÉPECHA CHERÁN K’ERI DEJA UN ASESINADO Y UN HERIDO

 

02 julio 2026

Ciudad de México| Desinformémonos. La comunidad de Cherán K’eri fue víctima de un violento ataque en la meseta purhepecha de Michoacán, por lo que se activó su guardia de seguridad autónoma y resistió la agresión. El pueblo activó las barricadas para proteger a la población.

En un comunicado urgente señalaron que este no es un ataque único y aislado, sino el resultado de una «escalada de violencia» en el estado que afecta a las comunidades m. En las últimas semanas diversos pueblos han sufrido amenazas, incursiones armadas y despojo territorial. Entre estos pueblos están Nahuatzen, Arantepacua, Capácuaro y Santa Fe de la Laguna.


Cherán ha sido violentado desde que expulsaron a los partidos políticos y al crimen organizado con la intención de proteger a su gente y sus bosques de la corrupción. Construyeron un sistema de auto gobernación reconocido legalmente y constitucionalmente.


Denuncian estos hechos de violencia y rechazan cualquier intento de intervención armada que intente desmantelar su forma de vida. Exigen respeto a su derecho al autogobierno y a la seguridad comunitaria.


A continuación el comunicado completo:



Fuente: https://desinformemonos.org/ataque-armado-contra-la-comunidad-purhepecha-cheran-keri-deja-un-asesinado-y-un-herido/