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viernes, 2 de noviembre de 2018

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE LOS DEBATES FILOSÓFICOS





jueves, 1 de noviembre de 2018

Yo tengo la impresión de que los trabajos que presento a este foro (Filosofía y Pensamiento) no se leen al completo o se hace de manera muy superficial, sin entrar en detalles y matices. Así que enumeraré mis objeciones al método de debatir.

Primero. En el ámbito de la teoría del conocimiento o epistemología Luis Ledo solo habla de la existencia y no dedica ni una palabra al ser en sus múltiples modos, manera de manifestarse y variadas interrelaciones. Así sucede con la belleza: solo habla de que no existe como propiedad externa de las cosas sino como sensación o vivencia interna del sujeto. En ningún momento habla de los múltiples modos del ser de la belleza aunque sea en sus modalidades abstractas como son la regularidad, la armonía o la conformidad a fin.

Segundo. En el ámbito de la psicología del conocimiento solo habla de la sensación, sin dedicar una sola palabra al resto de las funciones psicológicas superiores: la percepción, la atención y la memoria, y el pensamiento y el lenguaje. Pues las sensaciones son los reflejos de aspectos aislados de los objetos y las percepciones son reflejos de los objetos en su totalidad. Además las percepciones están mediadas por los conceptos y los conceptos se objetivan en juicios, esto es, en el lenguaje.

Tercero. En su último mensaje cuando yo hablaba de desayunar, Sergio volvió a darle un giro subjetivista a esta actividad práctica y lo definía como un concepto que contenía sensaciones como la de tener hambre. De ese modo conecta la práctica del desayuno con el sistema nervioso central. Sin duda que el sistema nervioso central, el cerebro, desempeña un papel rector en la actividad del ser humano, pero que desempeñe un papel rector no puede significar que sea todo. Así el hambre debe quedar vinculada en primera instancia con el sistema digestivo y no al sistema nervioso central, de manera que debe ser en primera instancia objeto de la fisiología y no de la neurología. Además el hambre, que afecta a 700 millones de personas en el mundo, es uno de los problemas más graves de la humanidad y afecta específicamente a la esfera de la economía.

Cuarto. En la obra de Hegel sobre la Estética las páginas sobre la belleza son como mucho cuatro de un total de setecientas o más. En la obra de Wölfflin dedicada a estudiar las diferencias entre el Renacimiento y el Barroco no dedica ninguna palabra a la belleza. Así que cuando hablamos de Filosofía del Arte o Estética cuanto menos habría que hablar de Arquitectura, de Escultura y de Pintura y ver cuáles son los conceptos fundamentales de esa esfera de saber. Es poco riguroso, como hace Francisco Mora y lo secundan Sergio y Luís, hablar de la belleza sin definición conceptual previa y sin hablar de sus principales manifestaciones, por ejemplo, la producida en la época del Renacimiento y en la época del Barroco. Tampoco puede hablarse del concepto de belleza sin vincularlo a otros conceptos fundamentales de la Filosofía del Arte.

Y quinto. Cuando salimos a la calle y observamos el mundo sin las gafas del filósofo abstracto, viendo los edificios modernos y antiguos, las carreteras, los medios de transportes, las grandes obras de la ingeniería, y la frenética actividad industrial y comercial, comprendemos lo superpoderoso que es el mundo objetivo. Pero Luís y Sergio en vez de hablar de cómo en la práctica se ha construido ese mundo, se retrotraen al sujeto y solo ven sensaciones y actividad neuronal. De ese modo reducen al ser humano a un ser abstracto que de forma enigmática solo tropieza con las apariencias de las cosas y no alcanzan a saber lo que son las cosas en sí. Siendo la cosa en sí, como herencia kantiana, una pura sombra, que por mucho que intentemos atraparla jamás lograremos asirla. Otra cosa es el concepto de cosa en sí en Hegel, quien lo concibe como potencia y posibilidad y lo vincula al concepto ser para sí.




sábado, 23 de junio de 2018

SIGNIFICACIÓN Y REPRESENTACIÓN



sábado, 23 de junio de 2018

En la percepción se nos presenta la situación objetiva en toda su plenitud, con todos sus escorzos y todos sus detalles. Pero la percepción donde todo se da de forma simultánea es una sucesión de percepciones. Cuando Edmund Husserl en sus Investigaciones Lógicas, dándole expresión a su percepción, dice “un mirlo echó a volar”, es obvio que esto es posible solo concibiendo la percepción como una sucesión de percepciones, concibiendo la percepción no como una fotografía sino como un vídeo. Luego la percepción también está determinada temporalmente y refleja el carácter sucesivo de los acontecimientos. Toda historia es una sucesión de acontecimientos.

Pero hay más. Cuando le damos expresión verbal a la percepción, todo cambia. En la expresión verbal no está todo lo que hay en la percepción y hay cosas que no están en la percepción. Así que la representación, por una parte, resta cosas a la percepción, y por la otra, las añade. Si bien en la percepción todo se da en su plenitud, en la significación, en la expresión verbal, todo empieza con un absoluto vacío, puesto que la significación es un fenómeno temporal.

Dos clases de representación

Hay dos clases de representación: una, la representación que proviene de la percepción y a la que llamaré representación perceptiva, y dos, la representación que es solicitada por la significación (por el lenguaje) y a la que llamaré representación significativa. Una fotografía, una pintura basada en la percepción y cuando recordamos lo que hemos visto son ejemplos de representación perceptiva. Si atendemos al número de referencias reflejadas, diremos que la fotografía es la representación que mayor número de referencias refleja, después le sigue la pintura  y por último se encuentran los recuerdos.

Con respecto a la representación significativa diremos que la representación no es creada por la significación, sino que es solicitada por la significación. No obstante, lo solicitado, qué debemos representarnos, sí es obra de la significación. Por ejemplo, hay una pieza musical de Tom Jobim donde se dice: “Para qué tanto cielo, para qué tanto mar, para qué sirve esa ola que se quiebra por el viento en la tarde…”. Cuando leemos este texto, nos representamos lo que el autor nos está diciendo: el cielo, el mar, la ola quebrada, el viento y la tarde. Cada lector tendrá una representación distinta de cada uno de esos entes, pero siempre serán esos entes. La variación en la representación no puede afectar a la esencia de los entes representados. A este respecto Edmund Husserl decía que la significación es una y la misma, mientras que las representaciones pueden ser muchas y distintas. Pero yo añado que las diferencias en la representación no afectarán nunca a la esencia de los entes representados. Así las olas puede haberlas de muchas clases y, en consecuencia, las representaciones serán variadas, pero siempre serán olas.

Un ejemplo ilustrativo de representación significativa

Pongamos un ejemplo para ilustrar algunos contenidos conceptuales de la representación significativa o cómo se generan las representaciones a partir de las significaciones. Les transcribo un pequeño extracto de Sueño en el Pabellón rojo de Cao Xueqin, una de las joyas de la literatura universal: “La tercera hermana se recogió el pelo en un moño. Su chaqueta escarlata, entreabierta, dejaba ver su corpiño de color verde puerro y su piel blanca como la nieve. Llevaba pantalones verdes y pantuflas rojas…A la luz de la lámpara sus cejas de sauce se curvaban provocativas, sus fragantes labios rojos como el cinabrio y sus ojos, destellando como estanques otoñales, relumbraban todavía más seductores con el vino”.

Antes de que se inicie el texto nuestra representación cubre un espacio vacío donde nada de momento ha ocurrido. Y cuando el texto se inicia con “la tercera hermana”, esto no es un hecho de la percepción, es la expresión de una relación de parentesco, es algo que es introducido en la representación sin origen en la percepción. Y cuando analizamos la expresión al completo, “la tercera hermana se recogió el pelo en un moño”, podemos observar varias cosas: una, sabemos que es una mujer, pero no sabemos cuál es su apariencia, y dos, solo nos representamos que se recogió el pelo en un moño, esto es, solo tenemos una representación abstracta. Aquí reside, por una parte, la pobreza de la representación que proviene de la significación a diferencia de la representación que proviene de la percepción, donde todo o casi todo se ve, se oye, se huele, se saborea y se toca; y por otra parte, el enorme poder de la significación que con pocas medios expresivos permite que el lector se haga una representación precisa de lo que ocurre. Este poder de la significación en su simplificación de la representación tiene un efecto determinante para fortalecer otra de las funciones psicológicas superiores: la atención. También entendemos así por qué Hegel cataloga a la representación como universal, puesto que quien quiera que sea la persona que lea la expresión verbal antes referida, esté en la parte del planeta que sea, puede hacerse una representación precisa de los que ocurre.

Analicemos ahora el segundo sintagma: “Su chaqueta escarlata, entreabierta, dejaba ver su corpiño de color verde puerro y su piel blanca como la nieve. Llevaba pantalones verdes y pantuflas rojas…”. El lenguaje es una figura temporal y nos permite ir completando poco a poco la representación. Con este sintagma vemos más cosas, pero nunca veremos todo lo que existe en la habitación ni todos los acontecimientos que ocurren en ella, desde los más importantes hasta los menos significativos. Y observamos que forma parte de la representación cosas que no están en dicha habitación: el puerro y la nieve. Esta es la magia del lenguaje. Las representaciones que crean superan con creces los límites de la percepción y reduce todo lo que ocurre en la representación a su expresión mínima.





lunes, 27 de marzo de 2017

SÍ, LA CIENCIA ES POLÍTICA




La idea de que la ciencia puede estar y permanecer a la orilla de la política es una muy extendida. Pero no, la ciencia y la política tienen una estrecha relación: la ciencia es la búsqueda del conocimiento, el conocimiento es poder y el poder es política.

El método científico se ocupa de la generación de hipótesis, de probar o invalidar esas hipótesis a través de los ensayos pertinentes, y luego, de reunir las válidas para generar conocimiento. Un método que contiene una ideología con nombre propio, empirismo. La llegada a la presidencia de Estados Unidos de un mandatario con una ideología conservadora y que de forma clara se apropia de hechos que se acomodan a su propia visión del mundo,  cambia una relación entre ciencia y cultura, que debería ser sana, en una en potencia destructiva.

Alrededor del método científico existe un campo aún más abiertamente político: el dinero. Mucha de la ciencia básica que se hace en Estados Unidos está financiada por el gobierno. Entidades como los Institutos Nacionales de Salud, el Departamento de Defensa, el Departamento de Energía, y la Fundación para la Ciencia son los grandes patrocinadores de la ciencia y todos usan dinero público. Las decisiones de a dónde va el dinero la toman los políticos. Se puede escoger si destinar más dinero en defensa que en cáncer o escoger financiar programas que estudien las adicciones a cambio de iniciar una nueva misión de la NASA. Decidir cuál ciencia tiene mayor valor no es una decisión científica, es una política.

También son políticas las decisiones sobre cuál investigación no se debe hacer porque, así aumente el conocimiento, es posible que ocasione daños. Por eso las instituciones tienen los comités con la idea de proteger a los pacientes de experimentos que no son éticos. Hubo un tiempo en que esta idea no se había implementado aún y llevó a la apropiación indebida de tejidos de pacientes de cáncer, como es el bien conocido caso de Henrietta Lacks y las famosas células HeLa1, que entre los infinitos usos que han tenido está el de haber facilitado el desarrollo de la vacuna del polio. Y cuando George W. Bush llegó al poder lo primero que hizo fue restringir el uso de células madre para la investigación2 prohibición que levantó Barack Obama tan pronto pudo3.

Y luego está el asunto del qué hacer con los resultados científicos, con frecuencia una decisión política. La Agencia de Protección Ambiental (EPA), casi siempre a la merced de los políticos, se creó en parte debido a una serie de conflictos sobre los usos del agua y la tierra. Las compañías se deshacían de los desperdicios en los ríos, contaminación que en sus días se cobró la vida de 168 personas en el área de Nueva York, en 1966. Una vez que los datos establecieron el nexo entre polución y baja calidad de vida, los políticos actuaron para proteger a los ciudadanos.

La primera impresión sobre las políticas de Trump en ciencia es que encajan en los postulados conservadores ya conocidos: negar el cambio climático (George W. Bush) y cuestionar la importancia de las vacunas. Las regulaciones ambientales siempre han sido mal vistas por las corporaciones. Reagan trató de acabar con la EPA aunque sin éxito. Ignorar a los epidemiólogos es uno de sus vergonzosos legados, con la devastadora epidemia de SIDA que pudo haberse detenido a tiempo si no se hubiera negado a aceptar y manejar el problema.

Son hechos políticos familiares, en un familiar sistema conservador. Pero Trump trae novedades: él y sus asesores han mostrado un deseo de no ponerle oídos a los hechos que no les gustan, la seguridad de las vacunas y el cambio climático. Para Trump el cambio climático es una trama de los chinos. Para el Departamento de Defensa, el cambio climático no solo es real sino que podría llevar en el futuro a conflictos entre las naciones. Criticar la ciencia del cambio climático es una cosa, para ello está el método científico. Pero negar la realidad real, medida por cientos de científicos independientes es otra.

Trump se ha reunido con Andrew Wakefield, el más que desacreditado médico que manufacturó el nexo entre vacunas y autismo, todo mediante una investigación fraudulenta que le valió perder la licencia y el repudio de sus colegas4. No contento con eso, Trump le ha pedido al conocido propagandista anti vacunas Robert F. Kennedy Jr. liderar una nueva comisión que ni es claro para qué es. Kennedy dice que es una comisión para supervisar la seguridad de las vacunas y la integridad científica (¿?), aunque Trump, con su característico tono nebuloso dice que todo llevará a la “posible creación de una comisión sobre el Autismo”.

El nexo entre vacunas y autismo4, ya ha sido declarado inexistente. Gastar más dinero y tiempo no solo hace que se desperdicien recursos que podrían financiar investigaciones serias y productivas sino que le da la idea al promedio de los ciudadanos que las vacunas no son seguras. De seguir Trump con esas asesorías enfermizas lo que resultará serán maniobras políticas con impactos nefastos.

Ya han ocurrido brotes de enfermedades erradicadas, gracias a los padres anti vacunas y es posible que más casos se den a medida que se le quita valor a los resultados incontrovertibles de la ciencia, producidos además con el dinero de los impuestos.

Pero los científicos algunas veces sacrifican la tarea moral debida a la ciencia y al público para poder seguir con sus trabajos de investigación. Wernher von Braun casi ha sido borrado de la NASA a pesar de su papel esencial, por sus nexos con los nazis para quienes construyó cohetes, usando esclavos de entre las víctimas de los campos de concentración. Y está Ivan Pavlov, el de los perros y la saliva, que se puso del lado de Stalin y así se salvó de las purgas y conservó su laboratorio.

Por estos días la administración de Trump premia a los leales y castiga a los que disienten. Él ya ha señalado el deseo de perseguir a investigadores en campos específicos, pidiéndole al Departamento de Energía una lista de los empleados que han trabajado en el cambio climático –el botón de la muestra.

La ciencia es una manera de ver que se alimenta de hechos. Lo que se hace con esos hechos es profundamente político.

Nadie puede predecir cómo va a lidiar Trump con la comunidad científica. Pero las señales que su administración ya ha enviado indican que la relación entre la ciencia y la política se volverá más controvertida, con consecuencias nefastas. Mayor razón para permanecer atentos a todos sus movimientos en lo que atañe a la ciencia.







sábado, 12 de marzo de 2016

LA DUPLICACIÓN DEL MUNDO




sábado, 12 de marzo de 2016


De Luria aprendí que el lenguaje duplica el mundo. Pero también lo duplican los sueños, la fotografía y el cine. Tal vez la fotografía tiene que ser muy fiel a la realidad y el mundo duplicado es casi igual al original. No obstante, la fotografía no puede abarcar todo el mundo. Es más, hay partes del mundo que la fotografía no puede mostrar, sobre todo el mundo interior del hombre. Sin duda que el lenguaje lleva ventajas sobre el resto de los medios reflectores. La literatura continuamente duplica el mundo y muestra partes de él que la fotografía y el cine no pueden hacerlo. La literatura científica, a través de los conceptos, refleja las partes más profundas del mundo y nos proporciona una visión de conjunto sobre dicho mundo y sus partes. También hay que señalar que todas las duplicaciones del mundo forman parte del mundo: los sueños, la fotografía, el cine y el lenguaje. El lenguaje no siempre nos proporciona todas las categorías que necesitamos para dar cuenta de lo que establecemos mediante el análisis conceptual. Puesto que habría que distinguir el mundo, el mundo duplicado, y el mundo que abarca el mundo y el mundo duplicado. Talvez podríamos llamar mundo total al mundo que abarca el mundo y el mundo duplicado. De esa manera tendríamos diferenciado a nivel del lenguaje lo que está diferenciado en el mundo real: el mundo, el mundo duplicado y el mundo total. No sé si en vez de mundo total deberíamos hablar de mundo integral.

Balbo, uno de los tres personajes que dialogan en la obra de Cicerón titulada Sobre la naturaleza de los dioses, muy próximo al final de su intervención dice lo siguiente: “Con nuestras manos, en fin, nos proponemos crear casi una segunda naturaleza dentro del mundo de la naturaleza”. Esta segunda naturaleza son los edificios, las embarcaciones, las esculturas, las armas, los utensilios y el resto de los valores de usos fabricados para satisfacer las necesidades humanas. Mientras que los sueños, la fotografía, el cine y la literatura duplican el mundo en forma de imágenes y la duplicación se parece mucho al original, las manos humanas duplican la naturaleza creando un mundo real distinto y superpoderoso frente al mundo natural.  Es cierto que en la creación de ese mundo mediante las manos participan todos los sentidos y lenguaje. Es obra en suma del ser humano en su conjunto. Y de ese modo los sueños y el lenguaje quedan atados y al servicio del mundo real. Ese mundo real creado por los seres humanos es tan superpoderoso que cuando griegos y romanos se representaban el mundo de los dioses se lo imaginaban del todo parecido a esa segunda naturaleza de la que hablaba Balbo.



domingo, 14 de febrero de 2016

ACTITUD CIENTÍFICA: ¿DUDAR O RELATIVIZAR?




Hubert Krivine
Miércoles 10 de febrero de 2016

[En este artículo se polemiza con el relativismo científico y su aceptación en algunas universidades, argumentando que “si el éxito de una teoría científica sobre sus competidoras se debe a la constitución de un buen ‘grupo de presión’ que le asegure la mejor publicidad, léase la mejor propaganda, más vale desarrollar en las universidades el presupuesto de “comunicación”, asegurar la mejor de las redes y desarrollar la visibilidad, la competencia y la ‘excelencia’. Esta concepción cínica de la investigación científica motivada por el afán de poder se nutre de paso del deseo de enriquecimiento personal”. Redacción.]

Un reloj parado indica sin duda la hora exacta, incluso dos veces al día, pero no sabemos en qué momento. Del mismo modo, la duda sistemática permite precaverse de los errores o engaños, pero ignora igualmente la verdad que pasa. Al margen de las satisfacciones intelectuales y a menudo mundanas que puede procurar, la duda sistemática es por tanto igual de útil que un reloj parado. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, la duda ha desempeñado una función saludable: hablamos de la “duda científica”, que ha servido para poner en tela de juicio las verdades reveladas. En su forma más moderna, equivale a la noción popularizada por Popper de que toda verdad, para ser científica, ha de ser refutable. Una verdad científica “indiscutible” es por consiguiente un oxímoron.

Creer una afirmación únicamente cuando se tienen buenas razones para considerarla verdadera puede parecer una banalidad, un comportamiento que sigue todo el mundo. No obstante, a menudo ese “únicamente” hace que dicho comportamiento resulte difícil de mantener. Los ejemplos abundan. Creer en un paraíso en el cielo, como lo anuncia la Biblia, o en la URSS, como proclamaba la propaganda de Stalin, son creencias fundamentadas en el bien que se espera de ellas/1. Tal vez la religión calme el miedo a la muerte y la astrología responda a las angustias, pero esto no las hace verdaderas. Las “buenas razones” basadas en la ventaja (o el inconveniente) son de hecho razones muy malas.

Lo mismo ocurre cuando se juzga una información únicamente en función de su fuente. Que una información provenga de la CIA hace que sea cuestionable, pero no la descalifica con seguridad; después de todo, esos señores, cuando les conviene, también pueden estar interesados en decir cosas que resultan verdaderas: el gulag, queramos o no, existió efectivamente. El sacerdote Georges Lemaitre, presidente de la Academia Pontificia, elaboró una teoría del “huevo primitivo” que fue aplaudida inicialmente por el Papa como demostración del “hágase la luz” de la Biblia. Aún así, esta teoría, actualmente llamada del big bang, acabó siendo reconocida universalmente.
Pero ¿qué hay de las “buenas razones” si nos negamos a basarlas en su utilidad a corto plazo? La refutabilidad, la reproducibilidad, la universalidad, el principio de parsimonia, la capacidad de prever, la coherencia, etc., son los atributos habituales de una proposición considerada “científica”. Hay que añadir otro que por lo menos es igual de importante, pero que curiosamente se menciona menos a menudo: su encaje en el conjunto de conocimientos. Este encaje le confiere en cierto modo un peso efectivo superior a la fuerza de sus meros éxitos locales. En otras palabras, el peso de un conocimiento integrado, incrementado por el peso de todos los demás/2. Los periodistas pueden escribir sin reparos sobre la memoria del agua o la velocidad de los neutrinos superior a la de la luz, pero la comunidad científica, asustada por la cadena de consecuencias, se muestra más reservada. ¿Conservadurismo de la ciencia? Es posible, pero también está la exigencia de que toda afirmación excepcional requiere pruebas excepcionales. No olvidemos que esa misma comunidad aceptó la mecánica cuántica con su cortejo de resultados alucinantes (el gato de Schrödinger, vivo y muerto al mismo tiempo; un electrón que pasa simultáneamente por dos orificios, etc.).

Esta versión de la validez de los conocimientos científicos se ve cuestionada radicalmente por los defensores (o los herederos) del “programa fuerte”/3, para quienes “el contenido de cualquier ciencia es social de cabo a rabo”. Salvo ciertas variaciones, Bruno Latour, en su libro titulado Ciencia en acción (Labor, 1992) se convirtió en vocero de estas concepciones. No estamos seguros de que Latour siga coqueteando hoy en día con esta corriente relativista, pero su obra tuvo un fuerte eco nacional e internacional. Un comentario de Jacques Bouveresse sobre el filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936) parece escrito a propósito de él: “Spengler –de quien algunos de nuestros filósofos de la ciencia ‘posmodernos’, que conocen actualmente un éxito parecido al suyo, no parecen haberse dado cuenta todavía de hasta qué punto él se les había adelantado– se contentó con saltar inmediatamente a la conclusión de que la realidad no existe, de que la naturaleza es una simple función de la forma cultural variable en la que se manifiesta, es decir, que la naturaleza es fruto de la representación que nos construimos de ella y no, como se podía creer y esperar hasta ahora, a la inversa. Y llegó a la conclusión de que las cuestiones epistemológicas no son, a fin de cuentas, más que cuestiones de estilo, ya que los sistemas físicos se distinguen unos de otros y se oponen unos a otros como las tragedias, las sinfonías y las pinturas, en términos de escuelas, de tradiciones, de maneras y de convenciones (esto es más o menos textualmente lo que se afirma en La decadencia de Occidente).”

De forma resumida, esta corriente de pensamiento considera que es ingenuo acudir a la naturaleza –es decir, a la experiencia– como árbitro en las controversias científicas; o en términos más sutiles, la ven como un mero argumento retórico suplementario. Según ella, la noción de “verdad” científica es una impostura. En última instancia, son los científicos los que fabrican los objetos que creen “descubrir”. ¿Qué determina entonces el resultado de una controversia? Pues la relación de fuerzas entre las distintas redes de personas (y máquinas) que protagonizan el debate. Los científicos, dice Latour, “no utilizan la naturaleza como un juez ajeno y, puesto que no hay ninguna razón para pensar que somos más inteligentes que ellos, nosotros tampoco debemos utilizarla”.

También es típica la afirmación de Isabelle Stengers (Les concepts scientifiques, Gallimard, 1991): “Un concepto no está dotado de poder en virtud de su carácter racional, sino que se reconoce que articula un planteamiento racional porque quienes lo proponen han logrado vencer el escepticismo de un número suficiente de otros científicos, a su vez reconocidos como ‘competentes’ […].” Como sucede a menudo, con estos relativistas se pasa de una banalidad verdadera (“si el concepto está reconocido”, significa que hay “un número suficiente de otros científicos” que lo hacen) a una banalidad falsa (este reconocimiento no debe nada a “su carácter racional”). Latour, al igual que Stengers, no corren ningún riesgo y cubren todo el espectro de lo posible afirmando que es la mejor red la que gana, pero no han dicho nada. En cambio, cuando explican que la naturaleza, es decir, la experiencia y el encaje de que hemos hablado antes, no desempeñan más que un papel de apoyo retórico, dicen algo y ese algo es falso. Galileo se atrevió a afirmar, en contra de Aristóteles y la Santa Sede, que las montañas de la Luna y los satélites de Júpiter no eran artefactos de sus anteojos. Acabó ganando porque las montañas y los satélites están ahí, simplemente.

¿Simplemente? Ocurre que los satélites de Júpiter y las montañas de la Luna están ahí desde hace miles de millones de años y nadie las había visto. Para apreciarlas se necesitaba audacia, cierta curiosidad y sobre todo el anteojo de los holandeses. Audacia, curiosidad y anteojo no caen del cielo, son sin duda productos de una sociedad en un momento dado, pero esto no convierte las montañas de la Luna en una construcción social. La historia de la “hipótesis atómica” es análoga, pese a que el “anteojo” que permitió “ver” los átomos no es lo mismo que un tubo provisto de una lente convergente en un extremo y otra divergente en el otro, por no hablar ya del “anteojo” que ha permitido “ver” el bosón de Higgs. Asistimos a la construcción de esta “largavista”, no a la de los átomos. ¡América existía antes que Cristóbal Colón, como los microbios antes que Pasteur!

Las teorías relativistas no son muy conocidas y en todo caso carecen de influencia entre los profesionales de la ciencia, que en general –y equivocadamente– no se interesan por la sociología de la ciencia/4. Les hemos dado importancia en la medida en que la tienen para ciertos periodistas “sabios” y responsables políticos, e incluso para ciertos profesores. El Instituto de Estudios Políticos de París (popularmente conocido por el nombre de “Sciences Po”), que se supone que está formando a nuestras “élites” futuras, eligió a un sociólogo como director científico: Bruno Latour.

Estas teorías no son directamente responsables de las políticas científicas actuales, pero sí constituyen excelentes compañeras de viaje de las mismas. En efecto, si el éxito de una teoría científica sobre sus competidoras se debe a la constitución de un buen “grupo de presión” que le asegure la mejor publicidad, léase la mejor propaganda, más vale desarrollar en las universidades el presupuesto de “comunicación”, asegurar la mejor de las redes y desarrollar la visibilidad, la competencia y la “excelencia”.

Esta concepción cínica de la investigación científica motivada por el afán de poder se nutre de paso del deseo de enriquecimiento personal: de ahí la función de la prima al mérito y la tendencia a hacer del factor h/5 el criterio del valor de un científico y de la clasificación de Shanghái el de una universidad. En el actual periodo de austeridad, se trata de una opción más económica que la de una formación masiva y de experimentos costosos cuyos resultados no están jamás garantizados. No se trata de detener la investigación, sino de atribuirle su justo valor: el de un argumento más en la retórica de la competencia. Lo trágico sería que esta filosofía descaminada se convirtiera en un fenómeno autorrealizado. Entonces ya no se formará a investigadores científicos, sino a ganadores o “comunicadores” deseosos de hacerse un sitio en el mercado de los conocimientos. Confundir el interés de la ciencia con el provecho conducirá pronto o tarde a la esterilización de aquella.

18/12/2013
Hubert Krivine es físico. Ha sido investigador en el Laboratorio de Física Teórica y Modelos Estadísticos de la Universidad de París Sur. Es autor del libro La Tierra, de los mitos al saber (Biblioteca Buridán, 2012); una presentación del mismo se puede encontrar en: http://vientosur.info/IMG/pdf/VS130_Varios_Libros_VIENTOSUR.pdf.
Traducción: VIENTO SUR
Notas:
1/ No se trata de nada nuevo, pues ya lo conocían los antiguos. En latín se denomina argumentum ad consequentiam, el argumento por la consecuencia.
2/ La socióloga estadounidense Susan Haack da una imagen muy elocuente de esta imbricación de los conocimientos: a veces podemos cambiar, en un crucigrama, una palabra a cambio de pequeñas modificaciones puntuales, pero en general hay que rehacer todo.
3/ Asociado a los nombres de David Bloor y Barry Barnes en la década de 1970.
4/ Weinberg, quien sí muestra interés, ha formulado, sin embargo, a propósito de la filosofía en general, esta amarga observación: “Las intuiciones de los filósofos han resultado provechosas para los físicos, pero en general de un modo negativo: protegiéndoles de las ideas preconcebidas de otros filósofos.”
5/ Llamado h-index en inglés. Un científico con un índice h ha publicado h artículos que han sido citado por lo menos h veces. ¡Un único número, por tanto, caracteriza a un científico, y la clasificación puede encomendarse a una máquina!