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lunes, 20 de julio de 2026

FRIEDRICH ENGELS NOS MOSTRÓ CÓMO HACER HISTORIA

 

Una ilustración en blanco y negro de Friedrich Engels, circa 1890. (Hulton Archive / Getty Images)

Paul Blackledge

Traducción: Pedro Perucca

Una caricatura retrata a Friedrich Engels como un ultradeterminista que presentó a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. En realidad, sus escritos históricos fueron sutiles y sofisticados, y mostraron de qué manera la agencia humana puede cambiar el curso de la historia.

 

Existe un mito según el cual Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx hasta convertirla en una forma de determinismo tecnológico políticamente fatalista. Si bien es posible extraer frases fuera de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador sumamente sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que colocó a la agencia humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Si bien entendía que la agencia humana estaba materialmente determinada, su modelo de determinación no era en absoluto mecánico ni reduccionista.

E.P. Thompson tenía, sin lugar a dudas, razón cuando sostuvo que debíamos precavernos de los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que se elija imputarle al marxismo posterior». Y Perry Anderson, con justicia, torció el bastón hacia el lado contrario frente a los intentos de denigrar el legado de Engels, cuando sugirió que en realidad era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea, y tenía una comprensión más segura de sus estructuras sucesivas y salientes».

El nacimiento del materialismo histórico

En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha vuelto célebre:

Si algunos escritores más jóvenes le atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos en cierta medida responsables de ello. Tuvimos que subrayar este principio rector frente a los adversarios que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el espacio o la oportunidad de hacerles justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era distinta cuando se trataba de retratar una sección de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y ahí no era admisible ningún error.

Para Engels, «el factor determinante en la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto declarando que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga abstracta, ridícula y carente de sentido».

Lamentablemente, a lo largo del último siglo y más ha existido toda una industria artesanal empeñada en distorsionar las proposiciones de Marx y Engels hasta convertirlas en piezas de jerga abstractas, ridículas y carentes de sentido. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. La calumnia que se le ha arrojado encima puede estar relacionada con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que también, podría decirse, inventó su práctica a través de su autoría de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).

Producido sobre el trasfondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio estaba destinado tanto a aportar evidencia de una auténtica tradición revolucionaria alemana como a contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas presentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, hizo la afirmación superficial y mística de que el levantamiento campesino de 1525 había surgido como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los personajes principales como agentes racionales, cuyo comportamiento podía comprenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus contradictorios intereses materiales, enraizados en las relaciones sociales contemporáneas.

Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario por debajo de su apariencia superficial de mera explosión de misticismo religioso. Estructura y agencia no son, según este modelo, opuestos: de hecho, son mutuamente constitutivas. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a explorar el papel de la agencia dentro de ellas, sino más bien el prerrequisito necesario para semejante indagación.

Crítico militar

El poder de este enfoque para el estudio de la historia resulta evidente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consagró como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Comentando un ensayo de Engels sobre este tema, «Ejército» (1857), Marx escribió que había quedado «anonadado», no solamente «por el mero volumen de la obra», sino también por su calidad: la consideraba una pieza de trabajo que «demuestra lo acertado de nuestros puntos de vista en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».

Más allá de cualquier otra cosa que pueda decirse de «Ejército», no se trata de una pieza de materialismo mecánico o de determinismo tecnológico. En realidad, es un estudio magistral de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, si bien Engels enmarcó su relato en relación con su contexto social, su atención a la organización, el liderazgo, la moral y la cultura iluminó la naturaleza no reduccionista de su materialismo.

Al trazar los enfrentamientos entre griegos y persas, sostuvo que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hicieron que las «muchedumbres torpes y desordenadas» de sus adversarios fueran «absolutamente incapaces de ofrecer nada más que una resistencia pasiva frente a la falange incipiente de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar la dominación de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.

Sin embargo, también señaló que el sistema social griego pudo sostener el servicio militar de los hombres libres porque estaba basado en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar tomaba la forma de dos años de servicio a los dieciocho años de edad, tras lo cual el hombre libre mantenía una posición en las reservas hasta los sesenta años.

Si este sistema producía muy buenos soldados, los cuarenta años de servicio militar de los hombres de Esparta, entre los veinte y los sesenta años, aseguraban que sus hoplitas estuvieran incluso mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse mediante largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidía la batalla, el espartano, a la larga, llevaba la ventaja».

Un arte práctico

El matiz característico que Engels agregó a este argumento, «a la larga», junto con su atención al momento organizativo del análisis, señala el hecho de que su materialismo no era en absoluto mecánico. Tómese, por ejemplo, sus comentarios sobre la manera revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en 371 a. C. En una innovación táctica de profundo mérito, Epaminondas decidió no enfrentar a los espartanos en una línea tradicional, sino formar un orden oblicuo cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el ala más fuerte de sus adversarios espartanos.

Esta formación novedosa quebró la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de recrear su orden táctico. Engels reconoció que el genio de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y cambiar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otro lugar, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que hay que aprender teórica y prácticamente».

Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su forma militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad del trabajo manual. No obstante, por mucho que se entrenaran los hoplitas, su poder no excedía al del propio sistema de la falange.

Según resultó, la característica misma que le daba a la falange su poder demostró ser la causa de su caída. Mientras que la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar en masa significaba que la falange era relativamente inflexible.

En terreno accidentado en particular, el orden de la falange podía verse comprometido al encontrarse con un enemigo. Esto resultó ser el caso de los romanos, que fueron capaces de sacar provecho de esta falla mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.

De la Antigüedad al feudalismo

Los romanos pudieron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares implicaron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a esos viejos adversarios para su ejército.

Para Engels, este proceso desembocó en la gradual desromanización del ejército y en la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» que las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cuerpos de las legiones no romanizadas».

La corporalidad y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, se volvieron entonces más importantes a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.

A medida que Roma se fragmentaba en el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como el factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer con facilidad a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa oriental mostraron que estas tropas montadas no eran rivales para «los activos jinetes ligeros de Oriente».

Pese a esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no llevaron al colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que la emergencia de un capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones a través de las cuales el sistema militar feudal terminaría por desmoronarse.

Engels sostuvo que el ascenso de las ciudades y de los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora proveniente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y la táctica militares. El papel de la infantería volvió a expandirse a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso vio a los mosquetes convertirse en armas de guerra cada vez más poderosas a medida que los cambios tecnológicos aumentaban la velocidad de recarga.

Guerra revolucionaria

Estas innovaciones tecnológicas le dieron forma a los cambios en la táctica militar, ya que el aumento de la velocidad de recarga permitió líneas de infantería más largas y menos profundas, con una mayor cadencia de fuego. Los beneficios evidentes de esta nueva táctica crearon, sin embargo, dificultades inéditas, ya que las incómodas líneas de soldados requerían un entrenamiento incesante —recordado hoy a través de los ya obsoletos desfiles que forman parte de las paradas de dictadores y reyes—, mientras que las largas líneas delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.

No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austríacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y de su orden oblicuo de ataque.

Mientras que los éxitos de Federico dependían de una soldadesca bien adiestrada, apenas unos años después de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a través de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las igualmente inexpertas tropas norteamericanas contra los británicos de una década antes.

Engels señaló que, al igual que los norteamericanos, las tropas francesas recién reclutadas estaban ideológicamente comprometidas con su causa pero tenían poco tiempo para dominar las complejidades del adiestramiento. En consecuencia, se inclinaron hacia las tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, estos no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que podrían desvanecerse ante el enemigo, ni con su espacio interminable para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente sin entrenamiento, necesitaba algo más que esta táctica para poder aprovechar sus nuevas armas.

Lo encontraron en la columna cerrada. Combinadas con los tiradores de escaramuza, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en el terreno accidentado y en las aldeas, y sobrevivían viviendo de la tierra.

Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. Primero, los franceses introdujeron en 1777 la culata de fusil inclinada, que permitió a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntarle mejor al enemigo. Segundo, aprovecharon «la cureña más liviana pero aún sólida construida a mediados del siglo XVIII», que hizo posible «la mayor movilidad exigida más tarde a la artillería».

El ascenso del fusil

Los puntos referidos a la escaramuza y a vivir de la tierra revisten una importancia cardinal para nuestra historia. En cuanto a la escaramuza, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels sostuvo que esta práctica había sido una parte normal de la guerra desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII. Luego desapareció, para reaparecer recién en la Guerra de Independencia estadounidense:

Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden extendido, en Estados Unidos tuvieron que vérselas con una población que, sin entrenamiento en el adiestramiento regular de los soldados de línea, eran buenos tiradores y estaban bien familiarizados con el fusil. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que en un principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

Estos cambios tácticos sustentaron una demanda de revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el fusil era un producto de la tecnología alemana del siglo XV que apenas había visto mejoras en su construcción antes del siglo XIX.

Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de alrededor de 350 a 450 metros, pero también eran más complejos de fabricar y considerablemente más lentos de recargar. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían el grueso de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos siguieron usando fusiles, su despliegue fue muy limitado y en gran medida irrelevante para el desenlace de las batallas.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de la escaramuza en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «de ahí en adelante se introdujo el orden extendido en cada enfrentamiento; la combinación de tiradores de escaramuza con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».

Como señala Engels, el grueso de las municiones se gastaba durante las escaramuzas, dirigido contra blancos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, debían disparar contra hombres solos, bien ocultos por objetos de cobertura. Y sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los viejos mosquetes eran prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes resultaban casi igual de inadecuados, porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad asociada a forzar las balas por cañones más largos, demasiado cortos para ser usados con bayoneta.

Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables al ataque, ya sea de infantería con bayonetas o de caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «el problema se presentó de inmediato: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa». Un arma semejante tendría que ser «apta para ser puesta en manos de todo soldado de infantería».

La marcha con el estómago lleno

La demanda de fusiles rayados generada por esta revolución en el arte de la guerra sustentó la transformación revolucionaria del fusil a lo largo del siglo XIX. Engels puso patas para arriba al determinismo tecnológico:

Con la propia introducción de la escaramuza en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra así perfeccionada. En el siglo XIX, cada vez que surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha.

El resto del ensayo es un relato sofisticado del desarrollo acumulativo del fusil después de 1828. En «La táctica de infantería y sus fundamentos materiales, 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de los fusiles de retrocarga en la guerra franco-prusiana llevó a que las columnas fueran reemplazadas por cadenas compactas de tiradores de escaramuza, porque las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.

En cuanto a la cuestión de vivir de la tierra, Engels vinculó este punto con el de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en el arte de la guerra, fue Napoleón quien profundizó masivamente esta revolución en materia de movilidad, al dividir a la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.

Cada corps d’armée era lo suficientemente grande y complejo como para llevar el combate al enemigo, a la vez que lo bastante pequeño como para sostenerse a sí mismo viviendo de la tierra, de un modo que reducía sus líneas de suministro y aumentaba su velocidad. Napoleón, célebremente, combinó velocidad con masa manteniendo a cada corps d’armée a solo un día de marcha de distancia entre sí. Podían engañar a sus enemigos respecto de su objetivo previsto, a la vez que conservaban la capacidad de unirse cuando fuera necesario para enfrentar al enemigo: «Marchar divididos, combatir unidos», como escribió en una frase que recordaría Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.

Según Engels, el sistema militar de Napoleón estaba supeditado al desarrollo previo de las fuerzas productivas. Pese a la controversia que rodea este aspecto de la teoría marxista, en este caso al menos parece tratarse de puro sentido común. Si los franceses eran «casi invencibles» pero aun así en ocasiones vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. También se debía a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para vivir de la tierra.

Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos y de largo plazo en la productividad del trabajo agrícola fueron el prerrequisito para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un período prolongado en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España, y rápidamente en Rusia».

El hilo ininterrumpido

En ese mismo ensayo, Engels sostuvo que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter de masa y su movilidad— eran productos de la emergencia del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y del campesinado; es la expresión militar de esa emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que nuevos desarrollos en las fuerzas productivas —específicamente el uso generalizado del telégrafo y la expansión de los ferrocarriles por Europa occidental— estaban volviendo «cada día más imposible» el dominio ruso.

No obstante, Engels seguía subrayando el punto no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera depositar en una Francia revolucionaria en su lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su visión sobre la importancia del liderazgo militar al abordar los éxitos de la levée en masse.

Engels sostuvo que los éxitos iniciales de los reclutas bisoños de Francia dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Es más, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austríacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la pericia y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.

Todos estos argumentos ponen en evidencia un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la agencia humana históricamente constituida en la fabricación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «Army», Engels no redujo la historia humana a un relato de avance tecnológico, sino que desplegó su comprensión de esos avances como el medio para una comprensión rica de la agencia humana, a través de la cual pudo dar sentido al núcleo racional del voluntarismo evitando al mismo tiempo su superficialidad.

Con palabras que parafrasean la solución formal que da Marx a la relación entre estructura y agencia en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Engels escribió:

Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y sobre la base de relaciones reales ya existentes, entre las cuales, las relaciones económicas —por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas— siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas.

Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, ofrecen un recurso poderoso para cualquiera que quiera dar sentido a la historia de un modo que escape a las triviales superficialidades de buena parte del trabajo histórico y político contemporáneo.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/friedrich-engels-nos-mostro-como-hacer-historia/

 

martes, 19 de noviembre de 2024

¿QUÉ ES LA HISTORIA Y LA POSHISTORIA, HOY? EL EJEMPLO DE LA CERDAÑA DURANTE LA GUERRA CIVIL.

 

01 Noviembre 2024

La historia es la explicación e interpretación racional y objetiva de los hechos del pasado, fundamentada en una documentación pertinente, rigurosamente seleccionada y examinada.

La historia idealista, que retuerce y modifica los hechos acaecidos para subordinarlos al mercado editorial o a una ideología del presente, interpretados irracional y sesgadamente, no merece el nombre de historia, sino el de mangoneo torticero de marketing; es la poshistoria.

En esta época de posverdad y absoluto señorío de la manipulación mediática, la poshistoria (idealista y espectacular) que impregna a la casta académica de historiadores está desplazando a la ciencia histórica, materialista y rigurosa, al desván de los trastos pretendidamente inútiles.

Al sistema no le interesa una historia racional, objetiva, científica, rigurosa y materialista, fundamentada en una documentación severamente evaluada, porque esa historia suele ser subversiva y cuestiona un presente de opresión y sumisión, entendido como una eternidad permanente e inmutable en la que pasado, presente y futuro se funden y confunden en un continuo espaciotemporal.

Sólo la verdad es revolucionaria. La poshistoria tiene como fundamento y objetivo la satisfacción de la propia ideología del historiador (o del mercado que abastece), de la esencia y presencia de determinados valores, imaginarios y quiméricos, y, sobre todo, la reafirmación de una ideología compartida, la satisfacción de las necesidades míticas y fundacionales, ya sean reales o imaginarias, de la secta, el grupo, el partido, la nación o el Estado a que pertenece.

Aquí, mítico significa mistificación o engaño, y también místico y sagrado o religioso.

LA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL EN LA CERDAÑA

Es sorprendente la feroz resistencia encontrada entre la élite intelectual catalana, en general, y ceretana, en particular, ante hechos documentados y probados, como por ejemplo la decisiva intervención de ERC en la confección y orden de ejecución de la lista de los 21 derechistas/fascistas que debían ser eliminados. Tal hecho, probado y documentado en varias fuentes archivísticas, exime a los anarquistas, en general, y a Antonio Martín, en particular, de su proverbial y providencial culpabilidad, que ahora se demuestra totalmente gratuita e injusta o, con mayor propiedad, como exculpatoria de crímenes ajenos.

No se trata sólo de una inicial oposición catalanista ante la novedad historiográfica, después de casi noventa años de fraude y manipulación de la historia. Ahí hay mucho más; una especie de muralla defensiva cultural, antropológica, racista y sobre todo de clase: los obreros revolucionarios anarquistas fueron, son y serán siempre (para el fascismo catalanista de Estat Català, Junts o Aliança Catalana) unos bárbaros extranjeros y criminales. Por el contrario, “los nuestros”, piensa esa élite, son ciudadanos civilizados, enraizados en el país, por no decir que son la esencia catalana, el fundamento de La Nació… sumando a catalanes catalanistas y a catalanes españolistas, aunados todos por sus intereses y conciencia de clase. Los bárbaros “extranjeros” han sido, son y serán siempre esos charnegos anarquistas, jornaleros y asalariados que no tienen raíces, ni donde caerse muertos, murcianos con un cráneo deficiente propio de delincuentes, según creencias “científicas y no racistas” de general aceptación entre los catalanistas de los años treinta.

La conclusión alcanzada en un proceso de investigación histórica riguroso y muy documentado, determina que ERC y su dirigente Eliseu Font fueron responsables de la elaboración de una lista con los nombres de los derechistas/fascistas que era “necesario” fusilar en la noche del 9 al 10 de septiembre de 1936. Tal conclusión no se fundamenta en un único documento, como afirman algunos ignorantes, periodistas o provocadores malévolamente, sino que se levanta sobre esta serie de documentos coincidentes en sus incriminaciones, que provienen además de fuentes muy distintas y que, en ocasiones, también explican el contexto histórico, político y social existente en la Cerdaña cuando ERC elaboró esa lista:

1.      Primer documento: La declaración de Concepción Caralps en la Causa General, porque señala la confección de una llista en el Casal de Esquerra Republicana de Cataluña. Lista en la que se anotaron los nombres de los derechistas/fascistas que querían fusilar. Lista escrita en el Casal de ERC en Puigcerdá y aprobada por su secretario, que fue quien dio la orden de ejecución de los derechistas cuyo nombre estaba inscrito en esa lista.

La declaración de Concepción Caralps explica, además, cómo se elaboró esa lista de la muerte, en un fragmento que historiadores al servicio de la burguesía, en una deshonesta práctica de la poshistoria que practican, “olvidan” citar, Y, muy curiosamente, ¡qué casualidad!, es el mismo fragmento que unas periodistas omitieron o perdieron en un podcast explicativo de las razones para levantar un monolito en el Còrrec del Gavatx, presentado en el Arxiu Comarcal de la Cerdaña el 24 de agosto de 2023. El testimonio de Josefa Caralps, hija de uno de los fusilados, es brillante, indiscutible e irrefutable, y no puede ser puesto en duda de ninguna forma racional. Tal testimonio dice así:

“Según referencias, sabe y le consta a la declarante, que a los pocos días del Alzamiento, se confeccionó una lista en la que intervino el Presidente del “Casal de Izquierda” (sic)1, cuyo nombre no recuerda pero que es conocido por el apodo de “el espardenyer”2, continuando actualmente el comercio de alpargatas un familiar de dicho Presidente del ”Casal de Izquierda”, concretamente su mujer, cuyo individuo se halla actualmente detenido no pudiendo concretar la declarante en que cárcel se halla.

La anterior lista salió de otra lista confeccionada al ser reprimidos los sucesos de 6 de octubre de 1934, en la que constaba el nombre de las personas que cuando dichos hechos, donaron dinero, a favor del Ejército, dándose el caso que la mayor parte de personas que concurrieron en tal suscripción, en 1936, fueron asesinados, constándole así mismo a la declarante, que dicha lista cayó en manos del citado Presidente de Izquierda, apodado “el espardenyer”3

La acusación es clara, rotunda y contundente, precisa e irrebatible. Y el testimonio de Josefa Caralps está en la Causa General, al alcance de todos. No es posible que una periodista pierda ningún fragmento por el camino… sin la voluntad de ocultarlo, pese al descrédito y desvergüenza que semejante “pérdida” comporta. Me da igual que la pérdida sea por manipulación o por necedad, porque los errores pueden enmendarse más tarde, pidiendo perdón.

Es Josefa Caralps quien acusa al presidente del Casal de ERC, de quien no sabe el nombre, aunque sí conoce el apodo, de confeccionar la lista de la muerte. El documento de la Gendarmería francesa, que algunos ponen irracionalmente en duda, lo que hace es poner nombre a ese presidente del Casal de ERC: Eliseu Font.

El testimonio de Josefa Caralps acusa de esos asesinatos, directa y claramente al presidente del Casal de ERC en Puigcerdá. Hoy sabemos que ese era Eliseu Font, no sólo por el documento de la Gendarmería francesa, sino también porque cuando Eliseu Font fue nombrado (el 20 de octubre) miembro del Consejo Administrativo del Pueblo, tuvo que abandonar ese cargo de presidente del Casal, en el que fue sustituido por Joan Guardiola. Es preciso leer bien los documentos, pero además hay que conocer su contexto histórico. Y ese contexto nos lo dan las Memorias de Jaume Palau y el artículo de Antonio Gascón sobre esas memorias, que puede consultarse en la web de SER HISTÓRICO.

Respecto a las acusaciones contra Antonio Martín que, desde días antes del 9 de septiembre estaba realizando una gira de mítines en Francia, siempre tienen ese mismo aire tautológico: Antonio Martín era el ALCALDE DE PUIGCERDÀ O EL GOBERNADOR de la Cerdaña. Siempre se constata su cargo, muchas veces erróneo o imaginario, pero nunca se cita su intervención directa en ningún asesinato. Ninguno significa que ni uno solo. Y Blanchon, aquí, comparte al cien por ciento esta afirmación de Gasón/Guillamón.

2.     Segundo documento. El testimonio de Carmen Plana (hija de Josep Mª Plana, farmacéutico) señala como inductores de los asesinatos a Barnolà, Guardiola y Palau, los tres miembros de ERC´.

Carmen Plana afirmó que su padre era de la Lliga, cuando en la Causa General figura como afiliado a Unión Patriótica; aunque no sería extraña una doble militancia.

Carmen Plana señala claramente a Barnolá4, Guardiola5y Palau6, tres militantes de ERC, y los tres implicados en la insurrección catalanista de octubre de 1934, así como a los carabineros Valverde y Alfredo Cerón7.

3. Tercer documento. Testimonio de Concepción Comamala (hija de Áureo Comamala, fusilado), que considera inductores a «el Cojo de Málaga» y también al «Borni», a Tort y a Maranges («brazo derecho de Antonio Martín»).

Las denuncias concretas y personales contra Antonio Martín sólo aparecen en dos ocasiones; con referencia a Áureo Comamala y Buenaventura Caralps, al afirmar las denunciantes, en ambos casos, que Antonio Martín era Presidente del Comité, un hecho evidentemente falso, ya que era responsable de Gobernación; pero que en cualquier caso sólo apunta al cargo y responsabilidad ocupado, no al conocimiento fehaciente de su participación en hechos criminales o su orden de asesinato.

Concepción Comamala también explica que su padre no fue detenido por una denuncia, sino porque su nombre aparecía en una lista negra.

4. Cuarto documento (descubierto con posterioridad a la edición por Descontrol en 2018 del libro Nacionalistas contra anarquistas). El artículo del Boletín de información de la CNT-FAI del 21 de setiembre de 1936. Ante todo, es necesario comprender que el Comité Revolucionario y luego el Consejo Administrativo del Pueblo fueron comités antifascistas: no eran un comité cenetista o anarquista. Estos comités estaban formados por gente del PSUC-UGT, EC, ERC, POUM y también por cenetistas y anarquistas. Primaba la ideología de unidad antifascista, en una situación bélica contra el enemigo fascista. Los anarquistas hicieron numerosas y dolorosas concesiones ideológicas y de principios para asumir tal ideología antifascista. Es muy importante entender la cronología de los hechos. Por otra parte, ha de asumirse y destacar que este documento habla de un terror (blanco) contra el Comité Revolucionario (antifascista) y la revolución en curso a la Cerdaña, que explicaría las razones defensivas y justificativas de la degollina del 9 de septiembre, impulsada por ERC: “Puigcerdá no ha vuelto a vivir en el terror desde entonces”.

Antonio Martin regresó de Francia al conocer la matanza de la noche del 9 al 10 de septiembre de 1936. Ante el hecho irremediable del asesinato de veinte derechistas fascistas, PLANIFICADA Y ORDENADA por ERC8, Antonio Martin convocó una Asamblea popular para decidir qué hacer. El dilema planteado era este: aceptar a posteriori estos asesinatos, necesarios porque se trataba de enemigos fascistas, tanto en el frente como en la retaguardia, ya que habían ametrallado la sede donde se reunían los miembros del Comité Revolucionario9, o bien disolver el comité antifascista y entrar en un terreno desconocido.

La asamblea popular aceptó la continuidad del Comité Revolucionario. En el momento de constitución del Consejo Administrativo del Pueblo del 20 de octubre se obligó a Eliseu Font y a Jaume Palau a que ingresaran en ese Consejo, como principales ejecutores de la matanza del 9 de septiembre y de la represión antifascista en la Cerdaña desde julio de 1936, con el objetivo prioritario de que no rehuyesen y evitaran sus evidentes responsabilidades represivas.

5. Quinto documento. Las memorias de Jaume Palau justifican la huida del alcalde de Puigcerdà por ERC a causa de unas misiones de espionaje encargadas por la Generalitat, entre el 9 de septiembre y el 19 de octubre, que no esconden, sino que evidencian su responsabilidad en la matanza del 9 de septiembre de 1936. Demuestran, además, el conocimiento de estos hechos sangrientos por el Gobierno de la Generalitat, de boca de uno de sus principales inductores: Jaume Palau.

6. Sexto documento. Las memorias de Lluïset, en las que un adolescente explica sus vivencias (y de sus compañeros) como trabajadores esclavizados en una masía de la Cerdaña. así como su liberación por el Comité Revolucionario y Antonio Martín.

7. Séptimo documento. El informe del cenetista Mariano Puente sobre el ugetista y estalinista Juan Bazán Castro (alias Juan Bayrán Clasli), ¡Atención a la coincidencia de las iniciales de nombre y seudónimo: JBC!
JBC fue compañero en diversas ocasiones y fechorías en la Cerdaña de otro militante de PSUC: Vicente Climent Pastor.

CONCLUSIONES:

Así pues, la lista de la muerte fue confeccionada por ERC y aprobada por su presidente Eliseu Font. No hay complicidad alguna de los anarquistas, ni por activa ni por pasiva.

Hemos sufrido casi 90 años de fraude y de manipulación de la historia,
primero durante los cuarenta años de Dictadura franquista y, más tarde, por parte de los historiadores nacionalistas (Pous/Sabaté) y, ahora, por periodistas (el podcast de Teresa Turiera-Puigbó y su hija Neus Aldeguer) al servicio de la élite burguesa ceretana y catalana, porque son incapaces de reconocer la verdad de los hechos ocurridos. Y, aunque se demuestre documentalmente responsabilidades, autores y hechos evidentes; los anarquistas, en la cabeza y cosmovisión de Solé o de Turiera, siempre han sido, son y serán unos criminales, por la sencilla razón de ser anarquistas, porque anarquista y criminal (para ellos) son sinónimos. Y tal mentalidad y guía cultural no tiene remedio ni solución. La invasión y amenaza de la patria catalana por parte de los bárbaros extranjeros, criminales y anarquistas justifica su previa calumnia y su definitiva liquidación.

Solé, en su reciente hagiografía sobre el alcalde de Bellver, apenas varía su errado y caduco relato sobre la Cerdaña durante la Guerra civil; no ha aprendido nada de las críticas y aportaciones de Gascón y Guillamón en Nacionalistas contra anarquistas en la Cerdaña (Descontrol, 2018), ni tampoco de las investigaciones de Blanchon, muy cercanas a las de Gascón/Guillamón.

Turiera-Puigbó, cuando en la revista Querol intenta arreglar el inadmisible corte en su podcast del testimonio de Josefa Caralps sobre la lista de fusilados, crea un nuevo documento inexistente, creado artificialmente mediante el corte y pego de dos documentos distintos, en los que fusiona los testimonios de las dos hermanas Caralps. No sé si es más divertido y ridículo el enroque inmutable de Solé en su obsoleto relato o las constantes torpezas de Turiera-Puigbó.

Debemos concluir que muchos de los insurrectos en octubre de 1934, y, por lo tanto, procesados más tarde, participaron muy activamente en la represión de 1936 contra derechistas y fascistas, figurando como implicados, de una forma u otra, en los asesinatos de los primeros meses de guerra. El motivo: la venganza. Los catalanistas perseguidos por la insurrección de octubre de 1934, después de julio de 1936 persiguieron a sus perseguidores españolistas. Y eso se produjo en la Cerdaña y en toda Cataluña.

Tal hecho, importantísimo, ha sido ignorado, porque desmonta de forma irrefutable y evidente la leyenda de criminalización y conversión en diablos o vampiros de los militantes anarquistas. Es indudable que la historiografía académica ha establecido cierta osmosis entre la criminalidad libertaria y la virtud nacionalista, que aquí hemos roto, de forma que los vasos comunicantes muestran ahora la criminalidad nacionalista y la virtud ácrata. Creemos, además, que contra toda evidencia los historiadores académicos han minimizado el papel represivo de ERC en Puigcerdà, razón que les ha conducido a esconder que numerosos militantes de ERC aparecían en la Causa General profusamente citados y gravemente comprometidos en actos criminales.

La actual historiografía sobre la Cerdaña durante la Guerra civil se ajusta como un guante a la frase escrita por Orwell en su novela 1984:
“El pasado había sido borrado, lo borrado fue olvidado, la mentira se convirtió en verdad”.

El combate por la historia es un combate contra el fraude de algunos historiadores y periodistas, porque son historiadores al servicio de la burguesía que mienten, falsifican y esconden… porque son periodistas que se prestan a difundir esas falsedades sin remordimiento alguno, sin la menor crítica, o bien no denuncian ese relato soez, cuando ya pueden hacerlo.

La pirámide de la investigación histórica en Cataluña descansa, hoy y ahora, inestable sobre su vértice, y ya no se aguanta en pie; GASCÓN Y Guillamón nos proponemos que repose sobre su base.

EPÍLOGO

Para terminar, copio un texto propio, extraído del libro: La represión contra la CNT y los revolucionarios (Descontrol, 2015) que explica en profundidad la naturaleza de ese generalizado fenómeno del fraude y la manipulación, tan propio de la poshistoria que, con ayuda de Orwell, intentamos desvelar y comprender.

“16 de junio de 1937, miércoles.

Policías, llegados especialmente de Madrid para el caso, detuvieron al CC del POUM, partido ilegalizado ese mismo día bajo la fantástica acusación de formar parte de una red de espionaje fascista.

Se iniciaba una brutal represión contra el POUM y los sectores revolucionarios de la CNT, que además demonizaba y difamaba el carácter y naturaleza de los incontrolados/revolucionarios. Era la primera vez en la historia en la que se planteaba una campaña de falacias, infamias y calumnias como sustitución de la realidad social e histórica. Represión y escarnio, sin límites, para los vencidos de mayo. Los poumistas eran acusados de ser trotskistas/fascistas, los altos cargos cenetistas en Orden público, o en la antigua Oficina Jurídica, eran ultrajados, desprestigiados y deformados hasta el absurdo, convirtiéndolos en monstruosos asesinos y ávidos ladrones, aislándolos del contexto histórico, social y revolucionario en el que habían surgido. Era una extravagante, grotesca y curiosa maniobra, pero muy efectiva, que ocultaba el papel de estalinistas10y republicanos11 en las mismas tareas represivas que los anarquistas. Absurda y arbitrariamente se concentraban y personalizaban todas las “barbaridades”, acciones represivas y decisiones “de gobierno y orden público”, tomadas durante el período revolucionario en Barcelona, en unos cuantos nombres estigmatizados y demonizados: Manuel Escorza, Dionisio Eroles, Aurelio Fernández, José Asens, Eduardo Barriobero, Justo Bueno, Antonio Ordaz. Al mismo tiempo, en cada localidad surgía el nombre del incontrolado/revolucionario de turno: Antonio Martín, “el Cojo de Málaga”, en Puigcerdá12, Lino y “sus muchachos” en Sabadell, Pedro Alcocer y “sus chiquillos” en Tarrasa, Aubí “el Gordo» en Badalona, Marín en Molins, Pascual Fresquet y su autobús de la muerte en Falset, y un largo etcétera en toda Cataluña. La operación de persecución, deshonra, eliminación, distorsión y criminalización de algunos de los responsables cenetistas, completa y gratuitamente degradante, vil, abstracta, ideológica e irracional, disfrazó la situación revolucionaria, comenzada en julio de 1936 por el triunfo sobre el golpe militar-fascista, y el consiguiente vacío de poder, como una epidemia de monstruosos asesinos en serie, vampiros ávidos de sangre e impunes ladrones, todos exclusivamente anarquistas13, provocada por un extraño virus: la legalidad republicana y la selectiva represión gubernamental, republicana y estalinista. Lo curioso y grave es que esa campaña publicitaria y esa cadena de infamias caló tan hondo que llegó a sustituir la propia realidad, y aún hoy impregna las narraciones históricas académicas como un dogma indiscutible. No en vano Orwell extrajo las características esenciales del Gran Hermano de sus vivencias barcelonesas.”

Agustín Guillamón
Barcelona, 11 de setiembre de 2024

1.      El autor del atestado, funcionario franquista, escribe Izquierda como traducción sui generis de Esquerra, esto es, de ERC. ↩︎

2.     En julio de 1937, el presidente del Casal era Joan Guardiola Moliner, procesado en 1934, que había sustituido en octubre a Eliseu Font. ↩︎

3.     Testimonio de Josefa Caralps Ribalaiga, por la muerte de su padre Buenaventura Caralps Rivas (21-7-1942) Causa General, 1437, EXP. 4. ↩︎

4.    Guillermo Barnolá Blancher. Doble militancia en ERC y CNT. Presidente del Consejo de Administración del Pueblo, como supuesto miembro de CNT. Detenido y procesado en 1934. ↩︎

5.     Joan Guardiola Moliner, presidente del Centre d’Esquerres de Puigcerdà, detenido y procesado en 1934. Sustituto de Eliseu Font en el Casal de ERC. ↩︎

6.    Jaume Palau Soldevila, alcalde de Puigcerdà de julio a octubre de 1936, militante de ERC, detenido y procesado en 1934. Mentía en sus memorias cuando afirmó que había dimitido de su cargo ¡el 8-9-1936! ↩︎

7.     Probablemente Salvador Cerón Gutiérrez, de guarnición en Llívia. ↩︎

8.    Como certifican los testimonios de Josefa Caralps, Concepción Comamala, la Gendarmería francesa y, además, la Comisión enviada por la CNT. ↩︎

9.    El Boletín de Información de la CNT-FAI, decía esto: “Nosotros protestamos contra los hechos señalados con respeto a los sucesos de Puigcerdá, desnaturalizando la verdad, acusando a los trabajadores de esta localidad de asesinato y de vandalismo, cuando en realidad ellos [los fascistas] no han hecho más que tramar en la sombra asesinatos de los militantes activos del comité antifascista local”. Y luego explican así el intento de asesinato de Antonio Martín y demás miembros del Comité Revolucionario: “El delegado de Gobernación ha sido víctima de una tentativa de asesinato por un mercenario de Franco que no titubeó en seguir tirando sobre el inmueble que sirve de refectorio a los milicianos antifascistas.” ↩︎

10.             Como José Gallardo, Eusebio Rodríguez Salas, África de las Heras, Salvador González, Olaso, Sala… ↩︎

11.  Como el grupo de Soler Arumí. ↩︎

12. Véase Gascón, Antonio y Guillamón, Agustín: “Martín Escudero, Antonio (1895-1937): “El Durruti de la Cerdanya””. Catalunya, números 166 y 167 de noviembre y diciembre de 2014. ↩︎

13. Hasta el punto que las orgías de sexo y sangre, atribuidas por Miravittles al rondín de la estalinista África de las Heras, fueron trasladadas gratuitamente al austero y puritano anarquista Manuel Escorza. ↩︎

 

Fuente: https://acracia.org/que-es-la-historia-y-la-poshistoria-hoy-el-ejemplo-de-la-cerdana-durante-la-guerra-civil/