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lunes, 15 de septiembre de 2025

OBJETO SENSIBLEMENTE SUPRASENSIBLE



 Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez 

De todos los economistas de la era capitalista, Marx es el más profundo y complejo. Y la profundidad y la complejidad en el pensamiento es lo más que se necesita en el mundo de hoy, para desentrañar su sentido y dibujar la esperanza de un mundo más humano. (Les recuerdo lo que significa la complejidad: en cualquier fenómeno que se analiza, aunque a primera vista parezca muy sencillo, participan muchos factores que están interrelacionados. La interrelación entre dos factores modifica a dichos factores; y a su vez, estos factores modifican sus relaciones con otros factores con los que están vinculados, de manera inmediata y de manera mediata, de modo que la totalidad de los factores adquiere otro estado; y vuelta a empezar en el análisis. La crisis financiera de 2007-2009 es un ejemplo de la complejidad del mundo. El mundo no se puede dibujar con líneas rectas y sentidos claros en un folio en blanco, sino que en dicho folio en blanco hay líneas curvas, quebradas y superpuestas, zonas vacías y enmarañamiento de líneas).  

Aunque el capitalismo es el modo de producción que a finales del siglo XVIII creó los derechos humanos, no ha cesado de deshumanizar el mundo. No obstante, a pesar de la complejidad y profundidad del mundo actual, lo más que domina en el pensamiento social, por la primacía de los medios de comunicación de masas, es la simplicidad y la superficialidad. Y muchos periodistas presionan a sus entrevistados para que respondan con un sí o con un no, pero todo lo que se puede afirmar está lleno de peros y tal vez.  En la sección de El Capital titulada El carácter fetichista de la mercancía y su secreto, dice Marx lo siguiente: “Es evidente que, con su actividad, el hombre cambia las formas de las materias naturales de una forma útil para él. La forma de la madera se modifica, por ejemplo, cuando se hace de ella una mesa. Esta no deja de ser madera, algo corriente y sensible. Pero en el momento en que se presenta como mercancía, se transforma en un objeto sensiblemente suprasensible”.  ¡Una expresión maravillosamente filosófica: objeto sensiblemente suprasensible! La mesa no deja de ser sensible, pero como mercancía, se vuelve suprasensible: va más allá de lo sensible. Y es ambas cosas: sensible y suprasensible. Y cuando es suprasensible, sigue conservando su sensibilidad, circunstancia que aclararé al final de este trabajo. Y adelanto una idea para que el pensamiento del lector no se adentre en el terreno pantanoso de la vaguedad y de la oscuridad, de lo enigmático y de la extravagancia, a la que son dados algunos filósofos marxistas. Suprasensible, referido a la mesa como mercancía, significa sencillamente que en la mesa hay propiedades o determinaciones sociales. La economía convencional es incapaz de tener esta concepción. De ahí que considere el dinero como un puro objeto y muchas veces lo llame trozo de papel, aunque después, en la práctica, y esto se pone de manifiesto en las actuaciones de los bancos centrales en los momentos de crisis, no trate el dinero como simple objeto, sino como un ente al que está unido un sinfín de determinaciones sociales. Las determinaciones sociales de todas las formas económicas, incluidos los nuevos productos financieros, cada vez son más consideradas y tenidas en cuenta por las principales voces críticas del liberalismo. Por ejemplo, Bogle, en su libro Suficiente, nos recuerda unas palabras de San Pablo en el Nuevo Testamento: “Los que quieren ser ricos caen en la tentación y en el lazo, y en muchas codicias necias y perjudiciales, que hunden a los hombres en la destrucción y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Luego, si el dinero, sobre todo en aquellas personas que quieren ser ricas sin límites, hunden a las personas en la destrucción y la perdición, y el amor al dinero es la raíz de todos los males, es evidente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un poderoso producto social que en cantidades más de las necesarias en manos privadas causa inmensos males a la sociedad.

El 16 de septiembre de 2008 Bernanke, en calidad de presidente de la Reserva Federal, se presentó en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca para hablar con George W.  Bush y explicarle por qué la Reserva Federal planeaba prestar 85.000 millones de dólares a American International Group (AIG), la mayor compañía de seguros del planeta. Esta propuesta chocaba de frente con el principio básico del liberalismo, mucho más del liberalismo conservador. El propio Bernanke, en su obra El valor de actuar, nos dice que dos semanas antes, el Partido Republicano había declarado en su convención de 2008 lo siguiente: “No apoyamos los rescates estatales de entidades privadas”.  A lo que Bernanke añadió: “La intervención propuesta por la Reserva Federal violaría el principio básico de que las empresas deberían estar sujetas a la disciplina del mercado y que el gobierno no debía protegerlas de las consecuencias de sus errores”. Pero estos son los principios y la teoría, la práctica dice lo contrario. El mercado capitalista es incapaz de solucionar las crisis; y en los periodos de relativa estabilidad del mercado, la actuación codiciosa de los agentes capitalistas no hace sino crear nuevas condiciones para una nueva crisis.

Vayamos a los datos suministrados por Bernanke. “AIG tenía activos por valor de un billón de dólares. Operaba en más de 130 países y tenía más de 74 millones de clientes. Ofrecía seguros comerciales a 180.000 pequeños negocios y a diversas entidades privadas que empleaban a 106 millones de personas, dos tercios de los trabajadores estadounidenses”. Con lo dicho basta. Vemos con claridad la enorme dimensión social que tiene AIG y el cataclismo que crearía en la economía estadounidense y en la economía global si el Estado hubiera dejado que quebrara. Es obvio igualmente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un producto social en el que están implicados complejos y numerosos intereses sociales. Estas complejas e intrincadas propiedades sociales del dinero, que obliga a la Reserva Federal a prestarle 85.000 millones de dólares a AIG, pone en evidencia que el dinero, la mercancía general, es un objeto sensiblemente suprasensible. En cuanto lo consideremos como un simple trozo de papel, estamos ante un objeto sensible, pero desde que lo consideramos por lo que representa en las intricadas relaciones de mercado, vemos que es un objeto suprasensible, que va mucho más allá de ser un simple trozo de papel. Observamos también de pasada la contradicción fundamental del capitalismo, tantas veces señaladas por Marx: por un lado, toda actividad económica, valga como ejemplo la que realizaba AIG con sus 74 millones de clientes, supone que el aspecto social es lo dominante, que ninguna actividad económica es posible sin la participación de las grandes masas sociales, pero después resulta que los grandes beneficios o rendimientos de ese capital son apropiados de forma privada y en unas cantidades irracionales. Esta contradicción que la tienen delante de los ojos los economistas convencionales y los agentes económicos del capitalismo, sean conservadores liberales o liberales reformistas, siempre la pasan por alto. Y la solución es clara: hay que cambiar las relaciones económicas entre las personas en el sentido socialista, en el sentido de que los rendimientos del capital en todas sus formas tienen que ser distribuidos en su base evitando las desigualdades extremas, no redistribuirlo después a través de los impuestos. Y digo de otra forma lo que significa que todas las formas económicas son objetos sensiblemente suprasensibles: las formas económicas no son cosas u objetos, son relaciones sociales.

Cambiemos de tercio. Pongamos otro ejemplo de objeto sensiblemente suprasensible. En una acera al lado de un supermercado pasean un padre y un hijo de dos años. El padre lleva bajo uno de sus brazos un perro de plástico con ruedas, de unos 20 centímetros. En un momento dado el niño se para; y señalando con la mano abierta hacia el perro de plástico, dice “guauguau”. El padre tardó un cierto tiempo en comprender la intención del niño, que le vuelve a repetir señalando al juguete “guauguau”. El padre le da el perro al niño, quien lo pone detrás de él y se pone a caminar arrastrándolo con una cuerda. A los diez pasos el niño coge el perro de plástico se lo pone bajo su brazo y le da la mano al padre y siguen caminando. El perro de plástico es un objeto sensiblemente suprasensible.

Los filósofos metafísicos, alimentados en la actualidad por el empirismo y el positivismo -el mismo alimento filosófico que consumen los economistas convencionales-, cuando analizan el valor semiótico del perro de plástico, lo hacen aislando el perro de plástico de las relaciones sociales de las que forma parte; y así lo convierten en un objeto enigmático. El niño llama “guauguau” al perro de plástico. Pero esto no es un invento lingüístico suyo, son sus padres quienes le han enseñado a llamar al perro de plástico así. Luego su aprendizaje lingüístico y el significado nominativo de la expresión “guauguau” es fruto de una relación social: la del niño con sus padres. Ya vemos que el perro de plástico se convierte en portador de una relación social: la del niño con sus padres. Pero el niño también llama “guauguau” a los perros reales, y por la misma causa social. De manera que también los perros reales se convierten en portadores de relaciones sociales.

En la sección antes referida de El Capital, Marx dice lo siguiente: “A primera vista, una mercancía parece un objeto trivial, obvio. De su análisis resulta que es una cosa muy complicada, llena de sutilezas metafísicas y de caprichos teológicos”. Lo mismo sucede con el perro de plástico, aunque en un grado notablemente menor. El niño llama “guauguau” a todas las clases diferentes de perros, a sus variadas razas. De manera que, desde el principio, con solo dos años, el niño empieza a generalizar y a hacer abstracción de las diferencias entre las distintas clases de perros. Pero también llama “guauguau” a todos los individuos de una misma clase de perros. Luego, también lleva a cabo un proceso de generalización en el ámbito de una misma clase de perros y a hacer abstracción de las diferencias individuales. Pero la cosa no queda ahí: llama “guauguau” tanto a un perro real como a un perro de plástico, de manera que rompe la barrera ontológica entre los seres reales, los perros reales, y los seres ideales, los perros de plástico, los juguetes. Vemos entonces cómo con la participación del lenguaje en su función nominativa, el perro de plástico del niño forma parte de un mundo que va más allá de lo sensible: el mundo suprasensible, el universo lingüístico, repleto a su vez de complejidades e interrelaciones estructurales. Pero vemos igualmente que la palabra en su función nominativa ya tiene componentes conceptuales: la generalización y la abstracción. Es evidente, de acuerdo con Marx, que en este ejemplo están presente los caprichos teológicos y que, por consiguiente, el perro de plástico no es un objeto trivial, sino un objeto sensiblemente suprasensible.

Retornemos, por último, a la mercancía. John. C. Bogle, fundador y ejecutivo principal del fondo de inversión Vanguard, distingue entre el valor inmanente de las empresas y el precio de las acciones. Y señala que todos los fondos de inversión y otros agentes financieros que se mueven en el corto plazo con fines especulativos, hacen que los precios de las acciones no se correspondan con el valor inmanente de las empresas. Bogle carece de formación filosófica e ignora que la categoría “inmanente” pertenece a la siguiente la unidad de contrarios: inmanente y trascendente. Aunque Bogle reconoce que hay un valor inmanente de la empresa, no dice en ninguna ocasión cuál es la naturaleza de este valor inmanente, cuál es su sustancia social. Pero del mismo modo que Bogle reconoce que las empresas tienen un valor inmanente, que en muchos casos está a mucha distancia del precio de las acciones que en la Bolsa representan el capital de las empresas, debería reconocer entonces que las mercancías, sean bienes o servicios, tienen igualmente un valor inmanente. Y no hay mejor economista y filósofo que Marx para aclarar y fundamentar la naturaleza inmanente del valor de las mercancías y de las empresas. Así que vamos a por ello.

Bogle quiere recuperar el espíritu del capitalismo del siglo XVIII, en especial por ser más ético, esto es, por tener más en cuenta los intereses de la sociedad. Así que debemos recuperar el espíritu teórico de Adam Smith y David Ricardo, pero también deberíamos recuperar el espíritu teórico de John Locke y Henry George, y muchos otros. Debemos recuperar el espíritu de todos aquellos pensadores que hacían del trabajo la base del derecho a la propiedad. Pero el concepto de propiedad no aparece como concepto principal en los trabajos teóricos de todos los liberales críticos con el capitalismo actual, pero tampoco el concepto de trabajo. En vez del concepto de trabajo, aparece con carácter hegemónico el concepto de mérito, un concepto que la economía convencional no ha definido ni ha sido capaz de cuantificar. Y con respecto a la propiedad, los liberales críticos siguen teniendo una fe instintiva en el mercado. Reconocen que el Estado debe supervisar y regular el mercado, en especial el mercado financiero, pero siempre que el mercado sea la clave del desarrollo económico. Surge con facilidad la pregunta que no formulan los liberales: ¿Debe el Estado estar al servicio y bajo el mando del mercado o debe el mercado estar al servicio y bajo el mando del Estado? Es obvio que quienes defienden la primera opción son los liberales y socialistas reformistas, mientras que los que defienden la segunda opción son los socialistas radicales. ¿Y qué es un socialista radical? Respuesta fácil: aquellos que consideran que la propiedad privada debe estar bajo el dominio de la propiedad pública, que los intereses particulares deben estar bajo el poder de los intereses sociales, y que el mercado debe estar bajo el control y dominio del Estado. Y cuando esto suceda, el mundo no se acabará ni irá a la perdición, todo lo contrario: se volverá más humano. Se hará el reino de los cielos, del que hablan los cristianos, en la Tierra. Y esto no es una utopía; es lo que demandan los liberales críticos, aunque con el ropaje capitalista, del que no se pueden desprender. Y la razón: son reformistas y no radicales.

Marx nos habló, en El Capital, del carácter doble del trabajo representado en las mercancías. Y a este propósito dice dos cosas: una, que la naturaleza doble del trabajo contenido en las mercancías la ha demostrado él por primera vez de un modo crítico, y dos, que este hecho es el punto en torno al cual gira la comprensión de la economía política. Y sabemos cómo ha procedido la economía convencional actual con respecto a este asunto: ha desterrado el trabajo por completo de sus teorías y lo ha sustituido por el concepto más que impreciso de mérito; al igual que ha desterrado el concepto de propiedad.

Afiancemos más esta idea. La mercancía es un objeto doble: valor de uso y valor. La economía convencional reconoce este carácter doble, aunque en vez de una manera inmanente lo hace de una manera trascendente: valor de uso y precio. Lo que le sucede a la economía convencional es que ignora que las características que tiene el trabajo en tanto están representadas en el valor de uso no son las mismas que cuando están representadas en el valor. Esto hace que Jevons, y con él todos sus seguidores, que son la mayoría de los economistas burgueses, exprese el valor en términos de utilidad y necesidad, esto es, confunde el valor de uso y el valor. Es como si en el ámbito de la religión se confundiera el alma con el cuerpo y se expresara la esencia del alma en términos de características corporales.

Veamos, en palabras del propio Marx, el carácter doble del trabajo representado en la mercancía: “Por un lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo en el sentido fisiológico, y en esta calidad de trabajo humano o de trabajo abstractamente humano constituye el valor de las mercancías. Por otro lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo humano en forma específica y determinada por su fin y es esta calidad de trabajo útil concreto produce valores de uso”. Que el trabajo útil produce valores de uso es algo obvio y no genera problemas epistemológicos, mientras que el gasto de fuerza de trabajo sin tener en cuenta la forma de gastarlo constituye el valor de las mercancías, sí contiene serios problemas epistemológicos. Pongamos un ejemplo: si en la producción de una mesa un carpintero ha empleado 8 horas de trabajo social medio, bajo el punto de vista sensible es imposible observar en la mesa esas 10 horas de trabajo. Marx lo expresa en estos términos: “En contraste directo con la burda objetividad sensible de los cuerpos de las mercancías, no penetra en su objetividad de valor ni un átomo de materia natural”. Dicho de otra forma: el valor existiendo en la mercancía no es perceptible. En palabras de Marx: “…se le pueden las vueltas que se quieran a una mercancía, mas como cosa de valor permanece inasequible”. Es conveniente saber con qué problemas epistemológicos te encuentras cuando quieres demostrar la forma de existencia del valor. Y en estos casos, al no poder recurrir a la percepción, solo te queda la representación.

Así que podemos reconocer que la sustancia del valor es el gasto de fuerza de trabajo social medio, pero hay un problema epistemológico: carece de objetividad. ¿Cómo se resuelve este problema de la objetividad del valor de las mercancías? Esta es la respuesta que da Marx: “…las mercancías solo poseen objetividad de valor en tanto son expresión de la misma unidad social, del trabajo humano; que su objetividad de valor, por tanto, es puramente social, y se sobreentiende entonces que solo puede presentarse en la relación social de una mercancía con otra”. Igual que la objetividad del valor semiótico del perro de plástico solo puede presentarse en la relación social del niño con su padre.

Por lo tanto, las mercancías en tanto valores son objetos sensiblemente suprasensibles. Sabemos que Marx, en El Capital, demostró con un rigor que hace época cómo la mercancía se transformó en dinero. Y que la objetividad del valor, el valor existiendo de forma objetiva, es el dinero. Por eso, el dinero no es un simple trozo de papel, sino un complejo jeroglífico social. El dinero no es una cosa dada, sino un producto histórico, resultado de una evolución histórica de siglos.  Esta preocupación que tienen todos los liberales por aquellos capitalistas que aman en exceso el dinero y que se despreocupan por completo de los intereses sociales, este robo del alma del capitalismo del que se queja Bogle, no es más que el reconocimiento aún inconsciente de que el dinero es signo de trabajo y que tiene un carácter social. Y el legítimo propietario de lo que es social solo puede ser la propia sociedad. De modo, y siendo consecuentes, el mercado debe estar al servicio del Estado y no el Estado al servicio del mercado. Ya va siendo hora que los liberales críticos abandonen esa fe romántica e ilusoria en las fuerzas del mercado como medio exitoso para resolver los graves y complejos problemas sociales de la actualidad.

Por último, aclaremos por qué lo suprasensible es también sensible, porque la mercancía yendo más allá de lo sensible no puede escapar de lo sensible. En la religión cristiana encontramos un problema análogo. Dios es una sustancia suprasensible, esto es, no es sensible, los sentidos no pueden darnos cuenta de su existencia. Dicho de otro modo: Dios carece de objetividad. ¿Cómo resuelve la religión el problema de la objetividad de Dios? Respuesta: por medio de Jesucristo. Jesucristo es Dios hecho hombre. Así Dios se volvió sensible y objetivo. No dejó de ser Dios, pero se volvió sensible. La Semana Santa española es el mejor ejemplo de cómo Dios es reconocido en todo su sensible esplendor. Lo mismo sucede con el valor. En la mercancía aislada es imposible captarla porque carece de sensibilidad y de objetividad, pero en la relación entre las mercancías, cuya evolución histórica transformó a una de ellas en dinero, se obró el milagro: adquirió sensibilidad. Así como Dios existe de forma sensible como hombre, el valor existe de forma sensible como dinero, y en su forma originaria y más esplendorosa como oro. Y este enorme poder sensible del oro como dinero lo expresa Cristóbal Colón en una carta escrita desde Jamaica en 1503: “El oro es algo maravilloso. Quien lo posee es dueño de todo lo que desee. Gracias al oro se pueden incluso enviar almas al paraíso”. (Estas palabras de Colón las he tomado de El Capital de Karl Marx).

Aunque después, cuando se separó la sustancia de la función, el dinero se sustituyó por simpes signos de sí mismo, el dinero no dejó de ser un complejo producto social y un objeto sensiblemente suprasensible.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2025/09/objeto-sensiblemente-suprasensible.html

jueves, 23 de junio de 2022

MUTACIÓN MUNDIAL

 



Escribe: Milciades Ruiz

Los humanos han creado máquinas, que replican procesos naturales, pero muchos las usan, ignorando los principios de su funcionamiento. Esos principios no son humanos. Emanan del universo. El desconocimiento de los principios naturales, dificulta entender el manejo de la maquinaria de dominación capitalista. Pero, por encima de lo humano, la ley natural se cumple en todo, incluyendo lo político.

 

En el universo, todo tiene un límite. Cuando un caso excede sus límites, eclosiona. Así, ocurren los desastres naturales y también los cambios cuantitativos y cualitativos. Ocurre con el exceso de fuego al cocinar alimentos, convertidos en carbón. La delincuencia, es sub producto de la maquinaria capitalista, y aumenta cuando los mecanismos de esta, rebasan su límite de deterioro.

Así, en la dicotomía capitalista, no puede haber ricos, sin que haya pobres y viceversa. Son contraparte de la misma unidad, como decir que no hay cara sin sello en una moneda, pues no puede haber anverso sin reverso, y así, tenemos el sentido del bien y el mal, blanco y negro, masculino y femenino, izquierda y derecha. Pretender que desaparezca una de las partes sin que desaparezca la otra es un absurdo.

La igualdad de los distintos es otro absurdo. El sistema capitalista de por sí, genera diversas clases sociales. La desigualdad social es inmanente al sistema, y solo puede desaparecer eliminando el sistema que lo genera. La calidad de los órganos de gobierno nacional, es resultado del sistema eleccionario vigente. Seguirá siendo repudiable mientras persista el sistema que lo genera.

Sabemos también, que no hay nada absoluto. Ni blanco, ni negro, absolutos. Pero entre opuestos, hay una gama de matices, según la predominancia de uno de los dos colores. Entonces tenemos una escala de grises, según la coloración predominante. Lo mismo sucede entre riqueza y pobreza, con los consiguientes matices según disponibilidad dineraria predominante.

Esto, que vemos entre personas, se puede apreciar también entre grupos sociales y países. Los países ricos deben su estándar de vida y de poder, a costa de los demás. De lo contrario no podrían sostener su estatus. Pero la torta es una sola y no puede haber una parte grande sin quitar a las demás. Inversamente, si estas crecen, la parte grande mermará.

Esta es la disyuntiva de los países dominantes. Mantener su predominancia, a toda costa, porque si hay empoderamiento de los dominados, automáticamente disminuirá el estándar de vida y poder del dominador. Mantener esta relación de dominio ha sido siempre una atadura histórica, y para ello, los países dominantes han recurrido a toda especie de artimañas, incluyendo las militares.

Pero todo tiene un límite. Si las ataduras ya no resisten la presión, la ruptura es inevitable. EE UU ha llegado a un límite estructural. Hace todo lo posible para mantener su predominancia, pero ya no puede más. Los pueblos caribeños, a los que ha exprimido por siglos rompen las ataduras e irrumpen, volcándose en migración masiva incesante invadiendo el otro lado de la balanza donde el depredador debilitado tiene lo que les falta a los desesperados centroamericanos.

 

Lo mismo sucede en los países europeos, invadidos por los migrantes africanos. Es un dolor de cabeza para los racistas. La corriente migratoria generada por el desbalance de riqueza y pobreza, no puede ser contenida. El número de migrantes que arriesgan su vida cruzando el Canal de la Mancha, en pequeñas embarcaciones va en aumento. De 229 en 2018 pasó a más de 28.000 en 2021.

Por eso, el primer ministro de Inglaterra, Boris Johnson, pretende disponer que cualquier persona que solicite asilo huyendo de guerras o, ingrese ilegalmente, será deportada a Ruanda” (África). A esto se opone el Tribunal Europeo de Derechos Humanos al que Inglaterra está afiliado, por considerar que esta medida es cruel, inhumana y no resolverá el problema migratorio, que es estructural.

Hay pues, una movilización estructural mundial que está cambiando la fisonomía de la humanidad. La migración es un desborde social. Ello sucede porque en el régimen capitalista vigente, las condiciones de vida son extremadamente desiguales, a tal punto que la inclinación de la balanza ocasiona el derrame migratorio. Esta desigualdad mundial mantenida por opresión, hace que la contraparte busque alternativas de salida.

Es así como, países como China y Rusia, fueron creando sus propios espacios, lo que significa restar espacio a EE UU. Lo vemos muy claramente en América Latina, donde ha avanzado la influencia de estos países, sin que EE UU pueda evitarlo. Esto ha descolocado el ordenamiento mundial en el que la hegemonía estadounidense, era y aún es, predominante.

Por ley natural sabemos que los polos del mismo signo se repelen, pero cuanto más avancen los nuevos poderes, disminuye el poderío de EE UU. El paralelismo de dominio, ha ocasionado la invasión rusa a Ucrania, evidenciando la debilidad norteamericana y de su férula europea. No se atreven a ir más allá del precario apoyo que prestan a Ucrania, a costa de endeudamiento, con armamento de descarte, porque no están en condiciones de imponerse.


 

Pensaron hundir a Rusia con represalias de todo calibre, pero los resultados son adversos y los hundidos son los represores que, acusan graves daños de efecto contrario. Hoy luchan contra la inflación que provocaron y la hegemonía del dólar en las reservas internacionales se está reduciendo, a la par que se fortalece la moneda rusa. Las represalias como arma de guerra repercute contra sus economías, teniendo que retroceder disimuladamente.

Una situación de predominio, puede durar un momento o muchos años, pero todo lo que nace se desarrolla, adquiere su esplendor, decae y finaliza al terminar su ciclo de existencia. El predominio de EE UU va llegando a su fin y el proceso es irreversible. El fracaso de la “Cumbre de las Américas” convocada por EE UU, es prueba de la declinación de su influencia y la ola izquierdista en Latinoamérica empeora su situación.

Los socialistas doctrinarios nunca pierden su convicción porque la ley natural es inexorable. La base científica de esta ideología emana de los principios naturales. Una errónea interpretación y aplicación de estos, conduce al fracaso. Si hay coherencia, habrá certeza. Por ello, están seguros que el ciclo capitalista llegará a su fin como los ciclos que lo precedieron.

Disculpen que haya tenido que relacionar la temática, con dichos principios, para explicar lo que para muchos es muy sencillo. Pero, pensando en las nuevas generaciones, lo didáctico facilita la comprensión, cuando nos falta experiencia. Lo dicho en esta nota es discutible, todo depende del cristal con que se mire. Bienvenida la discrepancia. De ella también se aprende.

Junio 22. 2022

 


miércoles, 24 de julio de 2019

CONTRADICCIONES EN EL CAPITALISMO. ¿HAY PRINCIPALES Y SECUNDARIAS?



24/07/2019

La sociedad capitalista está sostenida por una serie de contradicciones que, lejos de resolverse, se profundizan cada vez más conforme pasa el tiempo, aunque aparentemente se las quiera “suavizar”, hacerlas más digeribles y presentables. Son contradicciones inherentes al capitalismo en tanto sistema, si bien algunas existían antes de él. Aquella sentencia de Marx de que “Con el capital el mundo se hizo redondo” plantea ya con toda claridad que una de las características fundamentales del modo de producción capitalista desde sus inicios, es su desarrollo a escala global. Por ello puede decirse que la preconizada y a la moda “globalización” actual empezó prácticamente con el capitalismo mismo, con la llegada del hombre blanco a tierra americana.

En el período de la acumulación originaria en los países europeos dominantes, la sobre explotación de la fuerza de trabajo esclava traída a América desde el África y la fuerza de trabajo indígena de este continente jugaron un papel determinante. Eso no puede explicarse sin entender el racismo que acompañó el desarrollo capitalista, racismo que sirvió para justificar la inmisericorde explotación (“civilizados” –hombre blanco– versus “salvajes” –esclavos africanos negros, población originaria de América–). El racismo, o discriminación étnica, para ser “políticamente correctos” al día de hoy, no ha desaparecido. Es más: se ha incorporado cotidianamente, por eso en Guatemala, por ejemplo, un pobre que no se auto-reconoce como indígena puede decir campante: “seré pobre pero no indio”. Como se ve, las contradicciones se articulan, se anudan todas entre sí: para el caso, la económica con la étnica.

Lo mismo puede decirse de los bienes y recursos naturales que se extrajeron de África y América con destino a Europa: oro, plata, piedras preciosas, maderas preciosas, entre otros (sangría que nunca terminó, y que ahora se reaviva, dado el espíritu depredador del actual capitalismo extractivista). Estos recursos, y los de Europa, fueron determinantes en el período de la acumulación originaria. También alimentaron el inicio y desarrollo de la revolución industrial. El extractivismo fue clave en la acumulación originaria de capital y en el posterior desarrollo del capitalismo. En otros términos: la contradicción del modo de producción industrial-capitalista con la naturaleza está en la base del sistema. El mundo, para esta visión, es considerado “gran cantera” de donde extraer materia prima para su posterior industrialización. El “progreso” se abre paso contra el medio ambiente, lo cual abre un interrogante fundamental: ¿eso es el progreso? Evidentemente, con la catástrofe medioambiental que vivimos hoy, está clara la respuesta.

Por otro lado, en este sistema, desde sus orígenes hasta su fase actual, el patriarcado ha constituido un sistema de dominación, opresión y explotación de los varones hacia las mujeres. Si bien existió en los modos de producción anteriores, Federico Engels señala que “es con el capitalismo industrial, el desarrollo de la propiedad privada y del modelo de la familia monogámica moderna, que la opresión patriarcal de las mujeres adquiere un nuevo giro, instaurándose la esclavitud doméstica de las mujeres”. El trabajo doméstico es fundamental para mantener viva a la población; alguien debe reproducir la vida –biológicamente– y asegurar su estabilidad (preparar los alimentos, mantener el aseo de la casa, de la ropa). Eso, habitualmente, lo hacen las mujeres, las “amas de casa”. Para el capitalismo ese trabajo es vital… ¡pero no se paga! Por tanto, el trabajo esclavo de las mujeres como amas de casa (la mitad de la población mundial) es imprescindible. Pero nunca se registra como robo, como explotación. La contradicción brota por todos lados. Sin embargo, como efecto de la cultura-ideología dominante, esa mujer no trabaja: “¿Tu mamá trabaja? No, es ama de casa”. Inadmisible, absolutamente… ¡pero es así! Una contradicción alimenta la otra.

Con todo lo anterior queremos afirmar que con el surgimiento y desarrollo del capitalismo han surgido, por lo menos, cuatro contradicciones fundamentales: capital-trabajo, capital-naturaleza, varones-mujeres (patriarcado) y étnica-racial (racismo). Cada una de estas contradicciones constituye un sistema de dominación en sí mismo; el primero, el tercero y el cuarto son, además, sistemas de opresión y explotación de la fuerza de trabajo, de las mujeres y de la población indígena, originaria y afrodescendiente. Estas contradicciones se reproducen además en un contexto de capitalismo imperialista, en tanto el capitalismo más desarrollado (el europeo en un inicio, el estadounidense luego, o el japonés) arrasa con los llamados “sub-desarrollados”, manteniendo todas esas contradicciones. Hoy día podría anotarse otra contradicción como Norte-Sur (lo que en algún momento se llamó Primer Mundo-Tercer Mundo).

Definitivamente, todas las contradicciones se entrelazan y todas son igualmente importantes. De todos modos, siguiendo a Néstor Kohan, no puede olvidarse que “El capitalismo puede permear cierto pluralismo e ir integrando la política de las diferencias [léase: incluir las contradicciones que algunos llamarán “secundarias”: género, etnia, ecología]. Pero lo que no puede hacer jamás, a riesgo de no seguir existiendo o dejar de reproducirse, es abolir la explotación de clase. Precisamente por esto, dentro de la alianza hegemónica de fuerzas potencialmente anticapitalistas, aunque todas las rebeldías contra la opresión tienen su lugar y su trinchera, el sujeto social colectivo que lucha contra la dominación de clase debe jugar un papel convocante y aglutinador de la única lucha que posee la propiedad de ser totalmente generalizable.”

De ese modo, puede concebirse un capitalismo donde las mujeres toman el poder contra los varones, o los pueblos originarios contra los blancos, pero la contradicción de base: la explotación del trabajo, se mantiene. Por tanto, si bien todas las contradicciones marchan juntas y se retroalimentan, la contradicción capital-trabajo asalariado tiene un estatuto especial. Significativo al respecto es que hoy día el capitalismo se permite hablar (pero no cambiar mucho en lo sustancial) de estas contradicciones paralelas (la étnica, la de género, el llamado cambio climático). Sin embargo, de la lucha de clases no menciona una palabra.

Contradicción capital-trabajo

El desarrollo del capitalismo a nivel mundial en las últimas décadas ha supuesto cambios importantes en la configuración de las clases sociales y, por supuesto, en la lucha de clases. Aunque se haya querido proclamar triunfalmente “el fin de las ideologías y de la historia” (Fukuyama), la lucha interclases sigue siendo el motor de la historia.

La acumulación de capital ha trascendido la forma principal enunciada por Marx hace alrededor de 150 años, a partir de la creación de valor (de cambio) en el proceso de producción (de mercancías) y su apropiación por el propietario de los medios de producción. Marx planteó que la acumulación de capital se daba en dos ámbitos: en la producción de los instrumentos de producción y en la producción de bienes y servicios. En ambos, la acumulación de capital es posible por la explotación del trabajador (cualquiera sea: urbano-industrial, rural, de bienes o de servicios, productor manual o intelectual, etc., y habría que agregar: amas de casa haciendo trabajo doméstico no remunerado) mediante el trabajo no pagado (plusvalía), a partir de unas relaciones de producción favorables al propietario de los medios de producción.

La contradicción capital-trabajo se manifiesta en la lucha permanente que se desarrolla entre los capitalistas (burguesía industrial, oligarquía terrateniente, hoy día: clase capitalista global si se quiere) que buscan incrementar la plusvalía pagando menos a los trabajadores, o sobreexplotándolos, y éstos que tratan de mejorar sus condiciones salariales. Dicho de otra forma, es la lucha que se da entre las dos clases sociales fundamentales en el capitalismo: los propietarios y los trabajadores.

Con el desarrollo del capitalismo, las clases sociales están sometidas a cambios y reconfiguración. Hoy no son lo que fueron, por ejemplo, durante el capitalismo industrial europeo estudiado por los clásicos en el siglo XIX. Con los procesos de robotización y eso que ha dado en llamarse, engañosamente, deslocalización (ubicación de las industrias del Norte en los países del Sur, donde las condiciones de explotación son mucho mayores, se evaden impuestos y no hay controles medioambientales), esa contradicción fundante ha sufrido variantes. Es válido preguntarse, como lo hace Fidel Castro: “¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esta clase obrera –en el sentido marxista del término– tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?”. A ese conjunto de empobrecidos, precarizados, que sobreviven como pueden, muy acertadamente Frei Betto les llamó “pobretariado”. Eso lleva a plantearse quién es hoy el sujeto transformador en la sociedad. O, dicho de otro modo: cuál es la contradicción fundamental del sistema por la que dicho sistema puede eclosionar.

En el ámbito de las clases sociales y la lucha de clases, el actual capitalismo neoliberal que viene desarrollándose estas últimas décadas, ha logrado en gran medida la flexibilidad laboral, que es otra de sus características. La flexibilidad laboral, infame eufemismo que quiere reemplazar la idea de “trabajador” por la de “colaborador” de la empresa, implica la anulación o no aplicación de las leyes laborales favorables a los trabajadores. En los empobrecidos países del Sur esto tiene manifestaciones grotescas: las condiciones laborales de los trabajadores sin prestaciones de ninguna clase, sin derecho a sindicalizarse y reprimidos violentamente cada vez que intentan protestar, pretende “hacer atractivo” a esos países para la inversión de capital transnacional. La profundización de la explotación se da en todos lados, pero son los países pobres del Sur (mal llamados “periferia”, en contradicción con la pretendida “metrópoli”), los que acusan mayormente ese deterioro. Es decir, en las condiciones de expansión capitalista actual existe una sobre explotación de la fuerza de trabajo que agrava la por siempre existente contradicción capital-trabajo. En el Norte la situación no es sustancialmente mejor, por cuanto la pérdida de poder adquisitivo por un capitalismo que se siente triunfal a partir de la caída del bloqueo socialista europeo, hace de la clase trabajadora una víctima sin mayor capacidad de defensa.

Sin embargo, y curiosamente, frente a esta profundización de la explotación, la lucha de los trabajadores (en cualquiera de sus expresiones) no aparece fuertemente, o aparece en expresiones mínimas. Las actuales políticas neoliberales consiguieron postrar así los reclamos de la clase trabajadora, haciendo del tener asegurado un puesto de trabajo un “tesoro” que no se puede perder. Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa era el comunismo, hoy es la desocupación.

El movimiento sindical de clase, combativo en otros tiempos, poco a poco, por efectos de la represión en el Sur y factores como la corrupción y la despolitización/cooptación (en el Norte), se convirtió en un movimiento intrascendente, aliado de las patronales en definitiva. En general, los sindicatos ya no responden a la lucha de los trabajadores en su conjunto.

La contradicción capital-naturaleza

La contradicción capital-naturaleza puede sintetizarse en que cada vez hay una mayor presión del capital sobre los bienes y recursos naturales para su mercantilización, a fin de incrementar la producción capitalista y mantener el “crecimiento económico” capitalista, vital para la generación de mayor plusvalía. A lo largo del siglo XX, pero sobre todo en las últimas décadas, esta contradicción se ha agudizado. Con la expansión del capitalismo en su fase neoliberal a partir de finales de la década de 1970, la naturaleza, los bienes y recursos naturales han sido sometidos a una mayor presión por las grandes corporaciones transnacionales. La búsqueda desenfrenada de fuentes energéticas y de minerales estratégicos para las industrias de punta (en muchos casos: la militar) marcan esa tendencia.

Los efectos sobre el medio ambiente son desastrosos: agudización del cambio climático que provoca fenómenos naturales cuya magnitud resulta en desastres sociales y económicos; agotamiento de los recursos y bienes naturales; contaminación medio ambiental con polución del agua, del aire y de la tierra. El hiper-consumismo capitalista no se arregla buscando paliativos superficiales, como el reciclar, el separar la basura o la generación de una supuesta “conciencia verde”, no usando pajillas para tomar una gaseosa por ejemplo. Todo ese esfuerzo hecho a nivel personal logra contener la contaminación global en apenas un 1%. El problema de fondo, la contradicción original es la voracidad del capital, que destruye todo en aras de su propio beneficio.

El modelo de capitalismo neoliberal trajo consigo el dominio absoluto del capital financiero sobre el proceso productivo. Hoy día son los capitales globales que se mueven de un paraíso fiscal a otro sin ninguna regulación los que marcan el ritmo del sistema. En su proceso de expansión, este capitalismo neoliberal provoca una disputa por la tierra y los recursos naturales entre las grandes corporaciones que dominan esa expansión, por un lado, y comunidades y pueblos que obtienen de ella los bienes necesarios para su existencia, por otro. De ahí que esta contradicción capital-naturaleza se evidencia en la lucha de pueblos originarios que defienden sus territorios contra empresas multinacionales extractivistas que invaden sin miramientos destruyendo todo a su paso (compañías petroleras, mineras, monocultivo destinado a biocombustibles, desvío de ríos para empresas hidroeléctricas generadoras de electricidad). Solo para graficarlo: para la obtención de un galón de biocombustible (utilizado en los países capitalistas del Norte próspero), hecho a base de azúcar, maíz o palma aceitera, se necesitan 2,000 litros de agua (robada a los empobrecidos del Sur).

El racismo y la contradicción étnica

En articulación con las anteriores contradicciones destaca la llamada étnica (o racismo). Es la que se desprende de la invasión, despojo y explotación colonial, que conminó a los pueblos originarios de Latinoamérica y los grupos afrodescendientes traídos a la fuerza a estos territorios en calidad de esclavos, a ser considerados casi animales, objeto de esclavitud y sobre-explotación, marginados y excluidos como seres de última categoría, objeto permanente de despojo de sus tierras y territorios, oprimidos en tanto sujetos colectivos y en tanto individuos.

Eso, aun cuando presenta cambios, ha sido mantenido en esencia por un capitalismo que justifica y reproduce la explotación laboral y el robo descarado a partir de razones étnicas y raciales. Esto ha configurado en todo el sub-continente latinoamericano sociedades profundamente racistas, en donde los que se dicen descendientes de los conquistadores (españoles y portugués, que llegaron a “civilizar”), resultan beneficiados por una sociedad estratificada étnicamente, mientras los pueblos originarios se ven afectados por un sistema que los trata como ciudadanos de segunda categoría, como mano de obra barata, excluyéndoles de los escasos y raquíticos derechos sociales, económicos, políticos, culturales, al mismo tiempo que les niega derechos correspondientes a su carácter de sujetos colectivos, como pueblos, entre ellos a los de autodeterminación y autonomía.

En el caso de América del Norte, o más específicamente de Estados Unidos, esa conquista de siglos anteriores confinó a los pueblos originarios en “reservas”. Ahí el racismo se juega fundamentalmente entre los blancos conquistadores (de origen europeo) y la población negra, de origen africano, otrora mano de obra esclava. En todos los casos, el racismo justifica la opresión económica. Queda claro que todas las contradicciones se anudan y entrelazan entre sí.

El patriarcado y la contradicción varones-mujeres

Otra contradicción histórica, íntimamente ligada con el carácter y curso del capitalismo como sistema, pero que debe ser entendido como un sistema en sí mismo, que requiere ser transformado al mismo tiempo y en todo espacio, es la opresión patriarcal.

Esta contradicción se expresa en una relación de sobre explotación de la mujer en el ámbito de las relaciones de producción, su mayor exclusión de las fuentes de empleo formal, del salario y la raquítica seguridad social con que cuenta, e íntimamente relacionada, de los ámbitos de decisión fundamental en el proceso productivo, reproductivo y en el proceso político. Esa condición se agrava cuando es utilizada como mercancía para propósitos de trata de personas, como producto de publicidad y como simple objeto sexual. El sexismo, en tal sentido, es otra contradicción anudada a todo lo anterior.

No obstante, también se expresa en un papel predefinido por el patriarcado, que se orienta a su conminación a la reproducción de la especie, de la familia y del mismo sistema patriarcal que la oprime, lo cual se manifiesta en la violencia, exclusión y dominio que el varón ejerce sobre ella, con el agravante que muchas veces las religiones lo justifican.

Dicha opresión patriarcal se expresa con mayor agudeza en la medida que la mujer pertenece a la clase trabajadora y a comunidades rurales, campesinas y marginalizadas. De todos modos, la exclusión de las mujeres en los distintos ámbitos de la vida es algo que atraviesa todas las sociedades.

En conclusión

Si se intentan modificar profundamente todas estas injusticias, queda claro que todas las contradicciones deberían superarse a la vez, simultáneamente. No es posible una justicia económica si sigue habiendo patriarcado; no es posible equidad de género si no hay equidad económica. Es imposible superar la contradicción étnica sin considerar las anteriores. No puede aspirarse a un mundo más armónico si persiste la locura consumista que nos impone el sistema capitalista depredando nuestra casa común, el planeta Tierra En conclusión: todas las contradicciones marchan de la mano, y no es posible superar ninguna de ellas por separado. Si ello se intenta, no pasa de un intento vano.