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viernes, 21 de agosto de 2026

ALVARO GARCÍA LINERA: "NO SE HA ENTENDIDO EN MÁS DE CIEN AÑOS LO QUE QUERÍA DECIR MARX CUANDO HABLABA DEL ESTADO"



Álvaro García Linera 

Jaume Montés 

Gerard Serralabós 

02/08/2026

Álvaro García Linera es uno de los principales intelectuales de izquierdas de nuestra época. Marxista, leninista, estudió matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de México y, poco después de regresar a Bolivia, fundó el Ejército Guerrillero Túpac Katari, una organización política, cultural y armada desde la que pretendía promover un levantamiento indígena. Por su militancia guerrillera, pasó cinco años en prisión preventiva, donde aprovechó para escribir el libro Forma valor y forma comunidad, una de las mayores contribuciones teóricas al marxismo latinoamericano. Entre 2006 y 2019, fue vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, hasta que un golpe de Estado le obligó, así como al presidente Evo Morales y a sus respectivas familias, a emprender el exilio, primero, a México y, luego, a Argentina. En este segundo país, impartió clases en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de San Martín. García Linera ha dedicado toda su vida a reflexionar sobre cuestiones fundamentales para las izquierdas, como la evolución del capitalismo contemporáneo, las condiciones y los límites de las revoluciones o la historia del socialismo. Entre sus últimos libros, destacan El concepto de Estado en Marx (Akal, 2025) y Cuidar el alma popular (Bellaterra, 2025).

Jaume Montés y Gerard Serralabós, en nombre de las revistas Debats pel Demà y Sin Permiso, han aprovechado la visita de García Linera a la Universidad de Barcelona, con motivo de la celebración de la Fira Literal, para entrevistarlo. Disfruten la lectura.

Empecemos por su penúltimo libro publicado aquí en España, El concepto de Estado en Marx. En él, aparte de realizar una crítica a la mayoría de las actuales teorías sobre el Estado, usted propone una interpretación significativamente novedosa: a su modo de ver, el núcleo de la teoría marxiana sobre el Estado y el poder se encuentra en la teoría de las formas del valor tratada en el capítulo primero de El capital. Era algo que ya había anunciado en un texto en conmemoración del centenario de la Revolución rusa que luego se publicó en un libro colectivo. ¿Podría explicar qué quiere decir con ello?

En el esfuerzo que hace Marx por entender el núcleo subyacente de la formación del capitalismo hay elementos muy fuertes del concepto de Estado. Pero no en el sentido de los derivacionistas alemanes, que lo que hacen es decir que, en El capital y en la teoría del valor, está la teoría del Estado como una derivación, es decir, como un corolario. Yo digo que no es así. Ellos tuvieron la intuición de saber que ahí, en la teoría del valor, había elementos de la teoría del Estado, pero confundieron la lógica explicativa con las causas. Ellos vieron la teoría del valor como causa de la teoría del Estado, y no es eso. En el libro, yo propongo que Marx, primero, hace la crítica a las teorías del Estado, —ahí afina sus herramientas, ahí introduce y formula el concepto de “abstracción objetiva”— y luego, años después, la usa para desarrollar su teoría del valor. Entonces resulta que las dos abstracciones objetivas de la modernidad son el Estado y el valor, pero no es que una se desprenda de la otra, sino que son dos abstracciones objetivas diferenciadas; con procesos de formación distintos, aunque concurrentes, y lo que observo es que esto que está en Marx no se ha entendido durante cien años.

En este sentido, el libro es un poco atrevido. La afirmación es que no se entendió en más de cien años lo que quería decir Marx cuando hablaba del Estado, desde nuestro querido Lenin hasta acabar en Jessop, Bourdieu o los autores que usemos ahora, porque no entendieron esta parte de la abstracción objetiva, es decir, cómo se construyen los universales en la modernidad. El valor es un tipo de universal social, una abstracción que, sin embargo, universaliza la actividad de las personas, a quienes homogeniza e integra. El Estado es también una forma de universalizar e integrar a las personas. El valor opera bajo una forma enajenada; el Estado, bajo una forma ilusoria, pervertida, degenerada —dice Marx en La ideología alemana—, pero también bajo la forma de un monopolio, de unificación de la sociedad como un proceso de monopolización. Y uno puede fácilmente preguntarse si eso es contradictorio. ¿Cómo va a ser el Estado universal y, a la vez, monopolio? Parecen contrapuestos: si monopoliza, ya no puede ser común y, si es común, ya no puede ser monopolio, porque el monopolio supone la centralización en unos pocos. Pues ahí está la fuerza irradiadora del Estado, su fuerza de atracción, su irresistibilidad. Este texto es un esfuerzo por reconstruir esta lógica explicativa del Estado y compararla con la lógica explicativa que luego usó Marx para entender la forma valor: ambos son comunes universales, deformados y centralizados, uno en la economía —en la integración de actividad económica— y el otro en la organización política de una sociedad.

En el libro también plantea que una de las principales consecuencias de la pandemia de 2020 fue el retorno del Estado como espacio político privilegiado. No es que este hubiese estado desaparecido durante las décadas precedentes, pero su centralidad a la hora de solucionar la crisis sanitaria desmontó los relatos que, a izquierda y derecha, lo habían subsumido en una incontestada globalización política y económica. Sin embargo, ello tampoco quita que la economía siga estando mundializada o que los procesos políticos tengan efectos globales. La extrema derecha, pese a mantener un discurso fuertemente nacionalista, no ha dudado en organizarse internacionalmente. ¿Cómo pueden las fuerzas progresistas solucionar la tensión entre actuar políticamente en sus países y, a la vez, establecer alianzas internacionales más amplias?

Yo creo que el mismo Marx es muy elocuente en esa preocupación, que ya vio hace más de ciento cincuenta años, cuando dijo que, por su contenido, la lucha del proletariado es de carácter universal, pero por su forma es nacional, y expresamente pidió que el proletariado tenía que convertirse en clase nacional y utilizar el poder del Estado, el poder organizado de la sociedad. Lo que pasa es que, frente al utopismo liberal y parte de cierto marxismo cosmopolita, los mercados no han logrado crear otros mecanismos de unificación social. Y los Estados siguen siendo, hoy por hoy, los mecanismos más eficientes de unificación política de las sociedades. Durante un buen tiempo, la izquierda creyó que el neoliberalismo, con todos sus males de precarización y pérdida de derechos, arrastraba un bien, que era la posible disolución del Estado. Y no ha sido así. Nos tuvimos que dar cuenta recién, en la pandemia, cuando ante el peligro de muerte —una pandemia es un peligro de muerte— todos corrimos a cobijarnos bajo el Estado, a reclamar al Estado certidumbre y protección. Cuando él tomó malas o buenas medidas ante el riesgo de muerte, todos acatamos. 

Aún no se ha estudiado el significado de esa huelga general, la huelga general más grande de la historia de la humanidad: tres mil millones de personas sin trabajar, quedándose en sus casas por instrucción del Estado. Ahí mostró su poderío. Y también al día siguiente, cuando, de la noche a la mañana, en Europa se fabricó el 14 o 15 % de su Producto Interno Bruto. Se imprimió —se inventó— dinero que dar a la gente para que no se muriera de hambre, que dar a los empresarios para que no cayeran las bolsas de valores. La inflación que vino después tiene que ver con esa emisión inorgánica de dinero, la cual solo puede hacer el Estado, no un mercado o bolsa de valores. ¿Quién podía levantar una sociedad que literalmente implosionó productivamente? En muchos lugares, no se pudo trabajar durante tres o cuatro meses. En los Estados Unidos, aun con la enorme cantidad de muertes que hubo y la actitud negacionista de Trump, fue todo un mes y medio. En otros países, ocho o diez meses. La caída de la actividad productiva llevó a que tuviéramos una pérdida del Producto Interno Bruto mundial de entre el 6 y el 15 %. En Bolivia, se llegó a una caída del 10 % en seis meses. Nunca, ni siquiera en la crisis de los treinta, hubo tal derrumbe. ¿Por qué no condujo a la destrucción del capitalismo? Porque estaba el Estado. Los Estados salieron a proteger a la sociedad, a proteger a los inversores y a proteger el capital, eso sí, bajo la legitimación de proteger y cuidar a la sociedad. Yo creo que esa fue la muestra más fuerte y más lapidaria que derrumbó todas las utopías libertarias e izquierdistas sobre la extinción del Estado. No hay otro organismo de cohesión social tan eficiente como el Estado, con sus limitaciones, sus debilidades y su cualidad de dominación. 

Después de ello —y debido a ello—, hemos visto cada vez mayores intervenciones del Estado, ahora de manera abierta y estratégica: levantando aranceles, invadiendo países, chantajeando a las empresas y a los países para reconcentrar las cadenas de valor en territorios específicos, facilitando subvenciones, etc. Por ejemplo, en Europa, se ha subvencionado durante tanto tiempo la energía —los alemanes, ustedes españoles— para que la subida del precio —especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, el cierre del gasoducto alemán y la necesidad de comprar gas a los estadounidenses— no tuviese un efecto tan devastador. En fin, ha comenzado un despliegue cada vez más sistemático, planificado y diverso de acciones intervencionistas del Estado para sacar adelante la acumulación, para intentar reencauzar, reorganizar y refundar la acumulación. Yo creo que eso va a seguir. 

Así pues, el libro trata también un poco sobre eso, ya que no podemos comprender lo que está pasando con las herramientas que hemos heredado y, con la forma en la que hemos heredado el marxismo, todavía menos. De hecho, todas nuestras teorías del Estado, tanto sociológicas como radicales y de izquierdas, son teorías de la regularidad. La hipótesis que manejo es que la teoría de Marx es una teoría de la excepcionalidad y, por lo tanto, a pesar de haber sido escrita hace más de ciento cincuenta años, es más potente que las teorías que hoy se nos enseñan o aprendemos sobre cómo estudiar el Estado. El texto que escribo es un esfuerzo no solamente de hacer una relectura del pensamiento sobre el Estado en el seno del marxismo, sino también de brindar herramientas útiles para entender el presente, para entender la presencia del Estado en estos momentos de excepcionalidad, de transición. Por eso les digo permanentemente que, si quieren saber lo que es el Estado en su verdadera dimensión, no solo se fijen en los cuarteles y en las cárceles —que también son el Estado—; fíjense en qué porcentaje del Producto Interno Bruto administra el Estado. Y siempre les muestro la gráfica del Our World in Data del gasto público respecto al PIB, desde 1800 hasta hoy. En tiempos de Marx, la cifra se movía entre el 5 y el 10 %; en cambio, desde el 1900 hasta hoy, neoliberalismo incluido, se ha disparado hasta el 35 %. Lo que gasta el Estado respecto del total de las riquezas de un país es el 35 % en Europa, en los Estados Unidos, en Francia, Argentina, Chile, Japón, Israel, etc. Eso es el Estado, esa materia, esos recursos, cómo se gestionan esos recursos, que son comunes, y cómo se da la disputa en torno a ellos. El Estado es, fundamentalmente, un ente económico. Luego también es un ente coercitivo, ideológico y organizativo, pero ante todo es económico. Y eso es básicamente lo que decía Marx. Dice que es una máquina de opresión, sí, pero también todo lo anterior, porque era muy lúcido. De hecho, eso se ve cuando uno lee el capítulo de El capital dedicado a la acumulación originaria o el capítulo de los Grundrisse posterior al de las formación económicas precapitalistas, cuando estudia los sistemas de transporte y de carreteras y explica cómo las condiciones generales de la vida asociada están en manos del Estado. Es fascinante cuando muestra cómo las sociedades, en el momento de unificarse, requieren un conjunto de infraestructuras monopolizadas por el Estado que, al mismo tiempo, lo trasciendan. En torno a ellas, el Estado se define como ente económico y como ente unificador.

En definitiva, la conclusión que tuvimos que constatar mediante una pandemia es que no hay, hoy por hoy, ningún sustituto a la unificación de la sociedad que no opere bajo la forma estatal. Los marxistas nos planteamos la superación del Estado como una posibilidad real, pero, para hacerlo, es imprescindible que entendamos el Estado como el gran unificador, como el gran monopolizador de lo común que tiene una sociedad, y así busquemos la influencia en el Estado de una manera distinta a cómo lo hemos venido haciendo en las últimas décadas.

Vayamos a América Latina. En los últimos seis o siete años, observamos una suerte de paradoja en el continente: en varios países —ahora en Colombia, Brasil y México, hasta hace poco en Chile, Argentina y Bolivia—, han llegado al poder nuevos gobiernos progresistas. Sin embargo, su capacidad de transformación ha sido considerablemente menor que la de la llamada “década ganada” de principios de siglo. ¿Estamos ante un “segundo tiempo” del progresismo latinoamericano o ante un escenario completamente distinto que exige nuevas herramientas políticas, económicas y culturales? ¿Qué peso tiene en ello que las fuerzas derechistas del continente se hayan construido en contra de todo lo ganado en esa “primera vuelta” y que, para ello, no tengan inconveniente en apelar a la violencia discursiva e incluso física?

Yo creo que el continente latinoamericano ha tenido siempre “oleadas” de progresismo y de acción colectiva. La primera oleada (2000-2015, más o menos) fue más profunda, más radical, no solo en las características del progresismo y las izquierdas de gobiernos, sino ante todo en la acción colectiva. Fueron las acciones colectivas las que radicalizaron a los progresismos. Fue una oleada con mucha participación activa y, por tanto, gobiernos de izquierdas más envalentonados y radicalizados. Luego hubo un momento de declive —un microinterregno, en el que se produjo el regreso de gobiernos de las derechas por ciertos límites de ese progresismo inicial— y, de nuevo, una segunda oleada, que se ha concretado en la recuperación de los gobiernos de izquierdas o una incorporación tardía —no como falla, sino como hecho temporal— de otros países, como México, Colombia y Honduras. En cualquier caso, la segunda oleada no es una repetición de la primera. La segunda oleada trae otras características: gobiernos más moderados —por ahora— en cuanto a transformaciones sociales y una menor acción colectiva. La acción colectiva no solamente es gente en las calles; la acción colectiva son formas de democratización y de quiebres cognitivos que se producen en la sociedad. La acción colectiva abre horizontes, mueve la línea de lo decible y lo posible, y de lo esperable.

Otra de las características de esta segunda oleada es que se incorporan elementos que, en la primera, no se vieron. En el caso de Colombia, el tema medioambiental, que se aborda de una manera más práctica: no se pueden explorar nuevos campos petroleros. Es una forma todavía pequeña, pero muy reveladora, de una nueva agenda que se va formando en el progresismo. En la primera ola, el tema medioambiental no fue un tema relevante, por mucho que haya habido, en el caso del Ecuador y de Bolivia, una fuerte presencia indígena, ya que esta no estaba enfocada en cuestiones medioambientales. Aunque uno puede decir que el movimiento indigena siempre encierra una reivindicación medioambiental, en realidad, los temas que unificaron y que politizaron al movimiento indígena inicialmente allí y acá tenían que ver con temas de derechos, de recursos económicos, de ciudadanía, de poder político. La cuestión medioambiental estaba latente, pero no apareció como un elemento central. Ahora, en la segunda ola, en algún caso como la experiencia colombiana, aparece. 

Por último, la segunda ola también ha emergido sobre una derecha más envalentonada. La primera oleada venía de una derrota política y moral de las derechas. Esta ya no, sino que surge, por el contrario, de un envalentonamiento de las derechas. Han agarrado algo de experiencia y ya no se encuentran en el desbande con el que se encontraron en los años de la primera oleada. También pueden echarle en cara a las izquierdas los límites y debilidades de sus reformas. Y han aprendido a ocupar las calles. De hecho, incluso con mayor efervescencia que algunas izquierdas. Es una derecha que también ha aprendido de sus errores, que se ha vuelto más audaz, más agresiva y violenta, pero a la vez más expansiva: enfocada, como lo hicimos nosotros, en la lucha por el sentido común y por la ocupación territorial. Han aprendido de Gramsci también, las derechas. Y estamos ahí.

Yo diría que esta nueva fase va a caracterizarse por una sobreposición —ya no podemos decir una tercera ola, sino una sobreposición— muy caótica de oleadas y contraoleadas, una coetaneidad de victorias de izquierda y de victorias de derecha, de derrotas de izquierdas y de derrotas de derechas, casi en simultáneo, sin que ninguna de estas propuestas todavía logre consolidarse. La hipótesis que tengo es que ya no depende tanto de América Latina cuál de las fuerzas va a consolidarse, o que al menos no es suficiente lo que vaya a hacerse en América Latina. Para que se consoliden una u otra —una lógica más conservadora, reaccionaria, autoritaria o una lógica más progresista, de izquierdas— ya no es suficiente la propia fuerza interna de cada país, sino que va a depender de la corriente que vaya a predominar a escala global. Y mientras eso no se dirima, vamos a seguir asistiendo a esta montaña rusa de victorias y derrotas. Gana la derecha en Argentina, parece que se consolida, pero le va mal a los dos o tres años y vuelve a caer. Puede ser que surja una izquierda si se sale del faccionalismo, y que esa izquierda llegue al gobierno, pero, de nuevo, vuelva a tener problemas en el siguiente ciclo.

Entonces, primera oleada, de 2000 a 2014 o 2015; gobiernos de derechas; segunda oleada, de 2018 a 2024 o 2025, y, hoy, una sobreposición de oleadas, de izquierdas y de derechas, simultáneamente, sin que ninguna de ellas logre estabilizarse, predominar o irradiarse de manera definitiva. Así vería lo que está sucediendo en América Latina.

Uno de los grandes aspectos que definió los gobiernos de los que usted formó parte —y de otros gobiernos progresistas de la región durante la “década ganada”— fue el hecho de sostenerse en una mayoría social amplia que integraba a trabajadores formales y ciertas capas de las clases medias (universitarios, intelectuales, determinados profesionales, etc.), pero fundamentalmente a una coalición de campesinos, indígenas y trabajadores de la economía informal. ¿Cuáles fueron las razones que explican la ruptura de este bloque popular? ¿Cómo pueden las fuerzas de izquierdas, ya no solo latinoamericanas sino también europeas, apelar a sectores sociales generalmente excluidos de la vida política oficial?

Casi por definición, las clases subalternas son clases fragmentadas: la fragmentación es una condición de la subalternidad. Los procesos de unificación son los extraordinarios, los más difíciles, y no hay unificaciones duraderas, sino que siempre son contingentes y requieren el trabajo de la acción política para mantenerlas, porque todo conspira para fragmentar nuestra propia vida cotidiana. Lo interesante es otra cosa. ¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron estas unificaciones extraordinarias? ¿Era un malestar, un descontento, un eclipse del neoliberalismo como horizonte unificador, como horizonte predictivo, como economía, como bienestar esperado lo que permitió al movimiento social, a la sociedad, reactivarse y, con el tiempo, articularse con proyectos y horizontes de sociedad más sistemáticos, fundirse en ellos y retroalimentarse? En cualquier caso, en todo momento, las fuerzas centrífugas actúan para desorganizar los procesos de unificación. La misma vida cotidiana conspira contra ello: nuestra forma de trabajar en pequeñas actividades, nuestra forma de abordar los problemas básicos, como el cuidado de un hijo, la salud, la educación, etc. Todo tiende a fragmentarnos. 

Los gobiernos progresistas pueden introducir un conjunto de reformas que, a la vez, fomenten los procesos de agregación. Pero los procesos de agregación social en torno a horizontes progresistas se vuelven más difíciles si, además, el gobierno progresista no logra resolver los problemas económicos más acuciantes que emergen. Llegan al gobierno por problemas económicos que saben recepcionar y articular, que proponen solucionar y frente a los que crean una narrativa de esperanza. Pero, una vez logran el gobierno, de no tener una gestión estable y previsible de largo plazo, se volverán a generar problemas económicos. Y si la izquierda entonces no logra tomar iniciativa para buscar otras soluciones, es muy seguro que el sentimiento de malestar, la caída de la percepción de bienestar de la  sociedad, volverá a fragmentar los bloques populares. Y a esta tendencia natural a la desagregación se sumará el problema de si dentro de la izquierda gubernamental y no gubernamental hay miradas también fragmentadas de la sociedad. 

Pongo un ejemplo: el caso argentino. Hay una mirada unificada de la sociedad cuando el gobierno progresista plantea un conjunto de beneficios y de derechos a los sectores populares en temas básicos, como nosotros también hicimos: acceso a servicios básicos, acceso a protección social, reconocimiento de derechos de ciudadanía y del movimiento indígena, etc. La aplicación de todo eso crea un soporte material a la unificación, algo que ya se había ido logrando en la lucha previa, con las elecciones como momento visible, y que luego tiene una validación en mecanismos redistributivos. Ello genera, inicialmente, un efecto de adhesión, de popularidad y de estabilidad del gobierno. Pero, después de un tiempo, esos mismos sectores que han logrado una base mínima de derechos pasan a tener distintas expectativas. 

Los trabajadores formales, por ejemplo, obtuvieron con los primeros gobiernos progresistas el acceso a salud, el reconocimiento de los sindicato y mejoras salariales. En cambio, los trabajadores informales tienen otra idea de lo implica mejorar su bienestar: están de acuerdo con tener agua potable, transporte público, educación gratuita, atención de salud, pero, después de eso, su mirada sobre el bienestar económico es distinta de la del obrero asalariado. Pueden no preocuparles tener sindicatos, porque tienen tres o cuatro personas trabajando, y eso no da lugar a un sindicato. Son trabajadores, pero a la vez son pequeños propietarios y poseen, por ello, otro tipo de expectativas. Quieren tener su pequeña empresita, pero no pueden acceder al crédito. Al obrero no le interesa tener un microcrédito para hacer una pequeña empresita, pero al informal sí, en la cual él va a seguir siendo trabajador, pero también va a contratar a otros cuatro operarios, incluido a su hijo. Este mundo híbrido de la informalidad, que mezcla economía doméstica urbana con actividad mercantil, es un mundo muy grande. 

Los progresismos, cuando ven eso dicen que no es un gran problema, porque los informales se van a volver asalariados, en una lógica muy típica de los años cincuenta, según la cual la informalidad es un paso temporal hacia la formalidad, el campesino es un paso temporal hacia el proletario o la microempresa es un paso temporal hacia la mediana empresa. Sin embargo, los trabajadores informales van a seguir siéndolo durante los siguientes cien años. El campesino, el informal, el pequeño artesano no están en tránsito, sino que están ahí para quedarse. Y los progresismos no tienen políticas para esta realidad. Cuando llevaron a cabo la universalización y homogeneización de derechos básicos en torno a servicios básicos, les funcionó la unificación social, pues había una validación material de la unificación. Pero cuando eso ya está asumido como un derecho y la gente ve otras cosas, entonces los sectores populares vuelven a diferenciarse. En este contexto, a las izquierdas les cuesta mucho entender cuál puede ser la nueva manera de unificar. Y, en el peor de los casos, tienen una mala comprensión de la realidad, esperando simplemente que los sectores informales transiten y vuelvan a estar en su marco de referencias, de la formalidad, del trabajo regular.

Fíjense en el mundo entero. En los países de ingresos medios —ya no digo ingresos bajos—, la informalidad se mueve entre el 65 y el 85 % de la población. En los países de ingresos altos, la informalidad se mueve entre el 20 y el 30 %; en los países de ingresos medios, entre el 50 y el 70 %; en países de ingresos muy bajos, llega al 80 u 85 %. Lo que llamamos informalidad es una manera de existencia de lo popular y del trabajo. Y, frente a eso, la izquierda no ha logrado crear un proyecto que no sea decir: “te formalizo, te sindicalizo”. Eso no va a poder ser. Esa idea de ciudadanía sindicalizada de los años cuarenta y cincuenta ya no funciona. Y si la izquierda no tiene una respuesta para ellos, para ese sector informal, que es más de la mitad de la población, este empieza a buscar otras opciones. 

Aquí tienes una fragmentación, que ya no es solamente la que produce la vida cotidiana. Tienes una fragmentación por la insuficiencia de respuesta a estas nuevas problemáticas. Y, así como la izquierda en la primera ola logró unificar a la sociedad en torno a un piso mínimo de derechos, lo que se requiere ahora es cómo unificar a la sociedad en torno a un segundo piso de derechos. Un segundo piso de derechos que ya no sean solamente luz, agua potable, educación y salud. ¿Cómo unificar? Es lo que también va a enfrentar Europa en torno a, por ejemplo, la vivienda, la inflación y la migración. Son problemas propios de los europeos. ¿Cómo se unifica una sociedad resolviendo democráticamente estos temas que agobian a la gente en su vida cotidiana o que se les presentan como agobio? “Oye, pero ya hemos resuelto más o menos el tema de la educación, de transporte y la seguridad social”. Sí, pero ahora hay otros problemas que agobian a las personas.

Así como hay esfuerzos por unificar la sociedad, hay contraesfuerzos por volver a fragmentarla, frente a los cuales la izquierda tiene que remontar con nuevas estrategias de unificación viables. Porque una cosa es decir que aquí está la salida, pero otra es que eso encarne, que capte lo que la gente considera potencialmente realizable. Uno puede decir: “oye, todo se soluciona acabando con el capitalismo”, ¿pero qué significa eso? Eso no dice nada. Decir “que se acabe el capitalismo” no me dice nada. No voto para alguien que me diga “voy a acabar con el capitalismo”. Porque acabar con el capitalismo es una abstracción. Claro que hay que acabar con el capitalismo. ¿Pero cómo conviertes esta abstracción en una consigna concreta, cercana, palpable para la gente? Con acabar con el capitalismo puedes convencer a tu alumno de ciencia política del doctorado, pero no le dice nada a la que está vendiendo carne en el mercado. ¿Cómo lo traduces? Ahí hay un límite, un límite de las izquierdas para entender, para traducir, para comprender la realidad y para proponer cosas a la sociedad que sean viables, creíbles y factibles desde su punto de vista y desde su experiencia.

Uno puede decir, visto con distancia, que tuvimos la capacidad para crear mecanismos de unificación y de articulación de la sociedad por un momento, pero que estas se agotaron, como siempre. Y hoy no estamos teniendo la suficiente capacidad para volver a crear nuevas narrativas y propuestas cercanas a la gente que permitan volver a articular o a integrar. La política es eso justamente. Es la capacidad de plantear un conjunto de propuestas prácticas viables para la gente que permitan volver a encontrarse y a unificarse. Pero, vuelvo a decir, en mi lectura no existe ninguna vacuna. De hecho, la izquierda, está para eso: ¿cómo replantear continua e ininterrumpidamente, hasta el infinito, procesos de unificación contra procesos de desunificación que te están asediando, que te van a seguir asediando y que nunca van a acabar de asediarte, hasta que se extinga la humanidad? Siempre va a haber esta tendencia a la desunificación. Y, frente a ella, una tendencia a la unificación.

Es como los que estudian la termodinámica. La segunda ley de la termodinámica afirma que todo tiende a la desorganización. En algunos momentos específicos dentro del mar de desorganización, llamados puntos de bifurcación, se produce la unificación. Del caos nace el orden. La izquierda es un poco eso. Sobre una tendencia permanente de lo social a fragmentarse, la izquierda debe saber encontrar el punto de bifurcación que permita articular. Sabiendo que eso es contingente, que se hace durante un tiempo, que no durará mucho y que luego tendrás que volver a releer la sociedad, a hacer tu análisis de las circunstancias para, así, volver a encontrar el quiebre por donde puede volverse a unificar la sociedad. Hay como una especie de segunda ley de la termodinámica en lo social también, que permanentemente conspira contra las formas de unificación social. Y creo que eso es algo que nunca va a desaparecer.

En un momento de transición energética global y disputa internacional por minerales estratégicos como el litio, el cobre o las tierras raras, ¿cree que el continente latinoamericano está en condiciones de evitar una nueva forma de extractivismo dependiente o existe el riesgo de repetir viejos patrones de subordinación económica? Si atendemos a la tensión entre la necesidad de industrializar y redistribuir riqueza y, al mismo tiempo, las críticas al modelo extractivo desde sectores ambientalistas e indígenas, ¿cómo puede hoy un proyecto progresista resolver esa contradicción sin caer ni en un desarrollismo clásico ni en una transición ecológica que termine bloqueando las posibilidades de soberanía?

Por la experiencia histórica, por lo avanzado hasta aquí y por las propias fuerzas motoras con las que se construyen los proyectos de izquierdas y progresistas, está claro que el tema antiextractivista forma parte de la agenda de un proyecto de izquierda. Sin embargo, creo que este está y debe estar articulado y subordinado a temas de bienestar social y soberanía, porque vas a tener que convivir durante un tiempo con procesos extractivistas y con procesos no extractivistas. Porque, en el caso de América Latina y seguramente África y también Asia, hay un recorrido de procesos de industrialización que otros países ya han superado y han permitido crear una base de bienestar económico mínimo —digámoslo así— que nuestros países de experiencia colonizada no han logrado. 

No se puede venir a Bolivia o Perú, por ejemplo, con la misma actitud antiextractivista de Alemania. Porque detrás de las medidas medioambientales y antiextractivistas de Alemania de hoy, existe un periodo de tres cientos años previos de industrialización. No es que hayas de atravesar lo mismo, pero esto te ha permitido crear una sociedad con capacidades productivas, técnicas y cognitivas, sobre las cuales ahora pueden estar pensando en proyectos no extractivistas, cosa que nosotros no. “Ah, pero está la experiencia del indígena”, se dice. Sí, por supuesto, eso va a ser un elemento que va a ayudar en esta lógica de la Madre Tierra y de una relación más dialógica con la naturaleza. Pero hay otros elementos de las estructuras técnicas y organizativas y cognitivas que no pueden emerger únicamente de esto, a no ser que en los países latinoamericanos se pretenda construir un tipo de progresismo testimonial y de postal para turistas. 

Cuando se imagina al indígena con su llamita y su poncho en el altiplano, se imagina un indígena de postal en condiciones de mediados del siglo XVI. Y ningún indígena se ve así ni se desea así. El indígena desea comerciar con China o Düsseldorf, vestido con su poncho, hablando en aimara y recordando la Pachamama, sí, pero también integrado en procesos industrializados del mundo entero. Y si uno compara nuestra huella ecológica con la de países que han logrado estar en condiciones de poder plantearse economías no extractivistas, está claro que no es la misma. No hay que repetir la misma huella ecológica, pero algo de huella ecológica habrá que atravesar temporal y provisionalmente para lograr un sustento mínimo, una satisfacción mínima de condiciones de vida material que luego nos permitan explorar tanto nuestra experiencia interna indígena y popular como otras contemporáneas en torno a medidas antiextractivistas. 

Yo, para América Latina, siento que por un tiempo van a tener que convivir ambas experiencias, es decir, se va a tener que priorizar las lógicas que tienen que ver con la soberanía y con el desarrollo tecnológico, a las cuales deberán subordinarse las que tienen que ver con el cuidado del medioambiente. De hecho, el mundo está comenzando a actuar así. Uno se pone a ver, por ejemplo, a Alemania, donde reivindican el medioambiente y el hecho de “ser verdes”, pero con la energía nuclear como estrategia de seguridad nacional. O a Francia, que dicen ser “muy ambientalistas”, pero que no venden los autos chinos eléctricos “por seguridad nacional”. China les ha ganado en paneles solares, en autos eléctricos, en baterías eléctricas, y les ponen barreras y aranceles. ¿Por qué? ¿Son muy ambientalistas? No. Los países europeos han priorizado temas de seguridad nacional y de seguridad industrial local. Miren, pues, como los que eran baluartes de un desarrollo verde han tenido que rendirse ante la fuerza de los hechos: priorizar temas de seguridad nacional, de desarrollo industrial local y mantener el tema medioambiental, pero subordinado. ¿Por qué no podemos hacer nosotros lo mismo?

 

Álvaro García Linera 

 

marxista, leninista, fue vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia y es uno de los intelectuales de izquierdas más respetados de América Latina.

Jaume Montés 

 

es miembro de Debats pel Demà y Sin Permiso y doctorando en Sociología por la Universidad de Barcelona. Su tesis doctoral indaga en una historia de los conceptos del federalismo español del siglo XIX, prestando especial atención a la figura de Francisco Pi y Margall.

Gerard Serralabós 

 

investigador predoctoral en el Departamento de Sociología de la Universidad de Barcelona y miembro de Debats pel Demà. Su tesis investiga los fundamentos normativos de la nacionalización del cobre como parte del proceso de socialización de la propiedad llevado a cabo por el gobierno de la Unidad Popular de Chile.

Fuente:

www.sinpermiso.info, 2 de agosto de 2026

https://www.sinpermiso.info/textos/alvaro-garcia-linera-no-se-ha-entendido-en-mas-de-cien-anos-lo-que-queria-decir-marx-cuando-hablaba

miércoles, 15 de julio de 2026

“NO CAMBIAMOS PORQUE NOS EXPLIQUEN LO QUE ESTÁ BIEN, CAMBIAMOS CUANDO ALGO TOCA EL DESEO”

 


Entrevista a: AMADOR FERNANDEZ-SAVATER: 

Jul 14, 2026178 visitas0 comentarios

Este 'filósofo pirata' madrileño ha publicado 'La batalla del pensamiento', un compendio de ideas, reflexiones y textos de agitación que recorren los últimos años de militancias y conspiraciones (en positivo).

Pablo Elorduy

Desde hace unos años, al menos desde el 15M, y al menos en Madrid, el nombre de Amador Fernández-Savater aparece en las conversaciones informales sobre lo que nos pasa. El autor de libros como La fuerza de los débiles (Akal, 2021) y Capitalismo libidinal (Ned ediciones 2024) tiene el acierto de pulsar sobre las preguntas, los deseos y los malestares de su generación. Lo ha vuelto a hacer con La batalla del pensamiento, publicado este año por Ned Ediciones, un libro-compendio de fragmentos, entrevistas y reflexiones en los que examina agujeros de sentido como el de las tertulias, la agotadora opinión y otros mecanismos que desactivan el pensamiento. En la minuciosa búsqueda de una verdad como camino y no como emblema, Fernández-Savater no deja de hacer preguntas y ensaya respuestas con el único ánimo de ponerlas en común, con la certeza de que solo mediante la transformación de los nombres que ya no sirven puede darse una lucha que es urgente.

¿Se está convirtiendo la inteligencia artificial en uno de los temas sobre los que piensas últimamente?

Uno publica un libro y luego en las presentaciones, o en lo que los lectores te devuelven, muchas veces descubres, escuchando y leyendo cosas, que el libro también conecta con determinado fenómeno, aunque no lo hubieras pensado antes. En el libro no hay ni una palabra sobre la IA, todos los textos están escritos antes de la explosión de los chatbots. Pero hay una preocupación constante por los automatismos, por la delegación, por las condiciones del pensamiento. Quizá la pregunta que el libro ya hacía era qué tipo de subjetividad estaba formándose para recibir con tanta naturalidad la delegación de tareas de elaboración en una máquina.

También has comentado la inquietud que te generan algunos de los nuevos reyes de la tecnología.

Me llamó la atención descubrir hasta qué punto un tipo como Peter Thiel no actúa solo como empresario o inversor. También crea fundaciones, impulsa centros de investigación, financia revistas, da conferencias, interviene en debates filosóficos y teológicos. Es decir, entiende que el poder no consiste solo en fabricar tecnología, sino también en producir ideas sobre qué es el ser humano, qué es la libertad o qué futuro deseamos. Yo dudaba sobre el título del libro, me preguntaba si la imagen de la batalla no sería demasiado épica, demasiado guerrera. Pero tipos como Thiel lo ven muy claro. Hay una batalla del pensamiento donde se están jugando cosas decisivas.

¿Cómo cuáles?

Si nos tomamos en serio la IA, la radicalidad de las preguntas que pone encima de la mesa nos obliga a pensarlo todo de nuevo, a repensar qué significa conversar, escribir, leer o incluso imaginar. Porque no automatiza únicamente tareas materiales o cálculos, sino que trabaja sobre el lenguaje, y el lenguaje no es una herramienta cualquiera. Es el medio mismo en el que pensamos y vivimos, en el que elaboramos la experiencia y construimos un mundo. Somos lenguaje. Por supuesto la IA cristaliza procesos muy anteriores: la automatización creciente de respuestas y decisiones, la delegación de las capacidades, la subordinación de la tecnología a la lógica del mercado, la extracción masiva de datos. Pero precisamente porque los cristaliza, los acelera y radicaliza. En realidad, se trata de un “adversario” estupendo porque nos obliga a pensarlo todo de nuevo.

De alguna manera, a través de los chatbots y de la inteligencia artificial generativa estamos ante una ofensiva de sustitución del pensamiento humano, que se produce por una explotación de la cooperación a través del lenguaje, de la creación, de la investigación que es, por supuesto, humana. ¿Hacia dónde crees que nos dirige esto?

Hace poco escuche a una chica decirle a sus amigas en el metro que no conocía a nadie (incluida ella misma) que no viviese permanentemente con una pestaña de ChatGPT abierta: “¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que podría comer hoy? ¿Por qué ayer me encontraba tan alegre y hoy estoy tan triste?”. Se trata de una conversación con lo que finalmente es una máquina de calcular; eso me impresionó. ¿Quiere decir esto que hasta que llegó la IA todos estábamos en un pensamiento que nos permitía decidir autónomamente sobre todas estas cuestiones? Claramente, no: ha estado la Iglesia, han estado los partidos, han estado las ideologías, ha estado el mercado, mil formas de no pensar por uno mismo. Pero, no sé, me pregunto: ¿a qué sustituye esa conversación? ¿Qué investigaciones propias? ¿Qué búsqueda de referencias? ¿Qué se pierde en esa centralización en un único interlocutor? ¿Qué otros interlocutores se pierden? Me parece vital pensar esto.

Son conversaciones que se dan de una manera determinada, con una máquina cuyo diseño privilegia la cooperación antes que el conflicto, que tiende a acomodarse a nuestras preguntas más que a resistirse a ellas, que ofrece respuestas antes que obligarnos a lanzarnos a la búsqueda. Esto está guiando la interacción cotidiana de millones de personas y conformando al mismo tiempo toda una economía. Me pregunto hasta qué punto esas tecnologías están sustituyendo librerías a las que se iba a buscar un libro, libreros con los que hablabas, amigos con los que tenías esas conversaciones, referencias que tú mismo buscabas, preguntas que tú mismo te hacías. Se ha hablado mucho de economía de la atención, y con razón. Pero quizá hoy haya que empezar a pensar también una economía de la conversación. Es decir, preguntarnos quién organiza nuestras conversaciones, con quién conversamos, qué conversaciones desaparecen, cuáles se vuelven imposibles y cuáles se hacen rentables.

Lo que nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros

La IA crea también toda una cultura de lo fake: imágenes, vídeos falsos generados a partir de material real, pero también respuestas dudosas, inventadas por parte de los chatbots. ¿Es paradójico de alguna manera que el progreso, hijo de la ilustración, haya derivado en esta expansión de lo falso?

Estos días me venía preguntando: ¿por qué nos hemos vuelto tan crédulos? Parecería que vivimos una época de escepticismo. No creemos a los políticos, sabemos que la publicidad es propaganda, desconfiamos de las grandes empresas, pensamos que todo el mundo quiere vendernos algo. Y, sin embargo, nunca han circulado con tanta facilidad los bulos, las fake news o las teorías de la conspiración. Nos tragamos cualquier cosa. ¿Cómo se entiende que en estas sociedades supuestamente ilustradas, donde el acceso a la educación y a la información es incomparablemente mayor que en otras épocas, haya al mismo tiempo fenómenos de credulidad tan grande?

¿Qué respuesta propones a esa pregunta?

En los años cincuenta del siglo pasado, el filósofo de la técnica Günther Anders hablaba de “mundo suministrado”. Lo que estaba produciéndose con la tecnificación de la experiencia, con el fenómeno planetario de la radio y la televisión, era que el mundo nos venía suministrado a domicilio, como espectadores, como consumidores. Siguiendo las reflexiones de Marga Padilla me pregunto si lo que así nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros. Hoy quizá ya no se trata de “mundo suministrado”, sino de “mundo asistido” por esas máquinas de cálculo a las que preguntamos todo, pero la tendencia es la misma. Y cuando la verdad ya no es algo que salimos a buscar, la tendencia es creer simplemente aquello que confirma más rápidamente lo que queremos creer.

Abandonar el pensamiento crítico sin saberlo.

No importa lo disparatada que sea una teoría si confirma una convicción previa o un afecto muy fuerte que ya tengo hacia alguien o hacia algo. Entonces, da igual el aspecto que tengan, da igual lo que digan. ¿Cómo explicar, si no, que Donald Trump pueda afirmar pocos días antes de unas elecciones que los inmigrantes se comen las mascotas de la gente? Desde una concepción ilustrada un poco ingenua pensaríamos: ‘Eso desacreditaría a cualquiera’. Y, sin embargo, produjo adhesión y ganó las elecciones. Ahí comprendemos que la cuestión ya no es simplemente si una afirmación es verdadera o falsa. Del mundo suministrado al mundo asistido, lo que vamos perdiendo es la capacidad de orientarnos por nosotros mismos, la capacidad del pensamiento, que tiene una dimensión personal y tiene una dimensión de conversación y de relación con el otro. Lo que puede haberse debilitado no es tanto la Ilustración, en el sentido de que falte información —información hay toda la que quieras—, sino la capacidad de orientarte por ti mismo. Orientarse exige atreverse a dudar y a vacilar, aceptar no saber del todo lo que te está pasando, investigar, conversar, perderse incluso. Encontrar una voz propia. Porque la verdad no consiste únicamente en disponer de información correcta, sino en poder conectar lo que piensas con lo que vives y lo que sientes. Ese vínculo, para mí, sigue siendo el mejor índice de verdad.

¿Qué significa esto último?

La verdad no es, para mí, una confirmación, sino una experiencia. No es algo que simplemente se posee, sino algo que se elabora. Tiene que ver con un movimiento, con una transformación, incluso con una aventura. Las grandes novelas de iniciación cuentan siempre la misma historia: un chico que se marcha de casa, alguien que abandona su ciudad, su trabajo o su familia. La verdad no está ya dada, hay que salir a buscarla. Y aunque finalmente se vuelva a casa, al trabajo o a la familia, se vuelve de otra manera, con una verdad propia. Hay experiencia cuando uno sale al encuentro del mundo, cuando se expone a lo que no controla, a lo que se le resiste, a lo que todavía no sabe. Esa resistencia nos obliga a rectificar, a cambiar de idea, a probar otros caminos. Ahí aparece la verdad. Pero si el mundo nos viene ya suministrado, la verdad deja de ser algo que se conquista en una búsqueda y pasa a ser algo que creemos poseer de antemano: aquello que confirma lo que ya somos, lo que queremos creer o lo que ya pensábamos.

Hay algo que Donald Trump, con sus excesos verbales, sus faroles y sus faltadas parece aportar, que es la rebeldía, si quieres suministrada, como dices. Una sensación inauténtica de autenticidad.

Durante mucho tiempo aprendimos a pensar el capitalismo como una red impersonal de dispositivos y de infraestructuras que organizaban la vida cotidiana sin necesidad de convencernos ideológicamente. Ahí están Toni Negri y Michael Hardt, o el Comité Invisible con su idea del poder logístico. Un poder que ya no necesita convencernos de nada, no necesita pasar por lo discursivo, porque nuestros propios comportamientos están perfectamente ajustados ya a protocolos, procedimientos, funcionamientos. Jorge Alemán introduce un matiz decisivo en su libro Neoemperadores [Ned ediciones, 2026]: el capitalismo necesita hoy volver a encarnarse. En esta crisis del neoliberalismo en la que estamos, que se va resolviendo a través de la guerra, aparecen estas figuras de los ‘neoemperadores’ que funcionan como identificadores que movilizan pasiones oscuras (de supremacismo, de odio, de crueldad, de rechazo al otro), como el propio Donald Trump y sus imitadores.

Milei, Bukele, etc.

Es como si el poder hoy funcionase en ambos niveles. Por un lado, una serie de funcionamientos automáticos que organizan materialmente nuestra vida y que lo que requieren es nuestra obediencia, nuestra indiferencia, nuestra delegación de la existencia. No saber, no pensar, no sentir, no imaginar, no hacer. Por otro lado, una serie de ‘operadores libidinales’ como los llama Jorge que activan las pasiones más excluyentes y mortíferas: el orgullo de las identidades y las pertenencias cerradas y duras que hacen un borde duro con respecto a un otro al que hay que expulsar. Me viene ahora un ejemplo cotidiano y micro de esto.

Precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario

Adelante.

Desde hace poco estoy trabajando en coles y en uno de ellos pasó lo siguiente: se abrió un expediente de expulsión que afectaba a uno de esos “chicos difíciles” con los que las escuelas no saben muy bien qué hacer. Un chico de origen migrante, que vivía en condiciones de mucha precariedad, con modos agresivos de relación. Ante la discusión que abrieron algunos profes sobre si no era precisamente ese chico el que requería más cuidado y atención de la escuela, se dieron algunas respuestas defensivas habituales: “no se puede hacer nada, es cosa de la familia, esto no es cosa nuestra”. Sería una respuesta en el primer nivel: no dejarse afectar, no dejarse conmover, no hacerse cargo, con la excusa de la obediencia al mecanismo, al procedimiento, a la norma. Pero también se escuchó una voz que dijo: “es mejor que estos se vayan, porque en el fondo no quieren convivir, no quieren integrarse”. Aquí se puso en marcha la crueldad discursiva, el segundo nivel.

Las dos formas conviven. Una, que llamas ‘brutalismo’ en el libro hace explícito lo que la otra solo sugiere.

Justo. En el fondo son dos tipos de automatismos, el automatismo emocional del cliché y el estereotipo, el automatismo procedimental del funcionamiento y la norma. Los automatismos de la crueldad explicitan una verdad que ya está implícita en los automatismos procedimentales que funcionan a diario produciendo la segregación de todo lo que no encaja, de todo lo que no se ajusta, de todo lo que se desvía, de todo lo que molesta. Son dos formas de no pensar, de ser pensados, de no hacer experiencia, de no encontrarse con lo otro, con el otro, y elaborar algo propio al respecto. El brutalismo actual explicita lo que el neoliberalismo —que hablaba de globalización, de derechos humanos, de democracia, de minorías— hacía ya cotidianamente: descartar y expulsar, confinar y deportar, vigilar y castigar.

¿Cómo es esa experiencia en los colegios que estás teniendo y qué te dice sobre estos problemas del mundo de los que estamos hablando?

Para mí la escuela es un observatorio privilegiado desde el que pensar el mundo entero. Está todo ahí: los malestares, las tecnologías, las transformaciones de la familia, las formas de autoridad, los vínculos, los gestos de cuidado, las violencias, las posibilidades de la conversación. Todos los días pasan cosas. La vida entra continuamente en el aula con sus imprevistos y obliga a detenerse, a pensar, a improvisar, a crear respuestas. En muy pocos lugares sucede eso con tanta intensidad. Por eso creo que las movilizaciones de estos meses en el mundo de la educación son muy importantes. No solo por las reivindicaciones concretas —más recursos, mejores salarios, menos alumnos por clase—, que son absolutamente necesarias, sino porque expresan un malestar mucho más profundo. La escuela está desbordada. Está sometida a una enorme presión burocrática, a la lógica del rendimiento, a la evaluación permanente, y cada vez dispone de menos tiempo para aquello que solo puede hacer ella: prestar atención, cuidar, conversar, elaborar conflictos. La paradoja es que, precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario. Allí todavía se pueden ensayar otras maneras de relacionarse, de aprender, de hacerse cargo de lo que pasa.

Hay toda una alerta sobre cómo la extrema derecha está llegando a los chicos varones de los institutos. ¿Cómo lo percibes tú?

Creo que ahí se cruzan muchas cosas distintas y conviene no simplificarlas. Te cuento una escena. Un día entré en un aula y un grupo de chicos empezó a cantarme el Cara al Sol. Tuve la suerte de que me pilló en un buen día. No reaccioné desde la indignación ni desde el automatismo. Les pregunté simplemente si sabían lo que estaban cantando. Les propuse ir estrofa por estrofa, explicándome el significado de la letra. Y descubrimos enseguida que no tenían ni idea. Habían elegido esa canción porque pensaban que me iba a molestar, porque me identificaban con alguien de izquierdas. Aquello me hizo pensar. Hay un malestar que puede conectarse con determinados enunciados de la extrema derecha, pero esa conexión no convierte automáticamente a esos chicos en fascistas. Hay una diferencia entre el malestar y la forma política que encuentra para expresarse. Y precisamente porque no son lo mismo, esa conexión también puede deshacerse.

¿Cómo fue ese momento?

En la conversación los chicos empezaron a hablar de sí mismos. Hay una cosa que me ha pasado en los coles y es que en la conversación uno por uno aparece siempre algo mucho más complejo que el personaje que habían representado delante del grupo. He visto chicos que te hablan de sus experiencias, de sus dificultades, de sus problemas con el otro sexo, que es algo universal de la adolescencia pero que hoy también tiene un componente especial de dificultad, porque se han roto algunos códigos, afortunadamente. Cuando he conseguido entablar una conversación sobre estas cuestiones, que no es fácil, nunca he escuchado a un chico desplegar una ideología fascista. Hay dudas, hay vacilaciones, hay un cruce de cosas, hay un no saber cómo hacer, cómo vivir, un no poder vivir también. Alguien te ofrece de repente una identificación o una explicación de tus problemas y conectas con ella, pero no eres eso.

En lugar de ganar al contrario en lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

¿De dónde crees que viene esa identificación con la extrema derecha?

Hay un malestar hecho de muchas cosas distintas (precariedad, crisis de la masculinidad hegemónica, incertidumbre) y ese malestar está conectando con los relatos de la extrema derecha. Pero hay que diferenciar entre el malestar y su expresión. Creo que el malestar podría tener otras expresiones. Y hay que tener en cuenta esto: no basta con tener la razón. Al final de aquella conversación un chico dijo algo que me impresionó mucho: “En este instituto el feminismo es la ley”. No creo que estuviera rechazando tanto el feminismo como experiencia de igualdad como un discurso que le llegaba únicamente desde arriba, una verdad ya hecha frente a la que solo cabía asentir o resistirse. Entonces, ¿cómo transmitir, cómo educar, cómo contagiar? En realidad, el pensamiento, lo que nos transforma, tiene que brotar desde adentro. Ningún proceso de emancipación puede enseñarse únicamente como un contenido correcto; necesita convertirse en una experiencia propia.

¿Conversar de qué manera?

Yo creo que la palabra tiene un poder impresionante, la palabra puede curar, puede transformar. Pero, ¿qué tipo de palabra? ¿Una palabra intercambiada en qué condiciones? Si se pudiesen abrir espacios de conversación en la escuela, donde los chicos hablasen en confianza y sin temor a ser juzgados, escuchando a los demás, tal vez se podrían dar más de estos efectos de transformación. La palabra intercambiada en un espacio así puede tal vez “tocar” el cuerpo, nombrar algo, hacerlo real y concreto. En el caso de los chicos varones de que hablábamos, yo digo que hay que pinchar en el malestar y en las ganas porque ahí está el deseo. En el malestar de tener que cargar con el peso del mandato de masculinidad y en las ganas de ser varones diferentes. Nadie cambia simplemente porque le expliquen lo que está bien. Cambiamos cuando algo toca nuestro deseo.

En el libro recoges una cita de Gilles Deleuze: “La izquierda es lo que necesita que la gente piense”.
Ahí donde se abre un momento y un espacio de pensamiento hay izquierda, viene a decir Deleuze. La izquierda es eso que necesita que la gente piense, active su capacidad de poner nombres a lo que le pasa, de crear. ¿Es una cosa minoritaria? A veces lo pienso, por ejemplo a mis talleres viene gente maravillosa con muchas ganas de leer, de estudiar, de conversar. Entonces me pregunto: “¿Aquí nos estamos dando unos cuantos el lujo de tener otra relación con el lenguaje o esto tiene algún tipo de eficacia en la transformación del mundo?” Quiero pensar que sí, hay algunos ejemplos que demuestran que la conversación y el pensamiento pueden ser potencias políticas. Es el caso de la campaña de Mamdani a la alcaldía de Nueva York.

¿Qué te llama la atención de ese fenómeno?

Mamdani hizo de la escucha, la conversación y el pensamiento una fuerza. En primer lugar, instaló sus oficinas en aquellos barrios donde el voto progresista había migrado hacia el voto republicano, quiso entender porqué la gente que había votado a los demócratas toda la vida habían empezado a votar a Trump. En segundo lugar, organizó una campaña gigantesca de conversaciones “puerta a puerta” entre cien mil de sus voluntarios y los ciudadanos de Nueva York. Trató de escuchar a la gente, sus razones, sus malestares, incluso y sobre todo los de quienes no le daban la razón. Creo que sólo así logró un diagnóstico y una propuesta capaces de sintonizar con la población, gracias a que se atrevió a escuchar lo que en principio era más molesto de escuchar y a pensar desde ahí. En lugar entonces de ganar al contrario en una guerra de explicaciones, de propagandas, de relatos, lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con el lenguaje, en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

Dices en otro momento que Twitter (X) asegura hoy la paz social.

Me refería a que la opinión crítica en redes funciona muchas veces como compensación: no puedo cambiar nada pero puedo decir todas las enormidades que se me ocurran. La opinión es gratis. Hay que reinventar el pensamiento crítico. Salir de la idea de que pensar críticamente es dar caña, enjuiciar, cancelar, señalar. Ahí no pasa nada. Si nuestro cuerpo no está comprometido, no pasa nada.

Estoy seguro de que mucha gente que participa en X, en las redes sociales, te dirá que todo lo que discute le pasa por el cuerpo: “no veas la mala leche que se me pone cuando veo a Ayuso”.

Un filósofo importante del siglo XX hace una distinción entre la crítica y el pensar vinculante. La crítica es este enjuiciamiento de que algo del mundo va mal: yo lo señalo, pero no tengo nada que ver con ello. Es un enunciado puramente exterior. En el pensar vinculante lo que aparece también es una pregunta sobre tu propia vida. ¿Simplemente somos víctimas inocentes de todo lo que criticamos o de alguna manera también estamos implicados en ello? Es mucho más fácil señalar culpables que hacernos cargo de la propia vida que nosotros llevamos, porque finalmente el capitalismo también son formas de vida, formas de consumo, formas de estar en el mundo, formas de relacionarnos, formas de hacer las cosas. Entonces, ¿por qué el pensamiento no puede tener una dimensión de revisión de la propia vida, de pregunta y desafío sobre uno mismo? La opinión crítica muchas veces es un mero desahogo para seguir en la vida tal cual, como si el mundo que criticas no tuviese nada que ver contigo.

En el libro hablas de lo profético.

Es una lectura de Ernst Bloch, el filósofo de la utopía y la esperanza. La voz profética, explica Bloch, no se limita a la crítica, a la constatación del desastre, al señalamiento del mal, sino que anuncia la posibilidad de otra vida. El mismo profeta se pone en juego, está embarcado en un proceso de transformación y por eso su voz es creíble. Denuncia el mal pero desde otro punto de partida, desde la posibilidad de otra vida, exponiendo su propio cuerpo. Finalmente se trata de hacernos cargo, de hacernos responsables del mundo en que vivimos, no simplemente de señalar a los culpables de lo mal que va todo.

En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar

Entiendo la idea, pero no sé si puede interpretarse como un llamamiento a la coherencia que, por más que haya gente que renuncia a un montón de cosas, no es posible hacerlo del todo. Me refiero a cosas como estar en Spotify, tener coche o viajar en avión.

No se trataría de coherencia, sino de decir cosas que no nos dejen igual, que nos comprometan a algo, que no sean complacientes con nosotros mismos y nos desafíen, que señalen nuevos puntos de partida. Habría que diferenciar bien esta idea de la coherencia, de la pureza de una vida donde todo encaja perfectamente. Tengo que pensarlo más.

Al hilo de esto, Lluís Aguiló polemiza de alguna manera con esa idea de “desertar del mundo” y sostiene que toda la lucha se produce dentro del sistema, que no hay un afuera.

Para mí la idea de deserción, tal y como la formula Franco Berardi (Bifo), es una consigna de pensamiento potente que se trata de leer más poética que literalmente. La película ‘Sirat’ [Óliver Laxe, 2023] nos habla precisamente de que no hay afuera, porque está todo el terreno minado. Mientras que ‘Perfect Days’ [Win Wenders, 2023] nos advierte contra la idea de vida tranquila, una tranquilidad sin deseo. En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar. Porque no hay lugares buenos, sino distintos modos de habitar cada lugar. Cabe desertar en la escuela, por ejemplo, pero no porque la abandonemos, lo que para mí no tendría sentido, sino porque abandonamos el punto de vista del rendimiento, de la burocracia, de los programas, de lo que supuestamente la escuela tiene que ser. Sin movernos del sitio nos disponemos para otra cosa, para otra escucha, para otras posibilidades.

Hablamos de que no hay un afuera, pero parece claro es necesario un afuera de las redes sociales y el encuentro de espacios desde el que organizarse o verse.

Una de las cosas que he ido viendo claro en las distintas presentaciones del libro es que la batalla del pensamiento no pasa simplemente por producir otros contenidos, sino por inventar también los espacios, los tiempos y las conexiones o alianzas necesarias para pensar. Pienso de nuevo en la escuela. No se puede pensar porque los espacios colectivos han sido desmantelados, porque los tiempos han sido colonizados por las lógicas de rendimiento, porque la individualización de las trayectorias laborales hace casi imposible el encuentro entre profes. Entonces, pensar es en primer lugar inventar espacios donde nos los hay, fabricar tiempos fugando la obligación interiorizada de productividad y volver a conspirar (a respirar juntos) con las compañeras y los compañeros. Pensar es en primer lugar inventar las condiciones para pensar. Y eso siempre se hace a contracorriente en esta sociedad desertizadora, donde la combinación de tecnología y mercado se come los espacios y los tiempos, sustituye como antes decíamos al resto de las relaciones.

En el libro te refieres a un “poder de saturación”.

Sí, es el poder que dispone a priori todas las respuestas posibles para que no nos hagamos ninguna pregunta. Ofrece por anticipado todas las soluciones, todas las posibilidades, todos los objetos, todas las tecnologías, todas las opciones. No hay vacío, no hay hueco, no hay falta, no hay espacio inacabado donde podamos pensar, escucharnos a nosotros mismos, buscar. Sólo tenemos que elegir, opinar, responder, consumir, clickar dentro de lo ya dado. Decía Deleuze que pensar tiene algo de pulmonar, que el órgano del pensamiento son los pulmones. La saturación bloquea el pensamiento y nos asfixia. El pensamiento es coger aire. Ese aire es el aire de lo desconocido. Entran nuevas palabras, nuevas referencias, nuevas lecturas, nuevas combinaciones, nuevos ritmos. Simone Weil asocia la atención con una interrupción de las respuestas previas, con una espera activa de algo desconocido. Se trata de hacer un vacío, una pausa, para que no quede todo obturado de las opciones preexistentes, para dar espacio a esa conexión imprevista, ese pensamiento insólito, esa alucinación que tuvimos y que merece la pena considerar.

La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo

Conectas pensamiento y lucha, algo que a priori no parece intuitivo.

Creo que las luchas activan el pensamiento y que el pensamiento es en sí una lucha. ¿Por qué? El filósofo Alain Badiou dice que una lucha empieza cuando los de abajo renombran la situación de manera distinta a los de arriba. Es decir, las palabras hacen cosas, son operaciones que intervienen en la batalla del pensamiento. Por ejemplo, cuando en el 15M dijimos: “No es una crisis, es una estafa”. Eso produjo una descripción de la situación completamente distinta. Si lo que estábamos viviendo era sólo una crisis, pues no había otra que ajustarse el cinturón, sentirse culpable porque consumiste demasiado, obedecer las medidas de austeridad, justificar los sacrificios… Pero si no es una crisis, si es una estafa, entonces todo cambia. ¿Una estafa de quién? ¿Contra quién? ¿Cómo se preparó? ¿Qué puede hacerse contra ella? Lo mismo ocurre con la consigna “lo llaman democracia y no lo es”. ¿No lo es? ¿Entonces qué es? ¿Y de dónde viene? La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo.

¿Y a nivel individual?

Cuando uno piensa, aunque sea un nivel individual, la realidad no te tiene, no te atrapa del todo, no se te cae encima. Porque tienes tu manera de nombrar, tienes tu relación con el pasado, tienes tus referencias. No estás clavado al presente, a lo existente, a lo dado. Tienes un pequeño margen de autonomía. Puedes respirar.

¿De qué manera eso amortigua la sensación de desesperanza, de impotencia?

¿Puede tener que ver la sensación de impotencia actual tan extendida con que los nombres que tenemos para las cosas ya no nos sirven? Ya no son nombres que nos reúnan, que nos convoquen, que nos pongan en marcha, que nos lancen a una investigación colectiva, que habiliten la acción. Los repetimos pero no pasa nada y entonces sentimos impotencia. Ahí empieza la batalla del pensamiento. Podemos empeñarnos en repetir nuestros nombres, nuestras consignas, nuestras ideas. O podemos animarnos a dejarlos caer, a buscar otros nombres o, al menos, a dar nueva vida a los antiguos. La impotencia se explicaría entonces porque vivimos entre cadáveres, palabras muertas, sin efecto.

¿La batalla del pensamiento es una disputa por la esperanza entonces?

Creo que sí, que la batalla del pensamiento puede brindar esperanzas. ¿Por qué? Porque abre, permitiéndonos ver de otro modo. Por ejemplo, si no vemos que los chicos de hoy son fascistas, sino que su malestar por alguna razón conecta con la extrema derecha, ahí hay cosas que pensar, que investigar, que ensayar, que intentar. Hacernos con otro mapa de la realidad es darnos otro registro de posibilidades, con otros márgenes de acción, de experimentación, de aventura. De pronto el mundo ya no se nos cae encima, porque somos capaces de percibir la distancia entre la representación, lo que se supone que pasa y lo que pasa. Hurgamos en las representaciones dominantes y ahí dentro está la vida, siempre contradictoria y palpitante, siempre inacabada y por tanto esperanzadora.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/amador-fernandez-savater-batalla-pensamiento

https://www.grupotortuga.com/amador-fdez-savater-no-cambiamos-porque-nos-expliquen-lo-que-esta-bien-cambiamos-cuando-algo-toca-el-deseo/