EL IMPERIO CAPITALISTA CONTRA EL MUNDO
Friedrich Engels y Lenin (Vladímir Ilich Uliánov) analizan el escenario
de la primera guerra mundial y sus consecuencias. Este estudio tiene gran valor
porque actualmente el mundo esta inmerso en la tercera guerra mundial, no
declarada por el imperialismo yanqui y sus aliados occidentales.
Engels, en 1887, concluye su exordio
con éstas proféticas palabras: “Es absolutamente imposible prever cómo
terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un resultado es
absolutamente cierto: EL AGOTAMIENTO GENERAL Y LA CREACIÓN DE LAS CONDICIONES
REQUERIDAS PARA LA VICTORIA DEFINITIVA DE LA CLASE OBRERA…” Más abajo cierra su
exposición dirigiéndose a los capitalistas: “Pero, cuando hayan desatado las
fuerzas que más tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que
ocurra: al finalizar la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del
proletariado será ya un hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.”
Engels, veintisiete años antes, escribe el prefacio de un folleto en el
cuál adelanta juicios sobre la primera guerra mundial. Lenin publica, el
prefacio y un comentario en 1918, en medio de las consecuencias de la primera
guerra. Hoy, el capitalismo imperialista, encabezado por el declinante imperio
yanqui, fabrica pretextos para llevar su guerra a cualquier país o nación que
posea alguna riqueza apetecida por avaricia de los monopolios. ¡La guerra
contra el mundo está declarada que no les quepa duda!
Tacna, 10 de junio 2011
Edgar Bolaños Marín
PALABRAS PROFÉTICAS
En
la actualidad, gracias a Dios, nadie cree en los milagros. La profecía
milagrosa es un cuento. Pero la profecía científica es un hecho. Y en nuestros
días, cuando encontramos alrededor nuestro muy frecuentemente el desánimo
vergonzoso e incluso la desesperación, es útil recordar una profecía científica
que ha resultado cierta.
Federico
Engels tuvo oportunidad, en 1887, de referirse a la futura guerra mundial en el
prefacio al folleto de Segismundo Borkheim En
memoria de los ultrapatriotas alemanes de 1806-1807 (Zur Erinnerzmg für die deutschen
Mordspatrioten 1806-1807). (Este folleto corresponde al volumen XXIV de la
“Biblioteca Socialdemócrata”, que se editaba en 1888 en Göttingen-Zurich.)
He
aquí cómo juzgaba Federico Engels la futura guerra mundial, hace más de treinta
años:
“...Para
Prusia-Alemania ya no es posible ninguna otra guerra que la guerra mundial. Y
sería una guerra mundial de proporciones sin precedentes y de violencias jamás
vistas. De ocho a diez millones de soldados se matarán entre sí, y al hacerlo
destruirán toda Europa hasta devastarla como nunca la devastaron hasta ahora
las mangas de langosta. La devastación de la guerra de los Treinta Años
comprimida en tres o cuatro años y extendida a todo el continente; hambre,
epidemias, corrupción general, tanto de las tropas como de las masas populares,
como consecuencia de una aguda miseria; una desesperante confusión en nuestro
artificial mecanismo en el comercio, la industria y el crédito; todo esto
terminará con la bancarrota general, la bancarrota de los viejos Estados y de
su tradicional sabiduría estatal; una bancarrota tal, que las coronas rodarán
por docenas por el suelo y no habrá nadie que las levante. Es absolutamente
imposible prever cómo terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un
resultado es absolutamente cierto: el agotamiento general y la creación de las
condiciones requeridas para la victoria definitiva de la clase obrera.
“Tal
es la perspectiva, si el sistema de mutua competencia en materia de armamentos,
llevado al extremo, produce finalmente sus frutos inevitables. He aquí señores,
príncipes y estadistas, adónde ha conducido a la vieja Europa la sabiduría de
ustedes. Y cuando no les quede nada más que iniciar la última gran danza guerrera,
eso nos vendrá muy bien [ uns kann es recht sein ]. Puede ser que la guerra nos
relegue por un tiempo a un segundo plano, puede ser que nos quite determinadas
posiciones ya conquistadas. Pero, cuando hayan desatado las fuerzas que más
tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que ocurra: al finalizar
la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un
hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.
“Londres,
15 de diciembre de 1887.
Federico
Engels”
¡Qué
profecía genial! Y qué riqueza de ideas en cada frase de este análisis
científico de clase, preciso, claro y breve! Cuántas cosas podrían aprender
allí quienes hoy se entregan a un descreimiento, un desaliento y una
desesperación vergonzosos, si… si esas personas, habituadas a arrodillarse
servilmente ante la burguesía, o que se dejan atemorizar por ella, supieran
pensar, fueran capaces de pensar!
Algunas
de las predicciones de Engels ocurrieron de modo distinto, pues no podía
esperarse que el mundo y el capitalismo no sufrieran cambios en los treinta
años de desarrollo imperialista vertiginosamente rápido. Pero lo más asombroso
es que una gran parte de lo pronosticado por Engels se está cumpliendo “al pie de
la letra”. Y ello porque Engels hizo un análisis de clase perfectamente exacto,
y las clases y sus relaciones mutuas continuaron siendo las mismas.
“…Puede
ser que la guerra nos relegue por un tiempo a un segundo plano…“ Los
acontecimientos marcharon precisamente en esta dirección, pero fueron todavía
más lejos y aun peor: una parte de los “relegados a un segundo plano”, los
socialchovinistas y sus “semiadversarios” sin carácter, los kautskistas, comenzaron
a elogiar su movimiento de retroceso y se trasformaron en directos renegados y
traidores al socialismo.
“…Puede
ser que la guerra nos quite determinadas posiciones ya conquistadas…” Toda una
serie de posiciones “legales” les fueron quitadas a la clase obrera. Pero en
cambio ésta se templó en las pruebas y recibe duras pero útiles lecciones de organización
ilegal, de lucha ilegal, de preparación de sus fuerzas ilegales para el asalto
revolucionario.
“…Las
coronas rodarán por docenas…” Varias coronas han caído ya, una de ellas vale
por una docena de las otras: la corona del monarca absoluto de todas las Rusias,
Nicolás Románov.
“…Absolutamente
imposible prever cómo terminará todo esto…” Después de cuatro años de guerra,
esta imposibilidad absoluta, si se nos permite decirlo así, es todavía más
absoluta.
“…Desesperante
confusión en nuestro artificial mecanismo en el comercio, la industria y el
crédito…” Al finalizar el cuarto año de guerra, esto se puso de manifiesto
íntegramente en uno de los Estados más grandes y atrasados que los
capitalistas, arrastraron a la guerra: en Rusia. ¿Pero acaso el hambre creciente,
la escasez de vestimenta y materias primas, el desgaste de los medios de producción
en Alemania y Austria, no demuestran que una situación igual se aproxima con
enorme rapidez a otros países?
Engels
sólo describe las consecuencias de la guerra “externa”, no se refiere a la
interna, es decir, a la guerra civil, inevitable hasta ahora en todas las
grandes revoluciones de la historia, y sin la cual ningún marxista serio puede concebir
la transición del capitalismo al socialismo. Y aun cuando una guerra externa
puede prolongarse por un determinado tiempo sin provocar una “desesperante
confusión” en el “artificial mecanismo” del capitalismo, es evidente que la guerra
civil es inconcebible sin consecuencias parecidas.
Cuánta
estupidez, qué cobardía —sin hablar del servilismo interesado frente a la
burguesía— revelan aquellos que, dándose todavía el nombre de “socialistas”
—como nuestro grupo de “Nóvaia Zhizn”, nuestros mencheviques, eseristas de
derecha, etc.—, señalan malignamente las
manifestaciones de esta “desesperante confusión”, culpando de todo al
proletariado revolucionario, al poder soviético, a la “utopía” de la transición
al socialismo. La “confusión”, la desorganización, según la excelente expresión
rusa, es provocada por la guerra. Es imposible una guerra dura sin
desorganización. No puede haber guerra civil, condición inseparable y
acompañante de la revolución socialista, sin desorganización. Renegar de la
revolución, del socialismo, “por causa” de la desorganización, significa poner
sólo de manifiesto la falta de principios y en la práctica desertar al campo de
la burguesía.
“…El
hambre, las epidemias, la corrupción general, tanto de las tropas como de las
masas populares, como consecuencia de una aguda miseria...”
Con
cuánta sencillez y claridad llega Engels a esta indiscutible conclusión, que
debe ser evidente para cualquiera que sea capaz de reflexionar aunque sólo sea
un poco en las consecuencias objetivas de una guerra dura y penosa de muchos
años. Y cuán asombrosamente estúpidos son aquellos numerosos “socialdemócratas”
y seudo “socialistas” que no quieren o no pueden comprender una idea tan
sencilla como esta.
¿Es
concebible una guerra de muchos años sin corrupción
tanto de las tropas como de las masas populares? Por supuesto que no. Semejante
consecuencia de una larga guerra es absolutamente inevitable durante varios
años, si no durante toda una generación. Pero nuestros “hombres enfundados”,
los llorones intelectuales burgueses que se autotitulan “socialdemócratas” y “socialistas”,
ayudan a la burguesía, echando la culpa a la revolución por las manifestaciones
de corrupción o el inevitable rigor de medidas que se toman para combatir
particularmente los casos agudos de corrupción, a pesar de que es claro como el
día que esta corrupción ha sido producida por la guerra imperialista y que
ninguna revolución puede librarse de tales consecuencias de la guerra sin una
larga lucha y sin una serie de duras medidas de represión.
Nuestros
melosos escritores de Nóvaia Zhizn, Vperiod
o Dielo Naroda están dispuestos a aceptar “en teoría” una revolución del
proletariado y de otras clases oprimidas, con tal de que la revolución les
caiga del cielo, en vez de nacer y crecer en una tierra empapada en la sangre
de cuatro años de matanza imperialista de los pueblos, con millones y millones
de personas atormentadas, agotadas y corrompidas por esa matanza.
Ellos
oyeron y admitieron “teóricamente” que una revolución se puede comparar con un
parto, pero cuando se llegó a los hechos, se acobardaron vergonzosamente y sus
gemidos pusilánimes hicieron eco a los ataques malignos de la burguesía contra
la insurrección del proletariado. Consideremos la descripción de un parto,
hecha en una obra literaria, donde la finalidad del autor es la reconstrucción
veraz de todo el rigor, todos los tormentos y todo el horror de este acto, como
por ejemplo en La joie de vivre (“La
alegría de vivir’) de Emile Zola o en Las
memorias de un médico de Veresáiev. El ser humano nace en un acto que
trasforma a la mujer en un montón de carne casi inanimada, torturada y
desgarrada, enloquecida de dolor, ensangrentada. ¿Pero se puede considerar como
ser humano al “individuo” que ve exclusivamente
eso en el amor y en sus consecuencias, en la trasformación de la mujer en
madre? ¿Quién renunciaría al amor y a la procreación por este motivo?
El
parto puede ser fácil y puede ser difícil. Marx y Engels, los fundadores del
socialismo científico, han dicho siempre que la transición del capitalismo al
socialismo vendrá inevitablemente acompañada de prolongados dolores de parto. Y Engels, analizando las
consecuencias de la guerra mundial, describe con sencillez y claridad este
hecho indiscutible y evidente: la revolución que sigue a la guerra y está
relacionada con la guerra (más aún —agregamos por nuestra cuenta—, estalló en
el transcurso de la guerra y está obligada a crecer y sostenerse en medio de la
guerra mundial que la rodea), una revolución semejante constituye un parto particularmente difícil.
Con
clara comprensión de esto, Engels se refiere con especial prudencia al
nacimiento del socialismo en la sociedad capitalista, pronta a sucumbir en la
guerra mundial. “Sólo un resultado (de la guerra mundial) —dice— es
absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones requeridas para la victoria definitiva
de la clase obrera.”
Este
pensamiento lo expresa aún con mayor claridad al final del prefacio que
analizamos:
“Al
finalizar la tragedia ustedes (los capitalistas y terratenientes, reyes y
estadistas burgueses) serán destruidos y la victoria del proletariado será ya
un hecho o será de todos modos inevitable.”
Un
parto difícil aumenta considerablemente el peligro de una enfermedad grave o de
un desenlace fatal. Pero si las personas pueden morir durante el parto, la
nueva sociedad, que nace del viejo régimen, no puede morir; todo lo que puede
pasar es que el nacimiento sea más doloroso y prolongado, su crecimiento y
desarrollo más lentos.
La
guerra no ha terminado todavía. El agotamiento general ya se produjo. En cuanto
a los dos resultados directos de la guerra, pronosticados condicionalmente por
Engels (tanto la victoria ya conquistada de la clase obrera, como la creación
de las condiciones que hará esto inevitable, a pesar de todas los dificultades), en cuanto a estas dos condiciones,
ahora, a mediados de 1918, las tenemos a ambas.
La
victoria de la clase obrera ya es un hecho en uno de los países capitalistas menos
desarrollados. En los otros países se van creando, con inauditos esfuerzos, con
inauditos dolores, las condiciones que harán “inevitable, de todos modos” esta
victoria.
Dejen
que graznen los llorones “socialistas”, dejen que rabie y se enfurezca la
burguesía. Sólo aquellos que cierran los ojos para no ver y se tapan los oídos
para no oír, pueden dejar de observar que han comenzado en todo el mundo los
dolores del parto de la vieja sociedad capitalista, grávida de socialismo. Nuestro
país, colocado en el tiempo a la vanguardia de la revolución socialista por la
marcha de los acontecimientos, está sufriendo dolores particularmente agudos
del primer período del parto. Tenemos todas las razones para enfrentar con
total firmeza y seguridad absoluta el porvenir, que nos prepara nuevos aliados
y nuevas victorias de la revolución socialista en varios de los países más
avanzados. Tenemos el derecho de sentirnos orgullosos y de considerarnos
afortunados porque nos ha tocado en suerte ser los primeros en derribar al
capitalismo en una parte del globo terrestre, a esa fiera salvaje que empapó la
tierra en sangre, llevó la humanidad al hambre y a la corrupción, y que muy
pronto sucumbirá inexorablemente, por monstruoso y feroz que sea su frenesí en
la hora de la muerte.
29 de junio de 1918.
Pravda, núm. 133, 2
de julio de 1918. Firmado: N. Lenin
Obras Completas, V.
I. Lenin, Editorial Cartago, Bs As,
1970, Tomo XXIX, Pág. 259 - 264
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