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jueves, 20 de abril de 2023

"EMANCIPACIÓN, CIENCIA Y POLÍTICA EN KARL MARX"

Economist Ernest Mandel


Ernest Mandel

12/Abr/2023

La actividad intelectual de Marx -que se fusionó pronto con su actividad práctica y que continuaría hasta el final de su vida- partió de la necesidad de la emancipación humana. Fue, en este sentido, un producto de las ideas de libertad que habían estado irrumpiendo en diversas formas en Europa y América desde la Ilustración o, más exactamente, desde la Reforma a través de la Revolución Francesa y sus herederas, las corrientes demócrata revolucionarios de los años veinte y treinta, la juventud hegeliana y los primeros grupos socialistas. Se resume en la exigencia de "echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable" (Contribución a la crítica de la filosofía de derecho de Hegel).

A lo largo de toda su vida, Marx se mantuvo fiel a este objetivo de emancipación. No lo abandonó ni en su transición de la democracia pequeñoburguesa a la democracia proletaria y al comunismo, ni en la elaboración de la teoría del materialismo histórico ni en su compromiso con la praxis revolucionaria.

Lo encontramos en todas sus obras principales, así como en las de Friedrich Engels, desde el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, los Gründrisse y El Capital hasta La guerra civil en Francia y la Crítica del Programa de Gotha[1]. Esta exigencia se plantea, por así decirlo, como un a priori de la actividad científica y política. Maximilien Rubel la denomina exigencia moral (Maximilen Rubel, Karl Marx: Ensayo de biografía intelectual, 1957). Otros hablan de un axioma filosófico. En cualquier caso, esta posición de principio basta para hacer absurdo el reproche formulado por tantos críticos de Marx, según el cual el marxismo llegaría a una hipóstasis de la Historia[2]. Marx se burló más de una vez de quienes veneraban sus cadenas, simplemente porque habían sido forjadas por la Historia.

Parece más apropiado hablar de un punto de partida axiomático que puede expresarse en la fórmula: sólo el hombre es la meta suprema del hombre (la expresión "hombre" se refiere obviamente a toda la humanidad, no sólo al género masculino). Esta fórmula tiene una base antropológica. Un marxista ortodoxo, es decir, el que actúa según el espíritu de Marx, sigue comprometido con la obligación de luchar contra todas las relaciones sociales inhumanas. Sólo puede liberarse de esta obligación si se demuestra que las relaciones inhumanas favorecerían la humanización del hombre, aunque se le presente como malvado, agresivo, manchado por el pecado, lo que es evidentemente absurdo. El hecho de que el infierno se traslade de la nada a la tierra no es motivo para instalarse cómodamente, ni para proclamar que es una etapa transitoria necesaria hacia el paraíso. Millones de personas no lo aceptarían de todos modos, ni psicológica ni prácticamente. Experimentan el infierno como el infierno. Ninguna mistificación puede impedir que a la larga se rebelen contra este infierno. Es un deber elemental luchar junto a ellas contra cualquier condición inhumana. Esta es la obligación que guio a Marx durante toda su vida. Debería guiarnos a todos.

Lejos de liberarnos de esta obligación, la teoría del materialismo histórico y la opción a favor del proletariado en el curso de la lucha de clases en la sociedad burguesa le dan una base adicional. Esta teoría científica afirma que la historia de todas las sociedades civilizadas ha sido hasta ahora, y sigue siendo, la historia de la lucha de clases; y ésta gira en torno a los intereses materiales (la división del producto social en producto necesario y sobreproducto). En última instancia, reduce los ingresos y los privilegios de las clases dominantes -así como la propia dominación- al plustrabajo extraído de las y los productores, así como a la consiguiente lucha por el aumento o la disminución de este plustrabajo. Establece que esta división de la sociedad en clases es una etapa transitoria ineludible de la historia, impuesta por el insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas. Sin un desarrollo suficiente de estas fuerzas productivas, es inalcanzable una sociedad sin clases verdaderamente humana basada en la satisfacción de las necesidades. La teoría del materialismo histórico también lleva a la conclusión paralela de que las clases explotadas se rebelan periódicamente contra sus explotadores, e incluso aspiran al advenimiento de esta sociedad sin clases, pero que este objetivo no puede alcanzarse sobre la base de las relaciones precapitalistas o del capitalismo incipiente, por razones que tienen que ver con la ausencia de una base material y, por tanto, también espiritual y moral, suficientemente desarrollada.

Esta teoría concluye que, como resultado del desarrollo de gigantescas fuerzas de producción, el capitalismo moderno crea, por primera vez en la historia, la base posible para una emancipación total, es decir, para una sociedad sin clases. Esta emancipación presupone la abolición de la propiedad privada, de la producción de mercancías (de la economía de mercado) y de la competencia, de la tendencia al enriquecimiento privado y el egoísmo universal que son sus consecuencias. La realización de este objetivo sólo es posible si la lucha socialista (comunista) por esta sociedad sin clases se encuentra con la lucha real de una clase que tiene un interés material en ello, que está moralmente preparada para ello y que está socialmente inclinada hacia ello; es decir, una clase que es potencialmente capaz de paralizar el conjunto de la vida económica si decide hacerlo y de tomar en sus manos la organización de la producción por los propios productores asociados.

Esta clase es el proletariado moderno, la clase sometida al trabajo asalariado, la clase que está preparada para esta tarea por su posición en la sociedad burguesa y por el desarrollo del capitalismo con todas sus contradicciones, pero también por su capacidad de organización colectiva y el sentido de la solidaridad, que su experiencia del capitalismo puede inculcarle.

La fórmula de Marx de que la emancipación del proletariado representa la emancipación de toda la humanidad no debe conducir a la idea errónea de que, según él, la emancipación del proletariado conduciría automáticamente a la emancipación de toda la sociedad, o que la sustituiría. El apasionado apoyo de Marx a la emancipación de los esclavos negros americanos o de naciones oprimidas como Polonia e Irlanda, su identificación con el levantamiento de los Tai-Ping en China o de los cipayos en la India[3] -estos grupos sociales no podían incluirse en el concepto de proletariado- bastan para zanjar el debate.

La emancipación proletaria es la condición previa absoluta para la emancipación universal. Pero sólo es una condición para ella, no la sustituye. Si el desarrollo histórico demostrara, por ejemplo, que los partidos que actúan en lugar de la clase obrera crearan nuevas formas de explotación, nuevas situaciones inhumanas, entonces habría que combatirlas sin piedad, exactamente igual que en el caso de las situaciones propias del capitalismo o de las sociedades precapitalistas, incluso si se considerara esta explotación y opresión socialista como históricamente progresiva en relación con el capitalismo. Esta conclusión está en consonancia con el pensamiento de Marx, aunque, por lo que sabemos, nunca se expresó explícitamente sobre este problema. Este juicio se desprende del propio concepto de progreso tal y como se desprende del conjunto de la obra de Marx, un concepto dialéctico y no mecanicista, bidireccional y no lineal.

Como materialistas consecuentes, Marx y Engels desarrollaron un instrumento para medir el progreso material de la humanidad: el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, medible por la productividad social media del trabajo. En este sentido, es perfectamente correcto hablar de formaciones sociales progresivas o juzgar, sobre la base de este criterio, los modos de producción sucesivos como progresivos o retrógrados. Cuando, en un conocido pasaje del Anti-Dühring, Engels afirma que la antigua esclavitud tenía un carácter progresivo, porque sin ella no habría sido posible el gran florecimiento del arte, la filosofía y la ciencia antiguos, este juicio sigue estando, a la luz de los conocimientos actuales, científicamente fundado.

Pero Marx y Engels nunca extrajeron de esta definición materialista del concepto de progreso la conclusión de que las revueltas de las clases sociales explotadas y oprimidas en las sociedades precapitalistas o en el capitalismo naciente estuvieran dirigidas contra el progreso. Por el contrario, se pusieron del lado de los levantamientos de esclavos contra la esclavitud, de las revueltas campesinas en el antiguo modo de producción asiático, de las jacqueries en la Edad Media, del campesinado en las guerras campesinas alemanes del siglo XVI, de los obreros sublevados y los asaltantes de maquinas en el capitalismo naciente. Sin ignorar ni negar las escasas posibilidades históricas o la falta de resultados históricos de estas luchas, vieron la justificación de estas revueltas en la justificación universal de toda lucha humana contra condiciones inhumanas.

Por otra parte, la continuidad histórica de la lucha contra la explotación social crea una poderosa tradición de lucha y organización, así como de pensamiento, ideales, sueños y esperanzas revolucionarias, de la que se nutre profundamente la lucha proletaria para su propia emancipación, de la que procede incluso inmediatamente y sin la cual su desarrollo habría sido incomparablemente más lento y difícil de lo que fue en realidad. Un país sin tradiciones revolucionarias preproletarias es un país en el que el movimiento obrero político florecerá con una dificultad sin precedentes[4].

En el análisis del maquinismo desarrollado en el Libro I de El Capital, se destaca especialmente este doble significado del concepto del progreso. Frente a las críticas románticas, superficiales y moralizantes del capitalismo, Marx subraya con audacia y acierto el gigantesco progreso material del maquinismo, su enorme potencial para emancipar a los seres humanos de la obligación del trabajo forzoso. En la era del inicio de la automatización, del desarrollo de la microelectrónica y de los robots, estas afirmaciones resuenan de forma sencillamente profética. Pero volviéndose simultáneamente contra los cínicos o ciegos apologistas de la sociedad burguesa, Marx subraya la diferencia entre potencialidad y realidad, destaca las consecuencias inhumanas del maquinismo en el capitalismo (cf. hoy, por ejemplo, el efecto de desarrollo del desempleo ejercido por los procesos de automatización y de reestructuración productiva). Subraya el uso específicamente capitalista del capital fijo y del sistema fabril, la forma capitalistamente determinada de la tecnología y la industria, que sólo puede desarrollarse socavando y destruyendo potencialmente las dos fuentes de la riqueza humana: la naturaleza y la fuerza de trabajo. Dado que el trabajador o trabajadora en el capitalismo, por muy progresista que sea en relación con el feudalismo, es una persona disminuida, alienada, esclavizada y despreciada, su rebelión contra esta situación es, en consecuencia, tan progresista como el propio capitalismo. Esta rebelión es un movimiento histórico que estimula a su vez el progreso económico y social, aunque no conduzca inmediatamente, ni siquiera a medio plazo, a una abolición real de las situaciones inhumanas. Y lo que para Marx está claro sobre el capitalismo (y las sociedades precapitalistas) se aplica perfectamente a las sociedades postcapitalistas.

Imperativo científico e imperativo emancipador


El desarrollo del socialismo científico (por oposición al socialismo utópico) como ciencia tiene su propia coherencia interna, que no es necesariamente idéntica a la lógica de la emancipación. La ciencia sigue un enfoque rigurosamente objetivo. No puede someterse a ningún proyecto extracientífico. Recopila, examina, ordena e interpreta datos de los que, en primer lugar, debe apropiarse. Se esfuerza por comprenderlos, explicarlos y definir su evolución futura. Sin degradarse hasta la insignificancia, no puede hacer desaparecer los datos, oscurecerlos o falsificarlos, ni barrer bajo la alfombra los hechos desagradables y las evoluciones inapropiados.

La ciencia nunca trabaja con una certeza absoluta. Formula hipótesis teóricas que siempre deben volver a probarse a la luz de nuevos datos y desarrollos. Es fundamentalmente dudosa, como cuando, de forma sucinta, dijo Marx al preguntarle cuál era su lema favorito: de omnibus est dubitandum. No hay el menor atisbo de dogmatismo en este estado de ánimo y en este planteamiento, aunque la duda sólo concierne a los resultados (siempre provisionales) de la investigación y no a la potencial verdad contenida en la propia investigación. Estos resultados, juzgados según sus secuencias prácticas y a la luz de sus presupuestos, deben ser constantemente confirmados o modificados por la investigación en curso. Se trata, pues, de una duda optimista, basada en las ilimitadas posibilidades de la praxis social humana ("la segunda naturaleza del hombre"), que, en última instancia, al igual que la tendencia a la emancipación, remite a sus fundamentos antropológicos primarios.

Cualquier teoría científica puede ser parcial o totalmente errónea, basándose en datos descubiertos o revelados posteriormente. Nunca hay que llegar a conclusiones prematuras, sino preguntarse si los datos son provisionales o más o menos definitivos (cf. la falsa conclusión que algunos sacaron en los años 50 y principios de los 60, basándose en la larga fase de prosperidad de la posguerra, de que el capitalismo tardío había superado definitivamente el peligro del desempleo masivo y que las crisis de sobreproducción ya no eran inmanentes a la sociedad burguesa)[5]. El rigor científico no significa impresionismo. El cuestionamiento de conocimientos parciales nunca podrá llevar a conclusiones científicas válidas si no implica también asumir la responsabilidad de las consecuencias de dicha revisión para el conocimiento global (ya se refiera a la época histórica, ya al modo de producción, a una clase social, a un fenómeno histórico como el Estado, etc.).

La diferencia entre la auténtica ciencia (incluido el socialismo científico) y el positivismo puro o el empirismo no radica en que la primera desprecie los datos empíricos y la segunda los tenga en cuenta. Reside en el movimiento permanente de la ciencia para buscar una comprensión que se caracterice por la coherencia interna, para tomar los datos importantes en su conjunto, en particular por el descubrimiento de su estructura interna y de sus leyes de desarrollo. El empirismo se caracteriza por su ceguera ante este problema y la superficialidad de su enfoque. El positivista sólo reconoce en la ciencia económica lo visible inmediato (precios, rentas, etc.) y considera que una teoría del valor, como la teoría del valor trabajo, que se plantea la cuestión de lo que determina y regula la dinámica de los precios a largo plazo, es "dogmática" y, por tanto, "no esencial". Ningún investigador de las ciencias naturales se atrevería a abordar los datos de la física o la biología de la misma manera superficial. Además, el positivista a menudo se cae de bruces incluso con respecto a lo inmediatamente legible cuando se enfrenta de repente a fenómenos imprevistos (por él) que cambian radicalmente su campo de visión, como la repentina subida del precio del oro en los últimos años. Este incremento se explica entonces simple y tautológicamente por la inflación, y no está relacionada con la dinámica diferenciada a largo plazo de la productividad media del trabajo en la minería del oro, por un lado, y en la industria y la agricultura, por otro (es decir, con el desarrollo económico general, cf. Mandel, El capitalismo tardío, cap. 16).

Marx era un erudito en el sentido más serio de la palabra. Basó su teoría científica, ya fuera de la economía (teoría del valor, teoría de la plusvalía, teoría del dinero, teoría del capital, teoría de los salarios, teoría de las leyes de evolución del modo de producción capitalista, teoría de las crisis, etc.), de la sociología o de la historia (teoría del materialismo histórico, teoría de las clases, del Estado y de la revolución, etc.), en un estudio meticuloso de todos los datos disponibles de la ciencia de su época. Como él mismo dijo, no hay nada más despreciable que el pseudocientífico que, para demostrar una tesis, oculta datos importantes o niega los hechos.

La principal fuerza del socialismo científico reside en que plantea un objetivo emancipador -la liberación del proletariado, del trabajo y de la humanidad en su conjunto de todas las condiciones indignas de la humanidad- como surgido del movimiento real de la sociedad y de la historia.

De las contradicciones internas del modo de producción capitalista, científicamente establecidas y atestiguadas por dos siglos de historia, contradicciones que ningún Estado, ninguna religión, ningún terror, ninguna sociedad de consumo puede eliminar, resulta, por una parte, una cadena de crisis sistémicas sucesivas en las esferas económica, social, cultural, política, militar, moral e ideológica, plenamente confirmada por el desarrollo histórico real. Por otro lado, existe una tendencia histórica hacia la organización del trabajo asalariado, uno de los presupuestos más importantes derivados del análisis marxista de la sociedad capitalista en particular. Sólo hay que buscar cuántas personas asalariadas estaban organizados en el mundo en 1847-48, cuántos en 1900, cuántos en 1948 y cuántos en la actualidad, para reconocer la exactitud de esta afirmación (¿quién sino Marx previó esto a mediados del siglo XIX?). No existe hoy ningún país en el mundo, ni siquiera la isla más pequeña del Pacífico, en las que exista el trabajo asalariado sin el resultado inevitable de una lucha de clases elemental entre el capital y el trabajo, sin que las y los asalariados intenten crear organizaciones elementales de autodefensa y de lucha.

La caída del capitalismo, la transición a una sociedad sin clases, la sustitución del régimen de coacción del trabajo por la libre asociación de las y los productores pueden ser los frutos de esta autoorganización y de esta ineludible y elemental lucha de clases del proletariado moderno. Así, el proyecto emancipador acoge, por primera vez en la historia, un sujeto revolucionario que posee las capacidades objetivas y subjetivas para hacerlo realidad. No es necesario insistir más en que se trata sólo de una posibilidad y no de algo inevitable. De lo contrario, la actividad de los socialistas en la educación, la organización, el estímulo de la conciencia de clase, la organización y la lucha de clases, que iniciaron los propios Marx y Engels, sería en gran medida inútil y en todo caso no sería fundamental.

El hundimiento del capitalismo es inevitable: ésta es la única certeza que se desprende del análisis marxiano de las contradicciones internas del sistema. Tras dos guerras mundiales, dos grandes crisis económicas, la de 1929-33 y la actual, nos parece una tendencia poco discutible. Pero este colapso puede conducir a dos resultados completamente opuestos: avanzar hacia el socialismo o retroceder a la barbarie. Tras la experiencia de Auschwitz e Hiroshima, en la era de la carrera armamentística nuclear y de la creciente amenaza para el ecosistema, no se trata de una fórmula propagandística, sino de un peligro real claramente definido.

La pertinencia del proletariado (y de la revolución proletaria) como sujeto revolucionario se basa en una serie de premisas de carácter científico igualmente confirmadas; la polarización de la sociedad entre la gente asalariada, por una parte, y un número cada vez menor de grandes, medianos y pequeños capitalistas que explotan el trabajo asalariado, por otra; la tendencia de los trabajadores y trabajadoras asalariadas a convertirse en la inmensa mayoría de la población trabajadora (ya más del 90% de la población trabajadora en EE UU, Gran Bretaña y Suecia); la tendencia a su homogeneidad interna en términos de ingresos, nivel de vida, condiciones de trabajo, el progreso de su organización sindical y el aumento de la amplitud de sus luchas de masas que se manifiestan al menos periódicamente.

Hasta aquí, el proyecto emancipador y los resultados del análisis científico de la evolución de la sociedad burguesa prácticamente se superponen a la perfección. A partir de este punto, pueden bifurcarse.

Si en lugar de una mayor maduración de las condiciones objetivas de la revolución socialista se produce una creciente putrefacción de estas condiciones; si se pone de manifiesto que a largo plazo (dejando a un lado los altibajos cíclicos), en la mayoría de los Estados capitalistas altamente industrializados, cuando no en todos, el número de personas asalariadas deja de crecer y disminuye, que su peso en la sociedad se reduce cada vez más, que su capacidad para paralizar eficazmente la economía y, por tanto, para tomarla bajo su dirección y gestionarla, disminuye constantemente, que el grado de organización retrocede (que, por ejemplo, en el año 2000 hay menos personas sindicadas que en 1948 o incluso que en 1900); que su capacidad de lucha disminuye y esto desde hace décadas, entonces debemos sacar la conclusión de que la construcción de una sociedad socialista sin clases se ha vuelto imposible. La recaída en la barbarie sería entonces inevitable. Porque nadie ha demostrado hasta ahora que exista en la sociedad actual un sujeto revolucionario distinto del proletariado que sea capaz, tanto desde el punto de vista de su poder objetivo como de sus intereses subjetivos y de su conciencia de clase, al menos potencial, de derrocar al capitalismo y construir una sociedad sin clases, sin propiedad privada, sin producción de mercancías, sin dinero, sin tendencias al enriquecimiento privado, sin competencia y sin Estado nacional soberano.

Aún no se ha aportado la prueba científica de que el socialismo sea imposible. Esta hipótesis no está avalada por la historia. Los datos empíricos no la confirmarían hasta dentro de muchas décadas. Pero, incluso si se corroborara esta hipótesis, no conduciría en absoluto a la extinción de las aspiraciones de emancipación. Hace dos mil años, los esclavos se sublevaban periódicamente contra la esclavitud, aunque en las condiciones de la época esto no podía conducir a la construcción duradera de una sociedad de hombres libres. Si en el futuro volvemos a caer en una sociedad bárbara, volverán a producirse revueltas contra la esclavitud y todas las demás condiciones inhumanas. Entonces sería el deber elemental de los marxistas luchar codo con codo con la ente esclava, clarificar sus objetivos de lucha, estructurar sus formas de lucha de la manera más eficaz posible, endurecer su voluntad de lucha, convertir en llama toda chispa de rebelión contra el envilecimiento, la degradación, la opresión, la explotación, la tortura... y esta revuelta es inevitable. Esto es lo que nos enseña toda la historia de la humanidad. Incluso si la ciencia demostrara que el socialismo científico, en su objetivo de lucha, ha conducido a una utopía y a un proyecto inalcanzable, seguiría fertilizando y estimulando las luchas elementales por la emancipación parcial y temporal de la humanidad explotada y oprimida. Incluso en este caso extremo -que creemos que no se realizará- Marx no habría pensado, buscado, descubierto y luchado en vano.

En un conocido pasaje de su prefacio a El capital financiero, Rudolf Hilferding llevó hasta la paradoja la tesis de la separación entre ciencia y compromiso socialista. Karl Korsch le respondió muy duramente en este sentido, en lo fundamental con razón, si bien en parte torció demasiado el palo en la otra dirección[6].

No hay nada que merezca la definición de ciencia proletaria. Sólo hay ciencia, que obedece únicamente a sus propias leyes, al margen de cualquier determinación directa de clase. ¿Qué otra cosa sería la ciencia en una sociedad sin clases? Sin duda, especialmente en las ciencias sociales (mejor: en las humanidades, en todas las ciencias que tratan aspectos de la existencia humana, incluidas la psicología y la medicina), los hombres y mujeres que realizan trabajos científicos en una sociedad de clases son hombres y mujeres socialmente determinados. Su pensamiento no sólo tiene una fuente científica pura, sino que se basa en presupuestos condicionados por la sociedad de clases. Por lo tanto, a menudo llevan anteojeras condicionadas por la sociedad en la que trabajan[7]. En la medida en que éste sea el caso (es decir, si puede demostrarse empírica y prácticamente; si no, se trata también de un prejuicio ideológico que refleja una falsa conciencia), sus pensamientos no son plenamente científicos, sino sólo parcialmente, y la o el investigador científico tiene que separar el grano científico de la paja ideológica. En otras palabras: no existe una ciencia burguesa. Hay científicos y científicas que son al mismo tiempo ideólogos burgueses. En la medida en que su actividad es científica, no es burguesa. En la medida en que es burguesa, no es científica.

Sería cuando menos problemático suponer que una persona científica atrapada en la ideología burguesa en la que está enredada, atrapada en el universo de pensamiento burgués, en los valores y prejuicios burgueses, hubiera sido capaz de elaborar una teoría completa y rigurosamente científica de la plusvalía, de las clases y del Estado. No se trata más que de un objeto de especulación abstracta. La historia ha demostrado que no ha sido así. La experiencia empírica demuestra que sólo la ruptura total con la sociedad burguesa, su ideología, sus valores y sus formas de pensamiento, hizo que Marx y Engels pudieran tomar una posición clara y total a favor del proletariado. Y sólo a partir de este compromiso con el proletariado, y sobre la base de la experiencia de la lucha de clases real del proletariado, fueron capaces de desarrollar una teoría rigurosamente científica de la plusvalía, las clases y el Estado.

En este sentido, existe un vínculo dialéctico indestructible entre ciencia y emancipación y, por tanto, también entre emancipación y ciencia, al menos en la sociedad de clases. Las ciencias sociales pueden empezar a desarrollarse independientemente de cualquier proyecto emancipador. Pero hasta ahora sólo el marxismo, unificando la ciencia social y el proyecto de emancipación, ha sido capaz de desarrollar una ciencia coherente que cuestione radicalmente todas las condiciones sociales inhumanas, explicando sus orígenes, su naturaleza profunda, su evolución y las condiciones de su decadencia.

Realpolitik y eficacia revolucionaria


En cierto sentido, las Tesis sobre Feuerbach de Marx, que aparecen como conclusión de La ideología alemana, representan el nacimiento del marxismo. Culminan con la famosa fórmula: "Los filósofos sólo han interpretado el mundo de diferentes maneras; lo que importa es transformarlo". Con esta fórmula, el pensamiento de Marx pasa de un proyecto de emancipación vagamente determinado antropológicamente a un compromiso práctico y político con la realización de tareas históricas precisas. El mundo sólo puede cambiar mediante la acción de hombres y mujeres concretos, tal como existen realmente: hombres y mujeres condicionados por su existencia social, ligados en la sociedad burguesa (como en cualquier otra sociedad de clases) a clases sociales específicas. La tarea práctica de abolir la esclavitud de la humanidad se transforma así en la tarea práctica de la política de clases: definir las condiciones en las que una o varias clases sociales pueden hacer efectiva la emancipación de la humanidad.

Así, mientras que la emancipación puede separarse marginalmente de la ciencia -es decir, seguiría siendo un proyecto aunque la ciencia demostrara que no es plena y sosteniblemente realizable- nunca puede, para Marx o para un marxista, separarse de la política, como tampoco puede separarse la política de ella, al menos si utilizamos el concepto de política en el sentido más amplio: cualquier actividad que desemboque en una acción colectiva para un cambio en el Estado y la sociedad hasta la realización de la sociedad sin clases y la desaparición total del Estado. Porque cualquier actividad emancipadora no política es sólo siempre una actividad emancipadora de individuos o de pequeños grupos, que por lo tanto sigue siendo elitista y niega en la práctica la posibilidad de la autoemancipación de las amplias masas, aunque se base en la propaganda a través de la acción.

La experiencia histórica ha demostrado que sólo la actividad revolucionaria de las amplias masas, en situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias, permite a los hombres y mujeres eliminar radicalmente todas las situaciones de sometimiento y, al hacerlo, transformarse radicalmente a sí mismos[8]. Esta es la actividad de la política revolucionaria, que debe prepararse sistemáticamente y a largo plazo mediante una acción continua y, por tanto, mediante una organización continua, incluso en tiempos no revolucionarios. Y todo lo que va más allá de las aspiraciones de emancipación individual o de pequeños grupos (que, en la sociedad burguesa, están en cualquier caso condenados al fracaso), todo lo que concierne a la emancipación colectiva, es política emancipadora, socialista, revolucionaria.

En general, el criterio de la praxis se presenta como un medio para juzgar la naturaleza socialista de la política, la política que se desprende del socialismo científico. Este criterio es válido porque sólo la praxis puede decidir si una actividad política determinada ("estrategia y táctica", por utilizar estos conceptos bastante manidos) y sus supuestos científicos subyacentes ("análisis y perspectiva") nos acercan al objetivo, es decir, son eficaces. No hay otra forma de juzgar una política determinada que examinar sus resultados. El criterio de la praxis se basa, pues, en el criterio de la eficacia orientada al objetivo.

Pero, ¿cuál es este objetivo y con qué criterio debe medirse la eficacia? Aquí ya nos enfrentamos a grandes dificultades conceptuales y analíticas. ¿Es el objetivo simplemente el siguiente paso adelante? Pero, ¿y si este siguiente paso, una vez logrado, resulta ser un obstáculo mayor en el camino hacia el siguiente paso de lo que se suponía?

¿Es la meta simplemente el cambio de circunstancias o, simultáneamente, la automodificación del sujeto revolucionario, con el fin de escapar a la contradicción entre el materialismo mecanicista y el voluntarismo subrayada por la tercera tesis sobre Feuerbach? ¿Debe situarse el siguiente paso adelante al mismo nivel que la realización del objetivo final, o debe subordinarse a él? Esto plantea el complejo problema de la reforma y la revolución, del programa mínimo y máximo y de las categorías mediadoras de la transición, de los objetivos de transición (soluciones, programa de transición). Como sabemos, el movimiento obrero internacional lleva casi un siglo dividido sobre las respuestas a este problema. No parece que, hasta ahora, la praxis política haya llegado a una conclusión decisiva para poner fin a esta controversia de una vez por todas.

Hasta ahora, la política marxista siempre ha considerado irrealista e inviable el rechazo total de las maniobras, las tácticas, los compromisos y las retiradas temporales. Significaría enfrentarse con las manos desnudas a un adversario poderosamente armado. Pero lo contrario también es cierto. Las tácticas ilimitadas, las tendencias ilimitadas al compromiso, las maniobras sin principios, las retiradas prolongadas, la acomodación fatalista a la relación de fuerzas (que siempre parece desfavorable), el abandono total de la autoactividad, de la iniciativa, de la propia acción de clase, no conducen a ninguna parte, es decir, no nos acercan ni un milímetro a la meta y producen derrotas duras y duraderas.

La política marxista tiene poco en común con el maquiavelismo puro, es decir, con la Realpolitik vulgar, aunque sólo sea porque el objetivo de la emancipación no es un objetivo limitado, sino radical: derrocar todas las relaciones en las que se encuentra el ser humano como ser disminuido, alienado. Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg y muchos otros políticos marxistas han planteado, de manera estricta y precisa, la tesis de que sólo conducen a la meta aquellos medios, tácticas, compromisos, maniobras, que no disminuyen, sino que elevan, el nivel general de la conciencia de clase del proletariado, su espíritu revolucionario, su voluntad de lucha, la confianza en sí mismo y su capacidad de vencer[9].

Desde este punto de vista, la fórmula utilizada por muchos marxistas de la unidad de fines y medios es, cuando menos, imprecisa y, por tanto, errónea. Presupone una unidad mecánica cuando se trata de una unidad de contrarios que debe juzgarse por los resultados en un plazo variable. Algunos medios pueden no conducir al objetivo histórico porque lo contradicen (porque, citando de nuevo la fórmula leninista, rebajan la conciencia de clase media o general de los trabajadores, aunque logren un objetivo coyuntural). Otros medios, que conducen a éxitos parciales y coyunturales, tienen repercusiones a largo plazo tan desastrosas que nadie habría recurrido a ellos de haberlos conocido antes (por ejemplo, las repercusiones a largo plazo de la colectivización forzosa de la agricultura por Stalin en el comportamiento social del campesinado ruso que, a día de hoy, es decir, medio siglo después, aún no se han superado).

La mayoría de las veces, lo que se esconde tras los atajos pseudo realistas de los políticos que se proclaman marxistas no es sólo una pronunciada ceguera ante determinados problemas, sino también una asombrosa incapacidad para llevar a cabo un análisis científico crítico. Cuando, por ejemplo, Rudolf Hanke escribe que la industrialización acelerada de Rusia a finales de los años veinte sólo fue posible gracias a la burocracia (cf. Correspondencia Brandler-Deutscher, en Unabhängige Kommunisten, Berlín, 1981), se trata de una mera declaración de principios: en absoluto de un juicio científico bien fundado, a menos que se caiga en el historicismo apologético según el cual todo lo que sucedió estaba destinado a suceder (según la misma lógica, Hitler habría sido la única salida posible de la crisis de la República de Weimar o de la crisis económica alemana de 1930-33).

El marxismo, por el contrario, ve la historia, en la mayoría de las situaciones, como un abanico limitado de posibilidades. Cambios relativamente menores en las relaciones de poder económicas, sociales, políticas y organizativas entre las diferentes clases, capas sociales y fuerzas políticas pueden producir resultados totalmente diferentes. De lo contrario, repitámoslo, la política revolucionaria carecería de sentido y sería en gran medida una pérdida de tiempo.

Nadie ha dado hasta ahora pruebas de que una acumulación socialista primitiva extendida a lo largo de la década 1923-1933, (en lugar de concentrarse en los años 1928-1932) como proponía la Oposición de Izquierda con sus grandes expertos económicos Preobrazhensky y Pyatakov, hubiera sido imposible o no hubiera conducido a resultados totalmente diferentes. Tal variante de la acumulación socialista primitiva podría haberse realizado sin colectivización forzosa y sin terror contra el campesinado (con sólo una tributación soportable para el campesinado rico y los comerciantes privados) y, sobre todo, sin disminución del nivel de vida de los trabajadores y trabajadoras, es decir, sin las terribles tensiones sociales de los años 1930-33 que condujeron al terror de masas y a la Jezhovshchina. Una industrialización de este tipo se habría apoyado, desde un punto de vista sociopolítico, en la masa trabajadora y no en la burocracia. Habría podido conducir a una reactivación de la democracia de los consejos y no a la dictadura totalitaria de la burocracia.

El problema de las variantes políticas no sólo conduce a la comprensión del necesario pluralismo político en el movimiento obrero, precisamente porque sólo la praxis puede demostrar quién tiene razón y quién se equivoca (ni el partido, ni el comité central, ni el presidente, ni el secretario general tienen "siempre razón; sólo el pluralismo garantiza una rápida corrección de los inevitables errores), es decir, conduce a la comprensión del vínculo orgánico entre la democracia socialista proletaria y la construcción del socialismo, que no representa una obligación ética sino eminentemente política. También culmina en la famosa frase de Friedrich Engels, en una carta a August Bebel: "El partido necesita la ciencia socialista, y la ciencia socialista no puede vivir sin libertad de movimiento".

En otras palabras: la autonomía de la ciencia, la libertad de la ciencia para exponer brutalmente las contradicciones de una situación dada y sus desarrollos, sin embellecer ni glosar nada que no convenga al partido, basándose en criterios de verdad firmemente científicos y en contenidos estrictamente científicos, no es un lujo para tiempos mejores. Es la condición previa absoluta para una política verdaderamente socialista. Esto no debe entenderse en el sentido de que las personas cultas y competentes deban dictar la política socialista a las masas incultas. Por el contrario, debe entenderse en el sentido de proporcionar a estas últimas todos los elementos de análisis indispensables para el proceso de toma de decisiones por las propias masas[10].

Toda esta problemática vuelve así, en última instancia, al tema de la emancipación. La naturaleza particular de la revolución socialista y de la sociedad sin clases, que sólo puede realizarse como un proyecto consciente y no como un desarrollo puramente orgánico de la sociedad burguesa; la naturaleza particular del propio proletariado que, por primera vez en la historia, tiene que cambiar la sociedad partiendo de una situación de clase económicamente dominada, y no de una clase ya dominada económicamente (y que para ello tiene que conquistar el poder político): todo esto significa que este objetivo sólo puede alcanzarse mediante la autoorganización y la autoactividad de las amplias masas proletarias.

Esto no contradice el plan leninista de un partido de vanguardia, hecho necesario por la diferenciación social del proletariado y su conciencia, así como por la discontinuidad de la actividad de las masas. Pero esto implica, como dijo Lenin en 1909, que tal plan sólo puede realizarse en el contexto concreto de una clase social efectivamente revolucionaria, ganada en su mayoría (y no forzada administrativamente) a un programa determinado, a una estrategia determinada, a una política determinada.

Emancipación, ciencia y política se combinan así en todos los niveles del marxismo: en el nivel de la teoría pura; en el nivel de la teoría aplicada; y en el nivel de la praxis política cotidiana. Sólo esta política corresponde a los criterios marxistas y se basa en la elevación de la conciencia de clase, la autoconfianza y la capacidad de acción de las amplias masas. El espíritu del marxismo se resume mejor en la segunda estrofa de la Internacional: "No hay salvador supremo, Ni Dios, ni César, ni Tribuno, Productores, salvémonos a nosotros mismos, Decretemos la salvación común".

Actuel 1983

Al’encontre

Traducción: viento sur

______

Notas:

[1] Dos citas bastarán: "Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha dejado de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo deja necesariamente de ser su medida y, en consecuencia, el valor de cambio deja de ser la medida del valor de uso. El sobretrabajo de la masa ha dejado de ser la condición para el desarrollo de la riqueza general, del mismo modo que el no-trabajo de unos pocos ha dejado de ser la condición para el desarrollo de los poderes universales del cerebro humano. Esto significa que el flujo de producción basado en el valor de cambio y el propio proceso de producción material inmediato pierden la forma de escasez y contradicción. Es el libre desarrollo de las individualidades, donde el tiempo de trabajo necesario no se reduce a poseer trabajo excedente, sino donde el trabajo necesario de la sociedad se reduce a un mínimo, al que corresponde la formación artística, científica, etc., de los individuos a través del tiempo liberado y de los medios creados para todos ellos" (Manuscritos de 1857-58 (Grundrisse), París, Ed. Soc, Como fanático de la valorización del valor, él (el capitalista) obliga sin piedad a la humanidad a la producción por la producción y, por tanto, al desarrollo de las fuerzas productivas sociales y a la creación de las condiciones materiales de producción que son las únicas que pueden constituir la base real de una forma social superior, cuyo principio fundamental es el desarrollo completo y libre de cada individuo" (Das Kapital, Band I, p. 618, Marx-Engels Werke, traducción ligeramente abreviada en El Capital, Libro 1, volumen 3, p. 32, París, Editions Sociales, 1950 - subrayado de E.M). Qué absurda parece, a la luz de estas citas de innumerables pasajes similares, la manida afirmación de que Marx, los marxistas, los socialistas o los comunistas, querrían transformar a la humanidad en un "hormiguero gris de esclavos del trabajo"...

[2] El mejor ejemplo es Karl POPPER, The Open Society and its Enemies, Londres, 1945.

[3] Por supuesto, esto no significa que Marx y Engels nunca se equivocaran en la cuestión de la emancipación extendida a otros sectores que no fueran la clase obrera. La negativa de Engels a reconocer el derecho a la autodeterminación nacional y a la existencia nacional de los pequeños pueblos eslavos no resiste una crítica objetiva (cf. Roman ROSDOLSKY, El problema de los pueblos sin historia). Esto también se aplica al juicio de Marx de que la pérdida de California por los mexicanos perezoso" fue un paso adelante.

[4] Es interesante observar que los ideólogos reaccionarios antisocialistas, como el disidente ruso Igor Chafarevich (Le Phénomène socialiste, París, 1977), no comprenden la posición marxista a favor de todas las luchas de liberación de las clases sociales explotadas en el curso de la historia, independientemente de que estas luchas tengan o no alguna posibilidad de éxito inmediato. Afirman basarse en principios morales. Pero no parecen comprender que para un marxista sería profundamente inmoral proclamarse neutral ante el levantamiento de los esclavos contra la esclavitud. Pues tal neutralidad implicaría una aceptación de facto de la esclavitud al igual que la negativa a condenar el Gulag implica una aceptación de facto del Gulag.

[5] Podríamos citar a innumerables autores. Baste mencionar a John Strachey, El capitalismo contemporáneo (1956); Ehrenberg, Zwischen Markt und Marx (1974); y Baran y Sweezy, Le capitalisme monopoliste, París, Maspero, 1968. Véase, a contrario, Ernest Mandel, El capitalismo tardío (1972).

[6] "Mostrar cómo se determina la voluntad de clase es, según la concepción marxista, la tarea de la política científica, es decir, de la política que describe las relaciones causales. Al igual que su teoría, la política del marxismo no implica juicios de valor". Y más adelante: "Pero la comprensión de la necesidad del socialismo, no es en absoluto el producto de juicios de valor, ni una incitación a una determinada conducta. (...) Se puede estar perfectamente convencido de la victoria final del socialismo y ponerse al servicio de quienes lo combaten" (El Capital financiero); véase también K. Korsch, Marxismo y filosofía.

[7] El mejor ejemplo es el de uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos, Aristóteles, que no pudo liberarse de la ideología de la "no humanidad" de los esclavos (¿deberíamos decir, como los nazis, su "infrahumanidad"?) destilada por la sociedad esclavista en la que vivió.

[8] “Que, tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una trans- formación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguir- se mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases (Marz y Engels, La ideología alemana, op. cit. p. 82).

[9] Véase V. I. Lenin, La enfermedad infantil del comunismo, el izquierdismo.

[10] Evidentemente, somos conscientes de que estas fórmulas no bastan para resolver todos los problemas de la táctica política a la luz del marxismo. Pero son indispensables para establecer el marco general en el que se elaboran esas soluciones.

Fuente: https://vientosur.info/emancipacion-ciencia-y-politica-en-karl-marx/

 

viernes, 19 de junio de 2020

“RESISTENCIA VS. EMANCIPACIÓN: FOUCAULT, MARCUSE, MARX Y LA ACTUALIDAD”



Autor: Kevin B. Anderson
05/06/2020

[Nota introductoria a la traducción al castellano:

Este artículo apareció en el año 2013, en medio de la ola de movimientos radicales que estallaron a raíz de la Gran Recesión y de las revoluciones árabes del 2011. En los años siguientes estas revoluciones fueron mayormente aplastadas por los viejos regímenes y hemos presenciado la llegada al poder de los populismos de derecha, desde la India a los EEUU, y desde Hungría a Brasil. En 2019, de todas formas, la ola revolucionaria ha retornado al estallar significativos levantamientos en muchos países, primero en Hong Kong y Sudán, y luego en Argelia, Chile y el Líbano.
Durante el mismo período (2013/19), el marxismo ha experimentado un resurgimiento global, al mismo tiempo que las ideas de Foucault han retrocedido. En un mismo nivel, este declive ha sido provocado por las críticas de jóvenes intelectuales sobre la indiferencia –o, lo que es peor, el posible apoyo- con que Foucault recibió el surgimiento del neoliberalismo en los años previos a su muerte en 1984. Dicho retroceso también puede ser relacionado, de modo dialéctico, con el resurgimiento marxista.

De todas formas, el pensamiento de Foucault continúa siendo un importante marco de referencia para muchos críticos y filósofos sociales y activistas de izquierda, entre ellos muchos anarquistas. Algunos anarquistas -y el movimiento antifascista de EE UU, relacionado estrechamente con esta ideología-, al igual que Foucault, hacen hincapié en la resistencia a expensas de la articulación de una alternativa positiva y humanista (aun cuando la mención directa de Foucault ha disminuido). Muchos intelectuales relevantes también admiran –y con razón- las críticas de Foucault a la prisión moderna y al apparatus (dispositivo) de la sexualidad. Además, muchos de sus seguidores continúan ocupando importantes posiciones de dirección en algunas universidades, especialmente en EE UU e Inglaterra, donde en ciertas ocasiones adoptan formas de radicalismo supuestamente a la izquierda de Marx.
Por todas las razones expuestas, mi crítica a Foucault del año 2013 puede ser todavía de algún interés, por lo que me alegra su publicación en español.
Con un cálido agradecimiento hacia José Saraví, el traductor.
Kevin B. Anderson]

I. El cambiante mundo, 2011-12

Vivimos en un mundo muy diferente al de hace solamente unos años atrás. No sólo hemos sufrido la mayor depresión económica desde los años 30, además hemos presenciado la emergencia de nuevas formas de la lucha de clases. Principalmente nos referimos a las revoluciones árabes de 2011-12, aún en desarrollo. Desde 1848 el mundo no experimentaba tal cantidad de situaciones revolucionarias en tan corto período de tiempo. Por otro lado, a diferencia de los otros levantamientos democráticos del nuevo siglo (Irán 2009, Ucrania 2004, Serbia 2000, etc.), las revoluciones árabes lograron articular las demandas económicas con las políticas. La propagación de estas revoluciones a países cuyos gobiernos han hecho gran alarde de su antiimperialismo como Libia y Siria, han puesto a prueba a todos aquellos en la izquierda que ponen la oposición al imperialismo de EE UU por encima de cualquier otra cuestión (1).
Algunos otros conflictos estratégicos han emergido junto al despertar de las revoluciones árabes, entre ellos las revueltas de la juventud inglesa del verano del 2011, un serio cuestionamiento al Estado racista y represor y la austeridad económica. Todavía veremos otros fuertes movimientos contra la austeridad y la opresión económica, sobre todo en Grecia (desde antes del 2011), aunque también en España e Israel, así como la de los trabajadores de Wisconsin. En EE UU e Inglaterra, el movimiento Occupy de 2011-12 ha galvanizado una nueva generación de jóvenes radicales, muy notable en Oakland, California, donde han sido capaces de paralizar uno de los mayores puertos del mundo, por momentos conectados con las protestas por el asesinato del joven afronorteamericano Oscar Grant, perpetrado por un policía de tránsito local.
Pueden hacerse algunas críticas a estos movimientos sobre sus prácticas organizativas o sus posiciones políticas. En la exposición que sigue, sin embargo, me gustaría concentrarme en una orientación filosófica que ha influido en los movimientos radicales contemporáneos, centrado en la preocupación por las distintas nociones de resistencia.

II. Foucault y la resistencia

En la última década las corrientes de pensamiento post-estructuralista se han fusionado con los anarquistas o algunos elementos marxistas produciendo nuevas nociones de resistencia. Estas nociones incluyen, entre otras: resistencia al poder, al Estado, a la vigilancia, a la hegemonía cultural y al capital.
Sin duda, esto constituye un avance sobre otras formas de radicalismo intelectual -desde Althusser hasta Adorno- que privilegiaron la hegemonía hasta casi la exclusión del concepto de resistencia. Pero este avance ha tenido su precio, como discutiremos aquí.
Sin embargo, antes de empezar debemos preguntarnos: ¿de dónde proviene el uso actual del término resistencia? No, aparentemente, de los movimientos de resistencia contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Podemos, en cambio, rastrear el uso corriente del término en un origen más reciente: los escritos de Michel Foucault sobre poder y resistencia. Aunque este término no es muy utilizado por Foucault en sus primeros escritos, en 1976 ubica la resistencia al mismo nivel que el poder. A esa altura, él describe al poder como una “relación”, “no algo que se adquiera, arranque o comparta” (2). Esta noción de poder como relación seguramente fue acuñada teniendo en mente -y probablemente como un sustituto o superación del mismo- el concepto marxista del capital como una relación social, y no como una cosa.

Foucault afirma, además: “donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor: por lo mismo), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder (…). No pueden existir más que en función de una multiplicidad de puntos de resistencia (…). Respecto del poder no existe, pues, un lugar del Gran Rechazo -alma de la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del revolucionario. En cambio encontramos casos específicos de resistencia (…). Constituyen el otro término en las relaciones de poder; en ellas se inscriben como el irreducible elemento de enfrentamiento” (3).

Advirtamos -y volveré sobre esto más adelante- el ataque explícito de Foucault a la noción marcusiana de Gran Rechazo, uno de sus pocas confrontaciones directas con la teoría social de la Escuela de Frankfurt.

III. Crítica del concepto foucaultiano de resistencia

¿Por qué este concepto de resistencia ha reemplazado en gran medida a algunos precedentes como emancipación, liberación, sociedad libre de explotación /alienación,  y otros similares, y a qué coste?

A nivel del activismo político, un coste obvio de adoptar o eventualmente ajustar este término está relacionado con el hecho de que no todas las formas de resistencia son equivalentes. ¿Es la resistencia al poder desde la derecha lo mismo que desde el marxismo o el anarquismo? ¿Es la resistencia al imperialismo de Occidente desde el fundamentalismo religioso lo mismo que desde los movimientos de liberación nacional? ¿Es la resistencia de la iglesia católica a las campañas oficiales de control de la natalidad en EEUU lo mismo que desde el movimiento obrero? ¿Son las fundamentalistas religiosas que ocuparon la Mezquita Roja en Islambad (Pakistán, 2007), con el fin de aniquilar la libre expresión, equivalentes a las feministas socialistas también de Pakistán como Malala Youzafrai, quien sufrió un intento de asesinato por causas similares? (4).
Este tipo de cuestiones subyacen al embarazoso apoyo de Foucault al liderazgo del Ayatollah Khomeini durante la Revolución Iraní de 1978-9, durante la cual desestimó las preocupaciones expresadas por las feministas iraníes. Al asumir el poder Khomeini en 1979, Foucault escribió sobre la resistencia islámica al imperialismo, después de referirse de forma burlona a nociones marxistas-leninistas del tipo “lucha de clases, destacamentos armados” por estar fuera de tiempo y lugar (5): “De tal manera, es cierto que como un movimiento islámico, puede encender la región, haciendo tambalear los regímenes más inestables y alborotar a los más sólidos. El Islam -que no es solamente una religión sino un modo de vida, la adhesión a una historia y a una civilización- tiene buenas posibilidades de convertirse en un barril de pólvora afectando a cientos de millones de personas. Desde ayer, todo Estado musulmán puede ser revolucionado desde su interior, basándose en sus tradiciones consagradas” (6).
Un segundo problema es que el concepto foucaultiano de resistencia carece de la noción de emancipación. Como John Holloway argumenta, “en el análisis de Foucault existe una inmensa multitud de resistencias que son esenciales al poder, pero no existe posibilidad de emancipación. La única posibilidad es una cambiante constelación de poder-y-resistencia sin fin” (7).
En su introducción a una selección de escritos de Marcuse, D. Kellner, C. Pierce y T. Lewis (2011) sostienen un argumento similar, en una vena más filosófica: “con el surgimiento del posmodernismo y el discurso del poder -en particular, Foucault y su crítica del Gran Rechazo-, se puso de moda el reemplazo de la revolución por la resistencia (o micro-resistencia). La resistencia es aquí interna al poder y en última instancia producida por el poder; por lo tanto, desafía al poder desde adentro”. Kellner y sus colegas continúan citando la crítica en la que S. Zizek dice que tal concepto de resistencia “no da lugar a la postura radical de la reestructuración del orden simbólico hegemónico, consumada en su totalidad”(8).

IV. El Gran Rechazo de Marcuse

¿Qué quiso expresar realmente Marcuse con su Gran Rechazo? En su libro El hombre unidimensional (1964), extensamente difundido en Francia durante los años previos a la publicación de Historia de la sexualidad de Foucault (1976), Marcuse ubicó la oposición revolucionaria al capitalismo moderno, no entre los sectores empleados de la clase obrera, sino entre los bohemios, los desempleados, y las minorías raciales, quienes desafiaban “las reglas del juego”:

“Sin embargo, bajo la base popular conservadora se encuentra el sustrato de los proscritos y los extraños, los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados…… Así, su oposición es revolucionaria aún si su conciencia no lo es. Su oposición golpea al sistema desde el exterior y por lo tanto no es derrotada por el sistema…… La teoría crítica de la sociedad no posee conceptos que puedan tender un puente sobre el abismo entre el presente y su futuro; sin sostener ninguna promesa, ni tener ningún éxito, sigue siendo negativa. Así, quiere permanecer leal a aquellos que, sin esperanza, han dado y dan su vida al Gran Rechazo”(9).

Por más que mucho de esto fuera expresado en un lenguaje de profundo pesimismo sobre las perspectivas futuras de la humanidad, está claro que la visión revolucionaria de Marcuse incluía la necesidad de una completa abolición de las relaciones capitalistas, de la clase social sobre las que se basan y sus nocivos subproductos, desde el militarismo hasta el embrutecedor conformismo de la sociedad de consumo. En resumen, él veía la necesidad de una revolución total, por más improbable que pudiera parecer su posibilidad histórica.
El principal desacuerdo entre Marcuse y Foucault fue el siguiente: a menos que esas formas de resistencia se transformasen en formas de emancipación, ligadas a una visión de nuevas relaciones humanas, serían la fundación y el logro de poco o nada más que ese gesto de Gran Rechazo.
En gran parte, el Gran Rechazo marcusiano estuvo basado en la noción hegeliana de negatividad, de absoluta negatividad, donde se construye lo positivo al tiempo que lo viejo está siendo negado. Esto es, desde luego, lo que Marx afirmó en los Manuscritos cuando calificó a la negatividad de “principio motor y generador” de la filosofía de Hegel (10).

Pero el Gran Rechazo marcusiano también nos trae ecos del “deber ser” kantiano, donde lo normativo y lo descriptivo son separados radicalmente. Esto puede verse en la bastante abstracta crítica kantiana de la guerra. Donde los absolutos hegelianos son concretos, en el sentido de ligarse a reales posibilidades en un mundo dado, Kant fue más abstracto, por ejemplo con panaceas como la Paz Perpetua, que aconsejaba a las naciones en guerra desde su pedestal filosófico, sin señalar ninguna fuerza social concreta capaz de llevar a cabo semejante transformación.

El grito generalizado contra la injusticia y la opresión con el que Holloway comienza Cambiar el mundo sin tomar el poder también padece de algunos de estos problemas, como cuando afirma: “La pérdida de la esperanza en la posibilidad de una sociedad más humana no es resultado de que las personas estén ciegas a los horrores del capitalismo, es, simplemente, que parece no haber ningún otro lugar adonde ir, ninguna otredad a la que volverse…… Entonces, quizás no deberíamos abandonar nuestra negatividad sino que, por el contrario, deberíamos intentar teorizar el mundo desde la perspectiva del grito” (11).

V. Dunayevskaya, Marcuse y Foucault

Visto desde la óptica foucaultiana de la interminable constelación de poder-resistencia-poder, el Gran Rechazo de Marcuse guarda ciertas similitudes con la crítica del marxismo del siglo XX articulada por mi mentora, la filósofa marxista-humanista Raya Dunayevskaya:

“Sin dicha visión de nuevas revoluciones, un nuevo individuo, un nuevo universal, una nueva sociedad, ni nuevas relaciones humanas”, y “sin una filosofía de la revolución, el activismo se agota en el mero antiimperialismo y anticapitalismo, sin nunca revelar su razón de ser” (12).
Dunayevskaya además conceptualizó algunos grupos y fuerzas sociales de oposición -el activismo sindical, la juventud, el feminismo radical, los afrodescendientes y otras minorías raciales, y los movimientos tercermundistas -que podrían ser, autoorganizados y en unidad, lo suficientemente poderosos para dar vida a la aspiración por una nueva sociedad. En contraste, la política emancipatoria de Marcuse en la forma del Gran Rechazo continuó representando más bien una actitud existencial, carente de una seria posibilidad de realización a causa de su forma de negación, indeterminada antes que determinada o específica (13).

Por otro lado, al llevar su Gran Rechazo a tan alto nivel de indeterminación, Marcuse -así como el marxismo emancipatorio de los años 60 más generalmente- quedó expuesto a las críticas de Foucault y otras similares. De acuerdo con Foucault, el Gran Rechazo fue un montón de aire caliente mezclado con nobles sentimientos, como se ha visto en muchos pronunciamientos de filósofos radicales como Jean Paul Sartre. Para Foucault, dichos filósofos siempre están dispuestos a asumir una posición, pero no a realizar la labor intelectual necesaria para desarrollar realmente el conocimiento. Recordemos la evocación foucaultiana del intelectual específico antes que el generalista (como Sartre), algo que él practicó durante su trabajo de apoyo a los presos durante los años 70, durante los cuales llevó a cabo la investigación que redundaría en su influyente libro Vigilar y castigar. Desde luego, dicho libro también contenía muchas limitaciones, especialmente la subestimación de las corrientes emancipatorias que atravesaron el sistema penitenciario occidental durante los años 70, como se demostró dramáticamente en el levantamiento de la prisión de Attica del año 1971.


VI. Marx y los concretos universales: La dialéctica de etnia y clase

¿Puede la obra de Marx -y la de Hegel, su mentor filosófico- ayudarnos a resolver el acertijo que nos ha dejado Foucault, así como Marcuse y Halloway? ¿Puede acaso proveernos universales emancipatorios que sean verdaderamente concretos? Y aunque sea éste el caso, ¿sus universales todavía hoy podrían interpelarnos, podrían todavía guiar nuestra práctica?
Como afirmo en mi último libro, Marx at the Margins (14), la crítica marxista del capital era a la vez global y local, universal y particular. Durante cuatro décadas, Marx examinó la relación de la raza, la etnia y el nacionalismo con la revolución, particularmente en Polonia y en la Guerra Civil norteamericana, y en Irlanda. Estos escritos desmienten la idea de que la conceptualización marxista de la modernidad capitalista constituye una gran narrativa totalizante, en la cual son subsumidas las categorías de raza, etnia y nación.

Tomemos, por ejemplo, sus escritos sobre Irlanda de 1869-70, donde se conecta clase con nacionalismo, raza y etnia -un debate que había comenzado con sus escritos sobre Polonia y la Guerra Civil estadounidense. En el seno de la Primera. Internacional, Irlanda fue una de las principales causas de la ruptura con el anarquista Miguel Bakunin, quien no quería que la Internacional se viera envuelta en asuntos no clasistas, como la defensa de los presos políticos irlandeses. Por su parte, Marx pensaba que este asunto estaba íntimamente conectado con la lucha de clases en Gran Bretaña. Todo esto lo condujo a importantes reflexiones teóicas.

Hacia 1870, Marx veía la profunda ligazón de la lucha independentista irlandesa con la lucha de los trabajadores británicos contra el capital. Esto se ve en la “Comunicación confidencial” de marzo de 1870, una réplica a Bakunin que escribió en nombre del Concejo General de la Internacional. La conciencia de la clase trabajadora inglesa, escribió Marx, era atenuada por el prejuicio anti-irlandés, en una dinámica similar al racismo blanco en los EEUU:
“El obrero medio inglés odia al irlandés, al que considera un rival que hace que bajen los salarios y su standard of life (…). Lo mira casi como los blancos pobres de los estados meridionales de Norteamérica miraban a los esclavos negros. La burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro de Inglaterra misma. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío.” (15).

Además, la lucha independentista irlandesa, escribió en su réplica a Bakunin, podría convertirse en la “palanca” que podría desafiar al capitalismo inglés y, por tanto, global como parte de una lucha revolucionaria internacional:
“La iniciativa revolucionaria partirá, sin duda, de Francia, pero sólo Inglaterra podrá servir de palanca para una revolución económica seria (…). Es el único país en el que la forma capitalista, es decir, la agrupación del trabajo en vasta escala bajo el poder de patronos capitalistas se ha extendido casi a toda la producción…… Los ingleses poseen todas las premisas materiales necesarias para la revolución social. Lo que les falta es espíritu de generalización y fervor revolucionario. Sólo el Consejo General está en condiciones de remediarlo y acelerar de este modo el movimiento auténticamente revolucionario en este país y, por consiguiente, en todas partes…… Si bien Inglaterra es el baluarte de los grandes propietarios de tierra y del capitalismo europeo, el único punto en el que se le puede asestar un duro golpe a la Inglaterra oficial es Irlanda” (16).

La última afirmación sobre los terratenientes está referida al campesinado revolucionario irlandés. Su oposición al sistema era acrecentada por la cuestión nacional, ya que la clase terrateniente en Irlanda era en su gran mayoría británica, no irlandesa. Irlanda era además donde la aristocracia terrateniente, parte de la clase dirigente inglesa junto al capitalismo industrial, tenía importantes propiedades. Es de destacar que ese período fue además marcado por el surgimiento del fenianismo, un movimiento nacionalista revolucionario con un fuerte componente clasista enfrentado tanto a los terratenientes irlandeses como a los ingleses.
VII. Marx: Fuerzas productivas y tiempo libre

Por supuesto, el núcleo de los trabajos de Marx examinaba las relaciones capitalistas y su superación, no la emancipación nacional. Después de todo, este fue el centro de sus argumentos sobre el trabajo en Irlanda e Inglaterra, sobre la emancipación nacional irlandesa y sobre la revolución de la clase obrera inglesa (ambas potenciales por supuesto). Todo esto se apoya en las conquistas de la era capitalista, sobre todo el monopolio de las fuerzas productivas. Como desarrolló extensamente en los Grundrisse, estas nuevas fuerzas productivas crearon la posibilidad de tiempo libre creativo para todos en lugar del trabajo embrutecedor, siempre y cuando el capitalismo pudiera ser superado:

“La creación de muchotiempo disponible -aparte del tiempo de trabajo necesario- para la sociedad en general, y para cada miembro de la misma (esto es, margen del desarrollo de todas las fuerzas productivas del individuo y por ende también de la sociedad), esta creación de tiempo de no trabajo, se presenta desde el punto de vista del capital, al igual que en todos los estudios precedentes, como también de no trabajo o tiempo libre (sólo) para algunos. El capital, por añadidura, aumenta el tiempo de plustrabajo de la masa mediante todos los recursos del arte y de la ciencia (…). De esta forma, a pesar de sí mismo, es útil para la creación de los medios de tiempo social disponible, para reducir a un mínimo decreciente el tiempo de trabajo de toda la sociedad y así, volver libre el tiempo de todos para el propio desarrollo de los mismos.” (17).
Eventualmente, sostuvo Marx, este potencial no realizado desafiaría por sí mismo al capitalismo, y los obreros se movilizarían para derribarlo: “Una vez que lo haga……el desarrollo de la fuerza productiva social será tan rápido que…….crecerá el tiempo disponiblede todos. Ya que la riqueza real es la fuerza productiva desarrollada de todos los individuos. Ya no es entonces, en modo alguno, el tiempo de trabajo, la medida de la riqueza, sino el tiempo disponible” (18).
Para Marx, no obstante, este doloroso camino a través del modo capitalista de producción no necesariamente tendría que ser transitado por todas las sociedades, ya que sólo algunas entre las más avanzadas habían desarrollado dichas fuerzas productivas, si bien en medio de toda la explotación y alienación del capitalismo.
VIII. Marx: Los múltiples caminos del desarrollo y de la revolución

Al final de su vida, Marx examinó el asunto de si acaso Rusia y las sociedades agrarias de Asia estarían destinadas inevitablemente a modernizarse a la manera capitalista occidental. En su conocida carta a la revolucionaria rusa Vera Zasulich de 1881, concluyó que eran posibles caminos alternativos de desarrollo. Basó su juicio en gran parte en las marcadas diferencias entre la estructura social del campo ruso (y frecuentemente sus contrapartes asiáticos), con su propiedad comunal y relaciones de producción, y el campo bajo el feudalismo en Europa occidental, con sus relaciones sociales algo más individualizadas. También agregó que sus recientes estudios de la sociedad rusa “me han convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia” (19). En el prólogo a la edición rusa de1882 del Manifiesto Comunista, Marx y Engels sugirieron que un levantamiento provocado por esas formaciones comunales en Rusia podría ser el puntapié inicial de una revolución comunista mundial, si dicho movimiento se conectara con uno similar en territorio del capitalismo occidental.
Por otro lado, Marx elaboró un aspecto filosófico clave durante una de sus reflexiones, que desafía la acusación posmodernista (de F. Lyotard y otros) de que su trabajo constituyera una gran narrativa más, o una totalidad en la cual quedaran subsumidas todas las particularidades. Esto también es relevante en lo que respecta al planteamiento foucaultiano de casos específicos de resistencia contra un holístico Gran Rechazo. Este es un punto que nos conduce nuevamente, tanto a la diferencia con el abstracto universal a la manera kantiana como al tipo hegeliano del universal concreto.

En una carta de 1877 en respuesta a una crítica a El Capital por unilateral del escritor ruso N. K.Mikhailovsky, Marx se defendió de su acusación, según la cual Rusia debería seguir el mismo camino que Inglaterra, haciendo progresar primero sus fuerzas productivas y sólo después podría contemplar la posibilidad de la verdadera emancipación, de una sociedad socialista. En respuesta a sus críticos, y al torpe intento de su mentor Mikhailovsky de defenderlos, atribuyéndole la autoría de una teoría simplemente formalista, Marx negó explícitamente que hubiera desarrollado “una teoría histórico-filosófica sobre la evolución general, fatalmente impuesta a todos los pueblos…” (20). Esto además modificó su posición en los escritos de 1853 para el New York Tribune sobre India, donde implícitamente apoyaba al colonialismo británico como una etapa necesaria en la modernización de Asia, una posición que él y Engels también tomaron con respecto a China en el Manifiesto Comunista (1848).

De este modo, en la década de 1880 Marx no solamente estaba teorizando de manera muy concreta sobre las posibilidades revolucionarias de Rusia en toda su especificidad, mientras ligaba al mismo tiempo el movimiento revolucionario ruso -basado en el campesinado- con el movimiento radical de los obreros occidentales. Además, lo estaba esbozando filosóficamente al desechar explícitamente la necesidad imperiosa de “una teoría histórico-filosófica sobre la evolución general, fatalmente impuesta a todos los pueblos” (21).
IX. Los universales concretos de Hegel

Todo esto estaba basado en el lado más crítico y revolucionario del legado hegeliano, no en sus textos más conservadores como Filosofía del Derecho o Filosofía de la Historia, sino en los más abstractos como Fenomenología del Espíritu, la Ciencia de la Lógica, y Filosofía del Espíritu. Como observó Raya Dunayevskaya: “Precisamente donde Hegel parece más abstracto, donde parece cerrar totalmente las puertas al movimiento general de la historia, allí deja entrar la savia de la dialéctica: la negatividad absoluta.” (22).

Pero como Marx, Hegel también evitó los universales abstractos de tipo kantiano; de hecho, los criticó severamente. Es famoso su ataque a la universalidad abstracta, ejemplificada por “una noche en la cual, como dice el dicho, todas las ovejas son negras” (23). El dardo hegeliano iba dirigido directamente hacia todas las versiones de la razón iluminista que él consideraba demasiado formalistas, las cuales conceptualizaban la experiencia humana por la vía de categorías que descuidaban las particularidades históricas y culturales. En resumen, lo particular estaría siendo engullido por lo universal.

Al mismo tiempo, los particulares hegelianos con frecuencia apuntan en dirección a lo universal. Así, el esclavo desarrolla una “opinión sobre sí mismo” en su famosa reflexión sobre el amo y el esclavo en la Fenomenología, lo que significa un gran paso en el desarrollo de la conciencia humana, parte del camino hacia la negatividad absoluta. Al mismo tiempo, el voluntarismo autosatisfecho y el exagerado sentido de importancia del amo constituyen un callejón sin salida en la misma ruta hacia la emancipación de dicha conciencia.

Por otra parte, de acuerdo con Hegel, lo universal puede algunas veces ejercer presión sobre lo particular, empujándolo hacia la emancipación universal. Este no es un proceso fácil, y conlleva marchas y contramarchas. Algunos de ellos son gigantescos fracasos, el Terror bajo la revolución Francesa por ejemplo el cual, según Hegel, devoró dicha revolución a causa de su intento de saltar con rapidez a la libertad absoluta. Aquí, Hegel nos brinda una crítica avant la lettredel totalitarismo moderno con sus juicios espectaculares y purgas, desde la Rusia de Stalin hasta la Alemania nazi y la China de Mao.

El influjo de lo universal, de la futura emancipación siempre está ahí, aun si por momentos se encuentra sumergida, oculta bajo la superficie de la sociedad. Por ejemplo, en algún punto -en una declaración que enfurece a empiristas y realistas- Hegel escribe que “el hecho es, antes de que exista” (24). C. L. R. James posteriormente lo expresó con términos marxistas en su famosa expresión: “el futuro está en el presente” (25).

X. Marx y la emancipación humana

El universal concreto de Hegel está indudablemente relacionado con el concepto marxista de la emancipación humana. En 1859 Marx describió al capitalismo, simplemente, como una parte de la “prehistoria de la sociedad humana” (26). Esto claramente se apoya en el concepto de socialismo, y de la emancipación del trabajo. Este tema puede encontrarse a lo largo de toda su obra, y en su obra de juventud La ideología alemana (en coautoría con Engels), con su visión de la vida en el comunismo como aquella donde el individuo podrá desarrollar tanto el trabajo intelectual como el manual, procurando su comida a la vez que filosofando. Esto marca también las teorizaciones maduras de su Crítica al Programa de Gotha (1875) sobre la superación de “la antítesis entre trabajo manual y el trabajo intelectual” (27).

Marx hace alusión a esta noción de una emancipación completa de la existencia humana no sólo en varios textos cortos, sino además a lo largo de sus trabajos principales de crítica de la economía política, desde los Grundrisse hasta El Capital, como Peter Hudis ha expuesto en su Marx’s Concept of the Alternative to Capitalism. En los Grundisse, Marx escribió:

“…si se despoja a la riqueza de su limitada forma burguesa, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etc., de los individuos, creada en el intercambio universal? ¿(Qué, si no) el desarrollo pleno del dominio humano sobre las fuerzas naturales, tanto las de la así llamada naturaleza como sobre su propia naturaleza? ¿(Qué, si no) la elaboración absoluta de sus disposiciones creadoras sin otro presupuesto que el desarrollo histórico previo, que convierte en objetivo a esta plenitud total del desarrollo de todas las fuerzas humanas, que en cuanto tales, no medidas con un patrón preestablecido? ¿(Qué, sino una elaboración como resultado de)) la cual el hombre no se reproduce en su carácter determinado sino que produce su plenitud total? ¿(Como resultado de) la cual no busca permanecer como algo devenido sino que está en el movimiento absoluto del devenir?” (28)

Una década después, en El Capital, Marx elaboró su concepto del fetichismo de la mercancía, según el cual las relaciones humanas son equivalentes a las relaciones entre las cosas, totalmente objetivadas e instrumentalizadas. Para ser exactos, es una óptica distorsionada, pero también es en parte una realidad que, bajo el capitalismo, eso es “lo que son realmente” las relaciones humanas. Un pasaje escalofriante… Y mientras Marx contrapone el sutil, encubierto fetichismo de la mercancía con la brutal dominación del feudalismo sobre el campesinado, mayormente la comparación es con la aún no nacida sociedad, que está en todo caso preñada con el capitalismo en su interior. Aquí es donde el velo del fetiche que oculta la realidad de las relaciones sociales es barrido por la auto-organización de la clase trabajadora: “La figura del proceso social de vida…… solo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de hombres libremente asociados, estos la hayan sometido a su control planificado y consciente” (29). Esto requiere un “fundamento material” que se ha desarrollado a través de un largo y doloroso proceso, durante muchos siglos (p.173).

Trabajo libre y asociado es también el término que utilizó Marx para describir la Comuna de París (1871) en La guerra civil en Francia. Allí, afirmó que la Comuna constituyó “la forma política más avanzada descubierta bajo la cual conseguir la emancipación económica del trabajo” (30). Del mismo modo, tan pronto como en 1843, escribió sobre la diferencia entre la emancipación meramente política y la completa emancipación humana: “la emancipación política representa un gran progreso y, aunque no sea la forma última de la emancipación humana en general, sí es la forma última de la emancipación humana dentro del orden del mundo actual” (31); (32); (33).

Este dialéctico y prefigurativo punto de vista está muy lejos del concepto foucaultiano de pluralidad de resistencias, un concepto que impide plantear la visión de un futuro en el cual dichas resistencias podrían ya no ser necesarias.

Para ser exactos, Marx mencionó el término resistencia de vez en cuando, por ejemplo, en su descripción de la lucha de los trabajadores contra las voraces pretensiones del capital, por la disminución de las horas de trabajo: “No bien la clase obrera, aturdida por el estruendo de la producción, recobró el conocimiento, comenzó su resistencia, y en primer lugar en el país natal de la gran industria, Inglaterra” (34). Pero él lo ligaba a un más amplio concepto de la emancipación humana.

Incluso Holloway, uno de los críticos más incisivos desde la izquierda a Foucault, falló al momento de desarrollar completamente dicho futuro de emancipación a un nivel filosófico, basado como está en una forma de negatividad dialéctica, la de T. Adorno, en la cual lo positivo al interior de lo negativo es dejado de lado, si no abiertamente rechazado. Como escribieron Arvind Gosh y Peter Hudis:

“Lo que Holloway falla en discriminar, de todos modos, es que para Marx la mera negatividad no supera por sí misma el fetichismo de la mercancía. En el primer capítulo de El Capital no dice que el embrujo del fetichismo de la mercancía pueda ser roto simplemente a través de la ´resistencia cotidiana´ o la pura negatividad. En cambio, dice que dicho embrujo es roto cuando tenemos ´a cambio, la mancomunidad de individuos libremente asociados´”(35). Esto señala la limitación de la noción del grito de Holloway, como se ha mencionado más arriba.

XI. Conclusiones

1. Las teorías de la resistencia basadas en Foucault, además de otras discusiones contemporáneas, exhiben serios problemas, entre ellos nociones de resistencia que fallan en distinguir entre diferentes tipos de resistencia al poder, ya sean reaccionarios o emancipatorios.
2. Otro problema es que la noción de resistencia a menudo implica una serie de circularidad o permanencia de resistencia -y de poder- que obstruye la posibilidad de una trascendencia del capital y del Estado de una manera positiva, emancipatoria.
3. El Gran Rechazo de Marcuse, que Foucault atacó injustamente, es un ejemplo clave de política verdaderamente emancipatoria. Al mismo tiempo, sin embargo, el Gran Rechazo es demasiado abstracto, con vestigios del formalismo kantiano, proporcionando así una brecha para el tipo de críticas formuladas por Foucault.

4. Un regreso a Marx posteriormente a estos debates entre resistencia y emancipación demuestra que su dialéctica general -arraigada en Hegel- no es la de un universalismo abstracto, sino que contiene espacio suficiente para abarcar las especificidades de nación, etnia y raza, asuntos sobre los cuales él hizo contribuciones importantes y originales. La teorización de Marx sobre raza, etnicidad y nacionalismo en relación con clase y revolución permanece muy relevante en la actualidad, como puede verse por ejemplo en las revueltas de la juventud británica de 2011.
5. Especialmente en sus últimos escritos, Marx teorizó sobre modos autóctonos de oposición al capital y su necesidad de conectarse con las clases trabajadoras de los sectores más desarrollados tecnológicamente (y viceversa). La persistencia de estos asuntos puede ser observada principalmente hoy en algunas partes de América Latina, como Bolivia.
6. Por último, el proyecto intelectual de Marx en conjunto es guiado por la visión futura de una sociedad emancipada. Este es el punto de vista desde el cual evaluaba, criticaba, y basó sus intentos de trascender la sociedad capitalista.
Kevin B. Anderson es profesor en la Universidad de California, Santa Bárbara, y autor de varias obras, entre ellas Marx at the margins: On Nationalism, Ethbicity and Non-Western Societies.

Traducción para viento sur: José Saraví

Notas
1.  Anderson, K. (2012) “Year Two of the Arab Revolutions”, Logos Journal11:4.
2.  Foucault, M. (2014), Historia de la sexualidad vol.1. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, p. 116.
3.  Op. cit., pp 116/17.
4.  Weinberg, B. (2012). “Will American Left Betray Heroine Malala Yousafzay?”, World War 4 Report, 12710/2012 http://www.ww4report.com/node/11487.
5.  AfaryJ. y Anderson K.(2005) Foucault and the Iranian Revolution, Chicago: University of Chicago Press, p. 239.
6.  Op. cit., p. 241.
7.  Holloway, J. (2002) Cambiar el mundo sin tomar el poder, Chile-Argentina: Editorial Herramienta, p. 45.
8.  Introducción a Marcuse, Psychoanalysis and Emancipation, Nueva York: Routledge, 2011, p. 63.
9.  Marcuse, H. El hombre unidimensional, Barcelona, Planeta – Agostini, 1985, pp 285/6.
10.             Marx, K. (1978) En Fromm (comp.) Marx y su concepto del hombre. México: Fondo de Cultura Económica, p. 183.
11.             Holloway, J. Op. cit., p 13.
13.             Sobre la ausencia de un concepto de negación determinada en el pensamiento de Marcuse, ver Kellner, H. Herbert Marcuse and the Crisis of Marxism, Berkeley: University of California Press, 1984.
14.             Anderson, K. (2010) Marx at the Margins: On Nationalism, Ethnicity and Non-Western Societies. Chicago: University of Chicago Press. (Disponible en Internet).
15.             Marx, K. Extracto de una comunicación confidencial,http://www.marxists.org/espanol/m-e/i870s/educ70s.htm.
16.             Marx, K. y Engels, F.Op.cit.
17.             Marx, K. Grundrisse. México, Siglo XXI Editorial, pp 231/2.
18.             Marx, K. Op. cit., pp 231/2
19.             Marx, K. (1990), “Borradores de una respuesta”. En T. Shanin (ed.), El Marx tardío y la vía rusa, Madrid: Editorial Revolución, p.160.
20.             Marx, K. Op. cit., p. 174.
21.             Marx, K. Op. cit., p. 174.
23.             Hegel, G. (1992) Fenomenología del Espíritu, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p. 15.
24.             Hegel, G., Ciencia de la Lógica vol. 2.
25.             James, C. L. R. (1980), “Dialectical Materialism and the Fate of Humanity”. Spheres of Existence: Selected Writings, Londres: Alison & Busby, p. 79.
26.             Marx, K. (2014),“Crítica del Programa de Gotha”, Antología. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, p. 346.
27.             Hudis, P. Marx´s Concept of the Alternative to Capitalism (Leiden: Brill, 2012).
28.             Marx, K. Grundrisse vol. I, pp 447/448.
29.             Marx, K. (2012)El Capital, vol. I, Buenos Aires: Siglo XXI Editores, p. 97.
30.             Marx, K. La Guerra civil en Francia. Disponible en:marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/guer.htm.
31.             Marx, K. (2014) “Sobre la cuestión judía”. Antología, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, p. 36.
32.             Comninel, G. “Emancipation in Marx´s Early Work”, en Marx for Today, ed.:Musto, M, Nueva York: Routledge, 2012, pp 73-91
33.             En mi libro Marx at themargins he reflexionado sobre las limitaciones en la caracterización de los judíos y el judaísmo contenidos en el ensayo de Marx.
34.             Marx, K. (2017) El Capital, vol. I, p. 345.
35.             “Can We Change the World without Taking Power?” Open Space Forum (India), 19 de octubre de 2005. http://www.openspaceforum.net/twiki/tiki-read_article.php?articleId:49). Gosh, A. y Hudis, P.