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sábado, 11 de julio de 2020

ALGUNOS EJEMPLOS HISTÓRICOS DE ACCIONES DECISIVAS EN RELACIÓN CON LOS BANCOS



·        Eric Toussaint
09/07/2020
Tendrá consecuencias fundamentales para la historia de un país lo que un gobierno haga o deje de hacer con la banca.

La Comuna de París [1] cometió el error de no tomar el control del Banco de Francia

La sede del Banco de Francia, sus principales reservas y su órgano dirigente estaban situados en el territorio de la Comuna de París. Erróneamente, la dirección de la Comuna de París renunció a tomar el control del Banco de Francia, aunque habría sido totalmente necesario. En 1876, Prosper-Olivier Lissagaray, un intelectual militante que participó en el combate de los Comuneros, denunció, en su libro Historia de la Comuna 1871, la actitud de la dirección de la Comuna «que se quedó en éxtasis ante la caja de la alta burguesía que tenía en sus manos», al referirse al Banco de Francia. Y precisó: «Todas las insurrecciones serias comenzaron por hacerse con el nervio del enemigo, la caja. La Comuna es la única que se negó a hacerlo.» [2]

La única exigencia de la Comuna al Banco de Francia fue la obtención de adelantos financieros que le permitieron mantener el equilibrio presupuestario sin tener que interrumpir el pago de sueldos a los guardias nacionales (la Guardia Nacional de París fue una milicia ciudadana encargada de mantener el orden y la defensa militar). «Por ese motivo, durante los 72 días de su existencia, la Comuna recibe 16,7 millones de francos: los 9,4 millones de haberes que la Ciudad tenía en cuenta y los 7,3 millones realmente prestados por el Banco de Francia, En el mismo momento, los de Versalles recibían 315 millones de francos de la red de 74 sucursales del Banco de Francia», o sea cerca de 20 veces más. [3]

Karl Marx. Por su parte, en una correspondencia a propósito de la Comuna de París en 1981, diez años después de su derrota, comparte la opinión de Lissagaray. Considera que la Comuna cometió el error de no tomar el control del Banco de Francia: «Con solo la requisa de Banco de Francia, se habría acabado con las bravuconerías de Versalles.» Y precisa que con la requisa del banco: «Con un poco de sentido común, hubiera (…) podido obtener de Versalles un compromiso favorable a todo el pueblo del país, único objetivo realizable en esa época». [4]

Como escribía Lissagaray: «La Comuna no veía los verdaderos rehenes que tenía en sus manos; la Banca, el Catastro, la Caja de depósitos y consignaciones, etc.» [5]

En 1891, Friedrich Engels opinaba en la misma línea que Lissagaray: «Lo más difícil de comprender es ciertamente el santo respeto con el que se detuvo ante las puertas del Banco de Francia. Y eso fue un grave error político. El Banco en manos de la Comuna valía más que diez mil rehenes. Eso significaba toda la burguesía francesa haciendo presión al gobierno de Versalles para firmar la paz con la Comuna.»

En resumen, la Comuna de París, en 1871, dejó al Banco de Francia financiar a sus enemigos, al gobierno conservador de Thiers instalado en Versalles y al ejército a su servicio. [6]

La revolución rusa, la nacionalización de los bancos y la anulación de la deuda de los campesinos rusos en 1917

Entre las primeras medidas tomadas por el gobierno de los sóviets, después de la revolución de octubre de 1917, figura la nacionalización de los bancos. Esa nacionalización permitió, especialmente, la anulación de las deudas que tenían los campesinos con los bancos. Un tercio del capital de los bancos estaba en manos de capitalistas extranjeros, principalmente franceses y alemanes. Siete bancos tenían una posición dominante y fueron expropiados con prioridad. Todas las acciones bancarias fueron anuladas. [7] La transferencia de los bancos privados al sector público progresaba en paralelo con el repudio de deudas extranjeras consideradas ilegítimas y odiosas. [8] La combinación de la expropiación de bancos y el repudio de las deudas constituyó un avance fundamental del poder revolucionario.

El presidente Franklin D. Roosevelt tomó en 1933 una fuerte medida con respecto a los bancos estadounidenses

En Estados Unidos, en marzo de 1933, estalló una enorme crisis bancaria que continuaba la onda de choque del crash de Wall Street de octubre de 1929. El presidente Franklin D. Roosevelt, recién elegido, cerró los bancos durante una semana en marzo de 1933 [9] e hizo adoptar, ese mismo año, la ley bancaria que imponía la separación entre los bancos de depósito y los bancos de inversiones (Banking Act conocida también como Glass Steagall Act [10] ).

El gobierno de Franklin D. Roosevelt redujo, por lo tanto, la libertad de la que gozaban los medios financieros y bancarios. Siguiendo ese ejemplo y bajo la presión de las movilizaciones populares en Europa, durante y después de la Liberación, los gobiernos del viejo continente impusieron un límite a la libertad de maniobra del capital. Consecuencia: durante los treinta años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, el número de crisis bancarias fue mínima. Es lo que muestran dos economistas neoliberales estadounidenses, Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff, en un libro publicado en 2009, titulado Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera. Kenneth Rogoff fue economista jefe del FMI y Carmen Reinhart, profesora de universidad, fue asesora del FMI y economista jefe del Consejo consultivo del Banco Mundial. Según estos dos economistas, que no son precisamente favorables a un cuestionamiento del capitalismo, el escaso número de crisis bancarias se explica principalmente «por la represión de los mercados financieros interiores (en diversos grados) y luego por un recurso masivo a los controles de capitales durante muchos años después de la Segunda Guerra Mundial». [11]

Efectivamente, durante los «treinta gloriosos», los gobiernos de la mayoría de los países más industrializados aplicaron políticas que reglamentaban los movimientos de capitales que entraban y salían de sus países. También obligaron a los bancos a adoptar un comportamiento prudente e hicieron pasar al sector público una parte del sector financiero. Según Reinhart y Rogoff, con el fin de evitar el riesgo de quiebras bancarias, los gobiernos impusieron «a los bancos un nivel elevado de reservas obligatorias, sin mencionar otros dispositivos como el crédito dirigido o la obligación, para las cajas de jubilación o para los bancos comerciales, de poseer un determinado nivel de empréstitos del estado».

Francia: Durante la Liberación el gobierno nacionaliza el Banco de Francia y ortos bancos

En Francia, las nacionalizaciones de los bancos después de la Segunda Guerra Mundial deben «ser situadas, en el contexto de la Resistencia, con “un movimiento llegado desde abajo” (…) la Liberación dio lugar a la puesta en marcha de comités obreros de gestión en algunas empresas, comités de fábrica en el origen de “socializaciones espontáneas”». [12] Como nos lo recuerda Patrick Saurin, el 2 de diciembre de 1945, el Banco de Francia y cuatro bancos de depósitos son nacionalizados. Al año siguiente, el 25 de abril de 1946, es el turno para la nacionalización de algunas sociedades de seguros.

Benjamin Lemoine escribió, con toda razón, en su libro L’ordre de la dette: «Al salir de la Segunda Guerra Mundial y durante una veintena de años, el aparato del Estado, por medio del circuito del Tesoro, recogía recursos financieros en cantidades suficientes para, la mayor parte del tiempo, escapar a la presión de los acreedores. Y dominaba la actividad de los bancos y de las finanzas, y acoplaba sus propios instrumentos de tesorería a esas reglamentaciones. Así mismo, su financiación estaba coordinada con las políticas nacionales que determinaban la cantidad de moneda y orientaban los créditos afectados a la economía». [13] Esta política permitió a Francia financiarse durante cerca de cuarenta años sin depender de la buena voluntad de los mercados financieros, dominada por los bancos privados y otras sociedades financieras. Y eso también permitió evitar las crisis bancarias.


Un billete de 5 pesos cubanos con la firma del Che.

1959: desde el primer año de la revolución cubana, el gobierno puso al Ché Guevara en la presidencia del Banco Central de Cuba

Poner a uno de los principales dirigentes revolucionarios a la cabeza del Banco Central indicaba claramente la importancia que representaba el control de la política monetaria y financiera del país para la consolidación de la victoria del pueblo cubano sobre el régimen dictatorial de Batista. Los revolucionarios cubanos querían evitar que se repitiera el error de la Comuna de París. El control de la banca ayudó a la realización de una serie de profundas reformas sociales que, apoyadas por potentes movilizaciones sociales, marcaron positivamente los comienzos de la revolución cubana. [14]



Francia, 1982: nacionalización de los bancos

El plan de nacionalización figuraba en el «programa común de gobierno» firmado el 27 de junio de 1972 por el Partido socialista (PS), el Partido comunista y los radicales de izquierda. Y fue retomado entre las «110 propuestas» del candidato Mitterrand en 1980-81 (fue la 21º propuesta). La ley de nacionalización del 13 de febrero de 1982 fue votada durante el primer septenio del presidente François Mitterrand y promulgada por el gobierno de primer ministro Mauroy. Fueron nacionalizados treinta y nueve bancos así como sociedades industriales y financieras. [15] Esa ola de nacionalizaciones fue seguida rápidamente por un cambio hacia la derecha de Mitterrand y de su gobierno. La ley bancaria del 24 de enero de 1984 inauguraría un nuevo sistema bancario construido sobre el modelo de banca universal que puso fin a la separación entre bancos de depósitos y bancos de inversiones, y que abrió plenamente la vía a la desregulación. En 1986, los bancos estaban nuevamente privatizados. [16]

Europa y Estados Unidos de América

A partir de 2008, y tras la crisis de los bancos privados que estalló en 2007-2008, muchos Estados, y no de los menores, procedieron a la nacionalización de grandes bancos privados con el fin de evitar su quiebra y ayudar a los grandes accionistas. Grandes bancos como Royal Bank of Scotland (Reino Unido), Hypo Real State (Alemania), ABN-Amro (Países Bajos), Fortis, Dexia y Belfius (Bélgica), Bankia (España), Banco Espirito Santo (Portugal) fueron nacionalizados. En ninguno de estos casos, los gobiernos reorientaron las actividades de las entidades nacionalizadas para que fueran útiles a la población. A menudo, incluso no ejercen poder en estas instituciones, dejando que las dirijan los representantes privados. Ninguno de estos bancos fue transformado en un instrumento que permita financiar las inversiones del Estado. Los gastos de nacionalización se cargaron a las finanzas públicas y así aumentaron la deuda pública. La próxima fase, tal como la desean los gobiernos al servicio del capital, consistirá en reprivatizar esos bancos puesto que sus finanzas han sido saneadas y de nuevo son atractivas para el sector privado. El CADTM y otras organizaciones pusieron de relieve otras maneras de responder a la crisis bancaria: negarse a rescatar a los banqueros responsables de la crisis, expropiar los bancos sin indemnizar a los grandes accionistas y transferirlos al sector público con control ciudadano.

Grecia 2015

Desde el momento en que Tsipras y su equipo asumieron el gobierno, habría sido necesario actuar sobre los bancos. Mientras que el BCE tomaba la iniciativa para agudizar la crisis bancaria griega, habría sido necesario actuar a ese nivel aplicando el programa de Tesalónica, sobre la base del cual Syriza fue elegida el 25 de enero de 2015, que anunciaba: «Con Syriza en el gobierno, el sector público retoma el control del Fondo Helénico de Estabilidad Financiera y ejerce todos sus derechos sobre los bancos recapitalizados. Eso significa que toma las decisiones que conciernen a su administración.» Se debe saber que el Estado griego, por medio del Fondo Helénico de Estabilidad Financiera, era, en 2015, el accionista principal de los cuatro bancos principales del país, que representaban más del 85 % de todo el sector bancario griego. El problema es que, a pesar de las numerosas recapitalizaciones de los bancos griegos que se sucedieron desde octubre de 2008, el Estado no tenía ningún peso real en las decisiones bancarias ya que las acciones que poseía no le otorgaban derecho a voto. Ese problema podría haberse subsanado por medio de una decisión política que los gobiernos anteriores habrían debido tomar. Por lo tanto, era necesario que el parlamento, conforme a los compromisos de Syriza, transformase esas acciones llamadas preferenciales (que no dan derecho a voto), que estaban en manos de los poderes públicos, en acciones ordinarias que otorgan derecho a voto. Por consiguiente, de manera perfectamente normal y legal, el Estado habría podido ejercer sus responsabilidades y aportar una solución a la crisis bancaria.
   
Finalmente, se habrían tenido que tomar otras tres medidas importantes. En primer lugar, para hacer frente a la crisis bancaria y financiera agudizada por la actitud de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) que, desde diciembre de 2014, clamaban contra la quiebra de los bancos y por la decisión del BCE del 4 de febrero de 2015, el gobierno habría debido decretar el control de movimientos de capitales con el fin de poner fin a su fuga al exterior. En segundo lugar, era necesario reemplazar a Stournaras a la cabeza del Banco Central griego. En tercer lugar, el gobierno debería haber establecido un sistema de pagos paralelo.

La decisión de Tsipras y Varoufakis de no tocar a los bancos y de no suspender el pago de la deuda tuvo consecuencias funestas para el pueblo griego. Una ocasión histórica perdida. Y hay que evitar que ese fracaso se reproduzca.

Traducido por Griselda Pinero

Notas

[1] Período insurreccional de la historia de París que duró un poco más de dos meses, del 18 de marzo de 1871 a la «semana sangrienta» del 21 al 28 de mayo de 1871. Negándose a aceptar la capitulación de la burguesía francesa ante el ejército alemán que había alcanzado Versalles, el pueblo de París proclamó la Comuna de París, apoyado por la guardia nacional. Se tomaron medidas sociales radicales, en particular bajo el impulso popular. Se trata de una de las primeras revoluciones proletarias de la historia.

[2] Prosper-Olivier Lissagaray, La Comuna de París, Editorial Txalaparta, Tafalla (Nafarroa), 2004/2016

[3] Georges Beisson, «La Commune et la Banque de France», Association des Amies et Amis de la Commune de Paris 1871 http://www.commune1871.org/?La-Commune-et-la-Banque-de-France

[4] Georges Beisson, «La Commune et la Banque de France», Association des Amies et Amis de la Commune de Paris 1871 http://www.commune1871.org/?La-Commune-et-la-Banque-de-France

[5] - Prosper-Olivier Lissagaray, op. cit.

[6] - Los representantes de los grandes bancos de negocios de París que dirigían el Banco de Francia festejaron la derrota de la Comuna, concediendo a sus accionistas un dividendo de 300 francos por acción, contra los 80 francos de 1870

[7] Edward H. Carr, La revolución bolchevique 1917-1923. 2. El orden económico (II), Alianza editorial, Madrid, 1973 /1974…

[8] Nathan Legrand y Éric Toussaint. «3 de febrero de 1918 – 3 de febrero de 2018. Febrero de 1918 - Febrero de 2018: hace cien años, el repudio de la deuda rusa», http://www.cadtm.org/Febrero-de-1918-Febrero-de-2018. Para consultar una presentación más detallada del repudio de las deudas: Éric Toussaint, «Rusia: Origen y consecuencias del repudio de las deudas del 10 de febrero de 1918, https://www.cadtm.org/Rusia-Origen-y-consecuencias-del-repudio-de-las-deudas-del-10-de-febrero-de

[9] Isaac Joshua, Une trajectoire du Capital, Paris, Syllepse, 2006, p.19.


[11] Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff, Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera, S.L. Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2011.

[12] Patrick Saurin, «Pourquoi la socialisation du secteur bancaire est-elle préférable au système bancaire privé actuel ?», http://www.cadtm.org/Pourquoi-la-socialisation-du

[13] Benjamin Lemoine, L’ordre de la dette. Enquête sur les infortunes de l’État et la prospérité du marché, La découverte, París, 2016, p. 18

[14] Sobre los comienzos de la revolución cubana, Véase Fernando Heredia entrevistado por Éric Toussaint, Fernando Martínez Heredia entrevistado por Eric Toussaint:
«Cuba de 1959 a 1999 desde una perspectiva histórica», http://www.cadtm.org/Cuba-de-1959-a-1999-desde-una


[16] Patrick Saurin, op. cit.





lunes, 30 de diciembre de 2019

SOCIALIZAR LAS FINANZAS


Un artículo de J.W. Mason publicado originalmente en la revista Jacobin a finales de 2016. Una versión resumida de las medidas aquí propuestas fue incluida posteriormente por Jacobin en su editorial “The party we need”.

En términos elementales, las finanzas son mera contabilidad: un registro de obligaciones y compromisos monetarios. Sin embargo, las finanzas son también una forma de planificación: un conjunto de instituciones para organizar intereses sobre el reparto del producto social.

La fusión de estas dos funciones -contabilidad y planificación-, que obedecen a lógicas distintas, es tan antigua como el capitalismo y, durante casi tanto tiempo, ha soliviantado la conciencia burguesa. La creación de poder adquisitivo a través de préstamos bancarios es difícil de congeniar con la máxima ideológica del capitalismo de que los precios de mercado ofrecen una medida neutral de alguna realidad material preexistente. El fracaso manifiesto del capitalismo para ajustarse a esta idea de sistema natural ha sido atribuido, por los defensores de estas tesis, a la capacidad de los bancos (instigados por el Estado) para alejar los precios de mercado de sus verdaderos valores.

De alguna manera, separar estas dos funciones del sistema bancario - contabilidad y planificación-, es el hilo conductor de los  250 años de propuestas de reforma monetaria  de economistas burgueses, demagogos y chiflados. Podemos rastrearlo desde David Hume, quien creía que una "circulación perfecta" era una en la que el oro solo se usaba para pagos, y que dudaba de si los préstamos bancarios deberían permitirse en absoluto; a los defensores decimonónicos de un patrón oro estricto o de la doctrina de billetes reales (dos propuestas enfrentadas que supuestamente restaurarían la automaticidad a la creación de crédito bancario); a las propuestas de Proudhon de otorgar al dinero una base objetiva vinculada al tiempo de trabajo; a  los temores preconcebidos de Wicksell  sobre la inestabilidad de un sistema no regulado de dinero bancario; a las propuestas, a menudo revividas, de reservas bancarias al 100%; a las propuestas de Milton Friedman para una regla estricta de crecimiento de la oferta monetaria; a las fantasías de la ortodoxia actual de un banco central que siga una regla inviolable que emule la "tasa de interés natural".

Lo que todas estas admoniciones y propuestas tienen en común es que buscan restaurar la objetividad del sistema monetario; legislar para que existan los valores supuestamente reales que subyacen al precio del dinero. Buscan obligar al dinero a cumplir, de facto, sus presupuestos ideológicos: una medida objetiva del valor que refleja el valor real de las mercancías, libre de juicios de banqueros y políticos.

Los socialistas rechazamos esta fantasía. Sabemos que el desarrollo del capitalismo ha sido desde el principio un proceso de "financiarización"; de expansión de la esfera crediticia a todo ámbito de la actividad humana, y de representación del mundo social en términos de pagos y compromisos monetarios.

Sabemos que no hubo un mundo precapitalista de producción e intercambio sobre el cual el dinero, y luego el crédito, fueron superpuestos con posterioridad: las redes de crédito (de reclamos monetarios) son el sustrato sobre el que la producción de mercancías se ha desarrollado y organizado. Y sabemos que el excedente social bajo el capitalismo no es resultado de la asignación de los "mercados", como dicen los cuentos de hadas de los economistas. El excedente es el resultado de la asignación realizada por bancos y otras instituciones financieras, cuyas actividades son coordinadas por planificadores, no por mercados.

Aunque descentralizada en teoría, la producción de mercado está de hecho organizada a través de un sistema financiero altamente centralizado. Y donde existe algo así como mercados competitivos, es generalmente gracias a una extensa intervención estatal: desde leyes antimonopolio hasta toda la compleja maquinaria del Obamacare para apuntalar un mercado desvencijado como el de seguros de salud privado. Como reconocieron Marx y Keynes, la tendencia del capitalismo es hacia el desarrollo de formas de producción más colectivas y sociales, ampliando el dominio de la planificación consciente y disminuyendo el ámbito del mercado. (Un punto que también han entendido algunos economistas liberales más avispados y con una aproximación más histórica a los problemas). Preservar el mercado se convierte en un proyecto cada vez más utópico, que requiere una intervención cada vez más activa por parte del gobierno. Piensa en la vasta financiación, inversión y regulación públicas que son requeridas para la provisión "privada" de vivienda, educación, transporte, etc.

En un mundo en el que la producción se guía por una planificación consciente, pública o privada, simplemente no tiene sentido pensar que los valores monetarios reflejan el resultado objetivo de los mercados, o el crédito simplemente como un registro de flujos "reales" de ingresos y gastos.

Pero es muy difícil resistir a la "ilusión de lo real", como lo llama Perry Mehrling. Debemos recordar constantemente que los valores de mercado nunca han sido, y nunca podrían ser, una medida objetiva de las necesidades y posibilidades humanas. Debemos recordar que los valores medidos en dinero -precios y cantidades, producción y consumo- no tienen existencia independiente de las transacciones de mercado que les dan forma cuantitativa.
De aquí se sigue que el socialismo no puede describirse en términos de la cantidad de mercancías producidas o distribuidas. El socialismo es la emancipación de la forma mercancía. No se define por la disposición de cosas, sino por la condición del ser humano. Es la extensión progresiva del dominio de la libertad humana, de esa parte de nuestras vidas gobernada por el amor y la razón.

Muchos críticos de las finanzas ven éstas como el enemigo de un capitalismo más humano o auténtico. Esta es la crítica tanto de reformistas gerenciales que se oponen a las finanzas por ser un parásito de las empresas productivas (recuérdese el "soviet de ingenieros" de Veblen), como de populistas que odian las finanzas como el destructor de su pequeño capital, o de sinceros creyentes en la competencia de mercado que ven a las finanzas como receptores de rentas ilegítimas. En términos prácticos, hay mucho terreno común entre estas posiciones y un programa socialista. Pero no podemos aceptar la idea de que las finanzas sean una distorsión de algunos valores verdaderos de mercado naturales, objetivos o justos.

Las finanzas deben comprenderse como un momento más del proceso capitalista, integral a él, pero con dos caras contradictorias. Por un lado, están las finanzas como institución concreta que genera y hace cumplir compromisos crediticios a cualquier tipo de agente social -personas, empresas, Estados-. Desde este punto de vista, su rol es extender y mantener la lógica de la producción de mercancías. (Los préstamos estudiantiles refuerzan la disciplina del trabajo asalariado, la deuda soberana mantiene la división internacional del trabajo).

Sin embargo, por otro lado, el sistema financiero es también donde la planificación consciente toma su forma más desarrollada bajo el capitalismo. Los bancos son, en palabras de Schumpeter, el equivalente privado de Gosplan, la agencia de planificación soviética. Sus decisiones de préstamo determinan qué nuevos proyectos obtendrán una parte de los recursos de la sociedad, e imponen (o  infligen) el "juicio del mercado" sobre otras.

Un programa socialista debe responder a estas dos caras de las finanzas. Nos oponemos al poder de las finanzas para reducir progresivamente el grado en que nuestras vidas se organiza en torno a la acumulación de dinero. Pero abrazamos la planificación ya inherente a las finanzas porque queremos expandir el dominio de la elección consciente y reducir el dominio de la necesidad ciega.

El desarrollo de las finanzas revela el desplazamiento progresivo de la coordinación del mercado en favor de la planificación. Capitalismo significa producción para obtener beneficio; pero, en la realidad concreta, los criterios de beneficio siempre están subordinados a los criterios financieros. El juicio del mercado solo tiene fuerza en la medida en que sea ejecutado por las finanzas. El mundo está lleno de negocios cuyos ingresos exceden sus costes, pero se ven obligados a reducir volumen o cerrar debido a las exigencias financieras en su contra. El mundo también está lleno de negocios que operan durante años, o indefinidamente, con costes que exceden sus ingresos, gracias a su acceso a la financiación. Las instituciones que toman estas decisiones de financiación lo hacen en función de su propio juicio subjetivo, y limitado solo en última instancia por los términos establecidos del banco central, y no por unos criterios objetivos de valor.

Existe una contradicción básica entre el principio de competencia y el de finanzas. Se supone que la competencia es una forma de selección natural: las empresas que obtienen ganancias las reinvierten y crecen, mientras que las empresas que pierden no pueden invertir y merman, hasta finalmente desaparecer. Se supone que esto es una gran ventaja de los mercados sobre la planificación. Pero el objetivo de las finanzas es romper este vínculo entre las ganancias de ayer y las inversiones de hoy. El excedente pagado en forma de dividendos e intereses está disponible para la inversión en cualquier lugar de la economía, no solo donde se generó.

Y viceversa, hay empresarios que pueden emprender nuevos proyectos que nunca han sido rentables en el pasado si pueden convencer a alguien para que los financien. La competencia mira hacia atrás: los recursos de hoy dependen de cómo te haya ido en el pasado. Las finanzas miran a futuro: los recursos de hoy dependen de cómo (¡alguien!) se espera que lo hagas en el futuro. Por lo tanto, a diferencia de la idea de que las empresas triunfan o fracasan por selección natural, las empresas predilectas de las finanzas - desde  Amazon  hasta  Uber  y toda la manada de unicornios -, pueden invertir y crecer indefinidamente sin tener beneficios. Se supone que esto también es una gran ventaja de los mercados.

En el mundo sin fricciones imaginado por los economistas, la primacía de las finanzas sobre la competencia ya se ha llevado al límite. Las empresas no controlan ni dependen de su propio excedente. Todo el excedente se asigna de manera centralizada por los mercados financieros. Todos los recursos para la inversión provienen de los mercados financieros y todos los beneficios regresan inmediatamente a ellos en forma de dinero. Esto tiene dos implicaciones contradictorias. Por un lado, elimina cualquier consideración de la empresa como organismo social, de la actividad que realiza para reproducirse, de su búsqueda de fines distintos a la ganancia máxima para sus "dueños".

De hecho, la empresa nace nueva cada día por el beneplácito de quienes la financian. Pero, por la misma razón, la lógica de la maximización de los beneficios pierde su base objetiva. El proceso cuasi evolutivo de la competencia deja de funcionar si los propios beneficios de la empresa ya no son su fuente de inversión, sino que fluyen hacia un fondo común. En este mundo, qué empresas crecen y cuáles fracasan depende de las decisiones de los planificadores financieros que asignan capital a cada una de ellas.

La contradicción entre producción de mercado y finanzas socializadas se agudiza a medida que los propios fondos financieros se unen o se vuelven más homogéneos. Este fue un punto clave para los marxistas de inicios del siglo pasado como  Hilferding  (y Lenin), pero también está detrás del alboroto reciente  en la prensa económica  por el aumento de los fondos indexados. Estos fondos tienen acciones de todas las empresas que pertenecen a un determinado índice; a diferencia de los fondos administrados activamente, que tratan de invertir en la empresa que se cree irá mejor, éstos tienen acciones en muchas compañías que compiten entre sí.

Según un estudio reciente, "la probabilidad de que dos empresas seleccionadas al azar en el S&P 1500 de la misma industria tengan un accionista común con al menos un 5% de participación en ambas aumentó de menos del 20% en 1999 a alrededor del 90% en 2014". El problema es obvio: si las empresas trabajan para sus accionistas, ¿por qué competirían entre sí si sus acciones están en manos de los mismos fondos?

Obviamente, una  solución propuesta  es una mayor intervención estatal para preservar la forma de los mercados, limitando o desfavoreciendo la propiedad accionarial a través de fondos. Otra respuesta, y quizás la más lógica, sería: si ya confiamos en los corporate managers para ser fieles representantes de la clase rentista en su conjunto, ¿por qué no dar el siguiente paso y convertirlos en representantes de la sociedad en general?

Además, los términos sobre los cuales el sistema financiero redirige el capital son fijados en última instancia por el banco central. Sus decisiones -la política monetaria en sentido estricto, pero también la regulación financiera o los rescates durante de la crisis a entidades- determinan no solo el ritmo de expansión del crédito sino también el criterio de rentabilidad mismo. Esto es muy evidente en las crisis, pero también está implícito en la política monetaria rutinaria. A menos que los reducidos tipos de interés conviertan a algunos proyectos previamente no rentables en rentables, ¿cómo sino podrían salir adelante?

Al mismo tiempo, la legitimidad del sistema capitalista -la justificación ideológica de su evidente injusticia y desperdicio- proviene de la idea de que los resultados económicos están determinados por "el mercado" y no por la elección de nadie. Por lo tanto, la función de planificación del banco central debe mantenerse fuera de la vista.

Los propios banqueros centrales son muy conscientes del papel que juegan. A principios de la década de 1980, cuando la Reserva Federal cambió su principal instrumento de política monetaria, sus responsables se preocuparon  por que su elección preservara la ficción de que eran los mercados los que establecían el tipo de interés. Como dijo el gobernador de la Fed, Wayne Angell, era esencial elegir una técnica que "tuviera el camuflaje de las fuerzas del mercado en acción".

Los libros de texto de la economía dominante describen de manera explícita la trayectoria a largo plazo de las economías capitalistas en términos de un planificador ideal, que determina la producción y precios para toda la eternidad con el fin de maximizar el bienestar general. La contradicción entre esta visión macro y la ideología de la competencia de mercado queda relegada por la suposición de que a largo plazo esta trayectoria es la misma que la "natural" de un mercado competitivo perfecto sin dinero ni bancos.

Fuera del mundo académico es más difícil mantener la fe en que los planificadores del banco central eligen de manera infalible los resultados que el mercado debería haber alcanzado por sí mismo. Muchas críticas a los bancos centrales provenientes de la derecha -y también de la izquierda- entienden claramente que los bancos centrales se dedican a una planificación activa, pero lo consideran intrínsecamente ilegítimo. Su creencia en los resultados “naturales” del mercado les lleva a las fantasías de retorno a un patrón monetario independiente del juicio humano: ya sea el oro o el bitcoin.

Los socialistas, que vemos a través de la fachada del supuesto juicio experto neutro de los banqueros centrales y reconocemos su estrecha asociación con las finanzas privadas, podríamos vernos tentados por ideas similares. Pero el camino hacia el socialismo va por otro lado. No buscamos organizar la vida humana en una red objetiva de valores de mercado, libre de la influencia distorsionante de las finanzas y los bancos centrales. Más bien buscamos sacar a la luz la planificación consciente que ya existe, convertirla en terreno de la política y dirigirla hacia la satisfacción de las necesidades humanas, y no hacia el refuerzo de las relaciones de dominación. En resumen: socializar las finanzas.

En el contexto de los Estados Unidos, el análisis anterior sugeriría un programa de transición tal vez en las siguientes líneas:

Desmercantilizar el dinero

Aunque no haya forma de separar el dinero y los mercado de las finanzas, eso no significa que las funciones rutinarias del sistema monetario deban ser una fuente de beneficios privados. Migrar la responsabilidad de las infraestructuras monetarias elementales a organismos públicos o semipúblicos es una reforma no-reformista: aborda algunos de los abusos manifiestos e inestabilidad del sistema monetario existente al tiempo que abre el camino hacia transformaciones más profundas.

En particular, esto podría implicar:

1. Un sistema de pagos públicos.

En un pasado no muy lejano, si alguien quería dar algo de dinero a cambio de un bien o servicio, no teníamos que pagar a un tercero por el permiso para realizar el intercambio. Sin embargo, con el reemplazo del efectivo por cargos electrónicos, los pagos rutinarios se han convertido en una fuente de beneficio. Las transacciones y el resto de la fontanería rutinaria del sistema de pagos debe ser un monopolio público, al igual que la moneda.

2. Banca postal.

Los servicios bancarios deberían proporcionarse igualmente a través de las oficinas de correos, como en muchos otros países. Las transacciones rutinarias entre cuentas (verificar y guardar) son un servicio que puede ser proporcionado directamente por el Estado.

3. Calificaciones de crédito públicas, tanto para bonos como para individuos.

Esta información debe estar ampliamente disponible para realizar su función; incluso es un elemento importante para la provisión pública dentro de la lógica del capitalismo. Ello implica además desafiar la función coercitiva y disciplinaria que, cada vez más, realizan las agencias privadas de calificación crediticia en Estados Unidos.

4. Financiación pública de la vivienda.

Las hipotecas para primeras viviendas son otra área donde una pátina de transacciones de mercado oculta un sistema que ya es sustancialmente público. El mercado hipotecario a treinta años es totalmente una creación de la regulación, es mantenido por los creadores de mercado públicos, y los organismos públicos son, en gran medida, los prestamistas de última instancia. Los socialistas no tenemos especial interés en el cultivo de una sociedad de pequeños propietarios a través de la propiedad de la vivienda; pero mientras el Estado lo haga, exigimos que sea de manera abierta y directa en lugar de disfrazarse de transacciones privadas.

5. Pensiones de jubilación públicas.

Ahorrar para la jubilación, junto con la vivienda, es donde el Estado hace más por fomentar lo que  Gerald Davis llama la "ficción de capital": concebir la relación de cada uno con la sociedad en términos de propiedad de activos.

Pero aquí, a diferencia de la propiedad de la vivienda, la provisión social bajo la apariencia de sistema financieros ha fallado incluso en sus propios términos. Muchos hogares de clase trabajadora en los Estados Unidos y en otros países ricos sí tienen sus casas en propiedad, pero solo un pequeño porcentaje puede acceder a una pensión digna solo con el ahorro privado. Del mismo modo, los sistemas públicos de pensiones están mucho más desarrollados que la provisión pública de vivienda. Esto sugiere apostar por la eliminación de programas existentes que fomentan el ahorro privado para la jubilación y por una gran expansión de la Seguridad Social y sistemas similares de seguro social.

Contención de las finanzas

No es tarea de los socialistas mantener al gran casino funcionando plácidamente. Pero mientras existan instituciones financieras privadas, no podemos evitar la cuestión de cómo regularlas. Históricamente, la regulación financiera a veces ha tomado la forma de "contención financiera", en la cual los tipos de activos que poseen las instituciones financieras son decretados sustancialmente por el Estado.

Esto permite que el crédito se dirija de manera más efectiva a la inversión socialmente útil. Lo cual también permite mantener bajos tipos de interés en el mercado, que - en un contexto de inflación mayor- disminuye tanto la carga de la deuda como el poder de los acreedores. El sistema financiero liberalizado ya tiene  críticos muy elocuentes; no es necesario duplicar su trabajo con una propuesta de reforma detallada, pero podemos exponer algunos principios generales:

1. Si no está permitido, está prohibido.

La regulación eficaz siempre ha consistido en especificar funciones para cada institución, y prohibir cualquier otra cosa. De lo contrario, es demasiado fácil escometar la norma con algo que es formalmente diferente pero sustancialmente equivalente. Los bancos centrales también necesitan este tipo de regulación para controlar el flujo de crédito, con independencia de que continúen o no siendo los principales impulsores de la demanda agregada

2. Proteger las funciones, no las instituciones.

El poder político de las finanzas se deriva de su capacidad de poner en peligro la contabilidad social rutinaria y la seguridad de los pequeños propietarios. ("¡Si no rescatamos a los bancos, los cajeros automáticos cerrarán! ¿Qué pasa con mi pensión?")

Mientras las instituciones financieras privadas desempeñen funciones socialmente necesarias, la política debe dirigirse a preservar esas funciones, y no las instituciones que las realizan. Esto significa que las intervenciones deben ser lo más cercanas posible al usuario final (no financiero), y no en el ámbito del tejemaneje bancario. Un ejemplo en esta línea: el sistema de garantía de depósito.

3. Requerir grandes tenencias de deuda pública.

La amenaza de especuladores contra los bonos del gobierno federal estadounidense ha sido exagerada; así lo demostró, por ejemplo, la farsa del techo de deuda y la rebaja crediticia de 2012. Pero para los gobiernos más pequeños -incluidos los gobiernos estatales y locales en los Estados Unidos- no es tan fácil ignorar a los mercados. Las grandes tenencias de deuda pública reducen además la frecuencia y gravedad de las crisis financieras cíclicas que son, perversamente, una de las principales formas en que se mantiene el poder social de las finanzas.

4. Controlar los niveles de deuda con menores tipos de interés y mayor inflación.

El apalancamiento de los hogares en los Estados Unidos ha aumentado dramáticamente en los últimos treinta años; algunos creen que esto se debe a que se recurrió al endeudamiento para elevar los niveles de vida ante el estancamiento o la disminución de los ingresos reales.

Pero este no es el caso; el crecimiento más lento de los ingresos simplemente ha significado un crecimiento más lento del consumo. O, mejor dicho,  la causa principal  del aumento de la deuda de los hogares en los últimos treinta años ha sido la combinación de baja inflación y elevados tipos de interés para los hogares de manera continuada. En cambio, la forma más efectiva de reducir la carga de la deuda -para los hogares, y también para los gobiernos- es mantener bajos tipos de interés y, al mismo tiempo, permitir una mayor inflación.

Corolario: podemos rechazar cualquier reclamo moral en favor de las rentas derivadas de esos intereses. No hay derecho a ejercer ningún reclamo sobre el trabajo de otros derivado de la propiedad de activos financieros.Que la prestación privada de servicios socialmente necesarios como los seguros y las pensiones se vea socavada por los bajos tipos de interés, es un argumento para trasladar estos servicios al sector público, no para aumentar las exigencias de los rentistas.

Democratizar los bancos centrales

Los bancos centrales siempre han sido planificadores centrales. Las decisiones sobre tipos de interés y los términos en los cuales las instituciones financieras son reguladas y rescatadas, inevitablemente condiciona la rentabilidad, así como la dirección y nivel de actividad productiva. Este papel se ha ocultado detrás de una ideología que imagina que el banco central se comporta de manera automática, de acuerdo con una regla que de alguna manera reproduce el comportamiento "natural" de los mercados.

Las propias actuaciones de los bancos centrales desde 2008 han dejado esta ideología en ruinas. La respuesta inmediata a la crisis ha obligado a los bancos centrales a intervenir más directamente en los mercados de crédito, a comprar una gama más amplia de activos e incluso a reemplazar a las instituciones financieras privadas para prestar directamente a las empresas no financieras. Desde entonces, el fracaso de la política monetaria convencional ha obligado a los bancos centrales a asumir involuntariamente una gama más amplia de intervenciones, canalizando directamente el crédito hacia los prestatarios seleccionados.

Este giro hacia la "política crediticia" supone admitir, a regañadientes y forzados por los acontecimientos, que la anarquía de la competencia es incapaz de coordinar la producción. Los bancos centrales no pueden, como imaginan los libros de texto, estabilizar el sistema capitalista pulsando un simple botón con la etiqueta "oferta monetaria" o "tipo de interés". Su propio juicio debe sustituir al resultado del mercado en una amplia y creciente gama de mercados de activos y crédito.

El desafío ahora es politizar a los bancos centrales: hacerlos objeto de debate público y presión popular. En Europa, los bancos centrales nacionales serán un terreno central de disputa para el próximo gobierno de izquierda que busca romper con la austeridad y el liberalismo. A pesar de la percepción errónea de la centralización de funciones en el Banco Central Europeo (BCE), los bancos centrales nacionales todavía ejecutan muchas de sus antiguas funciones.

En Estados Unidos podemos renunciar definitivamente a la idea de la política monetaria como dominio exclusivo de la pericia tecnocrática, y poner de manifiesto su programa de mantener un elevado desempleo para frenar el crecimiento salarial y el poder de los trabajadores. Como propuesta en positivo, podríamos exigir que la Fed use tenazmente su autoridad legal existente para comprar deuda municipal, privando a los rentistas de su poder sobre gobiernos locales con limitaciones financieras (como Detroit o Puerto Rico); y, con carácter general, atenuar el poder de "los mercados de deuda" que actúan como restricción de las políticas populares a nivel estatal y local. En definitiva, los bancos centrales deberían ser responsables de redirigir activamente el crédito hacia fines socialmente útiles.

Desempoderar a los accionistas

El capitalismo realmente existente consiste en limitados flujos de transacciones de mercado que fluyen entre grandes áreas no de mercado. Una función central de las finanzas es actuar como el arma en manos de la clase capitalista para hacer cumplir la lógica del valor en estas estructuras no de mercado. Las demandas de los accionistas sobre empresas no financieras y las de tenedores de bonos sobre los gobiernos nacionales aseguran que todos estos dominios de la actividad humana permanezcan subordinados a la lógica de la acumulación. Queremos defensas más fuertes contra estas demandas; no porque tengamos fe en el capitalismo productivos o las burguesías nacionales, sino porque ocupan el espacio en el que la política es posible.

En particular, deberíamos apoyar a las empresas frente a los accionistas. La empresa, como Marx señaló hace mucho tiempo, es "la abolición del modo de producción capitalista dentro del propio modo de producción capitalista". Dentro de la empresa, la actividad se coordina a través de planes, no de mercados; y la orientación de esta actividad es hacia la producción de un valor de uso particular en lugar de dinero como tal.

"La tendencia de la gran empresa", escribió Keynes, "es a socializarse". La función política fundamental de las finanzas es mantener esta tendencia bajo control. Sin la amenaza de adquisición y la presión de los accionistas, la empresa se convierte en un espacio donde los trabajadores y otras partes interesadas pueden cuestionar el control sobre la producción y el excedente que genera; una posibilidad que los capitalistas nunca pierden de vista.

Huelga decir que esto no implica ningún apego a los individuos particulares en lo alto de la jerarquía empresarial, que en la actualidad son frecuentemente rentistas reales o potenciales sin ninguna conexión orgánica con el proceso de producción. Más bien, es el reconocimiento del valor de la empresa como organismo social; como un espacio estructurado por relaciones de confianza y lealtad, con motivaciones de "conciencia profesional"; y como el lugar de la planificación consciente de la producción de valores de uso.

El papel de las finanzas con respecto a la empresa moderna no es proporcionarle recursos para la inversión, sino garantizar que su orientación hacia la producción como fin en sí mismo esté en realidad subordinada a la acumulación de dinero.

Resistir esta presión no es un sustituto de otras luchas, como las que afectan al proceso de trabajo o el reparto de recursos y autoridad dentro de la empresa. (La historia da muchos ejemplos de producción de valores de uso como un fin en sí mismo que se lleva a cabo bajo condiciones tan coercitivas y alienadas como en la producción con fines de beneficio). Pero resistir la presión de las finanzas crea más espacio para esas luchas y para la evolución del socialismo dentro de la forma corporativa.

Cerrar las fronteras al dinero (y abrirlas a la gente)

Del mismo modo que el poder accionarial impone la lógica de la acumulación a las empresas, la movilidad del capital hace lo mismo con los Estados. En las universidades, se escucha la supuesta eficiencia de la libre circulación de capitales, pero en el ámbito político se escucha más su poder para "disciplinar" a los gobiernos nacionales. La amenaza de fuga de capitales y crisis de balanza de pagos protege a la lógica de la acumulación frente a las incursiones de los gobiernos nacionales.

Los Estados pueden ser vehículos para el control consciente de la economía solo en la medida en que los reclamos financieros transfronterizos sean limitados. En un mundo donde los flujos de capital son amplios y sin restricciones, la actividad concreta de producción y reproducción debe ajustarse constantemente a los caprichos cambiantes de los inversores extranjeros.

Esto es incompatible con cualquier estrategia para el desarrollo de las fuerzas de producción a nivel nacional; todos los casos exitosos de industrialización tardía han dependido de la redirección consciente del crédito a través del sistema bancario nacional. Aún más, el requisito de que la actividad real se acomode a los flujos financieros transfronterizos es incompatible incluso con la reproducción estable del capitalismo en la periferia. Hemos aprendido esta lección muchas veces en América Latina y en otras partes del Sur, y la estamos aprendiendo de nuevo en Europa.

Por lo tanto, un programa socialista sobre finanzas debe incluir el apoyo a los esfuerzos de gobiernos nacionales por desvincularse de la economía global y por mantener o recuperar el control sobre sus sistemas financieros. Hoy en día, tales esfuerzos están a menudo vinculados a políticas de racismo, nativismo y xenofobia que debemos rechazar sin compromiso. Pero es posible avanzar hacia un mundo en el que las fronteras nacionales no representen un obstáculo para las personas y las ideas, sino que limiten el movimiento de bienes y sean barreras imposibles de alcanzar para demandas financieras privadas.

En Estados Unidos y otros países ricos, también es importante oponerse a cualquier uso de la autoridad, legal o no, de nuestros propios Estados para hacer cumplir las demandas financieras contra Estados más débiles. Argentina  y  Grecia , por tomar dos ejemplos recientes, no fueron forzados a aceptar los términos de sus acreedores por las acciones de particulares dispersos en los mercados financieros, sino respectivamente por las acciones del Juez Griesa del Segundo Circuito de EE.UU. y Trichet y Mario Draghi del BCE. Para que los estados periféricos fomenten el desarrollo y sirvan como vehículo para la política popular, deben aislarse de los mercados financieros internacionales. Pero el poder de esos mercados proviene en última instancia de los cañones, figurativos o literales, mediante los cuales se imponen las demandas financieras privadas.

En relación a los Estados fuertes, los mercados no tienen poder excepto sobre el imaginario. Como hemos visto repetidamente en los últimos años, más dramáticamente en el sainete del límite de deuda de 2011-2013, no hay especuladores al acecho; los términos sobre los cuales los gobiernos se endeudan están completamente determinados por su propia autoridad monetaria. Todo lo que se necesita aquí para acabar con el poder del mercado de deuda es simplemente reconocer que ya no tiene poder alguno.

En resumen, deberíamos rechazar la idea de las finanzas como la intrusión en un orden de mercado preexistente. Debemos resistir al poder de las finanzas como ejecutor de la lógica de la acumulación. Y deberíamos reclamar como espacio para una política democrática la planificación social ya realizada a través de las finanzas.

Es profesor de economía en el John Jay College, en Nueva York y en el Instituto Roosevelt
Fuente:
https://www.jacobinmag.com/2016/11/finance-banks-capitalism-markets-socialism-planning
Traducción:
Andrea Maler