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martes, 20 de abril de 2021

EL BITCOIN ES UN GRAN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA.

El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas.

 

Isa Ferrero , @isaferrero2

17 abr 2021 11:20

 

Nuestra sociedad se ha beneficiado enormemente de los grandes avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos. Sin embargo, la forma en la que se ha realizado la globalización ha abierto la ventana a grandes amenazas que complican aún más la resolución de problemas que necesitan ser solucionados urgentemente. Uno de ellos ha sido la burbuja del bitcoin. En los últimos años, hemos sido testigos de cómo una moneda inútil e inservible ha sido el centro de un delirio colectivo que puede acabar en un desastre si los gobiernos no le ponen freno. Como siempre, los gobiernos y “Papá Estado” deberán solucionar estos excesos antes de que sea demasiado tarde.

De hecho, ya lo están haciendo. No es casualidad tampoco el tono duro, pero elocuente de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, al referirse a muchos de los lados obscuros del bitcoin. En unas declaraciones del pasado febrero, Yellen puso en duda la capacidad del bitcoin “como mecanismo de transacción”, se refirió a “su funcionamiento ilícito” y mostró preocupación por ser “una forma extremadamente ineficiente de realizar transacciones” a la vez que señaló que “la cantidad de energía que se consume en el procesamiento de esas transacciones es asombrosa”.

La irrupción del bitcoin se puede explicar por varias causas, pero como es ya norma en nuestra era, es un resultado bastante lógico de una sociedad que en buena medida no es consciente de muchos de sus problemas. Las ideas neoliberales han ido cada vez calando más durante estas últimas décadas en beneficio de las élites. En cierta manera, se suele decir con acierto (aunque con algún matiz) que estas medidas han tenido éxito para fragmentarnos aún más, poniendo de moda también reacciones marcianas ya no solo a la derecha, sino también a la izquierda.

Es un resultado frustrante. Ya no solo porque los problemas siguen sin solución, sino porque se abre la caja de pandora. Tal es el caso de la extrema derecha. En este sentido, el caso de Europa es increíble, a pesar del fuerte consenso antifascista que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que este fascismo no es lo mismo, pero las rimas son demasiado ruidosas. Por otro lado, lo que ha vivido Estados Unidos fue algo demasiado fuerte, como entrar de lleno en una auténtica distopía cutre. Los errores del Partido Demócrata llevaron a un tipo como Trump a la Casa Blanca. No importa ya que estos líderes agraven los problemas de la sociedad, porque a la vez que prolifera el ruido y la desinformación, los hechos y las explicaciones teóricas coherentes nada importan. Pensemos en Trump por un momento. En un millonario corrupto que se presentó como un antisistema.

Evidentemente, una vez alcanzado el poder se dedicó a hacer aún más ricos a los milmillonarios y a desmantelar los tímidos (pero certeros) avances conseguidos por administraciones demócratas y republicanos moderados. Para terminar su “estelar” mandato, llevó la pandemia de forma desastrosa y mató (sabiendo lo que hacía) a decenas de miles de personas. Pese a ello, consiguió 74 millones de votos en una campaña electoral que quedará para los anales de la infamia.

Con los apologistas del bitcoin pasa algo parecido. Muchos ven en los gobiernos el origen de todos sus males. Se ha instaurado una “gobierno fobia” y una adulación irracional hacia monstruos corporativos. Desgraciadamente, es bastante popular pensar que es posible construir una sociedad mejor si abrazamos a grandes tiranías privadas. Es un sinsentido mostrar interés hacia algo horrendo que ha sido calificado con acierto recientemente por Yanis Varoufakis como tecno-feudalismo.

Las intenciones pueden ser nobles: promocionar las libertades individuales, la descentralización o incluso la democracia. Mucha gente va más allá y pretende solucionar el hambre en el mundo y los grandes niveles de desigualdad. No obstante, el resultado de estas nobles intenciones es completamente suicida. Cualquier solución que pase por transferir el poder a multinacionales va a originar un mundo definitivamente peor en prejuicio de las libertades del individuo. Es un fallo bastante grave de concepto, que tiene también su origen en una malinterpretación de los ideales del liberalismo y de los principios democráticos. Es cierto que el Estado puede cruzar con frecuencia líneas rojas, vulnerando las libertades de su propio pueblo, pero en muchas ocasiones evita que se vulneren. Si te cargas la función de control del Estado, lo que estás haciendo es dar mucha más posibilidad a las empresas privadas a que no respeten los derechos de la ciudadanía.

Nos puede gustar más o menos el statu quo, pero hay que ser siempre consciente del mundo en el que vivimos. En un sistema económico como el nuestro, si el poder de los gobiernos disminuye, irremediablemente todo pasa a manos privadas. De esta manera, no hay nadie que ponga límite a la avaricia de grandes grupos corporativos. Otra cuestión es que fuera de lo público, la sociedad tenga la capacidad de organizarse y de crear alternativas democráticas como puede ser el caso de las cooperativas o medios de comunicación alternativos. En cualquier caso, estas iniciativas tienen que tener siempre per se un objetivo social y brindar un servicio a la ciudadanía con estándares éticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, buena parte de la derecha comprendió que había que respetar lo público. Había un consenso más o menos positivo entre izquierda y derecha que facilitó la adopción de políticas socialdemócratas durante los años de posguerra. Los avances se conseguían gracias a una intervención masiva del Estado en la economía que permitió la construcción de potentes Estado del bienestar del que se vería beneficiado la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, la sanidad pública o la educación pública nunca habría sido posible si el Estado hubiera dado plena libertad a las empresas privadas para controlar estos servicios que deben ser irremediablemente públicos.

La desvinculación del Estado en la economía no solo empeora los servicios públicos, sino que es un acto intrínsecamente antidemocrático. El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas. Imaginase un mundo sin gobierno donde el poder corporativo ya sea absoluto, ¿qué margen de maniobra tiene la ciudadanía para influir en una empresa como Tesla? La capacidad para cambiar las cosas tendrá que ver con el dinero que tengas y la capacidad para poder distorsionar a un mercado que es rematadamente opresivo. Es evidente que se trata de una involución que camina en contra del propio liberalismo y la democracia. ¿No habíamos asumido eso de que una persona, un voto?

Si razonamos desde un planteamiento liberal (no marciano) llegamos a esta conclusión. En realidad, es muy sencillo, aunque haya que hacer esfuerzos hercúleos para derribar toda la propaganda que con tanto gusto se prolifera mediante las instituciones de poder. La derecha se ha apropiado del “liberalismo” para defender auténticos disparates. Quizá no sorprende. Si no han tenido reparos al intentar adueñarse de George Orwell, cómo no iban a tergiversar el liberalismo. No es ninguna casualidad.

En Estados Unidos vemos un ejemplo aún más aberrante cuando libertario significa ya otra cosa completamente diferente. Ser libertario en España sigue significando mayoritariamente ser anarquista, aunque puede que esta batalla también la perdamos. Hemos visto en los últimos tiempos a economistas, como Juan Ramón Rallo, que no tienen ningún reparo intelectual en declararse liberal y libertario a la vez. Quizá no debería sorprendernos tanto. Cada vez estamos más familiarizados con discursos que solo muestran una solo verdad y que no proponen nada. Discursos que solo se nutren de las contradicciones de tu adversario político y que aprovechan (interesadamente) las deficiencias del Estado para crear una ideología con un fuerte carácter autodestructivo.

Si prestamos atención a lo que proponen, descubriremos también un maravilloso mundo de negacionistas y de pensadores que van en contra del progreso. No se suele comentar mucho y quizá la izquierda erre en no recordarlo más, pero el derecho internacional deja en evidencia muchas de estas ideas. Solo hace falta atender al artículo 3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) que dice:
“Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en el presente Pacto”.

El bitcoin tiene la capacidad de crear grandes problemas, pero pensemos ahora qué aporta. Tal como dice siempre Paul Krugman “todavía no he oído una respuesta clara a esa pregunta”. La cuestión es que el bitcoin y las criptomonedas aportan sobre todo un retroceso muy bien resumido en estas palabras de Krugman: 


“Primero había monedas de oro y plata, que eran pesadas, requerían mucha seguridad y consumían muchos recursos durante su proceso de producción. Luego llegaron los billetes respaldados por reservas bancarias. Estos eran populares porque eran mucho más fáciles de manejar que las bolsas de monedas y redujeron la necesidad de metales preciosos físicos [...] Aun así́, el sistema seguía requiriendo cantidades sustanciales de dinero en metálico. Pero la banca central, la que permite que los bancos privados mantengan sus reservas como depósitos en un ente central en lugar de enormes volúmenes de oro o plata, redujo en gran medida esta necesidad, y el cambio al dinero fiduciario lo eliminó casi por completo. Mientras tanto, las personas gradualmente se alejaron de las transacciones en efectivo: primero hacia los pagos con cheque, luego hacia las tarjetas de crédito y débito, y ahora hacia otros medios digitales.

En contraste con esta historia, el entusiasmo por las criptomonedas parece muy extraño porque va exactamente en la dirección opuesta a la tendencia a largo plazo. En lugar de transacciones casi sin fricción, tenemos altos costos de hacer negocios, porque la transferencia de un bitcoin u otra unidad de criptomonedas requiere proporcionar un historial completo de las transacciones pasadas. En lugar de dinero creado por el clic de un ratón, tenemos dinero que debe extraerse, creado a través de cálculos intensivos en recursos”.

Los partidarios del bitcoin han dado constantemente respuestas poco convincentes cuando se entra de lleno en el debate. En primer lugar, hacen un alegato en favor de la descentralización, sin caer en la cuenta que adoptar un sistema como esta potenciaría enormemente la desigualdad. Esto se ve si se echa un vistazo al índice de Gini. El índice de Gini es una forma rápida de medir la desigualdad, quizá un tanto grosera, pero efectiva a la hora de hacerse una idea. Resumamos: si el índice es 0 es una sociedad completamente igualitaria, si es 1 la riqueza está concentrada en solo una persona. Pues bien, durante estos últimos años se ha llegado a hablar de que el bitcoin tiene un índice de Gini que supera el 0,8. Una auténtica locura. La pregunta que aflora es: ¿qué sentido tiene hablar de descentralización si al final tu sistema económico provoca desigualdades completamente desorbitadas?

La siguiente respuesta que solemos escuchar es que nuestro malvado sistema monetario genera de vez en cuando inflaciones masivas. Muchas veces estas inflaciones se generan para solucionar grandes problemas de endeudamiento y es verdad que puede originar grandes males a la ciudadanía. Sin embargo, la solución que da el bitcoin es poco convincente. Durante los últimos años, hemos visto que el precio del bitcoin se ha multiplicado de precio varias veces. La moneda ha sido víctima de la especulación y no se ha caracterizado por su estabilidad. Basta con comparar el bitcoin con el dólar o el euro. ¿Por qué razón vamos a querer guardar dinero con semejantes niveles de incertidumbre?

También se olvida mencionar que muchas veces los problemas de endeudamiento de los países tienen una fácil solución que pueden garantizar el bien común. Un ejemplo evidente es que la gente que más tiene debe compartir su riqueza por el bien de todos. El miedo a sufrir un período inflacionista puede solucionarse fácilmente si en los momentos en los que el Estado se ve obligado a gastar de más es solucionado con la recaudación de impuestos de la gente que más tiene. Parece poco verosímil que los problemas se van a solucionar cuando los inversores utilizan este tipo de burbujas para forrarse.

En el caso de que los partidarios del bitcoin tengan razón y que se siga con esta tendencia a desplazar a las monedas tradicionales, nuestro futuro posiblemente no sea demasiado bonito. El Estado tendría cada vez menos capacidad para recaudar impuestos y por tanto nuestro sistema del bienestar sufriría consecuencias desastrosas.

De igual forma la descentralización y la huida de la malvada injerencia del Estado, provoca que el minado de bitcoin se desarrolle en países que no se destacan por ser grandes democracias y donde las consecuencias de esta práctica pueden ser verdaderamente traumática para los pueblos más pobres. Prolifera también una especie de mito que preconiza que esto se trata de salvar de la pobreza a mucha gente. Más bien lo contrario. Tal como dice Nouriel Roubini, “no se trata de la democracia y la descentralización, se trata de la codicia”.

Por otro lado, existe un problema muy serio con la delincuencia. Puede ser que en muchas ocasiones haya sido exagerado, pero no es un asunto menor. Las desregulaciones provocan que muchos criminales vean una gran oportunidad para asaltar estos terrenos. Poco a poco es verdad que el Estado está consiguiendo rastrear estos delitos y puede explicar por qué está tendencia se está revirtiendo, pero de nuevo se vuelve a comprobar que sin una completa involucración del Estado, las consecuencias son claramente dañinas para el conjunto de la ciudadanía. Tampoco es casual que Janet Yellen no haya pasado por alto este problema.

Las grandes “ventajas” de esta denominada descentralización y la falta de regulación adecuada están ayudando también a aumentar el riesgo de catástrofe medioambiental. El asunto es bastante serio. Es tan seria la preocupación que hasta el propio Bill Gates ha levantado la voz de alerta. El problema es en realidad bastante simple. El bitcoin requiere grandes cantidades de energía. La especulación y la burbuja que estamos viviendo convierten estas cantidades de energía en inmensas. A primera vista, puede parecer ridículo, pero no lo es. Es una tarea muy difícil medir el consumo de energía y lo es mucho más estimar las emisiones de dióxido de carbono. Pero para que se hagan una idea, hay estimaciones que hablan de que actualmente el consumo de energía puede ser más alto que el de Argentina.

Gastar tantos recursos para conseguir algo inútil (como diría Krugman) no solo es dañino por su falta de sostenibilidad. Es también, una amenaza muy seria para la lucha contra la crisis climática. Hay que recordar que la humanidad va camino a la destrucción si durante estos años no se toman las medidas suficientemente ambiciosas.

Sobre este punto, el caso de China es muy representativo. Actualmente una parte muy considerable del minado de bitcoin se produce en China (≈70%). El gigante asiático es actualmente el principal emisor de dióxido de carbono del mundo debido sobre todo a que el país utiliza fuentes de carbón para producir energía. El problema es que, si el consumo de energía se dispara, esta energía se va a producir de una forma bastante sucia retrasando cualquier esfuerzo que se haga para luchar contra la crisis climática. Lo que muchos llaman descentralización produce también una nueva amenaza que debe ser afrontada urgentemente. Un estudio reciente de la Universidad Tsinghua en Pekín, advierte que en el año 2024 el consumo de energía del bitcoin en China podría exceder el nivel de Italia o Arabia Saudí.

El peligro de nuevo es bastante alto y la solución pasa por dos caminos: o una regulación adecuada o medidas más drásticas que busquen su eliminación, tal como ha propuesto en alguna ocasión liberales más sensatos como Joseph Stiglitz.

De todos modos, el futuro es impredecible. Es posible también que no veamos ni su eliminación completa ni un éxito que desplace a nuestro sistema actual. Es probable que al final quede en una especie de oro virtual utilizado también por manos avariciosas para refugiarse de las regulaciones del gobierno. En este caso, la pregunta que nos deberíamos hacer es un poco larga:¿Ha merecido la pena haber malgastado cantidades inmensas de energía para crear un bien no material, contaminante, que ha atraído a grandes especuladores y vendehúmos —véase el ejemplo de Elon Musk— y que también ha entorpecido la lucha contra la delincuencia, el mercado negro, socavando los esfuerzos del gobierno para un control de los impuestos que mejoren tanto nuestros servicios públicos, como el funcionamiento de nuestra democracia?

Tengo fe en que cualquier persona razonable se de cuenta dé que no ha merecido la pena.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/el-bitcoin-es-un-gran-peligro-para-la-democracia.-las-memeces-libertarianas-tambien

 

 


miércoles, 22 de abril de 2020

“GLOBAFASCISTIZACIÓN” EN MARCHA” (I)


22/04/2020
Introducción

En octubre del año 1999 utilicé por vez primera el término “Globafascistización”, en un artículo publicado en la prensa escrita en un país centroamericano (1), texto que precisamente intitulé con ese concepto.

La síntesis de este escrito se relacionaba con el planteamiento de que, en el siglo XXI, la única forma en la cual el neoliberalismo podría sostenerse, sería a través del establecimiento de un régimen fascista de carácter global o semi-planetario. 

Este término creado a propósito del “nuevo desorden internacional” post-1989, era una derivación lógica del análisis del curso que tomaría la profundización del modelo económico neoliberal, brutal y deshumanizante, que a partir de los años noventa, se mostraba alentado y envalentonado por la extinción/desaparición del “mundo socialista” (la URSS y sus países satélites), y propulsado por la agenda imperial que anunciaba el triunfo y establecimiento sin contendientes de un orden hegemónico global centrado en los EEUU.

Varios años después, a raíz de las graves crisis financieras y bursátiles de inicios del siglo XXI (la crisis de las Punto.com y la Enron), y posteriormente, a partir de la crisis financiera de los años 2008-9 (la crisis de las “hipotecas basura”), continué desarrollando la noción de “Globafascistización”, a través de un segundo artículo, publicado esta vez en la revista Alainet (en el año 2008), el cual puede ser consultado en sus archivos digitales (2).

En ese contexto general, el planteamiento central detrás del concepto de “Globafascistización”, es que las crisis cada vez más profundas, recurrentes y sistémicas del  capitalismo neoliberal, son provocadas en gran medida por el desenfreno especulativo del sistema financiero de EEUU y Occidente, en acción articulada con esa modalidad de “Keynesianismo pentagonista” (expansión ilimitada del gasto militar por todo el planeta), que a la postre llevarían a la humanidad entera a un punto tal de ingobernabilidad, que este modelo económico desquiciante y antisocial solo podría sostenerse en base a la fuerza bruta, la represión institucionalizada, el autoritarismo y el control social extremo.

La actual coyuntura mundial pareciera mostrar un panorama similar al descrito hace 21 años a través del concepto arriba citado. Hoy el fenómeno de las cada vez más recurrentes crisis financieras globales, en combinación con la creciente militarización de la sociedad global no parece ser pasajera ni circunstancial.   

El propio Fidel Castro (por cierto, una singular mente brillante con la cual era o es difícil compararse), en algunos de sus últimos artículos publicados poco antes de su muerte, desde el reposado retiro en su hogar, advirtió al mundo entero de la posibilidad de que el sistema sufriera un repentino y brutal “Shock financiero global”, que pusiera en grave peligro la existencia misma de la humanidad.  Gracias a la internet esos artículos también pueden ser consultados y revisados por los interesados.

Si Wall Street falla, ahí está la FED; si ambos fallan, ahí está el Pentágono.

Todo indica que “está planificada destrucción de la economía global” (según lo califica Peter Koening) (3), disfrazada u oportunistamente utilizada a través de la pandemia, en realidad esconde un violento remezón a las estructuras más sensibles del capitalismo global, que bien sabemos se incubó mucho tiempo antes en la Fed y la banca internacional y no en Wuhan.  

Como bien se sabe a partir del estudio de las experiencias históricas del capitalismo central (ante todo anglo-norteamericano), en particular, en base al análisis de las más importantes crisis sistémicas que el sistema ha enfrentado al menos durante el último siglo, sucede que cuando el sistema financiero no puede ya resolver sus propios problemas, como aquellos causados por el estallido de las burbujas financieras que la compulsiva especulación desenfrenada desata, el banco de la Reserva Federal (FED), acude en auxilio.

Por su infinita capacidad para emitir papel moneda la FED no puede quebrar. Una de sus principales funciones es inyectar liquidez al mercado, y ello incluye rescatar bancos y corporaciones en quiebra (en particular, las entidades públicas o privadas de mayor peso e influencia política), ya sea a través de bonos, préstamos de emergencia a muy bajo interés y mediante garantías especiales, o a través de la emisión de “papelitos de colores”, como Lenin solía llamar al papel moneda inorgánico, al papel moneda sin ningún respaldo en algún valor real de aceptación general.

Si bien es cierto que estas operaciones económicas y financieras de emergencia (o de “contención bomberil” si se quiere), en el largo plazo no resuelven los problemas de fondo del sistema (la tendencia recurrente a la desenfrenada especulación con valores ficticios, o a insolubles contradicciones estructurales propias de la naturaleza inherente del capitalismo, relacionadas con su modelo de acumulación y reproducción), en efecto, en el corto y mediano plazo (al menos en “recesiones normales”), logran la reactivación parcial de segmentos importantes de la economía. 

La historia económica de los Estados Unidos y Europa Occidental nos muestra que cuando la recesión es demasiado severa y se torna en una profunda depresión (como la de 1929 y años subsiguientes), al punto que ni Wall Street ni la FED pueden resolver, entonces aparece el Pentágono, para poner en marcha la maquinaria de guerra como medio de reactivación de la economía.

De hecho, como bien se sabe y está plenamente estudiado y documentado, las dos grandes guerras del siglo pasado estuvieron antecedidas por fuertes problemas recesivos de la economía mundial, y por una intensa pugna entre potencias por el dominio de mercados internacionales. Es la guerra interviniendo en (y resolviendo a su manera) problemas de mercados. ¿Alguna coincidencia con el momento actual?

Sin lugar a dudas, el capitalismo se asienta y re-estabiliza en/ y a partir de la violencia, sea esta monetaria, especulativa, estructural o militar. Dados estos poderosos “instrumentos operativos” de los cuales históricamente ha echado mano el sistema, no podemos ni debemos subestimar la capacidad del viejo capitalismo para “resetearse”, para reestablecer su frágil estabilidad.  Por ello, suena precipitado anunciar su pronto final.

Al menos por ahora, pareciera que una parte de estos “instrumentos operativos” clave del capitalismo global arriba citados, aunque están parcial y temporalmente agotados, aún pueden dinamizar ciertas “cosas”, ciertas “externalidades” como dicen los economistas.

Si bien es cierto que el problema fundamental del capitalismo global en estos momentos, es la incapacidad del sistema financiero especulativo para reconectarse con la esfera real de la economía, con esa dimensión real y concreta del trabajo productivo (la cual Wallerstein diferencia del supra-capitalismo al denominarle el “mercado”), el sistema puede echar mano de laviolencia estructural (la quiebra en serie de numerosas empresas y del desempleo masivo; el masivo endeudamiento de economías nacionales en apuros a cambio de más privatización y más extractivismo de recursos naturales), así como también echar mano del ya mencionado pentagonismo, bajo la forma de despliegue del expansionismo militarista, en términos presupuestarios y de presencia operativa a través de bases y movilizaciones de tropas en múltiples regiones del mundo. 

Y en efecto, el acrecentamiento de ambos fenómenos está ya presente.  Solo en los EEUU la OIT reporta un número alarmante de personas que han perdido sus empleos formales en las últimas semanas (22 millones de trabajadores al 15 de abril del presente año) (4). Y esta entidad prevé que a nivel mundial los números de desempleo asciendan a más de un centenar de millones en los próximos meses.  

Pareciera que estamos a las puertas de un violento y creciente proceso de derrumbe de capitales de distinta magnitud (donde los medianos y pequeños sufrirán sin duda alguna la peor parte), en esta especie de “autofagia” o “canibalismo capitalista”.

¿Portaaviones o bitcoins?

Mientras tanto, el otro recurso estratégico e instrumento predilecto de salvataje del sistema (el pentagonismo), renueva en medio de la presente crisis su protagonismo, con el inicio de una movilización de gran escala de portaaviones y buques de guerra, diverso arsenal ofensivo de gran alcance, y tropas a lo largo y ancho de distintas regiones del mundo, incluyendo la frontera colombo-venezolana, el sureste asiático y el caribe latinoamericano.

De momento, aquí en nuestras vecindades, Venezuela es el pretexto inmediato para tal despliegue militarista.  El gobierno ruso ha elevado ante Washington su protesta (5). Irán y el Oriente Medio también son “puntos calientes”, y por muy “novedosas” que parezcan las aparentes “alianzas tácticas” entre Trump, Putin y el gobierno de China, la solidez de esta “entente” no pareciera estar garantizada, ante todo, por la agudización de la recesión económica, y ante los agudos antagonismos comerciales y geopolíticos entre estos bloques de poder antagónicos, el Euro-Asiático y el Occidental.

En estos momentos es muy difícil ser optimista, y menos sobre acuerdos (públicos o secretos), entre potencias que luchan abiertamente por agendas opuestas.  Occidente está en una grave situación. Su moneda histórica – el dólar- está en crisis terminal. La Fed y la banca internacional pueden intentar paliar la crisis lanzando –aún más- cantidades diluvianas de papel moneda (o peor aún, derivados financieros), pero eso solo será como apagar un incendio con gasolina.

Europa está muy limitada por si sola para liderar la gestión efectiva de la crisis internacional. ¿Transición hacia una moneda digital? ¿Con qué respaldo?  Esta no parece una salida realista, pues no soluciona el verdadero problema de fondo, que es la sobresaturación del sector financiero con valores ficticios (entre 20 y 40 trillones de dólares según calculan analistas especializados) (6), no resuelve el problema del enorme déficit fiscal de EEUU, calculado solo para este año en 3.8 billones de dólares adicionales, ascendiendo en total a la astronómica cifra de $ 984 billones (7), en camino de representar alrededor del 18.7 del PIB de EEUU, la tasa de déficit público más alta desde la Segunda Guerra Mundial (8), y más importante aún, una moneda digital tampoco resolvería la pronunciada desconexión del sector financiero-especulativo con el sector productivo.

En síntesis, Occidente, con todas las contradicciones internas de sus élites y sus diversos bloques de poder, nuevamente requiere de guerra, pero no de una guerra cualquiera. Como en 1914 y en 1939, requiere de un conflicto de grandes proporciones. Si no acuden a ese expediente tan extremo, parece que lo más seguro e inminente es la implementación del “shock estructural”, una medida igualmente desastrosa; dejar que la bancarrota en serie desplome numerosos sectores de la economía mundial, como ya está ocurriendo ahora en numerosos países con el sector del turismo, restaurantes, aerolíneas, hotelería y el mercado petrolero, entre muchos otros segmentos.

De cualquier forma, el capitalismo neoliberal no pierde. Como dice el profesor Chossudovsky, “la evidencia ampliamente confirma que el neoliberalismo no ha sido derrotado. Es totalmente lo opuesto”. Lo que se viene, según su perspectiva, es una virtual reprivatización (por la vía del re-endeudamiento masivo ante el FMI/BM), pero esta vez de mayor escala. Es lo que él denomina “del ajuste estructural al ajuste global” (9).

Por todo ello, inquieta saber si el actual confinamiento planetario al cual se somete a gran parte de la humanidad, tiene únicamente como principales objetivos, el evitar levantamientos masivos ante la quiebra en cadena de empresas de toda escala, el desempleo y el hambre rampante, “arrodillar” a gobiernos y empresas privadas ante la banca internacional prestamista, o si, además, se trata de prepararnos para otros eventos de gran magnitud, como podría ser, un “ataque nuclear preventivo”.

Notas:

1.      El artículo en mención fue publicado en 1999 en “El Nuevo Diario”, Nicaragua.

2.    Este texto fue publicado el 23/06/2008 y lleva por título “Globafascistización: un concepto nuevo para un problema viejo”. Puede consultarse en el siguiente enlace virtual; https://www.alainet.org/es/active/24868

3.    “IMF Projects Global Economy in 2020 to Contract by Mere 3 %. Is this a joke?; Peter Koening, Global Research, April, 15 2020. https://www.globalresearch.ca/imf-projects-global-economy-2020-contract-3/5709691

4.    “Más de 22 millones de trabajadores estadounidenses solicitan prestaciones por desempleo en solo cuatro semanas”. Democracia Ahora; 16/04/2020: https://www.democracynow.org/es/2020/4/16/titulares

5.     Moscú (Sputnik): “El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia rechazó el bloqueo que impuso Estados Unidos a Venezuela bajo el pretexto de operaciones antidrogas. 14.04.2020.

6.    “Understanding Great Recessiones. The Dynamics of Epic Recession” (Part 1): Dr. Jack Rasmus; Global Research, April 13, 2020.

7.     “All levels of goverments habe been precipitated into a debt stranglehold. The debt cannot be rapaid. In the US, the federal déficit “has increased by 26 % to $ 984 billion for fiscal 2019, highest in 7 years”. And that is just de beginning”;“Towards A Ney World Order? The Global Debt Crisis and The Privatization of the State”; Prof. Michel Chossudovsky, Global Research, April 17, 2020 https://www.globalresearch.ca/towards-a-new-world-order-the-global-debt-crisis-and-the-privatization-of-the-state/5709755

8.    Democracy Now: Boletín del 15/04/2020:

9.    M. Chosudovsky, artículo citado.


Sergio Barrios Escalante
Científico social e investigador. Editor de la Revista virtual RafTulum.

    


miércoles, 13 de noviembre de 2019

ENTREVISTA A ALFREDO APILÁNEZ SOBRE LA TEORÍA MONETARIA MODERNA (Y III)



“No sólo Astarita, también M. Roberts, A. Shaikh o M. Husson han sido críticos con las propuestas de la TMM”
13 noviembre, 2019 

Nos habíamos quedado aquí. Quedaba la parte prescriptiva de tu exposición. 

La parte prescriptiva de política económica se deduce directamente de tales principios. La TMM ofrece una revolución fiscal para enchufar la manguera del gasto público a la economía real y asegurar -ya que el desempleo es ‘una decisión política’- el pleno empleo absorbiendo el desempleo involuntario generado por el déficit de demanda efectiva del sector privado. Wray señala la tecla mágica: “Siempre pueden suministrarse unas finanzas suficientes para la plena utilización de todos los recursos disponibles a fin de apoyar el desarrollo de capital de la economía. Podemos servirnos del golpe de tecla para llegar al pleno empleo”. Tal planteamiento desemboca en la propuesta política estrella del movimiento: el trabajo garantizado. Como explica Mitchell: “el pleno empleo y la estabilidad de precios están en el corazón de la TMM. Un programa de trabajo garantizado es central para la TMM, es una herramienta clave para tener bajo control la inflación y el desempleo”. Por tanto, dado el nivel correcto de gasto público e impuestos, combinado con un programa de trabajo garantizado, los partidarios de la TMM afirman categóricamente que se puede alcanzar el pleno empleo con estabilidad de precios. Tal planteamiento representa obviamente una herejía para la ortodoxia neoliberal que afirma que el gasto público creador de empleo es peligrosamente inflacionario y la deuda una rémora para las futuras generaciones que lastra el crecimiento y la actividad productiva. Pero precisamente por eso suena tan atractivo, ¿no?

Sí, sí, pero surgen varias dudas. La primera: la existencia de criptomonedas, sin regulación del Estado en principio, ¿no refuta o “toca” la concepción del dinero de la TMM? 

En esta ámbito te diría Salvador –sin ser ni mucho menos experto en la materia- que comparto bastante la posición de la TMM, muy crítica con este utopismo monetario de ribetes sumamente reaccionarios, con ecos del anarcocapitalismo de los nostálgicos del patrón oro deseosos de cerrar el banco central y acabar con el dinero público. Cosas de excéntricos fetichistas del dinero como los austriacos, cuyo representante más mediático en España es el infausto Juan Ramón Rallo. Incluso el Fair Coin , la criptomoneda promovida por Enric Duran –el famoso Robin Bank que estafó casi medio millón de euros a la banca- despide un fuerte aroma al utopismo de varita mágica de raíz proudhoniana que tanto indignaba –en mi opinión con razón- a Marx.

Quizás sería útil pues clarificar conceptos, que ayuden a encuadrar la relevancia de las criptomonedas –y su supuesto potencial transformador-, resumiendo las funciones del dinero moderno para contrastarlas con las que cumplen estas supuestas revoluciones monetarias.

Adelante con ello. 

Podríamos dividir a título explicativo las funciones del dinero en dos campos: circulación y producción. Como medio de circulación el dinero funge como medio de cambio, de pago, unidad de cuenta y depósito o reserva de valor –el atesoramiento, la gran obsesión keynesiana-. En la esfera de la producción –el dinero-capital, descrito por Marx, pero ignorado por la ortodoxia y por los keynesianos- el dinero se convierte en capital cuando es avanzado con el objetivo de obtener un beneficio a través de la explotación del trabajo. La fuente del beneficio es la plusvalía que se origina en el empleo de trabajadores asalariados que crean más valor nuevo en el proceso de producción del que obtienen cuando son pagados en forma de salarios. La función del dinero como medida del plusvalor es uno de los aspectos cruciales de una economía capitalista y la clave de la conexión entre la fábrica de dinero-deuda de la banca privada –el dinero endógeno de los poskeynesianos- y el proceso de acumulación de capital.

La cuestión clave sería pues: ¿cuáles de estas funciones cumplen las critptomedas? Pues he de decirte que prácticamente ninguna. Me baso a continuación en un texto de Eduardo Garzón, quizás el estandarte más popular de la TMM en España, en mi opinión excelente, que enumera las principales críticas a esta supuesta liberación del yugo bancario-estatal que encarnan utópicamente las criptomonedas.

Parte de su innegable atractivo es que las criptomonedas y su columna vertebral subyacente, la cadena de bloques, le permiten al hombre promedio realizar transacciones con su vecino, de forma anónima y segura, sin intermediarios. Es la moneda perfecta para el libertarismo económico: el sector público no interviene ni en su creación ni en su regulación, de forma que cualquier persona puede llevar a cabo sus transacciones sin la necesidad de rendir cuentas a Hacienda o a la Justicia.

¿Y qué capacidad tienen los emisores del bitcoin –se pregunta Garzón, centrándose en la criptomoneda estrella- de lograr que su moneda sea ampliamente utilizada en la circulación, como medio de cambio, y en los pagos? Muy poca, teniendo en cuenta que no hay ni siquiera un único emisor, sino que cualquier usuario puede (tras un proceso complicado y prolongado) crear nuevos bitcoins.

A ello hay que sumarle otra limitación nada despreciable: sólo se pueden crear 21 millones de bitcoins. Esto es sencillamente el resultado de un diseño carente de sentido económico, ya que una economía necesita tanto dinero como actividades se produzcan en su interior, de tal manera que el límite es un propulsor de la especulación y del descomunal coste de generación de nuevas unidades.

Sí, sí, la cifra límite parece absurda, totalmente arbitraria desde un punto de vista económico… o incluso desde cualquier punto de vista. 

Por si fuera poco con las debilidades y amenazas de carácter estructural, se ha unido recientemente otra de carácter coyuntural: la generación de una burbuja especulativa. Hoy día buena parte de la gente compra bitcoins para venderlos a un precio más caro, haciendo una ganancia rápida por el camino. La espiral inflacionista es notoria y ya sabemos perfectamente que pasa con las burbujas: que en algún momento estallan y todo el artificio se va al garete.

Es decir, la supuesta panacea monetaria no sirve tampoco, debido a su extraordinaria volatilidad, como unidad de cuenta ni como reserva de valor, dos de las funciones básicas del dinero fiat respaldado por el banco central.

¿Hay más críticas? 

Las hay. Esto no es todo: la producción de bitcoins consume una cantidad desorbitada de energía. Los métodos de creación y funcionamiento de las criptomonedas son puramente electrónicos y necesitan la utilización de innumerables ordenadores en todo el mundo, lo que supone un elevadísimo consumo de energía. Un despilfarro energético en toda regla teniendo en cuenta que los métodos convencionales de creación de dinero apenas requieren consumo de energía.

Así pues, si la esencia de la matriz de rentabilidad del capitalismo financiero es la creación de dinero-deuda por parte de la banca privada como motor de la actividad económica –el dinero-capital- con el respaldo, en última instancia, de la emisión de dinero fiat de curso legal por parte de la banca central, al bitcoin y a la miríada de criptomonedas no les puede esperar un gran futuro más allá de circuitos minoritarios e inversiones especulativas.

Harina de otro costal es el formidable impacto que las tecnologías digitales están teniendo sobre el negocio bancario y la aparición de las llamadas fintechs –ágiles startups de pagos y préstamos digitales- que operan en ámbitos subsidiarios del dinero bancario -y no pretendidamente independientes, como las criptomonedas-. Y, sobre todo, está por ver el impacto de la irrupción de los gigantes de la tecnología, con su vasta base de clientes, su experiencia en la recopilación de datos y sus recursos financieros prácticamente ilimitados. Amazon ha lanzado una cuenta corriente, Google y Apple tienen sistemas de pago que convierten tu teléfono en una cuenta bancaria, y Facebook ha provocado fuertes taquicardias en los dueños de la fábrica de dinero con el lanzamiento de una nueva moneda, la Libra. Pero esa es como digo otra historia que está sólo en sus albores.

Acaso podamos hablar de esa historia en un futuro cercano. Cojo el hilo central de nuevo. Cuando se habla de trabajo garantizado, ¿de qué se está hablando exactamente? 

Como te decía, se trata de la propuesta estrella de política económica de la TMM. Si te parece, doy la palabra a sus portavoces en la mencionada Red MMT, que explican su defensa del pleno empleo garantizado por un Estado benefactor:

La prioridad es repensar la política económica colocando el pleno empleo digno en el centro de la agenda política, en coherencia con el mandato expresado en nuestras constituciones. El desempleo solo puede ser eliminado mediante una política fiscal adecuadamente expansiva que combine un aumento suficiente del gasto público y una disminución de los niveles de tributación sobre las clases populares y el tejido productivo. Dentro de este marco prevemos un Plan de Empleo de Transición; un programa permanente de empleo público que asegurará a todos el acceso a un empleo con un salario superior al del umbral de la pobreza y con condiciones dignas.

¿Sin duda suena bien, no te parece?  

Me parece, suena muy bien de entrada. 

El Estado –convertido en una suerte de “empleador de última instancia”-, sin subir los impuestos a los ricos ni aumentar la deuda pública, se encarga de remunerar el trabajo directamente mediante un pago –tomando como referencia el salario mínimo- a la cuenta bancaria del participante del programa de TG, de forma que se eviten intermediarios privados y tentaciones perversas en la gestión del dinero.

Por lo tanto, los déficits presupuestarios del estado (y el aumento de la deuda del sector público) no son –hasta cierto nivel- un problema. Ni que decir tiene que esto tiene un irresistible atractivo para la izquierda reformista como refutación de los dogmas neoliberales que fundamentan las políticas de austeridad. He aquí una justificación teórica del gasto público deficitario para lograr el pleno empleo sin tener que afectar gravemente al sector capitalista de la economía. Incluso se llega a amenazarles con llamarles al orden obligándoles a subir los salarios para no perder a sus empleados. Fíjate lo que dice la propuesta de trabajo garantizado de IU al respecto: “Los empleadores del sector privado se ven obligados a ofrecer salarios iguales o superiores a los ofrecidos en el TG –de lo contrario, sus empleados se irían al TG, que siempre está disponible–, logrando así acabar de facto con todos los puestos de trabajo en los que no se garantizan condiciones laborales dignas”. El tipo de empleos financiados directamente por el Estado serían pues aquellos no generados por el sector privado, como por ejemplo los que aparecen en esta lista elaborada por Bill Mitchell: “muchas actividades socialmente útiles, incluyendo los proyectos de renovación urbana y otros programas ambientales y de construcción, la asistencia personal a los pensionistas, y otros programas comunitarios. Por ejemplo, los creadores podrían contribuir a la educación pública como artistas itinerantes (sic)”.

Resulta difícil exagerar el idealismo –en el sentido estricto del término que recorre la tradición filosófica, como opuesto al materialismo- contenido en tales propuestas que ignoran las relaciones de poder y de producción imperantes bajo la égida del capital. Idealismo que ignora, sólo como botón de muestra, el papel del ejército de reserva marxiano en la evolución de la acumulación de capital y en la depresión del precio de la fuerza de trabajo. Me sumo en este punto a la crítica del economista marxista Michael Roberts, que creo pone el dedo en la llaga: “De esta manera, la TMM actúa como un respaldo del capitalismo: el Estado es el empleador de último recurso, pero no el principal empleador. Busca compensar (apañar) los fracasos de la producción capitalista, no reemplazarla”. Tal concepción está en las antípodas del planteamiento marxiano: en la teoría de Marx la desocupación es generada de manera endógena por el sistema capitalista. Es decir, el desempleo es sistémico y no se puede eliminar a discreción por un Estado benefactor.

En conclusión, de estar en lo cierto el enfoque de la TMM, se podría solucionar la desocupación en el capitalismo sin alterar de manera significativa las estructuras sociales a través de un Estado convertido en el mágico Deus ex machina que arregla el estropicio provocado por el capitalismo desquiciado. Para eso, bastaría con superar la “déficit-fobia”, creada artificialmente por el monetarismo neoliberal y la ortodoxia neoclásica, y enchufar la manguera del gasto a la creación de empleo. Como ves, peccata minuta.  

Has hablado de las críticas de la ortodoxia neoliberal, pero también hay críticas desde ámbitos muy alejados. Desde el marxista por ejemplo. Así, Rolando Astarita, “La TMM y los argumentos monetaristas” https://rolandoastarita.blog/2019/09/19/la-tmm-y-los-argumentos-monetaristas/ T e copio sus palabras finales: “Es necesario entonces delimitar, en particular, a la teoría marxista de las propuestas de la TMM. En especial porque la derecha está empeñada en que todo lo “heterodoxo” aparezca más o menos igual. Enfatizo entonces: Marx o Engels jamás sostuvieron que el valor pudiera generarse imprimiendo billetes. No hay forma de adjudicarles semejante tontería”. 

Así es Salvador. Igual que en el caso de Roberts, no puedo por menos de suscribir la mayor parte de las críticas de Astarita que, dicho sea de paso, tiene uno de los mejores textos sobre la teoría keynesiana y poskeynesiana y es un extraordinario conocedor de las mismas. No sólo Astarita –que les califica con razón de curanderos sociales y hechiceros monetarios-, también otros economistas marxistas como el mencionado Michael Roberts, Anwar Shaikh o Michel Husson han sido críticos con las propuestas reformistas e idealistas de la TMM. No es de extrañar esta reacción crítica ante las extravagantes afirmaciones vertidas por los apóstoles de la escuela.  

¿Por qué no es de extrañar? 

En mi opinión, por tres motivos fundamentales: su falta de comprensión –como toda la escuela keynesiana- de la dinámica de fondo y de la evolución histórica de la acumulación de capital; su idealismo, sustanciado en su concepción del papel del Estado y su confianza en las reglas del juego de la democracia formal y, last but not least, su distorsión del papel del desempleo –el ejército industrial de reserva marxiano, como mencionábamos antes- en las relaciones de producción capitalistas y de la relación, sustancialmente simbiótica, entre los sectores público y privado en la dinámica de la acumulación.

Para no extenderme y evitar reiteraciones doy dos botones de muestra de lo anterior. Por ejemplo, esta propuesta de un nuevo socialismo (sic), no basado en la propiedad de los medios de producción sino en el control de la autoridad fiscal, que proponen Esteban Cruz y Parejo Moruno, enmendando sin ningún pudor la plana a la teoría de la explotación marxiana: “la tesis sobre la explotación aquí presentada se puede describir, no como una consecuencia de la propiedad privada de los medios de producción, sino del control del dinero en una economía monetaria de producción que los capitalistas se arrogan gracias a la elaboración de unas reglas arbitrarias para restringir la acción del Estado”. Es decir, arrebatando el control de la fábrica de dinero a los capitalistas bancarios y asumiendo las riendas del Estado benefactor tenemos ya el ‘nuevo socialismo’. Miel sobre hojuelas.

Y respecto al idealismo implícito en la concepción del Estado como instrumento para la reforma del sistema contra la ‘voluntad de las clases poderosas’, valgan las siguientes exhortaciones, extraídas del mismo texto, a liberar al Estado de su ‘captura’ por parte de los capitalistas: “La Teoría Monetaria Moderna provee de unos sólidos argumentos para hacer efectiva la “reforma crucial” que defendían Kalecki y Kowalik: la imposición contra la voluntad de las clases poderosas de la estabilización del sistema, abriendo nuevas perspectivas para el futuro desarrollo de las fuerzas productivas (…) Sin embargo, el uso efectivo de los mecanismos de los que dispone el Estado para la administración de la economía se encuentra bajo la captura de los capitalistas. Los aspectos políticos del pleno empleo, el poder de los intereses creados, son más importantes para los capitalistas que los rentables efectos producidos por la buena marcha de la economía”.

Así pues, se podría incluso ser conciliador e intentar convencer a las ‘clases poderosas’ de la bondad de sus propuestas para que desistan en su absurda actitud de resistencia frente a ellas. Su leit motiv de fondo consiste pues en decir: la austeridad neoliberal genera recesión, desigualdad y deuda crecientes y es irracional; por lo tanto es una política absurda que nos perjudica a todos. ¡Y tenemos las teclas mágicas para revertirla! La ‘reforma crucial’ que propone la TMM consiste pues en arrebatar al Estado de las manos de los capitalistas que lo tienen capturado para ponerlo al servicio de la ‘estabilización del sistema’ a través del buen uso del monopolio de emisión monetaria. Recuerdan en esto, desmereciéndolos incluso, a los viejos socialistas utópicos premarxistas. Y no dan respuestas convincentes a ninguna de las cuestiones claves sobre las relaciones de poder realmente existentes bajo la égida de la acumulación de capital.  

Como, por ejemplo… 

¿Cómo modificar sustancialmente el papel de la banca privada y los fondos privados de inversión, fulcro neurálgico de la actual matriz de rentabilidad del capitalismo neoliberal, basada en la hipertrofia del préstamo personal-hipotecario y en la multiplicación del capital ficticio en el casino global para sostener la maltrecha tasa de ganancia? ¿Cómo podrían coordinarse armoniosamente los dos focos generadores de actividad económica: el Estado soberano, cuyo Tesoro estaría integrado con un banco central financiador del pleno empleo a través del trabajo garantizado, y la banca comercial, financiadora de la inversión privada y de las descomunales burbujas de activos, cuyos intereses –interés público redistributivo y voraz beneficio privado en la esfera especulativa- son objetivamente contrapuestos? Sobre estas “nimias” cuestiones, la TMM, más allá de loables declaraciones de buenas intenciones de combatir la especulación y las malas prácticas de los depravados tiburones financieros, guarda silencio.

El eximio economista marxista Anwar Shaikh , que desarrolla una profunda teoría del dinero y la inflación en su texto ‘Capitalismo: competición, conflicto y crisis’, expone las razones que impiden que “un sabio y benevolente Estado pueda imprimir dinero para alcanzar el pleno empleo con inflación moderada”, el postulado central de la TMM: “En primer lugar, la TMM ignora los efectos de la tasa de beneficio en el crecimiento, el empleo y la inflación. En segundo lugar, omite completamente el conflicto de clase entre capital y trabajo. En tercer lugar, ignora la teoría marxista del ejército de reserva de trabajo, que, en el largo plazo, tiende a deprimir los salarios. Y, por último, omite que el estado, como empleador de último recurso, sería una amenaza para los negocios si pudiera contrarrestar la disciplina salarial”.

Y, por último, me gustaría referirme a los argumentos del economista marxista Xabier Arrizabalo que, en un reciente debate sobre la TMM entre Eduardo Garzón y Mario del Rosal, organizado por la asociación Economía Alternativa, lanzó una serie de críticas al idealismo de las propuestas de la TMM que creo resumen todo lo anterior:

No podemos hacer lo que queramos, cambiando las reglas del juego del capitalismo a discreción porque son expresión de relaciones sociales profundas. La TMM es la negación de la economía política que explica el conflicto distributivo entre clases antagónicas. La teoría social no es un pudding (sic), sino que tiene un núcleo que, en el caso de la economía, es cómo se produce y se distribuye el valor creado en una sociedad de clases. Resulta absurda la idea del manejo “libre” del Estado, negando que es expresión de las relaciones de producción. La TMM obvia la lucha de clases y lo reduce todo al marco institucional, proponiendo que se trata únicamente de cambiar la gestión.

Tales ilusiones recuerdan vívidamente a la ‘hipótesis populista’ del primer Podemos, popularizada por el ínclito Errejón, gran experto ‘laclauiano’, y basada en el planteamiento idealista de la autonomía de las estructuras sociopolíticas –el Estado, en lugar destacado-, cuya naturaleza profunda no se define y devienen sólo un producto “relacional”, resultado de la articulación de diferentes elementos. Tal política no tiene otro objetivo que hacerse con la maquinaria del Estado para dar un giro a las políticas del neoliberalismo y usarlo contra la minoría dirigente –la casta o las élites que lo han capturado- para ponerlo al servicio del pueblo.

Tan atinadas críticas desvelan el “idealismo” de la TMM, sustanciado en su incapacidad para incorporar el conflicto social en sus probetas financieras de laboratorio y, en mi opinión, justifican la necesidad, enfatizada por Astarita, de delimitar claramente las abismales diferencias con el marxismo que se reflejan en las críticas mencionadas. Lo cual obliga a dar respuesta negativa a las preguntas neurálgicas acerca de la viabilidad y el rigor de tales propuestas: ¿Reflejan de forma realista el engranaje profundo de la acumulación de capital y su historia reciente; dicho en otras palabras, permiten comprender la marcha del capitalismo y su lógica de fondo, profundamente depredadora y degenerativa? Y, en fin, ¿resulta útil, para avanzar en la imperiosa necesidad de una transformación social radical del ominoso sistema económico vigente, el diseño de ficticias propuestas reformistas de ingeniería financiera implementadas por un Estado benefactor que promuevan el ilusorio avance hacia un idealizado e irrecuperable capitalismo bonancible y redistributivo con paz social y pleno empleo?  

No creo equivocarme mucho si conjeturo respuestas negativas a ambas preguntas. 
Abusando más de ti y pensando en nuestros lectores. En 15 líneas, no te otorgo más, ¿cuáles serían tus principales críticas, incluyendo virtudes si fuera el caso, a la teoría monetaria moderna? 

De acuerdo Salvador. Un matiz solamente para evitar reiteraciones…  

Que a veces ayudan a asentar conceptos y argumentos. 

Como creo que las principales críticas ya las he expuesto en las respuestas anteriores, voy a ceñirme, para terminar, a las virtudes y añadiré, si me permites, una última reflexión crítica final de tipo más general.  

De acuerdo. Sigamos tu esquema. 

Así pues te haría, disculpándome de nuevo por la prolijidad –causada por la intención, no sé si lograda, de combinar el carácter didáctico con la argumentación crítica- una enumeración telegráfica de las virtudes de la TMM.
-Una correcta descripción del funcionamiento de la fábrica de dinero-deuda –sin coincidir con la teoría estatal cartalista del origen del dinero, en mi opinión, sumamente unilateral- en una economía monetaria con completa desmaterialización del dinero desde el Nixon Shock de 1971. Esta teoría del dinero endógeno –parte esencial del enfoque poskeynesiano- explica el papel neurálgico de la banca privada en la creación de burbujas de activos a través de la generación de crédito del puro aire frente a la falaz teoría tradicional de la ortodoxia neoclásica que describe a los bancos como intermediarios financieros.

-Y, relacionado con lo anterior, una crítica demoledora de la austeridad neoliberal y del monetarismo friedmaniano, desvelando sus fundamentos pseudocientíficos y su connivencia con la música celestial de la ortodoxia económica.

Poner en el candelero estos temas creo que ya es motivo suficiente para -lo cortés no quita lo valiente- reconocer una relevante aportación positiva.  

Muy justo por tu parte.¿Quieres añadir algo más querido Alfredo? 

Además de agradecerte nuevamente la oportunidad de explicar estas cuestiones y felicitarte por la agudeza de las preguntas, simplemente trataría de resumir, abusando una vez más de tu paciencia, lo anterior en una reflexión crítica final.  

No abusas. 

El problema principal de propuestas como la TMM –y también de otras reformas paliativas como la renta básica o el impuesto sobre la riqueza de Piketty- es que no registran que la degradación de esta sociedad capitalista es estructural, global, de todos sus ámbitos, y también, en lugar destacado, el estatal. Y, por tanto, que la fábrica de dinero es la encarnación del poder social al servicio del interés privado y no una herramienta técnica que, en manos de un estado democrático y soberano, se puede poner al servicio de las clases populares.

Resulta pues pueril políticamente y totalmente erróneo pedagógicamente ofrecer soluciones ‘dentro del sistema’ para problemas estructurales del capitalismo como el desempleo o la pobreza. Lo cierto es que, a pesar de su apariencia de respetabilidad y pragmatismo, quizás sean más utópicas y desnortadas sus prescripciones que la defensa de la ‘socialización de la banca y de los medios de producción’ propugnada por los radicales antisistema. Es por este motivo por lo que es necesario distanciarse de tales vanas ilusiones y desvelar el falso espejismo de los reguladores, creyentes en un capitalismo con rostro humano. Porque estas ilusiones, basadas en hacer retornar el ‘genio malo’ a la botella, no son solamente estériles, son también, desgraciadamente, mala pedagogía popular. Y representan por tanto obstáculos para el surgimiento de movimientos y luchas verdaderamente antagonistas que construyan alternativas radicales frente a las crecientemente desconyuntadas relaciones sociales en el capitalismo desquiciado. Se trata, en fin, de los viejos ‘cuentos de la lechera’ reformistas de los que hablaba Sacristán. Porque, cuando la cosa va realmente en serio, como decía Joan Robinson, nada sospechosa, por lo demás, de radicalismo extremista, se acaba cortando por lo sano y no parece que este sea el caso: “Cualquier gobierno que tenga tanto el poder como la voluntad de solucionar los principales defectos del sistema capitalista tendría la voluntad y el poder de abolirlo por completo”.

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Entregas anteriores:
1.     Primera parte de esta entrevista: “Hay dos paradigmas monetarios que determinan la visión del sistema económico y de las políticas públicas” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=261945 .
2.     Segunda parte: “La escuela busca convertirse en un programa de política económica para la izquierda reformista en oposición frontal al monetarismo neoliberal” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=262139