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jueves, 2 de febrero de 2023

PROTESTA LEJÍTIMA

 

Escribe: Milciades Ruiz

Hemos emitido juicios sobre el movimiento social de protesta que aqueja al país en estos días, interpretándola desde nuestra perspectiva política, toda vez que las características del suceso son atípicas. No tiene orientación ideológica común, ni plataforma política. Pero entonces, ¿Qué, es lo que mueve a actuar de la misma manera en diversas regiones a la vez? Al respecto, va la siguiente nota.

La explosión social, es un producto del sistema, como hay otros, generados por las condiciones del modelo republicano vigente. Es la respuesta a la presión de la maquinaria del neoliberalismo. Su estallido puede haber sido circunstancial, pero su fermentación viene desde muy atrás. Por ello, juzgar los hechos por sus resultados y no por las causas, quizá no sea lo más apropiado.

Tenemos hábitos de raciocinio muy esquemáticos. En la izquierda se piensa que todo es culpa de la extrema derecha, y en el campo opuesto se piensa que todo es culpa de la extrema izquierda. De este esquema no salen, porque no tienen otra manera de pensar. Lo mismo sucede con quienes solo piensan en términos de burguesía y proletariado, que, en este caso, no encaja.

Pero el materialismo dialéctico, que es el eje de todas las ciencias, nos provee de muchos instrumentos de análisis. Sabemos que todo en la vida y en el universo, se desarrolla por antagonismo bipolar, como la electricidad, el bien y el mal, la vida y la muerte, etc. La sabiduría popular advierte: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”

Nuestra historia es una larga sucesión de antagonismos bipolares, pues cada situación genera su contrario que finalmente lo supera, como lo viejo y lo nuevo. La conquista española generó el sentimiento antiespañol entre los dominados. El bloqueo contra Cuba genera un rechazo anti norteamericano y la expoliación a países pobres causa migración hacia los países depredadores.

Porque no hay acción sin reacción, la bipolaridad está en nuestro organismo. También en la mentalidad que procesa nuestro cerebro. Los impactos que recibimos, nos hacen reaccionar de distinta manera según nuestra predisposición. Si no conseguimos nuestras aspiraciones legítimas, nos invade un sentimiento de frustración que puede tornarse hostil.

Por ello, pienso que en esta protesta masiva hay un componente neurológico que deberíamos tomar en cuenta. La frustración es una respuesta del organismo, desencadenada por una decepción. En el caso de personas socialmente excluidas presentan reacciones de depresión, ansiedad, desamparo como lo señalan numerosos estudios. (Williams, Cheung & Choi, 2000; Eisemberger, Jarcho, Lieberman & Nalebuff, 2006). Pero si se agrupan en grandes colectividades dan rienda suelta a sus iras.

Es frecuente ver la frustración grupal entre quienes comparten las barras deportivas cuya disconformidad llega a ser violenta. Para el psicoanálisis, la conducta agresiva es resultado de un impulso interno del organismo, que se activa cuando a este, se le impide conseguir la meta que pretende alcanzar. Si el estado emocional es intenso en estos colectivos, lo más probable es que lleguen a la violencia.

La colectividad peruana se siente traicionada por una falsa democracia y ha perdido la fe en los mecanismos republicanos. Repudia el sistema electoral, a los partidos políticos, a los organismos públicos y culpa al estado de todas sus frustraciones. Las mayorías no se sienten representados por los parlamentarios ni por los políticos. No ven al estado no como un amparo, sino como una negación a sus aspiraciones legítimas. Por eso, los insurrectos apedrean todo lo que signifique estado.

La pérdida de fe en el sistema político lo podemos ver en las cifras electorales oficiales. La gran mayoría de electores no ha podido pasar del nivel de educación secundaria. Eso no es justo. No es lo que se aspira, pero al régimen, eso no le importa. Entonces, la frustración genera descontento que se acumula con otros de la misma causa.


 

En las elecciones parlamentarias de 1980, hubo 712,796 votos nulos, 403,248 votos en blanco y un ausentismo de 1´173,404 electores. En el 2021, los votos nulos subieron a 2´737 099 nulos, 2´126,712 en blanco y un ausentismo de 7´565,223. El total, de estos tres rubros en las elecciones del 2921, suman 12´429,034, cifra casi igual al número de votos válidos 12´858,829. ¿No es esto, una señal clara de disconformidad con el régimen electoral vigente?

Los más perjudicados por el deterioro del sistema son los jóvenes que constituyen la mayoría nacional. Los hemos visto que no reparan en los riesgos de la violencia y muchos de ellos terminan perdiendo la vida. Son jóvenes sin un futuro satisfactorio, como también, gran cantidad de peruanos frustrados por un sistema que los anula. El denominador común de las protestas en zonas distantes tiene este componente generacional en gran parte.

Pero es toda la población la que se siente decepcionada por el sistema republicano vigente, pues no responde a lo que uno espera de su país. Veamos otra respuesta social en el siguiente cuadro oficial.


 
 

En las encuestas nacionales de hogares que ejecuta el INEI cada año, solo un tercio de la población está conforme con el sistema político, en tanto que dos tercios no.


Fuente: Instituto Nacional de Estadística e Informática-Encuesta Nacional de Hogares.

Si el pueblo se manifiesta de esta manera y nunca se le toma en cuenta; si gasta tiempo, dinero y energías reclamando de manera formal e informal, pero es ignorado, ¿Qué le queda? Ahora mismo, hipócritamente dicen los políticos: Sí, está bien, ¡Que renuncie la presidenta!, ¡Elecciones adelantadas! ¡Dialoguemos! Pero solo es un caramelo para contentar a los enojados.

El problema no es de personas. El meollo está en el sistema político y mientras eso no se cambie, el problema se mantendrá latente, sin resolver. Con el sistema vigente, tampoco es viable una nueva constitución creyendo que allí, está la solución. Una constitución popular solo es factible si se cuenta en su aprobación con una representación mayoritaria que la garantice.

Finalmente debo decir que, si las causas de este estallido social son estructurales, lo que corresponde entonces es reformar la estructura republicana. Siendo así, habría que pensar en las alternativas para la refundación de una nueva república, acorde con las exigencias de nuestra época. Salvo mejor parecer.

31/01/2023

https://republicaequitativa.wordpress.com/2023/01/13/la-rebelion-de-los-marginados/

Mayor información en https://wordpress.com/view/republicaequitativa.wordpress.com

 


 

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Atte. Milciades Ruiz

 

lunes, 24 de mayo de 2021

COLOMBIA EN LLAMAS: EL FIN DEL NEOLIBERALISMO SERÁ VIOLENTO



 23 MAYO, 2021

 Boaventura de Sousa Santos, traducción de Bryan Vargas. Publicado originalmente para Público.

 

Colombia está en llamas. Actualmente es uno de los países con más muertos por covid-19, ocupando el cuarto lugar en la región después de Estados Unidos, Brasil y México, teniendo hasta la fecha tan solo el 3,5% de la población totalmente vacunada y siendo parte de los países que se niegan a apoyar la solicitud de liberación de las patentes de las vacunas. Es también el país que en 2020 tenía el 42,5% de su población en condición de pobreza monetaria y el 15,1% de la misma en condición de pobreza monetaria extrema. A estos datos mínimos pero significativos le podemos sumar que, tras la firma del acuerdo de paz de 2016, se han asesinado entre 700 y 1.100 personas defensores y defensoras de derechos humanos (las cifras varían entre las ONG y las instituciones gubernamentales).

Las zonas que antiguamente fueron de dominio de las FARC-EP hoy están en disputa por parte de distintos grupos armados ilegales, los cuales no solo buscan intereses económicos (narcotráfico, minería ilegal) sino que también traen consigo un horrible y sangriento interés por el control sobre la población civil, afectando gravemente el tejido social y dando como resultado que esto es sólo la punta del iceberg del nuevo panorama que atraviesa el país.

Es en este contexto, y tras casi tres años bajo el gobierno de una derecha opositora al acuerdo de paz en medio de una pandemia que ha matado a miles de personas, en el que pueblo trabajador ha salido a las calles a levantar su voz en contra de una anunciada reforma tributaria que buscó, bajo la lógica del Gobierno, recaudar 23 billones de pesos (algo cercano a 6.300 millones de dólares) para mejorar las finanzas públicas y financiar los programas de asistencia social. Si bien es cierto que el país necesita mejorar su sistema tributario, esta reforma planteaba aumentar el número de personas que declaran y pagan impuestos sobre la renta con el aval, la visión y el marco conceptual del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Plantear la idea de que más personas sean las encargadas de tributar y financiar los gastos del Estado, en teoría, no suena descabellado, es más, llevaría a pensar que serían las personas de altos ingresos quienes más pagarían impuestos teniendo en cuenta los principios de progresividad, equidad y eficiencia tributaria consagrados en la Constitución Política de Colombia. Pero, según los datos del Banco Mundial, Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina (el índice GINI es de 51,3), reflejando una política fiscal inadecuada y regresiva que posibilita una alta concentración del ingreso y la riqueza, y ocasiona por ello un menor desarrollo, dado que los ingresos y la riqueza se quedan en manos de un porcentaje muy pequeño de la población. La reforma planteada, se uniría al largo y complejo sistema tributario del país que no refleja una verdadera política progresiva y que está lleno de beneficios tributarios dirigidos a las personas con mayores ingresos.


Podríamos afirmar que a partir de 2016 el pueblo trabajador ha inundado las calles y plazas de Colombia exigiendo la defensa de la paz y el cumplimiento de los acuerdos, la protección de los líderes sociales y la solidaridad con quienes han sido asesinados, así como el rechazo a propuestas de modificación de los regímenes pensionales, laborales y tributarios. Así, en los últimos cinco años Colombia ha visto sus calles recorridas por jóvenes, mujeres, indígenas, afros, docentes, pensionados y estudiantes que han generado hechos insólitos como una de las mayores manifestaciones en el país desde la década de 1970, como lo fue la llevada a cabo el 21 de noviembre de 2019 (21N).


Gracias a este empoderamiento popular, y a pesar de la pandemia de la covid-19, Colombia volvió a marchar del 9 al 21 de septiembre de 2020 para protestar en contra del abuso policial, del mal manejo del Gobierno ante la crisis económica y social provocada por la pandemia y para sentar una voz que dijera basta ya a las masacres en el país, las cuales no tuvieron tregua a pesar de las medidas de confinamiento. En especial hay que subrayar la Minga (movilización indígena) del suroccidente colombiano, ocurrida en octubre de 2020 liderada por las organizaciones indígenas, que emocionó por sus consignas y valentía y que logró movilizar a una gran parte de la sociedad en torno a sus exigencias tras su recorrido por el país, logrando la opinión favorable de millones de personas que los recibieron calurosamente en cada ciudad durante su viaje hasta la capital.


Bajo este panorama el pueblo decidió a partir del 28 de abril (28A) de 2021 marchar en contra de la reforma tributaria y del gobierno indolente. La represión de las fuerzas policiales es brutal. El malestar ciudadano ha sido objeto de estigmatización y represión por parte de la fuerza pública, lo que ha llevado a que distintas organizaciones de derechos humanos registren entre el 28 de abril y el 5 de mayo un total de 1.708 casos de violencia policial, 381 víctimas de violencia física por parte de la Policía, 31 muertes (en proceso de verificación), 1.180 detenciones arbitrarias en contra de los manifestantes, 239 intervenciones violentas por parte de la fuerza pública, 31 víctimas de agresión en sus ojos, 110 casos de disparos de armas de fuego por parte de la Policía y 10 víctimas de violencia sexual por parte de fuerza pública. De igual manera, la Defensoría del Pueblo (la figura del ombudsman en Colombia) señaló que se registraron 87 quejas por presuntas desapariciones durante las protestas del Paro Nacional del 28A.


Lo que empezó como una fuerte oposición a una reforma impopular y a un ministro de Hacienda que desconocía el valor de una docena de huevos (y en general de toda la cesta de la compra familiar), ha escalado al punto de no solo lograr que se retire dicha reforma en el Congreso y que dicho ministro renuncie, sino que el presidente de la República, Iván Duque Márquez, ha propuesto un espacio de diálogo con distintos sectores de la sociedad civil, diálogo que hasta el momento parece ser solo entre las élites del país, desde arriba, y nunca desde abajo. Las organizaciones sociales saben por experiencia que de este Gobierno nada bueno hay que esperar, pero como siempre lo han hecho no se rehúsan al diálogo. La primera victoria del movimiento ciudadano en las calles sobre la retirada de la reforma no llegó pacífica o gratuitamente. Además de las cifras antes mencionadas y recolectadas por las ONG del país, el presidente Duque anunció la militarización de Colombia antes de ceder al clamor social. A partir del 1 de mayo, las redes sociales y las calles colombianas han visto el horror de un despliegue militar típico de un estado de excepción dictatorial, con la Policía disparando en contra de manifestantes pacíficos y desarmados. Esta ha sido quizás la respuesta más violentamente represiva en tiempos de pandemia a nivel mundial.

Particularmente en Cali las protestas tuvieron una intensidad muy especial debido a la movilización de las organizaciones indígenas después del cruel asesinato de Sandra Liliana Peña, gobernadora indígena de apenas 35 años que proponía la recuperación de los conocimientos tradicionales y rechazaba la presencia de todos los actores armados en su territorio. Esta ciudad es el segundo centro urbano más negro de América del Sur, llena de contradicciones y luchas, y que ha visto cómo reprimen a su pueblo de la forma más aberrante posible. La situación es tal que, en medio de una reunión pacífica y retransmitida en directo por las redes sociales, se puede observar al escuadrón antidisturbios haciendo presencia para dispersar la manifestación, causando la muerte de un joven frente a más de 1.000 espectadores que observaban a través de internet. Desde Siloé, una comuna (favela) de Cali, se denunció también que durante la noche del 4 de mayo no se pudo acceder al servicio de internet en la zona.

La débil respuesta a la violencia policial por parte de las instituciones colombianas (tanto administrativas como judiciales) ha dado lugar a que civiles armados amenacen (y en ocasiones disparen) a los manifestantes bajo la idea de que son “vándalos” y “terroristas”. En Cali, los estudiantes hicieron circular el siguiente “diálogo”: “Tenemos 25.000 armas”, gritaba un hombre vestido de blanco desde su costosa camioneta aparcada frente a la Universidad del Valle (Univalle). “Nosotros tenemos una de las mejores bibliotecas del país”, le contestó un estudiante. En Pereira, el alcalde promovía un “frente común” que incluyera a miembros de la seguridad privada, al Ejército y a la Policía para “recuperar el orden y la seguridad ciudadana”, dando lugar a que un joven resultara herido con ocho balas y esté agonizando en un hospital de dicha ciudad.

¿Para dónde va Colombia?

 

Esta pregunta es importante para Colombia, pero más allá de Colombia me parece ver en los recientes acontecimientos el embrión de mucho de lo que pasará en el continente y en el mundo en las próximas décadas. Claro que cada país tiene una especificidad propia, pero lo que pasa en Colombia parece anunciar el peor de los escenarios que identifiqué en mi reciente libro sobre el periodo postpandemia (El futuro comienza ahora: de la pandemia a la utopía. Madrid: Akal. 2021). Este escenario consiste en la negación de la gravedad de la pandemia, la política de sobreponer la economía a la protección de la vida, y la obsesión ideológico-política de volver a la normalidad aun cuando la normalidad es el infierno para la gran mayoría de la población.


Las consecuencias de la pandemia no pueden ser mágicamente frenadas por la ideología de los gobiernos conservadores; la crisis social y económica pospandémica será gravísima, sobre todo porque se acumula con las crisis que preexistían a la pandemia. Será por eso mucho más grave.  Las políticas de ayuda de emergencia, por deficientes que sean, combinadas con el ablandamiento económico causado por la pandemia, van a causar un enorme endeudamiento del Estado, y el agravamiento de la deuda será una causa adicional para más y más austeridad. Los gobiernos conservadores no conocen otro medio de lidiar con las protestas pacíficas del pueblo trabajador en contra de la injusticia social que no sea la violencia represiva. Así van a responder y el mensaje va a incluir la militarización creciente de la vida cotidiana. Lo que implica el uso de fuerza letal que fue diseñada para enemigos externos. La degradación de la democracia, ya bastante evidente, se profundizará todavía más. ¿Hasta qué punto el mínimo democrático que todavía existe colapsará dando lugar a nuevos regímenes dictatoriales?

Este escenario no es especulación irrealista. Un reciente informe del FMI hace la misma previsión. Dicen los autores Philip Barrett y Sophia Chen* que las pandemias pueden tener dos tipos de efectos sobre la agitación social: un efecto atenuante, suprimiendo la posibilidad de causar disturbios al interferir en las actividades sociales, así como un efecto contrario que aumente la probabilidad de malestar social y por consiguiente se generen disturbios o protestas en la medida en que la pandemia se desvanezca. Lo que no dicen es que las protestas serán motivadas por las mismas políticas que el FMI y las agencias financieras promueven en todo el mundo. Es tanta la hipocresía del mundo en el que vivimos, que el FMI ignora u oculta las consecuencias de sus lineamientos. El pueblo colombiano merece y necesita de toda la solidaridad internacional. No estoy seguro de si la tendrán abiertamente de las agencias internacionales que dicen promover los derechos humanos, a pesar de que estos estén siendo violados tan gravemente en Colombia. Imaginemos por un momento que lo que está pasando en Colombia estuviese ocurriendo en Caracas, Rusia o cualquier otra parte del mundo declarado como no amigo de los Estados Unidos. Seguramente la Organización de Estados Americanos (OEA), el alto comisariado de la ONU y el Gobierno estadounidense ya estarían denunciando los abusos y proponiendo sanciones a los gobiernos infractores. ¿Por qué la suavidad en los comunicados emitidos hasta la fecha?

No se le puede escapar a nadie que Colombia es el mejor aliado de los Estados Unidos en América Latina, siendo el país que se ofreció para instalar siete bases militares estadounidenses en su territorio (situación que afortunadamente no ocurrió por intervención de la Corte Constitucional). Las relaciones internacionales en el presente viven el momento más escandaloso de hipocresía y parcialidad: solamente los enemigos de los intereses norteamericanos cometen violaciones de los derechos humanos. No es nuevo, pero ahora es más chocante. Las agencias multilaterales se rinden a esta hipocresía y parcialidad sin ningún tipo de vergüenza. Los colombianos, eso sí, pueden esperar la solidaridad de todos los demócratas del mundo. En su valentía y en nuestra solidaridad reside la esperanza. El neoliberalismo no muere sin matar, pero cuanto más mata más muere. Lo que está pasando en Colombia no es un problema colombiano, es un problema nuestro, de las y los demócratas del mundo.

Por el momento, las manifestaciones en Colombia no se ven próximas a finalizar y pese a que solo ha pasado una semana desde el inicio de las mismas, debemos insistir en superar el miedo que ronda las calles del país y en la esperanza de un futuro prometedor, más justo y en paz, para un país que ha querido terminar un conflicto de más de cincuenta años a través de un Acuerdo que agoniza bajo las garras del capitalismo abisal.

 

Fuente: https://attac.es/colombia-en-llamas-el-fin-del-neoliberalismo-sera-violento/

 

 


lunes, 13 de abril de 2020

KISSINGER TEME MÁS EL DERRUMBE DEL “ORDEN LIBERAL MUNDIAL” QUE AL COVID - 19


Escrito por Alfredo Jalife-Rahme

El mismo día que EU alcanzó 10 mil muertos por el Covid-19, el índice Dow Jones se disparó 7.7 por ciento.

La "intoxicación bursátil" de EU no es compartida por la mayoría de los otros rincones del planeta que propenden al humanismo.

La cosmogonía geopolítica de EU, desalmada e hiper materialista, tampoco es compartida por otras civilizaciones: Europa, Rusia, China, India y el Mundo Islámico (mil 800 millones y 57 países).

A Kissinger, de 96 años (recluido en Nueva York: epicentro de la pandemia), se le derrumbó su caduco "Orden Mundial", donde pregona el regreso del Estado-Nación de Westfalia de 1648, bajo la égida de EU: escrito seis años más tarde a la crisis de 2008 (https://amzn.to/2V87seV).

Cuando aún no llegaba su aliado Trump al poder, exhortaba un G-2 "cultural" de la raza blanca de EU con Rusia contra China (raza amarilla de "cultura" diferente), luego de que, en 1971, operó el acercamiento de EU con China contra la ex URSS. ¡El poder por el poder: sin escrúpulos!

Ahora proclama que "la pandemia alterará para siempre el orden (sic) mundial" cuando "EU deberá proteger a sus ciudadanos de la enfermedad, mientras inicia el trabajo urgente de planificar una nueva época" (https://on.wsj.com/2Xlh1Ka).

Otro "G-2" tras bambalinas, la asociación estratégica de China y Rusia, dejó plantado a Kissinger, quien goza de enorme influencia con el eje Trump/Jared Kushner/Netanyahu, por lo que su punto de vista, más que reflejar la nueva realidad geoestratégica, delata el accionar de EU a nivel doméstico y foráneo.

Concede que "en un país dividido (sic) un gobierno eficiente y de largo (sic) alcance es necesario", donde la "confianza pública es crucial". ¿Golpismo sumado de irredentismo supremacista?

Evoca una perogrullada: "cuando la pandemia haya concluido, varios (sic) países serán percibidos en sus fracasos", sin importar qué tanto "el juicio de valor sea correctamente objetivo". Repite lo consabido sobre el colapso del sistema de salud de EU y no evalúa que sea uno de los peores del mundo: basado en ganancias que benefician al Big Pharma que obtiene un millón de millones de dólares al año (https://bit.ly/3aOCU8S).

Felicita a Trump por "haber realizado un trabajo sólido (¡mega-sic!) para evitar la catástrofe (sic) inmediata" cuando una "exitosa (sic) vacuna está de 12 a 18 meses de distancia".

Sustenta su supremacista "orden mundial", hoy (trans)mutado, cuya "urgente tarea" debe ir en "paralelo (sic) a la transición (sic) del orden post coronavirus", basado en el Plan Marshall y el Proyecto Manhattan a implementar en tres "áreas".

Sus dos primeras "áreas" versan en banalidades: 1. "Fortalecer la resiliencia global a las enfermedades infecciosas"; y 2. "Luchar para curar las heridas de la economía mundial", con el fin también de "impedir el caos en las poblaciones mas vulnerables del mundo". ¿De cuando acá Kissinger se preocupa por los desposeídos?

Su tercera "área" es notablemente supremacista: "salvaguardar los principios del orden mundial liberal", con ideas caducas del pretérito pluscuamperfecto: "las democracias del mundo necesitan defender y sostener sus valores de la Ilustración (sic)". ¿Cuáles valores? ¿Cuál Ilustración? Cuando EU se consagró a imponer su unipolaridad barbárica.

Juzga que "el tema milenario de legitimidad y poder no puede ser resuelto en forma simultánea con el Covid-19 encima" por lo que exhorta a la "moderación (¡súper-sic!) en todos lados": en la "política doméstica" y en la "diplomacia internacional". ¿Alienta un golpe de Estado?

Sputnik cataloga la visión de Kissinger de "pronóstico sombrío" (https://sptnkne.ws/BVSM).

Kissinger urge descubrir una curación para el coronavirus y la necesidad de proteger al "orden mundial liberal", ya que de otra forma el "mundo se incendiará". ¿Amenaza con el "síndrome Sansón"?

Se equivoca Kissinger, que no sabe nada de economía ni de medicina ni de humanismo: el Covid-19, más temprano que tarde, tendrá su tratamiento, pero su "orden mundial liberal" no tiene curación porque ya había fenecido mucho antes de la pandemia.

Las jeremiadas de Kissinger suenan huecas y a destiempo.