Nota Breve:
La solidaridad comunitaria cuadra por cuadra, barrio por barrio, distrito por distrito deberá confiar en sí misma. La seguridad sólo será seguridad si las familias se organizan registrando a cada vecino, sus profesiones u oficios. No se puede confiar en los aparatos de seguridad del Estado porque estos son controlados por las minorías plutocráticas. Identificando posibles focos de peligro y aquéllos traidores pagados (soplones) a la vida comunitaria.
La receta Pinochetista puede ser utilizada a la inversa para fortalecer la seguridad ciudadana.
Tacna, 07/006/2026
EBM
La ley del soplonaje –
Receta de la dictadura de Pinochet
Por werken rojo
29 mayo, 2026
por Franco Machiavelo
Hay una vieja fórmula que nunca se
escribe en los manuales oficiales del poder, pero se practica con una
constancia casi quirúrgica: dividir, vigilar y hacer que el vecino observe al
vecino como si la vida en común fuera un tribunal permanente. No es un accidente
histórico, es una tecnología política que reaparece cada vez que ciertos
sectores sueñan con una sociedad ordenada no por justicia, sino por obediencia.
La lógica es simple y, precisamente por eso, peligrosa: convertir la
desconfianza en norma social. Donde antes había comunidad, se instala sospecha.
Donde había solidaridad, se instala cálculo. Y donde había organización
popular, se instala el miedo a hablar.
En ese modelo, el “soplón” no es una figura marginal, sino una pieza central.
Se premia la delación como virtud cívica, como si informar sobre el otro fuera
un acto de patriotismo y no una erosión profunda del tejido social. Se
normaliza la idea de que trabajadores vigilen trabajadores, estudiantes vigilen
estudiantes, vecinos vigilen vecinos. Incluso se intenta que los niños crezcan
entendiendo que la lealtad no es hacia la comunidad, sino hacia quien castiga
más rápido.
Cuando una sociedad comienza a ser empujada hacia ese punto —cuando se vuelve
deseable que todos vigilen a todos— no estamos frente a una simple política de
seguridad ni a un exceso administrativo. Es una advertencia histórica brutal:
es el síntoma clásico de un desplazamiento acelerado hacia formas de fascismo
social, donde el control ya no se ejerce solo desde arriba, sino que se delega
horizontalmente para contaminar cada relación humana.
El resultado es una sociedad fragmentada, donde la política deja de ser un
espacio de disputa de ideas y se transforma en una administración del silencio.
El miedo reemplaza al debate. La autocensura reemplaza a la organización. Y la
obediencia reemplaza a la conciencia crítica.
Este tipo de arquitectura social no es nueva. Ha sido probada en distintos
momentos históricos bajo distintas banderas, siempre con el mismo objetivo:
neutralizar cualquier forma de disenso antes de que se convierta en fuerza
colectiva. No importa el nombre que se le dé; el mecanismo es reconocible:
vigilancia extendida, sospecha permanente y castigo ejemplar.
En ese clima, los primeros en ser señalados no son los extremos violentos que
el discurso oficial dice temer, sino los que cuestionan, los que organizan, los
que no se adaptan. Primero vienen los incómodos, luego los críticos, después
los que no se arrodillan. La frontera entre “seguridad” y persecución se vuelve
cada vez más borrosa, hasta desaparecer.
Y lo más inquietante es que este tipo de racionalidad no necesita masas
fanatizadas: le basta con individuos aislados que crean que informar sobre el
otro es un acto de orden. Es una política que no solo gobierna cuerpos, sino
que intenta reconfigurar la conciencia misma, enseñando que la desconfianza es
prudencia y que el silencio es supervivencia.
La historia ya ha mostrado a dónde conduce ese camino: sociedades donde el
miedo se vuelve estructura, y donde la vigilancia deja de ser una excepción
para transformarse en cultura. Allí, la libertad no se prohíbe de inmediato;
primero se vuelve sospechosa.
Fuente: https://werkenrojo.cl/la-ley-del-soplonaje-receta-de-la-dictadura-de-pinochet/