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sábado, 12 de enero de 2019

EL “CAPITALISMO SALVAJE” Y LA BAJA DE LOS IMPUESTOS



11/01/2019

En las dos últimas décadas, tanto gobiernos de derecha como de izquierda redujeron la brecha entre ricos y pobres, sacaron de la pobreza a millones de personas, mejoraron la asistencia social, etc. El presidente del Banco Mundial afirmó en septiembre de 2018 que, en los últimos 25 años, más de mil millones de personas han salido de la extrema pobreza y la tasa de pobreza mundial se hallaba en el punto más bajo de su Historia.

Sin embargo, las lecturas son diferentes entre unos y otros, para los gobiernos de izquierda esto es algo “revolucionario”, pero para la derecha es simplemente más y mejor mano de obra calificada y principalmente más consumidores. La izquierda progresista se ufana de ello, cuando en realidad no han sido capaces de hacer algo más, tan solo poniéndose al mismo nivel de la derecha. Los mismos resultados, pero los unos lo leen como algo extraordinario y los otros como algo necesario.

En todo caso, éste es un mérito relativo para derechas e izquierdas, pues a medida que el estado de bienestar de Europa ha ido bajando y la situación de China y EEUU ha ido desmejorándose, los mercados han comenzado a reducirse y los gobiernos de las periferias se han visto obligados a reducir las ayudas sociales. Consecuentemente, los que salieron de la pobreza nuevamente están volviendo a ella, como ya se ha visto en algunos países latinoamericanos: Brasil, Ecuador, Bolivia. En otras palabras, el socialismo del siglo 21 logró una mejor distribución y redistribución de la renta, pero no a nivel de los ingresos propios, lo cual sí hubiera sido realmente revolucionario rompiendo la dependencia hacia lo privado y lo estatal. El paternalismo de la izquierda distributiva y de la derecha caritativa funciona un tiempo, pero luego se caen en los interminables saltos cíclicos del capitalismo.

Lo que no pasa entre los ricos, pues si bien en este periodo de bonanza económica mundial los empobrecidos salieron de la miseria pero siguieron siendo pobres en última instancia, en cambio los ricos se hicieron mucho más ricos de lo que ya eran. Los datos económicos señalan[1] que la desigualdad entre países se redujo mientras que la desigualdad dentro de cada país aumentó, lo que quiere decir que fueron básicamente los ricos de cada país los beneficiados, es decir, a nivel exterior los países aparecen como mejores en su macroeconomía, pero a su interior la situación es de mayor brecha entre ricos y pobres. En definitiva, si bien disminuyó la pobreza aumentó la desigualdad entre unos y otros.

No contentos con ello, las élites económicas neoliberales fueron exigiendo a los Estados pagar menos impuestos, con el argumento de que esto beneficiará a los pobres, ya que ellos con más dinero podrán hacer que les caigan gotas más gruesas. Algo que no sucedió así y tan solo se aumentó la concentración en pocas manos, en aquellos países que bajaron los impuestos. Sin embargo, lo que no se dan cuenta los economistas de la derecha, es que la monopolización en el largo plazo perjudica a todos, en tanto el capitalismo se deforma por la ampliación de la desigualdad con las consecuencias que ello provoca. Y al contrario, el capitalismo se fortifica cuando los ricos pagan más impuestos -según han demostrado algunos economistas-, así por ejemplo, Peter Diamond premio nobel de economía y quizás el máximo experto en finanzas públicas en el mundo. La lógica es sencilla: cuando bajan los impuestos o se aplica el “capitalismo salvaje”, se produce una mayor concentración del capital en pocas manos (OXFAM), lo que provoca que hayan más pobres y como consecuencia menos trabajadores calificados y menos compradores.

Esta mayor desigualdad perjudica a todo el sistema, como vamos a ver con los siguientes datos que nos aporta el joven investigador Trajan Shipley: “En Estados Unidos, el salario de los directores ejecutivos de las 350 empresas más grandes era en 1965 20 veces superior al del empleado medio; en 2012 era 273 veces superior. Mientras tanto, en China, al mismo tiempo que millones de ciudadanos salían de la pobreza, la riqueza del 10% de la población más rica aumentó a costa del 90% restante. […] En Estados Unidos, la esperanza de vida bajó en 2015 por primera vez en más de 20 años, y la diferencia entre la esperanza de vida entre los ciudadanos con salarios altos y bajos sigue agrandándose. Esto es así porque parece existir una correlación entre la desigualdad y una variedad de problemas sociales y de salud. Por si fuera poco, la OCDE concluyó que la desigualdad afecta negativamente al crecimiento económico, hasta el punto de que países como México o Nueva Zelanda han llegado a perder diez puntos porcentuales de crecimiento económico como consecuencia de la desigualdad en las últimas dos décadas. […] Más aún, en Estados Unidos se ha constatado empíricamente la relación directa entre un aumento de la desigualdad y el ascenso del populismo, especialmente el que pone de manifiesto y ofrece un discurso que critica los efectos de la globalización, principalmente el aumento de la competencia internacional y la pérdida de puestos de trabajo industriales.[2]

Por ello, Diamond, en colaboración con Emmanuel Saez -uno de nuestros principales expertos en desigualdad- han propuesto aumentar los impuestos y calcularon que la tasa fiscal óptima seria de un 73 por ciento. Aunque algunos han dicho que debe ser más alta, como Christina Romer, una importante macroeconomista y exdirectora del Consejo de Asesores Económicos del presidente estadounidense Barack Obama, quién estima que debería estar por encima del 80 por ciento; como reporta un artículo del New York Times [3].

Irónicamente, el neoliberalismo es un peligro para el capitalismo, y la socialdemocracia y el socialismo del siglo 21 su relativa estabilidad.

Notas

MARX, LA REVOLUCIÓN EN DOS ETAPAS O EN UNA SOLA



08/01/2019 

Marx habló de la desaparición del Estado y de la Democracia en una etapa a la que llamó “el comunismo”, pero para que ello sea posible había que pasar primero por el socialismo, teniendo como instrumento a la dictadura del proletariado para poder lograrlo. En base a este concepto, Lenin y demás marxistas en el mundo, han procedido a tomarse el Estado en el intento de construir un Estado y una Democracia proletaria y/o popular, pero, con las experiencias de lo que se ha denominado el “socialismo real” del siglo 20 y del “progresismo” en el siglo 21, está claro que fue un fracaso este camino intermedio. La toma del Estado y de la Democracia Burguesa significó la instauración de una Dictadura de la Burocracia del Partido, especialmente del buró y de su líder; y no de ningún proletariado y peor de un “poder popular”, sino el de una “dictadura corporativa”. El mismo Marx dijo, que una nueva sociedad que nace dentro de la vieja arrastra consigo muchos defectos de la vieja, pero igual creyó que había que hacerlo dentro de lo viejo en dos etapas. Sin embargo, ahora se ha demostrado que lo evidente es en una sola etapa y de fuera del viejo sistema.

Marx fue bueno para analizar los fenómenos políticos, pero malo para dar salidas de transformación o de cambio. Marx, en el 18 brumario, La guerra civil en Francia, la Crítica del programa de Gotha, constató que todas las revoluciones políticas no han hecho hasta entonces sino perfeccionar la máquina del Estado, en lugar de “romperla, de demolerla”, y de que no se trata de contentarse con “tomar posesión de ella”. Pero ese mismo Marx no entendió lo que es romperla y demolerla, y lo que hizo es reemplazarla con la dictadura del proletariado, la que supuestamente “se transforma en algo que no es ya propiamente hablando un Estado”, como planteó en su famosa carta de 1852 a Weydemeyer. Cuando de lo que se trata es de romper definitivamente con el Estado y la Democracia, creando y viviendo desde ya en un otro sistema, y no después o en una segunda etapa ilusoria.

Marx entendió bien lo que es el Estado y la Democracia, pero se confundió en su aniquilamiento, y es ahí donde los marxistas deberían corregir, para hacer “posible otro mundo”. La experiencia de la Comuna demostró que la “democracia burguesa” no se convierte en “proletaria”, sino que sigue siendo un Estado demoledor. Es necesario, decía el propio Marx, la destrucción del Estado existente como una “excrecencia parasitaria” de la sociedad, pero Lenin también repitió el mismo error cuando cita la carta a Weydemeyer y dice que la dictadura del proletariado es la “piedra de toque” que permite “probar la comprensión y el reconocimiento del marxismo”, con ello creyendo que la Democracia es la “mejor forma del Estado para el proletariado en régimen capitalista”.

Ante este fracaso, se han planteado otros tipos de Estado, como por ejemplo el Estado Plurinacional por parte de grupos étnicos en contrapartida al Estado-Nación y al Estado Mínimo empujados por la derecha; pero las experiencias en Bolivia, Ecuador, e incluso podríamos incluir a España, Suiza, y Bélgica, han sido otro fracaso. Entonces, la pregunta es: hay que seguir buscando otro tipo de Estado y de Democracia, o, eliminar el Estado y la Democracia por otra “forma de administración de la cosa” en la que “las funciones públicas perderán su carácter político y se transformarán en simples funciones administrativas”. Por tanto, habrá necesariamente que construir el socialismo o hay que pasar directamente a construir “otra cosa”, y que no precisamente sea el comunismo de Marx, e incluso se llame de otra forma, por ejemplo: mutualismo.

Afortunadamente, hay quienes ya han entendido de que lo revolucionario es superar el Estado, la Democracia, los Partidos Políticos, y todo lo construido por el patriarcapitalismo o por la civilización, aquí y ahora, construyendo el “nuevo mundo”. Hay algunas experiencias que van teniendo resultados valiosos, con las deficiencias y procesos que ello implica, pero ya están viviendo de otra manera, por ejemplo, aquellas vivencias empujadas por los zapatistas y otras comunidades indígenas de América, África y Asia; y en Occidente, por el Movimiento de Ecoaldeas y las Cooperativas Integrales. Ellos han demostrado que sí es posible superar el Estado y la Democracia, y han ido puliendo cada día su funcionamiento y convirtiéndose en un referente de una vida en equilibrio consigo mismo, la familia, el grupo social constituido y el grupo ambiental que los acoge.

Han entendido que la lucha no es por la toma del poder Estado Nacional ni por ser parte de la Democracia que lo legitima, sino el de rehacerlo todo bajo otras categorías y principios. Ellos han demostrado que no se necesita ninguna dictadura del proletariado para “conducir al pueblo entero al socialismo” ni para tener un “Estado burgués sin burguesía”. Han demostrado que son falsas las teorías de que “ninguna revolución se ha acabado de otra forma que por la dictadura de una clase”, ni que el proletariado es “la parte más revolucionaria de la sociedad” o “por el papel que juega en la gran producción, el proletariado es el único capaz de ser la guía de todas las clases trabajadores explotadas pero incapaces de una lucha independiente por su liberación”.

Este movimiento de ecoaldeas, ancestrales y modernas, han demostrado que la revolución violenta no es el camino obligatorio como decía Lenin, de que “la liberación de la clase oprimida es imposible, no solo sin una revolución violenta, sino también sin la supresión del aparato del poder de Estado creado por la clase dominante”. Han comprendido que no es necesaria la dictadura del proletariado como el instrumento “tanto para reprimir la resistencia de los explotadores como para dirigir a la gran masa de la población”.

Sin embargo, y a pesar de todas estas experiencias los marxistas-leninistas han seguido (y siguen) dándose contra la piedra desde hace 100 años y continúan atrapados en los mismos mitos y dogmas. Y no sabemos si algún día se darán cuenta, y pasarán a apoyar y ejecutar la “nueva vida”, antes de que se mueran, como tantos marxistas que no pudieron saborearlo en su cuerpo ni en su corazón.





miércoles, 20 de julio de 2016

NUEVAS FORMAS DE NEOCOLONIALISMO: NEORACISMO, ECOLOGISMO, FEMINISMO, INDIGENISMO, AMBIENTALISMO




El cambio desde arriba y adentro, y el cambio desde abajo y afuera

   
20/07/2016
Opinión
Las trampas de las políticas de género, interculturalidad, sustentabilidad…

Cuotas de poder, participación en el Estado, inclusión en el sistema oficial, son las nuevas tácticas del establishment en la práctica social para el control hegemónico. Si antes se sometía mediante la dictadura o la segregación o la educación forzada, ahora es mediante la integración y cooptación al poder y la racionalidad dominante. Es la manera sutil del manejo sistémico para anular, inmovilizar, negar, y asimilar, a todos al pensamiento oficial.

En la retórica social se hace un reconocimiento a las mujeres, su aporte a la vida, sus capacidades y talentos, etc. Ante ello, se exige igualdad de derechos, igualdad de participación, igualdad económica, en fin, igualdad de género. La lucha se transforma en la búsqueda de la equidad en la intervención de hombres y mujeres en la vida social, política y económica. El poder accede y entrega a ciertas mujeres el mando de ciertas instituciones, las mismas que tienen la impronta y configuración en cientos de años por parte de la mente patriarcal. Pero no le entrega a cualquier mujer, sino a aquellas que han asimilado y enraizado el patriarcado, es decir, a aquellas que han devenido “mujeres patriarcales”.

Así la lucha distal e integral contra el sistema patriarcal, causa y origen del machismo, el sexismo y de toda la segregación y ablación de la mujer, queda postergada para simplemente centralizarse en una acción por un mayor nivel cuantitativo de participación de las mujeres dentro del sistema-mundo patriarcal. De esta manera estratégica, la acción queda reducida a tener las mismas ventajas que tienen los hombres en el sistema creado y estructurado por la patriarquía. Se les entrega cuotas en el poder patriarcal, pero ellas no se convierten en luchadoras contra el sistema que les domeña sino, máximo en lograr más derechos dentro del mismo Estado y sistema de poder misógino.

De esta manera, la mayoría de mujeres creen estar representadas o de que ya tienen los mismos derechos que los varones o de que al fin ya tienen participación en el poder. Sin que se den cuenta que con ello están legitimando y naturalizando el mismo sistema de biopoder piramidal, en el que ahora hay mujeres enfrentándose contra otras mujeres. Mujeres que atacan inconscientemente a las formas y paradigmas femeninos de lo matricial o espiralado, y defienden el sistema piramidalista y sus múltiples tentáculos: colonialismo, capitalismo, productivismo, racismo, separatismo, materialismo, racionalismo, etc.

Las mujeres que han llegado a sitios de poder o que están dentro del sistema dominante, no han hecho acciones para desestructurar el poder sexista, por el contrario, estas mujeres han sido fieles defensoras del sistema vertical, divisorio, lineal, clasista, homogeneizador, etc. Lo que significa su fortificación y apuntalamiento para que el sistema patriarcal se renueve de otra forma y con otros medios, pero ahora impulsado desde arriba no solo por muchos varones sino por algunas mujeres. En definitiva, la neo-misoginia consiste en introducir personas con rasgos físicos femeninos en el sistema patriarcal para que ellas mismas se encarguen de cuidarlo y de prolongarlo, pero sin integrar los principios y paradigmas de lo femenino, matricial, integral.

Por su parte, de los indígenas se dice que son los guardianes de la tierra, que viven en el continuum de la naturaleza, que sus conocimientos son necesarios para construir una nueva humanidad. Por lo que se pregona su inclusión en las políticas de desarrollo, se les integra a los beneficios del progreso y la modernidad, se les permite tener puestos en los gobiernos e instancias internacionales, etc. Se convierten en diputados, alcaldes, y hasta presidente de la república (Bolivia), pero no se produce ninguna transformación estructural, ni se cambia el estado colonial y republicano, ni se integran las ontologías y epistemologías indígenas, y al final todo sigue igual. La inclusión indígena se convierte en la integración de personajes con fenotipo o pigmento “del color de la tierra” al mismo poder y sistema racista, pero no de la filosofía, metodologías, axiologías, hermenéuticas indígenas. Estos indios en el poder no están para recrear otro sistema sino para continuar con el blanqueamiento que ahora lo ejecutan los mismos indígenas. La mentalidad colonial instrumentalizada por los indios, que articulan ideas liberales, marxistas, positivistas, capitalistas, desarrollistas, progresistas, religiocentristas, etc.

La interculturalidad y la plurinacionalidad tan solo queda en la intervención de indígenas dentro del mismo Estado y gobierno colonial-liberal. Se introducen algunas simbologías y parafernalias ancestrales al mismo sistema de dominación, en un típico pachamamismo para maquillar al mismo sistema-mundo xenófobo y homofóbico, y no, para cuestionarlo y resquebrajarlo. Se convierten en nuevos felipillos que se encargan de tender los lazos con los neo-conquistadores, para que el indio siga sirviendo a la biopolítica de los grupos hegemónicos.

Lo que significa que el racismo sigue latente al mantenerse los mismos conceptos y valores coloniales y de la modernidad occidental. De esta manera, los indios quedan máximo como adorno para recibir a personalidades, como turismo comunitario, como danzas y músicas para el mercado posmoderno, como espiritualidades para buscadores new age. Con ello el sistema continúa incólume, con indios incorporados al mismo poder racializado, para reclamar solo ciertos derechos para los indígenas dentro del mismo sistema xenófobo. De esta manera, se posterga el asunto de fondo que es el cambio del sistema eurocentrista o de blanqueamiento ontológico y epistémico. En definitiva, el neo-racismo consiste en incorporar gente con características físicas indígenas al poder estatuido, pero que su mentalidad está formada en lo colonial y estructurada en la modernidad capitalista, los que de esta manera se responsabilicen de naturalizar y de legalizar el sistema de dominación eurocéntrica.

En el mismo sentido podemos hablar de los ecologistas y ambientalistas. Se dice que ellos han cambiado las dimensiones de la naturaleza, que sus conceptos de sustentabilidad y de todo lo verde han replanteado la relación cultura-medioambiente, que sin el ecologismo la explotación y depredación de la naturaleza habría alcanzado niveles dramáticos. Ante ello, promueven su intervención en los altos organismos mundiales y nacionales, son tomados en cuenta sus planteamientos de los derechos de la naturaleza, sus miembros pasan a puestos importantes en los gobiernos nacionales y mundiales, etc. Pero no pasa nada de fondo, ni siquiera se ha logrado detener el cambio climático peor la crisis global, todo se queda en medidas de adaptación, de mitigación, de resiliencia, y el capitalismo devorador sigue campante. Por el contrario, eufemísticamente se acomodan las formas depredadoras y aparece el capitalismo verde o el desarrollo sostenible como referentes para todo el mundo. Es decir, el estado extractivista se mantiene y el sistema utilitarista y cosificador de la naturaleza se reinventa desde un nuevo discurso de prácticas “amigables con el medio ambiente”.

El saber ambiental que debiera cuestionar y transformar a las epistemes positivistas del sistema de objetivación de la naturaleza, queda relegado y visualizado como no científico o serio, para presentarlo como una concepción apocalíptica o catastrofista. Con ello se desdibuja y se desarma la posibilidad de terminar con el ecocidio, para continuar por otros enfoques con el mismo esquema, como por ejemplo, el discurso demagógico de que los recursos naturales serán utilizados para terminar con la pobreza. De esta manera, la epistemología ambiental que podría abrir el camino a la construcción de un nuevo mundo, es atrapado en el poder oficial y con ello adormecido en su capacidad de ruptura profunda con la racionalidad económica y la racionalidad tecnológica. El ambiente deja de ser una fuente de pensamientos, sensaciones y sentidos para tan solo seguir siendo un objeto de conocimiento y de manipulación por la ciencia tecnocrática. Cumpliéndose así con el objetivo primordial, que es mantener el mismo sistema depredador y explotador de la naturaleza y del ser humano, con la intervención de ecologistas y ambientalistas que adornan su discurso de verde y de sustentabilidad.

Con ello, lo único que se consigue es florecer de otras maneras el mismo sistema, pero dejándose intactas al mismo tronco y raíces del sistema contra-natura, consecuentemente manteniéndose en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana. En definitiva, el neo-ecocidio es la introducción de personajes con maquillaje y ropaje verde, pero que no viven ni manejan políticas desde las epistemologías ambientales, los cuales tienen la función de adornar de sustentabilidad y de sostenibilidad al mismo proyecto catastrofista del capitalismo voraz.

Irónicamente, quienes cuestionan a estas formas cosméticas o parches, que son las políticas de género o de interculturalidad o de sostenibilidad, son calificados de extremistas, de aventureros, de demagogos y hasta de contrarevolucionarios. Los opacan con el argumento de que todo es proceso y de que se está avanzado paulatinamente, cuando de lo que se trata es de sembrar las semillas de algo nuevo y diferente para que eso germine, y no de repintar o de reacomodar las mismas estructuras de disciplinamiento y sumisión. Obviamente que eso no se consigue en poco tiempo, como pretenden cuestionar los desarrollistas y progresistas de que la revolución no se hace en 5 minutos, pero de lo que se trata es de empezar, pues jamás puede haber cambio desde el propio sistema sino desde la alteridad.

Y, de otra parte, tiene que ver con hacerlo principalmente “desde fuera” de la racionalidad dominante y “desde abajo” al interior del sistema de poder. Eso implica la recreación de nuevas formas de vida desde fuera de lo convencional u oficial, y no solo la idea de asaltar o tomar el poder. El de reconstruir el poder desde “abajo” con la sociedad civil organizada, y no particularmente “desde arriba” o desde el Estado como aparato y medio creado por la racionalidad hegemónica. La izquierda solo quiere hacerlo desde adentro y desde arriba, desde el Estado y desde la democracia formal, de ahí el perenne fracaso pero no terminan de aprender.

Fatalmente, la izquierda no termina de abrirse a la otredad o la alteridad, las que se inscriben dentro de otras racionalidades y complejidades que funcionan en la multidimensionalidad y la intersectorialidad. Continúan en su visión dialéctica basada en la totalidad, la contradicción, y la negación, cuando las ciencias cuánticas y los saberes de la complejidad han demostrado que la vida funciona desde otras variables como la complementariedad (Lupasco), la reciprocidad (Temple), la paridad, la espiralidad, la armonicidad, etc. Con ello, señalando que la diversidad, la diferencia, la otredad, son elementos con los que guiarse para repensar la naturaleza y un nuevo mundo, donde quepan todas las formas de vida y no solamente las humanas, y dentro de las humanas, todas las diversidades sociales y no solo la eurocentrista.

La izquierda se dice ser la más avanzada, la más revolucionaria, la más vanguardista, pero en la práctica son de las más conservadores entre las tendencias alterativas. Son de los que recién han abrazado algo del ecologismo, del ambientalismo, del feminismo, del multiculturalismo, del neo-colonialismo, del igualitarismo, etc. Pero todo queda como un añadido o un brazo exterior y no como algo transversal o diagonal a toda la co-racionalidad ontológica y epistémica. Su lucha es eminentemente economicista y productivista (capitalista), y en el fondo no le interesa lo patriarcal, ni lo colonial, ni la naturaleza, en otras palabras, no le importa los verdaderos cambios sino tan solo pretenden disfrutar de la modernidad, de la ciencia positiva y de tener mayores ventajas económicas.

Por ello, no abrazan el decrecimiento, la autogestión, la autosuficiencia, la autonomía comunitaria, el autogobierno, los sistemas de transición, el bien común, el buen vivir, el sumak kawsay, y todo aquello que implica la resistencia y/o reconstrucción desde abajo y desde afuera, a partir de vivir y de recrear nuevas formas y estilos de vida. Se quedan en el sistema biopolítico y en el biopoder hegemónico, pretendiendo autodestruir su hegemonismo en una segunda etapa de un comunismo utópico, algo que solo pueden creerlo idealistas materialistas históricos y dialécticos que siguen teniendo solo a Marx y Lenin como sus libros de cabecera.

Por su parte, la mayoría del feminismo, del multiculturalismo, del ecologismo y demás corrientes alternativas no se transforman en alterativas. Tienen miedo del poder, cuando el poder en sí mismo no es negativo sino en cómo se utiliza el poder. Todo en la vida es un poder, el poder del agua, del sol, del pensamiento, de los sentidos, de las emociones; y en el caso de la naturaleza, lo que hace es buscar la simbiosis, la homeostasis, la sinergia. Algo que lo sabe también el cuerpo humano pero la mente patriarcal, racionalista, sexista, se encuentra divorciada y enajenada de su organismo, como de la naturaleza extra-humana. Si bien hay que ser críticos con la izquierda, no significa entrar en contradicción sino en una oposición complementaria. Indudablemente que hay que avanzar más allá del socialismo, pero no se trata de quedarse en formas que rozan con el capitalismo antes que con algo realmente transgresor.

Esto significa abrazar a todas las alteridades y alternativas en conjunto, no puede haber una izquierda machista, un feminismo racista, un ecologismo materialista, un indigenismo anti-blanco, un ambientalista contra el matrimonio gay, un izquierdista antiinmigración, un ecologista carnívoro, etc. Si no se hace un gran paraguas de tipo integral, diverso y complementario, cada cual en su secta seguirá reproduciendo desde otros ángulos e instrumentos al mismos sistema-mundo que los separa y divide. Los maquillajes están de moda y lo que se hace necesario son actitudes y posiciones medulares.

En síntesis, la izquierda tiene que aprender a construir la nueva vida, caminar con los de abajo y los de afuera, y no solo pretender tomarse el poder y construir desde arriba. A su vez los alternativos, deben plantearse llegar al poder, formar organizaciones globales, y caminar complementariamente con la izquierda. Esto es, la izquierda tiene que actuar también en la micro-política y los alternativos asimismo en la macro-política. Todas las formas de lucha, de acción y de resistencia utilizadas, pero principalizando la construcción desde las bases para llegar a arriba en forma espiral, tejiendo las jerarquías para que se sostengan las unas con las otras, y conjugándose en sintonía con los modelos complejos de la naturaleza.

Atawallpa Oviedo Freire
Red Sur Global

http://www.alainet.org/es/articulo/178936