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lunes, 3 de mayo de 2021

EL PROBLEMA DE CHOMSKY

 Noam Chomsky (Filadelfia, 1928). Fotografía de Jean Baptiste Paris

 

Isa Ferrero

@isaferrero2

2 may 2021 06:00

 

La opinión del filósofo no solo sigue siendo muy importante para entender el mundo, sino que además es inspiradora para afrontar adecuadamente catástrofes inminentes

 

Hace ya más de cuatro décadas, en 1979, Paul Robinson en un artículo en The New York Times dijo de Noam Chomsky que “posiblemente es el intelectual más importante vivo en la actualidad”. Muchas veces esta afirmación ha sido sacada de contexto, dado que el objetivo de Robinson no era más que criticar las visiones políticas del filósofo estadounidense. El artículo titulado ‘El problema de Chomsky’ se preguntaba cómo la persona capaz de realizar un trabajo tan sofisticado y con “una gran cantidad de estudios lingüísticos revolucionarios y altamente técnicos, muchos de ellos demasiado difíciles” para cualquier persona que no fuera lingüista, era también la misma que había escrito un montón de textos políticos “accesibles a cualquier persona alfabetizada, pero a menudo enloquecedoramente simples”.

En el año 1986, en el libro El conocimiento del lenguaje, Chomsky establece dos grandes problemas que concentraban su atención: El problema de Platón que “consiste en explicar cómo conocemos tanto teniendo en cuenta que los datos de los que disponemos son tan escasos” y El problema de Orwell que “consiste en explicar cómo conocemos y comprendemos tan poco, a pesar de que disponemos de unos datos tan ricos”. Tal como ha señalado muchas veces Chomsky, Orwell se preguntaba por la libertad de expresión tanto en estados totalitarios como en estados democráticos y libres, siendo este último caso especialmente interesante para comprender el funcionamiento de nuestras sociedades democráticas. Un ejemplo que siempre vale la pena recordar es que al autor de Rebelión en la Granja le censuraron el prólogo de la primera edición por hacer una crítica a la prensa británica. Según Orwell, la prensa estaba “muy centralizada, cuya propiedad es, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tratar ciertos temas importantes”.

Siendo cuidadoso con los hechos, creo que resulta justo afirmar que ‘El problema de Chomsky” formulado no hacía más que reforzar “El problema de Orwell’. El historial terrible de la política exterior estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial y la propaganda mediática son dos puntos que dan la razón al pensador estadounidense, ya que las críticas a las conculcaciones de los derechos humanos por parte de los Estados Unidos eran también apartadas de ese consenso aceptable para las élites, que explicó con mayor detalle junto con Edward S. Herman en Manufacturing Consent.

Lo más interesante a la hora de plantear los problemas de Platón y de Orwell es que para Chomsky, el de Orwell era “mucho menos” profundo e “intelectualmente excitante” que el de Platón, aunque seguidamente advirtiera de que “a menos que lleguemos a comprender El problema de Orwell y a reconocer su importancia en nuestra vida cultural y social, y a superarlo, existen pocas probabilidades de que la especie humana sobreviva el tiempo suficiente para descubrir la respuesta al problema de Platón o a otros que desafían nuestro intelecto y nuestra imaginación”.

El problema de Orwell también nos ayuda a entender por qué Chomsky ha sido a lo largo de su vida descaradamente censurado por los grandes medios a pesar de ser uno de los autores más citados del siglo XX. La respuesta está en lo que se conoce muy bien desde la izquierda: cualquier pensamiento que desafíe al Poder va a tender a ser censurado, ridiculizado y tildado posteriormente de subversivo o radical.

El último libro sobre Chomsky, Chomsky for Activists, ha arrojado bastante luz a este respecto. En el libro se recogen unas entrevistas al lingüista estadounidense y se da voz también a muchos de los amigos con los que ha compartido experiencias a lo largo de su vida. Este es el caso del actor Wallace Shawn que admite que The New York Times (NYT) censuró una respuesta suya cuando el medio estadounidense le pregunto sobre sus opiniones políticas. Shawn respondió: “si quieres tener una respuesta simple, diría que creo en el tipo de cosas que Chomsky cree. Así que, si lees sus libros, tendrás una buena idea de lo que yo pienso”. El NYT decidió cortar estas declaraciones porque según le dijeron a Shawn, un jugador de hockey había dicho lo mismo hacía tres meses y “no podían seguir promocionando a este individuo”.

Chomsky siempre ha sido 1% genialidad y 99% inspiración. Una persona que trabajaba 20 horas al día, que ha viajado por todo el mundo y que siempre ha trabajado con pasión, humanidad y sobre todo mostrando mucha empatía hacia toda la gente que veía sufrir

Chomsky for Activists se hace también muy interesante por todo lo que ha significado a una generación de activistas no solo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Tal como dijo hace poco el experto en ciencia política, Norman Finkelstein, contando una anécdota muy divertida, Chomsky siempre ha sido 1% genialidad y 99% inspiración. Una persona que trabajaba 20 horas al día, que ha viajado por todo el mundo y que, como se recuerda en este libro, siempre ha trabajado con pasión, humanidad y sobre todo mostrando mucha empatía hacia toda la gente que veía sufrir. Una persona que podía romper a llorar tras escuchar los testimonios de los refugiados en Laos, tal como le sucedió en el año 70.

A pesar de ver con sus propios ojos la destrucción a menudo causada por Occidente, Chomsky nunca ha perdido el optimismo dentro de esta fatalidad que le ha animado siempre a denunciar: “las experiencias más esperanzadoras que he tenido ha sido involucrarme con las personas realmente pobres y desfavorecidas que estaban luchando y obteniendo logros”.

En el libro también se recoge un alegato a la esperanza y al optimismo en un momento en el que podemos sentirnos tentados a tirar la toalla. Durante las entrevistas se sacan varios temas que siguen sin perder actualidad y que empujan a un relativo optimismo si colocamos todo en la correcta perspectiva.

Conviene hacer una pequeña contextualización con una de las ideas más importantes para el activismo que siempre ha recordado Chomsky apoyándose en uno de sus filósofos favoritos, David Hume. Según Chomsky, contrario a lo que se supone muchas veces, el poder siempre está en manos de los “gobernados”. Es La Paradoja de Hume. Lo interesante es descubrir que esta subordinación al poder se hace más interesante en el caso de las sociedades democráticas debido a la importancia que adquiere el consenso. Saber esto significa ser lo suficientemente audaz y buen estratega para combatir toda la propaganda que el poder utiliza para perpetuar situaciones injustas. Las experiencias personales que ha vivido Chomsky lo confirman. Lo que a veces parece imposible, se convierte en realidad. Las victorias son posibles porque el verdadero poder lo tienen los gobernados.

Un gran ejemplo es precisamente la guerra de Vietnam donde Chomsky vivió en primera persona cómo al principio del conflicto era prácticamente imposible manifestarse. Chomsky relata que en los mítines había siempre cuatro gatos y que era precisamente “la policía” quien “protegía a personas como nosotros de ser asesinadas. No porque les resultáramos agradables, sino simplemente porque no querían un derramamiento de sangre”. Por esos cuatro gatos que se manifestaban contra un imperio, acabaron produciéndose manifestaciones masivas que denunciaron los crímenes de las administraciones estadounidenses. De sobra es sabido que el activismo de los años 60 cambió para siempre los Estados Unidos.

Este cambio radical no habría sido posible sin “las innumerables pequeñas acciones de personas desconocidas” como recordaba siempre el historiador Howard Zinn. El libro también nos hace acordarnos de Zinn, de la historiadora Marilyn Young y del exanalista Daniel Ellsberg. “Estuve [en Washington en 1971] con un grupo de lo que se llamaba entonces gente mayor. Quizá teníamos 40 años [...] Éramos un pequeño grupo afín y estábamos tratando de que nos arrestaran. No lo hicieron porque solo querían arrestar a los jóvenes. Entonces, te sientas en medio de la calle y los autos de la policía corren hacia ti, pero se desvían a tu alrededor, mientras que jóvenes que caminaban con vaqueros eran detenidos”.

En mi opinión, una de las mayores aportaciones que hace Chomsky for Activists es brindar esa sensación de que pese a todo, todavía las cosas no están perdidas. Es algo que tenemos que asumir si tenemos en cuenta que afrontamos posiblemente la mayor amenaza que la humanidad ha enfrentado jamás. Sobre esto, Chomsky advierte de que todo este cambio debe producirse en un tiempo muy pequeño a modo de evitar “el fin de la vida humana organizada”. Lo importante es que se puede hacer y es perfectamente realizable.

Además, hay buenos síntomas que invitan al optimismo. Un indicio muy grande es que, según el filósofo, nunca en la historia ha habido tanta gente involucrada como en la época actual. Es cierto que hay grandes retos que superar, como las más de cuatro décadas de atomización de la sociedad y de duro neoliberalismo, pero los cambios son posibles si aprendemos bien de los errores pasados y sabemos adaptarnos a la estrategia adecuada que aceleren estos cambios tan urgentes.

Sobre la crisis climática, hay que recordar que hay opciones muy viables para alcanzar los objetivos que marca la comunidad científica. También, el año pasado, Chomsky publicó un libro junto a Robert Pollin, Climate Crisis and the Global Green New Deal, donde se señalaba que impulsar una economía verde no solo es posible, sino que además no supondrá un esfuerzo excesivamente grande si lo comparamos con otros períodos históricos. Esta es la visión “del economista Jeffrey Sachs que concluye, en un cuidadoso estudio, que ‘al contrario de lo que se afirma en algunos comentarios, la descarbonización no requerirá una movilización de la economía estadounidense comparable a la de la Segunda Guerra Mundial. Los costos adicionales de la descarbonización por encima del costo normal de energía serían del 1% o 2 % del PIB (Producto Interior Bruto)’”.

La catástrofe climática que estamos viviendo en la actualidad es uno de los tres motivos por los que El Boletín de Científicos Atómicos ha alertado de que la humanidad esté tan cerca de su extinción. Nótese que el hecho de que los científicos adviertan de que nos estamos acercando al precipicio y de que la opinión pública no esté hablando lo suficientemente de ello vuelve a dar la razón a la predicción de Chomsky de hace 35 años: si no somos conscientes de El Problema de Orwell existen pocas probabilidades de que la especie humana sobreviva y, por tanto, va a ser imposible salir de la crisis climática.

Otro aspecto que da más vigencia que nunca a Orwell es que en los medios de comunicación apenas se ha comentado el peligro constante que supone vivir en un mundo con armas nucleares. Los planes de Trump de cargarse poco a poco los tratados internacionales y de tensar las relaciones con Irán, o las pretensiones posteriores de Biden de seguir una política exterior que no solucione parte de los errores Trump, deberían haber venido de una condena unánime por parte de los medios de comunicación, o al menos de los medios en Estados Unidos. Es verdaderamente ilustrativo que la administración Biden haya sido incapaz de volver a uno de los escasos logros de la administración Obama en Oriente Próximo: el pacto nuclear con Irán. En este punto, de momento la administración Biden sigue adoptando la misma estrategia que su predecesor. Un ejemplo muy claro lo estamos viendo de nuevo en Yemen, país en el que sigue sin estar dispuesto a forzar la paz después de que Barack Obama apoyara una intervención militar que ha matado a cientos de miles de personas.

Una de las mayores preocupaciones de Chomsky en los últimos tiempos es conseguir precisamente destensar Oriente Próximo. Lo lleva repitiendo años y años y lo volvió a hacer recientemente en La Conferencia Inaugural de Universidad de Rojava

Una de las mayores preocupaciones de Chomsky en los últimos tiempos es conseguir precisamente destensar Oriente Próximo. Lo lleva repitiendo años y años y lo volvió a hacer recientemente en La Conferencia Inaugural de Universidad de Rojava. El principal obstáculo para conseguir una zona libre de armas nucleares sigue siendo Israel y los Estados Unidos. Esto lo evidencia fundamentalmente que cada vez más Israel se está quedando solo en el panorama internacional, aunque sigue teniendo un apoyo decisivo por parte de EE.UU. Esto puede cambiar en cualquier momento y, de hecho, se están produciendo maravillosos cambios dentro de los Estados Unidos. Se hace bastante evidenciable en la postura que tienen los grandes medios de comunicación en comparación con hace más de una década. Una lectura rápida al NYT confirma rápidamente esta buena noticia. De nuevo, Chomsky tiene una respuesta bastante convincente. La lucha constante del activismo ha conseguido desplazar a buena parte de los medios de comunicación hacia la izquierda. Es interesante, por ejemplo, comparar la complacencia de los grandes medios de comunicación en España hacia los comportamientos trumpistas y neofascistas de Ayuso y VOX, con la contundencia que mostraron los medios estadounidenses hacia Donald Trump.

Es otra señal para ser optimista, aunque hay que tener en cuenta que estos cambios deben hacerse inmediatamente para aumentar las posibilidades de que la especie humana sobreviva. El caso de Qasem Soleimani evidencia que en cualquier momento puede saltar una chispa que suponga una guerra nuclear, en otras palabras, el fin del mundo.

El tercer motivo de que estemos en una situación muy delicada tiene que ver con el deterioro continuo de las democracias en el mundo. Esto motivó unas declaraciones de Chomsky en la Iglesia de Old South en abril del 2019, recogidas también por el libro Cooperación o Extinción: “Hoy no nos enfrentamos al auge de algo como el nazismo, pero sí estamos ante la propagación de lo que alguna vez se ha llamado la Internacional Reaccionaria”.

Chomsky advierte de que esta deriva actual tiene en algunos sentidos mayores peligros que el fascismo de los años 30. El punto no está ni mucho menos en despreciar los crímenes del fascismo y el nazismo (recordemos que los padres de Chomsky eran judíos), sino en advertir cuál es el riesgo que enfrentan nuestras democracias. Esta es la razón por la que antes de celebrarse las elecciones en los Estados Unidos, dijo en una entrevista para The Independent que “Trump era peor que Hitler”, a pesar de que “Hitler matara 6 millones de judíos y 30 millones de eslavos”. Lo que llevó a hacer una declaración de este tipo es intentar hacer caer en la cuenta al público de que tipos como Donald Trump están intentando destruir “con pasión la vida humana organizada en la Tierra”. En consonancia con el respeto que siempre Chomsky ha mostrado hacia Adam Smith, dijo que “las payasadas de Trump eran toleradas por aquellos a quienes Adam Smith denominó ‘los amos de la humanidad’: en su época, los comerciantes y fabricantes de Inglaterra, en la nuestra, las corporaciones multinacionales y las instituciones financieras, llamados ‘los amos del universo’”.

De igual forma, el coronavirus ha mostrado de una forma bastante impactante las grandes deficiencias del neoliberalismo y la destrucción que provoca en nuestras sociedades. De nuevo, en Chomsky for Activists se hace una mención expresa a este destrozo. En primer lugar, las advertencias de la comunidad científica fueron desatendidas con especial intensidad por parte de gobernantes reaccionarios entre los cuales Trump es un buen ejemplo. Es inevitable para un ciudadano español no volver a pensar en Isabel Díaz Ayuso y en cómo ha copiado parte del discurso del excepcionalismo estadounidense, aunque llevándolo a un plano incluso más ridículo y más zafio.

El libro recoge también unas palabras de Chomsky que resumen muy bien cómo el capitalismo en su versión neoliberal forma parte de los problemas que hemos visto:
“En el fondo, la pandemia de Covid-19 es el resultado de un colosal fallo en el mercado, muy parecido a la crisis medioambiental. Se sabía desde hacía años que era probable que se produjera una pandemia. La epidemia de SARS fue causada por un coronavirus similar. Pronto se secuenció su genoma y se desarrollaron vacunas, aunque no pasaron del nivel preclínico. Eso debería haber ayudado a investigar virus relacionados como el de hoy y a desarrollar defensas y curas, al menos para tener las instalaciones preparadas para hacer frente a una crisis importante. Las grandes farmacéuticas tenían poco interés. Siguiendo la buena lógica capitalista, se adhirió a las señales del mercado, que dictan que no hay beneficio en prepararse para una crisis catastrófica. Las instituciones sanitarias mantuvieron conceptos de eficiencia: no había reservas en el sistema, por lo que cualquier imprevisto drástico [iba a] causa[r] una catástrofe”.

Las críticas por parte del filósofo han ido subiendo de tono en consonancia con muchas de las demandas de las ONG, como por ejemplo lo que está ocurriendo con la vacunación en el mundo y en la protección de los intereses de las grandes empresas farmacéuticas. Chomsky alertó recientemente en una entrevista que “es entendido perfectamente en todos los ámbitos que, a menos que haya una vacunación rápida de las personas en los países pobres va a ser un desastre [...] El capitalismo se ha vuelto loco. Tenemos que ser codiciosos, incluso si nos mata y sabemos que nos está matando”. ¿Qué estamos haciendo? “Atesorar vacunas y no usarlas con el conocimiento consciente de que nos estamos suicidando”.

El pasado 26 de abril, el Financial Times —uno de los medios preferidos de Chomsky— llegó a esa misma conclusión: “el riesgo para el resto del mundo es que cuanto más grande sea el grupo de infecciones a nivel mundial, mayor será el riesgo de que las mutaciones produzcan variantes más contagiosas o resistentes a las vacunas”.

Esta es una de las razones por las que cuesta mucho trabajo intentar descifrar qué es lo que pretende la administración Biden no solo manteniendo parte de la doctrina Trump en relación a Cuba, Venezuela o Irán, sino también presionando a Brasil para que no compre la vacuna rusa. Esto lo hemos sabido gracias a un informe salido en enero donde se buscaba “persuadir” a Brasil para que no comprara vacunas a Rusia, ya que de esta forma podría expandir su influencia “en detrimento de la seguridad de los Estados Unidos”. Después de que un oficial de la Casa Blanca se distanciara del informe, lo cierto es que la secretaria de prensa, Jen Psaki, ha asumido de nuevo esta retórica al decir que “estaba preocupada por el uso o intento de uso de vacunas como medio de diplomacia por parte de Rusia y China”.

La situación actual en Brasil es verdaderamente dramática. Después de años de gran progreso con Lula Da Silva, cuando mucha gente salió de la pobreza, el país vive ahora uno de los momentos más obscuros en su vuelta a la democracia. Jair Bolsonaro está al mando de un país que es testigo de sus delirios fascistas. De un tipo tan miserable que es capaz de criticar a la dictadura brasileña por no haber matado lo suficiente. Esto se traslada en todos los aspectos: desde su pretensión de acabar con el Amazonas, en la abominable forma de gestionar la pandemia, y en la adopción del neoliberalismo más dañino para el pueblo brasileño. Antes de la llegada del coronavirus y ante todo el panorama nefasto que se zanjó con la encarcelación de Lula, Chomsky decidió viajar a sus 89 años de edad a Brasil para visitarlo antes de que este saliera de la cárcel.

En Brasil, en 2013, el lingüista fue bastante crítico con la corrupción del Partido de los Trabajadores, pero no pasó por alto que la clase empresarial brasileña había decidido utilizar estos momentos de crisis para llevar a cabo un Golpe de Estado

Hay que recordar que el lingüista fue bastante crítico con la corrupción del Partido de los Trabajadores, pero no pasó por alto que la clase empresarial brasileña había decidido utilizar estos momentos de crisis para llevar a cabo un Golpe de Estado. En una conversación para Democracy Now! en mayo de 2016, Chomsky alertó de un “golpe suave” contra Dilma Rousseff, motivado porque “la élite brasileña detestaba al Partido de los Trabajadores y esta[ban] utilizando esta oportunidad para deshacerse del partido que ganó las elecciones”.

Dos años después, tras visitar a Lula en la cárcel, Chomsky denunció su persecución y que había sido condenado “prácticamente de por vida”. El lingüista reportó que Lula estaba aislado “sin acceso a la prensa” y “con visitas limitadas un día a la semana”. Finalmente, Chomsky consideró a Lula como “el prisionero político más importante del mundo”. A día de hoy, Lula tiene posibilidades reales de convertirse en presidente de Brasil tras haber sufrido un auténtico calvario.

Aunque hay otras cuestiones muy importantes que trata el libro, se hace muy interesante escuchar las respuestas de Chomsky a las preguntas del entrevistador sobre las políticas identitarias. Las respuestas son igualmente sencillas, pero eso no significa que no nazcan de la adecuada meditación del filósofo. A pesar de que a sus 92 años de edad podría mostrar desprecio hacia los grandes avances culturales y de derechos humanos que hemos visto en los últimos años, Chomsky vuelve a ser esa excepción maravillosa de una mente que sigue abierta en muchos aspectos. A la hora de plantear los posibles conflictos entre las políticas identitarias y los desafíos económicos y sociales, el filósofo estadounidense no ve solo incompatibilidad, sino que cree que deben ir de la mano.

Como buen anarquista, para Chomsky siempre es importante prestar atención a las estructuras de poder actuales y a las resistencias a los cambios que tienen dichas estructuras para utilizar la mejor estrategia para desmantelarlas en el caso de que no se justifiquen y remplazarlas por algo más libre y justo. En este sentido, admite que los avances en políticas identitarias enfrentan menor resistencia por parte de las élites, pero no por eso son menos importantes ni hay que degradarlas:“El problema no está en centrarnos en lo que se llama políticas de identidad, que significa los diversos tipos de derechos humanos y civiles. Eso tiene mucho sentido. El problema es eliminar el tema de la política centrada en las clases sociales. [En la era neoliberal] es lo que se ha omitido y marginado: el verdadero problema. Las políticas de clase e identidad deberían identificarse casi por completo”.

Por último, todas estas luchas que el activismo debe llevar a cabo tienen que estar conectadas por el inevitable hecho de que la humanidad debe decidir en los próximos años si quiere seguir sobreviviendo: “Estamos destruyendo la posibilidad de que persista la vida humana organizada. Ese es un problema en común”. Esta es quizá la idea más importante que Chomsky lleva repitiendo con mucha insistencia durante los últimos tiempos y tiene un fuerte carácter conmovedor. Después de tantos años de lucha contra la crueldad de nuestros gobiernos, sigue manteniendo la esperanza.

Pensándolo bien, seguramente El verdadero problema de Chomsky consista en responder adecuadamente a esta pregunta: ¿Cómo es posible que la misma persona que ha seguido con tanto detalle nuestras peores miserias, sea capaz de mantener la esperanza ante un mundo que no para de quebrarse a pedazos? Sinceramente, creo que la respuesta es bastante sencilla: no hay otra alternativa.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/el-problema-de-chomsky

 


martes, 20 de abril de 2021

EL BITCOIN ES UN GRAN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA.

El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas.

 

Isa Ferrero , @isaferrero2

17 abr 2021 11:20

 

Nuestra sociedad se ha beneficiado enormemente de los grandes avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos. Sin embargo, la forma en la que se ha realizado la globalización ha abierto la ventana a grandes amenazas que complican aún más la resolución de problemas que necesitan ser solucionados urgentemente. Uno de ellos ha sido la burbuja del bitcoin. En los últimos años, hemos sido testigos de cómo una moneda inútil e inservible ha sido el centro de un delirio colectivo que puede acabar en un desastre si los gobiernos no le ponen freno. Como siempre, los gobiernos y “Papá Estado” deberán solucionar estos excesos antes de que sea demasiado tarde.

De hecho, ya lo están haciendo. No es casualidad tampoco el tono duro, pero elocuente de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, al referirse a muchos de los lados obscuros del bitcoin. En unas declaraciones del pasado febrero, Yellen puso en duda la capacidad del bitcoin “como mecanismo de transacción”, se refirió a “su funcionamiento ilícito” y mostró preocupación por ser “una forma extremadamente ineficiente de realizar transacciones” a la vez que señaló que “la cantidad de energía que se consume en el procesamiento de esas transacciones es asombrosa”.

La irrupción del bitcoin se puede explicar por varias causas, pero como es ya norma en nuestra era, es un resultado bastante lógico de una sociedad que en buena medida no es consciente de muchos de sus problemas. Las ideas neoliberales han ido cada vez calando más durante estas últimas décadas en beneficio de las élites. En cierta manera, se suele decir con acierto (aunque con algún matiz) que estas medidas han tenido éxito para fragmentarnos aún más, poniendo de moda también reacciones marcianas ya no solo a la derecha, sino también a la izquierda.

Es un resultado frustrante. Ya no solo porque los problemas siguen sin solución, sino porque se abre la caja de pandora. Tal es el caso de la extrema derecha. En este sentido, el caso de Europa es increíble, a pesar del fuerte consenso antifascista que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que este fascismo no es lo mismo, pero las rimas son demasiado ruidosas. Por otro lado, lo que ha vivido Estados Unidos fue algo demasiado fuerte, como entrar de lleno en una auténtica distopía cutre. Los errores del Partido Demócrata llevaron a un tipo como Trump a la Casa Blanca. No importa ya que estos líderes agraven los problemas de la sociedad, porque a la vez que prolifera el ruido y la desinformación, los hechos y las explicaciones teóricas coherentes nada importan. Pensemos en Trump por un momento. En un millonario corrupto que se presentó como un antisistema.

Evidentemente, una vez alcanzado el poder se dedicó a hacer aún más ricos a los milmillonarios y a desmantelar los tímidos (pero certeros) avances conseguidos por administraciones demócratas y republicanos moderados. Para terminar su “estelar” mandato, llevó la pandemia de forma desastrosa y mató (sabiendo lo que hacía) a decenas de miles de personas. Pese a ello, consiguió 74 millones de votos en una campaña electoral que quedará para los anales de la infamia.

Con los apologistas del bitcoin pasa algo parecido. Muchos ven en los gobiernos el origen de todos sus males. Se ha instaurado una “gobierno fobia” y una adulación irracional hacia monstruos corporativos. Desgraciadamente, es bastante popular pensar que es posible construir una sociedad mejor si abrazamos a grandes tiranías privadas. Es un sinsentido mostrar interés hacia algo horrendo que ha sido calificado con acierto recientemente por Yanis Varoufakis como tecno-feudalismo.

Las intenciones pueden ser nobles: promocionar las libertades individuales, la descentralización o incluso la democracia. Mucha gente va más allá y pretende solucionar el hambre en el mundo y los grandes niveles de desigualdad. No obstante, el resultado de estas nobles intenciones es completamente suicida. Cualquier solución que pase por transferir el poder a multinacionales va a originar un mundo definitivamente peor en prejuicio de las libertades del individuo. Es un fallo bastante grave de concepto, que tiene también su origen en una malinterpretación de los ideales del liberalismo y de los principios democráticos. Es cierto que el Estado puede cruzar con frecuencia líneas rojas, vulnerando las libertades de su propio pueblo, pero en muchas ocasiones evita que se vulneren. Si te cargas la función de control del Estado, lo que estás haciendo es dar mucha más posibilidad a las empresas privadas a que no respeten los derechos de la ciudadanía.

Nos puede gustar más o menos el statu quo, pero hay que ser siempre consciente del mundo en el que vivimos. En un sistema económico como el nuestro, si el poder de los gobiernos disminuye, irremediablemente todo pasa a manos privadas. De esta manera, no hay nadie que ponga límite a la avaricia de grandes grupos corporativos. Otra cuestión es que fuera de lo público, la sociedad tenga la capacidad de organizarse y de crear alternativas democráticas como puede ser el caso de las cooperativas o medios de comunicación alternativos. En cualquier caso, estas iniciativas tienen que tener siempre per se un objetivo social y brindar un servicio a la ciudadanía con estándares éticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, buena parte de la derecha comprendió que había que respetar lo público. Había un consenso más o menos positivo entre izquierda y derecha que facilitó la adopción de políticas socialdemócratas durante los años de posguerra. Los avances se conseguían gracias a una intervención masiva del Estado en la economía que permitió la construcción de potentes Estado del bienestar del que se vería beneficiado la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, la sanidad pública o la educación pública nunca habría sido posible si el Estado hubiera dado plena libertad a las empresas privadas para controlar estos servicios que deben ser irremediablemente públicos.

La desvinculación del Estado en la economía no solo empeora los servicios públicos, sino que es un acto intrínsecamente antidemocrático. El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas. Imaginase un mundo sin gobierno donde el poder corporativo ya sea absoluto, ¿qué margen de maniobra tiene la ciudadanía para influir en una empresa como Tesla? La capacidad para cambiar las cosas tendrá que ver con el dinero que tengas y la capacidad para poder distorsionar a un mercado que es rematadamente opresivo. Es evidente que se trata de una involución que camina en contra del propio liberalismo y la democracia. ¿No habíamos asumido eso de que una persona, un voto?

Si razonamos desde un planteamiento liberal (no marciano) llegamos a esta conclusión. En realidad, es muy sencillo, aunque haya que hacer esfuerzos hercúleos para derribar toda la propaganda que con tanto gusto se prolifera mediante las instituciones de poder. La derecha se ha apropiado del “liberalismo” para defender auténticos disparates. Quizá no sorprende. Si no han tenido reparos al intentar adueñarse de George Orwell, cómo no iban a tergiversar el liberalismo. No es ninguna casualidad.

En Estados Unidos vemos un ejemplo aún más aberrante cuando libertario significa ya otra cosa completamente diferente. Ser libertario en España sigue significando mayoritariamente ser anarquista, aunque puede que esta batalla también la perdamos. Hemos visto en los últimos tiempos a economistas, como Juan Ramón Rallo, que no tienen ningún reparo intelectual en declararse liberal y libertario a la vez. Quizá no debería sorprendernos tanto. Cada vez estamos más familiarizados con discursos que solo muestran una solo verdad y que no proponen nada. Discursos que solo se nutren de las contradicciones de tu adversario político y que aprovechan (interesadamente) las deficiencias del Estado para crear una ideología con un fuerte carácter autodestructivo.

Si prestamos atención a lo que proponen, descubriremos también un maravilloso mundo de negacionistas y de pensadores que van en contra del progreso. No se suele comentar mucho y quizá la izquierda erre en no recordarlo más, pero el derecho internacional deja en evidencia muchas de estas ideas. Solo hace falta atender al artículo 3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) que dice:
“Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en el presente Pacto”.

El bitcoin tiene la capacidad de crear grandes problemas, pero pensemos ahora qué aporta. Tal como dice siempre Paul Krugman “todavía no he oído una respuesta clara a esa pregunta”. La cuestión es que el bitcoin y las criptomonedas aportan sobre todo un retroceso muy bien resumido en estas palabras de Krugman: 


“Primero había monedas de oro y plata, que eran pesadas, requerían mucha seguridad y consumían muchos recursos durante su proceso de producción. Luego llegaron los billetes respaldados por reservas bancarias. Estos eran populares porque eran mucho más fáciles de manejar que las bolsas de monedas y redujeron la necesidad de metales preciosos físicos [...] Aun así́, el sistema seguía requiriendo cantidades sustanciales de dinero en metálico. Pero la banca central, la que permite que los bancos privados mantengan sus reservas como depósitos en un ente central en lugar de enormes volúmenes de oro o plata, redujo en gran medida esta necesidad, y el cambio al dinero fiduciario lo eliminó casi por completo. Mientras tanto, las personas gradualmente se alejaron de las transacciones en efectivo: primero hacia los pagos con cheque, luego hacia las tarjetas de crédito y débito, y ahora hacia otros medios digitales.

En contraste con esta historia, el entusiasmo por las criptomonedas parece muy extraño porque va exactamente en la dirección opuesta a la tendencia a largo plazo. En lugar de transacciones casi sin fricción, tenemos altos costos de hacer negocios, porque la transferencia de un bitcoin u otra unidad de criptomonedas requiere proporcionar un historial completo de las transacciones pasadas. En lugar de dinero creado por el clic de un ratón, tenemos dinero que debe extraerse, creado a través de cálculos intensivos en recursos”.

Los partidarios del bitcoin han dado constantemente respuestas poco convincentes cuando se entra de lleno en el debate. En primer lugar, hacen un alegato en favor de la descentralización, sin caer en la cuenta que adoptar un sistema como esta potenciaría enormemente la desigualdad. Esto se ve si se echa un vistazo al índice de Gini. El índice de Gini es una forma rápida de medir la desigualdad, quizá un tanto grosera, pero efectiva a la hora de hacerse una idea. Resumamos: si el índice es 0 es una sociedad completamente igualitaria, si es 1 la riqueza está concentrada en solo una persona. Pues bien, durante estos últimos años se ha llegado a hablar de que el bitcoin tiene un índice de Gini que supera el 0,8. Una auténtica locura. La pregunta que aflora es: ¿qué sentido tiene hablar de descentralización si al final tu sistema económico provoca desigualdades completamente desorbitadas?

La siguiente respuesta que solemos escuchar es que nuestro malvado sistema monetario genera de vez en cuando inflaciones masivas. Muchas veces estas inflaciones se generan para solucionar grandes problemas de endeudamiento y es verdad que puede originar grandes males a la ciudadanía. Sin embargo, la solución que da el bitcoin es poco convincente. Durante los últimos años, hemos visto que el precio del bitcoin se ha multiplicado de precio varias veces. La moneda ha sido víctima de la especulación y no se ha caracterizado por su estabilidad. Basta con comparar el bitcoin con el dólar o el euro. ¿Por qué razón vamos a querer guardar dinero con semejantes niveles de incertidumbre?

También se olvida mencionar que muchas veces los problemas de endeudamiento de los países tienen una fácil solución que pueden garantizar el bien común. Un ejemplo evidente es que la gente que más tiene debe compartir su riqueza por el bien de todos. El miedo a sufrir un período inflacionista puede solucionarse fácilmente si en los momentos en los que el Estado se ve obligado a gastar de más es solucionado con la recaudación de impuestos de la gente que más tiene. Parece poco verosímil que los problemas se van a solucionar cuando los inversores utilizan este tipo de burbujas para forrarse.

En el caso de que los partidarios del bitcoin tengan razón y que se siga con esta tendencia a desplazar a las monedas tradicionales, nuestro futuro posiblemente no sea demasiado bonito. El Estado tendría cada vez menos capacidad para recaudar impuestos y por tanto nuestro sistema del bienestar sufriría consecuencias desastrosas.

De igual forma la descentralización y la huida de la malvada injerencia del Estado, provoca que el minado de bitcoin se desarrolle en países que no se destacan por ser grandes democracias y donde las consecuencias de esta práctica pueden ser verdaderamente traumática para los pueblos más pobres. Prolifera también una especie de mito que preconiza que esto se trata de salvar de la pobreza a mucha gente. Más bien lo contrario. Tal como dice Nouriel Roubini, “no se trata de la democracia y la descentralización, se trata de la codicia”.

Por otro lado, existe un problema muy serio con la delincuencia. Puede ser que en muchas ocasiones haya sido exagerado, pero no es un asunto menor. Las desregulaciones provocan que muchos criminales vean una gran oportunidad para asaltar estos terrenos. Poco a poco es verdad que el Estado está consiguiendo rastrear estos delitos y puede explicar por qué está tendencia se está revirtiendo, pero de nuevo se vuelve a comprobar que sin una completa involucración del Estado, las consecuencias son claramente dañinas para el conjunto de la ciudadanía. Tampoco es casual que Janet Yellen no haya pasado por alto este problema.

Las grandes “ventajas” de esta denominada descentralización y la falta de regulación adecuada están ayudando también a aumentar el riesgo de catástrofe medioambiental. El asunto es bastante serio. Es tan seria la preocupación que hasta el propio Bill Gates ha levantado la voz de alerta. El problema es en realidad bastante simple. El bitcoin requiere grandes cantidades de energía. La especulación y la burbuja que estamos viviendo convierten estas cantidades de energía en inmensas. A primera vista, puede parecer ridículo, pero no lo es. Es una tarea muy difícil medir el consumo de energía y lo es mucho más estimar las emisiones de dióxido de carbono. Pero para que se hagan una idea, hay estimaciones que hablan de que actualmente el consumo de energía puede ser más alto que el de Argentina.

Gastar tantos recursos para conseguir algo inútil (como diría Krugman) no solo es dañino por su falta de sostenibilidad. Es también, una amenaza muy seria para la lucha contra la crisis climática. Hay que recordar que la humanidad va camino a la destrucción si durante estos años no se toman las medidas suficientemente ambiciosas.

Sobre este punto, el caso de China es muy representativo. Actualmente una parte muy considerable del minado de bitcoin se produce en China (≈70%). El gigante asiático es actualmente el principal emisor de dióxido de carbono del mundo debido sobre todo a que el país utiliza fuentes de carbón para producir energía. El problema es que, si el consumo de energía se dispara, esta energía se va a producir de una forma bastante sucia retrasando cualquier esfuerzo que se haga para luchar contra la crisis climática. Lo que muchos llaman descentralización produce también una nueva amenaza que debe ser afrontada urgentemente. Un estudio reciente de la Universidad Tsinghua en Pekín, advierte que en el año 2024 el consumo de energía del bitcoin en China podría exceder el nivel de Italia o Arabia Saudí.

El peligro de nuevo es bastante alto y la solución pasa por dos caminos: o una regulación adecuada o medidas más drásticas que busquen su eliminación, tal como ha propuesto en alguna ocasión liberales más sensatos como Joseph Stiglitz.

De todos modos, el futuro es impredecible. Es posible también que no veamos ni su eliminación completa ni un éxito que desplace a nuestro sistema actual. Es probable que al final quede en una especie de oro virtual utilizado también por manos avariciosas para refugiarse de las regulaciones del gobierno. En este caso, la pregunta que nos deberíamos hacer es un poco larga:¿Ha merecido la pena haber malgastado cantidades inmensas de energía para crear un bien no material, contaminante, que ha atraído a grandes especuladores y vendehúmos —véase el ejemplo de Elon Musk— y que también ha entorpecido la lucha contra la delincuencia, el mercado negro, socavando los esfuerzos del gobierno para un control de los impuestos que mejoren tanto nuestros servicios públicos, como el funcionamiento de nuestra democracia?

Tengo fe en que cualquier persona razonable se de cuenta dé que no ha merecido la pena.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/el-bitcoin-es-un-gran-peligro-para-la-democracia.-las-memeces-libertarianas-tambien