Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el país tramposo, atorrante, racista, villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme.
por Redaccion
de Diario de Vallarta y Nayarit
Por Mariano Gonzalez Lacroix /
Zona-militar
Hace
unos años escribí, en un trabajo académico para la Universidad de Santiago de
Compostela, que la comunicación se había convertido en el campo de batalla del
siglo XXI: que la información se había letalizado, que las guerras
modernas se libran tanto en las redes como en el terreno, y que los países
periféricos —con instituciones más frágiles y menos capital político para
resistir presiones— serían el escenario predilecto de esas operaciones. Puedo
sostener que cuando lo escribí pensaba en Ucrania, en Siria, en las primaveras
árabes, en las aproximaciones hibridas de las potencias. No pensaba que la
demostración más didáctica del fenómeno, aplicada a la Argentina, iba a llegar
por el lado de un partido de fútbol. Y sin embargo acá estamos: viendo cómo una
jugada, un pasado festejo y una bandera se convirtieron en cuestión de horas en
una narrativa internacional coordinada cuyo objetivo excede largamente lo
deportivo. El blanco aparente es Lionel Messi. El blanco real parece otro.
Desde
este medio*, y como reconocimiento al mayor exponente de poder blando que tiene
este país, nos proponemos una rápida columna. Pero vayamos a reconstruir el
mecanismo de lo que pasó, porque el mecanismo es la noticia. Un episodio de
impacto político, pero menor en un estadio —del tipo que ocurre en cualquier
mundial, protagonizado por cualquier selección— es tomado por un puñado de
cuentas de altísimo alcance del ecosistema mediático británico. Un conductor
televisivo con nueve millones de seguidores transforma la reacción deportiva en
agresión nacional e invoca, sin pudor alguno, la guerra de Malvinas: desea que
a los argentinos “los derroten tan duramente como nosotros los derrotamos” en
1982. Una cadena deportiva con más de dos millones de seguidores instala en
simultáneo la narrativa del castigo: Argentina “arriesga sanciones”, Argentina
es favorecida por los árbitros, Argentina es “vergonzosa”. Un tabloide del
mismo conglomerado corporativo —porque varias de estas usinas responden al
mismo paraguas empresarial— remata con los calificativos
morales: shameless, disgraceful. Trece millones de seguidores
potenciales entre tres cuentas, mensajes sincronizados en ventana de horas,
escalada semántica de lo deportivo a lo nacional y de lo nacional a lo militar.
Del otro lado del Atlántico, grandes cabeceras estadounidenses que venían
sembrando desde hace meses una smear campaign cuidadosamente armada
contra el país y su selección recogen el guante y le dan volumen global. Nada
de esto prueba, por sí solo, quién originó la operación. Pero prueba algo más
importante: que existió una operación, con actores identificables, frases
fabricadas para viralizar y la masa crítica de audiencia necesaria para que los
algoritmos hicieran el resto.
Esto
tiene nombre técnico. En la literatura de defensa se llama guerra
cognitiva: la disputa por las percepciones, las valoraciones y las emociones de
las audiencias como terreno de enfrentamiento en sí mismo. Su materia prima es
lo que el clásico Walter Lippmann describió hace un siglo con precisión quirúrgica:
cuando la experiencia contradice el estereotipo, el operador mediático no
corrige el estereotipo — desacredita al testigo, encuentra el defecto, se
arregla para olvidar la contradicción. Argentina, que venia de campeona del
mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán y una hinchada
que generó una conexión universal desde el mundial anterior, contradice el
estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el del país tramposo…
el atorrante, el racista… un villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se
fabrica el incidente que lo confirme. Y se lo repite —miente, miente, que algo
quedará— hasta que la conversación global ya no sea sobre el fútbol argentino
sino sobre la vergüenza argentina.
La
elección del blanco tampoco es casual, y acá es donde el análisis de defensa
tiene algo que decir que el análisis deportivo no alcanza a ver. Messi no
es solamente un futbolista: es el principal activo de poder blando que tiene la
República Argentina. Para este redactor es así. Si quieren lo discutimos.
En
términos de Joseph Nye —el teórico que definió el soft power como la
capacidad de influir por atracción antes que por coerción—, la figura de
Messi vale más que embajadas enteras: un ídolo global percibido universalmente
como talentoso, humilde y decente, que transfiere la simbología y emotividad de
una remera con franjas celestes y blancas. Degradar esa figura —convertir al
héroe deportivo en símbolo de trampa y arrogancia— no es un daño deportivo: es un
daño estratégico. Es exactamente lo que muchos analistas y académicos en
materia de comunicación describieron como la construcción de la “imagen
enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar las características de un
actor a través de un mensaje emocional dirigido, para erosionar su legitimidad
ante audiencias globales. Se hizo con países enteros antes de cada intervención
de las últimas tres décadas. Aplicado a una selección de fútbol, el manual es
idéntico; solo cambia la escala.
Quiero
detenerme un poco acá, porque la difamación duele el doble cuando ataca
precisamente aquello que mejor define la simbología de un país. La Argentina
que estas usinas presentan como racista, intolerante y vergonzosa es el país
que durante un siglo y medio recibió a todos los que quisieron habitar su suelo
— gallegos e italianos, sirios y libaneses, judíos de Europa oriental y
armenios que escapaban del genocidio, croatas, japoneses, coreanos, bolivianos,
paraguayos, venezolanos. Sin guerras religiosas, sin conflictos étnicos, sin
guetos impuestos. El famoso crisol de razas fue un hecho: es una rareza
histórica mundial que la Argentina construyó y sostuvo mientras buena parte del
planeta se mataba por identidades. Ese capital es un componente central del
prestigio argentino en el mundo, y eso no debe taparse bajo ningún punto de
vista por una campaña bien segmentada, operativizada y ayudada por los infames
algoritmos. Que la operación de desprestigio apunte justamente ahí, a
pintar de intolerante a un país que ha sido refugio, confirma que el objetivo
no es corregir una conducta sino desarmar una identidad.
La
pregunta incómoda… ¿por qué la Argentina resulta hoy un blanco tan barato? Y la
respuesta tiene dos partes que este medio, precisamente por ser el más leído en
materia de defensa en Hispanoamérica, tiene la obligación de plantear. La
primera: porque somos comunicacionalmente indefensos. No existe en la
estructura del Estado argentino una capacidad seria de monitoreo, atribución y
respuesta ante operaciones de información hostiles. Las potencias estructuraron
hace años comandos y agencias dedicadas a la guerra informacional; nuestros
vecinos discuten doctrinas de ciberdefensa que incluyen la dimensión cognitiva;
la Argentina ni siquiera tiene el debate.
La
segunda parte es más profunda… porque un país que antagoniza vociferantemente
en el concierto internacional, que rompe puentes de equilibrio y cautela
construidos durante décadas, que convierte su política exterior en un péndulo
de alineamientos absolutos según el humor de cada gestión, se vuelve un
blanco legítimo ante las audiencias globales. La guerra
cognitiva no crea vulnerabilidades: las explota. Cuando la Argentina se
planta en el mundo desde la estridencia y la dicotomía —cualquiera sea el signo
ideológico de turno—, le regala a cualquier operador la materia prima del
estereotipo: el país gritón, imprevisible, fanático. Nuestra mejor tradición de
política exterior fue exactamente la contraria: la del país que hablaba con
todos, comerciaba con todos, recibía a todos y era tomado en serio precisamente
por eso. El soft power argentino no nació con un mundial: se construyó desde la
formación misma de las instituciones de este país, con la educación pública que
atrajo a las élites de la región, con los premios Nobel, con la ciencia, con la
cultura que se exporta sola y muchísimos etceteras más.
¿Qué
hacemos entonces? Primero, llamar a las cosas por su nombre: esto fue una
operación de guerra cognitiva de baja intensidad contra un activo estratégico
argentino, y merece ser analizada con las categorías de la defensa, no solo las
del periodismo deportivo. Segundo, construir la capacidad institucional que no
tenemos: la protección de la imagen-país ante operaciones de información
hostiles debe formar parte de la agenda de defensa y de política exterior
argentina, con doctrina, con estructura y con presupuesto, como ya lo es en
medio mundo. Tercero: recuperar la disciplina estratégica de no regalar nuestro
estereotipo. Cortemos con que todo lo que hizo la Argentina hasta hace 2 o 3
años fue pésimo.
Mientras
seguimos debatiendo, ojalá que la figura que mas poder blando construyó para la
Argentina siga jugando. Por acá unas líneas en homenaje.
*Fuente: zona-militar.com