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lunes, 19 de octubre de 2015

CUALQUIER PARECIDO CON NUESTRA REALIDAD ES PURA “COINCIDENCIA”: "LA ESCUELA PÚBLICA DEBE SER LA DE TODOS, NO LA DE LOS POBRES"





Entrevista a Marina Subirats

Jordi Molina
Martes 13 de octubre de 2015

[La socióloga Marina Subirats enumera los aspectos más regresivos de la LOMCE, una ley que "penaliza las clases bajas" y que "nos prepara para una sociedad dual y desigual".]

Marina Subirats (Barcelona, 1943) abre las puertas de su piso del barcelonés barrio del Eixample al Diari de la Educació para repasar los aspectos más "perversos" de la LOMCE. La que fue directora del Instituto de la Mujer (1993-1996) y concejala de Educación en el Ayuntamiento de Barcelona (1999-2006) es ahora una de las voces más críticas y de más autoridad del ámbito educativo. Autora de más de una decena de títulos sobre la sociedad de clases, el papel de la mujer y el acceso a la educación, Subirats alerta de la regresión que supone la ley Wert y defiende un modelo educativo basado en los valores.

Jordi Molina: ¿Qué le parece la LOMCE?

Marina Subirats: Hago una valoración absolutamente negativa. Tiene apartados que nos vuelven muy atrás, en algunos aspectos es mucho más regresiva que la Ley General de Educación de 1970.

Aquella era todavía una ley franquista...

Sí, aunque la ley de 1970 abrió muchas puertas y algunos académicos de la educación la consideran una ley que ya apunta al postfranquismo. Como mínimo, esa norma quería avanzar hacia una legislación que permitiera el acceso de las clases populares a la educación. En cambio, la LOMCE cierra muchas puertas en este sentido, nos vuelve más de 50 años atrás.

En una entrevista reciente, el ex ministro de Educación (1982-1988), el socialista José María Maravall, decía que la LOMCE abre la puerta a una discriminación sistemática de los jóvenes en función de la renta de sus familias.

Hay leyes que eliminan barreras y otras que las crean. La LOMCE pone barreras en función de la clase social. Efectivamente, la reforma que impulsó el ministro Maravall, la LOGSE , era muy ambiciosa, mucho más que la LOE del Gobierno Zapatero. De hecho, y citando sus palabras, era "demasiado ambiciosa" y la prueba la tenemos en que muchos puntos de aquella norma nunca llegaron a ser implementados. Ahora, con la Ley Wert, la más polémica de todas, nos plantea un modelo educativo mucho más selectivo y que en el futuro hará aumentar las desigualdades entre la población. Y es aquí donde hay que tener mucho cuidado porque las desigualdades creadas a través de la educación tienen un plus de perversión: aparecen como indiscutibles.

¿Qué quiere decir?

Le pondré un ejemplo, si alguna persona pongamos que tiene mucho dinero, hay quién puede pensar que es injusto, ya sea porque los ha ganado ilegítimamente o porque los ha heredado. En cambio, si alguien tiene muchas titulaciones todo el mundo tiende a pensar que esa persona ha trabajado muy bien y que es inteligente. Cuando la desigualdad se sustenta en base a titulaciones académicas es muy aceptada, incluso por los que salen perdiendo, los que han sido eliminados por la propia estructura educativa.

¿Para ser más concretos, cuáles son los elementos de la LOMCE que nos indican que las clases bajas salen perjudicadas?

Principalmente, hay tres mecanismos. El primero es el favorecimiento de la escuela privada y concertada por delante de la pública. El segundo mecanismo es el de los circuitos. Es decir, cuanto más alargamos el tramo de enseñanza obligatoria para todos, más retrasamos el abandono escolar posterior. En los años cincuenta, el corte estaba en los 10 años. Después, se pasó a los 14 y las leyes más progresistas habían situado el tope en los 16. Lo que hace la LOMCE es volver a retrasar la edad a los 15 años. El tercer mecanismo es el las barreras selectivas. La reforma del ministro Wert multiplica las reválidas, los exámenes, todo tipo de pruebas. Todo esto son barreras, son filtros. Constantemente se etiqueta al alumnado y los selecciona únicamente en base al rendimiento académico. No evaluamos otros aspectos de los niños y los jóvenes.

¿Como cuáles?

Si reducimos la educación al test de matemáticas, de lectura o de inglés estamos olvidando que ser una persona es mucho más que todo eso. Hay que recuperar el factor de la socialización en las aulas. Debemos dar estímulos a los alumnos, otorgarles capacidad de ir por el mundo, de ilusionarse por sus propios proyectos. Hay que trabajar valores como la empatía, la solidaridad, la comprensión, la responsabilidad... ¿Nos relacionamos lo bastante bien hoy en día? ¿Nos cuidamos suficiente? ¿Cómo nos alimentamos? Obviamos estos factores como si los tuviéramos adquiridos y no valoramos los niños, niñas y jóvenes como personas.

¿Cómo se huye de esta espiral?

Por ejemplo, cuando yo era jovencita era una buena estudiante. Te hablo de hace muchos años, en la Escuela del Mar del Guinardó, que siempre fue un paso por delante que el resto. Había una niña en la clase que, aunque tenía muchas dificultades en el estudio, tenía una autoridad natural maravillosa. Aquella niña, cuando faltaba puntualmente la maestra, era la cónsul, así llamábamos aquella figura, la que mantenía el orden en la clase. Yo quería mandar, pero no tenía autoridad para hacerlo, pero ella sí. Así que, en aquella clase quedábamos niveladas: yo era buena en el estudio y ella tenía un don natural para imponerse. Una escuela con una perspectiva amplia de la educación da más posibilidades de destacar a todos los niños. No necesitamos un modelo educativo dividido entre los mejores y los peores, entre grupos rápidos y grupos lentos, sino una escuela donde cada niño y cada niña pueda ser especial en algún aspecto y donde no nos dejamos a nadie por el camino.

Por el contrario y citando sus propias palabras, la reforma Wert nos lleva hacia un "fábrica de títulos"...

La LOMCE es una reforma que reduce la educación a un componente instrumental . En lugar de formar personas, nos prepara para un mercado de trabajo dual. De alguna manera nos dice que los que sean malos estudiantes sólo podrán aspirar a ser camareros. Y esto no tiene sentido, menos aún en un momento en que el mercado de trabajo se ha derrumbado, incluso para los titulados. Esta instrumentalización, en sociología de la educación, la consideramos como un proceso de etiquetación. Si los jóvenes salen etiquetados de la escuela es más fácil distinguir los válidos para cada puesto de trabajo y discriminar los excluidos y se consolida la sociedad dual que sólo interesa a determinados colectivos de la sociedad.

En barrios pobres de Barcelona –como el Raval o incluso el Poble Sec—encontramos escuelas con un 80% de alumnado recién llegado. En estos barrios, hay centros concertados que se corresponsabilizan de esta realidad, pero no siempre es así.

El compromiso de la escuela concertada depende de los barrios y, también, de cada escuela. Por mi experiencia debo decir que la mayoría no han asumido este compromiso. En mi etapa de concejal, encontrábamos que muchas ponían barreras para impedir el acceso de los inmigrantes pobres. Ahora bien, para acoger chicos y chicas de Alemania, Italia o Francia no tenían ningún problema, eso lo encontraban muy bonito. La mayoría de familias que van a la escuela concertada son de clase media-alta y no les interesa que las aulas se llenen de criaturas de origen pobre. Ahora bien, como dices, hay escuelas del Raval que no han tenido más remedio que asumir la realidad de sus barrios. La escuela Vedruna de ese barrio tiene un porcentaje de alumno inmigrado similar al CEIP Collaso y Gil. Pero no se puede decir que hoy en día la escuela concertada haya aceptado la inmigración, al contrario, ponen todas las barreras posibles. Comenzado por el precio prohibitivo para determinados colectivos.

La LOMCE permite que escuelas que reciben dinero público segreguen al alumnado entre niños y niñas.

La ley acepta concertar escuelas de un solo sexo, lo que durante mucho tiempo no se había hecho. La Iglesia ha pinchado en esta dirección muy intensamente y ha conseguido su objetivo, sobre todo a través de las escuelas del Opus Dei. De hecho, en Cataluña, bajo el Gobierno de Jordi Pujol ya se había hecho. Entonces el consejero Mas dijo que "sobraba un dinero" y que había creído que era una buena idea utilizarlo para concertar escuelas que segregan por sexo. Ahora no sólo seguimos teniendo escuelas concertadas que separan el alumnado en función del sexo, sino que nos podemos encontrar que escuelas mixtas pasen a ser de un solo sexo.

¿CiU se asimila al PP en esta visión de la educación?

CiU y PP comparten el punto de vista de clase. Tienen estilos diferentes, como diferentes son los estilos de Madrid y Barcelona, pero la defensa de la concertada ha sido común. En este momento hay mucha tensión por la cuestión nacional, pero en otras épocas han sido perfectos aliados.

Aunque la Ley Wert ha servido de dique de contención a las críticas que había recibido CiU a raíz de los recortes en Educación...

Sí, esto ha pasado de una manera general . Antes de la subida del independentismo había muchas movilizaciones contra el Gobierno de Artur Mas por los recortes en Educación y Sanidad. A partir de septiembre de 2012, cuando estalla la movilización independentista y Mas acepta ponerse al frente, las cosas cambian. El foco se pone en el eje nacional y parece que todos estemos de acuerdo. En el caso de la LOMCE hemos visto como CiU critica los aspectos centralizadores de la ley, pero calla en otras cuestiones, como en la defensa de la escuela pública. Muchos colectivos no están de acuerdo con la LOMCE, pero tampoco con la política educativa de CDC y, sobre todo , de Unió.

Movilizaciones en contra de los recortes, asociaciones de estudiantes, movimientos sindicales, mareas humanas en favor de la educación pública... Más allá del marco legal, la comunidad educativa parece que va un paso por delante. ¿Aquí es donde está la esperanza?

Sí y no. Las movilizaciones son un motor, pero también un problema. Por un lado hay muchos centros y muy profesorado que sabe y quiere enseñar de otra manera. Pero por el otro deben seguir luchando contra un marco legal del pasado, lo que aburre a la gente, cansa, desgasta e impide dar pasos adelante. Hoy sabemos que no hay que enseñar matemáticas o lenguas con píldoras. Cuando un niño tiene interés en transmitir lo que ha vivido, escribir es una necesidad, no una imposición. Los filtros en la educación son los grandes obstáculos para la modernización.

Finalmente y a petición de cinco familias el TSJC obliga a cinco escuelas a hacer un 25% de las horas de clase en castellano. ¿Qué tiene que decir?

Es patético que cinco familias tengan más fuerza que todo un país. Así que, como la mayoría de catalanes, lo he vivido como una bofetada. En un momento en el que pedimos una revisión de la relación entre Cataluña y España este tipo de ofensas sólo responden a un criterio: construir un enemigo. Los gobiernos que no funcionan, como el del PP, suelen buscar enemigos exteriores. La LOMCE busca una recentralización de las autonomías con competencias más fuertes para el Estado central. La lengua es sólo el principio. Poco a poco veremos cómo nos imponen unas versiones de la historia más bien franquistas. Evidentemente puestas al día, con un lenguaje moderno, pero el punto de vista de la historia estará en torno a la mitificación de Castilla y la uniformidad del estado. De hecho, el profesor Fontana ya nos ha alertado de este hecho hace unos días.

La cuestión de la lengua ha unido diversos sectores. ¿Puede ser un buen momento para trazar un hipotético Pacto Nacional para la Educación en Cataluña?

Lo veo difícil. Las escuelas religiosas y las grandes escuelas privadas no lo han querido hacer nunca. Los pactos son posibles cuando las fuerzas están equilibradas y cuando todo el mundo tiene algo que ganar. En este momento las fuerzas están muy desequilibradas, en la etapa de la Transición las fuerzas estuvieron algo más niveladas y, en ese momento , sectores de la privada estaban dispuestos a ceder sus centros para que fueran escuela pública . Y le hablo de antes de que muriera Franco. Ahora, con los gobiernos actuales es imposible. Sólo si la izquierda recupera fuerza se puede avanzar hacia un gran pacto.

En Barcelona nunca había gobernado la derecha. Sin embargo el porcentaje de escuela pública es inferior al 40%. Es necesaria una profunda autocrítica de los partidos que han gobernado, ¿no cree?

Esto viene de un proceso histórico. El franquismo no construyó escuela pública. En aquella época vino mucha población de fuera y se improvisaron escuelas privadas para atender a mucha gente. En la etapa de la Transición, una parte de estas escuelas privadas desaparecieron y otra parte, poca, pasaron a ser públicas. Aquella negociación la hizo CiU, que no tenía muchas ganas de aceptar muchas escuelas públicas. El déficit viene de lejos, pero si echamos un vistazo a los barrios que se han construido en los últimos años en Barcelona vemos cómo la escuela pública está muy presente. En mi etapa como concejal se hizo mucha escuela pública en la zona de Poble Nou o Nou Barris y en todos aquellos rincones donde más crecía la población. En cambio en zonas como el Eixample o Sarrià Sant-Gervasi casi no se ven. Depende de la composición social de cada Distrito.

¿Qué porcentaje bajo su juicio sería el idóneo entre la privada y la pública?

Necesitaríamos un 80% de escuela pública, como mínimo. La escuela pública debe ser la de todos, no la de los pobres. Debemos convertir la escuela pública en un servicio de calidad y de proximidad. Ahora bien, si aun así hubiera gente que se quisiera distinguir y creyera que pagando les irá mejor, pues tendrían un 20% de escuela privada para elegir un centro. Las clases altas siempre han pretendido la distinción más que la mezcla.

No parece que haya mucho margen para el optimismo.

Seguramente la Educación vive el peor momento de la democracia. Pero el trabajo que se ha hecho hasta la fecha ha sido muy bueno. Se ha subido muchísimo el nivel. En el año 75, cuando murió Franco, todavía había mucha gente joven analfabeta. Ahora bien, si sólo hacemos caso de lo que dice el informe PISA le estaremos haciendo el juego a la derecha. Tenemos sectores muy interesados en dar una imagen de que la enseñanza va mal y culpar la escuela pública y los colectivos más vulnerables. No les debemos hacer mucho caso porque lo que persiguen es hacer un negocio con la educación. Seguramente nos irá mejor si en lugar de compararnos con Francia, donde su escuela pública funciona desde el siglo XIX, nos miramos como estábamos hace unos años. Nosotros veníamos de una dictadura y se han acortado distancias muy rápidamente. Hay muchas cosas a corregir, pero no podemos devaluar el buen trabajo de los últimos 30 años. Ahora, si se impone esta ley, dentro de 15 años estaremos mucho peor.

3/03/2014

miércoles, 29 de julio de 2015

MADRE PATRIA

 
  
Marginando la fecha de cuando apareció por primera vez entre los peruanos la frase “España, la madre patria”, el caso es que se viene siempre repitiendo esta frase entre nosotros, que me parece no traduce la raíz de nuestra peruanidad, mas bien traduce el asiento de una mentalidad colonial tan enraizado en el fenómeno del gamonalismo que se prolonga hasta nuestros días e influye en la vieja política del Estado y los partidos que se disputan su gobierno. Es pues necesario combatir a aquella frase, pues cubre superficialmente, como la mala yerba, a lo esencial de nuestra peruanidad.
 
   La madre patria real tiene el asiento milenario en el Tawuantinsuyu. La raíz de nuestra identidad nacional está en los andes, donde la piedra, osamenta duradera que reta al tiempo, fue el material escogido por el trabajo colectivo del Perú antiguo para expresar su alma solidaria en sus altísimas creaciones que hasta hoy recrean la imaginación de propios y extraños. Esto puede parecer una opinión lírica sobre nuestro pasado, tal vez sea así, pero sin dejar de tener en cuenta la admiración que se siente al tener enfrente las creaciones sociales y artísticas del Perú de los Incas. Aquí radica la raíz de nuestra peruanidad en proceso de  recreación a la luz de las nuevas condiciones del trabajo y sus frutos modernos del hombre nuevo del Perú nuevo.
 
  Respecto a España, no renegamos propiamente de España, sino de su herencia feudal, de la vieja España. A la nueva España le debemos, en lo material como en lo espiritual, cuantiosos aportes al Perú en formación, como del resto de los países que de uno u otro modo han hecho arribar a nuestro suelo magnificas creaciones que abonan el Resurgimiento del Perú.
 
  Hoy, en el cumpleaños 194 de la independencia del Perú, y los aportes afirmativos de la República, preparemos para no continuar repitiendo la frase del insigne don Ricardo Palma, que haciendo alusión a la independencia política externa del Perú  y en los hechos a su dependencia económica interna, decía “día de la independencia, fin del despotismo y primero de los mismo”. Por  eso, asumamos nuestra responsabilidad en la tarea histórica de Preparación de la Organización para el Cambio Social: El Perú Integral.
 
  Así como estamos seis años del bicentenario de la vieja democracia de la república de las clases dominantes (1821-Julio-2015) , así también estamos a solo tres años de Centenario del Socialismo Peruano(1918-Junio-2018). Dos mundos diferentes. El primero que tramonta en la historia, sin una fe, sin un mito. El segundo, el alma matinal de la historia nueva del Perú, con una fe, un mito: La Revolución Social.
 
  Ojala los activistas del Socialismo Peruano, venciendo y posponiendo sus diferencias alternas, escuchen la voz de nuestro tiempo, colaborándonos y compartiendo la iniciativa en la organización de una Comisión Pro-Centenario del Socialismo Peruano. Esta propuesta tiene largos meses de planteado y está sujeta a  la opinión, mejoramiento, de todos lo que la comparten. 
 
Héctor Félix D.
Activista
28.07.2015

miércoles, 1 de julio de 2015

CARTA DE JAMAICA POR SIMÓN BOLÍVAR




Kingston, septiembre 6 de 1815
Muy señor mío:

Me apresuro a contestar la carta de 29 del mes pasado que usted me hizo el honor de dirigirme, y yo recibí con la mayor satisfacción.

Sensible como debo, al interés que usted ha querido tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece, desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles, no siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que usted me hace, sobre los objetos más importantes de la política americana. Así, me encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con que usted me favorece, y el impedimento de satisfacerle, tanto por la falta de documentos y de libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.

En mi opinión es imposible responder a las preguntas con que usted me ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte futura, y a los verdaderos proyectos de los americanos; pues cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones, de otras tantas es susceptible la nuestra por sus posiciones físicas, por las vicisitudes de la guerra, y por los cálculos de la política.

Como me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta de usted, no menos que a sus filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas, en las cuales ciertamente no hallará usted las ideas luminosas que desea, mas sí las ingenuas expresiones de mis pensamientos.

«Tres siglos ha -dice usted- que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón». Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico obispo de Chiapa, el apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre sí: como consta por los más sublimes historiadores de aquel tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.

Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en que me dice «que espera que los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas, acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos meridionales». Yo tomo esta esperanza por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los hombres. El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a España está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar los espíritus de ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno; no obstante que la inconducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía; o, por mejor decir, este apego forzado por el imperio de la dominación. Al presente sucede lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos: todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.

Porque los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos desconfiar de la fortuna. En unas partes triunfan los independientes, mientras que los tiranos en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final? ¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una lucha simultánea en la misma extensión de este hemisferio.

El belicoso estado de las provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e inquietado a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de su libertad.

El reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está lidiando contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente para probarles, que el pueblo que ama su independencia, por fin la logra.

El virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y medio de habitantes, es, sin duda, el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado para la causa del rey, y bien que sean vanas las relaciones concernientes a aquella porción de América, es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de oponerse al torrente que amenaza a las más de sus provincias.

La Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón de la América, obedece a un gobierno general, exceptuando el reino de Quito que con la mayor dificultad contienen sus enemigos, por ser fuertemente adictos a la causa de su patria; y las provincias de Panamá y Santa Marta que sufren, no sin dolor, la tiranía de sus señores. Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel territorio que actualmente defienden contra el ejército español bajo el general Morillo, que es verosímil sucumba delante de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la tomare será a costa de grandes pérdidas, y desde luego carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los morigeros y bravos moradores del interior.

En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían el orgullo de América. Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son los que quedan. Los más de los hombres han perecido por no ser esclavos, y los que viven, combaten con furor, en los campos y en los pueblos internos hasta expirar o arrojar al mar a los que insaciables de sangre y de crímenes, rivalizan con los primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva. Cerca de un millón de habitantes se contaba en Venezuela y sin exageración se puede conjeturar que una cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todos resultados de la guerra.

En Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, siete millones ochocientas mil almas con inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la insurrección que ha agitado a casi todas sus provincias, ha hecho disminuir sensiblemente aquel cómputo que parece exacto; pues más de un millón de hombres han perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton que describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento imperio. Allí la lucha se mantiene a fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los españoles con tal que logren someter a los que han tenido la desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán libres, porque han abrazado el partido de la patria, con la resolución de vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Reynal: llegó el tiempo en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios y de ahogar a esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar.

Las islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una población de setecientas a ochocientas mil almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?

Este cuadro representa una escala militar de dos mil leguas de longitud y novecientas de latitud en su mayor extensión en que dieciséis millones de americanos defienden sus derechos, o están comprimidos por la nación española que aunque fue en algún tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta para mantenerse en el antiguo. ¿Y~~ y amante de la libertad permite que una vieja serpiente por sólo satisfacer su saña envenenada, devore la más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo insensible? Estas cuestiones cuanto más las medito, más me confunden; llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América, pero es imposible porque toda Europa no es España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar América, sin marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que tiene, apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia, y defenderse de sus vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo sin manufacturas. Sin producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los hijos de los actuales americanos únicos con los de los europeos reconquistadores, ¿no volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?

Europa haría un bien a España en disuadirla de su obstinada temeridad, porque a lo menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre que derrama; a fin de que fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. Europa misma por miras de sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la independencia americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige, sino porque éste es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio. Europa que no se halla agitada por las violentas pasiones de la venganza, ambición y codicia, como España, parece que estaba autorizada por todas las leyes de la equidad a ilustrarla sobre sus bien entendidos intereses.

Cuantos escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte. En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanas del Norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos, ¿porque hasta dónde se puede calcular la trascendencia de la libertad en el hemisferio de Colón?

«La felonía con que Bonaparte "dice usted" prendió a Carlos IV y a Fernando VII, reyes de esta nación, que tres siglos la aprisionó con traición a dos monarcas de la América meridional, es un acto manifiesto de retribución divina y, al mismo tiempo, una prueba de que Dios sostiene la justa causa de los americanos, y les concederá su independencia».

Parece que usted quiere aludir al monarca de Méjico Moctezuma, preso por Cortés y muerto, según Herrera, por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo, y a Atahualpa, inca del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego Almagro. Existe tal diferencia entre la suerte de los reyes españoles y los reyes americanos, que no admiten comparación; los primeros son tratados con dignidad, conservados, y al fin recobran su libertad y trono; mientras que los últimos sufren tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos. Si a Guatimozín sucesor de Moctezuma, se le trata como emperador, y le ponen la corona, fue por irrisión y no por respeto, para que experimentase este escarnio antes que las torturas. Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de Michoacán, Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuantos Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español. El suceso de Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén de Copiapó, entonces reinante en aquella comarca. El español Almagro pretextó, como Bonaparte, tomar partido por la causa del legítimo soberano y, en consecuencia, llama al usurpador, como Fernando lo era en España; aparenta restituir al legítimo a sus estados y termina por encadenar X echar a las llamas al infeliz Ulmén, sin querer ni aún oír su defensa. Este es el ejemplo de Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen destierros, el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz.

«Después de algunos meses "añade usted" he hecho muchas reflexiones sobre la situación de los americanos y sus esperanzas futuras; tomo grande interés en sus sucesos; pero me faltan muchos informes relativos a su estado actual y a lo que ellos aspiran; deseo infinitamente saber la política de cada provincia como también su población; si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran república o una gran monarquía. Toda noticia de esta especie que usted pueda darme o indicarme las fuentes a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy particular».

Siempre las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se esmera por recobrar los derechos con que el Creador y la naturaleza le han dotado; y es necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar esta noble sensación; usted ha pensado en mi país, y se interesa por él, este acto de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.

He dicho la población que se calcula por datos más o menos exactos, que mil circunstancias hacen fallidos, sin que sea fácil remediar esta inexactitud, porque los más de los moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces errantes; siendo labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de espesos e inmensos bosques, llanuras solitarias, y aislados entre lagos y ríos caudalosos. ¿Quién será capaz de formar una estadística completa de semejantes comarcas? Además, los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y otros accidentes alejan de sus hogares a los pobres americanos. Esto sin hacer mención de la guerra de exterminio que ya ha segado cerca de un octavo de la población, y ha ahuyentado una gran parte; pues entonces las dificultades son insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero censo.

Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se puede prever cuando el género humano se hallaba en su infancia rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación será república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de América, como cuando desplomado el imperio romano cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones, con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallemos en el caso más extraordinario y complicado. No obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que América siga, me atrevo aventurar algunas conjeturas que, desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable.

La posición de los moradores del hemisferio americano, ha sido por siglos puramente pasiva; su existencia política era nula. Nosotros estábamos en un grado todavía más abajo de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad. Permítame usted estas consideraciones para elevar la cuestión. Los Estados son esclavos por la naturaleza de su constitución o por el abuso de ella; luego un pueblo es esclavo, cuando el gobierno por su esencia o por sus vicios, holla y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos principios, hallaremos que América no solamente estaba privada de su libertad, sino también de la tiranía activa y dominante. Me explicaré. En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la administración civil, militar, política, de rentas, y la religión. Pero al fin son persas los jefes de Ispahán, son turcos los visires del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines, militares y letrados al país de Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los actuales chinos son descendientes directos de los subyugados por los ascendientes de los presentes tártaros.

¡Cuán diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que, además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de infancia permanente, con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo, moraríamos también de la consideración personal que impone a los ojos del pueblo cierto respeto maquinal que es tan necesario conservar en las revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos privados hasta de la tiranía activa, pues que no nos está permitido ejercer sus funciones.

Los americanos en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo y, cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento de las fábricas que la misma Península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de primera necesidad; las trabas entre provincias y provincias americanas para que no se traten, entiendan, ni negocien; en fin, ¿quiere usted saber cuál era nuestro destino? Los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón; las llanuras solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación avarienta.

Tan negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra asociación civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de todas las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso sea meramente pasivo, ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?

Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en contravención directa de nuestras instituciones.

El emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores, conquistadores y pobladores de América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la administración y ejerciesen la judicatura en apelación; con otras muchas exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción que la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país, originarios de España, en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por manera que con una violación manifiesta de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su código.

De cuanto he referido, será fácil colegir que América no estaba preparada, para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia nos declaró sin derecho alguno para ello no sólo por la falta de justicia, sino también de legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles, sus decretos conminatorios y hostiles, y el curso entero de su desesperada conducta, hay escritos del mayor mérito en el periódico El Español, cuyo autor es el señor Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy bien tratada, me limito a indicarlo.

Los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos y, lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad.

Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron a los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador extranjero. Después, lisonjeados con la justicia que se nos debía, con esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la revolución. En el primer momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a la seguridad exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que acabábamos de deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución y de aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno constitucional digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación.

Todos los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el establecimiento de juntas populares. Estas formaron en seguida reglamentos para la convocación de congresos que produjeron alteraciones importantes. Venezuela erigió un gobierno democrático y federal, declarando previamente los derechos del hombre, manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales en favor de la libertad civil, de imprenta y otras; finalmente, se constituyó un gobierno independiente. La Nueva Granada siguió con uniformidad los establecimientos políticos y cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base fundamental de su Constitución el sistema federal más exagerado que jamás existió; recientemente se ha mejorado con respecto al poder ejecutivo general, que ha obtenido cuantas atribuciones le corresponden. Según entiendo, Buenos Aires y Chile han seguido esta misma línea de operaciones; pero como nos hallamos a tanta distancia, los documentos son tan raros, y las noticias tan inexactas, no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus transacciones.

Los sucesos de México han sido demasiado varios, complicados, rápidos y desgraciados para que se puedan seguir en el curso de la revolución. Carecemos, además, de documentos bastante instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos. Los independientes de México, por lo que sabemos, dieron principio a su insurrección en septiembre de 1810, y un año después, ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro, instalado allí una junta nacional bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la guerra, esta junta se trasladó a diferentes lugares, y es verosímil que se haya conservado hasta estos últimos momentos, con las modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que ha creado un generalísimo o dictador que lo es el ilustre general Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo cierto es que uno de estos dos grandes hombres o ambos separadamente ejercen la autoridad suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido una constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de paz y guerra al virrey de México concebido con la más profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes estableciendo principios de una exactitud incontestable. Propuso la junta que la guerra se hiciese como entre hermanos y conciudadanos; pues que no debía ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían serlo más para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa majestad, ni se degollasen los que rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni quitasen para sacrificarlas y, concluye, que en caso de no admitirse este plan, se observarían rigurosamente las represalias. Esta negociación se trató con el más alto desprecio; no se dio respuesta a la junta nacional; las comunicaciones originales se quemaron públicamente en la plaza de México, por mano del verdugo; y la guerra de exterminio continuó por parte de los españoles con su furor acostumbrado, mientras que los mexicanos y las otras naciones americanas no la hacían, ni aun a muerte con los prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se observa que por causas de conveniencia se conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la monarquía. Parece que la junta nacional es absoluta en el ejercicio de las funciones legislativa, ejecutiva y judicial, y el número de sus miembros muy limitado.

Los acontecimientos de la tierra firme nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales. En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las sociedades, asambleas y elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a la esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república americana que más se ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma demócrata y federal para nuestros nacientes Estados. En Nueva Granada las excesivas facultades de los gobiernos provinciales y la falta de centralización en el general han conducido aquel precioso país al estado a que se ve reducido en el día. Por esta razón sus débiles enemigos se han conservado contra todas las probabilidades. En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que se requiere; y por el contrario, estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia.

Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos muestran las más de las naciones libres, sometidas al yugo, y muy pocas de las esclavas recobrar su libertad. A pesar de este convencimiento, los meridionales de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones liberales, y aun perfectas; sin duda, por efecto del instinto que tienen todos los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza infaliblemente en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una República? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado, se lance a la esfera de la libertad, sin que, como a Ícaro, se le deshagan las alas, y recaiga en el abismo? Tal prodigio es inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un raciocinio verosímil, que nos halague con esta esperanza.

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América, porque este proyecto sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían, y nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el istmo de Panamá punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente, ¿no continuarían éstos en la languidez, y aún en el desorden actual? Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería necesario que tuviese las facultades de un Dios y, cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.

El espíritu de partido que al presente agita a nuestros Estados, se encendería entonces con mayor encono, hallándose ausente la fuente del poder, que únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no sufrirían la preponderancia de los metropolitanos, a quienes considerarían como a otros tantos tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de comparar a éstos con los odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería un coloso deforme, que su propio peso desplomaría a la menor convulsión.

Mr. de Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince o diecisiete Estados independientes entre sí, gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo primero, pues la América comporta la creación de diecisiete naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más fácil conseguirla, es menos útil; y así no soy de la opinión de las monarquías americanas. He aquí mis razones. El interés bien entendido de una república se circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente su opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos a extender los términos de su nación, en detrimento de sus propios medios, con el único objeto de hacer participar a sus vecinos de una Constitución liberal. Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja sacan venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias, conquistas o aliados, siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales están en oposición directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos, y aún diré más, en oposición manifiesta con los intereses de sus ciudadanos; porque un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en decadencia, y convierte su forma libre en otra tiránica; relaja los principios que deben conservarla, y ocurre por último al despotismo. El distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia; el de las grandes es vario, pero siempre se inclina al imperio. Casi todas las primeras han tenido una larga duración; de las segundas sólo Roma se mantuvo algunos siglos, pero fue porque era república la capital y no lo era el resto de sus dominios que se gobernaban por leyes e instituciones diferentes.

Muy contraria es la política de un rey, cuya inclinación constante se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos, como a sus propios vasallos que temen en él un poder tan formidable cuanto es su imperio que se conserva por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de Europa.

No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de aristocracia y democracia que tanta fortuna y esplendor ha procurado a Inglaterra. No siéndonos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas. Busquemos un medio entre extremos opuestos que nos conducirán a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre la suerte futura de América; no la mejor, sino la que sea más asequible.

Por la naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter de los mexicanos, imagino que intentarán al principio establecer una república representativa, en la cual tenga grandes atribuciones el poder Ejecutivo, concentrándolo en un individuo que, si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta administración excita una conmoción popular que triunfe, ese mismo poder ejecutivo quizás se difundirá en una asamblea. Si el partido preponderante es militar o aristocrático, exigirá probablemente una monarquía que al principio será limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil en el orden político que la conservación de una monarquía mixta; y también es preciso convenir en que sólo un pueblo tan patriota como el inglés es capaz de contener la autoridad de un rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un cetro y una corona.

Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra! Como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio.

Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que con el nombre de Las Casas (en honor de este héroe de la filantropía), se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición aunque desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganados, y una gran de abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Guajira. Esta nación se llamaría Colombia como tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo que no participe de todos los vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho incontestable para desearla lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará por sí sola un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todos géneros.

Poco sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y el Perú; juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un gobierno central en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará necesariamente en una oligarquía, o una monocracia, con más o menos restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal caso sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a la más espléndida gloria.

El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de Europa y Asia llegarán tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre.

El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal; oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia las merece Lima por los conceptos que he expuesto, y por la cooperación que ha prestado a sus señores contra sus propios hermanos los ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia, ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias, y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si concibe recobrar su independencia.

De todo lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en las futuras revoluciones, que una gran monarquía no será fácil consolidar; una gran república imposible.

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración, otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre que concibió el laudable delirio de reunir un Congreso europeo, para decidir de la suerte de los intereses de aquellas naciones.

«Mutuaciones importantes y felices, continuas pueden ser frecuentemente producidas por efectos individuales». Los americanos meridionales tienen una tradición que dice: que cuando Quetzalcoatl, el Hermes, o Buda de la América del Sur resignó su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los siglos designados hubiesen pasado, y que él restablecería su gobierno, y renovaría su felicidad. ¿Esta tradición, no opera y excita una convicción de que muy pronto debe volver? ¡Concibe usted cuál será el efecto que producirá, si un individuo apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de Quetzalcoatl, el Buda de bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones? ¿No cree usted que esto inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?

Pienso como usted que causas individuales pueden producir resultados generales, sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o dios del Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que usted propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano y no ventajosamente; porque tal es la suerte de los vencidos aunque sean dioses. Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de los autores mexicanos, polémicos e historiadores profanos, han tratado con más o menos extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl. El hecho es, según dice Acosta, que él establece una religión, cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcoatl es un legislador divino entre los pueblos paganos de Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma, derivando de él su autoridad. De aquí que se infiere que nuestros mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de las otras.

Felizmente los directores de la independencia de México se han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe por reina de los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta.

Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga, siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia.

Yo diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles, y de fundar un gobierno libre. Es la unión, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares y combatida por España que posee más elementos para la guerra, que cuantos furtivamente podemos adquirir.

Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen, las pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado a Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un asilo.

Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter a usted para que los rectifique o deseche según su mérito; suplicándole se persuada que me he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que porque me crea capaz de ilustrar a usted en la materia.

Soy de usted, etc., etc.
Simón Bolívar
Kingston, 6 de septiembre de 1815

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Simón Bolívar por José Gil de Castro.

La Carta de Jamaica es un texto escrito por Simón Bolívar el 6 de septiembre de 1815 en Kingston, capital de la colonia británica de Jamaica, en respuesta a una misiva de Henry Cullen, un comerciante jamaiquino de origen inglés residente en Falmouth, cerca de Montego Bay, donde pone las razones que provocaron la caída de la Segunda República en el contexto de la independencia de Venezuela. La carta, cuyo título era Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta Isla, pretendía atraer a Gran Bretaña y al resto de potencias europeas hacia la causa de los patriotas independentistas americanos.

La edición en inglés de la carta tuvo el título de A friend y en castellano, Un caballero de esta isla. El original más antiguo que se conocía es el manuscrito borrador de la versión inglesa conservado en el Archivo Nacional de Colombia (Bogotá), en el fondo Secretaría de Guerra y Marina, volumen 323. La primera publicación conocida de la Carta en castellano apareció impresa en 1833, en el volumen XXI, Apéndice, de la Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador, compilada por Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza.

No se había podido localizar el manuscrito original castellano, ni se conocía copia alguna entre 1815 y 1883, salvo las dos publicadas en inglés, de 1818 y 1825, hasta que, recientemente, se informó del hallazgo, en un archivo ubicado en Ecuador, del manuscrito original del documento.

Abril de 2015
Enviado por:
Gbleon


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Antecedentes
 
Las reformas introducidas por los Borbones (especialmente por Carlos III) provocaron un sentimiento de frustración entre ciertas élites criollas que creyeron amenazada su dominación social a causa de la pérdida del control de los cargos de la administración colonial a favor de funcionarios llegados de la península, además de tener que soportar una mayor presión fiscal y el reforzamiento del pacto colonial que obligaba a las colonias a comerciar sólo con la metrópoli. Este sentimiento condujo a algunos de los miembros más ilustrados de las élites criollas, como el propio Simón Bolívar, a pensar que la solución a sus "agravios" era la independencia de la metrópoli (la misma solución que habían emprendido con éxito los criollos de las "13 colonias" británicas de América del Norte y que había dado nacimiento a los Estados Unidos).3

Tras conocerse las “sucesiones de Bayona” (como llamó Bolívar a las abdicaciones de Bayona) de mayo de 1808, se formaron en las principales ciudades americanas, al igual que en la península, unas juntas que asumieron el poder en nombre del rey ausente, Fernando VII, la primera en Quito el 10 de agosto de 1809 que declaró la independencia. Éstas juntas enviaron representantes a la Junta Suprema Central de Sevilla. La ruptura con la metrópoli se inició cuando algunas de ellas, en la ciudad de Bolívar, en abril de 1810) no reconocieron la autoridad de la Regencia que se formó en Cádiz, ya que al haberse disuelto la Junta Suprema volvían a quedarse sin representación en España y por esta razón se proclamaron independientes, destituyendo a continuación a las autoridades coloniales.4

La ruptura se consumó definitivamente cuando a principios de 1814 se conoció que Fernando VII había abolido la Constitución de 1812, poniendo fin así al intento de las Cortes de Cádiz de establecer una relación más igualitaria entre España y su imperio (proclamada en el artículo 1º de la Constitución que decía: La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios), y que asimismo se proponía restaurar el orden colonial anterior a 1808 (entre otras razones porque los impuestos procedentes de "las Indias" eran imprescindibles para restablecer el maltrecho estado de la Hacienda pública). Así, un ejército realista enviado desde la península desembarcó a principios de 1815 cerca de Caracas y rápidamente dominó Venezuela, ordenando confiscar los bienes de los criollos "patriotas" (entre ellos, los de Simón Bolívar) y más tarde Nueva Granada (actual Colombia) donde restableció la autoridad de la Monarquía. En mayo de 1815 Simón Bolívar huía de Cartagena de Indias y se exiliaba en la isla de Jamaica, una colonia británica, donde escribió la proclama independentista conocida como Carta de Jamaica. Nueve años después el proyecto de Bolívar se había hecho realidad y el Imperio español en América había dejado de existir (excepto sobre Cuba y Puerto Rico).5

Contexto ideológico 

Alrededor de 1800, Bolívar estudió la política y las ideas de la época de Revolución en Francia. Bolívar como muchos de los criollos no era ajeno de las teorías sobre el derecho natural y el contrato social y estas ideas eran pilares en su manejo político y su defensa de la libertad y la igualdad, claras premisas ilustradas. En la carta de Jamaica se ve claramente la influencia de la ilustración y sus grandes pensadores, Bolívar incluye conceptos de Montesquieu cuando habla de "despotismo oriental" para definir al Imperio español.

Bolívar tenía en Montesquieu a su autor favorito, para él El espíritu de las leyes era una obra a la que recurría siempre a la hora de definir posturas y disertaciones sobre el futuro y presente de los pueblos coloniales sudamericanos.

Bolívar tuvo que diseñar su propia teoría de la liberación nacional y, como hemos señalado, esta fue una contribución a las ideas de la ilustración, no una imitación de ellas.

John Lynch

Aunque la Carta estaba originalmente dirigida a Henry Cullen, está claro que su objetivo fundamental era llamar la atención de la nación liberal más poderosa del siglo XIX, Gran Bretaña, a fin de que se decidiera a involucrarse en la independencia americana. No obstante, cuando los británicos finalmente accedieron al llamado de Bolívar, este prefirió la ayuda de Haití.

Contenido
 
En la carta, Bolívar justifica la rebelión de los criollos “patriotas” de la América española y hace un llamado a continuar la lucha para alcanzar la independencia (ya que rara vez la desesperación no ha arrastrado tras de sí la victoria). Para ello Bolívar recurre a dos argumentos.6

El primero se refiere a la ruptura por parte de la Monarquía del contrato social supuestamente pactado entre la Corona española y los descubridores, conquistadores y pobladores de América en tiempos de Carlos V (es decir, al inicio de la formación del Imperio en América) según el cual éstos tenían derecho a dirigir los nuevos territorios mientras la Corona se reservaba únicamente el alto dominio (como si se tratara de una propiedad feudal). Este contrato, según Bolívar, fue roto por la Corona —especialmente por la nueva dinastía de los Borbones— al imponer leyes expresas que favorecen exclusivamente a los naturales del país originarios de España en cuanto a empleos civiles, eclesiásticos y de rentas en detrimento de los criollos —los naturales que se han visto despojados de la autoridad constitucional que les daba su código—.7

El segundo argumento se refiere a la política represiva adoptada por la Regencia, primero, y por Fernando VII, después (tras volver a asumir sus poderes absolutos en abril de 1814) respecto a las “juntas” americanas que se habían proclamado “independientes” tras las sucesiones de Bayona (la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII a favor de Napoleón en mayo de 1808) y la posterior disolución de Junta Suprema Central a principios de 1810, sustituida por una Regencia. Según Bolívar esta política represiva había convertido a España de madre patria (que en la Constitución de 1812 ha reconocido al menos en teoría a los criollos como españoles en igualdad de derechos que los peninsulares) en madrastra. Antes, afirma Bolívar, todo lo que formaba nuestra esperanza, nos venía de España, pero ahora sucede lo contrario… y se nos quiere volver a las tinieblas… ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos.