Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Lazzarato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Lazzarato. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de agosto de 2026

¿POR QUÉ LA GUERRA Y NO LA REVOLUCIÓN?



Mauricio Lazzarato

Traducción: Diego Picotto y Emilio Sadier

Para Maurizio Lazzarato, la guerra no es una anomalía del capitalismo sino una dimensión constitutiva de su estrategia de poder. Frente a la crisis del orden global, la pregunta es por qué la revolución parece hoy imposible.

Introducción

Carl Schmitt, a quien Paolo Virno definía como «el Lenin de la burguesía», describe en un breve escrito el fundamento y el desarrollo de todo orden político, económico y social mediante tres verbos: tomar/dividir/producir. Su presupuesto es la apropiación violenta de recursos materiales y de seres humanos. El modelo es, sin duda, la acumulación originaria de Marx, ampliamente citada, que explica el origen «oculto» del capitalismo: depredación, rapiña, saqueo de tierras, de materias primas, de riquezas acumuladas por otras civilizaciones, apropiación de los cuerpos de campesinos y mujeres en Europa, y de los cuerpos «indígenas» en el resto del mundo.

En esta apropiación/expropiación, el rol del Estado, en su doble forma de poder político-militar y poder económico (función de la deuda pública, dice Marx), es determinante. Estos dos conceptos son inseparables, razón por la cual hay que hablar de la máquina Estado-Capital. Es necesario recordar siempre que el Estado moderno nace de las guerras civiles, para terminarlas o para impedirlas, función a la que nunca ha renunciado.

Con una violencia inaudita se lleva a cabo luego la división sobre aquello que ha sido apropiado/expropiado, depredado, separando propietarios y no propietarios que la producción presupone, pero no explica.

El tomar y el dividir instauran procesos de constitución de las clases de los explotados y de las clases dirigentes (la burguesía, que sustituye a la aristocracia feudal, y el proletariado, que sustituye a los campesinos) y, por lo tanto, de imposición de la relación de capital. Esto último prevé una multiplicidad de relaciones de poder que son en su totalidad dualismos, jerarquías entre quienes mandan y quienes obedecen: capitalistas/obreros, hombres/mujeres, blancos/racializados.

Solo tras el éxito de la guerra civil y de conquista la producción puede ser puesta en marcha. Es por esto que no hay que comenzar el análisis del capitalismo por la producción de mercancías, sino por las clases y por la división entre propietarios y no propietarios.

Ahora bien, lo «sorprendente» es que esto que estamos diciendo no es la descripción de un pasado remoto comprendido entre los siglos XV y XVIII, sino lo que está haciendo desde hace algunos años la administración estadounidense. Como siempre en la acumulación originaria que se repite, tomar es el primer paso de la estrategia: apropiarse de los recursos monetarios y materiales de los Estados vasallos mediante la amenaza, la intimidación y el chantaje, como hacen todas las buenas mafias: miles de millones de dólares arrancados mediante extorsión a Europa, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudita, India, con aranceles, promesas de adquisición de materias primas estadounidenses (energía) o inversiones futuras a realizar en Estados Unidos.

El orden jurídico y económico que los propios estadounidenses habían impuesto en los años setenta del siglo pasado (estado de excepción planetario fundado sobre las leyes especiales de aquella década, otra gran fase de acumulación originaria y de guerra civil occidental completamente borrada de la memoria) es suspendido; lo que cuenta es solo la fuerza económica, política, pero sobre todo la fuerza armada. El derecho y las normas sociales serán instituidas después, cuando se establezca una nueva «normalidad» y el vencedor los imponga a los vencidos.

Mientras se toma, se expropia, se roba, se debe dividir; mientras se combate a los Estados no sometidos, a los BRICS, la estrategia de la administración estadounidense debe destruir las viejas clases y producir otras nuevas (neutralizar, dividir, dominar al proletariado y generar un enfrentamiento sin cuartel dentro de las élites estadounidenses, entre globalistas, neoconservadores, aislacionistas, etc.). Cuando Trump convocó a ochocientos de los oficiales más importantes del ejército estadounidense, dijo claramente que debían prepararse para la lucha contra el enemigo interno. Algo que se puso en práctica de inmediato en Minneapolis. Y aquí volvemos a encontrar las tres guerras de conquista y de apropiación de los cuerpos propias de la acumulación originaria: guerras raciales (contra los inmigrantes y los no blancos), de género (contra el «wokismo») y de clase (pese a la retórica filobrerista de Trump, se favorece por todos los medios a los superricos, a los monopolios y a las finanzas).

Entonces el Estado juega un rol fundamental como centro de coordinación y composición de los distintos centros de poder, con el objetivo de salvar al capitalismo (el dólar), agobiado por la acumulación de deudas insostenibles (públicas, privadas, financieras) y por la emergencia de los BRICS y de sus economías que pretenden liberarse del dólar.

El resultado de esta estrategia política debe ser la reindustrialización, lo que confirma una vez más que «la producción» llega después de que hayan sido establecidas, por la fuerza, relaciones de poder entre Estados y relaciones de poder con el proletariado (tanto interno como internacional).

La depredación de la guerra comercial (aranceles, imposición de inversiones en Estados Unidos, etc.) es insuficiente aun para apenas estabilizar las diversas deudas estadounidenses, dado que el mayor peso (90 por ciento) lo soportan las empresas y los consumidores estadounidenses. El secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia de Múnich sobre seguridad llevada a cabo a comienzos de 2026, afirmó con claridad que la solución está en un imperialismo y un colonialismo renovados. Estados Unidos está condenado a la hegemonía mundial porque su existencia depende del dólar en cuanto moneda de intercambio y reserva internacional y, por lo tanto, no puede replegarse solo en Occidente. Dólar es sinónimo de imperialismo y colonialismo global.

La consecuencia directa de esta situación es la guerra contra Irán. La energía fósil y el problema de la desdolarización del mercado de la energía (que se compre y se venda sin pasar por el dólar) son los objetivos principales. Tomar el control (siempre se trata de «tomar» por la fuerza) de la extracción y de la circulación mundial del petróleo y el gas (Venezuela, Nigeria, Irán, etc.) para debilitar a China, alimentar las siempre inestables burbujas financieras, servir de base a la montaña de dinero especulativo, intentar detener la huida del dólar como moneda de intercambio (incluso las monarquías del Golfo prefieren el oro, y las bombas también sirven para «invitarlas» a volver a los petrodólares).

El objetivo monetario y financiero fijado a principios de mayo no se ha alcanzado; por el contrario, las monarquías del Golfo no son capaces de mantener en funcionamiento el circuito del petrodólar porque necesitan dólares para reparar los daños causados por los misiles iraníes y, por lo tanto, ya no pueden invertirlos en Estados Unidos. Para impedir que las petromonarquías vendan títulos estadounidenses, con el riesgo de derrumbar el esquema Ponzi sobre el que se sustenta el sistema financiero, el Tesoro estadounidense está utilizando swaps, proporcionando dólares a cambio de monedas locales. La Reserva Federal se ve obligada a recurrir a algo que parece asemejarse a una nueva quantitative easing, flexibilización cuantitativa que corre el riesgo de extenderse más allá del Golfo. La cantidad de dinero necesaria para la operación volverá aún más frágil e impredecible al capitalismo financiero, sin haber resuelto ninguno de los problemas del declive del dólar.

Los mercados bursátiles estadounidenses han batido todos los récords durante esta guerra, pero las crisis provienen del mercado de deuda (de las deudas) y los intereses que se deben a los acreedores no hacen sino aumentar. De lo que se habla menos es de que el producto más exportado por los yanquis es el oro (casi el doble de las exportaciones de energía y de productos farmacéuticos y dos veces y media más que las de motores aeronáuticos), que se dirige a China pasando por Suiza. La venta masiva de este activo refugio y la dirección que toma dicen mucho de las relaciones de fuerza actuales.

Desde el inicio de la guerra en Irán, los pagos comerciales internacionales que transitan por el sistema chino han aumentado vertiginosamente, lo que agrava aún más la futura crisis del dólar. Trump parece no preocuparse por la grave recesión que provocará su bloqueo del estrecho de Ormuz (el aumento de los precios se suma a la escasez de combustibles fósiles), convencido de que a Estados Unidos le irá mejor que al resto del mundo. Pero Estados Unidos se derrumba sin el flujo regular de capitales (y mercancías) del extranjero.

Como en toda talasocracia, el control de los estrechos, paso obligatorio para los buques que transportan el 80 por ciento de las mercancías mundiales, es fundamental. También desde este punto de vista, el poder estadounidense está disminuyendo. No es capaz de abrir el estrecho de Ormuz y no controla Bab el-Mandeb. Preocupada, la administración está acelerando la firma de nuevos acuerdos con los países ribereños de los estrechos de Gibraltar y Malaca.

La apropiación del petróleo iraní debería haber dado lugar a una nueva «división» del poder mundial. Las relaciones de fuerza están cambiando en términos reales, pero no necesariamente a favor de Estados Unidos e Israel. Los Emiratos Árabes Unidos se han retirado de la OPEP, mientras que Arabia Saudita está llegando a acuerdos con Irán y los hutíes. La guerra ha convertido a Irán en una potencia política en Asia occidental, lo que es exactamente lo contrario del objetivo perseguido al comenzar la guerra. Así como la guerra en Ucrania ha consolidado las relaciones entre China y Rusia, la guerra contra Irán parece haber fortalecido a los BRICS (la alianza entre China, Irán y Rusia).

La multipolaridad se está afianzando, reforzada por la guerra, pero no se manifiesta como una simple competencia entre potencias; es probable, en cambio, que se haya superado otro umbral, lo que podría conducir a una aceleración de la guerra mundial por partes. China está empezando a ponerse nerviosa, respondiendo con firmeza a la estrategia estadounidense (Venezuela, Irán, Guatemala, sanciones contra sus refinerías, la voluntad de reafirmar a América Latina como el «patrio trasero», etc.). El Partido Comunista Chino se verá obligado a reconocer que el lema de Mao «uno se divide en dos» vuelve a ser más actual que el de Confucio, «dos se recomponen en uno» («todos vivimos bajo el mismo cielo»). ¿Es posible un declive pacífico y controlado del imperio estadounidense?

Europa es la gran perdedora de la estrategia estadounidense. La guerra en Ucrania ya la obliga a pagar cuatro veces más por el gas natural licuado estadounidense que por el ruso, y el conflicto en curso no hará más que aumentar los costos para empresas y familias (hipócritamente, este año, las importaciones de gas licuado ruso han aumentado un 20 por ciento). Las clases dominantes europeas están completamente sometidas a la voluntad política de Estados Unidos, pero también es preciso admitir que los pueblos europeos tienen los «patrones» que se merecen. Sin un despertar y una ruptura radical con el presente del proletariado europeo, el declive del viejo continente será definitivo.

Guerra, finanzas y combustibles fósiles (y desde luego la inteligencia artificial) constituyen el último intento de preservar la hegemonía global estadounidense e imponer el proyecto israelí en una región estratégica. La guerra infinita de Estados Unidos, ya no contra el terrorismo sino contra los BRICS, está transformando a Europa en una Gran Ucrania que, por orden estadounidense, debe armarse a expensas de su propio estado social para continuar la guerra contra las «autocracias». La administración ha militarizado todo (el dólar, el acceso a su mercado, los medios de pago, las comunicaciones, etc.), transformando la economía en un régimen de guerra.

Si Occidente, bajo la égida de Estados Unidos, pierde esta batalla, tras la de Ucrania, su declive será acelerado. Pase lo que pase, esta guerra ha marcado definitivamente el fin de la financierización basada en el dólar, ha condenado al capitalismo de renta (hipócritamente etiquetado como neoliberalismo y, por lo tanto, como campeón de la libertad) y ha puesto fin a la globalización liderada por Estados Unidos.

El proyecto de convertir a Estados Unidos en el cerebro (estratégico y especulativo) y a Asia en el brazo (productivo y subordinado), una variante del colonialismo clásico, ha fracasado. Estos procesos son irreversibles y las guerras occidentales solo pueden retrasarlos o acelerarlos.

Las modalidades de depredación, conquista y afirmación política a través de la fuerza armada se encarnan en Gaza, donde el acto de «tomar», es decir, el genocidio, el colonialismo, la supremacía blanca y la violencia armada, es llevado al extremo. Gaza es ahora el modelo táctico de guerra adoptado por Estados Unidos e Israel en todos los conflictos que libran en el mundo. La operación «Board for Peace» para la «división inmobiliaria» en Gaza debería ser el núcleo de un nuevo orden mundial, cuya primera acción significativa por la paz es una nueva guerra. El aislacionismo de Trump, en solo un año, ha llevado al bombardeo de ocho países, confirmando así la imposibilidad de que Estados Unidos se retire a su propia esfera de influencia (el «gran espacio»), aunque esta abarque el mundo occidental por completo.

La Tercera Guerra Mundial en curso está poniendo fin al orden mundial surgido de la Segunda. Ya no tiene la forma que tuvo en la primera mitad del siglo XX, sino que se extiende en el tiempo y en el espacio (una discontinuidad espacio-temporal, una «guerra mundial fragmentada» según la definición papal). Si se centraliza en el tiempo y en el espacio, corre el riesgo de degenerar en un conflicto nuclear. La guerra civil global, incluso en su nueva forma, sigue siendo la matriz de la acción política.

Lo que se desprende como fundamental de este análisis de la situación actual es lo siguiente: el capitalismo es un enfrentamiento entre fuerzas, un campo de oposiciones y hostilidades radicales. Antes de ser una economía, un modo de producción, el capitalismo es una estrategia. Encontramos confirmación de esta concepción nuestra en Fernand Braudel. El capitalismo tiene la capacidad de «monitorear incesantemente la situación para poder intervenir en ella», sabiendo «conocer y poder elegir el campo de acción (…) es precisamente la capacidad de crear una estrategia y manejar los tiempos en cambiarla lo que define la superioridad capitalista».

El capitalismo no se desarrolla por fases (mercancías-intercambio, industria, finanzas), como creía Marx, porque ha «nacido financiero», y su fuerza reside justamente en la capacidad estratégica «de pasar casi instantáneamente de una forma a otra, de un sector a otro, en caso de crisis grave o de fuerte disminución de las tasas de ganancia».

En el último siglo y medio, el capitalismo ha pasado del capitalismo industrial a la hegemonía del capital financiero a caballo de los siglos XIX y XX; entre 1945 y 1970 ha vuelto a ser dominantemente industrial, para volver, luego de 1970, a las finanzas. Hoy en día, las decisiones estratégicas ya no pueden ser tomadas con tanta facilidad, porque no existe una hegemonía unilateral; los BRICS lo impiden, mientras el capitalismo financiero estadounidense se encuentra en una situación de sobreperformatividad de la especulación, presagio de una nueva crisis sistémica.

La teoría de Braudel nos ofrece la posibilidad de comprender un gran problema estratégico, que está en el origen de la derrota histórica del movimiento obrero y de la revolución. Marx dice que es necesario abandonar la esfera del mercado para adentrarse en los secretos de la producción, en cuyo umbral está escrito: «No admittance except on business» (Prohibida la entrada salvo por negocios). Braudel, por su parte, aconseja abandonar el mercado para penetrar en los arcanos de las finanzas, donde la producción no es más que una ocasión para mandar y especular. El problema: en el primer caso, dentro de la producción están los obreros que pueden bloquearla; en el segundo caso, solo están los capitalistas y el Estado, lo que les permite romper el «compromiso» con el movimiento obrero, cuya fuerza depende de la industria, y organizar la secesión de los ricos. Es imprescindible elaborar una estrategia para esta nueva situación, pero aún no hemos conseguido hacerlo.

En la segunda parte del libro nos preguntamos precisamente por este problema estratégico: ¿por qué no se ve ninguna revolución en el horizonte a pesar de que existen condiciones objetivamente favorables? En el centro de la respuesta, difícil de formular, hay, tal vez, tres problemas principales: la cuestión del poder, la cuestión de la multiplicidad del proletariado y la cuestión del saber estratégico. Estos tres problemas convergen en el problema: la naturaleza del conflicto revolucionario y su organización.

La teoría crítica y los nuevos movimientos posteriores a 1968 tienden a concentrarse en el ciclo de acumulación del capital, ampliando la perspectiva marxista, ya que, al lado de la explotación de la clase obrera, abordan la explotación y el dominio sobre las mujeres, sobre los colonizados racializados, sobre la «tierra», aunque dejando de lado el ciclo estratégico de la revolución y del poder. Este último se da como fuerza que, al mismo tiempo, alimenta y supera estas formas de dominio y de explotación porque funciona como poder global, como «totalidad dividida» o «imposible». Dividida, porque el conflicto la atraviesa constantemente; imposible, porque busca continuamente la totalización sin llegar nunca a realizarla, siempre impedida por las oposiciones entre Estados o por los diversos componentes del proletariado. El ejercicio de este poder global es doble: interno, contra el proletariado, y externo, contra otros Estados. Los que se disputan la hegemonía son ya solo los grandes Estados cuya soberanía es ejercida sobre grandes espacios.

Al separar poder y violencia (Arendt, Weil, Foucault, etc.), el pensamiento crítico reduce el primero a «gobernanza», a «poder blando». Por el contrario, sea cual sea la modalidad que adopte, el poder siempre es inseparable del uso de la fuerza, de la acción militar dirigida hacia el interior del Estado (monopolio legítimo de la fuerza, policía) o hacia el exterior (enfrentamiento imperialista). La máquina Capital-Estado es, desde el siglo XV, imperialista porque, desde entonces, se caracteriza por la exportación de capitales. Samir Amin añade que siempre ha sido imperialista por ser desde siempre colonialista.

Segundo problema: la multiplicidad del proletariado y de sus formas de lucha siempre queda atrapada en estos dualismos. Es capturada por las diversas jerarquías de explotación y de dominio y por los dualismos del ejercicio global del poder. Pensar en «hacer la multiplicidad» sin destruir no solo los dualismos hombre/mujer, blancos/racializados, patrón/trabajador, sino también los dualismos globales (internos y externos) es la gran ingenuidad del pensamiento crítico y de los movimientos surgidos después del 68. Y aquí volvemos al inicio del texto. Aún hoy es imposible producir un cambio significativo, fundar un nuevo orden político-económico, sin «expropiar a los expropiadores». No se trata de repetir ritualmente la fórmula marxiana, sino de la conciencia de que no es creíble proponer, como se ha hecho en los últimos cincuenta años, instalar lo común, hacer proliferar las diferencias, producir formas de vida, practicar el éxodo, inventar líneas de fuga sin pasar por el «tomar». Ciertamente, se pueden crear libertades parciales, y han sido efectivamente conquistas fundamentales, pero que conviven con los poderes globales, siempre a merced de las relaciones de fuerza que transforman, como lo han estado haciendo desde hace décadas, la producción de nuevas subjetividades en un devenir fascista, en una subjetividad reaccionaria/conservadora. En el capitalismo siempre se llega a la guerra acompañada de su hermano demoníaco, el fascismo. El fascismo y la guerra apuntan a cancelar las libertades parciales y a destruir los espacios políticos previamente conquistados.

No se distribuye sin tomar (ilusión de los socialistas que luchan por una distribución más justa), como tampoco se debe confiar en el desarrollo de la producción (ilusión de los economicistas, entre los que se cuenta los marxismos occidentales), solución inadecuada porque el aumento de las fuerzas productivas se da aceptando las relaciones de poder establecidas por la sucesión de las acumulaciones originarias, que imponen, una y otra vez, quién manda (ellos) y quién obedece (nosotros).

La expropiación de la «apropiación financiera» que ha acumulado riquezas astronómicas, concentradas en poquísimas manos, conducida por depredadores cuyo modelo es la camarilla montada por Epstein (depredador a la vez financiero, sexual y profundamente racista, expresión paradigmática de los patrones del capitalismo de la renta) es la condición indispensable para cualquier cambio. Así nos encontramos con los individuos celebrados por el liberalismo, pero al frente de inmensas concentraciones monopolistas de riqueza y poder, favorecidas y construidas por instituciones como el mercado y la competencia, que funcionan exactamente al revés de lo que nos cuenta la ideología neoliberal y ordoliberal. La depredación financiera, si es dejada a su suerte, es tan masiva e invasiva que no puede sino desembocar en la destrucción económica, moral, social y ambiental, y en la autodestrucción del propio capitalismo.

La expropiación producida por las diversas revoluciones del siglo XX es el resultado de una estrategia, tercer problema, capaz de organizar y gestionar la fuerza, ya que se trata de un acto que no puede ser negociado, sino solo impuesto. Tener una estrategia significa, principalmente, dos cosas. En primer lugar, comenzar a distinguir entre ciclo de acumulación y ciclo estratégico. El primero comprende las relaciones de poder capitalista/obrero, hombre/mujer, blanco/racializado. El segundo, las luchas y la organización para la destrucción del poder global interno (guerra civil abierta o subterránea) y externo (imperialista). Entre ambos existe una relación de continuidad, pero también de ruptura, de discontinuidad. El paso del ciclo de acumulación al ciclo de la revolución constituye precisamente el objeto del saber estratégico, hoy completamente anulado porque la tradición revolucionaria del siglo XX, que marcó el inicio del fin del colonialismo y de Occidente, en lugar de ser objeto de un balance crítico (las revoluciones las han hecho los campesinos y no los obreros, ya que las fuerzas productivas eran las menos desarrolladas, etc.), ha sido, a pesar de constituir la única experiencia de grandes estrategias del bando proletario, simplemente rechazada.

En segundo lugar, estrategia significa también gestión de la relación entre acontecimiento y proceso, capacidad de concatenar la ruptura instantánea (revuelta, tumulto, insurrección) y el tiempo más largo de la acumulación de la fuerza y de la desestabilización y desestructuración del poder. Desde hace cincuenta años, hemos vuelto a caer en la época de las meras revueltas, en el tiempo de las derrotas sin futuro, de los proletarios sin revolución. Los únicos que han conservado y transmitido con celo su pensamiento estratégico y su odio de clase han sido nuestros enemigos y por ello vencen y seguirán venciendo (o autodestruyéndose). Sin la invención de un nuevo ciclo estratégico de la revolución, nuestro destino es la servidumbre.

El pensamiento crítico, pero también los movimientos feministas, decoloniales, ecológicos y lo que queda del movimiento obrero, actúan como si el nuevo orden deseado no tuviera como premisa el tomar y el dividir y, por lo tanto, la organización para imponerlos. El poder sexual, racial y económico del hombre blanco es inseparable del ciclo estratégico del capital y de su uso de la fuerza. Es más, la continuidad de estas formas de poder sobre los cuerpos encuentra su pleno ejercicio en las clases que gestionan el poder global.

La subjetivación no puede limitarse a ser ética (cuidado de sí, diferenciación de las subjetividades, prácticas de libertad, relación consigo mismo, etc.), porque debe moverse entre el ciclo de la acumulación y el ciclo estratégico, entre la continuidad y la discontinuidad de las dos modalidades de subjetivación: subjetivación contra el poder económico, sexual y racial, y subjetivación estratégica contra los poderes globales.

La realidad del enfrentamiento de clases imperialista nos impone esta verdad: el capitalismo no es aprehensible ni a través del «uno» de la trascendencia hobbesiana, ni a través de la «multiplicidad» spinozista de la inmanencia. Su primera realidad es el dos: la división, la polaridad, la oposición, la hostilidad. La condición para retomar un discurso y una práctica de ruptura es pensar y organizar las relaciones entre el dos y la multiplicidad en lugar de oponerlos, con el propósito, objetivamente «irrealista», por el momento, de construir una estrategia política que tenga en cuenta los tres verbos con los que hemos comenzado, tomar, dividir, producir, y el hecho de que estos constituyen la política del capitalismo financiero.

Una última consideración sobre la mortal potencia autodestructiva del capitalismo. La crítica psicológica o psicoanalítica a Trump, a Milei y a los masoquistas dirigentes europeos erra el blanco: son el capitalismo y el Estado, acoplados en la máquina Estado-Capital, los que son movidos por una racionalidad irracional. «Todo es racional en el capitalismo, excepto el capital», en el sentido de que lleva a la exasperación la racionalidad con respecto a su objetivo, pero con fines absolutamente irracionales. Los dispositivos del genocidio de los judíos siguieron al pie de la letra la racionalidad logística y productiva del capitalismo.

Con una regularidad escalofriante, la producción se revierte en destrucción y en autodestrucción. Cuando la crisis no se resuelve, la máquina Estado-Capital recurre a la carrera armamentista, a la guerra, al fascismo, a la destrucción de lo que ha producido en la fase de desarrollo. La humanidad y sus condiciones de vida son el objeto de este proceso catastrófico inaugurado ya hace un siglo por la «guerra total». La absurdidad del dinero que produce dinero (punto de demencia que es el equivalente en psiquiatría al estado terminal) encuentra su realización plena en las finanzas.

La racionalidad irracional del capitalismo implica formas de subjetivación que en los períodos de «acumulación originaria» se llaman Hitler, Mussolini, Trump, Milei y la clase dirigente de Epstein. En el capitalismo, la locura es, como la guerra, estructural.

El único límite real de esta voluntad de potencia destructiva y autodestructiva ha sido la revolución. Una vez derrotada, la lógica racional irracional se ha desplegado sin ningún obstáculo. La revolución imposible es una necesidad vital que incluso los ecologistas deberían poder comprender.

La primera parte del libro está constituida por artículos escritos entre 2024 y 2026 acerca del porqué de la guerra. Los últimos textos, más extensos, son inéditos y buscan responder el por qué de la imposibilidad de la revolución. Hay conceptos que se repiten, pero he mantenido las repeticiones, ya que, en cada caso, desarrollan un nuevo aspecto.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/08/por-que-la-guerra-y-no-la-revolucion/

sábado, 22 de junio de 2024

“SIN ODIO DE CLASE NO ES POSIBLE HACER POLÍTICA”

  


Foto: Gustavo Gavotti

 

Por Maurizio Lazzarato | 10 de Abril de 2024

Maurizio Lazzarato es tajante: "O perdés y sos destruido o intentás preservarte avanzando", dice el pensador italiano en esta conversación a partir del lanzamiento de su nuevo libro ¿Hacia una nueva guerra civil mundial?

Tinta Limón: Quisiéramos comenzar esta conversación, en el marco de la presentación de tu último libro, ¿Hacia una nueva guerra civil mundial?, por uno de sus principales capítulos, el que analiza el conflicto y la masacre que está ocurriendo ahora en Gaza. Por un lado, confirma la línea que venías desarrollando en tus libros anteriores: la centralidad de la guerra, no solo en el desarrollo del capitalismo, sino en este preciso momento en el que la “gubernamentalidad” neoliberal parece agotada, mientras el capital transiciona hacia otro modo de acumulación. Por otro, decís que esta guerra puede ser, a nivel mundial, un punto de inflexión, no tanto en términos de la realpolitik de los Estados como en términos subjetivos. Te queríamos pedir si podías ampliar este análisis.

Maurizio Lazzarato: Efectivamente, creo que esta guerra, de tipo colonial, que llevan adelante Israel y sus aliados marca un punto de inflexión. El hecho de ver en directo la masacre que está sucediendo en Gaza impacta sobre la subjetividad del pueblo y del proletariado y habilita condiciones para construir un nuevo internacionalismo. Sin embargo, es una situación muy difícil porque no se percibe una subjetividad organizada que impulse masivamente este internacionalismo. Pero, a la vez, es tan pesado, tan significativo, tan cruel lo que está sucediendo que tanto los pueblos del Sur como los del Norte se verán, tarde o temprano, afectados, lo que habilitará nuevas condiciones y volverá cada vez más necesario el internacionalismo.

El norte ha demostrado cómo puede utilizar esta violencia, cómo la guerra y la guerra civil son su manera de operar. Todo el mundo lo ha visto y lo sabe, es un nivel de violencia inaudito. Y si hacen esto ante los ojos de todos imaginemos lo que hacían en los siglos anteriores cuando lo que allí sucedía no le importaba a nadie. Y esto es algo que a veces se olvida, pero históricamente ese poder colonial no se detiene frente a nada. Y sobre todo, en momentos de transición, opera con niveles de violencia muy altos. Piénsese en Francia, en la Comuna de París, hubo 30 mil muertos, mayormente fusilados en las calles de la ciudad. No se puede pensar que esta violencia es cosa del pasado, por el contrario, es muy actual. Se vivió con la ilusión de que ya no había guerra, guerras civiles, pero en cambio, están acá.

Desde el punto de vista teórico se dio un retroceso conceptual de las indagaciones en torno a la cuestión de la fuerza y la violencia. Pensemos el caso Argentina, donde se desata toda esta violencia enorme y nos encuentra, en términos conceptuales, completamente desarmados para enfrentarla. ¡No se sabe qué hacer! En Europa pasa lo mismo: llega la guerra y nadie sabe bien qué está pasando y cómo afrontar la situación. Pareciera que siempre llegamos tarde, después de que los acontecimientos han sucedido. Y esto se debe a las posiciones teóricas que hemos asumido en los últimos 50 años. Respecto del caso Palestina, la cuestión es directamente cómo evitar la masacre; lo que a su vez puede formar parte de una estrategia. Lenin, por ejemplo, hizo lo siguiente: tomó como modelo la masacre de la Comuna de París y se preguntó qué forma de organización podía impedir que se repitiera una situación de este tipo. Creo que es un problema que nosotros debemos volver a plantearnos, porque a medida que el nivel de enfrentamiento político se agudiza, la fuerza y la violencia comienzan a ser utilizadas cada vez con más vehemencia.

Entonces, la cuestión esencial es cómo organizar esa fuerza ―o el uso de esa fuerza― en una organización que obviamente no sea de tipo leninista, pero que sí sea capaz de hacerse cargo de la serie de problemas que acarrea una agudización del enfrentamiento, entre otros, que no te masacren. Problemas que durante muchos años no fueron discutidos porque se consideraba que ya no eran actuales. Por el contrario, la presencia de la violencia bélica es hoy una constante, que escalará y se extenderá en nuevos enfrentamientos: primero Rusia-Ucrania, luego Gaza, y no se detendrá. Era inevitable que terminara de esta forma.

No llegamos preparados para esta escalada del conflicto porque tenemos un problema del orden de la teoría política, de la teoría de la subjetividad, de cómo pensamos el capitalismo.

La situación política cambió radicalmente desde 2008, pero se sigue pensando como si estuviéramos en la secuencia neoliberal anterior, por eso de repente llega la guerra, llegan Milei y Bolsonaro, llegan Rusia y Gaza, y no se entiende nada. No llegamos preparados para esta escalada del conflicto, entre otras cosas, porque tenemos un problema del orden de la teoría política o, mejor, del orden de la teoría de la subjetividad, es decir, de cómo pensamos el capitalismo.

TL: En el libro proponés reiteradas veces la figura del “dos”, que repone el enfrentamiento, la guerra, el antagonismo de clase (con una noción de clase amplia), a la vez que tensiona la idea de multiplicidad. Pero al menos en Argentina, y aceptado ese escenario de enfrentamiento, “nuestro” lado en esa bipartición no aparece para nada claro, y hay mucha debilidad para poder construir esa fuerza. Mucho más eficaz se reveló la ultraderecha: Javier Milei logra instalar una idea de “casta” que incluye, por ejemplo, a los trabajadores estatales, o a los maestros de escuela, o a quienes hacen “cultura”; una idea persuasiva tanto para empresarios/emprendedores como para una suerte de lumpen proletariado hiper precarizado desde cuya perspectiva cualquier trabajador asalariado es más un privilegiado que un potencial aliado. De este modo, incluso si asumimos la situación de guerra en la que estamos inmersos, aún no logra constituirse una fuerza política capaz de redefinir los bandos y operar sobre ese antagonismos, sobre ese “dos”.

ML: La cuestión del “dos” y, sobre todo, la relación entre el “dos” y la multiplicidad es sumamente importante. En los últimos años, hemos reflexionado, en línea con el spinozismo político, como si el problema central fuese el de la multiplicidad. La verdad es que el problema es el de la relación entre esa multiplicidad y el “dos”, es decir, cómo pensarlos juntos. Las relaciones de poder alcanzan siempre momentos de dualismo. Gaza es precisamente eso. También la guerra Rusia-Ucrania expresa ese momento de dualismo. Lo mismo que la guerra civil que parece estar latente en Argentina: por más que la distancia me impida ver los detalles, me doy cuenta de que Milei arma escenarios de enfrentamiento con mucha violencia.

El problema, entonces, es cómo organizar la multiplicidad para alcanzar este “dos”; que es lo mismo que, a su modo, hace Milei: organiza la multiplicidad para dar este combate. También en los tiempos de la clase obrera industrial fue así. En ese momento el proletariado era la multiplicidad y la clase obrera era el sujeto que permitía llegar al dualismo. Entonces, si no logramos reconquistar esta capacidad de pensar el “dos” desde dentro de la multiplicidad seremos siempre impotentes. En el sentido de que carecemos de la capacidad para organizar la fuerza. O dicho de otro modo, el principal límite de los movimientos de los últimos años es su incapacidad para organizar y acumular fuerzas. Todo el discurso basado en la producción de subjetividad está muy bien, siempre y cuando se asuma que la producción de subjetividad tiene lugar al interior de relaciones de poder. Es como dice el epígrafe de Mario Tronti que está al comienzo del libro, se le tiene miedo al “dos”. Yo siento precisamente eso: que le tenemos miedo al “dos”.

Por otro lado, ese “dos” debe desarrollar dos capacidades en simultáneo: la capacidad de mantener unida, cohesionada la multiplicidad y la capacidad de asumir el enfrentamiento. Porque, tarde o temprano, como en Chile, cierto nivel de enfrentamiento o de conflicto siempre llega. Ustedes saben muy bien que en Chile hubo una movilización muy masiva de la multiplicidad, una gran insurrección popular que se enfrentó al poder y éste lo venció de manera concluyente. ¿Por qué sucedió esto? Entre otras cosas, porque el poder razona y actúa bajo la lógica de la guerra civil. En cambio, el movimiento nunca logró resolver el problema de cómo afrontar la situación de dualismo de poderes, de cómo cohesionar una fuerza. Dicho en otros términos: cuando se habla de fase constituyente, hay dos fuerzas que se oponen, el poder que resiste y la multiplicidad. Pero la multiplicidad dispersa jamás logra poner en crisis al poder. Para eso, hacen falta viejas teorías ya olvidadas, entre otras, aquellas que se preguntaban sobre los momentos específicamente políticos que tiene todo conflicto, sobre cómo encarar el enfrentamiento y, en el fondo, sobre cómo hacer la revolución. Estas me parecen hoy preguntas centrales.

La multiplicidad dispersa jamás logra poner en crisis al poder. Para eso, hacen falta viejas teorías ya olvidadas sobre cómo encarar el enfrentamiento, sobre cómo hacer la revolución.

Otra vez Argentina podría graficar esta situación: hay una multiplicidad de situaciones de conflicto, vinculadas al movimiento feminista, a los precarizados, a los trabajadores, a los artistas, a los ambientalistas, etcétera, pero a menos que esta multiplicidad encuentre la forma de constituirse en una fuerza con capacidad de enfrentarse en ese escenario dispuesto por el “dos”, llegará siempre tarde y estará a la defensiva.

Sea entonces en la guerra de Ucrania o de Gaza, en Francia, en Chile o en Argentina, el poder razona a partir de la relación entre este “dos” y la multiplicidad. Si nosotros no logramos hacer lo propio, es decir, razonar articulando el “dos” con la multiplicidad, estaremos de entrada derrotados. Las teorías de la multitud son un buen ejemplo, en ese sentido: no terminaron produciendo nuevas formas de organización y de resistencia ni pudieron desarrollar una capacidad de vencer. Por el contrario, desde hace 50 años vamos perdiendo continuamente derechos, salario, beneficios, ingresos. Y lamentablemente con Milei esta tendencia se va a acentuar, incluso hasta cruzar un umbral, sin que se logre en términos teóricos y políticos enfrentar esta situación. De ahí que recuperar el “dos”, el enfrentamiento, es fundamental.

TL: El problema que se fue configurando con las ultraderechas, y en particular en Argentina con Milei, es que son éstas las que parecen forzar el “dos”, y organizan así su fuerza en el campo de batalla. Milei nos interpela como antagonistas a los que hay que derrotar en la “batalla cultural”, por más que de “este lado” no es claro quiénes somos ni con qué fuerzas contamos. Por ejemplo, el proletariado más precario queda “del otro lado”, como base social de Milei. A su vez, surgen corrientes feministas liberales, a tono con la época.

ML: Sí, entiendo. Pero independientemente del caso argentino, hemos perdido algo crucial que es la radicalidad del “dos”, del enfrentamiento con el poder. Como si hubiéramos creído que, en realidad, había posibilidad de organizar espacios independientes, autónomos de ese poder. A esta altura, es evidente que esto no funciona y, sobre todo, si se pierde esa radicalidad del “dos” se pierde parte del proletariado. Por esa razón, Milei tiene la capacidad, en su radicalidad política, de expresar parte de ese proletariado. Es decir, la gente acepta que hay que destruir el sistema, es ideológico, pero funciona. Y de este lado del “dos”, esa radicalidad se perdió, ya no decimos que el capitalismo debe ser destruido, cuando es evidente que deberíamos decirlo y hacerlo. La situación es muy difícil, no es sencillo retomar este problema del vínculo entre el “dos” y la multiplicidad desde un punto de vista radical, pero no nos queda otra opción que hacerlo. Hacerlo y pensarlo desde el interior de los movimientos, porque estas multiplicidades auto-organizadas tienen sus propias realidades en el movimiento feminista, en el de los trabajadores precarios, en el de los ecologistas, etcétera. Ahí es donde hay que abrir la discusión sobre el “dos”. ¿Cómo se hace para operar una suerte de centralización sin romper la autonomía de los movimientos? El poder es autoritario, es violento, le da para adelante sin mirar atrás, no lo para nadie, como a Milei. Sobre todo, cuando está entrando en una nueva fase de acumulación, de expropiación. El único lenguaje que entiende el poder es el de la fuerza: si no encuentra un adversario capaz de contraponérsele, no se detiene en su afán expropiador. Entonces, deberíamos abrir un debate sobre las formas de organización adecuadas para una coyuntura tan pesada como ésta; una coyuntura marcada por la guerra, por la guerra civil abierta o no tanto aún, como en Argentina, pero en la que el poder ataca sin consideración alguna. No digo que haya que hacer la guerra, sino que debemos pensar cómo comportarnos y cómo organizarnos ante este escenario de guerra civil de hecho. De ahí que insisto con pensar el “dos”, porque el dos es la lucha de clases.

No digo que haya que hacer la guerra, sino que debemos pensar cómo comportarnos y cómo organizarnos ante este escenario de guerra civil de hecho.

TL: Nos resulta atinada la crítica a la debilidad de una estrategia política basada en la multiplicidad y que olvida el antagonismo, pensarse en relación al “dos”. Pero, a la vez, durante estos últimos años, al menos en América Latina, el escenario se fue tensando de un modo polar que reponía, a su modo, el “dos”. Esta polarización, paradójicamente, tenía una función ordenadora, pacificante, por más que generara mucha crispación social, y acababa incluso neutralizando todo lo que la multiplicidad puede tener de fuerza transformadora. ¿No te parece que es también en discusión con este otro “dos” de la polarización que hay pensar el “dos” de la lucha de clases?

ML: Entiendo el punto pero me parece necesario señalar que esa polarización contra la derecha estaba agitada desde lo que en Europa llamamos “izquierda institucional”. No era una polarización revolucionaria; se daba una polarización y un consenso neoliberal al mismo tiempo. Concretamente, sin duda en torno de la figura de Lula en Brasil se determinó una polarización, pero al mismo tiempo sus políticas buscaban un consenso general del que incluso participaban los grandes empresarios. Quiero decir: se aceptaba sin discusión la lógica del capitalismo, fundamentalmente la propiedad privada: ese era el consenso. Un consenso mitad reformista y mitad neoliberal. Encuentro ahí una limitación fuerte, más en una coyuntura como la actual. No hay una hipótesis que apunte a romper de forma radical con el sistema. Y sí es algo que termina haciendo Milei, desde la derecha. Tal vez debamos volver a pensar la relación entre reforma y revolución. Pero en el neoliberalismo es muy difícil encontrar una zona intermedia. No se pueden hacer las dos cosas a la vez: se llega a cierto punto en el que la situación se vuelve insostenible.

En América del Sur, desde el fin de las dictaduras se viene dando esta situación de alternancia, de vaivén entre gobiernos de derecha y de izquierda institucional. Pero hoy, con la radicalización de la derecha pareciera que esta situación de alternancia se agota. Y, a la vez, es una situación que está sobredeterminada por Estados Unidos. ¿Por qué? Porque Estados Unidos necesita que tanto Europa como América Latina funcionen como colonias, que se le subordinen política y económicamente. Con Europa ya lo consiguieron: en este momento Europa se está empobreciendo en la misma proporción que Estados Unidos se enriquece. Y lo mismo está pasando en América Latina.

Todo esto se debe a un cambio de fase, de ciclo. El capitalismo funciona a partir de ciclos, y un nuevo ciclo comenzó en los años 1970 con las guerras civiles en América Latina y con la derrota del movimiento obrero en el Norte. Este nuevo ciclo estuvo precedido por uno anterior de crecimiento económico (“los Treinta gloriosos” se llama en Europa a este periodo de crecimiento y de desarrollo del Welfare); un ciclo que inevitablemente acabó en una crisis financiera a principio de los años 70. Pero este ciclo también fue corto y terminó también con una crisis financiera, la de 2008, que abre un nuevo ciclo marcado por esta situación de guerra y guerra civil mundial que estamos viviendo. Este es el escenario para los próximos años porque esta situación de guerra no se va a resolver rápidamente ni siquiera si se termina la guerra en Ucrania o en Gaza. Más bien se va a extender. Sobre todo porque el capitalismo tiene la necesidad de extenderse, de agudizar un nuevo ciclo de expoliación, de predación, como está haciendo Milei sobre los trabajadores en Argentina. O como lo hace Estados Unidos con Europa. Es una predación financiera, una predación sobre los bienes y recursos comunes, públicos, una privatización. El capitalismo está en un momento de crisis porque no puede aumentar su productividad, por lo que prácticamente no le queda otra que robar. Es una fase sin mediación la que se ha abierto, y desde la crisis de 2008 esto se ha vuelto cada vez más evidente.

Es en este marco en el que se agota la mediación que el problema del “dos” se vuelve fundamental: ¿Qué hacer cuando ya no hay mediación? No parece haber muchas alternativas: o perdés y sos destruido o intentás preservarte avanzando, no hay camino del medio. El capitalismo no está dispuesto a mediar, sobre todo porque el proletariado al que se enfrenta es demasiado débil y puede hacer con él lo que quiera. Si se piensa en términos históricos, para encontrar un proletariado tan débil como el actual hay que remitirse a los momentos previos a 1848, previos a la Comuna de París, durante la revolución industrial.

¿Qué hacer cuando ya no hay mediación? No parece haber muchas alternativas: o perdés y sos destruido o intentás preservarte avanzando, no hay camino del medio.

Nosotros, en cambio, teorizamos sobre un proletariado que era una fuerza imparable, y esto ya no es así. La fuerza deriva de la organización política, si no hay organización política se es débil. El problema es cómo pensar una organización política dentro de la multiplicidad. O, como decíamos, cómo pensar el “dos” dentro de la multiplicidad.

TL: Detengámonos por un momento en este punto, en la forma de organización y su relación con el “dos”. Centralmente, porque si asumimos que los movimientos son una forma de organización, habría tres niveles en lugar de dos: la multiplicidad, los movimientos y el “dos”, es decir, la organización del antagonismo por llamarlo de algún modo. En ese sentido, durante el siglo XX esa articulación se estableció entre movimiento y partido o, en otra ocasión, entre movimiento y organización guerrillera, que de algún modo permitía canalizar la cuestión de la violencia, tanto defensiva como ofensiva. De ahí la primera pregunta: ¿Cómo ves que entra hoy, en ese “dos”, la cuestión de la violencia? ¿Es solamente organizarse contra la violencia o hay que pensarla en términos ofensivos? Y casi en la misma línea, decís que para asumir el antagonismo, el “dos”, hay que pensar con Lenin una organización no leninista, ¿qué se te ocurre en ese sentido?

ML: Digamos en principio que durante la primera parte del siglo XX, el proletariado a través del partido político y otras formas de organización fue una fuerza tanto defensiva como ofensiva, una fuerza de ataque. Los partidos del proletariado, tanto en la Revolución soviética como en la Revolución china querían la guerra civil, buscaban el conflicto con el enemigo, no lo evitaban. Querían tomar el poder, querían derrotar al enemigo. Pero todo se pone más difícil en el momento en que nosotros decimos que el problema ya no es la toma del poder, que no hay nada que pensar ahí. ¿Y cómo hacemos para derrotar al capitalismo? No tenemos idea.

En la primera mitad del siglo XX había organizaciones que habían construido una relación específica entre multiplicidad, partido y “dos”. Es decir, que habían pensado para su situación particular ciertos objetivos vinculados a cómo tomar el poder, cómo destruir al enemigo, cómo derrotar a la burguesía, etcétera. Pero no son estos los temas que hoy están en debate, no forman parte de ninguna discusión, y mientras estas cuestiones aparecen alejadas de nuestra voluntad política, el adversario tiene bien claro su juego: quiere destruirnos, necesita derrotarnos. Otra vez, el caso de Milei parece bien claro. Ellos tienen esa voluntad, no nosotros.

Durante los últimos 40 años hemos desarrollado un discurso muy interesante sobre las pasiones alegres, pero el odio de clase quedó completamente olvidado. Y sin odio de clase no es posible hacer política. Creo que a Milei, o a cualquier otro que lleve a cabo políticas como las de Milei, hay que odiarlo, no hay nada que hacer, al capitalismo hay que odiarlo para poder derrotarlo.

Todas estas pasiones no alegres hoy son centrales. Los precarios que votaron a Milei, por ejemplo, estaban tomados por pasiones no alegres. Reivindico esas pasiones con las que votaron: el odio, el  resentimiento, el miedo, son todas pasiones negativas. No podemos decir que estas pasiones le sean ajenas al proletariado, el proletariado vive de estas pasiones. Sobre todo porque es un proletariado que se fue volviendo cada vez más pobre y se fue sintiendo cada vez más frustrado. Por eso tiene ese resentimiento feroz contra el enemigo. Entonces, hay que partir de estas pasiones negativas para tratar de transformarlas en positivas. Pero hay que situarse desde dentro de esa situación, no se puede decir, “no, nosotros solo apostamos a las pasiones alegres”. Pero, ¿cómo?, si estamos con la mierda hasta el cuello.

Las pasiones alegres como el amor y la alegría las tenemos para organizarnos entre nosotros, pero con el enemigo, odio de clase. Nosotros perdimos esta cuestión básica de la política. Por eso se entiende que los jóvenes enojados terminaron siguiendo al primero que les organizó su odio. A su vez, dentro de ciertos niveles de organización el odio se convierte en otra cosa, en algo positivo no solo en violencia, que es una pasión negativa. Pero debemos partir de lo que hay, del hecho de que, dentro del capitalismo y dentro de esta situación tan crítica como la que se nos va presentando, las pasiones dominantes son absolutamente negativas. ¡Este capitalismo nos está aplastando! Y nosotros hemos perdido esta radicalidad que nos permitía partir ―digo partir, no quedarse― de las pasiones negativas. En el fondo, es el mismo problema del “dos”: el “dos” es, por un lado, odio de clases contra el enemigo y, por otro, gestión de la solidaridad entre los que se organizan. El odio es respecto del enemigo y la solidaridad es entre nosotros: hay que recuperar esta relación entre odio y solidaridad. Es lo que sucedía en la primera mitad del siglo XX: como los revolucionarios tenían por objetivo destruir el capitalismo organizaban una serie de ataques, que no significan de ningún modo atentar físicamente contra los adversarios, sino destruirlos políticamente.

El odio es respecto del enemigo y la solidaridad es entre nosotros: hay que recuperar esta relación entre odio y solidaridad.

Entonces, en esta dimensión, si no queremos tomar el poder, si no queremos organizarnos bajo este dualismo, ¿qué hacemos? O sea, cuando nos encontramos en una situación como la de ustedes en Argentina o como la de Europa, una economía de guerra, ¿qué se hace? Es evidente que las condiciones de este dualismo nos las hemos puesto nosotros, nos la han impuesto otros. Mientras en la primera mitad del siglo XX el dualismo fue impuesto por los movimientos revolucionarios, hoy el dualismo, el enfrentamiento, lo proponen las fuerzas del capital: la guerra en Ucrania, la guerra a Gaza, la guerra civil no abierta ¡es el poder el que las impone! Siempre es el poder el que ataca y nosotros los que nos defendemos. Pero la verdad es que ahora no llegamos ni a defendernos. ¿Por qué no atacamos más? ¿Por qué no hay voluntad de atacar? La cuestión de la ausencia del odio de clase es un ejemplo de cómo hemos perdido la sensibilidad política, de cómo dejamos de poner sobre la mesa la violencia que hay dentro de las relaciones capitalistas. Es esta violencia la que determina el resentimiento, el miedo, la angustia que expresan estos proletarios que votan a Milei. Por lo tanto, estoy a favor del odio de clases.

TL: En ese sentido, se puede pensar que cierto uso de la multiplicidad como estrategia de supervivencia sirvió para transitar la derrota (que en Argentina vino con la última dictadura y que se extendió con la democracia neoliberal), pero que ya no resulta una opción útil, conveniente. Como el poder económico se presenta imbatible, la multiplicidad y la identidad sirven como refugio en el que creer que tengo una vida que vale algo, que la puedo cuidar y defender con mis pequeños valores, en mis pequeños espacios de pertenencia, sin ninguna intención de confrontación…

ML: Sí, de acuerdo. A su vez, la estrategia de la multiplicidad tuvo su lado positivo, porque efectivamente permitió pensar la construcción de formas de vida, de identidad, etc. Pero luego de 2008 hubo un cambio de ciclo en términos políticos y aquello que parecía positivo hoy se revela negativo, se revela como una ilusión. O mejor dicho, como un error político, además de teórico. No se puede pensar la multiplicidad sin el “dos”. Y menos hoy, donde la violencia de los gobiernos de derecha radical, en estas condiciones de crisis y guerra, impide mantener esos pequeños espacios de autonomía y de identidad, que ya sin mediaciones (el salario, los ingresos, los derechos sociales) se vuelven cada vez más restringidos hasta desaparecer.

A su vez, los movimientos existen y aún tienen capacidad de resistir. Pero si no se puede ir más allá de cada situación y de las reivindicaciones identitarias y sectoriales, el movimiento va a perder cada vez más esta capacidad. Porque las tareas a realizar en esta fase política son completamente diferentes a las de antes del 2008. Fuimos muy ingenuos en creer que esa situación de crisis podía extenderse al infinito cuando era evidente que no. En síntesis, vista la fortaleza del enemigo, la mera defensa se vuelve imposible. Bifo, por ejemplo, propone desertar, pero desertar a dónde. Hace 40 años que venimos insistiendo con la estrategia de la deserción y hoy no me parece que tenga posibilidad alguna. Cuando se pensó el concepto de multitud, se lo hizo junto al concepto de éxodo, es decir, la multitud tenía que organizar el éxodo. Pero nunca vimos ese éxodo, no existe la posibilidad de ese éxodo.

TL: Respecto de esta dificultad que relevás en la capacidad de defendernos, incluso cuando nos vemos sometidos a permanentes situaciones de ataque, en muchas experiencias históricas (ya sea la Comuna de París, los procesos revolucionarios en Rusia, China o Latinoamérica, la resistencia palestina, etc.) parecía haber cierta autonomía para organizar un antagonismo. Es decir, muchas de estas experiencias tenían ciertos márgenes económicos de producción, de alimentos, de estructura, que les daba soporte a la posibilidad de organizar una ofensiva. Hoy, por formas que fue adoptando el trabajo y el salario, no parece haber nada de eso. En suma, cómo pensar la relación entre economía y antagonismo, entre economía y “dos”.

ML: Sí, igual China, cuando hizo la revolución, era un país muy pobre, de los más pobres del mundo. Las revoluciones del siglo XX fueron hechas en los países en los que la integración de la clase era más débil; no estaban integrados al capitalismo industrial como en el norte, donde había salario, Estado de bienestar, derechos, forma de la gubernamentalidad. Las revoluciones estallaron donde había menos integración.

El obrerismo decía que la revolución se iba a desplegar donde había mayor grado de desarrollo capitalista. Y en cambio lo que pasó es que las revoluciones tuvieron lugar donde había menos desarrollo capitalista. Ahora, es verdad que en los países del sur hubo intentos de integración, pero ahora ese proceso de integración está completamente desarticulado. Lo que está sucediendo en Argentina es el completo fracaso de ese proceso de integración. Y estamos volviendo a una situación propia de la mitad del siglo XX: una gran masa de pobres y una élite. La pobreza y la miseria vuelven a ser elementos absolutamente fundamentales. Porque efectivamente, en el siglo XX, las revoluciones fueron hechas en países donde había miseria. Pero, claro, lo central es la capacidad de organización que se desarrolló en esos países. O dicho de otro modo, la ruptura subjetiva que las organizaciones políticas, tanto leninistas como maoístas, pusieron en juego. En suma, no había un gran desarrollo de la fuerza productiva, pero sí había un desarrollo importante de las subjetividades revolucionarias.

Estamos volviendo a una situación propia de la mitad del siglo XX: una gran masa de pobres y una élite.

Llegado este punto, entonces, se nos vuelve a plantear el problema de la ruptura, de las subjetividad revolucionaria, ¿es posible plantear hoy este problema o no? No imagino que la Argentina sea un caso aislado: la miseria que quieren imponer a la población será algo generalizado a nivel mundial. Sobre todo porque el capitalismo hoy no tiene un nuevo modelo de desarrollo económico que proponer, no hay una salida por ese lado. Lo único que puede proponer es un modelo de guerra, de guerra civil. El modelo de Milei “funciona” en tanto intenta apropiarse de lo que ya existe, es decir, como un modelo de apropiación no como un modelo productivo. Y esto va a suceder en todos lados, estas son las condiciones económicas de la economía de guerra. Por ejemplo, Estados Unidos está haciendo esto mismo con Europa. Como Europa es más rica que Argentina pareciera que las cosas se desarrollan de modo diferente, pero la lógica es la misma. Tenemos que reflexionar desde el interior de esta lógica: habrá un empobrecimiento generalizado, seremos cada vez más pobres, y desde allí tenemos que armar una política que asuma esta ruptura de la integración social, que pueda quebrar esta lógica.

Lo que sucedió en Francia hace unos meses atrás es muy claro: se desarrollaron luchas durísimas que no consiguieron ganar nada, que perdieron. A fin de cuentas, la reforma de las jubilaciones pasó, los franceses se van a jubilar más tarde. El poder no acepta mediaciones, dice: “No me interesa, no hay nada que discutir”. En los años ‘60, por ejemplo, hubiera habido seguramente otro tipo de mediaciones. Pero, entonces, esta es la situación que debemos enfrentar: una situación en la que aumenta brutalmente la pobreza y en la que el poder no acepta mediaciones ni propone formas de integración. Es decir, debemos enfrentar una lógica de guerra. Pero, ¿cómo debemos movernos dentro de esta situación? Me parece que esta es la pregunta fundamental del momento.

En ese sentido, y para cerrar yendo al núcleo de la pregunta, me parece que la situación ha cambiado y que la desintegración va a avanzar de forma acelerada. Entonces no podemos partir de una idea de integración (sea vía el salario, el Estado de Bienestar o lo que sea), sino más que como pobres. Y ahí veo una posibilidad de ruptura porque, efectivamente, en estas condiciones, el discurso del odio de clase, del resentimiento, va a explotar. Pero el problema es que estas pasiones están siendo capitalizadas por la extrema derecha. El desafío en esta situación es reconocer las pasiones negativas de las que hablábamos antes, sin volvernos de extrema derecha. Porque cuando empieza a extenderse el hambre la cosa se pone fea, te empezás a poner malo y la guerra civil se incrementa.

La desintegración va a avanzar de forma acelerada. El desafío en esta situación es reconocer las pasiones negativas sin volvernos de extrema derecha.

TL: Una pregunta que tiene dos entradas, una que apunta a la cuestión de la ética (vinculada sobre todo a tu crítica a las teoría política de las últimas décadas) y también a la cuestión de la propaganda, que para decirlo de forma ligera, es el plano en el que se mueve Tinta Limón. Concretamente, ¿en qué lugar situás la ética en la crítica a las formas políticas y organizativas de los años ‘70? O dicho de otro modo, ¿la ética no debería estar adentro en el planteo del “dos”? Y, por otro lado, la cuestión de la propaganda. Es muy evidente en el caso de esta guerra en Gaza, todas las operaciones “periodísticas” y fake news ―sobre todo impulsadas por Estados Unidos y por el New York Times― tendientes a romper cualquier tipo de identificación positiva con el pueblo palestino y con sus organizaciones armadas. Tinta Limón, y gran parte de las redes en la que interactúa, funciona en el plano de las imágenes, de los discursos y de la propaganda. ¿No encontrás ahí una dimensión ética fundamental que permite no actuar en simetría con el enemigo?

ML: Entiendo. Pero partamos de que la simetría más fuerte es la de la guerra civil. En la guerra civil no hay fuerzas pasivas y activas, sino solo fuerzas activas. Por ejemplo, en la guerra civil rusa o en la guerra civil china, los revolucionarios no eran fuerzas pasivas, sino activas: querían transformar la guerra en guerra civil revolucionaria. La forma política en su caso era la guerra de guerrillas, que es una forma de organización que implica una centralización democrática, verticalizada y militarizada. No creo que esta forma pueda reproducirse hoy, dado que estamos yendo a gran velocidad hacia la guerra civil, creo que debemos pensar en formas organizativas y políticas que tengan en cuenta estas condiciones sin repetir viejas fórmulas. Seguramente va a ser necesaria cierta centralización, va a ser necesaria cierta verticalización. Pero hay que ver qué tipo de centralización es la adecuada, qué formas de verticalización que no asfixien a la multitud. No va a ser una forma militarizada, al menos no por el momento. Aunque en ciertas situaciones sí, por ejemplo previo a la actual avanzada sobre Gaza la resistencia palestina tuvo que militarizarse. También los kurdos. No se trata de tener un punto de vista preestablecido, depende de la situación. Lo que es inevitable es plantearse el problema y abrir la discusión: cómo nos organizamos, con qué grado de centralización, qué uso de la fuerza hacemos, etc.

Respecto de la ética, es muy interesante porque desde la década de los 60 en adelante se fue dando un desplazamiento en los discursos de la política hacia la ética. Si tomás, por ejemplo, al Guattari de los años 60, hablaba de la ruptura leninista y dos décadas después terminó hablando del paradigma estético. ¿Cómo producir subjetividad de forma ética y estética? Foucault hizo el mismo proceso: en la mitad de los años 70 tomó la guerra civil como modelo de las relaciones sociales, luego pasó a la gubernamentalidad y, finalmente, a la pregunta por cómo se produce una subjetividad ético-estética. Y si tomás a Negri pasa lo mismo, termina pasando a partir de Spinoza en un paradigma ético-estético. Después del 68, luego de la derrota de los ‘70, la ética reemplaza a la política y se vuelve producción de subjetividad. Si no logramos articular con fuerza una relación entre proyecto revolucionario y producción de subjetividad, solo nos queda la ética. Y esta reducción a la ética, a la producción de subjetividad, a la transformación antropológica del individuo, a la producción de nuevas formas de vida, etc., es insuficiente para estar a la altura del enfrentamiento político actual. Este discurso del cambio subjetivo tiene que ir necesariamente unido al discurso del “dos”. Si no se hace esta operación de mantenerlos juntos, cada quien, cada movimiento acaba defendiendo la propia identidad, y esto es inconducente e imposible. Por lo tanto, este discurso sobre la ética alcanzará otro nivel de consistencia política si logramos que esta producción de subjetividad se ligue a un proyecto de ruptura con el capitalismo.

En ese punto, es claro que el trabajo de Tinta Limón es un trabajo que va echando luz respecto de la situación en la que nos encontramos, que es un situación muy delicada, tal como describimos antes: una situación de guerra, de empobrecimiento generalizado, de desintegración, de rechazo de las mediaciones políticas. Llegado este punto, me parece que hacer libros es una función importantísima para seguir la evolución general de la situación. Necesitamos crear y recuperar los conceptos que nos permitan pensar lo que está sucediendo en Ucrania, en Europa, en Gaza, en Latinoamérica, etc. y debemos hacerlo poniendo en el centro el discurso político.

En ese sentido, ellos tienen grandes medios de comunicación, pero no creo que las opiniones públicas estén alineadas con estas posiciones. Ni la europea ni la opinión pública del sur todavía menos. Quizá Argentina es un caso particular en cuanto a la sensibilidad con el pueblo judío, pero, en general, no prospera muy fácilmente. Sin embargo, 24 horas sobre 24 horas y media hablan de un punto de vista estadounidense. Pero insisto en que, para que la propaganda sea eficaz, debe partir de un punto de vista político, más que ético, este es el problema, en mi opinión. Si tenemos la capacidad de identificar momentos de ruptura en un proyecto, seguramente va a ser más eficaz que un discurso simplemente ético. Porque es necesario que este proyecto instale una heterogeneidad radical respecto del enemigo. Es decir, no porque sea el enemigo estamos al mismo nivel, hay una heterogeneidad evidente que se puede llamar ética, pero en realidad es política. Es sobre estos puntos de heterogeneidad que debemos avanzar y organizarnos.

Fuente: https://tintalimon.com.ar/post/sin-odio-de-clase-no-es-posible-hacer-politica/