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martes, 3 de marzo de 2026

PALABRAS PROFÉTICAS DE ENGELS: CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO Y LA TERCERA GUERRA MUNDIAL



EL IMPERIO CAPITALISTA CONTRA EL MUNDO

Friedrich Engels y Lenin (Vladímir Ilich Uliánov) analizan el escenario de la primera guerra mundial y sus consecuencias. Este estudio tiene gran valor porque actualmente el mundo esta inmerso en la tercera guerra mundial, no declarada por el imperialismo yanqui y sus aliados occidentales.

Engels, en 1887, concluye su exordio con éstas proféticas palabras: “Es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un resultado es absolutamente cierto: EL AGOTAMIENTO GENERAL Y LA CREACIÓN DE LAS CONDICIONES REQUERIDAS PARA LA VICTORIA DEFINITIVA DE LA CLASE OBRERA…” Más abajo cierra su exposición dirigiéndose a los capitalistas: “Pero, cuando hayan desatado las fuerzas que más tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que ocurra: al finalizar la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.”

Engels, veintisiete años antes, escribe el prefacio de un folleto en el cuál adelanta juicios sobre la primera guerra mundial. Lenin publica, el prefacio y un comentario en 1918, en medio de las consecuencias de la primera guerra. Hoy, el capitalismo imperialista, encabezado por el declinante imperio yanqui, fabrica pretextos para llevar su guerra a cualquier país o nación que posea alguna riqueza apetecida por avaricia de los monopolios. ¡La guerra contra el mundo está declarada que no les quepa duda!

Tacna, 10 de junio 2011

Edgar Bolaños Marín

 

PALABRAS PROFÉTICAS

 

En la actualidad, gracias a Dios, nadie cree en los milagros. La profecía milagrosa es un cuento. Pero la profecía científica es un hecho. Y en nuestros días, cuando encontramos alrededor nuestro muy frecuentemente el desánimo vergonzoso e incluso la desesperación, es útil recordar una profecía científica que ha resultado cierta.

Federico Engels tuvo oportunidad, en 1887, de referirse a la futura guerra mundial en el prefacio al folleto de Segismundo Borkheim En memoria de los ultrapatriotas alemanes de 1806-1807 (Zur Erinnerzmg für die deutschen Mordspatrioten 1806-1807). (Este folleto corresponde al volumen XXIV de la “Biblioteca Socialdemócrata”, que se editaba en 1888 en Göttingen-Zurich.)

 

He aquí cómo juzgaba Federico Engels la futura guerra mundial, hace más de treinta años:

“...Para Prusia-Alemania ya no es posible ninguna otra guerra que la guerra mundial. Y sería una guerra mundial de proporciones sin precedentes y de violencias jamás vistas. De ocho a diez millones de soldados se matarán entre sí, y al hacerlo destruirán toda Europa hasta devastarla como nunca la devastaron hasta ahora las mangas de langosta. La devastación de la guerra de los Treinta Años comprimida en tres o cuatro años y extendida a todo el continente; hambre, epidemias, corrupción general, tanto de las tropas como de las masas populares, como consecuencia de una aguda miseria; una desesperante confusión en nuestro artificial mecanismo en el comercio, la industria y el crédito; todo esto terminará con la bancarrota general, la bancarrota de los viejos Estados y de su tradicional sabiduría estatal; una bancarrota tal, que las coronas rodarán por docenas por el suelo y no habrá nadie que las levante. Es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un resultado es absolutamente cierto: el agotamiento general y la creación de las condiciones requeridas para la victoria definitiva de la clase obrera.

“Tal es la perspectiva, si el sistema de mutua competencia en materia de armamentos, llevado al extremo, produce finalmente sus frutos inevitables. He aquí señores, príncipes y estadistas, adónde ha conducido a la vieja Europa la sabiduría de ustedes. Y cuando no les quede nada más que iniciar la última gran danza guerrera, eso nos vendrá muy bien [ uns kann es recht sein ]. Puede ser que la guerra nos relegue por un tiempo a un segundo plano, puede ser que nos quite determinadas posiciones ya conquistadas. Pero, cuando hayan desatado las fuerzas que más tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que ocurra: al finalizar la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.

“Londres, 15 de diciembre de 1887.

Federico Engels”

 

¡Qué profecía genial! Y qué riqueza de ideas en cada frase de este análisis científico de clase, preciso, claro y breve! Cuántas cosas podrían aprender allí quienes hoy se entregan a un descreimiento, un desaliento y una desesperación vergonzosos, si… si esas personas, habituadas a arrodillarse servilmente ante la burguesía, o que se dejan atemorizar por ella, supieran pensar, fueran capaces de pensar!

Algunas de las predicciones de Engels ocurrieron de modo distinto, pues no podía esperarse que el mundo y el capitalismo no sufrieran cambios en los treinta años de desarrollo imperialista vertiginosamente rápido. Pero lo más asombroso es que una gran parte de lo pronosticado por Engels se está cumpliendo “al pie de la letra”. Y ello porque Engels hizo un análisis de clase perfectamente exacto, y las clases y sus relaciones mutuas continuaron siendo las mismas.

“…Puede ser que la guerra nos relegue por un tiempo a un segundo plano…“ Los acontecimientos marcharon precisamente en esta dirección, pero fueron todavía más lejos y aun peor: una parte de los “relegados a un segundo plano”, los socialchovinistas y sus “semiadversarios” sin carácter, los kautskistas, comenzaron a elogiar su movimiento de retroceso y se trasformaron en directos renegados y traidores al socialismo.

“…Puede ser que la guerra nos quite determinadas posiciones ya conquistadas…” Toda una serie de posiciones “legales” les fueron quitadas a la clase obrera. Pero en cambio ésta se templó en las pruebas y recibe duras pero útiles lecciones de organización ilegal, de lucha ilegal, de preparación de sus fuerzas ilegales para el asalto revolucionario.

“…Las coronas rodarán por docenas…” Varias coronas han caído ya, una de ellas vale por una docena de las otras: la corona del monarca absoluto de todas las Rusias, Nicolás Románov.

“…Absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto…” Después de cuatro años de guerra, esta imposibilidad absoluta, si se nos permite decirlo así, es todavía más absoluta.

“…Desesperante confusión en nuestro artificial mecanismo en el comercio, la industria y el crédito…” Al finalizar el cuarto año de guerra, esto se puso de manifiesto íntegramente en uno de los Estados más grandes y atrasados que los capitalistas, arrastraron a la guerra: en Rusia. ¿Pero acaso el hambre creciente, la escasez de vestimenta y materias primas, el desgaste de los medios de producción en Alemania y Austria, no demuestran que una situación igual se aproxima con enorme rapidez a otros países?

Engels sólo describe las consecuencias de la guerra “externa”, no se refiere a la interna, es decir, a la guerra civil, inevitable hasta ahora en todas las grandes revoluciones de la historia, y sin la cual ningún marxista serio puede concebir la transición del capitalismo al socialismo. Y aun cuando una guerra externa puede prolongarse por un determinado tiempo sin provocar una “desesperante confusión” en el “artificial mecanismo” del capitalismo, es evidente que la guerra civil es inconcebible sin consecuencias parecidas.

Cuánta estupidez, qué cobardía —sin hablar del servilismo interesado frente a la burguesía— revelan aquellos que, dándose todavía el nombre de “socialistas” —como nuestro grupo de “Nóvaia Zhizn”, nuestros mencheviques, eseristas de derecha, etc.—,  señalan malignamente las manifestaciones de esta “desesperante confusión”, culpando de todo al proletariado revolucionario, al poder soviético, a la “utopía” de la transición al socialismo. La “confusión”, la desorganización, según la excelente expresión rusa, es provocada por la guerra. Es imposible una guerra dura sin desorganización. No puede haber guerra civil, condición inseparable y acompañante de la revolución socialista, sin desorganización. Renegar de la revolución, del socialismo, “por causa” de la desorganización, significa poner sólo de manifiesto la falta de principios y en la práctica desertar al campo de la burguesía.

“…El hambre, las epidemias, la corrupción general, tanto de las tropas como de las masas populares, como consecuencia de una aguda miseria...”

Con cuánta sencillez y claridad llega Engels a esta indiscutible conclusión, que debe ser evidente para cualquiera que sea capaz de reflexionar aunque sólo sea un poco en las consecuencias objetivas de una guerra dura y penosa de muchos años. Y cuán asombrosamente estúpidos son aquellos numerosos “socialdemócratas” y seudo “socialistas” que no quieren o no pueden comprender una idea tan sencilla como esta.

¿Es concebible una guerra de muchos años sin corrupción tanto de las tropas como de las masas populares? Por supuesto que no. Semejante consecuencia de una larga guerra es absolutamente inevitable durante varios años, si no durante toda una generación. Pero nuestros “hombres enfundados”, los llorones intelectuales burgueses que se autotitulan “socialdemócratas” y “socialistas”, ayudan a la burguesía, echando la culpa a la revolución por las manifestaciones de corrupción o el inevitable rigor de medidas que se toman para combatir particularmente los casos agudos de corrupción, a pesar de que es claro como el día que esta corrupción ha sido producida por la guerra imperialista y que ninguna revolución puede librarse de tales consecuencias de la guerra sin una larga lucha y sin una serie de duras medidas de represión.

Nuestros melosos escritores de Nóvaia Zhizn, Vperiod o Dielo Naroda están dispuestos a aceptar “en teoría” una revolución del proletariado y de otras clases oprimidas, con tal de que la revolución les caiga del cielo, en vez de nacer y crecer en una tierra empapada en la sangre de cuatro años de matanza imperialista de los pueblos, con millones y millones de personas atormentadas, agotadas y corrompidas por esa matanza.

Ellos oyeron y admitieron “teóricamente” que una revolución se puede comparar con un parto, pero cuando se llegó a los hechos, se acobardaron vergonzosamente y sus gemidos pusilánimes hicieron eco a los ataques malignos de la burguesía contra la insurrección del proletariado. Consideremos la descripción de un parto, hecha en una obra literaria, donde la finalidad del autor es la reconstrucción veraz de todo el rigor, todos los tormentos y todo el horror de este acto, como por ejemplo en La joie de vivre (“La alegría de vivir’) de Emile Zola o en Las memorias de un médico de Veresáiev. El ser humano nace en un acto que trasforma a la mujer en un montón de carne casi inanimada, torturada y desgarrada, enloquecida de dolor, ensangrentada. ¿Pero se puede considerar como ser humano al “individuo” que ve exclusivamente eso en el amor y en sus consecuencias, en la trasformación de la mujer en madre? ¿Quién renunciaría al amor y a la procreación por este motivo?

El parto puede ser fácil y puede ser difícil. Marx y Engels, los fundadores del socialismo científico, han dicho siempre que la transición del capitalismo al socialismo vendrá inevitablemente acompañada de prolongados dolores de parto. Y Engels, analizando las consecuencias de la guerra mundial, describe con sencillez y claridad este hecho indiscutible y evidente: la revolución que sigue a la guerra y está relacionada con la guerra (más aún —agregamos por nuestra cuenta—, estalló en el transcurso de la guerra y está obligada a crecer y sostenerse en medio de la guerra mundial que la rodea), una revolución semejante constituye un parto particularmente difícil.

Con clara comprensión de esto, Engels se refiere con especial prudencia al nacimiento del socialismo en la sociedad capitalista, pronta a sucumbir en la guerra mundial. “Sólo un resultado (de la guerra mundial) —dice— es absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones requeridas para la victoria definitiva de la clase obrera.”

Este pensamiento lo expresa aún con mayor claridad al final del prefacio que analizamos:

“Al finalizar la tragedia ustedes (los capitalistas y terratenientes, reyes y estadistas burgueses) serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos inevitable.”

Un parto difícil aumenta considerablemente el peligro de una enfermedad grave o de un desenlace fatal. Pero si las personas pueden morir durante el parto, la nueva sociedad, que nace del viejo régimen, no puede morir; todo lo que puede pasar es que el nacimiento sea más doloroso y prolongado, su crecimiento y desarrollo más lentos.

La guerra no ha terminado todavía. El agotamiento general ya se produjo. En cuanto a los dos resultados directos de la guerra, pronosticados condicionalmente por Engels (tanto la victoria ya conquistada de la clase obrera, como la creación de las condiciones que hará esto inevitable, a pesar de todas los dificultades), en cuanto a estas dos condiciones, ahora, a mediados de 1918, las tenemos a ambas.

La victoria de la clase obrera ya es un hecho en uno de los países capitalistas menos desarrollados. En los otros países se van creando, con inauditos esfuerzos, con inauditos dolores, las condiciones que harán “inevitable, de todos modos” esta victoria.

Dejen que graznen los llorones “socialistas”, dejen que rabie y se enfurezca la burguesía. Sólo aquellos que cierran los ojos para no ver y se tapan los oídos para no oír, pueden dejar de observar que han comenzado en todo el mundo los dolores del parto de la vieja sociedad capitalista, grávida de socialismo. Nuestro país, colocado en el tiempo a la vanguardia de la revolución socialista por la marcha de los acontecimientos, está sufriendo dolores particularmente agudos del primer período del parto. Tenemos todas las razones para enfrentar con total firmeza y seguridad absoluta el porvenir, que nos prepara nuevos aliados y nuevas victorias de la revolución socialista en varios de los países más avanzados. Tenemos el derecho de sentirnos orgullosos y de considerarnos afortunados porque nos ha tocado en suerte ser los primeros en derribar al capitalismo en una parte del globo terrestre, a esa fiera salvaje que empapó la tierra en sangre, llevó la humanidad al hambre y a la corrupción, y que muy pronto sucumbirá inexorablemente, por monstruoso y feroz que sea su frenesí en la hora de la muerte.

29 de junio de 1918.

Pravda, núm. 133, 2 de julio de 1918. Firmado: N. Lenin

Obras Completas, V. I. Lenin, Editorial Cartago,  Bs As, 1970, Tomo XXIX, Pág. 259 - 264

jueves, 11 de julio de 2024

LA GUERRA INEVITABLE

 


Geopolítica 8 julio, 2024 Enrico Tomaselli

A veces, las decisiones que toman los líderes no son razonables. Evidentemente mucho depende del contexto y del pensamiento político-ideológico al que se refieren. Un ejemplo es Adolf Hitler, quien desde los años del golpe de Munich hasta las vísperas de la Operación Barbarroja siempre mostró una gran claridad política y estratégica, para terminar gradualmente en las garras de un delirio verdaderamente psicótico.

Lamentablemente algo así está sucediendo una vez más y, paradójicamente, esta vez el papel lo desempeña el líder israelí Netanyahu.

Al menos a partir del 7 de octubre de 2023, sus capacidades de liderazgo –como político veterano– se han debilitado progresivamente, y parece cada vez más gobernado por los acontecimientos, más que gobernarlos.

En este continuo giro, en el que evidentemente arrastra consigo a un país que, más allá de sus errores, se identifica en gran medida con su pensamiento, cada día se da un paso más hacia una nueva guerra, quizás más breve que la ucraniana, pero ciertamente mucho más feroz y mucho más desestabilizadora.

En cierto sentido, Israel parece condenado a la compulsión de repetición.

Obviamente, más allá de la personalidad de Netanyahu, hay un problema subyacente, que va mucho más allá de él y de su gobierno, y es la ideología sionista. No es éste el lugar para analizarla y diseccionar las enormes contradicciones que la caracterizan, pero no podemos dejar de mencionarlo ya que es en él que se basa –literalmente y en todos los sentidos– el Estado de Israel. Por lo tanto, esta huella fundacional no puede eliminarse y se refleja en las decisiones tomadas por los distintos dirigentes israelíes, desde el 48 hasta hoy. Israel simplemente no puede dejar de ser lo que es, no puede convertirse en algo distinto de sí mismo.

Pero si la existencia de un Estado sionista fuera posible –jugando, por un lado, con el sentimiento de culpa de los europeos y, por el otro, con el interés estratégico de Estados Unidos– en el mundo formado después de la Segunda Guerra Mundial, en el nuevo mundo que está surgiendo, sus posibilidades de supervivencia son cada vez más escasas.

Israel –su destino– está en una pendiente resbaladiza, y prácticamente no hay manera de enderezarla; lo único que puedes hacer es regular la velocidad de la caída, intenta amortiguar al máximo las consecuencias. Pero, y aquí entra en juego la personalidad del líder, su (y no sólo su…) irracionalidad. De hecho, el Estado judío aparentemente está haciendo todo lo posible para que las cosas le resulten más difíciles y dolorosas. No se trata tanto del exterminio sistemático de la población civil de la Franja de Gaza –esto, por desgracia, encaja perfectamente en una historia que no comenzó por casualidad con la Nakba–, sino más bien de la transición de un pensamiento político-estratégico racional (que también puede ser terriblemente feroz, pero con lucidez propia) a un pensamiento mesiánico, que por definición está absolutamente desprovisto de cualquier conexión con la realidad.

En esta forma de delirio político se pueden incluir dos elementos clave de la conducta estratégica israelí. La ilusión de poder destruir militar y políticamente a Hamás y a la Resistencia Palestina, y la obsesión por deshacerse de Hezbollah.

Ni siquiera vale la pena detenerse en el primero de los dos: no sólo cualquier estudio de la historia político-militar, sino también y sobre todo de la propia historia de Israel, debería mostrar que se trata de un objetivo poco realista y absolutamente inalcanzable. Y no porque haya déficit de voluntad política, de capacidad militar o de adecuación de medios. Sino por una razón política precisa e inevitable.

Borrar esta consideración, reducirlo todo a una mera cuestión militar, de puro ejercicio de la fuerza, es un error colosal, que debería ser evidente a los ojos de los dirigentes israelíes. Si no estuvieran cegados por su delirio mesiánico.

La guerra, como enseña Von Clausewitz, no es simplemente (como su frase tan citada a menudo nos lleva a pensar) la transición de la política a «otros medios», sino su «continuación» con otros medios. Esto significa que la guerra es, en cada uno de sus actos incluso los más pequeños, una cuestión política; no sólo en sus objetivos últimos, sino literalmente en su continuo desarrollo. Por lo tanto, fijar objetivos inalcanzables significa socavar cualquier posibilidad de éxito. Una guerra que pretende lograr resultados imposibles es una guerra perdida desde el principio.

Pero es más bien lo segundo en lo que merece la pena centrar nuestra atención, porque todo parece indicar que el delirio psicótico que se ha apoderado de los dirigentes israelíes les está llevando hacia la guerra con el Líbano.

Vale la pena subrayar aquí cómo, una vez más, un enfoque irracional y apolítico del instrumento guerra ya es en sí mismo un factor que invalida un posible éxito. Parece bastante claro que la elección de entrar en un conflicto abierto y directo con Hezbollah no surge de una evaluación estratégica reflexiva y compartida, sino más bien de un cálculo: los dirigentes israelíes –conscientes de haberse estancado en Gaza– necesitan ganar tiempo (posponer el enfrentamiento interno) y un desvío, que desvía la atención del desastre en la Franja, y al mismo tiempo responde a una demanda de venganza y seguridad que recorre a la sociedad judía.

Además, este cálculo –y no es el único– también es en cierta medida incompleto. De hecho, está igualmente claro que todavía no existe una elección definitiva en este sentido, ya que Netanyahu y sus seguidores son muy conscientes de los riesgos, pero, sin embargo, continúan comportándose como si quisieran que así fuera. Se añade así al cálculo una especie de fatalismo. Sin embargo, todo esto produce un giro progresivo hacia la guerra, sin una determinación real de hacerla y, sobre todo, sin una estrategia real para ganarla. Al final, de hecho, el pequeño cálculo mencionado anteriormente se ve reflejado en el gran cálculo: la apuesta a que Estados Unidos intervendrá para salvar la situación.

Este otro cálculo se basa evidentemente en la convicción de que Washington no podría permitir una derrota radical de su socio estratégico en Oriente Medio, así como en la conciencia de que Estados Unidos seguramente vería con agrado la destrucción de Hezbollah, el Eje de la Resistencia y Irán.

Por el contrario, Tel Aviv también sabe que Estados Unidos no quiere un conflicto prolongado en Oriente Medio, que podría desestabilizarlo de forma desfavorable, y que sobre todo no lo quiere en este momento, porque se encuentra en una complicada fase de transición (interna e internacional), en la que debe gestionar la retirada del frente ucraniano, garantizando al mismo tiempo que esté cubierto por los europeos, y sentar las bases para la confrontación con China en el Indo-Pacífico.

Además, hablando en términos estratégicos, incluso si Estados Unidos se viera arrastrado por los pelos a un conflicto israelí-libanés, todavía tendría dos posibilidades de intervención, una de las cuales no es particularmente favorable a Netanyahu y sus asociados.

La primera opción, por supuesto, es involucrarse profundamente en el conflicto. Esto tendría la consecuencia inmediata de su rápida expansión: las bases estadounidenses en Siria, Irak y Jordania se convertirían inmediatamente en blanco de ataques mucho más intensos y precisos que los alfilerazos de los últimos meses, por no hablar de la flota en el Golfo de Adén. Lo único que Washington podría desplegar en cualquier caso es su fuerza aérea (y probablemente la de algunos países amigos: Reino Unido, Jordania, Arabia Saudita…), cuya eficacia es en cualquier caso limitada, y debería ir seguida de medidas sobre el terreno. Lo cual, si tenemos en cuenta el tipo de esfuerzo necesario para la segunda guerra contra Irak (más de 300.000 hombres), y sobre todo tenemos en cuenta la situación actual (Hezbollah + Amal + ejército libanés + Resistencia iraquí + Resistencia yemení + IRGC + Ejército iraní + ejército sirio…) parece francamente imposible. Se necesitarían al menos dos millones de hombres para una guerra (limitada) contra un despliegue regional tan vasto, liderado por Irán. Por no hablar de la presencia rusa en Siria…

En resumen, una guerra israelí-estadounidense contra Irán y sus aliados regionales está fuera de la realidad. Menos aún en el contexto actual.

La segunda opción, la viable, se adaptaría al modelo de la crisis anterior de 2006. Tras una breve fase de conflicto en la frontera, con fuertes intervenciones de la fuerza aérea estadounidense en el Líbano (y cuidando de no ampliar el conflicto), una mediación internacional para llegar a una solución de la crisis. Estados Unidos pagaría un precio por intensificar los ataques contra sus objetivos en la zona, pero sería un precio aceptable. El precio sería mucho mayor para Israel, que se enfrentaría una vez más a la derrota sobre el terreno, se vería obligado a aceptar un alto el fuego en condiciones desventajosas y con la patata caliente de Gaza todavía en sus manos.

El destino de Netanyahu (y compañía) aún estaría sellado.

Si este es el panorama general, desde un punto de vista estratégico y geopolítico, esto no excluye en absoluto que, dado que los dirigentes israelíes se encuentran en el plano inclinado de su pensamiento mesiánico, paso a paso, sin siquiera una convicción real, la guerra con Hezbollah realmente llegará.

¿Qué pasaría, en ese caso?

Lo más probable es que la primera medida israelí sea intensificar los bombardeos del sur del Líbano y de los barrios chiítas de Beirut. Es posible que en esta etapa Hezbollah despliegue sus sistemas antiaéreos de manera más masiva y la fuerza aérea israelí sufra algunas pérdidas. Inmediatamente después, las FDI avanzarían a través de la frontera, buscando ocupar centros estratégicos. Sin embargo, la frontera entre Israel y el Líbano es una zona rica en relieve y zonas forestales, que reducen la movilidad de las fuerzas blindadas. Para lograr sus objetivos tácticos (hacer retroceder a Hezbollah más allá del río Litani, que se encuentra aproximadamente entre 10 y 30 km de la frontera), las FDI deben avanzar en profundidad, a lo largo de toda la línea de contacto1, teniendo cuidado de despejar la zona a medida que avanza

La reacción de Hezbollah ante tal ataque (no examinaremos aquí las acciones de apoyo de todo el Eje de Resistencia) presumiblemente se produciría en múltiples niveles. En primer lugar, utilizando su gran disponibilidad de misiles, desataría un ataque masivo contra Israel; los objetivos probablemente serían predominantemente militares, en particular aeropuertos, estaciones de radar y sistemas de defensa antimisiles. Pero es muy probable que ciudades como Haifa y Tel Aviv también se vean afectadas.

Sobre el terreno, aprovechando tanto la configuración orográfica como la red de refugios subterráneos y el mejor conocimiento del territorio, Hezbollah adoptará probablemente una táctica de resistencia flexible, intentando hacer avanzar al enemigo en lugares más aptos para emboscadas, hacerle alargar las líneas de reabastecimiento de combustible y golpear la retaguardia inmediata de las FDI.

Esto significa que el ejército israelí podría avanzar de forma limitada en territorio libanés, pero a costa de grandes pérdidas de hombres y equipos, mientras que el impacto en sus sistemas e infraestructuras de defensa, por no hablar del impacto psicológico en la población, sería muy fuerte. La capacidad de disuasión de las fuerzas armadas judías, ya gravemente afectadas por la operación Inundación de Al-Aqsa, quedaría destrozada, asestando un nuevo golpe, tal vez definitivo, al proyecto político sionista.

La onda expansiva de tal conflicto, incluso en su versión limitada, sería enorme y reverberaría en una vasta zona, desde Turquía hasta Somalia y desde Libia hasta Irán, poniendo a la OTAN en mayores dificultades, en un cuadrante estratégico fundamental. Si Israel decide tomar tal medida, perderá mucha más simpatía entre sus amigos occidentales que con el genocidio palestino. Y también por esta razón podría resultar un error fatal.

 

Nota

El ataque israelí probablemente comenzaría desde el este, desde el saliente formado por las granjas de Sheeba y los Altos del Golán (territorios libaneses y sirios ocupados), que se insinúa entre el Líbano y Siria, pero no pudo evitar la necesidad de dirigirse al oeste, hasta el mar, con un frente de unos cincuenta kilómetros de ancho.

 

Fuente: Giubbe Rosse News 

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-guerra-inevitable/