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domingo, 3 de mayo de 2020

¿ESTAMOS ANTE EL PRÓXIMO COLAPSO DEL IMPERIO NORTEAMERICANO?




Hay que prepararse ante el colapso fosilista
Covid-19, el petróleo, el virus de Wall Street y Estados Unidos

28/04/2020 | Tom Kucharz, Luis González, Ivan Murray, Luis Flores 

La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda mundial de petróleo en abril estará en un nivel visto por última vez en 1995. Lo que podría ser una buena noticia para el clima. Aun así, se prevén temperaturas récord este año por el calentamiento global. Los mercados anuncian un batacazo descomunal del precio de los hidrocarburos porque fallaron las apuestas financieras sobre los futuros del petróleo, un gigantesco mercado especulativo. Probablemente, llega el estallido de la burbuja de la industria del fracking en Estados Unidos que podría dañar severamente a sus bancos.
Más allá de la coyuntura de estas últimas semanas, en realidad, el precio de las materias primas en lo que va de siglo, y entre ellas destaca claramente el petróleo, se ha caracterizado por ser alto y fluctuante. Además, la industria petrolera ha jugado históricamente un papel decisivo en las crisis económicas y políticas.

¿Qué ha pasado?

El 20 de abril de 2020 ha sido uno de los días más asombrosos en el comercio de carburantes. El precio futuro del petróleo de EE UU, el West Texas Intermediate (WTI), cayó a terreno negativo por primera vez en su historia. El WTI es un índice de crudo producido en Texas y el sur de Oklahoma que sirve como referencia para fijar el precio de otras corrientes de crudo. En vez de pagar por la mercancía, los inversores llegaron a cobrar 37,63 dólares por comprar un barril en EE UU para su entrega en mayo.

Para ser exactos, lo que ha caído un 305% en realidad son los precios de futuros que expiraban —derechos de compra con una fecha de vencimiento fijada—. Los propietarios tenían que vender los contratos o llevarse el petróleo. La demanda ha bajado y, además no tenían sitio donde almacenarlo.

Vale la pena aclarar que en este suceso no son las grandes compañías extractivistas las que han anotado menores beneficios sino aquellos especuladores que tenían esos contratos y no consiguieron venderlos por la sobreoferta. En las gasolineras, los precios no se han desmoronado tanto.

¿Por qué ha caído el precio del petróleo?

En este momento confluyen varios factores. La fuerte reducción de la demanda de petróleo fruto de las medidas de confinamiento y la crisis económica que la pandemia ha acelerado, la sobreoferta de crudo y los límites en el almacenamiento, la especulación financiera, el sobreendeudamiento de las empresas, los problemas estructurales de la industria del fracking en EE UU y las tensiones geopolíticas (Rusia vs. Arabia Saudí, EE UU vs China e Irán, intentos de golpe de Estado en Venezuela, Rusia vs Turquía). Todos ellos han generado presión a la baja sobre los precios.

Un problema de fondo es la falta de control público sobre los mercados financieros y la especulación con el petróleo, que nos lleva a una situación de sobre-extracción. De hecho, se ha empezado hablar del mayor exceso de petróleo de la historia. Igualmente, hay una gran incertidumbre respecto al futuro inmediato para el capital transnacional, fundamentalmente el financiero.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Como consecuencia del coronavirus ha descendido el transporte en las ciudades, el tráfico aéreo —en EE UU -60%, en España -95%— y gran parte de la producción industrial. Las medidas implementadas para frenar la crisis sanitaria han disminuido la demanda de petróleo y productos derivados a nivel mundial. El confinamiento que empezó en China se ha ampliado a 3.000 millones de personas en 187 países. Muchas actividades económicas no esenciales pararon.

Así, el consumo de petróleo en los EE UU se ha caído más del 30%, a los niveles más bajos en al menos 30 años. En el mundo, en el mes de abril la demanda de gasolina y diésel se ha reducido un 33% y el combustible para aviones en 64% comparada con 2019. La demanda de carburantes en Europa es 33% menor de lo que era hace un año.

Al mismo tiempo, los principales extractores —EE UU, Arabia Saudí, Rusia— han seguido bombeando, lo que ha precipitado una mayor caída de los precios del petróleo. Ahora mismo sobran 30 millones de barriles al día y los lugares donde se almacena —refinerías, depósitos, buques— están a punto de llenarse. Esto ha provocado que se dispare también la especulación con el coste de alquiler de los petroleros que ha pasado de los 15.000 dólares diarios en febrero a los 200.000 y 300.000 dólares en marzo.

¿Por qué hay un exceso tan grande de crudo?

La pandemia global llegó justo cuando la extracción de petróleo había alcanzado sus máximos. La organización de los países exportadores de petróleo y otros estados como Rusia llevan meses negociando el recorte en la producción para apuntalar los precios del petróleo porque, entre otras razones, EE UU había inundado el mercado con crudo en los últimos años.

Entre febrero y marzo, cuando Rusia y Arabia Saudí no habían llegado todavía a un acuerdo, Arabia Saudí abrió sus grifos profundizando una “guerra de precios” contra su antiguo aliado Rusia, según la narrativa oficial. ¿O tal vez fue una maniobra para hundir al sector en EE UU?

En el mes de marzo se empezó a avisar que la pandemia estaba llevando el mercado de las materias primas “hacia lo desconocido”. Se informó de la llegada del mayor exceso de suministro de petróleo que el mundo haya conocido. Analistas financieros reconocieron que “el valor marginal de un barril de petróleo, en este contexto, tiende a cero”. Hubiera sido lógico reducir drásticamente la extracción, pero el “mercado autorregulado” se rige por la avaricia.

Los precios del petróleo se desmoronaron a gran velocidad, justo cuando a finales de febrero se registró el récord histórico de extracción en EE UU: 13,1 millones de barriles al día. A pesar del descenso de los precios que lleva meses asentándose, las empresas petroleras estadounidenses no redujeron la velocidad de su extracción.

Las corporaciones petroleras habían pedido mucho dinero prestado por los bancos en los últimos años para perforar miles de pozos, construir tuberías y mantener una maquinaria costosa. Todo ello, sin haber conseguido en ningún momento ser rentables por los altos costes del petróleo extraído mediante fracking frente a otros crudos. Cada vez se requiere invertir más energía y capital para extraer petróleo. Parar esa maquinaria significaba no poder devolver, al menos en parte, esas deudas. Además, dejar de explotar un pozo no es sencillo y puede conllevar que este colapse y no se pueda seguir utilizando en el futuro. Bajo estas premisas, las compañías no podían permitirse dejar de bombear y se ha producido de este modo una loca huida hacia adelante.

Pero a finales de marzo los precios del petróleo se habían reducido a una tercera parte de los de enero. El delirio se hizo insoportable. Empezaron a caer el número de perforaciones en Canadá y Estados Unidos, y las empresas recortaron sus presupuestos. El uso de plataformas de perforación empezó a bajar a toda velocidad. El conteo de las plataformas es considerado como uno de los indicadores más importantes del apetito de inversión y de su confianza en el sector, estrechamente relacionada con la evolución de los precios.

Claramente, el pacto de la OPEP y Rusia del 12 de abril para recortar la producción en unos 12 millones de barriles al día en mayo se va a quedar corto. Los precios del crudo siguen tambaleando.

¿Seguirá disminuyendo la demanda mundial?

Según la Agencia Internacional de la Energía, se espera que la demanda de petróleo mundial caiga en el segundo trimestre de 2020 en 23,2 millones de barriles diarios (Mb/d) con respecto al mismo período de 2019 —esto es una caída del 25%— y se reduzca en una cifra récord de 9,3 millones de barriles al día en 2020. Si se mantiene la reducción del consumo de esta magnitud podría tener una repercusión sobre el capitalismo global de enorme calado. Algunos investigadores apuntan que se trata de una “caída brutal” comparada con la que se produjo con la crisis de 2008 cuando la producción de petróleo cayó un 4%. Antes de la pandemia se extraían cada día unos 100 millones de barriles.

¿Dónde guardar tanto petróleo sobrante?

La capacidad mundial de almacenar crudo está a punto de llegar al máximo. No hay datos oficiales sobre la capacidad de almacenamiento global de crudo. Según la Agencia Internacional de la Energía es de 6.700 millones de barriles, pero resulta muy complicado saberlo porque muchos datos no son públicos. Por ejemplo, hay unos 800 megapetroleros navegando por los mares capaces de albergar conjuntamente unos 1.800 millones de barriles. Las empresas comercializadoras se están gastando una fortuna para acopiar una cantidad récord de crudo en estos buques esperando precios más altos. Algo similar, pero en mucho menor escala ocurrió el año pasado tras los ataques contra instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí.

En algunos meses surgirán más dificultades cuando el crudo empieza a degradarse o inducir la corrosión de las instalaciones.

Otro aspecto a tener en cuenta es la geopolítica asociada a la capacidad de almacenamiento del petróleo. Aunque la información no es muy clara al respecto. Destacan EE UU (1.499 millones de barriles), China (1.440 millones) y Arabia Saudita (329 millones). Ahora lo que va a ser crucial es quién llena antes sus depósitos, es decir quién acaba antes con la capacidad de almacenamiento. Este será el que perderá en el juego geopolítico. Y en este escenario los EE UU están ya al borde del precipicio, lo que podría profundizar aún más la quiebra del “american way of life” y del régimen de Wall Street.

Mirando al bosque, ¿está realmente barato el crudo?

Si tomamos perspectiva histórica, en realidad los precios del petróleo, que están en niveles de 20 dólares el barril ahora mismo se sitúan dentro de la horquilla en el que han fluctuado a lo largo del siglo XX, descontando las crisis del petróleo. No están tan baratos. En el contexto en el que sí están baratos es en el de la historia reciente, pues desde el inicio del siglo estos precios se caracterizan por ser muy volátiles y, en término medio, mucho más caros que los del siglo XX. Esto es consecuencia de tres factores: haber atravesado el pico del petróleo convencional —y probablemente ya de todos los tipos de crudo—, la crisis económica recurrente y la comercialización del crudo a través de los mercados financieros.

Las consecuencias de este escenario de precios volátiles son muy importantes para la industria petrolera en un contexto en el que la extracción cada vez es más cara.

¿Estados Unidos, origen de una nueva crisis?

La crisis financiera de 2007-2008 tuvo su origen en EE UU, y específicamente en Wall Street, por la ruina del sector inmobiliario, activada por la quiebra del mercado de las hipotecas basura, los denominados subprime —entre otras razones—, aunque el epicentro del terremoto se desplazó luego a la UE. Desde hace años, se lleva inflando otra burbuja financiera vinculada a los combustibles fósiles en EE UU y se ha empeorado con la administración de Donald Trump.

En 2010, la extracción de petróleo y gas en rocas poco porosas —como esquisto o pizarra— en los EE UU era mínima. Si bien en 2018, el bombeo mediante la técnica ultra-contaminante de la fractura hidráulica —fracking en inglés— había aumentado en 2,2 millones de barriles por día y en 2019 alcanzó los siete millones de barriles por día —sin incluir el petróleo convencional de Alaska, Texas o el Golfo de México—. El país pasó de ser importador neto durante decenios a ser exportador neto de energía en septiembre de 2019. La Agencia Internacional de la Energía llegó a plantear que los EE UU representarían el 70% del aumento de la capacidad de extracción mundial hasta 2024 y colocó a EE UU en el trío de cabeza petrolero junto a Arabia Saudí y Rusia.

La jugada de Trump y el lobby de los multimillonarios con el “make America great again” [Hacer América grande de nuevo] significaba más petróleo estadounidense para aumentar el consumo doméstico, reducir las importaciones y desestabilizar sus competidores internacionales —Irán, Rusia y Venezuela— principalmente.

Pero para sostener una extracción mucho más cara que la saudí y la rusa, el precio del petróleo debía mantenerse en una horquilla que iría entre los 40$/barril —precio mínimo para que las compañías de fracking empiecen a anotar beneficios— y un máximo en torno a los 120$/barril —cifra a partir de la cual se desencadenaría una escalada de precios que acabaría arrastrando a la economía de los EE UU—. Los últimos datos indican que para cubrir costes se requería un mínimo de 39,2 $/barril, frente a los 2,8$/barril en Arabia Saudí y los 5$/barril de Rusia.

La clave para explicar el crecimiento en la extracción de petróleo y gas de esquisto no ha sido en el campo productivo, sino en el financiero. Muchos pozos no fueron rentables para operar. La mayoría de empresas centradas en fracking gastaron más dinero del que ingresaron. Según un estudio de IEEFA las compañías estadounidenses gastaron 189.000 millones de dólares más en perforación y otros gastos de capital en la última década de lo que generaron al vender petróleo y gas. De hecho, entre 2012 y 2017 las compañías de fracking sumaban unas pérdidas de unos 9.000 millones de dólares trimestrales. Fue el capital financiero y las políticas monetarias del Gobierno —con la tasa de interés a casi cero es barato endeudarse— que permitieron el boom del fracking que en realidad ha sido un fracaso económico, social y ambiental.

Desde 2015, más de 200 productores de petróleo y gas se han declarado en bancarrota, dejando una deuda de 129.000 millones de dólares sin pagar. Solo entre 2020 y 2022, las empresas tendrían que afrontar el vencimiento de sus deudas por una valor de 137.000 millones de dólares. En el tercer trimestre de 2019, el 91% de los impagos de deuda corporativa estadounidense se debía a las empresas de petróleo y gas.

Con la volatilidad y los precios de petróleo tan bajos muchas empresas de fracking no son más que un cadáver. Se cree que la cifra de las quiebras aumentará y la situación empeorará. Para remate, en EE UU se alcanzó el pico de extracción de petróleo de roca porosa.

Trump y el fiasco relativo de controlar el grifo del petróleo

A lo largo de la historia, los vínculos de los gobiernos estadounidenses con la industria petrolera son muy estrechos. El petróleo es un asunto de Estado.

La crisis de hegemonía de los EE UU está estrechamente unida al declive de los hidrocarburos. Sus élites han intentado revertirla mediante, por ejemplo, el proyecto de un “Nuevo Siglo Americano” que propugnaba incrementar la presencia militar en el sureste y centro de Asia para controlar el grifo mundial de petróleo y gas, bajo el pretexto de la “guerra (global permanente) contra el terrorismo”, continuó con la invasión de Iraq y Libia, las sanciones contra Irán y Venezuela y la militarización de América Latina y el Caribe. Pero estos intentos han sido infructuosos. Es más, la Gran Recesión, a partir de 2008, ha acelerado la tendencia.

Los subsidios públicos a los combustibles fósiles alcanzan los 649.000 millones de dólares en 2015, diez veces el gasto federal para la educación. Pero Trump dio un salto más. Colocó un gran número de abogados y ejecutivos de la industria petrolera y automotriz en puestos de alto rango de la administración. Nombró como primer Secretario de Estado (Ministro de Exteriores) a Rex Tillerson, ex presidente de Exxon Mobil, multinacional acusada de haberse beneficiado de la guerra contra Iraq para la venta de petróleo o haber financiado el negacionismo del cambio climático siendo una de las empresas del mundo que más ha contribuido al calentamiento global.
En la reciente pugna entre Rusia y Arabia Saudí, Trump, empujado por la industria petrolera, anunció que llenaría la Reserva Estratégica de Petróleo y tras el desplome de precios de abril dio la orden de comprar hasta 75 mIllones de barriles.

La Administración estadounidense también estaría estudiando pagar a las empresas de petróleo por no extraerlo y dejar en el subsuelo unos 365 millones de barriles a disposición del Gobierno. Aunque esto es más complicado de lo que parece. Parar la extracción es caro e implica la posibilidad física de que el campo no se pueda reabrir. Esta secuencia de acontecimientos da entender que el Gobierno de EEUU, a pesar de su apuesta petrolera, en realidad tiene poca capacidad de maniobra.

El anuncio de Trump en Twitter que “Nunca dejaremos caer a la gran industria de petróleo y gas de EE UU. ¡He dado instrucciones al secretario de Energía y al secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro!”, suena a respuesta desesperada por su pésima gestión de la crisis sanitaria y su miedo a perder las próximas elecciones presidenciales. Incluso pretende usar los programas de alivio económico del coronavirus, cuando millones de estadounidenses están desempleados y con necesidades vitales sin cubrir.

Se sabía desde hace años que la burbuja financiera de las empresas del fracking podría explotar y provocar una nueva crisis financiera global. Las políticas de los bancos centrales han permitido que muchas empresas deficitarias hayan seguido funcionando

Si Trump subió al poder con su eslogan “make America great again”, que resumía su alianza con las petroleras estadounidenses, la crisis de covid-19 le puede pasar factura. La incidencia de la pandemia en los EE UU y sus efectos económicos, como la quiebra de empresas del fracking, se está traduciendo ya en un aumento terrible del desempleo. Además, esas quiebras y el desempleo asociado se producen en zonas donde Trump ganó las elecciones de 2016. Ese apoyo estaba condicionado, entre otras cosas, a la promesa de nuevos empleos. Muchos de esos empleos estaban, directamente o indirectamente, vinculados al “Big Oil”. Así pues, podría perder votos en Texas, Dakota del Norte, Virginia Oriental, Pensilvania y Ohio. Además, en algunos de estos estados Trump ganó de manera muy ajustada.

¿Otra vez Wall Street?

Las políticas de los bancos centrales han permitido que muchas empresas hayan seguido funcionando. Se trata del proyecto político de las élites de los EE UU en el escenario postcrisis subprime, reforzado por Trump. Entre la Casa Blanca, las altas finanzas y la compañías energéticas han puesto en marcha los mecanismos financieros necesarios para sostener todo el entramado de la industria fósil con el objetivo de reducir importaciones y enriquecer aún más —si cabe— a la clase de multimillonarios que pusieron a Trump en el poder. Esto se ha complementado con el desmontaje de políticas de protección ambiental, los planes de transición energética y el hostigamiento a los Estados díscolos, como Irán o Venezuela.

Aun sabiendo que la quiebra de las petroleras podría provocar unas enormes pérdidas o incluso una nueva crisis, las mayores entidades financieras estadounidenses, JP Morgan Chase, Bank of America, Citgroup y Wells Fargo, han financiado cada una con más de 10.000 millones de dólares este peligroso negocio.

Sin embargo, ahora los principales bancos, que han financiado esta industria contaminante, están explorando la posibilidad de retirar la financiación y embargar los activos de las compañías del fracking que no están devolviendo los préstamos. El petróleo y el gas que pretendían extraer no desaparecen. Los bancos pretenden quedarse con las reservas de los productores que han puesto como garantía, creando sociedades de cartera e intentando esperar que pase la tormenta y se recuperen los precios. Aunque esto está por ver.

Otros actores financieros, que también tienen una posición fuerte en el sector, como BlackRock, están pensando en una estrategia de desinversión. El mayor gestor de fondos del mundo contaba con importantes participaciones en las grandes corporaciones petroleras del mundo —ExxonMobil, Shell, BP y Chevron— y en el verano de 2019 presentaba unas pérdidas de 90.000 millones de dólares por sus inversiones en combustibles fósiles. Por ello se postula de repente como nuevo paladín del Pacto Verde Europeo (Geen New Deal) gracias a la ayuda de la Comisión Europea.

El impago de la deuda de las empresas de petróleo y gas en EE UU es un ejemplo flagrante de un sistema económico altamente financiarizado y un modelo empresarial basado en el endeudamiento a bajos tipos de interés. En el mundo, el volumen de la deuda de las empresas alcanzó un máximo histórico en términos reales de 13,5 billones de dólares a finales de 2019, impulsado por políticas monetarias. En todo este tiempo, la calidad general de la deuda corporativa se derrumbó, según un nuevo informe de la OCDE.

¿Cómo puede afectar la caída del precio del petróleo?

El impacto de los “bajos” precios del petróleo se sentiría sobre todo en los EE UU. Lo que valida la estrategia saudí: el colapso de los precios por la sobreoferta eliminará a muchos productores estadounidenses del mercado, obligando a la Casa Blanca a contribuir al ajuste a la baja de la producción mundial.

¿Habrán conseguido Rusia y Arabia Saudí debilitar a la extracción estadounidense? ¿Se hundirá allí gran parte de la industria petrolera? ¿Se verá un diálogo global sobre la producción del petróleo y el precio como hace tiempo no se ha había visto?

Según la Administración de Información Energética de EE UU (EIA), el país podría volver a convertirse en un importador neto de petróleo crudo y productos petrolíferos en el tercer trimestre de este año y continuar así hasta la mayor parte de 2021. Aunque unos precios “bajos” también podrían debilitar los regímenes autoritarios de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes lo que tendría secuelas para todo el Oriente Medio.

¿Cómo es la “nueva normalidad”?

El problema político que se nos plantea en el corto y medio plazo es el siguiente: a medida que la demanda mundial de petróleo se tropieza y sectores como el turismo o transporte aéreo sigan teniendo restricciones, las empresas ligadas a los combustibles fósiles pedirán la intervención del Estado. Como ya está ocurriendo con los rescates para los sectores vinculados al capitalismo fósil: compañías petroleras y automovilísticas, líneas aéreas, turismo, etc.

El desorden global refuerza los argumentos que se plantearon durante numerosas movilizaciones sociales. El Covid-19, como detonante de una nueva crisis global, nos aporta nueva vida y urgencia a las luchas de larga data contra la globalización

En EE UU se aprobó un paquete de estímulo económico de dos billones de dólares. De ellos 500.000 millones para salvar grandes corporaciones. La Reserva Federal ha anunciado que comprará deuda de empresas por 750.000 millones de dólares y existe el riesgo que una gran parte de todo este dinero beneficie a “Big Oil”. La UE también está dirigida por tecnócratas y gobiernos fuertemente capturados por los intereses que ponen el rescate de empresas contaminantes antes que el interés general. El Banco Central Europeo, por ejemplo, favorecerá a las grandes corporaciones, que son las que más han contribuido a la gran crisis socioambiental a la que se enfrenta el planeta, con su compra los bonos de deuda bajo el paraguas de la expansión cuantitativa (Quantitative Easing en inglés).

¿Qué oportunidades alberga un declive energético?

Después de las crisis del precio del petróleo de la década de 1970 siguieron décadas en las que aumentó el consumo de petróleo, así que no podemos esperar ningún cambio progresista de esta caída del precio de petróleo. De hecho, desde la última crisis global hace diez años no se ha hecho casi nada para reducir la demanda de petróleo.

Las élites del poder económico y financiero intentarán aprovechar la situación actual para poner en práctica el conocido manual del capitalismo del desastre. Los gobiernos y muchos medios seguirán fingiendo que los fondos de "reconstrucción” en respuesta a la covid-19 servirán para recuperar el crecimiento a toda costa, cuando en realidad empeoran las perspectivas. Tipos de interés negativos fruto de enormes burbujas monetarias, rescates “trillonarios” con dinero público sin los mínimos criterios medioambientales o sociales —más bien lo contrario—, especuladores pagando porque no les entreguen las materias primas que han comprado, etcétera. Son tantas disfunciones que es inevitable buscar un sistema diferente antes de que el actual implosione. El reciente episodio de especulación financiera por un lado y de límites físicos por otro explica muy bien la necesidad de decrecer económicamente.

El desorden global refuerza los argumentos que se plantearon durante numerosas movilizaciones sociales. El covid-19, como detonante de una crisis global que viene de lejos, nos aporta nueva vida y urgencia a las luchas de larga data contra la globalización, desde las políticas de comercio e inversión hasta la especulación financiera, la agricultura industrial y la deuda externa, para reivindicar la protección de la vida como eje central de nuestras sociedades.

En definitiva, como sociedad tenemos la gran tarea de evitar que se vuelva a repetir la “salida” de la Gran Recesión que ha sostenido las tasas de beneficios de los grandes capitales a costa de incrementar la explotación de las mayorías sociales, y especialmente de las mujeres y las clases populares —rescates del capital financiero con ayudas públicas, recortes sociales y salariales, reformas laborales— y de la naturaleza.

Tenemos la gran tarea de evitar que se vuelva a repetir la “salida” de la Gran Recesión que ha sostenido las tasas de beneficios de los grandes capitales a costa de incrementar la explotación de las mayorías sociales

Los movimientos por la justicia climática deben hacer la máxima presión para evitar estos rescates de la industria fósil y conseguir que todas las ayudas públicas por la covid-19 estén condicionadas a una profunda transformación socioambiental.

Si se cumplen las previsiones y la demanda de carburantes se reduce este año en 9,3 millones de barriles al día respecto a 2019 esto sería bueno para el clima. Aun así, se seguirán quemando a diario cerca de 89 millones de barriles que emitirán unos 270 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada día. Además, el sector tiene previsto gastar otros 335.000 millones de dólares en nueva exploración y extracción de crudo. ¿No sería deseable dedicar este dinero a una transición energética justa? Si de verdad queremos frenar la emergencia climática y evitar nuevas pandemias, hay que dejar la mayor parte del petróleo —y gas, carbón y uranio— bajo tierra.

En vez de salvar nuevamente a la industria petrolera, los gobiernos deberían aprobar planes para su cierre paulatino. Hay estudios señalando que la juventud apoyaría medidas en este sentido.

Otra buena medidas sería prohibir la inversión en combustibles fósiles, como sugiere el informe "Banking on Climate Change" en el que se denuncia que 35 bancos —entre ellos BBVA y Santander— han financiado dicha industria con más de 2,7 billones de dólares en los cuatro años transcurridos desde el acuerdo climático de París de 2015.

Preparémonos ante el colapso fosilista

Aunque cueste hacernos la idea, esta nueva crisis es la antesala del declive de la era fósil y en esta década se producirá una quiebra energética mucho más profunda. Los datos nos indican que no hay ninguna fuente energética alternativa que pueda sustituir el petróleo convencional y, muchos menos, el conjunto de los combustibles fósiles.

Tanto la emergencia sanitaria y climática son una oportunidad para impulsar cambios profundos. No sólo hay que invertir más en los servicios públicos y revertir las privatizaciones, también relocalizar las economías, reducir el consumo, volver a la planificación, regular y gravar fuertemente las corporaciones y actores financieros, e incluso expropiar sectores vitales, recortar el gasto militar y restituir nuestras deudas con el Sur global.

Para garantizar una vida digna para todo el mundo, hay que redistribuir de arriba a abajo, tanto los ingresos como la riqueza. Y este proceso debe ir acompañado de una fuerte reducción y redistribución del tiempo de trabajo remunerado, y un reparto equitativo de los trabajos de cuidados. Hay que erradicar la pobreza como el factor más importante que crea miedo e incertidumbre. Por eso también necesitamos un impuesto a las rentas altas para financiar la renta básica.

27/04/2020

lunes, 6 de abril de 2020

COVID19 Y LA DOCTRINA DEL SHOCK EN LOS MERCADOS FINANCIEROS


 5 ABRIL, 2020  

Luis Flores. Publicado originalmente en https://www.elsaltodiario.com/

Hace algo más de un mes, el 20 de febrero, el principal índice de la Bolsa de Nueva York, el Standard and Poors 500, alcanzaba sus máximos históricos. Los mercados de valores confirmaban así la visión de un ciclo eterno de prosperidad de la economía estadounidense. Las cotizaciones de las compañías parecían no tener límites, impulsadas por un crecimiento ininterrumpido del PIB durante 11 años —el más largo desde que se tienen registros—, una política monetaria complaciente y grandes rebajas de impuestos a las empresas. Y ello pese a que desde marzo de 2009 el S&P 500 se había revalorizado un 398%.
En realidad, y aunque con sus altibajos, no solo la bolsa americana ha disfrutado de una década prodigiosa. Los bonos o títulos de renta fija emitidos tanto por Estados como por empresas para obtener financiación de los mercados han alcanzado valoraciones nunca vistas. La razón principal han sido los estímulos monetarios implementados por los bancos centrales en forma de bajadas de tipos de interés y compras masivas de bonos o  Quantitative Easing (QE).

Básicamente, los QE crean dinero, pero en lugar de hacerlo el Estado emitiendo deuda pública —Letras del Tesoro, Bonos y Obligaciones, dependiendo de su plazo— para financiar gasto público, lo hace el Banco Central comprando deuda pública ya existente a bancos y fondos de inversión que la tienen en sus carteras. La diferencia es que en el primer caso el Estado decide en qué gastar el dinero, y en el segundo el dinero se destina a proporcionar liquidez a los inversores. No es poca diferencia.
Los estímulos monetarios por parte de los bancos centrales y otras medidas inicialmente diseñadas como extraordinarias y encaminadas a salir de la gran recesión de 2009, se han convertido en la receta fácil ante cualquier perturbación en los mercados

Estas medidas, que inicialmente se diseñaron como extraordinarias y encaminadas a salir de la gran recesión de 2009, se han convertido en la receta fácil ante cualquier perturbación en los mercados. Episodios como el estallido de las primas de riesgo de los países periféricos de la UE en 2012, el Brexit o las guerras comerciales de Trump han provocado caídas de las bolsas que se han tratado sistemáticamente con intervenciones de los bancos centrales inyectando liquidez y comprando activos en mercado.
Estas compras de los bancos centrales hicieron que el precio de los bonos se disparase, y el precio es inverso a la rentabilidad. Cuanto más se paga por algo que “rinde” la misma cantidad, menos rentable es esa inversión. El precio de los bonos subió tanto que su rentabilidad se volvió negativa en la mayor parte de Europa —hasta -0,80% anual en el bono alemán a diez años—. Para las grandes corporaciones estas intervenciones han significado un inmenso regalo, llegando muchas de ellas a emitir bonos a tipos negativos, es decir, a recibir dinero por endeudarse.
La necesidad de conseguir rentabilidad se ha convertido en ansiedad. Con las bolsas y los bonos disparados, se ha ido empujando a los inversores a buscar nuevos tipos de activos en los que colocar su dinero. Algunos ya eran típicamente objeto de inversión, como el sector inmobiliario, donde los precios en muchos segmentos han superado a los de la anterior burbuja. Otros han empezado a serlo o han sufrido una financiarización extrema.
Infraestructuras de todo tipo, desde autopistas, puertos o aeropuertos hasta megaproyectos de energías renovables, pasando por residencias privadas de estudiantes. Todo tipo de servicios públicos diseñados bajo fórmulas de colaboración público-privada para ser empaquetados y vendidos a grandes inversores. Y por supuesto los recursos naturales, incluso el agua, entendida como un recurso cada vez más escaso y por lo tanto valioso, se han convertido en productos de inversión. Y si un día te encuentras en apuros descuida, siempre habrá un banco central a quien vendérselo.
Para las grandes corporaciones estas intervenciones [de los bancos centrales] han significado un inmenso regalo, llegando muchas de ellas a emitir bonos a tipos negativos, es decir, a recibir dinero por endeudarse.

Hasta las criptomonedas aprovecharon la ola, y aunque pincharon antes, llegaron a tener una capitalización de 800.000 millones en 2018 —ahora es menos de una cuarta parte—. Proyectos como Tron, que en septiembre de 2017 salió al mercado captando de inversores 58 millones de dólares a los cuatro meses valía 13.392 millones. Se multiplicaron los unicornios de internet, empresas que alcanzan la barrera de 1.000 millones de dólares de valoración sin haber llegado en muchos casos a generar beneficios.

Hasta se han creado fondos para invertir en los litigios de multinacionales contra Estados derivados de los nefastos Tratados de Comercio e Inversión, financiando las demandas a cambio de un porcentaje del resultado. Todo, absolutamente todo, es objeto de especulación por el enorme exceso de liquidez que es necesario rentabilizar.

En definitiva, ese océano de liquidez creado por los bancos centrales con el argumento de favorecer el crédito a empresas y familias ha servido para inflar artificialmente el precio de múltiples activos. Se ha extendido además a lugares muy diversos, financiarizando actividades controvertidas y creando graves distorsiones en los mercados como reconocen hasta sus propios participantes.
Cada rincón del planeta se ha convertido actualmente en algo sujeto a la especulación financiera en gran medida por la actuación de los bancos centrales, instituciones públicas, ajenas además a cualquier escrutinio democrático ni rendimiento de cuentas

Cada rincón del planeta se ha convertido actualmente en algo sujeto a la especulación financiera en gran medida por la actuación de los bancos centrales, instituciones públicas, ajenas además a cualquier escrutinio democrático ni rendimiento de cuentas. Merece la pena recordar que el todopoderoso Mario Dragui fue uno de los directivos de Goldman Sachs que diseñó los mecanismos para que Grecia ocultase la dimensión real de su endeudamiento, años antes de tener rescata por el propio Dragui.
EL CISNE NEGRO
Volviendo a Estados Unidos, ese 20 de febrero en que sus bolsas alcanzaron los máximos de todos los tiempos, ya existía algo llamado coronavirus y ya hacía un mes que se había decretado el confinamiento total de millones de personas en la región de china de Wuhan.
Desde ese día, las bolsas comienzan a retroceder, y sufren su mayor caída semanal desde 2008. La Reserva Federal (la FED) reacciona bajando los tipos de interés del 1,50% al 1,00%.
Cuando la Bolsa estadounidense tomó conciencia de que el covid19, que va confinando país tras país, es un “cisne negro”, en el argot financiero un evento tan extraño que no sucede nunca, sufrió la caída más rápida de su historia

Entre el miércoles 10 y el viernes 13 de marzo la Bolsa estadounidense sufre la caída más rápida de toda su historia. De repente se ha tomado conciencia de que el covid19 que va confinando país tras país es un “cisne negro”, en el argot financiero un evento tan extraño que no sucede nunca. Hasta que sucede.

El domingo 15 la Reserva Federal vuelve a responder rebajando los tipos del 1% hasta el 0%. El lunes la bolsa vuelve a sufrir una caída histórica del 13%. Durante los siguientes siete días la FED lanza cada día una nueva medida con el encabezado siempre de “con el objetivo de facilitar el flujo del crédito a familias y empresas…”. Son en todos los casos facilidades para los bancos, desde proveerlos de liquidez por diversas vías hasta rebajarles requerimientos regulatorios y de información.

Entre estas medidas, retoma un QE que tenía congelado hace tiempo. El importe previsto son 700.000 millones de dólares, similar a los 750.000 millones de euros anunciados en paralelo por el Banco Central Europeo esa misma semana. Se destinarán a comprar en mercado tanto bonos del Tesoro como bonos hipotecarios —emisiones compuestas por paquetes de hipotecas—. Se trata de una medida para generar confianza a los inversores y a los bancos, demostrándoles que la FED está ahí para que puedan deshacer sus carteras si lo desean.

La primera semana la FED compró 125.000 millones de dólares al día. A ese ritmo en seis días agotaría el programa. Supone comprar en mercado cada diez días el equivalente al PIB anual de España.
Y los mercados siguieron cayendo. A mayor caída más se eleva la presión y las expectativas de intervenciones de los bancos centrales. El mercado lanza órdagos en forma de pánico a los reguladores. El viernes 20 de marzo la bolsa de EE UU había perdido un tercio de su valor desde aquel resplandeciente 20 de febrero de máximos históricos.
En tan solo una semana Goldman Sachs ha pasado de estimar una caída del PIB de EE UU del 5% a una caída del 24%. A 31 de marzo su última estimación es de un 34%

Durante el fin de semana todo tipo de bancos de negocios, expertos, y hasta miembros de la propia FED hicieron declaraciones anunciando cifras de paro, caídas del PIB, cuya lectura dejaba en estado absoluto de shock.

En tan solo una semana Goldman Sachs ha pasado de estimar una caída del PIB de EE UU del 5% a una caída del 24%. A 31 de marzo su última estimación es de un 34%.
LA MAYOR INTERVENCIÓN MONETARIA DE LA HISTORIA
El lunes, tras abrir los mercados de nuevo a la baja, la FED anunció por sorpresa un nuevo QE. Y esta vez no pensaba defraudar. Incluía dos novedades muy importantes: la primera es que su importe es ilimitado. Tal cual. Parece un sinsentido que en un planeta de recursos finitos lo único ilimitado sea el dinero. En los medios financieros la llaman irónicamente QEternity.

La segunda novedad es que comprará no solo deuda pública e hipotecaria como hasta ahora sino también de empresas. Crea toda una batería de nuevos programas de entre los que destaca uno destinado eufemísticamente a “grandes empleadores”, esto es, para las grandes corporaciones. Permite a la FED prácticamente cualquier cosa, desde comprar en mercado bonos corporativos ya existentes hasta suscribir emisiones nuevas creadas ad-hoc solo para vendérselas a la FED. Incluso pueden recibir préstamos directos de la FED, con diferimiento del pago de intereses y de capital si así lo desean.

El Gobierno de Trump lanza un rescate en toda regla a las grandes corporaciones, con dos diferencias frente a un rescate “tradicional”: puede aprovecharse de sus ventajas cualquier compañía, sin necesidad de estar en dificultades y ya no existe absolutamente nada a cambio

Es un rescate en toda regla a las grandes corporaciones, con dos diferencias frente a un rescate “tradicional”: puede aprovecharse de sus ventajas cualquier compañía, sin necesidad de estar en dificultades, y no exige absolutamente nada a cambio, a diferencia de lo que suele suceder en los rescates “tradicionales”.
Resultado: la Bolsa estadounidense tuvo la mayor subida diaria desde 1933. La subida que ha continuado varios días hasta alcanzar un 20% a cierre de marzo desde los mínimos de la caída. Y ello, coincidiendo de manera lacerante con el desbordamiento de contagios y fallecimientos por covid19 por todo el país

Un detalle, que ya no extraña en esta época de distopías. La FED ha delegado la ejecución del QE en Blackrock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. Es decir, ha privatizado la intervención del organismo supervisor en los mercados. Soberbio. El conflicto de interés que supone ser a la vez un participante del mercado y el brazo ejecutor de intervenciones billonarias del banco central es inconcebible.
Todas estas intervenciones de la Reserva Federal han ido en paralelo al paquete de ayudas aprobado por el Senado, que asciende a 2 billones de dólares. Es dos veces y media el equivalente lanzado para combatir la recesión de 2009.
Un detalle, que ya no extraña en esta época de distopías. La FED ha delegado la ejecución del QE en Blackrock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. Es decir, ha privatizado la intervención del organismo supervisor en los mercados

Aunque la medida que más se ha publicitado es el helicóptero del dinero que explicaba Yago Álvarez hace unos días, un cheque directo de 1.200 dólares para cada adulto y 500 dólares para los menores, esto solo representa un 14,5% del paquete. Una vez más se desvían cantidades ingentes de dinero público hacía las grandes corporaciones. No es de extrañar siendo Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que trabajó 17 años para Goldman Sachs y fundó posteriormente su propio hegde fund o fondo de alto riesgo especulativo.

La principal medida adoptada por Mnuchin en la administración Trump hasta la fecha ha sido el masivo recorte de impuestos a las empresas realizado en 2017, rebajando entre otros un 40% el impuesto de sociedades. El caso de Fedex es paradigmático: encabezando el lobby anti impuestos, la compañía pasó de tributar 1.500 millones de dólares en 2017 a cero el año siguiente.

A principios de 2020 Mnuchin anunció que estaba trabajando en una segunda oleada de rebajas de impuestos, y como la primera, tendrá el doble efecto de impulsar el precio de las acciones en Bolsa —una de las razones que llevó a Wall Street alcanzar máximos históricos en febrero—, a la vez que se debilitan las arcas públicas.
Entre las partidas de este paquete de ayuda ya firmado por Trump, hay una partida específica de 61.000 millones para apoyar a las aerolíneas. Otra partida de 17.000 millones se dirige a “compañías estratégicas en situación complicada”, que se presume está destinada a Boing. Tan claro es su destino que Boing ha declarado que solo la utilizará cuando se eliminen algunas de las obligaciones que conlleva.
CRISIS FINANCIERA FRENTE A CRISIS CLIMÁTICA
Marzo de 2020 ha sido un mes vertiginoso en los mercados financieros. Algunas bolsas mundiales llegaron a perder un 40% de su valor, como en el caso del Ibex 35, y el apoyo con todos sus medios de bancos centrales y gobiernos han provocado recuperaciones de hasta un 20%.
Pero no han sido solo las bolsas. El coronavirus, al igual que ha quebrado por completo las cadenas de producción globales, ha expuesto nítidamente las múltiples disfunciones de los mercados financieros también globales hoy en día. Tipos de interés, divisas, oro, materias primas, todos están sufriendo en mayor o medida colapsos.
A lo largo del planeta se están ejecutando agresivas intervenciones para literalmente mantener el sistema funcionando. Algunas de ellas superando claramente la capacidad de un banco central en solitario, como la realizada el 15 de marzo que ejecutaron de manera coordinada el Banco de Canadá, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal y el Banco Nacional Suizo. O tan extrañas como la anunciada el 31 de marzo por la FED, en la que ante la escasez de dólares a nivel mundial por haberse convertido en moneda refugio, ofrece cantidades ilimitadas de dólares a cambio de bonos del Tesoro de EE UU a cualquier otro banco central del mundo. Porque además sin dólares no hay comercio internacional, aunque ahora esté congelado.

Todas las herramientas que EE UU desplegó a lo largo de años para salvar a los mercados y salir de la recesión tras la caída de Lehman Brothers, las han utilizado hora en dosis muy superiores en apenas tres semanas
Todas las herramientas que la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU fueron desplegando paulatinamente a lo largo de meses e incluso años para salvar a los mercados y salir de la recesión tras la caída de Lehman Brothers, las han utilizado hora en dosis muy superiores en apenas tres semanas.

La inmensidad de los recursos públicos cedidos a las empresas privadas hace no solo criticable las intervenciones desde el punto de vista moral, sino que muchos piensan que será peor el remedio que la enfermedad.

En el contexto de crisis climática, todos estos programas e intervenciones apuntalan un sistema productivo y refuerzan a las grandes corporaciones y algunas de las industrias más contaminantes del planeta

Pero sobre todo, a día de hoy nos enfrentamos a una crisis climática que requiere transformaciones inmediatas y radicales en los sistemas productivos, sociales y económicos. Todos estos programas e intervenciones para soportar a los mercados de valores apuntalan un sistema productivo y refuerzan principalmente a las grandes corporaciones en general, y a algunas de las industrias más contaminantes del planeta en particular.
En EE UU, sin pudor ninguno la primera industria que se ha propuesto rescatar “aprovechando” el coronavirus es la de las exploraciónes pretroliferas y fracking. Y en Canadá exactamente lo mismo.

Aprovechando el coronavirus estamos viviendo una aplicación acelerada de la doctrina del shock o capitalismo de desastre. Como relata Naomi Klein en su última entrevista virtual con El Salto y en el inspirador Decir NO no basta, y anticipando muchas de las medidas adoptadas estos días, el actual vicepresidente Mike Pence fue quien encabezó una lista de propuestas que Bush aprobó en respuesta a la catástrofe del huracán Katrina. En el plano ambiental Pence “consiguió” derogar las regulaciones ambientales en la costa del Golfo y que se diese luz verde a las extracciones petrolíferas en el Ártico.

Es estas pocas semanas de crisis, además de rescatar a la industria del fracking y otros combustibles fósiles —hundida por la guerra de precios Arabia Saudí-Rusia—, los enormes programas de estímulos han dejado completamente al margen al sector de las energías renovables, suspendiéndose o no renovándose incluso incentivos fiscales ya existentes con anterioridad. Tampoco es de extrañar siendo el director de la Agencia de Protección de Medioambiente Andrew Wheeler, quién trabajó entre 2009 y 2017 en un lobby enfocado a rebajar la legislación medioambiental y a defender específicamente a la industria del carbón.

Y como ha confirmado Mnuchin el 1 de abril, ya está trabajando en un segundo paquete de otros dos billones de dólares, enfocado en la construcción de infraestructuras, lo que sin duda será un nuevo desastre en términos medioambientales.

El Banco Central Europeo destinará 750.000 millones de euros a comprar bonos de las principales corporaciones del continente, entre ellas algunas de las empresas de combustibles fósiles más contaminantes, como Enel, Total, Repsol, Shell, Naturgy, o ENI

En Europa, el QE anunciado por el Banco Central Europeo tiene el triste nombre de Pandemic Emergency Purchase Programme (PEPP). Dispone de 750.000 millones de euros, que se destinarán en gran parte como ha denunciado Ecologistas en Acción, a comprar bonos de las principales corporaciones del continente —aquí la lista completa—. Entre los beneficiarios se encuentran algunas de las empresas de combustibles fósiles más contaminantes, como Enel, Total, Repsol, Shell, Naturgy, o ENI.

El importe del nuevo QE supone 12,5 veces el presupuesto anual de la Unión Europea para crecimiento sostenible. Y puesto en perspectiva global es una partida inferior a la destinada al rescate de aerolíneas en EE UU.
En el momento actual las medidas monetarias y fiscales que están adoptando frente al coronavirus bancos centrales y gobiernos tienen una escala tan enorme, un sesgo tan acentuado hacia las corporaciones frente a las personas y están dejando tan de lado la transición energética que chocan contra los límites del planeta.
¿EL FIN DE LOS MERCADOS FINANCIEROS?
Las intervenciones en auxilio de las compañías cotizadas con la excusa de evitar el colapso en los mercados financieros están teniendo unas dimensiones tan desproporcionadas, que paradójicamente podrían acabar con ellos tal como se han entendido en la historia del capitalismo.
De hecho, llaman la atención comentarios incluso desde el sector financiero preguntándose qué sentido tienen los mercados de valores cuando prácticamente todo estará garantizado por la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU.
Es más necesario más que nunca el escrutinio colectivo del uso de los fondos públicos y de las políticas monetarias y fiscales. De lo contrario, cuando salgamos la doctrina del shock, real y financiera, puede haber acabado con todo

Y mientras, en Europa empiezan a lanzar globos sonda sobre la posibilidad de que el BCE compre directamente acciones de las compañías, como lleva haciendo el Banco de Japón diez años en su paranoia monetaria. De hecho, está entre los primeros diez accionistas en la mitad de las compañías cotizadas de su país, renunciando además a sus derechos de voto como accionista y por tanto a la capacidad de apoyar medidas contra la crisis climática o de buen gobierno corporativo.

El estado de confinamiento físico hace necesario más que nunca el escrutinio colectivo del uso de los fondos públicos y de las políticas monetarias y fiscales. De lo contrario, cuando salgamos la doctrina del shock, real y financiera, puede haber acabado con todo.