El homo sapiens ha
conquistado el tercer planeta del sistema solar y se ha impuesto sobre todas
las otras especies. No existe rincón en la tierra donde su huella no se
encuentre. Pero, ¿cómo ha realizado esta hazaña? A lo largo de milenios fue
intuyendo primero y más tarde comprendiendo el funcionamiento de las fuerzas
“mágicas” (leyes) de la naturaleza.
Hoy
esa insaciable búsqueda de respuestas continúa. Y no se limita al conocimiento
del planeta. Va más allá de las fronteras de la galaxia. Si el promedio de vida
de cada generación el 2019 era de 72 y en 1930 de 33 años muy similar a la del
paleolítico. Entonces, si la vida de cada generación era tan corta, ¿cómo ha
sido posible este gran logro? La respuesta es porque en el homo sapiens, como
en ninguna otra especie o subespecie, la experiencia pasa de unos a otros, se
trasmite de generación a generación desde el principio de los tiempos
homínidos. Esta singularidad es vital para su supervivencia como especie; pero,
también, transforma todo conocimiento individual en conocimiento comunitario.[1] David García Colín nos dice al respecto
que «“Ayuda”, “auxilio” debieron estar entre los primeros conceptos en los que
la humanidad cobraba conciencia de sí misma (…) Con el lenguaje el pensamiento
se vuelve patrimonio común de la sociedad e influye, a través del lenguaje y su
contenido cultural, en los propios individuos. Al mismo tiempo, con el lenguaje
los conceptos se socializan y el pensamiento cobra claridad.»[2] Ayudar a alguien a superar una
dificultad es el punto de partida de la civilización homínida, nos dicen. La
solidaridad nos hace humanos, muy a pesar de nuestro individualismo genético.
El individualismo genético sin el reconocimiento del hombre como un ser que
sólo puede existir en comunidad es la base de la ficción de la libertad
absoluta, es decir, la autonomía del espíritu kantiano en oposición a la
heteronomía.
Asimismo, se constata en
innumerables estudios arqueológicos y antropológicos que el homo sapiens desde
sus más remotos orígenes se distingue por su capacidad innovadora o creadora.
Algunos individuos destacan más que otros en esa capacidad. Sus descubrimientos
o invenciones los hace sobresalir por encima del resto de sus contemporáneos.
Pero, esto no significa que sus logros sean exclusivamente individuales. Sus
logros, se apoyan en el conocimiento precedente y simultaneo, son estimulados
por las necesidades y se forjan con los recursos que su tiempo le pone a su
disposición.
La madre de la inventiva es
la necesidad. Y la necesidad inventó la colaboración; pero no solo la
colaboración, sino también la capacidad imitadora o copiadora de los homínidos.
Platón decía que apenas una idea genial sale de la boca del creador esta se
generaliza entre sus contemporáneos. De un genio brota una idea y esta se
populariza en un tris cuando llega a los oídos o la mirada de sus coterráneos
(copyleft). Mucho antes, que el homo sapiens se convirtiera en la especie
dominante, el plagio fue el artilugio que permitió a la especie ser lo que hoy
somos. Los humanos somos copistas desde Ab initio de los tiempos. Práctica que
hoy es conocida como ingeniería a la inversa. Así y sólo así, las ideas
avanzadas de uno se transforman en ideas avanzadas de todos y las ideas
avanzadas de todos sirven de base para los nuevos descubrimientos que destacan
los atributos del inventor. Esa es la singularidad de los procesos del
conocimiento humano que nos distingue del resto de las especies.
Los humanos, desde tiempos
inmemoriales, para avanzar hemos continuado los éxitos de las generaciones
precedentes. Solo cuando un gran cataclismo o por la invasión de una cultura
inferior, el acervo o conocimiento adelantado se pierde hasta que varias
generaciones posteriores redescubren los logros pretéritos. El conocimiento de
la edad antigua greco romano, por ejemplo, sólo se recupera en el Siglo de las
Luces después del oscurantismo medieval.[4]
Asimismo, en el proceso de
lucha por sobrevivir en la naturaleza salvaje, los homínidos desarrollamos una
herramienta sui géneris, esto es, nuestra extraordinaria capacidad de
abstracción:
“Según
Marx, ninguna colmena u hormiguero o cualquier otra prodigiosa construcción de
los insectos y animales en general puede ser confundida con la obra de un
arquitecto, que construye primero idealmente (en ese "simulador" de
lo posible, se diría hoy, que es el cerebro del hombre) y luego reproduce en la
práctica ese modelo ideal, operando á dessein (deliberadamente) una selección
parmi les possibles (entre las posibles), que por otra parte nos ayuda a
comprender, de modo materialista, la anterior selección parmi les existants
(entre los existentes); la anatomía del hombre, agrega Marx, es lo que nos
ayuda en realidad en la comprensión de la anatomía del mono e, igualmente, en
el ámbito de la historia misma del hombre, el trabajo aparece de un modo más
manifiesto y en su estado "puro", como trabajo abstracto y sans
phrase (sin sentido), en la sociedad más evolucionada como es la capitalista,
de manera que sólo entonces se puede captar la función básica en el proceso formativo
de cualquier anterior actividad humana”.[5]
Es así como un conocimiento
comunitario nos salvó de la extinción frente a otras especies depredadoras. Un
conocimiento comunitario a su vez nos salvará de nosotros mismos. En todo ese
proceso histórico natural de los homínidos, el trabajo es la llave maestra de
toda nuestra evolución y desarrollo socio económico. La escuela de trabajo, ya
desde los orígenes del homo sapiens, era la manera como se garantizaba la
continuidad de la cultura o logros de la especie.[6]
Hace 250.000 años atrás ya
había homínidos de nuestra especie con una secuencia idéntica de ADN a la que
tenemos hoy. Los cazadores – recolectores se adaptaron mejor en la era
geológica (el Pleistoceno). Adaptación y evolución caminan acompañadas. La selección
natural durante miles de años cumplió su función. Solo quienes estaban
genéticamente mejor adaptados a condiciones extremas fueron capaces de dejar
descendientes. La selección natural favoreció a quienes tenían una ambición
desmedida por tener más y más. Sin embargo, las duras condiciones de vida y la
competencia, con otras especies por los escasos recursos, los obligo a
subordinar la ambición a la solidaridad. La necesidad invento la solidaridad,
pese al natural egoísmo del individualismo genético. Solo así logramos
sobrevivir durante cientos de miles de años en la dureza del Pleistoceno.[7]
Los grandes cambios
tecnológicos que marcaron un antes y un después en la historia humana, desde el
uso del fuego y las herramientas de piedra hasta la electricidad, los actuales
dispositivos electrónicos, la mecánica newtoniana y la mecánica cuántica,
comenzaron en la mente de un puñado de "genios creativos" y luego se
expandieron libremente sin que nadie reclamara derechos de autor. La ciencia
matemática, física, química, astronomía, psicología, filosofía, política nos ha
dejado nombres imperecederos por sus geniales intuiciones o logros. En política
tenemos personajes que tramontan los tiempos y la historia de sus respectivos
pueblos. Estos son recordados como hombres o mujeres que encabezaron o
lideraron movimientos populares que hicieron saltar la historia social hacia un
nuevo escalón socioeconómico. Genios creativos como Lenin rompieron la
continuidad en sus pueblos conduciéndolos hacia una nueva era. Mariátegui
entendió muy bien la importancia de continuidad y ruptura en la lucha de clases
para hacer saltar la historia social.
Solidaridad
y trabajo
nos están alejando del reino animal y, a la vez, reintegrando a la naturaleza.
Nos aleja dejando atrás los instintos depredadores y egoístas propios del
salvajismo animal. Nosotros, los homínidos, somos el mecanismo más complicado y
más perfecto en cuanto a su diseño en el universo conocido. La apropiación del
trabajo ajeno (propiedad privada) produjo o desencadenó la sensación de
superioridad sobre todas las formas de vida, incluidas las de sus semejantes
(esclavitud – servidumbre – asalariado). Sin embargo, llegada de la sociedad
humana a la forma más avanzada y última de las relaciones de producción basada
en la propiedad privada. El despegue de las ciencias rompe con los tabúes
autoimpuestos de la edad media. “A la humillación biológica (Darwin) y a la humillación cosmológica
(Copernico), Freud podría haber agregado un tercer precedente: el de la
humillación ideológica, causada por el materialismo económico (Marx), en pleno
auge de la filosofía idealista.”
Toda esta revolución en el conocimiento, que continúa en la actualidad, nos
permite comprender la biología del egoísmo y del altruismo. Y es
que egoísmo y solidaridad siempre van unidas, formando la unidad dialéctica: solidaridad
egoísta o egoísmo solidario. Solidaridad sin egoísmo o egoísmo sin solidaridad
no existen. Cuando la solidaridad prevalece o predomina,
el egoísmo está sometido por el interés superior. Cuando el egoísmo es más
fuerte, la solidaridad está limitada a los intereses individuales o de clase. Excluir
u oponerlas en la valoración del comportamiento humano es un sin sentido,
porque el egoísmo está en nuestro ADN y puede ser dominado por la solidaridad.
Solidaridad nacida de la certeza de que los humanos somos seres eminentemente
sociales antes que individuos solitarios.
“Todos
los méritos del rápido progreso de la civilización se atribuyeron a la cabeza,
al desarrollo y a la actividad del cerebro (biología del egoísmo); los hombres
se acostumbraron a explicar sus actos por sus pensamientos en vez de
explicárselos partiendo de sus necesidades (las cuales, ciertamente, se
reflejan en la cabeza, se revelan a la conciencia), y así fue como surgió, con
el tiempo, aquella concepción idealista del mundo que se ha adueñado de las mentes,
sobre todo desde la caída del mundo antiguo. Y hasta tal punto sigue
dominándolas todavía, hoy, que incluso los investigadores materialistas de la
naturaleza de la escuela de Darwin no aciertan a formarse una idea clara acerca
del origen del hombre porque, ofuscados por aquella influencia ideológica, no
alcanzan a ver el papel que en su nacimiento desempeñó el trabajo.”
Sin embargo, la
biología genética del individuo sólo puede desplegarse o actuarse en comunidad.
El hombre es único porque cobra conciencia de sí mismo en la naturaleza y, a la
vez, es “el animal vertebrado en el que la naturaleza cobra conciencia
de sí misma.”
El hombre, entre los animales, es único porque está dominado por la cultura,
por influencias aprendidas y transmitidas de una generación a otra. Algunos
afirmarán que la cultura es tan importante que los genes, sean egoístas o no,
son virtualmente irrelevantes para la comprensión de la naturaleza humana.
El homo sapiens domina la naturaleza si la obedece, de esa manera hace que
sirva a sus fines. Esta es la diferencia sustancial entre el hombre y los demás
animales, diferencia debida también al trabajo. Esta habilidad para el trabajo
productivo desempeña un papel decisivo en el grado de superioridad y de dominio
del hombre sobre la naturaleza: el hombre es, entre todos los seres, el único
que ha logrado un dominio casi absoluto en la producción de alimentos. Y este
dominio a calado hondo en la creencia supersticiosa de la superioridad del
hombre sobre la naturaleza. Olvidando que él es un producto dependiente y
creación o producto de la naturaleza.
“Si nos rindiéramos a la inteligencia
de la naturaleza, podríamos crecer firmes como los árboles,” afirma el poeta.
Marx dice que el trabajo es
una actividad específica donde los homínidos pueden expresar su humanidad. Sin
embargo, esta realización del “ser humano”, mediante el trabajo, cobra vida en
un producto que se convierte en externo o ajeno al creador. Es creado por él y
al mismo tiempo se ve despojado de él. El productor “libre” (ya sea biólogo,
físico, programador, nano tecnólogo o un simple obrero) es despojado de sus
productos en tanto vende su trabajo intelectual o manual al empleador. Y el
trabajador no puede rescatar su producto porque está forzado a comprarlo. La
noción de compra implica que su producto le ha sido arrebatado, es decir,
enajenado. Ese es el lado negativo del trabajo bajo las condiciones de
explotación capitalista. Pero, ese lado negativo de la moderna esclavitud del
trabajador facilita el entendimiento de los procesos históricos (conciencia de
clase) que conducen a la realización del homo sapiens como un verdadero ser
humano; sin embargo, en tanto la propiedad privada sea la forma dominante en
las relaciones sociales el productor se convierte en cosa, una mercancía sujeta
a compra y venta, hecho insoslayable que será superado por ellos mismos, los
esclavos asalariados.
El hombre cosa moderno sólo
puede ser superado en la vida genérica como un ser genérico en el trabajo
mancomunado. El hombre cosa (mercancía objeto de transacción) es superado por
un ser humano socialmente natural en la vida productiva basada en la cooperación
de individuos distintos pero universales. Cooperación histórico – universal
que se realizará o materializará colectivamente mediante el control y dominio
consciente de la economía y la política. El hombre cosa se transformará de esclavo
(productor) a administrador y productor de su propio destino sometiendo a los
modernos esclavistas (propietarios de los medios de producción o capitalistas)
e integrándolos a un nuevo orden.
El enfrentamiento entre
egoísmo solidario (burguesía) y solidaridad egoísta (proletariado) será
superada en la lucha de la especie por sobrevivir, por impedir la destrucción
del planeta y la humanización del homo sapiens. La necesidad nuevamente
cumplirá su rol en el desmonte de la dictadura del egoísmo solidario. Dictadura
nacida de la acción de unos hombres (minorías) sobre otros (mayorías) que se ha
impuesto como potencia absolutamente extraña a la naturaleza humana. La
necesidad mueve montañas colocando lo que está parado al revés, patas para
arriba; es decir, el egoísmo solidario será dominado por la solidaridad
egoísta. El interés humano superior se impondrá sobre los infames intereses de
las minorías plutocráticas.
La continuidad en la
discontinuidad generacional nos ha permitido convertirnos en amos del planeta
tierra. Sin embargo, ese mismo proceso lleva a cuestionar la superchería de la
superioridad del hombre en la naturaleza o del hombre sobre el hombre. El
comunocentrismo
superará al antropocentrismo conforme la conciencia ecocomunitaria se imponga
en el cerebro colectivo de la humanidad.
Y es
así como ese hilo de continuidad en la discontinuidad generacional nos ha
convertido en líderes (pésimos o inmaduros, pero a fin de cuentas líderes), de
TODAS las especies del planeta.
Tacna, 08 diciembre 2022
Edgar Bolaños Marín
https://tacnacomunitaria.blogspot.com/
“…la cognición humana se extiende al
mundo físico y al cerebro de los demás: es, en gran medida, una actividad de
grupo, no individual, porque dependemos de los otros para razonar, juzgar y
tomar decisiones… La supervivencia y el éxito humanos son el resultado de la
herencia de grandes cuerpos de información transmitida culturalmente, que se
acumula y se agrega a lo largo de generaciones para producir adaptaciones
culturales. / Y concluye: por lo tanto, nuestra
inteligencia aparente se deriva más de nuestros cerebros colectivos, que de
nuestra inteligencia individual. Algo que también está asociado a la
innovación, tal como ha planteado, entre otros, el profesor asociado de
psicología económica en la London School of Economics, Michael Muthukrishna. /
Los investigadores añaden que la cognición humana es en realidad una empresa
colectiva y que, por lo tanto, no se encuentra dentro de un solo individuo.”
https://tacnacomunitaria.blogspot.com/2021/11/el-conocimiento-es-una-propiedad.html
Giuseppe Prestipino, El pensamiento
filosófico de Engels, Siglo veintiuno editores, sa. Primera edición en
español, 1977, pág. 194-197
Un estudio de
Nuria Castañeda, investigadora del Departamento de Prehistoria y Arqueología de
la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) en España, revela cómo, hace unos 7.000
años, comunidades neolíticas organizaban su trabajo en torno a una mina de
sílex (Casa Montero). Lo descubierto indica que las tres actividades
principales en torno a la mina (extracción de sílex, producción de láminas y
aprendizaje de los más jóvenes) tenían lugar armónicamente sin entrar en
conflicto por el uso de la misma materia prima. En la investigación del
análisis de 822 piezas se observan tres niveles de destreza en la talla del
sílex: experto, aprendiz avanzado y aprendiz inicial. “El sistema organizativo
de la mina era una especie de red en la que el aprendizaje de talla se
interrelacionaba armónicamente con la producción de láminas y el aprendizaje de
los más jóvenes”, explica la investigadora. Casa Montero era un centro de
producción de láminas de sílex, las cuales eran usadas como hoces por las
primeras comunidades neolíticas al interior de la península. Pero sobre todo
era un centro de transmisión del
conocimiento, favorecido por las reuniones de pequeños grupos que tenían
lugar en los eventos mineros. “Todos los miembros de estas comunidades acudían
a la mina —argumenta Castañeda—, donde los niños y jóvenes obtenían
conocimiento, experiencias sociales y materia prima. Los miembros más jóvenes
ofrecían ayuda como mano de obra en la extracción de sílex, garantizando la
continuidad del sistema en el futuro al aprender a tallar”. Fuente: https://noticiasdelaciencia.com/art/42971/mineros-de-hace-siete-mil-anos
El
comunocentrismo es el nombre que recibe el predominio de la comunidad por sobre
la sociedad a la hora de pensar a la primera como la forma de sociabilización
natural, originaria y verdadera.
Comentarios:
Estimado Edgar:
Muy buen trabajo. Es creativo, es
original y está muy bien escrito. Te recomiendo que lo envíes a Rebelión. Es
necesario que en el marco de la izquierda transformadora existan muchos colores
y muchos matices. Me agrada en tu texto su dialéctica, no oponer los contrarios
de forma absoluta, sino que los presentes condicionándose mutuamente.
Un abrazo y felicidades,
Francisco Umpiérrez
https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com