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lunes, 16 de noviembre de 2020

SITUACIÓN ACTUAL DEL PERÚ: CRISIS TERMINAL DEL ESTADO PERUANO

16/11/2020

 

  1.- La clase dominante -la gran burguesía- enfrenta una profunda crisis de gobernabilidad, porque la estructura del viejo Estado republicano, que se copió de Europa, ha colapsado.

 

Los principios del liberalismo (libertad - igualdad – fraternidad), la democracia representativa, la separación y equilibrio de poderes (ejecutivo – legislativo), nunca funcionaron en el Perú. En los últimos 30 años se ha comprobado la degeneración de la gran burguesía (que actúa como lumpen) y la degradación extrema del poder ejecutivo, legislativo y judicial. Las elecciones del 2021 no va modificar esta realidad, porque es un cambio simple de gobierno y de personas.

 

2.- Los jóvenes han entrado a la acción política. La nueva generación del bicentenario está dirigiendo la movilización social y la principal reivindicación es una NUEVA CONSTITUCIÓN.

 

Esta es la idea central que debe materializarse en organización. En cada barrio o comunidad, en los distritos y provincias, debe organizarse un Comité o Colectivo Nueva Constitución. Y los sindicatos, federaciones y/o frentes de defensa, deben conformar internamente un Comité o comisión nueva Constitución, a fin de generalizar el debate de este tema.

 

3.- ¿A qué llamamos nueva Constitución? En la situación actual, la mayoría del pueblo requiere conocer el texto de este instrumento político. Su elaboración, debe ser responsabilidad de las organizaciones del pueblo. En torno a la Nueva Constitución se forjará una verdadera unidad de las diversas organizaciones sociales del pueblo peruano, porque constituye la máxima política de Estado.

 

4.- Siguiendo este camino, la Nueva Constitución debe ser aprobada en un REFERENDUM, que tiene su propio procedimiento legal y administrativo, para lo cual es válido la experiencia de los Fonavistas (FONAVI). Con este fin, lo único que se puede precisar en las elecciones generales de abril 2021 es la fecha del Referéndum. No procede consultar si el pueblo quiere o no cambiar la actual constitución. La organización del Referéndum depende de los que quieren cambiar la constitución de 1993. Hay que pasar de la palabra a los hechos.

 

5.- El otro camino, dentro del sistema oficial, es la Asamblea Constituyente convocada y organizada por el Parlamento. Es la vía de la “democracia representativa” que como bien sabemos, el pueblo no tiene participación directa.

 

6.- En la coyuntura actual, está demostrado y comprobado que la vacancia del presidente es ilegal y anticonstitucional. El Tribunal Constitucional debe dar su veredicto para volver a la normalidad y cumplir con el cronograma político electoral. Las grandes movilizaciones no han sido únicamente, para desaforar a Merino y reemplazarlo por otro congresista. El remedio de un “gobierno provisional” sería peor que la enfermedad.

     La tarea central es elaborar la Nueva Constitución y organizar el Referéndum.

 

     Salvo mejor parecer.

 

     Manuel Montañez V.

 

      

 



jueves, 29 de octubre de 2020

SOBRE CONSTITUCIONES EN BOLIVIA, CHILE Y PERÚ

 


Foto: http://villagrimaldi.cl

29/10/2020

En los últimos dos domingos de octubre 2020, los grandes festejos pertenecen a las mayorías boliviana y chilena. Una pequeña parte de peruanos se alegra por esos triunfos, por supuesto; si volvemos los ojos sobre nuestra realidad, nuestra peruanísma tristeza los nubla y la rabia los enciende porque no tenemos aún nada que se parezca a lo que el pueblo boliviano ya produjo y lo que ahora el pueblo chileno está buscando. En Perú sigue reinando la tesis “salvo una curul, el resto es ilusión”, mal endémico de la clase política que ha contagiado también a los segmentos de izquierda que quedan.    

En el plebiscito chileno se preguntó a los electores "¿Quiere usted una Nueva Constitución?". Ganó el “apruebo” con el 78,27% y perdió el “rechazo” con el 21,73%. En la segunda, "¿Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución?", los chilenos optaron por una Convención constitucional [Asamblea Constituyente], con el 79.7% de los votos, la que estará formada por 155 ciudadanos elegidos en su totalidad por voto popular, con la novedad de una paridad de hombres y mujeres, notable triunfo de los feminismos y las mujeres en lucha, no feministas ni antifeministas. Perdieron quienes querían una nueva Constitución redactada por un 50% escogido entre los parlamentarios actuales y el 50% por nuevos representantes elegidos después de este plebiscito.

En este artículo ofrezco una primera reacción, pocas horas después de conocer los resultados. Resulta imposible no comparar la cuestión de la Constitución en los casos chileno, boliviano y peruano.

Chile 

Es muy grande la importancia de la aplastante victoria del sí a una nueva Constitución porque en más de 200 años de República pomposamente llamada democrática, chilenas y chilenos serán llamados por primera vez en su historia a opinar sobre la constitución que su país necesita. Sus constituciones anteriores fueron todas impuestas; la última, del general Pinochet fue fruto de un golpe militar tramado por los generales y los burgueses chilenos, con el apoyo directo y explícito del gobierno norteamericano a través de su servicio de inteligencia, CIA. El gobierno de Allende fue elegido democráticamente, del mismo modo que el gobierno republicano español, destruido por el general Francisco Franco protegido por los fascistas alemanes e italianos. En ambos casos como en muchísimos otros, los intereses de las clases dominantes y de sus aliados importaron mucho más que la legitimidad de los gobiernos elegidos democráticamente. Se hartó el pueblo chileno, no se conformó con las decenas de enmiendas de la constitución pinochetista.

El plebiscito fue una conquista de un pueblo que a lo largo de un año fue ganando las calles para exigir el cumplimiento de sus derechos, para plantear nuevos derechos; los carabineros reprimieron con el saber acumulado que tienen para eso; hubo también provocadores infiltrados en las marchas; se presentaron denuncias sobre oficiales de las fuerzas armadas entre los provocadores. Como en el pasado, el saldo de 30 muertos es la prueba de algo muy simple: los derechos se conquistan, no se ruega para conseguirlos, ni se regalan. Hay otra vieja lección casi olvidada; cuando los movimientos sociales se organizan desde abajo, toman las calles y se multiplican, no hay aparato represivo suficiente para vencerlos y los beneficiarios del poder quedan desarmados.

Luego de los primeros resultados, el presidente Sebastián Piñera saludó la victoria de la institucionalidad y unidad chilena, del triunfo de la paz sobre la violencia; voceros de la derecha dijeron que había ganado Chile, que no hubo vencedores y que ganaron todos. Ese discurso es muy antiguo y debe ser oído y leído como el canto de los vencidos, como la aceptación hipócrita de su derrota. ¡Que amorosos!: “todos estamos unidos”. Se trata de una alucinación, la realidad no pasa por ahí. La aplastante victoria del pueblo chileno en las calles cierra una etapa de la constitución de Pinochet y abre un proceso que a lo largo de un año concluirá en una nueva constitución. Será inevitable la lucha en defensa de intereses opuestos: de un lado, los que perdieron y se negaron a aceptar públicamente su derrota, tratarán de recuperar lo más que puedan del poder que acaba de perder; de otro, los que ganaron, buscarán defender sus nuevas demandas reconociéndolas explícitamente en artículos constitucionales. Se mantendrán firmes, negociarán, concederán, conciliarán.

El momento habrá llegado para defender el planeta como primera prioridad para salvarnos como especie homo sapiens, si todavía es posible. Ya no se tratará solo de derechos civiles, políticos y humanos en general, porque con el agotamiento del modelo capitalista y los demoledores efectos de la pandemia ya es visible en plena superficie la enorme desigualdad que estaba escondida y cubierta por el discurso triunfalista de un Chile-país del primer mundo. Ya no tendrá sentido reformar y menos mantener las AFP, mal ejemplo chileno en la región; dura será la batalla para lograr que la salud sea declarada bien público y no un área de lucro privado y se establezca un sistema universal de pensiones. Otra batalla tendrá lugar para reformar la economía y el Estado, así como acabar con el militarismo y el armamentismo, y a ver si son capaces de formular un gesto político serio sobre el litoral que le expropiaron a Bolivia. Esa herida sigue abierta en todo el pueblo boliviano. Habrá llegado el momento de discutir a fondo y reconocer a la nación Mapuche y a los pueblos originarios aymara, atacameño, kawesqar, kolla, quechua, rapanui, yagan, como parte de un estado plurinacional. La hora habría llegado para dejar atrás el inútil discurso de la colonialidad del poder que solo propone “incluir” a esos pueblos en el estado uninacional para que poco a poco se disuelvan y desaparezcan. Se trata de alrededor de 700 mil habitantes, que importan mucho más por sus culturas y saberes que por su relativa pequeñez demográfica, razón por la cual la clase política de todos los colores los ignoran, con algunas excepciones, seguramente.

Bolivia 

Luis Arce y David Choquehuanca (Movimiento al Socialismo - MAS) obtuvieron en las elecciones del 25 de octubre 2020, el 55.10% de los votos y Carlos Mesa, expresidente de Bolivia, el 28.84 de los votos. La victoria fue notable porque el MAS casi duplicó los votos de su adversario más importante y obtuvo también una mayoría en las cámaras de diputados (75 de 130) y senadores (21 de 36). Como en los viejos tiempos, desde 2005 el MAS ganó todas las elecciones. He señalado en dos artículos anteriores  el grave error de Evo Morales de insistir en una nueva reelección prohibida por la constitución, elaborada y aprobada por el propio MAS, rechazada en una consulta popular, e impuesta finalmente por el Tribunal Constitucional. El resultado de ese grave error fue el golpe de Estado de 2019 y la aparición de la senadora Añez como presidenta. A la derecha le hubiera gustado desmontar el estado plurinacional, acabar con la Constitución pero no estaba en condiciones de hacerlo de manera legal, tampoco ilegalmente con un golpe militar de mediana duración.

Le corresponde ahora al nuevo gobierno del MAS afirmar y defender sus muchas conquistas, particularmente la conversión del viejo Estado uninacional de la República en un Estado Plurinacional de Bolivia. Don Fausto Reinaga abrió en 1967 el camino para que los bolivianos tomen conciencia de la existencia de dos Bolivias: una blanca, qara (desnuda) europea, y otra india, derivada de los pueblos originarios y defendida por Tupak y Tomás Katari, compañeros de Tupak Amaru en la revolución nacional indígena de 1780-1782. Surgió así el katarismo, como una especie de inconsciente colectivo de la mayoría de bolivianos. La multiplicación de katarismos para insistir solo en el componente étnico de Bolivia, sin tomar en cuenta el componente de clase, encarnado en la Central Obrera Boliviana (COB), condujo a su desaparición. El MAS produjo la síntesis de esos dos componentes centrales para articular una gran coalición de fuerzas, la que luego de la victoria electoral en primera vuelta de las elecciones de 2005 elaboró y acordó la nueva Constitución, aprobada por casi dos tercios de la población en un plebiscito que entró en vigencia en 2009. Nunca antes en su historia el pueblo boliviano había sido convocado para discutir y aprobar una Constitución.

La constitución vigente no es el regalo de un gobierno sino una conquista del pueblo de Bolivia, en las calles y caminos de todo el país, en luchas sucesivas, con centenares de bolivianos muertos y heridos. Esa constitución trajo una novedad extraordinaria: los rostros de todos los colores de las 14 naciones originarias y de los descendientes directos de la Bolivia blanca se convirtieron en rostros oficiales del país, con su espiritualidad, sus cantos, danzas y polleras. Desapareció “la nación boliviana” y fue sustituida por todas las otras naciones originarias oprimidas, pisadas, ninguneadas, pero realmente existentes a pesar de los cinco siglos de opresión colonial y republicana. Bolivia tiene, en consecuencia, el Estado plurinacional que le hacía falta, que se parece y se confunde con el país y que expresa por lo menos una parte de sus anhelos. Chile tiene ahora su oportunidad.

Perú

Aquí, vivimos en un Estado uninacional que no representa los intereses de los pueblos y de las naciones originarias. La Constitución de 1993 fue impuesta por una dictadura militar al servicio de un agrónomo que se ganaba la vida como profesor de matemáticas: Alberto Fujimori. Veintisiete años después, pasa los últimos inviernos de su vida una cárcel dorada, en el invierno de su vida, condenado a 25 años de prisión por muchos delitos, entre ellos uno de lesa humanidad. No fue él quien pensó la nueva constitución; la responsabilidad hay que cargársela a los funcionarios e ideólogos del capital y sus cómplices militares y burgueses peruanos. En la jerga actual suele llamárseles neoliberales, en caída abierta luego de 40 años en los que convirtieron la sección económica de la Constitución del 93 en un evangelio, indiscutible, casi convertido en una palabra de dios.

Ya se oyen tímidas voces reclamando una nueva constitución, sin precisar el contenido que tendría, ni cómo ganar la coalición política de ancha base que se necesita para cualquiera de los caminos que se encuentre para lograrla. Esas voces vienen de nuestros divididos predios de la izquierda. Sería peor si no tuviéramos esas tímidas voces. Los burgueses beneficiarios de la inmensa desigualdad en el país y sus aliados dueños de la prensa piensan que salvo el respeto al capítulo económico de la Constitución de 1993, el resto es ilusión. Son sacrificados pastores que llevan la buena noticia del capital y sus bondades como el evangelio de los santos de los últimos días. Viven encerrados en esa burbuja y no se dan cuenta del barro de sus pies, barro que la pandemia está ya disolviendo.

Como la política es mundial desde hace varias lunas, también nosotros tendremos esas batallas por una nueva constitución peruana pero hace falta abrir muy bien los ojos, dejar de lado los apetitos individuales por curules, organizarnos desde abajo, ganando las calles y mirando al congreso desde un espejo retrovisor, y librándonos de ese virus que obliga a buscar con desesperación las cámaras de televisión y figurar en territorios del poder pero no de los pueblos.

Las constituciones no cambian la realidad. Unas palabras finales. En el mundo abogadil en que vivimos nos han enseñado una especie de lección muy bien pensada: todo se arregla con leyes. Como la Constitución es ley de leyes o madre de todas, tendremos que cuidarnos y estar vigilantes. En Perú solo nos falta una nueva con un artículo único: “que las leyes ya existentes se cumplan”. “Dada la ley, hecha la trampa”, dice la sabiduría popular. El mal ejemplo de no cumplir las leyes lo dan precisamente quienes las hacen o los que encargados de cumplirlas. No recuerdo a qué lúcido presidente peruano se la atribuye la sabiduría de la frase “Para mis amigos todo, para mis enemigos, la ley”. Lo que importa es tener en cuenta que ni las constituciones ni las leyes cambian la realidad. Ese cambio se produce por actores políticos interesados en la aplicación efectiva de esas leyes. Si se derogasen algunos miles de las 131 mil y tantas que ya tenemos, los abogados quedarían sin trabajo y ojalá nos acerquemos a Utopía, el reino de ficción creado por Tomás Moro, en el que maravillosamente no hay abogados. El cumplimiento efectivo de la Constitución y las leyes depende del pueblo interesado en que se cumpla, vigilante y movilizado, bloqueando la acción de abogados, fiscales y jueces interesados en que no se cumplan para favorecer los intereses de sus amigos y “hermanitos”.

Fuente: La Mula

https://navegarrioarriba.lamula.pe/2020/10/26/sobre-constituciones-en-bolivia-chile-y-peru/rodrigomontoyar/

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/209558

 


 

domingo, 17 de noviembre de 2019

MOVIMIENTO POPULAR CHILENO RECHAZA LA ESTRATAGEMA CONSTITUYENTE DE LA OLIGARQUÍA



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Durante la madrugada de este 15 de noviembre, los partidos políticos pinochetistas y su complemento, la llamada ‘oposición’ funcional de la Democracia Cristiana, PPD, Partido Socialista y buena parte del Frente Amplio, fraguaron en el Congreso una fórmula de ‘proceso constituyente’ que no hace más que fortalecer la institucionalidad oligárquica dominante.

De esta manera, el Congreso, la entidad que concentra el mayor rechazo de la población, consideró que el movimiento popular quedaría satisfecho y todo volvería a «la normalidad» de los cementerios que tanto precisa el capital para su reproducción, ampliación y utilidades. Desde el Congreso o desde arriba, la sociedad en lucha debe verse como una masa ignorante, irracional, necesaria de ser conducida.

Tanto fue el optimismo de las clases dominantes, que el precio del peso se fortaleció respecto del dólar, y el rostro del grupo económico más poderoso del país, Andrónico Luksic, festejó el ‘acuerdo’ cocinado entre cuatro paredes.

Sebastián Piñera terminaría su mandato firmando una nueva Constitución de modificaciones cosméticas en un par de años y tan antipopular como la actual, y se salvaría de pagar su responsabilidad política respecto de las innumerables violaciones de los derechos humanos cometidas durante su gobierno y, en particular, en el último mes.

Sin embargo, los pueblos son inteligentes, se organizan por sí solos y no precisan ser mandados. El resultado de la conflagración del sistema de partidos políticos institucional, no respondió a ninguna de las demandas y derechos por los cuales ofrece batalla la sociedad despierta y popular desde el 18 de octubre pasado.

En Santiago, en la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia), desde media tarde comenzaron a reunirse decenas de miles de personas para protestar frente al nuevo engaño. Trampa que revela las relaciones profundas y los compromisos clave entre la derecha tradicional y la ex Concertación o ex Nueva Mayoría.

Uno de los efectos del «arreglo» por arriba fue, entre muchos, la división durante la tarde del Frente Amplio. Por su parte, el Partido Comunista con el Humanista no participaron de la cocina politiquera, pese a que sí, efectivamente, el Presidente de la tienda de la hoz y el martillo afirmó que sí se harán parte del proceso constituyente.

Vea el video de OPAL de la manifestación popular que, para variar, no estuvo exenta de una feroz represión policial en el siguiente enlace:




CRÓNICA DE UNA ESTAFA ANUNCIADA
Yo cedo, tu cedes, nosotros no cedemos”

Opinión
16/11/2019

“…y comieron en un plato, perro, pericote y gato”.
RICARDO PALMA (“Tradiciones peruanas”).

El senador “opositor” Jaime Quintana es un creador de palabras que producen remezones políticos. El 2014, en calidad de vocero de la Nueva Mayoría, aseveró que el gobierno de Michelle Bachelet utilizaría una retroexcavadora “porque –afirmó- hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”. La derecha entró en pánico y desató una contraofensiva que no cesó hasta convencerse que la presidenta Bachelet no se proponía hacer algo diferente a lo que venían haciendo los gobiernos desde 1990: cuidar el modelo neoliberal instaurado por la dictadura.

Quintana, que entretanto ascendió a presidente del Senado, creó ahora otro misil político: “Es el momento de ceder, ceder no es perder” fue la voz de orden que en 48 horas realineó las fuerzas políticas en defensa del sistema. El presidente Piñera había “cedido” la noche anterior. Pedía paz social y admitía abrir camino a una nueva Constitución vía un Congreso Constituyente. De ahí en adelante todo fue por un tubo. La casta política se apropió de la protesta social carente de conducción y produjo un pacto que da inicio a un proceso constituyente tutelada por los mismos de siempre.

La velocidad del juego político a partir del puntapié inicial de La Moneda, se reflejó en la desventurada conducta de la oposición. Al día siguiente del mensaje presidencial los trece partidos opositores -desde la Democracia Cristiana al Frente Amplio, pasando por el PPD del senador Quintana-, contestaron con una solemne declaración que rechazaba “la propuesta de un Congreso Constituyente por parte del gobierno, (porque) se aleja de la demanda popular”. Agregaban: “En este momento el camino para construir el futuro es Plebiscito, Asamblea Constituyente y Nueva Constitución”.

Pero aún no se secaba la tinta de la declaración opositora cuando Quintana pronunció la frase clave: “hay que ceder”, y en 48 horas se consumó la audaz jugada política.

¿Qué obligó a agachar el moño a la oposición? La clave podría estar en la advertencia que el presidente de Renovación Nacional, Mario Desbordes, hizo el día 13. Aseguró urbi et orbe: “solo quedan uno o dos días” para un acuerdo que ponga término al levantamiento popular. Su perentoria notificación fue recogida de inmediato por la DC y poco después por el resto de la oposición. Al día siguiente, 14 de noviembre, dirigentes y parlamentarios de gobierno y oposición (salvo comunistas y humanistas), se acuartelaron en las oficinas del Senado en Santiago. En permanente coordinación con La Moneda, que ofició de chef de la cocina política, la ardua y republicana tarea culminó con un vagido a las 2 de la madrugada del viernes 15. Nacía un acuerdo transversal que promete un plebiscito para abril del 2020 que dará inicio al proceso constituyente. No está asegurado que sea una “Convención” elegida por el pueblo u otra fórmula de un 50% designado por el Congreso. Pero lo más grave consiste en que el articulado de la nueva Carta debe ser aprobado por dos tercios de los constituyentes. Al más puro estilo de la Constitución del 80, instala un cerrojo que permitiría a la minoría conservadora vetar todo cambio efectivo. Asegura la vigencia de la economía de mercado, la desnacionalización del cobre y el litio, la privatización del agua, etc., etc. En suma, estamos ante una estafa colosal que se burla del gran esfuerzo desplegado por el pueblo para hacer oír sus demandas.

¿Qué precipitó el relámpago de movidas políticas que desató el senador Quintana? Una hipótesis es que en escena asomó el convidado de piedra: las FF.AA. La escalada de saqueos e incendios -una violencia sin brújula con intervención de bandas organizadas-, hacía suponer que Piñera anunciaría el estado de excepción, quizás el estado de sitio, la noche del día 12. Se conjeturó que las FF.AA. habrían pedido garantías para asumir la responsabilidad de una probable masacre. Piñera -paradojas de un presidente derechista- no es santo de la devoción de las FF.AA. No pertenece a la “familia militar”. En su primer gobierno clausuró el penal Cordillera, cárcel-hotel que la Concertación destinó a oficiales acusados de graves violaciones de los derechos humanos. En su segundo gobierno Piñera descabezó los altos mandos del Ejército y Carabineros. Decenas de generales -entre ellos tres ex comandantes en jefe- están procesados por corrupción y otros delitos.

El rumor del peligro golpista -real o supuesto- surgió cuando el presidente de RN, sentenció que sólo quedaban uno o dos días para pacificar el país. Se estima que este ex teniente de Carabineros y ex funcionario de Gendarmería, mantiene relación privilegiada con las instituciones armadas.

La maniobra, en todo caso, permitió a los desprestigiados partidos recuperar protagonismo. Lo hizo mediante una suplantación de identidades. Las masas populares y las organizaciones sociales -que tuvieron fugaz aparición con la mesa de Unidad Social- fueron suplantadas por partidos situados en el peldaño más bajo de la estima ciudadana. Horas después del anuncio del pacto gobierno-oposición, el pueblo salió otra vez a las calles reiterando sus demandas democráticas y fue reprimido con extrema dureza. La ausencia de conducción política -que el movimiento no ha sido capaz de crear- y la actividad provocadora de grupos cuyas acciones han enajenado el apoyo de amplios sectores sociales, podrían coronar con éxito la estafa del gatopardismo político, condenando al pueblo a una nueva frustración... hasta la próxima explosión social.

16 de noviembre, 2019





martes, 12 de noviembre de 2019

CONGRESO CONSTITUYENTE VERSUS ASAMBLEA CONSTITUYENTE




Foto: cortesia de Palomo

Opinión
12/11/2019


En el marco de las elecciones presidenciales del 2009 tuve la ocasión de debatir con Pablo Ruiz-Tagle sobre el tema constituyente. En la sede de la Universidad Católica de Santiago, por invitación de la federación de estudiantes de la PUC. Guardo de Pablo el recuerdo de un hombre afable, cortés, erudito y amable.

Hoy Pablo es el Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, y debe recordar mi insistencia en devolverle al pueblo de Chile la Soberanía que nunca perdió porque jamás la tuvo.

Espero sinceramente que Pablo Ruiz-Tagle, que ha profundizado el tema, haya evolucionado en sus criterios leguleyos. Después de todo él mismo dijo y escribió que la Constitución de la dictadura es el texto más manoseado de las Cartas Magnas que los magnates nos han concedido. Y mientras más manoseada y maquillada, más igual a ella misma.

Curiosa democracia la chilena, en la que, durante toda la Historia del país, el pueblo jamás tuvo derecho a la palabra, y muy pocos derechos a secas, frecuentemente aplastados, ignorados y despreciados.

Roberto Garretón, conocido abogado de DDHH, iniciador de la idea de la Asamblea Constituyente, me tranquilizó desde el principio: “Por definición –me dijo– una Asamblea Constituyente es anticonstitucional. Raramente, para no decir nunca, una Constitución prevé los mecanismos para ser abrogada.”

De modo que el camino es muy sencillo: simplemente, el pueblo, único Soberano, decide.

Por encima de la voluntad del pueblo, no hay ninguna autoridad.

Louis XVI intentó probar lo contrario, intentando imponerse a los Estados Generales, asamblea del pueblo de Francia, el 23 de junio de 1789.

Su orden fue clara: “Je vous ordonne, Messieurs, de vous séparer tout de suite…” (Les ordeno señores, separarse inmediatamente…). Dicho lo cual dio vuelta los reales talones y se fue, acompañado de la nobleza y el clero que, como de costumbre, estaban del lado de sus propios intereses.

Como el Tercer Estado siguió reunido, el marqués de Dreux-Brézé volvió, acompañado de algunos empolvados mequetrefes. Desde la puerta de la sala lanzó, perentorio:

“Señores, ¿no escucharon la orden del Rey?”

Mirabeau –que ese día se ganó el puente que atraviesa hoy el Sena en París y que lleva su nombre– le respondió de un tono enfático e inapelable:

“¡Estamos aquí por la voluntad del pueblo y no saldremos sino por la fuerza de las bayonetas!”

Es resto es conocido. Se impusieron las ideas de los filósofos del Siglo de las Luces, comenzando por Jean-Jacques Rousseau. Por encima del pueblo Soberano no hay, ni puede haber, ninguna autoridad. Esa Soberanía es inalienable e irrenunciable. Nadie ni nada puede atentar contra ella. Eso está inscrito en todas las constituciones democráticas que en el mundo existen, y hasta en los principios de la Naciones Unidas.

Salvo, como dijo Mirabeau, que intervenga el uso de la fuerza bruta y brutal, imponiendo una dictadura.

En estos días azarosos para el poder de la casta chilena parasitaria, corrupta, criminal, ladrona e ilegítima, asoman algunas trampas demasiado evidentes. Piñera, Jacqueline Van Rhysselbergue, y hasta el muy lamentable Camilo Escalona, se abren a "cambios constitucionales". ¿Dónde está la trampa?

Muy simple. Como Andrés Zaldívar sugirió hace algún tiempo, como hizo la Junta Militar en 1980, como Ricardo Lagos y su payasada del año 2005, se trata de sustituir al pueblo Soberano por un paquete de claveles que asume –por cojones– el poder constituyente.

Piñera insinúa que los cambios constitucionales que la elite permitiría deben ser discutidos por un congreso constituyente, que en la práctica no sería sino un chamullo constituyente (CC).

De ahí nace la confrontación con la representación popular elegida libremente, sin condiciones, por el pueblo reunido en cabildos, asambleas y otras reuniones locales, provinciales y regionales, hasta llegar al cabildo nacional, o Asamblea Constituyente.

Fuera los pactos, los subpactos, los repactos, las limitaciones, las “cocinas”, los contubernios, las negociaciones, las condiciones previas, el billete que fluye rápido y anónimo, las encuestas teledirigidas, las campañas del terror, las manipulaciones.

En su ensayo de ciencia política titulado “Principios del gobierno representativo”, Bernard Manin comienza por afirmar que sería un error fatal confiarles a los responsables del desmadre actual la definición de los remedios del futuro. Ningún corrupto se auto sanciona. Ningún criminal se auto condena.

Hace ya algunos años, recibí un llamado telefónico en mi oficina de París. Una voz de inconfundible acento chileno me anunció: “Le va a hablar el diputado xxx….” Sorprendido, escuché a un señor –que no conocía ni de nombre– invitarme al Congreso. Poco después, el llegar a Chile, intrigado, le llamé. El diputado me invitó a reunirme con él en su oficina del Congreso en Valparaíso, y a almorzar al mediodía.

Durante nuestra entrevista, escuché asombrado lo que tenía que decirme:

“La podredumbre en el Congreso, es tal, que el único modo de terminar con ella es encerrarnos a todos, diputados y senadores, incluyéndome a mí mismo, en este edificio, e incendiarlo para que se queme todo” (sic).

Ese señor aun es diputado. Ignoro si sigue batiendo sus culpas, o si sus recetas pirómanas siguen siendo su recomendación purificadora.

Lo cierto es que desde ese día, hasta hoy, el Congreso solo empeoró su calidad de cloaca de la elite que saquea el país, destruye el medio ambiente y explota al 99% del pueblo de Chile.

En materia de Constituciones, si tomamos en cuenta su origen, la Historia ha conocido dos tipos: las Constituciones concedidas, y las Constituciones democráticas.

Las primeras son una ‘concesión’ del monarca, del sátrapa, del tirano, de los potentados, de los privilegiados, de la canalla saqueadora, a sus vasallos.

Las segundas, el producto de la voluntad del pueblo pasando a llevar a los tiranos.

En Chile… ¿Congreso Constituyente o Asamblea Constituyente?

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