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miércoles, 17 de enero de 2018

LA UNIVERSIDAD DE SAN MARCOS EN LA DEFENSA DE LIMA





En San Juan y Miraflores lo que nunca se debe olvidar

      
Análisis
16/01/2018

Existe una leyenda negra respecto a la defensa de Lima en la guerra que sostuvo nuestro país contra Chile e Inglaterra por el Guano y el Salitre, respecto a las jornadas del 13 y 15 de enero de 1881, cuando prácticamente el ejército profesional había sido liquidado en la Campaña del Sur a pesar de la épica victoria en Tarapacá; es más, el presidente Mariano Ignacio Prado había sido depuesto en su alta responsabilidad ante un vergonzoso viaje con sabor a traición; el insigne monitor Huáscar navegando bajo bandera chilena bloqueaba y cañoneaba puertos peruanos, y el ejército boliviano se había retirado al interior en una acción de deslealtad histórica que hasta hoy tiene lamentables consecuencias.

Prácticamente los defensores de Lima en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores se enfrentarían a un ejército profesional de más de 25 mil soldados, con apoyo de una poderosa flota, una excelente caballería y una moderna artillería con cañones Krupp probados en la guerra franco/prusiana de 1871, contando con miles de auxiliares chinos que consideraban  al capitán de navío experto en saqueos, Patricio Lynch el “Emperador Rojo”, pues como ex oficial de la marina inglesa conocía el chino mandarín, y les prometía en su idioma mejores condiciones de vida ante la cruel explotación de las haciendas de la costa peruana y las oprobiosas condiciones de los coolíes en las islas guaneras.

En esas condiciones, en noviembre de 1880 había la certeza que el ensoberbecido ejército chileno desembarcando en Chilca, en las playas de Curayacu, juntándose con la división de Lynch que avanzaba desde Pisco, en una marcha de rapiña hacia Lurín convertía en inexorable el asalto a las líneas de defensa de San Juan de más de 20 kilómetros de extensión defendida por los restos del ejército profesional y guardias nacionales de diferentes provincias del país.

Así, a partir de las primeras horas de la madrugada del 13 de enero, aprovechando la neblina y la extensión de la primera línea de defensa defendida por lo que quedaba del ejército profesional, que fue la batalla de San Juan la cual fue prácticamente  atravesada en cuestión de horas, salvo la heroica defensa del Morro Solar que recién fue tomado pasadas las 18 horas de la tarde, luego de avances y retrocesos donde en algún momento la victoria pudo favorecer a las fuerzas peruanas. En todo caso el ejército invasor tuvo un alto costo de muertos y heridos según sus propias fuentes.

Allí, en el Morro Solar que debiera ser un recinto sagrado con llama votiva las 24 horas, está ahora atravesado de antenas de TV, radios con invasiones indebidas. En el histórico Morro curiosamente pelearon tres futuros presidentes conjuntamente con los soldados y oficiales que combatieron valientemente bajo órdenes del coronel Miguel Iglesias que vio morir a su hijo mayor, el empresario tarapaqueño Guillermo Billinsghurst y el joven Augusto B. Leguía que combatía envestido en el grado de sargento.

Con la conquista de los balnearios del sur de la ciudad de Lima, la llamada capital de los virreyes, la misma que tenía en Chorrillos y Barranco, los balnearios más modernos de esta parte del Pacífico, con casinos, baños, y casas de descanso de la llamada plutocracia que se había enriquecido con la explotación mercantilista del guano. Los llamados nuevos ricos, los conocidos consignatarios que asaltaron el presupuesto público pagando cifras ridículas al estado por tonelada de guano para ser revendido al mejor precio al mercado mundial.

Ello no debiera extrañar en una República Extractivista donde la riqueza de la Nación se valoriza a precio vil, pues lo mismo sucede con el gas natural de Camisea que se exporta del lote 56, con el agua potable de pozos usufructuada por unas cuantas empresas con precios ridículos, con los recursos mineros como el cobre y el oro, donde el estado percibe miserables ingresos (regalías) por la explotación de tales recursos naturales no renovables.

Miraflores: mausoleo de los jóvenes

En ese contexto, con todos sus errores el Dictador Nicolás de Piérola organizó la defensa de la ciudad capital, prácticamente convocando al pueblo en armas a través de varios decretos emitidos entre junio y julio de 1880, que obligaba a toda la población no importando clase, gremio, casta y rango social a formar el llamado Ejército de Reserva, convocando a los trabajadores de oficio, a los profesionales, magistrados del poder judicial, a los estudiantes y profesores de la Universidad de San Marcos, médicos de San Fernando, abogados, ingenieros, a los banqueros y comerciantes, mineros, artesanos, y a los miembros de la administración pública.

Así, desde julio de 1880, desde las tres de tarde hasta las seis, todos los habitantes de Lima entre los 15 y 60 años estaban obligados a practicar los rudimentos de la vida militar, marchas y contramarchas, prácticas de tiro, construcción de parapetos, reductos, trincheras, e incluso defensa absurdas como artillar el cerro San Cristóbal denominada la Ciudadela Piérola, sin ningún beneficio táctico solo para alimentar la egolatría del Dictador.

A pesar de todo si algún mérito histórico tiene la figura de Don Nicolás de Piérola, llamado el Califa por su audacia, arrojo y decisión, es haber levantado un ejército de la nada, con armamento diverso, uniformado, pero con una mística que permitía la ilusión de una resistencia efectiva y hasta la posibilidad de un triunfo ante un engreído ejército, a pesar de las condiciones adversas.

En todo caso, se debe reconocer que Piérola, al igual que Ramón Castilla, terminaron en la pobreza a pesar de haber ejercido la presidencia de la República en la era de la riqueza del guano y salitre, a diferencia de los presidentes de ahora, participantes activos de la corrupción haciendo negocios privados a partir del asalto a los recursos del Estado con las privatizaciones y asociaciones público/privadas como es el caso de Fujimori, Toledo, García, Humala, y el felón de PPK.

En tal sentido, el Bando de Alistamiento General julio de (1880) firmado por el coronel Juan Martín Echenique, hijo del ex presidente Rufino Echenique, más dedicado a la guerrillas de alcoba según Manuel Gonzáles Prada, que a sus labores de prefecto del departamento de Lima y Comandante en Jefe del Ejército de Reserva, decía que: “se ha dispuesto el alistamiento en masa de todos los peruanos varones existentes en esta capital que no hayan cumplido 60 años ni sean menores de 16 (…..)

Art. 1 Todo ciudadano residente en la capital que se halle comprendido en las edades ya determinadas, se presentará a inscribirse en su respectiva división, desde el domingo 11 del presente ( julio) hasta el sábado 17 inclusive, de las 12 a las 5 horas de la tarde.”

Al respecto el art. 2 contemplaba la formación de las divisiones según el oficio, profesión y gremio. Por tanto, la Tercera División del Ejército de la Reserva estaría, “comandada por el señor coronel don Serapio Orbegoso, y que se formará de los profesores y estudiantes, (que) concurrirán a los claustros de la universidad”

Se debe tener presente que la Universidad de San Marcos físicamente funcionaría en el local conocido como la Casona del Parque Universitario después de 1860, pues antes funcionaba allí el Colegio San Carlos, un centro de estudios superiores donde también se formaba la elite intelectual del Perú y América Latina.

De allí que el batallón universitario que se formó se denominó el batallón Universitario Carolino, compuesto por cuatro compañías con plazas de 600 soldados, y cuyos oficiales eran civiles con grado militar y la participación de algunos oficiales profesionales, que se batieron bravamente en la batalla de Miraflores, con un alto costo de muertos y heridos, donde lo más selecto de la inteligencia y la juventud limeña ofrendaría su sangre en la defensa del honor y dignidad nacional.

En general, tal fue el espíritu patriótico que se formaron 10 divisiones con una brigada de artillería y caballería, de los cuales se batirían heroicamente los que defendían los primeros cuatro reductos de los nueve que mandó a construir el Dictador; tales reductos de los cuales preservamos el Nº 2, trataban de imitar la experiencia de la guerra rusa/turca que se adoptaba como modelo, con un ejército de escasa preparación, con una larga extensión por defender, y sin el armamento adecuado.

Estos reductos iban separados en menos de 900 metros y cubría lo que hoy sería parte de los distritos de Miraflores y San Borja, es bueno tener en cuenta que en ese entonces tales lugares estaban poblados con fincas, chacras, y algunas casas de descanso sobre todo a extranjeros, atravesados por acequias, tapiales propios del mundo rural.





Al margen de lo sucedido el jueves 13 en la batalla de San Juan, según testimonios de Alberto Ulloa que participó activamente, cuando describe sobre dichas batallas “… Jefes de toda graduación inundaban las avenidas del ferrocarril, formando una espantosa confusión. No provenían tantos dispersos de una división desbandada, como habíamos oído decir; era todo un ejército en fuga…” según A. Ulloa, testimonio “Lo que yo vi”


En cambio el sábado 15 de enero en lo que se conoce como la batalla de Miraflores donde participa el llamado Ejército de la Reserva, que era prácticamente el pueblo en armas, el parte del general Pedro Silva Jefe del Estado Mayor dirigido al Dictador reconoce la participación valiente y decidida de los trabajadores, comerciantes, estudiantes universitarios etc. Como se ha señalado anteriormente. Así, escribe:

“Faltaría también a mis deberes sino consignase en este oficio una palabra de aplauso justamente merecido para los Batallones Nos. 2,4,6 y 8 del Ejército de Reserva que con la serenidad de esforzados veteranos sostuvieron los reductos encomendados a su custodia sin que los desalentase el terrible espectáculo de ver caer uno tras otro a sus abnegados compañeros de armas.
Compuestos esos cuerpos de ciudadanos pertenecientes a la parte más selecta de nuestra Sociedad, y no acostumbrados por lo mismo a las penalidades y azares de la guerra, la gratitud Nacional se halla aún más obligada para con ellos” (Fuente Guerra con Chile Partes Oficiales. Editorial Los Pinos 1992, página 55).

En el mismo sentido, el coronel Andrés A. Cáceres jefe de la segunda división que tuvo una parte activa y directa en el frente de batalla, en su informe señala que: “El batallón N°. 4 de la Reserva, merece un elogio especial en debido homenaje, a su bizarría. Él fue compuesto en sus nueve décimas partes, de las clases más selectas de esta capital; y así tuvieron en él su representación el foro, la magistratura, el magisterio, la universidad, el periodismo, la banca, los propietarios, comerciantes o altos empleados civiles y jefes de taller.

“Fueron jefes 1°.,2°. y 3°. del expresado cuerpo los doctores Ramón Ribeyro, distinguido abogado, Ministro de Estado y ex-diputado del Congreso y presidente de una de sus Cámaras; y Juan Corrales Melgar, Ministro de Estado, ex-senador de la república y antiguo vista de la Aduana del Callao, ambos ya fallecidos; y don Pablo Sarria, reputado comerciante de esta plaza, que aún vive.

“El N°. 4 pertenecía a la 1ª. división del 1er. cuerpo del Ejército de Reserva, que la mandaba el Coronel D. Pedro Correa y Santiago, propietario, ex-diputado y ex-alcalde municipal de Lima; y la 1ª. división estuvo a órdenes del Coronel Dionisio Derteano, acaudalado banquero. Dicho cuerpo del ejército ocupaba el 2°. reducto, a contar de la derecha.”

“En la batalla (de Miraflores) se distinguió por su ardimiento y entusiasmo la 6ª. compañía que en su mayor parte fue compuesto de universitarios. Tenían por sargento 1ª. al ilustrado y patriota Saturnino del Castillo, quien vivía consagrado al magisterio en varios Colegios de Lima, y había ya publicado algunos textos de enseñanza, que gozaban de reputación, dándole a él, al circular provecho y renombre a la vez. …” Todos estos datos se han extraído del libro de Jenaro Herrera, catedrático de San Marcos en una Monografía publicada en 1929 por encargo del Rector Matías Manzanilla. “La Universidad de San Marcos y la Guerra del Pacífico” ( páginas 218/219)

San Marcos a la vanguardia

En verdad, la participación de la Universidad de San Marcos se manifiesta desde el principio de la guerra un 5 de abril de 1879, incluso antes cuando el expansionismo chileno invade la costa boliviana. Así, llevados por el entusiasmo juvenil exigen al Rector de ese entonces Dr. Juan Antonio Ribeyro la conformación del batallón Universitario Carolino con 600 plazas para participar directamente en la Campaña del Sur, cuestión que la Comandancia General reconoce, agradece pero declina pues por la falta de preparación militar no era todavía tiempo de utilizar, como sí sucedería en la Defensa de Lima.

En cambio se adoptó el criterio de sortear entre todos los estudiantes voluntarios de la Universidad de San Marcos, para elegir a tres jóvenes que representarían a la universidad en las distintas batallas del sur, llevando el estandarte de nuestra casa de estudios. Esta bandera formaba parte del batallón Zepita que estaba bajo órdenes del coronel Andrés. A. Cáceres y dicho estandarte estuvo presente en San Francisco, Tarapacá, Alto de la Alianza, Tarapacá, San Juan, Miraflores, Concepción, Marcavalle, Pucará, y Huamachuco.

En cambio, en la Facultad de San Fernando, donde se formaban los futuros médicos la demanda de cirujanos, practicantes, auxiliares fue permanente. Tan es así que todos los buques de guerra desde el Huáscar a la Unión tenían una dotación de médicos y practicantes de la universidad. Es más, tal era la demanda que el propio Rector en la Defensa de Lima tuvo que oficiar que todos los estudiantes de medicina comprendidos entre el tercer año al séptimo estaban comprometidos en la defensa nacional, sea como practicantes, o soldados.

Prueba de esta voluntad viril, patriótica de la Universidad de San Marcos es que con el Rector, decanos de las diversas facultades, profesores y estudiantes que participaron en la defensa de Lima lo constituye los cientos de jóvenes que ofrendaron su vida en esas históricas jornadas. En especial debemos destacar la participación de la facultad de Ciencias Políticas y Administrativas la madre de la actual facultad de Ciencias Económicas, donde su decano fundador el profesor francés Pablo Pradier Fodere se convirtió en un enérgico defensor de la causa peruana en su retorno a Europa.

En la historia está demostrado que los pueblos que no rinden homenaje a sus héroes y defensores, y que no conocen su historia han de cometer los mismos errores. En tal sentido, así como ayer los jóvenes y el pueblo en armas defendieron el honor nacional ante la agresión chilena, hoy los jóvenes en especial  universitarios defienden las instituciones democráticas, la legalidad por ello luchan contra la corrupción de nuestros gobernantes y un perverso indulto presidencial que atenta contra los intereses de la República.



lunes, 11 de julio de 2016

CAMPAÑA DE LA BREÑA: HUAMACHUCO 10-7-1883




Capitàn Eloy Villacrez
Preàmbulo

La Campaña de la Breña llevaba casi tres años, prácticamente todo el año 1881, 1882 y más de medio año de 1883, había cansancio en la opinión chilena  sobre, observaban que los cadáveres de sus soldados eran una rutina y no encontraban una solución, esto es la paz con cesión territorial, tema que fue rechazado de plano por Cáceres.

El cuadro político era muy complejo, con el retiro de la escena del Presidente Piérola, que abandona el país luego de la caída de Lima y según èl, se dirige a Bolivia a revitalizar la alianza y buscar armas y apoyo, lo cual no fue cierto.

En la práctica quedaron dos presidentes, en la Sierra Central  Cáceres y en el Sur, Arequipa-Puno, Lizardo Montero. Cada uno actuaba de acuerdo a su libre pensar y parecer.

Lo real y concreto, era que se requería paciencia para observar el panorama, la única manera de mantener la integridad territorial era mediante la sucesión de cientos de batallas, casi todas tenían como consecuencia el arrasamiento de poblaciones civiles, tal como ocurrió con Huamachuco, ese fue el precio que nuestro pueblo pagó por mantener la unidad territrial.

La Batalla,

Fue una demostración de arrojo y valor de nuestros hombres, la escases de parque hizo que estando en retirada los chilenos, al observar que nuestro ataque languidecía, volvieron grupas para atacar a unas fuerzas sin recursos para seguir actuando.   

Si bien nuestro ejército fue vencido, Cáceres y Albarracín lograron, fugar, hay la narración de un subteniente chileno, que logró perseguir a Cáceres cuando ya todo estaba perdido, indicando que realmente era un brujo y por eso se escapó. Momentos previos los oficiales le dicen a Cáceres que abandone el campo de batalla, para mantener la resistencia, sólo él podía reagrupar nuevas fuerzas, como realmente ocurrió al constituirse  a Andahuaylas y formas el cuarto ejercito de la Breña.

La Bajeza humana

Luego de la derrota,  Iglesias quedó libre  con su camarilla, llegó incluso a brindar por el triunfo chileno, al respecto  el  historiador  Comandante Guerrero dice (pag.187, sus memorias):

"A raíz de la derrota de Cáceres en Huamachuco, los partidarios de Montàn (Miguel Iglesias), dieron el incalificable espectáculo de celebrar, en Cajamarca, el triunfo chileno.

Iglesias disponía de agentes montados en diferentes sitios de Huamachuco a Cajamarca. Uno de ellos galopó a mata caballo hasta esta ciudad trayendo la noticia de la derrota de Cáceres. Las autoridades iglesistas festejaron jubilosas la victoria de los chilenos. Iglesias mandó una comisión especial a Huamachuco para felicitar en su nombre a Gorostiaga, sabía que Lynch (Jefe de la ocupación chilena) lo había condenado a muerte por lo ocurrido en San Pablo (1882) cuando la guarnición chilena de Cajamaraca fue diezmada y se culpabilizò a Iglesias de ese acto..

Chile tenía más recursos, por eso fue un error enfrentarse de aparato a aparato en una gran batalla, la única forma de vencer era realizar mil ataque en todos los lugares donde era débiles los chilenos para mantener el espíritu de combate.

Gorostiaga  dio las órdenes de no dejar a un solo peruano con vida y, en forma sistemática, los chilenos se dedicaron al "repase" de cuanto herido encontraron y aquel que caía con vida, era ejecutado en forma inmediata. La caballería chilena salió en persecución de los soldados en retirada y aquel que alcanzaron, lo ejecutaron en el lugar.

Leoncio Prado, quien recién el día 14, a cuatro días de la contienda, las patrullas enemigas en busca de peruanos, lo encontraron gravemente herido en una pierna, en la casa de José Camón, por vil delación del propietario, en el lugar denominado Cushuro, a 15 kilómetros del campo de batalla. Preso fue llevado a Huamachuco junto con sus ayudantes. No se le permitió comunicación alguna y al día siguiente fue fusilado alevosamente en su lecho de herido, luego fueron ejecutados sus ayudantes.

En esa forma murieron cerca de 700 a 1300 soldados, de un ejército que al entrar en batalla no contaba con más de 1800 hombres. Enfrentamiento que tiene una particularidad: que no hubo un solo prisionero ni tampoco heridos, todos murieron.

La soldadesca de Gorostiaga, después de la batalla se dedicó a depredar y destruir la ciudad de Huamachuco, utilizando el derecho a saqueo, que sus jefes les prometieron. Para mostrar lo que sucedió, copiamos algunos párrafos de la obra "La batalla de Huamachuco y sus desastres", escrita por Abelardo M. Gamarra "el Tunante", obra presentada por el editor en las "Memorias de Cáceres": (188) ...

"Para pintar los horrores de la implacable crueldad de los chilenos nos bastará citar las siguientes palabras textuales de don Raimundo Valenzuela, chileno, autor de un libro titulado "La batalla de Huamachuco" (Santiago, Imprenta Gutemberg, 1885), que dice, hablando de la persecución de los fugitivos: "Duró esta como hasta las nueve de la noche. En el delirio de la persecución no perdonaban a nadie: enemigo alcanzado era enemigo muerto". Lo que quiere decir que repasaron a los que heridos habían quedado en el campo, que ultimaron despiadadamente a los que se rendían y que fusilaron a jefes y oficiales, dignos por mil títulos de respeto de quienes en verdad fueran hidalgos; pero no es esa carnicería espantosa la menor de las manchas, que eternamente llevarán sobre sí los chilenos que pelearon en Huamachuco, sino las escenas que pasamos a describir, y de cuya autenticidad a Dios ponemos por testigo. La hora del infortunio había sonado.

Una a dos de la tarde del 10 de julio de mil ochocientos ochenta y tres. Durante los tres días del sangrante reñir, casi todas las familias principales, y no pocas de las del pueblo, habían, como hemos dicho, abandonado la población: dos o tres, a lo más, de las primeras, vieron llegar el terrible momento, y no tuvieron ni tiempo para huir, ni encontraron un lugar donde refugiarse. Como volcán que estalla y derrama su lava sobre la campiña, desde la cumbre del Sazón se lanzó sobre la ciudad la soldadesca desenfrenada, semejante a los bárbaros del siglo V, en los pueblos que conquistaban; aullando como jauría de perros, más que dando gritos de triunfo, en grupos armados se esparcieron los chilenos por toda la ciudad y sus suburbios, rompiendo a culatazos cuanta puerta encontraban cerrada, después de descerrajar tiros de rifles en las chapas.

Olvidando todo sentimiento humanitario, solo hablaba en aquellos feroces y crueles hombres el instinto del bruto; sus rostros mismos, bañados por el sudor, embadurnados con el polvo de la refriega y muchos salpicados con la sangre peruana, presentaban, según refieren testigos presenciales, aquel aspecto patibulario de los descamisados del 93, o de los salvajes compañeros de Atila. Ebrios por el licor, por lujuria y la codicia, acuchillando moribundos, "repasando" a los heridos, lanzando gritos, destrozando cuanto encontraban; era aquello como danza infernal, en la que el horror del asesinato, las imprecaciones del asesino y el clamor de las víctimas, se mezclaba la algaraza de la lubricidad.

—"¿Dónde está la plata?" era la primera pregunta, de aquellos criminales autorizados.

—Señor, soy una pobre, respondía alguna infeliz anciana. —"Mientes, vieja bruja, entrégame la plata si no quieres morir" y la boca del rifle tocaba el pecho de la desventurada. — ¡Por el amor de Dios!

—"Muere vieja ladrona", y el soldado arrojándola por el suelo, penetraba hasta el último rincón de la casucha; rompía los baúles, tomaba todo lo que era de valor, pasando a otra casa a repetir la misma escena, y así no hubo una sola de la ciudad que se librara del saqueo.

Indescriptible era el cuadro que presentaba cada casa: puertas hechas pedazos, baúles destrozados; objetos que no eran de valor rodando por el suelo en fragmentos; manchas de sangre en las paredes; cadáveres de infelices ancianos, de indefensos inválidos, tendidos en los corredores o en medio de las habitaciones; mujeres desmayadas o semimuertas, víctimas de horribles violaciones en actitudes vergonzosas.

Las infelices subían a los tejados a ocultarse, las seguían los soldados: se arrojaban al suelo desde lo alto, prefiriendo la muerte a la deshonra, y sobre caídas y exánimes, como sobre cadáveres, se lanzaban los que no habían subido tras ellas, y las violaban.

Ebria la mayor parte de aquella infame soldadesca asesinaban por placer, robaban y cometían violaciones lanzando carcajadas bestiales. Ni el templo se libró del ultraje: rompieron a balazos las cerraduras, de igual modo las de los Tabernáculos, despojaron de sus alhajas a los altares y las imágenes, dejando pisoteados y por el suelo las vestiduras de los santos...

Todas las casas, desde la de Dios, hasta la del último ciudadano, fueron profanadas en tan criminal feria; unos entraban y otros salían, para facilitar su robo llevaban a los indios con alforjas al hombro en las que conducían a sus cuarteles cuantos objetos juzgaban de valor, y así, la población quedó barrida

Los siete pecados capitales, en traje militar, celebraron su fiesta durante cinco días consecutivos. Nada fue perdonado, ni la criatura de once años, ni la anciana de ochenta: muchas desgraciadas murieron a consecuencia del acto criminal en ellas cometido; y por lo que hace a sangre fue vertida entre la de muchos, tomados caprichosamente por montoneros, la de setenta y dos ancianos, inválidos la mayor parte de ellos, por sus achaques, algunos miserablemente degollados.

De entre esos infelices recordamos a los siguientes... (sigue la relación de múltiples nombres).

Todos estos fueron victimados con una alevosía inexplicable, y nada clamará más al cielo, eternamente, como el asesinato de esos setenta y dos desventurados, que en vano levantaron sus manos juntas implorando misericordia. La casa del rico y la casucha del más pobre, todo cayó bajo el saqueo de los insaciables chilenos. Tal y tan grande fue esto que multitud de familias quedaron en la mendicidad, muchas sin más camisa que la que llevaban en el cuerpo, sin un plato en qué comer, ni menos un mal pellejo que pudiera servirles de cama. Casas hubo después del saqueo, que parecían no haber sido habitadas jamás; 

A la llegada de la noche era Huamachuco semejante al cadáver de un mendigo, y avaluando "tan solo" lo que en dinero, alhajas y especies de valor se perdió en el saqueo, se calcula un millón de soles de plata. Todas las tiendas de comercio quedaron completamente escuetas: sin más que el entablado de sus pavimentos y destrozadas por completo sus puertas, parecían, vistas a la distancia, bocaminas; entre tanto, cada cuartel era una aduana". Anexo 56

Enseñanza:
La Guerra es un acto político, una decisión de medir las armas con el enemigo se hace luego de observar el objetivo por alcanzar, en el presente caso no había razón de enfrentar a Chile de aparato a aparato, el enfrentamiento debió seguir siendo mil combates diarios, en una hostilización permanente, con una unidad de comando y no con intereses de grupo. Probablemente los oficiales que acompañaban a Cáceres, querían demostrar a Iglesias que podían imponer condiciones para la Paz y se jugaron “todos sus ases” en una sola partida, eso nos costó Tarapacá y Arica. Aprendamos siempre

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Enviado por: Eloy Villacrez