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jueves, 17 de septiembre de 2020

LA CRISIS DEL SISTEMA DE PARTIDOS Y LA ORFANDAD CIUDADANA


15/09/2020

 

El principal mecanismo que, por antonomasia, ejerció una mediación entre el Estado –sus instituciones y estructuras– y los variados intereses de la sociedad es el partido político. Esclerotizados por la corrupción, el uso patrimonialista de lo público y la desconfianza ciudadana, los partidos políticos enfrentan –a nivel mundial– un colapso de legitimidad que no solo ahonda la limitada cultura política en las sociedades contemporáneas, sino que exacerba la orfandad ciudadana y restringe todo cauce de acceso al Estado, a sus mecanismos de construcción del poder y a sus procesos de toma de decisiones.

 

La crisis de los partidos políticos hunde sus raíces en la pérdida de fe en el Estado como macroestructura institucional capaz de resolver los más acuciantes problemas públicos. Desvanecido el pacto social de la segunda posguerra entre el sector público, el capital y la clase trabajadora –con sus consecuentes matices en el Estado desarrollista del Sur del mundo–, los partidos políticos no solo incursionaron en una crisis de las ideologías con el agotamiento del liberalismo a partir de 1968 y con el desmoronamiento del régimen soviético y su modo de producción estatista, sino que también fueron lapidados por el mismo desmonte del sector público y el vaciamiento del Estado respecto a sus funciones y decisiones estratégicas.

 

Más aún, el colapso de los partidos políticos como organizaciones representativas de los múltiples intereses de las sociedades, se relaciona con la incapacidad de las élites políticas e intelectuales para imaginar y proyectar escenarios alternativos de formas de vida y organización social. Sin esa capacidad para desplegar el pensamiento utópico (https://bit.ly/30kbnsV), los partidos políticos no solo se muestran postrados ante el maremágnum de acontecimientos que aceleran problemas estructurales de las sociedades contemporáneas, sino que naufragan en el mar de la confusión epocal cuyas aguas provienen de la desigualdad extrema global, la pobreza, la economía de la precariedad, el hiper-desempleo masivo y el fin de la sociedad salarial, y los múltiples mecanismos de exclusión social radicalizados en la era de la incertidumbre. Lo que subyace en esta crisis del sistema de partidos no solo es su falta de brújula de cara a múltiples flagelos sociales, sino que es la consustancial y contradictoria relación capitalismo/democracia lo que eclipsa toda posibilidad de igualdad social y de bienestar generalizado. Mientras persista el carácter explotador, excluyente, desigual, rentista, extractivista y expoliador del capitalismo, se torna imposible materializar el ideal ilusorio de la democracia liberal.

 

En condiciones de subdesarrollo, las sociedades enfrentan esta misma contradicción capitalismo/democracia, y se agrava con la inserción desventajosa en el curso de la economía mundial, la desnacionalización de las decisiones estratégicas fundamentales, y con la cooptación y captura del Estado desde múltiples intereses creados. En ese escenario, los partidos políticos son un apéndice más de la correlación de fuerzas propia de las estructuras de poder, riqueza y dominación. En sociedades como la mexicana la esclerosis del sistema político y los intereses facciosos se fusionan con la crisis de Estado, y en esa vorágine los partidos políticos privilegian la confrontación por encima de la propuesta razonada; la lapidación de la palabra por encima del diálogo constructivo; las prerrogativas públicas como negocios cupulares por encima de la apertura y participación activa en debates respecto a los grandes problemas nacionales; y la trivialización de la praxis política por encima de la construcción de soluciones y alternativas viables.

 

Debilitados institucionalmente y asediados por la desconfianza y el descrédito endilgados por los ciudadanos, los partidos políticos atraviesan –en general– una crisis de identidad que no solo los coloca en el sendero de la pérdida de rumbo (https://bit.ly/2ZKkZgg), sino que los hunde en un déficit de aceptación por parte de la ciudadanía. De organizaciones de interés público, los partidos políticos –desde hace décadas– son raptados por los poderes fácticos que pretenden posicionarse en las estructuras de poder del Estado y hacer valer desde allí sus intereses facciosos o de grupo.

 

Enajenados por el mantra del fundamentalismo de mercado, los partidos políticos se tornan incapaces de brindar respuestas respecto a los problemas públicos. Y ello no hace más que incrementar el malestar en la política y con la política, en lo que ya se perfila como una era del desencanto, la desilusión y el descontento. Esta resignación se magnifica por el hecho constatable de que los partidos políticos experimentan una desconexión respecto al mundo fenoménico y sus contradicciones; en tanto que el sentido que les sostiene de píe es una rivalidad a ultranza fundamentada en la denostación y el odio a “el otro”. Extraviados en el laberinto de la post-verdad, sus liderazgos hacen de la mentira y el rumor (https://bit.ly/3ivDXOQ) un terreno para diferenciarse del adversario; al tiempo que se elevan a la plaza pública digital para anteponer las emociones al mínimo ejercicio razonado de diálogo y debate constructivo. Las redes sociodigitales no solo sepultan toda posibilidad de debate razonado en torno a los problemas públicos, sino que hacen aflorar lo más vil de las entrañas que rigen la ignorancia tecnologizada.

 

El mismo fundamentalismo de mercado torna borrosas las fronteras ideológicas entre un partido y otro. Sean organizaciones políticas conservadoras, liberales o socialdemócratas, la distinción ideológica no es el rasgo definitorio de su identidad, como sí lo son los intereses creados y ocultos que no declaran defender ante la opinión pública, pero que sí son delatados por el adversario al evidenciar los actos de corrupción. Convertidos en gobierno, los distintos espectros discursivos se ciñen a los imperativos restrictivos del “austericidio” y del “Estado mínimo”, sucumbiendo con ello a las posibilidades de modelación de la sociedad desde un proyecto político reivindicado o defendido. Esta orfandad ideológica se evidencia en la renuncia a toda posibilidad para formar cuadros políticos y reivindicar derechos ciudadanos.

 

Con la intensificación de los procesos de globalización, el dislocamiento o desanclaje entre poder y política (Estado) conduce a que las decisiones estratégicas sobre la vida de una sociedad no se tomen única y exclusivamente en los espacios locales/nacionales, sino que dichas decisiones estén en función de los intereses y proyectos propios de actores y agentes posicionados en la órbita de espacios globales y altamente transnacionalizados (redes empresariales globales, agencias calificadoras y banca privada transnacional, organismos internacionales y comunidades epistémicas, organizaciones no gubernamentales internacionales, etc.). Ello, en buena medida, explica el extravío del sistema de partidos en las sociedades nacionales y su desconcierto para comprender los poderes fácticos y la génesis y alcances de las estructuras de poder y riqueza.

 

Esta crisis institucional es el telón de fondo de la crisis de la política que, en otro espacio, definimos como una crisis civilizatoria (https://bit.ly/2OdSmBL). Los partidos políticos son parte de esa crisis institucional generalizada; al tiempo que son subsumidos por la lógica desbocada del individualismo hedonista, la resignación impuesta por el social-conformismo atomizado, y el ancestral distanciamiento entre el Estado y el ciudadano de a píe. Lo privado se impone a lo público, y en esa tensión los partidos políticos contribuyen a la privatización de la política tras reducir la jurisdicción de esta praxis a las decisiones, prácticas y hábitos de las élites y las oligarquías. Las mismas luchas intestinas protagonizadas por sus miembros y facciones contribuyen a esa erosión de la identidad y estructura de los partidos; al tiempo que se erigen en simples organizaciones en búsqueda del poder por el poder como fin primordial.

 

Este malestar en la política y con la política se explica también por un acelerado agotamiento de los procesos de democratización reducidos al ejercicio de la representatividad popular. No solo el Estado y los partidos políticos se muestran ajenos y distantes respecto a los lacerantes problemas públicos, sino que también tomaron distancia respecto al ciudadano y sus intereses y urgencias inmediatas. Remozadas las nuevas formas de autoritarismo y exclusión, los partidos políticos son incapaces de generar mecanismos de cohesión social entre la ciudadanía; más aún lo son en los márgenes de un patrón de acumulación regido por la desigualdad, la explotación y el avasallamiento sistemático de la clase trabajadora.

 

El sistema de partidos no logra eslabonar los intereses y necesidades de la ciudadanía con las instituciones y estructuras el Estado; ni mucho menos propician que la conducción de éstas se torne cercana a la sociedad. Más que la resolución de los problemas públicos, lo que priva es una labor de gestión tecnificada para que dichos problemas no se tornen ingobernables y comprometan el patrón de acumulación imperante. Ello mismo es otro de los grilletes que abren círculos viciosos en la misma esencia de los partidos políticos; convirtiéndose estas organizaciones en parte de las causas mismas de los problemas públicos tras entorpecer la mediación entre el Estado y la sociedad.

 

En el mundo subdesarrollado, los cascarones vacíos que aún se denominan partidos políticos son entidades amorfas carentes de ideología y distantes del Estado en su relación simbiótica y en cuanto a los mecanismos que éste puede desplegar para supervisarles, controlarles e imponerles límites en sus funciones y atribuciones. El sistema de partidos en estas sociedades no solo navega en el río caudaloso de la arbitrariedad, sino que es parte de la confrontación facciosa (https://bit.ly/3hv0c63) que no propiamente disputa el hacer valer un proyecto de nación, sino que pretende defender los intereses creados de los poderes fácticos que controlan dichas organizaciones.

 

La misma pandemia, como hecho social total, y el cambio de ciclo histórico (https://bit.ly/3fULDsl) que de ella se desprende, coloca a los partidos políticos en el sendero de la inviabilidad histórica. Su silencio cómplice y su sectarismo nubla el pensamiento de sus liderazgos para imaginar escenarios alternativos en el contexto del colapso de legitimidad (https://bit.ly/33wx5KC) y postración (https://bit.ly/2Z3YYre) del Estado ante la crisis epidemiológica global, sus causas y consecuencias.

 

Ante la despolitización de la sociedad y la misma orfandad ciudadana, es pertinente reivindicar el pensamiento utópico y la formación de una cultura política a partir del despliegue del pensamiento crítico y la imaginación creadora. Ello en aras de atemperar las ausencias del Estado (https://bit.ly/3jBTnBo) y de abonar a la construcción de proyectos de nación con base en formas de organización social alternativas que posicionen como eje central las necesidades e intereses de los ciudadanos. Sin información oportuna, veraz y atinada, el ciudadano corre el riesgo de mantenerse a la deriva y de ser cooptado por esas entidades facciosas que se autodenominan partidos políticos, y que son parte del extravío experimentado por las sociedades contemporáneas.

 

Isaac Enríquez Pérez

Investigador, escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos (de próxima aparición).

Twitter: @isaacepunam 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/208899

 



martes, 7 de julio de 2020

LOS NÁUFRAGOS DE LA PANDEMIA Y DE LA GRAN RECLUSIÓN



·        Isaac Enríquez Pérez

06/07/2020
La humanidad contemporánea construye y vive en una sociedad paradojal: por un lado, notables avances y progresos científicos, tecnológicos y médico/sanitarios que hacen más llevadera y duradera la existencia; y dinamizados –estos avances– por la revolución del informacionalismo y la inteligencia artificial. Por otro –y muy distante de lo anterior–, el ensanchamiento de las brechas de desigualdad social, y la centralización y concentración de lo frutos del progreso tecnológico en manos de quienes toman las decisiones en el mercado. Esa paradoja es el caldo de cultivo para la gestación e irradiación de las epidemias y para la indefensión y marginación de amplios segmentos de la población mundial. A esta paradoja se suma la tergiversación semántica y la palabra como territorio de disputa entre los intereses creados que perfilan el telón de fondo de la actual pandemia.

Cabe enfatizar que la desigualdad social y económica es consustancial al carácter contradictorio del capitalismo y a las relaciones de explotación que rigen la acumulación de capital. Esta desigualdad no la generó el coronavirus SARS-CoV-2, pero sí la potenció, al tiempo que radicalizó sus efectos sobre amplios contingentes de seres humanos. Más por los efectos de una crisis económica inducida desde las estructuras corporativas globales, que aprovechan la coyuntura para demandar masivas transferencias de presupuestos públicos a manos privadas, en nombre de un falso rescate que no toma en cuenta al trabajador, ni el ingreso de los hogares, ni a las pequeñas y medianas empresas que son, en realidad, las que sostienen la economía mundial a través de la vasta generación de empleos y de sus labores de proveeduría a las redes empresariales globales.

Independientemente de la clase social que conforman los ciudadanos en todo el mundo, la gran perdedora con la pandemia y su magnificación mediática es la misma humanidad. Asediada por el miedo a la enfermedad y la muerte, asaltada por el pánico e invadida por la vulnerabilidad y la desolación, la población mundial –por vez primera– fue sincronizada en sus emociones y sensaciones al calor del peligro ante la irradiación de un "enemigo" invisible. Desde el confinamiento global –aceptado con docilidad y, en no pocos casos, hasta con autocomplacencia– y la dictadura de la mascarilla, hasta el monitoreo de la temperatura corporal y de los infectados a través de aplicaciones de telefonía móvil, se impuso la incertidumbre, el miedo y la necesidad de protección por encima de las libertades básicas. Las generaciones contemporáneas experimentan –tal vez por vez primera en sus vidas– la sensación de vulnerabilidad y fragilidad en tiempo real, las 24 horas del día y a escala planetaria. En ello radica la globalización y sus manifestaciones en fenómenos sanitarios como el vivido. 

La cotidianidad de la población mundial y el ejercicio de los derechos ciudadanos son alterados con el confinamiento global; y más en aquellas sociedades nacionales donde éste fue estipulado como obligatorio. Súbitamente, los individuos y las familias fueron recluidos y limitados en sus libertades de movilidad aún sin su consentimiento, bajo la excusa de "salvar la vida”, “prevenir contagios” y “evitar el colapso de los sistemas sanitarios". A primera vista, la intención es loable por parte del nuevo Estado sanitizante o higienista, pero en esas decisiones públicas subyace celeridad; falta de atención a casos específicos respecto a la irradiación del virus entre las poblaciones; y afanes de control autoritario –y hasta totalitario en no pocos casos– sobre los cuerpos y la mente. Además, el distanciamiento físico devino en distanciamiento social y en un destierro de los ciudadanos respecto al espacio público que les corresponde por esencia. En este ejercicio, los Estados encontraron el terreno fértil para intentar restablecer –en nombre de la sanitización o el higienismo– la legitimidad perdida durante las últimas cinco décadas. La exacerbación del miedo y el pánico (https://bit.ly/2VOOQSu) no sólo inmovilizó y recluyó a las poblaciones, sino que afianzó e incrementó el poder y dominación de los Estados en sus sociedades a través de la biovigilancia y la bioseguridad.

Así pues, la socialización es una víctima potencial de una gran reclusión que coarta la necesidad natural y la espontaneidad del contacto con los otros. Al tiempo que siembra la desconfianza, la nueva peste abre las vetas de la discriminación y la segregación –que no sólo recae sobre pacientes contagiados, sino sobre el personal sanitario– y la criminalización de los infectados y enfermos por parte de la industria mediática de la mentira y de los gobiernos. El "otro" es visto como un apestado, como un enemigo del cual huir y al cual poner distancia no solo física, sino también social. El correlato de todo ello es la ansiedad e innumerables padecimientos mentales, fruto del encierro obligado, la angustia y frustración ante la incertidumbre laboral, y el pánico ante la posibilidad abierta de enfermar y no contar con medicamentos que acerquen el alivio y vacunas que prevengan el contagio. 

La palabra y la verdad conforman una mancuerna vilipendiada y reducida a víctima desechable en medio del maremágnum de la industria mediática de la mentira (https://bit.ly/2YrkO8U). La razón –desplazada por las emociones– y la verdad –colapsada por el rumor–, son víctimas de un virus ideológico y de una desinfodemia (https://bit.ly/3esaRhl) que encubren, invisibilizan y silencian las causas de la crisis epidemiológica global y los intereses creados que inducen la crisis de la economía mundial e imponen el confinamiento global. En la era post-factual, la palabra y la verdad son eclipsadas por la tergiversación semántica y expuestas –en aras de instaurar nuevos dispositivos de control del cuerpo y de la mente– a las disputas propias de las estructuras de poder, riqueza y dominación.

Las sociedades subdesarrolladas, como las latinoamericanas –que son ya el epicentro mundial de la actual pandemia–, no solo perderán con la caída de los principales indicadores macroeconómicos –el Banco Mundial pronostica una contracción del 7,2% para el caso de esta región (https://bit.ly/3f4luqX)–, sino también en vidas humanas –la Organización Panamericana de la Salud plantea un escenario de 430 000 muertes hacia el primero de octubre (https://bit.ly/2ZEuhJJ). El desbordamiento de los sistemas sanitarios y la inducida quiebra de los mismos, durante las últimas décadas, con el influjo de las políticas de austeridad fiscal, son parte de la causalidad de esta bancarrota social de los derechos.

Que entre los diez países con mayor cantidad de infectados por el Covid-19 se encuentren cuatro latinoamericanos (Brasil, segundo; Perú, séptimo; Chile, octavo; y México, décimo), evidencia no sólo el látigo implacable de la desigualdad, sino la entronización de la corrupción, el desmonte del Estado desarrollista y de las responsabilidades estatales en materia sanitaria, así con el mar de pobreza e informalidad laboral que afecta al grueso de la población de la región. La epidemia no afecta por igual a todos: pobres radicados en los cinturones de miseria, en las favelas y en las villas populares, o que laboran en mercados , están más expuestos a la epidemia y enferman más que los residentes de barrios acomodados (https://bit.ly/3iv28NI y https://bit.ly/2NXKqnZ).

La otra víctima de la pandemia –y de su manejo mediático faccioso en el ámbito de las relaciones internacionales– son los regímenes de cooperación internacional y las posibilidades de desplegar una acción colectiva global de cara a la irradiación del patógeno. Los Estados vienen actuando por cuenta propia, en un afán por reafirmar su soberanía, pero sin considerar las necesidades planetarias y el mínimo ejercicio de cooperación intergubernamental. Los organismos internacionales prácticamente están ausentes en el tratamiento de la pandemia; excepto la Organización Mundial de la Salud (OMS), cooptada por los intereses creados del Big Pharma y del capitalismo filantrópico de Bill Gates. El resto de organizaciones internacionales, salvo por su propensión a realizar pronósticos, no funcionan como entidades capaces de congregar los esfuerzos nacionales y de enfatizar en el carácter nocivo del confinamiento global; sus reacciones ante la crisis son más paliativos que soluciones concretas ante los problemas públicos que ya emergieron y los que se avecinan.

Los Estados son, también, de los principales náufragos ante la crisis epidemiológica global. Hundidos en sus crisis de legitimidad y de consentimiento desde el agotamiento de la ideología liberal a finales de la década de los sesenta del siglo XX, el discurso de la democratización les dio respiración artificial, pero esto no restó a la falta de confianza que hacia ellos imponen sus ciudadanos. Ni el retorno del Leviatán suscitado con el miedo que invade a los ciudadanos ante el acecho de un “enemigo invisible y común” como el virus; ni el clamor de seguridad y cuidados ante el riesgo de enfermedad y muerte, logran restablecer la confianza ciudadana y la legitimidad en el sector público. Su inoperancia y postración (https://bit.ly/2Z3YYre), condujo a los Estados –desde el inicio de la pandemia– a acciones y, sobre todo, a reacciones paliativas y cortoplacistas. Obsesionados con la disciplina fiscal de las últimas cuatro décadas, los Estados europeos y americanos –en mayor o menor medida– desmontaron con fervor antipatriótico y antipopular sus sistemas sanitarios, dejando en la indefensión y desatención a amplios sectores de la población; en lo que es un ejercicio de privatización de facto de los derechos sociales, reconvertidos con ello a servicios para los consumidores y usuarios. Los recortes presupuestales y la corrupción en los sistemas sanitarios públicos hacen el resto, y se vinculan –en esta coyuntura pandémica– con las noticias falsas (fake news) producidas masivamente por los gobiernos y sus altos funcionarios sanitarios.

A su vez, los Estados –por convencimiento, omisión, colusión o incapacidad– son cooptados por los intereses creados de poderosas corporaciones privadas de sectores estratégicos como el big pharma, las aerolíneas comerciales, la banca comercial, la tecnología digital (Facebook, Amazon, Microsoft, Apple), entre otras. Al tiempo que los Estados se subordinan a los proyectos geoestratégicos y geopolíticos facilitados con la pandemia, y que apuntan a la reconfiguración de un nuevo (des)orden mundial (https://bit.ly/3fULDsl).          

La clase trabajadora, sea de estratos medios o bajos, es la máxima perdedora con la gran reclusión. Empleados depauperados despedidos bajo la coartada de la quiebra de las empresas, o enviados a casa sin goce de sueldo bajo el pretexto del riesgo epidémico, no solo son corroídos por la incertidumbre y expulsados hasta de la misma informalidad laboral, sino también por la pobreza, el desamparo, la frustración y el riesgo de hambrunas. En tanto que los trabajadores de los servicios y del conocimiento, con el teletrabajo o el llamado home office, se aprestan a ingresar a un renovado y excluyente sistema de flexibilización laboral y de pérdida de derechos. Inundados por el autoengaño, el falso confort y la autocomplacencia, estos empleados de oficina despertarán de su letargo y de su trivialización, y se enfrentarán a la estrepitosa caída de sus niveles de vida.

En general, los salarios de la clase trabajadora, sea pobre o perteneciente a los estratos medios, experimentarán –en nombre de la crisis económica– ajustes severos a la baja. Aunque con el tiempo se desate una oleada de nuevos puestos de trabajo creados, éstos serán en condiciones precarias, con  salarios deprimidos y sin calidad en las condiciones laborales. Ello es parte de la estrategia de avasallamiento que, como espada de Damocles, pende sobre el cuello de la clase trabajadora. La inmovilización, el anestesiamiento y el individualismo hedonista del empleado común, es una lápida más que ahondará las desigualdades sociales, la caída de los salarios y la factura de la crisis económica endosada a la clase trabajadora.

Las micro, pequeñas y medianas empresas, los trabajadores por su cuenta o autónomos, los que se emplean en la informalidad y aquellos sin posibilidad de sindicalizarse, serán los más afectados. Las primeras se declararán en quiebra al caer la demanda de sus bienes y servicios, y al no pagar sus alquileres y sus deudas ante los acreedores. En tanto que esas modalidades de trabajadores no solo caerán, súbitamente, en una condición de pobreza, sino también en la marginación, el desplazamiento tecnológico, el hambre y la mayor pauperización.

La inducida crisis de la economía mundial y la quiebra fiscal de los Estados será endosada, como ya apuntamos. Las cuantiosas transferencias de presupuestos públicos a manos de bancos y corporaciones privadas, serán pagadas por los ciudadanos y, particularmente, por la clase trabajadora y los estratos medios. El hiper-endeudamiento de los Estados y su obsequiosidad con el gran capital y la financiarización confiscarán los impuestos aportados por varias generaciones futuras. De ahí la ingenuidad y el desacierto de quienes, sin fundamento, aseguran que con la pandemia se avecina un Estado con tintes keynesianos. 

Los otros enfermos que padecen o padecían enfermedades distintas al Covid-19, y que fueron excluidos masivamente de los sistemas de salud, son nuevos entre los náufragos. Estas víctimas colaterales se presentaron, incluso, en las naciones con sofisticados y robustos sistemas sanitarios públicos como Alemania. Bajo el supuesto de no saturar los centros de salud y de cuidarlos de un posible contagio de Covid-19, millones de enfermos –terminales o, incluso, ancianos– en el mundo fueron alejados de clínicas y hospitales, y aplazadas sus cirugías urgentes. Estos enfermos no solo fueron expuestos a la desatención clínica, sino al abandono de sus familiares en no pocos casos. Ampliando con esto la angustia, la soledad y la emergencia de problemas emocionales ante ello. Tratamientos y cirugías para distintos tipos de cáncer, problemas cardiacos, diabetes, leucemia, VIH/SIDA, trasplantes, entre otros padecimientos, son pospuestos, dejando a los enfermos en una mayor vulnerabilidad, exclusión y desamparo.  

Los niños y jóvenes en edad escolar, sujetos al confinamiento global no sólo abandonaron las escuelas, sino que, en su mayoría, fueron sometidos a un régimen formativo montado en el Internet Way of Life, pero asediado por la brecha digital que, hacia el 2017, excluyó a 346 millones (29%) de jóvenes en el mundo (en África se trata de 3 de cada cinco niños desconectados de la red). La era de la información es también la era de la desconexión y de la ignorancia tecnologizada para amplios segmentos de la población mundial. Y aunque los niños y jóvenes accesen a las tecnologías de la información y de la comunicación, no siempre es en condiciones de calidad en los contenidos y en formas que apuntalen sus procesos formativos. En última instancia, el proceso de enseñanza/aprendizaje en esos grupos etarios, precisan de la cercanía y el contacto físicos, así como de ejercicios colectivos y de socialización más amplios que atemperen el estrés y el desconcierto que supone el uso en solitario de una tecnología. En sí la ansiedad y el encierro de miles de millones de niños y jóvenes en el mundo ya los sitúa en una situación desesperada; ello se exacerba con el cierre de las escuelas. Atados a las patas del televisor, estos niños están expuestos al bombardeo publicitario que –aunado al miedo y la zozobra– los hace adictos a la junk food (comida basura o comida chatarra) y los expone a la obesidad, la diabetes y al debilitamiento del sistema inmunitario.

A grandes rasgos, lo que evidencia todo lo anterior es que la crisis epidemiológica global es un acelerador de las múltiples crisis societales acumuladas a lo largo de las últimas cuatro décadas. Las desigualdades existían hasta antes de que el coronavirus SARS-CoV-2 fuese identificado como agente patógeno, pero con su llegada se destapó la cloaca de una forma de organización de la sociedad regida por la exclusión, el despojo, la explotación y la pauperización de amplios estratos sociales. La pandemia es un hecho social total en la medida en que cimbra instituciones, organizaciones, prácticas y valores que ya estaban trastocados por la desigualdad en las estructuras de poder, riqueza y dominación. Las víctimas de este nuevo naufragio no solo son las víctimas de una epidemia cuya letalidad es del 1 %, sino que son los náufragos de un colapso civilizatorio y de una crisis sistemática ecosocietal de grandes magnitudes.

Son tiempos de incertidumbre extrema, de angustia y de pánico, y no existe colectividad humana que los resista indefinidamente. Es probable que múltiples conflictos sociales afloren y otros ya existentes arrecien la tormenta; y que ambos se fundan con las disputas protagonizadas entre las élites y las plutocracias que intentan hegemonizar la conducción del capitalismo en esta coyuntura. La capacidad de resiliencia de las sociedades humanas, históricamente, fue puesta a prueba y salió a flote ante hechos traumáticos de larga duración como las guerras, los desastres y catástrofes naturales (sismos, maremotos, inundaciones), las crisis y depresiones económicas, y las violencias extremas de distinta índole. Para que en esta coyuntura aflore esa resiliencia es importante el carácter estoico de las multitudes anónimas; pero más lo es la (re)configuración de una cultura ciudadana que apueste a nuevas formas de organización de la sociedad Ello atraviesa por la necesidad de proveerse de información verídica que incite a la reflexión y no a la confusión (https://bit.ly/2AvtD8C); y, a partir de ello, reivindicar el pensamiento utópico y retornar a la praxis política como vía para la solución de los problemas públicos.

Isaac Enríquez Pérez
Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Twitter: @isaacepunam





miércoles, 24 de junio de 2020

LA CONSTRUCCIÓN MEDIÁTICA DEL CORONAVIRUS Y LOS INTERESES CREADOS DETRÁS DE LA GRAN RECLUSIÓN



·        Isaac Enríquez Pérez
23/06/2020
“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos”. (Marie Curie).

En principio y como lo señalamos en otros espacios, más allá de conspiranoias encubridoras, existe un virus. Específicamente, un coronavirus llamado SARS-CoV-2 que no fue inventado en un laboratorio –si creemos esto tendríamos que asumir también la posibilidades de que lo implantaron extraterrestres–, sino que al ser alojado en el organismo humano, produce una enfermedad llamada Covid-19. Oficialmente, ante ello se decretaron confinamientos que aislaron a alrededor de 6000 millones de seres humanos, como medida preventiva para detener el contagio del nuevo mal.

Lo anterior no es ninguna sorpresa: los seres humanos vivimos inmersos en virus y bacterias como parte de la contradictoria relación sociedad/naturaleza. Esos patógenos son consustanciales en los procesos de adaptación, co-evolución y de los equilibrios de los ecosistemas. De ahí que la actual crisis epidemiológica global está estrechamente relacionada con el colapso climático. Cuando esos virus y bacterias ven diezmadas las barreras que les separan de los humanos, provocaron –a lo largo de la historia de la humanidad– enfermedades contagiosas, y se reaccionó ante ello a través del aislamiento físico de los individuos y familias. Lo contrario, significa mayor muerte, desolación y dolor humano. Hasta allí, nada nuevo bajo el sol pandémico de los últimos meses.

Lo inédito en el primer semestre del año 2020 es el cambio de ciclo histórico inducido (https://bit.ly/3fULDsl), que se compagina con –y es antecedido por– la crisis estructural del capitalismo que nutre lo que podríamos llamar una crisis sistémica ecosocietal. También señalamos que la declarada pandemia protagonizada por el SARS-CoV-2 es un hecho social total, que cimbra los fundamentos de las instituciones, estructuras y relaciones del conjunto de la sociedad. Sin embargo, como tal no es fruto de la generación espontánea, ni responde a la lógica propia de las calamidades y eventos catastróficos naturales. Responde, más bien, a decisiones y acciones sociales concretas que le dan forma a los acontecimientos. Esto es, existen fuerzas, agentes, actores y poderes fácticos concretos que tomaron esas decisiones e indujeron no sólo una gran reclusión, sino el agravamiento del colapso mismo de la economía mundial.

El apocalipsis mediático (https://bit.ly/3esaRhl) y la desinfodemia (https://bit.ly/2YrkO8U) sembrados desde la industria mediática de la mentira, presentan a la actual crisis sanitaria como algo natural; como un accidente que se atravesó en el ascenso progresivo, meteórico e ilimitado de la humanidad (una crisis transitoria, declararían, con desatino, algunos gobernantes). Sin embargo, esta magnificación mediática del virus no fue obra de la casualidad; sino resultado de intereses creados que perfilan decisiones concretas en torno a una excusa –más que a una causa profunda– que perfila la reestructuración de la economía mundial. En este escenario, buena parte de los Estados –en primer lugar, pero no solo ellos– se erigen en generadores de noticias falsas y conforman una narrativa fundamentada en el síndrome de la desconfianza, el miedo, el pánico y la manipulación emocional. Ello se complementa con la postración de estos Estados (https://bit.ly/2Z3YYre) y la ineficaz operatividad en sus reacciones ante la irradiación global del virus.

Entre esa magnificación mediática, se arguye sin responsabilidad alguna y con una narrativa bélica que el coronavirus es un “enemigo común” y que –como tal– detonó la crisis de la economía mundial. Entonces, bajo el imperativo de “salvar vidas”, esbozado por el nuevo Estado sanitizante de excepción, se justifica el parón de las economías nacionales y la gran reclusión.

Sin embargo, es necesario mostrar indicios de un mínimo análisis sociológico para comprender la correlación de fuerzas que está detrás de las decisiones tomadas en torno a la magnificación mediática de la pandemia, el parón de amplios segmentos de la economía mundial, los confinamientos y la apertura de un nuevo ciclo histórico a partir de esta coyuntura.

En principio, es necesario reconocer que los mercados son finitos y que la fase expansiva e integradora del capitalismo llegó a su fin con la incorporación –a partir de 1991– de las áreas de influencia de la antigua Unión Soviética, en lo que fue un nuevo proceso de acumulación originaria del capital tras el desmonte del modo de producción estatista con economías centralmente planificadas. Cumplido este proceso y agotados los territorios para la expansión irrestricta de la acumulación del capital, los últimos resquicios que le restan al capitalismo para mantener a flote su modelo de crecimiento económico ilimitado regido por el consumismo y la obsolescencia tecnológica programada, es el de las tecnologías de las llamadas energías alternativas en el marco de un Green New Deal y del control privado de los recursos naturales.     

A su vez, las élites plutocráticas despliegan –durante el último lustro– una lucha desenfrenada y sin cuartel por la defensa de dos concepciones y modelos contrapuestos de capitalismo. Por un lado, los acaudalados grupos bancario/financieros globales que –a través del proceso de financiarización de la economía mundial– condujeron el dislocamiento de las actividades especulativas respecto a la fase de producción. Nos referimos a grandes bancos, fondos de inversión, aseguradoras y agencias financieras y calificadores, que aprovechan la globalización y los flujos irrestrictos de capital para afianzar un patrón de acumulación rentista, informacional, ficticio/especulativo y parasitario, En estos grupos financieros globales sobresalen nombres como Goldman Sachs, Citigroup, Bank of America, Wells Fargo, Black Rock (fondo de inversión que hacia el 2019 administró 6960 billones de dólares), Vanguard Group (con 5600 billones de dólares), Charles Schwab (3360 billones de dólares), JP Morgan Chase (2780 billones de dólares), y State Street Global Advisors (2700 billones de dólares).

Estos y otros bancos y fondos de inversión –que pueden llegar a manejar hasta 4 cuatrillones de dólares–, a su vez, son aliados del complejo militar/industrial de los Estados Unidos, del llamado Deep State (Estado profundo) de esta nación, de los contratistas del Pentágono, los corporativos de la economía informacional (Facebook, Amazon, Twitter, Microsoft, Apple, Google, etc.), del Big Oil, del Big Pharma –con sus tentáculos en la Organización Mundial de la Salud (OMS)– y de los grandes mass media (CNN, CNBC, The New York Times, The Washington Post). El Foro Económico Mundial de Davos, George Soros, Bill Gates, la Comisión Trilateral, la Familia Rockefeller y sus fundaciones filantrópicas, son solo algunos de los rostros visibles de estos grupos.

Más aún, la llamada Alianza Democrática, creada en el 2005, y relacionada con la dinastía Clinton, atrae a caras visibles como el mismo George Soros, Pete Lewis y Rob Stein (antiguo alto funcionario del gobierno de Bill Clinton), así como a los intereses corporativos del complejo comunicacional, cinematográfico y tecnocientífico. Anclados al dogma del libre mercado y a ideales progresistas, financian movimientos sociales, grupos de desestabilización política, y organizaciones no gubernamentales que reivindican causas feministas, homosexuales, ambientalistas, pro derechos humanos, pro derecho a la información, etc. Bajo la premisa –estipulada en los libros escritos por Soros– de que el caos y las crisis son la mejor oportunidad para generar mayores ganancias, promueven la noción –tras asumir una ideología de más mercado, menos Estado– de un gobierno global a través de las finanzas.   

Por otra parte, despunta un grupo industrialista y regido por el nacionalismo económico, que si bien perdió protagonismo en las últimas cuatro décadas, su poder económico y político se mantiene latente. El rostro visible es el grupo ultraconservador, supremacista y compacto que se nuclea en torno a Donald J. Trump, y que proclama los lemas de “Make america great again” y “America first”. Este grupo, a su vez, tiene el respaldo de las viejas aristocracias europeas, el Vaticano, y los agentes financieros de Hong Kong, Singapur y de la City de Londres. Con la red Koch como principal financista, y que cohesiona a Koch Industries Inc. y a múltiples empresarios del petróleo y la minería. Apuntalada esta plutocracia a través de las alianzas estratégicas con las élites políticas chinas y rusas. En última instancia, el objetivo del movimiento político cuya imagen visible es Trump consiste en la erosión sistemática y la destrucción definitiva de los Acuerdos de Bretton Woods –y de sus organizaciones emblemáticas: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial–, así como del patrón de acumulación regido por modelo petro/dólar.

Como esta lucha plutocrática no es viable dirimirla a través de una guerra nuclear que podría comprometer la misma existencia y estabilidad de estas élites, las disputas se presentan en el ámbito mediático o entre las facciones con las cuales están aliados estos grupos antagónicos en múltiples naciones.

La finalidad de las élites y plutocracias financieras y de sus fundaciones filantrópicas (Open Society Foundations, Bill & Melinda Gates Foundation, The Rockefeller Foundation) es el control y reducción del crecimiento poblacional, la (re)concentración de la riqueza, la quiebra masiva de la economía real, el hiper-desempleo, y la exacerbación de la desigualdad social. Estas tres últimas se perfilan como alternativas para desprestigiar a Donald Trump ante sus bases electorales y socavar el poder de la élite nacionalista que pretende desmantelar al viejo establishment político de Washington. Si para ello es necesario propiciar las condiciones y la percepción para un confinamiento masivo, se echa mano de la magnificación mediática y de la mentira en aras de sobredimensionar los riesgos de un virus. Incluso, si el dispositivo de poder del coronavirus, no funciona para defenestrar al señor Trump, la plutocracia financiera global ahora financia los movimientos contra el racismo que incendian Estados Unidos, con la finalidad de desestabilizar al gobierno de Trump y ponerlo contra las cuerdas en aras de evitar su reelección en noviembre próximo. Como no funcionó el expediente del juicio político contra el mandatario estadounidense, se recurrió a la pandemia y a las protestas financiadas.   

En el caso de la crisis epidemiológica global, que ya cruza lo que va del año 2020, la declarada pandemia del COVID-19 se configura como un dispositivo de poder y dominación a través de la mentira mediática y los consensos que ello genera.     

¿Cómo funciona la manufactura del apocalipsis mediático relacionado con la proclamada pandemia? La clave en esta lucha entre élites plutocráticas pasa por el control de los mass media convencionales. A través de ese control, no solo se ataca permanentemente al señor Trump, sino que desde ellos y sus correas de transmisión al interior de las naciones alineadas, se despliega un poder sobre los jefes de Estado y de gobierno, con el fin de abonar a acatar los lineamientos en torno al manejo de las distintas crisis mundiales. Lo contrario, supone que con estos medios se les puede destruir en su carrera política y credibilidad. Entonces, esas alianzas entre las élites bancario/financieras globales y las élites políticas nacionales pueden ser por convencimiento y consentimiento mutuo, pero también a través de apoyos de distinto tipo, sobornos e, incluso, chantajes, sometimientos y desprestigios mediáticos.

Estos mass media y los gobiernos alineados reproducen un discurso bélico fundamentado en el miedo, el pánico y la manipulación emocional a partir del posible riesgo ante la enfermedad y la pérdida de la vida. Pero no solo estos poderes fácticos lo hacen: la misma OMS con 118 000 casos en 114 países, y con 4291 personas que perdieron la vida al 11 de marzo (https://bit.ly/2BvGBDG), declararon son celeridad y sin suficiente fundamento como pandemia a esta enfermedad del Covid-19.

Entonces se crean las condiciones emocionales a partir de la idea –repetida hasta la saciedad– de que existe un patógeno maligno e infeccioso que se contagia por la cercanía y el contacto físico; que goza de ubicuidad al posar en objetos y superficies; que aún infectados, los individuos se enfermarán de manera asintomática, y que –pese a ello– serán un foco de infección para otros. Difundido así, es para paralizar el cuerpo y la mente de cualquiera, hasta ser presa del miedo y el pánico. Esta narrativa mediática, se convierte en un insumo perfecto para controlar sensaciones, pensamientos, comportamientos y hábitos, pese a que la letalidad del Covid-19 es del 1%.

A partir de lo anterior y asumiendo los dispositivos de la era del capitalismo de vigilancia (noción introducida por Shoshana Zuboff), se crearon las múltiples condiciones para el confinamiento y su simultaneidad, en lo que podría ser un ejercicio masivo y global en tiempo real. Y éste ejercicio se emplea como justificación del colapso económico y del desempleo masivo. Entonces, la gran reclusión se emplea con el objetivo oculto de emprender transformaciones radicales de la economía mundial, y, sobre todo, en el campo laboral.

Sin embargo, cuando la mentira se impone como racionalidad, lo que se encubre es el hecho de que el confinamiento global ni el parón de amplios segmentos de las economías nacionales representan soluciones viables ni estrategias efectivas ante la crisis epidemiológica. Por el contrario, los perjuicios –desempleo, aumento de la pobreza, mayor desigualdad, probables hambrunas, enfermedades mentales– gestados con la gran reclusión serán mayores que los efectos negativos infligidos en la salud humana por el coronavirus SARS-CoV-2.

Entonces, lo que se perfila con estas decisiones es la quiebra premeditada e inducida de la economía mundial con miras a reestructurar el paradigma tecnológico y a transitar a una sociedad de los prescindibles donde las principales víctimas serán –ya lo son– las clases trabajadores (tan solo en los Estados Unidos se registraron, al 18 de junio, 45,7 millones de desempleados). Lo que también se disputa en este proceso es la reafirmación o no del patrón energético y extractivista, opuesto al patrón de acumulación de las llamadas energías limpias, de la robotización y la inteligencia artificial. De ahí que el Foro Económico Mundial, desde principios de junio, hable de una estrategia denominada the great resert del capitalismo (https://bit.ly/2YqyFMN), con miras a reestructurar la educación, las relaciones laborales y los contratos sociales.

Este proceso a gran escala de monopolización extrema de la economía mundial y de reconcentración del capital y la riqueza, supone –además de lo que podemos denominar como consenso pandémico– un avasallamiento sistemático de la fuerza de trabajo, con la consustancial precarización de las clases medias y en condición de pobreza, a través de la destrucción de empleos, Lo que también supone una destrucción de las clases medias. Si los Estados Unidos se acercan a los 50 millones de desempleados, serán, en realidad, 200 millones de seres humanos (a razón de cuatro miembros por familia) los que se precipitarán en una situación de pauperización social.

La masiva transferencia de recursos públicos a manos privadas bajo el pretexto de evitar la quiebra de empresas y el despido de trabajadores, adquiere sentido con la pandemia como gran excusa manipulada. Hacia el 2016, ya se perfilaba la necesaria recapitalización de buena cantidad de bancos italianos (https://bit.ly/3fUMqcN) amenazados, entonces, por la quiebra. Con la crisis sanitaria –de la cual Italia es uno de los epicentros–, las cuantiosas deudas de 114 bancos quebrados serán condonadas o desgravadas. En ello radica la fragmentación de la Unión Europea respecto a los rescates que se pretenden para los países del sur del continente. 

Este cambio de ciclo histórico (https://bit.ly/2YpCNgd), en el contexto de la crisis sanitaria está en función de una sofisticada operación y de decisiones perfectamente meditadas por los poderes fácticos. De ahí que los escenarios y acontecimientos desplegados en los últimos meses no son casuales, accidentales, espontáneos o sujetos a una calamidad sobrenatural.

Para esta industria mediática de la mentira, que explota la veta del pánico y la vulnerabilidad humana, el efecto negativo indeseado o el daño colateral socioeconómico de la pandemia es el hiper-desempleo, la pobreza, la muerte, la vulnerabilidad, la angustia y la ansiedad. Entonces –como se trata de pasar la factura de esta inducida quiebra de la economía mundial–, esta plutocracia bancario/financiera y sus fundaciones filantrópicas abogan por postergar el confinamiento global y la reactivación de las actividades económicas. De ahí la presión mediática y médica para alargar la gran reclusión y continuar con la suspensión de la vida económica y el distanciamiento social atomizador.

Es muy probable que ello sea lo que explique las reticencias de gobiernos conservadores como el de Donald Trump y Jair Bolsonaro a mantener el encierro y el parón económico. O la dosificación que hace el gobierno mexicano del confinamiento, sin forzarlo ni estipularlo como obligatorio, en un escenario dramático que sitúa a alrededor del 60 % de la población en la economía informal. Es evidente la displicencia del gobierno mexicano ante un problema sanitario mediáticamente magnificado; y ello se evidencia con su llamado al retorno en múltiples actividades económicas. Es muy probable que algo sepan estos gobernantes en torno a las luchas que están detrás de la declarada pandemia.

Más aún, en un informe oficial (https://bit.ly/3dnUEIr) encargado por el Ministerio del Interior del gobierno alemán a expertos en diversos temas (desconocido por dicha agencia pública y que vio la luz a través de las filtraciones a la prensa), se concluyó que la peligrosidad y letalidad de la enfermedad Covid-19 fue sobreestimada; al tiempo que en dicho informe de le categorizó como una “falsa alarma global”. El documento indica que en el mundo las muertes por Covid-19 (250 mil hacia principios de mayo) está dentro de los parámetros normales cuando los cuerpos de personas ancianas y débiles en su salud, se exponen a la gran cantidad de virus que les rodean. Esa cifra –indica el informe– está por debajo del millón y medio de muertes por la ola de de gripe o influenza suscitada entre 2017 y 2018. De igual manera, se denunció que alrededor de 52000 cirugías para el tratamiento de distintos tipos de cáncer fueron aplazadas en Alemania (https://bit.ly/31475Xz) por privilegiar la atención al Covid-19. Los riesgos por esta decisión serán evidentes dentro de poco tiempo

El otro gran tema es el relativo a los indicios que apuntan a que en países europeos como Italia, España, Francia y otros, las poblaciones de ancianos y sus residencias o asilos padecieron negligencia y abandono durante los primeros meses de la pandemia (https://cnn.it/3dnUMaT y https://bit.ly/312HiPw), aumentado con ello su vulnerabilidad y el riesgo de muerte ante el virus.

Por último, pero no al último, es de destacar la importancia del análisis que enfatice en los poderes fácticos que están detrás de toda decisión pública. Al margen de las interpretaciones mediáticas y de las noticias falsas (fake news) que le dan forma a la era de la post-verdad, lo relevante es que las sociedades se acerquen a información confiable que ayude a romper con el miedo, el pánico y el consenso pandémico, que serán más nocivos que el mismo coronavirus. Lo que también está en juego es el tipo de cultura política que construyen para sí los pueblos; en tanto antídoto de cara a los intereses creados de quienes controlan las decisiones en el capitalismo contemporáneo.

Isaac Enríquez Pérez
Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Twitter: @isaacepunam