miércoles, 8 de julio de 2026

GIRO DE GUIÓN: ELECCIONES EN COLOMBIA 2026

 

Foto EFE. Campaña de Ivan Cepeda


El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario y ahí no tenía con qué.

 

La política, en borrador

jun 08, 2026

 

El próximo 21 de junio, Colombia define su futuro en una segunda vuelta de infarto. El tablero político se ha roto y los protagonistas no podrían ser más opuestos: Iván Cepeda, la carta de la izquierda (Pacto Histórico) y heredero natural del proyecto de Gustavo Petro, frente a Abelardo de la Espriella, un abogado de derecha incendiario, sin experiencia en cargos públicos, que irrumpió con la fuerza de un outsider indomable. «El Tigre», como le llaman, ha cambiado las reglas del juego.

Durante casi todo el año, Cepeda cabalgó cómodo en la cima de las encuestas. Parecía un camino trazado. Sin embargo, el pasado 31 de mayo la realidad le dio un bofetón a los pronósticos: De la Espriella se impuso en la primera vuelta con un 43,7% frente al 40,9% de Cepeda.

El golpe de efecto fue brutal. «El Tigre» llega al balotaje con toda la inercia y el viento de cola a su favor, mientras que el petrismo, descolocado y con el pie cambiado, intenta asimilar un escenario que no vio venir.

Dos campañas

El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario, y ahí no tenía con qué.

Empiezo deshaciendo un malentendido cómodo: que la primera vuelta y la segunda se juegan con lógicas distintas. No. Es la misma lógica, aplicada según dónde estés parado. El que va primero conserva: protege lo que tiene, baja la temperatura, evita el error. El que va detrás arriesga: para recortar necesita contrastar, emocionar, dar una razón —para cambiar de voto, o sencillamente para ir a votar—. Vale igual en las dos vueltas. En la literatura sobre ingeniería electoral (como plantea Pippa Norris, 2004), está claro que las reglas del balotaje no cambian la lógica del juego, sino los incentivos y el nivel de riesgo que cada actor decide asumir según su posición.

Lo que el balotaje sí añade es una condición nueva del terreno. El campo se cierra a dos y aparece una bolsa decisiva: los que en primera vuelta no estuvieron con ninguno de los finalistas —votaron a un tercero, o no votaron— porque no les convencían o les daban miedo. Y el frontrunner apenas necesita seducirla —le basta con no asustar—, mientras el segundo está obligado a conquistarla: o convence al que votó a otro, o moviliza al que se quedó en casa.

Ganar al que no te eligió: esa es la tarea del que va detrás. Es la vieja máxima de Anthony Downs (1957) sobre la captura del votante mediano: en el tramo final, el éxito depende de la capacidad de moverse hacia el centro sin desahuciar los extremos. Y esa es una tarea para la que la campaña de Cepeda nunca fue construida.

Porque, vista desde fuera, la campaña parece que fue diseñada no para enamorar a nuevos votantes sino para no perder a los que ya estaban. El Pacto Histórico llegaba con un voto duro cohesionado, cerca del tercio del electorado, que en una primera vuelta fragmentada bastaba para liderar; todo indica que la prioridad era sostener eso, y que incluso confiaban en ganar en primera vuelta por la división de la derecha. La tarea no era crecer, era no romper nada. Y para eso Cepeda encajaba como un guante: muy ideologizado, con una credibilidad de izquierda que no necesita demostrarse. No es el perfil del que seduce a un indeciso, es el del que blinda a los suyos.

La fórmula confirmó el diseño: Aida Quilcué —su candidata a la vicepresidencia, lideresa indígena— profundiza la identidad del núcleo: resistencia, paz, memoria. No tiende puentes hacia otros votantes porque no la pusieron ahí para eso.

De ahí la campaña que tanto se le reprochó a Cepeda: sin debates, sin entrevistas de fondo, hablándole solo a los convencidos. Parecía arrogancia de frontrunner, pero era estrategia. Si tu trabajo es no perder el núcleo, exponerte solo añade superficie de riesgo.

Pero el plan tenía una grieta, y llevaba semanas a la vista. Una cosa es ir primero en primera vuelta y otra ganar la segunda, y las encuestas separaban ambas. En la primera, Cepeda lideraba con claridad. En los escenarios de balotaje, en cambio, el panorama estaba dividido: durante mayo, varias firmas relevantes —AtlasIntel, Guarumo, el CNC— lo daban perdiendo frente a De la Espriella, mientras otras como Invamer aún lo veían ganando.

No era una derrota anunciada, pero sí una alarma seria, y el dato que la explicaba era el rechazo: el de Cepeda rondaba el 56 por ciento, muy por encima del de su rival, y el rechazo es justo lo que hunde a un candidato cuando el campo se cierra a dos. Como demostraron Marcus, Neuman y MacKuen (2000) en sus estudios sobre inteligencia afectiva, en política la aversión y la ansiedad mueven el voto más rápido que la simpatía: cuando un candidato supera la barrera del 50% de rechazo, el balotaje se convierte en un plebiscito en su contra. La señal no apareció la noche del 31. Venía sonando. (Que De la Espriella quedara primero sí fue sorpresa: casi nadie lo vio.)

Diseñada para aguantar, obligada a seducir

Y aquí está lo que de verdad importa, más allá del reproche fácil de que “no se pusieron las pilas”. Cepeda fue puntero todo el tiempo: nunca tuvo que recortar, nunca se puso a prueba en la tarea de seducir. El balotaje lo coloca por primera vez en la posición del que persigue, y le pide estrenarse en el terreno más duro, el cara a cara, donde solo se crece quitándole el miedo a un centro que desconfía.

Nada en su trayectoria ni en la campaña construida hasta ahora sugiere que ahí esté su fortaleza. No es un músculo sin entrenar, es un músculo que esta candidatura no ha mostrado tener. Lo mismo que lo hace sólido ante el núcleo lo vuelve difícil de digerir para el moderado: seducir al centro le exigiría parecerse a un candidato distinto del que es.

Sumas que restan

¿Cómo se sube entonces la temperatura emocional de una campaña cuyo candidato no puede subirla? Por la puerta de atrás. Como Cepeda no enciende, es Petro quien aporta la intensidad de forma tangencial, con las restricciones legales encima, porque un presidente en ejercicio no puede hacer campaña por ley. Así que se asoma de lado: actos de gobierno con mensaje incrustado, arengas, gestos que elevan el tono sin que parezcan proselitismo.

La camiseta de la Selección lo ilustra bien. A De la Espriella un juzgado le prohibió usarla en campaña; al día siguiente, Petro apareció con ella puesta en una despedida de la Selección, en un acto de la presidencia. El petrismo mete su carga emocional desde fuera del tarjetón, porque dentro no tiene quién la ponga.

Pero la jugada tiene un coste que casi la anula. Petro aporta intensidad, sí, pero cada grado que suma llega con su dosis de rechazo, y ese rechazo se le pega a Cepeda y a Quilcué. El daño no está en el núcleo —el voto duro no se enfría porque Petro aparezca, al contrario, se entusiasma—. Está en la captación: esos negativos son justo lo que cierra la puerta al votante nuevo, al moderado que Cepeda necesita conquistar en segunda vuelta.

El contraste con De la Espriella es evidente. Él tiene dentro del tarjetón su antídoto contra el miedo: José Manuel Restrepo, su candidato a la vicepresidencia, exministro de Hacienda, un técnico que da confianza al moderado que no votó al Tigre en primera vuelta. Y al darle confianza, lo capta: resta miedo, y por esa vía suma votos. Esa es la apuesta. Le permite al Tigre seguir siendo el Tigre mientras alguien tranquiliza al centro.

Que nadie lo lea como que una campaña es lista y la otra torpe: las dos juegan con las cartas que les tocaron. Lo que pasa es que las cartas no son simétricas, y en un balotaje esa asimetría lo decide casi todo. Las campañas rara vez fracasan porque dejan de hacer lo que saben hacer. Con más frecuencia fracasan porque siguen haciéndolo cuando la elección les exige otra cosa. El petrismo escribió una campaña para el papel del que va primero y la representó con disciplina mientras ese fue el papel. El giro llegó cuando la trama le pidió interpretar al otro —al que persigue, al que tiene que seducir— y descubrió que para ese papel no tenía actor, ni libreto.

Al cierre de este artículo, la encuesta CB Global Data sitúa a De la Espriella como virtual ganador de la segunda vuelta con un 46.7% de los votos. Cepeda 41.9%. Entre los votantes indecisos, De la Espriella también lidera con el 51.4%. La encuesta ha sido publicada el 4 de junio de 2026. Por su parte, el tracking de Atlas Intel publicado en Semana le otorga a De la Espriella un 50.3% contra un 42.6% de Cepeda.

Fuente: https://lulabueno.substack.com/p/giro-de-guion

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