Nota Breve
En estos tiempos en que las fuerzas policiales están al servicio de las grandes empresas y el aparato Estatal controlado por el Capital, los trabajadores manuales e intelectuales del campo y la ciudad tienen la necesidad de organizarse para defender su patrimonio, la tranquilidad y la paz en sus comunidades.
23/03/2024
Fuente: El salto
Cuando la policía ocupa nuestros espacios públicos, se interpone entre nosotros. Perdemos la capacidad de imaginar las formas originarias de resolver nuestros problemas se convivencia más simples. España ocupa el puesto 16 de los países europeos con mayor presencia policial, y políticas como la Ley Mordaza o las ordenanzas de convivencia han contribuido durante años a normalizar la lógica securitaria en nuestras calles, vecindarios y fronteras. “La mitología del héroe de uniforme que acaba con nuestros males en ocasiones nos despoja de la capacidad de hacernos cargo de los conflictos que nos rodean de manera colectiva y creativa”, advierten desde el colectivo Sin Poli.
¿Existen alternativas a la policía para resolver conflictos comunes y
garantizar la seguridad en nuestras calles? ¿Qué herramientas tiene la sociedad
para afrontar estos conflictos sin depender exclusivamente de la policía? El 3 de febrero, Sin Poli y el Grupo de Apoyo a Lili organizaron un encuentro para
responder a estas preguntas y compartir formas alternativas de resolución de
conflictos que ya existen “con todos sus límites y sus potencias”. Para ello se
centraron en cuatro ámbitos que les parecieron clave en la deriva securitaria
actual: la inseguridad de los barrios, la juventud, la violencia machista y
violencia psiquiátrica.
Con el objetivo de demostrar que la sociedad puede hacerse cargo de sus
problemas si se organiza de manera adecuada, la jornada se celebró en la azotea
de la Villana de Vallecas y arrancó con una anécdota: a un vecino o vecina de
la calle le molestó el volumen de los ponentes y llamó a la policía, una
reacción común que viene a recordarnos cómo solemos gestionar los conflictos
vecinales más básicos.
Terrenos de securitización
La violencia machista es un ejemplo de algo que se utiliza, tanto en el
ámbito político como mediático, como argumento para endurecer el código penal y
legitimar el aumento de policías en el espacio público y de su financiación. El
problema es que, en muchos casos, la única opción percibida para abordar esta
violencia es a través de denuncias penales, lo cual puede resultar aún más
violento para las víctimas, como explica Nora, del grupo les Aamas (l'Assemblea d'Afectades pel Masclisme i el Patriarcat) de
Manresa.
En muchas ocasiones, lo que querrían las mujeres afectadas por violencia
-a las que acompañan desde su colectivo- “es que alguien interviniera desde la
salud mental y no desde lo penal, pero como es la única lógica que tiene el
sistema, denuncian por lo penal”. Desde les Aamas “lo que se busca es que
esa persona salga de situación de violencia y no solo denuncie, sino que tenga
ese entorno que le lleve a salir de esa situación de aislamiento, de
victimización”, añade. “Lo que quieren es recuperar la persona que eran antes
de la situación de violencia, y eso no te lo da el circuito institucional de
denuncia”.
Parten de que hay mucho más allá que hacer fuera de la institución y,
por eso, abogan por una mirada amplia que incluya el acompañamiento comunitario
y la recuperación de las víctimas. Incluso aunque pueda dar miedo: “Parece que
[hacer esto] sea defender el desproteger a las personas que están sufriendo.
Pero cuando te pones a ello te das cuenta de que quienes las está
desprotegiendo es el sistema, y que plantear el acompañamiento comunitario es
la única herramienta que tenemos para, aunque sea, dar a elegir a esas personas
qué vía quieren tomar, que sean ellas las protagonistas de sus decisiones”.
En el encuentro también se habló de las violencias psiquiátricas, a
partir de la experiencia de la red La Porvenir, desde donde consideran que la llamada “policía de la salud mental”
comparte problemas con la oficial. Creen que esta forma de abordar el sufrimiento
psiquiátrico, en lugar de ir al origen, impide la responsabilidad colectiva,
ocultando daños y generando una falsa seguridad, utiliza el control y aísla a
las personas, limitando su capacidad de decisión y responsabilidad.
Por eso, desde 2019 mantienen un grupo
de acompañamiento con el que promueven la
autogestión y el apoyo mutuo como alternativas a la violencia institucional.
Una “forma de redistribuir los cuidados y los recursos”, lo llaman. “Una de las
herramientas que utilizamos es el marco del dialogo abierto”, explica Lu, de La
Porvenir. “Es decir, juntar a la persona que esta encarnando la crisis y a su
entorno, ajuntarnos, se puede venir la prima, la madre, el vecino... Nos
juntamos a hablar de que está pasando, porqué esta persona se está encontrando
mal, si está oyendo voces... Siento que desde ahí se colectiviza y distribuye:
hablando, entendiéndonos, preguntándonos…”
Crear vínculos
En los talleres organizados por Sin Poli, cada participante comparte su
propia anécdota de cómo han visto resolverse conflictos sin la autoridad
policial como mediadora. Una de las participantes habla de la época en la que
vivió puerta a puerta con una familia muy problemática. Explica que pensó en
llamar a la policía, pero le dio miedo que eso hiciera escalar la violencia. Un
día, en el rellano del edificio, su gato captó la atención de los niños de la
familia y eso la hizo empezar a relacionarse más con ellos, a conversar, a
preguntarles qué tal. Eso le cambió la perspectiva que tenía sobre los niños,
generó con ellos cierta relación. El gato fue el vínculo inesperado que
permitió, a la larga, mejorar la situación.
“Es muy fácil llamar a la policía por alguien que no conoces, pero a tu
colega no le vas a llamar a la policía si te hace algo”, dice Sergio, que forma
parte del gimnasio Guantes Manchados en Usera (Madrid) como entrenador
voluntario. “Es importante crear estas redes reales entre las personas que
pueden estar inmersas en este tipo de conflictos para que vean que es otra
persona la que está al otro lado: ese tiene que ser el primer paso”, señala.
Ubicado en un barrio
estigmatizado, este gimnasio popular es una
iniciativa dirigida a la juventud, en parte de origen migrante: es precisamente
un colectivo que cada vez se vincula más con la inseguridad y hacia el que se
exige mayor contundencia y dureza, criminalizándolo, como ocurre con las bandas
latinas o menores extranjeros. Desde Guantes Manchados utilizan algunas
herramientas que ayudan abordar los problemas sin mediación policial, y todo
ello a través del deporte: “El boxeo requiere mucha disciplina, tiene muchos
niveles. En el gimnasio creamos un ambiente diferente del que puedan venir
estos chavales, que vienen de situaciones más conflictivas”, explica Sergio.
A pesar de que al gimnasio asiste gentes de bandas, e incluso han
coincidido chicos de bandas rivales, entre sus paredes nunca ha habido un
conflicto. “El boxeo te enseña a controlar esa violencia y a empatizar con
la persona que tienes delante”, aclara. "En el gimnasio creamos un
ambiente diferente del que puedan venir estos chavales, que vienen de
situaciones más conflictivas. El boxeo te enseña a controlar esa violencia y a
empatizar con la persona que tienes delante”, añade.
También le da mucha importancia a la creación de tejido social que
llevan a cabo. “A Guantes Manchados viene gente de todos los ámbitos sociales,
hay gente más mayor, que está trabajando, con un puesto estable, y jóvenes que
no saben muy bien qué van a hacer con la vida. Esto crea relaciones que no se
pueden crear de otra manera”, pone como ejemplo.
Entre los asistentes, habla de uno de los chavales procedente de un
ambiente familiar muy complicado: “Hablaba con él y me decía que en ese momento
de su vida él era muy conflictivo, reaccionaba violentamente a cualquier
oposición y eso le generaba problemas”. Sin embargo, desde que empezó el boxeo
eso ha cambiado: “Ahora, su primera vía es el diálogo, evitar la violencia,
algo que siempre enseñamos en clase. Personalmente, con este chico he visto el
cambio, lleva un año y medio con nosotros y no solo lo he visto, sino que me ha
contado él”.
Inseguridad barrial
Los barrios son, por último, otro espacio clave para este debate. Frente
a los problemas de convivencia, cada vez está más presente la lógica de que la
policía está legitimada para mediar en casi cualquier conflicto, que muchas
veces se deben a que no existen espacios de entendimiento mutuo entre los
actores enfrentados. En el barrio valenciano de Velluters encontramos un
ejemplo de conflictividad social que se trató de resolver sin policía. En sus calles,
la presencia del trabajo sexual, compraventa de droga y gente sin hogar es
habitual e hizo manifestarse a los vecinos para pedir la expulsión de estas
personas. “Todo esto generó un contexto de mucha tensión en el barrio”, dice
Hernán, del grupo de estudios La Dula. “Se extendió el relato de que esto se soluciona con más presencia
policial. Vemos cómo cada vez más en el ámbito social hay más lógicas
policiales y burocráticas, la desarticulación de lo público y la acción
comunitaria. Intentamos ir desarmando eso y recuperar espacios de trabajo desde
lo comunitario”.
Desde La Dula llevaron entonces a cabo una iniciativa inspiradora: la
creación de una mesa comunitaria que reuniera a los distintos actores del
barrio e intentara generar otras respuestas que no siguieran la lógica de la
securitización y el aumento de policías. La finalidad era mediar entre el
vecindario y los sujetos de la intervención policial, evitar el desplazamiento
de las mujeres trabajadoras del sexo o situaciones que las llevaran a una peor
condición y crear espacios de relación y conocimiento mutuo: “Son realidades
que conviven en un mismo espacio pero que no entran en relación casi nunca”,
apunta Hernán. También intentaron generar otro relato sobre el barrio que
llevaran a imaginar otras posibilidades más allá de la policía.
En la mesa participaron actores muy diferentes: asociaciones, entidades,
equipamientos públicos, vecindario y mujeres trabajadoras del sexo. Reconoce
que fue difícil que participaran estas mujeres y que no se logró impedir la
expulsión de la gente del barrio. Pero, más allá de sus límites, la experiencia
permitió la inclusión de estos colectivos, considerarlos sujetos en espacios de
decisión y soluciones del vecindario, algo que normalmente no se hacía: “Hay
una narrativa de que estas personas no son verdaderas vecinas, si no actores
externos”.
Es lo que Hernán define como “encuentros improbables” y que sirvieron
para crear relaciones de proximidad y conocimiento mutuo donde antes no
existían, generar relaciones entre personas y colectivos que están normalmente
separados aunque estén conviviendo en el mismo espacio. “Fue interesante
trabajar con la diversidad del barrio, fue una mesa muy diversa. Se trabajó con
posicionamientos sobre el trabajo sexual diferentes”, describe el integrante de
La Dula. A partir de este trabajo de la mesa surgió una obra de teatro,
‘Traspasando fronteras’, iniciativa de mujeres trans que ejercían en este
barrio que se representó en un centro social del barrio, un proyecto conjunto
que antes era inimaginable. “Más que intentar convencer a la gente de que
no llame a la policía, la clave está en crear tejidos comunitarios fuertes en
los barrios”, opina. “Con el covid 19 se vio claro que los barrios que
fueron capaces de articular redes de apoyo mutuo potentes eran los que ya tenían una
trayectoria previa de trabajo comunitario”.
Hernán cree que es crucial contrarrestar la fragmentación del vínculo
social: “Hemos delegado en la administración pública la capacidad de hacer
comunidad y vida cotidiana”, dice. Y concluye proponiendo un doble reto: que
los equipamientos públicos sean lugares de encuentro y de relación
significativa entre los diferentes, y que los espacios autogestionados acojan
esa diversidad que existe en los barrios, “ser capaces de relacionarnos no solo
con las personas con las que compartimos posicionamientos y formas de ver y
pensar”.
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