Foto EFE. Campaña de Ivan Cepeda
El petrismo diseñó una campaña casi perfecta para ir
siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario y ahí no tenía con qué.
jun 08,
2026
El próximo 21 de junio, Colombia
define su futuro en una segunda vuelta de infarto. El tablero político se ha
roto y los protagonistas no podrían ser más opuestos: Iván Cepeda,
la carta de la izquierda (Pacto Histórico) y heredero natural del proyecto de
Gustavo Petro, frente a Abelardo de la Espriella, un abogado de
derecha incendiario, sin experiencia en cargos públicos, que irrumpió con la
fuerza de un outsider indomable. «El Tigre», como le llaman,
ha cambiado las reglas del juego.
Durante casi todo el año, Cepeda
cabalgó cómodo en la cima de las encuestas. Parecía un camino trazado. Sin
embargo, el pasado 31 de mayo la realidad le dio un bofetón a los pronósticos: De
la Espriella se impuso en la primera vuelta con un 43,7% frente al 40,9% de
Cepeda.
El golpe de efecto fue brutal. «El
Tigre» llega al balotaje con toda la inercia y el viento de cola a su favor,
mientras que el petrismo, descolocado y con el pie cambiado, intenta asimilar
un escenario que no vio venir.
Dos campañas
El petrismo diseñó una campaña casi
perfecta para ir siempre primero. El balotaje le pidió lo contrario, y ahí no
tenía con qué.
Empiezo deshaciendo un malentendido
cómodo: que la primera vuelta y la segunda se juegan con lógicas distintas. No.
Es la misma lógica, aplicada según dónde estés parado. El que va primero
conserva: protege lo que tiene, baja la temperatura, evita el error. El que va
detrás arriesga: para recortar necesita contrastar, emocionar, dar una razón
—para cambiar de voto, o sencillamente para ir a votar—. Vale igual en las dos
vueltas. En la literatura sobre ingeniería electoral (como plantea Pippa
Norris, 2004), está claro que las reglas del balotaje no cambian la lógica del
juego, sino los incentivos y el nivel de riesgo que cada actor decide asumir
según su posición.
Lo que el balotaje sí añade es una
condición nueva del terreno. El campo se cierra a dos y aparece una bolsa
decisiva: los que en primera vuelta no estuvieron con ninguno de los finalistas
—votaron a un tercero, o no votaron— porque no les convencían o les daban
miedo. Y el frontrunner apenas necesita seducirla —le basta con no asustar—,
mientras el segundo está obligado a conquistarla: o convence al que votó a
otro, o moviliza al que se quedó en casa.
Ganar al que no te eligió: esa es la
tarea del que va detrás. Es la vieja máxima de Anthony Downs (1957) sobre la
captura del votante mediano: en el tramo final, el éxito depende de la
capacidad de moverse hacia el centro sin desahuciar los extremos. Y esa es una
tarea para la que la campaña de Cepeda nunca fue construida.
Porque, vista desde fuera, la campaña
parece que fue diseñada no para enamorar a nuevos votantes sino para no perder
a los que ya estaban. El Pacto Histórico llegaba con un voto duro cohesionado,
cerca del tercio del electorado, que en una primera vuelta fragmentada bastaba
para liderar; todo indica que la prioridad era sostener eso, y que incluso
confiaban en ganar en primera vuelta por la división de la derecha. La tarea no
era crecer, era no romper nada. Y para eso Cepeda encajaba como un guante: muy
ideologizado, con una credibilidad de izquierda que no necesita demostrarse. No
es el perfil del que seduce a un indeciso, es el del que blinda a los suyos.
La fórmula confirmó el diseño: Aida
Quilcué —su candidata a la vicepresidencia, lideresa indígena— profundiza la
identidad del núcleo: resistencia, paz, memoria. No tiende puentes hacia otros
votantes porque no la pusieron ahí para eso.
De ahí la campaña que tanto se le
reprochó a Cepeda: sin debates, sin entrevistas de fondo, hablándole solo a los
convencidos. Parecía arrogancia de frontrunner, pero era estrategia. Si tu
trabajo es no perder el núcleo, exponerte solo añade superficie de riesgo.
Pero el plan tenía una grieta, y
llevaba semanas a la vista. Una cosa es ir primero en primera vuelta y otra
ganar la segunda, y las encuestas separaban ambas. En la primera, Cepeda
lideraba con claridad. En los escenarios de balotaje, en cambio, el panorama
estaba dividido: durante mayo, varias firmas relevantes —AtlasIntel, Guarumo,
el CNC— lo daban perdiendo frente a De la Espriella, mientras otras como
Invamer aún lo veían ganando.
No era una derrota anunciada, pero sí
una alarma seria, y el dato que la explicaba era el rechazo: el de Cepeda
rondaba el 56 por ciento, muy por encima del de su rival, y el rechazo es justo
lo que hunde a un candidato cuando el campo se cierra a dos. Como demostraron
Marcus, Neuman y MacKuen (2000) en sus estudios sobre inteligencia afectiva, en
política la aversión y la ansiedad mueven el voto más rápido que la simpatía:
cuando un candidato supera la barrera del 50% de rechazo, el balotaje se
convierte en un plebiscito en su contra. La señal no apareció la noche del 31.
Venía sonando. (Que De la Espriella quedara primero sí fue sorpresa: casi nadie
lo vio.)
Diseñada para aguantar, obligada a
seducir
Y aquí está lo que de verdad importa,
más allá del reproche fácil de que “no se pusieron las pilas”. Cepeda fue
puntero todo el tiempo: nunca tuvo que recortar, nunca se puso a prueba en la
tarea de seducir. El balotaje lo coloca por primera vez en la posición del que
persigue, y le pide estrenarse en el terreno más duro, el cara a cara, donde
solo se crece quitándole el miedo a un centro que desconfía.
Nada en su trayectoria ni en la
campaña construida hasta ahora sugiere que ahí esté su fortaleza. No es un
músculo sin entrenar, es un músculo que esta candidatura no ha mostrado tener.
Lo mismo que lo hace sólido ante el núcleo lo vuelve difícil de digerir para el
moderado: seducir al centro le exigiría parecerse a un candidato distinto del
que es.
Sumas que restan
¿Cómo se sube entonces la temperatura
emocional de una campaña cuyo candidato no puede subirla? Por la puerta de
atrás. Como Cepeda no enciende, es Petro quien aporta la intensidad de forma
tangencial, con las restricciones legales encima, porque un presidente en
ejercicio no puede hacer campaña por ley. Así que se asoma de lado: actos de
gobierno con mensaje incrustado, arengas, gestos que elevan el tono sin que
parezcan proselitismo.
La camiseta de la Selección lo
ilustra bien. A De la Espriella un juzgado le prohibió usarla en campaña; al
día siguiente, Petro apareció con ella puesta en una despedida de la Selección,
en un acto de la presidencia. El petrismo mete su carga emocional desde fuera
del tarjetón, porque dentro no tiene quién la ponga.
Pero la jugada tiene un coste que
casi la anula. Petro aporta intensidad, sí, pero cada grado que suma llega con
su dosis de rechazo, y ese rechazo se le pega a Cepeda y a Quilcué. El daño no
está en el núcleo —el voto duro no se enfría porque Petro aparezca, al contrario,
se entusiasma—. Está en la captación: esos negativos son justo lo que cierra la
puerta al votante nuevo, al moderado que Cepeda necesita conquistar en segunda
vuelta.
El contraste con De la Espriella es
evidente. Él tiene dentro del tarjetón su antídoto contra el miedo: José Manuel
Restrepo, su candidato a la vicepresidencia, exministro de Hacienda, un técnico
que da confianza al moderado que no votó al Tigre en primera vuelta. Y al darle
confianza, lo capta: resta miedo, y por esa vía suma votos. Esa es la apuesta.
Le permite al Tigre seguir siendo el Tigre mientras alguien tranquiliza al
centro.
Que nadie lo lea como que una campaña
es lista y la otra torpe: las dos juegan con las cartas que les tocaron. Lo que
pasa es que las cartas no son simétricas, y en un balotaje esa asimetría lo
decide casi todo. Las campañas rara vez fracasan porque dejan de hacer lo que
saben hacer. Con más frecuencia fracasan porque siguen haciéndolo cuando la
elección les exige otra cosa. El petrismo escribió una campaña para el papel
del que va primero y la representó con disciplina mientras ese fue el papel. El
giro llegó cuando la trama le pidió interpretar al otro —al que persigue, al
que tiene que seducir— y descubrió que para ese papel no tenía actor, ni
libreto.
Al cierre de este artículo, la
encuesta CB Global Data sitúa a De la Espriella como virtual ganador de la
segunda vuelta con un 46.7% de los votos. Cepeda 41.9%. Entre los votantes
indecisos, De la Espriella también lidera con el 51.4%. La encuesta ha sido publicada
el 4 de junio de 2026. Por su parte, el tracking de Atlas Intel publicado en
Semana le otorga a De la Espriella un 50.3% contra un 42.6% de Cepeda.
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