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lunes, 12 de marzo de 2018

¿EEUU LANZA UNA GUERRA CONTRA LA CORRUPCIÓN O CONTRA LAS ALTERNATIVAS AL NEOLIBERALISMO??




Silvina M. Romano

ALAI AMLATINA, 12/03/2018.- El problema de América Latina es la corrupción, pero no la corrupción “a secas”, sino especialmente aquella asociada a los gobiernos progresistas o posneoliberales1. Lo aseveran los think-tanks, los asesores de Instituciones Financieras Internacionales (IFI) y voces expertas sobre lo que “sucede” en la región2. Lo advertía John F. Kelly, ex Comandante del Comando Sur de los EEUU y hoy Jefe de Gabinete de Trump3. Aseguran que los gobiernos progresistas se abusaron de los pobres para enriquecer a un puñado de funcionarios de gobierno corruptos. Agrandaron el Estado y lo repolitizaron, intervinieron en la economía y revalorizaron lo público, con el único objetivo de “saquearlo” luego. Privilegiaron la utilización de influencias y fondos públicos para beneficio personal y recurrieron a los poderes del Estado para evitar la rendición de cuentas. Desde esta perspectiva, los funcionarios y políticos involucrados en gobiernos progresistas que exaltaron ese derrotero, son por definición corruptos y además ineficientes. Son incapaces de manejar al Estado como a una empresa privada, poniendo en riesgo el rumbo de la economía y (supuestamente) del Estado en su totalidad4. Esta serie de argumentos son los que urden la trama de un sentido común reproducido por las derechas y la prensa hegemónica desde hace varios años y que ha contribuido al menos a dos fenómenos: el primero y de corto-mediano plazo, es el de la “judicialización de la política” desde arriba; el segundo es el de la despolitización de la política, el desprecio por “lo público” y el prejuicio respecto de lo estatal como ineficiente.

El hecho de que este relato haya devenido en “sentido común”, de que haya calado profundo en la opinión pública, no es fruto de una campaña mediática particular, o el resultado “inminente” del retorno de gobiernos de derecha. Tampoco obedece únicamente a factores coyunturales. Por el contrario, forma parte de un proceso histórico que encuentra parte de sus raíces en el ajuste estructural implementado en América Latina a partir de la década de los ’80 y que tuvo como actores principales a las IFI y a las agencias bilaterales del gobierno estadounidense. La “modernización” del Estado, que tenía por objetivo una mayor eficacia y eficiencia para acabar con la corrupción y el favoritismo, fue argumento clave para el adelgazamiento/desaparición y desprestigio de lo público en virtud de lo privado. El Consenso de Washington puede ser un ejemplo de sistematización de tales premisas como lineamientos para la acción de gobiernos dedicados a procurar que el Estado se subsumiera a las necesidades del sector privado. La empresarialización del Estado5.

Las reformas judiciales

Uno de los sectores en los que se intervino tempranamente para la “modernización del Estado” fue el judicial. Tuvieron especial protagonismo los organismos de “asistencia para el desarrollo” bilaterales y multilaterales, como la USAID y el BID.6 Este asesoramiento en la transformación de los aparatos judiciales constituye un eslabón más en una cadena de relaciones dependientes y asimétricas establecidas por la dinámica y normativas inscritas en la asistencia para el desarrollo (al menos desde la Guerra Fría hasta la actualidad)7. El objetivo era lograr la “buena gobernanza” por medio de una reorganización del Estado, ajustando las leyes e instituciones a las normativas internacionales que permitieran el flujo de inversión extranjera directa y el acceso a mercados “sanos”. Debía garantizarse un “buen funcionamiento” de las instituciones para garantizar el desarrollo8.

Guatemala fue uno de los mayores receptores de asistencia para la reforma judicial, tras la firma de los Acuerdos de Paz. Fluyeron asesores, recursos para infraestructura e informática y el “know how” de la experiencia en países centrales, particularmente en EEUU9. El resultado fue una reforma superficial, en el plano de lo técnico, con una fuerte dependencia de la asesoría y fondos provenientes del extranjero. Los avances a partir de la creación de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (desde el juicio al dictador Ríos Montt hasta el Caso la Línea)10 se ven limitados por estar enmarcados en un Estado que en términos generales representa los intereses de una minoría privilegiada (tanto la vieja oligarquía como los nuevos empresarios) asociada directa o indirectamente a un Estado contrainsurgente y genocida. Un Estado ausente en materia de bienestar socio-económico para las mayorías, que nunca fue refundado11. Un Estado que, desde 1954 hasta la actualidad, sigue dependiendo de los lineamientos, recomendaciones y financiamiento del sector público-privado estadounidense y las agencias de asistencia para el desarrollo de otros países centrales. Guatemala es un país condenado por la opinión pública internacional debido a la corrupción y la violencia, pero de ningún modo se lo coloca como el peor caso. Por el contrario, la corrupción es particularmente “grave” en aquellos Estados donde hubo o están vigentes procesos de cambio de la mano de gobiernos posneoliberales, notándose una mayor presión local e internacional para una judicialización de la política desde arriba.

Un caso clave es el de Bolivia, país que recibió un importante flujo de asistencia de la USAID en los ’80 y ’90, entre otros rubros, para la reforma judicial. Estos fondos tendieron a beneficiar a gobiernos y sectores altamente corruptos y que trabajaron sistemáticamente en desmedro del bienestar de las mayorías12. Con la llegada del MAS y la refundación del Estado, se llevaron a cabo reformas estructurales, incluida la democratización del aparato judicial: es el único país de América Latina donde los representantes judiciales son elegidos en las urnas. Sin embargo, sigue fluyendo asistencia, en particular proveniente de la National Endowment for Democracy (NED) en el rubro de “reforma jurídica” a través de fundaciones13.

Una de las últimas campañas desatadas contra el MAS, previa al referéndum de febrero de 2015, se centró en la difamación y desmoralización del gobierno de turno por “corrupción y tráfico de influencias”, sin pruebas fehacientes. Sin proceso legal adecuado, se manufacturó el “caso Zapata”. La red de intereses tejida entre la prensa local, fundaciones, think tanks y voces expertas hicieron campaña destacando la corrupción como principal atributo del gobierno de MAS. Luego del debido proceso judicial, se mostró que las acusaciones al presidente y ministros de gobierno eran falsas, pero el Caso Zapata influyó para que buena parte de la ciudadanía se inclinara por el NO al momento del referendum14. Se desvió la batalla política al campo judicial.

Brasil es sin dudas el paradigma de la judicialización de la política desde arriba, como parte de una campaña mediática, política y empresarial orientada (aparentemente) a combatir la corrupción, pero que tiene por objetivo destruir la imagen del Partido de los Trabajadores y “expulsar de la política” a sus principales líderes. El impeachment a Dilma Rousseff muestra el modo en que opera un aparato judicial intervenido desde fuera. El Juez Moro, líder del Lava Jato, fue uno de los “mejores alumnos” de los cursos de capacitación realizados por el Departamento de Justicia estadounidense para funcionarios judiciales latinoamericanos en el 2009, en el marco del “programa Puentes”15. Técnicas de recolección de información como la “delación premiada”, así como el espionaje (intervención de líneas telefónicas, mails, etc.) a funcionarios públicos o burós privados de abogados, parecen formar parte del know how adoptado. El juicio a Lula da Silva es otra muestra: considerando el modo en que “apresuraron” su expediente frente a otros casos, la ausencia de pruebas y la campaña mediática que lo cubrió16, da cuenta del modo en que EEUU y las derechas de América Latina están recurriendo a la “justicia” como arma para una guerra librada contra la política de gobiernos y procesos progresistas. Es “lawfare”, la guerra jurídica17.

Lucha contra la corrupción”

Esta guerra contra la corrupción se equipara a la guerra librada contra las drogas (íntimamente vinculadas a los intereses del sector público-privado de EEUU): más allá de los protocolos y discursos políticamente correctos, apuntan a aniquilar sectores, grupos, líderes y procesos que disputan con mayor o menor fuerza y/o éxito alternativas al neoliberalismo (por ejemplo: que obstaculizan el flujo de combustibles y materiales estratégicos, que amenazan el acceso a mercados y la rentabilidad de las inversiones). Para ello, se presenta como objetivo de mediano-largo plazo la anulación de lo político, la despolitización del Estado, evitar ante todo su intervención en la economía, lograr que devenga en un ente técnico subsumido a las reglas del mercado. Se promueve que sea dirigido por tecnócratas o empresarios capaces de vaciarlo de soberanía, apartarlo de la causa de las mayorías. Hacerlo más eficiente para el sector privado.

Este es el objetivo de la “lucha contra la corrupción” librada desde los medios hegemónicos, think-tanks, fundaciones y gobiernos como el de EEUU, que exportan un modelo de democracia y gobernabilidad que nada tiene que ver con la inclusión política, económica, cultural y social de mayorías históricamente postergadas. Es la democracia de una “clase media” (imposible de ser definida) cuya única causa sería la de “instituciones transparentes”, “índices de violencia cero” y “cárcel para todos los corruptos, para todos los políticos”. La democracia de una sociedad que (aparentemente) desea ser gobernada por empresarios y tecnócratas que no tengan “nada que ver” con la política. Así, en los discursos contra la corrupción, la “delincuencia” y “los criminales”, se va reforzando la urdimbre de la ideología dominante, alimentada por la “frustración” generada por gobiernos que (aparentemente) traicionaron a sus pueblos. Unido a este relato, resurge con fuerza el neoliberalismo, un camino que ya hemos transitado en América Latina, que garantiza la salud de los mercados y la profundización de la miseria, injusticia y violencia ¿y quién se atrevería a afirmar que ese rumbo (¡ya transitado!) está exento de corrupción?

----Silvina M. Romano es Dra. en Ciencia Política. Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, Universidad de Buenos Aires.

Artículo publicado en la Revista de ALAI América Latina en Movimiento 531, marzo 2018 La corrupción: Más allá de la moralina


jueves, 24 de noviembre de 2016

EEUU Y AMÉRICA LATINA MÁS ALLÁ DE TRUMP




24/11/2016

Parece que ahora “todas las desgracias” que sobrevendrán serán debido a que Trump llegó a la presidencia. En lugar de acomodarnos en esta afirmación (aunque exista algo de cierto en ella), conviene comprender que hay un escenario y un proceso en el que ha sido elegido presidente: el de una retórica de libertad, igualdad y democracia repetida como mantra por el neoliberalismo, pero que contrasta con el empeoramiento de las condiciones de vida no sólo en EEUU sino a nivel global[1]. Trump se posicionó como “diferente” a los apologistas del establishment neoliberal, pero lo cierto es que no es antisistema ni tampoco revolucionario[2] (en efecto, los posibles Secretarios del Tesoro son todos millonarios y CEOs vinculados a Goldman Sachs, JPMorgan, etc.)[3]. Carecemos de certezas con respecto a lo que hará en materia de política exterior (más allá de la retórica de campaña electoral), pero hay una especie de consenso respecto de los peligros que implica Trump para América Latina. Esta  opinión, bastante homogénea por parte de los medios[4], nos lleva a visualizar procesos de larga data que parecen dejarse de lado o que quedan opacados por el triunfo de Trump:

La construcción de un muro en la frontera con México: parece que eso quedó en un segundo plano luego de la visita de Trump a México y lo afirmado en su primera entrevista como presidente. Sin embargo, se olvida que desde 1994 EEUU ha instalado vallas que hoy alcanzan 1.100 km de la frontera con México y que los operativos de control en la frontera y en territorio de EEUU han implicado la muerte de migrantes, miles de deportaciones y encarcelamientos. De modo que el muro sería “una cosa más” para preocuparnos, pero solo es la punta de un iceberg que da cuenta de una dinámica perversa en la que se oculta la funcionalidad de los migrantes en tanto fuerza de trabajo barata y descartable en el contexto de un sistema que explota al máximo las desigualdades entre centros y periferias.

Deportaciones masivas: La promesa es deportar a 11 millones de personas. Esto implicaría un fenomenal recorte de las remesas que reciben los Estados latinoamericanos (65.000 millones de dólares anuales). Lo que no se cuestiona es por qué esta gente (miles) tienen que irse de sus países: la falta de trabajo digno en las ciudades, las condiciones paupérrimas de vida en las zonas rurales, la violencia ejercida desde Estados que no se ocupan de garantizar las necesidades básicas de la mayoría de la población, etcétera. A modo de ejemplo, es claro que la deportación de miles de guatemaltecos es algo terrible ¿pero no es igualmente escandaloso que sean los migrantes guatemaltecos los que “mantienen la macroeconomía del país?”[5] Se trata de un gobierno cooptado por elites corruptas, que hace décadas se alinean a los intereses del establishment estadounidense, sumisión materializada en la firma de acuerdos económicos y de seguridad con ese país. Por otra parte, en su primera entrevista como presidente, Trump pasó a una versión más edulcorada, asegurando que “solo” deportará a los que tengan historiales criminales y delictivos: “los vamos a sacar del país o a encarcelar”[6]. De modo que continuará (sin dudas con mayor énfasis) con la política que se viene implementando desde hace décadas en EEUU: deportación[7] y complejo industrial carcelario para la población más vulnerable, destacando migrantes y afrodescendientes[8].

La anulación del TLCAN: Trump prometió dar de baja la presencia de EEUU en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, además de oponerse totalmente al Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) y a todo tratado de libre comercio que amenace la industria y las condiciones de los trabajadores estadounidenses. La prensa lo considera como una mala noticia. Pero lo que se oculta son los resultados nefastos que el TLCAN ha tenido para México, aumentando exponencialmente la dependencia con respecto a EEUU, transformándose en maquila y plataforma de exportación de recursos estratégicos y fuerza de trabajo barata (en casa o como migrante). Además, México ha pasado de ser un país productor y exportador de alimentos a depender de importaciones, en casos como el maíz[9]. Si EEUU sale del TLCAN, entonces el gobierno mexicano tendrá vía libre para generar políticas que se orienten a fortalecer la economía mexicana de cara a mejorar las condiciones de vida de los mexicanos, aunque sabemos que eso ha importado poco a la elite político-empresarial mexicana, subordinada al gobierno estadounidense. Lo interesante, es que será también una oportunidad para que los movimientos sociales y políticos presionen aún más para lograr un cambio de rumbo en ese país.

Cuba: En su campaña Trump afirmó que continuará las negociaciones con Cuba si este país garantiza la “libertad religiosa y política para todos los cubanos”, dando cuenta de probables tensiones. Sin embargo, en los hechos “es un hombre de negocios, [y] hace tiempo que reconoció los beneficios económicos de interactuar con Cuba”[10]. Eso quedó demostrado a fines de los ’90, cuando la empresa Trump Hotels & Casino Resorts violó el bloqueo para hacer negocios en la isla[11].

Resumiendo, es probable que Trump dedique mayor atención y recursos a asuntos de política interna y que oriente sus decisiones a procurar proteccionismo para la economía estadounidense. Esto podría ser positivo para América Latina, que tendría entonces menos presiones para alinearse a la política hemisférica estadounidense. No obstante, lo anterior no debe desviarnos de lo primordial: los recursos estratégicos seguirán siendo esenciales para el complejo industrial-militar estadounidense, que Trump estaría deseoso por expandir[12] (expansión que coincide con la promesa de creación de puestos de trabajo, considerando que la industria militar emplea a millones de personas en ese país)[13]. En este sentido, al igual que gobiernos anteriores (demócratas y republicanos) es probable que se oponga a políticas que afecten el flujo de los mismos. Por eso, habrá que fortalecer los caminos de la soberanía y la autodeterminación, delineados por movimientos sociales y políticos de la mano de gobiernos que enfrentan diariamente las miserias del neoliberalismo.

Notas













[13] La industria militar es una de las principales fuentes de ingreso y empelo en algunos Estados, a lo que se suma el reclutamiento como “uno de los mayores programas de empleo”, ver: http://www.csmonitor.com/Business/Robert-Reich/2010/0813/America-s-biggest-jobs-program-The-US-military. En 2011 se estimaba que eran más de 6.000.000 de personas las empleadas por el Departamento de Defensa y trabajando para la industria militar, ver: http://security.blogs.cnn.com/2011/09/22/defense-cuts-the-jobs-numbers-g...
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Silvina M. Romano / Investigadora CELAG



http://www.alainet.org/es/articulo/181914

jueves, 26 de noviembre de 2015

LA PRESENCIA "NATURAL" DE LAS FUERZAS ARMADAS ESTADOUNIDENSES EN AMÉRICA LATINA



Silvina M. Romano
ALAI AMLATINA, 25/11/2015.-  El discurso de libertad, democracia, acercamiento diplomático y relaciones amistosas con América Latina, tan característico de la administración Obama en su afán por reforzar el “poder blando” de su política exterior, encuentra sus límites reales en la necesidad de “orden” y “estabilidad” (consignas muy usuales durante la implementación de la Doctrina de Seguridad Nacional en América Latina).  En la actualidad, las FFAA estadounidenses en el Hemisferio están presentes no solo en las más de 70 bases militares, sino que se materializa en diversos acuerdos de seguridad multi y bi laterales: Plan Colombia, Iniciativa Regional Andina, Iniciativa Mérida, Iniciativa para la Seguridad Regional de Centroamérica, entre otros.  Estos pactos incluyen programas de entrenamiento, cursos de capacitación, venta de armas y equipos, involucrando desde las empresas proveedoras de estos materiales y las agencias de seguridad estadounidenses como la DEA y el FBI, hasta los gobiernos, empresas y policías de países latinoamericanos[1].

La razón de esta presencia es la “seguridad de Estados Unidos”, que implica por definición la seguridad y la “estabilidad” en territorios que podrían resultar en una amenaza para Estados Unidos.  En los manuales de entrenamiento de finales de los ‘60, se leía claramente el vínculo entre ambas: “La falta de estabilidad política y de orden socio-económico en un país latinoamericano pone en jaque la seguridad nacional norteamericana.  Por consiguiente, EEUU debe adoptar en materia de entrenamiento y programas de ayuda militar, tácticas destinadas a evitar los riesgos de tal inestabilidad, mediante el desarrollo económico y la imposición del orden”[2].

Es así que la búsqueda de la “estabilidad” es parte del discurso que viene penetrando fuertemente en la región desde inicios de la Guerra Fría y que opera como legitimador de las intervenciones por encima de la soberanía nacional de los Estados.  Actualmente, en la página web del Comando Sur, se puede leer que uno de los objetivos de las operaciones como UNITAS “Southern Seas 2015”, es “la continuación del compromiso con la región, orientado a estrechar el trabajo conjunto y promover la estabilidad hemisférica”.  Claro que este trabajo conjunto se realiza con países y gobiernos que se encuentran alineados a las pautas político-económicas y de seguridad que no alteran los preceptos de Washington, como Perú, Chile, Colombia y Panamá.  Los ejercicios de entrenamiento llegan hasta Brasil: UNITAS adiestra a las FFAA de ese país para combatir en el campo de la guerra electrónica, en materia de guerra aérea y submarina, en operaciones de interdicción, a la vez que llevan a cabo diversos ejercicios conjuntos[3].

En términos generales, el Comando Sur tiene por misión brindar a las naciones amigas cursos de entrenamiento, mecanismos para “compartir la información”, equipos y asistencia tecnológica, así como asistencia en infraestructura (nótese que esto reditúa especialmente a las empresas estadounidenses dedicadas al rubro de seguridad).  Además, asesora especialmente en cuestiones de inteligencia y en operativos para combatir el narcotráfico y el terrorismo, siempre “respetando los Derechos Humanos”[4].  Llama la atención lo poco que se ha difundido todo esto en la opinión pública; es como si esta presencia de unas FFAA cooptadas fuese un componente “natural” de la soberanía de los países de la región aún en un contexto de reconstrucción de la memoria con respecto a la contrainsurgencia, las desapariciones forzadas, los operativos paramilitares, etc., entre la década de 1950 y finales de 1980.  Precisamente, durante la Guerra Fría, se aseveraba en relación al entrenamiento de tropas latinoamericanas en academias estadounidenses, que se trataba de un entrenamiento técnico y para nada “político-ideológico”.  Esa afirmación fue desmentida con los acontecimientos de Chile y posteriormente de Argentina, donde las FFAA ocuparon la esfera política formal.

Hoy por hoy, alarma ver la siguiente noticia: “Suboficiales de Colombia reciben lecciones de liderazgo en Estados Unidos (…) recibirán instrucción en liderazgo compartido, resolución de conflictos, liderazgo y comportamiento organizacional y entrenamiento emocional durante diez días en las instalaciones del fuerte militar de Sam Houston en San Antonio Texas, por personal del Ejército Sur de EEUU”[5].

Algunas cifras que ilustran el grado de dependencia de las FFAA latinoamericanas.  La venta de armas estadounidenses a América Latina y el Caribe en el 2014 alcanzó 1,605,861,326 dólares y en el 2012 fue de 2,408,527,664 dólares.  Los militares latinoamericanos que recibieron entrenamiento en el 2013 fueron 12,157, mientras que en el 2014 fueron 14,600[6].

La “estandarización de las FFAA” según las necesidades de EEUU es una constante desde inicios de la Guerra Fría que prosigue en la actualidad.  El enemigo interno y externo a combatir va cambiando de nombre, pero siempre está ahí para justificar el impulso/imposición de una Seguridad Hemisférica que garantice una mínima estabilidad para los negocios (legales, ilegales, locales, transnacionales).  Por eso desde el imperio nunca escucharemos el concepto de “fin de ciclo” sino de “renovación de estrategias”.

Notas:

[1] Borón, A. (2012) América Latina en la geopolítica del imperialismo. Bs As: Luxemburg, pp. 161-188.
[2] Tapia Valdés, J. (1980) El terrorismo de Estado. La doctrina de la seguridad nacional en el Cono Sur. México: Nueva Imagen p. 58
[3] http://www.southcom.mil/newsroom/Pages/US-Marines-train-with-partner-nat...
[4] http://www.southcom.mil/ourmissions/Pages/Supporting-Our-Partners--Build...
[5] http://www.infodefensa.com/latam/2015/11/03/noticia-estados-unidos-capac...).
[6] http://www.securityassistance.org/latin-america-and-caribbean


- Silvina M. Romano es investigadora del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, UBA, CONICET, Argentina.

URL de este artículo: http://www.alainet.org/es/articulo/173823