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jueves, 10 de febrero de 2022

LA OTAN PREPARA UNA GUERRA A GRAN ESCALA

 


Imponer por la fuerza su hegemonía es propio de los imperios en todas las épocas, más aún cuando las realidades de la economía mundial ponen en evidencia el lento declive de los Estados Unidos, que ya no es el único factor de peso en el panorama internacional.

08/02/2022

Los movimientos de tropas y el despliegue de misiles de corto y largo alcance de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, están dirigidos a cercar a la Federación Rusa y abrir una línea de combate contra China en el Pacífico, mientras la región centroasiática se convierte en un hervidero, y desde la Casa Blanca aceleran las agresiones políticas, militares y económicas contra Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Imponer por la fuerza su hegemonía es propio de los imperios en todas las épocas, más aún, cuando las realidades de la economía mundial ponen en evidencia el lento declive de los Estados Unidos, que ya no es el único factor de peso en el panorama internacional, se alteran los protocolos, los equilibrios se rompen, y la diplomacia se convierte en un apéndice de los planes del complejo militar/industrial, a lo que se agrega que en las últimas dos décadas se conformaron alianzas que lo ponen en jaque, y el asalto al Capitolio –enero de 2021- develó que su régimen político perdió legitimidad.

La jugada

Ahora se sabe que en 2015 un alto funcionario del gobierno de Barak Obama se reunió con los líderes del movimiento Talibán en la cárcel de Guantánamo, y que luego en Catar se desarrollaron las conversaciones entre la Administración Trump y los talibanes, pero fue Joe Biden quien asumió la nada honrosa tarea de retirar sus tropas de Afganistán, luego de 20 años de ocupación, y reconocer que habían perdido la guerra.

Anthony Cordesman, analista del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington D.C., expone el criterio que terminó prevaleciendo en las altas esferas decisorias de la Casa Blanca.

“Al observar el costo de la guerra y la ausencia de una justificación estratégica coherente para llevarla a cabo, no está nada claro que Estados Unidos debiera haber comprometido los recursos que destinó a un conflicto que no tenía ninguna prioridad estratégica, que justificara dos décadas de guerra…”.

El más elemental de los análisis ha de llegar a la conclusión que la retirada fue pactada, que los Talibanes tomaron la capital y las principales ciudades afganas sin “echar un tiro” y además, acumulando armamento de alto calibre dejado por las tropas yanquis.

No obstante, parafraseando el viejo aforismo, Afganistán sigue siendo “una papa caliente” en la región euroasiática, y resulta evidente que Washington utilizará a sus aliados talibanes y al Estado Islámico para provocar conflictos en Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbequistán y Tayikistán, repúblicas que formaron parte de la Unión Soviética y con China, Afganistán tiene una conexión terrestre con el gigante asiático a través del corredor de Waján.

No se puede soslayar la advertencia que formuló uno de los más influentes líderes de la comunidad de inteligencia de EE.UU., Zbignew Brzezinski: “una alianza estratégica entre Rusia y China es el peor escenario posible”.

Por su parte, Celso Amorín, quien fue canciller de Lula da Silva, manifiesta que “las realidades son mucho más complejas que la significación que se pretende hacer con el juego bipolar entre China y Estados Unidos”, y tiene razón, múltiples son las fuerzas que se mueven en un terreno fangoso, simplificar que estamos en una nueva “guerra fría” es una visión anquilosada, jurásica, de un momento histórico que registra una revolución sin precedentes de las fuerzas productivas y unas relaciones sociales que son la oposición radical a la vida de los seres humanos, como ha quedado en evidencia con la pandemia del Covid-19, el desafío del cambio climático, y el aumento sideral de las desigualdades sociales.

Como nadie cree que con la retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán llegó la paz, la apreciación que más se acerca a la verdad, es que el gobierno Talibán será punta de lanza en la confrontación de la OTAN con la Federación Rusa.

La línea roja de Vladimir Putin

Ucrania, desde 2014, cuando se produjo un golpe de Estado, es el punto más delicado de la confrontación internacional, las últimas semanas han estado llenas de movimiento de tropas, de pruebas misilísticas, y de una acción diplomática y mediática, mediante la cual se pretende posicionar en la opinión pública que Rusia prepara una invasión a Ucrania o que estaría gestando un golpe de Estado, en la que fue una de las repúblicas más importantes de la URSS. Volodimir Zelenski, presidente de esa nación, hace hasta lo imposible por unirse a la OTAN, y ello está en abierta contradicción con los acuerdos a los que se arribaron en 1991, cuando desapareció la Unión Soviética y se suscribió el compromiso de no ampliar hacia las fronteras rusas las fuerzas de la OTAN, que, por cierto, cambiará su composición a mediados de este año, en la cumbre de Madrid, que sería la oportunidad de articular una OTAN global, nueva alianza global de la que formaría parte Colombia.

“Estamos en una etapa en la que Rusia podría en cualquier momento lanzar un ataque a Ucrania”, declaró Jean Psaki, quien ejerce la vocería de la Casa Blanca para estos asuntos.

Estados Unidos ha tendido una “línea Maginot” en Ucrania en posición ofensiva en lo militar, mientras en lo político, trata de hacer ver que está defendiendo a un aliado.

Vladimir Putin lo ha expresado con meridiana claridad, las fuerzas de la Otan no pueden colocar misiles en la frontera, cuyo alcance solo estaría a siete minutos de Moscú.

Bielorrusia, aliada de Rusia, se pone en guardia, y prepara aviones de combate Sukhoi SU-35, y desplegó baterías del sistema de misiles S-400 y Pantsir; y al sur de la Federación Rusa, con base en la cooperación con el gobierno de Kasajistán, se produce una impresionante demostración de fuerzas rusas, dirigidas a contribuir en la estabilización política de esa nación euroasiática, en la que se presentaron serias protestas, definidas por su presidente, Kasim-Yomart Tokaer, como: “la brecha entre los ricos y los pobres se volvió simplemente inadmisible. Esa desigualdad de ingresos, sumada a la corrupción que todos conocéis, prendió la mecha del polvorín, algo que aprovecharon los terroristas”, y anunció una política de amplias transformaciones sociales y políticas.

La confrontación con China

El desbalance entre las capacidades económicas de China y los Estados Unidos, no solo en el terreno comercial y financiero, sino también, en el de la ciencia y tecnología, y la puesta en marcha del plan de inversiones más ambicioso de la época, el de la Nueva Ruta de la Seda, y por ser la potencia económica emergente, ya no se puede hablar del panorama mundial sin mencionar a China, y no está de más decir que la experiencia del socialismo con peculiaridades chinas, y la revolución de las fuerzas productivas que ha tenido lugar en la más poblada nación del mundo provoca una fértil discusión en todos las corrientes políticas.

Veamos un párrafo del más reciente libro de Rodolfo Sanz, titulado: China, la nueva civilización, con el que se intenta una síntesis apretada de la posición de Xi Jinping y del poderoso y centenario Partido Comunista de China.

“1.- Diálogo de civilizaciones y construcción de la civilización humana. 2.- Renuncia a cualquier tipo de hegemonía, y a tener esferas de influencia. 3.- Respeto y observancia de los principios de la Carta de las Naciones Unidas. 4.- Coexistencia pacífica mundial. 5.- Construcción de una Comunidad de Destino de la Humanidad”.

Estos principios chocan con la estrategia de dominación mundial trazada por los Estados Unidos, cuya dirigencia política no entiende los cambios que se están produciendo, y las tendencias generales de la economía y la sociedad. La estrategia de agresión a China se basa en el sostenimiento de Taiwán, siempre reclamada como parte de la nación china, de las acciones subversivas impulsadas por los yanquis en Hong Kong y en la provincia de Xinjiang, además de la guerra comercial, las sanciones económicas, la competencia implacable por las tecnologías 5/G y 6/G, y el control del mar meridional de China, pieza clave en el tablero militar del sudeste asiático.

Robert O’ Brien, ex asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, argumenta que Xi Jinping monitorea el conflicto en Ucrania, y estudia si vale la pena crear agitación internacional para invadir a Taiwán, adiciona que si Taiwán queda bajo el control del Partido Comunista Chino y del Ejército Popular de Liberación, China podría estar en el pórtico occidental de Estados Unidos en poco tiempo. “Taiwán –agrega- es el corcho del Pacífico, si cae, la Armada de China fluye hacia el Pacífico, amenaza a Hawái, a California, y a las islas Aleutianas”.

Los ensayos de los misiles intercontinentales de la República Popular Democrática de Corea en el mar de Japón, no son ninguna casualidad ni las maniobras militares sino-rusas en el área, ni mucho menos la alianza AUKUS, que une las fueras militares de Australia, Estados Unidos y el Reino Unido, con el expreso propósito de ‘contener’ a China, y por cierto, dejando de lado a otra potencia nuclear como es Francia.

La diplomacia en acción

Serguéi Lavrov, de quien todo el mundo dice que es el diplomático activo con mayor experiencia, insiste en la vía pacífica en la solución de las controversias, cuestiona las medidas coercitivas unilaterales que aplica Estados Unidos a naciones soberanas como Venezuela, y reitera, una y otra vez, que la política exterior de los norteamericanos y sus aliados de la Otan es peligrosa e infértil, porque en definitiva, son las iniciativas rusas las que se han puesto en marcha en las últimas semanas. Es así como el vicecanciller ruso, Serguéi Riabkov, explicó que son las iniciativas de su país las que están en desarrollo, y enumera las acciones que forman parte de la agenda puesta por el gobierno de Vladimir Putin en la mesa de negociaciones.

1.- El nueve y diez de enero, diálogo entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia. 2.- Reunión del Consejo Permanente para la Seguridad y la Cooperación de Europa, Viena, el trece de enero. 3.- Reunión con jefes militares de Inglaterra, y entre tanto, María Sajárova, la vocera del Kremlin, denunció que Occidente prepara una serie de provocaciones e instó a Londres a dejar de difundir “disparates”, como el de la supuesta preparación de un golpe de Estado en Ucrania.

Vladimir Putin lo ha dejado bien claro: lo más importante es que entiendan que no pueden ampliar la Otan hacia el este, y que la presencia de esa alianza militar debe excluir a las naciones que formaron parte de la URSS, además, cabe una pregunta: ¿qué intenta Washington con la colocación de tropas en Ucrania, misiles con ojivas nucleares en Polonia, Rumania, en el Mar Negro, justo frente a la Península de Crimea? Y otra interrogante que es de suma importancia: ¿EE.UU., aprendería la lección de la derrota sufrida en Siria, y el hecho de una nueva realidad política en Irak?

El estancamiento de los acuerdos sobre la producción de energía nuclear por parte de Irán, es otro punto álgido en este tren que marcha a velocidades inverosímiles, aspecto en el que no hay unanimidad en la alianza atlántica, y mucho menos en lo que se refiere al gasoducto Nord Stream entre Rusia y Alemania. El petróleo es un asunto estratégico y las modificaciones estructurales de su mercado, han de ser estudiadas con detenimiento, si se quiere entender el mapa geopolítico de los conflictos bélicos en curso, en todos los continentes.

Una conversación oportuna

Los presidentes Nicolás Maduro y Vladimir Putin conversaron hace poco, ratificaron la solidaridad y la cooperación entre las dos naciones, y ese fue, sin lugar a dudas, una señal inequívoca de lo que significa Venezuela en la arena política internacional y de la posición irreductible de parte del líder bolivariano de mantener una línea de autodeterminación y de independencia plena en nuestra política exterior. Nuestra política es de paz, de cooperación, de solidaridad, de acatamiento a los principios de la Carta de las Naciones Unidas, en un mundo multipolar, como bien lo previó el Comandante Hugo Chávez, lo que significa en el mundo de hoy, tomar posición ante las políticas imperialistas.

Mientras la OTAN prepara una guerra a gran escala, los pueblos del mundo nos preparamos para defender nuestro derecho a vivir en paz.

 

*Roy Daza, escritor, periodista y parlamentario, miembro de la Comisión de Política Exterior de la Asamblea Nacional y de la Comisión de Paz, Diálogo y Reconciliación Nacional.

https://www.alainet.org/es/articulo/214880

 

 

jueves, 9 de septiembre de 2021

«ES EL PENTÁGONO QUIEN DIRIGE LA POLÍTICA EXTERIOR»

 

Mike Prysner siendo detenido en una protesta contra la guerra en Washington DC en 2007. (Foto: Danny Hammontree / Flickr)

UNA ENTREVISTA CON  MIKE PRYSNER

Traducción: Alfo G. Aguado

Mike Prysner, veterano de la guerra de Irak, habla acerca de lo que ha ganado el complejo militar-industrial al permanecer tanto tiempo en Afganistán, lo que le espera al imperialismo estadounidense y por qué aumenta el sentimiento antibélico entre los soldados en activo.

Mike Prysner, veterano de la guerra de Irak, es activista por la paz desde hace quince años. Fue detenido en una manifestación frente al Capitolio (Washington DC), ha ayudado a soldados en activo a negarse a combatir en las guerras de Irak y Afganistán, y ha movilizado a grupos de familias de fallecidos, tanto de alistados muertos en combate como de veteranos fallecidos por suicidio. 

En 2008, Prysner fundó la organización March Forward. Hoy es un periodista que milita en contra de la guerra. Ha producido y coescrito múltiples documentales para el programa The Empire Files, dirigido por su esposa Abby Martin. A su vez, es un activista en el Party for Socialism and Liberation. 

Meagan Day se reunió con Prysner en plena retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán para hablar de por qué Estados Unidos permaneció en Afganistán tanto tiempo a pesar de saber que la guerra estaba perdida y estaba acabando con un incontable número de vidas humanas. Prysner también ofreció su esperanzada opinión sobre la popularización del sentimiento pacifista en el Ejército, incluso entre soldados en activo.

Meagan Day:  ¿Cuánto tiempo llevas involucrado en el activismo contra la guerra aquí en Estados Unidos y cuáles fueron tus motivaciones iniciales?

 

M.P. : Me uní al Ejército justo antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y pude ver de primera mano la rápida transformación que se dio a su interior: las actividades se centraban cada vez más en la guerra y el enfoque era cada vez más racista. Fui desplegado en Irak durante la invasión de marzo de 2003 y permanecí en el país durante un año. Por suerte, pude dejar el Ejército en 2005; pero la mayoría de mis amigos quedaron atrapados y fueron enviados a Irak y Afganistán en repetidas ocasiones. 

Empecé a pronunciarme en contra de la guerra de Irak estando aún desplegado en el país, lo que me generó algún que otro problema. En cuanto pude salir, me involucré con el movimiento pacifista. No era tan raro. Hay toda una generación de veteranos y soldados en activo en Irak y Afganistán que se han unido al activismo contra la guerra. Desde entonces y hasta hoy he sido muy activo en el movimiento contra la guerra.

En 2008 fui cofundador de la organización March Forward!, a través de la cual organizamos manifestaciones masivas en Washington DC y otras ciudades norteamericanas, movilizando a grupos de soldados y veteranos. También nos centramos en movilizar a soldados en activo. Pudimos conocer a muchos soldados opuestos a la guerra y con la voluntad de rechazar su despliegue mediante la distribución de folletos en las bases militares del tipo «No vayas a Afganistán. Así es como podemos ayudarte a salir».

También hicimos una gran labor movilizando a familias que habían perdido a sus seres queridos, tanto en la guerra como por suicidios al volver de ella. He podido hablar con muchas viudas y madres que han perdido hijos e hijas. A lo largo de estos años también he tenido mucha actividad periodística, cubriendo las guerras en Afganistán e Irak, incluyendo la producción de cortos documentales para The Empire Files. Pero mi actividad más intensa y personal ha sido el movilizar a soldados en activo y a sus familias. 

M.D.: El 18 de agosto Joe Biden ofreció un discurso sobre la retirada de tropas en Afganistán. ¿Qué opinas sobre las palabras del presidente?

M.P. : A pesar de que no me sorprendió, fue decepcionante su honestidad al decir que Estados Unidos debía trasladar el foco de Afganistán y centrarse en otros frentes como Somalia, Yemen o Siria, alejando al país de guerras perdidas y abriendo la puerta a bombardeos y acciones militares en nuevos lugares. El discurso me pareció una suerte de cesión ante el complejo industrial-militar y sectores de la clase dirigente interesados en seguir expandiendo la guerra. Como diciendo, «Sí, estamos poniendo punto final a esta guerra, pero que no cunda el pánico: habrá otras».

En lo que sí acertó Biden fue al decir que el resultado de la retirada habría sido el mismo si hubiéramos mantenido las tropas ahí ocho meses o cinco años más. La toma de poder de los talibán era inevitable. Es positivo oírle decir esto ahora, pero lo que me irrita es que tanto el propio Biden como Antony Blinken y el resto de oficiales de la administración Obama han sabido esto desde hace diez, doce años. 

Los «Papeles de Afganistán», cuya publicación por The Washington Post en 2019 no generó el escándalo debido, revelaron que el gobierno supo siempre, a lo largo de los veinte años que duró esta guerra, que no había posibilidad alguna de evitar una victoria talibán tras la retirada. Simplemente optaron por alargar el conflicto eternamente. No era mal negocio. Era bueno para el Ejército. No morían suficientes soldados para que al público le importase y al público estadounidense no le preocupan los civiles afganos, por lo que no había presión para finalizar la guerra. Era una situación ventajosa para el Pentágono y para el complejo militar-industrial, por lo que Washington no le prestaba demasiada atención. No tenían por qué hacerlo.  

M.D.: Cuatro presidentes han estado al frente de esta guerra: George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Biden. ¿Podrías darnos una panorámica de cada una de estas administraciones de cara al conflicto en Afganistán?

M.P.: El motivo por el cual la administración Bush invadió Afganistán no fue para evitar un nuevo ataque terrorista. Esto no se iba a lograr invadiendo y ocupando un país que no había jugado papel alguno en los atentados del 11 de septiembre. De hecho, en una encuesta realizada hace unos diez años se mostró que el 92% de los jóvenes afganos en las provincias ocupadas del sur ni siquiera habían oído hablar de los atentados terroristas del 11-S. Al mismo tiempo, Estados Unidos se negó a dialogar con los talibanes que se ofrecieron entonces a cooperar en la captura de Osama Bin Laden, así como en otras actividades antiterroristas. 

La razón por la que Estados Unidos ocupó Afganistán fue que, a pesar de que los talibán estaban dispuestos a colaborar, era difícil tratar con ellos porque se negaban a gobernar en términos neocoloniales. Cualquier país que no sea completamente servil ante el imperialismo estadounidense, incluso si se muestra dispuesto a colaborar, puede ser potencialmente derrocado y destruido. 

La administración Bush pensó que sería fácil. Pensaron, «es sencillo: ocupamos Afganistán, derrocamos el gobierno de los talibán en un mes e instalamos un gobierno títere. Después haremos lo mismo en Irak, será realmente fácil. Y continuaremos en Irán, Líbano, Somalia, Sudán…». El Pentágono realmente creía que en cinco años los gobiernos de todos estos países podrían ser derrocados. No imaginaban el embrollo en el que se estaban metiendo. Fue esa total arrogancia imperial lo que llevó a la administración Bush y al Pentágono a pensar que la operación sería un camino de rosas. 

Eventualmente, las guerras les estallaron en la cara. Y entonces llegó Obama. Recordemos que en 2008, lo que impulsó su campaña en las primarias del Partido Demócrata fueron sus declaraciones iniciales prometiendo que pondría fin a la guerra de Irak, aprovechando la hostilidad que despertaba la guerra entre los votantes por aquel entonces. Pero también es cierto que Obama prometía al mismo tiempo ganar la guerra de Afganistán. No retirarse, sino ganar. Y es por eso que su administración llevó a cabo un aumento de tropas en el país. 

Biden ahora dice que entonces su postura era contraria a este aumento. Pero si uno vuelve y consulta la hemeroteca, Biden tan solo abogaba por un aumento más moderado, continuando de todos modos con la ocupación indefinida. 

Obama inundó Afganistán con sus tropas para tratar de ejercer más presión sobre los talibán y que estos aceptasen un acuerdo. Si uno consulta esas fechas en los «Papeles de Afganistán», la administración Obama y el Pentágono jamás pensaron que los talibán podían ser derrocados militarmente. En aquel momento se entendía que si el asedio militar era suficientemente intenso, los talibán aceptarían un reparto del poder. Y por eso se habían iniciado conversaciones secretas con el gobierno talibán. 

Así, mientras a la ciudadanía estadounidense se le decía que se estaba progresando en Afganistán, mientras a los soldados y sus familias se les explicaba «Tenemos que seguir luchando, tenemos que seguir muriendo y seguir matando unos pocos años más, hasta derrotar a los talibán», la administración Obama negociaba entre bastidores un gobierno talibán con un papel reservado a los sectores títeres de Estados Unidos.

Es por esta razón que el aumento de tropas de Obama no fue solo un desastre en el terreno, sino que fue un completo fracaso en lo militar. Gracias a los «Papeles de Afganistán» sabemos que el Pentágono le comunicaba a la administración Obama: «Según todas las métricas, estamos perdiendo esta guerra y no podemos revertir la situación». A lo que la Casa Blanca respondía: «Bueno, pues entonces produzcan una métrica en la que se muestre que lo estamos haciendo bien».

Ante esta estrategia de guerra, la hostilidad creció entre filas. Altos rangos del Ejército empezaron a denunciar el despliegue de patrullas inútiles que terminaban siendo voladas a diario. Había mucho descontento dentro de las Fuerzas Armadas y la imagen de Estados Unidos empezó a empeorar. 

Con el tiempo, la estrategia de Obama fue la siguiente: «De acuerdo, ya que no hay forma alguna de lograr nuestros objetivos militares, vamos a retirarnos lentamente. En lugar de retirarnos de golpe, vamos a reducir el número de tropas, que a lo largo de la próxima década quedaran aisladas en sus pequeñas bases. Esto nos permite seguir ocupando el país, continuar con los bombardeos y alimentar el complejo militar-industrial. Pero poco a poco, vamos a ir retirándonos».

A su llegada, Trump heredó tan solo una pequeña cantidad de tropas en el terreno. La retirada ya estaba planeada. Y podría haber continuado con esta estrategia, saliendo de la guerra lentamente, como apuntó en campaña, atacando tanto a republicanos como demócratas en favor de mantenernos en esta guerra eterna. Durante la campaña, Trump alimentó esta retórica aislacionista sin estar en posición de llevarla a cabo. 

Sin embargo, lo que terminó haciendo Trump fue triplicar el número de tropas norteamericanas en Afganistán. Presionó a otros países miembros de la OTAN para que enviasen más tropas. Extendió masivamente el número de mercenarios, hasta el punto de que llegaron a haber aproximadamente diez veces más mercenarios que soldados en el país. Aumentó dramáticamente el número de bombardeos, en lo que es uno de los legados más grotescos de su presidencia. Y no es que la CIA y el Ejército hubieran tenido demasiadas restricciones a la hora de lanzar bombas hasta ese momento. También antes de Trump se habían matado civiles indiscriminadamente. Pero con la llegada de Trump, la política fue de gloves off (sin piedad). 

Con Trump, Estados Unidos lanzó tantas bombas en Afganistán que mató a más civiles en 2018 y 2019 que en cualquier año anterior. Esto incluye los años en los que Obama aumentó las tropas, cuando había veinte veces más soldados sobre el terreno. Si Obama había pensado que podía forzar un acuerdo con los talibán enviando más tropas, Trump pensó que podía presionarles sencillamente bombardeando todo lo que estuviera al alcance de la vista. 

Pero el objetivo de tanta violencia desplegada en Afganistán por Obama y Trump ni siquiera era el de impedir que los talibanes tomaran el poder. A pesar de lo que se decía públicamente, entre bambalinas ambas administraciones estaban tratando de formar un gobierno de unidad con los talibán. O al menos un gobierno talibán que simpatizase con Estados Unidos y mantuviese algún vestigio del tipo de régimen neocolonial que habían tratado de implantar inicialmente. Y de alguna forma, este va a acabar siendo el resultado final. Visto así, uno se da cuenta de que no había ningún objetivo detrás de tantos años de violencia y matanzas continuadas. 

M.D. : ¿Por qué está teniendo lugar la retirada ahora, con Biden? No es que haya sido exactamente un opositor incondicional a la guerra de Afganistán. 

M.P.: Tiene gracia, porque Biden jamás estuvo a favor de una retirada completa. Incluso en los últimos días de campaña contra Trump en 2020, no dejó de insistir en que había que dejar al menos varios miles de soldados en el país, fiel al relato de que Estados Unidos no podía dejar a sus socios afganos abandonados. Con el tiempo, y tras asumir el cargo, el tono cambió y empezó a mostrarse en favor de una retirada total. 

La razón de este cambio es que no se trata del plan de Biden sino del plan del Pentágono, cuyos altos cargos, a quienes nadie ha votado, ejercen total control sobre el gobierno electo. Es el Pentágono, en realidad, quien dirige la política exterior y no las instituciones nominalmente democráticas. Así, a pesar de que Biden asumió el cargo con la idea de mantener cierto número de tropas sine die, fue el Pentágono quien dijo: «No, es necesario retirarnos». De ahí su cambio de opinión. 

Hasta hace poco, el Pentágono estaba por lo general satisfecho con la guerra de Afganistán. Sí, se sabía que Estados Unidos había estado perdiendo la guerra durante la mayor parte de la ocupación. Pero un conflicto de larga duración como este seguía siendo beneficioso para la política imperialista, aun si en cierto modo la guerra se estaba perdiendo. Tenemos un presupuesto militar absolutamente inflado. En ocasiones, se llegaron a gastar 400 o 500 millones de dólares diarios solo en la ocupación de Afganistán. Esta guerra ha sido una bendición para el complejo militar-industrial y ha permitido al Ejército de los Estados Unidos desarrollar todo un arsenal tecnológico. 

Piensa en las compañías energéticas que proporcionan combustible a los múltiples contratistas militares que llevan el mantenimiento de las bases. Piensa en las empresas que fabricaban vehículos que van directamente de la línea de montaje en fábrica a las carreteras de Afganistán, donde son volados en pedazos e inmediatamente reemplazados por nuevos vehículos. Piensa en las muchas compañías que fabrican balas, misiles, proyectiles, tanques. Es evidente: la industria militar ha sido la gran interesada en mantener activa esta guerra. 

Ocurre algo parecido con los oficiales del Pentágono. La guerra les permite obtener experiencia de combate, obtener sus medallas, experiencia de mando. Con el tiempo son promovidos y a las semanas de jubilarse encuentran puestos altamente remunerados en la industria. Es muy difícil ponerle fin a una guerra que sirve para el enriquecimiento personal de los oficiales del Pentágono y para sacar brillo a sus currículums. 

La guerra fue beneficiosa durante un largo tiempo, pero finalmente se ha llegado a un punto en el que el imperio ha visto que no puede seguir embarrado en una guerra que hace veinte años que se está perdiendo claramente. Estados Unidos debería proyectar su poder a través de una imagen de máquina militar invencible. Llegados a este punto, los fracasos de Afganistán e Irak pueden hacer que Estados Unidos parezca un poder debilitado al que se puede, en efecto, derrotar. 

La guerra de Afganistán estaba empezando a dañar la imagen del imperialismo norteamericano y el tipo de dominio que hay que proyectar en el mundo. Así, nuestra clase dominante ha decidido moverse en busca de otros objetivos y nuevos regímenes a los que derrocar.

Obama ya había hablado de distanciarse de Irak y Afganistán durante su presidencia. Su idea era que invertir tanta energía y tiempo tratando de ganar estas guerras-imposibles-de-ganar estaba dañando los objetivos generales de hegemonía global norteamericana. Para Obama, Estados Unidos necesitaba replegarse y centrar sus esfuerzos en nuevos puntos del planeta, incluidos otros países de Oriente Medio, pero también América Latina y especialmente Asia. 

A pesar de prolongar el conflicto afgano, durante la presidencia de Trump ya empezó a vislumbrarse esta transición con el intento de golpe de Estado en Venezuela, las nuevas tensiones contra Cuba, las acciones en Yemen y Siria, y el gran despliegue militar en el Mar de la China Meridional. Recientemente, la vicepresidenta Kamala Harris viajó Vietnam para ejercer presión contra China, en lo que ha sido visto como una provocación en la región. Muchos países en Asia se esfuerzan por mantener cierta cooperación pacífica en la región, pero Estados Unidos no deja de interferir con el fin de aumentar tensiones. 

Creo que por el momento Estados Unidos quiere evitar un enfrentamiento con China, le tiene pavor a una posible guerra entre superpoderes. Pero su comportamiento en el escenario global es tan beligerante y provocador que otros conflictos menores podrían terminar provocándola. Lo que es evidente es que el foco de interés ha cambiado. Los nuevos oficiales que hoy en día se entrenan en West Point y el resto academias militares de élite están siendo preparados para un posible enfrentamiento con China. Y a la luz de este giro, creo que el Pentágono ha querido cerrar el capítulo de Afganistán, como bien reflejan las acciones de Biden. 

M.D.: Buena parte del argumentario en contra del retiro de tropas estos días se centra en la violación de derechos humanos por parte de los talibán, en particular de los derechos de las mujeres. ¿Cómo deberíamos tratar esta cuestión, haciéndonos cargo de que los talibán son a menudo brutales y responsables de un sufrimiento real, pero sin dejar de defender que Estados Unidos abandone Afganistán?

M.P.: Creo que deberíamos empezar por hacernos cargo de la absoluta catástrofe que ha supuesto la ocupación estadounidense para el pueblo afgano. Necesitamos entender el nivel de violencia al que se ha sometido al país durante estos años: aldeas bombardeadas, pueblos asaltados en medio de la noche por fuerzas especiales disparando a personas en la cama… Ha sido verdaderamente atroz. Además de la violencia, ha existido también la constante humillación de la ocupación, con soldados a las puertas de cada pueblo, cacheando a todo el mundo que entra y sale. La vida bajo este tipo de ocupación militar es espantosa. 

Según las encuestas, la prioridad número uno para los afganos ha sido siempre poner fin a esta guerra. Los afganos quieren la paz. La mayoría querían una retirada total de las fuerzas norteamericanas y se mostraban a favor de un acuerdo con los talibán. Unos doscientos mil civiles han muerto en esta guerra, y según algunas estimaciones esta cifra se queda corta. La gran mayoría de estas muertes fueron causadas por el Ejército de los Estados Unidos. Durante años, a los medios de comunicación no les ha importado este sufrimiento, pero ahora se apela a los derechos humanos como pretexto para defender la permanente ocupación de Afganistán. 

El tema especifico de los derechos de las mujeres es interesante porque no es que los derechos de las mujeres estuvieran repentinamente reconocidos en los territorios bajo control estadounidense. Sin duda, era más fácil para las mujeres vivir en Kabul o en otros centros urbanos que eran los fortines de la ocupación. Pero en las áreas rurales ocupadas por Estados Unidos la mayoría de normas culturales y religiosas del régimen talibán anterior se mantuvieron intactas. 

Si queremos que Afganistán progrese en materia social, es importante entender que nada de esto era posible bajo la ocupación. Cuando en cada pueblo hay enfrentamientos y violencia diarios, es imposible que exista progreso social, porque la guerra es el principal problema con el que debe lidiar la gente. 

En los años 70 y 80 Estados Unidos aplastó los movimientos progresistas y socialistas y defensores de los derechos de la mujer en Afganistán. La única forma de lograr que ese tipo de movimientos resurjan nuevamente es terminar con el permanente estado de guerra, cosa que en este momento requería poner fin a la intervención de los Estados Unidos. 

M.D.: La semana pasada vimos imágenes de ciudadanos afganos persiguiendo un avión militar en pista, desesperados por salir del país, mientras soldados norteamericanos les disparaban. Al mismo tiempo, el presidente francés Emmanuel Macron dijo en unas declaraciones: «Debemos anticiparnos y protegernos ante los grandes flujos de migración irregular». ¿Qué le debe Occidente a las personas que permanecen en Afganistán, así como a los refugiados y solicitantes de asilo afganos?

M.P.: Creo que Biden hizo lo correcto diciendo que era necesaria una retirada total y llevándola a cabo. Pero el permitir que miles de personas fueran básicamente atropelladas por aviones de la Fuerzas Aérea saliendo del país ha sido algo espantoso. Las imágenes de personas cayendo desde el tren de aterrizaje, con el avión a mil metros de altura, son absolutamente horrendas. La retirada total era necesaria, sí, pero la operación ha sido un completo fracaso. 

Las imágenes del aeropuerto de Kabul dicen mucho sobre cómo Estados Unidos ve a los ciudadanos y refugiados afganos. Es una deshumanización total. También nos dicen mucho sobre la incompetencia norteamericana. Había seis mil soldados desplegados. Se sabía que los talibán estaban entrando en la ciudad, y el Ejército debió haber tenido un plan de salida racional. En cambio, actuaron como si les fueran a asesinar si no salían en menos de una hora, sin importarles los afganos que se llevaran por el camino. 

El Ejército de los Estados Unidos es una gigantesca maquinaria con increíbles capacidades logísticas, y aun así no ha sido capaz de organizar a las multitudes que han ido acudiendo al aeropuerto con la esperanza de poder salir del país, cosa por lo demás del todo inevitable. Se ha terminado disparando a la multitud, asesinando a gente en mitad de la pista. Muchas de estas personas han ayudado a Estados Unidos en la guerra, estaban de su lado. El Ejército ha gestionado esta situación en pánico, a pesar de que los talibán no entraron en Kabul disparando. Gente ha muerto debido a esta incompetencia. Es un terrible fracaso que perseguirá a la administración Biden y a los comandantes en el terreno. 

En cuanto a lo que Occidente, y en particular Estados Unidos, le debe a la población afgana y los refugiados intentando escapar, lo primero que mencionaría son las reparaciones. Hemos vertido enormes cantidades de dinero en Afganistán, y la mayoría de estos recursos han sido destinados a contratistas militares y títeres locales que ahora han huido del país y vivirán de las decenas de millones de dólares que mantienen en cuentas secretas. Este dinero se lo debemos al pueblo afgano, para que pueda reconstruir el país después de la destrucción que llevó a cabo Estados Unidos. En cuanto a las personas que quieran salir de Afganistán, merecen el derecho de venir a los países que destruyeron el suyo, incluidos Estados Unidos y los diecinueve aliados que formaron parte de las fuerzas de la OTAN.

M.D.: Durante un largo tiempo has tenido contacto de primera mano con el activismo pacifista en Estados Unidos. ¿Tienes alguna esperanza en que aumente el sentimiento antibélico entre la opinión pública estadounidense? ¿Qué deberíamos hacer para desarrollar un movimiento a escala nacional que pueda oponerse de manera eficaz a estas guerras eternas?

M.P.: Tras quince años movilizado en contra de las guerras, hoy día soy más optimista que nunca. Es cierto que no hemos visto protestas masivas por la paz como las que se dieron en pleno auge de la guerra de Irak, pero sí creo que el sentimiento antibélico está más extendido y generalizado debido a lo que la gente ha experimentado en Irak y Afganistán. Ahora que se cierra el capítulo afgano, creo que visto en el retrovisor de la historia podremos tomar consciencia de lo que ha significado realmente el conflicto. 

Más concretamente, creo que las guerras de Irak y Afganistán han impactado con particular intensidad sobre la clase trabajadora. En estos últimos veinte años, toda persona pobre del país ha conocido a alguien en el Ejército, lo cual significa que probablemente haya conocido a alguien desplegado en Irak o Afganistán y que al regresar pareciera una persona distinta, o que regresara a una vida más difícil como la de los militares que trataron de escapar. Creo que esta experiencia colectiva ha tenido un gran impacto en la psique de la clase trabajadora estadounidense. 

Pero mi optimismo deriva principalmente de lo que he ido viendo entre las filas de los soldados en activo que he tratado de movilizar en contra de la guerra. Durante los años que llevo haciendo esto siempre me he encontrado con personas con ganas de protestar en contra de la guerra y resistir órdenes. Personas descontentas las ha habido siempre, algunas incluso dispuestas a tomar posturas valientes. Pero ha sido siempre una pequeña minoría. 

Hoy, en cambio, creo que el sentimiento antibelicista en el Ejército ha crecido y está más fuerte que nunca. Por poner un ejemplo, cuando Trump asesinó a Qassim Suleimani en 2019 y durante una semana pareció que íbamos a la guerra con Irán, no dejé de recibir mensajes en los que soldados en activo me aseguraban que bajo ninguna circunstancia pelearían esa guerra. Jamás había experimentado algo así, ni siquiera en los días más calientes de Irak y Afganistán, cuando los soldados sabían que si iban allí era más que posible que no regresaran de una pieza. Creo que esta reacción fue muy significativa. 

Esta nueva conciencia en el Ejército es reflejo de una concientización de la sociedad en general. Creo que todas las conmociones políticas recientes (el Occupy Wall Street, la campaña de Bernie Sanders, el movimiento antirracista tras el asesinato de George Floyd) han resonado fuerte entre los soldados en activo. Y de la misma forma que en Estados Unidos hoy día parece que hay mucho más potencial para la construcción de activismo y cambio social, lo mismo pasa en el Ejército. 

Bernie Sanders recibió más aportaciones a su campaña de soldados en activo que el conjunto de donaciones al resto de candidatos en las primarias del Partido Demócrata sumadas a las donaciones a Donald Trump. Este dato nos dice mucho sobre el tipo de opiniones políticas que están emergiendo en el Ejército. 

En cuanto a lo que deberíamos hacer para construir un fuerte movimiento pacifista en Estados Unidos, creo que deberíamos primero vincular esta lucha con otros temas que también afectan diariamente a la clase trabajadora, para que cuando emerja un nuevo momento de inercia política estemos preparados para mantener la presión alta y que hay resultados. 

No siempre va a haber cientos de miles de personas inundando las calles en contra de la guerra como pasó al inicio de la guerra de Irak, pero tampoco podemos anticipar cuando volverá a darse un momento como ese. Lo que sí sabemos es que siempre habrá una nueva escalada militar, siembre habrá un nuevo objetivo en la política imperial de los Estados Unidos. Debemos estar preparados y trabajar diariamente comprometidos con la solidaridad internacional. 

Fuente: https://jacobinlat.com/2021/09/08/es-el-pentagono-quien-dirige-la-politica-exterior-no-las-instituciones-democraticas/