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lunes, 27 de abril de 2020

EL ORIGEN LAS PANDEMIAS DEL ÚLTIMO SIGLO Y CÓMO EVITAR OTRA DE LAS MISMAS

El ébola produjo 11.3 mil muertos
Foto: ibtimes.co.uk


27/04/2020


¿Sabías que las pandemias del último siglo tienen el mismo origen? Si queremos evitar otra, deberíamos saber cuál es para dejar de causarlas. Hoy se abren muchas posibilidades de cambios fundamentales. Pero, ¿en cuáles enfocarnos? Quizás el origen común de las pandemias debería estar en la cima de prioridades. A continuación, les digo cuáles son las pandemias del último siglo, el número de sus muertos y sus orígenes, que realmente es uno. El cambio allí, en los fundamentos de nuestra mentalidad, nuestra sociedad, nuestra economía y nuestra política, haría de toda esta experiencia individual y global, algo que vale la pena.

1. Gripe Española (1918): 50 millones de muertos. Origen: fincas de crianza de gallinas y cerdos para comer en Kansas, EEUU.https://blogs.scientificamerican.com/observations/one-root-cause-of-pandemics-few-people-think-about/  ;https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2720273/

2. Gripe Asiática (1957-1959): 1.1 millones de muertos. Origen: Aves y cerdos usados para comer en Hong Kong u otras partes de Asia Oriental. https://espanol.cdc.gov/flu/pandemic-resources/1957-1958-pandemic.html ;https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2702078/

3. Gripe de Hong Kong (1968-1970): 1 millón de muertos. Origen: Aves y cerdos usados para comer en Hong Kong.https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2702078/

4. VIH Sida (Detectado en 1981, más ha estado entre humanos desde finales del Siglo XIX hasta el presente): Más de 35 millones de muertos. Origen: Contacto con sangre de un chimpancé al cazarlo por su carne.https://www.cdc.gov/hiv/spanish/basics/whatishiv.html

5. Influenza Aviar A(H5N1) (1997 al presente): Mortalidad del 60%. Origen: Crianza de aves para comer en Hong Kong.https://espanol.cdc.gov/flu/avianflu/h5n1-virus.htm

6. SARS (2002-2003): 770 muertos. Origen: fincas de crianza de gallinas para comer en China. https://www.vox.com/future-perfect/2020/4/22/21228158/coronavirus-pandemic-risk-factory-farming-meat

7. Gripe Porcina (2009-2010): 200 mil muertos. Origen: Fincas de crianza de cerdos para comer en Carolina del Norte.https://blogs.scientificamerican.com/observations/one-root-cause-of-pandemics-few-people-think-about/

8. MERS (2012-presente): 850 muertos. Origen probable: Crianza o preparación de productos del camello para comer en el Medio Oriente. https://www.who.int/csr/disease/coronavirus_infections/faq/en/

9. Ébola (1976, 2014-2016): 11.3 mil muertos. Origen: África y Europa, transmitido por murciélagos y/o chimpancés usados por su carne. https://www.isglobal.org/ebola

10. COVID19 (2019-presente): 206 mil muertos y sumando rápidamente, mientras el mundo se paraliza. Origen: Murciélagos y/u otros animales a la venta para comer en un mercado de Wuhan, China. https://www.bbc.com/mundo/noticias-52391071

Por cierto, la viruela, el sarampión y la salmonela que mataron 90% de los indígenas de las Américas cuando llegaron los europeos, y se han registrado CIENTOS DE MILLONES de víctimas en el mundo, tienen su origen en la caza, crianza y consumo de animales. Solo la viruela mató entre 300 y 500 millones de personas en el Siglo XX:https://www.sciencedirect.com/topics/immunology-and-microbiology/smallpox . Las hipótesis actuales sobre cómo llegó a los humanos son por camellos, ardillas y monos. El sarampión evolucionó en la crianza de ganado para comida y trabajo:https://virologyj.biomedcentral.com/articles/10.1186/1743-422X-7-52 . Y la Salmonela se transmite al comer gallinas infectadas:https://science.sciencemag.org/content/287/5450/50

Si queremos evitar las futuras pandemias lo primero que hay que hacer es no seguir causándolas. Debemos tratar a los animales diferentes. No son nuestros objetos ni esclavos; son otros sujetos de derechos, que junto a nosotros los homo sapiens, habitan este mundo, sienten dolor y satisfacción, tienen relaciones, tienen perspectivas, se mueven, muchos huelen y ven el cielo azul y las estrellas de la noche. Si empezáramos a tratarlos como tales, dejaríamos de criarlos, explotarlos, matarlos y comerlos para satisfacer nuestros gustos gastronómicos y económicos. En vez, generaríamos una economía, política y alimentación basadas en otra perspectiva biocéntrica, y en la comida de plantas, que tanto la Organización Mundial para la Salud y muchos expertos nutricionistas, incluso para atletas de alto rendimiento, recomiendan. Esto sería mucho más saludable para nosotros, para otros animales y para el planeta. Muchos platos basados en plantas son deliciosos, sin tener que matar a nadie. Sería nuestra revolución copernicana biocéntrica. Ni qué decir, nos evitaría un siglo más de pandemias.

Ricardo Restrepo Echavarría
Director Ejecutivo del Observatorio de Educación | Universidad Nacional de Educación, Azogues, Cañar, Ecuador






domingo, 12 de abril de 2020

¿PROVOCARON LAS EPIDEMIAS LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO?


La importante contribución de las tesis de Kyle Harper

11/04/2020 | Laurent Ripart

La llegada del Covid-19 ha vuelto a poner en un primer plano el papel motor de las pandemias en la historia de la humanidad y le ha dado un poco más pertinencia al gran libro que Kyle Harper publicó recientemente, para demostrar que las epidemias y en general, la crisis ecológica, constituyeron el principal motor de la caída de Roma. Este trabajo, que ha tenido un gran eco, es sin duda uno de esos grandes libros que podemos recomendar leer en estos tiempos de encierro.

Nacido en 1979, Kyle Harper se ha impuesto hoy como uno de los más grandes historiadores de su generación, debido a su capacidad de problematizar y su habilidad para presentar cuestiones complejas de manera simple, lo que le da la posibilidad escribir con gran talento obras de síntesis. En 2011 se hizo famoso por la publicación de un notable estudio sobre la esclavitud en el siglo IV, que cuestionó de forma radical la idea, hasta entonces bien asentada, de que la esclavitud habría desaparecido en la Antigüedad Tardía 1/. En 2013 apareció su segundo libro, que analizaba la transformación tardo-antigua de la tradicional moral sexual de la antigüedad grecorromana en teología cristiana del pecado 2/, volviendo de forma crítica sobre un tema bien investigado de una manera que la crítica consideró a menudo expeditiva.

No ha sido el caso de su tercer libro, The Fate of Rome. Climate, Disease and the End of an Empire , traducido en 2019 al español bajo el título El fatal destino de Roma. Cambio climático y enfermedad en el fin de un imperio 3/. Basado en una bibliografía de más de 1300 títulos, este trabajo ha sido considerado unánimemente como una obra importante, con un éxito mundial fulgurante: se ha traducido a 9 idiomas, lo cual es bastante excepcional para un libro de historia antigua. Este éxito llevó a Kyle Harper a embarcarse en la redacción de un nuevo libro sobre el papel de las epidemias en la historia, que se publicará pronto en Princeton y cuya publicación constituirá, sin duda, un importante evento editorial.

¿Tuvo lugar la caída de Roma?

Al abordar las causas de la caída de Roma, Harper se embarcó en un camino difícil, ya que el tema ha sido muy debatido y constituye un objeto historiográfico particularmente temible. En primer lugar, el propio concepto de caída de Roma es de los más discutidos, y la historiografía actual prefiere el concepto de transformación del mundo romano, que se impuso a partir de los años 1990 bajo la influencia del gran historiador irlandés Peter Brown. Hablar de “End of an Empire” (el final de un imperio) como lo hace Harper es, por tanto, todo salvo una evidencia; de una parte, porque esta terminología remite a un concepto occidental-central, que no tiene en consideración la persistencia de la civilización romana en Bizancio y, de otra parte. porque no es evidente que, incluso en su parte occidental, el mundo romano hubiera realmente llegado a su fin, ya que siguieron siendo importantes muchos elementos de continuidad con la civilización medieval, aunque solo fuera la persistencia de una Iglesia romana que puede aún ser legítimamente considerada como un trozo del imperio romano que ha llegado hasta nuestra época.

Incluso si aceptamos que la caída de Roma tuvo lugar, determinar sus causas sigue siendo un desafío formidable. En un famoso libro, publicado en 1984, el historiador alemán Alexander Demandt se entretuvo en identificar en la literatura histórica no menos de 210 explicaciones diferentes para la caída del Imperio Romano 4/ . Irónicamente, algunos críticos pueden haber pensado que el trabajo de Kyle Harper finalmente ha proporcionado la explicación número 211 que merecería ser incorporada en una futura reedición del libro de Demandt. Más allá de la broma, sería peligroso minimizar la importancia del libro de Harper, cuya contribución historiográfica es más que probable que sea duradera.

Una historia social del clima.

Al poner la historia del clima en el centro de su trabajo, Harper está lejos de haber hecho algo nuevo, ya que este campo de estudio fue abierto por historiadores que señalaron durante mucho tiempo que la crisis en el mundo romano correspondió aproximadamente al final de lo que ahora llamamos OCR (Optimo Climatico Romano), una fase marcada por un calentamiento y condiciones óptimas de lluvia. Sin embargo, el libro de Harper tiene el mérito de tomas plenamente en cuenta la renovación traída en los últimos treinta años por el auge de los estudios paleoambientales y ofrecer una síntesis muys clara de los datos que los estudios paleoclimatológicos pueden ofrecer hoy en día a las y los historiadores

Sin embargo, más allá de sus cualidades de popularización, Harper ha aportado datos indudablemente nuevos, teniendo en cuenta el hecho de que el Antropoceno es, ante todo, un momento en que la humanidad da forma al medio ambiente. Al vincular el final de la OCR y la deforestación, subrayando su amplitud en la época romana, propone considerar que el establecimiento y desarrollo de la civilización grecorromana se caracterizaron por un proceso de crecimiento extenso, marcado por la profunda disminución de las áreas naturales, lo que habría tenido consecuencias importantes en la evaporación y, por lo tanto, en las precipitaciones. Al hacer de la degradación medioambiental el motor de la caída de Roma, a través de las consecuencias climáticas de la deforestación masiva, Harper ha podido dar a su libro una dimensión que supera los debates propiamente históricos, inscribiéndole en los interrogantes colapsológicos que están actualmente en el corazón de la sociedad contemporánea.

La cuestión de las pandemias

Sin embargo, la contribución más original del libro de Harper es el énfasis que pone en el papel de las pandemias en el proceso de crisis del Imperio Romano, lo que retrospectivamente aparece como una intuición notable cuando la historia de la humanidad se ve sacudida por la llegada del Covid-19. Es cierto que la cuestión está lejos de ser verdaderamente nueva porque las y los historiadores han enfatizado durante mucho tiempo que el mundo romano fue barrido regularmente por grandes pandemias, que las fuentes llaman pestes, un término que hasta el final de la Edad Media podría designar de hecho cualquier tipo de epidemia. Una vez más, Harper no ha realizado un trabajo nuevo, ya que su estudio no se basa en un estudio de primera mano, sino en la síntesis de muchos trabajos dispersos.

Si no ignoraban el papel devastador de las epidemias, las y los historiadores nunca habían visto nada extraordinario en la recurrencia de las pandemias que habían golpeado al mundo romano, considerando que se trataba de una de las plagas endémicas de las sociedades antiguas. Con mucho, la más conocida, la peste de Justiniano, que golpeó al mundo romano durante el reinado del emperador Justiniano (527-565), fue considerada a menudo como una epidemia excepcional. Surgida, como es el caso de todas las grandes pandemias, de China, la peste justiniana constituye la primera pandemia que se puede conectar con el bacilo de Yersin; en otras palabras, con la peste bubónica. Desplazándose con las principales rutas comerciales que cruzaban el Océano Índico, en el año 541, los bacilos de la peste justiniana llegaron a Egipto, desde donde se extemndieron al mundo mediterráneo, circulando por medio de las ratas que poblaban los barcos cargados de cereales.

Las y los historiadores sabían desde hace tiempo que la conmoción fue terrible, ya que generalmente estiman que una ciudad como Constantinopla perdió en unas pocas semanas entre el 50 y el 60% de sus 500.000 habitantes. Sin embargo, consideraban la peste de Justiniano como una epidemia aislada, creyendo que sus efectos no habrían sido tan significativos si no hubieran golpeado a un mundo romano ya muy debilitado por desgracias de todo tipo, convirtiendo la pandemia en un acto final de una larga tragedia que había empezado hacía mucho tiempo.

Una historia ecológica de la epidemia

La ruptura historiográfica aportada por Harper consiste en pensar en las epidemias del mundo romano como un todo, cuyo desarrollo debe explicarse por factores estructurales. En este marco, le da un lugar fundamental a la llamada plaga antonina, indudablemente una epidemia de viruela, probablemente importada por los ejércitos romanos de la campaña que habían librado en Mesopotamia en el año166. Apoyándose en algunos trabajos recientes que muestran la importancia de esta pandemia, ha podido estimar que, por su magnitud, la peste antonina habría constituido una ruptura importante en la historia sanitaria del imperio romano, cuyos efectos habrían sido incomparables con los de las pestes de los siglos anteriores.

Sin duda, este es el punto más discutible de su tesis, en la medida en que la importancia de la peste antonina ha sido objeto de animados debates académicos durante un cuarto de siglo. De hecho, no está en absoluto establecido que hubiera sido de una magnitud mayor que las plagas que se pueden identificar, por ejemplo, en el siglo I, pero que las fuentes mencionan de pasada sin que se pueda realmente comprenderlas, a diferencia de la peste antonina que goza de una ilustración excepcional, gracias en particular a los escritos de Galeno y quizás también de Aelius Aristide que pudo haber sido una víctima. Sin embargo, como el propio Harper reconoce, si ciertos especialistas estiman que la peste de Antonino habría matado entre un quinto y un tercio de la población romana, otros investigadores consideran que en el estado actual de las fuentes nada puede permitir considerar que habría causado una gran mortalidad.

Según Harper, la peste de Antonino no solo habría constituido una epidemia de gran importancia, sino que habría llevado al mundo romano a una nueva era de pandemias, lo que le llevó, en concreto, a asumir en esta perspectiva el expediente de la llamada plaga de Cipriano, debido a que se basa principalmente en el testimonio del obispo Cipriano de Cartago. Si su naturaleza está a debate, Harper cree que fue una forma de gripe que parece haber entrado alrededor del año 249 en el mundo romano a través de Egipto, donde debió haber permanecido endémica hasta alrededor de 262. Siempre preocupado por vincular los factores ecológicos con la historia social, Harper subraya que no sería ilegítimo ver en esta epidemia la base de la que el cristianismo habría despegado, poniendo así en relación el choque epidemiológico y el proceso de cristianización del imperio que caracteriza la segunda mitad del siglo III. Situada así en una perspectiva amplia, la plaga de Justiniano ya no aparece ya como un accidente, sino como la última de una serie de pandemias que habrían golpeado al mundo romano.

Después de haberse esforzado por poner en evidencia el carácter estructural de la peste en el mundo romano tardío, Harper se esfuerza por enfatizar que estas epidemias no deben nada al azar, sino que tienen su origen en el desequilibrio ecológico inducido por el surgimiento de la civilización romana. Las grandes rutas militares y comerciales, que los romanos habían abierto en gran medida al mundo persa e indio, eran de hecho otras tantas avenidas para las pandemias mundiales. Dado que la conquista romana de las tierras salvajes perturbaba al mismo tiempo los equilibrios biológicos, las concentraciones urbanas que se estaban produciendo constituyeron verdaderos caldos de cultivo favorables al desarrollo de epidemias. En este punto, Harper da una imagen de Roma tan inquietante como convincente, cuando muestra hasta qué punto la ciudad podía mostrarse peligrosa, en particular durante el verano cuando sus aguas estancadas y sus calles cubiertas de basuras de todo tipo se transformaban en caldos de cultivo.

¿Qué hacer con el libro de Harper?

El libro de Kyle Harper no ha dejado de irritar a algunos de sus colegas, en la medida en que su trabajo no es un libro de erudición y toma posición sobre cuestiones debatidas que podrían tomarse con más prudencia. Sin duda podemos considerar que esta es una regla inevitable para un trabajo de síntesis, un libro de tesis, que reorganiza, dándole una nueva coherencia, informaciones ampliamente conocidas por todas y todos los especialistas. Tiene los defectos y cualidades de este tipo de trabajo, ya que su lectura plantea problemas reales sin darles una respuesta verdaderamente convincente. Aunque puede ser un tanto extenso, también es un libro que puede atraer a una gran audiencia, especialmente porque está escrito en un lenguaje muy claro y es ampliamente accesible, incluso para quienes no saben nada de la historia romana.

Más allá de su interés estrictamente pedagógico, este libro también tiene el mérito de ofrecer una alternativa a la interpretación actualmente dominante de la crisis en el mundo romano, que actualmente se sigue pensando de acuerdo con los cánones de la doxa neoliberal, como consecuencia de una hipertrofia del Estado romano, cuyo desarrollo burocrático y militar habría impuesto a la sociedad una carga insoportable que la habría asfixiado. Al proponer una interpretación ecológica de la caída de Roma, el libro de Harper ofrece otro camino, al poner primero en evidencia los riesgos inherentes a las economías globalizadas, de las cuales el Imperio Romano ofrece un ejemplo muy emblemático. También subraya el carácter dialéctico de la relación de las sociedades con su ecosistema, en la medida en que el desarrollo de una civilización altera los equilibrios ambientales en los que había basado su prosperidad. Estas son pistas de reflexión que no carecen de interés en un momento en que la mitad de la humanidad está confinada y, por lo tanto, tiene buenas razones para estar interesada en la historiografía de las pandemias, en la que puede encontrar herramientas para pensar el mundo de después.

Laurent Ripart, profesor de historia de la Edad Media en la Universidad Savoie Mont-Blanc (Chambéry) y militante del NPA.

09/04/2020
Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Notas:
1/ K. Harper, Slavery in the Late Roman World, AD 275–425, Cambridge (Mass.), HUP, 201
2/ K. Harper, From Shame to Sin. The Christian Transformation of Sexual Morality in Late Antiquity, Cambridge (Mass.), HUP, 2013.
3/ Kyle Harper. El fatal destino de Roma. Cambio climático y enfermedad en el fin de un imperio. Editorial Crítica 512 pg.
4/ A. Demandt, Der Fall Roms. Die Auflösung des römischen Reiches im Urteil der Nachwelt, Munich, 1984.


miércoles, 8 de abril de 2020

CHINA, LA GUERRA AL COVID-19 Y OCHO DAÑOS COLATERALES



07/04/2020

Fue el presidente chino Xi Jinping el primero en llamar a la “guerra popular” para frenar la epidemia del nuevo coronavirus. Una guerra popular que evocaba la vieja consigna movilizadora maoísta que llevó al triunfo de la revolución. Y a medida que el virus se propagó por todo el mundo, gobiernos de aquí y de allá se sumaron al lenguaje belicista para convertirnos a todos en disciplinados soldados dispuestos a vencer al enemigo común: el Covid-19. Y como en toda “guerra”, los daños colaterales se acumulan, abriendo otros frentes en los que la pandemia es solo el argumento de un conflicto mucho más amplio y cuyos ecos perdurarán más allá de ella.

En primer lugar, el iceberg de la verdad se resume en cifras. Pero los números aquí no cantan. Cada cual maquilla los suyos como puede. En el caso chino, no puede ser que el impacto en vidas humanas y personas infectadas haya sido tan bajo. Tiene que haber manipulación, se dice. Puede. Lo cierto es que en China y en otros países orientales hay una mayor experiencia en la gestión de epidemias, se actuó de forma expeditiva y se movilizaron muchos más recursos. Con todo, fallecieron muchas personas que no fueron diagnosticadas, especialmente en las primeras semanas, por lo que no engrosarían las cifras oficiales. Pero la “guerra de las cifras”, con sus trampas, se ha convertido en algo más que una batalla puntual. Parece estar en juego la supremacía en la eficiencia en el combate de los respectivos “ejércitos”.

En segundo lugar, la cuestión del relato. El virus se descubrió en China pero no necesariamente se originó en China, dice Beijing. Tampoco están probadas las teorías que lo vinculan al comercio y consumo de ciertas especies de animales exóticos. Ni mucho menos las conspirativas, del signo que fuesen. Las autoridades chinas hacen desfilar toda una cohorte de científicos, en su mayoría de otros países, desde EEUU a Italia, que ratifican estos puntos de vista. Quieren evitar a toda costa una versión que le culpabilice de la pandemia y por eso reaccionan con virulencia cuando se intenta nacionalizar el virus como chino asociando estas adjetivaciones con propósitos racistas y xenófobos. Esta pugna va para largo.

En tercer lugar, el debate sobre los errores iniciales en la respuesta china (negación y represión, encubrimiento, etc.) pone el acento en la importancia de la libertad de expresión para actuar de manera eficaz en estos supuestos. La verdad es que aquí lo sabíamos todo, dispusimos de información con semanas y hasta meses de anticipación y sin embargo sirvió de bien poco. Las autoridades chinas aseguran que tratándose de un virus nuevo se necesitaba tiempo para investigar, realizar pruebas y confirmar, y en cuanto esto se verificó se inició la movilización en contacto permanente con la OMS, queriendo desmentir así cualquier afán de ocultamiento, como si se admitió en el caso del SARS en 2002-2003. En cualquier caso, nunca estaría justificado ni el acallamiento ni las presiones policiales y políticas supuestamente para “evitar el pánico”.

En cuarto lugar, el futuro de la globalización. Frente a aquellos que presentan la epidemia como el último clavo en el ataúd de la globalización reclamando repensar las cadenas industriales actuales y el modelo de producción, China argumenta que “no es el momento de abandonar”, sino de reclamar más cooperación mundial partiendo de que la humanidad es una “comunidad de destino compartido”. Aunque, en efecto, se puedan dar pasos hacia una mayor cooperación en la gobernanza global, lo más probable es que con diferentes intensidades el incremento de las medidas proteccionistas y la reducción de los flujos mundiales interconectados deriven también en una relectura del valor estratégico nacional de algunos ámbitos industriales. China producía antes del estallido de la crisis una quinta parte mundial de las unidades de respiradores multifuncionales y alrededor de la mitad de la producción mundial de mascarillas… El desacoplamiento que viene predicando la Administración Trump podría convertirse en una tendencia mundial reforzada por la pandemia.

En quinto lugar, la supuesta politización de la ayuda. A la polémica por los diferentes estándares de certificación de los suministros procedentes de China se une la supuesta intención geopolítica de la ayuda. Los focos se dirigen especialmente hacia Europa. China niega que exista una “diplomacia de las mascarillas” y que su propósito no es otro que corresponder y solidarizarse. Malo si hace, malo si no hace. Pero son sus expertos los que viajan a numerosos países o realizan videoconferencias a tutiplén para proporcionar valiosos datos y experiencias para combatir la pandemia. Por el momento, nadie ha correspondido más que China. Que eso puede derivar en una mayor influencia política post-pandemia? Es más que posible.

En sexto lugar, la credibilidad de la OMS quiere ponerse en entredicho por su hipotética “cercanía” a China. Del hecho mismo de la nacionalidad etíope de su director general y de la importancia de las inversiones chinas en su país se detrae la cuestión de la supuesta confabulación con la autocracia oriental para edulcorar y avalar las severas medidas adoptadas en Beijing a fin de conjurar la epidemia. Todo parece valer para afear y deslegitimar el comportamiento chino. Es China, dicen, quien marca la pauta en la OMS. Nunca se ha visto nada igual. No se puede encumbrar la respuesta china y mucho menos decir que colaboran o que informan con transparencia, hasta ahí podríamos llegar. Y ya saben, ni soñar con liderar ninguna organización internacional. Otro frente en el que presentar batalla.

En séptimo lugar, el impacto en la estabilidad social y política. En muchos países, la gestión de la epidemia tendrá importantes consecuencias. De EEUU a Brasil, por ejemplo, también el futuro de la propia UE está en entredicho. En China, los diferentes movimientos apuntan a un reforzamiento del poder de Xi Jinping, aunque la gestión económica que está por venir se antoja complicada y podría pasarle factura. En Occidente parece primar el esfuerzo por convertir las críticas ciudadanas, muchas de ellas justas, a los errores del PCCh en la gestión de la crisis en una convulsión que desestabilice el país, pero es difícil que eso llegue a cuajar.

Por último, la intensificación de la tensión ideológica. Bajo ningún concepto parece poder admitirse que en China, con un gobierno que ahora si es comunista (no parecía serlo tanto cuando había que justificar los grandes negocios de nuestras multinacionales en el país superexplotando su mano de obra barata), se hiciera algo bien. Nuestra democracia es perfecta e infinitamente superior. China justifica su balance en un modelo de gobernanza que es resultado de la búsqueda de un modelo propio, un afán casi tan viejo como el propio Partido Comunista. Lo cierto es que en esta “guerra” cada cual tiene sus ventajas e inconvenientes. Lo aconsejable sería una severa introspección porque ambos son susceptibles de grandes mejoras, pero eso, en plena contienda, es como pedir peras al olmo. 

Y ya que estamos, en el Arte de la Guerra, Sun Tzi decía: “Un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después.”…

- Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China



lunes, 6 de abril de 2020

LA GEOPOLÍTICA TRAS EL CORONAVIRUS



• "La última fase de la globalización comenzó en 1989 y quizás termine hoy, con el coronavirus"

• "Una fuerte cultura de la defensa nacional y un sólido sistema social de redistribución son factores diferenciales ante una pandemia"

• "¿Por cuál de los dos caminos seguiremos después del coronavirus? ¿La sociedad al servicio de la economía, o la economía al servicio de la sociedad?"

Sábado 4 de abril 2020

Hasel Paris Álvarez

Las epidemias no solo tienen efectos devastadores sobre la salud individual, sino sobre el destino de las civilizaciones. Tucídides, padre de la geografía política, describió la Plaga de Atenas (430 a.C.) como el principio del fin de la hegemonía ateniense sobre la antigua Grecia. En los siguientes siglos, la malaria contribuyó al hundimiento del Imperio Romano, la Plaga Justiniana (una peste bubónica) debilitó al Imperio Bizantino frente a godos y árabes, la peste negra finiquitó el sistema feudal alterando la oferta de alimentos y tierras, el tifus derrotó al ejército de Napoleón en Rusia...

En aquellos tiempos se relacionaban los grandes pecados con las plagas bíblicas. Hoy conocemos la correlación histórica entre las diferentes fases de la globalización y la expansión de epidemias. Ya desde el siglo IX, la lujuria islámica formó un gran mercado de esclavos entre el Mediterráneo y la India, causando un enorme contagio de lepra. En 1347, la ira mongola abrió rutas comerciales entre Asia y Europa que propiciaron la peste bubónica. A partir del siglo XV, la soberbia europea conquistó nuevos puertos y llevó aparejada la viruela. En 1820, la Compañía Británica de las Indias codició materias primas y se encontró con el cólera. La primera globalización contemporánea comenzó hacia 1870 y terminó en la gripe española de 1918, la última fase de la globalización comenzó en 1989 y quizás termine hoy, con el coronavirus.

Hasta el momento, todas las globalizaciones aspiraban al modelo de 1492 en las Américas. Se trata del 'intercambio colombino' (A. Crosby): dos civilizaciones distintas obtienen beneficios mutuos (cacao y pavos para los españoles, café y caballos para los americanos) que compensarían el riesgo de epidemias (sífilis y polio para los españoles, difteria y sarampión para los americanos). En la fase actual de la globalización, el beneficio del intercambio es muy dudoso para África o Hispanoamérica (agotan sus materias primas y recursos humanos, solo se enriquecen sus élites...). Y para Occidente el resultado es completamente negativo (se marcha la industria, se vacía el campo, se desintegra la clase media, crece la desigualdad en el país a mayor ritmo de lo que se reduce en el mundo...). Pero además ha aumentado para todos el riesgo de pandemias (cada vez mayor injerencia ecológica, más densidad urbana, masificación del turismo, explotación intensiva avícola-cárnica, creciente generación de flujos humanos...). Así, el pacto con el que se nos vendió la globalización queda hoy tan roto como el contrato social desde la crisis de 2008.

Conviene valorar un sistema por sus frutos y no por sus promesas. El globalismo ofrecía 'libre circulación' de personas, pero ha provocado la mayor cuarentena humana de la Historia. La 'democracia mundial' se ha quedado en una tecnocracia elitista, que está decidiendo torpemente sobre la vida y la muerte de miles. La 'ciudadanía global' no ha aportado nada a los trabajadores, la hipermovilidad sólo le ha aprovechado a especuladores, mafias, redes de espionaje, hackers... y virus. Las grandes empresas soñaban con poder superar el PIB de varias naciones, hoy la empresa de embarcaciones turísticas Princess Cruises supera a naciones como Canadá o Australia... en número de infectados y muertos.

Ni de lejos se ha logrado (ni intentado) una 'sanidad universal', pero sí hemos estrenado la primera pandemia plenamente global. La otra gran pandemia actual (el VIH) se concentra en el sur de África; incluso las mayores pandemias del pasado (peste negra y gripe española) se ceñían a zonas de Eurasia. La pandemia-mundo es un nuevo 'logro' del sistema-mundo. Viene a sumarse a los otros 'logros' planetarios de la década: la creación de islas de basura plástica en los océanos, la invención de una doctrina militar de destrucción mundial (Prompt Global Strike desde 2010), la aparición de centi-millonarios que concentran la riqueza humana (Jeff Bezos desde 2017) o la construcción de una Internacional Banquera (la SWIFT en unos 200 países desde 2018). Todo un balance.

Europa, de Panteón a Pandemonio

El mapa del coronavirus es, en sí mismo, una lección de geopolítica. Vemos gráficamente un planeta con una misma enfermedad pero diferentes velocidades, China como nuevo eje de la situación mundial, Europa como último eslabón de todas las cadenas. Los eurócratas de Bruselas insisten en que somos el motor del globalismo, cuando en realidad somos el vagón de cola en un tren del que todos se están bajando. El planeta entero ha declarado a Europa como nuevo epicentro de la infección, aislándonos por tierra, mar y aire. Ahora es China quien teme que los europeos reintroduzcan el coronavirus allí. Cometimos el mismo error en 2012, cuando nos creíamos la primera línea de resistencia contra el yihadismo, mientras que el terror de Siria eran los yihadistas que llegaban... desde Europa.

Hace pocos días, cosmopolitas de derecha e izquierda exigían a Grecia que permitiese la entrada de miles de refugiados; hoy, países como Turquía o Marruecos han blindado sus fronteras contra España y Europa (y hacen bien). La 'sociedad abierta' de Europa significa 'sociedad en cuarentena' para el resto del mundo. El homo globalis de Occidente es el hombre enfermo del mundo. En el pasado se creyó, injustamente, que el escorbuto marcaba a los partidarios de la libre navegación (es decir, los piratas), la lepra a los partidarios de la libertad de conciencia, la hepatitis a los partidarios del libre consumo de drogas, el SIDA a los partidarios del amor libre. Hoy, con toda justicia, debería recaer el coronavirus sobre los partidarios del libre-mercado global. Es un virus capaz de delatar a los estados débiles (incapaces de prevenir) y a las sociedades individualistas (incapaces de reaccionar).

Pero tristemente, las víctimas suelen ser los más inocentes. Y el estigma internacional está recayendo sobre los países de la Europa mediterránea (Italia y España), mientras que el estigma social pesa sobre los ciudadanos que acudieron a congresos y manifestaciones, sobre las Fallas y Semana Santa, incluso sobre los que pasean al perro o aún tienen que ir a trabajar. Ni una palabra sobre las multinacionales que han movido a millones de personas, muchas de ellas entre Wuhan y Occidente (un ejemplo, Inditex). En defensa del pueblo italiano y español, conviene aclarar que "el primer paciente europeo no es italiano sino alemán, contagiado por una compañera de trabajo de Shanghai; el virus se introdujo en España en mutaciones que venían de China y Reino Unido. El virus se expandió en Europa desde Alemania y sus hombres de negocios, desde el Reino Unido y sus turistas, desde Suiza y los centros financieros de mayor contacto con China. Es el último triunfo de la globalización" (D. Bernabé).

El discurso oficial intenta mantenerse neutral: "una pandemia significa una amenaza a la salud de todos por igual, que no atiende a barreras internas ni externas" (según la OMS -Organización Mundial de la Salud-), "el virus no distingue ni territorios ni clases" (mensaje de Pedro Sánchez). La geopolítica demuestra que nos han mentido. Por un lado, el brote de cólera de 1829 (el más mortal del siglo XIX) ejemplifica cómo países relativamente cercanos pueden sufrir resultados muy dispares según sus acciones: por aquel entonces, Francia no supo reaccionar, pero EEUU dio pleno apoyo a la investigación científica y cerró los puertos de acceso al país. Por otro lado, la Gran Peste de Londres en 1665 es un caso de estudio de cómo las plagas afectan con distinta intensidad a diferentes clases socioeconómicas: los pobres morían mientras los ricos podían huir o refugiarse con abundantes reservas.

En resumen, una fuerte cultura de la defensa nacional y un sólido sistema social de redistribución son factores diferenciales ante una pandemia. La descripción abstracta del coronavirus como un enemigo genérico (lo que fue el 'terrorismo internacional' en 2001, la 'deuda externa' en 2008, la 'emergencia climática' en 2019...) sólo busca cuestionar la utilidad del estado-nación y eludir la necesidad del modelo de bienestar. Y aquí es donde el coronavirus demuestra que Europa padecía dos infecciones previas: la pandemia ideológica del globalismo (el miedo a las fronteras) y la pandemia económica del mercantilismo (el odio a la planificación). Dos patologías que nos han convertido a todos en población de riesgo. 

1. La pandemia del globalismo

Viendo cómo los países cierran fronteras contra el coronavirus, los medios globalistas se lamentan: "el mundo ha optado por ser más autoritario, nacionalista, unilateral, anti-establishment y anti-expertos", "al menos en la crisis de 2008, los gobiernos obedecían a expertos de la Reserva Federal" (diario The Atlantic). Parece que no entienden que muchos países no han tenido elección a la hora de tomar la iniciativa, porque desde los foros internacionales sólo llegaba silencio. No se trata de un Brexit generalizado, de un repliegue voluntario por parte de las naciones, sino de un completo abandono por parte de 'los expertos' mundiales. Mientras ellos debatían, Austria cerraba todos sus accesos a Italia. Y no solo se apresuraron a controlar fronteras los más soberanistas, como Polonia o Hungría, sino 'sociedades abiertas' como Noruega (antes de que hubiera una sola muerte) o Lituania (cuando había sólo siete enfermos). Los países que se sentaron a esperar directrices de las agencias mundiales son hoy epicentros de pandemia. Es el caso de España.

A finales de enero, mientras China cortaba carreteras y aeropuertos en Wuhan, la OMS no recomendaba cancelar ningún viaje internacional: "no hay razón para tomar medidas que interfieran innecesariamente con el comercio". Coincidía la Comisión Europea: “La restricción de viajes dañaría la economía transfronteriza” (U. von der Leyen). El 10 de marzo, cuando el coronavirus ya había alcanzado todos los continentes habitados, la OMS aún no había decretado la situación de pandemia "porque puede sacudir mercados, conducir a restricciones drásticas de libertades y estigmatizar a ciudadanos provenientes de regiones afectadas" (diario Los Angeles Times). Quedan claras las prioridades del globalismo: por encima de la propia vida humana está el dinero, las libertades abstractas... y la no-discriminación. La realidad es que la OMS se obsesionó con "no ofender a China" (revista Science), por temor a que Pekín dejase de proporcionarle datos médicos. Para ello, la OMS silenció a sus miembros críticos con China (como el profesor John Mackenzie) y bloqueó la participación de Taiwán. Las instituciones supranacionales velan por su propia permanencia, antes que por la verdad y la democracia.

Tampoco el Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades (agencia de la UE) activó ninguna medida hasta el 2 de marzo, considerando al coronavirus un 'riesgo moderado'. El 4 de marzo se prohibió la exportación de artículos de protección médica de Alemania al resto de la UE. En las siguientes fechas, el Banco Central Europeo vetó un plan de estímulo económico para los países europeos, por temor a "comportamientos irresponsables". Por su parte, el Banco Mundial cuenta desde 2017 con bonos de ayudas contra epidemias... pero la letra pequeña dice que sólo los concedería doce semanas después del primer brote. Además, establece como requisito un mínimo de 250 muertos en un primer país y 200 en el segundo; cifras de sobra cumplidas, gracias a la tardanza. Tampoco las estructuras del G-7 y G-20 han realizado ningún movimiento (más allá de una video-conferencia). La presidencia del G-20 corresponde este año a Arabia Saudita, que estaba ocupada en una guerra por los precios del petróleo contra Rusia.

Así, el coronavirus ha demostrado cinco verdades obvias. Primera: que estas entidades globalistas apenas existen como estructura, son solamente un puñado de perfiles muy concretos (cosmopolita de clase alta y educación liberal) con intereses muy concretos. Segunda: que estos cargos sólo atienden a las naciones a cambio de que cumplan ciertas exigencias o paguen cuotas, como si fuese un servicio político de 'Video Bajo Demanda', estilo Netflix ("el mundo recibirá solamente aquello por lo que pague", Foreign Affairs). Tercera: que esa dependencia económica les hace obedientes a los socios más poderosos, con total desinterés por representar al resto de miembros. Por ejemplo, la UE responde a los presupuestos de Alemania, la OTAN a la hegemonía de EEUU... En el caso de la OMS, los pagadores principales ni siquiera son países, sino instituciones privadas (Fundación Gates) y lobbies farmacéuticos (GlaxoSmithKline, Novartis AG, Hoffmann-La Roche). Cuarta: que estos cargos no tienen ningún conocimiento experto especialmente valioso, más allá del que le proporcionen las propias naciones, por lo que funciona como Uber o AirBnB: los supuestos 'intermediarios' controlan todas las interacciones desde su cúspide. Quinta: que esta estafa piramidal globalista entorpece la fórmula más eficaz estos días: la cooperación horizontal entre naciones.

De esas cinco evidencias se deduce que el globalismo irá siempre más despacio que la iniciativa de cada nación. Casi por mera física, el gobierno mundial será más lento cuanto más grande quiera ser, más ignorante cuantos más datos quiera apilar, más ilegítimo cuanta más autoridad quiera tener, más incapaz cuanto más poder quiera amasar. Con el coronavirus, es posible calcular matemáticamente la inferioridad del globalismo con respecto a la soberanía nacional. Es proporcional a la tasa de propagación por todo el planeta con respecto a la tasa de contención en la provincia de Hubei. Y a cómo varios países de Europa Occidental (con población y territorio mucho menores que China) suman más casos (y de avance más rápido) que China en su peor momento. Y a los más de 40 días que la OMS tarda en reconocer una pandemia tras los 10 días que tardó China en construir un hospital contra pandemias.

Para bien o para mal, lo que afecte a China, afectará especialmente a Irán y a Europa. Esta es otra lección geopolítica del mapa del coronavirus. Los países europeos no formamos una inconexa unidad trans-atlántica con EEUU; somos, ante todo, parte integral de Eurasia. Pero como China es una civilización incompatible con la nuestra (en cultura y en intereses), nuestro referente eurasiático debería ser Rusia, con quien compartimos hitos pasados y retos futuros. Siendo el país europeo con mayor cantidad de territorio y de población, sus medidas de seguridad garantizaron cero muertes por coronavirus hasta el 19 de marzo. De nuevo, es posible hacer comparativas numéricas entre atlantistas y euro-rusistas.

Mientras que Rusia despliega una misión médico-militar en Italia, la OTAN ha cancelado la participación de militares estadounidenses en las maniobras 'Defender Europa'. Más bien 'Abandonar a Europa'... por enésima vez. La Unión Europea, desorientada, ha publicado un informe del Servicio Europeo de Acción Exterior, culpando a Rusia de "desinformar sobre el coronavirus" para causar "confusión, histeria y miedo", "debilitar y dividir las sociedades europeas", "agravando el colapso de nuestro sistema sanitario". Pero, a continuación, veremos que los poderes globalistas nunca han necesitado ayuda rusa para desinformar, atemorizar, debilitar, dividir y colapsarnos.

2. La pandemia de los mercados

Existe un dicho muy apropiado para la ocasión: si Wall Street estornuda, el resto del mundo se resfría. Nuestro sistema político depende por completo de los altibajos bursátiles. La finanza no es un timonel firme, sino un grumete que pasa bruscamente del pánico a la euforia o la depresión. Así, lo que en 2019 era una situación de estancamiento económico puede convertirse en la gran quiebra de 2020. Se trata de la mayor caída de índices económicos desde la crisis de 2008, que se cerró con una pérdida de calidad de vida que aún no habíamos recuperado. Desde entonces arrastrábamos una deuda impagable, una producción terciaria y precaria, una paralizante servidumbre a fondos de inversión y agencias de calificación, así como grandes recortes en la sanidad pública y la investigación científica. Eran cuatro caldos de cultivo para una pésima reacción a las pandemias (sin liquidez y sin material, sin iniciativa y sin retaguardia).

Entre 2009 y 2017 se destruyeron 46.500 puestos sanitarios y 70.000 camas, por lo que Italia recibió un 47'5 sobre 100 (suspenso) en 'capacidad de respuesta rápida a pandemias', según la Universidad John Hopkins. Dicha universidad, junto con la mencionada Fundación Gates y el Foro Económico Mundial (Davos), realizaron una simulación de coronavirus pandémico en octubre de 2019 ("Event 201"). Su conclusión fue que "organizaciones internacionales y compañías de transporte globales deben mantener los viajes y el comercio durante las pandemias". Un mes antes, las Naciones Unidas y el Banco Mundial también habían estudiado el riesgo de una pandemia, fuese natural o diseñada ("World at risk"). Los poderes económicos tenían conocimiento de lo que podía pasar, lo que no tenían era piedad.

No hay más que ver la inhumana actuación de los países más esclavos de la bolsa: Estados Unidos con Wall Street, Reino Unido con la City de Londres. Es verdad que a EEUU no le ha faltado seguridad fronteriza, pero carece de seguridad social: el coronavirus se cebará con un país donde la población no puede permitirse ni la cuarentena (hay despido libre) ni la enfermedad (no hay sanidad pública). Igual que en 2008 se rescató a la banca con dinero público, la principal ayuda prevista por Trump va para sus cómplices: industrias de aerolíneas, cruceros, petróleo, compañías de seguros... ¿De qué sirve la soberanía nacional, si queda al servicio de una minoría oligárquica? Así, "el coronavirus no sólo señala los límites del globalismo, sino los límites aún más fatales del nacional-capitalismo" (S. Žižek).

Para Trump, desacelerar los mercados causaría "ansiedad, depresión y suicidios, en mayor cantidad que el virus". Su hombre fuerte en Texas, Dan Patrick, opina que "los abuelos deberían sacrificarse para salvar la economía, por el bien de sus nietos". También Bolsonaro se ha centrado en "resucitar la economía", ya que "es imposible resucitar a los que mueran" (W. Witzel). La primera reacción de Reino Unido fue semejante: no tomar ninguna medida de protección ciudadana, que se infecte el 60% de los británicos hasta desarrollar 'inmunidad de grupo', al precio de miles de muertos (los desfavorecidos en dinero y salud). El plan de Boris Johnson era evitar cualquier restricción, para que la economía siguiera funcionando. La misma lógica que explica su Brexit: menos limitaciones comunitarias para atraer más oportunidades económicas, ya sean éticas o abominables.

Todos los anteriores son ejemplos de 'darwinismo social', la selección artificial, la supervivencia del más acaudalado. Se trata de una idea con ciertas correlaciones geopolíticas. Proviene del Norte Global y pretende invadir tanto el espacio hispano-americano como el espacio euro-mediterráneo, que deberían unirse en defensa de la idea de solidaridad, comunidad y pacto inter-generacional. "En Italia, por su cultura, atienden a personas demasiado viejas, que nosotros no admitiríamos en hospitales" (F. Rosendaal, clínica de Leiden en Holanda). "Francia, Italia y España aprueban subsidios especiales, pero británicos, holandeses o suecos optan por laissez faire (dejar hacer) a la pandemia" (R. Poch).

Está en "la esencia de los países Protestantes, desde que Calvino rechazó auxiliar a los apestados de Zurich" (J. Maestro). También en "el gobierno de los ricos, llamado plutocracia por Plutón, rey del infierno, al que los mineros hacían sacrificios a cambio de extraer oro" (E. Mari). Es el "evangelio de Mammon" (T. Carlyle), embajador del diablo en Inglaterra (J. Plancy). Es el toro esculpido en Wall Street como nuevo becerro de oro (A. Brown). Es la filosofía randiana del egoísmo capitalista, cuya influencia reconoció el satanista A. LaVey. Y tiene "perturbadoras raíces intelectuales en la costumbre pre-judía de inmolar humanos para el dios Moloch" (S. Vaidhyanathan). Esta es su teología de la prosperidad: el exterminio físico del más débil. "Nada personal, solo negocios" (revista Forbes).

La paradoja está en que la sociedad de mercado es la principal causante de debilidad humana. El estilo de vida que impone nos ha convertido en la población más envejecida y con peor demografía. Se han multiplicado las enfermedades por la contaminación que respiramos y los procesados que comemos. Nuestro sistema inmune está destruido por un modelo urbanita y consumista: estrés, adicciones, falta de aire y luz. Y a pesar de ello, pretendieron tranquilizarnos diciendo que el coronavirus solo era peligroso para ancianos, diabéticos, hipertensos o asmáticos. ¡Todo lo que abunda en Occidente, por ello tenemos la mayor mortalidad por coronavirus del mundo!

No hay piedad para mayores o enfermos en un sistema que desea "reducir la población mundial hasta un 15%" (B. Gates), cree que "los ancianos viven demasiado, son un riesgo para la economía" (C. Lagarde, FMI) y afirma que "la crisis del coronavirus muestra que es hora de abolir la familia" (G. Soros, OpenDemocracy). Aquel era un consuelo desalmado, proveniente de especuladores desalmados. Los mismos que en 2008 templaron: "la economía globalizada solo es peligrosa para los peor formados en finanzas, los menos emprendedores, los que carezcan de activos móviles" (periódico Wall Street Journal). Es decir, 'solo' amenazaba a los países con campesinos, funcionarios y pequeños propietarios. O sea, a todos nosotros.

Con esa frialdad, los mercados aprovechan los momentos de pánico para imponer sus reajustes más brutales. Es la 'doctrina del shock' descrita por Naomi Klein. La crisis del coronavirus ya deja entrever posibles futuros: despidos masivos camuflados como medida sanitaria, burbujas de precio con bienes de primera necesidad, Glovo y Uber ofreciendo descuentos a costa de la salud de sus repartidores, restricción de cualquier actividad más allá del trabajo, laboratorios privados desarrollando vacunas para quien pueda pagarlas... También aparecen multinacionales 'de cara amable' (como las langostas con rostro humano, Apocalipsis 9:7) que ofrecen grandes préstamos al sector público, de forma que acabemos pagando esa deuda con nuestros impuestos, porque aquellas no contribuyeron lo suficiente en su día. Aunque sea de agradecer la solidaridad privada, igual que la ayuda china, ambas tienen segundas intenciones estratégicamente calculadas.

Pero, por el lado contrario, la situación de emergencia ha obligado a varios gobiernos a tomar medidas positivas que hace un mes eran 'imposibles': subordinar la sanidad privada a la pública en España, suprimir impuestos a autónomos en Alemania, permitir atrasos en el pago de hipotecas en Italia, intervenir precios especulativos en Francia... ¿Por cuál de los dos caminos seguiremos después del coronavirus? ¿La sociedad al servicio de la economía, o la economía al servicio de la sociedad? ¿El orden crematístico (que reserva los peores salarios para los trabajadores esenciales), o el orden natural (que recompensaría a repartidores, transportistas, reponedores, sanitarios, personal de seguridad, limpiadores...)?

Una cosa está clara. Lo que diferencia al ser humano de una plaga es el arraigo: cuidar de un país que nos cuida. Y lo que nos distingue a los seres vivos de un virus es la función de relación: la necesidad de una sociedad en la que participar y compartir. Estas son precisamente las bases de la geopolítica: el vínculo entre territorio y comunidad. Sobrevivir al coronavirus en un mundo sin conciencia nacional, o en un mercado sin ética social, no es vencer la pandemia. Es convertirse en la pandemia.