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sábado, 18 de julio de 2026

LA MILITARIZACIÓN DEL SISTEMA FINANCIERO INTERNACIONAL

Alejandro Marcó del Pont 

Viernes, 17 de julio de 2026

La propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente

 


 [Foto: Luc Frieden, Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, Primer Ministro de Canadá.]


Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

¿Pero cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados “pasivos contingentes”. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de EEUU. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier persona consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga que Reagan imponía a su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.


Fuente: eltabanoeconomista.wordpress.com

https://directopractika.blogspot.com/

jueves, 9 de septiembre de 2021

«ES EL PENTÁGONO QUIEN DIRIGE LA POLÍTICA EXTERIOR»

 

Mike Prysner siendo detenido en una protesta contra la guerra en Washington DC en 2007. (Foto: Danny Hammontree / Flickr)

UNA ENTREVISTA CON  MIKE PRYSNER

Traducción: Alfo G. Aguado

Mike Prysner, veterano de la guerra de Irak, habla acerca de lo que ha ganado el complejo militar-industrial al permanecer tanto tiempo en Afganistán, lo que le espera al imperialismo estadounidense y por qué aumenta el sentimiento antibélico entre los soldados en activo.

Mike Prysner, veterano de la guerra de Irak, es activista por la paz desde hace quince años. Fue detenido en una manifestación frente al Capitolio (Washington DC), ha ayudado a soldados en activo a negarse a combatir en las guerras de Irak y Afganistán, y ha movilizado a grupos de familias de fallecidos, tanto de alistados muertos en combate como de veteranos fallecidos por suicidio. 

En 2008, Prysner fundó la organización March Forward. Hoy es un periodista que milita en contra de la guerra. Ha producido y coescrito múltiples documentales para el programa The Empire Files, dirigido por su esposa Abby Martin. A su vez, es un activista en el Party for Socialism and Liberation. 

Meagan Day se reunió con Prysner en plena retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán para hablar de por qué Estados Unidos permaneció en Afganistán tanto tiempo a pesar de saber que la guerra estaba perdida y estaba acabando con un incontable número de vidas humanas. Prysner también ofreció su esperanzada opinión sobre la popularización del sentimiento pacifista en el Ejército, incluso entre soldados en activo.

Meagan Day:  ¿Cuánto tiempo llevas involucrado en el activismo contra la guerra aquí en Estados Unidos y cuáles fueron tus motivaciones iniciales?

 

M.P. : Me uní al Ejército justo antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y pude ver de primera mano la rápida transformación que se dio a su interior: las actividades se centraban cada vez más en la guerra y el enfoque era cada vez más racista. Fui desplegado en Irak durante la invasión de marzo de 2003 y permanecí en el país durante un año. Por suerte, pude dejar el Ejército en 2005; pero la mayoría de mis amigos quedaron atrapados y fueron enviados a Irak y Afganistán en repetidas ocasiones. 

Empecé a pronunciarme en contra de la guerra de Irak estando aún desplegado en el país, lo que me generó algún que otro problema. En cuanto pude salir, me involucré con el movimiento pacifista. No era tan raro. Hay toda una generación de veteranos y soldados en activo en Irak y Afganistán que se han unido al activismo contra la guerra. Desde entonces y hasta hoy he sido muy activo en el movimiento contra la guerra.

En 2008 fui cofundador de la organización March Forward!, a través de la cual organizamos manifestaciones masivas en Washington DC y otras ciudades norteamericanas, movilizando a grupos de soldados y veteranos. También nos centramos en movilizar a soldados en activo. Pudimos conocer a muchos soldados opuestos a la guerra y con la voluntad de rechazar su despliegue mediante la distribución de folletos en las bases militares del tipo «No vayas a Afganistán. Así es como podemos ayudarte a salir».

También hicimos una gran labor movilizando a familias que habían perdido a sus seres queridos, tanto en la guerra como por suicidios al volver de ella. He podido hablar con muchas viudas y madres que han perdido hijos e hijas. A lo largo de estos años también he tenido mucha actividad periodística, cubriendo las guerras en Afganistán e Irak, incluyendo la producción de cortos documentales para The Empire Files. Pero mi actividad más intensa y personal ha sido el movilizar a soldados en activo y a sus familias. 

M.D.: El 18 de agosto Joe Biden ofreció un discurso sobre la retirada de tropas en Afganistán. ¿Qué opinas sobre las palabras del presidente?

M.P. : A pesar de que no me sorprendió, fue decepcionante su honestidad al decir que Estados Unidos debía trasladar el foco de Afganistán y centrarse en otros frentes como Somalia, Yemen o Siria, alejando al país de guerras perdidas y abriendo la puerta a bombardeos y acciones militares en nuevos lugares. El discurso me pareció una suerte de cesión ante el complejo industrial-militar y sectores de la clase dirigente interesados en seguir expandiendo la guerra. Como diciendo, «Sí, estamos poniendo punto final a esta guerra, pero que no cunda el pánico: habrá otras».

En lo que sí acertó Biden fue al decir que el resultado de la retirada habría sido el mismo si hubiéramos mantenido las tropas ahí ocho meses o cinco años más. La toma de poder de los talibán era inevitable. Es positivo oírle decir esto ahora, pero lo que me irrita es que tanto el propio Biden como Antony Blinken y el resto de oficiales de la administración Obama han sabido esto desde hace diez, doce años. 

Los «Papeles de Afganistán», cuya publicación por The Washington Post en 2019 no generó el escándalo debido, revelaron que el gobierno supo siempre, a lo largo de los veinte años que duró esta guerra, que no había posibilidad alguna de evitar una victoria talibán tras la retirada. Simplemente optaron por alargar el conflicto eternamente. No era mal negocio. Era bueno para el Ejército. No morían suficientes soldados para que al público le importase y al público estadounidense no le preocupan los civiles afganos, por lo que no había presión para finalizar la guerra. Era una situación ventajosa para el Pentágono y para el complejo militar-industrial, por lo que Washington no le prestaba demasiada atención. No tenían por qué hacerlo.  

M.D.: Cuatro presidentes han estado al frente de esta guerra: George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Biden. ¿Podrías darnos una panorámica de cada una de estas administraciones de cara al conflicto en Afganistán?

M.P.: El motivo por el cual la administración Bush invadió Afganistán no fue para evitar un nuevo ataque terrorista. Esto no se iba a lograr invadiendo y ocupando un país que no había jugado papel alguno en los atentados del 11 de septiembre. De hecho, en una encuesta realizada hace unos diez años se mostró que el 92% de los jóvenes afganos en las provincias ocupadas del sur ni siquiera habían oído hablar de los atentados terroristas del 11-S. Al mismo tiempo, Estados Unidos se negó a dialogar con los talibanes que se ofrecieron entonces a cooperar en la captura de Osama Bin Laden, así como en otras actividades antiterroristas. 

La razón por la que Estados Unidos ocupó Afganistán fue que, a pesar de que los talibán estaban dispuestos a colaborar, era difícil tratar con ellos porque se negaban a gobernar en términos neocoloniales. Cualquier país que no sea completamente servil ante el imperialismo estadounidense, incluso si se muestra dispuesto a colaborar, puede ser potencialmente derrocado y destruido. 

La administración Bush pensó que sería fácil. Pensaron, «es sencillo: ocupamos Afganistán, derrocamos el gobierno de los talibán en un mes e instalamos un gobierno títere. Después haremos lo mismo en Irak, será realmente fácil. Y continuaremos en Irán, Líbano, Somalia, Sudán…». El Pentágono realmente creía que en cinco años los gobiernos de todos estos países podrían ser derrocados. No imaginaban el embrollo en el que se estaban metiendo. Fue esa total arrogancia imperial lo que llevó a la administración Bush y al Pentágono a pensar que la operación sería un camino de rosas. 

Eventualmente, las guerras les estallaron en la cara. Y entonces llegó Obama. Recordemos que en 2008, lo que impulsó su campaña en las primarias del Partido Demócrata fueron sus declaraciones iniciales prometiendo que pondría fin a la guerra de Irak, aprovechando la hostilidad que despertaba la guerra entre los votantes por aquel entonces. Pero también es cierto que Obama prometía al mismo tiempo ganar la guerra de Afganistán. No retirarse, sino ganar. Y es por eso que su administración llevó a cabo un aumento de tropas en el país. 

Biden ahora dice que entonces su postura era contraria a este aumento. Pero si uno vuelve y consulta la hemeroteca, Biden tan solo abogaba por un aumento más moderado, continuando de todos modos con la ocupación indefinida. 

Obama inundó Afganistán con sus tropas para tratar de ejercer más presión sobre los talibán y que estos aceptasen un acuerdo. Si uno consulta esas fechas en los «Papeles de Afganistán», la administración Obama y el Pentágono jamás pensaron que los talibán podían ser derrocados militarmente. En aquel momento se entendía que si el asedio militar era suficientemente intenso, los talibán aceptarían un reparto del poder. Y por eso se habían iniciado conversaciones secretas con el gobierno talibán. 

Así, mientras a la ciudadanía estadounidense se le decía que se estaba progresando en Afganistán, mientras a los soldados y sus familias se les explicaba «Tenemos que seguir luchando, tenemos que seguir muriendo y seguir matando unos pocos años más, hasta derrotar a los talibán», la administración Obama negociaba entre bastidores un gobierno talibán con un papel reservado a los sectores títeres de Estados Unidos.

Es por esta razón que el aumento de tropas de Obama no fue solo un desastre en el terreno, sino que fue un completo fracaso en lo militar. Gracias a los «Papeles de Afganistán» sabemos que el Pentágono le comunicaba a la administración Obama: «Según todas las métricas, estamos perdiendo esta guerra y no podemos revertir la situación». A lo que la Casa Blanca respondía: «Bueno, pues entonces produzcan una métrica en la que se muestre que lo estamos haciendo bien».

Ante esta estrategia de guerra, la hostilidad creció entre filas. Altos rangos del Ejército empezaron a denunciar el despliegue de patrullas inútiles que terminaban siendo voladas a diario. Había mucho descontento dentro de las Fuerzas Armadas y la imagen de Estados Unidos empezó a empeorar. 

Con el tiempo, la estrategia de Obama fue la siguiente: «De acuerdo, ya que no hay forma alguna de lograr nuestros objetivos militares, vamos a retirarnos lentamente. En lugar de retirarnos de golpe, vamos a reducir el número de tropas, que a lo largo de la próxima década quedaran aisladas en sus pequeñas bases. Esto nos permite seguir ocupando el país, continuar con los bombardeos y alimentar el complejo militar-industrial. Pero poco a poco, vamos a ir retirándonos».

A su llegada, Trump heredó tan solo una pequeña cantidad de tropas en el terreno. La retirada ya estaba planeada. Y podría haber continuado con esta estrategia, saliendo de la guerra lentamente, como apuntó en campaña, atacando tanto a republicanos como demócratas en favor de mantenernos en esta guerra eterna. Durante la campaña, Trump alimentó esta retórica aislacionista sin estar en posición de llevarla a cabo. 

Sin embargo, lo que terminó haciendo Trump fue triplicar el número de tropas norteamericanas en Afganistán. Presionó a otros países miembros de la OTAN para que enviasen más tropas. Extendió masivamente el número de mercenarios, hasta el punto de que llegaron a haber aproximadamente diez veces más mercenarios que soldados en el país. Aumentó dramáticamente el número de bombardeos, en lo que es uno de los legados más grotescos de su presidencia. Y no es que la CIA y el Ejército hubieran tenido demasiadas restricciones a la hora de lanzar bombas hasta ese momento. También antes de Trump se habían matado civiles indiscriminadamente. Pero con la llegada de Trump, la política fue de gloves off (sin piedad). 

Con Trump, Estados Unidos lanzó tantas bombas en Afganistán que mató a más civiles en 2018 y 2019 que en cualquier año anterior. Esto incluye los años en los que Obama aumentó las tropas, cuando había veinte veces más soldados sobre el terreno. Si Obama había pensado que podía forzar un acuerdo con los talibán enviando más tropas, Trump pensó que podía presionarles sencillamente bombardeando todo lo que estuviera al alcance de la vista. 

Pero el objetivo de tanta violencia desplegada en Afganistán por Obama y Trump ni siquiera era el de impedir que los talibanes tomaran el poder. A pesar de lo que se decía públicamente, entre bambalinas ambas administraciones estaban tratando de formar un gobierno de unidad con los talibán. O al menos un gobierno talibán que simpatizase con Estados Unidos y mantuviese algún vestigio del tipo de régimen neocolonial que habían tratado de implantar inicialmente. Y de alguna forma, este va a acabar siendo el resultado final. Visto así, uno se da cuenta de que no había ningún objetivo detrás de tantos años de violencia y matanzas continuadas. 

M.D. : ¿Por qué está teniendo lugar la retirada ahora, con Biden? No es que haya sido exactamente un opositor incondicional a la guerra de Afganistán. 

M.P.: Tiene gracia, porque Biden jamás estuvo a favor de una retirada completa. Incluso en los últimos días de campaña contra Trump en 2020, no dejó de insistir en que había que dejar al menos varios miles de soldados en el país, fiel al relato de que Estados Unidos no podía dejar a sus socios afganos abandonados. Con el tiempo, y tras asumir el cargo, el tono cambió y empezó a mostrarse en favor de una retirada total. 

La razón de este cambio es que no se trata del plan de Biden sino del plan del Pentágono, cuyos altos cargos, a quienes nadie ha votado, ejercen total control sobre el gobierno electo. Es el Pentágono, en realidad, quien dirige la política exterior y no las instituciones nominalmente democráticas. Así, a pesar de que Biden asumió el cargo con la idea de mantener cierto número de tropas sine die, fue el Pentágono quien dijo: «No, es necesario retirarnos». De ahí su cambio de opinión. 

Hasta hace poco, el Pentágono estaba por lo general satisfecho con la guerra de Afganistán. Sí, se sabía que Estados Unidos había estado perdiendo la guerra durante la mayor parte de la ocupación. Pero un conflicto de larga duración como este seguía siendo beneficioso para la política imperialista, aun si en cierto modo la guerra se estaba perdiendo. Tenemos un presupuesto militar absolutamente inflado. En ocasiones, se llegaron a gastar 400 o 500 millones de dólares diarios solo en la ocupación de Afganistán. Esta guerra ha sido una bendición para el complejo militar-industrial y ha permitido al Ejército de los Estados Unidos desarrollar todo un arsenal tecnológico. 

Piensa en las compañías energéticas que proporcionan combustible a los múltiples contratistas militares que llevan el mantenimiento de las bases. Piensa en las empresas que fabricaban vehículos que van directamente de la línea de montaje en fábrica a las carreteras de Afganistán, donde son volados en pedazos e inmediatamente reemplazados por nuevos vehículos. Piensa en las muchas compañías que fabrican balas, misiles, proyectiles, tanques. Es evidente: la industria militar ha sido la gran interesada en mantener activa esta guerra. 

Ocurre algo parecido con los oficiales del Pentágono. La guerra les permite obtener experiencia de combate, obtener sus medallas, experiencia de mando. Con el tiempo son promovidos y a las semanas de jubilarse encuentran puestos altamente remunerados en la industria. Es muy difícil ponerle fin a una guerra que sirve para el enriquecimiento personal de los oficiales del Pentágono y para sacar brillo a sus currículums. 

La guerra fue beneficiosa durante un largo tiempo, pero finalmente se ha llegado a un punto en el que el imperio ha visto que no puede seguir embarrado en una guerra que hace veinte años que se está perdiendo claramente. Estados Unidos debería proyectar su poder a través de una imagen de máquina militar invencible. Llegados a este punto, los fracasos de Afganistán e Irak pueden hacer que Estados Unidos parezca un poder debilitado al que se puede, en efecto, derrotar. 

La guerra de Afganistán estaba empezando a dañar la imagen del imperialismo norteamericano y el tipo de dominio que hay que proyectar en el mundo. Así, nuestra clase dominante ha decidido moverse en busca de otros objetivos y nuevos regímenes a los que derrocar.

Obama ya había hablado de distanciarse de Irak y Afganistán durante su presidencia. Su idea era que invertir tanta energía y tiempo tratando de ganar estas guerras-imposibles-de-ganar estaba dañando los objetivos generales de hegemonía global norteamericana. Para Obama, Estados Unidos necesitaba replegarse y centrar sus esfuerzos en nuevos puntos del planeta, incluidos otros países de Oriente Medio, pero también América Latina y especialmente Asia. 

A pesar de prolongar el conflicto afgano, durante la presidencia de Trump ya empezó a vislumbrarse esta transición con el intento de golpe de Estado en Venezuela, las nuevas tensiones contra Cuba, las acciones en Yemen y Siria, y el gran despliegue militar en el Mar de la China Meridional. Recientemente, la vicepresidenta Kamala Harris viajó Vietnam para ejercer presión contra China, en lo que ha sido visto como una provocación en la región. Muchos países en Asia se esfuerzan por mantener cierta cooperación pacífica en la región, pero Estados Unidos no deja de interferir con el fin de aumentar tensiones. 

Creo que por el momento Estados Unidos quiere evitar un enfrentamiento con China, le tiene pavor a una posible guerra entre superpoderes. Pero su comportamiento en el escenario global es tan beligerante y provocador que otros conflictos menores podrían terminar provocándola. Lo que es evidente es que el foco de interés ha cambiado. Los nuevos oficiales que hoy en día se entrenan en West Point y el resto academias militares de élite están siendo preparados para un posible enfrentamiento con China. Y a la luz de este giro, creo que el Pentágono ha querido cerrar el capítulo de Afganistán, como bien reflejan las acciones de Biden. 

M.D.: Buena parte del argumentario en contra del retiro de tropas estos días se centra en la violación de derechos humanos por parte de los talibán, en particular de los derechos de las mujeres. ¿Cómo deberíamos tratar esta cuestión, haciéndonos cargo de que los talibán son a menudo brutales y responsables de un sufrimiento real, pero sin dejar de defender que Estados Unidos abandone Afganistán?

M.P.: Creo que deberíamos empezar por hacernos cargo de la absoluta catástrofe que ha supuesto la ocupación estadounidense para el pueblo afgano. Necesitamos entender el nivel de violencia al que se ha sometido al país durante estos años: aldeas bombardeadas, pueblos asaltados en medio de la noche por fuerzas especiales disparando a personas en la cama… Ha sido verdaderamente atroz. Además de la violencia, ha existido también la constante humillación de la ocupación, con soldados a las puertas de cada pueblo, cacheando a todo el mundo que entra y sale. La vida bajo este tipo de ocupación militar es espantosa. 

Según las encuestas, la prioridad número uno para los afganos ha sido siempre poner fin a esta guerra. Los afganos quieren la paz. La mayoría querían una retirada total de las fuerzas norteamericanas y se mostraban a favor de un acuerdo con los talibán. Unos doscientos mil civiles han muerto en esta guerra, y según algunas estimaciones esta cifra se queda corta. La gran mayoría de estas muertes fueron causadas por el Ejército de los Estados Unidos. Durante años, a los medios de comunicación no les ha importado este sufrimiento, pero ahora se apela a los derechos humanos como pretexto para defender la permanente ocupación de Afganistán. 

El tema especifico de los derechos de las mujeres es interesante porque no es que los derechos de las mujeres estuvieran repentinamente reconocidos en los territorios bajo control estadounidense. Sin duda, era más fácil para las mujeres vivir en Kabul o en otros centros urbanos que eran los fortines de la ocupación. Pero en las áreas rurales ocupadas por Estados Unidos la mayoría de normas culturales y religiosas del régimen talibán anterior se mantuvieron intactas. 

Si queremos que Afganistán progrese en materia social, es importante entender que nada de esto era posible bajo la ocupación. Cuando en cada pueblo hay enfrentamientos y violencia diarios, es imposible que exista progreso social, porque la guerra es el principal problema con el que debe lidiar la gente. 

En los años 70 y 80 Estados Unidos aplastó los movimientos progresistas y socialistas y defensores de los derechos de la mujer en Afganistán. La única forma de lograr que ese tipo de movimientos resurjan nuevamente es terminar con el permanente estado de guerra, cosa que en este momento requería poner fin a la intervención de los Estados Unidos. 

M.D.: La semana pasada vimos imágenes de ciudadanos afganos persiguiendo un avión militar en pista, desesperados por salir del país, mientras soldados norteamericanos les disparaban. Al mismo tiempo, el presidente francés Emmanuel Macron dijo en unas declaraciones: «Debemos anticiparnos y protegernos ante los grandes flujos de migración irregular». ¿Qué le debe Occidente a las personas que permanecen en Afganistán, así como a los refugiados y solicitantes de asilo afganos?

M.P.: Creo que Biden hizo lo correcto diciendo que era necesaria una retirada total y llevándola a cabo. Pero el permitir que miles de personas fueran básicamente atropelladas por aviones de la Fuerzas Aérea saliendo del país ha sido algo espantoso. Las imágenes de personas cayendo desde el tren de aterrizaje, con el avión a mil metros de altura, son absolutamente horrendas. La retirada total era necesaria, sí, pero la operación ha sido un completo fracaso. 

Las imágenes del aeropuerto de Kabul dicen mucho sobre cómo Estados Unidos ve a los ciudadanos y refugiados afganos. Es una deshumanización total. También nos dicen mucho sobre la incompetencia norteamericana. Había seis mil soldados desplegados. Se sabía que los talibán estaban entrando en la ciudad, y el Ejército debió haber tenido un plan de salida racional. En cambio, actuaron como si les fueran a asesinar si no salían en menos de una hora, sin importarles los afganos que se llevaran por el camino. 

El Ejército de los Estados Unidos es una gigantesca maquinaria con increíbles capacidades logísticas, y aun así no ha sido capaz de organizar a las multitudes que han ido acudiendo al aeropuerto con la esperanza de poder salir del país, cosa por lo demás del todo inevitable. Se ha terminado disparando a la multitud, asesinando a gente en mitad de la pista. Muchas de estas personas han ayudado a Estados Unidos en la guerra, estaban de su lado. El Ejército ha gestionado esta situación en pánico, a pesar de que los talibán no entraron en Kabul disparando. Gente ha muerto debido a esta incompetencia. Es un terrible fracaso que perseguirá a la administración Biden y a los comandantes en el terreno. 

En cuanto a lo que Occidente, y en particular Estados Unidos, le debe a la población afgana y los refugiados intentando escapar, lo primero que mencionaría son las reparaciones. Hemos vertido enormes cantidades de dinero en Afganistán, y la mayoría de estos recursos han sido destinados a contratistas militares y títeres locales que ahora han huido del país y vivirán de las decenas de millones de dólares que mantienen en cuentas secretas. Este dinero se lo debemos al pueblo afgano, para que pueda reconstruir el país después de la destrucción que llevó a cabo Estados Unidos. En cuanto a las personas que quieran salir de Afganistán, merecen el derecho de venir a los países que destruyeron el suyo, incluidos Estados Unidos y los diecinueve aliados que formaron parte de las fuerzas de la OTAN.

M.D.: Durante un largo tiempo has tenido contacto de primera mano con el activismo pacifista en Estados Unidos. ¿Tienes alguna esperanza en que aumente el sentimiento antibélico entre la opinión pública estadounidense? ¿Qué deberíamos hacer para desarrollar un movimiento a escala nacional que pueda oponerse de manera eficaz a estas guerras eternas?

M.P.: Tras quince años movilizado en contra de las guerras, hoy día soy más optimista que nunca. Es cierto que no hemos visto protestas masivas por la paz como las que se dieron en pleno auge de la guerra de Irak, pero sí creo que el sentimiento antibélico está más extendido y generalizado debido a lo que la gente ha experimentado en Irak y Afganistán. Ahora que se cierra el capítulo afgano, creo que visto en el retrovisor de la historia podremos tomar consciencia de lo que ha significado realmente el conflicto. 

Más concretamente, creo que las guerras de Irak y Afganistán han impactado con particular intensidad sobre la clase trabajadora. En estos últimos veinte años, toda persona pobre del país ha conocido a alguien en el Ejército, lo cual significa que probablemente haya conocido a alguien desplegado en Irak o Afganistán y que al regresar pareciera una persona distinta, o que regresara a una vida más difícil como la de los militares que trataron de escapar. Creo que esta experiencia colectiva ha tenido un gran impacto en la psique de la clase trabajadora estadounidense. 

Pero mi optimismo deriva principalmente de lo que he ido viendo entre las filas de los soldados en activo que he tratado de movilizar en contra de la guerra. Durante los años que llevo haciendo esto siempre me he encontrado con personas con ganas de protestar en contra de la guerra y resistir órdenes. Personas descontentas las ha habido siempre, algunas incluso dispuestas a tomar posturas valientes. Pero ha sido siempre una pequeña minoría. 

Hoy, en cambio, creo que el sentimiento antibelicista en el Ejército ha crecido y está más fuerte que nunca. Por poner un ejemplo, cuando Trump asesinó a Qassim Suleimani en 2019 y durante una semana pareció que íbamos a la guerra con Irán, no dejé de recibir mensajes en los que soldados en activo me aseguraban que bajo ninguna circunstancia pelearían esa guerra. Jamás había experimentado algo así, ni siquiera en los días más calientes de Irak y Afganistán, cuando los soldados sabían que si iban allí era más que posible que no regresaran de una pieza. Creo que esta reacción fue muy significativa. 

Esta nueva conciencia en el Ejército es reflejo de una concientización de la sociedad en general. Creo que todas las conmociones políticas recientes (el Occupy Wall Street, la campaña de Bernie Sanders, el movimiento antirracista tras el asesinato de George Floyd) han resonado fuerte entre los soldados en activo. Y de la misma forma que en Estados Unidos hoy día parece que hay mucho más potencial para la construcción de activismo y cambio social, lo mismo pasa en el Ejército. 

Bernie Sanders recibió más aportaciones a su campaña de soldados en activo que el conjunto de donaciones al resto de candidatos en las primarias del Partido Demócrata sumadas a las donaciones a Donald Trump. Este dato nos dice mucho sobre el tipo de opiniones políticas que están emergiendo en el Ejército. 

En cuanto a lo que deberíamos hacer para construir un fuerte movimiento pacifista en Estados Unidos, creo que deberíamos primero vincular esta lucha con otros temas que también afectan diariamente a la clase trabajadora, para que cuando emerja un nuevo momento de inercia política estemos preparados para mantener la presión alta y que hay resultados. 

No siempre va a haber cientos de miles de personas inundando las calles en contra de la guerra como pasó al inicio de la guerra de Irak, pero tampoco podemos anticipar cuando volverá a darse un momento como ese. Lo que sí sabemos es que siempre habrá una nueva escalada militar, siembre habrá un nuevo objetivo en la política imperial de los Estados Unidos. Debemos estar preparados y trabajar diariamente comprometidos con la solidaridad internacional. 

Fuente: https://jacobinlat.com/2021/09/08/es-el-pentagono-quien-dirige-la-politica-exterior-no-las-instituciones-democraticas/