25 julio, 2026
El fascismo digital, la fase más
avanzada del capitalismo.
Cuando Vladimir Lenin escribió sobre el imperialismo y lo consideró la fase más avanzada del
capitalismo, describía el momento en que el capital pasó del
ámbito de la libre competencia al del monopolio, donde los bancos se fusionaron
con la industria, el Estado se convirtió en un instrumento directo al servicio
del capital financiero y el mundo se repartió por la fuerza entre los grandes
bloques monopolísticos. Hoy, más de un siglo después, nos encontramos ante una
transformación similar en esencia, pero distinta en sus herramientas: el
fascismo digital representa la fase en la que el capitalismo monopolista
trasciende los límites del imperialismo clásico, invadiendo el espacio de la
conciencia, el comportamiento y los datos, mediante una fusión orgánica entre
el capital tecnológico monopolístico y el poder político nacionalista extremo.
Esta fusión encuentra hoy su expresión más vívida en el proyecto trumpista, sus
alianzas y sus guerras agresivas.
Muchas empresas digitales y tecnológicas de renombre, conocidas
por sus estrechas relaciones con el ejército israelí y los sistemas de
deportación forzosa de Estados Unidos, entre ellas Palantir , constituyen un ejemplo
revelador de esta situación. Sin embargo, el problema va más allá de una sola
empresa. La clave reside en que el capital digital monopolístico, tras agotar
las posibilidades de expansión únicamente a través de los mercados de consumo,
recurre hoy a instrumentalizar sus herramientas y emplearlas en un agresivo
proyecto político nacionalista que reproduce la lógica de la dominación
colonial, esta vez respaldada por el lenguaje de los algoritmos.
Del monopolio del dinero al dominio de los algoritmos
En tiempos de Lenin, el monopolio se basaba en el control de los
medios de producción industrial y los mercados financieros. Hoy, a esto se suma
el control de la propia infraestructura digital: algoritmos, bases de datos,
sistemas de segmentación y plataformas de comunicación. Este nuevo monopolio no
es menos central que su predecesor financiero, y de hecho lo supera en su capacidad
para infiltrarse en los detalles más sutiles de la vida cotidiana. Hoy, cada
usuario, hombre o mujer, se convierte en un siervo digital dentro de sistemas
que no le pertenecen y sobre los que no tiene capacidad real de influencia.
A diferencia del monopolio financiero clásico que analizó Lenin,
el monopolio digital no se conforma con la explotación económica silenciosa.
Avanza rápidamente hacia una etapa en la que las grandes empresas
monopolísticas declaran su proyecto ideológico y político con creciente
franqueza, abandonando la máscara de neutralidad técnica tras la que se
escondieron durante mucho tiempo. Las declaraciones filosóficas y políticas
emitidas por los líderes de estas empresas enmarcan la inversión en
herramientas de vigilancia y segmentación como un deber moral para con la
nación y la civilización, y presentan la negativa a participar en este proyecto
como un fracaso o negligencia.
Fascismo
digital: La alianza de Silicon Valley con el Estado-nación agresivo
Esta alianza encuentra su expresión más clara en la segunda
administración Trump. El movimiento del aceleracionismo tecnológico , con sus
influyentes figuras en Silicon Valley, proporciona a esta administración las
herramientas digitales para transformar su agresiva retórica nacionalista en
control efectivo, tanto a nivel interno mediante la deportación forzosa de
migrantes como a nivel externo mediante sistemas de inteligencia que respaldan
campañas militares. Venezuela constituye un ejemplo revelador de esta
dimensión, ya que Washington, desde mediados de 2025, ha recurrido a avanzados sistemas digitales de vigilancia e inteligencia para
rastrear movimientos e identificar objetivos, lo que derivó en ataques aéreos y
navales y una amplia operación militar a principios de enero de 2026 que
culminó con el secuestro del presidente venezolano, en flagrante violación del
derecho internacional. Esta agresión no está separada del brutal bloqueo
impuesto a Cuba durante más de seis décadas.
En cuanto a la asociación entre Washington y Tel Aviv, se trata
de una profunda colaboración técnica que proporciona a Israel datos y sistemas
de localización impulsados por
inteligencia artificial, lo que convierte a Estados Unidos y a las principales empresas digitales en
cómplices de crímenes de guerra documentados contra civiles palestinos,
mientras que Trump trabaja para profundizar esta alianza mediante contratos
masivos de seguridad y militares que otorgan a estas empresas una influencia creciente
en la formulación de políticas.
A diferencia del fascismo tradicional, que requería un estado
policial visible y un discurso propagandístico contundente, hoy en día matar no
necesita una decisión humana responsable ni una declaración de guerra; en
cambio, requiere un algoritmo, datos y la aprobación de un dispositivo que no
rinde cuentas a nadie. El crimen comienza con la clasificación, no con la
bomba, y cuando comunidades enteras son descritas como una amenaza mediante
criterios digitales silenciosos, el asesinato de civiles se convierte en mera
«gestión de la seguridad» en lugar de crímenes genocidas que exigen rendición
de cuentas, en una lógica que reproduce el colonialismo clásico en el lenguaje
del big data.
Sin embargo, el peligro más grave reside en la sociedad de la
vigilancia, donde el control se vuelve más interno que externo. Cuando un
individuo sabe que está siendo vigilado constantemente, se restringe y se aleja
de las ideas opuestas, y esta autovigilancia voluntaria frena a los movimientos
de izquierda y obreros desde dentro sin necesidad de arrestos, convirtiéndose
en la forma más eficaz de dominación ideológica y la más difícil de resistir,
porque penetra en el tejido de la vida cotidiana y la transforma desde dentro.
La
alternativa: propiedad colectiva y socialismo digital.
Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una
metáfora teórica, sino una necesidad analítica para comprender que las
herramientas de dominación han evolucionado, mientras que su esencia de clase
se ha mantenido constante. La lucha actual no gira únicamente en torno a cómo
se utiliza la tecnología, sino más bien en torno a quién la posee, quién
determina sus objetivos y en beneficio de qué clase social se emplea.
La tecnología no se convertirá en una herramienta de liberación
mientras permanezca bajo el control de monopolios digitales aliados con los
proyectos de la extrema derecha, las guerras y la represión. Por lo tanto,
cualquier debate serio sobre el futuro de la tecnología debe partir de la necesidad
de construir una alternativa socialista digital basada en la propiedad
colectiva y comunitaria de la infraestructura digital, y sometiendo los
algoritmos y la inteligencia artificial a una auténtica supervisión democrática
de masas, mediante legislación local y global que exprese los intereses de las
masas trabajadoras y las comunidades perjudicadas por la dominación digital.
La lucha por la justicia social hoy
en día pasa inevitablemente por la lucha por liberar la tecnología de esta
alianza de clases derechista, racista y agresiva. Así como Lenin diagnosticó el
imperialismo como la fase más avanzada del capitalismo en su época, hoy podemos
afirmar que el fascismo digital representa la fase más avanzada del desarrollo
de ese mismo imperialismo, donde el capital monopolista tecnológico digital se
fusiona con el proyecto nacionalista extremo en una alianza orgánica cuyo
objetivo es concentrar el poder, la riqueza, la conciencia y el destino humano
en manos de una pequeña minoría de ricos y políticos.
Para afrontar esta realidad, la crítica y el análisis no bastan;
debemos avanzar hacia la construcción de un trabajo internacionalista conjunto
a través de organizaciones internacionales de izquierda digital, capaces de
librar la lucha tanto en el ámbito tecnológico como sobre el terreno. Este será
el tema de nuestro próximo artículo.
Fuente: Globetrotter .
https://www.elviejotopo.com/topoexpress/fascismo-digital/