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sábado, 29 de junio de 2024

CONSEJOS Y ADVERTENCIAS DE UN INVESTIGADOR PARA LOS HISTORIADORES Y SUS VICIOS MÁS COMUNES

 


lunes, 24 de junio de 2024

 

«Hace tiempo que me intereso en la crítica del cristianismo y de los asuntos bíblicos. Han pasado ya 25 años cabales desde que colaboro con un artículo para «Kosmos» sobre el origen de la prehistoria de la Biblia, y dos años después escribí otro para el «Neue Zeit» sobre el origen del cristianismo. Es éste, por consiguiente, un viejo caballo de batalla del que vuelvo a ocuparme. La ocasión para volver a este asunto fue la necesidad de preparar la segunda edición de mi libro «Precursores del Socialismo».

Las críticas al anterior libro −las que yo tuve oportunidad de leer− han encontrado errores, principalmente en la Introducción, en donde yo había ofrecido un breve bosquejo del comunismo del cristianismo primitivo. Se declaró que mi opinión no resistiría la luz de los conocimientos resultantes de las últimas investigaciones. Poco después de aparecer esas críticas, Gohre y otros proclamaron que esta opinión, la de que nada en concreto podría decirse acerca de la personalidad de Jesús, y la de que el cristianismo podría explicarse sin referencia a esta personalidad −primero defendida por Bruno Bauer y después aceptada en sus puntos esenciales por Franz Mehring, y formulada por mí desde 1885−, resultaba ya anticuada.

Por consiguiente, no quise publicar una nueva edición de mi libro, que había aparecido hacía treinta años, sin revisar antes cuidadosamente, basándome en lo escrito últimamente sobre la materia, las nociones del cristianismo que yo había obtenido en estudios anteriores. Como resultado de ello llegué a la agradable conclusión de que nada tenía que cambiarse, pero que las últimas investigaciones me ponían frente a una multitud de nuevos puntos de vista y nuevas sugestiones, que ampliaron la revisión de mi introducción a los Precursores, convirtiéndola en un libro completo.

Por supuesto, no pretendo decir que he agotado la materia, demasiado gigantesca para agotarse. Me sentiría satisfecho de haber tenido éxito en contribuir al mejor entendimiento de aquellas fases del cristianismo que me impresionan como las más esenciales desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia. Tampoco puedo aventurarme a comparar mis conocimientos, en lo referente a las materias de la historia religiosa, con los teólogos que han dedicado toda su vida a ese estudio, mientras que yo he tenido que escribir el presente volumen en las pocas horas de ocio que mis actividades editoriales y políticas me permiten, en una época en que todos los momentos absorbían la atención de cualquier persona que participara en las luchas de clase de nuestros días, de tal modo que poco tiempo podía quedar para lo demás; me refiero al período comprendido entre el inicio de la Revolución Rusa de 1905 y el estallido de la Revolución Turca de 1908.

Pero quizás mi participación intensa en las luchas de clase del proletariado me ofreció precisamente aquellos panoramas de la esencia del cristianismo primitivo que pueden permanecer inaccesibles a los profesores de Teología y de Historia Religiosa.

Jean-Jacques Rousseau ofrece el siguiente pasaje en su «Julia», o «La Nueva Eloísa»:

«Me parece ridículo intentar el estudio de la sociedad −le monde− como un simple observador. Quien desea sólo observar no observará nada, puesto que, siendo inútil en el verdadero trabajo y un estorbo en las recreaciones, no se le admite en ninguna de las dos. Observamos las acciones de los demás en la medida en que nosotros mismos actuamos. En la escuela del Mundo, como en la del Amor, tenemos que empezar con el ejercicio práctico de aquello que deseamos aprender». (Parte II, Carta 17)

Este principio, limitado aquí al estudio del hombre, puede hacerse extensivo y aplicarse a las investigaciones de todas las cosas. En ningún lugar se ganará mucho por simple observación sin participación práctica. Esto es verdad aun refiriéndose a las investigaciones de objetos tan remotos como las estrellas. ¡Dónde estaría hoy la astronomía si se hubiese limitado a meras observaciones, si no se hubiese combinado con la práctica, con el uso del telescopio, análisis espectrales, fotografías! Pero este principio es aún más verdadero cuando se aplica a cosas de esta tierra, con las cuales la práctica nos ha habituado y forzado a un contacto más íntimo que la mera observación. Lo que aprendemos por la simple observación de las cosas es insignificante cuando se compara con lo que con nuestro trabajo práctico sobre las mismas y con las mismas cosas obtenemos. Dejemos que el lector simplemente recuerde la inmensa importancia que el método experimental ha alcanzado en las ciencias naturales.

No pueden hacerse experimentos como medio de investigación de la sociedad humana, pero, no obstante, en cualquier sentido, la actividad práctica del investigador no es de importancia secundaria; las condiciones de su éxito son similares a las condiciones de un experimento fructuoso. Estas condiciones resultan de un conocimiento de los resultados más importantes obtenidos por otros investigadores, y de una familiaridad con un método científico que agudiza la apreciación de los puntos esenciales de cada fenómeno, capacitando al investigador para distinguir lo esencial de lo no esencial, y revelando el elemento común de las varias experiencias.

El pensador, dotado con estas facultades y estudiando un campo en el que se halla ocupado en trabajo activo, no tendrá dificultad en llegar a conclusiones a las que no hubiera tenido acceso de haber permanecido como simple observador. Esto es verdad especialmente en lo referente a la historia. Un político práctico, si se halla dotado con suficiente preparación científica, entenderá más fácilmente la historia de la política y más rápidamente hallará también su posición en su estudio, que un filósofo de gabinete que no ha tenido nunca el más ligero conocimiento práctico de las fuerzas motrices de la política. Y el investigador encontrará su experiencia práctica de un valor especial si se ocupa del estudio del movimiento de una clase social en el cual él mismo ha tomado parte activa, y con cuyo carácter peculiar está, por consiguiente, bien familiarizado. Esta familiaridad con los hechos correspondía hasta ahora, casi exclusivamente, a las clases poseedoras, que monopolizaban los conocimientos. El movimiento de las clases inferiores de la sociedad no ha encontrado todavía sino pocos estudiantes de valor.

El cristianismo en sus principios era, sin duda alguna, un movimiento de las clases empobrecidas de los más variados tipos, que pueden denominarse por el término común de «proletarios», siempre que esta expresión no se entienda referida solamente a los trabajadores asalariados. Un hombre que se ha familiarizado con el movimiento moderno proletario, y que conoce el elemento común de sus fases en los diversos países, por haber trabajado activamente en él; un hombre que ha aprendido a vivir en medio de los sentimientos y aspiraciones del proletariado, luchando a su lado, puede alegar habilidad para entender muchas cosas acerca de los principios del cristianismo, más fácilmente que los instruidos que no han visto al proletariado sino desde lejos. Pero mientras el político práctico, científicamente preparado, tiene ventaja en muchos sentidos sobre el hombre instruido meramente en los libros al escribir su historia, esta ventaja se halla con frecuencia verdaderamente contrabalanceada por la tentación más fuerte a la que está expuesto el político práctico, de permitir que sea perturbada su abstracción. Dos peligros particularmente amenazan las producciones históricas de los políticos prácticos más que las de los investigadores: en primer lugar, pueden tratar de modelar el pasado enteramente de acuerdo con la imagen del presente, y, en segundo lugar, pueden buscar la contemplación del pasado a la luz de las necesidades de su política actual.

Pero nosotros los socialistas, en tanto que somos marxistas, sentimos que tenemos una protección excelente contra estos peligros en la concepción materialista de la historia, tan íntimamente conectada con nuestro punto de vista proletario.

La concepción tradicional de la historia considera los movimientos políticos solamente como la lucha para hacer surgir ciertas instituciones políticas específicas −monarquía, aristocracia, democracia, etcétera−, las cuales, a su vez, las representa como el resultado de específicos conceptos y aspiraciones éticas. Pero si nuestra concepción de la historia no avanza más allá de este punto, si no buscamos los fundamentos de estas ideas, aspiraciones e instituciones, pronto nos encontramos colocados frente al hecho de que en el curso de los siglos estas cosas sufren solamente cambios superficiales, permaneciendo el fondo de las mismas; que estamos siempre tratando con las mismas ideas, aspiraciones e instituciones, recordadas una y otra vez; que toda la historia es una lucha larga e ininterrumpida por la libertad y la igualdad, que se enfrentan una y otra vez con la opresión y la desigualdad, que nunca se realizan y que nunca se destruyen completamente.

Cada vez que los campeones de la libertad y de la igualdad han obtenido la victoria, han transformado siempre sus victorias en bases para nueva opresión y desigualdad, dando por resultado el surgimiento inmediato de nuevos combatientes por la libertad y la igualdad. Todo el curso de la historia aparece, por consiguiente, como un ciclo, siempre volviendo a su punto inicial, una perpetua repetición del mismo drama, en el que sólo cambian las costumbres, pero sin avance real para la humanidad.

Quien sostenga este punto de vista se sentirá siempre inclinado a pintar el pasado copiando la imagen del presente, y mientras más conozca al hombre como lo es actualmente, más tratará de pintar al hombre de las anteriores edades de acuerdo con su modelo presente. Opuesto a este concepto de la historia hay otro, que no se contenta con una consideración de las ideas históricas, sino que trata de descubrir sus causas, que descansan en la verdadera base de la sociedad. Al aplicar este método, nos encontraremos una y otra vez con el modo de producción, el que, a su vez, siempre depende del nivel del progreso técnico, pero no sólo de él.

Tan pronto como iniciamos una investigación de los recursos técnicos y del modo de producción de la Antigüedad, perdemos inmediatamente la noción de que la misma tragicomedia se repite eternamente en el escenario del mundo. La historia económica del hombre ofrece una continua evolución de formas inferiores a superiores, la cual no es, sin embargo, en ningún sentido ininterrumpida o uniforme hacia una dirección. Una vez que hemos investigado las condiciones económicas de los seres humanos en los varios períodos históricos, nos hallamos ya libres de la ilusión de un retorno eterno de las mismas ideas, aspiraciones e instituciones políticas. Entonces conocemos que las mismas palabras pueden, en el curso de los siglos, alterar su significado; que ideas e instituciones que exteriormente se asemejan unas a otras tienen un diferente contenido, que han surgido de las necesidades de diferentes clases y bajo circunstancias también diferentes. La libertad que el proletario moderno demanda es completamente diferente de aquella que era la aspiración de los representantes del Tercer Estado en 1789, y esta libertad, a su vez, era fundamentalmente diferente de aquella por la cual luchaba la Caballería del Imperio Germano al principio de la Reforma.

Una vez que cesamos de considerar las luchas políticas como meros conflictos concernientes a ideas abstractas o a instituciones políticas, y hemos revelado sus bases económicas, nos encontramos en condiciones de entender que en este campo, lo mismo que en el de la tecnología y el modo de producción, se desarrolla una constante evolución hacía nuevas formas, que no hay época que se asemeje a otras, que las mismas palabras y los mismos argumentos pueden tener en distintas épocas muy diferentes significados.

Nuestro punto de vista proletario nos permitirá ver, más fácilmente que a los investigadores burgueses, aquellas fases del cristianismo primitivo comunes con el moderno movimiento proletario. Pero el énfasis puesto sobre las condiciones económicas, que es un corolario necesario de la concepción materialista de la historia, nos preserva del peligro de olvidar el carácter peculiar del antiguo «proletariado», simplemente porque captamos el elemento común de ambas épocas. Las características del proletariado antiguo eran debidas a su peculiar posición económica, la cual, a pesar de sus muchas semejanzas, hacía que sus aspiraciones fueran completamente diferentes a las del proletariado moderno. Mientras la concepción marxista de la historia nos protege del peligro de medir el pasado con el estándar del presente y agudiza nuestra apreciación de las peculiaridades de cada época y de cada nación, también nos libra de otro peligro: el de tratar de adaptar nuestra presentación del pasado al interés práctico inmediato que estamos defendiendo en el presente. Ciertamente que ningún hombre honrado, cualquiera que sea su punto de vista, permitirá el ser descarriado por un engaño consciente sobre el pasado. Pero en ningún campo, como en el de las ciencias sociales, se halla el investigador en tanta necesidad de una mente limpia de prejuicios, y en ningún campo es más difícil alcanzar esa situación.

Es así, porque el trabajo de la ciencia no es simplemente una presentación de aquello que es, dando una fotografía fiel de la realidad, de manera que cualquier observador presente pueda formarse la misma imagen. El trabajo de la ciencia consiste en observar lo general, el elemento esencial en el conjunto de impresiones y fenómenos percibidos, y así proveer un hilo por medio del cual podamos encontrar nuestra posición en el laberinto de la realidad.

El trabajo del arte, también, es completamente similar. El arte tampoco nos da simplemente una fotografía de la realidad; el artista debe reproducir aquello que le impresiona como el punto esencial, el hecho característico de la realidad que él se propone representar. La diferencia entre el arte y la ciencia está en el hecho de que el artista representa lo esencial en una forma física y tangible, por medio de la cual nos impresiona, mientras que el pensador representa lo esencial en la forma de una concepción, de una abstracción. Mientras más complicado es un fenómeno y más reducido el número de otros fenómenos con los cuales pueda ser comparado, más difícil es segregar aquello que le es esencial de aquello que le es accidental. Mientras más se haga sentir la característica sugestiva del investigador y reproductor, más indispensable es, por consiguiente, que su visión sea clara y limpia de prejuicio.

No hay probablemente fenómeno más complicado que el de la sociedad humana, la sociedad de los seres humanos, cada uno de los cuales en sí es más complicado que cualquier otra criatura que conozcamos. Además, el número de organismos sociales que puedan compararse unos con otros, al mismo nivel de desarrollo, es bastante pequeño relativamente. No debe maravillarnos, por consiguiente, que el estudio científico de la sociedad haya empezado después que el de cualquier otra esfera de la experiencia; ni debe asombrarnos que en este campo las concepciones de los estudiosos sean tan ampliamente divergentes.

Estas dificultades se hallan agrandadas más aún si los varios investigadores, como ocurre tan frecuentemente en el caso de las ciencias sociales, tienen intereses prácticos de tendencias diferentes, y a menudo opuestas, en los resultados de sus investigaciones, lo cual no quiere decir que estos intereses prácticos tengan que ser de naturaleza meramente personal; pueden ser, muy definidamente, intereses de clase.

Es manifiesta y completamente imposible preservar una actitud juiciosa hacia el pasado, mientras uno está interesado, en alguna forma, en las oposiciones y luchas sociales de nuestra propia época, contemplando en estos fenómenos de nuestros días una repetición de las oposiciones y luchas del pasado. Las primeras se presentan como meros precedentes, envolviendo una justificación y condenación de las últimas, porque ahora el presente depende de nuestro juicio del pasado. ¿Quién que esté realmente interesado en su causa puede permanecer con criterio imparcial? Mientras más sujeto se halle a su causa, más importantes son para él aquellos hechos del pasado −y los acentuará como esenciales− que parezcan apoyar sus conceptos, mientras relega para el fondo aquellos hechos que parecen apoyar el concepto contrario. El investigador se convierte en un moralista o en un defensor, glorificando o rebajando fenómenos específicos del pasado, porque él es un defensor o un enemigo de hechos similares del presente, tales como la iglesia, la monarquía, la democracia, etc.

El caso es completamente diferente, sin embargo, cuando el investigador reconoce, como resultado de su comprensión de los fenómenos económicos, que no existen simples repeticiones en la historia, que las condiciones económicas del pasado han transcurrido para nunca regresar, que las pasadas oposiciones y luchas de clase son esencialmente diferentes de las del presente, y que, por lo tanto, nuestras ideas e instituciones modernas, a pesar de toda su identidad exterior con las del pasado, son, no obstante, completamente diferentes en su contenido. El estudioso ahora comprende que cada época tiene que ser medida con su propia medida, que las aspiraciones del presente tienen que estar basadas en las condiciones del presente, que los éxitos y fracasos del pasado tienen muy poco significado cuando se consideran solos, y que una mera invocación del pasado, a fin de justificar las demandas del presente, puede llevar directamente al extravío. Los demócratas y los proletarios de Francia se hallaron con esto repetidas veces en el siglo pasado, cuando ponían su fe más en las «enseñanzas» de la Revolución Francesa que en la comprensión de las verdaderas relaciones de clase existentes.

Quien acepte el punto de vista de la concepción económica de la historia, puede adoptar una posición completamente libre de prejuicios hacia el pasado, aun cuando se halle envuelto activamente en las luchas prácticas del presente. Su trabajo puede hacer más perspicaz su visión de muchos fenómenos del pasado, evitando una oscura presentación.

Ese fue el propósito de mi presentación de las bases del cristianismo primitivo. No tuve intención de glorificarlo ni de empequeñecerlo, simplemente el deseo de entenderlo. Yo sabía que cualesquiera que fueran los resultados a que llegase, la causa por la que lucho no se perjudicaría por ello. Cualquiera que sea la luz en que se me aparezcan los proletarios de la Época Imperial, cualesquiera que sean sus aspiraciones, y los resultados de esas aspiraciones, no hay duda de que eran completamente diferentes de los proletarios actuales, luchando y trabajando en una situación completamente diferente y con recursos enteramente diferentes. Cualesquiera que sean los grandes éxitos y realizaciones, los pequeños defectos y derrotas, de los proletarios antiguos, no significan nada para formar un concepto de la naturaleza y perspectivas del proletariado moderno, lo mismo desde una posición favorable que desfavorable.

Pero, siendo éste el caso, ¿existe algún propósito práctico al ocuparse de la historia? El concepto común considera la historia como un mapa para navegar en el océano de la actividad política; este mapa debe indicar los peñascos y los bajos en los cuales han experimentado penalidades otros marinos y capacitar a sus sucesores para navegar en los mares con impunidad. Sin embargo, si los canales navegables de la historia están cambiando constantemente, los bajos varían de posición y se forman en otros lugares, y si cada piloto debe hallar su ruta haciendo nuevos sondeos para su propia navegación en esos canales; si el seguir simplemente la ruta del antiguo plano muy a menudo conduce fuera del camino, ¿para qué entonces el estudio de la historia, excepto quizás como un entretenimiento? El lector que hace esta suposición está realmente tirando el trigo junto con la paja.

Si retuviésemos la anterior figura literaria, tendríamos que admitir que la historia, como una guía permanente para el piloto de la nave del Estado, carece en verdad de utilidad; pero esto no quiere decir que no tenga otro uso para él, la utilidad que pueda sacarle es de naturaleza diferente. Debe usar la historia como una sondaleza, como un medio de estudiar los canales en los que navega, de conocerlos, al igual que su posición en ellos. El único modo de entender un fenómeno es aprender cómo surge. No puedo entender la sociedad del presente a menos que conozca la manera en que ha surgido, cómo sus varios fenómenos, capitalismo, feudalismo, cristianismo, judaísmo, etc., se han desarrollado.

Si yo tuviese una clara idea de la función social, los trabajos y las perspectivas de la clase a la que pertenezco o a la que me he agregado, debería obtener un concepto del actual organismo social, debería aprender a captarlo desde el apropiado ángulo, lo que es una imposibilidad absoluta a menos que siguiese las huellas de su desarrollo. Es imposible ser un guerrero consciente y de visión lejana en la lucha de clase sin un conocimiento de la evolución de la sociedad. Sin semejante comprensión uno depende de las impresiones que le producen las cosas inmediatas que le rodean, y de los momentos inmediatos, y nunca se está cierto de que estas impresiones no lo tienten hacia canales que aparentemente conducen a la meta, pero que realmente lo llevan a uno a los arrecifes, de los que no hay escape.

Por supuesto que muchas luchas de clase han tenido éxito a pesar del hecho de que los participantes no han tenido una concepción clara de la naturaleza esencial de la sociedad en que vivían. Las condiciones para semejante éxito de lucha se extinguen en la sociedad actual, exactamente lo mismo que está llegando a ser un absurdo cada vez mayor, en esta sociedad, permitir el dejarse conducir simplemente por el instinto y la tradición para la selección de los propios alimentos y bebidas. Estas guías fueron quizás suficientes bajo condiciones naturales, simples. Mientras más artificiales devienen nuestras condiciones de vida, debido al progreso de la industria y de las ciencias naturales, más se apartan de la naturaleza, más necesario es para el individuo el conocimiento científico requerido para la selección, entre la superabundancia de productos artificiales disponibles, de aquellos que son más convenientes para su organismo. Mientras los hombres bebían agua solamente, era suficiente tener un instinto que los condujera a buscar buenas aguas de manantiales y evitar las aguas estancadas de los pantanos. Pero este instinto es inútil en presencia de nuestras bebidas manufacturadas; el conocimiento científico es ahora una necesidad absoluta.

Muy semejante es el caso en la política y en la actividad social en general. En las comunidades de la Antigüedad, a menudo muy reducidas, con sus condiciones simples y transparentes, permaneciendo inalterables por siglos, la tradición y el «simple sentido común», en otras palabras, el buen juicio que el individuo había obtenido de la experiencia personal, eran suficientes para mostrarles su lugar y sus funciones en la sociedad. Pero hoy, en una sociedad cuyo mercado abarca el mundo entero, que está en proceso de constante transformación, de revolución industrial y social, en la que los trabajadores se están organizando en un ejército de millones, y los capitalistas están acumulando miles de millones, es imposible para una clase que se levanta, una clase que no puede contentarse con la retención del «statu quo», que está obligada a aspirar a una completa reconstrucción de la sociedad, conducir su lucha de clase en forma inteligente y triunfal por un mero uso del «simple sentido común» y del trabajo de detalle de los hombres prácticos. Se hace necesario para cada combatiente ampliar su horizonte por medio de conocimientos científicos, captar las operaciones de las grandes fuerzas sociales en el tiempo y en el espacio, no para abolir el trabajo en detalle, ni aun para relegarlo al fondo, sino para alinearlos en una relación definida con el proceso social como un todo. Esto se hace aún más necesario desde que esta sociedad, que ahora prácticamente abraza el globo entero, lleva hacia adelante cada vez más su división del trabajo, limitando al individuo más y más a una simple especialidad, a una simple operación, y haciendo de ese modo progresivamente más bajo su estándar mental, haciéndolo más dependiente y menos capaz de entender el proceso como un todo, proceso que simultáneamente se amplía en proporciones gigantescas.

Entonces, llega a ser un deber de cada hombre que ha hecho del progreso del proletariado el trabajo de su vida, oponerse a esta tendencia hacia el estancamiento espiritual y la estupidez, y dirigir la atención de los proletarios hacia amplios puntos de vista, hacia grandes perspectivas, hacia metas de valor. Difícilmente hay otra manera de hacer esto de modo más efectivo que por medio del estudio de la historia, viendo y captando la evolución de la sociedad sobre grandes períodos de tiempo, particularmente cuando esta evolución ha abarcado inmensos movimientos sociales cuyas operaciones continúan hasta el presente.

Para dar al proletariado comprensión social, una propia conciencia y una madurez política, para hacerlo capaz de formar grandes visiones mentales, tenemos que estudiar el proceso histórico con el auxilio de la concepción materialista de la historia. Bajo estas circunstancias, el estudio del pasado, lejos de ser un mero pasatiempo anticuado, se convierte en una poderosa arma en la lucha del presente, con el propósito de alcanzar un futuro mejor». (Karl KautskyOrígenes y fundamentos del cristianismo, 1908)

 

Anotaciones de Bitácora (M-L):

Recuperamos esta introducción de Kautsky ya que resalta varios aspectos fundamentales: a) explica el por qué el investigador −aunque lo pretenda por cinismo o inocencia− no puede no tomar partido por los hechos que estudia y expone; b) presenta las ventajas de alguien que investiga de un proceso del cual es partícipe, la importancia de llevar a cabo la verificación de las teorías en diferentes contextos; c) invita a no incurrir en el clásico vicio de crear paralelismos históricos forzosos −bien sea en lo económico, lingüístico, etcétera−, sabiendo discernir en el pasado tanto similitudes como diferencias.

 

Fuente: https://bitacoramarxistaleninista.blogspot.com/2024/06/consejos-y-advertencias-de-un.html#more

 

lunes, 17 de enero de 2022

MARXISMOS Y CRISTIANISMOS

 


MICHAEL LÖWY

11 ENERO 2022

Los primeros socialistas de la Europa del siglo XIX, ya fuesen Saint-Simon y sus seguidores, Cabet y los comunistas franceses, Wilhelm Weitling, el fundador de la Liga de los Justos alemana, eran creyentes y reivindicaban la herencia cristiana. Sólo con Marx y Engels surgiría un socialismo no religioso, o incluso ateo. El texto fundacional de este punto de inflexión es un artículo de Marx publicado en 1844 en el Deutsch-franzözische Jahrbücher.  

Acaba de publicarse por primera vez la traducción completa al francés de los Annales franco-Allemandes. Incluye no solo los escritos de Marx y Engels, sino toda la revista, lo que permite ubicar sus textos en su contexto histórico e intelectual. Como sabemos, esta revista, publicada en París en febrero de 1844, bajo la dirección de Arnold Ruge y Karl Marx, fue originalmente un proyecto orientado a forjar una alianza franco-alemana, filosófica y política. Los Jóvenes Hegelianos, iniciadores del proyecto, eligieron París tanto para escapar de la censura en Alemania como para establecer la colaboración con los demócratas y socialistas franceses. Sin embargo, estos - Lamennais, Etienne Cabet, Pierre Leroux, Louis Blanc - rechazaron cortésmente su invitación, desanimados por el ateísmo de los alemanes.

Además de Marx y Engels, los autores fueron Arnold Ruge, Johann Jacoby, Moses Hess, Lazarus Bernays, Heinrich Heine, Georg Herwegh. Llama la atención que la gran mayoría de ellos fueran de origen judío: este es el caso de Marx, Hess, Jacoby, Bernays, Heine: ¡cinco de los ocho participantes! Ciertamente, Marx y Bernays provenían de familias conversas y no tenían conexión con la tradición judía. Serían "judíos no judíos", según el famoso concepto de Isaac Deutscher. Los editores no informan sobre este aspecto. Hasta cierto punto, los Anales son un episodio en la larga historia del radicalismo de izquierda de los intelectuales judíos, que comienza en el siglo XIX y que tendrá su máxima expresión en el siglo XX.

En uno de los dos artículos publicados por Marx en esta revista, la "Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Introducción”, aparece la pequeña frase que sancionará el divorcio entre el marxismo y la fe religiosa; "La religión es el opio del pueblo". Considerada por partidarios u opositores como una especie de resumen de la concepción marxista de la religión, esta fórmula irónica no es en absoluto específica de Marx: la encontramos, con algunos matices, antes de él, en Moses Hess, Heinrich Heine, Bruno Bauer y varios otros autores de este período. Además, la concepción de la religión que tenía Marx a principios de 1844 era neohegeliana (Feuerbach) y ahistórica: la religión como alienación de la esencia humana. Fue sólo más tarde, a partir de La ideología alemana (1846) que surge un análisis propiamente "marxista" de la religión como una de las formas de ideología, para ser puesta en relación con las clases sociales y las condiciones históricas.

De hecho, Marx prestó muy poca atención a los fenómenos religiosos. Fue su amigo Friedrich Engels quien se interesó por el desarrollo histórico del cristianismo, en particular en su libro sobre las guerras sociales y religiosas en Alemania en la época de la Reforma. La pequeña obra de Nicos Foufas es el primer análisis, en francés, de este texto “clásico” de Friedrich Engels, Las guerras de los campesinos en Alemania (1850). Se trata de una serie de artículos publicados por Engels en la Nueva Gazeta Renana (revista económico-política) editada por los dos amigos en Londres, donde se refugiaron tras la derrota de la revolución de 1848-49 en Alemania.

Nicos Foufas destaca con razón la novedad radical de este texto, que de hecho es el primero y ¡uno de los más exitosos! a la hora de aplicar el materialismo histórico a un acontecimiento del pasado, el levantamiento campesino (1524-25) en el Sacro Imperio Romano Germánico. El estudio de Engels, observa Foufas, es bastante original, por su intento de explicar los conflictos religiosos por los conflictos de clase, pero también porque no reduce la religión a un factor de oscurantismo y conservadurismo: es también, bajo ciertas condiciones históricas, capaz de expresar aspiraciones subversivas. Este fue el caso de varios movimientos heréticos de la Edad Media y, en particular, de la revuelta campesina del siglo XVI, donde la fe religiosa, en la forma de la teología revolucionaria del predicador anabaptista Thomas Münzer jugará un papel determinante. Si Engels consideró necesario escribir sobre este hecho en el contexto de los años 1848-1850, es porque fue el levantamiento revolucionario más importante de la historia de Alemania.

La principal debilidad del análisis de Engels -en nuestra opinión- fue analizar ciertas creencias religiosas como un mero "reflejo" o incluso "máscara" de los intereses de clase. Sin embargo, en ciertos pasajes, que Foufas no cita, Engels irá más allá de este tipo de reduccionismo socioeconómico. Refiriéndose al comunismo de Münzer, Engels escribe:

       "Su doctrina política correspondió exactamente a esta concepción religiosa revolucionaria y fue más allá de las relaciones sociales y políticas existentes de la misma manera que su teología fue más allá de las concepciones religiosas de la época. (...) Este programa fue menos la síntesis de las reivindicaciones de la plebeyos de la época, que una brillante anticipación de las condiciones de emancipación de los elementos proletarios que germinan entre esos plebeyos (…) ”.

Lo que se sugiere en este asombroso párrafo no es sólo la función protestante e incluso revolucionaria de un movimiento religioso, sino también su dimensión anticipatoria, su función utópica. Estamos aquí en las antípodas de la teoría del "reflejo": lejos de ser la simple "expresión" de las condiciones existentes, la doctrina político-religiosa de Münzer aparece como una "genial anticipación" de las aspiraciones comunistas del futuro. Encontramos en este texto una nueva pista, que no es explorada por Engels, pero que será, más tarde, ricamente trabajada por Ernst Bloch, desde su ensayo juvenil sobre Thomas Münzer hasta su obra principal sobre "El principio esperanza".

Ernst Bloch representa un importante punto de inflexión en la historia de la reflexión marxista sobre la religión: es el primero que tiene como objetivo no tanto la "crítica de la alienación religiosa - aunque esta dimensión no esté ausente en sus escritos - como el rescate del excedente utópico". de las tradiciones religiosas y, en particular, del cristianismo. Su ateísmo religioso lo coloca en una posición filosófica singular, en oposición tanto a las teologías institucionales como al materialismo vulgar.

Nadie estaba más calificado para tratar este tema que el filósofo franco-alemán Arno Münster, discípulo y biógrafo de Ernst Bloch y autor de varios ensayos notables sobre su pensamiento. El presente trabajo es un poco desordenado: los capítulos no siguen un orden cronológico, ni una organización temática, lo que da lugar a un cierto número de repeticiones. La primera parte es una breve historia de la relación entre socialismo y religión, desde Auguste Blanqui hasta la URSS, pasando por Jean Jaurès (¡pero sin Marx!), lo que la hace inevitablemente un poco esquemática. Pero el análisis de la filosofía de la religión de Ernst Bloch propuesto por Münster es una contribución muy importante al debate sobre marxismo y religión.

Como nos recuerda Münster, Bloch se convertirá en marxista en 1921, bajo la influencia de su amigo Georg Lukacs; compañero de viaje del movimiento comunista, se exilió en 1933, tras la toma del poder por los nazis, primero en Francia y luego en los Estados Unidos. Al regresar a Europa después de la guerra, se instaló en la República Democrática Alemana, donde fungió como filósofo semioficial de 1949 a 1956. Su oposición a la intervención soviética en Hungría hizo que fuese condenado como "revisionista" y se le prohibió enseñar. Cuando se empezó a construir el muro en 1961, decidió establecerse en Tübingen, en la Alemania Federal, donde se convertiría en un disidente marxista ampliamente escuchado por la juventud rebelde de la década de 1968.

La filosofía de la religión está presente en cuatro momentos de la obra del filósofo judeo-alemán:

·         Su obra temprana El espíritu de la utopía (1918), notablemente en el capítulo final con el sorprendente título “Karl Marx, la muerte y el Apocalipsis”; pero también en un Excursus "Símbolo: los judíos".

·         El libroThomas Münzer, teólogo de la revolución ( 1921), su primer trabajo comunista, que renueva profundamente el enfoque marxista de la religión.

·         El capítulo 53 del volumen III de su obra magna El principio esperanza, dedicado a las tres grandes religiones monoteístas, desde el punto de vista de su contribución a la utopía del No-Aún-Ser.

·         El ateísmo en el cristianismo ( 1968), una exégesis materialista de la Biblia, que ha generado mucha controversia y debate, especialmente entre los teólogos cristianos.

Hostil a lo que él llama "ateísmo vulgar indigente", pero también a las teologías conservadoras de todas las religiones, Bloch estaba fascinado por el mesianismo, el apocalipsis, la escatología, la Cabalá, el misticismo, las herejías. Celebra con entusiasmo al profeta Amós, Jesús de Nazaret, Joachim de Flore, Meister Eckhart, Jan Huss, Thomas Münzer, Wilhelm Weitling y… Dostoyevsky. Pero fueron Karl Marx y Friedrich Engels quienes proporcionan el hilo conductor: lucha de clases, praxis revolucionaria, utopía comunista.

Como muestra Arno Münster con gran inteligencia y sensibilidad, el ateísmo religioso de Bloch se manifiesta sobre todo en una lectura crítica, heterodoxa y materialista de la Biblia, en busca de sus momentos utópicos, subversivos y emancipatorios. Una lectura "con los ojos del Manifiesto Comunista", que le llevará a un diálogo crítico con la teología protestante más avanzada: Rudolf Bultmann, Albert Schweitzer, Jürgen Moltmann y especialmente su amigo Paul Tillich, socialista cristiano y antifascista alemán, que se exilió también en los Estados Unidos. Por supuesto, los teólogos cristianos no pueden aceptar la proposición central, paradójica y algo provocativa de Bloch: "sólo un ateo puede ser un buen cristiano y sólo un cristiano un buen ateo".

Con Moltmann, también socialista cristiano, la manzana de la discordia será el rechazo categórico de Bloch a la “teología de la cruz” de Pablo y Lutero, que lleva, a sus ojos, a la aceptación del sufrimiento como destino humano. Uno de los teólogos protestantes, Carl-Heinz Ratschow, profesor de la Universidad de Marburg, incluso dedicó un libro completo en 1972 a la discusión de las tesis heréticas de Ernst Bloch. A pesar de su simpatía por él, rechaza su compromiso marxista y opone a la esperanza de Bloch, basada en el combate, la esperanza cristiana, basada en la certeza. Ratschow también rechaza, como era de esperar, la polémica interpretación de Bloch del Libro de Job, como una rebelión contra Dios, culpable de tolerar la injusticia en el mundo.

En última instancia, la recepción más favorable de Bloch será la de los teólogos de la liberación latinoamericanos (en particular, Gustavo Gutiérrez). Sin aceptar su ateísmo, comparten plenamente la apuesta que se encuentra en la conclusión de su libro de 1968: "La unión de la revolución y el cristianismo en la guerra de los campesinos no será la última".

Si los pensadores marxistas se han interesado por el cristianismo, ¿no hay también cristianos atraídos por el marxismo? Por supuesto, se pueden encontrar varios ejemplos a lo largo de la historia moderna. Un libro reciente, publicado en los Estados Unidos, relata un caso bastante sorprendente: una joven católica, Grace Carlson (1906-1992), que se "convirtió" al marxismo, convirtiéndose en una de las principales dirigentes del Socialist Workers Party (Partido Socialista Obrero), organización trotskista asociada a la IV Internacional.

El libro de Donna T. Haverty-Stacke es una biografía bien documentada de este inusual viaje espiritual y político. Nacida en una familia católica de clase trabajadora de origen irlandés, criada por las Hermanas de San José, la joven Grace Holmes está interesada en la condición de la clase trabajadora, pero desde la perspectiva de Rerum Novarum y la doctrina social de la Iglesia. Estudiante de la Universidad de Minesotta, se movilizará, junto con su esposo Gilbert Carlson y su hermana Dorothy, en apoyo de una gran huelga obrera en Minneapolis en 1934, que fue liderada - bastante excepcional en ese momento - por militantes trotskistas. Los tres empezaron a asistir a encuentros políticos, que no consideraron incompatibles con su fe religiosa: podían ir a misa y a un encuentro socialista el mismo domingo ... En los años siguientes, las dos hermanas se irán acercando cada vez más a los trotskistas y en 1936 se suman a esta corriente comunista disidente, que va a fundar, en 1937, el Socialist Workers Party, que reclama a Marx, Lenin y Trotsky. Alrededor de 1938, Grace deja de ser católica practicante, lo que provocará su separación (pero no el divorcio) de su esposo Gilbert Carlson.

¿Cuáles son las razones de lo que el autor llama "la conversión"? Sugiere una hipótesis interesante: la afinidad electiva  - en el sentido weberiano del término - entre la conciencia católica de Grace de la clase trabajadora y el socialismo de clase trabajadora del SWP. Pero esta intuición no se desarrolla en el libro ...

En los años siguientes, Grace se convertiría en la única mujer en el Comité Nacional, la dirección del SWP (1942). Después de haber pasado un año en prisión (1945), acusada de "querer derrocar al gobierno de los Estados Unidos por la fuerza", en 1948 fue candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el SWP - el candidato presidencial fue uno de los líderes de la huelga de 1934, Farrell Dobbs.

Sin embargo, en 1952 se producirá una segunda conversión: Grace Carlson decide dejar el Partido y volver a la Iglesia Católica ... lo que la lleva a reconciliarse con su marido, todavía católico, Gilbert Carlson, pero a romper con su hermana Dorothy, quien permaneció en el Partido, con su amante Ray Dunne, y con sus muchos amigos socialistas, con quienes había formado una red de "sororidad". James P. Cannon, el fundador y principal líder del SWP, quien se había convertido en un amigo personal, trató de explicarle a Grace que la Iglesia Católica era "la fuerza más reaccionaria y oscurantista del mundo entero", pero sin mucho éxito. ...

Desconcertados, sus amigos marxistas intentan explicar este cambio de rumbo por la fatiga frente a la represión y la caza de brujas del macartismo, pero para Grace se trata de otra cosa: un punto de inflexión espiritual, una necesidad de Dios. He cambiado, dice, mi actitud religiosa pero no mi política: "He seguido siendo marxista a mi manera". Será recogida por las Hermanas de San José y enseñará en una Escuela de Enfermería en el Hospital Saint Mary's, no sin cooperar con Slant (Point of View), un grupo marxista cristiano de Inglaterra, y denunciar la Guerra de Vietnam.

Es, en el caso de Grace Carlson, un viaje singular y personal. Lo que encontraremos, una generación después, en América Latina, fue de otra dimensión: todo un movimiento social, especialmente entre la juventud católica, se apropiará de ciertos conceptos marxistas y formulará una nueva visión cristiano-socialista. Este movimiento, nacido en Brasil a principios de la década de 1960, después de la Revolución Cubana, pero antes del Concilio Vaticano II, tomará diferentes formas, incluida la formación, en 1962, por militantes de la Juventud Universitaria Cristiana, de un partido político socialista / humanista, Acción Popular (AP). Fue solo mucho más tarde, después de 1971, que la teología de la liberación se desarrolló a partir de esta experiencia sociopolítica., no solo en Brasil sino en toda América Latina.

Uno de los episodios más llamativos de esta convergencia entre catolicismo y marxismo fue el compromiso, hacia 1968-70, de un grupo de frailes dominicos del Convento de Perdizes, en São Paulo, con la resistencia armada contra la dictadura militar establecida en 1964 en Brasil. El libro de Leneide Duarte-Plon es la biografía de uno de estos dominicanos brasileños, el hermano Tito de Alencar, quien pagó con su vida este compromiso social y político.

Militante de la Juventud Estudiantil Cristiana, ingresó en la Orden de los Dominicos en 1966. Tito compartió con sus hermanos del Convento de Sâo Paulo, la admiración por el Che Guevara y Camilo Torres, y el deseo de asociar a Cristo y Marx en la lucha por la liberación del pueblo brasileño. Tito era cercano a Acción Popular, que era hegemónica en el movimiento estudiantil, y contribuirá a la organización clandestina, en 1968, del Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes en la aldea de Ibiuna. Como todos los delegados, será detenido por la policía en esta ocasión, pero pronto será liberado.

Tras el endurecimiento de la dictadura militar en 1968 y la imposibilidad de cualquier protesta legal, el ala más radical de la oposición a la dictadura tomó las armas. La principal organización de la lucha armada contra el régimen fue la Acción de Liberación Nacional (ALN), fundada por un líder comunista disidente, Carlos Marighella. Un grupo de jóvenes dominicos - Frei Betto, Yvo Lesbaupin, Fernando Brito y otros - se comprometerá con la ALN, sin tomar las armas pero brindando apoyo logístico; Sin pertenecer a quienes trabajan directamente con Marighella y sus compañeros, Tito de Alencar es solidario con su compromiso. Como ellos, cree que el Evangelio contiene una crítica radical de la sociedad capitalista; y como ellos, cree en la necesidad de una revolución. Como escribió más tarde, “la revolución es la lucha por un mundo nuevo, una forma de mesianismo terrenal, en el que existe la posibilidad de encuentro entre cristianos y marxistas”.

El 4 de noviembre de 1969, durante la noche, el Comisionado de Policía Fleury invadió el Convento de Perdizes y arrestó a varios dominicos, entre ellos Frei Tito. La mayoría serán torturados y sus confesiones permitirán a la policía tenderle una trampa a Carlos Marighella y asesinarlo. Tito no tuvo contacto con la ALN y respondió negativamente a todas las preguntas. Fue sometido dos veces a torturas (descargas eléctricas) a fines de 1969 y principios de 1970, primero por Fleury y luego en las instalaciones del servicio de inteligencia del Ejército, designado por los militares como "la sucursal del infierno". Para escapar de sus torturadores, intenta suicidarse con una cuchilla de afeitar. Internado en el Hospital Militar, recibió la visita del Cardenal de São Paulo, D. Agnelo Rossi, figura conservadora, que se solidariza con los militares y se niega a denunciar las torturas a los dominicos. Finalmente es enviado a una prisión "ordinaria", donde Tito escribe un relato de sus sufrimientos que será publicado por la revista estadounidense Look y distribuida en Brasil por activistas de la resistencia, con considerable impacto. El Papa Pablo VI termina condenando "un gran país que aplica métodos de interrogatorio inhumanos" y reemplaza a D. Rossi por Paulo Evaristo Arns, nuevo cardenal de São Paulo, conocido por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y contra la tortura.

Unos meses después, los revolucionarios secuestran al embajador suizo y lo canjean por la liberación de 70 presos políticos, entre ellos Tito de Alencar. El joven dominico duda en aceptar, tan ajena le resulta la idea de salir de su país. Los 70 serán expulsados ​​del país y no podrán regresar. Tras una breve estancia en Chile, Frei Tito se instaló con los dominicos del Couvent Saint-Jacques de París. El exilio es para él un gran sufrimiento: Es muy duro vivir lejos de su país y de la lucha revolucionaria. Debemos soportar el exilio como soportamos la tortura”. Participó en campañas de denuncia de los crímenes de la dictadura y comenzó a estudiar teología y los clásicos del marxismo: “Acepto el análisis marxista de la lucha de clases. Para aquellos que quieren cambiar las estructuras de la sociedad, Marx es fundamental. Pero la visión del mundo que tengo como cristiano es diferente a la visión del mundo marxista”. El dominico francés Paul Blanquart, conocido por sus opciones “a la izquierda de Cristo”, lo describe como “el más comprometido y el más revolucionario de los dominicos”.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Tito muestra signos cada vez más inquietantes de desequilibrio mental. Cree que está siendo seguido y perseguido por su torturador, el comisario Fleury. En 1973 se le ofreció, por tanto, un lugar más tranquilo: el Convento de los Dominicos de l'Arbresle. Se hace amigo del hermano dominico Xavier Plassat, quien intenta ayudarlo, y sigue un tratamiento psiquiátrico con el doctor Jean-Claude Rolland. En vano. Después del golpe de Estado en Chile en septiembre de 1973 se puso cada vez más ansioso, convencido de que Fleury todavía lo perseguía y que los dominicos, o las enfermeras del hospital psiquiátrico, eran sus secuaces. Finalmente, exhausto, desesperado, el 8 de agosto de 1974, se suicida ahorcándose.

Su amigo dominico, el hermano Xavier Plassat, finalmente se instalará en Brasil, donde se convertirá en el organizador de la campaña contra el trabajo esclavo de la Comisión Pastoral de la Tierra: según su testimonio, “mi trabajo aquí es un legado dejado por Tito”.

Como sabemos, el Vaticano, bajo Juan Pablo II y Ratzinger, rechazó la teología de la liberación como un “error”, principalmente por su uso “indiscriminado” de conceptos marxistas. Con la elección de Bergoglio, Papa Francisco, de origen argentino, parece abrirse una nueva etapa. Gustavo Gutiérrez no solo fue recibido en el Vaticano, sino que el Papa decidió, durante un encuentro en 2014 con Alexis Tsipras y Walter Baier, dos líderes de la izquierda europea, abrir un diálogo entre marxistas y cristianos. Diálogos de este tipo habían tenido lugar en la posguerra, en ciertos países europeos (Francia, Italia, Alemania), pero una iniciativa bajo la égida del Vaticano no tiene precedentes.

El Papa ha delegado en el arzobispo Angelo Vincenzo Zani, secretario de la Congregación Vaticana para la Educación Católica, y al movimiento de los Focolares, una red laica fundada por Chiara Lubich en la Italia de la posguerra, este diálogo. El libro Europa en común es la primera publicación de este intento de explorar una “ética social transversal”. Dos de los editores del libro, Franz Kronreif y Luisa Sello, pertenecen a la red Focolari, y los otros dos, Walter Baier (exsecretario general del Partido Comunista de Austria) y Cornelia Hildebrandt, de la Fundación Rosa Luxemburg de Berlín representan ¡Transform! , red de Fundaciones de Investigación Marxista vinculadas a la Izquierda Europea.

El diálogo tuvo lugar primero en las instalaciones del Instituto Universitario Sophia, del movimiento Focolari, ubicado en el pueblo de Loppiano, cerca de Florencia, donde los participantes fueron recibidos por el sociólogo belga Bernard Callebaut. Otros simposios tuvieron lugar en Catelgandolfo, ¡la residencia de verano del Papa! - y en Viena. En septiembre de 2018, sin embargo, se llevó a cabo una universidad de verano conjunta, en las instalaciones de la Universidad del Egeo, ubicada en la isla de Siros, sede de una comunidad católica tradicional. La mayoría de los documentos reunidos en la colección Europa en común (primer volumen) son las presentaciones realizadas durante esta iniciativa. Durante sus estudios, los alumnos de ambas corrientes redactaron conjuntamente un documento, “El Manifiesto de Hermoupolis”, que también aparece en el libro.

En su introducción, los cuatro editores de la colección recuerdan que el objetivo del diálogo no es la conversión mutua, ni la producción de sincretismo, sino la búsqueda de lo común sin desconocer diferencias fundamentales. Tres intervenciones iniciales sirven como punto de partida:

Franz Kronreif, del movimiento de los Focolares, habla de “consenso en la diferencia” y sugiere que los puntos de referencia iniciales para el diálogo sean la Encíclica Laudato Si del Papa Francisco y las Tesis sobre el concepto de historia de Walter Benjamin. Walter Baier, de la red Transform! recuerda la necesidad de los marxistas de una reflexión autocrítica sobre los crímenes cometidos en nombre del socialismo en la URSS y encuentra en los escritos de Karl Polanyi elementos para una convergencia entre socialismo y cristianismo. Finalmente, Mons. Zani, en un saludo dirigido a la Universidad de Verano 2018, rinde homenaje a los ideales de justicia, fraternidad y solidaridad de los jóvenes participantes en este encuentro.

Durante los diálogos y debates de la Universidad de Verano pudimos presenciar debates entre puntos de vista bastante opuestos, como por ejemplo entre Leonce Bekemans, profesora de la Cátedra Jean Monnet de la Universidad de Padua, partidaria convencida de la Unión Europea "realmente existente", y Luciana Castellina, exdiputada comunista europea, que sueña con "otra Europa", no sujeta a los mercados capitalistas. Sin embargo, los interlocutores de las dos partes lograron redactar un documento común, como fue el caso de Cornelia Hildebrandt y Pal Toth, profesor del Instituto Universitario de Sophia, sobre "Una estrategia no-violenta en un mundo plural". Lo mismo ocurre con la contribución de Petra Steinmair-Pösel, teóloga vinculada a los Focolares, en colaboración con Michael Brie,de la Fundación Rosa Luxemburg de Berlín, sobre “Los Comunes: ¿nuestro terreno común? ".

Europa como común también contiene contribuciones de Piero Coda, rector del Instituto Universitario de Sophia, de Bernard Callebaut, sociólogo de la misma Institución, de Spyros Syropoulos, profesor de la Universidad del Mar Egeo, de Alberto Lo Presti, de la Universidad Católica Lumsa de Roma, de José Manuel Pureza, profesor de la Universidad de Coimbra y miembro del Bloque de Izquierda en el Parlamento portugués, de la teóloga musulmana Adnane Mokrani - un llamamiento a favor de "un estado laico como una necesidad religiosa" -, del psicólogo social Thomas Stucke, del politólogo colombiano Javier Andrés Baquero (quien relata su experiencia en la gestión “verde” de la ciudad de Bogotá), y el autor de esta nota. El conjunto, que da testimonio de la pluralidad de perspectivas comprometidas en esta iniciativa "transversal", se complementa con una conferencia del Papa Francisco sobre “La opción preferencial por los pobres, criterio clave de la autenticidad cristiana” (19/8/2020).

¿Qué podemos concluir de este itinerario bibliográfico bastante desigual, que nos lleva del joven Marx al Pontifex Maximum Bergoglio? La única conclusión es que la relación entre marxistas y cristianos sigue siendo un libro abierto, cuyos próximos capítulos se escribirán menos sobre la base de las Sagradas Escrituras de los demás, que en respuesta a los desafíos ecológicos, sociales y éticos del siglo XXI.

Referencias

Friedrich ENGELS et Karl MARX Annales franco-allemandes,  Edition complète préparée par Alix Bouffard et Pauline Clochec. Traduction par J-C Angaut, V.Beguin, A.Bouffard, J-M Buée, P.Clochec, C.Fradin, M. L’Homme et J.Quétier. Présentation et annotation par P.Clochec,  Paris, Editions Sociales,  Geme (Grande Edition Marx et Engels), 2020, 328 pages;

Nicos FOUFAS, Friedrich Engels et la Guerre des Paysans  Allemands,  Paris,  L’Harmattan,  «Ouverture Philosophique», 2020,  117 pages.

Arno MÜNSTER, Socialisme et religion au XXe Siècle. Judaisme, Christianisme et athéisme dans la philosophie de la religion d’Ernst Bloch, Paris, L’Harmattan,  coll. «Ouverture Philosophique», 2018, 175 pages;

Donna T. HAVERTY-STACKE, The FieRce Life of Grace Holmes Carlson,  New York,  New York University Press,  2021, 289 pages;

Leneide  DUARTE-PLON et Clarisse MEIRELLES,  Tito de Alencar (1945-1974). Un dominicain brésilien martyr de la dictature, Paris,  Karthala, Collection  «Signes des Temps»,  2020, 308 pages. Traduit du portugais par les auteures.  Préface de Vladimir Safatle,  Avant-Propos de Xavier Plassat ;

Walter BAIER, Cornelia HILDEBRANDT,  Franz KRONREIF, Luisa SELLO  (Eds.),  Europe as a Common.  Exploring Transversal Social Ethics, Zürich,  LIT Verlag, 2021,  Vol. I,  267 pages.

Artículo publicado en Le Club de Mediapart

24/12/2021

Traducción: Ge. Buster para Sin Permiso

Fuente: https://vientosur.info/marxismos-y-cristianismos/