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viernes, 25 de mayo de 2018

"CUALQUIER PROYECTO ALTERNATIVO DEBE REDUCIR EL PODER DEL CAPITAL"




Entrevista a Beatriz Stolowicz, politóloga mexicana

Brecha
25-05-2018

De visita en Montevideo, presentó los resultados de sus últimas investigaciones plasmadas en su último libro, “El misterio del posneoliberalismo”. El segundo tomo, “La estrategia para América Latina”, recientemente publicado en Colombia, narra el accionar del capital y de los sectores dominantes en esta región, haciendo una detallada descripción del despliegue y el funcionamiento de redes intelectuales y políticas que han apuntado a una reestructuración y un avance del capitalismo desde los setenta. Sobre estos puntos y cómo han influenciado a los gobiernos progresistas nos adentramos en un mano a mano con Beatriz Stolowicz.

—¿Cuál es la estrategia para América Latina de los sectores dominantes? 

—Lo primero es que la reestructuración capitalista fue concebida desde el principio en fases. Con una fase de demolición, que es lo que en general la gente ve como neoliberalismo, y luego fases de estabilización como parte de la misma estrategia. Esto está diseñado desde antes del golpe de Estado en Chile. “El ladrillo” fue el programa económico-social de la dictadura de Pinochet que se venía trabajando desde los sesenta, en el que plantean una primera etapa que yo (no ellos) llamo de demolición de los derechos conquistados y, sobre todo, del modelo desarrollista viejo. Pero ya conciben ahí una fase posterior de estabilización, y ya la conciben para un gobierno de coalición. Entonces, cuando uno mira en la larga duración, la Concertación chilena sería justamente el resultado de eso. Es bastante significativo además que lo hagan público en 1992 y señalen que los objetivos se han cumplido en lo general. Uno ve que en Chile sí se cumplieron, porque fue un período muy largo de demolición, de reconfiguración de la sociedad en la dictadura y que, después, con la Concertación, legitimaron el modelo con espacios de representación política y legalización de algunas actividades. En los otros países, por ejemplo Brasil, México, Colombia, la reestructuración se hace en varios momentos, usando la crisis como oportunidad para la demolición de algunas cosas, presentándola como inevitable ante la crisis. Esto hace más complejo el análisis de América Latina porque conviven los discursos de demolición y estabilización. Uno de los exponentes más graves de esto es el brasileño Fernando Henrique Cardoso, a quien llaman “el neoliberal”, “el privatizador”, pero al mismo tiempo va construyendo críticas sociales, reconfiguración social, amplitud de espacios políticos, entonces es difícil identificarlo en uno u otro discurso. El otro caso es México: Carlos Salinas de Gortari, que también mientras estaba privatizando generaba una nueva base social organizada. Los de la estabilización son sectores más lúcidos de la derecha que no tienen pruritos para utilizar ciertos mecanismos y cierto lenguaje que eran propios de la izquierda. Entonces, en la primera mitad de los noventa la vía es la centralidad del nuevo régimen político, representativo, lo que da gobernabilidad para avanzar. En la segunda mitad de esa década, cuando ya hay desencanto con la democracia, la reconfiguración social es el eje, entonces es cuando se expanden las políticas sociales, unas más focalizadas, otras más universalistas, pero siempre con la lógica de que el Estado es el que financia y los privados proveen. Con lo cual también vamos transfiriendo riqueza social al capital. Venían muy entusiasmados ellos con la inversión extranjera, pero en 2001 vuelve la recesión. Es en el contexto de las crisis financieras –tanto en 1995, que empieza en México y afecta a Brasil y Argentina, como la asiática de 1997, que es quizás más determinante– cuando se plantean nuevas fases de la reconfiguración: proteger al sistema financiero de sí mismo, promover el rescate del capital dinerario excedente incorporándolo a los circuitos de acumulación, y esto lo presentan como un nuevo desarrollo productivista, distributivista. Este ya es un nuevo momento, pero todo esto se acelera con la crisis de 2007 y entonces los instrumentos cambian y cambia sobre todo el argumento, que es la inclusión social. Hoy día para mí las tres líneas fundamentales de la estrategia de los sectores dominantes son la inclusión financiera, los llamados negocios inclusivos (que en el mundo agrario se conocen también como “agricultura por contrato”, pero también abarcan a los sectores urbanos como recolectores, recicladores, que se conectan así con las grandes empresas), y las asociaciones público-privadas. 

—Esta estrategia política del capital va siendo elaborada por redes de intelectuales y políticos latinoamericanos. ¿Cómo funcionan estas redes? 

—En el año 82 se crea el Diálogo Interamericano, que es el espacio donde se empiezan a discutir las transiciones políticas, con el paquete económico. Sus fundadores son el ex presidente de Estados Unidos James Carter, Fernando Henrique Cardoso, Julio María Sanguinetti, Enrique Iglesias, y por ahí aparece tempranamente Pedro Kuczynski. El Diálogo reúne a las grandes empresas de Estados Unidos, las trasnacionales, los grandes empresarios de América Latina, los operadores políticos de las transiciones, y una intelectualidad, digamos, liberal-democrática que se sentía muy atraída por el discurso sobre los derechos humanos de Carter, que es lo que legitima su acción sobre América Latina (además esa política de derechos humanos ha sido muy criticada, no ha sido tan completa y pura como se la presentaba). Antes de cada elección en Estados Unidos, el Diálogo Interamericano elabora un documento para quien salga elegido, y le hace recomendaciones de cómo el gobierno tendría que relacionarse con América Latina para que estos planes económicos operen sin dificultades. Esto continúa hasta la fecha, y un rasgo interesante es que siempre van incorporando a dirigentes, personajes de la izquierda latinoamericana, abriéndoles espacio para que se sientan como pares. Van integrando a líderes indígenas, sindicatos, organizaciones feministas; conforme la agenda se va instalando en América Latina, siempre jalan gente. Estas discusiones son presentadas como un ambiente cuasi académico de reflexión, pero vemos cómo se van ajustando los acuerdos, las líneas estratégicas, y por eso cuando se empieza a hablar de un Consenso de Washington yo insisto en que es un “consenso de América Latina”. Otro espacio de elaboración muy importante es la Cepal. Con su viraje neoestructuralista terminan por proponer que si no puedes derrotarlos únete a ellos, y lo que plantean es cómo insertarse en la globalización, en la circulación del capital, con un toque sobre el asunto social que tampoco es tan central en el planteo de la Cepal. El que asume la temática social con mucha fuerza es el Bid desde que es presidido por Enrique Iglesias, se crea incluso la división social del Bid en el 96, y otra de las líneas importantes de su acción es trabajar con los gobiernos locales. Desde el 89 y el 90 la izquierda tiene gobiernos locales, y con estos el Bid va tener un vínculo muy especial, y muy tardíamente el Banco Mundial lo va a recoger. Con lo cual se va creando un ámbito de intercambio aparentemente sin condicionamientos. El Bid ofrece créditos, y se centra (ellos lo plantean así) en dos líneas: la reforma del Estado y la reforma educativa. Otra instancia muy importante, a la que luego no se le da mucho realce, es, desde el 96, el Círculo Montevideo, creado con Sanguinetti como anfitrión en su segunda presidencia. Es sobre todo un ámbito de intercambio entre operadores políticos: ahí están el chileno Ricardo Lagos, el colombiano Belisario Bentancur, el argentino Natalio Botana. Y ellos son los que empiezan a hacer público el cambio de discurso sobre el agotamiento del neoliberalismo. El Círculo de Montevideo sigue funcionando, se fue ampliando e incluso creó la Fundación Círculo Montevideo, que por 2012 estuvo presidida por el empresario mexicano Carlos Slim. La Comisión Trilateral, formada en 1973 (por David Rockefeller, para intensificar la cooperación entre Estados Unidos, Japón y Europa) para el manejo de la crisis, sigue trabajando hacia América Latina, y se le encarga a España el vínculo con América Latina. Entonces, hay una doble vía desde Estados Unidos con el Diálogo y desde la Comisión Trilateral sobre todo con los españoles, y después se creará, vía las cumbres iberoamericanas de presidentes y jefes de Estado, la Organización de Estados Iberoamericanos. Estos son algunos de los espacios, hay más. 

—Es interesante, porque cuando vas describiendo estos espacios aparecen figuras como Enrique Iglesias, Felipe González, Fernando Henrique Cardoso, que suelen ser considerados representantes del centro y no de la derecha. Incluso la Cepal, que hace muchas críticas al neoliberalismo. ¿Cómo es, entonces, la articulación, la relación o eventualmente el conflicto entre este ambiente centrista y el neoliberalismo propiamente dicho? 

—Mira, yo también tuve esta imagen de que eran fracciones dominantes con proyectos distintos en contradicción, y que esto iba a generar conflictos intradominantes. Pues la gran sorpresa de la investigación es que esto no es así. Porque asumen que son fases, y por lo tanto no son proyectos contradictorios. Entonces aquí la discusión, para develar el misterio, es qué entendemos por neoliberalismo. Si nos quedamos sólo con los ajustes monetaristas para caracterizarlo, entonces nos perdemos, porque llegan otros que dicen: “Bueno, ahora vamos a ir hacia políticas no recesivas, de crecimiento”. Pero no están en contradicción. Es muy impresionante ver cómo van elaborando, se van poniendo de acuerdo, y van diciendo: “Bueno, a partir de ahora se procede así, y lo necesario es esto otro”. Porque finalmente la clave, cuando uno piensa en la reestructuración que se denominó neoliberal, es ir derribando todos los obstáculos para la restauración del poder ilimitado del capital, después de los llamados 30 años dorados del capitalismo, del keynesianismo, y siempre lo concibieron con una gran flexibilidad táctica. Por ejemplo, desde el comienzo se concibió la función del Estado como un actor central, nunca un Estado mínimo: en una etapa el Estado tiene que hacer una cosa, y en otra etapa otra. Por lo tanto ellos no distinguen entre economía, política y sociedad, y articulan; cada uno de estos sectores tiene mayor influencia en un ámbito o en otro. Hay matices, sí. Pero los matices en general son tácticos, nunca discrepan en los objetivos. 

—¿Y cómo es que los gobiernos de izquierda, los progresismos, son influenciados por esta estrategia? ¿Cómo se da esta relación entre la estrategia de los sectores dominantes y las izquierdas? 

—Esto se va elaborando en la segunda mitad de los noventa. Hacen reuniones con la izquierda latinoamericana para discutir lo que ellos llamaron “la alternativa progresista”. El énfasis está en un cuestionamiento a las formas neoliberales de manejo del mercado, porque lo consideran elitista y excluyente. Entonces introducen allí con mucha fuerza la idea de la inclusión (al mercado) como el eje de la alternativa progresista. Y entonces la lógica distributivista ya no es la clásica de la socialdemocracia, sino la que les da activos a los pobres para valerse por sí mismos y salir adelante en el mercado, y a esto se le llama una nueva economía de emprendedores, innovadores. Entonces comienzan las reuniones. Se hacen varias en México, luego está la más conocida, que es la de noviembre de 1997 en Buenos Aires, cuyo documento fue bautizado por la prensa como el “Consenso de Buenos Aires”. La idea entonces era la siguiente: que pese a que entre los operadores de los partidos tradicionales había gente que criticaba al neoliberalismo, reducido a especulación financiera, a supuesta desregulación, la gente veía a estos operadores políticos y los calificaba como neoliberales. No eran creíbles. Entonces se plantean crear un sujeto político posneoliberal creíble, y que su expresión política fuera el progresismo, y ahí se plantean entonces una segunda etapa de corrimiento de la izquierda al centro. La primera es cuando se incorporan a los regímenes de democracias gobernables, y se les ponen condiciones: si ustedes quieren ser pares, tienen que evitar la conflictividad social, el mercado es el que decide las políticas económicas, no el parlamento, y bajo ese chantaje sale la primera fase. La de la segunda mitad de los noventa es la segunda fase, con la oferta de que quienes apoyaran este programa recibirían apoyo de los organismos internacionales, los cuales no serían obstaculizados. Entonces, claro, en las primeras apuestas que ellos se planteaban tenía que parecer que no eran políticos tradicionales, como el caso de Vicente Fox en México, Ricardo Lagos es promovido en Chile, levantando la imagen de su pertenencia al Partido Socialista. Y otros más: Facundo Guardado en El Salvador, Chacho Álvarez en Argentina. Fox y Lagos ganan elecciones, y claro, como llevan adelante esas políticas, vuelven a ser vistos por la población como neoliberales. Entonces el desgaste del sujeto que ellos pretendían construir como el sujeto alternativo es ya visible en los dos mil, es muy rápido el agotamiento. Es ahí cuando ciertos sectores… A ver, no es que promuevan los triunfos de la izquierda, esto sería faltar a la historia y además una canallada, porque costó mucho ganar elecciones, pero no se oponen. Incluso apuestan a que estos nuevos gobiernos que vienen de los partidos históricos de la izquierda puedan devolverle el glamour a la política, que estaba de capa caída, muy desprestigiada con el “que se vayan todos” y todo eso. Entonces ahí uno ve un cierto repliegue de estos sectores del escenario político. Pero están actuando, ofreciendo todas las facilidades del mundo financiero para llevar a cabo este programa. Ellos (se ve en los documentos del Diálogo Interamericano) no le dieron mucha importancia al triunfo de Hugo Chávez, incluso pensaban que, como outsider del sistema de partidos tradicionales en Venezuela, podría rescatar ese sistema. Realmente empiezan a preocuparse a partir de 2002 cuando se derrota el golpe de Estado, porque es entonces que empieza la radicalización de las medidas, por ejemplo en relación con la expropiación de la tierra, y la nacionalización del petróleo se lleva del papel a la ejecución más plena. Su apuesta era levantar desde Brasil un modelo alternativo, distinto al que estaba surgiendo en Venezuela. Si en la década del 90 toda la idea del posneoliberalismo y el progresismo estuvo radicada en Chile, desde 2003 está en Brasil. 

—¿Y cómo analiza las experiencias que surgen de esta relación entre la izquierda y la estrategia de los sectores dominantes? ¿Qué reflexiones le provoca la actual decadencia del progresismo? 

—Esta estrategia no influye de la misma manera ni con los mismos tiempos en todos los países. Y cuando más influye, más empuja esas experiencias a la lógica del programa progresista. Por ejemplo, en Venezuela todas estas políticas no se ejecutaron. Recién ahora empezamos a ver asociaciones público-privadas en el Arco del Orinoco, cosas que son fruto de la negociación con la derecha para tratar de salvar un poco la estabilidad del sistema político y sacarla de esta agresión física, criminal, que la derecha estaba ejecutando. En Bolivia se empezaron a aplicar algunas a partir de 2010. Yo diría que donde se están aplicando más es, desde luego, en Chile, con la Concertación y con la Nueva Mayoría, y en Brasil y en Uruguay. La lógica central de lo estrictamente progresista, del carácter distributivo de ese programa, hace énfasis en el acceso a activos, créditos, titularización de tierras y propiedades inmobiliarias, más la inclusión financiera, para que cada quien salga adelante por sí mismo. Pero al mismo tiempo en Brasil y Uruguay, por ejemplo, hubo una ampliación de derechos, entonces son experiencias híbridas. Así que la pregunta sería más bien ¿desde dónde caracterizaría estas transformaciones? Bueno, yo considero que son propiamente modernizaciones capitalistas, en las cuales se expresan dos concepciones. Por un lado, una vieja concepción latinoamericana que tuvo como exponente a Gino Germani, un sociólogo italiano que proponía la modernización capitalista con expansión de derechos colectivos. Él hablaba del derecho al trabajo y la obligación de trabajar, el derecho a la educación y la obligación de estudiar; concebía que esto llevaba la sociedad tradicional a la sociedad moderna. Correspondía, digamos, a la lógica de modernización de aquel capitalismo de los años dorados, más signado por la socialdemocracia clásica. Pero también había otra concepción de modernización, que es la del economista estadou-nidense Walt Whitman Rostow, en la que el punto de llegada de la modernización capitalista es el consumo de masas, que tiene la industrialización como precondición. Entonces lo que vemos en América Latina es un aumento del consumo, vía crédito, pero que invierte las etapas, porque la industrialización en vez de avanzar retrocede y el consumo es sobre la base de la importación y los créditos. De modo que tenemos cruces de estas dos concepciones de la modernización que las hace híbridas y que no permite simplificar. Aclarado esto, que no es secundario, hay que remitirlo a la capacidad de organización sindical, estudiantil, que si bien se inserta en la modernización, lo hace pensando en los derechos, en el presupuesto público. Yo creo que lo que hoy está apareciendo, en esta conflictividad que estamos viendo, en estas tensiones políticas, es una disputa de distintos sectores por el predominio de una forma de modernización, pero no hay un rechazo a la modernización capitalista. Y entonces ello ha hecho avanzar, me arriesgo a decirlo, una nueva hegemonía burguesa en América Latina. En algunos sectores sociales esto ha llevado a posturas más conservadoras, más individualistas, pero persiste la lucha colectiva por derechos. Lo que no veo son cuestionamientos de fondo a las líneas de modernización. En los países donde fue más tardía hay hasta cierto entusiasmo. Donde más se debilitaron las organizaciones colectivas (es el caso de Brasil, exceptuando el Movimiento de Trabajadores sin Tierra, Mst) hay una gran debilidad para enfrentar a la ofensiva de la derecha. ¿Dónde se han mantenido más firmes? En Uruguay o Bolivia, donde hay más posibilidades de encontrar caminos alternativos dentro de este proceso, y ahí yo no tengo un fatalismo absoluto de que la derecha pueda ocupar los espacios del aparato estatal. 

—¿Cómo visualiza esa derecha? 

—También en esta coyuntura hay una lógica de demolición-estabilización por parte de la derecha. Unos, los que aparecen representando lo que acá se decía “la motosierra”, serían los del discurso de la demolición. Otros son los que aparecen diciendo “vamos a conservar lo que se avanzó pero…”. Y estos segundos me parece que son los que hoy pretenden presentarse como el centro en el espectro político, en un juego bastante siniestro de policía malo y policía bueno. Y con el riesgo de que estos, que dicen: “Bueno, las cosas hay que hacerlas más gradualmente y no en política de shock, hay que conservar algunas cosas”, se presenten como los posibles aliados políticos para enfrentar a aquella derecha demoledora. Y si uno estudia a los actores políticos concretos de la segunda mitad de los noventa para acá, lo que observamos es que hoy los que aparecen como demoledores antes fueron estabilizadores, y a la inversa. 

—¿Puede poner algún ejemplo? 

—Brasil. El Partido del Movimiento Democrático Brasileño (Pmdb) aparece como una fuerza de centro que facilita la discusión de la Constitución del 88, que articula y abre paso para que incluso llegue gente del PT y participen algunos sectores sociales en la constituyente, y le den un toque garantista, social. No obstante, en otras partes de la Constitución del 88 el modelo de reestructuración capitalista estaba claro. Cuando viene Fernando Collor de Mello y cuando está Fernando Henrique Cardoso en el gobierno, el Pmdb aparece como el gradualista, el estabilizador, y eso facilita la alianza con el PT, que llega a ganar las elecciones en octubre de 2002 con una sólida alianza con el Pmdb. Ese papel se invirtió. En la elección de 2002 ¿quién era el neoliberal? Fernando Henrique Cardoso. Más adelante, el Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb) de Cardoso votó la destitución de Dilma Rousseff, pero luego cuando Temer empieza con el ajuste fiscal el Psdb dice: “No, no, pero no se puede hacer así, de shock, hay que hacerlo más gradualmente”. Y hoy en día ellos están intentando articular una candidatura de centro, presentan a Jair Bolsonaro como la extrema derecha, han presentado a Lula como el extremo izquierdo, y están tratando de articular una candidatura de centro: suena Marina Silva como una opción, o José Maria Alkmin. Bueno, ahí tienes un ejemplo. Si uno está solamente viendo el día a día de la última noticia de la política, se pierde, y pierde perspectiva. 

—¿Qué tipo de pensamiento debería disputar este proyecto de reestructuración capitalista? 

—Primero hay que reconocer que llevamos un fuerte atraso en la comprensión de todo esto. Hay que empezar a poner las cosas en negro sobre blanco, de manera muy didáctica, para que la gente entienda lo que hay detrás. Hablamos de transferencias de riqueza social, de quienes viven de su trabajo, y eso hay que ponerlo en números. Mientras eso no se logre, simplemente va a quedar como una crítica moral, y a la gente eso no le entra. El punto de partida de cualquier proyecto alternativo es plantearse reducir el poder del capital. Reducir su poder económico, su poder social, así tendrá menos peso político. Y desenmascarar sus estrategias reducirá también su poder ideológico y cultural. ¿Cómo? Yo no tengo fórmulas, cada pueblo tiene que ir encontrando los caminos para crear espacios alternativos de producción. Esta es una época en la que todo el mundo debería ser anticapitalista, casi por supervivencia, porque el capitalismo hoy se está llevando entre las patas a la humanidad, al planeta.



domingo, 4 de febrero de 2018

LA ESTRATEGIA DEL UNO POR CIENTO Y SUS CONTRADICCIONES




LA ESTRATEGIA DEL 1% Y LA NUESTRA

03-02-2018

Los datos de los días recientes iluminan la estrategia del 1 por ciento más rico de la humanidad. Los medios divulgaron hacia finales de enero un estudio de Oxfam, donde se asegura que de toda la riqueza generada en 2017 en el mundo, 82 por ciento quedó en manos del 1 por ciento más rico, mientras la mitad de la población no recibió absolutamente nada. La economía funciona apenas para beneficiar a una ínfima minoría que concentra cada vez más poder (goo.gl/qZwgNJ).

El segundo dato proviene del Foro de Davos, donde se reúne el sector que representa los intereses del 1 por ciento. Todas las crónicas aseguran que los CEOS de las multinacionales y los hombres (hay pocas mujeres) más poderosos del mundo, estaban felices y convirtieron el encuentro anual en los Alpes suizos en una verdadera fiesta. Casi todos llegaron en jets privados; por los cuatro días de encuentros y conferencias y el acceso a las sesiones privadas pagaron 245 mil dólares (goo.gl/UBSLLa).

Realmente, tienen razones de sobra para estar felices. Las cosas, sus cosas, marchan de maravilla. Las cotizaciones en la bolsa de Wall Street se multiplicaron por tres desde la crisis de 2008. El índice Dow Jones estaba en 8 mil puntos durante 2009 y estos días cotiza a 26 mil. Una escalada permanente, aunque las economías están estancadas o apenas crecen. No hay ningún dato de la economía real que respalde el crecimiento exponencial de las bolsas, lo que muestra su desconexión con la producción y su conversión en meros casinos.

Los datos que muestran el acaparamiento de riqueza nos descubren la estrategia silenciosa del 1 por ciento. Más de 80 por ciento de la riqueza que se genera en el mundo es para ellos. Alrededor de 20 por ciento va para casi la mitad de la humanidad, esa que se mira en el espejo de la riqueza y aspira, con o sin sentido, a estar cerca de los más ricos esperando que se les caigan algunas migajas. Para la otra mitad, nada, no hay futuro, sólo pobreza y represión.

La dominación siempre busca apoyarse en tres patas: las clases dominantes, las clases medias y los sectores populares. El arte de la dominación siempre ha sido sostenerse con base en la hegemonía, que se consigue ofreciendo un lugar a los sectores medios y venderle la ilusión de progreso a los de más abajo.

En los periodos de oro del capitalismo, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la crisis del socialismo real (1945 a 1991, aproximadamente), la sociedad funcionaba integrando a los trabajadores mediante el salario estable con plenos derechos. Eso les permitía obtener seguridad para sus familias, que esperaban (y a menudo conseguían) el tan soñado ascenso social. Las clases medias ya estaban en una posición más o menos confortable. Fueron los años del desarrollismo y la cultura del consumo.

Esa estrategia fracasó, por varias razones: rebeliones descolonizadoras en el tercer mundo; rebeliones fabriles contra el trabajo opresivo en el primer mundo; rechazo del patriarcado y el machismo por las mujeres en todo el mundo, rebeliones juveniles en las grandes urbes; ocupación masiva de las ciudades por oleadas de campesinos migrantes, y varias revoluciones como la cubana, la vietnamita y la de los guardias rojos chinos, entre muchas otras.

Lo cierto es que la clase dominante comenzó a replegarse sobre sí misma, a construir murallas para defender sus intereses y a desentenderse del resto de la humanidad, en particular del 50 por ciento más pobre y, a veces, más rebelde. Dejó de lado la integración de los trabajadores, estrategia que había urdido para neutralizar la onda expansiva de la revolución rusa (1917).

Ahora, el 1 por ciento enarbola una estrategia que consiste en reducir la población del planeta a la mitad, como señalan algunos estudiosos del Club de Bilderberg, otro espacio de los más ricos (goo.gl/C2mcdS). Es cierto que son especulaciones más o menos fundadas, porque el 1 por ciento no se arriesga a publicitar sus intenciones, como no lo hacen cada vez que deciden emprender un genocidio contra los sectores populares.

Esa estrategia viene endulzada, como diría León Felipe, con cuentos. Los gritos de angustia y los llantos, escribe el poeta, los ahogan con cuentos. Uno de esos cuentos, el más terrible por eficiente, son las promesas de derechos, ciudadanía y respeto de la voluntad popular. El sistema político brasileño es un cadáver pudriéndose a cielo abierto, sostiene un analista luego de la condena a Lula (goo.gl/ZUqhr4). Quizá por eso la bolsa de Sao Paulo bate todos los récords.

Una de las tácticas preferidas de la estrategia del 1 por ciento es el fraude electoral. Hay tres tipos, según dice la experiencia. El fraude posterior al voto, como sucedió recientemente en Honduras. El fraude antes, durante y después de la emisión del voto, técnica que se aplica en México desde 1988, por lo menos. La tercera es aceptar al vencedor y luego sobornarlo y/o amenazarlo de muerte. Esto es lo que sucedió en Grecia, según Yanis Varoufakis, el ex ministro de Syriza quien lo vivió desde dentro.

Hay más técnicas para asegurar el poder de los poderosos, siendo el golpe de Estado con genocidio (como en Chile y Argentina, entre otras) las más extremas. Lo que está claro es que el 1 por ciento se ha blindado: tiene el poder del dinero, de las armas legales, las ilegales y de los medios. Cada día acumula más poder.

Es evidente que, hoy por hoy, no los podemos derrotar, ni por las malas ni por las buenas. ¿Entonces? El problema somos los y las de abajo, porque depende de nosotros y de nosotras el seguir creyendo en los cuentos de arriba. Cuentos que tuvieron cierta credibilidad cuando el sistema aspiraba a integrarnos. El problema consiste en seguir confiando en estrategias insostenibles, porque ya no existen las bases materiales y sociales que las hicieron posible.

Como no nos vamos a rendir, el camino debe ser construir lo nuevo. Para sobrevivir en la tormenta, no tenemos otra opción que construir dos, tres, muchas Arcas de Noé (como decía el Che respecto de Vietnam). Espacios de autonomía para afrontar el colapso que nos descerrajan los de arriba.







CONTRADICCIONES EN DAVOS

República de las ideas
03-02-2018

A Davos se le ha tenido siempre por la catedral de la globalización. No en vano fue en ese foro donde hace 20 años el neoliberalismo económico se quito la máscara y proclamó con todo el descaro por boca de Tietmeyer, entonces presidente del Bundesbank: "Los mercados serán los gendarmes de los poderes políticos", con lo que se quebraba la soberanía popular.

No obstante este año, desde distintos ángulos se ha mostrado la preocupación, cosa insólita en este foro, por los perjudicados por la globalización. En realidad lo que les inquieta son los movimientos, asociaciones y partidos de todo tipo que están surgiendo en todos los países contra el sistema y que se supone que tienen como pretexto los incrementos en la desigualdad que la misma globalización genera. Según la crisis va quedando atrás se comprueba que la mejora económica no repercute sobre toda la población. Hay muchos hogares cuyos ingresos continúan estancados o disminuyen, y la pobreza permanece instalada en amplias capas de población.

Los principales líderes políticos, desde los primeros ministros de India y Canadá hasta Macron, pasando por Paolo Gentiloni o Merkel, todos han defendido la multilateralidad y han formado un frente común contra el proteccionismo que parece defender Trump. Macron ha señalado que fuera de la globalización no hay progreso posible. Angela Merkel ha manifestado tajantemente que el proteccionismo no es la solución "Me pregunto: ¿hemos aprendido realmente las lecciones de la historia, de las catástrofes provocadas por el hombre en el siglo XX? Realmente, creo que no". Y el primer ministro italiano Gentiloni ha declarado que "nuestra historia y nuestras raíces no son sinónimo de proteccionismo".

Pero también todos ellos se han hecho eco de los problemas que la globalización presenta en los momentos actuales, originados por la desigualdad. "La desigualdad está alcanzando niveles intolerables, incluso ahora que ha vuelto el crecimiento. No podemos acabar en un mundo con una élite cosmopolita y un ejército de trabajadores insatisfechos", alertó Paolo Gentiloni. Emmanuel Macron ha sostenido que el crecimiento económico por sí solo no basta para lograr el "bien común", porque ha dejado fuera del progreso a muchas personas. "Si no le puedes asegurar a la gente, afirmó, que la globalización es buena para ellos, habrá nacionalistas y extremistas que quieran deshacerse del sistema. Y ganarán. Y no pasará solo en Francia, pasará en todos los países".

Hoy el incremento de la desigualdad es tan evidente que hasta en Davos se ha aceptado como un hecho incontestable. El informe ‘Premiar el trabajo, no la riqueza’, de Oxfam, pone de manifiesto que el 82% del crecimiento fue a parar al 1% más privilegiado del mundo. Los desequilibrios obedecen no solo a que la parte de la renta que se destina a la retribución de los trabajadores se haya reducido de forma sustancial con respecto al excedente empresarial, sino porque aun dentro del sector de asalariados, el abanico retributivo es cada vez más amplio. Según este informe, en Estados Unidos, por ejemplo, "con poco más de un día de trabajo, un director general gana lo mismo que un trabajador en todo un año". Y esta misma realidad la han querido poner de manifiesto los sindicatos europeos con una imagen muy significativa, los altos ejecutivos que han participado estos cuatro días en el Foro de Davos, han cobrado más en ese corto periodo de tiempo, que la mayoría de los ciudadanos en un año y medio o dos de trabajo. Concretamente España se sitúa con un año y siete meses, entre Reino Unido (dos años) y Alemania (dieciocho meses).

Estos últimos datos tendrían que forzarnos a considerar que las políticas redistributivas hay que diseñarlas no solo entre rentas de capital y trabajo, sino también dentro de las propias rentas de trabajo y constatar la enorme injusticia que se comete al reducir los tipos marginales del IRPF en los tramos altos de renta. Los sindicatos en el Foro de Davos han propuesto limitar los sueldos de los altos directivos, dado que en algunos niveles son casi obscenos. No parece que la propuesta vaya a tener mucho éxito. Sin embargo, todo está ya inventado. El mismo efecto se lograría imponiendo a esos tramos altos de renta, tipos marginales muy elevados en el impuesto sobre la renta personal, de manera que los nuevos incrementos de ingresos pasen casi en su totalidad al fisco.

Ya en las sesiones del pasado año se plantearon inquietudes similares sin que se adaptase ninguna medida para corregir los desequilibrios, ni sin que estos hayan disminuidos, todo lo contrario. El resultado este año ha sido el mismo. Nada que vaya más allá de las palabras. La única novedad ha consistido en proponer un índice que denomina de crecimiento inclusivo. Sin duda poca cosa si todo queda en elaborar un nuevo indicador para medir el desarrollo, superando el contenido más bien estrecho de la evolución del PIB. Lo cierto es que ya existen muchos y no se precisa uno nuevo sino la voluntad de emplearlos y de sacar de ellos las consecuencias adecuadas. Por lo que parece los gobiernos no han mostrado tampoco ningún entusiasmo en la aplicación de este. Además la ordenación de los países por el nuevo indicador no difiere sustancialmente de la que resulta al utilizar la renta per cápita. Las variaciones más importantes de una a otra lista, saliéndose de la generalidad, se producen en países no pertenecientes a la Unión Europea, como EEUU, Japón, Israel etc, tal vez por poseer sus regímenes políticos un carácter más liberal, o algunos países del este europeo Eslovenia, Eslovaquia y Estonia, quizás por su herencia socialista.

No tiene nada de extraño que los últimos puestos entre los desarrollados lo ocupen los países del Sur de Europa: Grecia, Portugal, Italia, España, que han sufrido más duramente la crisis y las políticas de austeridad aplicadas por Frankfurt y Bruselas. Choca sin embargo que Italia se situé en un lugar peor que España. La explicación tal vez hay que buscarla en el mayor grado de endeudamiento público, aunque no se tenga quizás en cuenta que esta deuda está en su mayoría en manos italianas.

El problema de los mandatarios internacionales que en Davos se dan golpes de pecho, es que pretenden cuadrar el círculo. Por una parte glorifican a la globalización y afirman que sin ella no hay futuro económico ni político, pero por otra son conscientes de que el incremento de la desigualdad la pone en peligro. No se dan cuenta, o no quieren dársela, de que lo uno va unido indefectiblemente a la otra. La globalización significa, tal como Tietmeyer anuncio en ese mismo foro hace ya veintidós años, la entrega del poder a los mercados. Los gobiernos en buena medida han perdido su capacidad de actuar y de controlar al poder económico, que impone sus condiciones. La liberalización de todos los mercados conduce de forma automática y por su propia inercia a incrementar la desigualdad y los desniveles sociales.

Globalización y proteccionismo no son sin más conceptos antagónicos. Todos los estados tienden a ser proteccionistas. Es lógico que intenten defender sus economías. La globalización solo cercena aquellas medidas proteccionistas, que restringen los movimientos de capitales y que implican regulación e intervención de los mercados. Cuando se impone la globalización, el proteccionismo no desaparece solo que el estado cuenta con muchas menos armas, se apoya exclusivamente en la manipulación del tipo de cambio y en el dumping laboral y fiscal. Incluso en el caso de los países de la Eurozona tampoco pueden contar con la devaluación de la moneda; luego, para proteger la competitividad, se ven obligados a utilizar como únicas medidas la reducción de los costes sociales y fiscales. No es por casualidad que los países que se sitúan en la cola del nuevo índice que antes se ha citado, sean los países del sur de Europa cuya enorme pérdida de competitividad durante los primero años del Euro, les ha arrastrado a deflaciones competitivas de crecidas dimensiones.

Macron en Davos ha advertido "contra la evasión fiscal" y se ha pronunciado a favor de establecer "una estrategia global" a la hora de fijar impuestos a las empresas. Así mismo ha exhortado a Estados Unidos y a China a que se coordinen con Europa. La petición no se sabe si la motiva la inocencia o la hipocresía. ¿Cómo es posible pedir a otros países que armonicen su legislación fiscal con Europa cuando está después de 50 años continúa permitiendo la mayor disparidad entre los sistemas fiscales de sus miembros y cuando estados como Irlanda, Luxemburgo o Austria mantienen regímenes de claro dumping fiscal, reduciendo a mínimos la tributación de las empresas? En realidad en esta materia Trump no se separa demasiado del resto de mandatarios internacionales. Justifica su reforma fiscal en la competitividad y en la necesidad de repatriar los capitales americanos que se mantienen en otros países como Irlanda por gozar de mejores condiciones fiscales.

Merkel en su intervención se preguntaba si habíamos aprendido realmente las lecciones de la historia, de las catástrofes provocadas por el hombre en el siglo XX? Y se contestaba que no. Tenía razón, porque la causa última de esas catástrofes hay que buscarlas en el rabioso liberalismo económico que se impuso a finales del XIX, principio del XX. Sistema muy parecido al actual. Tras la segunda guerra mundial parecía que se había asimilado la enseñanza, estableciéndose en todos los países mecanismos para controlar a los mercados y al capital. A partir de los años ochenta, sin embargo, se ha vuelto a las andadas.

Globalización es ante todo libre circulación de capitales y mientras esta subsista los sistemas fiscales se irán haciendo cada vez más regresivos, y mientras las deslocalización sea una amenaza, los salarios permanecerán estancados o perdiendo incluso poder adquisitivo. Estos días hemos tenido un buen ejemplo con la factoría de Opel en Zaragoza ¿Cómo no van a incrementarse las desigualdades y las divergencias sociales? Los mandatarios internacionales a menudo parecen zombis, muertos vivientes. Aun no se han dado cuenta que con la globalización, con su renuncia, el poder no se encuentra ya en ellos, sino como hace veintidós años les dijo Tietmeyer, en los mercados.