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domingo, 10 de marzo de 2024

LA MIRADA DE ENGELS Y MARIÁTEGUI SOBRE LA GUERRA EN EUROPA Y EL ESPÍRITU DE 1914

 


Brais Fernández

06/MAR/2024

 

Hace unos meses, la revista norteamericana Monthly Review recuperaba una serie de citas de Friedrich Engels sobre la guerra y la cuestión del desarme. Aunque tradicionalmente los escritos proféticos de Rosa Luxemburg han sido más conocidos, las reflexiones de Engels sobre “la inevitabilidad” de la guerra demuestran que el movimiento socialista no estuvo tan imbuido de la estupidez bobina que llevo a las direcciones de los partidos socialdemócratas a aceptar activamente las masacres de 1914:

“una guerra en la que habrá entre 10 y 15 millones de combatientes, una devastación sin precedentes simplemente para alimentarlos, una represión universal y forzosa de nuestro movimiento, un recrudecimiento del chovinismo en todos los países y, en última instancia, un debilitamiento diez veces peor que después de 1815. Un período de reacción basada en el agotamiento de todos los pueblos desangrados (y, además, sólo una mínima esperanza de que una guerra amarga pueda resultar en una revolución), me llena de horror.” (Engels, carta a Paul Lafargue, 1888)

Engels oscilaba entre el temor a que la guerra supusiese un retroceso de carácter irreversible para la civilización y la idea “mínimamente esperanzadora” de la revolución como resultado de la guerra. Su temor al desastre lo llevó a proponer una tarea para el movimiento obrero, la cuestión del desarme, que buscaba debilitar el militarismo y los ejércitos, sustituyéndolos por formas de milicia popular. En ese sentido, Engels no se engañaba: la guerra se expandiría por toda Europa, pero también al interior de los Estados, suponiendo una brutal represión contra la clase trabajadora.

Por desgracia, estas palabras de Engels no encajaban con el modelo de acumulación gradualista de la socialdemocracia previa a 1914. Si bien en sus resoluciones condenaba la guerra e incluso llamaba a prepararse para ella mediante la Huelga General, la II Internacional, exceptuando su ala radical, toleró su externalización mediante la colonización de los países africanos y asiáticos, mientras que su independencia de clase se traducía en un conservadurismo que no luchaba día a día contra la carrera militarista que llevaban a cabo los estados europeos. La socialdemocracia reconocía que la guerra era inevitable bajo el capitalismo, pero solo se preparaba formalmente para cuando ese día llegase. Las advertencias de Rosa Luxemburgo hacia el “radicalismo pasivo” que escondían las resoluciones de la II Internacional se revelaron como ciertas, no solo porque no fueron capaces de ponerse en marcha el día en el que los gobiernos proclamaron el inicio de la Gran Guerra, sino porque incubaban, pese a no admitirlo formalmente, el espíritu de 1914.

Una de las razones que incubaron esa aceptación negada la expresó Kautsky en su libro “Camino al poder”, en el cual afirmaba que “el imperialismo es la única perspectiva que el capitalismo puede todavía ofrecer a sus defensores”. El viejo Papa del marxismo pensaba que esta perspectiva solo afectaba a las clases medias, pero lo cierto es que ese espíritu fundamentado en no combatir activamente el desarrollo capitalista basado en el militarismo, también había impregnado a amplias capas del movimiento socialista. El militarismo iba acompañado de saqueo fuera de las fronteras europeas, de industrialización, de ciertos beneficios materiales para una capa corrompida del movimiento obrero, y de un peligro difuso, pero lejano, que parecía poder combatirse con resoluciones en contra de la guerra.

Con la Gran Guerra, las predicciones del viejo Engels se hicieron realidad. Años después de la gran masacre iniciada en 1914, cuando la que posteriormente se denominó II Guerra Mundial todavía parecía improbable, un lúcido socialista peruano llamado José Carlos Mariátegui advertía que:

“Nada más contagioso que la tendencia a eludir la seria y objetiva estimación de los peligros bélicos. La experiencia de 1914, a este respecto, parece haber sido completamente inútil. Son muchos los que se imaginan que por el solo hecho de ser demasiado destructora y horrible y estar reprobada por una mueva conciencia moral, (..), la guerra no puede desencadenarse más en el mundo.

Pero el examen de la economía de la política mundial condena inapelablemente esta pasiva confianza en vagas o ficticias fuerzas morales. La lucha entre los imperialismos rivales mantiene viva la amenaza bélica en el mundo”.

Décadas después, el economista marxista belga Ernest Mandel, basándose en los trabajos de Rosa Luxemburg, propuso añadir al esquema de reproducción capitalista de Marx, basado en la interacción entre los medios de producción y los bienes de consumo, la producción de “medios de destrucción”. Mandel integraba así la lógica armamentística en la lógica capitalista, desprendiéndola de su carácter accidental, como si tan solo dependiese de la mala voluntad de la clase política. Presionado permanentemente por la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, el capital buscaba un nicho de reproducción compensatorio en la producción de medios de destrucción, organizando esta dinámica como una “política de Estado”. Rosa Luxemburg recordaba ese carácter político del militarismo:

“Finalmente, la palanca de este movimiento automático y rítmico de la producción capitalista para el militarismo se encuentra en manos del capital mismo, merced al aparato legislación parlamentaria y de la organización de la prensa destinada a crear la llamada opinión pública. Merced a ello, este campo específico de la acumulación del capital parece tener, al principio, una capacidad ilimitada de extensión. Mientras cualquiera otra ampliación del mercado y de la base de operación del capital depende, en gran parte, de elementos históricos, sociales, políticos, que se hallan fuera la influencia del capital, la producción para el militarismo constituye una esfera cuya ampliación sucesiva parece hallarse ligada a la producción del capital”.

Sin embargo, ese movimiento nunca consigue superar las propias contradicciones del capitalismo; más bien tiende a acelerarlas. Mandel recordaba que solo mediante la destrucción violenta de los medios de producción puede el capital volver a retomar sus tasas gananciales: una contradicción insalvable de un sistema que trabaja para la guerra porque la lleva en su seno.

La actualidad de la guerra, la actualidad de la lucha contra la guerra

Hemos intentado, de forma extremadamente sucinta, esbozar una serie de ideas que nos pueden servir para trazar un paralelismo con nuestra época. Como anunciaba Engels, el desarrollo del capitalismo implica un poder destructivo creciente. El trágico desarrollo de la bomba atómica marcó a toda una generación militante de la posguerra, una capacidad destructiva que no ha hecho más que aumentar, pero que ha sido enterrada en la discusión pública. Como denunciaba Mariátegui, la memoria de las catástrofes bélicas es corta: el capitalismo siempre promete que ha aprendido la lección. A día de hoy, una nueva guerra mundial parece impensable dentro de unas democracias coloniales acostumbradas a la externalización de la guerra, es decir, obsesionadas con desplazar a los conflictos bélicos lo más lejos posible de su bienestar menguante, cargando sus costes a otros pueblos y naciones. Como nos recordaban Ernest Mandel y Rosa Luxemburgo, la industria armamentística forma parte de la dinámica de acumulación capitalista de forma estructural, y por lo tanto, impregna a todo el sistema político-ideológico del capital. Hoy, la reindustrialización verde ha mutado, sin ningún tipo de oposición por parte de los partidos de centro-izquierda y derecha que gobiernan Europa, en una campaña de remilitarización y fortalecimiento de la OTAN.

Los anuncios histéricos de las clases dirigentes europeas son el reflejo de una época histórica que, como siempre, el capitalismo prometió haber dejado atrás. Ursula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ha dicho abiertamente que “Europa debe prepararse para la guerra”, un complemento clarificador a las declaraciones de Macron en las que amenazaba con enviar soldados a Ucrania para defender “el jardín europeo” del que hablaba Borrell. El conflicto inter-imperialista que se dilucida en Ucrania ha servido como catalizador de todas las tendencias latentes del sistema, tendencias que no van a desaparecer en el corto plazo. Se agudizarán ocurra lo que ocurra, sea cual sea el resultado de esa infame guerra. Las muertes de los trabajadores ucranianos y rusos en nombre de la libertad y el etnonacionalismo son otra cara trágica del proceso de des-democratización de las sociedades europeas y del cinismo complaciente del establishment político ante el brutal genocidio que estamos viendo en directo en Palestina.

La existencia de estas dinámicas de guerra no debería llevarnos a la inacción. El hecho de que las guerras sean inevitables bajo el capitalismo no debería ser excusa para aceptarlas: más bien, se trata de ligar la cuestión de la guerra y del desastre climático a la existencia del capitalismo. En ese sentido, puede ser útil abordar este periodo histórico, turbulento y dramático, sobre tres ideas básicas:

1. Debemos asumir una posición intransigente frente a los intereses imperialistas y neocoloniales de nuestros países, que se debe traducir en la negativa a asumir cualquier tipo de compromiso con el proceso de remilitarización de nuestros países. Si, como explicaba Rosa Luxemburg, el militarismo requiere del funcionamiento engrasado de los mecanismos ideológicos del capital (parlamentos y prensa), la única solución es que la izquierda asuma la tarea de bloquear sistemáticamente este proceso. Necesitamos una izquierda que no vote presupuestos que supongan el aumento del gasto militar, planes de industrialización vinculados a la guerra, etc., y que luche por desviar esa inversión hacia las necesidades de la clase trabajadora, algo que no puede hacerse simplemente desde los parlamentos: requiere de una auto-actividad consciente del movimiento obrero. Por desgracia, las izquierdas progresistas de Europa, desede los Verdes Alemanes a los partidos de la izquierda en el Estado Español (Podemos, Sumar, Bildu o ERC) han votado sistemáticamente en favor de presupuestos pretendidamente sociales, pero que avalaban esta dinámica propia del militarismo capitalista. Otra izquierda es necesaria para enfrentar la cuestión del militarismo.

2. En un mundo rugoso y lleno de brechas, es necesario diferenciar el carácter de los conflictos, localizar su matriz hegemónica. Aunque en última instancia todos los conflictos bélicos están imbricados en la dinámica capitalista, no todos los conflictos tienen el mismo carácter. Susan Watkins definió en la guerra de Ucrania como “Cinco conflictos en uno”, tratando de remarcar la existencia de varios desencadenantes en la guerra. Reconocer que Putin es un criminal y condenar la invasión de Ucrania, o resaltar el carácter reaccionario del régimen político ucraniano, no debe implicar negar la naturaleza real de un conflicto marcado y sobredeterminado por la dinámica intercapitalista global. Si bien la salida táctica pasa por defender un acuerdo de paz que acabe con la guerra lo antes posible, no deberíamos tampoco ser ilusos: esto supondría la “cachemirización” del conflicto. Solo el viejo método de Lenin de la confraternización internacionalista desde abajo podría resolver este tipo de conflictos, extirpando el veneno etnonacionalista sobre el cual se sostienen las clases dominantes que azuzan el conflicto. En otro sentido, la brutal guerra colonial y genocida sionista, apoyada por la UE y EEUU, debe ser combatida desde dentro y contra las democracias coloniales, exigiendo el fin del comercio de armas y el aislamiento del Estado de Israel, pero sin cuestionar en ningún momento el derecho a la defensa armada del pueblo palestino. De hecho, es el carácter capitalista de nuestros gobiernos el que nos obliga a desplegar esta consigna: en realidad, un gobierno progresista debería estar enviando armas a la resistencia palestina.

3. Es urgente comenzar a agrupar a los sectores militantes en torno a un programa común en defensa del desarme y contra la guerra, recogiendo la tradición del movimiento pacifista (que recalcaba que, en la era nuclear, una nueva guerra mundial sería la última, ya que supondría la destrucción de la humanidad) y del movimiento obrero, ligando la lucha contra la militarización a la transformación ecosocialista de la sociedad. Es obvio que todavía no tenemos fuerza para afrontar la magnitud del desafío, pero esta conciencia no debería llevarnos a la desesperanza. Debería servir como estímulo para empezar a formar, ciudad a ciudad, pero con un carácter europeo, un fuerte movimiento contra la deriva inexorable del capitalismo y de la clase dirigente. Eso implica también ligar el auge militarista a la destrucción ecológica del planeta y al despilfarro que supone la inversión militar desde un punto de vista social, pero evitar también caer en la trampa que legitima “bienestar y guerra”. La reindustrización militar en curso busca estabilizar la posición relativa de los núcleos de clase media de las sociedades europeas, concediendo migajas en forma de puestos de trabajo e inversiones territoriales a la clase obrera. Un bienestar parcial y decreciente, basado en el imperialismo de buena parte del mundo y en el cierre fronterizo, mientras nos preparan para la guerra y el desastre ecológico: esa es la propuesta de época que el capitalismo hace a las clases trabajadoras europeas.

Posiblemente, pese a las señales inequívocas que nos manda la clase dominante, todavía no tenemos conciencia de la magnitud del desastre. El espíritu de 1914 sigue vivo en los dos sentidos. La mayoría de partidos, de izquierda a derecha, están comprometidos o no se atreven a romper con esa lógica que nos lleva a la guerra y que la avala en forma de propaganda, presupuestos e inversiones militaristas. Y la mayoría de la sociedad cree que una nueva gran guerra es imposible: es algo impensable todavía. Romper y combatir esas dos formas que adquiere el espíritu de 1914 es el gran reto de los ecosocialistas de nuestra época.

Bibliografía utilizada en este artículo

Editorial de Monthly Review (2023) https://monthlyreview.org/2023/07/01/mr-075-03-2023-07_0/

Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, vol. 26

Mariátegui, Jose Carlos, El proletariado contra la guerra (1929)

Mandel, Ernest El capitalismo tardío, Verso-Sylone-Viento Sur (2023)

Luxemburg, Rosa, La acumulación de capital https://www.marxists.org/espanol/luxem/1913/1913-lal-acumulacion-del-capital.pdf

Watkins, Susan, Cinco Guerras en una https://newleftreview.es/issues/137/articles/five-wars-in-one-translation.pdf

Rosdolsky, Roman, Imperialist War and the Question of Peace https://www.marxists.org/archive/rosdolsky/1978/impwarqpeace/ch01.htm

Fuente: https://vientosur.info/europa-la-guerra-y-el-espiritu-de-1914/

 

martes, 20 de octubre de 2020

LAS GUERRAS COMERCIALES PRECEDEN A LAS MILITARES

 


LA GUERRA DE LOS COMERCIANTES

Europa, Libros, Literatura 

19 octubre, 2020 John Reed


El conflicto[1] austro-serbio es una mera bagatela –como si Hoboken le declarara la guerra a Coney Island– pero toda la civilización de Europa se ve involucrada.

La verdadera guerra, de la cual este repentino estallido de muerte y destrucción es sólo un incidente, se inició hace mucho. Ha estado librándose durante decenas de años, pero sus batallas han sido tan poco publicitadas que apenas se ha tomado nota de ellas. Se trata de un choque entre comerciantes.

Es bueno recordar que el imperio alemán empezó como un convenio de negocios. La primera victoria de Bismarck fue el Zollverein, acuerdo tarifario entre una veintena de minúsculos principados alemanes. Esta liga comercial se consolidó en un Estado poderoso por medio de victorias militares. No debe sorprendernos que los hombres de negocios  alemanes crean  que el desarrollo de su comercio depende de la  fuerza.

«Ohne Armee, kein Deutschland» («Sin ejército no hay Alemania») no sólo es la divisa del Kaiser y la casta militar. El éxito de la propaganda militarista de la Liga Naval y otras organizaciones patrioteras parecidas depende del hecho de que nueve de cada diez alemanes leen la historia de esa manera…

Después de la guerra franco-prusiana de 1870 vino el «Gründerzeit» (el «periodo de fundación»). Todo lo alemán saltó adelante en un impulso impresionante de crecimiento.

La retirada de los océanos de la marina mercante alemana nos ha recordado la importancia mundial de sus servicios de transporte. Todas esas grandes flotas alemanas de cruceros y buques mercantes surgieron a partir de 1870. En la industria acerera, en la producción textil, en la minería y el comercio, en cada rama de la moderna vida industrial y comercial, y también en términos de población, el desarrollo alemán ha sido igualmente asombroso.

Pero geográficamente todos los campos para el desarrollo se habían cerrado.

En los días en que no había un ejército ni una unidad alemana, los ingleses y los franceses se habían apoderado de la tierra a manos llenas.

Inglaterra y Francia veían el desarrollo alemán con desconfianza y falsas intenciones de paz. «No intentamos ya apoderarnos de más territorio. La paz de Europa exige el mantenimiento del statu quo.»

Con estas palabras todavía frescas en los labios, Gran Bretaña tomó Sudáfrica. Y fingió infinita sorpresa y pesar cuando los alemanes no aplaudieron esta clausura de otros  mercados.

En 1909, el rey Eduardo –gran amigo de la paz–, luego de largas conversaciones secretas, anunció la Entente Cordiale, por la que Francia prometió apoyar a Inglaterra para absorber Egipto, e Inglaterra apoyar a Francia en su aventura de  Marruecos.

Las noticias de este subrepticio «acuerdo de caballeros» provocó una tormenta. El Kaiser, con frenética indignación, gritó: «Nada puede suceder en Europa sin mi   consentimiento».

Los amantes de la paz en Londres y París convinieron en que esta amenaza de guerra era muy descortés. Pero estaban obteniendo lo que querían sin mancharse las manos de sangre, así que consintieron en celebrar una conferencia diplomática en Algeciras. Francia prometió solamente no anexionarse Marruecos, y sobre todo juró que se encargaría de mantener «la puerta abierta». Todo el mundo iba a tener iguales oportunidades comerciales. La tormenta se disipó.

Un ejemplo, entre miles, de cómo los franceses observaron  su promesa de mantener una puerta abierta en Marruecos lo proporciona el método de comprar telas para uniformar al Ejército Moro.

De acuerdo con el »Acta de Algeciras», que estipulaba que todos los contratos debían someterse a subasta internacional, se anunció que el sultán había decidido que los uniformes de sus soldados se hicieran sobre un gran pedido de caqui. Las «especificaciones» se publicarían cierto día –de acuerdo con la ley se invitaría a los fabricantes de tela del mundo para que estuviesen presentes.

Las «especificaciones» exigían que la tela fuera entregada en tres meses y que fuera de un cierto ancho de tres yardas, según recuerdo. «Pero», protestaron los representantes de una firma alemana, «no hay telares de esa anchura en el mundo. Tomaría meses construirlos». Pero se descubrió que un precavido (o alertado de antemano) fabricante de Lyon había instalado las máquinas necesarias hacía unos pocos meses. Consiguió el contrato.

El embajador en Tánger tuvo que contratar enviados especiales para trasmitir a Berlín las quejas de los mercaderes alemanes en protesta contra la impracticabilidad de la «puerta abierta» de Francia.

Quizá lo más exasperante de todo haya sido la pelea por el ferrocarril de Bagdad. Un grupo de capitalistas alemanes consiguió una concesión para un ferrocarril que abriera Asia Menor por el camino de Bagdad y el Golfo Pérsico. Se trataba de un país no desarrollado que ofrecía justamente la clase de salida comercial que ellos necesitaban.

El plan lo bloqueó Inglaterra con el pretexto de que ese ferrocarril podía usarlo el Kaiser para enviar sus ejércitos a medio mundo de distancia para robarse la India. Pero los alemanes comprendieron muy bien que los mercaderes y navieros ingleses no querían ver amenazado su monopolio comercial índico. Incluso al anotarse esta gran victoria comercial –el bloqueo del ferrocarril de Bagdad–, los diplomáticos ingleses juraron su amor a la paz y su deseo, de todo corazón, de preservar el statu quo. Fue en esta coyuntura cuando un diputado del Reichstag dijo: «El statu quo es una agresión».

En pocas palabras: la situación es ésta. Los capitalistas alemanes quieren más beneficios. Los capitalistas ingleses y franceses lo quieren todo. Esta guerra comercial se ha librado durante años. No hay nadie que aborrezca tan completamente el militarismo como yo. Nadie desea tan fervientemente que esa vergüenza sea borrada de este siglo. «No es con oratoria parlamentaria ni con los votos de la mayoría que podrán resolverse las grandes cuestiones del momento, sino con sangre y hierro» –»durch Blut und Eisen»–: estas palabras de Bismarck son la divisa de la Reacción. No hay obstáculo más claro en el camino del progreso democrático.

Y no ha habido declaraciones recientes que me parecieran tan ridículamente condescendientes como el discurso del Kaiser a «su» pueblo en el que dijo que en esta suprema crisis él perdonaba libremente a todos cuantos se le habían opuesto. Me avergüenza que en nuestros días, en un país civilizado, alguien pueda decir tan arcaicas tonterías.

Pero peor que el «gobierno personal» del Kaiser, peor  aún que los ideales embrutecedores que se jacta de defender, es la descarada hipocresía de sus enemigos armados, que vociferan por una paz que su codicia ha hecho  imposible.

Más nauseabundo que los disparates ampulosos del Kaiser es el coro editorial, en Estados Unidos, que pretende creer –y hacemos creer– que el Blanco e Inmaculado Caballero de la Democracia Moderna está en marcha contra el Monstruo Indeciblemente Vil del Militarismo Medieval.

¿Qué tiene que hacer la democracia en alianza con Nicolás el zar? ¿Es liberalismo lo que viene desde el Petersburgo del pope Gapón[2], desde la Odesa de los pogroms? ¿Nuestros editorialistas son lo bastante ingenuos para creer  esto?

No. Hay desavenencias entre rivales comerciales. Un lado ha observado las formas corteses de la diplomacia y ha hablado de «paz», confiando, entre tanto, en la eminentemente pacífica marina de Gran Bretaña y en el ejército francés y en los millones de semisiervos que le han sobornado al Zar de Todas las Rusias (y a La Haya) para lanzarlos contra los alemanes. En el otro lado ha habido malos modales, y el horrible Evangelio de la Sangre y el Hierro.

Nosotros, los que somos socialistas, debemos desear –debemos incluso esperar– que del horror de la matanza y la siniestra destrucción saldrán trascendentes cambios sociales y un gran paso adelante hacia nuestra meta de paz entre los hombres. Pero no debemos engañamos con esta palabrería editorial sobre el Liberalismo que emprende una Guerra Santa contra la Tiranía.

Esta no es Nuestra Guerra.

Notas:

[1] Este texto, «Toe Trader’s War», fue publicado en The Masses en septiembre de 1914, trad. de David Huertas.

[2] Sacerdote ruso que se volvió agente de la policía. Condujo a los trabajadores a presentar una petición al zar en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, el 22 de enero de 1905 y fueron masacrados por las tropas provocando de esta manera la crisis revolucionaria de 1905, considerada por Trotsky como el «ensayo general» de 1917.

Texto incluido en el libro Rojos y rojas.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/guerra-de-los-comerciantes/