Por | 10/06/2026
Hubo una época en que el capitalismo prometía el futuro.
Prometía progreso, bienestar,
innovación, movilidad social y prosperidad. Su legitimidad no provenía
únicamente de la fuerza del Estado o del poder militar, sino de una narrativa
profundamente arraigada: cada generación viviría mejor que la anterior. El sistema
podía ser desigual, pero producía crecimiento; podía ser injusto, pero expandía
oportunidades; podía ser brutal, pero avanzaba.
Esa promesa ha muerto.
Figuras como Elon Musk ya no venden
simplemente productos o servicios: venden narrativas sobre la supervivencia de
la especie humana. La colonización de Marte, la IA general o la preparación
ante amenazas existenciales son presentadas como respuestas a un futuro
percibido como extremadamente peligroso.
Desde esta perspectiva, el
capitalismo deja de organizarse alrededor de la expansión económica y pasa a
organizarse alrededor de la gestión del fin del mundo.
La promesa fundacional de la
modernidad capitalista se encuentra agotada. En su lugar emerge una nueva
narrativa, oscura y profundamente reveladora: no se trata de construir el
mañana, sino de sobrevivir a él. El capitalismo del siglo XXI ya no vende
esperanza, vende refugio. Ya no comercializa prosperidad, comercializa
protección frente a las múltiples catástrofes que él mismo ha contribuido a
producir.
Lo que emerge ante nuestros ojos es
una nueva fase histórica. Una fase en la que el capitalismo ya no vende
esperanza, sino supervivencia. Ya no moviliza a las masas mediante sueños de
abundancia, sino mediante el miedo permanente al colapso. Ya no se presenta
como el constructor del mañana, sino como el administrador de una crisis
perpetua.
Estamos entrando en la era del
capitalismo del miedo.
El fin del optimismo
burgués. Las clases dominantes del siglo XIX y XX estaban convencidas de
que la historia les pertenecía.
Los industriales victorianos, los
magnates de la Edad Dorada estadounidense y los arquitectos del neoliberalismo
global compartían una misma certeza: el capitalismo era el destino final de la
humanidad.
Incluso después de las guerras
mundiales, las depresiones económicas y las crisis financieras, la narrativa
permanecía intacta. Siempre existía un horizonte de crecimiento. Siempre había
una nueva frontera que conquistar.
Hoy observamos algo radicalmente
distinto. Por primera vez en siglos, una parte significativa de las élites
económicas parece haber perdido la fe en el futuro que ellas mismas
construyeron.
Los multimillonarios compran
refugios subterráneos. Las corporaciones tecnológicas hablan de extinción
humana provocada por inteligencia artificial. Los fondos de inversión calculan
escenarios de colapso climático. Los estrategas militares discuten abiertamente
guerras entre potencias nucleares.
Los magnates espaciales financian
proyectos para abandonar la Tierra. La clase dominante ya no imagina una
civilización mejor. Imagina la supervivencia después del desastre.
La transformación de la guerra en
negocio permanente no es accidental. La guerra siempre fue una herramienta
de acumulación. Desde las compañías coloniales europeas hasta el complejo
militar-industrial estadounidense, la violencia organizada ha acompañado cada
expansión significativa del capital.
Pero existe una diferencia
fundamental. En el pasado, la guerra aparecía como un medio para restaurar el
crecimiento. Hoy la guerra comienza a convertirse en una condición estructural
del sistema. Ucrania, Gaza, Líbano, El Mar Rojo, Taiwán, El Ártico, El
Indo-Pacífico, África Central. Las fronteras del conflicto se multiplican
mientras los presupuestos militares alcanzan niveles históricos.
No estamos asistiendo simplemente a
un aumento de las tensiones geopolíticas. Estamos observando la integración de
la guerra dentro de la lógica ordinaria de la acumulación. Las empresas de
inteligencia artificial reciben contratos militares. Los fabricantes de drones
se convierten en gigantes bursátiles. Los sistemas de vigilancia algorítmica se
transforman en negocios multimillonarios.
La preparación para la guerra deja
de ser una anomalía. Se convierte en un mercado. La destrucción deja de ser un
costo. Se transforma en una inversión.
El miedo como nueva
mercancía. Toda fase histórica del capitalismo necesita una mercancía
central. La revolución industrial tuvo el carbón. El siglo XX tuvo el petróleo.
La globalización tuvo las cadenas de suministro. El siglo XXI parece haber
encontrado una nueva fuente de rentabilidad:
El miedo. Miedo al desempleo
tecnológico. Miedo al colapso climático. Miedo a la guerra. Miedo a la
inseguridad económica. Miedo a la inteligencia artificial. Miedo al otro. Miedo
al futuro. El miedo ya no es simplemente una emoción colectiva. Se ha
convertido en un recurso económico.
Las plataformas digitales monetizan
la ansiedad. Los medios monetizan el pánico. Las empresas de seguridad
monetizan la incertidumbre. Las corporaciones tecnológicas monetizan el temor
a quedar rezagado. Todo el sistema aprende a extraer valor de una
población permanentemente preocupada. La angustia deja de ser una consecuencia
del modelo. Se convierte en una de sus fuentes de energía.
La tecnoburguesía y el sueño de
escapar. Tal como si fuera la película “Don’t look up”. La nueva
aristocracia global no se parece a los viejos industriales. Su poder no
descansa únicamente en fábricas o bancos. Descansa sobre infraestructuras
digitales capaces de organizar información, atención, conocimiento y
comportamiento humano a escala planetaria.
Esta tecnoburguesía controla
plataformas utilizadas por miles de millones de personas. Controla flujos de
datos más valiosos que muchas materias primas. Controla sistemas de inteligencia
artificial que pronto podrían reorganizar sectores enteros de la economía.
Sin embargo, esta élite exhibe una
contradicción extraordinaria. Mientras acumula niveles inéditos de riqueza,
habla constantemente del fin del mundo. Mientras concentra poder sin
precedentes, construye refugios. Mientras domina el planeta, sueña con
abandonarlo. Marte aparece como la metáfora perfecta.
No representa una nueva frontera
para la humanidad. Representa una fantasía de escape para quienes han dejado de
creer en la capacidad de resolver las contradicciones de la Tierra.
Y en todo esto ven con terror el
regreso de los fantasmas de 1789, 1917.
Y aquí emerge el verdadero problema.
La burguesía contemporánea puede imaginar guerras. Puede imaginar pandemias.
Puede imaginar catástrofes climáticas.
Puede imaginar inteligencias
artificiales superiores al ser humano. Puede incluso imaginar colonias
espaciales. Lo que le resulta más difícil imaginar es la irrupción política de
las masas. Por eso el fantasma que recorre el siglo XXI no es tecnológico. Es
histórico.
No porque la historia se repita
mecánicamente. No porque una nueva Bastilla vaya a ser asaltada mañana. Sino
porque las condiciones que precedieron a las grandes rupturas históricas
comienzan a reaparecer bajo nuevas formas. Concentración extrema de riqueza.
Instituciones desacreditadas. Desigualdad creciente. Sensación de injusticia
estructural. Pérdida de legitimidad de las élites. Crisis de representación
política. Las revoluciones no nacen únicamente de la miseria.
Nacen cuando una mayoría descubre
que el orden existente ya no puede justificar su existencia.
La inteligencia artificial y la
aceleración de la conciencia de clase. Existe además un elemento
completamente nuevo. Las revoluciones del pasado dependían de panfletos,
periódicos clandestinos y reuniones secretas. Las del futuro disponen de
herramientas mucho más poderosas. La inteligencia artificial no es únicamente
una tecnología productiva. También es una tecnología cognitiva. Puede acelerar
la educación. Puede democratizar el acceso al conocimiento.
Puede permitir que millones de
personas comprendan procesos económicos, históricos y políticos que antes
permanecían reservados para especialistas. La misma tecnología diseñada para
aumentar la productividad podría terminar acelerando la conciencia crítica de
quienes viven bajo sus consecuencias. Es una contradicción profundamente
histórica.
Cada sistema produce las
herramientas que eventualmente cuestionan sus propios límites.
La gran paradoja central de
nuestro tiempo es brutal. La humanidad posee más capacidad tecnológica que
nunca. Más conocimiento científico que nunca. Más productividad que nunca. Más
capacidad de comunicación que nunca, y sin embargo, amplios sectores de la
población viven con una sensación creciente de inseguridad y fragilidad. No es
una crisis de recursos. Es una crisis de organización social. No es una crisis
de capacidad productiva. Es una crisis de distribución del poder. No es una
crisis de tecnología. Es una crisis de legitimidad.
El miedo al fin de su mundo. El
capitalismo del siglo XXI ha dejado de prometer la construcción de un futuro
mejor.
Ahora vende protección frente a un
futuro que él mismo contribuye a producir. La consigna ya no es: «Invertirás
para construir el mañana.» La nueva consigna parece ser: «Invertirás
para sobrevivir al mañana.» Pero toda civilización que
sustituye la esperanza por el miedo entra en territorio peligroso.
Porque las sociedades pueden
soportar sacrificios. Pueden soportar guerras. Pueden soportar crisis.
Lo que resulta mucho más difícil de
sostener es la percepción de que los sacrificios son permanentes mientras los
beneficios permanecen concentrados. Por eso el verdadero temor de las élites
contemporáneas no parece ser el apocalipsis climático, la guerra nuclear o la
inteligencia artificial fuera de control.
Todos esos escenarios pueden
transformarse en contratos, inversiones, mercados y oportunidades de
acumulación.
Resulta imposible comprender todo
este fenómeno sin observar el espectáculo cotidiano que se desarrolla ante los
ojos del planeta. Millones de personas contemplan en tiempo real la destrucción
de Gaza, observan ciudades enteras reducidas a escombros, familias enteras
enterradas bajo concreto pulverizado, hospitales convertidos en objetivos
militares y una población atrapada entre el hambre, el desplazamiento y la
muerte.
Más allá de las interpretaciones
geopolíticas, la imagen que queda grabada en la conciencia global es la de un
sistema internacional incapaz de detener la devastación incluso cuando esta es
observada por miles de millones de personas a través de las pantallas. Al mismo
tiempo, en África, más de cien millones de niños permanecen fuera de las
escuelas mientras extensas regiones enfrentan hambrunas recurrentes, conflictos
armados, desplazamientos masivos y crisis climáticas cada vez más severas.
Todo ello ocurre en un continente
que supera los mil quinientos millones de habitantes, extraordinariamente rico
en recursos estratégicos indispensables para la economía mundial, pero donde
enormes sectores de la población continúan atrapados en condiciones de pobreza
extrema. La contradicción es brutal. El mundo produce riqueza suficiente para
alimentar, educar y proporcionar atención sanitaria a toda la humanidad, pero
las estructuras económicas y políticas existentes son incapaces de distribuir
esa riqueza de manera que garantice condiciones mínimas de dignidad para todos.
Mientras tanto, desde la India hasta
Bolivia, desde Kenia hasta Francia, desde América Latina hasta Asia
Occidental, las protestas adquieren una intensidad creciente. Las calles se
convierten en escenarios permanentes de confrontación. La ira social se
acumula. Los movimientos populares expresan demandas diversas, pero comparten
una sensación común: el convencimiento de que las instituciones existentes ya
no representan los intereses de las mayorías.
El problema no es únicamente
económico. Es político, cultural y civilizatorio. Amplios sectores de la
población perciben que viven en un sistema que exige sacrificios constantes
mientras concentra beneficios cada vez mayores en una minoría
extraordinariamente reducida. La distancia entre quienes poseen el poder
económico y quienes sostienen el funcionamiento material de la sociedad alcanza
niveles difíciles de justificar incluso dentro de los discursos tradicionales
del mérito, la competencia y el esfuerzo individual.
Es precisamente en este contexto
donde surge la nueva psicología de las élites globales. Durante siglos, las
clases dominantes imaginaron el futuro como una expansión constante de su
propio proyecto histórico. Hoy, en cambio, parecen obsesionadas con escenarios
de colapso. Hablan de inteligencia artificial fuera de control, de guerras
entre potencias nucleares, de pandemias futuras, de desastres climáticos irreversibles
y de la posibilidad de abandonar la Tierra para establecer colonias en otros
planetas.
La imaginación de las élites ya no
está dominada por la idea de construir una civilización superior, sino por la
necesidad de prepararse para sobrevivir a una civilización en crisis. Refugios
subterráneos, ciudades privadas, sistemas de vigilancia masiva, automatización
militar, control algorítmico y proyectos espaciales forman parte de una misma
lógica. No son expresiones de confianza en el futuro. Son expresiones de miedo.
Sin embargo, existe una ironía
profunda en esta transformación. Las mismas fuerzas económicas que generan
ansiedad colectiva continúan obteniendo beneficios extraordinarios de esa
ansiedad. La guerra se convierte en mercado. El colapso climático genera
oportunidades de inversión. La inseguridad alimenta industrias enteras
dedicadas a la vigilancia y el control. La inteligencia artificial es
presentada simultáneamente como la salvación de la humanidad y como una amenaza
existencial. En ambos casos, el resultado es idéntico: nuevas oportunidades de
acumulación. El miedo se convierte en mercancía. La incertidumbre se transforma
en activo financiero. El desastre potencial se integra dentro de los mecanismos
ordinarios de valorización del capital.
Pero toda estructura de poder
contiene sus propias contradicciones. Y la contradicción más peligrosa para el
capitalismo contemporáneo no se encuentra necesariamente en los campos de
batalla ni en los mercados financieros. Se encuentra en el terreno de la legitimidad.
Las sociedades pueden tolerar desigualdades considerables cuando creen que
existe un horizonte compartido de progreso. Pueden soportar privaciones
temporales cuando perciben que los sacrificios tienen un propósito colectivo.
Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una situación en la que las
mayorías observan cómo la riqueza se concentra de manera obscena mientras las
crisis se multiplican y los costos recaen siempre sobre los mismos sectores
sociales.
Por ello, el fantasma que comienza a
recorrer el siglo XXI no es únicamente el de la guerra, ni el de la
automatización, ni siquiera el del colapso climático. Es el fantasma de una
crisis global de legitimidad. Es la posibilidad de que millones de personas,
conectadas por tecnologías que permiten compartir información y experiencias a
una escala sin precedentes, comiencen a formular preguntas que las élites
preferirían evitar. ¿Por qué una civilización capaz de desarrollar
inteligencias artificiales avanzadas no puede garantizar educación para todos
los niños? ¿Por qué un sistema capaz de movilizar recursos gigantescos para la
guerra no puede erradicar el hambre? ¿Por qué una economía que genera billones
de dólares en riqueza cada año produce simultáneamente inseguridad, precariedad
y desesperanza para amplios sectores de la población mundial?
Ninguna estructura de poder
permanece intacta cuando pierde la capacidad de justificar su existencia ante
quienes la sostienen. Durante mucho tiempo, las élites pudieron presentar sus
privilegios como el precio inevitable del progreso colectivo. Hoy esa narrativa
se erosiona rápidamente.
Cuando la humanidad contempla la
destrucción de Gaza, la persistencia del hambre en África, la expansión de
conflictos interminables y el enriquecimiento constante de una minoría global,
la pregunta deja de ser cómo sobrevivir a las crisis. La pregunta comienza a
ser por qué esas crisis parecen beneficiar siempre a los mismos actores.
La tragedia del capitalismo
contemporáneo es que ha llegado a dominar la producción material del planeta
mientras pierde progresivamente el control de su propia legitimidad moral.
Puede construir sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar
cantidades inimaginables de información. Puede desplegar redes de vigilancia
que alcanzan cada rincón del globo. Puede financiar ejércitos equipados con
tecnologías que habrían parecido mágicas hace apenas unas décadas. Pero ninguna
de esas capacidades responde a la cuestión fundamental que emerge desde las
calles, los campos de refugiados, las periferias urbanas y las regiones
olvidadas del mundo. La cuestión de quién se beneficia de la riqueza producida
colectivamente y quién soporta el peso de las crisis.
Por eso el miedo que comienza a
percibirse en ciertos sectores de las élites no parece ser únicamente el miedo
al apocalipsis. Es el miedo a descubrir que la humanidad ya no acepta la lógica
según la cual debe sacrificarlo todo para sostener un sistema que le ofrece
cada vez menos a cambio. Es el miedo a que las tecnologías diseñadas para administrar
la sociedad aceleren también la difusión de la conciencia crítica. Es el miedo
a que el siglo XXI produzca sus propias formas de rebelión política, adaptadas
a una época de redes globales, inteligencia artificial y comunicación
instantánea.
Porque la historia demuestra que los
pueblos pueden soportar enormes sufrimientos durante largos períodos, pero
también demuestra que ninguna estructura de poder es invulnerable cuando la
mayoría deja de considerarla legítima. Y quizá esa sea la contradicción más profunda
de nuestra época: mientras las élites se preparan obsesivamente para sobrevivir
al fin del mundo, millones de personas comienzan a preguntarse si no ha llegado
el momento de transformar el mundo que existe.
Ese día, el fantasma que recorre el
mundo no será el de una máquina superinteligente ni el de una guerra entre
imperios. Serán los viejo fantasmas de 1789 y 1917 regresando bajo
las condiciones tecnológicas del siglo XXI.
La burguesía global ha elegido su
campo de batalla. No será el de la argumentación democrática, ni el de la
reforma gradual, ni el del consenso institucional. Ha optado por la guerra
permanente, la vigilancia total, la destrucción climática como negocio y el
escape espacial como utopía privada. Ha declarado, sin proclama oficial pero
con hechos innegables, que la mayoría humana es expendible, que los
sacrificios son eternos para los de abajo y los beneficios eternos para los de
arriba, que el futuro no es un derecho sino un producto de lujo al que solo
accederán quienes puedan pagar su supervivencia.
Ante esta declaración de guerra
encubierta, la pregunta no es si habrá resistencia. La pregunta es qué forma
tomará, y si será capaz de transformar la indignación acumulada en poder
organizado.
La historia demuestra que ninguna
estructura de dominación, por sofisticada que sea, resiste la combinación de
tres fuerzas: la parálisis económica de quienes producen la riqueza, la
desobediencia masiva de quienes reconocen su fuerza numérica, y la construcción
de alternativas concretas que hagan visible la posibilidad de otro mundo.
Separadas, estas fuerzas son contenídas, cooptadas o aplastadas. Unidas,
han derribado imperios.
La estrategia de la insurgencia
social del siglo XXI no puede replicar los manuales del siglo pasado. La
burguesía global ha aprendido las lecciones de 1789, de 1917, de 1968, de 1989.
Ha construido arquitecturas de control que operan antes de que la rebelión se
articule: algoritmos que predicen el descontento, plataformas que fragmentan la
solidaridad, crisis permanentes que atomizan la resistencia. Pero toda
arquitectura de control tiene grietas.
La centralización extrema del
capital en nodos logísticos, energéticos y digitales convierte su fortaleza en
vulnerabilidad. La dependencia de la burguesía respecto a quienes mueven
mercancías, procesan datos, cuidan cuerpos y reproducen la vida cotidiana es su
talón de Aquiles. No hay inteligencia artificial que sustituya la huelga
estratégica en los puertos que alimentan las cadenas globales. No hay dron que
reemplace la desobediencia de millones que dejan de creer en la legitimidad del
orden.
La resistencia viable por el momento
no es la guerrilla romántica de vanguardias aisladas, condenada al martirio o a
la espectacularización mediática. Es la organización silenciosa de quienes
construyen, en los barrios y los campos, los sindicatos y las asambleas, las
redes de cuidados y los medios autónomos, un poder dual que ya funciona
mientras el otro se desmorona. Es la huelga general que no solo
detiene la producción sino que demuestra que la sociedad puede operar sin los
dueños. Es la ocupación de territorios que reivindica la tierra como bien común
contra su mercantilización. Es la ciberresistencia que sabotea la
infraestructura de vigilancia que nos convierte en datos explotables. Es la
solidaridad transnacional que conecta la rebelión del proletariado migrante con
la del obrero de plataforma, la del campesino expulsado con la del estudiante
endeudado, la de la comunidad racializada con la de la mujer que sostiene la
reproducción social.
Pero sobre todo, la resistencia
viable es la que construye la conciencia de clase como arma más poderosa que
cualquier tecnología de control. La burguesía global teme, con razón histórica,
que las mismas herramientas diseñadas para administrar la explotación sean
apropiadas para iluminar sus mecanismos. La inteligencia artificial que predice
el comportamiento de consumo puede ser utilizada para mapear la concentración
de la riqueza. Los algoritmos que personalizan la desinformación pueden ser
invertidos para democratizar el conocimiento crítico. Las redes que fragmentan
pueden ser reconstruidas para conectar experiencias de lucha.
El capitalismo del miedo vende la
idea de que la alternativa es el caos, que sin sus mercados, sus ejércitos y
sus refugios subterráneos, la humanidad se devorará a sí misma. Es la mentira
más antigua de toda clase dominante: confundir su propia supervivencia con la
supervivencia de la especie. La tarea de la insurgencia social es demostrar,
con hechos y no con discursos, que la cooperación, la planificación democrática
y la distribución equitativa de los recursos que ya existen son
no solo posibles sino superiores a la lógica del profit y del miedo.
La resistencia viable se construye
hoy sobre tres ejes concretos que ya están germinando en las luchas reales:
Primero, el
poder dual en los nodos estratégicos de la cadena global. La
burguesía ha centralizado su poder en infraestructuras logísticas, energéticas
y digitales. Esa centralización es su mayor vulnerabilidad. Comités de
trabajadores en puertos (como los de Los Ángeles-Long Beach o Rotterdam),
centros de distribución de Amazon, data centers y plantas de servidores deben
organizarse para paralizar selectivamente el flujo de capital. Una huelga
estratégica de 48 horas en los principales hubs logísticos globales tendría más
impacto que décadas de protestas dispersas. No se trata de destruir, sino de
demostrar que la sociedad puede funcionar sin los parásitos: coordinando
mediante redes autónomas el reparto de bienes esenciales mientras se bloquea la
acumulación privada.
Segundo, la
reapropiación democrática de la inteligencia artificial y la automatización.
La misma tecnología que la tecnoburguesía usa para vigilar y
precarizar puede ser invertida. Modelos de IA abiertos y entrenados
colectivamente pueden servir para:
· Mapear
en tiempo real la concentración de riqueza y los flujos de evasión fiscal.
· Diseñar
planes de producción y distribución que prioricen necesidades humanas sobre el
profit.
· Democratizar
el conocimiento: sistemas educativos masivos, personalizados y gratuitos que
eleven la conciencia política de millones en meses, no en generaciones.
· Coordinar
asambleas populares a escala planetaria, traduciendo lenguas y sintetizando
propuestas en tiempo real.
Esto no es utopía: es Fully
Automated Luxury Communism en construcción. Reducir la jornada laboral a 15-20
horas semanales liberando el tiempo necesario para la política, la creatividad
y el cuidado mutuo. Un Ingreso Básico Universal financiado por la expropiación
de las fortunas parasitarias y la renta de la automatización. Planificación
cibernética democrática —actualización del proyecto Cybersyn chileno de Allende,
pero a escala global y con herramientas mil veces más poderosas— que reemplace
la “mano invisible” del mercado por la mano visible y consciente de los
productores.
Tercero, la construcción de
alternativas materiales ya existentes. En los barrios populares, las fábricas
recuperadas, las comunidades campesinas y las redes de cuidados mutuos se
gestan embriones de la nueva sociedad. Cooperativas de plataforma controladas
por riders y delivery workers; bancos comunitarios que financian proyectos de
soberanía alimentaria; redes de energía renovable municipalizadas; medios de
comunicación autónomos impulsados por IA generativa al servicio de la verdad y
no de la propaganda. Estos no son refugios folk, sino bases materiales desde
las cuales se erosiona el poder burgués día a día.
La burguesía global se prepara para
sobrevivir al fin del mundo que ella misma ha creado. El proletariado del siglo
XXI debe prepararse para algo radicalmente distinto: para construir el mundo
que viene después de ella. No como herencia de cenizas, sino como conquista
consciente de quienes finalmente han dejado de aceptar que la dignidad humana
sea un costo externo del balance contable.
Ese día, cuando millones dejen de
preguntarse cómo sobrevivir al sistema y comiencen a preguntarse cómo
superarlo, los fantasmas de 1789 y 1917 no regresarán como espectros del
pasado. Regresarán como fuerza viva, adaptada a las condiciones del presente,
armada de la única tecnología que ningún ejército puede destruir: la certeza
colectiva de que otro mundo no solo es posible, sino inevitable, porque este ya
ha demostrado ser insostenible para la mayoría.
Y la pregunta que definirá nuestra
época no será si la humanidad puede sobrevivir al colapso. Será si el orden
existente puede sobrevivir a la humanidad que finalmente se ha rebelado
contra su propia condena. De otra forma, comprenderá por fuerza más temprano
que tarde que el poder nace del fusil o del dron operado remotamente cayendo
sobre las bases que sostienen al capitalismo depredador.
Tito Ura,
analista y autor en diferentes medios alternativos.
Rebelión ha
publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative
Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Fuente: https://rebelion.org/el-fundado-miedo-para-la-burguesia-global/
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